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Etiqueta: soberanía nacional

Primero de Mayo: ¿por qué es feriado?

“Los pueblos que no defienden lo suyo,
terminan siendo inquilinos en su propio país
”.

1.- Decreto que establece el 1 de mayo como día feriado

Para el Partido Vanguardia Popular-Partido Comunista de Costa Rica, es muy importante estar a la par de las grandes conquistas de la clase obrera, de los desposeídos, de los hambreados, los excluidos, los marginados por el sistema neoliberal, burgués y de derecha.

Solo la memoria colectiva, la resistencia de clase y la organización podrá darnos un mundo nuevo. Bajo el régimen cipayo y burgués de la administración que sale y el vulgar continuismo anunciado, solo vemos en el horizonte la profundización de la pobreza, el desempleo y la profundización de la burocratización del Estado.

Pero pasemos, sucintamente revista a la fecha que nos convoca.

Pocos costarricenses saben que el 1° de mayo es feriado en nuestro país desde 1857, pero no por motivo del Día Internacional del Trabajador.

En Costa Rica, el feriado fue establecido por el decreto número 35 del 29 de octubre de 1857. Se transcribe aquí parte del decreto cuyo ejecútese firmaron el presidente, Juan Rafael Mora Porras, y su ministro del Interior encargado del Despacho de Hacienda y Guerra, Joaquín Bernardo Calvo:

Artículo 8: “En recuerdo del triunfo completo de las armas de Centroamérica y de la rendición y expulsión de las fuerzas filibusteras, el día 1 de mayo será feriado, y se celebrará en toda la República con la solemnidad posible, saludándose el Pabellón (Nacional) en la aurora de dicho día con veintiún cañonazos”.

Este hecho se dio 29 años antes de los eventos de Chicago que dieron origen al Día Internacional de los Trabajadores. El Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, designó el 1 de mayo como festejo del movimiento laboral en homenaje a los mártires de Chicago, sindicalistas asesinados por su lucha a favor de la jornada de ocho horas que se originó en la huelga del 1 de mayo de 1886, culminada a los cuatro días en la Revuelta de Haymarket.

El movimiento tuvo alientos socialistas y anarquistas, de corte esencialmente anticapitalista. En Chicago, en el 1° de mayo, la memoria de estos hechos suele pasar totalmente inadvertida.

II.- ¿Qué conoce respecto al Primero de mayo en Costa Rica?

En el año de 2013, se cumplió el centenario de la celebración del primer 1 de mayo que históricamente se realizó en Costa Rica. Los discursos más importantes en esa oportunidad correspondieron a la intelectualidad costarricense, que en su gran mayoría eran “ácratas”, es decir, respondían a las corrientes anarco-sindicalistas prevalecientes en el país. En dicha oportunidad se presentaron: Omar Dengo, Joaquín García Monge y José María Zeledón y Carmen Lyra.

Se saldaba así, una gran ausencia, pues el 1 de mayo es de mucho más larga data y ya se había establecido a nivel mundial, desde 1886 en honor a los mártires de Chicago. Por eso, más que un feriado, el 1.° de mayo, es una forma particular de recuperar la memoria de clase. Pues en la lucha de 1886, se tenía como reivindicación esencial la jornada de ocho horas, ocho horas de descanso y ocho de ocio. Estos héroes de la clase obrera fueron ejecutados en los Estados Unidos en el año citado párrafos precedentes.

Es importante referenciar aquel 1 de mayo del año 1913, citando los párrafos de aquellos discursos visionarios, permítaseme hacer lectura de este documento para ilustrar lo que señalo:

“Decía don Omar Dengo: “Niego y califico de mentida y pobre la conquista que a la Revolución Francesa se le atribuye” (se refería a lo de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”) … “La igualdad existe en cuanto a que existe el mismo contubernio que siempre ha habido entre el poder político y el poder del oro; la libertad en cuanto a que continúan impunes todos los atropellos con que la prepotencia viola los derechos del débil”… ¡Impresionante! Es como si el profesor, insigne educador, don Omar Dengo, estuviera hablándonos hoy, ¡cien años después!

Y el no menos insigne patriota, educador también, don Joaquín García Monge, indicaba: “Ya sabemos que las efemérides y los héroes del trabajo no resplandecen con el brillo de los del Estado o los de la Iglesia, ni sus renombres resuenan pomposamente en los largos corredores de la historia; todos ignorados, ni se recuerdan, ni son objeto de culto”. ¡Qué clase de enseñanza!: Solamente “los y las de abajo” han de reivindicar a sus iguales”.

La extraordinaria visión de don Joaquín García Monge indicó a quienes le escucharon ese Primero de Mayo de 2013 que esta histórica fecha constituía una doble celebración para los y las costarricenses y para el pueblo centroamericano:

“Para el trabajador centroamericano el Primero de Mayo es doblemente significativo en lo que importa a su condición de hombre y artesano. En un día como este, hace 56 años, el filibustero yanqui desistió de su primera tentativa de conquista armada del territorio que nuestros mayores nos heredaron”. Don Joaquín García Monge, nos recordaba ese Primero de Mayo de 1913 que, precisamente el Primero de Mayo de 1857, el esclavista gringo William Walker se rendía ante las tropas costarricenses. Hoy, en el 2013, ya hace 156 años de tan grande acontecer/…/ Y nuestra querida Carmen Lyra, aquel histórico día Primero de Mayo de 1913 enseñaba ya la importancia de la fecha y el concepto de solidaridad proletaria internacional.

Más adelante se puede leer lo siguiente en el marco de aquella histórica conmemoración sobre el 1 de mayo:

Ella le dijo a aquel auditorio de zapateros, panaderos, obreros tipógrafos, sastres y otros costarricenses lo siguiente: “Y no creáis es sólo un día de fiesta para los obreros de nuestro país: hoy es el día de fiesta de casi todos los obreros del mundo. En este momento, en muchas grandes ciudades, miles de ellos desfilan por las calles, con los rostros y los corazones alborozados, sintiéndose como los nuestros, hermanos de todos los obreros de la tierra”.

(http://www.diarioextra.com/Noticia/detalle/5452/primero-de-mayo:-hoy-somos-omar-dengo-hoy-somos-carmen-lyra-hoy-somos-joaquin-garcia-monge)

Una foto de esas históricas manifestaciones, se nos ofrecieron en la prensa escrita nacional, en atención de los 100 años de celebración del 1 de mayo.

Fuente: Por Alberto Barrantes C. alberto.barrantes@nacion.com

http://www.nacion.com/nacional/comunidades/revive-anos-luchas-conquistas-trabajadores_0_1336866463.html

III.- 1 de Mayo

En la bajamar de sus tareas
el concierto de banderas
tiñen de consignas el día
del trabajador, la trabajadora.
Multitudinarias proclamas
agitan la placidez
de los brazos,
con su incendio de luciérnagas.
Marcha indeleble, insondable
donde el valor
y la solidaridad
son enigmas
a mano alzada.
Discursos en llamas
en la espalda del recuerdo,
historia inédita que se repite
de esperanzas
huelgas tibias rompiendo
el orden,
clase trabajadora de asombros,
equilibrio de fuego en el acento,
vientres de obreras
en la rebeldía extendida
de las calles,
en la sed abierta
de justicia
sin los códigos
pesados que dictan los manuales,
“arriba los pobres del mundo”
y en un coro sonoro
el asfalto cede al grito
de la proclama:

¡¡¡ VIVA EL 1 DE MAYO,
VIVA LA CLASE TRABAJADORA!!!

León Triba, 1 de mayo 2013

IV.- Caída de William Walker-Derrota de la Doctrina del Destino Manifiesto

4.1.- El 1° de mayo de 1857 se produjo la rendición de William Walker.

El triunfo en Rivas contra la falange imperialista encabezada por las hordas de William Walker define la ruta de nuestra Segunda Independencia y la afirmación de nuestro Estado Nacional. Es el principio de la constitución de una República Democrática, más tarde traicionada por las oligarquías nacionales y lacayas. Sobre el triunfo antimperialista de 1856, también se afirman los principios esenciales de la soberanía nacional y los derechos humanos.

Definitivamente, constituye esta victoria la afirmación de nuestra voluntad de consolidar las libertades políticas ganadas en 1821, al separarnos de España.

En el imaginario colectivo debemos de hacer de esta fecha, algo de mayor significación que la del 15 de setiembre. Sí, porque nominalmente fuimos “independientes”, pero los grilletes de las cadenas siguieron sujetando los pies descalzos de nuestro heroico pueblo.

Sin embargo, desde 1913, en un afán internacionalista de corte socialista y sindicalista, en Costa Rica se ha venido celebrando el Día del Trabajo.

La victoria de Costa Rica sobre la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto de los Estados Unidos se festejó si acaso en dos ocasiones. En la década siguiente, los regímenes hacen política de Estado el echar tierra sobre todo aquello que pueda recordar al presidente Mora Porras y el General Cañas.

A partir de 1915, las celebraciones se centran en el heroico soldado Juan Santamaría, el 11 de abril. La oligarquía nacional, bajo la presunción de la inocencia buscó siempre la forma de invisibilizar a Juan Rafael Mora Porras. El

mea culpa de su asesinato, bajo la figura de fusilamiento, pesaba como un saco de plomo en sus corroídas conciencias. Pero recordemos que, la libertad, no en el sentido de gloria propia, sino como valor supremo de afirmación de la autodeterminación, la defensa de la soberanía y de la memoria de clase; es sin duda uno de los grandes aportes de la gesta de 1856.

