Ir al contenido principal

Clorito Picado como modelo de vida

Luko Hilje

Publicado originalmente en el año 2002, en la revista Manejo Integrado de Plagas (No. 64: 1-4), del CATIE.*

Introducción

Se puede decir que en Costa Rica, Clorito Picado tiene una presencia permanente en la vida cotidiana: es Benemérito de la Patria; su imagen aparece en los billetes de dos mil colones; un instituto para la investigación y producción de sueros antiofídicos, una clínica médica y un colegio públicos (el de Turrialba), así como el auditorio principal de la Universidad Nacional (UNA), portan su nombre; en esos lugares y en la Universidad de Costa Rica hay estatuas en su memoria; también llevan su nombre los galardones nacionales anuales en ciencia y tecnología; y hasta se le cita con cierta frecuencia en la prensa, aún casi 60 años después de su muerte, tanto en aspectos científicos, como filosóficos y políticos.

No obstante tal ubicuidad, son pocas las personas que realmente conocen sus múltiples, ricos y profundos aportes. Pero resulta aún más desconocido que Clorito hiciera importantes y pioneras contribuciones en el campo del manejo de plagas, que es lo que nos interesa resaltar en este artículo. Sin embargo, para comprender a cabalidad dichos aportes, es preciso contextualizar a este hombre excepcional, en el tiempo y el ambiente en que le correspondió vivir.

Un esbozo de su vida

El mejor recuento biográfico de Clorito, sumamente ameno por su gran calidad literaria y científica, fue escrito por el Dr. Manuel Picado Chacón, pariente suyo (Picado 1964). Es un texto proveniente del cerebro y mano de un verdadero enciclopedista, pues a la inédita mezcla de microbiólogo y economista que fue, él sumó sus destrezas como pintor, escultor, musicólogo, poeta, cuentista y ensayista. De ahí hemos tomado los datos necesarios para elaborar el siguiente esbozo biográfico.

El diminutivo Clorito, correspondiente al nombre Clodomiro, le fue adjudicado de por vida, debido a su pequeña y frágil complexión. Fue hijo único de un profesor de matemática, Clodomiro Picado Lara, y de la señora Carlota Twight Dengo, hija de don Enrique Twight, escocés y profesor de ciencias. Aunque ambos padres eran costarricenses, Clorito nació en San Marcos, en Jinotepe, el 17 de abril de 1887, pues su padre había sido contratado como profesor en Granada, Nicaragua.

A los tres años de edad regresó con su familia a Cartago, ciudad nativa de sus padres, cuando ya el abuelo había muerto. Sin embargo, los libros que éste dejó, sumados a la exuberante naturaleza de la zona, cuyos misterios lo cautivaron e invitaron a desentrañarlos, precozmente estimularon en él una fuerte inclinación hacia las ciencias naturales. Ahí realizó sus estudios primarios, y los secundarios en el vetusto y célebre Colegio San Luis Gonzaga, aunque para obtener el bachillerato de secundaria debió viajar a San José, la capital del país, al Liceo de Costa Rica. Brillante desde siempre, y cimentada su vocación hacia las ciencias naturales, recién graduado y con apenas 20 años de edad, fue contratado como profesor de dicha materia en el Colegio de su amada ciudad.

Sus sobresalientes méritos intelectuales justificaron que, muy pronto, sus colegas lo postularan para que recibiera una beca del Estado, y fue así como en 1908 partió hacia Francia. Allá obtuvo diplomas superiores en Zoología y Botánica en La Sorbona y, en 1913, el doctorado de la Universidad de París. Aunque su tesis doctoral versó sobre un tema de biología básica, como lo es la fauna asociada con plantas epífitas (“piñuelas” o bromeliáceas) en regiones tropicales, era evidente que tenía inquietudes científicas y sociales más amplias. Y ese mismo año, aún sin haber defendido su tesis doctoral, fue invitado a incorporarse como alumno en el Instituto Pasteur y en el Instituto de Medicina Colonial de París, donde al lado de prominentes sabios realizó estudios de serología, bacteriología y enfermedades tropicales.

Su regreso a Costa Rica, en 1914, marcó el inicio inmediato de la que sería una carrera incesante y fecunda de entrega a su patria y sus semejantes. Desde la dirección del Laboratorio de Análisis Clínicos en el Hospital San Juan de Dios, y después como profesor de enseñanza secundaria y universitaria, demostró ser muy versátil, incursionando en campos tan disímiles como la endocrinología, la hematología, la inmunología, los sueros antiofídicos, varios temas de salud pública, e incluso la agricultura.

Pero, a la vez, lejos del riesgo de ser superficial por abarcar tantos campos, Clorito resultó prolífico no solo por sus originales hallazgos científicos, sino también en soluciones prácticas a problemas cotidianos, ya fueran de salud pública o de producción agrícola. En medio de muy serias limitaciones de infraestructura para hacer ciencia, que él logró paliar gracias a su tenacidad, creatividad e inventiva, consolidó su inmensa obra.

