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Etiqueta: teoría crítica

Más allá de la técnica: racionalidad, historicidad y disputa por el modelo eléctrico costarricense

Rodrigo Campos Hernández

MSc. Rodrigo Campos Hernández

El debate en torno al proyecto de “Ley de Armonización del Sistema Eléctrico Nacional” ha sido presentado, en gran medida, como una discusión técnica acerca de eficiencia, modernización y competitividad. Desde sectores oficialistas y empresariales se ha insistido en que la reforma responde a necesidades inevitables derivadas de la transformación tecnológica, el crecimiento de la demanda energética y la integración regional de mercados eléctricos. Paralelamente, quienes cuestionan el proyecto han sido frecuentemente caracterizados como defensores del inmovilismo, del estatismo o incluso como opositores ideológicos incapaces de comprender las exigencias contemporáneas del desarrollo económico.

Sin embargo, reducir el debate a una confrontación entre modernización y atraso constituye una simplificación profundamente problemática. Lo que está en discusión no es únicamente la reorganización administrativa del sistema eléctrico nacional, sino la disputa entre distintas racionalidades históricas acerca del papel del Estado, el mercado y la función social de la energía en Costa Rica.

Precisamente aquí emerge una cuestión filosófica central: ¿qué entendemos por racionalidad cuando analizamos políticas públicas de gran impacto estructural? ¿Es posible evaluar un proyecto de esta naturaleza desde una racionalidad completamente neutral, desvinculada de presupuestos históricos, culturales e ideológicos? O, por el contrario, ¿toda racionalidad se encuentra inevitablemente situada dentro de determinados horizontes de sentido que condicionan aquello que aparece como lógico, eficiente o deseable?

La filosofía analítica clásica ha tendido históricamente a privilegiar la coherencia lógica interna de los argumentos, la claridad conceptual y la consistencia formal del lenguaje. Desde esa perspectiva, sería posible analizar racionalmente un proyecto de ley independientemente de la adhesión política o ideológica de quien lo estudia. Y ciertamente existe una dimensión válida en esta afirmación: la racionalidad no puede reducirse simplemente a preferencias ideológicas. Una contradicción normativa continúa siendo una contradicción, aunque favorezca nuestras convicciones políticas; una falacia lógica no deja de serlo por coincidir con nuestras simpatías ideológicas.

No obstante, el problema aparece cuando se pretende extender esa racionalidad lógico-formal hacia una supuesta neutralidad absoluta del análisis político y jurídico. Como advirtió Hans-Georg Gadamer (1998), toda comprensión se produce desde horizontes históricos determinados. El intérprete nunca se aproxima al mundo desde una posición vacía o puramente abstracta; interpreta desde tradiciones, lenguajes y marcos de sentido históricamente constituidos. La racionalidad, en consecuencia, no opera en el vacío: siempre se despliega dentro de horizontes históricos de sentido.

Esta observación resulta especialmente relevante para analizar el proyecto de modernización eléctrica costarricense. Conceptos como “eficiencia”, “armonización”, “competencia”, “libre acceso”, “despacho económico”, “mercado” o “modernización” aparecen en el texto legal como categorías aparentemente técnicas y neutrales. Sin embargo, dichos conceptos no poseen un significado universal ahistórico. Su sentido depende de determinadas concepciones previas acerca del Estado, la economía y la sociedad.

Ludwig Wittgenstein (1988), especialmente en su etapa tardía, insistió en que el significado de los conceptos depende de sus usos dentro de determinados “juegos de lenguaje”. Esto implica que categorías como “eficiencia” o “competencia” no pueden analizarse únicamente desde definiciones abstractas, sino desde las prácticas sociales e históricas en las que adquieren sentido. Del mismo modo, Thomas Kuhn (2004) mostró que incluso las nociones de racionalidad científica se encuentran condicionadas por paradigmas históricos que determinan qué problemas son relevantes y qué soluciones aparecen como válidas en cada época.

Cuando el proyecto propone reorganizar el sistema eléctrico mediante un Mercado Eléctrico Nacional, ampliar la participación competitiva de agentes públicos y privados, crear mecanismos de subasta, habilitar comercializadores y fortalecer la lógica de despacho económico, no está simplemente describiendo procedimientos técnicos eficientes. Está operando dentro de una racionalidad específica: una racionalidad tecnocrático-competitiva que asume que los mecanismos de mercado constituyen la forma más adecuada de organizar sectores estratégicos de la vida social.

