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Aplaudimos el desastre o buscamos el cambio

Abelardo Morales Gamboa

Termina mayo florido y comienzan las lluvias. Se ha vuelto una costumbre para mí que esa transición me anime a escribir sobre la coyuntura nacional. Esta vez coincide con el inicio de un nuevo gobierno, uno que ha decidido presentarse como el gobierno de la continuidad.

Y, en efecto, la continuidad más visible es la crisis. No una crisis cualquiera, sino una que atraviesa prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional: la desastrosa gestión del Estado y de la institucionalidad pública, la crisis fiscal latente, el estancamiento económico, el deterioro social y la inseguridad ciudadana.

Otro rasgo de continuidad es la permanencia del mismo grupo político en el poder. Con algunas variantes, claro. Ministros convertidos en diputados, diputados trasladados al gabinete, otros enviados a puestos diplomáticos. A ello se suma la incorporación de varios tránsfugas de los viejos partidos políticos. No hay aquí cambio alguno, sino continuidad: figuras que heredan los estilos clientelares, el intercambio de favores, el oportunismo y la corrupción del viejo modelo aparecen ahora como los nuevos reclutas de quienes controlan el gobierno.

Un tercer rasgo de continuidad es la retórica antiinstitucional, acompañada de poses agresivas y pulsiones autoritarias. La semiótica del escándalo sigue siendo la identidad corporativa del gobierno. El grupo en el poder parece invertir más energía en repartir adjetivos que en construir objetivos.

Pero son las tendencias estructurales las que terminan marcando la coyuntura. Omitiré, por consideración a ustedes, lectores y lectoras, otras referencias a la escasa prestancia política de quienes nos gobiernan.

Todas las señales de una grave crisis fiscal amenazan las condiciones de vida de la población costarricense en el futuro inmediato. Sin excepción. Ya lo habían advertido diversos analistas económicos y lo ha reconocido el propio Banco Central. El resultado previsible será más desigualdad y más pobreza, recortes en programas sociales y el desfinanciamiento de actividades estratégicas consideradas prescindibles por la lógica simplificadora de una narrativa pseudopopulista.

La economía no crece, pero la moneda local permanece sobrevaluada. Sin embargo, lejos de encender alarmas, el problema es reducido a meros tecnicismos. Los elevados niveles de consumo de algunos grupos sociales, en particular de altos ingresos, evidencian no solo una distribución profundamente desigual de riqueza, sino también, en ciertos casos, lo que parece ser el endeudamiento, estilos de vida ostentosos y, en muchos otros, la circulación de capitales al margen de las economías legales. La economía se aproxima a una situación crítica, pero seguimos flotando sobre una burbuja. El mercado laboral ha perdido dinamismo, expulsa fuerza de trabajo y ha clausurado posibilidades de ascenso social para trabajadores y trabajadoras, especialmente entre los jóvenes.

El economista agrícola que presidió el país durante los cuatro años anteriores y que ahora se posesiona como superministro, así como su flamante ministro de Hacienda, hoy jefe de fracción oficialista, no supieron cómo —o no quisieron— resolver esa crisis.

Por su parte, una escalada de violencia criminal galopante, impulsada por el crimen organizado, continúa ensañándose con el costarricense común y corriente, aquel que no dispone de escoltas pagados por el presupuesto público. Los ciudadanos seguirán siendo víctimas de aquella sentencia inescrupulosa: “se matan entre ellos”. Víctimas inocentes de una guerra que durante cuatro años no supieron resolver.

La crisis educativa amenaza con sembrar la ignorancia en un pueblo que durante décadas se distinguió por ser uno de los más educados de América Latina. Este gobierno contó con una ministra que se suponía experta internacional en materia educativa; sin embargo, su currículum nunca se tradujo en una ruta capaz de enfrentar la crisis de la educación.

Además, los programas sociales se han estancado porque el gobierno central les retiene el financiamiento. Las familias que dependen de becas, subsidios y pensiones quedan amenazadas por el abandono y la incertidumbre. Nunca hubo jerarcas verdaderamente comprometidos con la defensa del Estado social de derecho; prevalecieron el miedo y la sumisión.

En pocas palabras, esta crisis estructural se amplió y profundizó bajo una mezcla de incapacidad política y falta de voluntad. Más allá de las explicaciones oficiales, el efecto acumulado de las decisiones adoptadas ha sido el debilitamiento de las capacidades públicas del Estado y la apertura de espacios para que instituciones estratégicas —como el ICE, la Caja Costarricense de Seguro Social y los bancos estatales— queden sujetas a crecientes presiones privatizadoras y a los intereses del capital transnacional.

Ni qué decir de la política exterior y de su desatinada gestión. Para mal del país, bajo la amenaza de convertir el servicio diplomático en una especie de trofeo político para pagar favores a financistas, incluso para compensar la complicidad política para el ocultamiento de casos de corrupción y otros posibles graves delitos. Seguiremos siendo -quizás en el menor de los casos- motivo de burla en el sistema internacional, ahora representados diplomáticamente por figuras que no reúnen las capacidades para el ejercicio de las funciones propias del servicio exterior, mucho menos la estatura requerida para representar al país en el cargo de embajadores. No se trata solo de posible corrupción sino de poner en riesgo la imagen internacional del país.

Y, sin embargo, en la continuidad, el gobierno sigue encabezado por un grupo que goza de aplauso popular. Al menos, de una porción significativa de los costarricenses. Ello se explica, entre otras cosas, porque el malestar social no ha sido conducido en búsqueda de cambios estructurales, sino que ha sido capturado emocionalmente por narrativas, escenografías mediáticas y símbolos propios de los neopopulismos del siglo XXI. También porque no ha habido capacidad ni voluntad para entrar seriamente en la disputa del control del campo mediático. Algunos medios de comunicación -y que fueron llamados canallas por ser en apariencia críticos al grupo en el poder- han comenzado a alinearse: eso les depara el pago de parte de la pauta publicitaria del gobierno.

Los grupos vinculados a ciertas iglesias, al neoconservadurismo protestante y a sectores del catolicismo llenan con discursos moralizantes y seudorreligiosos los vacíos de contenido cívico y cultural que hoy dificultan la construcción de proyectos políticos transformadores, al menos en el corto plazo. También su oportunismo es evidente: sacan réditos políticos de la crisis de la política social y del recorte de financiamiento a programas sociales. La alianza con el grupo en el gobierno no es solo por interés político u oportunismo religioso, también responde a cálculos clientelares.

También el empresariado ha decidido apostar sus cartas al grupo gobernante y poco parece importarle el oscuro panorama económico y fiscal, la ruina de la producción nacional, la quiebra de empresas o su fuga hacia otros destinos. Su silencio no parece explicarse únicamente por miedo; también da la impresión de responder a un cálculo político.

Todas estas crisis, así como los nuevos e inevitables riesgos políticos que ella entraña, evidencian la declinación del viejo modelo de hegemonía, una reconfiguración de las relaciones de poder y la pérdida de capacidad de dirección por parte de los viejos partidos, sus élites y sus cuadros dirigentes.

Este grupo, carente de dirección, sin proyecto político y aún menos capacidad para responder a los problemas aquí enumerados, apenas ocupa ese vacío. Pero lo hace con materiales tan precarios que el suelo sobre el que todos caminamos se vuelve cada vez más inestable.

La capacidad de resistencia política y social ha comenzado a manifestarse. Esa es una buena señal. Sin embargo, como ocurrió durante los cuatro años anteriores, aparece de forma intermitente, con compromisos limitados y entusiasmo insuficiente. Su conducción sigue siendo débil debido, especialmente, a la escasa voluntad de construir acuerdos y avanzar hacia una unidad estratégica que no se limite a las corporaciones sindicales o académicas, sino que incorpore de manera más amplia a la sociedad civil.

La esperanza debe seguir puesta en un despertar cívico, en esa identidad costarricense arraigada en el valor de las instituciones, los acuerdos y el respeto a las leyes. Pero eso no surge por arte de magia: hay que construirlo y requiere esfuerzo, constancia y trabajo. Así fue como este país logró sobrevivir frente a las dictaduras y los autoritarismos que históricamente lo amenazaron.

