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Bellas mujeres rurales de otrora

Luko Hilje (lukohilje@gmail.com)

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Cuando uno lee los relatos de los viajeros y cronistas europeos y estadounidenses que recorrieron el territorio de Costa Rica en el siglo XIX, llama la atención que haya muy pocas menciones de mujeres en particular. Esto no es de extrañar, pues por entonces —incluso en los altos círculos sociales— a la mujer se le ignoraba, al punto de que muy rara vez se indicaban sus nombres, y apenas si se les nombraba con el apellido de sus maridos. No obstante, en las crónicas que he podido leer, he detectado varios casos de mujeres, todas del mundo rural, que llamaron la atención por ser muy atractivas.

Aunque, por supuesto, el concepto de belleza física tiene un fuerte sesgo cultural, pues el ideal de belleza es diferente en cada etnia, entre los viajeros y cronistas hay alusiones tanto a mujeres indígenas y mulatas, como a caucásicas.

En el primer caso, cuando en 1860 el médico y naturalista Alexander von Frantzius visitó el valle de Orosi —habitado por indígenas—, manifestó que, ante sus ojos de alemán, “los indios de Orosi no tienen absolutamente bellas formas corporales; son en su mayoría algo rechonchos, y las mujeres, especialmente las jóvenes, muy obesas o barrigudas. Tienen caras anchas y redondas, con pómulos algo salientes. El color de su piel es amarillo moreno y su cabellera negra y lacia”.

En el segundo caso, cuando en 1858 el periodista y diplomático francés Félix Belly arribó a San Juan del Norte (Greytown), en el Caribe de Nicaragua, y navegó después por los ríos San Juan y Sarapiquí para llegar a San José, atestiguó que “por cierto que las indígenas de la ribera del San Juan y las negras de sangre mezclada con los mosquitos [miskitos] no podían, bajo ningún concepto, compararse con nuestras mujeres europeas. Ellas no tienen ni la frescura del color, ni la elegancia de las formas, ni la perfección de los detalles, ni, sobre todo, el atractivo seductor. Por eso, cuando se ven pasar a cierta distancia, con sus ropas flotantes y sus hombros desnudos, sin otro adorno que sus lindos cabellos peinados en trenzas, piensa uno que un poco de civilización haría de estos graciosos fantasmas unas verdaderas mujeres”.

Bosque típico de Sarapiquí: Foto: Luko Hilje.

Sin embargo, pronto se llevó una gran sorpresa. En efecto, en un paraje ribereño del San Juan, halló a un coterráneo oriundo de Bretaña, a quien denominó “el nuevo Robinson”, en alusión al célebre Robinson Crusoe. Este aventurero, rubio y de unos 30 años de edad, vivía en una cabaña rústica, totalmente rodeada de montaña, amancebado con “una mulata de bello tipo florentino, cuya camisa de muselina blanca apenas cubría su garganta y sus hombros”. De inmediato acotó que “yo no había visto en Greytown sino una joven de color que fuera bonita y que, además, hubiera llamado la atención en París. Ella se detuvo una vez frente a una casa contigua a la mía, acompañada de una hermosa india y de un negro semidesnudo. La miré con el interés que despertaba, y al notarlo ella, se sintió cohibida. Lástima que tan preciosa criatura se encuentre perdida en un mundo como este”.

Más adelante, al desembarcar en Muelle, en la ribera del río Sarapiquí, donde había una guarnición militar, Belly comenzó a mirar por dentro el rancho donde se albergaba el comandante del lugar, de lo cual narró que “solamente una mitad de la casa estaba cerrada por un enrejado de cañas superpuestas; y hacia abajo, servía de refugio durante la noche un piso del mismo material, que dejaba ver una cama cubierta con un mosquitero. Pero lo que me pareció más extraño en todo esto, fue la presencia de una mujer que a mi llegada cerró su blusa entreabierta. La mujer del comandante, pues era ella, blanca y muy bonita, me miraba con la misma curiosidad con que yo contemplaba su casa”.

