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Etiqueta: Bernardo Aguilar González

La seguridad energética no se negocia: eficiencia, solidaridad y sostenibilidad

Dr. Bernardo Aguilar González
Doctor en Ciencias Naturales para el Desarrollo,
Economista ecológico y abogado ambientalista,
Vicepresidente de la Asociación ARTES-JUSTECO

Costa Rica enfrenta una decisión de fondo sobre su futuro eléctrico. El debate suele presentarse como una elección entre más mercado o más Estado, entre inversión y regulación, entre rapidez y protección ambiental. Esa disyuntiva empobrece la discusión. El criterio decisivo debe ser otro: ¿qué modelo garantiza electricidad confiable, a un costo razonable, accesible para toda la población y compatible con los límites ecológicos del país? La respuesta exige cuatro principios inseparables: seguridad energética, eficiencia, solidaridad y sostenibilidad. No son aspiraciones decorativas; deben convertirse en criterios para planificar, invertir, regular y evaluar resultados.

Seguridad energética: prever antes que improvisar

La seguridad energética no se limita a producir suficientes megavatios. Exige que la electricidad esté disponible donde y cuando se necesita, incluso ante sequías, fenómenos extremos, fallas de infraestructura o variaciones imprevistas de la demanda. Una planta nueva sirve de poco si la red no puede transportar su producción, o si no existe capacidad de respaldo cuando disminuye el aporte de una fuente. La generación, la transmisión, la distribución, el almacenamiento y la gestión de la demanda forman un solo sistema: planificarlos por separado genera vulnerabilidades y costos evitables.

Nuestra matriz eléctrica, de fuerte componente renovable, y la experiencia acumulada por la institucionalidad pública constituyen fortalezas estratégicas. Defenderlas no implica inmovilismo. El cambio climático altera la disponibilidad hídrica y los patrones de consumo; la electrificación del transporte y de procesos productivos presenta nuevas exigencias. Por eso necesitamos escenarios públicos de riesgo, mantenimiento oportuno, inversión en redes, diversificación técnicamente justificada y reservas operativas suficientes. La seguridad energética debe medirse por continuidad, resiliencia y capacidad de respuesta, no por anuncios de capacidad instalada. Es una obligación del Estado que trasciende cualquier administración.

Eficiencia: medir el costo total, no solo el precio

Ser eficientes tampoco significa escoger siempre la oferta aparentemente más barata. La verdadera eficiencia consiste en obtener el mayor valor social de cada inversión, considerando construcción, operación, mantenimiento, redes, respaldo, riesgos climáticos y daños ambientales. Una reducción puntual del precio de compra puede convertirse en una carga mayor para el sistema si obliga a financiar infraestructura adicional o traslada obligaciones a otros usuarios. Es indispensable que las decisiones relevantes se apoyen en estudios transparentes, comparables y sometidos a revisión técnica independiente.

Hay mejoras menos llamativas que inaugurar obras, pero igualmente importantes: reducir pérdidas eléctricas, modernizar equipos, fortalecer la gestión de demanda, estimular el consumo eficiente y coordinar las decisiones de inversión. La electricidad que se ahorra de manera inteligente reduce necesidades futuras de generación y presión sobre las cuencas. La eficiencia exige asimismo instituciones con objetivos claros, rendición de cuentas y controles sobre conflictos de interés. Ni el origen público ni el privado de un actor lo eximen de demostrar resultados. La pregunta correcta es cuánto bienestar colectivo produce cada colón comprometido.

Solidaridad: una obligación visible en la factura

El desarrollo eléctrico costarricense contiene una conquista social que no debe perderse: llevar el servicio a territorios y familias que, por su ubicación o capacidad de pago, podrían quedar excluidos de una lógica estrictamente comercial. La solidaridad debe expresarse en acceso universal, protección de usuarios vulnerables y tarifas construidas con criterios verificables. Hogares, pequeñas empresas y comunidades rurales no deberían absorber costos desproporcionados para conceder ventajas particulares a consumidores con mayor capacidad de negociación.

La generación distribuida y las nuevas tecnologías pueden democratizar oportunidades, siempre que se diseñen mecanismos equitativos. Si únicamente quienes disponen de capital para instalar sistemas propios reciben beneficios, mientras el resto sostiene los costos comunes de la red, se profundiza la desigualdad. Lo mismo ocurre cuando se privatizan beneficios y se socializan riesgos. Antes de introducir cambios estructurales deben publicarse sus efectos tarifarios por tipo de usuario y por territorio. Una política solidaria protege la sostenibilidad financiera del servicio precisamente para que continúe siendo asequible, confiable y universal.

