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Etiqueta: Rodrigo Campos Hernández

Entre la legalidad y el vaciamiento institucional: educación pública, segmentación social y decisiones recientes en Costa Rica

Por MSc. Rodrigo Campos Hernández

Introducción

En los últimos días, la discusión pública en Costa Rica ha girado en torno al convenio suscrito entre el gobierno y la plataforma Open English, mediante el cual se destinarían más de 70 millones de dólares para facilitar el acceso al aprendizaje del idioma inglés a la población mayor de 15 años. El debate ha oscilado entre dos polos: por un lado, la denuncia de posibles irregularidades o actos de corrupción; por otro, la defensa de la iniciativa como una estrategia de modernización educativa. Sin embargo, reducir el análisis a la existencia o no de un ilícito penal resulta insuficiente.

El problema de fondo no es únicamente jurídico. Aun en ausencia de una infracción tipificada conforme a la Ley N.º 8422 (Ley contra la corrupción y el enriquecimiento ilícito en la función pública), persisten interrogantes más profundas sobre la racionalidad de la decisión pública, la coherencia del modelo educativo y el papel que el Estado está asumiendo en la formación de sus ciudadanos. Este artículo propone que el caso Open English no debe analizarse como un hecho aislado, sino como parte de un proceso más amplio de transformación del sistema educativo costarricense.

  1. Legalidad formal y racionalidad del gasto público

Desde el punto de vista jurídico, la ausencia de evidencia que vincule directamente a funcionarios públicos con beneficios patrimoniales derivados del contrato limita la posibilidad de calificar el caso como delito de corrupción en sentido estricto. No obstante, el derecho administrativo contemporáneo no se agota en la legalidad formal. La función pública está regida también por principios como la eficiencia, la razonabilidad y la planificación del gasto (Constitución Política de Costa Rica, art. 11).

En este contexto, la pregunta relevante no es únicamente si el contrato es legal, sino si responde a criterios adecuados de política pública. Resulta particularmente llamativo que, en un escenario donde se han planteado restricciones al financiamiento de la educación superior (FEES) y tensiones en torno a instituciones como la Caja Costarricense del Seguro Social, se destine una suma tan significativa a la contratación de un servicio externo, en lugar de fortalecer capacidades institucionales ya existentes, como las del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA).

  1. Externalización y debilitamiento institucional

El convenio con Open English puede interpretarse como un caso de externalización de funciones públicas. El Estado, en lugar de desarrollar o fortalecer sus propias capacidades formativas, opta por adquirir servicios en el mercado. Este fenómeno no es nuevo, pero adquiere particular relevancia cuando se aplica a áreas estratégicas como la educación.

El INA ha sido históricamente una institución clave en la formación técnica y lingüística de la población costarricense. Sustituir o desplazar parcialmente esa capacidad mediante la contratación de plataformas privadas no solo plantea dudas sobre la eficiencia del modelo, sino también sobre sus efectos a mediano y largo plazo. Más aún, la destitución de voces críticas dentro de la institución, como la académica Eleonora Badilla, sugiere posibles limitaciones en los espacios de deliberación técnica dentro del proceso de toma de decisiones.

En este sentido, el problema trasciende la contratación específica: se inscribe en una transformación más amplia del papel del Estado, que pasa de ser formador a intermediario de servicios educativos.

  1. La reducción de la formación integral

Paralelamente, decisiones recientes del Ministerio de Educación Pública han reconfigurado el currículo escolar, desplazando asignaturas como educación musical, artes plásticas, educación física, filosofía y psicología hacia un lugar secundario frente a las llamadas “materias básicas”. Este cambio no es meramente técnico.

La educación integral no se limita a la transmisión de habilidades instrumentales, sino que implica la formación de sujetos críticos, sensibles y capaces de participar activamente en la vida democrática (Nussbaum, 2010). La reducción del currículo a contenidos mínimos responde a una lógica que privilegia la eficiencia operativa sobre la formación humana.

En este contexto, la inversión en plataformas digitales para la enseñanza del inglés aparece como una solución fragmentaria que no aborda los problemas estructurales del sistema educativo, caracterizado por déficits en comprensión lectora, altos niveles de deserción y profundas desigualdades territoriales.

  1. Segmentación educativa y reproducción de desigualdades

El análisis del sistema educativo costarricense revela una estructura segmentada más que dual. No se trata simplemente de una oposición entre lo público y lo privado, sino de la coexistencia de circuitos diferenciados de calidad y acceso.

Por un lado, sectores de mayores recursos acceden a educación privada de alta calidad en primaria y secundaria, lo que les permite ingresar a universidades públicas prestigiosas como la Universidad de Costa Rica o continuar estudios en el extranjero. Por otro lado, amplios sectores de la población dependen de un sistema público debilitado o de universidades privadas cuya calidad es, en muchos casos, desigual.

