La Editorial Costa Rica, la Embajada de Italia en Costa Rica y el Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi se complace en invitarle a la presentación del libro Mamá tiene cien años de Rodolfo Arias Formoso
Este año celebramos cien años de la coronación pontificia de la venerada imagen de la Virgen de los Ángeles. Descubrimos en ello la memoria viva de un pueblo que, en medio de sus luces y sombras, ha encontrado en la “Negrita” un rostro materno cercano: la que escucha al que llega cansado, la que consuela en la enfermedad, la que acompaña en silencio tantas luchas cotidianas y orienta cuando no sabemos bien por dónde seguir.
En María encontramos precisamente eso: una creyente en camino, que avanzó en una verdadera “peregrinación de la fe”, permaneciendo unida a Cristo incluso en la oscuridad. Por eso, su historia no es solo personal, sino que refleja el recorrido de todo el Pueblo de Dios. Ahí está el motivo para recurrir a ella: no como alguien lejana, sino como Madre que entiende nuestros procesos, que ha pasado por la incertidumbre y puede sostener nuestra fe en lo concreto de la vida —en la familia, en el trabajo, en las decisiones difíciles—, enseñándonos a confiar cuando no vemos y a permanecer cuando todo parece incierto (cf. Redemptoris Mater, n. 6).
En estos actos se entrelazan un hondo valor espiritual y una fuerza simbólica que no solo representa, sino que convoca a la cohesión nacional. Pero precisamente por eso, algo en mí se inquieta. Porque toda memoria auténtica no solo celebra: también interpela.
La Virgen de los Ángeles no es un símbolo detenido en el tiempo. Es, para el creyente, una presencia que mira el presente. Y ese presente costarricense —no nos engañemos— está herido: violencia creciente, fragmentación social, deterioro del lenguaje público, pérdida de confianza en las instituciones. Un país que, por momentos, parece desconocerse a sí mismo.
Y en medio de todo esto, emerge una paradoja que no podemos ignorar. Cartago —tierra de fe, cuna de esta devoción, lugar de peregrinación nacional— se ha ido transformando en un espacio marcado por dinámicas de violencia y muerte que la vuelven, en ciertos contextos, casi irreconocible. No se trata de exagerar ni de estigmatizar, pero sí de reconocer una realidad que golpea. El contraste es demasiado fuerte: el santuario que convoca multitudes y, a unos pasos, comunidades que viven bajo el peso de la inseguridad y el miedo.
Y entonces la pregunta: ¿qué significa hoy honrar a la Virgen en ese contexto? Porque existe un riesgo —sutil pero real— de refugiarnos en la solemnidad de la historia para no confrontar la urgencia del presente. De celebrar lo que fuimos, sin asumir con la misma fuerza lo que estamos llamados a ser.
He visto la convocatoria multitudinaria, la presencia de la Conferencia Episcopal y el Nuncio Apostólico, la participación de fieles. Todo eso habla de relevancia. Pero también despierta una inquietud que no logro disipar: ¿estamos generando procesos reales de transformación o nos estamos quedando en el gesto?
Y aquí la Iglesia en Costa Rica —particularmente la que peregrina en esa diócesis— no puede eludir una autocrítica serena pero necesaria. Porque, al menos en términos visibles, su voz ha sido débil frente a una realidad que clama por mayor presencia, mayor denuncia y mayor acompañamiento. No basta con custodiar el santuario si no se logra abrazar con igual fuerza el dolor del territorio que lo rodea.
La fe, cuando es auténtica, incomoda. No se conforma con el rito; exige coherencia. Y si la Virgen de los Ángeles ha sido madre de este pueblo, entonces también es testigo de nuestras contradicciones. Ella ve un país que la ama, un pueblo que peregrina, pero que necesita reencontrarse. Ve una Iglesia que convoca, pero que está llamada a implicarse más.
Apelo no en contra de esta celebración, sino en la distancia entre lo que celebramos y lo que vivimos. Porque no basta con mirar hacia 1926. La pregunta es qué hacemos en 2026.No basta con recordar una coronación. La urgencia es discernir nuestra misión.
Y quizás la Virgen —con su silencio elocuente— no nos pide más actos, sino más verdad. No más nostalgia del ayer, sino más compromiso hoy. No más refugio en el pasado, sino más valentía en el presente.
Si esa inquietud permanece, tal vez no sea un problema. Tal vez sea, precisamente, una gracia. Porque la fe que no toca la herida de un país corre el riesgo de volverse irrelevante.
