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Etiqueta: teología política

De la asfixia imperial a la esperanza activa: Por una ontología de lo humano

Mainier Barboza

Por: Mainier Barboza Soto
Teólogo, analista crítico y dirigente social

I. El derrumbe de los fundamentos: Un diagnóstico de nuestra era

La crisis global contemporánea no es un fenómeno meramente económico o político; es, en su raíz, una fractura de las bases éticas que sostienen la convivencia. El texto bíblico expresa esta realidad con crudeza: «Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo?» (Salmo 11:3). Esta sentencia no debe leerse como un lamento pasivo, sino como un diagnóstico preciso: al perderse lo ético por la codicia humana, se fractura la esencia misma del ser.

En este escenario, la humanidad enfrenta un dilema existencial. Como señala Chomsky (2021), estamos ante la disyuntiva de «unirse o perecer». Vivimos bajo la sombra de un imperio sin controles que impone leyes nacionales a otros países como si fuera el árbitro absoluto del mundo, despojando a las naciones de su soberanía y a los individuos de su dignidad ontológica.

II. La ingeniería del «grito económico»: El caso de Chile como espejo

La historia nos ofrece lecciones amargas sobre la manipulación de las estructuras. El caso de Chile es emblemático: la «ingeniería del grito económico» fue acuñada a través de la intervención y derrocamiento de Salvador Allende. Detrás del bloqueo del cobre y las falsas huelgas que dañaron su economía, estuvieron las manos de la CIA, Nixon y Kissinger, (Kornbluh, 2013).

Es imperativo esclarecer que los centros de poder manejan el lenguaje para acuñar mitos: culpan al comunismo o al socialismo de cada fallo social, encubriendo así una economía diseñada para grupos poderosos. La realidad es que 12 magnates poseen una riqueza combinada que alcanzaría para repartir a 4 mil millones de personas —la mitad de la población mundial—, mientras 10 transnacionales controlan cerca del 80% de la distribución de alimentos (Oxfam, 2024). Este capital financiero especulativo asfixia a los agricultores y convierte la soberanía alimentaria en un mito.

III. De la Revolución Francesa a la hegemonía del capital financiero

Los principios de la Revolución Francesa han sido ajustados a los intereses de las élites: hoy vemos una «libertad» reducida al mercado libre, una «igualdad» solo entre grandes magnates y una «fraternidad» restringida a las transnacionales que se reparten el mundo.

Esta distorsión alimenta una de las principales contradicciones del sistema: el capital financiero versus el capital productivo. Como argumentó Correa (2012), hemos pasado de «Repúblicas bananeras» a «no Repúblicas» supeditadas a la especulación. Es necesario recuperar propuestas como la Tasa Tobin para frenar este casino financiero y revisar los postulados de soberanía estatal. Bajo la mirada de Rose Mary Muraro y Leonardo Boff, el mundo ha variado de una lógica de «ganar-ganar» a una de «ganar-perder», y hoy, con la destrucción de la casa común, estamos en un escenario de «pierde-pierde».

IV. La Esperanza Activa: Hacia una ecología integral y humana

Frente a los males que han salido de la «Caja de Pandora» de la modernidad, la respuesta no puede ser una esperanza pasiva. Debemos recuperar el adagio «A Dios rogando y con el mazo dando». Frente a la fallida teoría del derrame, Sachs (2021) propone una economía de la justicia que proteja lo aparentemente «no vivo» —agua, tierra, aire— tratándolos como parte de la integralidad de la Tierra. Como afirma el Papa Francisco (2015) en Laudato si’, debemos cuidar nuestra «casa común» bajo una ecología integral.

El sueño de Martin Luther King Jr. (1963) sigue vigente: que un día vivamos el verdadero significado de nuestro credo, donde sea evidente que todos somos creados iguales. El llamado hoy es a que los pueblos se unan sobre tres principios básicos: la paz, la justicia íntegra y la fraternidad universal.

V. Conclusión: Recuperar lo fundamental

Debemos superar los conceptos ideológicos por conceptos ontológicos que rescaten lo fundamental: la humanidad. Para los creyentes, fuimos creados para ser felices y vivir en libertad; para los no creyentes, la evolución nos ha dado las capacidades para compartir en armonía los bienes de la Tierra.

Si queremos sobrevivir, debemos amar la casa común como a nuestra propia madre, desterrando el nefasto patriarcado y recuperando nuestra dignidad. Los bienes de la Tierra están para ser compartidos de forma gregaria, no para ser acumulados.