En este escenario, las universidades privadas no siempre corrigen las desigualdades educativas, sino que las administran. Como señalan autores críticos de la educación superior contemporánea, la expansión del acceso no necesariamente se traduce en una mejora de la calidad formativa (Marginson, 2016).

Las decisiones recientes en política educativa no parecen orientadas a reducir esta segmentación. Por el contrario, tienden a profundizarla, al debilitar la formación pública en sus distintos niveles y promover soluciones fragmentarias que dependen de la capacidad individual de los estudiantes para aprovecharlas.

  1. El conflicto del FEES y la fragmentación institucional

El adelanto de las discusiones en torno al FEES ha generado tensiones sin precedentes entre las universidades públicas, evidenciando una fragmentación interna que debilita su capacidad de acción colectiva. Este fenómeno puede interpretarse como parte de un proceso más amplio de reconfiguración del sistema educativo, donde las instituciones públicas son llevadas a competir entre sí en lugar de consolidarse como un bloque articulado.

En este contexto, el debilitamiento no es necesariamente producto de un ataque frontal, sino de un desgaste progresivo que reduce la capacidad de defensa y legitimidad del sistema público de educación superior.

  1. Convergencias institucionales y disputa hegemónica

Un elemento adicional que complejiza el análisis del caso Open English es la aparente convergencia entre actores que, en otros contextos, han mantenido relaciones tensas. Durante la actual administración, el Poder Ejecutivo ha sostenido cuestionamientos recurrentes contra la Contraloría General de la República, particularmente por los controles que esta ejerce sobre el gasto público y la ejecución de proyectos estratégicos.

Sin embargo, en este caso específico, se ha señalado públicamente que la CGR no objetó —e incluso habría avalado— el mecanismo utilizado para la implementación del convenio. Esta situación introduce una interrogante relevante: ¿cómo se explica que, en un tema de alto impacto público como la educación, se produzca una coincidencia entre instancias que usualmente operan en tensión?

Más que buscar respuestas en términos de intencionalidades individuales, resulta más productivo interpretar este fenómeno desde una perspectiva estructural. Como han señalado diversos autores en el campo de la teoría social y política, los momentos de convergencia entre actores institucionales pueden revelar la existencia de consensos más profundos en torno a la orientación de determinadas políticas públicas (Gramsci, 1971; Jessop, 2008).

En este sentido, el caso analizado podría interpretarse como un punto de articulación dentro de una disputa hegemónica más amplia, en la que distintos sectores —estatales y privados— coinciden, explícita o implícitamente, en la necesidad de reconfigurar el papel del Estado en áreas estratégicas como la educación.

  1. Incidencia del sector empresarial y redefinición de lo público

Otro elemento que refuerza esta lectura es la participación activa de organizaciones empresariales, como la Unión Costarricense de Cámaras y Asociaciones del Sector Empresarial Privado, en discusiones que tradicionalmente han sido de carácter técnico y educativo, como las decisiones del Instituto Nacional de Aprendizaje.

La intervención de estos actores no es, en sí misma, ilegítima en un sistema democrático. Sin embargo, plantea preguntas sobre los equilibrios institucionales y los criterios que orientan la toma de decisiones públicas. En particular:

¿qué tipo de conocimiento se privilegia cuando las decisiones educativas se orientan cada vez más por criterios de mercado o necesidades inmediatas del sector productivo?

Este desplazamiento puede contribuir a una redefinición del sentido de lo público, donde la educación deja de concebirse como un derecho integral y se aproxima a una lógica de formación de competencias específicas para el mercado laboral.

  1. Continuidades más allá de los gobiernos

Finalmente, es importante subrayar que los procesos aquí descritos no se agotan en una administración particular. Las transformaciones estructurales en los sistemas educativos suelen trascender los ciclos políticos y consolidarse en el tiempo.

En este sentido, la discusión no debería centrarse exclusivamente en las decisiones del gobierno actual, sino en las tendencias de mediano y largo plazo que estas decisiones reflejan y potencian. La fragmentación del sistema educativo, la externalización de funciones y la creciente incidencia de actores privados en la definición de políticas públicas son fenómenos que podrían continuar —e incluso profundizarse— en futuras administraciones.

Conclusión

El caso Open English no puede entenderse como un episodio aislado ni reducirse a la discusión sobre su legalidad. Más bien, revela una serie de transformaciones en curso en el sistema educativo costarricense: externalización de funciones, reducción de la formación integral, segmentación del acceso y fragmentación institucional.

Independientemente de las intenciones declaradas por las autoridades, el efecto conjunto de estas decisiones resulta funcional a un modelo en el que el Estado reduce su papel como garante de una educación pública integral, mientras se amplían mecanismos de provisión fragmentada y mediada por el mercado.

