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Etiqueta: Tratado Cañas-Jerez

Nicoya: memoria compartida, identidad viva

Frank Ulloa Royo

«La tierra no se divide con fronteras, se multiplica con memorias.» — Laureano Albán, poeta guanacasteco

Cada 25 de julio, Costa Rica celebra lo que llama la “Anexión del Partido de Nicoya”. Pero las palabras, como las memorias, tienen historia. En los documentos originales de 1824 nunca aparece el término anexión. Se habló de unión, de agregación, de incorporación (Rodríguez Espinoza, 2015). El vocablo llegó después, importado por diplomáticos como Felipe Molina, influido por la moda política de Estados Unidos tras la anexión de Texas en 1845 (Pizarro Zelaya, 2024). Llamar “anexión” a lo que fue un proceso de incorporación pacífica es una contradicción que revela cómo el relato oficial se construyó en oposición a Nicaragua, invisibilizando los vínculos que nos unen (Sibaja, citado en Pizarro Zelaya, 2024).

Nicoya, Santa Cruz y Guanacaste fueron durante siglos parte de la Intendencia de Nicaragua, bajo el Obispado de León (Archivo Nacional de Costa Rica, Actas 1824). Sus poblaciones, sus fiestas, sus cantos y sus comidas son testimonio vivo de esa raíz nicaragüense que aún late en la cultura guanacasteca. Costa Rica misma fue colonizada en parte por migraciones de criollos nicaragüenses, que trajeron trabajo y esperanza (Rodríguez Espinoza, 2015). El oro de los montes del Aguacate permitió la acumulación originaria de capital, que luego se consolidó en los cafetales del Valle Central. La sangre que dio forma a la nación costarricense es también sangre nicaragüense.

El acta del 25 de julio de 1824 fue firmada por 25 personas, casi la mitad de ellas pertenecientes a la familia Viales Briceño. Representaban a unos 4.500 habitantes del Partido de Nicoya (Archivo Nacional de Costa Rica, Actas 1824). No fue un acto único ni definitivo: el proceso se ratificó en varias ocasiones entre 1825 y 1838, se reafirmó en el Tratado Cañas–Jerez de 1858 y culminó con la delimitación fronteriza de 1900 (Rodríguez Espinoza, 2015; Pizarro Zelaya, 2024). Siete décadas de negociaciones y disputas que hoy se reducen a una palabra que nunca existió en los documentos originales.

La identidad nacional costarricense se ha narrado muchas veces en oposición a Nicaragua. Felipe Molina describía a Nicaragua como un territorio “anarquista”, mientras exaltaba a Costa Rica como tierra pacífica (Molina, 1851). Esa visión permeó discursos oficiales y libros escolares durante más de un siglo. Pero la memoria histórica nos recuerda que Nicoya sí pertenecía a Nicaragua, y que negar esos vínculos es negar parte de nuestra propia raíz (Rodríguez Espinoza, 2015).

Hoy, cuando los gobiernos de Costa Rica y Nicaragua parecen profundizar sus confrontaciones políticas, es más necesario que nunca recordar que los pueblos no son enemigos. La memoria compartida de Nicoya nos recuerda que la frontera no es un muro, sino un puente. Que las familias, las tradiciones y las luchas sociales han estado siempre entrelazadas. La resistencia en las calles —las celebraciones, las marchas, las voces que reclaman dignidad— debe acompañarse de una resistencia ideológica que reivindique que la justicia y la integración regional no son amenazas, sino caminos posibles. Frente a los zarpazos antisocialistas que buscan deslegitimar estas ideas llamándolas “terroristas”, debemos afirmar que lo que se persigue es una verdadera liberación económica y social (Albán, 1990).

El 25 de julio no debe ser solo una fecha de orgullo regional, de fiestas y gritos de alegría, sino también un recordatorio de la hermandad histórica entre Costa Rica y Nicaragua. Nicoya, esa Nicaragüita es memoria compartida, raíz nicaragüense y corazón costarricense. Celebrar su incorporación es celebrar la posibilidad de que los pueblos, más allá de las fronteras y de las disputas políticas, puedan reconocerse en su historia común y construir juntos un futuro de justicia y dignidad.