Referencias Bibliográficas (APA 7.ª Edición)

  • Biblia de Jerusalén. (2009). Salmos. Editorial Desclée de Brouwer.

  • Boff, L. (2004). Introducción. En R. M. Muraro, El destino del capital dinero. Editorial Planeta.

  • Borón, A. (2014). América Latina en la geopolítica del imperialismo. Ediciones Continente.

  • Chomsky, N. (2021). El dilema de la humanidad: Unirse o perecer. Editorial Crítica.

  • Correa, R. (2012). De la república bananera a la no república. Debate.

  • Galeano, E. (2004). Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI Editores.

  • King, M. L., Jr. (1963). I have a dream [Discurso]. March on Washington for Jobs and Freedom.

  • Kornbluh, P. (2013). The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability. The New Press.

  • Oxfam. (2024). Desigualdad S.A.: Cómo el poder corporativo divide nuestro mundo. Informe Anual.

  • Papa Francisco. (2015). Carta Encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común. Tipografía Vaticana.

  • Sachs, J. (2021). Las edades de la globalización. Deusto.

  • Tobin, J. (1978). A proposal for international monetary reform. Eastern Economic Journal, 4(3-4), 153-159.

Sobre el autor: Mainier Barboza Soto es teólogo con estudios en economía, dirigente social y analista crítico. Su labor se centra en el empoderamiento de la sociedad civil como protagonista del cambio, promoviendo la articulación entre la academia, los tomadores de decisiones políticas y las fuerzas económicas para construir un modelo de desarrollo humano y solidario.

Venezuela hoy, ni rendidos ni suicidas

José A. Amesty Rivera

Hablar de Venezuela hoy no es fácil, todo el mundo anda rabioso, cansado, golpeado por años de crisis, sanciones, problemas económicos y peleas políticas. Y en medio de todo esto, mucha gente opina desde la rabia o desde la emoción, pero pocas veces desde la realidad.

Hoy hay dos extremos que no ayudan, por un lado, están los que dicen que Venezuela ya se entregó totalmente y que aquí manda otro país, y por el otro, están los que creen que la solución es lanzarse de una vez a una guerra frontal contra EEUU, como si esto fuera una película donde el pequeño siempre derrota al gigante, pero no, la vida real no funciona así.

Lo primero que hay que decir, aunque a algunos no les guste escucharlo, es algo muy sencillo, Venezuela no tiene cómo enfrentarse militarmente a EEUU de tú a tú. Esto no tiene que ver con cobardía ni con falta de patriotismo, tiene que ver con realidad. Creemos que nos dejamos engañar por aquella falsa noticia en las redes, que, tanto Rusia como China, nos vendieron o nos dieron tales o cuales armas para enfrentarnos al imperio gringo, falsa ilusión o dato peligroso.

EEUU tiene un ejército muy poderoso en nuestro planeta, tiene portaaviones, bases militares por todo el mundo, tecnología satelital, drones, inteligencia militar, una economía gigantesca (aunque hoy disminuida) y aliados internacionales. Venezuela podrá tener dignidad, voluntad y resistencia, pero eso no borra la diferencia brutal de fuerza que existe.

Y cuando uno sabe que está en desventaja, lo inteligente no es lanzarse de cabeza para que te destruyan, lo inteligente es aguantar, proteger al país y esperar mejores condiciones.

Esto pasa hasta en la vida cotidiana, si una persona flaca y desarmada ve venir a diez hombres armados, lo lógico no es salir corriendo a caerle a golpes, porque termina muerto en dos minutos, lo lógico es buscar cómo sobrevivir, cómo proteger a su familia y cómo evitar una tragedia mayor. Y con los países pasa igual.

Por esto uno ve a algunos sectores de izquierda hablando de “guerra total”, “resistencia absoluta” y “patria o muerte”, pero desde un apartamento con aire acondicionado, una universidad europea o un canal de YouTube, es muy fácil pedir sacrificios, cuando el que va a poner los muertos es otro; Muchos de estos intelectuales o seudointelectuales hablan como si las guerras fueran discursos y no cementerios.

Porque una guerra moderna no es una consigna bonita, una guerra moderna significa hospitales destruidos, ciudades sin luz, gasolina desaparecida, comida escasa y miles de familias huyendo. Basta ver lo que pasó en Irak, en Libia o en Siria, países completos quedaron hechos polvo durante años. Entonces uno se pregunta, ¿de verdad algunos quieren esto para Venezuela?

Y aquí hay algo importante, evitar una guerra no significa arrodillarse o dar el brazo a torcer, son dos cosas distintas.

