La fe de Pedro y el ardor de Pablo
Glenm Gómez Álvarez, Pbro.
La Iglesia celebra hoy la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, las dos grandes columnas apostólicas sobre las cuales el Señor quiso sostener visiblemente la comunión de su Iglesia y extender el anuncio del Evangelio hasta los confines del mundo. Sin embargo, esta no es, ante todo, una fiesta dedicada a dos grandes personajes de la historia religiosa. Es, sobre todo, una celebración de la acción de Jesucristo en la vida de dos hombres profundamente distintos, unidos por la gracia y por la misión.
El Evangelio nos cuenta que Jesús llega con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo y formula una pregunta que atraviesa los siglos y continúa resonando en el corazón de cada persona: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Las respuestas son diversas: un profeta, un hombre extraordinario, un enviado de Dios. Pero Jesús no se conforma con las opiniones generales ni con las respuestas de segunda mano. Por eso plantea la pregunta decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Esta sigue siendo la pregunta fundamental del cristianismo. Antes que una doctrina, una institución o una moral, la fe cristiana nace del encuentro con una persona y de la respuesta a esta pregunta. La identidad de la Iglesia, de nuestra vocación y de nuestra propia existencia depende, en última instancia, de la respuesta que demos a Cristo.
Es entonces cuando Simón Pedro, en nombre de todos los discípulos, pronuncia la confesión de fe que constituye el fundamento de la Iglesia: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Pedro no llega a esta verdad por sus propias fuerzas ni por una especial capacidad intelectual. Jesús mismo le manifiesta el origen de esta confesión: «Eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La fe es siempre un don, una gracia, una revelación que transforma la mirada y permite reconocer en Jesús al Señor y Salvador.
Y precisamente sobre esta fe confesada por Pedro, Cristo pronuncia unas palabras que han acompañado a la Iglesia durante dos mil años: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Conviene detenernos en algo esencial: Jesús no dice “tu Iglesia”, sino “mi Iglesia”. La Iglesia pertenece a Cristo. Pedro no es el dueño de la Iglesia ni el origen de la Iglesia. Pedro es el servidor de la unidad, el custodio de la fe apostólica y el hermano llamado a confirmar a sus hermanos.
Además, resulta consolador recordar que Jesús no eligió a un hombre perfecto. Eligió a un pescador impulsivo, capaz de hacer una extraordinaria profesión de fe y, más tarde, de negar a su Maestro. Eligió a un hombre frágil para manifestar que la fortaleza de la Iglesia no proviene de las capacidades humanas, sino de la fidelidad de Dios. La Iglesia permanece no porque sus miembros sean impecables, sino porque Cristo resucitado continúa sosteniéndola con su gracia.
Esta enseñanza posee una enorme vigencia. Vivimos en una cultura que, con frecuencia, mira toda autoridad con sospecha, y no sin razones, porque demasiadas veces el poder ha sido utilizado para dominar, manipular o excluir. Sin embargo, la autoridad más alta en la Iglesia nace de una confesión de fe y se ejerce como servicio. El ministerio de Pedro no es un privilegio para imponerse sobre los demás, sino una responsabilidad para custodiar la unidad y servir a la verdad del Evangelio.
Junto a Pedro celebramos hoy también a Pablo, el gran apóstol de los gentiles. Si Pedro representa la unidad visible de la Iglesia y la continuidad apostólica, Pablo representa el impulso, ese ardor misionero que lleva el Evangelio más allá de toda frontera geográfica, cultural y humana. Ambos nos recuerdan que la Iglesia solo es fiel a sí misma cuando permanece unida en la fe y audaz en la misión.
Por eso, en esta solemnidad, elevamos de manera especial nuestra oración por el sucesor de Pedro, el Papa León XIV. Pedimos al Señor que lo fortalezca con la gracia del Espíritu Santo, le conceda sabiduría, fortaleza y humildad, y haga de él un signo visible de la unidad de la Iglesia y un testigo valiente del Evangelio en medio de un mundo herido por la violencia, la incertidumbre y el miedo.
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