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Autor: Hector Ferlini Salazar

Los retratos

José Manuel Arroyo Gutiérrez

(Breve relato de ficción)

Cuando el demagogo-autoritario tomó control de los gobiernos en aquella república tropical, el senador en retiro supo que todo estaba consumado. Sin embargo, sabía también que el principio del fin de la democracia había comenzado mucho tiempo antes. Desde décadas atrás había síntomas propicios para la debacle. El viejo exsenador reparaba, sobre todo, en un hecho de particular valor simbólico: los retratos al óleo de los políticos corruptos con gestos de inmortal señorío, a pesar de los escándalos, los juicios, las condenas y los autoexilios, nunca fueron removidos de las paredes: paredes de las galerías de honor en los colegios donde estudiaron; paredes de salones de ex presidentes; paredes de los gremios profesionales de pertenencia…

El demagogo autoritario, tanto o más corrupto que aquellos figurones fijados en los fríos murales del tiempo, tomó control de los gobiernos con su manido discurso contra la corrupción y la impunidad, mientras aquellos figurones le daban la razón al seguir pisando alfombras rojas, sentándose en primera fila en aniversarios y fiestas patrias, lanzándose de nuevo como candidatos o dando sonoras adhesiones en justas electorales… como si nada hubiera pasado.

El porqué de la invasión de los Estados Unidos e Israel a Irán

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Primera parte: El medio Oriente un hervidero explosivo

El origen de la confrontación: el ascenso de la República Islámica de Irán

Para comprender las causas que impulsaron a Estados Unidos e Israel a intervenir militarmente en Irán, es necesario retroceder al menos, al establecimiento del régimen de los Ayatolás, el cual se instauró formalmente con la victoria de la revolución Islámica en febrero de 1979. Este proceso de transformación se consolidó mediante el referéndum de abril del mismo año, que dio origen oficial a la República Islámica. El líder fundamental de este cambio fue el Ayatola Ruhollah Jomeini, quien logró derrocar al Shah Mohammad Reza Pahlavi y reemplazar la monarquía por un gobierno de carácter teocrático.

La revolución de 1979 significó el final de un régimen monárquico que había contado durante décadas con el respaldo de potencias extranjeras como Gran Bretaña y Estados Unidos. En su lugar, surgió un movimiento revolucionario liderado por los Ayatolás, basado en el islamismo y apoyado tanto por organizaciones de izquierda como por agrupaciones islamistas y también fueron fundamentales los sectores estudiantiles.

Tras la caída del Shah, éste se vio obligado a exiliarse y, antes de abandonar el país, dejó instaurada una junta provisional encabezada por un líder opositor para intentar mantener la gobernabilidad. Sin embargo, la situación interna se tornó cada vez más inestable, ya que rápidamente emergieron movimientos guerrilleros compuestos por grupos seculares y también religiosos, los cuales desempeñaron un papel decisivo en la eliminación final de los restos del antiguo sistema monárquico.

Durante los primeros años posteriores a la revolución, la política internacional respecto a Irán fue compleja. Al estallar la guerra entre Irán e Irak en 1980, la administración estadounidense dirigida por Jimmy Carter osciló entre apoyar a uno u otro bando, motivada por el hecho de que la Unión Soviética apoyaba al dictador iraquí Sadam Hussein. Finalmente, Carter optó por establecer un acuerdo con Hussein, suministrándole equipos militares e incluso autorizando el uso de armas químicas contra las fuerzas revolucionarias iraníes, con el objetivo de debilitar al nuevo régimen islámico.

Posteriormente, la orientación antioccidental de Hussein dio al traste con la relación que acababa de forjar con los Estados Unidos y Gran Bretaña, de manera que, cuando acabó la guerra entre los países árabes vecinos, se consolidó en Irak un curso de radicalización hacia la izquierda.

Por su parte, el gobierno estadounidense que sucedió al de Carter fue liderado por Ronald Reagan; un republicano que venció al mismo Carter en las elecciones de 1980 impidiéndole a este ejercer un segundo mandato. Ronald Reagan fue percibido por diversos sectores como un «outsider» en el ámbito político; sin embargo, a partir de 1967 había asumido ya el cargo de gobernador del estado de California. Con el advenimiento de Ronald Reagan a la presidencia se radicaliza la posición política del gobierno estadounidense en contra del gobierno revolucionario y teocrático de los ayatolas. Pero, de la misma forma se adversó a la República de Irak bajo el mandato de Hussein. Ronald Reagan en todo el período en el que ejerció la presidencia de los Estados Unidos, representó una línea política neoconservadora de gran presencia en el mundo entero, máxime que se asoció con la primera ministra del Reino Unido de entonces (1979-1990), de semejante signo ideológico neoconservador, Margaret Thatcher.

A pesar de que Irán e Irak compartieron un enemigo común en el imperio estadounidense, de momento no lograban reconstruir completamente las relaciones diplomáticas entre ambos estados. Durante el conflicto, estos países enfrentaron enormes desafíos y tensiones, las cuales dificultaron la reconciliación plena una vez finalizada la guerra. Sin embargo, después de casi diez años de enfrentamientos y una profunda conflagración, Irán e Irak consiguieron establecer un acuerdo, si bien precario en 1988 para poner fin a la guerra. Este acuerdo marcó el fin de la guerra, permitiendo a ambos países poner término a la hostilidad directa, aunque sin haber alcanzado un restablecimiento total de sus vínculos políticos y sociales.