Incluso hoy todavía se argumenta que, en realidad, él fue el descubridor de la penicilina, pues se anticipó al hallazgo del célebre Dr. Alexander Fleming en 1939. Desde 1923, Clorito había observado la destrucción de bacterias causada por sustancias emitidas por hongos del género Penicillium, las cuales aisló, describió y hasta utilizó para curar pacientes, como lo informó en el artículo Vacuna curativa no específica, publicado en 1927 en una revista de la Sociedad de Biología de París, el cual, evidentemente, fue ignorado por la comunidad científica universal.

Asimismo, además de su inmensa labor científica sensu stricto y su vasta producción en revistas científicas nacionales e internacionales, así como sus indisolubles vínculos con la ciencia francesa y universal, Clorito, humilde y noble, no olvidó el deber social de compartir su conocimiento con aquellos semejantes ajenos a los círculos académicos. Fue por ello que escribió con mucha frecuencia sobre temas científicos, siempre con palabras sencillas, tanto en la prensa como en revistas divulgativas.

Pero, en realidad, su compromiso fue mucho más allá. Su mente crítica y escéptica, sumada a su carácter irónico, fuerte, e incluso áspero, lo llevó a tomar, por escrito, posiciones valientes e indoblegables en temas de importancia social y económica, así como de política nacional e internacional; pero también hizo apreciaciones sobre arte y literatura, intereses que supo cultivar desde joven y que acrecentó en su contacto con la refinada cultura francesa, para convertirse así en un verdadero humanista y enciclopedista.

Sin embargo, como era de esperar, la dimensión cívica de Clorito, bastante inusitada en el mundo de las ciencias fácticas, le significó no solamente incomprensión, sino también ofensa y escarnio por parte de algunos detractores, pues contrariaba los convencionalismos de un medio más bien complaciente y anodino, como el costarricense, así como los intereses de ciertos sectores poderosos. Pero nunca se amedrentó. Murió, tras una prolongada enfermedad, el 16 de mayo de 1944, en compañía de su esposa, doña Margarita Umaña, y de su hijo adoptivo Mario Picado Umaña (destacado poeta nacional, ya fallecido). Sin embargo, a pesar de tal enfermedad, nunca dejó de asistir a su laboratorio, e incluso pocos días antes de morir, Clorito aún estaba activo con sus lúcidas opiniones por la prensa.

Por fortuna, para conocer y valorar estos aportes de Clorito, además del libro antes citado (Picado 1964), el cual incluye fragmentos de muchas de sus publicaciones, hoy contamos con un libro de gran valor analítico (Manzanal 1987) y con siete volúmenes de sus Obras completas (Picado 1988); éstas se publicaron para conmemorar el centenario de su nacimiento, gracias al enorme esfuerzo de un discípulo suyo, el Dr. Alfonso Trejos Willis (quien, lamentablemente, murió poco antes de la aparición de los libros), y de la Editorial Tecnológica de Costa Rica.

En lo personal, siempre he sentido una profunda admiración por esa vertiente cívica de Clorito. Por eso creo resumir cabalmente mis sentimientos en las siguientes palabras, publicadas al conmemorarse el centenario de su nacimiento (Hilje 1987): “Buscó un rincón, porque los escenarios mayores y las palestras estaban reservados para otros:  para los que hallaron formas fáciles de vivir a través de la política. Y ese fue un rincón portentoso, prodigioso, desde donde su luz y su voz no cesaron de brillar y resonar. Su silencio fue el del hacedor de ciencia, del creador, del sabio. Su sonoridad, la necesaria para enfrentar con dignidad y sentido de humanidad a los corruptos, los hipócritas, los pusilánimes y los déspotas. No fue, entonces, el científico timorato, presuntamente aséptico, tan común hoy, sino el hombre comprometido -en su amor y vocación por la verdad- con su ciencia y los problemas sociales de su tiempo, con la humanidad. Por eso fue que Clorito se hizo parte de la Patria”.

Sus aportes a la protección vegetal

Uno de los mejores intentos por ponderar la obra plural y multidimensional de Clorito aparece en el último volumen de sus Obras completas (Picado 1988), en el cual varios autores analizan, en artículos separados, dicha obra desde diversos ángulos disciplinarios (fisiopatología tiroidea, serpientes venenosas, salud pública, endocrinología, biología, agricultura, educación superior y literatura). Entre ellos, hay dos de gran interés para los propósitos de este artículo, escritos por un fitopatólogo (Gámez 1988) y un entomólogo (Jirón 1988), quienes identifican y valoran planteamientos y técnicas claramente relacionados con la protección vegetal.

Gámez (1988) se atreve a postular a Clorito como el primer fitopatólogo costarricense, resaltando sus aportes en el conocimiento detallado de enfermedades entonces novedosas, como la “helada” del frijol, debida a bacterias, y la “chasparria” del café, causada por hongos. Pero, sobre todo, destaca que Clorito supo transferir sus conocimientos de microbiología y endocrinología humanas para realizar hallazgos y propuestas muy originales, al demostrar que las plantas podían producir anticuerpos y, en tal medida, se abría la posibilidad de inmunizar los cultivos, para protegerlos contra enfermedades.

