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Movimiento Manuel Mora Valverde exige levantar sanciones contra Cuba y rechaza amenazas bélicas

SURCOS comparte el siguiente documento:

Pronunciamiento público del Movimiento Manuel Mora Valverde. Ante la situación del Pueblo Cubano.

Costa Rica, 21 de mayo del 2026

1- El complejísimo sistema geopolítico y geoeconómico mundial se debate en una gran crisis. Un modelo hegemónico con los EE.UU. como protagonista está a punto de colapsar y, en su caída, pretende colocar de nuevo a Cuba en el centro de una agresión que podría tener consecuencias globales y directamente criminales contra el pueblo cubano.

2- La crisis de los misiles de 1962, posterior a la invasión de Bahía de Cochinos, no se transformó en guerra atómica mundial gracias al histórico acuerdo entre los EE.UU. y la URSS. La URSS retiró los misiles ubicados en Cuba y los EE.UU. retiraron sus misiles de Turquía. Pero Cuba continuó siendo víctima de un sistema de sanciones, el cual se ha extendido hasta el presente.

3- Las sanciones las inició el presidente Eisenhower en julio de 1960 para que Cuba perdiera el 80% de sus ingresos de exportación. De esa época al presente se produjeron algunos cambios, sobre todo en el gobierno de Obama. Pero la llegada de Trump al poder marcó retrocesos criminales orientados a destruir los importantes logros de la revolución en salud, educación, cultura, deporte, arte, ciencia y otros ámbitos de gran importancia. Se trataba de crear, como en las “revoluciones de colores”, un estado de ánimo propicio para llevar a Cuba a un conflicto interno. Un intento de 66 años que fracasó y que ahora retoman. En este momento Cuba estima pérdidas acumuladas de 1,6 billones de dólares hasta el año 2025. Ningún país ha enfrentado un período de sanciones tan prolongado de parte de EE.UU.

4- Ante semejante política, ¿es posible contemplar con indiferencia al hegemón decrépito, en medio de fracasos militares y geopolíticos, anunciar acciones bélicas contra el hermano pueblo cubano?

5- La respuesta desde la razón y desde el corazón, como herederos de Juanito Mora y Juan Santamaría, es apoyar la justa lucha de ese hermano pueblo contra la política criminal del bloqueo y, sobre todo, contra cualquier acción militar contra un país soberano que se ha convertido en ejemplo y símbolo para todos los pueblos de la Tierra. Al margen de consideraciones ideológicas, en este momento geopolítico tan crítico, los pueblos deben buscar la más amplia unidad para salvar la vida en el planeta. El análisis lineal y antisistémico de Trump, en su desesperación, podría generar nuevos fenómenos. En lugar de destruir a Cuba, podrían acelerar una toma de conciencia de los pueblos, con la Cuba heroica en la mente y el corazón.

En la Costa Rica actual, acechada por peligros muy reales, nos pronunciamos tajantemente por el levantamiento de sanciones contra Cuba y contra cualquier aventura bélica contra la patria de Martí, de Maceo y de Fidel.

Manuel Mora Salas
Movimiento Manuel Mora Valverde

Cuba ante una nueva fase de presión estadounidense: ¿preludio de una intervención?

Por Juan Carlos Cruz Barrientos

En las últimas décadas, la relación entre Estados Unidos y Cuba ha estado marcada por una constante histórica: la tensión entre la pretensión estadounidense de disciplinar a la isla y la persistente capacidad de resistencia del proyecto político cubano. Sin embargo, distintos acontecimientos recientes sugieren que la actual coyuntura podría representar algo más que un nuevo episodio de endurecimiento del bloqueo: podría tratarse del inicio de una fase distinta, caracterizada por la articulación simultánea de presión económica extrema, construcción narrativa de amenaza y señales político-militares que recuerdan mecanismos empleados previamente en otros escenarios internacionales.

Esa es la tesis central desarrollada en el programa La Base del 20 de mayo de 2026, conducido por Pablo Iglesias, en el que se plantea la posibilidad de que Estados Unidos esté creando condiciones políticas y discursivas para legitimar futuras acciones de mayor intensidad contra Cuba.

La pregunta central no es únicamente si Washington planea una intervención militar. La cuestión más relevante es si se está produciendo una transformación en la lógica estratégica aplicada históricamente hacia la isla.

Desde enero de 2026 la administración Trump ha impulsado medidas que, según los participantes, constituyen una escalada sin precedentes de la presión económica sobre Cuba. El elemento central sería un bloqueo energético de facto que limita severamente la llegada de hidrocarburos a la isla mediante sanciones y amenazas contra empresas navieras, aseguradoras y operadores financieros internacionales.

La consecuencia inmediata ha sido una crisis energética profunda: apagones prolongados, dificultades para el funcionamiento de servicios básicos y afectaciones severas en sectores estratégicos como salud, transporte y producción.

Pero la novedad radica menos en la existencia de sanciones —instrumento de la política estadounidense hacia Cuba desde hace 64 años 1— que en su alcance extraterritorial creciente.

Las nuevas disposiciones autorizan sancionar empresas extranjeras vinculadas con sectores considerados estratégicos dentro de la economía cubana, independientemente de su relación directa con Estados Unidos o del uso del sistema financiero estadounidense. La lógica aplicada ya no consiste únicamente en impedir vínculos bilaterales entre Washington y La Habana; el objetivo parece ser convertir el mercado mundial en mecanismo de coerción.

En otras palabras, Estados Unidos actuaría como árbitro global de las relaciones económicas con Cuba. La presión financiera adquiere entonces una dimensión estructural. Bancos internacionales enfrentan un dilema simple: mantener operaciones vinculadas con Cuba o preservar acceso al sistema financiero estadounidense y al dólar.

En términos prácticos, esto multiplica el aislamiento económico cubano y convierte la política de sanciones en un mecanismo de alcance planetario. No obstante, la dimensión económica constituye solo una parte del cuadro.

Uno de los aspectos más relevantes del análisis presentado fue la identificación de una posible arquitectura narrativa destinada a redefinir la imagen de Cuba ante la opinión pública internacional.

Según La Base, recientes publicaciones de medios estadounidenses y occidentales han desplazado progresivamente el eje discursivo: Cuba deja de aparecer únicamente como un problema político o humanitario para ser presentada como potencial amenaza de seguridad.

Las referencias a supuestos drones rusos e iraníes, vuelos de inteligencia, cooperación militar y operaciones encubiertas son interpretadas como componentes de un marco discursivo más amplio.

El procedimiento resulta familiar

La secuencia histórica ha sido observada en otros escenarios: primero se identifica un enemigo; después se amplifica una amenaza; finalmente se construye la idea de una intervención necesaria o preventiva.

Irak y las inexistentes armas de destrucción masiva constituyen el ejemplo paradigmático, aunque el esquema también fue identificado en Libia, Siria, Venezuela y otras experiencias recientes. La construcción de amenazas cumple una función política específica: transformar acciones ofensivas en respuestas defensivas.

Cuando un país deja de ser representado como víctima de presión y pasa a ser percibido como peligro potencial, las condiciones simbólicas para legitimar medidas extraordinarias comienzan a consolidarse.

En este sentido, los anuncios sobre posibles procesos judiciales contra Raúl Castro por el derribo de aeronaves pertenecientes a la organización Hermanos al Rescate en 1996 adquieren relevancia política más allá de su dimensión jurídica.

Treinta años después de los hechos, la reapertura mediática y judicial del caso aparece como una operación de presión adicional orientada a erosionar la legitimidad histórica de la dirigencia cubana. La experiencia venezolana constituye un antecedente que alimenta estas interpretaciones.