El 24 de abril de 1970 estalló una decisión colectiva en defensa de la soberanía nacional. Aquellas jornadas patrióticas contra el contrato ley ALCOA-Estado costarricense no le pertenecen a ningún grupo político; quien así lo crea, peca de pedante e ignora la realidad de aquel día, de aquella gesta.
Fue el resultado de muchos días y muchos meses y de la forja de la unión de 81 organizaciones que entendieron que la patria no se entrega, que los recursos naturales y la soberanía se defienden en la calle. Esa jornada gloriosa fue la expresión máxima de estudiantes y trabajadores en defensa de la bauxita, el agua, la ecología y los pueblos originarios, frente a un contrato que pretendía hipotecar el futuro de las nuevas generaciones.
Esa memoria hoy respira en mí a través de los rostros de quienes entonces éramos adolescentes y jóvenes. Me conmueve recordar a compañeras como Ana Lupita Mora y Macarena Barahona, del Colegio Nuestra Señora de Sion, quienes tras debatir en las aulas decidieron lanzarse a las calles. Pienso en Marielos Azofeifa, del Samuel Sáenz, y en Melania Guevara, del Colegio Superior de Señoritas. En mis recuerdos aún veo desfilar a miles de estudiantes que rompieron esquemas, marchando con orgullo con sus uniformes y desafiando las amenazas de las autoridades.
Recuerdo especialmente la valentía en secundaria. Tras la expulsión de Fernando Ugalde, presidente del Liceo de Costa Rica, Manuel Gamboa Asch asumió el liderazgo con una madurez asombrosa, junto a Héctor Ferlini-Salazar, un secretario estudiantil que apenas cursaba el segundo año. Éramos jóvenes, sí, pero estábamos llenos de convicción patriótica.
No olvido a Javier Prada, expulsado del Brenes Mesén por su beligerancia en la lucha; ni a “Pele” Lizano, el joven trabajador que caminó desde Granadilla para unirse al clamor nacional; ni el ímpetu de Fredy Garrido Dubón. Las voces de tantas y tantos que hoy decimos con orgullo «yo estuve ahí», son el cimiento de nuestra identidad patriótica.
Hoy, esa memoria nos recuerda: si en 1970 el recurso a defender era el suelo y la bauxita, hoy ese recurso es el talento humano, el pensamiento crítico y la investigación científica de nuestras universidades públicas. El paralelismo es absoluto. El recorte presupuestario al FEES, impulsado por la administración actual, representa una nueva forma de dominación que debilita nuestra soberanía intelectual y profesional. Desfinanciar la universidad pública es tan dañino hoy como lo habría sido aquel contrato transnacional: nos arrebata la riqueza del mañana para cubrir vacíos políticos del presente.
La historia me ha enseñado que el protagonismo estudiantil es vital. En el 70, sabíamos que luchábamos por el país que heredaríamos. Los estudiantes de hoy deben comprender que un justo presupuesto para el FEES no es un privilegio, sino la garantía de que cualquier joven, sea de zona rural o urbana, tenga un pupitre y un profesor esperándolo.
Nuestra lucha por un presupuesto justo trasciende ideologías; es un punto de encuentro nacional y un acto de civismo. Así como aquellas jóvenes de colegios católicos y públicos y universitarios se unieron en un solo puño, la juventud actual tiene el deber ineludible de movilizarse. Cuestionar al poder cuando atenta contra el bien común no es un «error de juventud»; es, como demostró mi generación, la forma más alta de patriotismo y en defensa del presente y futuro de las juventudes
¡Jóvenes, a luchar sin tregua por una mejor universidad y por un mejor país!
Primer día de mayo: jornada de felices coincidencias —o sospechosamente felices—, tanto políticas como verbales.
Nada más cercano a Un mundo feliz que ese coro de alusiones expresadas libremente o escritas, proclamadas, casi coreografiadas por el nuevo equipo de congresistas en el recinto parlamentario.
Unos sí, otros también: todos coinciden. Coinciden en la pobreza, en el hambre, en la naturaleza herida, en la delincuencia y en la urgencia de velar y atender la educación con mayúscula y bien tildada. Coinciden, sobre todo, en una agenda que dicen será por y para la Patria.
¡Ese será el norte a seguir! Dicen.
Algunos con buen verbo, otros con buen galillo, y unos pocos —los menos porque siempre sucede— con argumentos sólidos. Todos lanzan sus dardos al tablero de la democracia. Hay quien apunta mejor. Hay quien tiembla menos.
Algunos tendrán mejor pulso, mejor visión de las cosas o mayor pasión y conocimiento de la nuestra historia.
Pero, aun así, ¡cómo se parecen!
