Del anuncio a la experiencia del diálogo
Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista
A escasos días del inicio de un nuevo ciclo político, en un contexto nacional atravesado por una polarización que desborda lo estrictamente político para instalarse también en el tejido social y cultural, por la crispación del lenguaje público y una creciente desconfianza institucional, la reciente Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, titulada “La Paz esté con ustedes”, se presenta como un documento urgente, hondamente enraizado en la realidad del país, que introduce un acento particularmente significativo: la recuperación de la cultura del diálogo como horizonte operativo para la construcción de la paz.
En un tiempo en que la palabra ha sido degradada con frecuencia a instrumento de confrontación —más arma que puente—, la insistencia en el encuentro no puede leerse como un gesto retórico, sino como una toma de posición de los obispos que, en su justa comprensión, abre posibilidades no menores para la vida social.
Precisamente por ello, el texto admite —y quizá reclama— una lectura que lo desborde de su inmediatez coyuntural. Puede ser entendido como un signo de inflexión, es decir, como la insinuación de un desplazamiento en el modo en que el episcopado se sitúa frente al país: no tanto la clausura de una etapa, cuanto la apertura de una nueva forma de presencia, menos condicionada por la tendencia a eludir aquellas realidades que no encajan en sus categorías tradicionales y más disponible a la interlocución.
En esa clave, el documento no solo enuncia un contenido, sino que perfila un estilo que, para ser creíble, deberá sostenerse en un equilibrio exigente: sin la pretensión de reclamar prerrogativas —como sucede en otros sectores religiosos—, pero tampoco cediendo a la tentación de omitir pronunciamientos ante situaciones que reclaman claridad (piénsese, por ejemplo, en la diócesis de Cartago y la problemática de la violencia). Se trata, más bien, de una presencia eclesial despojada de privilegios, pero no de responsabilidad; abierta al diálogo, pero no al silencio cómplice. Es en esa tensión —si logra sostenerse con coherencia— donde podría radicar la verdadera novedad del texto.
Lo más logrado del documento es que no trivializa el diálogo. No lo presenta como simple técnica de negociación, sino como una exigencia que brota de la verdad del ser humano creado para la comunión. En esta línea, la invitación a desarmar las palabras toca una fibra particularmente sensible de nuestra realidad: la violencia simbólica que precede y alimenta otras formas de violencia más visibles. Apostar por un lenguaje que no destruya al adversario, sino que lo reconozca como interlocutor, es ya una forma concreta de construir paz.
Ahora bien, precisamente porque el planteamiento es teológicamente sólido y pastoralmente oportuno, la expectativa que suscita no es menor: que no quede reducido a formulaciones bien intencionadas. Su credibilidad dependerá, en gran medida, de su capacidad de encarnarse en prácticas verificables. El desafío deja de ser retórico para volverse ineludible: implica revisar, primeramente, estilos de gobierno eclesial, someter a discernimiento las formas de ejercicio de la autoridad y replantear, con mayor hondura, la relación con el laicado. Porque, de no hacerlo, el riesgo no es solo la incoherencia, sino la reiteración de un discurso que, por falta de concreción, termina por vaciarse de fuerza transformadora.
Si la Conferencia Episcopal invita al diálogo social, ese mismo dinamismo ha de respirarse —con igual o mayor intensidad— en la vida interna de nuestras diócesis. De lo contrario, el riesgo es evidente: proponer hacia fuera lo que no siempre se vive hacia dentro.
En este punto, el momento histórico que vive el país añade urgencia. Ante un horizonte político incierto, la Iglesia —y de manera particular sus pastores— está llamada a ofrecer no solo palabras orientadoras, sino espacios reales donde el tejido social pueda recomponerse, en la cercanía y en la capacidad de generar confianza.
La Carta Pastoral, leída en esta clave, no es tanto un punto de llegada como una puerta que se abre. Su mayor valor reside, quizás, en haber puesto sobre la mesa una intuición necesaria: sin diálogo no hay paz, y sin una Iglesia que encarne ese diálogo, difícilmente podrá proponerse de manera creíble a la sociedad.
Queda ahora lo más exigente y, al mismo tiempo, lo más fecundo: hacer de esa intuición un estilo, de ese llamado una práctica y de esa propuesta una experiencia concreta en la vida de nuestro pueblo.