El gallo pinto y la cuajada son más que alimentos: son símbolos de una raíz compartida que no reconoce fronteras. En las mesas de Guanacaste y de Rivas, en las cocinas de Nicoya y de León, el mismo aroma de frijoles y arroz mezclados con manteca y culantro se levanta como un canto cotidiano de unidad. La cuajada fresca, moldeada en manos campesinas, es la misma en Costa Rica y en Nicaragua, y su sabor recuerda que la leche y la tierra no entienden de límites políticos.

Estas comidas son memoria viva, ética de lo sencillo y humanidad que se transmite desde la raíz: pueblos originarios que habitaban la región como uno solo, compartiendo maíz, cacao y sal, mucho antes de que existieran fronteras. Así, cada bocado de gallo pinto es también un acto de resistencia contra la división, un recordatorio de que la cultura se multiplica en la mesa y que la dignidad de los pueblos se alimenta de lo que comparten.

Referencias

  • Albán, L. (1990). Poemas de la tierra compartida. San José: Editorial Costa Rica.
  • Archivo Nacional de Costa Rica. (1824). Actas del Partido de Nicoya. San José.
  • Molina, F. (1851). Bosquejo histórico de Costa Rica. San José: Imprenta Nacional.
  • Pizarro Zelaya, A. (2024). La palabra “anexión” y la construcción de la identidad nacional. Universidad de Costa Rica.
  • Rodríguez Espinoza, A. (2015). La incorporación del Partido de Nicoya: revisión de fuentes primarias. Universidad Estatal a Distancia.
  • Sibaja, L. F. (2024). Entrevista citada en Pizarro Zelaya, A. La palabra “anexión”. UCR.

El Partido de Nicoya por los senderos de la historia

Dr. Freddy Pacheco León*

Un hecho histórico que cimentó la construcción de nuestra Patria, fue la creación en 1573 de la Provincia de Costa Rica, previo a la designación del gobernador de Costa Rica, Nicaragua y, muy importante, Nicoya, Diego de Artieda Chirino. Eventualmente la Audiencia de Guatemala otorgó la autonomía a las tres por separado, y así, por los siguientes 15 años, hasta 1593, Nicoya fue una entidad políticamente autónoma, tanto de Costa Rica como de Nicaragua. La semilla estaba sembrada.

Si desde 1602, y por 182 años, la Alcaldía Mayor de Nicoya no hubiera ejercido su soberanía frente a los gobiernos de Costa Rica y, principalmente al de Nicaragua, el Partido de Nicoya consecuentemente no habría sido una realidad. También, si a fines de 1820 no se hubiera dividido el territorio en siete partidos, el Partido de Nicoya no habría brotado bajo el gran sol que lo ilumina. Y si luego de la firma del Acta de Independencia de América Central el 15 de setiembre de 1821 (menos de un año después) no se hubiera proclamado el Pacto de Concordia el 1° de diciembre de 1821, en que se restituye la Provincia de Costa Rica separada de la Provincia de Nicaragua, el Partido de Nicoya quizá hubiera sido «absorbido» por la vecina del norte. Así, paso a paso y sin vislumbrar siquiera el grandioso mañana que le esperaba, ese territorio fue manteniendo su presencia manifiesta, cual si la Providencia le tuviera señalado un sendero hacia su sitial histórico. ¡Y llegó el año 1824!!

Pensamos que, si Costa Rica hubiera tenido una población total suficiente para así elegir un diputado para las Cortes de Cádiz, el gobernador Tomás de Acosta jamás hubiera propuesto a la autoridad de la Audiencia de Guatemala, que se permitiera sumar a sus 60.000 habitantes con los del partido de Nicoya, para realizar la importante elección. Así, por esa inesperada situación, en que se eligió al brillante cartaginés Florencio del Castillo, se fueron estrechando lazos muy cordiales entre nicoyanos y costarricenses, reforzados por las participaciones electorales conjuntas, como para los representantes ante la Diputación Provincial de Nicaragua y Costa Rica. Así, el destino, seguiría marcando ese sendero que ni los mismos actores percibían siquiera a donde conduciría.

Tres poblaciones tenía el partido de Nicoya cuando se consumó el hito histórico del enlace. Unos tres kilómetros al norte de la pequeña ciudad colonial, estaba la cabecera sede del Alcalde Mayor, desde donde sus cerca de 2.000 habitantes mantenían un activo comercio con la siempre bella ciudad de Puntarenas. La ciudad de Santa Cruz, en Diriá, con unos 2.500 habitantes (muchos aborígenes) era la segunda ciudad, mientras la ciudad que hoy le da el nombre a la provincia, Guanacaste (Liberia), con 1366 habitantes, lugar de comercio ganadero principalmente con la ciudad de Rivas, en Nicaragua, estaba ubicada al norte del río Salto, separado de Nicaragua por el sitio llamado La Flor y de Costa Rica por el río Tempisque.

