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Etiqueta: Juegos Olímpicos

Jean Jacoby: el campeón del arte olímpico

Gabe Abrahams

Jean Jacoby fue el único artista que consiguió ganar dos medallas de oro en las competiciones de arte de los Juegos Olímpicos, aunque su carrera se vio afectada al final por el ascenso del nazismo. Esta es su apasionante biografía.

Jean Lucien Nicolas Jacoby, conocido como Jean Jacoby, nació el 26 de marzo de 1891 en la ciudad de Luxemburgo, la capital del Gran Ducado de Luxemburgo. Sus padres fueron Michel Jacoby, un ferroviario, y Marguerite Bauer, una aristócrata.

Tras pasar su infancia y juventud en Molsheim, Alsacia, Jacoby se trasladó finalmente a Estrasburgo y estudió en la École des Beaux-Arts de la ciudad.

En 1912, el joven Jacoby pasó a ser profesor de dibujo en el Lycée Fustel de Coulanges de Estrasburgo. Y, un año después, se casó con la profesora de diseño Anne Augustine Rose Richter. En 1916, la pareja tuvo un hijo: Regnard (René) Charles Jacoby. En ese periodo de su vida, Jacoby realizó bastantes dibujos, alguno dedicado a su mujer.

Ya en 1918, Jean Jacoby se trasladó a la ciudad de Wiesbaden, donde trabajó de pintor. Y, al año siguiente, se mudó a Fráncfort, para asumir la dirección de una imprenta. Entonces Jacoby dibujó una serie de litografías de lugares emblemáticos de Estrasburgo, las cuales fueron publicadas juntas en una edición de diciembre de 1919.

Aficionado al deporte desde los primeros años veinte, en 1923, Jacoby empezó a demostrar públicamente su extraordinaria valía como artista al ganar el concurso del diario francés L’Auto, gracias a un dibujo de un corredor que saltaba una valla. En aquellas fechas, L’Auto tenía un tiraje de cerca de 300.000 ejemplares y un gran prestigio.

En 1924, Jean Jacoby ratificó su gran valía como artista al ganar la medalla de oro en el concurso de pintura de los Juegos Olímpicos de París 1924, gracias a su obra Étude de Sport, la cual incorporaba tres pinturas: Corner, Départ y Rugby. Tras él, quedaron clasificados Jack Butler Yeats, hermano del poeta y Premio Nobel de Literatura (1923) William Butler Yeats, y Johan van Hell, un artista y pintor del Realismo Social no muy conocido, pero con obras de interés.

En el concurso de arquitectura de los mismos Juegos de París, quedó segundo Alfred Hajós, doble campeón olímpico de natación y destacado arquitecto sobre el cual escribí un artículo en marzo de 2024.

En el jurado de arte de los Juegos de París, participaron personalidades como Selma Lagerlöf, la primera mujer en obtener el Premio Nobel de Literatura (1909), y el destacado músico Ígor Stravinski.

Cabe añadir que los concursos de arte formaron parte de los Juegos Olímpicos desde los Juegos de Estocolmo de 1912 hasta los de Londres de 1948, estando divididos en diversas categorías como literatura, música, pintura, escultura y arquitectura.

En 1926, Jean Jacoby empezó a trabajar para la editorial Ullstein como director artístico de varios de sus periódicos: el Berliner Illustrirte Zeitung, el Die Grüne Post… Y eso provocó que acabase viviendo en Berlín y que realizase una importante labor hasta el año 1934. En ese periodo de tiempo, por ejemplo, Jacoby dibujó con maestría a algunos de los mejores deportistas de la historia como el nadador Johnny Weissmuller, los tenistas René Lacoste y Bill Tilden o los corredores Paavo Nurmi y Ville Ritola, entre otros.

En 1928, Jacoby se presentó en el concurso de pintura (sección dibujos y acuarelas) de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam y no defraudó. El pintor se colgó otra vez la medalla de oro con su obra Rugby, de igual nombre que una de sus tres pinturas de los Juegos de París de 1924. Y, de esta forma, pasó a ser el único artista con dos oros olímpicos en los concursos de arte de las olimpiadas. Nadie ha conseguido arrebatarle esa posición desde entonces, debido en parte a que los Juegos Olímpicos dejaron de admitir esos concursos a partir de su edición londinense de 1948.

En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932 y Berlín 1936, Jean Jacoby volvió a participar en los concursos de arte, pero no pudo conseguir una tercera medalla de oro. En los Juegos de Berlín, Jacoby presentó obras de mayor nivel que sus rivales, pero el comité organizador controlado por el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels decidió no otorgar la medalla de oro a ningún participante, para evitar de esta forma concedérsela a Jacoby.

Desde 1934, el régimen nazi que gobernaba Alemania tenía constancia de que Jean Jacoby trabajaba en la editorial Ullstein, de la familia judía Ullstein, y que él portaba un apellido de origen judío. Y, además, conocía su ideología de izquierdas, así como su amistad con Wilhelm Gronke (Bill Gronke), el deportista, marinero y jefe del Servicio de Seguridad Naval de la Revolución comunista de 1918-1919 que intentó crear un Estado obrero en Alemania. Y todo eso provocó que el comité de los Juegos de Berlín evitase otorgar a Jacoby el oro olímpico que merecía por su obra.