Michel Foucault (2007) permitió comprender con enorme profundidad este fenómeno al analizar el neoliberalismo no simplemente como ideología económica, sino como forma de racionalidad gubernamental. Desde esta perspectiva, el mercado deja de ser únicamente un mecanismo económico para convertirse en principio organizador general de la acción estatal. La competencia, la eficiencia y la optimización ya no funcionan solamente como instrumentos, sino como criterios normativos mediante los cuales se redefine lo racional y lo legítimo en la gestión pública.

Así, el proyecto eléctrico no aparece como mera reforma técnica, sino como expresión de una racionalidad histórica determinada. Una racionalidad marcada por procesos contemporáneos de globalización económica, integración regional, managerialismo estatal, crisis fiscales y hegemonía de lenguajes tecnocráticos de eficiencia y competitividad.

Sin embargo, el conflicto que emerge alrededor del proyecto no enfrenta racionalidad contra irracionalidad. Lo que realmente se confronta son racionalidades históricas distintas.

Por una parte, la racionalidad tecnocrático-competitiva privilegia:

eficiencia económica,
flexibilidad del mercado,
descentralización funcional,
competencia regulada,
incentivos de inversión,
optimización de costos.

Por otra parte, la racionalidad pública-solidaria que históricamente estructuró el modelo eléctrico costarricense privilegia:

universalidad,
cohesión territorial,
planificación estatal,
seguridad estratégica,
electrificación rural,
solidaridad distributiva,
soberanía energética.

Ambas racionalidades poseen coherencia interna. Precisamente por ello el debate no puede resolverse únicamente mediante análisis lógico-formales de consistencia argumentativa. El conflicto se sitúa en un nivel más profundo: la disputa acerca de qué concepción del desarrollo nacional debe orientar la organización de un bien estratégico como la energía eléctrica.

La historia del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) resulta particularmente ilustrativa en este punto. El ICE no surgió simplemente como empresa eléctrica. Fue producto de un proyecto histórico de Estado social desarrollista construido durante la segunda mitad del siglo XX. Su racionalidad fundacional no respondía prioritariamente a criterios de maximización competitiva o rentabilidad inmediata, sino a objetivos de integración nacional, universalización del servicio, planificación de largo plazo y fortalecimiento de capacidades públicas estratégicas.

Precisamente por ello, el éxito histórico del modelo eléctrico costarricense no puede comprenderse exclusivamente desde indicadores financieros. La expansión de cobertura hacia territorios rurales, la consolidación de una matriz renovable y la estabilidad relativa del sistema fueron posibles porque el modelo subordinó parcialmente la lógica mercantil a objetivos políticos y sociales más amplios.

Desde luego, esto no implica idealizar el sistema existente ni negar la necesidad de reformas. La transformación tecnológica, el crecimiento de la demanda energética y la transición hacia nuevas formas de consumo eléctrico exigen cambios institucionales importantes. El problema aparece cuando la modernización se identifica automáticamente con apertura competitiva y reorganización mercantil del sistema.

Aquí resulta especialmente pertinente la crítica de Max Horkheimer (2003) a la reducción de la racionalidad social a mera racionalidad instrumental. Una política pública puede resultar técnicamente eficiente desde determinados parámetros económicos y, al mismo tiempo, erosionar formas de solidaridad o capacidades institucionales fundamentales para la cohesión democrática. En una línea semejante, Herbert Marcuse (1993) advirtió cómo las sociedades tecnológicas avanzadas tienden a presentar sus propios modelos de organización como los únicos racionalmente posibles, invisibilizando alternativas políticas y sociales.

Jürgen Habermas (1987; 1999), retomando parcialmente esta tradición crítica, sostuvo que la racionalidad instrumental no agota la racionalidad social. Una política pública puede ser económicamente eficiente y, simultáneamente, producir efectos negativos sobre la legitimidad democrática, la integración social o la participación ciudadana. La eficiencia, por tanto, no constituye una categoría neutra: depende siempre de aquello que una sociedad decide priorizar normativamente.