Hay quienes creen que cualquier negociación, cualquier conversación diplomática o cualquier acuerdo internacional significa traición, pero recordemos que ningún país vive aislado del mundo.

China negocia con EEUU, Vietnam negocia con los norteamericanos, hasta Rusia y Estados Unidos, en plena tensión, mantienen canales abiertos; porque los gobiernos, cuando son responsables, tienen que pensar primero en la gente y no en verse “duros” frente a las cámaras.

Por ejemplo, mucha gente critica que existan coordinaciones o acuerdos mínimos con los gringos en temas diplomáticos o de seguridad. Pero si queremos o deseamos que se levanten sanciones, que entren medicinas, que vuelva inversión o que la economía respire un poco, tienes que abrir espacios de negociación, aunque no nos gusten, esto no significa que el país se entregó por completo.

Porque una cosa es negociar bajo presión y otra muy distinta es perder totalmente el control del país.

Si Venezuela fuera realmente un protectorado total, aquí no existirían todavía instituciones nacionales, ni gobierno propio, ni Fuerza Armada venezolana tomando decisiones internas, ni capacidad de negociar petróleo, ni relaciones con China, Rusia, Irán o Turquía, el panorama sería muy distinto. Algunos argumentarían que hay varios tipos de protectorado, ¿y qué?

¿Hay presión de Estados Unidos? Claro que sí, ¿Hay condicionamientos? También. ¿Hay decisiones tomadas bajo necesidad? Sin duda, pero esto no significa que el país desapareció como Estado.

Aquí lo que existe es una situación muy complicada, donde el gobierno trata de sobrevivir en medio de sanciones, amenazas externas y problemas internos enormes, y que trata de preservar la paz.

Y esto nos lleva a otro tema delicado, cierta izquierda que parece más enamorada del discurso radical que de la realidad del pueblo, son los mismos que siempre piden “más confrontación”, “más calle”, “más choque”, pero nunca explican cómo come y como comería la gente en medio de esto.

En 2017, por ejemplo, Venezuela vivió meses de violencia terrible, había muertos, incendios, ataques, ciudades paralizadas y familias aterradas; mucha gente pedía responder con todavía más fuerza y convertir aquello en una guerra abierta, ¿Y qué hubiese pasado?, probablemente el país habría terminado en una tragedia mucho peor.

Lo mismo ocurrió en 2002, mucha gente quería una confrontación total después del golpe contra Chávez, pero si aquello terminaba en guerra civil, hoy quizás Venezuela estaría destruida como otros países donde nunca más hubo estabilidad; a veces, o muchas veces evitar un baño de sangre también es una victoria.

Pero esto cuesta entenderlo cuando uno analiza todo desde una computadora y no desde el sufrimiento real de la gente.

Porque el venezolano común no anda pensando, todo el tiempo, en teorías geopolíticas las 24 horas; el venezolano común quiere tranquilidad, quiere poder comprar comida, prender un bombillo, mandar a sus hijos a la escuela y vivir sin miedo.

Y aquí hay otra verdad incómoda, muchos de los que hoy hablan durísimo jamás han puesto el pecho de verdad.

Hay mucho “guerrero digital” que jamás ha vivido una bomba, jamás ha pasado hambre de guerra y jamás ha visto morir a alguien en un conflicto armado, desde las redes todo el mundo es valiente.

Pero, además, cuando comienzan los tiros de verdad, los muertos siempre salen de los barrios y de los sectores populares, muy poquísimas veces de las oficinas donde se escriben los discursos incendiarios, por esto hoy la prioridad debería ser otra, preservar el país.

No destruirlo por orgullo, ni lanzarlo a una locura imposible, no convertir a los jóvenes venezolanos en carne de cañón en una guerra desigual; y esto no significa abandonar la dignidad nacional, significa entender el momento histórico.

A veces resistir no es atacar, a veces resistir es aguantar, es reorganizarse, es evitar que te destruyan mientras buscas, o se den mejores condiciones.

Esto lo entiende cualquiera jugando ajedrez, jugando dominó o incluso en la vida misma. Si tú estás perdiendo una pelea muy desigual, lo inteligente no es suicidarte, lo inteligente es conservar fuerzas para seguir vivo.

Porque un país muerto no defiende soberanía, un país destruido no construye futuro, y un pueblo enterrado bajo las bombas no disfruta ningún discurso patriótico.

Por esto hoy quizás la tarea más difícil no es gritar más duro, sino tener cabeza fría, entender que Venezuela necesita paz, necesita respirar, necesita recuperarse, y necesita evitar una tragedia mayor que terminaría pagando el mismo pueblo de siempre.