En otro campo, en su tesis doctoral ya era evidente el vasto conocimiento entomológico de Clorito, quien incluso descubrió entonces nuevas especies de insectos. A esto sumó sus aportes en el control biológico de las moscas de las frutas (Anastrepha spp.) y de la langosta migratoria Schistocerca piceifrons (= paranensis) (Jirón 1988). En el primer caso, sugirió su combate mediante el parasitoide Doryctobracon (= Diachasma) crawfordi, sobre el cual hizo valiosas observaciones de tipo básico y aplicado. En el segundo caso, realizó aplicaciones exitosas de la bacteria Coccobacillus acridiorum en la región de Guanacaste, para lo cual debió recurrir a su ingenio y hacer adaptaciones del método de inoculación de Herelle a ciertas condiciones de dicha región.

Estos hechos demuestran que a Clorito no le bastó con ser un científico de gran calibre en varios campos de la medicina humana, así como un hombre de refinada cultura y de pluma privilegiada, sino que también hizo aportes en la protección vegetal. Pero quizás lo más importante fue que, más allá de estos aportes concretos y valiosos en el campo de la fitoprotección, convirtió su obra en un modelo fehaciente de la interdependencia y conjunción del conocimiento básico con el aplicado, para contribuir en el desarrollo económico y social de su país. En nuestro ámbito de interés, supo capitalizar su vasto acervo científico para fusionar sabiamente el conocimiento biológico (básico) con el agronómico (aplicado), y así generar opciones tecnológicas que permitieran mejorar la producción agrícola del país.

En mi caso personal, debo mucho a esta figura cardinal que fue Clorito, pues ha dejado su impronta en mi vida. Recuerdo que, cuando comenzaba mi educación secundaria en el Liceo de San José, un día nos llevaron a la inauguración de la Clínica Periférica Dr. Clodomiro Picado, en el cantón de Tibás. A esa edad de adolescente, para mí ese fue un acto sin mayor trascendencia, y más bien largo y monótono, pero ¡cómo ignoraba yo -en medio del aburrimiento y la fatiga- el significado que Clorito tendría en mi vida profesional!

Fue cuando ingresé a la carrera de Biología en la Universidad de Costa Rica, en 1972, que de veras hallé a Clorito, y de manera más bien casual. Aunque afuera del edificio de la Escuela de Biología hay un inmenso busto de Clorito, tampoco había reparado en su vida ni su obra científica. Hasta ese entonces pensaba que yo sería un biólogo “puro”, y no tenía interés alguno en campos aplicados.

Pero fue justamente al tomar el curso de Historia natural de Costa Rica, bastante básico y enriquecedor, que me asignaron escribir una monografía y presentar un seminario. En esos días ayudaba a un hermano mayor que estudiaba Agronomía a preparar su colección entomológica, y me empecé a interesar por los insectos. Como en el patio de mi casa había un árbol de guayaba, del cual obteníamos larvas para criarlas hasta el estadio adulto, pensé que mi trabajo podría versar sobre el gusano de la guayaba (Anastrepha spp.). Cuando planteé el tema a mi profesor, Sergio Salas, me sugirió incluir aspectos de su control biológico, algo sobre lo cual nunca había escuchado nada.

Días después, ya inmerso en la biblioteca buscando información, quedé asombrado: ¡ahí estaba justo lo que buscaba! Hallé un pequeño artículo titulado Historia del gusano de la guayaba (publicado en 1920) que, en palabras sencillas y con abundantes ilustraciones, relataba numerosos aspectos de la historia natural de dichas plagas, así como de su control biológico mediante el parasitoide antes mencionado. Leí y releí ese texto, deslumbrado ante tantas cosas maravillosas y potencialmente útiles para la agricultura. Entusiasmado, en mi casa establecí crías rústicas de las moscas, esperando hallar parasitoides. Y si bien es cierto que nunca los encontré, en aquel momento hallé algo mucho más significativo y profundo: mi vocación definitiva por el manejo de plagas.

Decidí entonces que me especializaría en el manejo de plagas. Pero como en nuestra Escuela, obviamente, no había cursos aplicados, me matriculé en cursos optativos de las facultades de Agronomía y Microbiología, para acercarme así a la formación que deseaba. Y posteriormente, al concluir mi carrera en 1975, tuve la fortuna de obtener una beca de la Organización de Estados Americanos (OEA) para tomar un curso internacional de Control biológico de insectos, por varias semanas, en Tapachula, México. Esto reafirmó mis convicciones y expectativas. Ya después vendría la oportunidad de culminar mis anhelos, al realizar estudios de doctorado en manejo de plagas en el prestigioso campus de Riverside, de la Universidad de California, y regresar a mi patria para ejercer en dicho campo, primero en la UNA y hoy en el CATIE.

Colofón

Con los años, tuve la fortuna de acrecentar mi conocimiento sobre Clorito, al aumentar mis lecturas de su obra, y conocer y conversar con personas que lo trataron de cerca. Entre ellas sobresalió el amado Dr. Trejos Willis, quien fue un cabal discípulo de su maestro, no solo por sus notables aportes científicos, sino también por su honestidad y amor al prójimo, así como por la valentía y gallardía con la que defendió causas plenas de justicia social y de reivindicación nacional.

