Polarización social y democracia

Álvaro Vega Sánchez, sociólogo

La política e ideología del miedo, como estrategia propagandística, ha marcado la vida política costarricense, en lo que va del Siglo XXI. Esto ha conducido a una mayor polarización social y ha minado, en buena medida, la participación ciudadana creativa y proactiva para profundizar una democracia social y económica.

En el contexto de la aprobación del Tratado de libre Comercio con Estados Unidos, el Partido Liberación Nacional (PLN) puso a jugar todas sus cartas a la aprobación de este Tratado, y ante el avance mayoritario del NO a TLC, el miedo fue el arma más poderosa y efectiva para revertir esa tendencia. Rondaba el fantasma del “Combo ICE” que condujo al Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) a convertirse en un partido minoritario. Se jugaba, en esa coyuntura, el futuro del PLN. En definitiva, fue la estrategia del miedo la que propició el triunfo del Sí al TLC y también del PLN en la contienda electoral de entonces. Se profundizaba, de esta manera, la polarización social y se producía un efecto de inercia y paralización para relanzar el país hacia niveles superiores de desarrollo humano, pues se apostaba a un futuro paradisiaco con la firma del Tratado.

El politólogo Rodrigo Madrigal, refiriéndose al debate sobre el TLC destacaba que la confrontación había alcanzado niveles solo comparables con el conflicto armado de 1948: “[…] la intoxicación saturada de fanatismo y satanización, así como la manipulación que atiza las fobias, las filias y las pasiones más primitivas es un clima de pan y circo, donde las promesas se disipan como los espejismos del desierto. Los alambiques que, en lugar de ideas, solo destilan odio, miedo y veneno, están provocando la confrontación más grave desde 1948”.

En la campaña electoral del 2014, cuando las encuestas ubicaban al candidato José María Villalta a la cabeza de las preferencias de los votantes, se orquestó una intensa campaña por parte de los medios de comunicación, particularmente el periódico La Nación, utilizando la misma estrategia del “Memorando del Miedo”; a saber, la amenaza que representaba su candidatura para la democracia costarricense por, supuestamente, ser un candidato propulsor de las ideas del chavismo venezolano. Nuevamente, la estrategia del miedo continuaba polarizando a la sociedad y cerrando las posibilidades para unir voluntades que propiciaran un cambio sustantivo, y garantizar mejores condiciones de vida, en un país que ya se había convertido en uno de los más desiguales del mundo.

En la campaña del 2018, la polarización social asumió dimensiones religiosas. Se tocaron las fibras culturales más sensibles de la religiosidad popular, tanto católicas como evangélicas, lo que condujo a intensificar la violencia simbólica y política. Se dio una confrontación inédita, que hoy debe llamarnos a una reflexión mesurada, toda vez que herir las sensibilidades religiosas no es compatible con un proyecto de democracia inclusiva. Un llamado de atención también para evitar los sesgos confesionales de los partidos políticos, atendiendo al precepto constitucional.

En la coyuntura actual, siguiendo malos ejemplos de quienes levantan muros, se ha propiciado un enfrentamiento entre el sector público y el privado, aduciendo privilegios del primero a costas del segundo. Una estrategia para impulsar medidas fiscalistas que deterioran las condiciones salariales y laborales tanto del sector público como del privado. Más confrontación y polarización social y menos democracia solidaria.

Efectivamente, hoy asistimos a una profundización de esta polarización, propiciada por un cogobierno de rostro autoritario al servicio de las minorías enriquecidas, sin parangón en la historia política de las últimas cuatro décadas. El PAC y sus aliados del PLN, PUSC y Partidos religiosos Nueva República (PNR) y Restauración Nacional (PRN) han venido impulsando y aprobando leyes antidemocráticas como la que regula las huelgas en el sector público, el plan fiscal con un IVA que golpea a la pequeña y mediana empresa, con impuestos a la canasta básica que empobrece aún más a los sectores populares, congelamiento de aumentos salariales y reducción de pensiones que precarizan a la clase media, una regla fiscal que desmantela la institucionalidad social, una ley de empleo público que propicia una política de salarios decrecientes y atenta contra el régimen republicano de división de poderes, etc.

Mientras tanto, su generosidad con las grandes empresas y el sector financiero rebasa la copa; se les trata con mano de seda en materia de impuestos a sus ganancias reales, y hasta se les condonan deudas millonarias. Efectivamente, más allá de los sonados casos de corrupción recientes, asistimos a un fenómeno que se ha venido institucionalizando, es decir, legitimando, con la complacencia, en alguna medida, de los poderes del Estado. Estamos a las puertas de un Estado fallido que hay que rescatar. Así las cosas, las amenazas a la democracia al estilo costarricense ya no provienen de afuera, como pretendía argumentar la estrategia del miedo, sino de adentro: “demócratas sin democracia” (Roitman).

El gran desafío a que nos enfrentamos, si queremos profundizar una democracia que impulse un sistema económico al servicio de la solidaridad, la equidad y la sostenibilidad, es superar, de una vez por todas, esta política e ideología del miedo que levanta muros, propicia el conflicto y la violencia social y, sobre todo, paraliza los esfuerzos creativos y dialogales, que cohesionan a la sociedad, tan necesarios en tiempos críticos de pandemia y de profundas desigualdades.

Transitemos, sin dilación, de la polarización a la democracia de la solidaridad y la equidad. Que la ciudadanía y las nuevas fuerzas políticas dejen atrás la política e ideología del miedo y se apresten a concitar el espíritu de concordia que anida en los costarricenses, para fraguar un auténtico proyecto político al servicio del bien común.