Evolución de las relaciones entre Irán e Irak desde la revolución Islámica hasta la actualidad

-La influencia del partido Baas y el estallido de la guerra Irán-Irak

El partido Baas tomó el control político en Irak en la década de 1960, adoptando una actitud cada vez más combativa respecto a los conflictos fronterizos con Irán. Tras el triunfo de la revolución islámica iraní en 1979, Saddam Hussein, entonces líder iraquí, decidió invadir Irán ese mismo año, motivado tanto por disputas territoriales como por el interés en apoderarse de las zonas petroleras estratégicas ubicadas en territorio iraní. Sin embargo, la situación en el campo de batalla cambió a partir de junio de 1982, cuando el ejército iraní empezó a ganar terreno y logró recuperar todas las áreas que había perdido frente a las fuerzas iraquíes.

-El estancamiento del conflicto y el inicio de una nueva etapa. La normalización de relaciones tras la caída de Saddam Hussein

La guerra entre Irán e Irak se prolongó durante más de ocho años, finalizando en un empate sin un claro vencedor. Posteriormente, las tensiones no cesaron: Irán se opuso abiertamente a la coalición internacional encabezada por Estados Unidos en la guerra del Golfo de 1991 contra Irak, lo que marcó el inicio de una nueva fase en la relación bilateral.

Con la caída de Saddam Hussein en 2003 y el ascenso de facciones chiitas favorables a Irán en el gobierno iraquí, se inició un proceso de normalización en los lazos entre ambos países. A partir de ese momento, Irak permitió la entrada de peregrinos chiitas iraníes a los santuarios sagrados ubicados en territorio iraquí. Un hecho significativo ocurrió en marzo de 2008, cuando el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad realizó la primera visita oficial de un jefe de Estado iraní a Irak desde la revolución islámica de 1979. A su vez, el ex primer ministro iraquí Nouri al-Maliki realizó varias visitas a Irán a partir de 2006, mostrando simpatía por su programa nuclear.

Desde entonces, Irán se ha convertido en el principal socio comercial de Irak y ambos países han establecido una alianza sólida, colaborando estrechamente, especialmente en la lucha contra el Estado Islámico. Este acercamiento se ha visto facilitado por la afinidad religiosa, ya que ambos gobiernos están liderados ahora por musulmanes chiitas. Sin embargo, la creciente injerencia de Teherán en los asuntos internos de Irak ha generado malestar social, desembocando en protestas ciudadanas contra la intervención extranjera y la presencia de milicias respaldadas por Irán, que han llegado incluso a hostigar y atacar a la población civil.

Las causas de la invasión de Estados Unidos e Israel a Irán

Estados Unidos es la potencia militar más poderosa del Planeta. A la vez ha sido una de las naciones económicamente más fuertes y todavía, aunque a duras penas, mantiene esa primacía. Si bien, muchos críticos y analistas cuestionan que lo siga siendo, dado el portentoso desarrollo alcanzado por la República Popular China especialmente en este siglo XXI.

Por otra parte, el desarrollo no significa pura y simplemente crecimiento de la producción apoyada por la tecnología. Está visto que tales indicadores son insuficientes para reflejar el desarrollo de una nación. Ya que una nación puede haber alcanzado un alto crecimiento de su producto nacional bruto (PNB), pero tener sumido en el atraso y la pobreza a una gran parte de su población. Suele ocurrir este fenómeno en los países consumistas y capitalistas que no distribuyen la riqueza que producen. Bien se ha dicho que el mercado, el capitalismo puede tener crecimiento, pero distribuir muy mal la riqueza. Es lo común en el modo capitalista de producción, el mercado crea riqueza, incluso puede estimular la riqueza excesiva, pero se muestra incompetente para distribuir el producto socialmente creado.

El economista André Gunder Frank fue uno de los que insistió más en que el capitalismo es un sistema concentrador del producto social y por lo tanto, generador de una vasta desigualdad y también va dejando como sucedáneo pobreza y pobreza extrema. “El desarrollo del subdesarrollo” bautizó Gunder Frank al capitalismo de los países más pobres y atrasados del planeta.

Por otra parte, el capitalismo, como se sabe desde los estudios del teórico marxista alemán Rudolf Hilferding (léase su obra Das Finazkapital, publicada por vez primera en Viena en 1910), después de alcanzar una fase muy elevada de producción a base de capital industrial, pasa a una nueva fase en virtud de la cual se produce la fusión del capital bancario con el capital industrial, que da como resultado la creación de un nuevo tipo de capital: el capital financiero. Quiere esto decir que, los grandes jefes de las industrias fusionadas entre sí se convierten al mismo tiempo en los mandamases de los grandes bancos y viceversa.

Tal fusión deriva en la creación de este nuevo tipo de Capital, propio del capitalismo maduro que se conoce como capital financiero. De esta manera, del capitalismo liberal, competitivo y pluralista, se pasa al capital monopolista, superconcentrador de las ganancias y los capitales que, para continuar creciendo y desarrollarse, no le basta con mantenerse en los linderos del país donde se originó, sino que su destino es migrar constantemente allende sus fronteras para así explotar los recursos y materias primas de todas las naciones, hasta en los últimos confines de la tierra. Para seguir incrementando la cuota de plusvalía o ganancia, no respeta fronteras, ni legislación, ni cultura nacional alguna. Se transforma en un tipo de capitalismo avasallador y destructivo de la soberanía de las naciones. Es en esas condiciones en donde los dueños de los grandes bancos, que son los mismos dueños de empresas monopolísticas, se alían a la vez con los dueños de la industria armamentística, la cual aparece por todas partes, provocando invasiones por doquier y creando guerras, cada vez que lo considere necesario para explotar los recursos ajenos. Esta es una nueva dinámica, la dinámica del capitalismo monopolista.