“Los pueblos que no defienden lo suyo, terminan siendo inquilinos en su propio país”.

La ilusión de la mano dura: Bukele, Trump y el riesgo de dinamitar nuestro ADN tico

Por JoseSo (José Solano-Saborío)

La tentación de importar milagros siempre ha sido el talón de Aquiles de las democracias fatigadas. En los últimos años, Costa Rica ha comenzado a mirar de reojo hacia el norte de su la región centroamericana, embelesada por la promesa de la mano dura y la supuesta eficiencia fulminante. Sin embargo, intentar calzar el modelo salvadoreño en la realidad costarricense es ignorar el abismo histórico, institucional y existencial que separa a ambas naciones. Para entender por qué el espejismo autoritario es incompatible con nuestro ADN, debemos primero desvestir la ilusión de que somos sociedades equiparables.

Nuestra matriz existencial se forjó desde lugares diametralmente opuestos. La Costa Rica moderna se construyó a partir de 1948 sobre una premisa insólita para la región: la abolición del ejército y la edificación de un Estado de bienestar robusto, con la seguridad social y la educación pública como grandes igualadores. Históricamente, hemos apostado por la tiza sobre el fusil, cultivando una fe casi dogmática en el derecho, el consenso y el equilibrio de poderes. El Salvador, por el contrario, ha escrito su historia en clave de supervivencia. Atravesado por décadas de dictaduras militares y una guerra civil que dejó cicatrices profundas, su transición a la paz fue trágicamente secuestrada por la barbarie de las pandillas. La sociedad salvadoreña, acorralada por el terror diario, llegó a un límite de agotamiento donde estuvo dispuesta a sacrificar sus libertades constitucionales a cambio de no morir en la calle. Costa Rica, mientras tanto, sangra por una herida muy diferente, con penetración de organizaciones criminales internacionales.

A pesar de esta abismal diferencia, a partir del 2022 hemos presenciado un giro inquietante en nuestro país. El chavismo tico ha comenzado a imitar un libreto que no encaja con la esencia de Costa Rica por el “éxito” cortoplacista, que consiste en esconder su problemática social “debajo de la alfombra”, aprovechando para, entre la basura, desaparecer a opositores y críticos. Bajo la bandera del anti-establecimiento, se ha importado una retórica confrontativa que busca desacreditar sistemáticamente a la prensa independiente, a los órganos de control y a los cimientos mismos de nuestra democracia. Este intento de aplicar una receta autoritaria y centralista en la otrora “Suiza centroamericana” genera una fricción destructiva. Nuestras instituciones fueron diseñadas meticulosamente para evitar que un solo líder acumule el poder absoluto; intentar forzar el modelo de excepción salvadoreño aquí es como intentar operar un marcapasos a martillazos.

El peligro de romantizar esta deriva populista se vuelve aún mayor cuando la fachada del modelo a imitar comienza a resquebrajarse. La narrativa de la paz salvadoreña, vendida como un triunfo absoluto de la voluntad presidencial, oculta un costo oscuro que hoy está más expuesto que nunca. Recientes investigaciones y reportajes de la cadena estadounidense CBS han sacado a la luz nuevas pruebas, a partir de la denuncia del medio salvadoreño “El Faro”, que confirman lo que muchos teman y otros sospechamos: el pacto original del gobierno de Nayib Bukele con las pandillas. Las denuncias documentan cómo, para cimentar su popularidad inicial, se negoció la liberación de líderes históricos de la MS-13.

Ese oscurantismo se agrava al observar las nuevas dimensiones internacionales del bukelismo. Lejos de ser un modelo de soberanía, El Salvador ha profundizado sus nexos con Donald Trump, ofreciendo el publicitado megadespliegue del CECOT no solo como prisión local, sino como una pieza en el engranaje de las políticas de deportación masiva estadounidenses. Someter la soberanía nacional para convertirse en un apéndice carcelario de intereses extranjeros, en medio de severas denuncias internacionales por tortura y violaciones al debido proceso, no es un modelo de éxito, es la claudicación del Estado de derecho.

A la peligrosa importación de este espejismo autoritario se suma, además, un error conceptual tan básico como destructivo. El modelo que el oficialismo intenta vendernos ignora deliberadamente la naturaleza de nuestro propio mal. Las maras salvadoreñas y su brutal violencia territorial no son, ni de cerca, equiparables a las complejas, equipadas y multimillonarias redes transnacionales del narcotráfico que hoy infiltran a Costa Rica. Intentar desmantelar la sofisticada maquinaria del crimen organizado y los grandes carteles de la droga aplicando tácticas de encierro masivo diseñadas para pandillas, no solo es una ingenuidad operativa, sino que equivale a dispararle al objetivo equivocado mientras el verdadero enemigo sigue avanzando sin oposición ni estrategia de contención real.

Costa Rica está a tiempo de mirarse al espejo y reconocer su propia valía. El Salvador entregó las llaves de su democracia empujado por una necesidad extrema y el trauma del plomo; nosotros corremos el riesgo de entregarlas por pura frivolidad populista. Prometernos seguridad y eficiencia dinamitando los puentes institucionales que construyeron nuestros abuelos solo nos llevará hacia un modelo cimentado en pactos opacos y sumisión, que no resuelve por el fondo las causas de la delincuencia, la brecha social, la desigualdad y la exclusión. El verdadero patriotismo hoy no exige mano dura, sino la valentía de defender la democracia que nos hizo excepcionales.

La breve pero significativa batalla de Sardinal

Luko Hilje Quirós
lukohilje@gmail.com

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER.

Desembocadura del río Sardinal en el Sarapiquí. Foto: Luko Hilje.

Hace exactamente 170 años, en la mañana del 10 de abril de 1856, ocurrió la batalla de Sardinal, de la cual he escrito y hablado en varias oportunidades, pues me interesé en ella hace unos 15 años. No obstante, en las lecturas previas para mis alocuciones, había detectado grandes vacíos de información, así como varias contradicciones y errores, incluso entre historiadores.

Por tanto, hace un año decidí reunir toda la información disponible y escribir un artículo académico, que aclarara de la mejor manera posible todos sus pormenores; denominado La batalla de Sardinal en el contexto de la Campaña Nacional de 1856-1857, apareció hace apenas cuatro meses. Aunque resumirlo hoy aquí es una tarea imposible, los invito a leerlo en la revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Costa Rica.

Es por ello que, de manera resumida, lo que pretendo es resaltar sus hechos más relevantes. Veamos.

En primer lugar, el aspecto geográfico. Bien sabemos que las principales batallas de la Campaña Nacional contra el ejército del líder filibustero William Walker, convocadas por el presidente y líder militar Juan Rafael (Juanito) Mora Porras, ocurrieron en la vertiente del Pacífico de Costa Rica y Nicaragua, el 20 de marzo en Santa Rosa y el 11 de abril en Rivas. Es decir, la batalla de Sardinal tuvo lugar muy pero muy lejos de ahí, y fue la primera de carácter fluvial. Aún más, no estaba prevista en nuestros planes militares.

Surgió porque el ejército filibustero tenía bajo dominio total las aguas del río San Juan. Y un aciago día, el capitán John M. Baldwin decidió incautarle en La Trinidad —en la boca del Sarapiquí— la correspondencia al cartero costarricense que cada dos semanas se desplazaba desde San José hasta San Juan del Norte para llevar cartas y recoger las que llegaban del exterior. Eso encendió las alarmas pues, con este hecho, el enemigo había violado la privacidad de la correspondencia oficial, así como invadido el territorio nacional.

En segundo lugar, la naturaleza del enfrentamiento. Aunque era urgente responder, mandar batallones a confrontarlos era absurdo, pues no se tenían tantos recursos militares. Por tanto, se optó por una alternativa más juiciosa y prudente, que fue enviar una tropa para que vigilara los movimientos del enemigo nada más, y que lo atacara si y solo si resultara inevitable. Y así ocurriría.

En efecto, de tan solo 100 hombres, dicha tropa quedó conformada por dos destacamentos de 25 hombres cada uno, que estaban destacados en los puestos aduanales que había en Muelle y Cariblanco, más 50 soldados alajuelenses que conocían bien esa zona. Sus jefes eran el general Florentino Alfaro Zamora y el teniente coronel Rafael Orozco Rojas.

Reunidos en Muelle, a unos 45 kilómetros de La Trinidad —en la desembocadura de este río—, donde estaban los filibusteros, desecharon la idea de construir botes o balsas, para no exponerse a ser vistos mientras navegaban, y optaron por abrir una picada o trocha por la ribera izquierda del río Sarapiquí. Tenaces, recios e incansables, avanzaron unos 18 kilómetros abriendo montaña, hasta alcanzar la desembocadura del río Sardinal.

Uno de los playones típicos del río Sarapiquí. Foto: Luko Hilje.

Por entonces ignoraban que Baldwin y su batallón estaban enterados de su presencia en algún punto del río, y que ya venían a toparlos. Es decir, la idea de éstos no era penetrar hasta San José, sino tan solo repeler y desalojar del río a nuestros compatriotas. Hay que considerar —y esto es clave—, que los filibusteros tenían amplia experiencia en batallas a campo abierto, pero no para desplazarse y combatir en densas selvas, como las de Sarapiquí, colmadas de incomodidades y peligros.

Esa mañana, un grupo de los nuestros continuaba abriendo la picada, otros reponían fuerzas y desayunaban confiados en un pequeño estero en la desembocadura del río Sardinal, el cual hoy ya no existe, debido a la erosión. Como habían hecho una fogata para preparar sus alimentos, el humo que salía hizo sospechar a los filibusteros que ellos estaban ahí, por lo que poco después los atacaron por sorpresa.

