Sin consultar el diccionario
José Manuel Arroyo Gutiérrez
La realidad social obliga a la creatividad en el ámbito del lenguaje y las palabras. Cuando la inequidad, pobreza y exclusión crecen, y ya no podemos esconderlas debajo de las alfombras, una pléyade de conceptos nuevos se une a los tradicionales para dibujar un paisaje más exacto y variopinto de la sociedad en que vivimos.
Con el clásico de Víctor Hugo, los “miserables”, hemos nombrado a quienes, estando por completo desposeídos de bienes materiales y de fortuna, terminan perdiendo también la dignidad que debiera tener toda persona. Son los “desheredados” de la tierra –así llamados por la literatura sociológica contemporánea-. los que no han recibido nada y no dejarán nada a sus descendientes. En este grupo conceptual también se ubica el “limosnero”, con reminiscencias religiosas, o el tradicional “indigente”, que sobrevive de lo que buenamente le regalan o rebusca entre desechos.
En la tradición está de manera indiscutible el ropaje que medio-abriga a los desposeídos, con una legión de sinónimos: pordioseros, desarrapados, harapientos, y de seguro se me quedan otros términos similares en el tintero.
Otro orden de calificativos apela más bien al lugar o “topos” donde se ubica o deambula la persona. Aquí aparecen los “marginales”, es decir, los que viven en el margen del mundo, los que no están integrados al centro de convivencia, en fin, los que no logran sentarse a la mesa del reparto. Este concepto es hermano de quienes están “en situación de calle” por no tener dónde albergarse y, más recientemente, -en lo personal un descubrimiento- se habla de los “habituales” una mezcla de tener la costumbre de habitar en las calles y padecer alguna adicción.
Un último ejemplo de creatividad lingüística lo aporta la destacada filósofa española Adela Cortina, que introduce el término “aporofobia”, ese sentimiento, con frecuencia reflejado hasta en políticas públicas reaccionarias, que rechaza todo lo que huela a pobreza, ya sea nativa, o bien la que traen las inmigraciones en nuestros días. Es también la fobia que nos hace subir la ventana del automóvil ante la presencia de un indigente, el pasarnos de acera o el lavarnos compulsivamente ante el más mínimo roce con un ser humano de estos.
En todo caso estamos hablando del pobre, pobrísimo, paupérrimo que, en términos técnicos nos lleva a hablar de “porcentajes de pobreza”, gente “por debajo de la línea de pobreza” o gente “en pobreza extrema”. Los datos engendrados por el neo-liberalismo que campea, arrojan más del 20% (uno de cada cinco costarricenses) en situación de pobreza, un 6% de esa condición es extrema; con un ensanchamiento de la inequidad, medido por el Índice de Gini, que ya está alrededor del 0.6; y con una explosión de individuos en “condición de calle” al triplicarse su número en los últimos años. Ese ultra-liberalismo es la opción político/económica dominante, más allá de las tendencias autoritarias que hoy nos preocupan tanto, y que han cultivado desde hace cuatro décadas –cual más cual menos- todas las banderías políticas que nos han gobernado. Vinieron primero a privatizar, desregular, desaparecer la clase media y empobrecer a la población en general; ahora están aniquilando la democracia y el Estado Social de Derecho, si los dejamos.