Ahora bien, aunque Belly no aludió a ella, en Cariblanco hubo una mujer tan linda, que ninguno de los foráneos que recorrió el muy transitado camino de Sarapiquí pudo ignorarla.

El médico y químico alemán Moritz Wagner

Por ejemplo, en 1853 el alemán Moritz Wagner, quien viajaba con el austríaco Carl Scherzer, describiría que “Cariblanco es un rancho abierto, como todas las chozas que habíamos encontrado en el camino. […] El posadero, que tenía una joven y hermosa mujer, nos ofrecía por buenas palabras y mucho dinero unos pocos huevos y malas tortillas”. Cuatro años después, en 1857, el botánico Hermann Wendland mencionaba que ahí, “la cabaña en la que pernoctaríamos estaba bastante limpia, y sus propietarios también se distinguían por su elegante ropa. La hija de la casa, una muchacha de 14 a 15 años, fue una de las pocas mujeres realmente bellas que conocí en Centroamérica. Esa sería la última semana que pasaría en casa de sus padres, pues a la semana siguiente iría a casarse a la capital. La madre, que tararea a [Richard] Wagner, aún mostraba rastros de gran belleza. Me impactó la hermosa tez blanca de ambas, algo muy poco común en los lugareños”.

En 1859 fue el escritor inglés Anthony Trollope quien pasó por ahí, para expresar que “había en aquel sitio una hacienda de gana­do en plena selva, un pedacito de tierra desmontado en que un aventurero se había establecido y osaba vivir. El aventurero no estaba allí, pero tenía una mujer bonita, con la cual mi amigo el teniente [James Terence FitzMaurice] había entablado, según parece, una amistad íntima en su viaje anterior a San José”.

Mucho después, en 1866, el abogado inglés Frederick Boyle, describiría que “después de pasar un río y muchas corrientes rápidas, llegamos a una hermosa sabana, tachonada con casas bonitas y árboles grandes que rodeaban la morada del gran propietario del Sarapiquí, don V. S.”, y que “la hermosa mujer de don V. S., estaba en el corredor al partir nosotros”. Acerca de la vida ahí, él reflexionaba así: “Si ella está contenta con la gran finca ganadera que la Providencia le ha dado, perfecto; pero si yo fuera mujer no la envidiaría. Pero, ¿si ella sintiera muchísimas ganas de volver a ver a su familia y amigos? Eva podría haber sido feliz en el Sarapiquí, pero Eva no nació en San José de Costa Rica. Contenta o no, la mujer de don Vicente es una persona firmemente establecida, pues él no sería tan tonto como para dejarla irse. Quizás sea un hombre feliz ese Don. En verdad, ningún libertino alegre de la capital probablemente perseguiría esta presa para su gruta solitaria, y el marido debe tenerla toda para sí para hacerle lo que le guste”.

Colorado de Turrialba, hoy. Foto: Luko Hilje
El botánico alemán Otto Kuntze

Ahora bien, para cambiar por completo de contexto geográfico, es oportuno desplazarse hacia el Caribe, pero a la región de Turrialba. En efecto, a mediados de 1874 arribó a Puerto Limón el botánico alemán Otto Kuntze, y pocos días después se enrumbó hacia el Valle Central, mientras recolectaba plantas. Sin embargo, después de sufrir un extravío en las cercanías del río Reventazón, que le pudo haber costado la vida, llegó a Turrialba, villorrio que por entonces se asentaba en las lomas de Colorado, “un pueblo de montaña situado a 1200 metros, donde nos dieron una amistosa acogida en casa de un criollo con dos hermosas hijas”. Embelesado por ellas, las describiría como, “dos atractivas gracias de piel amarillenta, chispeantes ojos negros y rasgos faciales agitanados pero nobles”, a las que “hay que verlas cuando ondean coquetamente su pañuelo de colores bajo el sombrero de paja y sobre la nuca. Me hubiera podido enamorar. Lástima que la sociedad sea demasiado tonta y santurrona”.