En tercer lugar, el saldo militar de la batalla. En realidad, el cauce formado entre los dos playones que conformaban el estero impidió los enfrentamientos cuerpo a cuerpo, lo que hubiera favorecido a los costarricenses, quienes eran muy hábiles en el manejo de las bayonetas de sus fusiles. Aún así, hubo fuego durante casi una hora entre ambos bandos. Como saldo de la escaramuza, en nuestras filas murieron apenas tres hombres y hubo siete heridos, mientras que de los enemigos fallecieron cuatro en tierra y varios en el agua, incluidos unos 25 que estaban en una piragua que se les pudo hundir.

Ubicación hipotética de los playones que conformaban el estero del río Sardinal. Foto: Luko Hilje.

Pero, más importante aún que estas cifras, es que los filibusteros no pudieron desalojar del río a nuestra tropa, y se vieron obligados a tomar sus embarcaciones y regresar a La Trinidad. Por su parte, nuestros combatientes se dirigieron a Muelle, para que el médico curara a los heridos. En los días posteriores permanecieron en Cariblanco, atentos a cualquier ataque filibustero, el cual nunca ocurriría.

Para concluir, aunque la batalla de Sardinal no tuvo un gran significado estratégico-militar, infundió mucho ánimo y confianza a nuestros soldados pues —sin saberlo ellos—, aún faltaba un año de confrontaciones, y había que saber soportarlo. Eso sí, librada también en el territorio de Sarapiquí, sí fue determinante la batalla de La Trinidad, el 22 de diciembre de 1856, que fue la que marcó el principio del fin de Walker, hasta su rendición en Rivas, el 1° de mayo de 1857.

De este modo, gracias a nuestros valerosos combatientes, se pudieron afianzar la libertad y la soberanía de Costa Rica, así como de los demás países centroamericanos, por lo cual, desde lo más profundo de nuestros corazones, hoy reverenciamos su memoria con gratitud infinita.

De William Walker, horda del hegemón y sistema capitalista, a un gobierno dirigido por un pedófilo: La esencia del destino manifiesto no cambia

Trino Barrantes Araya

El gringo de ojos celestes, abogado, periodista, médico y esencialmente un hijo predilecto de imperialismo, pisó tierras de nuestra hermana República de Nicaragua en el año de 1855. Su esquema era sencillo, dominar, por la vía militar y crear un nuevo estado. Su lema se sintetiza en un gran objetivo: “Five or None”.

Hoy el “pedófilo de la Casa Blanca”, amplía el yugo a site naciones más, bajo un adefesio político-militar llamado “Escudo de la Américas”. La frase de John Q. Adams, pronunciada en 1803, adquiere plena vigencia. Porque la Doctrina Monroe, sigue festinando con los cipayos y los lacayos de nuestro continente:

“El mundo tiene que acostumbrarse a la idea de que el continente norteamericano es nuestro dominio”.

El primero soñaba con dominar a su antojo la “Vía del Tránsito”, el actual en someter la soberanía de nuestros Estados y apropiarse del petróleo, del litio, de las tierras raras, del agua, del oro. Sí, bajo el ideal de Cristóbal Colón, el oro sigue teniendo validez, ayer en la conquista y la colonización, hoy en el nuevo proyecto neocolonial-neonazifascista.

Nos siguen cambiando cuentas y vidrios, por autodeterminación, independencia y soberanía. Aquel sueño imperial del “Estrecho Dudoso”.

Durante los primeros meses del año 1855, la pasividad de nuestros hermanos nicaragüenses fue pasmosa. Bajo tales circunstancias Walker pensó que la nacionalidad era solo una cuestión decorativa. Solamente se habían recorrido siete quinquenios de haber declarado la independencia de España y el nuevo amo del norte, encontraba una tierra fértil para sus perversos intereses.

Tal vez sea por esa razón que, en la proclama dictada en San José el 20 de noviembre de 1855, JUANITO MORA (Juan Rafael Mora Porras), de manera transparente se refirió contra los imperialistas gringos, de la siguiente forma:

“Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueblos, condenados por la justicia de la Unión Americana, no encontrando ya donde hoy están con que saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia”.

Las mismas mentiras que se tejen hoy en las narrativas del hegemón, son parte del discurso de agente del Destino Manifiesto. Cuando hipócritamente le escribe a nuestro prócer y arquitecto de la Segunda Independencia, descarada y falsamente le dice a Juanito Mora que sus intenciones respecto a las repúblicas centroamericanas son para “mantener el orden y el gobierno”. Se reclama en la cartografía imperialista la “ilusión de construir y fortalecer la democracia y fijar las bases del desarrollo”; no importa el número de víctimas, la ruptura del orden constitucional y gobierno”. Todo sea por la “pax imperial”.

Mora fue un adelantado de la época, porque a esta sucia maniobra imperialista, en su proclama del 28 de febrero dejaba claramente su sentido y vocación nacionalista. Señala que está próximamente amenazada la independencia de esta República y la de las otras de Centro América, de tal suerte que, la más apremiante necesidad no solamente es defender los derechos patrios, sino arrojar de Nicaragua al enemigo común”.

Déjennos aquí, hacer un parangón con la guerra genocida del sionismo contra Gaza y la aventura fracasada de la guerra sionista-gringa contra el pueblo de Irán. Cercanos a la Batalla de Rivas del 11 de abril, de la manera más visionaria proclamó don Juan Rafael Mora Porras lo siguiente: “Todos los filibusteros, de cualquier nacionalidad a que pertenezcan, que sean aprehendidos con las armas en la mano, sufrirán el rigor de la ley siendo fusilados”.

Las batallas, la del 20 de marzo de 1856 y la que se conoce con el nombre de Batalla de Rivas, el 11 de abril de ese mismo año, conocidas históricamente como la “Campaña Nacional”, forman parte del resultado del conflicto militar entre las fuerzas del ejército de Costa Rica, dirigidas por Juanito Mora, y como contraparte el ejército filibustero estadounidense conducido por William Walker.

Nuestra historia fue muy noble con los costarricenses. Hay dos grandes batallas que deciden el curso de nuestra soberanía y la primera derrota, de un país pequeño contra el imperialismo yanqui. La Batalla del 11 de abril, que dio lugar al triunfo de la toma del Tránsito y la Batalla del 11 de abril de Rivas.

La postura moral, combativa, decente y en función de la defensa de la soberanía de Juan Rafael Mora Porras, dista años de moral y decencia ante la forma servil en la que el actual mandatario dobla las rodillas ante el hegemón, rindiendo así culto a un pedófilo citado miles de veces en los archivos Epstein y animador vulgar del genocidio en Gaza.

La dependencia internacional es perjudicial para el país

Óscar Madrigal

Oscar Madrigal

Debo confesar que me causó risa la noticia dada a conocer por el latoso ministro de seguridad Zamora, el canciller y el presidente, que declara terroristas a varias organizaciones del Medio Oriente. Causa risa por lo ridículo de la postura. Me dio la impresión de que el canciller lo dijo con cierta vergüenza, pero se la aguanta por sus problemas con la justicia.

El vasallaje ante Trump, su incondicionalidad ante las políticas guerreristas ha hecho a la camarilla chavista perder la razón. ¿No se han dado cuenta que su mismísimo patrón va a negociar con esos “terroristas”?

¿No se han dado cuenta que Trump es un presidente que no es de fiar? Esto ya lo han entendido la gran mayoría de los gobiernos, como los europeos. Además, ¿tampoco han comprendido que Trump sólo entiende y respeta el lenguaje de la fuerza, de los golpes, como lo está enseñando Irán?

Es tan de poco fiar que no importa de lealtades o negociaciones cuando se trata de aranceles, bombardeos, despojos de tierra, secuestro de presidentes o riesgo a sus negocios familiares.

Los gobernantes que le besan el culo, como el mismo Trump lo dijo, no gozan de ningún respeto y sólo se ganan su desprecio. Chaves no comprende que, entre más incondicional de Trump, más despreciado es.

Chaves entre más arrastrado menos beneficios obtiene para el país: caída de la inversión, aranceles más altos e investigaciones sobre la producción nacional. El que no se respeta a sí mismo, no es respetado por nadie.

Costa Rica ha forjado un prestigio internacional por ciertas posturas contrarias a los dictados de los gobiernos estadounidenses, tal el caso de Carazo ante el Fondo Monetario Internacional o del plan de paz de Arias ante posturas de Reagan.

La absoluta dependencia del Gobierno de Chaves de las políticas díscolas e incongruentes del presidente Trump es no tener ninguna política internacional, y en consecuencia gozar del irrespeto mundial y dejar de tener opiniones constructivas que aportar en los distintos foros internacionales.

Cuando la Doctrina Monroe vuelve a hablar…

Rodrigo Campos Hernández

Cuando la Doctrina Monroe vuelve a hablar: lenguaje, poder y soberanía en el hemisferio. A propósito del discurso del secretario de Guerra de Estados Unidos Pete Hegseth en la Conferencia de las Américas contra los Cárteles del 5 de marzo de 2026.1

1 Este es un ejercicio de lectura crítica sobre el discurso de seguridad hemisférica actual.

1. Introducción: cuando el lenguaje reorganiza la realidad1

El discurso que aquí se analiza fue pronunciado por el secretario de Defensa de Estados Unidos en el marco de una convocatoria impulsada por el presidente Donald Trump en Florida, en la que participaron diversos presidentes y ministros de seguridad de América Latina y el Caribe.