A su manera, él fue el relevo de su querido mentor. Y, de hecho, conocer a profundidad a don Alfonso fue lo que me inspiró para escribir las siguientes palabras en el artículo antes aludido (Hilje 1987): “Y si bien la figura de Clorito es paradigmática, simbólica, debemos cuidarnos de convertirlo en ícono, en santo acartonado, en mero objeto de ceremonias. Sí debemos portar y avivar en nosotros la pequeña llama de su actitud vital y convertir sus enseñanzas en una forma de vivir, de asumir la vida como científicos y ciudadanos, especialmente en tiempos en que nuestra identidad como pueblo parece desvanecerse entre la manipulación, la indolencia y el desaliento”.

Es decir, el legado científico y cívico de Clorito sigue vivo, y lo estará siempre y cuando sepamos inculcar en las nuevas generaciones de investigadores agrícolas las actitudes que él cultivó en abundancia: el apego a la verdad científica, y la generosidad y compromiso con sus semejantes más humildes.

Referencias

Gámez, R. 1988. Una apreciación de la contribución de Clodomiro Picado a la patología vegetal. In Obras completas (Picado, C.). Vol. 7. Editorial Tecnológica de Costa Rica. Instituto Tecnológico de Costa Rica. Cartago, Costa Rica. p. 159-167.

Hilje, 1987. Donde está Clorito. Semanario Universidad No. 771. 30-IV-87. p. 4.

Jirón, L.F. 1988. El Dr. Clodomiro Picado y la agricultura en Costa Rica. In Obras completas (Picado, C.). Vol. 7. Editorial Tecnológica de Costa Rica. Instituto Tecnológico de Costa Rica. Cartago, Costa Rica. p. 168-171.

Manzanal, S. 1987. Filosofía y ciencia en Clodomiro Picado Twight. Editorial Universidad Estatal a Distancia. San José, Costa Rica. 181 p.

Picado, M. 1964. Vida y obra del doctor Clodomiro Picado T. Editorial Costa Rica. San José, Costa Rica. 286 p.

Picado, C. 1988. Obras completas. 7 v. Editorial Tecnológica de Costa Rica. Instituto Tecnológico de Costa Rica. Cartago, Costa Rica.

* Compartido con SURCOS por el autor.

Foto de cabecera: Semanario Universidad.

Diálogos: Construcción de alternativas de desarrollo (video)

“El camino lo forjamos nosotros y nosotras”

Compartimos el video de Diálogos: «Construcción de alternativas de desarrollo», realizado este pasado jueves 21 de mayo por la maestría en Sociología de la Universidad de Costa Rica.

Se contó con la participación de M.Sc. Sergio Reuben Soto, Dra. Nancy Piedra Guillén, Bach. Sofía Guillén Pérez y Dr. Roberto Ayala Saavedra.

https://youtu.be/0f-XxRVg_Ik

 

Sea parte de SURCOS:
https://surcosdigital.com/suscribirse/

Diálogos: Construcción de alternativas de desarrollo

«El camino lo forjamos nosotros y nosotras»

La Maestría Centroamericana en Sociología, UCR, le invita este jueves 21 de mayo a las 6 p.m. vía Zoom, a Diálogos: Construcción de alternativas de desarrollo.

Se contará con la participación de M.Sc. Sergio Reuben Soto, Dra. Nancy Piedra Guillén, Bach. Sofía Guillén Pérez y Dr. Robero Ayala Saavedra.

 

Sea parte de SURCOS:
https://surcosdigital.com/suscribirse/

Homenaje a un luchador

Manuel Hernández

Este 16 de mayo, lamentablemente, falleció Julio Anguita.

Un hombre que convirtió la política en ética política, transparencia y compromiso con la clase trabajadora.

Renunció a la pensión del cargo de diputado y se acogió a la pensión de educador.

En alguna oportunidad dijo: “La historia no acabará, el mundo no parará”.

La intelectualidad y la clase trabajadora perdió a una persona honrada y consecuente.

Recuerdo q en una intervención sentenció: “La socialdemocracia se convertirá en socialismo liberal”. Así fue.

Los politiquillos criollos deberían verse en el espejo de Julio Anguita.

QDEP

Foto: https://www.libertaddigital.com

Un siglo de vida y de lucha revolucionaria

Alicia Albertazzi Herrera nació el 18 de setiembre de 1918. Hija de José Albertazzi Avendaño, diputado republicano y uno de los impulsores de las Garantías Sociales y el Código de Trabajo, muy cercano al presidente Rafael Ángel Calderón Guardia, director de la Biblioteca Nacional, donde también trabajó Alicia. Su madre fue María Herrera Braun. Su compañero de vida el farmacéutico Fernando Cerdas Mora. Alicia Albertazzi fue comunista desde joven, siempre activa en la labor de procurar ayudas económicas para el partido, destacada labor en la clandestinidad y en medio de la represión después de la guerra civil de 1948, fundadora de la Organización de Mujeres Carmen Lyra (1949), fundadora de la Alianza de Mujeres Costarricenses (AMC) el 15 de setiembre de 1952, redactora del periódico Nuestra Voz (órgano de la AMC), participante de la Federación Democrática Internacional de Mujeres (FDIM), integrante de la Sociedad de Amigos de la Revolución Cubana, participante en la campaña electoral de Acción Democrática Popular (ADP) en 1962 y del Partido Acción Socialista (PASO) en 1970 y 1974, impulsora de las Juntas Progresistas e integrante de la Junta Progresista de Barrio Luján, luchadora por la paz mundial en el Consejo Nacional de Paz y Solidaridad, integrante y activista de la Coalición Pueblo Unido (1978 a 1986), fundadora de la Organización de Mujeres Carmen Lyra (1984), integrante del Comité Central del Partido del Pueblo Costarricense (PPC).