Será por ese camino, mediante una identidad costarricense que debe ser reinventada, y nunca por los acantilados del fascismo y las autocracias, que los costarricenses podremos conversar, negociar y concertar soluciones cívicas a nuestros problemas comunes. Con democracia participativa y no con autoritarismos verticales.

Nota editorial: La ilustración corresponde a una obra del pintor costarricense Ricardo Ávila.

La competitividad de los cantones en el 2025: los reiterados bajos niveles de los cantones costeros, fronterizos y rurales

German Masís

La versión del Índice de Competitividad Nacional 2025 muestra una mejora de 1,7 puntos respecto a 2024, un resultado positivo, pero no estructural. El avance se concentra en telecomunicaciones y digitalización, mientras que las áreas más determinantes para el bienestar —seguridad, salud y educación— se han deteriorado o estancado.

Este crecimiento, por tanto, no puede interpretarse como un logro del gobierno de turno, sino como el resultado acumulado de políticas de largo aliento y de la inversión privada en infraestructura digital. La recuperación del índice es frágil, desigual y territorialmente concentrada.

Tras cinco ediciones del ICN, los hallazgos son claros: 1. Costa Rica tiene una competitividad baja y estable, sin variaciones estructurales significativas. 2. La desigualdad territorial es persistente: las regiones costeras y fronterizas siguen rezagadas en salud, educación y empleo. 3. La seguridad es el principal obstáculo al desarrollo territorial y la inversión. 4. La infraestructura eléctrica y vial encarece la operación productiva, limitando el crecimiento de las PYMEs. 5. La digitalización es la mayor fortaleza nacional, pero su impacto será limitado si no se acompaña de mejoras en el capital humano.

Las desigualdades territoriales muestran un país de dos velocidades, la competitividad costarricense se comporta como un sistema dual. Por un lado, los cantones del Gran Área Metropolitana (GAM) mantienen niveles de desempeño por encima del promedio nacional; por otro, los cantones costeros y fronterizos continúan rezagados y estancados.

La GAM concentra el 80% de los cantones con mejora sostenida, mientras que las costas apenas muestran cambios. En los cantones costeros, la baja competitividad se asocia con déficits en infraestructura, seguridad y acceso a la educación técnica, factores que dificultan atraer inversión y generar empleo formal.

Por provincia, el contraste es aún más marcado. Heredia, Cartago y San José se consolidan como polos competitivos, mientras que Guanacaste y Puntarenas acumulan los mayores rezagos. En Guanacaste, el ICN cayó por segundo año consecutivo, impulsado por un deterioro en salud y en el sector construcción. Su tasa de mortalidad infantil pasó de 7,4 a 12,1 por mil nacidos entre 2023 y 2024, un salto sin precedentes en el país.

Mientras tanto, los cantones con mayor pérdida de competitividad (San José, Nicoya, Nandayure, Bagaces y Coto Brus) concentran los efectos de la inseguridad, el desempleo y el aumento del costo de vida.

La educación presenta una doble realidad: avances cuantitativos, pero persistencia de brechas cualitativas y territoriales, siete de cada diez jóvenes en cantones rezagados —como Matina, Garabito, Talamanca, Los Chiles y Río Cuarto— no han terminado el colegio. (CPC, Resumen Ejecutivo del índice de la Competitividad Nacional 2025).

La competitividad costarricense tiene rostro territorial: avanza en el centro, se estanca en las costas. Esa afirmación se constata al observar que de los 25 cantones, que tienen el menor índice de competitividad nacional, 24 son de las regiones periféricas y sólo 1 se encuentra en la GAM., mientras que de los 24 cantones periféricos, 9 son costeros, 7 son fronterizos y 8 son rurales, destacando Garabito que es el cantón de menor índice de los 82 cantones (en el índice anterior era Talamanca) y entre los 10 de menor índice, están en orden descendente: Los Chiles, Buenos Aires, Jiménez, Talamanca, Corredores, Abangares, Guatuso, La Cruz, Coto Brus y Garabito, de los cuales 3 son de la región Brunca, 2 de la región Huetar Norte, 2 de la región Chorotega y 1 de las regiones Atlántica, Pacífico Central y Central.

Muchos de los cantones mencionados de las regiones periféricas también, están entre los 10 de menores índices por pilar o componente, así en el pilar de Instituciones o desarrollo institucional, Garabito es el de menor índice, seguido de la Cruz, Golfito, Quepos, Guácimo, Siquirres, Puntarenas, Bagaces, Nicoya y Osa, mientras que en el pilar de Infraestructura, el menor índice lo tiene Guatuso, seguido de Upala, Coto Brus, Jiménez, Alvarado, Abangares, León Cortéz, Nandayure, los Chiles y Buenos Aires.

En tanto en acceso a las TICs, Talamanca tiene el menor índice, seguido de Siquirres, los Chiles, Buenos Aires, Coto Brus, Matina, Nandayure, Sarapiquí, Upala Y Bagaces, en el pilar Salud, el de menor índice es Limón, seguido por Coto Brus, Turrialba, Corredores, Garabito, La Cruz, Dota, Zarcero, Bagaces y Golfito y finalmente en el pilar de Dinamismo de mercados, el de menor índice es Guatuso, seguido por Osa, Aserrí, Quepos, Parrita, Montes de oro, Hojancha, La Cruz, Turrubares y Coto Brus.

Este fenómeno de los menores índices de competitividad en cantones costeros, fronterizos y rurales ha sido señalado en los informes anteriores del Índice de Competitividad Nacional, así en el del 2023, la mayoría de los cantones con desempeño limitado o deficiente, formaban parte de los cantones costeros y fronterizos. Entre los considerados deficientes, 4 eran de Puntarenas y de la región Central y Brunca, 3 de Alajuela y la región Huetar Norte, 2 de Limón y la región Huetar Atlántica, y 1 de Heredia y la Huetar Norte, 1 de Guanacaste y la región Chorotega. (Masís, G, SURCOS Digital, enero,2024)

Igual que ahora, la medición del ICN, evidenciaba una marcada distinción entre cantones centrales y periféricos del país, que “sigue un patrón de adentro hacia afuera” al igual que la mayoría de los indicadores de progreso o desarrollo social. Esa es la realidad de las desigualdades en la competitividad de los cantones y las regiones del país, que es persistente y se confirma en el informe más reciente.

Imagen tomada de https://icn.cr/wp-content/uploads/2025/11/RESUMEN-EJECUTIVO-ICN-2025.pdf

Eureka: Ni Panini, ni Tucídides, ni Star Wars. La Tecnocracia como Nuevo Imperio

Por: Moisés Roberto Escobar
Investigador asociado de FUDECEN
Miembro de la junta directiva del Colegio de Profesionales de El Salvador
Ciudad Arce, El Salvador, mayo 2026

Vivimos una paradoja histórica: estamos en un cambio de era y, simultáneamente, en una era de cambios vertiginosos. Si Tucídides, el historiador griego que describió la guerra del Peloponeso, o George Lucas con su saga de Star Wars, pudieran observar el presente, probablemente no reconocerían el campo de batalla. Tampoco lo haría el coleccionista de álbumes de Panini, quien alguna vez creyó que reunía figuras de papel, ignorando que hoy somos nosotros los «stickers» que se coleccionan, se empaquetan y se venden.

Nos encontramos cruzando el umbral crítico desde las democracias analógicas —o, más honestamente, las plutocracias de la era industrial— hacia un nuevo régimen: la tecnocracia. Y ojo, no es una utopía liberadora; es, con frecuencia, otra forma de plutocracia, pero digitalizada.

Como sostiene la filósofa Carissa Véliz, estamos ante una desestabilización intencionada de los sistemas de gobierno de los últimos 200 años. La democracia, en sus múltiples estadíos, desde la planificación estatal hasta el libre mercado, ha sido siempre una configuración de asimetrías de poder. Ya fueran los mercaderes, los banqueros, los militares o los extremistas religiosos, la historia nos muestra que el poder siempre tiende a concentrarse en manos de una élite.