Sostenibilidad: la naturaleza es parte de la infraestructura

La sostenibilidad exige comprender que los ecosistemas no son un elemento externo al sector eléctrico. Las cuencas, los bosques y la estabilidad de los suelos contribuyen a regular el agua y sostener las actividades productivas. Una fuente renovable no es automáticamente inocua: proyectos mal ubicados pueden afectar ríos, biodiversidad y comunidades, o acumular impactos que ningún estudio aislado revela. Las evaluaciones ambientales rigurosas, la prevención de daños y la participación territorial deben influir realmente en la planificación, no incorporarse al final como simples trámites.

La transición energética también debe reducir la dependencia de combustibles fósiles y prepararse para condiciones climáticas más inciertas. Eficiencia, almacenamiento, redes resilientes y fuentes renovables complementarias deben analizarse conjuntamente según su viabilidad y sus efectos. La protección del agua para consumo humano y el derecho a un ambiente sano, recogidos en nuestro ordenamiento constitucional, no pueden subordinarse sin más a la rentabilidad inmediata. Desconocer esos límites termina generando costos sociales, conflictos y riesgos de abastecimiento que una buena política habría podido evitar.

Un pacto nacional con controles democráticos

Costa Rica necesita instituciones públicas competentes, una regulación técnicamente independiente y espacios de participación para cooperativas, empresas municipales, comunidades y sector privado cuando su contribución beneficie al conjunto de la sociedad. La planificación debe ser pública, estable y suficientemente flexible para incorporar nueva evidencia. Las decisiones sobre tarifas, inversiones y condiciones ambientales requieren información accesible y mecanismos efectivos de fiscalización ciudadana. Ningún interés empresarial, burocrático o político puede sustituir el interés general.

Antes de respaldar cualquier transformación conviene formular preguntas sencillas, pero exigentes: ¿aumenta la continuidad del suministro? ¿Disminuye el costo integral del servicio? ¿Evita trasladar cargas injustas? ¿Protege el agua y los ecosistemas? ¿Mejora la capacidad de adaptación climática? ¿Ofrece beneficios comprobables a todos los territorios? Si las respuestas no pueden documentarse, la propuesta necesita revisión, por atractiva que resulte su presentación.

El desafío no es escoger entre desarrollo económico, justicia social y protección ambiental, sino reconocer que se necesitan mutuamente. Un sistema que excluye pierde legitimidad; uno que desperdicia recursos pierde competitividad; uno que deteriora sus ecosistemas compromete su futuro; y uno incapaz de garantizar el suministro frena el bienestar y la producción. El modelo energético que Costa Rica merece debe ser una garantía efectiva de seguridad energética, eficiente en el uso de los recursos, solidario en sus beneficios y sostenible en el tiempo. Las reformas, los contratos y las tecnologías son instrumentos: ese es el fin al que deben servir.

El precio que no cabe en una onza: Juan Antonio López, Crucitas y la patria que queremos

A dos años de su asesinato, una reflexión con ocasión de la Independencia

Dr. Bernardo Aguilar González
Presidente del Parlamento Cívico Ambiental

Este 14 de septiembre, mientras Costa Rica entraba en la víspera de sus fiestas patrias, Centroamérica recuerda también un aniversario incómodo: hace exactamente dos años fue asesinado en Tocoa, Honduras, Juan Antonio López, líder laico católico, defensor del agua y de los bienes comunes, e integrante de la resistencia comunitaria frente a proyectos extractivos en el Bajo Aguán. Había recibido amenazas, acoso y vigilancia; la Comisión Interamericana de Derechos Humanos le había otorgado medidas cautelares. Aquella noche, después de una celebración de la Palabra, fue atacado a tiros.

López no fue solamente “un ambientalista”. Fue padre de familia, delegado de la Palabra, articulador de la pastoral social, servidor público local y miembro de redes eclesiales dedicadas al cuidado de la creación. En su vida, la fe y la defensa del territorio no ocupaban compartimentos separados: proteger los ríos, acompañar a las comunidades y denunciar aquello que consideraba injusto eran expresiones de una misma responsabilidad moral. Esa coherencia explica por qué su muerte trascendió las fronteras hondureñas.

Su asesinato obliga a una precisión. No existe todavía una sentencia firme que permita convertir en certeza jurídica el móvil último del crimen. Esa cautela es indispensable. Pero sería igualmente poco serio tratar su defensa ambiental como un dato accidental. En 2025 la CIDH llamó a investigar el crimen considerando su papel como defensor del ambiente entre los posibles móviles; y en 2026 la causa avanzó contra presuntos autores intelectuales. El proceso sigue abierto y el móvil final no ha sido establecido por sentencia. Las dudas procesales permanecen; el contexto, sin embargo, no puede borrarse.