¿Eficiencia para quién? ¿Eficiencia medida según qué criterios? ¿Competitividad respecto de qué objetivos sociales? Estas preguntas no pueden responderse únicamente desde cálculos técnicos, porque involucran valoraciones políticas e históricas acerca de la función social de los bienes públicos.

En este sentido, el proyecto de modernización eléctrica revela una tensión característica de las democracias contemporáneas: la tendencia a presentar decisiones profundamente políticas como si fueran meras necesidades técnicas inevitables. La neutralidad técnica funciona entonces como mecanismo de legitimación discursiva. No porque exista necesariamente manipulación deliberada, sino porque toda racionalidad histórica tiende a naturalizar sus propios presupuestos.

Pierre Bourdieu (1997) observó que una de las formas más eficaces de poder consiste precisamente en lograr que determinadas visiones del mundo aparezcan como naturales, objetivas o incuestionables. Algo semejante ocurre cuando categorías como “modernización”, “eficiencia” o “armonización” son utilizadas como conceptos aparentemente autosuficientes, desvinculados de las relaciones de poder y de las concepciones históricas del Estado que las sostienen.

Peter Berger y Thomas Luckmann (2003) mostraron, desde la sociología del conocimiento, cómo las instituciones sociales tienden a objetivarse históricamente hasta aparecer como realidades naturales y no como construcciones humanas contingentes. Esto permite comprender cómo determinadas formas de organización económica pueden presentarse discursivamente como inevitables o técnicamente indiscutibles, aun cuando respondan a opciones políticas e históricas específicas.

Por ello, la discusión sobre el sistema eléctrico costarricense no debería reducirse a consignas simplificadoras acerca de “comunismo”, “estatismo” o “neoliberalismo”. Hacerlo impide comprender la verdadera profundidad del conflicto. Lo que está en juego no es solamente la estructura administrativa del mercado eléctrico, sino la redefinición del horizonte racional desde el cual Costa Rica entiende la relación entre Estado, mercado y derechos colectivos.

En última instancia, el debate sobre la modernización eléctrica costarricense demuestra que las discusiones jurídicas y políticas nunca son únicamente conflictos de normas o argumentos aislados, sino disputas entre formas históricas de comprender lo racional, lo legítimo y lo deseable en una sociedad democrática.

Referencias

Berger, P., & Luckmann, T. (2003). La construcción social de la realidad. Amorrortu.

Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas: Sobre la teoría de la acción. Anagrama.

Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica: Curso en el Collège de France (1978-1979). Fondo de Cultura Económica.

Gadamer, H.-G. (1998). Verdad y método I. Ediciones Sígueme.

Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa. Tomo I: Racionalidad de la acción y racionalización social. Taurus.

Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa. Tomo II: Crítica de la razón funcionalista. Taurus.

Horkheimer, M. (2003). Crítica de la razón instrumental. Trotta.

Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.

Marcuse, H. (1993). El hombre unidimensional. Planeta-Agostini.

Wittgenstein, L. (1988). Investigaciones filosóficas. Crítica.

Coliseo Romano 2024: Vigencia totalitaria de la barbarie y reflexión filosófica desde los márgenes de la Teoría Crítica

Por Jiddu Rojas, MSC.

“Ave, Caesar, morituri te salutant”

  1. «Documento de cultura, documento de barbarie«, sentencia, dialéctica y universal, del gran filósofo Walter Benjamin (1892-1943), desarrollada y popularizada en el texto homónimo de Frederic Jameson (1989).

Advierto que no suelo utilizar esas categorías de «cultura» y «barbarie», en ese sentido tan tradicionalmente eurocéntrico. Sin embargo, mi profunda admiración por la obra de Walter Benjamin y su trágica muerte, me dan licencias. Ya Enrique Dussel, dijo en este nuevo siglo, en nuestra UNA (Heredia, Costa Rica), que la nueva Escuela de Frankfurt debería ser la Filosofía de la Liberación Latinoamericana, pues es evidente la relocalización periférica de las nuevas subjetividades políticas.

Aclaro que tampoco conozco personalmente aún, esas ruinas, y me despojo por anticipado de cualquier romantización sacrificial religiosa, –no espiritual–, del tema.