La utilización de procesos judiciales internacionales, acusaciones criminales y narrativas sobre amenazas regionales formó parte de una estrategia más amplia destinada a justificar acciones posteriores.

A ello se suma un nuevo elemento que complejiza el escenario: el despliegue hacia el Caribe del grupo de combate encabezado por el USS Nimitz, uno de los principales portaaviones de propulsión nuclear de la marina estadounidense. Aunque Washington presentó el movimiento como una operación rutinaria de presencia regional, el contexto vuelve difícil interpretarlo como un simple trámite administrativo.

En política internacional, los movimientos militares rara vez transmiten únicamente capacidades técnicas; también comunican mensajes políticos. Los portaaviones constituyen una forma particular de lenguaje geopolítico. Su función no consiste solamente en prepararse para una guerra. También sirven para proyectar fuerza, modificar cálculos políticos y ejercer presión psicológica. Son instrumentos de señalización estratégica.

Y precisamente aquí emerge quizá la hipótesis más inquietante del debate actual. Tal vez la cuestión ya no sea si Estados Unidos prepara una nueva Bahía de Cochinos.

Las imágenes de invasiones convencionales, desembarcos y ocupaciones militares pertenecen a una gramática clásica del poder imperial. El siglo XXI parece operar mediante mecanismos distintos y mucho más complejos.

En el análisis discutido en La Base apareció una pregunta perturbadora: ¿qué ocurre si el objetivo ya no consiste en conquistar militarmente un territorio, sino en volver materialmente inviable la vida cotidiana?

La referencia inevitable es Gaza

Aunque se trata de escenarios históricos diferentes, con dinámicas específicas, algunos elementos del paralelismo resultan difíciles de ignorar: restricciones sobre recursos estratégicos, presión sobre combustible, deterioro de condiciones materiales de vida y construcción narrativa de amenazas bajo una lógica permanente de seguridad.

En Gaza, el control sobre electricidad, infraestructura, combustible y abastecimiento adquirió una dimensión política y militar decisiva. El objetivo no fue únicamente la confrontación armada. También implicó la generación de condiciones extremas de desgaste social. La pregunta inevitable es si ciertas dinámicas recientes alrededor de Cuba comienzan a mostrar mecanismos semejantes.

Durante meses la isla enfrentó una creciente presión energética, restricciones financieras, sanciones extraterritoriales y dificultades cada vez mayores para sostener procesos básicos de reproducción económica y social. Paralelamente se multiplican discursos que redefinen a Cuba no solo como adversario político, sino como potencial amenaza estratégica.

La secuencia comienza a adquirir una forma reconocible: aislamiento económico, construcción de amenaza, judicialización política, presión diplomática y demostraciones militares. No se trataría necesariamente de ocupar un país.

Se trataría de producir agotamiento

Las formas contemporáneas de intervención ya no necesitan desembarcos espectaculares para quebrar sociedades. Pueden operar mediante mecanismos prolongados de desgaste económico, psicológico y político capaces de erosionar resistencias internas y fracturar cohesiones sociales.

Las guerras del siglo XXI no comienzan siempre con bombardeos. Muchas veces comienzan cuando el sufrimiento cotidiano de un pueblo se convierte en instrumento de presión geopolítica.

En el fondo, lo que aparece en disputa es algo más profundo que el futuro político de Cuba. La isla ocupa un lugar singular en la imaginación geopolítica estadounidense. Desde 1959 representa una anomalía histórica: un proyecto revolucionario que sobrevivió al colapso soviético, a décadas de aislamiento y a múltiples intentos de desestabilización.

Cuba representa, además, una señal incómoda para la hegemonía estadounidense en América Latina: recuerda la posibilidad histórica de trayectorias autónomas en un espacio que Washington ha considerado tradicionalmente parte de su área de influencia.

La coyuntura adquiere una complejidad adicional en un sistema internacional en transformación. El apoyo energético ruso, la cooperación tecnológica china y la emergencia de espacios multipolares indican que la cuestión cubana ya no pertenece exclusivamente al espacio hemisférico.

La pregunta, entonces, deja de ser exclusivamente cubana. Estamos ante un nuevo episodio del histórico conflicto entre Washington y La Habana o frente a un laboratorio donde se ensayan nuevas formas de coerción imperial adaptadas a un mundo en transición?

La historia ofrece una advertencia elemental: antes de las guerras suelen construirse relatos que las hacen parecer inevitables y, precisamente por ello conviene observar no solo los movimientos militares, sino también las palabras, las imágenes y las narrativas que comienzan a prepararlas.

1 El bloqueo —denominado oficialmente “embargo” por Estados Unidos— fue formalizado el 3 de febrero de 1962 por la administración de John F. Kennedy, aunque las primeras medidas de presión económica comenzaron entre 1960 y 1961. Esto significa que la política de sanciones y aislamiento contra Cuba se ha prolongado por aproximadamente 64 años, convirtiéndose en uno de los regímenes de coerción económica más extensos de la historia contemporánea. Lejos de permanecer inalterado, el bloqueo se profundizó mediante legislaciones como la Ley Torricelli (1992) y la Ley Helms-Burton (1996), que ampliaron su alcance extraterritorial permitiendo sancionar empresas y actores de terceros países. Más de seis décadas después, varias generaciones de cubanos han nacido y vivido bajo condiciones permanentes de restricción económica, haciendo del bloqueo no solo un instrumento de política exterior, sino un componente estructural de la relación entre Washington y La Habana.

SIFREHN defiende uso de teleconsulta y denuncia deterioro de la atención médica en la CCSS

SURCOS comparte el texto íntegro de la declaración de SIFREHN:

NO SOMOS LOS MÉDICOS LOS QUE NOS BURLAMOS Y ESTAFAMOS AL TRABAJADOR COSTARRICENSE Y A SUS FAMILIARES EN LA CCSS.

ACLARACIÓN URGENTE Y DERECHO DE RESPUESTA DE LA SECRETARÍA GENERAL DEL SINDICATO “SIFREHN” A FAVOR DE TODO EL PUEBLO TRABAJADOR COSTARRICENSE Y FAMILIARES, QUE ESPERAN AÑOS POR UNA CITA MÉDICA, Y A LOS QUE UNA VEZ MÁS SE PRETENDE ENGAÑAR.

Sepan ustedes estimados trabajadores costarricenses, familiares y ciudadanía en general, que algunos de los profesionales médicos que actualmente están siendo acusados con gran despliegue publicitario exhibiendo sus nombres, y muchos otros que probablemente estamos en “lista de espera” para serlo, lo estamos por el supuesto cuestionamiento de habernos extralimitado en la cantidad de pacientes atendidos, según criterio de algunos “impolutos” altos dirigentes institucionales de la CCSS, que juzgan a priori y sin debido proceso alguno y en los tribunales como debería de ser y tiene todo derecho cualquier ciudadano.

Se quiere plantear así la acción solidaria del médico ante la necesidad del paciente o del enfermo, prácticamente como una estafa a las sagradas arcas del Seguro de Salud, (muy mal administradas por cierto), pues se le debe pagar entonces a muchos de los pacientes atendidos —por patologías cotidianas en general simples pero incapacitantes, que todos sufrimos como pueblo muy enfermizo que somos— su incuestionable derecho a la incapacidad laboral, que es lo que en primera instancia molesta a la Caja, como si el paciente no pagara y no tuviera derecho a ello.