El encuentro tenía como objetivo articular una estrategia regional de seguridad —incluido el denominado “Escudo de las Américas”— orientada a fortalecer la lucha contra los carteles y otras amenazas transnacionales.

El contexto no es menor. Se trata de un momento de reconfiguración geopolítica, en el que se redefinen alianzas, amenazas y marcos de acción en el hemisferio. El emisor habla desde una posición de poder estatal con capacidad de incidir materialmente en la región, mientras que los receptores —autoridades políticas y de seguridad— son potenciales traductores institucionales de ese discurso.

En este punto, una pregunta resulta inevitable: ¿qué sentido tiene realizar un análisis de este tipo?

La interrogante no es menor. A primera vista, podría parecer que se trata de un ejercicio meramente interpretativo, sin consecuencias prácticas inmediatas. Sin embargo, en contextos como el actual, los discursos no son simples declaraciones. Funcionan como dispositivos que orientan decisiones, legitiman políticas y delimitan lo que aparece como posible o necesario.

Analizar un discurso de esta naturaleza no es, por tanto, un ejercicio teórico abstracto. Es una forma de intervenir críticamente en las condiciones mismas en que se toman decisiones públicas.

Para América Latina, esta cuestión adquiere una relevancia particular. Históricamente, la región ha sido escenario de múltiples formas de influencia externa, muchas de ellas justificadas precisamente a través de narrativas que apelan a la seguridad, el orden o la estabilidad. En ese sentido, comprender cómo se construyen esas narrativas permite también reconocer sus implicaciones políticas.

En el caso de Costa Rica, el análisis resulta especialmente significativo. Se trata de un país cuya tradición política se ha construido en torno a la institucionalidad democrática, el derecho internacional y la ausencia de fuerzas armadas. La incorporación acrítica de marcos discursivos que privilegian la lógica de seguridad militarizada no es un movimiento neutro: puede implicar transformaciones profundas en la forma en que se conciben la seguridad, la soberanía y el papel del Estado.

Hay discursos que no necesitan exagerar para ser efectivos. Les basta con organizar cuidadosamente el lenguaje. No se imponen por la fuerza de sus afirmaciones, sino por la forma en que seleccionan, ordenan y silencian. En consecuencia, este trabajo parte de una hipótesis: “la eficacia del discurso analizado no radica en su contenido explícito, sino en su arquitectura semántica”.

Debemos tener claro, entonces, que hay discursos que no solo buscan persuadir: buscan reorganizar el mapa mental desde el cual una sociedad decide qué teme, qué tolera y qué está dispuesta a aceptar en nombre del orden. El discurso de Pete Hegseth pertenece a esa clase de discursos.

Su relevancia no radica únicamente en sus afirmaciones explícitas, sino en algo más profundo: en la forma en que articula una nueva gramática política para el hemisferio. Bajo el lenguaje de la seguridad, la cooperación y la defensa, se perfila una reconfiguración de las relaciones entre Estados que merece ser examinada con cuidado. Es en este sentido, que este trabajo propone una lectura distinta: no centrada en la reacción inmediata, sino en el análisis de las estructuras semánticas y discursivas que sostienen el mensaje.

2. Enfoque metodológico

El análisis se inscribe en el campo del análisis crítico del discurso. No se trata de determinar si el texto es verdadero o falso, sino de identificar: a. los nudos semánticos que organizan su coherencia, b. las operaciones lingüísticas que permiten su funcionamiento, c. los desplazamientos conceptuales que produce, d. y los silencios estructurales que lo hacen posible. En consecuencia, se procedió mediante: a. Identificación de unidades discursivas clave, b. análisis de su textura lingüística, c. reconstrucción de efectos de sentido, d. identificación de ausencias significativas y e. la confrontación con referentes empíricos

3. Nudos semánticos del discurso

Cuadro 1. Síntesis estructural

NUDO

OPERACIÓN

EFECTO

Nativos

Desplazamiento

Identidad sobre ciudadanía

Soberanía

Redefinición

Tutela implícita

Inclusión

Reconfiguración

Jerarquía

Seguridad

Expansión

Militarización

Narco-comunismo

Hibridación

Enemigo total

Víctima

Narrativa

Excepcionalidad

3.1 El sujeto que desaparece

Cuando el texto habla de “nativos de distintos estados actuando juntos por primera vez” (traducción libre del autor), no utiliza términos como “ciudadanos” o “pueblo”. La elección no es menor. La palabra “nativos”, en este contexto, remite más a origen, pertenencia y arraigo que a ciudadanía política moderna. El desplazamiento es claro: del sujeto jurídico al sujeto identitario. La comunidad deja de aparecer como una construcción política deliberativa y pasa a ser un cuerpo orgánico, definido por herencia y destino compartido. En este sentido, el sujeto del discurso no es el ciudadano deliberante, sino la comunidad cohesionada frente a la amenaza.

3.2 La soberanía que se redefine

El discurso afirma que la región debe estar compuesta por “naciones soberanas fuertes” (traducción libre del autor). Sin embargo, esa afirmación convive con la definición del hemisferio como espacio de interés estratégico de Estados Unidos. Aquí no hay una negación explícita de la soberanía. Hay una operación más sutil: Se mantiene como término, pero se redefine en su contenido, de manera que la soberanía se afirma pero dentro de un marco previamente delimitado. No desaparece, pero se condiciona.

3.3 Inclusión y jerarquía

El texto apela a fórmulas como “nuestra nación y las suyas” y a la idea de “poner a América, a los estadounidenses y a las Américas en primer lugar” (traducción libre del autor). Tampoco esta inclusión no es neutral. Los Estados Unidos se presenta simultáneamente como parte del conjunto y como su punto de referencia, ya que habla desde el hemisferio, pero también lo organiza. De esta manera, la inclusión retórica encubre una asimetría estructural.

3.4 La militarización del lenguaje

Expresiones como “paz mediante la fuerza” y la necesidad de restaurar un “ethos del guerrero” (traducción libre del autor) introducen una forma específica de comprender el orden político. Los problemas sociales se traducen en términos bélicos. Y en este desplazamiento ocurre algo decisivo: Desaparece el lenguaje civil del conflicto (salud pública, prevención, institucionalidad o desarrollo social). Si todo es guerra, lo que no es guerra deja de ser visible.

3.5 El enemigo como construcción total

El uso de categorías como “narco-comunismo” (traducción libre del autor) no describe una realidad empírica precisa. Funciona como una hibridación semántica que fusiona: crimen, ideología y amenaza externa que produce un enemigo sin límites claros. Y cuando el enemigo es total, la respuesta tiende a justificarse como igualmente total.

3.6 Victimización y excepcionalidad

El discurso presenta un escenario de asedio: crimen organizado, migración incontrolada, drogas y amenazas externas. Esto permite una operación estructural: la acción se presenta como defensa y la expansión como necesidad donde la posición de víctima habilita la excepcionalidad.

4. Lo que el discurso no dice

Cuadro 2. Lo dicho y lo insinuado

LO DICHO

LO INSINUADO

PREGUNTA

“nativos”

comunidad orgánica

¿dónde está el ciudadano?

“soberanía”

subordinación

¿quién decide?

“cooperación”

asimetría

¿entre iguales?

“seguridad”

guerra

¿qué queda fuera?

El análisis de estas ausencias permite observar que el discurso no solo organiza lo que se dice, sino también lo que queda fuera del campo de lo pensable. Desaparece el ciudadano como sujeto político central. Se diluye la complejidad social de los fenómenos. Se omiten antecedentes históricos relevantes y se reduce el campo de respuestas posibles. En conjunto, estos silencios no constituyen omisiones accidentales. Son condiciones estructurales del discurso.

5. Confrontación con la realidad

Al contrastar el discurso con referentes empíricos, emergen tensiones que permiten matizar sus presupuestos centrales.

En primer lugar, la idea de que la militarización constituye una respuesta eficaz frente a fenómenos como el narcotráfico no encuentra respaldo concluyente en la experiencia regional. Tras décadas de “guerra contra las drogas”, particularmente en países como Colombia, los enfoques centrados en la interdicción, la erradicación forzada y la cooperación militar no han logrado resolver el problema estructural de la producción y tráfico de sustancias ilícitas. Por el contrario, diversos análisis señalan la persistencia —e incluso reconfiguración— de estas economías ilícitas, a pesar de la intensificación de la presencia militar y de seguridad en la región.

En esa misma línea, la instalación de infraestructura y cooperación militar extranjera no ha demostrado efectos sostenidos en la reducción de la violencia o del tráfico de drogas. El caso de la base de Manta en Ecuador, operativa durante una década como parte de la estrategia regional antidrogas, no produjo mejoras significativas en los indicadores de seguridad, lo que ha llevado a cuestionar la eficacia de este tipo de medidas.

En segundo lugar, las categorías empleadas en el discurso —como aquellas que combinan fenómenos distintos bajo denominaciones unificadas— tienden a simplificar realidades complejas. La experiencia histórica muestra que los fenómenos asociados al narcotráfico, la violencia y la conflictividad social responden a dinámicas económicas, políticas y territoriales diversas, que difícilmente pueden ser abordadas mediante enfoques homogéneos.

Finalmente, la idea de una cooperación hemisférica simétrica también encuentra límites en la trayectoria histórica de la región. Diversos episodios evidencian relaciones marcadas por asimetrías estructurales, en las que la política exterior y de seguridad de Estados Unidos ha incidido de manera determinante en los procesos internos de los países latinoamericanos.