El riesgo no es únicamente la ineficiencia de una inversión cuestionable. El riesgo es más profundo: la consolidación de un sistema educativo cada vez más desigual, donde la formación deja de ser un derecho garantizado colectivamente y se aproxima, progresivamente, a una lógica de consumo individual. En ese escenario, la pregunta fundamental ya no es cuánto se invierte, sino qué tipo de sociedad se está formando a través de esas decisiones.

Referencias

Constitución Política de la República de Costa Rica. (1949).

Gramsci, A. (1971). Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era.

Jessop, B. (2008). State power: A strategic-relational approach. Polity Press.

Ley N.º 8422. Ley contra la corrupción y el enriquecimiento ilícito en la función pública. Costa Rica.

Marginson, S. (2016). The dream is over: The crisis of Clark Kerr’s California idea of higher education. University of California Press.

Nussbaum, M. C. (2010). Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz Editores.

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2023). Resultados de PISA 2022. OECD Publishing.

Universidad Nacional. (2023). Informes sobre estado de la educación y habilidades básicas en estudiantes costarricenses.

Frente al repliegue de derechos: la interseccionalidad como estrategia política

Por Rodrigo Campos Hernández

Las recientes decisiones en materia de política exterior y derechos humanos en Costa Rica no son hechos aislados. Forman parte de un proceso más amplio de reconfiguración política que exige ser comprendido en toda su complejidad.

El momento político que atraviesa Costa Rica no puede ser leído únicamente como una sucesión de decisiones aisladas en materia de política pública o política exterior. Lo que estamos presenciando es, más bien, una reconfiguración del campo político y simbólico en el que históricamente se han sostenido las luchas por los derechos humanos en el país.

En este contexto, el debilitamiento de espacios internacionales de diálogo en materia de derechos, el desplazamiento de prioridades hacia agendas de seguridad y la erosión progresiva del lenguaje de derechos humanos no afectan a un solo grupo en particular. Sus efectos son múltiples, acumulativos y profundamente interrelacionados.

Es aquí donde la interseccionalidad deja de ser una categoría descriptiva para convertirse en una necesidad política.

No estamos frente a luchas separadas. Las afectaciones que hoy experimentan las personas LGBTIQ+, las mujeres, las personas trabajadoras, las poblaciones migrantes o quienes dependen de la educación y la salud públicas no ocurren en compartimentos estancos. Son expresiones diversas de una misma transformación estructural que redefine prioridades, redistribuye poder y reorganiza las condiciones de inclusión y exclusión en la sociedad.

Insistir en respuestas fragmentadas frente a procesos que son, en sí mismos, estructurales, no solo resulta insuficiente, sino que contribuye —aunque sea involuntariamente— a la reproducción de las mismas condiciones que se pretende transformar.

La interseccionalidad, en este sentido, no debe entenderse como una suma de identidades o como un catálogo de reivindicaciones particulares, sino como una forma de comprender la realidad que permite identificar los puntos de convergencia entre distintas formas de desigualdad y, a partir de ello, construir estrategias comunes.

Esto implica un desafío inmediato para las organizaciones sociales: abandonar el sectarismo como forma de posicionamiento político.

El sectarismo fragmenta, debilita y limita el alcance de cualquier lucha. En cambio, la articulación —aunque más compleja— amplía la capacidad de incidencia, fortalece la legitimidad y permite disputar el sentido de lo público desde una base más amplia.

No se trata de diluir las demandas específicas de cada grupo, sino de reconocer que ninguna de ellas puede sostenerse plenamente en aislamiento.

La historia reciente de Costa Rica ha demostrado que los avances en derechos han sido posibles cuando distintas fuerzas sociales, institucionales y políticas han logrado converger, aun en medio de diferencias. Hoy, frente a un escenario que tiende a reconfigurar esas conquistas, esa lección adquiere una renovada vigencia.

La interseccionalidad, entonces, no es solo un marco analítico. Es una estrategia.

Una estrategia que exige diálogo, apertura, capacidad de escucha y, sobre todo, voluntad de construir en común.

Si el momento actual se caracteriza por la reorganización de la hegemonía, la respuesta no puede ser la dispersión de las resistencias.

Debe ser, por el contrario, su articulación consciente, sostenida y estratégica.

Hoy más que nunca, las organizaciones sociales están llamadas a dar un paso adelante:

• a reconocerse mutuamente,

• a construir agendas compartidas,

• a coordinar acciones más allá de sus diferencias,

• y a asumir que ninguna lucha será suficiente si se libra en soledad.

El tiempo que viene no admite fragmentación. Exige claridad, compromiso y acción colectiva.