Una palabra final como teólogo y pastor, cuando decimos que necesitamos preservar la paz en el país, y no a la confrontación guerrerista. No hablamos de una paz falsa donde todos callan por miedo; la paz verdadera nace de la justicia, ya que, no puede haber paz, si hay corrupción; si unos pocos acumulan riqueza mientras muchos pasan hambre; si hay violencia contra las mujeres; si se desprecia al migrante; si se destruye la naturaleza; si se explota al trabajador.

La paz del Evangelio exige relaciones nuevas, por ejemplo, resolver conflictos hablando y no destruyendo personas; aprender a escucharnos, aunque pensemos distinto; no usar la religión para dividir; trabajar juntos por el bien común; construir comunidades donde todos tengan voz.

Muchas veces las comunidades, los pueblos, los gobiernos se destruyen por chismes, competencias o luchas de poder; el Evangelio nos recuerda que Dios habita donde hay fraternidad y búsqueda sincera del bien común.

Dios también está, en la olla de sopa comunitaria; en la lucha por la justicia; en la madre que no abandona a sus hijos; en el campesino que trabaja la tierra; en la comunidad que defiende la vida. Cuando el pueblo y su gobierno se organiza para cuidar a los más débiles, ahí está Dios, la presencia de Dios se hace visible en la solidaridad concreta, y todo se vuelve revolucionario.

El Verbo se hizo fragilidad

Pbro. Glenm Gómez Álvarez

Hay un momento en que la palabra, aun siendo verdadera, no basta. No porque carezca de sentido, sino porque ha sido desgastada y despojada de consecuencias. Se pronuncia, se repite, se promete … pero circula sin riesgo, sin responsabilidad. Se habla demasiado y la realidad permanece intacta.

Por eso la Navidad no comienza con una idea nueva o un discurso brillante, sino con un gesto radical: “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). La Palabra dejó de ser sonido para volverse vida; dejó de flotar en el aire para mostrarse en la fragilidad de un niño. No se hizo argumento. No se hizo doctrina. No se hizo explicación. Se hizo carne. Y al hacerse carne, se hizo también debilidad, fragilidad y dependencia.

La encarnación interrumpe la lógica de la retórica vacía y devuelve a la palabra su peso, su riesgo y su responsabilidad. En el pesebre, Dios no habla desde arriba: se compromete desde abajo, con un cuerpo que necesita cuidado, con una vida que reclama abrigo.

Nuestra fe no es teoría ni reglamento: surge por alguien que se cruzó en el camino: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1).

Vivimos un tiempo particularmente saturado de palabras. Más aún, en contextos electorales como el nuestro, el lenguaje se vuelve arma, espectáculo, mercancía. Se exagera, se grita, se simplifica. La palabra deja de servir para comprender y se usa para dividir, desacreditar, imponer. Se habla sobre la gente, pero rara vez desde la gente. Se promete sin intención de cumplir y se acusa sin voluntad de reparar.

A veces, además, el discurso se vuelve deliberadamente burdo. No por descuido, sino por cálculo. La grosería se confunde con franqueza, la descalificación con valentía, el atropello verbal con autenticidad. Como si degradar la palabra fuera una forma legítima de ejercer poder. Como si decir, sin medir consecuencias, fuera una prueba de verdad.

Frente a ese clima, la Encarnación es reclamo. Porque recuerda que la palabra verdadera no se impone ni se grita; se encarna. No humilla; se expone. No se protege tras un consenso fabricado; asume el costo.

El Verbo no se quedó en el decir. Dio un paso que desarma todo criterio de dominación: aceptó el límite. Un cuerpo que se cansa, que tiembla, que necesita ser cargado. Un cuerpo vulnerable. Dios no eligió la omnipotencia del discurso; eligió la precariedad de la presencia.

Por eso la verdad ya no se valida por lo que se afirma, sino por lo que se muestra. “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9). Dios se vuelve visible en un modo de estar, de relacionarse, de tocar, de mirar. Antes que palabra pronunciada, la revelación es cuerpo entregado.

La Navidad no celebra, entonces, el exceso de palabras, sino su límite. Marca el punto en que el lenguaje, para no convertirse en justificación, debe asumir consecuencias. No todo se resuelve hablando. Hay dolores que no se entienden, se acompañan. Hay injusticias que no se corrigen con diplomacia. Hay cansancios que no necesitan discursos, sino cuidado.