El caso del embargo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos a Cuba desde 1962 —considerado el más prolongado de la historia contemporánea— constituye un ejemplo paradigmático de relaciones estructuralmente asimétricas, con efectos sostenidos sobre la economía y la vida cotidiana en la isla.

A ello se suma una serie de intervenciones políticas y militares a lo largo del siglo XX que han incidido directamente en los procesos internos de diversos países latinoamericanos. Casos ampliamente documentados, como el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954) o el de Salvador Allende en Chile (1973), así como el respaldo a regímenes autoritarios en el Cono Sur durante las décadas de 1960 y 1970, evidencian una constante en la política hemisférica: la disposición a intervenir en contextos considerados estratégicos.

El caso del escándalo Irán-Contra en la década de 1980 —que involucró operaciones encubiertas, financiamiento irregular y vínculos con redes ilícitas— constituye un ejemplo paradigmático de estas dinámicas complejas.

Más recientemente, episodios como la operación militar estadounidense en Venezuela en 2026 —que incluyó bombardeos en Caracas y la captura del presidente Nicolás Maduro— evidencian el grado de conflictividad y unilateralidad que puede alcanzar la política hemisférica. La interpretación de estos hechos, sin embargo, forma parte de una disputa política y jurídica más amplia, lo que refuerza la necesidad de analizarlos críticamente.

Ahora bien, más que agotar el inventario de episodios históricos, lo relevante es advertir la regularidad de ciertas dinámicas. Las intervenciones, directas o indirectas, que han marcado la relación hemisférica no han producido, en términos generales, beneficios sostenidos para las sociedades latinoamericanas, sino que han tendido a favorecer intereses estratégicos externos y a reforzar estructuras de poder preexistentes.

Por otro lado, en un contexto global caracterizado por el desplazamiento progresivo del hegemonismo estadounidense hacia un escenario de mayor dispersión del poder, los intentos por reafirmar su influencia en el continente americano resultan, en términos estratégicos, comprensibles. Sin embargo, la forma en que dicha reafirmación se articula merece una lectura crítica.

En efecto, la apelación a la cooperación regional en materia de seguridad —particularmente en torno a la lucha contra los carteles de la droga— puede funcionar como un dispositivo de legitimación de estrategias que, en la práctica, reproducen relaciones asimétricas. La construcción de amenazas compartidas facilita la alineación política, pero también puede operar como mecanismo de reorganización del poder en el hemisferio.

Esta dinámica se vuelve especialmente problemática cuando se considera una tensión estructural difícil de soslayar: Estados Unidos continúa siendo uno de los principales mercados de consumo de drogas a nivel global. En ese sentido, la persistencia del fenómeno no puede explicarse únicamente desde la oferta, ni resolverse exclusivamente mediante estrategias centradas en la intervención externa.

La ausencia de un abordaje integral que incluya las dinámicas internas de consumo introduce una disonancia que debilita la coherencia del discurso. En este marco, la lucha contra el narcotráfico corre el riesgo de convertirse menos en una solución estructural y más en un eje discursivo que permite articular agendas de seguridad con efectos geopolíticos más amplios.

Esta tensión adquiere una dimensión aún más compleja si se consideran las prioridades en la asignación de recursos. En los últimos años, el gobierno de Estados Unidos ha destinado sumas multimillonarias al financiamiento de conflictos internacionales y al sostenimiento de alianzas estratégicas en distintos escenarios geopolíticos.

Al mismo tiempo, persisten en su propio territorio problemáticas sociales de gran magnitud, particularmente asociadas al consumo de opioides y drogas sintéticas, que han sido calificadas como una crisis de salud pública. A ello se suman niveles significativos de población en situación de calle y acceso desigual a servicios de salud y atención social.

Sin necesidad de establecer relaciones causales simplistas, la coexistencia de estas dos dimensiones introduce una pregunta relevante: ¿en qué medida las estrategias de seguridad proyectadas hacia el exterior se articulan con —o se desvinculan de— las problemáticas internas que contribuyen a sostener los fenómenos que se pretende combatir?

Plantear esta cuestión no implica desconocer la complejidad de los escenarios internacionales, sino advertir que la eficacia de cualquier estrategia hemisférica depende también de la coherencia entre sus dimensiones internas y externas.

No reconocer esta trayectoria en el contexto actual implicaría asumir el presente como si se tratara de un punto de partida neutral. Y ese, precisamente, es el riesgo: confundir la novedad del discurso con la ausencia de antecedentes. En ese sentido, el análisis no busca clausurar posibilidades, sino evitar una forma de ingenuidad que, históricamente, ha tenido costos significativos para la región.

6. Objeción: la racionalidad de la cooperación

Una objeción razonable podría formularse así: ¿qué tiene de problemático formar parte de una estructura hemisférica liderada por Estados Unidos, considerando los beneficios en comercio, cooperación, educación e intercambio cultural? La pregunta es válida, y precisamente por eso exige precisión. El problema no radica en la relación en sí misma, sino en su redefinición. Cuando la cooperación se formula en términos de seguridad estratégica, su naturaleza cambia: deja de ser relación entre iguales y adquiere una estructura jerárquica.

7. Conclusión

El riesgo no es la existencia de alianzas ni de cooperación internacional. El riesgo es la transformación silenciosa de esas relaciones en marcos donde ciertas categorías —seguridad, soberanía, cooperación— adquieren significados distintos sin ser discutidos. El desafío, entonces, no es rechazar ni aceptar de manera automática, sino comprender. Porque solo cuando se comprende cómo opera un discurso, se recupera la posibilidad de decidir frente a él.

Para Costa Rica, cuya tradición política se ha construido en torno a la paz, el derecho internacional y la institucionalidad democrática, este tipo de discursos plantea interrogantes relevantes. La adopción acrítica de una gramática de seguridad militarizada no es neutra. Puede implicar transformaciones en la forma en que se entienden la soberanía, la seguridad y el papel del Estado.

1 El planteamiento de que ciertos discursos no requieren exageración para ser efectivos puede sostenerse desde diversas tradiciones del análisis del discurso. Como ha señalado Michel Foucault (1971), el poder discursivo no reside únicamente en lo que se afirma, sino en la capacidad de delimitar el campo de lo decible y lo pensable. En esa misma línea, Teun A. van Dijk (1998), ha mostrado que la influencia del discurso se ejerce a través de la organización de estructuras cognitivas —temas, énfasis y omisiones— que orientan la interpretación del receptor. A ello se suma la noción de poder simbólico de Pierre Bourdieu (1991), según la cual los discursos más eficaces no son los más explícitos, sino aquellos que logran naturalizar sus categorías como evidentes. Finalmente, desde la teoría del framing, George Lakoff (2004), ha demostrado que quien define los marcos lingüísticos condiciona la percepción de la realidad, haciendo innecesaria la exageración. En conjunto, estas perspectivas permiten sostener que la eficacia de un discurso no depende de la intensidad de sus afirmaciones, sino de su capacidad para seleccionar, ordenar y silenciar elementos, configurando así un horizonte de interpretación.

Cuba y Venezuela: ¿sobrevivir, adaptarse o transformarse?

José A. Amesty Rivera

Compañeras y compañeros, cuando hablamos de Venezuela hoy, no estamos hablando solo de un país, estamos hablando de un momento histórico para América Latina.

Porque lo que ocurre en Venezuela hoy es el resultado de tres procesos que se cruzan al mismo tiempo: una crisis económica profunda, una disputa geopolítica internacional y un debate dentro de la propia izquierda latinoamericana.

Por eso, reducir lo que ocurre a una simple “crisis del socialismo” o a un “problema de gobierno” es una simplificación, lo que estamos viendo es algo mucho más complejo.

Estamos viendo la crisis y transformación de uno de los proyectos políticos más importantes de América Latina en el siglo XXI. Y la pregunta que hoy está abierta es clara: ¿qué está pasando realmente con el proceso bolivariano? ¿Está resistiendo? ¿Está transformándose? ¿O está entrando en una etapa completamente distinta? Para responder esto, primero tenemos que mirar de dónde viene este proceso.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, planteó un proyecto político ambicioso. La llamada Revolución Bolivariana y tenía tres objetivos centrales:

Primero: recuperar el control del Estado sobre los recursos estratégicos, especialmente el petróleo.
Segundo: reducir la desigualdad social a través de grandes programas sociales.
Y tercero: construir una integración latinoamericana alternativa al neoliberalismo.

En ese momento surgieron iniciativas regionales como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América y la Unión de Naciones Suramericanas, entre otros mecanismos de integración.

Durante los primeros años del siglo XXI, Venezuela se convirtió en un símbolo del llamado “giro a la izquierda” en América Latina. Muchos pensaban que se estaba abriendo un nuevo ciclo político en la región, pero este proyecto tenía una debilidad estructural muy fuerte.

Una debilidad que venía desde mucho antes, la economía venezolana dependía casi totalmente del petróleo y esa dependencia iba a marcar el futuro del país.

Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del mundo, pero esa riqueza también generó una economía muy particular, una economía llamada rentista. ¿Eso qué significa? Que el Estado obtiene la mayor parte de sus ingresos vendiendo petróleo y, con ese dinero, financia el gasto público. Durante años, eso permitió financiar educación, salud, subsidios, programas sociales, entre muchos otros.

Pero también generó varios problemas: poca diversificación económica, baja producción industrial y dependencia de los precios internacionales del petróleo. El corazón de este modelo es la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA). Cuando los precios del petróleo bajaron y comenzaron las sanciones internacionales, principalmente de EEUU, este modelo empezó a entrar en crisis.

Y aquí aparece otro elemento clave: la dimensión geopolítica.