Contemplando una hermosa fotografía del Coliseo Romano, junto a un texto histórico descriptivo, y reflexionando estas complejas ruinas arqueológicas, me surgieron imperiosas, ciertas reflexiones. No pude contenerlas, brotaron, y aquí están.

  1. Toda una serie de avances tecnológicos de la Antigüedad, convergen en esta maravilla arquitectónica del antiguo Imperio Romano. Batallas navales recreadas, gladiadores peleando hasta morir, espectáculos violentos estetizados, luchas entre fieras feroces y prisioneros, sin olvidarnos de los mártires torturados por el Imperio Romano, recordados por el «Kitsch» de las películas de la próxima Semana Santa.

La impresionante combinación estética, de solidez en el diseño que ha perdurado por siglos, y de ingenio arquitectónico con una especie de antigua «industria cultural de masas» parafraseando a la moderna polémica Adorno/Benjamin, suele provocar un trágico olvido: Cuál es el que la mano de obra esclava, fue la base material que posibilitó, a los Collegia Fabrorum, y a los deseos estéticos y arquitectónicos de las clases dominantes de Roma, sus grandes logros en Arquitectura.

Este «Coliseo» no es el cine urbano demolido de otra ciudad centroamericana en crisis, San José. Donde las películas porno alternaban con películas chinas de Kung Fu. Y no es casualidad que esté de pie casi entero, después del terremoto de Roma en el 1349, y de casi dos milenios de violencia histórica.

En particular, El Coliseo o Anfiteatro Flavio, fue construido después de Nerón, -junto a su estatua gigante que luego fue derribada-, por Vespasiano, después de la toma y destrucción de Jerusalén por Tito. Curiosa forma de celebrar y conmemorar una victoria y masacre militar.

  1. Sumemos otra reflexión. Se habla mucho y de forma poco seria, de «Teoría Crítica«. Se nos invita alegremente a ser críticos y a tener o desarrollar «espíritu crítico» (sic).

Pero la llamada «Teoría Crítica» está realmente asociada a una particular corriente filosófica y científica- social (Spinoza, Kant, Fichte, el Joven Schelling, Hegel, Marx, Freud, Weber, Lukács, y las Vanguardias literarias, musicales y artísticas). No vale la pena introducirnos a la filosofía de Kant, del Sujeto, y a su influencia más reciente. Basta recordar que no todo lo que se dice “crítico”, realmente lo es. (Lo “crítico” después de Kant, presupone al menos una Teoría del Sujeto).

  1. Sin embargo, sí encontramos acá, una buena oportunidad, para demostrar una de las tesis sociológicas fundamentales de la Escuela de Frankfurt. La misma hilvanada posteriormente, a partir de la clásica distinción en Kant, entre Entendimiento («Verstand«) y Razón Sustancial («Vernunft«). (No citamos a la otra obligada instancia sensorial del conocimiento en Kant, traducida como la «Sensibilidad», porque no es relevante acá.)

Esta tesis fue construida posteriormente por la «Teoría Crítica» de Max Horkheimer, Theodor Adorno, Bloch, Marcuse, y olvidada cómodamente por Habermas, convertido en «pop star» de la filosofía y apologeta de las barbaridades del Estado de Israel.

Simple: Para la Escuela de Frankfurt hay un peligroso divorcio práctico en la sociedad contemporánea hegemónica, entre «Racionalidad Instrumental» y «Razón Sustancial«. (Las nuevas burguesías globales no son ilustradas, suelen ser tecnocráticas. Y viceversa, no son ilustradas, ni humanistas, porque ya no pueden ser estructuralmente, la clase social revolucionaria y universal.)

  1. Así, el «Entendimiento«, por el desarrollo histórico patológico del Capitalismo Tardío, se convirtió en la mera «Razón Instrumental«. No necesita ningún meta- discurso racional o ético. Rechaza inercialmente, cualquier meta-relato. No necesita ninguna regulación. Ni pública, ni estatal, ni ética. Ése es el discurso delirante de Milei en Argentina.

El «logos» capitalista, que nunca leyó a Kant, controla el desarrollo técnico-científico, bajo el modo de producción capitalista. O sea, bajo la lógica estructural del Mercado Total. Si da ganancia capitalista, es bueno.

