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Etiqueta: Wilmer Casasola-Rivera

La trampa del especismo: por una ética de la compasión animal

Wilmer Casasola-Rivera
Escuela de Ciencias Sociales, TEC
wcasasola@itcr.ac.cr

El sufrimiento del otro

Ocuparse del sufrimiento ajeno podría ser el verdadero parámetro de nuestra capacidad moral. Sin embargo, cuando se trata del dolor animal, la indiferencia suele intensificarse. Si reducimos a los animales a simples objetos de consumo, anulamos de inmediato la posibilidad de percibir su realidad.

Durante un almuerzo, una colega me preguntó por qué no comía carne y, con tono burlón, soltó: “No importa si te lo comes; el animal ya está muerto, no siente”. Comentarios como este anulan la sensibilidad hacia los animales y omiten que ese trozo de carne inerte en el plato fue un ser viviente que experimentó pánico y sufrimiento indescriptibles antes de morir para el simple deleite humano.

Quienes defienden esta visión moral, paradójicamente, suelen afirmar que comparten los objetivos de la ética medioambiental. Pero la incongruencia ética es palpable: quien se proclame ambientalista no debería alimentarse de animales, menos aún si provienen de la ganadería industrial, la cual es altamente contaminante y genera efectos destructivos inmediatos sobre los ecosistemas y la salud pública.

El sufrimiento es parte de la condición humana y sufrimos por muchas razones. Pero hay un tipo de padecimiento que merece siempre nuestra atención: el que provocamos intencionalmente. El daño es cualitativamente mayor cuando se inflige a un ser indefenso, como los animales, víctimas históricas de la acción humana directa. Tomar conciencia del sufrimiento ajeno implica reconocer su vulnerabilidad. Pero cuando decidimos ejercer un dominio racional sobre otras especies, el sufrimiento queda silenciado.

La trampa del especismo

El especismo es un esquema de pensamiento y una actitud moral deliberada, arbitraria y asumida voluntariamente, mediante la cual el ser humano establece una taxonomía jerárquica que considera inferiores a las demás especies no humanas. Esta racionalidad antropocéntrica anula la existencia y la sintiencia de estos seres vivos: los reduce a simples objetos de consumo y normaliza socialmente su sufrimiento a través de la costumbre, la tradición y los dispositivos de socialización cultural.

El especismo es selectivo: decidimos qué animales son sujetos de ternura moral y cuáles se reducen a objetos de consumo. A estos últimos les negamos capacidad moral afectiva, silenciando una equivalencia moral sintiente. Esta práctica selectiva y convencional anula la posibilidad de una ética crítica sobre la propia conducta. Como nacemos en un entorno moral especista y carnista que normaliza el dolor, esta selectividad bloquea la compasión y valida la violencia hacia los animales.

Esto explica por qué muchos niños y adolescentes participen en peleas de gallos como algo socialmente aceptable, ignorando el dolor que experimentan estos animales al batirse en duelo sangriento, donde el ave no sabe por qué pelea hasta la muerte, pero debe hacerlo para poder vivir. O bien, se evidencia cuando en los reportajes mediáticos sobre «granjas-restaurantes» se pasa, sin transición alguna, de acariciar con ternura a un cerdo o un ternero a engullirlo con suma normalidad.

El especismo es un criterio moral selectivo. El Homo sapiens, al carecer de una fuerza física imponente ante otras especies, desarrolló la razón como una herramienta de supervivencia que terminó transformándose en un instrumento de opresión absoluta. Hoy, hombres y mujeres inteligentes someten a una perpetua esclavitud a miles de millones de animales para fines tan diversos como la explotación laboral, la experimentación científica, la matanza frenética o, incluso, la industria pornográfica. De esta forma, nuestra supuesta superioridad deviene en una moral patológica que justifica la crueldad en nombre del beneficio o la gula humana.

La ética de la compasión

¿Es posible una ética de la compasión hacia los animales? ¿Se puede enseñar o aprender a ser moralmente compasivo con los animales? Enseñar ética animal no garantiza su aplicación práctica, pero no promover esta reflexión es una omisión mucho peor.