Cuando la Doctrina Monroe vuelve a hablar…

Rodrigo Campos Hernández

Cuando la Doctrina Monroe vuelve a hablar: lenguaje, poder y soberanía en el hemisferio. A propósito del discurso del secretario de Guerra de Estados Unidos Pete Hegseth en la Conferencia de las Américas contra los Cárteles del 5 de marzo de 2026.1

1 Este es un ejercicio de lectura crítica sobre el discurso de seguridad hemisférica actual.

1. Introducción: cuando el lenguaje reorganiza la realidad1

El discurso que aquí se analiza fue pronunciado por el secretario de Defensa de Estados Unidos en el marco de una convocatoria impulsada por el presidente Donald Trump en Florida, en la que participaron diversos presidentes y ministros de seguridad de América Latina y el Caribe.

El encuentro tenía como objetivo articular una estrategia regional de seguridad —incluido el denominado “Escudo de las Américas”— orientada a fortalecer la lucha contra los carteles y otras amenazas transnacionales.

El contexto no es menor. Se trata de un momento de reconfiguración geopolítica, en el que se redefinen alianzas, amenazas y marcos de acción en el hemisferio. El emisor habla desde una posición de poder estatal con capacidad de incidir materialmente en la región, mientras que los receptores —autoridades políticas y de seguridad— son potenciales traductores institucionales de ese discurso.

En este punto, una pregunta resulta inevitable: ¿qué sentido tiene realizar un análisis de este tipo?

La interrogante no es menor. A primera vista, podría parecer que se trata de un ejercicio meramente interpretativo, sin consecuencias prácticas inmediatas. Sin embargo, en contextos como el actual, los discursos no son simples declaraciones. Funcionan como dispositivos que orientan decisiones, legitiman políticas y delimitan lo que aparece como posible o necesario.

Analizar un discurso de esta naturaleza no es, por tanto, un ejercicio teórico abstracto. Es una forma de intervenir críticamente en las condiciones mismas en que se toman decisiones públicas.

Para América Latina, esta cuestión adquiere una relevancia particular. Históricamente, la región ha sido escenario de múltiples formas de influencia externa, muchas de ellas justificadas precisamente a través de narrativas que apelan a la seguridad, el orden o la estabilidad. En ese sentido, comprender cómo se construyen esas narrativas permite también reconocer sus implicaciones políticas.

En el caso de Costa Rica, el análisis resulta especialmente significativo. Se trata de un país cuya tradición política se ha construido en torno a la institucionalidad democrática, el derecho internacional y la ausencia de fuerzas armadas. La incorporación acrítica de marcos discursivos que privilegian la lógica de seguridad militarizada no es un movimiento neutro: puede implicar transformaciones profundas en la forma en que se conciben la seguridad, la soberanía y el papel del Estado.

Hay discursos que no necesitan exagerar para ser efectivos. Les basta con organizar cuidadosamente el lenguaje. No se imponen por la fuerza de sus afirmaciones, sino por la forma en que seleccionan, ordenan y silencian. En consecuencia, este trabajo parte de una hipótesis: la eficacia del discurso analizado no radica en su contenido explícito, sino en su arquitectura semántica”.

Debemos tener claro, entonces, que hay discursos que no solo buscan persuadir: buscan reorganizar el mapa mental desde el cual una sociedad decide qué teme, qué tolera y qué está dispuesta a aceptar en nombre del orden. El discurso de Pete Hegseth pertenece a esa clase de discursos.

Su relevancia no radica únicamente en sus afirmaciones explícitas, sino en algo más profundo: en la forma en que articula una nueva gramática política para el hemisferio. Bajo el lenguaje de la seguridad, la cooperación y la defensa, se perfila una reconfiguración de las relaciones entre Estados que merece ser examinada con cuidado. Es en este sentido, que este trabajo propone una lectura distinta: no centrada en la reacción inmediata, sino en el análisis de las estructuras semánticas y discursivas que sostienen el mensaje.

2. Enfoque metodológico

El análisis se inscribe en el campo del análisis crítico del discurso. No se trata de determinar si el texto es verdadero o falso, sino de identificar: a. los nudos semánticos que organizan su coherencia, b. las operaciones lingüísticas que permiten su funcionamiento, c. los desplazamientos conceptuales que produce, d. y los silencios estructurales que lo hacen posible. En consecuencia, se procedió mediante: a. Identificación de unidades discursivas clave, b. análisis de su textura lingüística, c. reconstrucción de efectos de sentido, d. identificación de ausencias significativas y e. la confrontación con referentes empíricos

3. Nudos semánticos del discurso

Cuadro 1. Síntesis estructural

NUDO

OPERACIÓN

EFECTO

Nativos

Desplazamiento

Identidad sobre ciudadanía

Soberanía

Redefinición

Tutela implícita

Inclusión

Reconfiguración

Jerarquía

Seguridad

Expansión

Militarización

Narco-comunismo

Hibridación

Enemigo total

Víctima

Narrativa

Excepcionalidad

3.1 El sujeto que desaparece

Cuando el texto habla de “nativos de distintos estados actuando juntos por primera vez” (traducción libre del autor), no utiliza términos como “ciudadanos” o “pueblo”. La elección no es menor. La palabra “nativos”, en este contexto, remite más a origen, pertenencia y arraigo que a ciudadanía política moderna. El desplazamiento es claro: del sujeto jurídico al sujeto identitario. La comunidad deja de aparecer como una construcción política deliberativa y pasa a ser un cuerpo orgánico, definido por herencia y destino compartido. En este sentido, el sujeto del discurso no es el ciudadano deliberante, sino la comunidad cohesionada frente a la amenaza.