Al cabo de poco tiempo de terminar los Juegos Olímpicos de la Alemania nazi, en concreto el 9 de septiembre de 1936, Jean Jacoby falleció con solo 45 años de un ataque cardíaco en su casa de Mulhouse, ciudad francesa a la que se había mudado dos años antes al observar el acoso contra los judíos y las personas de ideología de izquierdas por parte del régimen nacionalsocialista alemán. Dejó para la posteridad sus dos medallas de oro olímpicas en arte y decenas de obras magníficas, muchas dedicadas al mundo del deporte. Su final resultó inesperado y también amargo por lo ocurrido en los Juegos de Berlín.

La segunda esposa de Jean Jacoby, la artista María Jacoby (Maria Anna Kasteleinerera antes del matrimonio), le sobrevivió, emigró a Estados Unidos, se casó de nuevo y falleció en 1990, en Rocky River, Ohio, cerca de los 90 años.

Desde su fallecimiento, Jean Jacoby recibió reconocimientos y homenajes diversos. En agosto de 1937, se erigió un monumento en su honor en la ciudad de Schifflange, Luxemburgo, diseñado por el pintor, escultor y artista olímpico Wenzel Profant, quien fue miembro de la Resistencia. Monumento que acabó siendo destruido en 1940 por las tropas nazis cuando invadieron Luxemburgo. Y, después, el estadio deportivo de Schifflange cambió su nombre por el de Stade Jean Jacoby.

En 1967, Adolphe Deville publicó el libro Jean Jacoby, centrado en la vida del pintor. Y, en diferentes fechas, aparecieron sellos postales en Luxemburgo que utilizaron imágenes de las obras de Jacoby. Unos estuvieron dedicados a los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952. Otros a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles del año 1984.

Transcurrido casi un siglo del adiós de Jean Jacoby, todavía se le recuerda con una cierta frecuencia. Cada vez que se acercan unos Juegos Olímpicos, se habla de él y de sus dos oros olímpicos en arte. Y siempre que se trata la cuestión de la presencia del arte en los Juegos, su nombre aparece irremediablemente. Resulta lógico y normal, muy normal, porque nadie ha conseguido lo que él logró, dos medallas de oro en arte, y, sobretodo, unir arte con deporte y proyectarlos del Olimpo a la eternidad.

Lidia Skoblikova: seis oros olímpicos para el patinaje soviético

Gabe Abrahams

La patinadora soviética Lidia Skoblikova ganó seis medallas de oro olímpicas con la URSS y fue la primera deportista en alcanzar esa cifra en unos Juegos Olímpicos de Invierno. Tras mi artículo sobre el patinador soviético Yevgeny Grishin, le toca el turno a ella. Esta es su historia.

Lidia Skoblikova nació el 8 de marzo de 1939 en Zlatoúst, una ciudad situada en el sur de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), en el seno de una familia de trabajadores y tuvo tres hermanas y un hermano.

Tras pasar todo tipo de penurias durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Skoblikova empezó a practicar atletismo y, gracias a eso, consiguió sus primeros logros en el mundo del deporte. Con 14 años, ganó la prueba de los 800 metros de los campeonatos de atletismo de Zlatoúst y de la región de Cheliábinsk.

Después de ese primer éxito, Skoblikova se decantó por el patinaje y, en 1959, con solo 19 años, fue incluida en el equipo de la URSS que acudió al Campeonato Mundial de Patinaje de Velocidad sobre Hielo disputado en Sverdlovsk (URSS).

La joven Skoblikova ocupó una meritoria tercera plaza por detrás de sus compatriotas Tamara Rylova y Valentina Stenina, resultando el dominio de las patinadoras soviéticas absolutamente avasallador.

Un año después de su primera gesta mundialista, en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1960, llevados a cabo en Squaw Valley (Estados Unidos), Lidia Skoblikova confirmó todas las expectativas que se habían depositado en ella y alcanzó la gloria. Se proclamó campeona olímpica en las distancias de los 1.500 y 3.000 metros. Por si fuera poco, en la primera distancia, consiguió la plusmarca mundial y, en la segunda, el récord olímpico. La URSS dominó por completo el medallero.

En ese mismo año de 1960, Skoblikova, además, todavía tuvo fuerzas para ganar la medalla de bronce en el Campeonato Mundial de Patinaje de Velocidad sobre Hielo, disputado en Östersund (Suecia).

En los años siguientes a la olimpiada, Skoblikova tuvo que pelear duramente contra otras patinadoras soviéticas para conseguir nuevas medallas en los campeonatos del mundo que se fueron disputando. Se colgó una medalla de bronce en el mundial de 1961, una de plata en el de 1962 y dos de oro en los de 1963 y 1964. En 1961 y 1962, quedó detrás de sus compatriotas Valentina Stenina, Albina Tuzova e Inga Voronina. En ese periodo, Skoblikova de nuevo batió plusmarcas mundiales.

Ya en los Juegos Olímpicos de Invierno de Innsbruck 1964 (Austria), Lidia Skoblikova ratificó su condición de mejor patinadora del mundo, ganando la medalla de oro en las cuatro pruebas en las que participó. Y eso le supuso ser la primera deportista con cuatro medallas de oro en una misma competición olímpica de invierno y la primera deportista con seis medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Invierno.

En resumen, la patinadora soviética se adjudicó en los Juegos de Innsbruck la medalla de oro en las pruebas de 500 metros, 1.000 metros, 1.500 metros y 3.000 metros. Poco más se puede decir, ante un dominio tan implacable. La URSS la imitó en el medallero.

Como premio a sus hazañas olímpicas y mundialistas, el presidente soviético Nikita Jrushchov le comunicó a Skoblikova tras los Juegos su afiliación al PCUS, el partido comunista de la URSS.