La novedad del hoy y del ágora es que: nos mudamos de lo análogo a lo digital.

Una contemporaneidad que radica en la velocidad y la naturaleza de esta transición. La tecnocracia ha logrado en menos de 70 años lo que a las democracias tradicionales les tomó dos siglos: una masificación sutil, omnisciente y omnipresente. Esta transformación no ha sido ruidosa; ha sido subversivamente tácita, sublime y, paradójicamente, atractiva. Ya no nos dirigen solo con leyes o ejércitos; nos dirigen mediante algoritmos, bases de datos y discursos diseñados para incidir en cada colectivo. Nuestros pensamientos, miedos y deseos son extraídos, almacenados y manipulado para incidir en el comportamiento social a escala global.

Esta era de cambios, sin embargo, es también una continuidad de las luchas análogas. La velocidad de la transformación es brutal, pero la necesidad humana de pensamiento crítico, divergencia y solidaridad permanece intacta. No se trata de una utopía inalcanzable, sino de una necesidad urgente de paz y bienestar común. La lucha ya no es solo por el voto o la calle, sino por la soberanía de nuestros datos y la integridad de nuestra conciencia.

La realidad centroamericana: Datos sin soberanía En nuestra región, esta transición tiene matices críticos. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y reportes de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), aunque la conectividad móvil en Centroamérica ha crecido más del 100% en la última década, la soberanía de datos es casi inexistente. Más del 90% de los datos generados por ciudadanos de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica residen en servidores de empresas extranjeras, fuera de cualquier marco legal regional.

Además, la transición digital se presenta como un fenómeno marcadamente desigual, donde coexisten la hiperconectividad del consumo con profundas exclusiones estructurales. Según datos del sector, mientras el promedio global es de casi siete cuentas de redes sociales por persona, en el istmo la adopción digital se vuelca de manera masiva pero pasiva hacia plataformas como Facebook y TikTok, convirtiendo a las poblaciones en consumidoras de narrativas y exportadoras netas de datos, sin una verdadera soberanía tecnológica.

En El Salvador, la digitalización se ha acelerado con la implementación de billeteras digitales y la digitalización de trámites, pero esto ha creado una dependencia total de la infraestructura tecnológica externa. En Guatemala y Honduras, la falta de leyes robustas de protección de datos personales deja a los ciudadanos vulnerables a la extracción masiva de información por parte de corporaciones tecnológicas que operan sin regulación local. Como señala el Observatorio de la Sociedad de la Información de Centroamérica, la región es un «laboratorio de exportación»: sus patrones de consumo, opiniones políticas y datos biométricos son procesados en Silicon Valley, Europa o Asia, y los resultados se devuelven como publicidad o influencia política.

Esta era de cambios es, paradójicamente, una continuidad histórica acelerada. Las transformaciones actuales ocurren con una celeridad y brusquedad inéditas, alterando la percepción del tiempo y de la soberanía individual. La gobernanza digital ha sofisticado la asimetría del poder, convirtiendo el dato en el activo más valioso del nuevo capitalismo de vigilancia.

Ante este panorama, la resistencia sigue siendo profundamente humana y análoga. Hoy más que nunca cobra vigencia la urgencia del pensamiento crítico, el valor de la divergencia y la necesidad absoluta de colectivizarnos desde la solidaridad y el bien común. Desafiar el determinismo tecnológico no es una utopía romántica; es una necesidad biológica, económica y política para preservar la paz y la dignidad en los albores de este nuevo siglo.

Por ello, antes de resignarnos a ser meros nodos en una red ajena, debemos retomar la lectura de Véliz y, sobre todo, volver a nuestra propia consciencia. La verdadera revolución no ocurrirá en los servidores de Silicon Valley, sino en la capacidad de transformarnos y reivindicar nuestra humanidad. Necesitamos ser Ubuntu: «yo soy porque nosotros somos». En un mundo donde la tecnología intenta fragmentarnos para controlarnos mejor, la solidaridad es nuestro acto de resistencia más poderoso.

Aplaudamos, apapachemos y despertemos esa consciencia proactiva. El futuro no está escrito en código binario; está en nuestras manos y en nuestra capacidad de recordarnos que, al final del día, seguimos siendo humanos.

Acá la brillante claridad narrativa se Véliz: https://ethic.es/entrevistas/entrevista-carissa-veliz/?brid=YWdncwG-AbN79d0LBwGTKghmz6c7

Hidrógeno verde: promesa y desafío

Dr. Héctor Hugo Riojas González*

En distintos puntos del mundo, desde los parques eólicos del norte de Europa hasta las extensas zonas solares de América Latina, el hidrógeno verde comienza a posicionarse como una de las principales apuestas dentro de la transición energética global. Gobiernos, industrias y centros de investigación observan con creciente interés una tecnología que promete reducir emisiones contaminantes y ofrecer nuevas alternativas para sectores donde la electrificación convencional aún presenta limitaciones.

Aunque el hidrógeno es el elemento más abundante del universo, producirlo de manera limpia y eficiente continúa siendo uno de los grandes desafíos tecnológicos actuales. Su importancia radica en su capacidad para funcionar como vector energético, permitiendo almacenar y transportar energía que posteriormente puede utilizarse en procesos industriales, sistemas eléctricos o medios de transporte.

En medio de la presión internacional por disminuir las emisiones de carbono y cumplir metas climáticas, el hidrógeno verde aparece como una alternativa estratégica para avanzar hacia sistemas energéticos más sostenibles.

Tecnologías de producción

Uno de los métodos más estudiados para producir hidrógeno es la electrólisis del agua, un proceso en el que la electricidad separa las moléculas de agua en hidrógeno y oxígeno. Sin embargo, el impacto ambiental de esta tecnología depende directamente de la fuente eléctrica utilizada durante el proceso.

Cuando la electricidad proviene de combustibles fósiles, los beneficios ambientales disminuyen considerablemente. En cambio, cuando se utilizan fuentes renovables como energía solar o eólica, se obtiene el denominado hidrógeno verde, considerado actualmente como una de las opciones más prometedoras para la descarbonización industrial y energética.

Actualmente existen diversas tecnologías de electrólisis que buscan mejorar la eficiencia y reducir costos:

  • Sistemas alcalinos, ampliamente utilizados debido a su madurez tecnológica y menores costos operativos.

  • Electrolizadores PEM (Proton Exchange Membrane), reconocidos por su mayor flexibilidad y capacidad de operar con energías renovables variables.

  • Tecnologías de óxido sólido, aún en desarrollo, pero con potencial para alcanzar altos niveles de eficiencia energética.

El avance de estas tecnologías ha impulsado inversiones internacionales y programas de investigación destinados a acelerar la producción de hidrógeno limpio a gran escala.

Aplicaciones industriales y energéticas

El interés por el hidrógeno no se limita al ámbito experimental. Actualmente ya existen aplicaciones concretas en distintos sectores industriales y energéticos.

En el transporte, diversos países desarrollan vehículos impulsados mediante celdas de combustible, especialmente en sistemas de carga pesada y transporte de larga distancia. En la industria, el hidrógeno aparece como una alternativa para reducir emisiones en procesos altamente contaminantes, como la producción de acero, fertilizantes y amoníaco.

Otra de sus aplicaciones más relevantes es el almacenamiento energético. El hidrógeno puede almacenar excedentes de electricidad generados por fuentes renovables y utilizarlos posteriormente como respaldo para sistemas eléctricos, un aspecto considerado clave frente a la intermitencia de tecnologías como la solar y la eólica.

Gracias a esta versatilidad, especialistas consideran que el hidrógeno podría desempeñar un papel importante dentro de la futura matriz energética mundial.

Los desafíos de la nueva industria

Pese al creciente optimismo, el desarrollo del hidrógeno verde aún enfrenta obstáculos técnicos y económicos importantes.

Uno de los principales desafíos es el elevado consumo energético requerido para producir hidrógeno mediante electrólisis. A esto se suma la necesidad de grandes volúmenes de agua y de infraestructura especializada para almacenamiento, transporte y distribución, aspectos que todavía presentan limitaciones en muchas regiones del mundo.