O sea, de no haber sucedido esos hechos que nos cuenta la historia, ¡jamás! se habría presentado siquiera la oportunidad de que los habitantes del, para otros, poco importante partido de Nicoya, se vieran ante la decisión de unir lazos con la provincia de Costa Rica, que los acogiera con el cariño que se habían forjado con el paso de dos siglos y medio de relaciones fraternales. Algunos dirán que fueron «accidentes», pero para nosotros fue el destino, la Providencia, que fue abriendo un sendero que nadie podría haber imaginado, y mucho menos diseñado. Gracias a ello, de esa unión pacífica, nació una nueva Patria, grandiosa, formidable, única en el continente, sin que hubiera que sanar heridas, ni violentar la paz idílica que respiraban desde las altas montañas a las costas del Pacífico y el Caribe; desde el valle intermontano a las sabanas nicoyanas.

Pero vendrían nuevos desafíos, principalmente desde un sector nicaragüense que no se resignó a recibir como debería de ser, la decisión voluntaria de los habitantes del partido de Nicoya, de incorporarse a la provincia de Costa Rica. Y como no lo entendieron o ¡no lo quisieron entender!, muy pronto fue objeto de conspiración. «Nicoya era y es un territorio de Nicaragua», decían. Por esa razón «los habitantes de Guanacaste (hoy Liberia) no quisieron ser parte del acuerdo tomado en cabildo abierto», agregaron. La tensión limítrofe estaba presente casi cotidianamente, pues en realidad no existía acuerdo limítrofe alguno entre Costa Rica y Nicaragua. Por tanto, ante ese vacío, en reiteradas ocasiones Nicaragua reclamó ese territorio. Se suscribió media docena de tratados entre 1838 y 1857, pero ninguno fue aprobado por ambos países. Parecía imposible un acuerdo satisfactorio para ambos. Con la heroica Campaña Nacional de 1856-1857 que como gesta libertadora fuere dirigida por nuestro heroico Presidente don Juan Rafael Mora, lejos de aplacarse las aguas, más bien se hicieron más turbulentas.

Como muestra de esa situación, leemos en El Nuevo Diario de Nicaragua, que el fortalecimiento del ejército tico pretendía «servir de amenaza a Nicaragua, consolidar la posesión de (…) la provincia de Guanacaste (que antes había pertenecido a los nicas) y expandir la frontera norte por la fuerza» (…) «Los poderosos ‘hermaniticos’ aprovecharon nuestro conflicto (la Guerra Nacional en la que Nicaragua estaba sumida) para apoderarse de la ruta del canal y del tránsito», publicó dicho periódico, en reflejo del pensamiento de algunos nicaragüenses.

Así llegó el año 1858, recién terminada la guerra contra los invasores expansionistas estadounidenses, que encabezados por William Walker fueron derrotados por los costarricenses en la hacienda Santa Rosa (que algunos nicas decían que era territorio nicaragüense), en la ciudad de Rivas y en el río San Juan. Esa presencia militar costarricense, fue una de las razones circunstanciales que propiciaron la redacción de un nuevo tratado de límites, negociado en San José por el nicaragüense Máximo Jerez Tellería y el Gral. salvadoreño José María Cañas Escamilla, designado por el Presidente Mora, que fuere suscrito el 15 de abril, y aprobado luego por el Congreso de Costa Rica y la Asamblea Constituyente de Nicaragua. Los congresistas costarricenses que no le dieron el voto positivo, cometieron el gravísimo error de no percatarse que con el Tratado Cañas-Jerez, quedaba plasmado en tan importante acuerdo, que el límite de Nicaragua con Costa Rica hacia el oeste, lo marcaba nuestra provincia de Guanacaste. Primer reconocimiento explícito de los nicaragüenses, de la soberanía costarricense sobre las tierras que formaron parte en el pasado del partido de Nicoya.

Pero los conflictos no terminaron. Luego vendrían nuevas objeciones desde Nicaragua, ahora hacia la validez del tratado, que fueron resueltas en 1888, a favor de la posición costarricense en defensa del mismo, por el Presidente de los EUA señor Grover Cleveland, que fuere ratificado en su vigencia hace pocos años, por la Corte Internacional de Justicia de la ONU.