Trump es uno de los exponentes más genuinos de un gobernante al servicio de este tipo de capital monopólico, como lo fue Hitler, motor de la segunda guerra mundial en el siglo pasado. En general, los gobernantes estadounidenses y de otros países representantes del capitalismo avanzado -ora en competencia despiadada, ora en alianzas siniestras- han venido denotando ese tipo de comportamiento colonial primero, neocolonial después. En términos generales, esto es lo que ocurre hoy en el medio oriente, en cuyos lares los gobernantes de los Estados Unidos se aliaron con su socio Israel, para amparar la supremacía creada y mantener la hegemonía regional. Tal es la lógica del capital monopolista de Estado, representada muy bien por Donald Trump y su vasallo Netanyahu, quienes han puesto todos los enormes recursos de sus países al servicio de los grandes monopolios y la supremacía belicista.

Hoy uno de sus verdugos no es otro que Irán, el tercer país con mayor existencia de recursos petrolíferos del mundo, apetecido por las grandes potencias, la principal de ellas hoy por hoy son los Estados Unidos.

Debate internacional analizará el papel de América Latina en la recomposición geopolítica mundial

Diversas instituciones académicas y centros de estudio convocan al debate político internacional titulado “Latinoamérica en la encrucijada de la recomposición geopolítica mundial”, espacio de análisis que reunirá especialistas de América Latina y España para reflexionar sobre los cambios en el escenario internacional y sus implicaciones para la región.

La actividad es organizada por la Universidad Braulio Carrillo de Costa Rica, la Universidad Interamericana de Educación a Distancia de Panamá, el Centro Iberoamericano de Ciencias Políticas y Estudios Sociales y el CENIEF-UPF (Universidad Paulo Freire).

El encuentro busca propiciar un diálogo académico sobre las transformaciones del orden mundial, las tensiones geopolíticas emergentes y el lugar que América Latina ocupa en este contexto de reconfiguración internacional.

Participación de especialistas internacionales

El debate será dirigido por el Dr. Eugenio Trejos (Costa Rica) y contará con la participación de especialistas de varios países:

  • Ing. Agustín Jarquín (Nicaragua)
  • Dr. Álvaro Ramos (Costa Rica)
  • Coronel retirado Luis Alberto Villamarín (Colombia)
  • Maestra Alba Rosa Pastora (Nicaragua)
  • Dr. Julián Chávez P. (España)

Las intervenciones abordarán perspectivas políticas, económicas y estratégicas sobre la situación internacional, así como los desafíos que enfrentan los países latinoamericanos en un escenario global caracterizado por tensiones geopolíticas, reconfiguración de alianzas y transformaciones en el sistema internacional.

Actividad virtual y abierta al público

El debate se realizará el miércoles 4 de marzo a las 12:00 del mediodía (hora de Costa Rica) en modalidad virtual.

La participación es gratuita, con acceso mediante inscripción previa.

Enlace para Inscripción

Guerra en el Medio Oriente

Edición de Juan Carlos Cruz-Barrientos

  • No es una guerra por la bomba: es una disputa por hegemonía regional y reconfiguración del poder en Oriente Medio.
  • Irán es pieza clave en la pugna global entre una primacía occidental en crisis y el ascenso de China.
  • La narrativa del “ataque preventivo” y la “liberación” reproduce el libreto que precedió a Irak, Libia y Afganistán.
  • El derecho internacional queda subordinado a la lógica de la fuerza y a la política de hechos consumados.
  • El conflicto abre un escenario de alto riesgo: escalada regional, presión sobre el estrecho de Ormuz y efectos económicos globales.

El 2 de marzo, el programa La Base dedicó una emisión monográfica a la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, tras los bombardeos coordinados que marcaron un salto cualitativo en la confrontación regional. Más allá del recuento de hechos, el análisis presentado apunta a una reconfiguración profunda del equilibrio de poder en Oriente Medio y a un momento de inflexión en el orden internacional.

La ofensiva, bautizada como “Furia Épica” por el Comando Central estadounidense y “Rugido del León” por el gobierno israelí, comenzó en la madrugada del 1 de marzo bajo órdenes directas de la Casa Blanca. El objetivo formal fue desmantelar capacidades nucleares y militares iraníes. Sin embargo, la operación fue más ambiciosa: incluyó el bombardeo de la residencia del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, cuya muerte fue confirmada horas después, así como la eliminación de varios miembros de la cúpula militar, entre ellos el jefe del Estado Mayor y el comandante de la Guardia Revolucionaria. En términos estratégicos, se trató de una operación de “decapitación” orientada a provocar un colapso del mando político y militar iraní.