3.2 La soberanía que se redefine

El discurso afirma que la región debe estar compuesta por “naciones soberanas fuertes” (traducción libre del autor). Sin embargo, esa afirmación convive con la definición del hemisferio como espacio de interés estratégico de Estados Unidos. Aquí no hay una negación explícita de la soberanía. Hay una operación más sutil: Se mantiene como término, pero se redefine en su contenido, de manera que la soberanía se afirma pero dentro de un marco previamente delimitado. No desaparece, pero se condiciona.

3.3 Inclusión y jerarquía

El texto apela a fórmulas como “nuestra nación y las suyas” y a la idea de “poner a América, a los estadounidenses y a las Américas en primer lugar” (traducción libre del autor). Tampoco esta inclusión no es neutral. Los Estados Unidos se presenta simultáneamente como parte del conjunto y como su punto de referencia, ya que habla desde el hemisferio, pero también lo organiza. De esta manera, la inclusión retórica encubre una asimetría estructural.

3.4 La militarización del lenguaje

Expresiones como “paz mediante la fuerza” y la necesidad de restaurar un “ethos del guerrero” (traducción libre del autor) introducen una forma específica de comprender el orden político. Los problemas sociales se traducen en términos bélicos. Y en este desplazamiento ocurre algo decisivo: Desaparece el lenguaje civil del conflicto (salud pública, prevención, institucionalidad o desarrollo social). Si todo es guerra, lo que no es guerra deja de ser visible.

3.5 El enemigo como construcción total

El uso de categorías como “narco-comunismo” (traducción libre del autor) no describe una realidad empírica precisa. Funciona como una hibridación semántica que fusiona: crimen, ideología y amenaza externa que produce un enemigo sin límites claros. Y cuando el enemigo es total, la respuesta tiende a justificarse como igualmente total.

3.6 Victimización y excepcionalidad

El discurso presenta un escenario de asedio: crimen organizado, migración incontrolada, drogas y amenazas externas. Esto permite una operación estructural: la acción se presenta como defensa y la expansión como necesidad donde la posición de víctima habilita la excepcionalidad.

4. Lo que el discurso no dice

Cuadro 2. Lo dicho y lo insinuado

LO DICHO

LO INSINUADO

PREGUNTA

nativos”

comunidad orgánica

¿dónde está el ciudadano?

soberanía”

subordinación

¿quién decide?

cooperación”

asimetría

¿entre iguales?

seguridad”

guerra

¿qué queda fuera?

El análisis de estas ausencias permite observar que el discurso no solo organiza lo que se dice, sino también lo que queda fuera del campo de lo pensable. Desaparece el ciudadano como sujeto político central. Se diluye la complejidad social de los fenómenos. Se omiten antecedentes históricos relevantes y se reduce el campo de respuestas posibles. En conjunto, estos silencios no constituyen omisiones accidentales. Son condiciones estructurales del discurso.

5. Confrontación con la realidad

Al contrastar el discurso con referentes empíricos, emergen tensiones que permiten matizar sus presupuestos centrales.

En primer lugar, la idea de que la militarización constituye una respuesta eficaz frente a fenómenos como el narcotráfico no encuentra respaldo concluyente en la experiencia regional. Tras décadas de “guerra contra las drogas”, particularmente en países como Colombia, los enfoques centrados en la interdicción, la erradicación forzada y la cooperación militar no han logrado resolver el problema estructural de la producción y tráfico de sustancias ilícitas. Por el contrario, diversos análisis señalan la persistencia —e incluso reconfiguración— de estas economías ilícitas, a pesar de la intensificación de la presencia militar y de seguridad en la región.

En esa misma línea, la instalación de infraestructura y cooperación militar extranjera no ha demostrado efectos sostenidos en la reducción de la violencia o del tráfico de drogas. El caso de la base de Manta en Ecuador, operativa durante una década como parte de la estrategia regional antidrogas, no produjo mejoras significativas en los indicadores de seguridad, lo que ha llevado a cuestionar la eficacia de este tipo de medidas.

En segundo lugar, las categorías empleadas en el discurso —como aquellas que combinan fenómenos distintos bajo denominaciones unificadas— tienden a simplificar realidades complejas. La experiencia histórica muestra que los fenómenos asociados al narcotráfico, la violencia y la conflictividad social responden a dinámicas económicas, políticas y territoriales diversas, que difícilmente pueden ser abordadas mediante enfoques homogéneos.