Lidia Skoblikova estuvo retirada del patinaje durante dos años, periodo en el que nació su hijo Georgy, fruto de su matrimonio con el marchador atlético Aleksandr Polozkov. Pero, en 1967, regresó a la competición y consiguió su enésima plusmarca mundial, en esta ocasión en la distancia de los 3.000 metros. Fue su último momento estelar.

Al año siguiente, la gran patinadora soviética acudió a los Juegos Olímpicos de México y solo pudo ser sexta en la prueba de los 3.000 metros, retirándose en 1969 de la competición con sus seis medallas de oro olímpicas y sus dos oros mundialistas.

Tras su adiós, Skoblikova se trasladó a Moscú para trabajar como entrenadora en diversas escuelas deportivas. Educada en la Facultad de Educación Física del Instituto Pedagógico de Cheliábinsk, se había licenciado en esa materia.

En 1982, Skoblikova escribió una destacada tesis sobre la educación ideológica y moral de los deportistas soviéticos. Y, en 1983, recibió la Orden Olímpica de plata, una condecoración más entre las varias que ya tenía. Años después, fue presidenta de la Federación Rusa de Patinaje y entrenadora de su equipo.

Con el cambio de siglo, Skoblikova recibió cada vez más reconocimientos. Por ejemplo, el 7 de febrero de 2014, fue una de las seis personas que sostuvieron la bandera olímpica en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi (Rusia). Ella misma había sido nombrada embajadora oficial de esos Juegos. No merecía menos.

A sus 86 años, la extraordinaria ex patinadora soviética permanece con vida y sigue entre nosotros. Mantiene una buena salud y su gusto por el patinaje. Es una de las últimas viejas glorias del deporte soviético que continúan vivas. En definitiva, uno de los últimos testimonios importantes de lo que llegó a ser el deporte de la URSS.

Grishin: el patinador soviético de los cuatro oros olímpicos

Gabe Abrahams

El patinador soviético Grishin consiguió cuatro medallas de oro olímpicas para la URSS, una hazaña impresionante. Esta es su biografía.

Yevgeny Grishin (o Yevgueny Grishin) nació el 23 de marzo de 1931 en Tula, una ciudad de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), situada a una distancia de 165 kilómetros de Moscú.

Al principio, el deportista se decantó por entrenar y competir en ciclismo durante todo el año y patinar en invierno solo en sus entrenamientos. Pero, transcurrido un tiempo, optó por entrenar y competir tanto en ciclismo como en patinaje plenamente.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), así pues, Grishin compaginó el ciclismo y el patinaje. Y, de esta forma, consiguió ganar un campeonato juvenil de patinaje de velocidad, alcanzar una plusmarca nacional juvenil en esa especialidad y ser incluido en el equipo de ciclismo de la URSS que acudió a los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952, aunque al final no compitió.

Los Juegos de Helsinki de 1952 marcaron un antes y un después en la carrera de Grishin, ya que, a partir de estos, dejó atrás el ciclismo y se centró en el patinaje por completo. Una decisión acertada que le condujo a ganar cuatro medallas de oro olímpicas en los años siguientes. Y es que cuando uno tiene que darlo todo en una disciplina deportiva, es preferible no desdoblarse en dos. El cuerpo y la mente dan para lo que dan.

En los Juegos Olímpicos de Invierno de 1956, disputados en Cortina d’Ampezzo (Italia), Grishin recogió los primeros frutos de su acierto y se proclamó Campeón Olímpico en las pruebas de 500 y 1.500 metros de patinaje, encabezando la URSS el medallero de los Juegos con 17 medallas. Fue su primer gran momento olímpico.

Cuatro años después, en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1960, llevados a cabo en Squaw Valley (Estados Unidos), el doble campeón olímpico soviético volvió a triunfar en las mismas dos pruebas en las que lo había hecho en los Juegos de Cortina d’Ampezzo y se proclamó otra vez doble campeón olímpico. La URSS, de nuevo, encabezó el medallero con 21 medallas.

Arribados los Juegos Olímpicos de Invierno de Innsbruck 1964 (Austria), a pesar de ser ya veterano, el incansable Grishin una vez más estuvo a la altura de lo que de él se esperaba y logró ganar su quinta medalla olímpica, en esta ocasión de plata, en la prueba de 500 metros, cerrando su ciclo de medallas olímpicas. Fue su último momento estelar en unos Juegos Olímpicos. Como venía siendo habitual, la URSS volvió a encabezar el medallero de los Juegos con un total de 25 medallas.

La última participación olímpica de Yevgeny Grishin se produjo en los Juegos Olímpicos de Invierno de Grenoble 1968 (Francia), donde a pesar de ser muy veterano aún pudo quedar cuarto en la prueba de los 500 metros.

A sus grandes gestas olímpicas, el incansable patinador añadió una medalla de oro en el Campeonato de Europa de 1956 y dos medallas de bronce en los mundiales de los años 1954 y 1958, así como una larga lista de plusmarcas conseguidas entre 1956 y 1963. Sus años de gloria.

En 1966, Yevgeny Grishin se convirtió en entrenador y realizó una buena tarea al frente de la preparación de ciclistas y patinadores de la URSS, retirándose de esa actividad a finales de los años setenta.

En 1959, además, Grishin se casó con la patinadora Marina Granatkina, con la que tuvo una hija: Elena. En 1962, se afilió al PCUS, el Partido Comunista de la Unión Soviética. Y, tras sus gestas, recibió condecoraciones como la Orden de Lenin o la distinción de Honorable Maestro de Deportes de la URSS.