Durante años, Venezuela ha enfrentado sanciones económicas impulsadas principalmente por Estados Unidos. Estas sanciones afectaron, sobre todo, el sistema financiero, el comercio internacional y la industria petrolera. Incluso algunos analistas críticos del gobierno reconocen algo importante, las sanciones agravaron la crisis económica.

Pero, además, Venezuela se convirtió en una pieza dentro de una disputa internacional más amplia; en ese tablero también están actores como China, Rusia, entre otros. Es decir, la crisis venezolana no es solo interna; también forma parte de una competencia global por recursos, energía e influencia política.

La situación se volvió aún más incierta tras la captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026. Después de ese hecho, el poder quedó temporalmente en manos de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, y esto abrió una etapa completamente nueva.

Hoy vemos, al mismo tiempo, negociaciones internacionales, cambios en la política petrolera, protestas sociales y tensiones dentro del propio chavismo.

El gobierno intenta atraer inversión extranjera para recuperar la economía, pero esto ha generado un debate muy fuerte dentro de la izquierda, tanto nacional como internacional.

En el caso actual de China y Rusia, la crisis venezolana también forma parte de una competencia global por energía, influencia política y recursos estratégicos. Y, en este sentido, con aire de vencedor, Trump había anunciado que el petróleo venezolano bajo control estadounidense se lo vendería a Rusia y a China. Pero resulta que Rusia y China se niegan a comprárselo, y no es un detalle menor, es el centro de toda la jugada.

China ha dado instrucciones a sus operadores para que no adquieran crudo venezolano bajo control estadounidense. Los envíos que antes cubrían la deuda de 15.000 millones de dólares que Venezuela mantiene con Pekín simplemente se han detenido.

Lo más revelador es que hay unos 40 millones de barriles de crudo sancionado (de Rusia, Irán y Venezuela) flotando en tanqueros frente a las costas de China, esperando; ese petróleo está ahí, inmóvil, como un ejército de barcos fantasmas que nadie descarga.

Es decir, hay un elemento nuevo que antes no teníamos: China y Rusia han contraatacado con una resistencia silenciosa pero efectiva. Al negarse a comprar el petróleo venezolano bajo control estadounidense, están estrangulando al imperio con su propio botín, los barcos flotan, el petróleo se acumula y el tiempo corre en contra de Washington.

A su vez, hoy no existe una sola interpretación sobre Venezuela. Dentro de la izquierda latinoamericana hay, por lo menos, tres grandes posiciones.

Primera posición: la izquierda chavista. Esta corriente defiende el proceso bolivariano y sostiene que la crisis se explica principalmente por las sanciones internacionales, la presión geopolítica y lo que llaman una “guerra económica”. Para ellos, Venezuela sigue siendo un símbolo de resistencia frente al poder de Estados Unidos.

Segunda posición: la izquierda progresista crítica. Esta corriente reconoce que el chavismo tuvo logros importantes, como la reducción de la pobreza, la expansión de políticas sociales y la inclusión política de sectores populares, pero sostiene que, con el tiempo, el sistema se deterioró. Sus críticas principales son las instituciones debilitadas, la polarización política y la dependencia del petróleo; por ello, proponen una transición democrática que preserve las conquistas sociales.

Tercera posición: la izquierda socialista crítica. Aquí aparecen sectores como el Partido Comunista de Venezuela. Estos sectores sostienen que el gobierno terminó reproduciendo estructuras capitalistas. Sus críticas incluyen la apertura económica al capital privado, el debilitamiento de los sindicatos y la concentración del poder en el Estado; para ellos, el proyecto bolivariano se alejó del socialismo original.

Este debate se resume hoy en una discusión muy importante dentro de la izquierda: la diferencia entre antiimperialismo ideológico y antiimperialismo pragmático.

El antiimperialismo ideológico dice: no se negocia con el imperialismo bajo ninguna circunstancia.
El antiimperialismo pragmático dice: un país puede negociar incluso con adversarios si eso permite sobrevivir económicamente.

Muchos analistas consideran que el gobierno actual de Venezuela está adoptando esta segunda estrategia, es decir, negociar para sobrevivir. Pero esta estrategia genera tensiones dentro del propio campo revolucionario.

Y plasmemos aquí algunas de las teorías más radicales:

La teoría del “golpe pactado”, que indica que EEUU. no tumbó al chavismo, sino que ayudó a reconfigurarlo con una figura más manejable.

La teoría del “chantaje judicial”, indicando que Washington tendría expedientes listos contra figuras del poder para presionar decisiones políticas.

La teoría del “cambio controlado”, señalando que no podían imponer a la oposición, así que prefirieron negociar con una élite chavista.

La teoría del “nuevo modelo tipo Bukele”, donde hay una autoridad fuerte, pero alineada con intereses económicos globales.

A la fecha de la publicación de este artículo, han surgido más teorías radicales, que rayan en hipótesis, especulaciones y probabilidades, muchas de ellas sin pruebas factibles.

La teoría del “pacto con EEUU.” plantea que sectores del poder negociaron la salida de Nicolás Maduro con Estados Unidos, e indica unos contactos previos entre actores venezolanos, donde es evidente que existen intereses energéticos claros de Estados Unidos en Venezuela. Ahora, no está demostrado un acuerdo directo documentado para “entregar” el poder.

Y algunos se preguntarán: ¿y el pueblo dónde queda en todo esto?

Señalamientos: el pueblo está en pausa; se apagó la calle, ya que hay menos movilización, menos discurso ideológico y más sobrevivencia. Líderes como Diosdado Cabello han apagado su verbo incendiario antiimperialista, por ahora, según se cree.

Otros indican que el pueblo sigue organizándose en consejos comunales, comunas y otros tipos de organizaciones, cumpliendo con el mandato del presidente Hugo Chávez, para resistir y sobrevivir.

Otros señalan que hay menor intensidad de movilización política y mayor foco en la supervivencia económica. Hay interpretaciones posibles como el cansancio social, el control político más centralizado y la pérdida de narrativa movilizadora.

Aquí aparece un ejemplo interesante en la región: el caso de Miguel Díaz-Canel en Cuba. El gobierno cubano ha confirmado conversaciones con Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, ha dejado claras varias condiciones: el respeto a la soberanía, la igualdad entre los Estados y la no intervención en asuntos internos. La lección política aquí es importante.

Negociar no significa rendirse. La pregunta clave siempre es desde qué posición se negocia y qué se está dispuesto a ceder.

El analista cubano José Carlos Vinasco señala que “en Venezuela, las concesiones llegaron primero. El petróleo fluyó, las leyes cambiaron, los presos fueron liberados. Luego vinieron las conversaciones. En Cuba, primero están las conversaciones. Las concesiones, si llegan, serán después y con condiciones”.

Ampliemos más sobre Cuba. ¿Es un espejo o una advertencia? Es ambas cosas. Cuba es como ese espejo que nadie quiere mirar demasiado tiempo, porque devuelve una pregunta incómoda: ¿hasta dónde aguanta un proyecto cuando vive bajo presión permanente?

Porque Cuba no es solo resistencia heroica; también es desgaste acumulado. Décadas de bloqueo, crisis internas, ajustes económicos y, aun así, el sistema no se cayó.

Pero tampoco está igual que antes. Cuba cambió, y eso hay que decirlo sin romanticismo. Hoy hay apertura económica, hay un sector privado en crecimiento y hay desigualdad que antes no se veía tanto, y eso genera tensiones internas fuertes.

Entonces aparece la misma discusión que en Venezuela: ¿esto es adaptación o es el inicio de otra cosa? ¿Y cuál es la diferencia clave entre ambos procesos?: El ritmo y el control. Cuba cambia lento, midiendo cada paso, tratando de no perder el timón. Venezuela, en cambio, está en una dinámica más brusca, más atravesada por crisis y presión externa directa.

Pero atención con esto, ambos están enfrentando las mismas preguntas de fondo: ¿cómo sobrevivir sin dejar de ser lo que son? ¿Y lo estarán logrando?

Porque resistir no es solo aguantar; también es saber hacia dónde se va. Y ahí es donde muchos empiezan a preguntarse si el rumbo sigue claro o si se está improvisando sobre la marcha.

Entonces, ¿Cuba es futuro o advertencia para Venezuela? Podríamos decir que es una advertencia con experiencia, muestra que se puede resistir décadas, pero también que cada concesión deja marca, y que los cambios, aunque sean necesarios, nunca son gratis.

Veamos otras experiencias históricas.

La idea que un proyecto político puede mantenerse intacto frente a condiciones extremas es, históricamente, difícil de sostener. En contextos de guerra, aislamiento o crisis profunda, los liderazgos revolucionarios han tenido que tomar decisiones que, en otro momento, habrían sido impensables.

Los casos de Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung y Fidel Castro no solo ilustran esto, sino que permiten entender cómo funciona la política bajo presión extrema.

Lenin: negociar para no desaparecer (Tratado de Brest-Litovsk, 1918)

Tras la Revolución de octubre de 1917, el nuevo gobierno bolchevique heredó un país devastado por la guerra, el hambre y el colapso del Estado zarista. Rusia seguía involucrada en la Primera Guerra Mundial, pero el ejército estaba desintegrándose.

Lenin enfrentaba una disyuntiva brutal, continuar la guerra, arriesgando el colapso total del nuevo gobierno, o firmar la paz con Alemania, aun en condiciones humillantes.

La decisión fue el Tratado de Brest-Litovsk. Las condiciones fueron extremadamente duras, Rusia perdió vastos territorios (Ucrania, Polonia, los países bálticos), cedió recursos estratégicos y población, y fue visto por muchos revolucionarios como una traición.