Viene al caso mencionar entonces que muchos de los pacientes que hoy ya pintan canas, pueden recordar y aseverar, al igual que los anales de las primeras clínicas periféricas que tuvo la Caja, como la Moreno Cañas de los barrios del sur por ejemplo, a la que tuvimos el honor de servir, que en la consulta denominada “Extemporánea”, el médico atendía por lo general más de 100 pacientes diarios, sin que recordemos de algún reclamo serio por “mal praxis” y ante el aprecio y reconocimiento de todos los pacientes, que además gozaban del servicio de “visitas domiciliarias”, donde los médicos también atendimos a miles de pacientes durante las epidemias de gripe, varicela, sarampión, infecciones gastrointestinales, trastornos sicológicos, etc.

Pero volviendo al caso de la presunta estafa de parte de los médicos y de los pacientes que legalmente utilizan el excelente y resolutivo recurso de la “TELECONSULTA”, todos sabemos que estos trabajadores, aun los de los sectores más humildes, pagan religiosamente su SEGURO DE SALUD para su protección y la de sus familiares y sin embargo, es bien conocida, la pésima prestación de los esenciales servicios médico-asistenciales de la Caja al pueblo trabajador y ciudadanía en general, ya que la Institución, desde hace muchos años no tiene la capacidad resolutiva para atenderlos, incluso desde el básico primer nivel de atención de los EBAIS, pues no ha querido en forma obcecada y absurda, contratar más médicos, o los médicos necesarios, tanto generales como especialistas en formación, pudiendo haberlo hecho, tal como lo hemos venido denunciando desde hace más de una década, y la Defensoría de los Habitantes es testigo de ello (p. 2). Y ya que se nombra a “La Defensoría”, baste aquí también recordar su lapidaria frase: “SACAR CITA EN UN EBAIS RESULTA MISIÓN IMPOSIBLE”.

Por lo tanto, al ser miles de pacientes diarios en todo el país los que enfrentan esta cruel e inconstitucional situación (artículo 21 de la Constitución y jurisprudencia) y no teniendo tampoco los recursos para pagar la excelente pero lógicamente onerosa medicina privada, la única opción que les queda hoy día afortunadamente a dichos pacientes, es la posibilidad e incuestionable derecho de poder acudir a la justa y mucho menos costosa TELECONSULTA o CONSULTA VIRTUAL NO PRESENCIAL.

Como corolario de toda esta situación, puede deducirse, que si los trabajadores pagan puntualmente su Seguro de Salud y no son atendidos, la “GRAN ESTAFA” la están cometiendo entonces los administradores y dirigentes institucionales responsables del SEM (Seguro de Enfermedad y Maternidad) (p. 2). Ellos son los legítimos responsables y estafadores de amplios sectores del pueblo trabajador que engruesan las criminales y crecientes listas de espera de más de un millón de pacientes en los hospitales y las crueles filas madrugueras en busca de cupos en los EBAIS, y NO SOMOS NI NUNCA HEMOS SIDO LOS MÉDICOS LOS CULPABLES, como tendenciosa y rastreramente quieren hacerle creer al pueblo, para encubrir su tremenda incompetencia gerencial y administrativa de décadas, que ha conducido al despilfarro y mal uso de los recursos del Seguro de Salud y también a la debacle del Seguro de IVM, siendo entonces, más bien sus nombres, los que deberían ser exhibidos ante la opinión pública, debiendo estar en primer lugar los funcionaros de la Comisión Central Evaluadora de Licencias e Incapacidades y, que alegan públicamente “que están llegando tarde para detectar fraudes”… según ellos, obviamente cometidos por los médicos, en el otorgamiento de incapacidades prolongadas, cuya causa en la gran mayoría de los casos es la gran incapacidad resolutiva de la propia Institución ante el pleno derecho de los pacientes.

Por lo tanto, la Secretaría General del Sindicato SIFREHN avisa a todos sus afiliados y miles de usuarios que los consultorios médicos del sindicato continuarán, como lo han venido haciendo desde su creación hace aprox. 5 años, prestando sus servicios médicos a la población necesitada, tanto en forma presencial en su horario de lunes a viernes, como mediante el sistema de Teleconsultas, todos los días de la semana.

Atentamente:

Dr. Alfredo Ramírez Montero Cédula 103110226
Secretario General del Sindicato del Frente Hospitalario Nacional -SIFREHN

 

De la gloria del Estado Social al espejismo del cambio (Parte I)

Por: JoseSo (José Solano-Saborío) / Entre Verdades y Opiniones

George Santayana escribió que: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.”

Bienvenidos a una nueva serie de columnas donde vamos a poner las cartas sobre la mesa. A lo largo de estas entregas, quiero que repasemos juntos nuestra historia política reciente: los grandes aciertos, los peores desaciertos, los casos de corrupción que nos sacudieron, los logros de aquel bipartidismo tradicional y, finalmente, cómo llegamos a comprar el engaño de un “cambio” que terminó siendo una ilusión.

Para entender dónde estamos, tenemos que recordar de dónde venimos. Y nuestro punto de partida tiene que ser esa Costa Rica que renació de las cenizas.

Los cimientos de nuestra democracia

Nuestra historia moderna nace de una herida profunda: la dolorosa guerra civil de 1948. Sin embargo, de ese conflicto tan trágico logramos algo excepcional. En 1949, la Asamblea Nacional Constituyente definió las bases de lo que hoy es una de las democracias plenas más sólidas del mundo entero.

Fue una época de gigantes, donde líderes de distintas trincheras entendieron que el país estaba por encima de las banderas. Es de justicia histórica reconocer a figuras como José María Figueres Ferrer, Rafael Ángel Calderón Guardia, Monseñor Víctor Manuel Sanabria y Manuel Mora Valverde, quienes, con sus acuerdos y diferencias, forjaron las Garantías Sociales. A ellos se suman mentes brillantes como Jorge Manuel Dengo y Rodrigo Facio, arquitectos de la institucionalidad que nos dio paz y progreso.

La época de oro: El Estado de Bienestar (1950 – 1970)

Entre los años 50 y los 70, Costa Rica construyó un verdadero Estado de Bienestar. No fue obra de la casualidad, fue un proyecto país.

Logros monumentales como la abolición del Ejército, la creación del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) para garantizar el respeto a las urnas, la nacionalización bancaria y la fundación del ICE, transformaron a Costa Rica. Se fortaleció la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), se consolidó el Código de Trabajo y se le dio un impulso vital a la Universidad de Costa Rica (UCR) y a la educación pública en general.

Pero el impulso no se detuvo ahí. En los años siguientes vimos nacer el Sistema de Parques Nacionales —que hoy es nuestra mayor carta de presentación mundial—, el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS), el Fondo de Desarrollo Social y Asignaciones Familiares (FODESAF), y conquistas laborales intocables como el aguinaldo. Era un Estado diseñado para que el hijo del campesino pudiera llegar a ser médico o ingeniero.

El quiebre de los 80s: La receta cambia

Pero todo modelo se desgasta, y a mediados de los años 80, el timón dio un giro brusco. El Estado de Bienestar comenzó a fracturarse.

Bajo la presión de la crisis económica y los mandatos del Fondo Monetario Internacional (FMI), Costa Rica entró en la era de los Programas de Ajuste Estructural (PAEs). Este marco neoliberal no se impuso solo; contó con el contubernio de tanques de pensamiento como la ANFE y las cúpulas políticas tradicionales tanto del Partido Liberación Nacional (específicamente la corriente del “arismo”) como del Partido Unidad Social Cristiana.

De pronto, la narrativa cambió. El discurso oficial empezó a bombardearnos con una idea central: “el Estado es muy grande y el gasto público es el enemigo”. Bajo esta justificación, comenzaron los recortes a programas sociales vitales y la visión de aquel país solidario empezó a ser sustituida por una visión estrictamente contable y de mercado.