Este es el párrafo inicial de una publicación en homenaje a esta gran mujer costarricense, que José Francisco Alfaro compartió con SURCOS. Puede descargar el documento completo en este enlace:

Desde hace 60 años… Canal 7. Algunas remembranzas

Vladimir de la Cruz

Costa Rica tiene el reconocimiento, entre los muchos que se le hacen a nuestro país, de haber sido uno de los pioneros de la radio en el continente americano.

Entre los primeros intentos de la radio están los del profesor José Fidel Tristán, en la década de 1910 cuando realizó transmisiones de señal de radio, donde vinculó, de colegio a colegio, a jóvenes estudiantes, que no se conocían, y que en la Historia Nacional, llegarían a tener un inmenso papel, a Manuel Mora Valverde y a José Figueres Ferrer.

Luego fue, sin lugar a dudas, la primera transmisión, radiodifusión, en 1920, realizada por Amando Céspedes Marín, que con onda corta y onda larga, en la década de 1920-1930, dio inicio a la radiofonía, con “La Voz de Costa Rica” en el país, mérito que se le ha reconocido con el Benemeritazgo Nacional.

La Televisión ni se pensaba en esos años. Yo nací en 1946 cuando tampoco la televisión se había desarrollado aunque ya se hacían los primeros esfuerzos mundiales por impulsarla, como se hacía también con las computadoras en esos años, primero con fines militares, luego con fines civiles y comerciales.

En mi casa, por este motivo, y era lo usual en Costa Rica, todo mundo se pegaba de la Radio, desde las primeras emisoras “Radio Tibás”, “Alma Tica” antes, “Radio Athenea”, “La Voz del Trópico”, “Radio Faro del Caribe”, la emisora de los religiosos protestantes, que condujo a la “Radio Fides”, de la Iglesia Católica, “Radio Columbia”, la Radio de la Universidad de Costa Rica, a partir de 1950, “Radios Reloj”. En la década del 40 en mi casa se oía “Ecos del 56”, del Partido Vanguardia Popular, y así un sinnúmero de radioemisoras que fueron constituyendo todo el sistema de radioemisoras que hoy funciona en el país, más de 100 emisoras en todo el territorio, con sus radios regionales.

Para la vida política nacional desde mediados de la década del 30 ya se usaba la radio para discursos y debates políticos, como en 1942 cuando José Figueres realizó un discurso radial contra el Gobierno, que le interrumpió su intervención radiofónica, le detuvo y le expulsaron del país, convirtiéndolo en uno de los líderes opositores de esos años finales hasta 1948.

A principios de la década de 1930 se empezó a impulsar el radioteatro, con obras nacionales y en la década de 1940 se desarrollaron los radio noticieros. Recuerdo que en uno de ellos, matutino, que terminaba alrededor de las 8 a.m., a finales de la década del 50 e inicios de la del 60, se leía prácticamente toda la información del periódico La Nación, que se compraba en mi casa, y yo me daba cuenta, que lo que se hacía era leer literalmente el periódico.

También recuerdo radio teatro y radio novelas que se pasaban por la radio…”Los fantasmas de las Cuevas de Virilla”, cuevas que existían dando la vuelta, en la curva, yendo hacia Heredia, después de cruzar en La Pozuelo, antes de llegar al puente del Virilla, o los “Fantasmas del Teatro Nacional”. Eran en mucho, actos de enorme entretención y de reunión familiar. Allí empecé a conocer a Adolfo Herrera García que se decía era uno de los escritores de estas narraciones, que lo hacía para sobrevivir después de la Guerra Civil de 1948.

Toda mi infancia y adolescencia me desarrollé con esta Radio, con esos radio-noticieros, teatros radiales nacionales.

En la década del 60, y parte de la del 70, me hice aficionado a las tardes de Opera, de los sábados, de la Radio Universitaria, y de los programas de zarzuela, y también de su música. En esto quizá había influido una familia que vivía contiguo a nosotros, donde José Antonio Zavaleta, periodista, y su esposa maestra Azihiadé Estrada, cultivaban esas pasiones, junto a sus hijos e hijas, todos ellos estudiosos y muy cultos.

En la década de 1950 se empezaron a realizar los primeros esfuerzos por introducir la televisión en el país, desde el gobierno de Mario Echandi Jiménez. Hubo hasta una discusión política sobre el carácter de esa televisión, si debía ser, como era en Francia, en aquellos años, estatal, o abierta. En el Partido Liberación Nacional había sectores que propiciaban un proyecto nacional cultural de televisión estatal.

En el gobierno de Echandi se estableció finalmente la televisión pública. Allí iniciaron los empresarios René Picado Esquivel y Carlos Manuel Reyes, con quienes se impulsó Teletica, que tenía la frecuencia 7 solo para la capital, después para las 7 Provincias. El 9 de mayo de 1960, se inauguró con emisiones Televisora de Costa Rica Ltda, proyectándose en las 7 provincias de Costa Rica.