El despliegue fue masivo. Israel reconoció el lanzamiento de alrededor de 100 bombas, mientras que Estados Unidos habría empleado más de un millar de proyectiles contra infraestructuras nucleares, centros de mando, instalaciones de comunicación y capacidades misilísticas. Fuentes citadas en el programa indicaron que la operación llevaba meses planificándose en estrecha coordinación entre Washington y Tel Aviv. El propio presidente Donald Trump declaró que el operativo podría prolongarse durante varias semanas.

La respuesta iraní fue inmediata y regional. Teherán lanzó misiles balísticos y drones contra territorio israelí y contra bases militares estadounidenses en Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Arabia Saudí y Omán. El Comando Central estadounidense confirmó la muerte de tres militares y varios heridos graves. En Israel se registraron víctimas mortales y daños en zonas urbanas. En paralelo, Hizbulá abrió un frente desde el Líbano. El conflicto dejó de ser un intercambio limitado para convertirse en una guerra de alcance regional.

Uno de los puntos críticos es el estrecho de Ormuz, por donde transita entre el 20% y el 30% del petróleo marítimo mundial y hasta el 15% del gas natural licuado. Irán anunció su intención de restringir el tráfico, lo que disparó las alertas en los mercados energéticos. Un bloqueo sostenido tendría efectos inmediatos sobre los precios globales y la estabilidad económica internacional. En términos geopolíticos, Ormuz se convierte nuevamente en palanca estratégica: una herramienta de presión asimétrica frente a la superioridad aérea occidental.

El programa subrayó tres narrativas utilizadas para justificar la ofensiva. La primera es la amenaza nuclear iraní. Se recordó que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu sostiene desde mediados de los años noventa que Irán estaría “a semanas” de fabricar un arma nuclear. La segunda narrativa apela a la “liberación” del pueblo iraní, con la figura del príncipe Reza Pahlaví, hijo del último Sha, emergiendo desde el exilio como posible referente de transición. La tercera sostiene que la vía diplomática estaba agotada, aunque se señaló que las negociaciones auspiciadas por Omán parecían activas antes del ataque.

Desde el punto de vista estratégico, la operación no puede entenderse solo como una respuesta a un programa nuclear. El análisis planteado en La Base sostiene que los objetivos estadounidenses e israelíes incluían el desmantelamiento del programa de misiles balísticos iraní, la ruptura de su red de alianzas regionales —el llamado “eje de la resistencia”— y la consolidación de un nuevo equilibrio favorable al proyecto israelí en la región. En otras palabras, una redefinición del mapa de poder en Oriente Medio.

La reacción internacional revela las fracturas del sistema global. China condenó el uso de la fuerza y pidió respeto a la soberanía iraní, coordinando posiciones con Rusia. La Unión Europea llamó a la desescalada, pero centró su discurso en exigir a Irán el abandono de sus programas estratégicos, sin condenar explícitamente la ofensiva inicial. Este alineamiento sugiere que, a diferencia de la invasión de Irak en 2003, no hubo fractura visible en el bloque occidental.

En el plano interno iraní, la muerte del líder supremo activó el mecanismo constitucional para la formación de un consejo provisional hasta la elección de un nuevo líder por la Asamblea de Expertos. Sin embargo, el impacto político dependerá de la capacidad del sistema para mantener cohesión frente a la presión externa. Históricamente, las agresiones militares han tendido a fortalecer dinámicas de cierre interno más que a producir cambios de régimen inmediatos.

El escenario abierto en 2026 difiere del de 2025 por un elemento clave: la participación directa y desde el primer momento de Estados Unidos, fijando objetivos estratégicos máximos. La exigencia de desmantelar no solo el programa nuclear, sino también la capacidad de disuasión convencional y las alianzas regionales, equivale a una demanda de rendición estratégica.

En términos estructurales, la guerra pone en cuestión el papel del derecho internacional y de las instituciones multilaterales en un contexto donde las potencias actúan por fuera de marcos negociados. También reactiva un dilema central para los Estados no alineados: la utilidad de desarrollar capacidades de disuasión frente a intervenciones externas.

La evolución del conflicto dependerá de varios factores: la duración de la campaña aérea, la efectividad de las represalias iraníes, la estabilidad del mercado energético y la disposición de actores como China o Rusia a implicarse más allá del plano diplomático. Por ahora, lo que comenzó como un ataque quirúrgico se perfila como una guerra regional con implicaciones globales.

Oriente Medio vuelve a situarse en el centro de la geopolítica mundial, no como escenario periférico, sino como tablero donde se redefine el equilibrio entre hegemonía, disuasión y multipolaridad.

“Trump e Israel también arriesgan mucho con esta locura”

En una entrevista de Sergi Picazo con el periodista Rafel Poch para la revista «Critic», éste plantea una tesis fuerte y coherente: la guerra contra Irán no es un episodio aislado, sino parte de una estrategia más amplia para frenar el declive de la hegemonía estadounidense frente al ascenso de China. Desde esa mirada, los frentes de Venezuela, Ucrania e Irán formarían parte de un mismo conflicto global.

El punto de partida es la idea de que Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, ya no se mueve dentro del marco del derecho internacional, sino bajo una lógica abierta de fuerza. El asesinato de dirigentes enemigos en medio de negociaciones sería la prueba de que las garantías diplomáticas han perdido valor. En ese contexto, instituciones como la Organización de las Naciones Unidas aparecen debilitadas, comparadas incluso con la fallida Sociedad de Naciones. La Corte Penal Internacional y figuras como Francesca Albanese serían ejemplo de esa impotencia frente a conflictos como Gaza.