Finalmente, la idea de una cooperación hemisférica simétrica también encuentra límites en la trayectoria histórica de la región. Diversos episodios evidencian relaciones marcadas por asimetrías estructurales, en las que la política exterior y de seguridad de Estados Unidos ha incidido de manera determinante en los procesos internos de los países latinoamericanos.

El caso del embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba desde 1962 —considerado el más prolongado de la historia contemporánea— constituye un ejemplo paradigmático de relaciones estructuralmente asimétricas, con efectos sostenidos sobre la economía y la vida cotidiana en la isla.

A ello se suma una serie de intervenciones políticas y militares a lo largo del siglo XX que han incidido directamente en los procesos internos de diversos países latinoamericanos. Casos ampliamente documentados, como el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954) o el de Salvador Allende en Chile (1973), así como el respaldo a regímenes autoritarios en el Cono Sur durante las décadas de 1960 y 1970, evidencian una constante en la política hemisférica: la disposición a intervenir en contextos considerados estratégicos.

El caso del escándalo Irán-Contra en la década de 1980 —que involucró operaciones encubiertas, financiamiento irregular y vínculos con redes ilícitas— constituye un ejemplo paradigmático de estas dinámicas complejas.

Más recientemente, episodios como la operación militar estadounidense en Venezuela en 2026 —que incluyó bombardeos en Caracas y la captura del presidente Nicolás Maduro— evidencian el grado de conflictividad y unilateralidad que puede alcanzar la política hemisférica. La interpretación de estos hechos, sin embargo, forma parte de una disputa política y jurídica más amplia, lo que refuerza la necesidad de analizarlos críticamente.

Ahora bien, más que agotar el inventario de episodios históricos, lo relevante es advertir la regularidad de ciertas dinámicas. Las intervenciones, directas o indirectas, que han marcado la relación hemisférica no han producido, en términos generales, beneficios sostenidos para las sociedades latinoamericanas, sino que han tendido a favorecer intereses estratégicos externos y a reforzar estructuras de poder preexistentes.

Por otro lado, en un contexto global caracterizado por el desplazamiento progresivo del hegemonismo estadounidense hacia un escenario de mayor dispersión del poder, los intentos por reafirmar su influencia en el continente americano resultan, en términos estratégicos, comprensibles. Sin embargo, la forma en que dicha reafirmación se articula merece una lectura crítica.

En efecto, la apelación a la cooperación regional en materia de seguridad —particularmente en torno a la lucha contra los carteles de la droga— puede funcionar como un dispositivo de legitimación de estrategias que, en la práctica, reproducen relaciones asimétricas. La construcción de amenazas compartidas facilita la alineación política, pero también puede operar como mecanismo de reorganización del poder en el hemisferio.

Esta dinámica se vuelve especialmente problemática cuando se considera una tensión estructural difícil de soslayar: Estados Unidos continúa siendo uno de los principales mercados de consumo de drogas a nivel global. En ese sentido, la persistencia del fenómeno no puede explicarse únicamente desde la oferta, ni resolverse exclusivamente mediante estrategias centradas en la intervención externa.

La ausencia de un abordaje integral que incluya las dinámicas internas de consumo introduce una disonancia que debilita la coherencia del discurso. En este marco, la lucha contra el narcotráfico corre el riesgo de convertirse menos en una solución estructural y más en un eje discursivo que permite articular agendas de seguridad con efectos geopolíticos más amplios.

Esta tensión adquiere una dimensión aún más compleja si se consideran las prioridades en la asignación de recursos. En los últimos años, el gobierno de Estados Unidos ha destinado sumas multimillonarias al financiamiento de conflictos internacionales y al sostenimiento de alianzas estratégicas en distintos escenarios geopolíticos.

Al mismo tiempo, persisten en su propio territorio problemáticas sociales de gran magnitud, particularmente asociadas al consumo de opioides y drogas sintéticas, que han sido calificadas como una crisis de salud pública. A ello se suman niveles significativos de población en situación de calle y acceso desigual a servicios de salud y atención social.

Sin necesidad de establecer relaciones causales simplistas, la coexistencia de estas dos dimensiones introduce una pregunta relevante: ¿en qué medida las estrategias de seguridad proyectadas hacia el exterior se articulan con —o se desvinculan de— las problemáticas internas que contribuyen a sostener los fenómenos que se pretende combatir?

Plantear esta cuestión no implica desconocer la complejidad de los escenarios internacionales, sino advertir que la eficacia de cualquier estrategia hemisférica depende también de la coherencia entre sus dimensiones internas y externas.

No reconocer esta trayectoria en el contexto actual implicaría asumir el presente como si se tratara de un punto de partida neutral. Y ese, precisamente, es el riesgo: confundir la novedad del discurso con la ausencia de antecedentes. En ese sentido, el análisis no busca clausurar posibilidades, sino evitar una forma de ingenuidad que, históricamente, ha tenido costos significativos para la región.