La venta de televisores era escasa, escogida y de lujo para quienes podían adquirirlos en esos años. Recuerdo que en el Barrio Luján, donde vivía, al final de la calle 21, una calle ciega en esos años, no se había construido la Clínica Carlos Durán, del Seguro Social, y lo que había era potreros que llegaban hasta Zapote. Tampoco estaban los núcleos habitacionales de Barrio Córdoba, sí estaba la Ciudadela Calderón Muñoz, a un potrero de por medio con mi barrio, con mi calle 21.

En esa calle hubo un Televisor en la sala de una casa, con ventana a la calle. De manera que en la ventana se agolpaba todo el barrio, toda la muchachada. Recuerdo de esas primeras exhibiciones a “Betty Boo”, que fue por mucho tiempo una serie de entretenimiento infantil. Recuerdo de otro barrio cercano, donde visitaba una amiga, en que en una casa había televisor, y se cobraba simbólicamente, un “cinco”, o un “diez”, por ver desde afuera, desde la ventana, los programas.

En 1967 mi madre, con gran sacrificio, pudo comprar una casa en Barrio Córdoba que ya se estaba desarrollando como barriada. Allí terminé viviendo hasta 1973 cuando recién casado emigré.

En mi caso concreto mi madre no pudo comprar televisor hasta principios de 1970. Teníamos otras necesidades económicas. Éramos de la radio y de la lectura en casa. Tenía yo 23 años.

Las Olimpiadas de Roma, en julio de 1970, que coincidieron con las vacaciones universitarias, las pude ver en todo lo que se exhibieron. A partir de allí Canal 7, cuyas instalaciones estaban casi contiguas, al oeste, con la Estación del Ferrocarril al Pacífico, se hizo presente con sus programas en la vida hogareña…hasta hoy.

En esos años estudiaba yo Derecho e Historia. Como estudiante de Derecho litigaba y llegué a tener una Oficina grande, al frente del costado norte del actual Edificio de los Tribunales de Justicia, donde está la Plaza de la Justicia. Allí estábamos entre otros Otto Castro, Nelson Picado, que llegó a ser mi cuñado, y otros, todos estudiantes de Derecho.

Mis abogados padrinos, quienes autenticaban mis escritos, eran Jaime Cerdas Mora y Rodolfo Cerdas Cruz, que tenían sus oficinas en los altos de la Soda la Esmeralda, frente al costado norte de la Catedral. A Jaime también le asistía muchas veces como ayudante de Oficina, como su asistente, donde aprendí muchas cosas de él y de su ejercicio jurídico de la profesión, especialmente del trato con las personas y los clientes.

Como litigante, un día mi amigo, Miguel Sobrado Chaves, militante comunista y en esos años, metido en las luchas campesinas, me pidió que le ayudara a resolver jurídicamente un caso de un campesino de la zona de San Carlos. Le resolví el asunto. Me dijo que el campesino quería saber cuánto costaba el trabajo. Le dije que no, que era una colaboración solidaria con su lucha y además porque él, Miguel, me lo había pedido. Se me ocurrió preguntarle a Miguel que a qué se dedicaba esa persona. Me respondió, que entre sus trabajos recogía animales venenosos para la Universidad de Costa Rica, para el Instituto Clodomiro Picado. Entonces le dije, más en broma que en serio, que como pago, si quería pagarme, me enviara una culebra Boa pequeñita. Sorpresa mía…me llegó la encomienda con la culebrita… chiquita pero brava… arisca. Poco a poco la fui dominando, y nos fuimos haciendo amigos, hasta de lecho, se podía dormir con ella. Una primita mía, Yma Yara, así lo hacía también.

Era yo dirigente estudiantil desde 1967 hasta 1972, del Frente de Acción Universitaria, la organización comunista estudiantil de la Universidad, lo que me daba mucha presencia en la Universidad, en esos días y también fuera de la Universidad. Por esta circunstancia acudí a la Facultad de Medicina, donde tenían, en esos años, un criadero de ratones blancos, grises y negros para experimentación. Eduardo, un biólogo que allí trabajaba, tenía también una Boa. El me facilitó por mucho tiempo la alimentación de mi culebra, que llamé “Anto”, así que Anto creció casi hasta dos metros de largo.

Anto vivía plácidamente en las maceteras de un patiecito interior que teníamos en la casa, de unos 2 x 2 metros, y cuando yo estaba en la casa, pasaba en mi Biblioteca, entre los estanteros de los libros. Tenía un cuarto acondicionado como Biblioteca que recogía los libros de mi madre, gran y extraordinaria lectora, más los que yo iba devorando de adolescente y de estudiante.

Canal 7 había desarrollado sus programas. Algunos con gran impacto público. Carlos Alberto Patiño, había impulsado el programa “El Club Millonario Phillips”, a tempranas horas de la noche. Como parte del Programa retaba al público a que le llevaran cosas y el que llevara la más grande se ganaba un premio.

Así, un día justo en el momento en que mi madre regresaba del trabajo, yo no estaba en ese momento en la casa, prendió el televisor cuando oyó que Patiño solicitaba que llevaran “la culebra más grande”.