La compasión moral hacia los animales, cuando no existe una base teórica, sugiere que la ética animal es innecesaria. No obstante, la moral dominante sigue siendo la indiferencia: no interesa el terror que viven los animales en los mataderos para ser reducidos a simples trozos de carne. El verdadero desafío ético consiste en transformar esa indiferencia sistémica en una conciencia de reconocimiento del sufrimiento ajeno.

El especismo se basa en construcciones racionales legitimadas socialmente. La racionalidad especista adquiere un estatus superior. La racionalidad se construye socialmente y puede ser, incluso, moralmente destructiva. El paradigma racionalista privilegia principios abstractos y universales como fundamento de la moral, pero subestima el papel de las emociones. Frente al sufrimiento animal, ese enfoque no transforma la moral de la indiferencia. El componente emocional es importante en la orientación de una nueva ética animalista. La racionalidad, por sí sola, no conduce necesariamente a la acción ética.

La compasión, desde la perspectiva del Dalái Lama, es la base de la convivencia humana. Sostiene que las principales causas de guerra y violencia son nuestras emociones negativas, a las que concedemos demasiado espacio en lugar de la razón y la compasión. Pero la educación lo podría cambiar todo, pues los seres humanos tenemos capacidad de aprender. Plantea que la ética es más profunda e importante que la religión porque es innata a la naturaleza humana. A diferencia de las creencias religiosas, la ética no se impone: forma parte esencial de lo que somos. Por eso, según él, el siglo XXI necesita una nueva ética que trascienda las religiones y promueva el respeto hacia toda forma de vida, incluidas plantas y animales.

El Dalái Lama comete un pequeño error filosófico al afirmar que la ética es innata en la naturaleza humana. La capacidad de juzgar el bien y el mal es un aprendizaje social: la sociedad esculpe una racionalidad moral en los individuos, un esquema conceptual que se justifica y naturaliza en la práctica cotidiana. El fenómeno del nacionalsocialismo alemán es el ejemplo claro de cómo un Estado puede diseñar una racionalidad del odio moralmente aceptada y normalizar socialmente el exterminio de millones de personas indefensas. Pero hoy no es diferente. Esta misma lógica la encontramos en la figura de Benjamin Netanyahu, el gran genocida del siglo XXI, y en los sectores que sostienen su régimen, donde esa misma estructura racional justifica moralmente las políticas de exterminio y colonización contra el pueblo palestino. No se trata de equiparar ambos hechos históricos, sino de evidenciar cómo la racionalidad moral es capaz de moldearse para legitimar el sufrimiento ajeno cuando al poder le conviene.

En este sentido, la racionalidad no cambia la práctica moral por sí sola: necesita del componente emocional, como la compasión, para transformar la perspectiva moral hacia el sufrimiento animal. La ética de la compasión hacia los animales implica una disposición moral orientada a enfrentar su sufrimiento y promover su bienestar intrínseco. Por este motivo, la ética académica no sirve si no se traduce en una ética práctica. Hoy nos encontramos ante una ética atrapada en discusiones hermenéuticas que se ahoga en la interpretación de viejos textos como materia prima para decir algo filosóficamente aislado; una ética atrapada en los salones de clase o en tardes de café donde salimos huyendo de la rutina hogareña para asumir una pose intelectual pública de compromiso con el asunto animal.

La ética animal no puede reducirse a un discurso lógico o racionalista. El ensañamiento lógico no provoca necesariamente un giro emocional en las personas que son indiferentes al sufrimiento animal. La lógica puede convertirse en un refugio racional y una zona de confort académica que descuida la perspectiva educativa. En su lugar, la educación emocional debe ser el elemento central para la acción ética animal. Se trata de combinar la argumentación racional y la educación emocional con el propósito de lograr la compasión moral y revertir la indiferencia histórica ante el sufrimiento de los animales. Si logramos que las personas reconozcan el sufrimiento animal y actúen en su favor, el discurso ético habrá cumplido su finalidad práctica; de lo contrario, quedará atrapado en el discurso academicista.