Los costos de implementación continúan siendo superiores frente a otras tecnologías energéticas ya consolidadas, lo que representa una barrera para su expansión masiva. Además, algunos especialistas advierten que el éxito del hidrógeno dependerá de la capacidad de generar suficiente electricidad renovable sin comprometer otros sectores energéticos.

En paralelo, también existe debate sobre qué aplicaciones realmente justificarán el uso del hidrógeno frente a alternativas como las baterías eléctricas.

Perspectivas hacia la transición energética

A pesar de los desafíos, distintos organismos internacionales coinciden en que el hidrógeno tendrá un rol relevante dentro de los sistemas energéticos del futuro, especialmente en sectores difíciles de electrificar directamente.

Europa, Japón y varios países latinoamericanos han comenzado a destinar inversiones millonarias para desarrollar proyectos de producción, almacenamiento y exportación de hidrógeno verde. Chile, por ejemplo, ha sido identificado como uno de los territorios con mayor potencial debido a sus condiciones privilegiadas para la generación solar y eólica.

No obstante, especialistas consideran que el hidrógeno probablemente funcionará como una tecnología complementaria dentro de la transición energética y no como un reemplazo absoluto de otras fuentes de energía.

Por ahora, el hidrógeno verde continúa avanzando entre promesas tecnológicas, inversiones internacionales y desafíos aún no resueltos. Lo que ocurra durante los próximos años podría determinar si esta alternativa logra consolidarse como uno de los pilares energéticos del futuro o si permanecerá limitada a aplicaciones específicas dentro del complejo escenario de la descarbonización global.

*https://scholar.google.com/citations?user=dqDRdaYAAAAJ&hl=es

Convergencia Ética y Humanista para una Tercera República

Álvaro Vega Sánchez, sociólogo

El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca más lo que une que lo que separa.
Papa León XIV, Encíclica Magnifica Humanitas

La llamada Tercera República, de la que venía hablando desde hace rato la Asociación de Empleados Públicos (ANEP), en la persona de su dirigente Albino Vargas, y ahora el nuevo gobierno, en la persona de la presidenta Laura Fernández, es una necesidad exigida por un país donde se han venido socavando los pilares fundamentales que lo han sostenido hasta ahora: salud, educación, infraestructura y energía. Pero que también ha dado muestras, a través de su historia republicana, que ha tenido la inteligencia política para abrirse nuevos y mejores horizontes cuando las circunstancias lo han exigido.

Un proyecto de una Tercera República no debe ser una consigna política para atraer clientela electoral. Es asumir el desafío de reconstruir los nuevos cimientos políticos, económicos, sociales y culturales del país, para consolidar la Costa Rica democrática de la justicia social, la paz y la sostenibilidad. Implica, principalmente, concertar voluntades, más allá de los intereses partidarios e ideológicos. Para ello, se requiere, ante todo, de una verdadera convergencia ética y humanista como la que unió a un comunista, un socialcristiano y un líder católico de gran sensibilidad social, para crear los cimientos sociales de la Segunda República.

La agenda para avanzar hacia una Tercera República, que incluye una nueva visión de país, exige una estrategia política para el desarrollo económico sostenible, la profundización de una democracia participativa y el bienestar social, que se tiene que construir desde el diálogo y la concertación. La llamada Segunda República, producto de una concertación que recuperó y profundizó la reforma social de los años 1940, no fue una consigna político-electoral y no obedeció a cálculos ideológico-partidistas; fue el resultado del ejercicio de la sabiduría política de un liderazgo que se sentó a dialogar y a trabajar por el país. Un liderazgo que supo leer los signos de su tiempo y se abocó, con profundo sentido patriótico y visión de largo plazo, a construir una legislación e institucionalidad que garantizaran bienestar y prosperidad para las mayorías.

Actualizar aquella valiosa iniciativa, atendiendo a los signos de los nuevos tiempos, requiere una sabiduría política similar. Una capacidad de escucha para conjuntar las mejores ideas y propuestas, abriendo el corazón al otro, como señala el papa León XIV. En aspectos fundamentales, como el energético entre otros, la salida no es seguir acicateando el pulso político entre fracciones en la Asamblea Legislativa, tampoco convocar a un referéndum cuando no se logra el consenso necesario. Por esa vía continuamos con la vieja política que profundiza la polarización y el distanciamiento, un clima que calienta los ánimos y que necesitamos superar cuanto antes, si es que pretendemos avanzar al ritmo que exigen las actuales circunstancias.

El pueblo eligió a una fracción mayoritaria del partido gobernante, pero con un contrapeso que no le permite aprobar los proyectos que requieren 38 votos, sin la debida negociación con la oposición. Por lo tanto, en esos y en todos los proyectos, se requiere construir consensos máximos antes de llevarlos al plenario a votación. Y en este sentido, tiene que prevalecer la buena voluntad política para concertar tanto por parte del gobierno como de la oposición. Sin ese espíritu y talante políticos continuaremos profundizando la polarización y, con ello, postergando los cambios profundos que demanda el país.

El pueblo apostó por el cambio una vez más. Cifra sus esperanzas, hasta ahora frustradas, en la construcción de una posible Tercera República. Sin embargo, no dio un cheque en blanco al gobierno para que impusiera su agenda, tampoco a la oposición. Invitó a ambos a sentarse reposadamente a solucionar los álgidos problemas del país por la vía del diálogo y el entendimiento. En este sentido, actúo con sensatez e inteligencia política. Las fuerzas políticas deberían valorar el mensaje que la ciudadanía les está enviando. Una oportunidad para conjuntar esfuerzos y abrir horizontes más esperanzadores. Queda por verse quiénes realmente están apostando por el bien común del país y quiénes solo por sus intereses de mantenerse en el poder o acceder al mismo.

Para asumir el desafío que significa construir una Tercera República hay que atender al llamado del papa para ejercitar la voluntad que une y emular a los gestores de la Segunda República, quienes supieron legar a las generaciones venideras una patria más justa y prospera, buscando convergencias desde una plataforma de profundo contenido ético y humanista.

 

 

“Magnífica Humanitas”: la peor pesadilla para la presidenta

Frank Ulloa Royo

“La humanidad no necesita guerras justas, sino justicia que evite las guerras.” — Magnifica Humanitas

Recordando la Encíclica Rerum Novarum de su antecesor León XIII este 25 de mayo el papa nos da una encíclica social para el siglo de la inteligencia artificial recordándonos la importancia del valor humano y la vida social en común con protección social. Parece que la “Iglesia viva” ahora pasará a ser parte de la oposición de “izquierda” en un país que sueña con parecerse a un enorme cuartel.

L a encíclica Magnifica Humanitas irrumpe como un espejo incómodo. No habla de eficiencia ni de control, sino de humanidad. Recuerda que los ídolos del poder no son los de toda la humanidad y que ningún Estado puede renovarse descartando vidas, ni se puede gobernar organizando el odio. Entonces, la peor noticia para la presidenta no proviene de la guerra en Irán o de los obreros organizados que ahuyentan las inversiones con sus huelgas, ni de estudiantes y maestros en las calles tratando de evitar la privatización del ICE, sino de una voz que la desarma: el Papa advierte que los datos no son armas, que los pobres no son desechos y que la tecnología, sin ética, se convierte en verdugo. Sus gritos de “comunistas” no pueden ocultar la realidad de las listas de espera que pone en peligro miles de vidas, ni el desempleo y otros indicadores de miseria que llevan a una juventud al buscar el camino del narcotráfico, incluida la población con discapacidad que solo allí encuentra empleo.

Este papa gringo, al igual que el ídolo de la presidenta del “país confiable” nos recuerda que Gobernar con desprecio y administrar el descarte desde la disposición de los bienes comunes es negar la justicia social que evita las guerras. Ofender a los que piensan diferente y etiquetarlos, o no pagar la deuda con la seguridad social, solo para volver a las tácticas de la guerra fría o exacerbar odios, aunque resulte atractivo por sus resultados estadísticos o estimule inversionistas extranjeros nunca es un camino solidario.