El abogado y diplomático estadounidense John Lloyd Stephens
Planicies de Guanacaste, hoy. Foto: Luko Hilje

Finalmente, quien quedó imantado por una mujer rural fue el abogado, diplomático y explorador estadounidense John Lloyd Stephens, que había recorrido mucho mundo, y que un día de febrero de 1840 recaló en Liberia, Guanacaste.

Al caer la noche, y sin tener dónde dormir, el comandante de la localidad le ayudó para que se instalara en “una casa con una tiendecita al frente”, donde fue gentilmente recibido por su dueña. Mientras conversaba con ella, quien saboreaba una taza de chocolate, “oí una animada voz en la puerta, y al punto entró una señorita con dos o tres jóvenes en su compañía, quien se acercó a la mesa frente a mí, y echando para atrás su negra mantilla, me dio las buenas noches y me tendió la mano”. Enterada en la iglesia local de que había llegado a su casa, ella se vino rápido, pues deseaba conocer a un extranjero como él. Boquiabierto, expresó que “ella no era tan hermosa que digamos, pero su boca y sus ojos eran bellos; y sus modales tan diferentes del frío zafio y esquivo aire de sus paisanas, y tan parecidos a la franca y fascinante bienvenida que una señorita de mi tierra le daría a un amigo después de larga ausencia, que si la mesa no hubiera estado entre nosotros, yo la habría tomado entre mis brazos y besado”.

La conversación entre ellos, salpicada por las preguntas inteligentes de la muchacha, se prolongó hasta la medianoche. Y, llegada la hora de dormir, ella le cedió su “catrecito muy aseado, con un mosquitero de gasa con lazos color de rosa en las esquinas”, en cuya “cabecera había una atractiva almohada con una funda de muselina color de rosa, y sobre ella una sutil sobrefunda blanca con hechiceros vuelos”, lo que, turbado, lo hizo preguntarse “¿Las mejillas de quién habían descansado en esa almohada?”. Tan cautivado estaba por los encantos de esa muchacha, que “me acosté, pero no pude dormir y determiné no continuar mi viaje al día siguiente”.

Sin embargo, ya a las tres de la madrugada, con las mulas ensilladas, el guía Nicolás, que lo había conducido en esos días como baquiano, llamó a su puerta. Aunque Stephens lo trató de disuadir para permanecer ahí un día más y disfrutar de la compañía de la muchacha, sus planes de viaje demandaban continuar la travesía, por lo que “apresuré mis preparativos y me despedí de ella, debo decirlo, con un adiós muy cariñoso”, para después aceptar que de “la bella de Guanacaste” —como la denominó—, “no abrigo ni la más mínima esperanza de volverla a ver jamás”. Eso sí resultaría inolvidable para “el extranjero que debe a ella algunos de los más dichosos momentos que pasó en Centro América”.

En realidad, a su belleza física sumó su sensibilidad e inteligencia, al punto de ser pretendida por varios individuos prominentes, como lo demostró el célebre historiador Ricardo Fernández Guardia, quien le dedicó sendos artículos, intitulados La novela trágica del Teniente Coronel Molina y El rapto de la señorita Elizondo, los cuales aparecen en el libro Cosas y gentes de antaño. Su nombre era Josefa Elizondo Villar, hija del acaudalado terrateniente Antonio Elizondo Rojas y de Manuela Villar Marín.

Cabe destacar que aquellos atributos que Stephens había captado en ella al instante, y que lo desquiciaron, dos años después provocarían tanta pasión y celos, que desembocarían en una cruenta confrontación, la cual culminó con la muerte de tres militares del ejército unionista del hondureño Francisco Morazán Quesada: el guatemalteco Manuel Ángel Molina Bedoya, y los salvadoreños Enrique Rivas y Eduvigis Guillén. Superada esta trágica coyuntura, años después ella se casaría con Bernardino Urtecho Martucci en primeras nupcias —con quien procreó tres hijas— y, tras enviudar, años después lo haría con el español Manuel Giberga del Bosque, con quien tuvo otra hija; él fue combatiente contra el ejército filibustero de William Walker, primero como coronel del ejército conservador (legitimista), y después unido a nuestras tropas, como jefe de la 2ª División dentro del Estado Mayor de nuestro ejército.