6. Objeción: la racionalidad de la cooperación

Una objeción razonable podría formularse así: ¿qué tiene de problemático formar parte de una estructura hemisférica liderada por Estados Unidos, considerando los beneficios en comercio, cooperación, educación e intercambio cultural? La pregunta es válida, y precisamente por eso exige precisión. El problema no radica en la relación en sí misma, sino en su redefinición. Cuando la cooperación se formula en términos de seguridad estratégica, su naturaleza cambia: deja de ser relación entre iguales y adquiere una estructura jerárquica.

7. Conclusión

El riesgo no es la existencia de alianzas ni de cooperación internacional. El riesgo es la transformación silenciosa de esas relaciones en marcos donde ciertas categorías —seguridad, soberanía, cooperación— adquieren significados distintos sin ser discutidos. El desafío, entonces, no es rechazar ni aceptar de manera automática, sino comprender. Porque solo cuando se comprende cómo opera un discurso, se recupera la posibilidad de decidir frente a él.

Para Costa Rica, cuya tradición política se ha construido en torno a la paz, el derecho internacional y la institucionalidad democrática, este tipo de discursos plantea interrogantes relevantes. La adopción acrítica de una gramática de seguridad militarizada no es neutra. Puede implicar transformaciones en la forma en que se entienden la soberanía, la seguridad y el papel del Estado.

1 El planteamiento de que ciertos discursos no requieren exageración para ser efectivos puede sostenerse desde diversas tradiciones del análisis del discurso. Como ha señalado Michel Foucault (1971), el poder discursivo no reside únicamente en lo que se afirma, sino en la capacidad de delimitar el campo de lo decible y lo pensable. En esa misma línea, Teun A. van Dijk (1998), ha mostrado que la influencia del discurso se ejerce a través de la organización de estructuras cognitivas —temas, énfasis y omisiones— que orientan la interpretación del receptor. A ello se suma la noción de poder simbólico de Pierre Bourdieu (1991), según la cual los discursos más eficaces no son los más explícitos, sino aquellos que logran naturalizar sus categorías como evidentes. Finalmente, desde la teoría del framing, George Lakoff (2004), ha demostrado que quien define los marcos lingüísticos condiciona la percepción de la realidad, haciendo innecesaria la exageración. En conjunto, estas perspectivas permiten sostener que la eficacia de un discurso no depende de la intensidad de sus afirmaciones, sino de su capacidad para seleccionar, ordenar y silenciar elementos, configurando así un horizonte de interpretación.

¿Soberanía u obediencia?

Por MSc. Rodrigo Campos Hernández

Las palabras del presidente Rodrigo Chaves sobre Cuba no dejan espacio para la ambigüedad.

No solo rompió relaciones diplomáticas. Dijo que no reconoce la legitimidad del gobierno cubano, que “hay que limpiar el hemisferio de comunistas” y que “los americanos dicen enough is enough”. Con eso basta.

Porque ya no estamos ante una política exterior basada en derechos humanos. Estamos ante una toma de posición ideológica… y geopolítica.

Cuando un presidente habla en esos términos, la pregunta no es Cuba. La pregunta es Costa Rica.

¿Desde cuándo nuestra política exterior se formula en sintonía con el lenguaje de la Casa Blanca? ¿Desde cuándo “defender derechos humanos” significa repetir la lógica de confrontación de una potencia?

Porque mientras se rompe con Cuba, no se rompen relaciones con quienes bloquean, sancionan, intervienen o imponen condiciones a otros países. Entonces no es un tema de derechos. Es un tema de a quién se le aplican. Y eso tiene nombre: doble moral.

Costa Rica ha sido —al menos en su mejor tradición— un país de paz, de diálogo, de multilateralismo, de respeto a la autodeterminación de los pueblos.

Hoy, en cambio, escuchamos un discurso que no dialoga: confronta. Que no media: se alinea. Que no construye puentes: los rompe. Y lo más grave es que no parece ser un hecho aislado. El propio presidente ha dicho que esta línea será continuada por la próxima administración de Laura Fernández.

Entonces la pregunta ya no es diplomática. Es política. ¿Vamos a seguir siendo un país que decide desde sus principios o uno que ajusta su voz al poder de turno? Porque cuando la política exterior pierde su voz propia, la soberanía no se pierde de golpe. Se cede… frase por frase.

Cuando el poder se confunde con la verdad: una defensa cívica del Tribunal Supremo de Elecciones

Por MSc. Rodrigo Campos Hernández

En los últimos días, el debate público costarricense ha girado en torno a las tensiones entre el Poder Ejecutivo y el Tribunal Supremo de Elecciones. Las declaraciones del presidente de la República, al acusar a los magistrados del TSE de “amenazar la democracia” y “violar la Constitución”, no solo reavivan un conflicto político, sino que ponen a prueba la madurez institucional del país.