Grishin falleció finalmente el 9 de julio de 2005 en Dédovsk, una pequeña ciudad de los alrededores de Moscú, tras pasar sus últimos años de vida con problemas de salud. Y fue enterrado en el cementerio moscovita Troyekúrovskoye, a escasos metros de algunos ex responsables del PCUS, es decir de su partido, y del KGB (servicio de inteligencia de la URSS) como Vladímir Semichastny o Víktor Chébrikov.

La noticia de su muerte causó sorpresa y a algunos les costó asimilar que el extraordinario patinador que ayudó a encumbrar a la Unión Soviética en el patinaje y el olimpismo se había ido. Lo había hecho en silencio, sin hacer demasiado ruido, un tanto apartado del mundo. Y, por eso, hubo quien se sorprendió con la noticia.

Desde su fallecimiento, Grishin no ha sido olvidado y, frecuentemente, recibe reconocimientos y homenajes, sobretodo en su país. Suele aparecer en sellos de correos, en monedas conmemorativas o en reportajes que lo recuerdan. Y es que el paso del tiempo ha permitido apreciar mejor su trayectoria, valorar más sus éxitos y tomar conciencia de la verdadera dimensión de todo lo que consiguió. El campeón está aquí, con nosotros. Eterno Grishin.

Betty Cuthbert y su récord de oros olímpicos

Gabe Abrahams

Hasta el día de hoy, Betty Cuthbert ha sido el único ser humano capaz de ganar el oro en las tres pruebas de velocidad individuales que se disputan en los Juegos Olímpicos. Nadie ha conseguido tamaña hazaña salvo ella. Esta es su apasionante biografía.

Elizabeth «Betty» Cuthbert nació el 20 de abril de 1938 en Ermington, un suburbio de Sídney, Nueva Gales del Sur, Australia.

Betty Cuthbert tuvo una hermana gemela, junto a otros dos hermanos, y su infancia fue feliz. Años después declaró: “Mis padres siempre me alentaron y tuve una buena vida familiar. Siempre nos enseñaron a respetar las cosas y a otras personas”.

Tras asistir a la Escuela Pública de Ermington y a la Escuela secundaria, Cuthbert empezó a trabajar en una guardería e inició su relación con el atletismo, el deporte que la encumbraría a la gloria. Sus entrenamientos se endurecieron rápido y los resultados no tardaron en llegar.

El 16 de septiembre de 1956, con tan solo 18 años, Betty Cuthbert pulverizó la plusmarca mundial de los 200 metros, con un registro de 23,2 segundos, y se convirtió en una de las grandes favoritas para los Juegos Olímpicos de Melbourne de ese mismo año.

Pocas semanas después de su primera gran gesta, Cuthbert no defraudó y, en los Juegos celebrados en su país, consiguió ganar la medalla de oro olímpica en las pruebas de 100 metros, 200 metros y relevo 4×100 metros. Un triple oro olímpico histórico.

En la final de 4×100 metros, la velocista australiana además logró una nueva plusmarca mundial.

Cuatro años después, tras conseguir nuevos logros y plusmarcas, Cuthbert volvió a participar en unos Juegos Olímpicos, los de Roma de 1960, en los cuales tuvo mala suerte. Una inoportuna lesión en la eliminatoria de los 100 metros, obligó a Betty a decir adiós a la competición sin cumplir ninguno de sus objetivos. Un golpe que, sin embargo, sirvió para que la atleta se creciese.

En los siguientes Juegos Olímpicos, los de Tokio de 1964, Cuthbert así pues se vengó de lo ocurrido y, ante un público entregado, volvió a ganar una medalla de oro. Su cuarto oro olímpico. Ganó los 400 metros lisos con un tiempo de 52 segundos.

Con esa nueva medalla, Betty Cuthbert dejó dos récords extraordinarios para la posteridad. El de único ser humano capaz de ganar el oro olímpico en las tres pruebas de velocidad individuales que se disputan en los Juegos. Y el de único ser humano ganador de esos tres oros olímpicos y el de la prueba de relevo 4×100 metros. Hasta hoy, ningún hombre o mujer ha superado ninguno de esos dos registros. Tras su última gesta, Cuthbert se retiró de la competición.

Ya en 1969, los médicos le diagnosticaron a la exatleta esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa. Y, a pesar de eso, esta continuó realizando actividades ligadas a causas humanitarias, entroncadas con movimientos de cristianos progresistas. Cuthbert se convirtió en una defensora comprometida de su enfermedad y en una activista incansable en la concienciación de la sociedad sobre la misma.

En el año 2000, durante la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Sídney, Betty Cuthbert fue una de las portadoras de la antorcha olímpica y, en el 2012, ingresó en el Hall of Fame de la IAAF, la federación internacional de atletismo. Un reconocimiento importante que redondeaba otros anteriores como el de la MBE (Most Excellent Order of the British Empire), es decir la Orden del Imperio Británico, que recibió en 1969.

Betty Cuthbert murió finalmente el 6 de agosto del año 2017, con 79 años de edad, en Mandurah, Australia. Y, al día siguiente de su fallecimiento, la organización del Campeonato Mundial de Atletismo de Londres le dedicó un merecido minuto de silencio.

Después de enterarse del fatal desenlace, la australiana Cathy Freeman, campeona olímpica y mundial de los 400 metros, afirmó acertadamente sobre ella: “Betty ha sido una inspiración. Estoy muy feliz de haber conocido a un modelo a seguir tan extraordinario”.