El germen de la decadencia

Ese quiebre institucional y económico abrió la puerta a una Costa Rica muy distinta. Sin embargo, el daño más profundo de este cambio de rumbo no fue solo económico. Al debilitarse la visión solidaria del Estado y priorizarse el cálculo mercantil y la privatización de las ganancias, se abrió la puerta a un mal mucho más oscuro.

Empezó a enraizarse una nefasta y generalizada cultura de corrupción que permeó todos los estratos. Una descomposición moral que se instaló no solo en las más altas esferas de los sucesivos gobiernos, sino que también hizo metástasis fuera del Estado: en el sector privado, en gremios y en diversas estructuras de poder. El dinero, las comisiones y el tráfico de influencias comenzaron a pesar más que el bienestar común.

Cómo esos escándalos de corrupción descarada erosionaron la confianza pública, y cómo esto nos llevó a la crisis de nuestra clase media, al abandono del sector agropecuario y a la dolorosa brecha social que hoy sufrimos, será el plato fuerte de nuestra segunda columna.

Nos leemos en la próxima entrega.

Cuba, los drones y la fábrica mediática imperial

José A. Amesty Rivera

La reciente publicación del medio estadounidense Axios en su artículo, Exclusiva: Estados Unidos analiza la amenaza de drones de ataque procedentes de Cuba, sobre una supuesta “amenaza de drones cubanos” contra intereses de EEUU, no puede analizarse como una noticia aislada. No estamos frente a un simple reportaje de seguridad internacional, sino ante una operación comunicacional cuidadosamente diseñada para instalar miedo, fabricar consenso y preparar psicológicamente a la opinión pública ante posibles acciones más agresivas contra Cuba.

La historia es vieja en América Latina, cada vez que Washington necesita justificar sanciones, bloqueos, invasiones o golpes blandos, primero construye un enemigo; y para construirlo, necesita medios de comunicación obedientes, amplificadores de rumores, filtraciones “clasificadas”, expertos alineados y titulares alarmistas. Esta vez le tocó nuevamente a Cuba.

El artículo de Axios intenta presentar a Cuba como una especie de plataforma militar ofensiva apoyada por Irán, Rusia y China. Habla de drones, espionaje, asesores militares iraníes, soldados cubanos en Ucrania y hasta posibles ataques a Florida, todo mezclado en una narrativa de tensión permanente.

Pero el mismo texto termina contradiciéndose; después de encender las alarmas durante varios párrafos, reconoce finalmente que los funcionarios estadounidenses “no creen que Cuba represente una amenaza inminente”, es decir, el gran titular se derrumba por sí mismo.

Entonces surge la pregunta elemental, si no existe amenaza inmediata, ¿por qué fabricar semejante escándalo mediático?

Porque el imperialismo estadounidense necesita mantener viva la imagen de Cuba como enemigo, necesita justificar el bloqueo criminal que asfixia al pueblo cubano desde hace más de seis décadas, necesita convencer a la opinión pública estadounidense de que la isla no es una víctima de agresión económica, sino un “peligro regional”. Y aquí entra la maquinaria mediática.

Durante años, muchos sectores progresistas latinoamericanos denunciaron cómo grandes corporaciones mediáticas actuaban como verdaderos partidos políticos de derecha; hoy el fenómeno es más profundo, los medios no solo manipulan elecciones o destruyen dirigentes populares, también ayudan a construir escenarios de guerra.

Axios no actúa aquí como prensa independiente, funciona como canal de filtración de sectores del aparato de seguridad estadounidense. La propia nota admite que la información proviene de inteligencia clasificada, es decir, alguien dentro del poder estadounidense decidió entregar ese relato al medio para que fuera difundido masivamente.

Y el problema no es solo la filtración, el problema es la ausencia total de contraste periodístico. No hay pruebas verificables sobre esos supuestos planes cubanos de ataque, no aparecen documentos públicos, no se muestran imágenes satelitales, no se presentan fuentes independientes, todo descansa sobre “altos funcionarios estadounidenses”.

En otras palabras, el lector debe creerle ciegamente al Pentágono, a la CIA y al Departamento de Estado. Esto no es periodismo serio, es propaganda imperial con apariencia de noticia.

Lo ocurrido recuerda demasiados episodios históricos. EEUU tiene larga experiencia inventando amenazas para justificar agresiones: ocurrió con el hundimiento del Maine en 1898 para intervenir en Cuba, aconteció con el Golfo de Tonkín para escalar la guerra en Vietnam, pasó con las inexistentes armas de destrucción masiva en Irak, ocurrió con las falsas acusaciones sobre Libia, Siria y Venezuela.

Ahora el esquema se recicla contra Cuba utilizando un elemento moderno, los drones. La narrativa es casi de película, una isla pequeña, empobrecida y bloqueada aparece presentada como una amenaza tecnológica regional vinculada a Irán y Rusia; es el clásico mecanismo de miedo geopolítico, y mientras tanto, se oculta la verdadera realidad.

La realidad es que Cuba vive una crisis económica brutal agravada por el bloqueo estadounidense, es que millones de cubanos sufren apagones, escasez y dificultades cotidianas, es que Washington mantiene medidas de asfixia económica destinadas explícitamente a provocar desesperación social, pero nada de esto ocupa los grandes titulares.

Hay además una hipocresía monumental en toda esta campaña. EEUU posee cientos de bases militares alrededor del mundo, mantiene flotas navales cerca de múltiples países, financia guerras indirectas, utiliza drones armados en distintos continentes, invade, sanciona y amenaza constantemente. Sin embargo, cuando Cuba habla de defensa nacional, inmediatamente se convierte en “amenaza”.

La Habana respondió correctamente recordando un principio básico del derecho internacional, todo país tiene derecho a defenderse, y eso es cierto. Cuba conoce demasiado bien la historia de agresiones estadounidenses, como: invasiones, sabotajes, terrorismo, bloqueo económico, atentados y operaciones encubiertas forman parte de más de sesenta años de hostilidad permanente.

¿O acaso ya olvidaron Playa Girón? ¿La Operación Mangosta? ¿Los cientos de intentos contra Fidel Castro?

Cuando un país vive bajo amenaza constante, prepararse defensivamente no es agresión; es supervivencia. Hoy las guerras ya no comienzan solamente con bombas, comienzan con narrativas.

Primero se demoniza al adversario, luego se exagera el peligro, después se habla de “seguridad nacional”, “amenaza regional” o “protección de la democracia”, finalmente llegan las sanciones, las operaciones encubiertas o la intervención directa.

La batalla mediática es parte esencial del conflicto contemporáneo; por esto la política comunicacional de muchos grandes medios occidentales resulta tan peligrosa, no informan para comprender la realidad, informan para moldearla según intereses de poder.

Y en el caso cubano, existe además un objetivo psicológico, aislar internacionalmente a la isla y desgastar moralmente a los pueblos latinoamericanos solidarios con la revolución cubana.

Se busca instalar la idea de que Cuba es inviable, peligrosa, fracasada y aislada, que toda resistencia al imperialismo termina derrotada, que no existe alternativa posible al dominio estadounidense. Es una guerra ideológica permanente.

Desde una perspectiva seria de izquierda latinoamericana, defender a Cuba no significa negar sus problemas internos, económicos o dificultades políticas, significa comprender el contexto histórico real.

No se puede analizar la situación cubana ignorando el bloqueo económico más largo de la historia moderna, no se puede hablar honestamente de crisis cubana sin mencionar las sanciones financieras, el cerco comercial y la persecución económica extraterritorial impulsada por Washington.