Mi madre nunca había tocado la culebra. La respetaba y me dejaba tenerla en la casa. Tal el impacto de la televisión y del programa de Patiño, que mi madre llamó a una vecina, amiga de la familia desde la década del 40, Dina Díez, le dijo lo del Programa y le propuso que llevaran la culebra. A oscuras se metió al patiecito interior, sin haber tocado nunca la culebra, pero “embrujada”, por el llamamiento de Patiño, metió sus manos en la macetera. Encontró a Anto tranquila, la cogió, la metió en una bolsa y se fue con Dina a la televisora en un taxi. Allí la midió, tomándola con las dos manos y estirando la culebra, y comparándola justo con otra que había llevado Eduardo, el biólogo de la Universidad. Y mamá ganó por el tamaño. El premio: un viaje a 8 ciudades de Colombia, con pasaje aéreo, todo pago. Regresó a la casa en taxi. Entró con Dina, justo en el momento en que yo llegaba a la casa unos minutos después, y me las encuentro “gritando” del susto que tenían de haber cogido la culebra y de haberla llevado en ese paseo. Hasta ese momento racionalizaron todo lo que habían hecho. No pasó a más.

El viaje no lo hizo mi madre ni yo. Vendimos el premio del viaje a Colombia y con la plata me compraron un escritorio, que ya necesitaba, de un remate que hacía la Embajada Americana, como lo hacían con frecuencia. Ese escritorio todavía lo tengo… gracias al tamaño de Anto y a Canal 7.

Años después, enero de 1998, estaba yo en mi primera campaña presidencial, candidato del Partido Fuerza Democrática, y ante un debate anunciado, por Canal 7 y La Nación, entre Miguel Ángel Rodríguez y José Miguel Corrales, interpuse un Recurso de Amparo, reclamando mi derecho de participación, a pocos días de las elecciones, debate en el que Canal 7 y La Nación habían hecho una inversión millonaria en la preparación de ese evento. La Sala IV, en un voto redactado por el Magistrado Rodolfo Piza Escalante, me dio la razón. Paró el debate y obligó a que se tomara en cuenta a los otros candidatos. Aquello fue una bomba. El debate no se hizo entre esos candidatos. Tampoco lo hicieron con todos los candidatos. Me llevaron a mí, con ánimo de despedazarme, a un interrogatorio en Televisión, del cual me parece salí bien parado. Resultado de ello, unos días más tarde, el periodista Armando González, que participó en esa entrevista, que dirigía el periódico Al Día, de la empresa de La Nación, me invitó a escribir semanalmente en ese diario, lo que hice prácticamente hasta el año 2008. Desde entonces me desarrollé como articulista semanal de periódicos, en esos días en Al Día, después de mi regreso de Embajador en Venezuela, en La República, hasta hoy, y en otros medios electrónicos, nacionales y extranjeros, donde también colaboro hasta hoy, “La Revistacr.com”, “surcosdigital.com”, “Wall Street International Magazine”…

De aquel debate del 98, de la campaña electoral de 1997-1998, y las siguientes del 2001-2002 y del 2005-2006, puedo decir que don René Picado, con quien había que negociar la pauta publicitaria, que aunque no era mucha para él y su empresa, era mucha y muy cara para nosotros, como Partido, se portó como un gran caballero y ciudadano. Pagábamos con bonos que eran a todas luces un riesgo de cobro y de recuperación económica, excepto en la del 98, que obtuvimos derecho de pago de la llamada deuda electoral porque elegimos tres diputados, José Manuel Núñez, José Merino y Célimo Guido. Incluso me dijo que si no había finalmente plata para honrar los bonos lo tomara como una colaboración de su parte al proceso electoral y democrático nacional.

Cuando en una ocasión llegué al Canal 7, para una entrevista, pasando por uno de los pasillos, vi colgada, en una pared, una foto en la que aparecía mi madre con la culebra Anto en sus manos, en el Programa de Patiño, lo que me emocionó mucho. No se me ocurrió acudir después a pedirla prestada para sacar una copia, y probablemente la deben tener traspapelada o perdida…

Con Canal 7 en estos últimos 10 años he colaborado ocasionalmente en programas, especialmente los que giran alrededor del Noticiero, como “Telenoticias”, “7 Días”, “Buen Día”, invitado como comentarista, analista, a veces en polémicas, o por una pequeña opinión o comentario, sobre diversos temas políticos, internacionales y culturales. Colaboro con todos sus periodistas cuando demandan alguna ayuda informativa o aclarativa de temas históricos. Y seguiré colaborando en ello si eso sirve para una mejor información y formación de los costarricenses que siguen fanática y familiarmente a Canal 7.

Este Canal es parte importante hoy de la vida nacional, en medio de las otras televisoras que compiten con el Canal por la teleaudiencia, con sus diversas programaciones, especialmente con los programas de Noticias.

En mi caso sigo amigo de la Radio, donde participo en inmensa cantidad de programas, urbanos y rurales, gracias muchas veces a exalumnos hoy periodistas, y a las necesidades informativas que me solicitan.