Marlene Mathews, doble medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956 en los que Cuthbert logró tres oros olímpicos, añadió: “Nunca he conocido a nadie que tuviera tanta fe y determinación. Fue esa fe la que la mantuvo en pie durante tanto tiempo y en los momentos más difíciles”.

Poco más se puede decir sobre la gran campeona Betty Cuthbert, el único ser humano que ha sido capaz hasta el presente de ganar el oro olímpico en las tres pruebas de velocidad que se disputan en los Juegos y de añadir además el oro en el relevo 4×100 metros, salvo quizás un deseo de que su memoria permanezca entre nosotros. De que su memoria no se olvide. Parece evidente que así será.

Cuando la esperanza compite y gana

Por Memo Acuña. Sociólogo y escritor costarricense

Hicieron su aparición por primera vez en los Juegos Olímpicos de Río en 2016. Entonces el contexto global de la población en condiciones de refugio hacía referencia a la realidad europea, con un Mar Mediterráneo como fosa común para cientos de miles de personas que intentaban llegar a las costas de países como Grecia, España e Italia, para salvar su vida.

Se desarrollaba la crisis en Siria, que aún no cesa y más bien comparte condiciones con otras crisis que generan el desplazamiento de millones de personas en el mundo. Hoy la cifra se calcula en 100 millones de personas en condiciones de refugio.

Cuando el primer equipo olímpico de personas refugiadas emergió en Río, generó una serie de preguntas sobre su representatividad y especificidad. Era un equipo de personas viviendo con este estatus en países diferentes a los de su origen y fueron acogidos bajo el emblema olímpico de la deportividad. Cinco años más tarde, volverían a aparecer en los juegos de Tokio, llevados a cabo en 2021 como consecuencia de la pandemia planetaria que paralizó cualquier actividad un año antes.

En París 2024, 36 atletas provenientes de 11 países distintos conforman el equipo olímpico de personas refugiadas. En esta oportunidad, se desempeñarán en 12 deportes diferentes: acuáticos (natación), atletismo, bádminton, boxeo, breaking, piragüismo (eslalon y esprint), ciclismo (en ruta), judo, tiro, taekwondo, halterofilia y lucha (estilo libre y grecorromana), de acuerdo con la información consultada en la página oficial del Comité Olímpico Internacional.

Abrir espacio a una población con estas condiciones, que ha debido luchar en grado sumo por salvar su vida, protegerla y reconstruir su proyecto personal y aún familiar, solo habla de un hálito de esperanza que asoma en medio de crisis humanitarias sin comparación experimentadas a nivel contemporáneo. La esperanza constituye finalmente ese esfuerzo colectivo por trascender y ponerse en el pecho una medalla, quizá la más importante jamás otorgada: la de la dignidad.

Israel fuera de los Juegos Olímpicos

Una campaña señala que es importante entender la necesidad de vetar a Israel de las justas deportivas de París 2024, esta notabilidad se da por la significancia que ha tenido el deporte en situaciones de guerra y colonialismo.

‘’El boicot deportivo fue una de las herramientas psicológicas más poderosas para terminar con el apartheid en Sudáfrica’’ – Desmond Tutú

Israel ha prohibido a deportistas de Palestina volver a Gaza, también les ha prohibido desfilar con sus trajes típicos, inclusive han vetado hasta 250 atletas de Palestina a participar en competencias deportivas. También se suma la destrucción masiva de los centros de deporte de alto rendimiento y de instalaciones para uso recreativo. Existe también el caso del estadio Yarmouk que lo convirtieron en campamento de detención para palestinos.

El movimiento de vetar a Israel de las olimpiadas ha tenido mucho peso en Sudáfrica, donde se pueden evidenciar estos anuncios.

Impulsan campaña: Un veto por la paz en las olimpiadas

Al Comité Olímpico Internacional: 

«Como ciudadanos y ciudadanas de todo el mundo, les exhortamos a vetar a Israel de los Juegos Olímpicos hasta que su gobierno detenga el ataque a civiles inocentes en Gaza». El próximo mes, el mundo volcará su mirada en los Juegos Olímpicos de París. 

36 000 personas que podrían haber disfrutado viendo las olimpiadas con nosotros desde Gaza están muertas. A los niños y niñas que alguna vez soñaron con competir les han arrancado piernas y brazos. 

Y a menos que algo cambie, el gobierno israelí seguirá bombardeando Gaza mientras los deportistas compiten en su nombre. Israel acaba de anunciar su intención de continuar la guerra durante siete meses más. 

Mientras el planeta se une en torno a los Juegos Olímpicos, tenemos la oportunidad de enviar un mensaje al mundo: la comunidad internacional no tolerará el asesinato masivo de civiles. La presión se está incrementando para que los atletas israelíes puedan competir, pero no bajo la bandera de Israel. 

El Comité Olímpico se reúne el 12 de junio, ¡juntemos un millón de firmas exigiendo el veto de Israel hasta que su gobierno detenga el ataque a las vidas palestinas! 

Enlace de la votación: https://secure.avaaz.org/campaign/es/olympics_ban_loc/?whatsapp 

Alain Mimoun y su largo camino hacia el oro olímpico

Gabe Abrahams

Alain Mimoun, o Ali Mimoun Ould Kacha (1921-2013), nació el 1 de enero de 1921 en el distrito de Maïder en la ciudad de Telagh, Argelia, en una familia árabe y bereber de campesinos muy pobres.