Las cárceles más grandes no fundan una nueva ética. La justicia no se mide en barrotes ni en estadísticas de represión, sino en la capacidad de sostener la vida y abrir caminos de reconciliación y convivencia. Un país que mide su éxito en más represión y cuerpos encerrados y no en vidas reconciliadas se convierte en administrador del miedo. Por eso, defender la autonomía del Poder Judicial es indispensable: la justicia lenta no puede justificar la represión como alternativa. Frente al modelo de terror punitivo, el papa y los movimientos sociales proponen otro camino: la justicia restaurativa. No se trata de negar la responsabilidad, sino de transformar el castigo en oportunidad de reparación. La comunidad se convierte en espacio de solidaridad y reconciliación, donde la víctima recupera voz y el infractor encuentra la posibilidad de reintegrarse. Sin justicia social no es posible tener eficacia en la lucha contra el narcotráfico. Sin protección social ningún ejercito puede gobernar impunemente, no se equivoquen porque la reacción puede llevar a una guerra social como la que han vivido otros países.

En un país que sueña con militarizarse sin derechos al estilo Bukele, Magnifica Humanitas suena como un mensaje pasado de moda. Pero quizá lo verdaderamente moderno sea recordar que la paz no se impone: se construye con protección social. Y que la dignidad humana, incluso tras las rejas, sigue siendo el único fundamento posible de la justicia. Que la protección social no es un sucedáneo y que el terror y la represión no cura enfermedades.

De la gloria del Estado Social al espejismo del cambio (Parte IV)

Por: JoseSo (José Solano-Saborío)

El vacío perfecto: La orfandad política, el espejismo antisistema y el país que nos debemos

Llegamos al final de este recorrido por nuestra historia política reciente. Recapitulando: vimos al bipartidismo tradicional ahogarse en sus propios escándalos de corrupción, y vimos al PAC ahogarse en su falsa superioridad moral y su monumental incapacidad para gobernar. El resultado de estas dos grandes decepciones estalló en las elecciones del 2022, donde el costarricense llegó a las urnas sintiéndose profundamente huérfano.

Las banderas partidarias perdieron su valor y las lealtades históricas se esfumaron, dejando en su lugar un cinismo generalizado y una conclusión ciudadana tan comprensible como peligrosa: “la política tradicional no sirve para nada”.

El caldo de cultivo para el discurso antisistema

Ese vacío de credibilidad fue el escenario perfecto. Cuando la gente siente que el sistema la olvidó, se vuelve tierra fértil para el surgimiento de discursos “antisistema”. Figuras que, desde afuera de la política tradicional, logran capitalizar el enojo y la frustración.

La estrategia de estos movimientos es simple, pero destructiva: polarizar. Consiste en dividir al país constantemente entre “nosotros los buenos” y “ellos los malos”; enfrentar al “pueblo” contra “la prensa” o contra las mismas instituciones. Es un discurso sumamente atractivo porque canaliza la rabia genuina que sentimos ante la ineficiencia, pero es un juego de fuego. Atacar y minar la institucionalidad democrática es golpear los mismos cimientos que, con todos sus defectos y necesidades de reforma, nos han garantizado la paz desde 1949.

La realidad no come cuentos

Mientras la política nacional se ha transformado en un circo de redes sociales y pleitos interminables en conferencias de prensa, los problemas reales —esos que de verdad nos quitan el sueño— siguen intactos y agravándose. El ruido mediático nos distrae de las verdaderas crisis:

Nuestra clase media sigue asfixiada por las deudas, perdiendo poder adquisitivo mes a mes.

Nuestros agricultores y ganaderos continúan sobreviviendo a duras penas, librados a su suerte frente a mercados desiguales.

El monstruo de la inseguridad ciudadana y el crimen organizado nos está robando la paz de nuestros barrios a un ritmo aterrador.

Pilares intocables de nuestra paz social, como la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y la educación pública, se encuentran en cuidados intensivos.

La realidad es terca y no se soluciona con likes ni con discursos encendidos.

El reto hacia el futuro: ¿Cómo nos reconstruimos?

¿Qué hacemos entonces? La respuesta no está en dinamitar la casa que tanto nos costó construir, ni tampoco en sentarnos a soñar con volver a los años 50. El mundo cambió y los retos son otros.

Costa Rica necesita con urgencia nuevos liderazgos, desde los concejos municipales en nuestros cantones —donde se vive la realidad más cruda y cercana del ciudadano— hasta la silla presidencial. Necesitamos líderes que combinen dos elementos innegociables: empatía social para entender el dolor de esta brecha que nos divide, y capacidad técnica probada para administrar la cosa pública. Porque ya nos quedó clarísimo que ni los gritos, ni las buenas intenciones, ni la sola indignación construyen puentes, bajan la pobreza o generan empleo.

El país que nos debemos

Es hora de que maduremos como electorado. El enojo nos llevó a castigar al bipartidismo dándole el poder al PAC, y ese mismo enojo nos empujó luego a buscar salidas antisistema. No podemos seguir votando solo con el hígado; tenemos que empezar a votar con la cabeza.

Nuestros hijos y nietos merecen heredar una nación viable. Esa Costa Rica solidaria, próspera y en paz que una vez fuimos, aún es posible de reconstruir. Pero solo será una realidad si como ciudadanos dejamos de ser simples espectadores, asumimos nuestro rol y empezamos a exigir resultados concretos, no solo shows mediáticos. La democracia no se defiende sola; nos toca a nosotros.

El socialismo democrático de Manuel Mora y la República costarricense contemporánea

Alejandro Guevara Arroyo

Siguiendo patrones discursivos visibles en diversos movimientos contemporáneos de la derecha radical y la reacción conservadora, el actual gobierno chavista de Costa Rica ha decidido asociar a la oposición política con categorías como comunismo, socialismo, pobreza u opresión. En su boca, tales movimientos aparecerían como expresiones de incompetencia y perversidad tan evidentes que incluso resultaría difícil justificar su pertenencia legítima a la comunidad política.

Estas imputaciones fuerzan a todo el arco progresista costarricense a posicionarse frente a dichos epítetos y alusiones. La historia política nacional, afortunadamente, contiene suficiente densidad simbólica e intelectual como para responder a esos embates narrativos. Para ello, conviene volver sobre las ideas que dieron origen a muchas de las políticas e instituciones que hicieron posible el bienestar social de nuestros antepasados. Ese legado todavía sobrevive en la sociedad costarricense actual, aunque cada vez con mayores signos de desgaste, fragmentación y desigualdad.

Podría apelarse, para ello, al “socialismo democrático” defendido históricamente por el liberacionista José Figueres Ferrer o al socialcristianismo popular impulsado por Rafael Ángel Calderón Guardia. Pero quizá no exista una figura más fértil en símbolos políticos y anticipaciones democráticas que la de Manuel Mora Valverde, dirigente comunista y representante de la mejor de las tradiciones del socialismo democrático costarricense.

Hoy, frente al avance de discursos autoritarios y formas cada vez más agresivas de polarización política, resulta pertinente volver sobre sus ideas. En ellas aparece una concepción profundamente democrática y republicana de la vida pública, orientada por una noción sustantiva de justicia social y por la convicción de que la libertad pierde contenido cuando amplios sectores de la población viven sometidos a relaciones de dependencia material y exclusión.

Para comprenderlo, conviene recuperar algunos pasajes en los que Mora expuso sus concepciones constitucionales, democráticas y sociales. En ellos aparece la defensa del sistema político democrático como una construcción no acabada. No es casual, por ejemplo, que ya en la década de 1930 Manuel Mora defendiera públicamente desde el Congreso el reconocimiento del sufragio femenino. Pero, además, Mora entendía la democracia como un régimen de ampliación de capacidades humanas, de integración popular y de limitación de las distintas formas de dominación oligárquica y arbitrariedad económica. La democracia, desde esta perspectiva, no consiste únicamente en votar periódicamente (aunque sí es un componente esencial de ella). Reside también en impedir que el poder económico convierta a grandes sectores sociales en poblaciones subordinadas, sometidas o descartables.