Según el entrevistado, la clave estructural es el ascenso de China. Occidente esperaba que la integración global subordinara a Pekín, pero ocurrió lo contrario: China se fortaleció, mantuvo su autonomía y expandió su influencia económica sin recurrir a la vía militar. Ante esa pérdida relativa de poder, Washington habría optado por el recurso que aún domina: la superioridad militar. Desde el “pivot to Asia” hasta los aranceles de Trump, la estrategia sería contener a China directa o indirectamente.

En ese marco se inscribe Ucrania. Ignorar los intereses rusos y ampliar la OTAN habría empujado a Moscú hacia una alianza más estrecha con Pekín. Documentos como los de la RAND Corporation habrían anticipado la estrategia de “sobre extender” a Rusia. Cuando la guerra no produjo la “derrota estratégica” esperada, Estados Unidos habría intentado separar frentes: trasladar parte del peso ucraniano a Europa y concentrarse en Irán, considerado el eslabón más débil del eje China-Rusia-Irán.

Sobre el programa nuclear iraní, el entrevistado sostiene que el problema no es la bomba en sí. Recuerda el acuerdo de 2015, el Plan de Acción Integral Conjunto, abandonado por Trump pese a que establecía límites verificables. Desde esa óptica, el objetivo real sería geopolítico: impedir la consolidación de corredores euroasiáticos donde Irán es pieza clave, tanto energética como logísticamente.

Para Israel, el ataque tendría una dimensión existencial y expansiva. Se menciona incluso la idea del “Gran Israel” y el respaldo ideológico de figuras como Mike Huckabee. En el plano interno estadounidense, la guerra también podría leerse como cálculo político de cara a elecciones de medio mandato.

El texto cuestiona que la demostración de fuerza militar sea señal de fortaleza estratégica. Más bien la presenta como síntoma de un poder en crisis que recurre a la violencia para sostener su posición. Aun así, descarta una invasión terrestre de Irán por el precedente de Irak y por la capacidad iraní de desgaste con misiles y ataques regionales, lo que podría derivar en una guerra ampliada en el Golfo.

China aparece como actor central: Irán es socio energético clave y pieza de la Nueva Ruta de la Seda. Un colapso iraní afectaría directamente a Pekín. Sin embargo, se sugiere que ni China ni Rusia parecen dispuestas a implicarse militarmente de forma directa, lo que dejaría a Irán relativamente aislado.

Finalmente, sobre el dilema de la izquierda frente a un régimen represivo atacado por una potencia extranjera, el entrevistado rechaza que el motivo del ataque sean los derechos humanos y sostiene que el cambio de régimen forzado no es una vía emancipadora. Cita al analista Trita Parsi para señalar que la intervención externa suele cerrar las vías de reforma interna y generar más desesperación.

En conjunto, la entrevista dibuja un escenario de alta inestabilidad: una hegemonía occidental en crisis, instituciones multilaterales debilitadas y un riesgo real de guerra regional con implicaciones globales. Trump e Israel, concluye, estarían apostando fuerte en una jugada que podría reforzarlos políticamente… o volverse en su contra.

Ni amenaza nuclear inminente ni defensa de la libertad

Po r su parte, la analista Olga Rodríguez sostiene que el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán no responde ni a una amenaza nuclear inminente ni a la defensa de la libertad del pueblo iraní, sino a una estrategia de poder mucho más amplia.

Desde el punto de vista jurídico, lo define como un “crimen de agresión” según el derecho internacional. Rechaza la etiqueta de “ataque preventivo” usada por el Gobierno de Benjamín Netanyahu y por parte de la prensa europea, y subraya que Irán no estaba a punto de lanzar un ataque. Recuerda además que Israel sí posee armamento nuclear, mientras que Irán no, y que el argumento de la supuesta bomba iraní es una narrativa que Netanyahu repite desde los años noventa.

Para la periodista, el objetivo real es reforzar la hegemonía regional israelí y consolidar su proyecto colonial, en un contexto marcado por la devastación en Gaza y la expansión sobre territorios palestinos y sirios. Washington, bajo la presidencia de Donald Trump, actuaría como principal respaldo de esa estrategia, entendiendo a Israel como pieza clave para garantizar sus intereses en Oriente Medio. La Unión Europea —con figuras como Kaja Kallas— y potencias como Alemania también aparecen retratadas como alineadas con esa lógica.

Rodríguez sitúa el petróleo y el gas en el centro del conflicto. Irán controla junto a Omán el estratégico estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del comercio mundial de crudo, y posee enormes reservas energéticas, incluido el yacimiento compartido South Pars-North Dome con Catar. Además, es proveedor relevante de China —China— en transacciones que no utilizan el dólar. Según el análisis, Estados Unidos busca asegurar el control de rutas, precios y flujos energéticos, reforzar su moneda y contener la expansión china. En ese marco se insertan también acciones previas contra Venezuela y otras operaciones militares recientes.

El texto establece un paralelismo con la invasión de Irak en 2003, cuando se usó el argumento de las armas de destrucción masiva para justificar una guerra ilegal. Recuerda que en 2015 se firmó un acuerdo nuclear con Irán que fue abandonado por Trump en 2018, pese a que Teherán cumplía con restricciones y supervisión internacional. De hecho, señala que los bombardeos actuales se producen en un momento en que las negociaciones mediadas por Omán mostraban avances, no retrocesos.

