El contrato que no fue

Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)

La viralización de dos hechos violentos en los últimos días en Costa Rica confirma el emplazamiento de una nueva forma de interacción en la que los golpes y la ausencia de diálogo prevalecen como organizadores de lo social.

Más que los hechos en sí, sorprende la normalización, la naturalización y hasta el humor en uno de ellos. Me refiero al hecho ocurrido en un restaurante de comidas rápidas, en el que una numerosa cantidad de personas, todos hombres, se lían en una batalla campal no tanto por obtener su hamburguesa y sus papas, sino por demostrar cuál de ellos (parafraseando a Joan Manuel Serrat) “la tiene más grande”.

“Resulta bochornoso verles fanfarronear”, dice uno de sus estribillos. Pero más bochornoso resulta que como sociedad no podamos entrar al fondo del asunto y preferimos entonces acudir al humor como una forma de invisibilizar, no ver el hecho como expresión del deterioro paulatino de las pautas de convivencia colectiva.

El otro hecho nos muestra a otro hombre haciendo gala del poder que le confiere un arma en plena vía pública. Ese espacio (la calle) se ha convertido (lo hemos convertido) en un campo minado de competencia e individualismo. En particular en épocas de mucha afluencia vehicular, la norma del más fuerte impera.

Es frecuente ver el irrespeto a las largas filas. Usted seguro ha sido testigo o testiga y víctima a la vez, de la forma como algún avezado conductor se salta filas interminables producidas por un semáforo, para quedar de primero al cambio. En realidad, no es avezada la palabra: irrespeto, bravuconada y falta de sentido común para convivir con las normas básicas de cortesía en carretera. De la convivencia pasamos a la competencia.

No es de extrañar esta actitud en la Costa Rica de la postpandemia. Si desde la figura central que nos gobierna se envían mensajes con estilo autoritario, irrespetuoso y hasta vulgar, el modelaje está siendo bien introyectado por amplios sectores de la población.

Hubo una vez un contrato social posible que hemos borrado a pasos agigantados en los últimos años. Ya no fue. No será. Y no pareciera emerger algo medianamente cercano de esta sanguasa de proyecto de país en que nos hemos convertido.