Cartago: el desafío de no mirar hacia otro lado
Pbro. Glenm Gómez Álvarez
Por mi oficio, como periodista en la Arquidiócesis de San José, no es extraño que colegas me consulten cuando ocurre algún hecho de impacto social en otras diócesis. Hoy, uno de ellos me compartió un reportaje sobre la situación en Los Diques, en Cartago —violencia creciente, homicidios, pobreza extrema— y me hizo una pregunta directa: “¿Qué dice concretamente la Iglesia de Cartago frente a esto?”
Vale decir que el drama de Los Diques no es un hecho aislado; se ha convertido en un símbolo que alimenta una creciente preocupación en Cartago. En lo que va del año, la provincia comienza a despuntar, lamentablemente, por sus índices de violencia y criminalidad.
La pregunta me tomó por sorpresa. No porque la Iglesia no tenga nada que decir —la Iglesia es, quiera o no, un actor social con responsabilidad moral— sino porque tuve que responder con honestidad: “hasta donde yo sé, no se ha dicho nada.”
Ojalá mi percepción sea incompleta. Ojalá exista una palabra que no ha tenido suficiente eco. Pero si no es así, entonces el silencio merece una reflexión profunda.
Cuando el evangelista Mateo relata que Jesús, al ver a la multitud, la contempló “cansada y abatida como ovejas sin pastor” (Mt 9,36), no dice que miró hacia otro lado. No se desentendió. No relativizó el problema. Se conmovió. Y esa conmoción no fue sentimentalismo: fue el inicio de una acción, de una enseñanza, de un compromiso.
Hoy, al mirar realidades como Los Diques, es difícil no pensar en ese pasaje. Comunidades enteras viviendo entre precariedad, miedo y abandono. Niños creciendo bajo el sonido de las balas. Familias atrapadas entre la pobreza estructural y el narcotráfico. ¿No es esta también una multitud cansada y abatida?
La Iglesia no está llamada a dirigir operativos policiales ni a sustituir al Estado. Pero sí está llamada a mirar. A nombrar. A iluminar. A consolar. Y también, cuando sea necesario, a incomodar.
El silencio prolongado puede interpretarse como distancia. Y la distancia, en contextos de dolor, se percibe como ausencia. No se trata de protagonismo mediático ni de convertir la fe en discurso. Se trata de coherencia evangélica.
Si Jesús no miró hacia otro lado ante un pueblo desorientado, la Iglesia tampoco puede hacerlo ante comunidades que viven literalmente entre balas. Donde la vida está herida, la fe no puede ser indiferente.
Tal vez lo primero que se necesita no es una solución técnica —que corresponde a las autoridades competentes— sino una palabra clara que recuerde que la dignidad humana no es negociable y que ninguna zona puede convertirse en territorio resignado al miedo.
Ciertamente, esta situación no es exclusiva de Cartago; lamentablemente, la violencia y la fragilidad social atraviesan hoy buena parte del país. Pero precisamente por eso, en cada diócesis, se vuelve urgente una palabra clara y un gesto comprometido.
La muy noble y leal Cartago, tierra de fe arraigada y abundante en vocaciones, tiene hoy un reto a la altura de su historia. Precisamente porque ha sido referente espiritual para el país, no puede permanecer indiferente ante el dolor que se concentra en sus propias periferias. Tal vez este es un momento clave para pronunciar una palabra clara que nazca de la misma fe que ha sostenido a esta tierra por generaciones. Si Cartago es, como decimos, un pueblo profundamente creyente, entonces también está llamado a ser un pueblo profundamente comprometido con la vida donde más frágil se encuentra.