También cuestiona la retórica de la “liberación” del pueblo iraní, señalando que ni las intervenciones en Irak, Libia o Afganistán trajeron más derechos ni estabilidad. Advierte que Israel tendría incluso un candidato preferido para un eventual cambio de régimen: Reza Pahlavi, hijo del último Sha, alineado con Tel Aviv.

En cuanto a los riesgos, Rodríguez alerta de una escalada regional de consecuencias imprevisibles: cierre del estrecho de Ormuz, disparada del precio del crudo, mayor fragmentación interna en Irán y expansión del conflicto. Cita al académico iraní Hamid Dabashi, quien interpreta la ofensiva como un intento de provocar división interna y debilitar al país para facilitar la consolidación territorial israelí y un orden regional favorable a sus intereses.

En síntesis, el análisis plantea que la guerra no se explica por seguridad nuclear ni por derechos humanos, sino por hegemonía, recursos estratégicos y reconfiguración del equilibrio global en un contexto de disputa con China y de crisis del orden internacional.

Un escenario de alto riesgo

Las tres miradas coinciden en señalar el paralelismo con Irak en 2003: la construcción de una narrativa sobre armas de destrucción masiva o amenazas inminentes como antesala de una intervención mayor. También comparten escepticismo respecto a la retórica de la “liberación” del pueblo iraní. La experiencia de Irak, Libia o Afganistán demuestra que los cambios de régimen inducidos externamente no han producido estabilidad ni ampliación de derechos.

Existen, no obstante, matices. La Base enfatiza la dimensión militar-operativa y la correlación de fuerzas regional. Poch subraya la crisis estructural de la hegemonía estadounidense y la centralidad del factor chino. Rodríguez pone el foco en la ilegalidad de la ofensiva, la lógica colonial israelí y la disputa por recursos estratégicos.

En conjunto, los tres análisis dibujan un escenario de alto riesgo. El cierre o restricción del estrecho de Ormuz podría disparar los precios del crudo y afectar la economía mundial. Una fragmentación interna iraní podría desestabilizar aún más el Golfo. Y la implicación indirecta de potencias como China o Rusia consolidaría la dimensión global del conflicto.

Más allá de la narrativa nuclear, la guerra parece inscribirse en una transición sistémica: la tensión entre un orden internacional moldeado por la primacía occidental y un mundo cada vez más multipolar. Oriente Medio vuelve a ser el epicentro donde se cruzan hegemonía, energía y disuasión. Lo que está en juego no es solo el equilibrio regional, sino la arquitectura misma del poder global en el siglo XXI.

Fuentes:

  • La guerra del Medio Oriente. La Base 2/3/26
  • El ataque ilegal de Israel y EEUU contra Irán no tiene que ver con el programa nuclear ni con la libertad– Olga Rodríguez. elDiario.es 1/3/26
  • “Trump e Israel también arriesgan mucho con esta locura” Entrevista de Sergi Picazo con Rafael Poch para la revista «Critic»). 02/03/2026

Si se quiere… se puede

Dr. Oscar Aguilar Bulgarelli
Diputado 1982- 1986

En las elecciones de febrero de 1982, como es bien sabido, el Partido Liberación Nacional ganó las elecciones en forma arrolladora, al extremo de elegir 33 diputados a la Asamblea Legislativa. Al frente éramos solo 24 legisladores repartidos así: Coalición Unidad (luego PUSC) 16, Pueblo Unido 4, Movimiento Nacional 1, Acción Democrática Alajuelense 1 y 2 independientes que, por criterios diferentes sobre quien sería el primer jefe de fracción de la Coalición Unidad, desertaron antes del inicio de las sesiones.

Todo parecía indicar que el PLN con sus 33 diputados arrollaría en aquella Asamblea Legislativa contra una oposición aparentemente muy fraccionada, pero no fue así. Desde un principio la fracción de la Unidad señaló su derrotero para aquellos cuatro años: haríamos una oposición responsable, apoyaríamos sin mezquindad aquellos proyectos que fueran para el bien del país, y nos opondríamos férreamente a los que no lo fueran claramente. El diálogo permanente y TRANSPARENTE con el presidente Luis Alberto Monge y la fracción del PLN, así como con las otras fracciones de la Asamblea Legislativa, incluyendo los disidentes, también sería nuestra forma de proceder, siendo el respeto a la prensa y la comunicación abierta, la manera de dar confianza al país sobre nuestro proceder.

El primer jefe de Fracción fue don Rolando Laclé Castro, que supo implementar la efectividad de un dialogo permanente y, desde el principio, fue evidente que no íbamos a permitir que nos “echaran la maquinaria”, como se decía en la jerga de la Asamblea; me tocó conducir la fracción en el segundo año, luego don Danilo Chaverri y don Juan Rafael Rodríguez Calvo se ocuparon de aquella tarea, los cuatro firmes dentro de la línea de acción que nos habíamos propuesto como un equipo con todos los compañeros de fracción, sólidamente unidos, respetando las diferencias de criterios que, como es lógico, tenían que surgir.