Lo bueno y lo malo, antes sólo relativos (y dejados a la supuesta autonomía racional del Sujeto Moderno), se invierten axiológicamente (Franz Hinkelammert) en términos absolutos. Manda el dios del Mercado Total.

  1. Es el reino de la racionalidad de los medios, no de los fines. Una suerte de «racionalidad» unidimensional y alienada. Una «racionalidad» profundamente irracional. Es la eficiencia escindida de la eficacia. La ganancia mercantil generalizada se pregunta: ¿Cuántos muertos puede producir esta nueva tecnología de punta, porque así se vende mejor?

El resultado estructural es muy sencillo. La industria militar, da mucho más margen de ganancia. Sólo el Narcotráfico y la gran especulación financiera compiten o le ganan, pero son, obviamente, muy compatibles.

Es el fin anunciado de la Razón Sustancial. Por eso vuelvo a citar a Adorno, –otro filósofo judío-alemán de izquierda no Sionista y con mejor suerte que Walter Benjamin–, cuando dijo en 1951: «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie«.

  1. Por eso Herbert Marcuse, otro filósofo sobreviviente del Nazismo, nos advierte que el Fascismo sólo es el mismo Capitalismo Imperialista, pero sin la administración democrática liberal burguesa. Con más demagogia, con desinformación sistemática pero menos sofisticada que la actual, y con un discurso abiertamente racista y ultra- nacionalista, y acuerpado con discursos tomados de las filosofías irracionalistas. Más allá de la estructuración de una, digamos, Psicología de masas del Fascismo (W. Reich), el Anticomunismo es su objetivo estratégico principal.

Umberto Eco desde Italia, insinuaba que, Nazismo hubo uno solo, pero que «Fascismos» hay muchos. América Latina está llena de fascismos sin capacidad imperialista, por ser periféricos.

  1. El mismo Marcuse que luchaba contra sobre-represión sexual, inspira luego a Zizek para hablar del fetichismo compulsivo e híper-mercantil, de la genitalidad cooptada. La pulsión sexual y la economía política son dos pilares sociales e históricos de la dominación.

El Capitalismo en sus diferentes facetas se reinventa, se resemantiza, y se recrea así mismo, tanto estructuralmente, como en los microespacios. Aquí no hay ‘afuera’ social posible, aquí, «Todo lo sólido, se desvanece en el aire«, nos recordaría antes Marshall Berman (1982), a partir de su lectura de Marx.

Para Marcuse, lo irracional e inmoral de la «sociedad industrial avanzada», no es la violencia histórica ‘per se’, sino que actualmente existan tecnológicamente, todas las condiciones productivas para eliminarla racionalmente. Con más razón podemos afirmar esto de las sociedades capitalistas post- industriales.

Pero Marcuse hablaba del giro totalitario del Capitalismo Monopólico occidental apenas, para la segunda mitad del Siglo XX, en guerra contra los regímenes burocráticos del campo socialista. Hablaba de la crisis del Estado de Bienestar Social en las economías centrales. Apenas podía tener idea, del «Nuevo Orden Mundial» (expresión literal de George Bush Padre) que se gestaba a partir de la caída del Socialismo Histórico. G. Orwell resultó profético, sólo que nunca vaticinó la caída del llamado Bloque Socialista.

Sin embargo, la deriva irracional, acaso la falta de «Razón Sustancial» de las élites capitalistas, nos conduce en pleno Siglo XXI a un proyecto global de destrucción ecológica y pauperización social. Un proyecto colectivo suicida, donde el Tánatos se impone al Eros.

  1. Permítasenos una última reflexión. Un «Excursus» final, sobre la llamada Escuela de Frankfurt y su contexto:

Para estos autores que presenciaron aún jóvenes, el infierno de la Primera Guerra Mundial, la disolución del Imperio Alemán, del Imperio Austro-húngaro y del Imperio Turco Otomano. Pero que vivieron la derrota de la Revolución Espartaquista y el asesinato vil de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht, así como el fracaso de la Revolución en Europa occidental. Occidente, pese a sus privilegios económicos originados en la llamada «acumulación originaria» colonialista, se condenaría así a un realismo opaco.