Y como las amenazas sobre la soberanía de Costa Rica, específicamente sobre la pampa guanacasteca parecían no terminar, otra situación habría de presentarse. Sucedió hace 69 años, cuando durante el primer gobierno constitucional del Presidente José Figueres Ferrer, se invadió Costa Rica el 11 de enero de 1955, con fuerzas armadas del dictador nicaragüense Anastasio Somoza, en apoyo al expresidente Rafael Ángel Calderón Guardia. Invasión que contaba con el interés mal disimulado de las dictaduras de República Dominicana y Venezuela. La principal batalla, como sucediera 100 años antes, sucedió en la hacienda Santa Rosa, en Guanacaste. Invasión que, si hubiera tenido éxito, no es difícil imaginar ¡cuál habría sido el botín reclamado por el despreciable sátrapa nicaragüense!

Pues a celebrar con espíritu patriótico la anexión, o como también se le ha llamado quizá más correctamente, la incorporación del partido de Nicoya a Costa Rica. Nuestra provincia más bella, la del ramillete formidable de playas, sabanas, montañas humeantes y encendidas flores multicolores de sus árboles de hojas deciduas. ¡Brindemos con vino de coyol al son de la marimba de preciosas maderas! Los acontecimientos lo merecen.

Foto de pintura de Miguel Allan.

(*) Freddy Pacheco León es doctor en Ciencias Biológicas.

Bahía Salinas, una bahía tico-nica desde 1858

Freddy Pacheco León

Desde que en representación de Costa Rica, el heroico general José María Cañas uniera su firma a la del señor Máximo Jerez, representante de los intereses nicaragüenses, en el tratado de límites de 1858 conocido por sus nombres, la bahía Salinas, bordeada por costas de ambos países, es una bahía donde la soberanía es compartida por ambos países. En sencillo, es una bahía tico-nica.

Así, es incorrecto decir que una u otra nación «tiene derechos de navegación” en sus aguas, pues con ello se podría interpretar incorrectamente, que uno de los dos Estados tiene más derechos soberanos que el otro, cuando no es así. Ahora bien, como el límite descrito en el Tratado Cañas-Jerez de 1858, termina en el centro de bahía Salinas, el árbitro general Alexander cumplió satisfactoriamente la tarea de ubicar el punto geográfico que marca ese punto central, tal y como quedara documentado en su Laudo N°5 y fuere consignado en los respectivos libros de actas. Como parte de esa trascendental tarea, el experto designado por el presidente Grover Cleveland, describió la línea recta que separa «la boca» de la bahía con el mar abierto del océano Pacífico fuera de la bahía. Línea recta a partir de la cual determinó, mediante un genial mecanismo, el centro de la misma.

Decisión técnica importante fue ubicar en sendos accidentes geográficos en ambos litorales, los puntos entre los que corre esa importante línea, desde PUNTA ARRANCA BARBA en Nicaragua, a «la parte más Occidental de la tierra inmediata a PUNTA ZACATE» en Costa Rica. Para los costarricenses, y muy especialmente para los vecinos y autoridades de la zona, es menester tener muy claro que desde punta Zacate hacia la izquierda, las aguas que bañan la costa son exclusivas del mar territorial costarricense, donde ejercemos plenos derechos de soberanía, pues, reiteramos, están fuera de la compartida bahía Salinas.

La imagen adjunta muestra la ubicación de punta Arranca Barba, en Nicaragua, y punta Zacate, en Costa Rica, según el Laudo N° 5 del Gral. E.P. Alexander (1900). Con ello, se marcó para la historia el límite de bahía Salinas, con respecto al mar abierto.

Como ello es conocido con ese nivel de detalle desde hace 122 años, fecha de publicación del laudo Alexander N°5, autoridades nicas y ticas no pueden alegar desconocimiento de algo tan fundamental. Situación similar se presenta a partir de la extremidad de punta Arranca Barba, desde donde se marca el extremo norte de las aguas comunes de bahía Salinas. Más allá del cual, las aguas son exclusivamente nicaragüenses.

Esperamos con esta breve nota prevenir cualquier acción indebida generada por la desinformación que inexplicablemente todavía exhiben, ciudadanos de ambos países vecinos, para que se reafirme el respeto tanto del Tratado Cañas Jerez, como del Laudo Cleveland y los laudos arbitrales del general Edward Porter Alexander.