Debo reconocer que en don Luis Alberto Monge encontramos un presidente abierto al diálogo y aceptar las diferencias que podían producir crispaciones innecesarias. Así logramos evitar que se aprobaran proyectos como el SEL (Sector de Economía Laboral) altamente inconveniente para los trabajadores, el Convenio Atunero entreguista de nuestra riqueza pesquera e irrespetuoso de nuestros derechos en las famosas doscientas millas de mar patrimonial que define la zona económica exclusiva (ZEE), la construcción de un oleoducto altamente contaminante y también la ley de minería, estos últimos con una enorme presión de la Embajada de los Estados Unidos; proyectos para la aprobación de nuevos impuestos, denunciamos el desfalco de 450 millones de colones de aquella época ($12 millones aproximadamente) en la Comisión Nacional de Emergencias y promovimos la ley que la reformó. Personalmente acusé al presidente Monge de faltar a su deber de información a la prensa, al ocultar un informe negativo sobre el sector agropecuario y, por primera vez en la Historia, un presidente era llevado con un Recurso de Amparo ante la Corte Plena, que me dio la razón, esto sentó un precedente importantísimo en nuestra vida institucional. Y ni que decir de las denuncias que hicimos por la entrega del territorio nacional a fuerzas militares extranjeras que peleaban contra el sandinismo apoyadas por los marines de Estados Unido; hoy alguien con un ataque de palurdismo servil quiere crear bases militares en Costa Rica, pero quedó demostrado que eso es imposible…pues no tienen los votos suficientes para reformar la Constitución Política.

Mención aparte merece la aprobación de la ley 7035 que, por mociones presentadas por mí, contenía reformas al código penal con severas sanciones para combatir el narcotráfico; esta ley aprobada por unanimidad el 24 de abril de 1986, sufrió el resello presidencial precisamente por esos artículos contra los narcos… el último día de sesiones, lo que nos impidió rechazar el veto; la nueva Asamblea Legislativa lo acogería pocas semanas después.

Pero también contribuimos con nuestros votos para la aprobación de importantes créditos blandos con instituciones internacionales, que vinieran a sofocar la dura situación financiera y presupuestaria que vivía el país; la ley que creó la Universidad EARTH en Guápiles fue promovida por nuestro diputado Rogelio Carazo Paredes y en forma unánime apoyamos la Ley Solidarista que consolida los derechos y rompe los topes de prestaciones laborales, entre otros beneficios. Muchos compañeros de fracción apoyaron la apertura comercial de la Cuenca del Caribe, que implicaba la reforma a una serie de leyes de carácter aduanero especialmente. También promovimos la creación de una Comisión Contra el Narcotráfico, cuando estalló el caso del narcotraficante mexicano Caro Quintero.

Un aspecto que debo mencionar en especial fue la férrea oposición que presentamos ante los intentos de reformar el artículo 132 de la Constitución Política para restablecer la reelección presidencial después de dos periodos, o sea, volver al texto original de la Constitución Política que se había reformado en 1969 para establecer la prohibición absoluta. Los diputados del PLN presentaron la reforma pensando en su gran figura en aquel momento: Daniel Oduber Quirós, a pesar de tener 33 diputados no lograron suman los cinco faltantes. Nuestra oposición fue feroz, y hoy un sicario legislativo del chavismo, presenta un proyecto para que haya reelección indefinida, es decir, dictadura. Pero en aquellos años demostramos que si había la suficiente firmeza honradez y mecanismos legislativos para defender la institucionalidad… y que, si se quiere, se puede.

Así, puede verse como una fracción minoritaria, eso sí con visión país, sólida en su misión y obligación, puede poner su Pica en Flandes y no permitir desmadre alguno, por amplia que sea una mayoría parlamentaria como la del PPSO. Las estrategias parlamentarias son muchas para hacer entender a una mayoría, que no puede hacer lo que le venga en gana, pero que un diálogo efectivo y sobre todo transparente, si hace posible un trabajo serio y honrado en favor del país… si se quiere se puede.

Lo que es inadmisible es que el presidente saliente y, aparentemente ministro entrante, siga con su tesis de quemar puentes en lugar de construir diálogos positivos, al decir que buscará “siete diputados buenos” que se sumen a su gran reforma constitucional que no es, ni más ni menos, que buscar su reelección en el 2030 y que pueda ser continua.

¿Es que nos tenemos que dar por notificados que el ambiente de agresión y crispación que hemos vivido estos cuatro lamentables años, va a continuar? Como hacerle comprender a este individuo que la mayoría de los costarricenses, incluyendo personas que les dieron su voto, estamos hartos de la violencia verbal, del ambiente de pleito prostibulario que ha creado, que defenderemos la Patria y la democracia sin temores ante la influencia casi neofascista que viene de fuera.

Por el momento, acogemos con esperanza la oferta de concordia, diálogo y consenso que ha proclamado doña Laura Fernández que, con ese proceder, encontrará cooperación por Costa Rica; y sepa cortar la cizaña y la mala hierba a tiempo.

Porque está demostrado, que si se quiere… se puede. Si las fracciones del PLN, Frente Amplio y las unipersonales del PUSC y la Coalición actúan con integridad, si todos son buenos costarricenses dispuestos a defender nuestra institucionalidad, no encontrará el rodriguismo los siete malos que ayuden a destruirla… y por ello, estaremos atentos.

Una operación estratégica de alcance aun desconocido

Juan Carlos Cruz Barrientos para SURCOS*

La ofensiva lanzada este 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán marca un punto de inflexión en la crisis de Oriente Medio. No se trata de un episodio más en la prolongada tensión entre Teherán y Tel Aviv, sino de una operación de alcance estratégico que transforma un conflicto de fricción permanente en un escenario de confrontación abierta y regionalizada.