El reciente artículo del cardenal Michael Czerny y Luca Colacino convierte el caso de López en algo más que una tragedia individual. Lo ubica en una realidad latinoamericana donde degradación ecológica, desigualdad estructural, captura institucional y violencia contra defensores pueden encontrarse en un mismo territorio. Allí aparece uno de los costos menos contabilizados de la minería a gran escala: no solo toneladas removidas, agua comprometida o pasivos de restauración, sino miedo, criminalización, ruptura comunitaria y, en los extremos, vidas humanas (https://iglesiasymineria.org/wp-content/uploads/2026/08/Articulo-Cardenal-CZERNY.pdf).

Esa fue también una de las conclusiones más importantes del Congreso Latinoamericano sobre Impacto Socioambiental de la Minería celebrado en julio en la Pontificia Universidad Católica de Costa Rica: la discusión no puede reducirse a una consigna a favor o en contra. La pregunta seria es quién decide, quién recibe los beneficios, quién asume los riesgos y quién repara el daño. Una actividad puede producir divisas y empleo, pero si sus costos se concentran en comunidades vulnerables y sus beneficios salen del territorio, el balance económico dice muy poco sobre el desarrollo humano real.

Pedro Landa defensor ambiental y de los derechos humanos formuló en ese congreso otra advertencia necesaria: la transición energética y digital no elimina el extractivismo; puede multiplicar la presión minera mediante la demanda de minerales llamados “críticos”. Su pregunta de fondo es incómoda: ¿críticos para quién? Un mineral puede ser estratégico para cadenas globales de tecnología y, al mismo tiempo, poner en riesgo el agua, la salud o la estabilidad social de la comunidad donde se extrae. Una transición que cambia combustibles, pero conserva zonas de sacrificio no es suficientemente justa.

El padre Patricio Sarlat ofreció asimismo el criterio para no perderse entre cifras y tecnicismos: dignidad humana y cuidado de la Casa Común. La ecología integral no sustituye a la ciencia, al derecho ni a la economía; obliga a integrarlos. Si la crisis ecológica y la crisis social tienen raíces comunes, ninguna solución puede considerarse completa cuando salva el recurso y abandona a la comunidad, o cuando promete crecimiento a costa de debilitar la convivencia, la salud y la confianza institucional.

Esta mirada importa especialmente para nuestra situación en Crucitas. Costa Rica enfrenta allí una emergencia verdadera: minería ilegal, redes criminales, deforestación, sustancias tóxicas, vulnerabilidad social y pérdida de control territorial. Negarlo sería irresponsable. Pero también sería irresponsable concluir que la única alternativa a la ilegalidad es legalizar una explotación a cielo abierto bajo condiciones que reproduzcan otros riesgos de larga duración.

El Congreso de Minería propuso una ruta más exigente y, precisamente por eso, más útil: contener, restaurar, transformar y acompañar. Contener significa recuperar control territorial, seguridad y capacidad efectiva de fiscalización. Restaurar implica agua, suelos, ecosistemas y garantías financieras que eviten trasladar al Estado el costo futuro. Transformar exige alternativas económicas locales —agroforestería, turismo, economía circular, educación y empleo— que reduzcan la dependencia de la extracción. Acompañar significa que las comunidades no sean espectadoras del arreglo, sino sujetos de información, participación y decisión.

Crucitas necesita una solución integral, no una salida rápida. Cualquier propuesta debería superar, como mínimo, pruebas de legalidad y no regresión ambiental, evidencia científica independiente, distribución justa de costos y beneficios, acceso público a la información, trazabilidad, eliminación efectiva de sustancias tóxicas y garantías previas para cierre, restauración y monitoreo.

Este 15 de septiembre, conviene recordar que independencia no significa solamente soberanía frente a poderes extranjeros. También significa que una sociedad conserve la capacidad de decidir sobre su territorio sin que el miedo, la ilegalidad, la corrupción o la urgencia sustituyan al discernimiento democrático.

Juan Antonio López no debería ser utilizado como argumento automático contra toda minería. Su memoria exige algo más serio: que cuando evaluemos un proyecto extractivo contabilicemos también aquello que nunca aparece en el precio internacional del oro. El agua. La paz social. La confianza. La dignidad. Y, sobre todo, la vida humana. Esa es la patria que vale la pena defender.

Imagen: https://www.religiondigital.org/america/anos-justicia-asesinato-ambientalista-juan_1_1466426.html