Veamos algunas de las líneas maestras que identificó como centrales para su movimiento político:

1.) “No somos enemigos del régimen democrático. Por el contrario, lo sostendremos y lo defenderemos en la medida de nuestras posibilidades y nos empeñaremos por fortalecerlo cada vez más dándole contenido económico. Creemos sinceramente que cualquier movimiento político-social que se desenvuelva con honradez en Costa Rica y que pretendiera ir más allá del auténtico régimen democrático, estaría en este momento fuera de nuestra realidad”.

2.) “Nos oponemos resueltamente al trasplante a nuestro país de fórmulas que no calcen en nuestra realidad económica, social y política. Declaramos que los problemas de nuestro país deben resolverse a la luz de un estudio concienzudo y serio de nuestras características nacionales”.

3.) “No tenemos como entidad social credo religioso ni antirreligioso. Los propósitos de persecución a la religión católica que se nos atribuyen son completamente falsos. La lucha social ha tenido el carácter de lucha anticlerical en otros países, porque en ellos el clero ha sido y es terrateniente. Pero en Costa Rica, donde no lo es, ninguna lucha tiene que librar el Partido Comunista contra los señores sacerdotes”.

4.) “No somos enemigos de las grandes y nobles tradiciones nacionales. Antes bien, las respetamos y nos sentimos más ligados a ellas que muchos de los que nos atacan bajo los estandartes de un falso patriotismo”.

5.) “No somos enemigos de la pequeña propiedad, sino de la propiedad que se forma, precisamente, mediante la eliminación de la primera y mediante el robo en sus diferentes aspectos. Con respecto a esa gran propiedad nunca hemos pensado tampoco que pueda suprimirse en tanto el capitalismo se mantenga en los Estados Unidos. Pero sí creemos que puede limitarse y reglamentarse en beneficio del pueblo”.

6.) “No somos enemigos de la familia, sino, por el contrario, creemos que la familia debe dotarse de elementos económicos que le den verdadero sentido humano. Creemos que la miseria es la gran desintegradora de hogares”.

7.) “Somos enemigos decididos del crimen y del terror como sistema de lucha social. Creemos únicamente en la acción de las masas preparadas y organizadas, como medio eficaz de combate”.

No debe sorprender, entonces, que Mora Valverde apelara directamente a las consignas centrales de la Revolución francesa y las interpretara como una promesa democrática todavía inconclusa en Costa Rica:

“Pero yo pregunto, ¿la libertad, la igualdad, la fraternidad son realidades tangibles dentro de [estas] sociedades liberales? Indiscutiblemente que no. […] ¿Por qué? Porque ninguna conquista social puede ser efectiva si carece de contenido económico. (…) En una sociedad de riqueza desequilibrada, de privilegios y compadrazgos, la libertad en el amplio sentido de la palabra es cierta para los que tienen dinero y no lo es para los que carecen de él. (…) Todo esto quiere decir que, mientras los postulados de la democracia liberal no tengan contenido económico, esos postulados serán esqueleto sin vida”. [Entiendo, por ello, que] “el socialismo es igual al liberalismo más la democracia económica”.

La libertad política requiere, por tanto, bases materiales comunes de dignidad para toda la ciudadanía. Requiere educación y salud pública, derechos laborales efectivos, instituciones sociales fuertes y límites democráticos al poder económico concentrado. Sin comunidad política, sin solidaridad social y sin límites al poder oligárquico, la democracia termina vaciándose desde dentro.

En Mora Valverde parecen converger dos tradiciones políticas distintas pero complementarias: por un lado, el ideal republicano de una ciudadanía libre de dominación arbitraria; por otro, la convicción socialista de que la igualdad material constituye una condición necesaria para que esa libertad sea efectivamente ejercida y disfrutada por las mayorías.

Muy lejos de la violencia política o de experiencias autoritarias extravagantes, las ideas que Mora Valverde anticipa en estos pasajes revelan una concepción profundamente costarricense de transformación democrática: popular, institucional y republicana.

De todo ello parece desprenderse que la mejor tradición del socialismo costarricense no constituye una anomalía antidemocrática, como frecuentemente sostienen los discursos de la nueva derecha criolla. En cambio, es una de las corrientes que más tempranamente intentó ampliar la promesa social, popular y republicana de la democracia costarricense. Parte importante de ese legado institucional y político todavía está presente en la Costa Rica contemporánea..

Fuente de los pasajes: Merino del Río, José. Manuel Mora y la democracia costarricense: viaje al interior del Partido Comunista. Heredia, Costa Rica: Editorial Fundación UNA, 1996, 49-57,

https://www.teletica.com/65-aniversario/manuel-mora-un-lider-dedicado-a-la-justicia-social_385839

El puente entre la fe y la ciencia

Dorys Galarza – José A. Amesty Rivera

La falsa pelea entre la fe y la ciencia

Durante mucho tiempo nos enseñaron que la fe y la ciencia eran enemigas. Como si creer fuera cosa de personas ingenuas y pensar científicamente fuera incompatible con la espiritualidad. En muchas escuelas, universidades e incluso iglesias se instaló la idea de que había que escoger entre una cosa o la otra, o se creía en Dios o se creía en la ciencia. Pero hoy esa discusión empieza a verse distinta.

La neurociencia, la psicología y la biología moderna están descubriendo algo profundamente humano, las creencias cambian la manera en que vivimos. Y eso incluye tanto las creencias religiosas como las ideas que tenemos sobre nosotros mismos, el futuro y la sociedad.

La ciencia ya no ve al ser humano únicamente como una máquina biológica. También entiende que las emociones, la esperanza, el sentido de vida y la confianza tienen efectos concretos en el cuerpo y en la mente.

Por ejemplo, una persona que vive convencida de que su vida no tiene salida suele desarrollar más ansiedad, estrés y agotamiento emocional. En cambio, alguien que encuentra propósito y esperanza tiene más capacidad de resistir momentos difíciles.

Eso no significa que la fe reemplace la medicina ni que todo se resuelva “pensando positivo”. Significa algo más profundo: la forma en que interpretamos la realidad influye directamente en cómo enfrentamos la vida.

Y eso siempre lo supieron los pueblos latinoamericanos.

En nuestros barrios, en las comunidades campesinas, en los sectores más golpeados, muchas veces la fe no fue un lujo espiritual. Fue la fuerza que permitió seguir adelante cuando no había trabajo, cuando faltaba comida o cuando el dolor parecía demasiado grande.

La ciencia apenas comienza a ponerle nombre a algo que millones de personas ya vivían en carne propia: creer puede sostener la vida.

El cerebro también aprende a creer

La neurociencia ha demostrado que el cerebro cambia constantemente. Antes se pensaba que la mente era algo rígido, casi fijo. Hoy sabemos que no es así.

El cerebro funciona creando conexiones neuronales. Cada pensamiento repetido, cada emoción frecuente y cada hábito cotidiano fortalece ciertos caminos mentales. A esto se le llama neuroplasticidad.

En palabras simples: aquello que repetimos todos los días termina convirtiéndose en parte de nosotros.

Por eso una persona que vive constantemente con miedo, estrés o desesperanza termina entrenando su cerebro para reaccionar desde la defensa. El cuerpo permanece en alerta, como si el peligro estuviera siempre presente.

Esto se ve mucho en contextos de pobreza extrema o violencia.

Un niño que crece escuchando gritos, viendo inseguridad o sintiendo hambre aprende a vivir en modo supervivencia. Su cerebro se acostumbra a reaccionar rápido, desconfiar y protegerse. Muchas veces no logra pensar en proyectos a largo plazo porque toda su energía mental está concentrada en resistir el presente.

Pero el cerebro también puede aprender esperanza.

Cuando una persona empieza a vivir experiencias de apoyo, seguridad y propósito, el cerebro comienza lentamente a reorganizarse. La oración consciente, la meditación, los espacios de escucha y las relaciones sanas ayudan a disminuir el estrés y fortalecer áreas del cerebro relacionadas con la calma y la creatividad.