El Dalái Lama plantea que la ética no es una lista de mandamientos ni de prohibiciones, sino una práctica que conduce al bienestar y a la felicidad, tanto propios como ajenos. Desde esta perspectiva, la ética puramente racional no es el mejor camino para despertar la compasión moral hacia los animales ni para transformar la indiferencia ante su sufrimiento. No se trata de formular imperativos racionalistas y universales, sino de promover principios que inspiren una reflexión sobre la realidad de los animales y despierten un cambio emocional en favor de estos seres vulnerables.

Una ética animal aplicada debe ser pedagógica: enseñar modelos de razonamiento y educación emocional que despierten el deseo moral de aliviar el sufrimiento animal y promover su bienestar en términos de libertad, protección y felicidad. Y esta tarea la podemos emprender de forma individual a través la acción ética.

La acción ética puede asumir dos formas: la acción ética individual y la acción ética colaborativa. La primera puede ser directa o indirecta. De manera directa, podemos organizar conversatorios comunitarios, crear contenido para redes sociales, rescatar animales o participar en encuentros y marchas. De manera indirecta, nos corresponde apoyar otras iniciativas: si no tenemos la capacidad física ni emocional para rescatar a un animal, sí tenemos la capacidad de donar a la persona que lo rescató para sufragar sus gastos; si no poseemos la habilidad para generar contenido que despierte la conciencia ética a favor de los animales, sí podemos compartir, divulgar y colaborar con quienes lo hacen.

La acción ética colaborativa, por su parte, tiene una serie de desafíos que impiden su avance. Pese a la gran tarea que tenemos por delante, seguimos atrapados en taxonomías éticas y divisiones teóricas que nos fragmentan: sensocentrismo frente a biocentrismo o ecocentrismo; bienestarismo contra abolicionismo; veganismo versus vegetarianismo, etc. En lugar de enfrascarnos en discusiones de salón, lo que realmente urge atender es la condición social de los animales ante el dominio racional de nuestra especie.

Por alguna extraña razón, hemos emprendido una tarea racional colectiva: hacer daño. Cuando no podemos infligir daño físico directo, causamos cualquier tipo de daño indirecto. Decía James Lovelock que, como animales individuales, no somos tan especiales, al punto de que la especie humana es casi una enfermedad planetaria. Cada día estoy más convencido de que somos una especie particularmente dañina. Y es precisamente en ese “casi” donde podemos ubicarnos y marcar la diferencia a favor de los animales, esos que merecen vida y libertad.

Imagen aportada por el autor:
Google. (2026).
Gemini (Versión de mayo de 2026) [Imagen generada por IA]. https://gemini.google.com

El outsider: el viejo truco populista en política

Wilmer Casasola-Rivera
Filósofo y Psicólogo
Escuela de Ciencias Sociales TEC

Las campañas electorales revelan cómo pensamos o, peor aún, cómo no pensamos cuando decidimos el futuro del país. También exponen las virtudes y carencias intelectuales de quienes aspiran a gobernar.

El populismo vuelve a ser protagonista en la contienda electoral de 2026 en Costa Rica, esta vez bajo el disfraz de la pureza moral y la supuesta ruptura con el sistema tradicional que encarna la figura del outsider. El advenedizo se presenta como portador de una gestión política supuestamente incontaminada, bajo una premisa frágil, pero peligrosa: que no haber participado en política sería garantía de una mejor administración del poder.

El fenómeno outsider surge como respuesta al descontento ciudadano frente a los partidos tradicionales. Quienes adoptan este discurso se presentan como agentes morales puros, con capacidades superiores y ajenos al poder político, bajo la promesa de que harán un mejor trabajo porque todos los anteriores lo han hecho mal. Sin embargo, esta supuesta virtud puede salir cara: la improvisación política no es una cualidad, sino un error grave. Además, el outsider rara vez ha sido completamente ajeno a la política. De una u otra forma ha estado vinculado al ejercicio público, aunque disfraza ese vínculo con una retórica antisistema diseñada para seducir al ciudadano menos informado y vender la idea de que no es político tradicional.