Esta derrota popular europea, sólo dio paso a otra tragedia mayor, a la «contrarrevolución preventiva» (Marcuse) y a la consolidación barbárica del Franquismo, del Fascismo y del Nazismo y demás totalitarismos de derecha. Esto como consecuencia directa de la manipulación de la crisis capitalista de 1929 y de sus posterior y permanente crisis financiera. (Recordemos que el estilo populista de comunicación política no es tan nuevo).

Ya antes su (nuestro) Mundo se tornaba aún más distópico, cuando la lucha por el Socialismo como alternativa al Capitalismo y al Imperialismo, tenía como referente a las purgas de Stalin y el «Gulag«. Siguió la derrota del Fascismo europeo con la brutalidad de la Segunda Guerra Mundial, la Bomba Atómica, la Guerra Fría, la lucha anticolonial de los pueblos, India, China Popular, Corea, Cuba, Argelia, Vietnam, África, Medio Oriente y Palestina. La Guerra Fría se tornaba caliente en el Tercer Mundo. (Aun así, se perdieron por razones biológicas la Caída del «Socialismo Histórico» y la nueva Globalización Capitalista).

  1. Volvamos ahora, a la analogía con Antigua Roma. Hoy casi 2000 años después, en lugar de un gran Circo Romano o Coliseo, tenemos a los medios de comunicación virtuales. No bastaba con el espectáculo de la guerra fratricida en Yemen o Ucrania. Peor en el Congo/ Zaire, sólo que más discreta e invisibilizada…

Hoy, en lugar de mártires cristianos tenemos a los niños y niñas y civiles en Gaza masacrados y televisados, y en lugar de Nerón, Vespasiano, Mussolini o Hitler, tenemos a Netanyahu y a sus Aliados. Ayer eran civiles judíos, eslavos, gitanos o ciudadanos soviéticos masacrados por el Nazismo, hoy como en 1948, son otra vez Palestinos.

  1. El público del «Imperio» (Negri) en «Occidente» y su periferia neocolonial (Nosotros), frente a este espectáculo atroz y deshumanizado, aplaude, evade, comenta, sublima, legitima, condena o reza por Israel, pero no puede dejar de contemplar morboso, impotente y temeroso, el sacrosanto poder del Sionismo (Revisionista). Es una violación sexual mediática permanente. Es un acto de Sadismo colectivo, por lo tanto, también de Masoquismo, impuesto a la llamada «Opinión Pública» (cualquier cosa que esto quiera significar más acá de Habermas).

Dos mil años antes de Freud y la Modernidad, los antiguos romanos sabían cómo administrar el «Tánatos» colectivo. Como transformar el «instinto», la «Pulsión de Muerte», en una especie de perversa «Erótica» de la Dominación. La crucifixión de Espartaco se convierte en el nuevo Mito de Sísifo sin Camus.

Lo explicó académicamente la Escuela de Frankfurt, acaso inspirada en el «El Asalto a La Razón» del filósofo marxista húngaro, György Lukács, pero «post festum», lo instaló y publicitó en la cultura ‘pop‘ globalizada, la saga de películas de «Star Wars» del director norteamericano George Lucas: La ilusión universal de una «República de Iguales«, de una Federación Galáctica, cosmopolita y pluralista, terminó con el triunfo del «Imperio del Mal«.

  1. Por eso El Coliseo se construyó en el año 72 d.C. usando aproximadamente entre 60000 y 100000 esclavos y prisioneros, muchos de los cuales curiosamente, eran judíos, derrotados en la guerra, ocupación, y saqueo romano por Tito de Jerusalén (70-73 d. C.).

Claro, no habían inventado el Fútbol. Además, todos sabemos que los/las Trabajadores/as contemporáneos/as somos «libres» y «felices».

La diferencia entre la Plebe junto a los Libertos romanos, para con los Esclavos, entre muchas, es que iban sólo como espectadores al Circo, y no eran víctimas directas de la lógica sacrificial, de las élites de Roma. También la oligarquía romana iba al Circo, claro, en sus palcos diferenciados. Igualmente, nuestros pueblos se domestican, y se adaptan a las disfunciones del Capitalismo Tardío en su periferia.

«Pan y Circo«, y a veces, hasta circo sin pan…