Por ejemplo, un joven que creció en un ambiente violento puede transformar su vida cuando encuentra un espacio comunitario donde alguien lo escucha, lo orienta y le muestra otras posibilidades. Puede ser una iglesia de base, un grupo cultural, un equipo deportivo o una organización barrial.

Ese cambio no ocurre de la noche a la mañana. Pero poco a poco el cerebro deja de reaccionar únicamente desde el miedo y comienza a desarrollar confianza.

En otras palabras: el cerebro aprende tanto el miedo como la esperanza.

La resignación también se aprende

En América Latina no solamente heredamos desigualdad económica. También heredamos formas de pensar.

Durante generaciones muchas personas crecieron escuchando frases como: “El pobre nace pobre.” “No se puede cambiar nada.” “Así es la vida.” “Uno vino a sufrir.” “Hay que conformarse.”

Esas frases parecen simples palabras, pero en realidad funcionan como programaciones mentales. Cuando una persona escucha toda su vida que no vale, que no puede o que nunca saldrá adelante, termina creyéndolo. Y cuando una comunidad completa piensa igual, la resignación se vuelve cultura. Esto explica por qué muchas veces pueblos enteros dejan de creer en sí mismos.

Aquí la epigenética aporta algo muy importante. Esta rama de la ciencia muestra que el entorno influye profundamente en cómo responde nuestro cuerpo.

Un niño que crece en un hogar donde siempre hay miedo por el dinero, violencia o inseguridad no solo aprende ideas negativas. También desarrolla respuestas biológicas de estrés.

Por eso muchas veces el trauma se transmite entre generaciones. El abuelo vivió miedo. El padre aprendió resignación. El hijo hereda ansiedad y desconfianza. Y así se va formando una cadena invisible.

Por ejemplo, muchas familias latinoamericanas crecieron con una mentalidad de escasez tan fuerte que incluso cuando mejoran económicamente siguen viviendo desde el miedo. Guardan todo, desconfían de cualquier oportunidad o sienten culpa por progresar.

No porque sean débiles, sino porque durante años su mente fue entrenada para sobrevivir, no para prosperar.

Pero ni la historia ni la biología son una condena

Aquí aparece una de las noticias más esperanzadoras de la ciencia moderna: el cerebro puede cambiar. La historia personal también puede cambiar.

Y aquí la fe juega un papel enorme. Porque la fe verdadera no es negar los problemas. Es negarse a aceptar que el dolor tiene la última palabra. La transformación comienza muchas veces con algo pequeño, una persona que vuelve a creer que su vida todavía tiene valor. Este momento interior puede parecer invisible, pero es profundamente poderoso.

Por ejemplo: La mujer que decide dejar una relación violenta. El joven que vuelve a estudiar después de años. El trabajador que intenta emprender aun después de varios fracasos. El hombre que busca ayuda para salir de una adicción. La persona deprimida que decide levantarse una vez más.

Todos estos son actos de fe. No porque garanticen éxito inmediato, sino porque desafían la idea de que todo está perdido. Y esto también tiene efectos biológicos. Cuando una persona recupera esperanza, el cerebro libera dopamina, relacionada con la motivación y la energía para avanzar.

La mente comienza a abrir posibilidades nuevas. Por eso la esperanza no es ingenuidad. Es una fuerza que reorganiza la vida.

Nadie se salva solo

Aunque la transformación personal es importante, nadie logra sostenerse completamente solo. El ser humano necesita vínculos. Necesita comunidad. Necesita sentir que alguien lo mira con dignidad. Y esto también tiene una base científica.

El cerebro humano funciona en relación con otros cerebros. Las emociones se contagian. La confianza también. Cuando alguien vive rodeado únicamente de violencia, humillación o abandono, su cuerpo aprende miedo. Pero cuando encuentra relaciones sanas, apoyo y escucha, el cerebro comienza a sentirse seguro.

Por esto muchas veces una sola persona puede cambiar profundamente la vida de alguien, por ejemplo: Un maestro que cree en un estudiante. Una abuela que sostiene emocionalmente a la familia. Un vecino que ayuda en medio de la crisis. Un líder comunitario que organiza al barrio. Un grupo que acompaña a personas con adicciones.

Todos estos vínculos tienen un efecto real sobre la mente y el cuerpo. Muchas veces las personas logran salir adelante porque alguien les devolvió esperanza.

La fe comunitaria, la gran fuerza latinoamericana

En América Latina la fe casi siempre tuvo una dimensión colectiva. Aquí la gente aprendió a resistir en comunidad. Lo vimos durante las crisis económicas, cuando aparecieron ollas comunes en barrios enteros. Personas que apenas tenían para ellas mismas decidían compartir comida con otros.

Desde afuera podría parecer solo solidaridad. Pero en el fondo existe una convicción profunda, nadie debería quedarse solo frente al sufrimiento. Esto también es fe. La vemos en comunidades campesinas que se organizan para defender su tierra frente a grandes empresas. En mujeres que crean redes de apoyo para enfrentar violencia doméstica. En barrios que levantan bibliotecas populares o comedores infantiles. En jóvenes que organizan actividades culturales para evitar que otros caigan en violencia o drogas. En cooperativas donde varias familias trabajan juntas porque entienden que individualmente no podrían sobrevivir.

La fe comunitaria nace cuando las personas dejan de pensar únicamente en salvarse solas y comienzan a creer en el valor del nosotros. Y esto cambia profundamente la manera en que una sociedad enfrenta las crisis.

La Biblia leída desde abajo

Cuando la Biblia se lee desde la realidad de los pobres y excluidos, adquiere un significado diferente. Deja de ser un libro para escapar del mundo y se convierte en una invitación a transformarlo.

Por ejemplo, Bartimeo, el ciego del Evangelio, no solamente recupera la vista. También recupera dignidad. Antes estaba al borde del camino, invisibilizado. Cuando vuelve a ver, vuelve también a ocupar un lugar dentro de la comunidad.

Su fe no fue quedarse quieto esperando. Fue insistir. Gritar. Negarse a aceptar el silencio.

Lo mismo ocurre con la mujer enferma que toca el manto de Jesús. Más allá del milagro religioso, hay una persona que decide romper años de exclusión y acercarse creyendo que todavía puede sanar. La fe bíblica casi nunca aparece como pasividad. Aparece como movimiento. Como decisión. Como esperanza activa.

La multiplicación de los panes, compartir también es creer

La multiplicación de los panes puede entenderse como una de las escenas más profundas de fe comunitaria. Porque el verdadero milagro no es solamente que aparezca comida. El gran cambio ocurre cuando la gente deja de actuar desde el miedo.

Muchos estudiosos de la teología latinoamericana interpretan esta escena como el momento en que las personas dejan de esconder lo poco que tienen y empiezan a compartir.

Y cuando esto ocurre, alcanza para todos. Esto sigue pasando hoy. Sucede cuando comunidades crean cooperativas de producción. Cuando vecinos organizan huertas comunitarias. Cuando familias se unen para sostener comedores. Cuando trabajadores crean economías solidarias. Detrás de estas acciones existe una fe concreta: la convicción de que otra forma de vivir sí es posible.

La fe puede liberar o puede domesticar

La fe nunca es neutral. Puede utilizarse para resignar a las personas, enseñándoles que deben soportar injusticias sin cuestionar nada. Pero también puede convertirse en una fuerza liberadora. La diferencia está en el tipo de fe que se transmite. Una fe basada únicamente en miedo y culpa termina paralizando.

En cambio, una fe que recuerda la dignidad humana despierta conciencia y organización. Por esto tantas comunidades latinoamericanas encontraron fuerza espiritual para luchar por derechos, justicia y dignidad. La verdadera fe no hace que las personas se desconecten del mundo. Las impulsa a transformarlo.

El cambio comienza por dentro, pero no termina ahí

Toda transformación social comienza primero dentro de las personas. Pero no termina allí. Porque una persona que sana puede ayudar a sanar una familia. Una familia que cambia puede transformar un barrio. Y un barrio organizado puede cambiar una comunidad entera.