Estas posturas puristas en política son discursos abiertamente demagógicos y populistas. Al político populista le interesa construir un relato que se congracie con la mayoría, como cuando existen juicios sesgados hacia determinadas instituciones. El populista capitaliza ese descontento y lo convierte en un producto vendible. Esto recuerda al viejo Maquiavelo quien planteaba que un gobernante debe hacer todo lo posible por ganar y conservar el Estado. Proyectar una imagen sincera y lograr credibilidad es parte de este juego de poder.

Muchos podrían creer en este discurso populista debido al desgaste provocado por gobiernos que han hecho mal su trabajo. Sin embargo, ese fracaso previo no garantiza que estos nuevos mesías lo harán mejor. Algunos no solo han administrado deficientemente el país, sino que han socavado la institucionalidad para debilitar el Estado de derecho, a las instituciones y los medios que los cuestionan. Como advierte Moisés Naím, una democracia sin Estado de derecho es hueca. Un gobierno puede ser elegido democráticamente, pero si viola constantemente los límites a su poder, se vuelve corrupto y transgrede los derechos fundamentales de los individuos. El problema de fondo es que muchas de estas deficiencias han surgido, precisamente, de la mano de ese purismo político que se presenta como outsider.

La inexperiencia constituye una variable de riesgo crítica en los asuntos públicos. Si bien la trayectoria política no garantiza por sí misma un buen gobierno, su ausencia sistemática eleva exponencialmente las probabilidades de fracaso. No se trata de defender una experiencia acumulada por años que sea burocráticamente pasiva o carente de gestión social, pues es necesario reconocer que la excelencia y el mérito profesional no siempre imperan en la función pública. La excelencia es sustituida por lo aceptable, por la complicidad con el menor esfuerzo o, incluso, por la mediocridad. Bajo esta premisa, la intención de replantear los equipos de trabajo cobra validez, pero el problema surge cuando la excelencia se descarta y el argollismo se convierte en el único criterio de selección. De ahí que la promesa de conformar gobiernos con personas ajenas a la función pública pueda caer en un sesgo de preferencia y no de formación. La tesis de que la ausencia de contaminación política garantiza mejores resultados es discutible, pues ignora que el funcionamiento del Estado posee dinámicas particulares y que conducir un aparato institucional complejo exige experiencia, pericia y una comprensión integral de su funcionamiento.

Un país no es una empresa ni un fondo de inversión. Gobernar no es un ejercicio de gerencia corporativa, sino de liderar con visión la complejidad social. A diferencia de una entidad privada, cuyo fin último es la rentabilidad financiera y el beneficio de sus accionistas, el Estado tiene el deber de priorizar el bienestar social. Mientras que una empresa puede descartar clientes o líneas de negocio que no resulten rentables, el Estado tiene la obligación irrenunciable de atender a la totalidad de su población, especialmente a los sectores más vulnerables que carecen de oportunidades en el mercado. La gestión pública, por tanto, no es un asunto que deba reducirse únicamente a la eficiencia técnica. Aunque a veces, ni siquiera hay eficiencia técnica, sino intolerancia técnica que conduce al fracaso.

El gobierno de advenedizos es problemático. La confusión de roles conduce a la disfunción institucional y puede costarle caro al país. Esto se evidencia cuando un mandatario arremete contra los poderes legislativo y judicial, o contra la educación superior, por el simple hecho de que estas instancias cuestionan sus decisiones. Pensar que existe una supuesta “monarquía judicial” revela una preocupante ausencia de educación cívica y de comprensión democrática. La experiencia no se reemplaza con entusiasmo, ni las instituciones públicas se gestionan a partir de ocurrencias. Gobernar exige conocimiento especializado y experiencia en la administración pública.