Dentro del propio partido bolchevique hubo una fuerte oposición; algunos proponían una “guerra revolucionaria” en lugar de negociar. Pero Lenin insistió en una idea clave, “sin Estado no hay revolución que defender”.

Su apuesta fue estratégica, sacrificar territorio para ganar tiempo, consolidar el poder interno y reorganizar el Estado y el Ejército Rojo.

A corto plazo, fue una concesión enorme. A mediano plazo, permitió que el gobierno sobreviviera a la guerra civil.

Aquí hay una lección histórica, la negociación no fue una renuncia ideológica, sino una decisión para evitar la derrota inmediata.

Mao Tse-Tung: alianzas con el enemigo (Frente Unido con el Kuomintang)

La trayectoria de Mao Tse-Tung muestra uno de los ejemplos más claros de flexibilidad estratégica. Durante la primera mitad del siglo XX, el Partido Comunista Chino enfrentaba dos amenazas simultáneas: la represión del Kuomintang (nacionalistas) y la invasión japonesa.

En ese contexto, Mao impulsó una decisión altamente controversial, formar una alianza con el mismo Kuomintang que había perseguido y masacrado a los comunistas. Este acuerdo dio lugar al llamado Segundo Frente Unido (1937–1945) en el marco de la guerra contra Japón.

¿Por qué fue una decisión tan contradictoria? Porque implicaba colaborar con un enemigo interno, suspender parcialmente el conflicto de clases y priorizar la lucha nacional sobre la revolución inmediata. Muchos dentro del movimiento comunista veían esto como una desviación.

Pero Mao interpretó la correlación de fuerzas de otra manera, sin derrotar a Japón, no habría condiciones para ninguna revolución. La supervivencia del movimiento requería replegarse, reorganizarse y ganar legitimidad nacional.

El resultado fue decisivo: el Partido Comunista se fortaleció durante la guerra, expandió su base social y llegó en mejores condiciones a la guerra civil posterior, que terminaría ganando en 1949.

Otra lección histórica: la alianza no fue una claudicación, sino una forma de cambiar el orden de las prioridades estratégicas.

Fidel Castro: resistir adaptando el modelo (Período Especial, años 90)

El caso de Fidel Castro es distinto, porque no se trata de una negociación puntual, sino de una adaptación prolongada. Durante décadas, Cuba dependió económicamente de la Unión Soviética. Cuando esta colapsó en 1991, la isla perdió su principal socio comercial, el suministro de petróleo subsidiado y el apoyo financiero clave. Esto dio inicio al llamado “Período Especial”.

Las consecuencias fueron dramáticas: la caída del PIB, la escasez de alimentos, energía y transporte, y el deterioro de las condiciones de vida.

En ese contexto, el gobierno cubano tomó medidas que antes habrían sido impensables dentro de su modelo, como: la apertura limitada al turismo internacional, la legalización del dólar en la economía, la autorización de pequeños emprendimientos privados y la búsqueda de inversión extranjera.

Estas decisiones generaron tensiones ideológicas importantes: ¿era esto una concesión al capitalismo? ¿Un retroceso del proyecto socialista? Sin embargo, la dirección política defendió estas medidas como necesarias para la supervivencia del sistema. La lógica fue clara, sin ajustes económicos, el colapso era probable; sin Estado, no habría proyecto socialista que sostener. Cuba no abandonó su modelo político, pero sí lo modificó en aspectos clave.

Lección histórica: adaptarse no significó rendirse, sino reconfigurar el proyecto para evitar su desaparición.

Estos tres casos muestran un patrón común, ninguno de estos líderes actuó en condiciones ideales; todos enfrentaron escenarios donde las opciones eran limitadas. En todos los casos, se tomaron decisiones que tensionaron la coherencia ideológica.

Pero también revelan algo más profundo: la “pureza política” es más fácil de sostener en el discurso que en la historia real.

Cuando un proyecto enfrenta amenazas existenciales, las decisiones dejan de ser entre “correcto” e “incorrecto” y pasan a ser entre sobrevivir o desaparecer, avanzar o replegarse, resistir o colapsar.

Lenin cedió territorio para salvar el Estado. Mao pactó con su enemigo para ganar tiempo. Fidel reformó su modelo para evitar el derrumbe.

En los tres casos, lo que estaba en juego no era solo la coherencia ideológica, sino la continuidad misma del proyecto político.

Y esa es, quizá, la enseñanza más incómoda de la historia, en momentos críticos, la política no premia la pureza; premia la capacidad de seguir existiendo.

Lo único claro es que el país sigue siendo un laboratorio político en tiempo real, donde se ensayan (con altos costos) distintas formas de resistir en un mundo en disputa. Y, mientras ese experimento continúe, el desenlace seguirá abierto. Porque, en política, como en la historia, lo decisivo no es lo que parece inevitable, sino lo que todavía puede cambiar.

Hoy Venezuela vive una coyuntura completamente abierta. Lo que vemos es una combinación de crisis económica estructural, presión geopolítica internacional y conflictos dentro de la propia izquierda. Por eso, el futuro del proceso bolivariano todavía no está definido, puede transformarse, puede adaptarse o puede entrar en una etapa completamente distinta.

Es decir, la gran pregunta no es si Venezuela va a cambiar, porque eso ya está pasando; la pregunta real es cómo cambia, quién gana con ese cambio y qué queda del proyecto original. Y esta es la discusión que hoy divide a toda la izquierda. ¿Qué nos dicen, además, los anteriores casos? Que la política real no se mueve en blanco y negro.

Pero algo es seguro, la historia de América Latina nos enseña que los procesos políticos no avanzan en línea recta; avanzan con progresos, retrocesos y contradicciones. Y, en medio de esas contradicciones, sigue abierta una disputa fundamental, la disputa por la soberanía, por la justicia social y por el futuro político de nuestra región. Y esa discusión, compañeras y compañeros, no ocurre solo en Venezuela; también nos interpela a todos nosotros en América Latina.

En fin, y reiteramos Venezuela esta en un momento coyuntural abierto.

A contracorriente

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

El último fin de semana de marzo, cientos de miles de personas salieron a protestar en las principales ciudades de Estados Unidos y Europa.

En algo que parece ya habitual, el objeto de las protestas no puede ser otro que el impresentable presidente de Estados Unidos Donald Trump y sus políticas racistas, fascistas, terroristas, antihumanas.

La protesta es la tercera que se organiza en el marco de unas jornadas denominadas “no kings”, destinadas a desconocer el poder real y simbólico que Trump y sus aliados han instalado en un año que, si bien solo lleva tres meses, ya cuenta para el olvido.

Los casi nueve millones de personas que salieron a las calles de Estados Unidos a consignar su descontento y enojo, son la muestra de un motor civil y popular que poco a poco está perdiendo el miedo y se empodera de la única forma que puede un ser humano empoderarse en estos tiempos: convirtiéndose en un sujeto colectivo, político, fuerte, visible, claro.

El hartazgo a la arrogancia del mal habido presidente estadounidense es quizá la motivación de fondo para hacer salir de su confort a millones de personas.

Aquí es cuando uno se pregunta por qué si en otros contextos el hastío y el enojo son materia prima diaria, no se logró mostrar hasta ahora de forma visible y hasta contundente.

Las últimas semanas algunas acciones han sumado a la perplejidad con que hemos estado observando la performance presidencial en Costa Rica: la saliente y la entrante, que para los efectos son la misma cosa.

La urgencia con la que el gobierno costarricense aceptó el acuerdo migratorio que permite a Estados Unidos enviar 25 personas (si, personas) deportadas a territorio costarricense, solo se condice con lo que el internacionalista Carlos Murillo alerta: la relación Costa Rica-Estados Unidos no es una relación de Estado, sino que se enmarca en una cercanía personal, lo cual vuelve más peligroso, riesgoso y subordinado el rol costarricense en el concierto internacional.

Si esto no es ir contra corriente, observando las multitudinarias marchas del fin de semana, entonces vivimos en realidades paralelas.

Por último y no menos delirante, es la promesa de la presidenta electa Laura Fernández en utilizar el modelo de Bukele para “mediar” la inseguridad ciudadana. El terror ciertamente no es que sea una promesa, sino que, dado el alto apoyo a su enfoque populista, se termine instalando en el país un régimen que, al menos en El Salvador, ha cobrado cientos de vidas inocentes. Diversos informes de periodismo independiente y organismos de derechos humanos han dado cuenta de las atrocidades de este régimen de excepción.

¿Si esto no es ir contra corriente, en qué mundo dominado por la matrix estoy viviendo?

Irán está hundiendo el sionismo

A la memoria de los periodistas asesinados recientemente en Oriente Medio, en especial a los hermanos Fátima Ftouni (Al Mayadeen) y Mohammed Ftouni (camarógrafo), Ali Shaib (Al Manar), así como a los universitarios de Irán que vieron como destruían su principal universidad, en un intento desesperado por matar la ciencia y el conocimiento.

Rafael A. Ugalde Quirós

La desesperación de los enemigos de los pueblos del mundo ya no tiene límites. Desafían a los socios de Irán amagando con poner fin a la llamada “doctrina de la disuasión” nuclear, bombardean universidades, hacen del asesinato de niños, mujeres, ancianos y periodistas su carta de presentación terrorífica etc. Los contendientes contra la República Islámica de Irán fantasean noche y día sobre cómo doblegar el ejemplar pueblo persa, su lideres políticos y todo su estamento militar, no importa si para ello tienen que recurrir a una Tercera Guerra Mundial saliendo, según sellos, ilesos de semejante demencia.