Mimoun fue el mayor de siete hermanos y un alumno aplicado en la escuela primaria. Al terminarla, solicitó una beca para continuar sus estudios, pero las autoridades coloniales francesas no se la concedieron.

Tras ese revés, Mimoun trabajó de obrero de la construcción y en una ferretería y decidió que quería marcharse a Francia en busca de un futuro mejor, lo cual consiguió en 1939 al alistarse en el ejército francés.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Mimoun participó en numerosos combates contra la Alemania nazi y sus aliados, a la vez que inició su relación con el atletismo. Estuvo presente en la campaña de Túnez, en la campaña de Italia, en la invasión aliada de Francia, etc.

Concluida la guerra, Mimoun abandonó el ejército, se fue a vivir a París y empezó a dedicarse en cuerpo y alma al atletismo, consiguiendo, en 1948, su primera gran gesta deportiva. En los Juegos Olímpicos de Londres de ese año, Mimoun terminó segundo en la prueba de los 10.000 metros y se colgó la medalla de plata olímpica.

Un año después, en el Campeonato del Mundo de campo a través, llamado por aquel entonces Cross de las Naciones, Mimoun ratificó su condición de gran campeón al conseguir proclamarse Campeón del Mundo individual y por equipos con Francia.

Ya en 1950, Mimoun siguió con su racha de excelentes resultados. En el mundial de campo a través, volvió a triunfar al lograr ser subcampeón mundial individual y campeón mundial por equipos. Y, en el Campeonato de Europa de atletismo, quedó segundo en las pruebas de 5.000 metros y 10.000 metros.

1952 fue uno de los mejores años de la carrera deportiva de Alain Mimoun. En los Juegos Olímpicos de Helsinki, quedó segundo en las pruebas de 5.000 metros y 10.000 metros, ganando otras dos medallas de plata olímpicas. Y, en el Campeonato del Mundo de campo a través, repitió su actuación de 1949, proclamándose tanto campeón individual como por equipos.

En 1954 y 1956, Mimoun volvió a ser Campeón del Mundo individual de campo a través, consiguiendo también la plata y el oro por equipos respectivamente.

En 1956, antes de los Juegos Olímpicos de Melbourne que se iban a celebrar en otoño, Mimoun tenía en mente lograr el oro olímpico que se le había resistido hasta la fecha. Antes de los Juegos, Mimoun abandonó el islam y se convirtió en católico, supo que iba a ser padre por primera vez y deseó con todas sus fuerzas alcanzar el oro olímpico. Envuelto en esa situación, el 1 de diciembre de 1956 el veterano corredor participó en la carrera de maratón de los Juegos y puso las cosas en su sitio.

Bajo un calor sofocante y teniendo como máximo rival al mítico Emil Zátopek, pasada la mitad de la prueba, Mimoun lanzó un ataque a un ritmo sostenido y se marchó hacia la meta en solitario, cruzándola finalmente en medio de un público entregado. «Cuando entré en el túnel del estadio y salí a la pista, aclamado por 100.000 espectadores, viví los mejores minutos de mi vida», explicó Mimoun más tarde.

Tras su gesta olímpica, en el Campeonato del Mundo de campo a través de 1958, Mimoun aún pudo proclamarse subcampeón del mundo individual y por equipos. A partir de entonces, quedó en el puesto 34 en el maratón de los Juegos Olímpicos de Roma 1960, ganó alguna medalla por equipos en mundiales y consiguió títulos franceses. En 1966, alcanzó el último.

Después de su retirada del deporte de alta competición, Mimoun se convirtió en una figura de culto y recibió innumerables reconocimientos. En Francia, recibió hasta cuatro premios Legión de Honor. El día a día del corredor a lo largo de su extensa carrera deportiva, sin embargo, había sido muy distinto a la imagen que las autoridades francesas pretendían transmitir con sus premios.

En octubre de 2002 y marzo de 2012, Mimoun reconoció públicamente que, en medio de sus grandes éxitos deportivos, había sufrido unas pésimas condiciones laborales, una vivienda insalubre y hambre en Francia, por no recibir ayudas del Estado francés. Mimoun explicó lo siguiente: «Yo era camarero en un café. No tenía suficiente para comer. Gané cuatro medallas olímpicas mientras vivía en una pequeña casa de dos pisos. Un apartamento de una habitación sin calefacción, ducha ni WC». Mimoun mostraba en sus explicaciones la otra cara de la República Francesa.

Alain Mimoun pasó los últimos años de su vida rodeado de su mujer Germaine y su hija Pascale-Olympe, teniendo al deporte como el centro de sus actividades. Con su corazón dividido entre su Argelia natal y Francia, llegó a la vejez corriendo o haciendo caminata rápida cada día durante 15 km.

Alain Mimoun finalmente falleció el 27 de junio de 2013 a la edad de 92 años en Saint-Mandé, cerca de París, siendo enterrado el 9 de julio de 2013 en el cementerio católico de Bugeat, en concreto en una capilla particular que se había hecho construir tras su conversión al catolicismo. Dejó una larga lista de gestas deportivas y un gran recuerdo entre los aficionados. Fuera de las oportunistas declaraciones de los políticos franceses, la mejor declaración sobre Mimoun tras su fallecimiento la realizó su compañero Michel Jazy. Una declaración que retrataba a Mimoun. «Alain fue un modelo a seguir para mí. Me despertaba a las 5:30 de la mañana para salir a correr y por la noche me obligaba a acostarme a las 20:30», explicó Jazy. Todo dicho.