En fin, bellas mujeres rurales de otrora, de las cuales sin duda hubo muchas más, pero no quedaron retratadas en ninguna crónica de viajeros, lamentablemente.

Imagen de portada: Una calle de San Juan del Norte (Greytown), en el siglo XIX.

Biblioteca Nacional celebrará legado de Agustín Barrios Mangoré con conferencia y presentación musical

Embajada de Paraguay, Fundación Guitarras del Corazón Ibermusicas y el Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional del SINABI,  se complacen en invitarle a la conferencia Agustín Barrios Mangoré: patrimonio documental y audiovisual que pone en valor su obra y legado a la guitarra culta universal y presentación musical  por María Selva Corrales de la Fundación Guitarras del Corazón, y a la presentación musical por los artistas Rodrigo Benítez, Favio Rodríguez, José Carlos Cabrera, músicos paraguayos del grupo MBARAKATRIO y Randall Dormond, músico costarricense.

Esta actividad se celebra en conmemoración del 215 aniversario de la Independencia de la República de Paraguay.

La conferencia y presentción musical será en la Benemérita Biblioteca Nacional el lunes 18 de mayo a las 4:30 p.m. y se transmitirá por los Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Conferencia “William Walker: un hombre y muchas imágenes”

El Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi y la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica, se complacen en invitarle a la conferencia William Walker: un hombre y muchas imágenes” por la MSc. Carolina Mora Chinchilla.

Esta actividad es parte del ciclo «Recuperando nuestro pasado«.

La actividad será virtual el lunes 18 de mayo a las 3:00 p.m. y se transmitirá por el Facebook https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Leyenda del indio Venancio llegará al auditorio del Museo Nacional

Por Uriel Rojas

Conferencia será este jueves 21 de mayo

El programa “Reflexiones desde el Bellavista” del Museo Nacional de Costa Rica presentará este jueves 21 de mayo, una Conferencia sobre la Leyenda de Venancio Mora y estará a cargo del antropólogo José Luis Amador, autor del libro.

Esta actividad se llevará a cabo en el Auditorio del Museo Nacional de Costa Rica, ubicado en Cuesta de Moras.

Amador se ha especializado en temas culturales de la Región Sur costarricense y recientemente ha publicado un libro titulado Venancio Mora y el árbol mágico de Palmar Sur.

La leyenda narra una confrontación entre Venancio Mora y la Compañía Bananera que se empeña en cortar el árbol, bajo el pretexto de que sus ramas impiden el adecuado descenso de las aeronaves en el campo de aterrizaje de Palmar Sur, colindante con la finca de Venancio.

La charla está orientada a develar aspectos históricos y simbólicos presentes en la leyenda.

Los interesados en adquirir el libro pueden hacerlo en la librería Bodeguita Cultural en Calle de la Amargura, San Pedro Montes de Oca o bien por correo a precio de costo.

Informes en el Whatsapp 7177 7546.

Tertulia musical «Paisaje sonoro urbano y composición electroacústica»

El Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi se complace en invitarle a la tertulia musical Paisaje sonoro urbano y composición electroacústica con Mauricio Fonseca López.

Esta actividad es parte del  ciclo Escuchando nuestra esencia. Tardes de tertulia y audición de música nacional.

La tertulia se realizará el viernes 15 de mayo a las 2:00 p.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional.

Grupo Contrapunto presenta el álbum “Me gusta que no calles”, una propuesta musical atravesada por la intensidad afectiva y la palabra

El Grupo Contrapunto presentó su álbum “Me gusta que no calles”, una producción musical interpretada por Alejandra Espinoza Arias y Gerardo Cascante Valverde, que explora desde la poesía y la canción temas como el amor, el conflicto, el deseo, el silencio y la intensidad emocional de las relaciones humanas.