Qué si mandan a tal destructor al golfo Pérsico, qué es mejor el desembarco de tropas en las islas cercanas a tan estratégico paso oceánico; otros llaman a echar mano a los grupos terroristas dentro de las naciones vecinas a Irán, mandar a asesinar a los lideres espirituales, políticos, militares y científicos, todo producto de la vana fantasía de aplicar la misma estrategia utilizada en Irak, Libia, Yemen, Líbano etc. No hay que inventar nada; allí están en los viejos manuales sobre con fragmentar una nación y luego como robar todo a su paso.

La realidad, empero, respecto a Irán, es una. El sionismo y sus “amigos de viaje” se hunden diplomática, económica, militar y moralmente con todo y el viejo sueño de “balcanizar” a la República Islámica, a como haya lugar. Por el contrario, las solas palabras “pueblo iraní” despiertan hoy no solo simpatía donde aparecen, sino además esperanzas para aquellas naciones sancionadas injustamente por querer ser dignas y mostrar un Nuevo Orden Mundial, construido a partir de ahora sobre la base del derecho internacional, frente a la barbarie y la depravación generalizada entre los poderosos círculos del poder imperial.

Luego de los ocho años de agresiones sostenidas, a finales de la década de los ochentas, la República Islámica de Irán leyó perfectamente los tiempos que se avecinaban y cuya existencia como civilización histórica, dependería de su actual doctrina de “guerra asimétrica”, a fin de conservarse como nación libre y soberana frente a las enormes inversiones requeridas por la industria guerrerista del sionismo y sus socios.

No es, pues, una ni dos veces que Occidente con su peón “Israel” atentan contra la autodeterminación de la República Islámica de Irán. Por eso, con justa razón, el comandante del cuartel general central Jatam-al-Anbia, el general de división Ali Abdolahi, recientemente juró proteger la “soberanía nacional hasta el final”, consignó el medio de comunicación iraní Hispan tv.

En la versión divulgada por dicha fuente informativa, Abdolahi, recordó que los “enemigos malvados y criminales estadounidense-sionistas” iniciaron una feroz guerra con el objetivo de “dividir y devorar al Irán islámico”. Se refirió a los hechos del 28 de febrero pasado, cuando una delegación diplomática iraní negociaba en Suiza, en torno a la paz en su país

Como parte de estas agresiones resultaron martirizados el líder supremo iraní, Alí Jameneí, altos mandos militares y políticos, así como cientos de civiles heridos y asesinados, incluyendo las niñas de la escuela primaria Shajare Tayebé, al sur de Irán.

Estos ilegítimos ataques facultaron a esta República Islámica a defenderse de los actos terroristas promovidos por este eje encabezado por el ocupante “Israel” y Estados Unidos, sobre todo disponiendo de la amplia cadena de bases militares al servicio del sionismo, desde Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak.

El artículo 51 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Capítulo VII, establece sin ambigüedad alguna “la legítima defensa individual o colectiva”, en caso de ataque armado contra un miembro de ese foro mundial.

A decir verdad, el sionismo y sus aliados confundieron con “debilidad” iraní la suspensión de su defensa legitima, tras la llamada “guerra de los 12 días” en junio de 2025, con la advertencia clara y transparente que otra agresión como la indicada, encontrarían la “Promesa verdadera 4”.

En solo un mes de desarrollo de dicho plan defensivo iraní, el sionismo dentro y fuera de “Israel” está de cabeza: los iranies controlan la estrategia de los acontecimientos, dándoles una paliza militar descomunal y de “ojo por ojo”, el estratégico canal de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial, está cerrado para este “eje” del mal y sus amigos, los precios de los combustibles se vuelven críticos en todo el mundo, se cierne una crisis alimentaria en el orbe, millones de seres humanos salen a las calles en solidaridad y admiración con Irán, etc.

El sionismo, según reconocen abiertamente ya las mismas agencias de prensa sumisas a “Tel Aviv” y Washington, impuso la censura en “Israel” para que su población vaya enterándose poco a poco de la debacle, cada vez más son las personas encerradas por filmar los destrozos de la guerra creada por él, ordena el asesinato “expreso” de reporteros, trata de destruir escuelas y universidades creyendo así “matar” la ciencia y el conocimiento; mientras la mayor parte de las redes sociales, controladas por él, humillan a los creadores de contenidos por herir “susceptibilidades” -argumentan-, cuando se trata de temas sobre cómo son realmente los sionistas.

El conocido canal de noticias económicas y negocios, la CNBC Arabia, reconoció recientemente que solo los primeros seis días de agresión a Irán, significaron gastos por unos 11 mil 300 millones de dólares para los enemigos de la Revolución Islámica. Estos desembolsos, según la fuente, aumenta a un ritmo cercano a mil millones diarios.

Esto significa que, sí los hutíes de Yemen restringen el otro importante estrecho de Bab al-Mandab, que da salida al Mar Rojo, en solidaridad con Irán y Gaza, los costos diarios de esta guerra para quienes agredieron al pueblo iraní, se volverían cada día más insostenibles.

Refiriéndose específicamente al estrecho de Ormuz, en una versión divulgada por el canal ruso RT y atribuida a el canciller de Irán, Abbas Araghchi, aclaró que en el pleno ejercicio de la soberanía de su nación este importante paso oceánico está abierto para los países «amigos» de su país, como China, Rusia, India, Irak y Pakistán

Significa en muy pocas palabras, que los sionistas hicieron creer a sus socios del mundo, que la agresión a Irán sería cuestión de una especie de paseo por unas cuántas horas. Pero que ahora demuestran no están preparados para una guerra prolongada y “asimétrica” que se inscribirá a partir de ahora en todos los manuales militares.

Las opciones que dicen barajan contra la Revolución Islámica no es otra cosa producto de su propia desesperación: conforme pasan los días el coste de sus errores se multiplican, porque sí quieren parar la lluvia de fuego que les están cayendo deberán indemnizar a Irán, a manera de daños y perjuicios, garantizar que esta historia de arbitrariedad, cinismo y prepotencia contra los iranies no se repetirá, finalizar de una vez por todas las agresiones que sufren otros pueblos de la región y la salida de Estados Unidos de la zona, que solo desgracias ha traído a Oriente Medio, entre otras.

La facultad de Ciencia e Industria de la Universidad en la capital iranie casi destruida por bombardeos israelíes y estadounidenses (Foto de periódico español “El Mundo” edición del 28/3/2026).

¡Lo peor para estos criminales de guerra, narcisistas y mentirosos está por venir!

*Rafael A. Ugalde Quirós, periodista, abogado y notario por la U.C.R.

El peligro de callar: soberanía, vida y democracia en riesgo

El Instituto Sindical de Formación Democrática manifiesta su profunda preocupación y enérgica condena ante el ataque a una embarcación en aguas costarricenses, que dejó como resultado la muerte de dos trabajadores del mar y un herido de gravedad.

Más allá de la gravedad del hecho, lo que hoy está en juego es algo aún mayor: el respeto a la vida, la soberanía nacional y el Estado de Derecho.

Se pretende cerrar el caso con una etiqueta fácil: “narcotraficantes”. Pero en una democracia ninguna etiqueta sustituye la verdad, la prueba ni el debido proceso. Cuando la fuerza letal se utiliza sin explicaciones claras, sin transparencia y sin rendición de cuentas, no estamos ante seguridad: estamos ante abuso de poder.

Cuando el poder actúa sin explicar, se impone el autoritarismo

Denunciamos con firmeza:

• Que no existe claridad sobre quién ejecutó el ataque, bajo qué marco legal y con qué autorización.

• Que se pretende imponer una narrativa donde preguntar es visto como sospechoso y exigir explicaciones como innecesario.

• Que se está normalizando el uso de la fuerza sin control, lo cual representa un grave retroceso democrático.

Costa Rica no puede aceptar, bajo ninguna circunstancia, acciones militares o de fuerza en su territorio o en sus aguas sin plena transparencia, legalidad y respeto a la soberanía nacional.

Los trabajadores no pueden ser víctimas de esta lógica

Como organización comprometida con la defensa de los trabajadores, advertimos:

• Que, una vez más, los sectores más vulnerables pagan con su vida decisiones que no controlan.

• Que la militarización y la lógica de “disparar primero y explicar después” no resuelven los problemas estructurales del narcotráfico, pero sí destruyen vidas y derechos.

• Que aceptar el silencio y la opacidad es abrir la puerta a más abusos y más impunidad.

Exigimos al país y a sus autoridades

1. Una investigación inmediata, independiente y transparente de los hechos.

2. El esclarecimiento de responsabilidades, incluyendo posibles actores extranjeros.

3. Una posición firme del Estado costarricense en defensa de su soberanía.

4. Respeto irrestricto al debido proceso y a los derechos humanos, incluso en contextos de lucha contra el crimen.

El silencio no es opción

Hoy no se trata solo de un hecho aislado. Se trata de una señal peligrosa: cuando la sociedad deja de preguntar, el poder deja de rendir cuentas.

El mayor riesgo para Costa Rica no es solo el crimen organizado, sino que, en su combate, se pierdan los principios que sostienen nuestra democracia.

No se trata de defender delincuentes. Se trata de defender el derecho del pueblo a saber, a cuestionar y a vivir en un país donde el poder tenga límites.

¡NO AL SILENCIO CÓMPLICE!
¡RESPETO A LA SOBERANÍA NACIONAL!
¡JUSTICIA Y VERDAD PARA LAS VÍCTIMAS!
San José, 25 marzo 2026