Muchos medios internacionales presentan la realidad cubana como si el bloqueo no existiera o fuera un detalle secundario, esto también es manipulación. La izquierda latinoamericana tiene el deber de desmontar esas operaciones comunicacionales, no desde el fanatismo, sino desde el análisis crítico y antiimperialista.

Porque cuando atacan a Cuba, no atacan solamente a un gobierno, arremeten contra el símbolo histórico de soberanía latinoamericana que la revolución cubana representa desde 1959. Acometen la idea misma de que un pequeño país pueda resistir al poder imperial más grande del planeta.

Lo más grave del artículo de Axios, es que normaliza la posibilidad de una acción militar estadounidense; el propio texto reconoce que esa información “podría convertirse en un pretexto para una acción militar”, y aun así publica el material sin cuestionarlo.

Esto demuestra hasta qué punto ciertos medios ya ni siquiera esconden su alineamiento con los intereses geopolíticos de Washington. Se intenta crear una atmósfera donde futuras agresiones parezcan “preventivas”, “necesarias” o incluso “defensivas”, exactamente igual que ocurrió antes de Irak en 2003.

La fórmula se repite: fabricar miedo; exagerar amenazas; demonizar al adversario; preparar psicológicamente a la población; justificar medidas agresivas. Nada nuevo bajo el sol imperial.

Pese a todas las dificultades, Cuba sigue siendo un símbolo incómodo para el poder estadounidense, porque demuestra que un país pequeño puede resistir durante décadas sin rendirse completamente, que sigue defendiendo su soberanía, que aún conserva una profunda legitimidad histórica en amplios sectores populares del continente.

Por esto la ofensiva no es solamente económica, también es mediática, cultural e ideológica. Se busca quebrar la moral colectiva, convencer a las nuevas generaciones de que toda experiencia antiimperialista está condenada al fracaso.

Sin embargo, la historia latinoamericana enseña otra cosa, los pueblos resisten incluso en las condiciones más difíciles. Y hoy más que nunca resulta necesario denunciar cómo ciertos medios corporativos, actúan como instrumentos de guerra psicológica al servicio de intereses imperiales.

La campaña contra Cuba no trata realmente sobre drones, trata sobre soberanía, sobre control geopolítico, sobre el miedo de Washington a cualquier experiencia que desafíe su dominio histórico sobre América Latina.

Por esto, frente a las mentiras mediáticas, frente a las operaciones psicológicas y frente a la manipulación imperial, la tarea sigue siendo la misma, defender la verdad de nuestros pueblos, ejercer pensamiento crítico y mantener viva la solidaridad latinoamericana.

Porque cuando el imperialismo fabrica enemigos, normalmente está preparando agresiones, y porque Cuba, con todos sus ataques y dificultades, sigue siendo una trinchera simbólica de dignidad para Nuestra América.

La trampa del especismo: por una ética de la compasión animal

Wilmer Casasola-Rivera
Escuela de Ciencias Sociales, TEC
wcasasola@itcr.ac.cr

El sufrimiento del otro

Ocuparse del sufrimiento ajeno podría ser el verdadero parámetro de nuestra capacidad moral. Sin embargo, cuando se trata del dolor animal, la indiferencia suele intensificarse. Si reducimos a los animales a simples objetos de consumo, anulamos de inmediato la posibilidad de percibir su realidad.

Durante un almuerzo, una colega me preguntó por qué no comía carne y, con tono burlón, soltó: “No importa si te lo comes; el animal ya está muerto, no siente”. Comentarios como este anulan la sensibilidad hacia los animales y omiten que ese trozo de carne inerte en el plato fue un ser viviente que experimentó pánico y sufrimiento indescriptibles antes de morir para el simple deleite humano.

Quienes defienden esta visión moral, paradójicamente, suelen afirmar que comparten los objetivos de la ética medioambiental. Pero la incongruencia ética es palpable: quien se proclame ambientalista no debería alimentarse de animales, menos aún si provienen de la ganadería industrial, la cual es altamente contaminante y genera efectos destructivos inmediatos sobre los ecosistemas y la salud pública.

El sufrimiento es parte de la condición humana y sufrimos por muchas razones. Pero hay un tipo de padecimiento que merece siempre nuestra atención: el que provocamos intencionalmente. El daño es cualitativamente mayor cuando se inflige a un ser indefenso, como los animales, víctimas históricas de la acción humana directa. Tomar conciencia del sufrimiento ajeno implica reconocer su vulnerabilidad. Pero cuando decidimos ejercer un dominio racional sobre otras especies, el sufrimiento queda silenciado.

La trampa del especismo

El especismo es un esquema de pensamiento y una actitud moral deliberada, arbitraria y asumida voluntariamente, mediante la cual el ser humano establece una taxonomía jerárquica que considera inferiores a las demás especies no humanas. Esta racionalidad antropocéntrica anula la existencia y la sintiencia de estos seres vivos: los reduce a simples objetos de consumo y normaliza socialmente su sufrimiento a través de la costumbre, la tradición y los dispositivos de socialización cultural.

El especismo es selectivo: decidimos qué animales son sujetos de ternura moral y cuáles se reducen a objetos de consumo. A estos últimos les negamos capacidad moral afectiva, silenciando una equivalencia moral sintiente. Esta práctica selectiva y convencional anula la posibilidad de una ética crítica sobre la propia conducta. Como nacemos en un entorno moral especista y carnista que normaliza el dolor, esta selectividad bloquea la compasión y valida la violencia hacia los animales.

Esto explica por qué muchos niños y adolescentes participen en peleas de gallos como algo socialmente aceptable, ignorando el dolor que experimentan estos animales al batirse en duelo sangriento, donde el ave no sabe por qué pelea hasta la muerte, pero debe hacerlo para poder vivir. O bien, se evidencia cuando en los reportajes mediáticos sobre «granjas-restaurantes» se pasa, sin transición alguna, de acariciar con ternura a un cerdo o un ternero a engullirlo con suma normalidad.

El especismo es un criterio moral selectivo. El Homo sapiens, al carecer de una fuerza física imponente ante otras especies, desarrolló la razón como una herramienta de supervivencia que terminó transformándose en un instrumento de opresión absoluta. Hoy, hombres y mujeres inteligentes someten a una perpetua esclavitud a miles de millones de animales para fines tan diversos como la explotación laboral, la experimentación científica, la matanza frenética o, incluso, la industria pornográfica. De esta forma, nuestra supuesta superioridad deviene en una moral patológica que justifica la crueldad en nombre del beneficio o la gula humana.

La ética de la compasión

¿Es posible una ética de la compasión hacia los animales? ¿Se puede enseñar o aprender a ser moralmente compasivo con los animales? Enseñar ética animal no garantiza su aplicación práctica, pero no promover esta reflexión es una omisión mucho peor.

La compasión moral hacia los animales, cuando no existe una base teórica, sugiere que la ética animal es innecesaria. No obstante, la moral dominante sigue siendo la indiferencia: no interesa el terror que viven los animales en los mataderos para ser reducidos a simples trozos de carne. El verdadero desafío ético consiste en transformar esa indiferencia sistémica en una conciencia de reconocimiento del sufrimiento ajeno.

El especismo se basa en construcciones racionales legitimadas socialmente. La racionalidad especista adquiere un estatus superior. La racionalidad se construye socialmente y puede ser, incluso, moralmente destructiva. El paradigma racionalista privilegia principios abstractos y universales como fundamento de la moral, pero subestima el papel de las emociones. Frente al sufrimiento animal, ese enfoque no transforma la moral de la indiferencia. El componente emocional es importante en la orientación de una nueva ética animalista. La racionalidad, por sí sola, no conduce necesariamente a la acción ética.