La obra toma su nombre de una de las canciones del álbum y desarrolla una narrativa poética donde conviven la cercanía y la distancia, el diálogo y el silencio, la ternura y la confrontación afectiva. A través de imágenes cargadas de fuerza simbólica, la letra expresa una relación marcada por la contradicción, la vulnerabilidad y la atracción hacia la autenticidad de la otra persona, incluso en sus dimensiones más incómodas o desafiantes.

El trabajo artístico plantea un recorrido emocional donde la voz poética reconoce tanto el encanto de la palabra franca como el peso de los silencios, construyendo una atmósfera íntima atravesada por emociones intensas, rebeldía y humanidad.

El álbum cuenta con la participación de:

  • Gerardo Cascante Valverde: voz y guitarra

  • Alejandra Espinoza Arias: voz

  • Oscar Espinoza: arreglos y percusión

  • Sarah Bolaños Rojas: violín

La letra y música son de Gerardo Cascante, la producción estuvo a cargo de Oscar Espinoza y la realización audiovisual fue desarrollada por Sebastián Polimeni Solís.

El material audiovisual puede verse en el siguiente enlace:
https://youtu.be/YFdbURvIApw?si=wd0PPiOI0BVtD0pZ

Concierto «Tributo a la Tierra y a quienes la cultivan”

El Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Banda Nacional de San José y la Benemérita Biblioteca Nacional de Sinabi,  se complacen en invitarle al Concierto Tributo a la Tierra y a quienes la cultivan” con la Benemérita Banda Nacional de San José. 

Esta actividad se realiza en conmemoración del Día de la persona Agricultora

La actividad será presencial el jueves 14 de mayo a las 10:00 a.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional. También se transmitirá por el Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Haig Patigian: el escultor armenio

Gabe Abrahams

Haig Patigian fue un gran escultor armenio. Una de sus obras más destacadas fue la que le dedicó a la tenista y doble campeona olímpica Helen Wills. Este artículo aborda su apasionante biografía.

Haig Patigian nació el 22 de enero de 1876 en Van, una ciudad que pertenecía por aquel entonces al Imperio Otomano y que, hoy, es parte de Turquía. En la actualidad, Van cuenta con más de 300.000 habitantes y es la capital de la provincia del mismo nombre.

Los padres de Haig Patigian, Avedis Patigian y Marine Hovespian, eran armenios y trabajaban de maestros en la Escuela de la Misión americana en Armenia. Su padre además se dedicaba a la fotografía. A raíz de eso, fue acusado por las autoridades del Imperio Otomano de espionaje y traición, lo cual provocó su huida a Fresno, California, un lugar de acogida habitual para los armenios perseguidos.

Pasado un tiempo de estos hechos, en 1891, el resto de la familia Patigian emigró a Fresno y se reunió con Avedis, para después en 1899 irse a vivir a San Francisco, California.

Asentado en esa ciudad, el joven Haig Patigian empezó a dedicarse al arte, estudió en el Mark Hopkins Institute of Art y, ya en 1906, se marchó a París para colaborar con el escultor René Paul Marquet. En la capital francesa, pudo presentar al año siguiente la estatua Ancient History en el Salon des artistes français.

Después de regresar de nuevo a San Francisco, Patigian afianzó todavía más su prestigio artístico con esculturas como Creation of Man (1909) o Diana (1915), al igual que con alguna pintura no exenta de calidad, y eso conllevó que le encargasen varios trabajos importantes.

Entre las obras públicas que realizó Patigian a partir de entonces, destacaron especialmente la estatua del general John Joseph Pershing (1922), quien encabezó junto a otros generales el ejército de los Estados Unidos y los Aliados en la posterior Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la estatua de Abraham Lincoln (1926) y el Volunteer Firemen Memorial (1933), tres esculturas ubicadas en San Francisco.