Más allá del intercambio retórico, lo que está en juego es el principio republicano de separación de poderes y la confianza ciudadana en el árbitro electoral que ha garantizado, por más de siete décadas, la estabilidad democrática costarricense.

El propósito de este texto no es alimentar la confrontación, sino invitar a una reflexión cívica y pedagógica sobre el significado profundo del respeto institucional, los límites del poder y la responsabilidad ciudadana de resguardar el equilibrio constitucional. Para ello, propongo un análisis desde tres lecturas complementarias: una jurídico-institucional, otra política discursiva y finalmente cívico-pedagógica. Quienes puedan leer esta reflexión pueden intervenir en el debate.

Lectura jurídico-institucional: el TSE como pilar de la democracia constitucional

La Constitución Política de Costa Rica, en su artículo 99, confiere al Tribunal Supremo de Elecciones la potestad exclusiva y vinculante de organizar, dirigir y vigilar los actos relativos al sufragio. Este diseño no es accidental: responde al propósito histórico de proteger la pureza del proceso electoral frente a las presiones políticas.

Cuando el presidente de la República acusa a los magistrados electorales de “violar la Constitución”, incurre en una inversión del orden constitucional. No es el Ejecutivo quien interpreta ni juzga la legalidad de las actuaciones de un órgano autónomo, sino el Derecho —a través de los mecanismos institucionales previstos— quien determina los límites de cada poder.

Como advertía Norberto Bobbio, “la democracia se mide no por la fuerza de la mayoría, sino por los límites que la Constitución impone al poder” (El futuro de la democracia, 1984). El TSE encarna precisamente esa frontera: el lugar donde la soberanía popular se traduce en legalidad y donde ningún presidente puede situarse por encima de la norma.

Lectura política y discursiva: la erosión simbólica de la institucionalidad

Más allá de las declaraciones, el peligro radica en la estrategia discursiva que busca debilitar la confianza ciudadana en las instituciones arbitrales. Cuando un presidente acusa al árbitro de “amenazar la democracia”, introduce en la esfera pública una lógica de sospecha que reemplaza el debate racional por la deslegitimación emocional.

Este tipo de narrativa, propia del populismo contemporáneo, pretende sustituir la pluralidad institucional por la voz personal del líder. Habermas advertía que la legitimidad democrática depende de “la circulación de razones en el espacio público” y no de “la imposición de verdades desde el poder” (Facticidad y validez, 1992).

El discurso presidencial, al presentarse como intérprete moral del orden constitucional, desplaza la deliberación jurídica hacia el terreno de la fe política. Y en ese desplazamiento, la democracia se empobrece.

Lectura cívico-pedagógica: recuperar el sentido de la crítica democrática

La defensa del TSE no debe entenderse como un acto de complacencia institucional, sino como una tarea cívica de protección del equilibrio democrático. Las instituciones no son infalibles, pero su crítica debe provenir del respeto, el conocimiento y los cauces legales, no de la descalificación pública desde el poder.

En una democracia madura, los límites al poder no son obstáculos, sino garantías. Luigi Ferrajoli recuerda que “sin límites, el poder deja de ser democrático y se convierte en mera dominación” (Derecho y razón, 1995).

Por eso, frente a los ataques verbales y las descalificaciones, lo que corresponde no es replicar con fanatismo, sino educar políticamente: recordar que los árbitros electorales no gobiernan, pero hacen posible que gobernemos en libertad.

La independencia del Tribunal Supremo de Elecciones es, en última instancia, una expresión de la soberanía ciudadana, no de un privilegio burocrático. Defenderla es defender la posibilidad misma de elegir, disentir y decidir sin miedo.

Costa Rica ha preservado por más de siete décadas una cultura democrática basada en la confianza en sus instituciones. Esa confianza no puede ser patrimonio de un gobierno ni rehén de un discurso.

El respeto al TSE no es reverencia: es conciencia cívica. Cuando el poder se confunde con la verdad, el deber ciudadano es recordar que la verdad constitucional no tiene dueño.

Rodrigo Campos, candidato a Alcalde por el Frente Amplio en el cantón de Moravia, llama al voto por medio de una reflexión

En un reciente video, el candidato a la alcaldía de Moravia, por el Frente Amplio, Rodrigo Campos Hernández, llama al voto, destacando el plan de gobierno de su partido, en el cual resalta, el SILAC (Sistema Local de Aprendizaje y Capacitación), un modelo no formal y bimodal que busca desarrollar competencias esenciales mediante programas enfocados en lenguas extranjeras y alfabetización tecnológica. 

Con este enfoque, Campos aspira a preparar a la comunidad de Moravia para los desafíos actuales, enfatizando la importancia de la educación como motor de desarrollo local.

El mensaje completo se puede observar en el video adjunto.