La compasión, desde la perspectiva del Dalái Lama, es la base de la convivencia humana. Sostiene que las principales causas de guerra y violencia son nuestras emociones negativas, a las que concedemos demasiado espacio en lugar de la razón y la compasión. Pero la educación lo podría cambiar todo, pues los seres humanos tenemos capacidad de aprender. Plantea que la ética es más profunda e importante que la religión porque es innata a la naturaleza humana. A diferencia de las creencias religiosas, la ética no se impone: forma parte esencial de lo que somos. Por eso, según él, el siglo XXI necesita una nueva ética que trascienda las religiones y promueva el respeto hacia toda forma de vida, incluidas plantas y animales.

El Dalái Lama comete un pequeño error filosófico al afirmar que la ética es innata en la naturaleza humana. La capacidad de juzgar el bien y el mal es un aprendizaje social: la sociedad esculpe una racionalidad moral en los individuos, un esquema conceptual que se justifica y naturaliza en la práctica cotidiana. El fenómeno del nacionalsocialismo alemán es el ejemplo claro de cómo un Estado puede diseñar una racionalidad del odio moralmente aceptada y normalizar socialmente el exterminio de millones de personas indefensas. Pero hoy no es diferente. Esta misma lógica la encontramos en la figura de Benjamin Netanyahu, el gran genocida del siglo XXI, y en los sectores que sostienen su régimen, donde esa misma estructura racional justifica moralmente las políticas de exterminio y colonización contra el pueblo palestino. No se trata de equiparar ambos hechos históricos, sino de evidenciar cómo la racionalidad moral es capaz de moldearse para legitimar el sufrimiento ajeno cuando al poder le conviene.

En este sentido, la racionalidad no cambia la práctica moral por sí sola: necesita del componente emocional, como la compasión, para transformar la perspectiva moral hacia el sufrimiento animal. La ética de la compasión hacia los animales implica una disposición moral orientada a enfrentar su sufrimiento y promover su bienestar intrínseco. Por este motivo, la ética académica no sirve si no se traduce en una ética práctica. Hoy nos encontramos ante una ética atrapada en discusiones hermenéuticas que se ahoga en la interpretación de viejos textos como materia prima para decir algo filosóficamente aislado; una ética atrapada en los salones de clase o en tardes de café donde salimos huyendo de la rutina hogareña para asumir una pose intelectual pública de compromiso con el asunto animal.

La ética animal no puede reducirse a un discurso lógico o racionalista. El ensañamiento lógico no provoca necesariamente un giro emocional en las personas que son indiferentes al sufrimiento animal. La lógica puede convertirse en un refugio racional y una zona de confort académica que descuida la perspectiva educativa. En su lugar, la educación emocional debe ser el elemento central para la acción ética animal. Se trata de combinar la argumentación racional y la educación emocional con el propósito de lograr la compasión moral y revertir la indiferencia histórica ante el sufrimiento de los animales. Si logramos que las personas reconozcan el sufrimiento animal y actúen en su favor, el discurso ético habrá cumplido su finalidad práctica; de lo contrario, quedará atrapado en el discurso academicista.

El Dalái Lama plantea que la ética no es una lista de mandamientos ni de prohibiciones, sino una práctica que conduce al bienestar y a la felicidad, tanto propios como ajenos. Desde esta perspectiva, la ética puramente racional no es el mejor camino para despertar la compasión moral hacia los animales ni para transformar la indiferencia ante su sufrimiento. No se trata de formular imperativos racionalistas y universales, sino de promover principios que inspiren una reflexión sobre la realidad de los animales y despierten un cambio emocional en favor de estos seres vulnerables.

Una ética animal aplicada debe ser pedagógica: enseñar modelos de razonamiento y educación emocional que despierten el deseo moral de aliviar el sufrimiento animal y promover su bienestar en términos de libertad, protección y felicidad. Y esta tarea la podemos emprender de forma individual a través la acción ética.

La acción ética puede asumir dos formas: la acción ética individual y la acción ética colaborativa. La primera puede ser directa o indirecta. De manera directa, podemos organizar conversatorios comunitarios, crear contenido para redes sociales, rescatar animales o participar en encuentros y marchas. De manera indirecta, nos corresponde apoyar otras iniciativas: si no tenemos la capacidad física ni emocional para rescatar a un animal, sí tenemos la capacidad de donar a la persona que lo rescató para sufragar sus gastos; si no poseemos la habilidad para generar contenido que despierte la conciencia ética a favor de los animales, sí podemos compartir, divulgar y colaborar con quienes lo hacen.

La acción ética colaborativa, por su parte, tiene una serie de desafíos que impiden su avance. Pese a la gran tarea que tenemos por delante, seguimos atrapados en taxonomías éticas y divisiones teóricas que nos fragmentan: sensocentrismo frente a biocentrismo o ecocentrismo; bienestarismo contra abolicionismo; veganismo versus vegetarianismo, etc. En lugar de enfrascarnos en discusiones de salón, lo que realmente urge atender es la condición social de los animales ante el dominio racional de nuestra especie.

Por alguna extraña razón, hemos emprendido una tarea racional colectiva: hacer daño. Cuando no podemos infligir daño físico directo, causamos cualquier tipo de daño indirecto. Decía James Lovelock que, como animales individuales, no somos tan especiales, al punto de que la especie humana es casi una enfermedad planetaria. Cada día estoy más convencido de que somos una especie particularmente dañina. Y es precisamente en ese “casi” donde podemos ubicarnos y marcar la diferencia a favor de los animales, esos que merecen vida y libertad.

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¿Tomar el Poder Judicial?

José Manuel Arroyo Gutiérrez

El Poder Judicial democrático es ejercido por cada una de las personas jueces y juezas de la República. De manera que, desde el juez contravencional del lugar más remoto del país, hasta quienes ejercen la magistratura en la Corte Suprema, son todos Poder Judicial.

También tiene que estar claro que, en el ámbito de sus competencias, cada juez tiene plena posibilidad para decidir según su ciencia y conciencia, no tiene “jefes” que lo obliguen o condicionen a resolver de determinada manera, y sus resoluciones solo pueden ser corregidas o declaradas ineficaces conforme los recursos que existan para ello.

Puede entenderse entonces que esta verdad sea de imposible comprensión para una mentalidad autocrática, convencida de que el poder sólo se puede ejercer ordenando, conminando y hasta gritando o insultando para imponer su criterio.

El principio de división de poderes no solo tiene que ver con la separación funcional entre Legislativo, Ejecutivo y Judicial, sino que se trata de un principio que involucra a otros órganos con misiones especiales como el Tribunal Supremo de Elecciones para organizar, dirigir y determinar los procesos electorales, y la Contraloría General de la República en la vigilancia y control de la legalidad de la hacienda pública.

Pero además la división de poderes desciende, transversalmente, a lo interno de todo el sistema republicano y de cada poder en particular. Por eso hay decisiones que no puede tomar quien ejerce la Presidencia de la República sin que concurra la firma del ministro del ramo, o el criterio del Consejo de Gobierno. Por eso también en el proceso penal, dentro del Poder Judicial, por ejemplo, hay un órgano que investiga y acusa, otro que defiende y jueces imparciales que resuelven.

Nadie, absolutamente nadie, puede decirle a un fiscal, estando legalmente obligado a hacerlo, si investiga o si acusa, o a un defensor si cumple con sus deberes defensivos, o a un juez a que no actúe conforme sus obligaciones.