De las obras arquitectónicas que llevó a cabo Haig Patigian, sobresalieron otras esculturas como las que realizó para los palacios de Bellas Artes y Maquinaria de la Exposición Panamá-Pacífico de San Francisco (1915), el edificio de la Metropolitan Life Insurance de San Francisco (1920) y el edificio Richfield Tower de Los Ángeles (1929). Cuando en 1968 se demolió esa torre, tres esculturas de Patigian que había en ella (Navigation, Aviation e Industry) fueron a parar al Museo de Arte de la Universidad de California, ubicado en Santa Bárbara.

Una parte de las obras de Haig Patigian como la escultura Volunteer Firemen Memorial pertenecieron al Realismo, un movimiento artístico dedicado a mostrar con precisión la realidad. Otras como las magníficas esculturas del edificio Richfield Tower fueron puro art déco. Como movimiento artístico de una época vinculada al triunfo de las máquinas (décadas de los años 1920 y 1930), el art déco utilizó en sus formas las innovaciones de estas, recogiendo influencias del constructivismo, el cubismo, el futurismo y el modernismo.

En todo caso, la obra cumbre de Haig Patigian fue el busto que le dedicó en 1927 a la tenista Helen Wills, considerada por la mayoría de expertos del mundo de la raqueta la mejor tenista del siglo XX. Wills fue doble campeona olímpica en los Juegos Olímpicos de París de 1924 y venció en los torneos de Estados Unidos, Wimbledon y Roland Garros, siendo además una reconocida artista.

Tras asistir la tenista a varias sesiones con el escultor Haig Patigian, este la inmortalizó con el busto Helen of California, hoy expuesto en el Young Museum de San Francisco. Definir esa obra resulta difícil, porque cuesta encontrar las palabras adecuadas para expresar su calidad. Pero se podría decir que es excepcional, ya que la imagen de la tenista Wills adquiere una enorme fuerza y belleza al tomar forma, sin dejar de ser un retrato fidedigno de ella (ver imagen que encabeza este artículo).

La obra Helen of California ha sido considerada por no pocos expertos en arte una de las más logradas, por no decir la más lograda, de Haig Patigian.

Concluida la obra, Patigian y Wills mantuvieron una amistad duradera, definiendo el artista a la tenista como “una mujer atlética e intelectual” con una belleza que “surge desde dentro”.

En definitiva, después de padecer la persecución de su padre por su condición de armenio y de abandonar su Armenia natal tras sus pasos, Patigian creció como artista en San Francisco y París, logró desarrollar una forma personal de entender el arte a base de unir diferentes movimientos artísticos y su genio y llegó muy lejos con sus esculturas.

Aparte de su carrera artística, el escultor Haig Patigian también tuvo otros intereses a lo largo de su vida. Tuvo afición al deporte e hizo de juez en la competición de arte de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932. Y sintió una atracción hacia las fraternidades y, por eso, fue miembro y presidente en varias ocasiones del Bohemian Club. El escultor diseñó para ese club o fraternidad el imponente Santuario del Búho, una estructura hueca de hormigón y acero de doce metros de altura.

Sobre el ámbito más personal de Haig Patigian, se puede añadir que, en 1908, se casó con Blanche Hollister; que tuvo dos hijos con ella, Hollis y Haig; y que, durante el Genocidio Armenio (1915-1923) cometido por el Imperio Otomano, recaudó dinero sin descanso para apoyar a sus compatriotas perseguidos.

Transcurrida la difícil década de los años cuarenta, envuelta en la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, Haig Patigian finalmente falleció el 19 de septiembre de 1950 en el Hospital de la Universidad de Stanford de San Francisco, siendo enterrado en el cementerio Cypress Lawn Memorial Park de Colma, California. Nueve días antes había fallecido también su esposa.

Al día siguiente del fatal desenlace, el New York Times publicó la noticia de este, repasando con detalle la biografía de Patigian. Y provocó que algunos de sus amigos y admiradores se quedasen consternados por el adiós del escultor armenio que tanta huella había dejado atrás.

Un siglo después del mejor momento de Haig Patigian, su memoria permanece intacta y casi todas sus obras se encuentran todavía en pie. San Francisco es el principal testimonio de ello.