Mismo traje. Mismo color. Mismo gesto ensayado en sus teléfonos inteligentes.
Tal vez sea el único día del cuatrienio en que visten idénticos: blanco, azul y rojo, como si la patria pudiera coserse en la tela.
Mucho protocolo.
Y en esas cincuenta y siete curules —incómodas, dicen, pero codiciadas— todos caben en la misma forma, en la misma pose, en la misma promesa.
Yo pienso —y por eso escribo— que algunos miran con más limpieza que otros. Que hay rostros nuevos y otros demasiado conocidos. Que no todos cargan el mismo peso de ideas.
Pero queda la pregunta, terca:
¿a cuántos les incomoda, de verdad, la voz de un campesino? ¿a cuántos les duele el silencio largo de un pueblo indígena que lleva décadas esperando ser visto?
La respuesta no está hoy.
Llegará cuando las fracciones hablen. O callen. Cuando voten. Cuando se levanten. Cuando coincidan… o dejen de coincidir.
Porque al final, todo —todo— se decide en el plenario.
A escasos días del inicio de un nuevo ciclo político, en un contexto nacional atravesado por una polarización que desborda lo estrictamente político para instalarse también en el tejido social y cultural, por la crispación del lenguaje público y una creciente desconfianza institucional, la reciente Carta Pastoral de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, titulada “La Paz esté con ustedes”, se presenta como un documento urgente, hondamente enraizado en la realidad del país, que introduce un acento particularmente significativo: la recuperación de la cultura del diálogo como horizonte operativo para la construcción de la paz.
En un tiempo en que la palabra ha sido degradada con frecuencia a instrumento de confrontación —más arma que puente—, la insistencia en el encuentro no puede leerse como un gesto retórico, sino como una toma de posición de los obispos que, en su justa comprensión, abre posibilidades no menores para la vida social.
Precisamente por ello, el texto admite —y quizá reclama— una lectura que lo desborde de su inmediatez coyuntural. Puede ser entendido como un signo de inflexión, es decir, como la insinuación de un desplazamiento en el modo en que el episcopado se sitúa frente al país: no tanto la clausura de una etapa, cuanto la apertura de una nueva forma de presencia, menos condicionada por la tendencia a eludir aquellas realidades que no encajan en sus categorías tradicionales y más disponible a la interlocución.
En esa clave, el documento no solo enuncia un contenido, sino que perfila un estilo que, para ser creíble, deberá sostenerse en un equilibrio exigente: sin la pretensión de reclamar prerrogativas —como sucede en otros sectores religiosos—, pero tampoco cediendo a la tentación de omitir pronunciamientos ante situaciones que reclaman claridad (piénsese, por ejemplo, en la diócesis de Cartago y la problemática de la violencia). Se trata, más bien, de una presencia eclesial despojada de privilegios, pero no de responsabilidad; abierta al diálogo, pero no al silencio cómplice. Es en esa tensión —si logra sostenerse con coherencia— donde podría radicar la verdadera novedad del texto.
Lo más logrado del documento es que no trivializa el diálogo. No lo presenta como simple técnica de negociación, sino como una exigencia que brota de la verdad del ser humano creado para la comunión. En esta línea, la invitación a desarmar las palabras toca una fibra particularmente sensible de nuestra realidad: la violencia simbólica que precede y alimenta otras formas de violencia más visibles. Apostar por un lenguaje que no destruya al adversario, sino que lo reconozca como interlocutor, es ya una forma concreta de construir paz.
Ahora bien, precisamente porque el planteamiento es teológicamente sólido y pastoralmente oportuno, la expectativa que suscita no es menor: que no quede reducido a formulaciones bien intencionadas. Su credibilidad dependerá, en gran medida, de su capacidad de encarnarse en prácticas verificables. El desafío deja de ser retórico para volverse ineludible: implica revisar, primeramente, estilos de gobierno eclesial, someter a discernimiento las formas de ejercicio de la autoridad y replantear, con mayor hondura, la relación con el laicado. Porque, de no hacerlo, el riesgo no es solo la incoherencia, sino la reiteración de un discurso que, por falta de concreción, termina por vaciarse de fuerza transformadora.
Si la Conferencia Episcopal invita al diálogo social, ese mismo dinamismo ha de respirarse —con igual o mayor intensidad— en la vida interna de nuestras diócesis. De lo contrario, el riesgo es evidente: proponer hacia fuera lo que no siempre se vive hacia dentro.
En este punto, el momento histórico que vive el país añade urgencia. Ante un horizonte político incierto, la Iglesia —y de manera particular sus pastores— está llamada a ofrecer no solo palabras orientadoras, sino espacios reales donde el tejido social pueda recomponerse, en la cercanía y en la capacidad de generar confianza.