Ha pasado ya más de una década desde el adiós de Mimoun y su figura ha sido colocada cada vez más en el lugar que le corresponde. Hubiese sido injusto que no fuese así. Hubiese sido injusto que el mejor fondista argelino y francés de todos los tiempos no fuese recordado con la intensidad que merece.

Hoy, medio centenar de estadios de atletismo franceses llevan su nombre. También más de una decena de calles de toda Francia. Justicia, pura justicia histórica.

Galina Zýbina y la gesta de las lanzadoras soviéticas

Gabe Abrahams

Hubo un tiempo en el que las lanzadoras soviéticas lo ganaron prácticamente todo y provocaron que la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) dominase el atletismo femenino a nivel mundial. En los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952 y de Melbourne de 1956, las lanzadoras soviéticas ganaron cuatro oros olímpicos (Galina Zýbina, Nina Romashkova, Tamara Tyshkevich, Inese Jaunzeme) y consiguieron un total de trece de las diecinueve medallas disputadas en las pruebas de lanzamientos.

Repasar la biografía de la lanzadora Galina Zýbina, sirve para conocer los logros de esas extraordinarias lanzadoras y el dominio sobre el atletismo femenino que ejerció la URSS a nivel mundial gracias a ellas. Toda una gesta colectiva.

Galina Zýbina nació el 22 de enero de 1931 en Leningrado. Su padre era bombero y su madre cartera.

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, la joven Galina y su familia, compuesta por sus padres y tres hermanos, padecieron el brutal asedio de Leningrado por parte de los ejércitos nazi y finlandés, un asedio que duró desde el 8 de septiembre de 1941 hasta el 27 de enero de 1944.

El hambre y el frío generados por el asedio nazi-finlandés afectaron gravemente a Galina y sus familiares, tanto que ella quedó muy debilitada y su madre y uno de sus hermanos fallecieron. Su padre también murió en el frente el 10 de enero de 1944.

Concluida la Segunda Guerra Mundial en 1945 tras la derrota de la Alemania nazi y sus aliados, Galina Zýbina empezó a practicar atletismo y, al poco tiempo, se convirtió en una magnífica lanzadora de peso, jabalina y disco.

En el Campeonato de Europa de 1950 disputado en Bruselas, la joven atleta ya fue capaz de ganar la medalla de bronce en la prueba de lanzamiento de jabalina, por detrás de su compatriota soviética Natalia Smirnitskaya y de la austriaca Herma Bauma.

Dos años después, en 1952, Galina Zýbina consiguió un éxito aún mayor al alcanzar la medalla de oro en la prueba de lanzamiento de peso en los Juegos Olímpicos de Helsinki, por delante de la alemana Marianne Werner y de la también soviética Klavdiya Tochonova. Su lanzamiento de 15.28 le supuso el oro olímpico y las plusmarcas mundial y olímpica. De las nueve medallas olímpicas en disputa en las tres pruebas de lanzamientos, siete fueron a parar a la URSS.

En el Campeonato de Europa de 1954 celebrado en Berna, Galina Zýbina logró de nuevo la medalla de oro en lanzamiento de peso, superando en esta ocasión a sus compatriotas soviéticas Mariya Kuznetsova y Tamara Tyshkevich. Su lanzamiento de 15.65 la condujo a la medalla de oro y a la plusmarca europea. Galina redondeó su actuación en el campeonato al lograr la medalla de bronce en la prueba de lanzamiento de disco, tras quedar detrás de otras dos de sus compatriotas soviéticas, Nina Romashkova e Irina Beglyakova, las cuales alcanzaron las medallas de oro y plata respectivamente. Las seis medallas europeas en disputa en las dos pruebas de lanzamientos viajaron hacia la URSS.

En los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956, Galina Zýbina volvió a triunfar al lograr la medalla de plata en lanzamiento de peso, siendo superada por Tamara Tyshkevich. Durante la competición, hubo un duro enfrentamiento entre ambas, pulverizándose la plusmarca olímpica varias veces. De las nueve medallas olímpicas que hubo en disputa en las tres pruebas de lanzamientos, seis fueron para la URSS.

Tras su plata olímpica, en 1957, Galina Zýbina se casó con Yury Fyodorov, con quien tuvo un hijo dos años después. A raíz de eso, se vio obligada a bajar el ritmo de sus entrenamientos y no pudo brillar en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960, ocupando una discreta séptima posición en lanzamiento de peso. Fyodorov fue comandante del crucero Aurora entre 1964 y 1985, cuando ya era un buque museo. Medio siglo antes, en octubre de 1917, el crucero Aurora había realizado el disparo que dio inicio a la toma del Palacio de Invierno de Petrogrado y a la Revolución Rusa, en la cual los sóviets (consejos de obreros) se hicieron con el poder y crearon la URSS, el primer Estado obrero de la historia.

A partir de 1960, Galina Zýbina recuperó su ritmo de entrenamientos y su nivel competitivo habitual, triunfando otra vez en los campeonatos de Europa y los Juegos Olímpicos. En el Campeonato de Europa de 1962 disputado en Belgrado, consiguió la medalla de bronce en la prueba de lanzamiento de peso, logro que repitió en los Juegos Olímpicos de Tokyo de 1964, en ambas ocasiones por detrás de su compatriota soviética Tamara Press.

Debido a su edad, Galina quedó fuera del equipo de la URSS que acudió a los Juegos Olímpicos de México 1968 y, en 1969, siendo ya veterana, se retiró de la competición.