Lesa humanidad

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

Llegar a Turrialba se está convirtiendo para mí en una especie de zona de recarga. Así, como el nombre del proyecto de comunicación cultural que desarrollo desde hace seis años en redes sociales.

Confieso que me atrae la fuerza literaria del lugar y desde luego el magnetismo propio de un volcán que domina el entorno.

Para mí todo es energía.

El fin de semana pasado llegué de nuevo a esta hermosa ciudad con la convicción de reparar y seguir. Lo hice. Y me encontré en esa tarea de búsqueda con una pequeña feria organizada en el Parque Central. Específicamente una Feria del Libro.

No había mucho que recorrer pues es una apuesta inicial que estoy seguro florecerá y crecerá con los años. Sin embargo, una mesa en la que había un libro de pasta dura llamó mi atención. Una mujer al otro lado me explicó entonces: “es mi esposo. Y este es el pantalón que llevaba puesto el día del atentado”, me dijo.

Fijo mi mirada en la portada del libro cuya composición es absolutamente conmovedora: el título en letras rojas “Solo a mi mamá. Crónica de una tragedia” el nombre del autor: José Rodolfo Ibarra y una imagen suya que luego sabría, corresponderia a una fotografía realizada por un corresponsal de la Zona Norte, Benigno Quesada.

El género de la crónica se ha vuelto para mí un asunto de cabecera en los últimos meses. Me parece extraordinario su alcance y ese tejido orgánico entre el periodismo y la literatura. Ahora me dispongo a aflojar la mano y el lápiz para seguir escribiendo algunas memorias sobre mi trabajo en la academia y el arte centroamericano.

Volviendo a la mesa del libro, en ese instante el autor no estaba y eso me permitió ojear por unos segundos el libro y su interior. Es un conmovedor relato escrito en primera persona sobre los acontecimientos que marcaron el primer y único atentado perpetrado en el mundo en una conferencia de prensa.

El saldo: cuatro personas fallecidas en el sitio conocido como La Penca, hasta donde había convocado el famoso Comandante Cero, nicaragüense enrolado con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) durante los años setenta y parte de los ochenta, cuando firmó su disidencia.

Luego se sabría que el atentado había sido preparado intelectualmente por Tomás Borge, miembro de la cúpula sandinista y Lenin Cerna, jefe de Seguridad del Estado de Nicaragua y ejecutado por encargo por un mercenario argentino llamado Roberto Vital Gaguine, ocultado bajo la falsa identidad de un supuesto periodista danés (Peer Anker Hansen).

El 30 de mayo de 1984 se produjo la tragedia. Y este periodista costarricense la vivió, literalmente, en carne propia. Lo observo caminar hacia la mesa y le digo que quiero comprar su libro. Me da las gracias, me firma como corresponde y nos tomamos una fotografía. Le digo que siempre admiré su trabajo. Se lo digo al hombre que aún hoy, 42 años después del hecho, guarda en su memoria detalles de los que no ha podido liberarse. En su memoria y en su cuerpo.

Los Crímenes de Lesa Humanidad no prescriben judicialmente. Por eso las personas sobrevivientes y los familiares de las víctimas mortales de este hecho continúan luchando por resarcir el daño moral, emocional y económico producido.

Ibarra (como coloquialmente le llaman en el entorno periodístico local) finaliza su trabajo con la referencia a la sordera que en general experimentaron aquellos que continuaron viviendo.

Sin embargo, el no escuchar bien no es suficiente para que se les queden grabadas las palabras de Bertold Brecht cuando dice: “hay quienes luchan toda una vida: esos son los imprescindibles”.

Presentación del libro “Mamá tiene cien años” de Rodolfo Arias Formoso

La Editorial Costa Rica, la Embajada de Italia en Costa Rica y el Ministerio de Cultura y Juventud, por medio de la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi se complace en invitarle a la presentación del libro Mamá tiene cien años de Rodolfo Arias Formoso

La actividad será presencial el martes 28 de abril a las 4:00 p.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional y también transmitida por el facebook https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/