La Carta Pastoral, leída en esta clave, no es tanto un punto de llegada como una puerta que se abre. Su mayor valor reside, quizás, en haber puesto sobre la mesa una intuición necesaria: sin diálogo no hay paz, y sin una Iglesia que encarne ese diálogo, difícilmente podrá proponerse de manera creíble a la sociedad.
Queda ahora lo más exigente y, al mismo tiempo, lo más fecundo: hacer de esa intuición un estilo, de ese llamado una práctica y de esa propuesta una experiencia concreta en la vida de nuestro pueblo.
Por si alguien tenía dudas, el presidente Chaves lo dijo con claridad: “ya tenemos el poder ejecutivo y el legislativo nos falta el Poder Judicial”.
Lo dijo ante uno de los sectores más reaccionarios del país, el grupo de pastores evangélicos. Chaves quiere controlar todos los poderes del Estado para impulsar sus políticas autoritarias.
El autoritarismo de extrema derecha se llama en Costa Rica Rodriguismo, que es el calificativo que le han puesto sus propios seguidores.
El autoritarismo rodriguista quiere controlar y dominar los tres poderes de manera absoluta, es decir, sin minorías que estorben sus políticas.
Tampoco esconden sus propósitos políticos de crear un régimen que imponga limitaciones e incluso suspensión de las libertades públicas en los lugares que consideren necesario, limitar al máximo las garantías judiciales, restringir la libertad condicional, así como las medidas cautelares o provisionales, perseguir a los disidentes; realizar contrataciones sin licitaciones, imponer las jornadas de 12 horas y brincarse cualquier prohibición o respeto por los derechos ambientales, restringir cada vez más los derechos humanos de las mujeres y de las personas de la diversidad sexual, para citar solo algunas restricciones.
Lo que parecía un imposible hace 10 años es una realidad actualmente. Estamos en presencia real de que en Costa Rica se imponga un régimen parecido al de Bukele en El Salvador, con características nacionales, aunque esencialmente igual.
Pero como se refleja del resultado de las pasadas elecciones, la mayoría de costarricenses rechaza este proyecto. El rodriguismo solo obtuvo cerca de un tercio de los votos del padrón electoral.
Sin embargo, la iniciativa política la tiene el llamado rodriguismo.
Muchos ciudadanos tienen miedo de opinar y de actuar por temor a represalias laborales o de ataques personales. El reciente caso de la jueza de ejecución de la pena lo evidencia.
Muchos ciudadanos que ocupan puestos de dirección en el país están temerosos, paralizados, ya sea por el miedo o por cálculo, sin comprender que el autoritarismo rodriguista no se detiene ni tiene consideración por nadie. Chaves solo acepta la incondicionalidad absoluta, en el instante en que haya algún signo de criticidad, será convertido en mafioso, rata, chicharronero, estúpido y sometido al escarnio incluyendo a su familia. Este es el único sistema que acepta Chaves, el silencio, la abyección, la ignominia, la humillación, el vasallaje. Hemos tenido 4 años de ello por lo que no es invento.
Desgraciadamente muchos de sus seguidores han confundido mentira, ofensa o calumnia, malacrianza, con verdad y valentía. Piensan que eso es lo correcto, aunque no reparan en que el autoritarismo no es bienestar popular sino beneficios para unos pocos.
Ante esta guerra que está claramente anunciada para someter a todas las instituciones al capricho o órdenes de un señor, los sectores más conscientes política y socialmente tendrían que forjar un frente común contra el autoritarismo rodriguista.
Ese frente común deberá iniciar en la Asamblea Legislativa donde desde ahora se avizoran actuaciones contrarias al reglamento y las leyes. El PLN, el FA, la Unidad y el CAC, deberían firmar un compromiso claro contra el autoritarismo, un escudo contra los cantos de sirena de la unidad nacional que es el camuflaje para engañar a muchos. En los primeros meses la presión del Ejecutivo, de los diputados oficialistas y de grupos civiles, será descomunal.
Por ello solo un compromiso claro podrá asegurar la unidad, el rechazo a las tesis autoritarias y la aprobación de proyectos para el bienestar de la gente.
Ese frente debería tener como complemento, a las organizaciones sociales, los sindicatos, estudiantes, campesinos, comunales, ya que serán los que sufrirán el golpe a sus condiciones de vida. Frente al autoritarismo, la lucha y la defensa de los interese del pueblo, la Caja, los seguros, los aumentos de salario, la educación pública, las garantías para el productor agrícola, la defensa del medio y los derechos humanos de las mujeres y la diversidad sexual.