En Radio con la Cámara Nacional de Radio casi tres años colaboré en una nota informativa diaria “Un día como hoy”, en Radio Monumental en el Programa “Así es la cosa”, diariamente, y semanalmente, en “Un viaje por la historia”, ya suspendidos estos programas, en parte, estos últimos, por la Pandemia.

En televisión colaboré con un programa similar, un año completo, de las 7 a las 8 a.m., en Canal 42, de la Extra, con un grupo muy distinguido de colegas universitarios, Argentina Artavia, Rotsay Rosales, Sergio Araya, Gustavo Araya y Daniel Calvo, con la periodista Isabel Espinoza, analizando la política electoral durante el año 2017 hasta las elecciones de febrero de 2018.

Mis felicitaciones a los cumpleañeros de Canal 7, y a la Familia Picado Cozza, especialmente en ese esfuerzo del que han hecho una causa familiar y costarricense… ¡Ah!, y gracias por el escritorio que todavía conservo…

Pérdida de soberanía lingüística

Adriano Corrales Arias*

            Son variadas las personas, colegas, estudiantes, allegados e incluso familiares, quienes utilizan, y de mala manera, el tuteo en su comunicación cotidiana y en las comunicaciones telefónicas y virtuales. Con algunas de ellas he conversado al respecto dado que molesta sobremanera el uso del tú, siendo que nuestra tradición lingüística privilegia el usted y el vos, dependiendo de la cercanía y la intimidad del hablante. Algunas personas comprenden e intentan mejorar, pero muchas se molestan.

            El caso es que el tuteo en nuestra realidad sociocultural se escucha forzado, impostado, ajeno; es a todas luces un uso importado que se procesa de mala manera puesto que no lo interiorizamos a cabalidad, va a contrapelo del uso cotidiano en la “plaza pública” nacional. Lo tremebundo es que nos invade como un virus a través de la publicidad, las caricaturas, las telenovelas, las canciones para adolescentes, de maestros y profesores, de locutores radiofónicos y presentadores televisivos y, no podían faltar, hasta los futbolistas.

            Hay una tendencia, por influencia de los mass media y las redes sociales, a pensar que el uso correcto es el tú y que el usted o el vos son incorrectos; pero se trata, ni más ni menos, de un rasgo sobresaliente de nuestra identidad el cual es una conjugación verbal tan completa como las otras. La gente se confunde en medio de tanta radio y televisión, entre tantos anuncios comerciales que tutean pasándole por encima a la realidad, al decoro y al derecho de los “ticos” de que se les trate y hable tal y como “somos”, es decir, como históricamente nos hemos comunicado. Un pueblo debe ser soberano hasta en el empleo de su manera de hablar.

            Don Alberto “Beto” Cañas Escalante, nos prevenía acerca de que el costarricense no sabe comunicarse por teléfono dado que no guardaba la distancia de rigor con las personas adultas o desconocidas, es decir, menosprecia el uso del usted para demostrar respeto y cortesía, acudiendo al tuteo o, a algo más “tico”, al voseo indiscriminado. Esto continúa sucediendo: somos irrespetuosos y descorteses, no sabemos guardar la distancia social ni etaria en el habla cotidiana. Es falta de respeto vosear a una persona con quien no existe confianza alguna todavía, pero somos excesivamente confianzudos al usar el voseo indistintamente, cuando lo más respetuoso es el uso del “usted”.

            En la anterior administración del ejecutivo la jerarca del Ministerio de Educación Pública inició una campaña al respecto. Yo me alegré muchísimo entonces por la importante iniciativa, pero desconozco si la misma siguió adelante y si se implementó en las aulas, como correspondía. Era un proyecto para promover el uso del “vos”, que es uno de los rasgos identitarios del castellano de Costa Rica, lo que yo llamo el “castetico”. Y es que, insisto, hay personas que piensan que el vos es muy coloquial y creen que es un error o desviación, entonces lo mezclan, confusa y grotescamente, con el tú.

            Tal y como se enseña la segunda persona en singular del actual “español” de Castilla (el tú), es de suma importancia que se enseñe también la conjugación de la segunda personal del singular en el castellano dialectal costarricense (vos), que está validado por nuestra práctica comunicativa dado que proviene de la misma raíz y porque, reitero, está legitimado por la historia de nuestra lengua, de nuestra idiosincracia lingüística. Como lo han expresado algunos estudiosos, lo que escuchamos alrededor es un verdadero galimatías, un criollo “arroz con mango”: “vos sabes” o “tú sabés”, lo cual significa que la contaminación nos inunda desde adentro.

            El costarricense, cada vez es más “tico”, es decir, más poroso, más plástico, en otras palabras, cada vez más aculturado o aculturizado por formas foráneas de expresión que en mucho modelan nuestra manera de ver, comprender e interactuar con el mundo social. En ese sentido se está perdiendo la soberanía lingüística, una significativa porción de nuestra identidad cultural. Nuestro ser (nuestra personalidad, nuestra singularidad, nuestros rasgos identitarios) histórico está cambiando de manera acelerada y violenta con la adquisición de fórmulas extrañas que nos tornan cada vez más insulsos y seriamente globalizados, estandarizados. Nos están convirtiendo en “tabula rasa”.

*Escritor