Según las informaciones disponibles, los ataques han tenido como objetivo infraestructura militar y capacidades estratégicas iraníes, con el propósito declarado de debilitar su potencial ofensivo y contener su influencia regional. La respuesta de Teherán no se hizo esperar: lanzamiento de misiles contra territorio israelí y contra instalaciones militares estadounidenses en varios países del Golfo. Este elemento es clave, porque desplaza el conflicto más allá del eje bilateral y lo convierte en un enfrentamiento multinivel.

La extensión geográfica ya es evidente. Se han reportado acciones o alertas en países como Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, donde existen bases militares estadounidenses. Esto implica que cualquier represalia iraní no solo golpea a Israel, sino también a la arquitectura militar occidental desplegada en la región. El conflicto, por tanto, deja de ser localizado y se proyecta sobre todo el sistema de seguridad del Golfo.

Un segundo nivel de riesgo proviene de los actores no estatales aliados de Teherán. Organizaciones como Hezbollah en Líbano y los hutíes en Yemen podrían activar frentes adicionales, abriendo una guerra por delegación que multiplique los focos de violencia. La experiencia de los últimos años demuestra que estas redes tienen capacidad de operar de forma coordinada o autónoma, lo que complica cualquier intento de contención rápida.

El impacto económico global tampoco es menor. Una escalada sostenida pone en riesgo el tránsito energético por el Estrecho de Ormuz, una de las rutas más estratégicas del comercio mundial de hidrocarburos. Cualquier interrupción significativa en ese corredor elevaría los precios del petróleo, afectaría cadenas logísticas y presionaría economías ya tensionadas por la desaceleración global. El cierre parcial de espacios aéreos y la cancelación de vuelos en la región son señales tempranas de esa perturbación sistémica.

En el plano diplomático, la crisis reconfigura posiciones. China ha llamado al cese inmediato de hostilidades, consciente de que su estabilidad energética y sus rutas comerciales dependen en buena medida de la región. Arabia Saudí, por su parte, enfrenta un dilema estratégico: equilibrar su rivalidad histórica con Irán con la necesidad de evitar una guerra total que desestabilice el Golfo.

En términos estratégicos, el alcance de este ataque radica en tres dimensiones. Primero, consolida una confrontación directa entre Estados con capacidad militar significativa, lo que eleva el umbral de riesgo respecto a conflictos previos de baja intensidad. Segundo, internacionaliza el escenario al involucrar bases, alianzas y corredores comerciales vitales. Tercero, introduce una variable de imprevisibilidad asociada a actores armados no estatales que pueden expandir el teatro de operaciones.

La pregunta central ya no es si habrá consecuencias regionales, sino cuán profundas y prolongadas serán. Si la lógica predominante es la de la disuasión limitada, podría abrirse un espacio para la negociación indirecta tras una fase de demostración de fuerza. Pero si se impone la lógica de la represalia acumulativa, Oriente Medio podría ingresar en un ciclo de confrontación abierta con implicaciones económicas y geopolíticas globales.

Estamos, en suma, ante un episodio que rebasa el plano táctico y se instala en el terreno de la disputa estratégica por el equilibrio de poder regional y por la arquitectura de seguridad internacional. Lo que ocurra en los próximos días definirá si esta ofensiva será recordada como un golpe puntual de alto impacto o como el inicio de una nueva fase de guerra extendida en el corazón energético del mundo.

*Resumen basado en varias fuentes.

Cuando el “paraíso verde” empieza a crujir, el territorio habla

Luis Andrés Sanabria Zaniboni

Donde tiembla la narrativa oficial nos lleva al Caribe Sur de Costa Rica y pone en primer plano la experiencia del defensor ambiental Philippe Vangoidsenhoven.

La crónica revela cómo, detrás del discurso de sostenibilidad, operan permisos fragmentados, vacíos normativos y procesos que convierten ecosistemas frágiles en negocios privados. También expone el costo humano de documentar, denunciar y sostener la defensa del territorio frente a intereses económicos consolidados.

Una lectura clave para comprender lo que ocurre cuando la protección ambiental se sostiene desde la soledad y el desgaste cotidiano.

Este es un texto compartido con SURCOS por el autor y el cual puede leer en la revista CASAdeNADIE:

👉 Léela aquí: https://revistacasadenadie.com/donde-tiembla-la-narrativa-oficial-cronicas-desde-el-caribe-sur-de-costa-rica/

Minería ilegal: el nuevo pretexto del viejo extractivismo

Observatorio Bienes Comunes UCR

En medio del debate sobre Crucitas, el ministro de Seguridad Pública afirmó un aumento del 200% en la afectación territorial por minería ilegal. Pero… ¿realmente legalizar minería a cielo abierto resolvería el problema?

En esta nota compartimos algunas claves urgentes: La minería ilegal no es solo “coligalleros”: es una economía criminal conectada a mercados globales.

Legalizar puede facilitar lavado de oro, normalizar el extractivismo y aumentar la presión territorial.

Lo ilegal no se combate con más minería: se combate con Estado, justicia ambiental, trazabilidad y alternativas económicas reales. Nota completa aquí:

https://bienescomunes.fcs.ucr.ac.cr/mineria-ilegal-el-nuevo-pretexto-del-viejo-extractivismo/