Un frente común que incluya a todos los ciudadanos que están en contra del autoritarismo rodriguista.
Parece ser esta es la tarea política más importante en este momento histórico.
No basta con resistir al chavismo, hay que pasar a la ofensiva.
Para los pueblos indígenas, el cacao tiene un simbolismo cosmogónico y espiritual muy importante, asociado al intercambio de los dioses vinculados al proceso de la creación del universo.
Es una bebida que los antepasados han usado para sus rituales en nacimientos, muertes o matrimonios.
Simboliza también la unión, hermandad y respeto comunitario en donde por lo general, son las mujeres quienes se encargan de sembrar la semilla y cuidar la planta hasta su producción.
En la comunidad indígena de Boruca, situado en el cantón de Buenos Aires, existe un proyecto llamado Caúshás, que en idioma bruncájc significa “raíz del cacao”, liderado por Johanna Lázaro, quien desde sus orígenes tiene claro la importancia de conservar la semilla del cacao, y reproducirla con respeto y según las costumbres antiguas de sus antepasados.
Ella dirige “el tour del chocolate”, el cual es un recorrido que explica las distintas fases y simbolismo espiritual que tiene esta bebida sagrada desde la cosmovisión boruca.
Es una experiencia única en donde el visitante conoce y aprende sobre el proceso que requiere el cacao desde la semilla, siembra, cuido, reproducción y preparación de la bebida.
También realiza diversos productos a base del caco tradicional.
Doña Johana se ha esforzado por mejorar constantemente y en la actualidad ya adquirió el sello pymes y se encuentra debidamente registrada en el MEIC ofreciendo al visitante un servicio y atención de primera calidad que incluye las pólizas de seguro INS y factura electrónica.
Cáushás es también un referente de la gastronomía local, es arte indígena y ofrece alojamiento en sus cabañas rústicas que poseen todo el confort que el cliente necesita.
Agende su visita a la comunidad indígena Boruca al 85357320 y conozca Cáushás Farm & Art, un emprendimiento indígena con identidad cultural.
Le invitamos a conocer esta selección de los temas de hoy y navegar en SURCOS:
🔹 La señal desvanecida: El borrado histórico de las voces de las mujeres en los medios Ver en SURCOS: https://wp.me/p6rfbZ-yMS
🔹 Del pueblo a Dios: la peligrosa reconfiguración de la legitimidad política Rodrigo Humberto Campos Hernández Ver en SURCOS: https://wp.me/p6rfbZ-yMV
🔹 Mujeres obreras que no cedieron: la lucha laboral en las maquiladoras y el nacimiento del monitoreo independiente Marlin Óscar Ávila Ver en SURCOS: https://wp.me/p6rfbZ-yMX
🔹 Cartago celebrará el Día del Libro con feria dedicada a la lectura este 26 de abril Ver en SURCOS: https://wp.me/p6rfbZ-yMZ
🔹 La ilusión de la mano dura: Bukele, Trump y el riesgo de dinamitar nuestro ADN tico JoseSo (José Solano-Saborío) https://wp.me/p6rfbZ-yJz
La ciudad de Cartago celebrará el Día del Libro con una Feria del Libro programada para el próximo domingo 26 de abril en Plaza Mayor, en una jornada que reunirá a personas lectoras, libreros, autoras y autores independientes, librerías y espacios de narración oral.
La actividad busca promover el gusto por la lectura y abrir espacios de encuentro alrededor del libro como herramienta de conocimiento, imaginación y transformación cultural.
Encuentro con libros, autores y cuenta cuentos
De acuerdo con la información divulgada, la feria contará con la participación de:
Libreros
Autores independientes
Librerías
Cuenta cuentos
La convocatoria invita a familias, niñez, juventud y público general a acercarse al mundo de los libros mediante una experiencia abierta y participativa.
La lectura como bienestar y aprendizaje
Las imágenes promocionales de la actividad destacan múltiples beneficios asociados al hábito lector, entre ellos:
Reduce el estrés y mejora el ánimo.
Enriquece el lenguaje.
Ejercita el cerebro.
Mejora ortografía y redacción.
Fortalece la memoria.
Desarrolla creatividad e imaginación.
Mejora resultados escolares.
Conecta con las emociones.
También se recuerda la célebre frase de Emily Dickinson: “Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”.
Cultura y acceso al conocimiento
La feria representa una oportunidad para fortalecer la vida cultural cartaginesa, estimular la compra de libros, visibilizar proyectos editoriales independientes y fomentar el encuentro entre escritores y comunidades lectoras.
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