Así comienzan muchas veces los grandes cambios históricos. No desde arriba. Sino desde pequeños espacios donde alguien decidió volver a creer. Por esto la fe individual y la fe comunitaria se necesitan mutuamente. La fe personal da fuerza interior. La fe comunitaria sostiene el camino. Una inspira. La otra acompaña.

Creer también es construir futuro

Al final, tanto la ciencia como la espiritualidad liberadora llegan a una idea análoga, no somos únicamente el resultado de lo que vivimos. También somos aquello que decidimos creer y practicar cada día. La fe no elimina automáticamente el sufrimiento. No borra las injusticias. No hace desaparecer mágicamente los problemas. Pero sí cambia la manera en que los enfrentamos. Y cuando muchas personas comienzan a creer juntas que otra realidad es posible, la historia empieza lentamente a moverse.

Por eso creer no es escapar de la realidad. Es mirarla de frente y aun así apostar por la vida. Es seguir sembrando aun después de perder cosechas. Es seguir organizándose aun en medio del abandono. Es seguir educando hijos en tiempos difíciles. Es seguir construyendo comunidad, aunque el individualismo diga lo contrario.

Y cuando la fe se convierte en práctica cotidiana, deja de ser solamente una idea. Se vuelve camino. Un camino difícil, sí. Pero también el camino que sigue haciendo posible la dignidad humana en medio de cualquier incertidumbre.

La Iglesia frente al poder invisible de la Inteligencia Artificial

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

He concluido la lectura de la encíclica «Magnifica Humanitas» del Papa León XIV y debo admitir que me dejó una extraña mezcla de entusiasmo e inquietud, atravesada, además por innumerables preguntas… muchas preguntas.

Me impresiona particularmente el giro que ha dado la reflexión de la Iglesia sobre la Inteligencia Artificial (IA) en apenas un par de años. Recuerdo cuando el Papa Francisco abordó este tema en la 58ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2024, bajo aquel sugerente lema: “Inteligencia artificial y sabiduría del corazón: por una comunicación plenamente humana”. Allí, aunque se advertía sobre el riesgo de una tecnología rica en herramientas, pero pobre en humanidad, el énfasis era claro: la verdad, la comunicación, las fake news, la manipulación mediática, la necesidad del discernimiento.

Pero hoy el panorama es otro. El tema ha sido trasladado al corazón mismo de la Doctrina Social de la Iglesia. El Magisterio pasó muy rápido de hablar de “sabiduría del corazón” y comunicación humana a hablar de poder, concentración tecnológica, colonialismo digital, dominio cultural, trabajo humano, geopolítica, control de datos y nuevas formas de exclusión.

Y esto también me impresiona profundamente. Porque el Papa pudo haber escogido muchos otros grandes temas para inaugurar su magisterio social. Pudo haber escrito sobre las guerras contemporáneas, las migraciones masivas, la crisis climática, la secularización acelerada, la persecución religiosa, el colapso demográfico de Occidente, el capitalismo financiero, el riesgo de absolutizar figuras políticas contemporáneas —como Donald Trump u otros líderes convertidos casi en referentes mesiánicos— o la creciente polarización política global.

Pero no. Escogió la IA. Y eso no puede ser casual. La IA no aparece aquí como un tema más entre tantos otros, sino como uno de los posibles ejes estructurantes de la nueva época histórica.

La Doctrina Social de la Iglesia jamás ha sido ingenua respecto al poder. Nunca ha interpretado los grandes cambios de la historia como procesos puramente espontáneos o neutrales. Siempre ha comprendido que detrás de las transformaciones económicas, culturales y tecnológicas existen intereses concretos, visiones antropológicas, disputas de poder, élites y proyectos de sociedad.

Y, precisamente, por eso resulta tan significativa esta encíclica. Porque da la impresión de que la Iglesia percibe que estamos ante un fenómeno impulsado por actores con una capacidad inédita para reorganizar la experiencia humana global. No hablamos únicamente de gobiernos o instituciones visibles, sino de estructuras tecnológicas, corporaciones multinacionales, algoritmos, plataformas, fondos de inversión, laboratorios y redes de influencia que muchas veces operan fuera del radar cotidiano de la mayoría de las personas, pero que igualmente moldean hábitos, información, decisiones, vínculos sociales e incluso la comprensión de la realidad.

Insisto: que el primer gran documento social de León XIV haya sido precisamente sobre la IA revela que la Iglesia percibe aquí algo más profundo que una simple innovación tecnológica. Intuye un cambio de época. Una transformación antropológica. Tal vez incluso civilizatoria.

Y voy a confesar algo: rara vez escribo un artículo compuesto casi únicamente de preguntas. Creo que es la primera vez que lo hago deliberadamente. Pero, como he dicho, la lectura de este documento me dejó demasiados interrogantes atravesados en el pecho como para ignorarlos y, más aún, guardármelos:

¿Qué indujo este cambio de enfoque dentro de la Iglesia? ¿Cómo se produjo, en apenas dos años, el tránsito desde una preocupación comunicacional hacia una preocupación social, económica y geopolítica?

¿Qué ocurrió entre los primeros discursos del Papa Francisco sobre cultura digital y esta encíclica para que la IA dejara de ser presentada solo como fenómeno comunicacional y comenzara a interpretarse como estructura de poder?

¿Quiénes fueron los interlocutores intelectuales que ayudaron a mover esta discusión? ¿Economistas? ¿Expertos en geopolítica? ¿Grandes empresarios tecnológicos? ¿Universidades? ¿Centros de pensamiento?

¿Hasta qué punto lo ocurrido en estos dos últimos años terminó obligando a la Iglesia a abandonar una mirada estrictamente técnica sobre la inteligencia artificial? ¿En qué momento se comprendió que el problema ya no era solamente la desinformación o la manipulación comunicacional, sino el control del conocimiento humano, de la conducta social e incluso el posible sometimiento de la humanidad a nuevas estructuras de poder tecnológico?

¿Puede hablarse legítimamente de colonialismo digital cuando culturas enteras terminan dependiendo tecnológicamente de plataformas, modelos y sistemas diseñados desde unos pocos centros de poder mundial?

¿Quién define hoy qué es verdad, qué merece visibilidad y qué debe desaparecer? ¿Quién entrena las inteligencias artificiales? ¿Con qué visión antropológica? ¿Con qué intereses económicos? ¿Con qué ideología?

¿Puede seguir hablándose de neutralidad tecnológica? ¿O toda tecnología termina expresando inevitablemente una visión del ser humano y de la sociedad?

¿Estamos frente a una nueva cuestión social comparable a la revolución industrial?

¿Será casual que el lenguaje reciente del Magisterio recuerde tanto las grandes denuncias sociales de los siglos XIX y XX? ¿Estamos entrando en la nueva Rerum Novarum del siglo XXI?

¿La propiedad más poderosa del futuro ya no será la tierra ni la fábrica, sino los datos? ¿Será que el gran conflicto contemporáneo ya no gira solamente alrededor del capital y el trabajo, sino alrededor del conocimiento, los algoritmos y la capacidad tecnológica?

¿Estamos todavía a tiempo de humanizar la tecnología antes de que la tecnología termine reorganizando lo humano?

Ahora bien —y aquí quiero decir algo que para mí resulta fundamental— no puedo leer este momento histórico únicamente desde la sospecha. Como creyente, también me niego a pensar que la historia queda exclusivamente en manos de los poderosos. Porque precisamente ahí es donde aparece otra lectura posible: la acción del Espíritu Santo suscitando en la Iglesia una conciencia nueva frente al que quizá sea el tema más decisivo de nuestra época. Quizá la Iglesia lo está entendiendo antes de que muchos alcancen a dimensionarlo.

Esta encíclica sobre IA podría ser el intento de la Iglesia de construir un contrarrelato frente a una narrativa tecnológica que suele presentarse como inevitable, neutral y salvadora. Y eso le da muchísimo espesor al texto. Porque ya no sería solamente una reflexión moral sobre herramientas digitales, sino una disputa profunda sobre quién define el futuro humano.