Decir que ya se han tomado el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo y que sólo falta tomar el Poder Judicial, no es sólo un propósito dictatorial, sino una muestra de ignorancia de cuál es la naturaleza de la función judicial, cómo está distribuida en numerosos actores y cómo esa distribución asegura un funcionamiento democrático de la justicia.

La democracia es el sistema político en el que sus jerarcas tienen el menor poder arbitrario. A todo peso le acompaña un contrapeso. Por esta razón existen los vetos, los resellos con mayoría calificada. las consultas obligatorias, el control de legalidad, el control de constitucionalidad y el control irrestricto de cada facultad para evitar el abuso de poder y el atropello a los derechos fundamentales de las personas.

“Tomar” el poder judicial no es tan sencillo como controlar la Corte Suprema mediante magistraturas dóciles o adeptas, siempre existirán jueces y juezas que preserven su integridad y no se amedrenten, ni se vendan.

Crucitas: la ilusión de riqueza que produce el oro

Fernando Rodríguez Garro
Economista

Fernando Rodríguez Garro

Los conquistadores españoles se obsesionaron con el mito de El Dorado, que se fue distorsionando con el tiempo hasta llegar a ser la historia de una ciudad con riquezas inimaginables en oro. Esto los llevó a embarcarse en tareas increíbles, como la de tratar de drenar la Laguna de Guatavita a mediados del siglo XVI, a fin de comprobar la veracidad de la leyenda, lo que generó una cicatriz en la zona que aún hoy es visible y que pudo dañar de forma irreparable la riqueza ambiental del área que la rodea. Los conquistadores no encontraron El Dorado, ni lograron secar la Laguna de Guatavita, aunque finalmente mucho oro sí logró cruzar el Atlántico.

La comprensión que el mundo tenía de riqueza en ese entonces era muy particular, claramente la acumulación de metales preciosos tenía un papel central en ese concepto y el poder de las naciones se definía en función de la cantidad de “riquezas” en oro y plata que se pudieran acumular. Pero esto cambió, el mundo transformó su modo de producción y la revolución industrial vino a darle sustento a una visión que condensó adecuadamente Adam Smith en su obra “Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones”, cuando señalaba que la base de la riqueza de una nación está en la producción, el uso del trabajo productivo para la satisfacción de las necesidades de la población. Los metales preciosos son, en este concepto, un medio de cambio, pero no la fuente de la riqueza.

La discusión con la que hoy nos encontramos, sobre la minería de oro a cielo abierto en la zona norte de nuestro país, se distorsiona para promover un ideal de riqueza que desde hace 250 años la economía como disciplina científica dejó atrás. Si bien el oro extraído del suelo se puede comerciar y obtener de él recursos para invertir de distintas formas, ni esto por sí solo garantiza resultados distintos que hagan del proceso en la zona norte una panacea de desarrollo, ni cambiará el destino de la zona de Cutris y alrededores en el largo plazo.

Empecemos por el primer punto, hay muchas experiencias previas de países, o regiones, dedicadas a la explotación de oro, y otros recursos naturales, en que estas actividades no cambiaron sustancialmente su situación económica y, sobre todo, su nivel de desarrollo en el largo plazo. Si la explotación de oro planteada en Cutris será como se ha indicado hoy, gran parte del valor que generará la venta del oro no quedará en la comunidad, ni servirá para transformar mayor cosa en esa comunidad. La forma en la que se plantee el proceso, más allá del papel del oro en la transformación de las condiciones económicas de la zona, puede hacer que las cosas se vean distintas, para bien, o que no dejen ningún efecto beneficioso.

Ilustremos esto con un ejemplo. ¿Por qué si Noruega y el Reino Unido tenían acceso a la misma cuenca del Mar del Norte, obtuvieron resultados distintos de la exploración y extracción de petróleo? La respuesta en sencillo es la forma en que lo planteó Noruega, su estrategia se basa en el control público estricto de estas actividades, impuestos elevados a las empresas que participan de la extracción del petróleo, que llegan al 78% de sus ganancias netas, y la constitución de un gigantesco fondo de inversión global, que es la fuente de recursos que alimenta la economía noruega. Para obtener en nuestro caso resultados distintos, como los obtenidos por Noruega, tendríamos que hacer las cosas de otra manera, que dista mucho de lo que se está planteando hoy con la minería de oro a cielo abierto.

Por otro lado, ¿puede garantizar este proceso un cambio en las condiciones de desarrollo de la zona norte del país? No, siguiendo el planteamiento que define lo que es riqueza, las condiciones de producción de riqueza en la zona no cambiarán, no habrá una modificación de sus fuerzas productivas, ni en las condiciones de competitividad, ni una transformación de los procesos de producción que permitan sumar más valor agregado a las actividades económicas en esa región. El día que el oro no esté, que se haya agotado su explotación, nos quedarán los resultados del proceso, los buenos y los malos, incluyendo en esto último los impactos ambientales, pero nada más, no habrá ninguna transformación sustancial que cambie el destino de las personas de esa zona.

Esto lo entendieron los países petroleros del Golfo Pérsico hace un tiempo, cuando supieron que los recursos obtenidos por las ventas de este hidrocarburo debían invertirse en cambiar las cosas dentro de sus países. Sin embargo, la situación actual en esa región del planeta demuestra que su posición aún es endeble, sus economías siguen muy vinculadas a la exportación de gas y petróleo, y si su comercialización se ve afectada por situaciones como la que viven hoy, sufren de forma importante. Ese es el problema de suponer que podemos depender de un recurso natural, para solucionar los problemas que las estrategias de desarrollo de las últimas décadas no lograron.

Si la explotación del oro no cambia la realidad de las fuerzas productivas de la zona, si esos recursos no se invierten en fortalecer la educación de sus niños y jóvenes, en mejorar la infraestructura pública de la región norte, en más y mejores caminos, en mejorar la velocidad de conexión a la red de internet, en más y mejor infraestructura de salud, incluso en una ferrovía que conecte la zona norte con el área portuaria del Caribe costarricense, no habrá nada distinto el día que el oro se acabe, salvo el previsible impacto ambiental.

Y es que esto tampoco se habla de forma abierta, pues la ilusión de riqueza que el oro produce, no se contrapone al costo ambiental que produciría la exploración del oro en gran escala, impacto que reduciría los beneficios a la población por los servicios ambientales que la zona eventualmente impactada produce hoy día. ¿Cuánto será el costo ambiental de esa exploración, en comparación con el pírrico 5% de los ingresos de la actividad que se quedarán en el país como renta del oro extraído?

Sin entender cómo realmente se produce la riqueza, o sin ver el impacto que el costo ambiental puede tener en nuestras actividades diarias, incluyendo la producción en el largo plazo, lo que estamos haciendo por el momento es engañarnos con el oro como una solución a los problemas de una región que urge de respuestas.

Panoramas SURCOS | 20 de mayo de 2026

Le invitamos a conocer esta selección de temas publicados hoy en SURCOS y navegar en el medio:

Wyomia Tyus: oros olímpicos contra la segregación
Gabe Abrahams
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La pedagogía de la humillación política
Rodrigo Campos Hernández
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Programa Alternativas abordará las artes visuales como forma de “atisbar la vida”
https://wp.me/p6rfbZ-z1l

Bloque Opositor Político o Alianza Política Opositora
Vladimir de la Cruz
https://wp.me/p6rfbZ-z1j

Páginas Vivas, Del andén al abismo (100 años de La tragedia el Virilla)
https://wp.me/p6rfbZ-z19

El nuevo referendo de Chaves
Freddy Pacheco León
https://wp.me/p6rfbZ-z1h

Laura Fernández en el banquillo: El peligro del populismo efectista y las cortinas de humo
José Solano-Saborío
https://wp.me/p6rfbZ-z1f

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La pedagogía de la humillación política

Rodrigo Campos Hernández

MSc. Rodrigo Campos Hernández

¿Qué significa que diputados de la República deban ingresar por puertas traseras a Casa Presidencial, entregar sus teléfonos celulares y someterse a revisiones mientras el círculo presidencial conserva sus propios dispositivos? ¿Qué comunica políticamente la humillación pública del presidente de la Corte Suprema de Justicia en una transmisión televisada? ¿Qué tipo de cultura democrática estamos construyendo cuando la agresividad, el desprecio institucional y la degradación del adversario empiezan a ser percibidos como signos de autenticidad política?