La Encarnación incomoda porque nos expone. Nos obliga a revisar cuánto de nuestra palabra está dispuesta a perder comodidad para ganar verdad. Cuánto está dispuesta a renunciar a la estridencia para volverse responsable. Cuánto está dispuesta a hacerse cuerpo para no seguir siendo ruido.

El Verbo se hizo carne. Se dejó cargar. Se dejó envolver. Se dejó herir…

Y quizá ahí esté la pregunta más exigente de la Navidad —también para nuestra vida pública—: ¿Qué forma de vida me exige soltar el discurso que ya no sostengo con hechos?

La fe no se instrumentaliza: Un llamado desde la Navidad

Glenm Gómez Álvarez
Sacerdote y periodista

La Navidad es, siempre, una invitación a pensar. La encarnación —el misterio de Dios hecho hombre— ilumina nuestra mirada sobre la vida, al incorporar en nuestra historia una lógica distinta, hecha de cercanía, de verdad y de misericordia. Cuando el Evangelio proclama: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), afirma algo decisivo: Dios entra en nuestra experiencia humana sin reservas, comparte nuestra fragilidad y camina con nosotros en lo cotidiano.

Esa presencia cambia la forma de estar en el mundo porque nos enfrenta a una verdad imposible de eludir: si Dios tomó en serio la condición humana, nosotros no podemos vivirla con superficialidad. La encarnación nos recuerda que el poder se ejerce de otro modo, que la dignidad de cada persona es inviolable y que nuestras relaciones solo encuentran sentido cuando se construyen desde la responsabilidad y el cuidado mutuo.

Este marco resulta especialmente pertinente en Costa Rica, en medio de un proceso electoral que pone a prueba nuestra convivencia social. En momentos así, cuando proliferan interpretaciones interesadas de Jesús y de su mensaje, la Navidad nos llama a volver a su verdad. Desde esa claridad, se abre un espacio para discernir con más lucidez: cuidar la dignidad de la palabra, fortalecer la transparencia en nuestras relaciones y sostener la esperanza compartida que hace posible la vida en común.

En ese discernimiento emergen dos tentaciones recurrentes: La primera es la neutralización simbólica, frecuente en ciertos discursos progresistas. No rechazan a Jesús, pero lo diluyen: lo presentan como un humanista inofensivo, compatible con todo y, por lo mismo, exigente con nada. Un Jesús culturalmente cómodo, siempre que no cuestione ni incomode. Es un Jesús “sin encarnación”: estético, no transformador.

La segunda tentación aparece en algunos discursos de quienes se autoproclaman “conservadores”. Realizan la operación contraria: la apropiación. Se adjudican una custodia exclusiva de Jesús y lo convierten en un arma cultural, como si defender la fe fuera equivalente a defender su propia agenda ideológica. Se proyectan como cruzados modernos, convencidos de que proteger el Evangelio es lo mismo que proteger sus posiciones. Es un Jesús “militante”: útil, pero distorsionado.

Ambos movimientos —la neutralización y la apropiación— comparten un mismo error epistemológico y espiritual: buscan que Jesús legitime una agenda previa. Pero la encarnación no respalda ideologías: las desborda. No se alinea con progresistas ni con conservadores: confronta a ambos. Y no permite convertir el discurso religioso en munición retórica sin degradarlo en el proceso.

Conviene hacer una aclaración necesaria: no se trata de expulsar el Evangelio de la conversación pública. De él brotan implicaciones éticas profundas, con consecuencias humanas y sociales que interpelan por igual a todos. La dignidad de la persona, el bien común, la opción preferencial por los pobres, la solidaridad, la subsidiariedad, la justicia, la paz y el cuidado de la creación no pertenecen a la derecha ni a la izquierda; pertenecen al Reino.

Pero una cosa es dejarse iluminar por el Evangelio, y otra muy distinta pretender domesticarlo para que respalde nuestras posiciones. La Navidad, con su sobriedad y su lenguaje de humanidad concreta, nos recuerda precisamente eso: que Jesús no es un argumento, sino una persona; que su palabra no es un arma, sino un llamado; que su presencia no respalda trincheras, sino que las relativiza.

En el país se habla mucho de unidad —es la consigna de moda—, pero esa unidad es inviable mientras Cristo, el único capaz de sostenerla, sea reducido a una pieza más dentro de un tablero que solo pretende ganancias. Quizá ahí radique la mejor contribución que la Navidad puede hacer a la conversación pública en plena campaña: recordarnos que la fe no es un instrumento de persuasión, sino una verdad que interpela a todos por igual.