La conformación de un gabinete no debería ser un ejercicio de simpatías ni de amiguismos, sino una búsqueda rigurosa de excelencia profesional y méritos académicos. Sin embargo, la pretensión de gobernar con figuras ajenas a la trayectoria política ha derivado en una improvisación que ha puesto en riesgo el país. La crisis educativa y la falta de gobernanza en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) representan tan solo dos de los fracasos más evidentes de esta gestión. Ambos casos evidencian que delegar instituciones estratégicas a perfiles inexpertos y advenedizos solo conduce al deterioro del sistema.

La crisis de la educación en Costa Rica es un ejemplo claro de lo que implica nombrar a personas sin conocimiento real de las instituciones públicas y de cómo ese desconocimiento conduce al fracaso. En el gobierno actual, la llamada Ruta de la Educación fue siempre un misterio que terminó en un berrinche para evitar su publicación y que fuera despedazada. Esa ruta tuvo las características del Ser de los filósofos griegos: una realidad última, una unidad inmutable, la esencia de las cosas, la idea eterna, un ente puro e indestructible, aunque nunca perceptible. Esa ruta nunca se expresó y el daño ya lo conocemos. Reestructurar un sistema educativo no es sencillo, pero es aún peor cuando se colocan forasteros en cargos para los cuales no están capacitados ni poseen las competencias necesarias.

Otro ejemplo particularmente claro de improvisación e incompetencia se observó en la Presidencia Ejecutiva de la CCSS. Durante este periodo, la institución enfrentó una de las crisis más serias de su historia: aumento sostenido de las listas de espera sin una estrategia clara y verificable para reducirlas; cuestionamientos públicos sobre la transparencia y legalidad en la gestión de contratos; ruptura sistemática del diálogo con los sindicatos; tensiones constantes con la Contraloría General de la República por decisiones administrativas mal fundamentadas; y despidos de funcionarios guiados más por criterios ideológicos que expertos. En términos simples, se trató de una conducción improvisada y autoritaria en una institución que, por su naturaleza y por la población que atiende, exige rigor, sensibilidad y responsabilidad.

Los problemas sociales no son meros asuntos técnicos, sino lo que Heifetz y Linsky denominan desafíos adaptativos: problemas que exigen nuevas pautas de aprendizaje, cambios en valores, actitudes y conductas que permitan introducir enfoques distintos para resolverlos. Cuando se observa la realidad desde un único esquema mental, las soluciones suelen ser parciales o disfuncionales. Por este motivo, cuando gobernar se confunde con autoritarismo, se anula la disposición a aprender de los demás y desaparece la capacidad de ofrecer respuestas inteligentes e integrales.

Debe inquietarnos el discurso soberbio de ciertos candidatos que aseguran no necesitar curva de aprendizaje o presumen conocer a la perfección el funcionamiento de todas las instituciones públicas. Esa pedantería expone una gran ignorancia. Y lo mismo ocurre con quienes creen que innovar consiste únicamente en mover capital financiero. El idealismo tecnocrático y los delirios de grandeza son peligrosos y nos dicen hacia dónde conduce esa postura.

Gobernar exige una comprensión social integral para enfrentar los desafíos del país, pues sin amplitud académica, la visión de la realidad se vuelve limitada. Sin embargo, parece que enfrentamos tiempos donde el rigor intelectual ha dejado de importar y algunos creen en un pragmatismo sin contenido, al punto de reducir el conocimiento académico a un simple panfleto o brochure. Costa Rica no requiere iluminados ni oportunistas que se bajan de un taxi y se suben a otro cuando les conviene, como tampoco la continuidad de malas decisiones. Lo que el país exige son líderes capaces de entender la complejidad del Estado para transformarlo sin destruirlo. Validar el mito populista del outsider, que eleva la ignorancia y la inexperiencia a la categoría de virtud, condena a la nación a ciclos viciosos de improvisación, polarización y autoritarismo. Gobernar requiere convicciones éticas, no delirios morales.

Del autoritarismo a la dictadura hay una línea delgada que suele trazarse con el abstencionismo y los fanatismos poco reflexivos al momento de votar. Deberíamos aprender de la experiencia amarga de otros países y de nuestra propia realidad política.