Estas preguntas no son menores ni pueden despacharse como simples anécdotas o “estilos fuertes de liderazgo”. Por el contrario, revelan algo mucho más profundo y preocupante: la posible consolidación de una nueva pedagogía del poder en Costa Rica, basada en la intimidación simbólica, el conflicto permanente, la sospecha hacia toda institucionalidad y la espectacularización de la política.

Durante los últimos días, el país ha observado una serie de encuentros entre la presidenta Laura Fernández y distintas fracciones legislativas para discutir proyectos estratégicos relacionados con Crucitas, el Régimen Obligatorio de Pensiones (ROP), la marina de Limón y el tren eléctrico rápido para la Gran Área Metropolitana. En principio, nada de ello tendría que interpretarse negativamente. El diálogo entre poderes y la búsqueda de acuerdos forman parte natural de cualquier democracia funcional.

Sin embargo, el problema no reside únicamente en los proyectos discutidos, sino en las formas políticas y simbólicas que han acompañado dichos encuentros. Porque las democracias no descansan solamente sobre normas jurídicas o procesos electorales; también dependen de rituales mínimos de reconocimiento mutuo, respeto institucional y trato horizontal entre actores políticos.

Cuando diputados electos deben entregar sus dispositivos móviles, ingresar por accesos secundarios y someterse a protocolos que transmiten desconfianza y subordinación, el mensaje implícito deja de ser únicamente “seguridad”. Lo que emerge es una escenificación jerárquica del poder. Una puesta en escena donde el oficialismo no solo gobierna, sino que demuestra quién controla el espacio, las reglas y el ambiente de interacción.

Más preocupante aún resulta la contradicción observada entre la aparente disposición al diálogo de la presidenta y las acciones posteriores del oficialismo legislativo. Mientras en las reuniones se prometen espacios de análisis y discusión —como ocurrió con las propuestas alternativas sobre Crucitas impulsadas por sectores de oposición—, posteriormente la fracción oficialista acelera votaciones y desconoce en la práctica cualquier margen real de negociación.

La pregunta entonces se vuelve inevitable: ¿se trata de auténticos procesos de diálogo o de mecanismos performativos orientados a administrar tensiones mientras las decisiones ya han sido tomadas de antemano?

En este contexto, la presencia constante y protagónica del expresidente Rodrigo Chaves —actual ministro de la Presidencia— añade una dimensión aún más compleja. Las escenas televisadas posteriores a las reuniones han dejado ver algo más que diferencias políticas. Han mostrado gestos, interrupciones, descalificaciones y formas de interacción que parecen diseñadas no para construir acuerdos, sino para reafirmar relaciones de poder y dominación simbólica.

Especialmente grave fue la escena pública en la que la presidenta humilló al presidente de la Corte Suprema de Justicia, reduciendo décadas de trayectoria judicial a un recurso retórico simplista orientado a desacreditarlo frente a la opinión pública. El problema no es únicamente el tono empleado, sino lo que dicha escena representa para la cultura democrática: la transformación de las instituciones en enemigos morales permanentes del “pueblo”, encarnado supuestamente por un liderazgo político confrontativo y emocionalmente agresivo.

Como ha señalado Byung-Chul Han (2014), las sociedades contemporáneas tienden a transformar progresivamente la política en un espacio dominado por la exposición, el impacto emocional y la lógica del espectáculo permanente. En ese contexto, la deliberación racional pierde terreno frente a la provocación, la simplificación y la producción constante de antagonismos. La política deja entonces de ser un espacio orientado al encuentro conflictivo pero democrático, para convertirse en una dinámica de excitación permanente donde lo importante ya no es convencer, sino impactar.

Y es aquí donde emerge uno de los elementos más delicados del momento político costarricense: la normalización social de la degradación institucional como espectáculo legítimo de gobierno.

Buena parte de los comentarios en redes sociales celebraron la humillación pública del magistrado. No la interpretaron como un deterioro del debate democrático, sino como una muestra de valentía, autenticidad o “mano dura” contra las élites. Ese detalle es fundamental, porque revela una transformación cultural peligrosa: la agresividad empieza a percibirse como virtud política y el desprecio hacia el adversario como signo de honestidad.

No se trata de negar los enormes problemas que enfrentan las instituciones costarricenses. El Poder Judicial requiere reformas importantes. La Caja Costarricense del Seguro Social enfrenta desafíos estructurales serios. El sistema político arrastra privilegios, burocracias y profundas desconexiones con amplios sectores sociales. Todo eso es cierto y debe discutirse.

Pero una cosa es impulsar reformas democráticas y otra muy distinta destruir sistemáticamente la legitimidad de toda mediación institucional. Cuando toda autoridad técnica, judicial o administrativa es presentada como corrupta, inútil o enemiga del pueblo, el único actor que termina apareciendo como fuente legítima de verdad es el liderazgo político personalista.

Ahí reside el verdadero peligro.

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018) han mostrado que las democracias contemporáneas rara vez colapsan mediante rupturas espectaculares o golpes abruptos. Más frecuentemente se erosionan lentamente, a través de la degradación paulatina de normas no escritas de tolerancia mutua, contención institucional y reconocimiento recíproco entre adversarios políticos. Cuando dichas normas se debilitan, la democracia puede conservar formalmente sus procedimientos electorales mientras deteriora progresivamente su cultura política.

Las democracias modernas necesitan contrapesos, deliberación, pluralismo y legitimidades compartidas. Cuando esos elementos empiezan a ser reemplazados por la lógica del espectáculo, la humillación pública y la confrontación permanente, el deterioro democrático deja de ser una hipótesis abstracta para convertirse en una práctica cotidiana.

Hannah Arendt (1993) advertía que uno de los mayores peligros para la vida democrática surge cuando el espacio público deja de estar orientado por el juicio, la pluralidad y la discusión, para convertirse en un escenario dominado por emociones colectivas, enemistades permanentes y destrucción simbólica del adversario. Esa advertencia conserva hoy una vigencia inquietante.

Por eso el problema de fondo no son únicamente Laura Fernández, Rodrigo Chaves o el oficialismo. El problema es el tipo de sensibilidad política que como sociedad estamos aprendiendo a tolerar, justificar e incluso celebrar.

Las democracias no suelen desaparecer de un día para otro. Rara vez colapsan únicamente mediante golpes abruptos o rupturas espectaculares. Muchas veces comienzan a erosionarse lentamente cuando el respeto deja de tener valor público, cuando el adversario se convierte en enemigo moral y cuando humillar empieza a confundirse con gobernar.

Y quizá esa sea hoy la pregunta más importante para Costa Rica: ¿estamos todavía frente a excesos de estilo político o estamos aprendiendo, poco a poco, a convivir con una cultura democrática cada vez más degradada?

Referencias

Arendt, H. (1993). La condición humana. Barcelona: Paidós.

Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Barcelona: Herder.

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Barcelona: Ariel.