En los años posteriores a su retirada, Galina Zýbina trabajó como entrenadora de atletismo en Estonia, entonces parte de la URSS. Finalizado ese trabajo, siguió apoyando actividades deportivas en su país. Hoy, con 93 años, Galina Zýbina es una de las grandes campeonas del atletismo femenino del siglo pasado que permanecen vivas. Parte importante del grupo de lanzadoras soviéticas que condujo a la URSS a dominar el atletismo femenino en el siglo pasado, su biografía es historia del atletismo y del deporte y sirve para recordar la extraordinaria gesta colectiva de las lanzadoras soviéticas. Una gesta colectiva que ha trascendido el paso del tiempo.

Raúl González, el oro olímpico

Gabe Abrahams

Raúl González nació el 29 de febrero de 1952 en el pueblo de China, Nuevo León, México. Siendo muy pequeño, se trasladó junto a su familia a la ciudad de Río Bravo, situada al norte del Estado de Tamaulipas. “Viví cinco años en la frontera. Nos trasladamos en la época de las pizcas de algodón. ¿Los motivos? Buscar subsistir, nos fuimos a buscar otra fuente de trabajo para poder sobrevivir”, relató González en una entrevista de 2022 en la que explicó su origen humilde.

En 1969, Raúl González ingresó en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) de Monterrey para estudiar la carrera de físico matemático. Y, allí, alternó sus estudios con el deporte. De la mano del entrenador Daniel Garza, inició sus entrenamientos en la pista de tierra del Estadio Raymundo “Chico” Rivera y ganó su primer campeonato prenacional de marcha.

En 1971, González entró en la preselección nacional mexicana dirigida por el entrenador polaco Jerzy Hausleber, un innovador de los sistemas de entrenamiento que llegó a utilizar campamentos de entreno a 4.000 metros de altitud junto al Lago Titicaca de Bolivia.

En 1972, con veinte años, Raúl González acudió a los Juegos Olímpicos de Múnich y consiguió terminar la prueba de 50 km en el vigésimo puesto. Cuatro años después, en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, González mejoró notablemente su prestación y terminó la prueba de 20 km en quinta posición.

En 1977, Raúl González alcanzó su primer gran logro internacional al vencer en los 50 km de la Copa del Mundo, celebrada en Milton Keynes, Inglaterra. En 1978, ratificó su progresión al pulverizar en dos ocasiones la plusmarca mundial de la distancia.

Los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980 sufrieron un injusto boicot, pero México acudió a la cita olímpica que se celebró en la capital de la URSS. González compitió en los 20 km y quedó sexto. En los 50 km, distancia en la que era favorito por ser el campeón de la Copa del Mundo y el plusmarquista de la distancia, abandonó.

Lejos de desmoralizarse por el resultado, Raúl González optó por crecerse ante la adversidad y, una vez finalizaron los Juegos, empezó a entrenar de cara a la siguiente cita olímpica como probablemente nadie lo había hecho en la marcha mexicana. Su determinación de entrenar tanto como hiciese falta para lograr el oro olímpico fue clave en su éxito posterior.

“La verdad es que me preparé con conciencia y no me refiero a solo cumplir con los entrenamientos, sino que estaba muy comprometido y entregado; trabajé mucho, quizá como nadie en la marcha mexicana. En el año previo a los Juegos, hice alrededor de 11.000 kilómetros de volumen”, declaró años después González.

Antes de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984, Raúl González volvió a conseguir grandes resultados, envuelto en sus duros entrenamientos. En 1981 y 1983, ganó otra vez la prueba de 50 km de la Copa del Mundo.

Ya en los Juegos de Los Ángeles, Raúl González no falló. Es más, realizó una demostración de fortaleza y talento. Ganó el oro olímpico en los 50 km y consiguió la plata en los 20 km, detrás de su compatriota Ernesto Canto. De paso, estableció el récord olímpico de los 50 km.

González alcanzó la gloria olímpica, porque logró unir una genética privilegiada para su especialidad, un entrenamiento planificado y científico de un enorme volumen y una voluntad inquebrantable. El largo camino que partía de la pista de tierra del Estadio Raymundo “Chico” Rivera había valido la pena.

Raúl González se retiró del deporte de élite en los Juegos Panamericanos de 1987 tras quedar segundo en 50 km y, desde entonces, desarrolló otras facetas. Desde 1988 hasta 1994, fue director de la Comisión Nacional del Deporte de México (CONADE), consiguiendo estructurar el deporte mexicano y promocionarlo como una actividad de carácter social. Entre 2002 y 2004, fue presidente ejecutivo de la Liga Mexicana de Béisbol Profesional y, entre 2015 y 2018, del Instituto del Deporte del Estado de Nuevo León (INDE). En 2018, renunció a ese cargo y se convirtió en candidato independiente al Senado por el Estado de Nuevo León, con un programa político contrario a los partidos tradicionales y a favor de la organización ciudadana, los servicios sociales y el deporte como una forma de educación. A día de hoy, González sigue activo en diferentes campos.

Raúl González fue un extraordinario marchador. Su imagen marchando hacia el oro olímpico en los últimos metros de los 50 km de los Juegos de Los Ángeles de 1984 son parte de la historia de la marcha atlética y del olimpismo. Tras su retirada, también destacó en otras facetas. México le debe mucho al que ellos bautizaron con el apodo “el matemático”. El deporte en su conjunto también. Parece evidente que su figura y sus gestas trascenderán el tiempo.