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Etiqueta: democracia digital

Eureka: Ni Panini, ni Tucídides, ni Star Wars. La Tecnocracia como Nuevo Imperio

Por: Moisés Roberto Escobar
Investigador asociado de FUDECEN
Miembro de la junta directiva del Colegio de Profesionales de El Salvador
Ciudad Arce, El Salvador, mayo 2026

Vivimos una paradoja histórica: estamos en un cambio de era y, simultáneamente, en una era de cambios vertiginosos. Si Tucídides, el historiador griego que describió la guerra del Peloponeso, o George Lucas con su saga de Star Wars, pudieran observar el presente, probablemente no reconocerían el campo de batalla. Tampoco lo haría el coleccionista de álbumes de Panini, quien alguna vez creyó que reunía figuras de papel, ignorando que hoy somos nosotros los «stickers» que se coleccionan, se empaquetan y se venden.

Nos encontramos cruzando el umbral crítico desde las democracias analógicas —o, más honestamente, las plutocracias de la era industrial— hacia un nuevo régimen: la tecnocracia. Y ojo, no es una utopía liberadora; es, con frecuencia, otra forma de plutocracia, pero digitalizada.

Como sostiene la filósofa Carissa Véliz, estamos ante una desestabilización intencionada de los sistemas de gobierno de los últimos 200 años. La democracia, en sus múltiples estadíos, desde la planificación estatal hasta el libre mercado, ha sido siempre una configuración de asimetrías de poder. Ya fueran los mercaderes, los banqueros, los militares o los extremistas religiosos, la historia nos muestra que el poder siempre tiende a concentrarse en manos de una élite.

La novedad del hoy y del ágora es que: nos mudamos de lo análogo a lo digital.

Una contemporaneidad que radica en la velocidad y la naturaleza de esta transición. La tecnocracia ha logrado en menos de 70 años lo que a las democracias tradicionales les tomó dos siglos: una masificación sutil, omnisciente y omnipresente. Esta transformación no ha sido ruidosa; ha sido subversivamente tácita, sublime y, paradójicamente, atractiva. Ya no nos dirigen solo con leyes o ejércitos; nos dirigen mediante algoritmos, bases de datos y discursos diseñados para incidir en cada colectivo. Nuestros pensamientos, miedos y deseos son extraídos, almacenados y manipulado para incidir en el comportamiento social a escala global.

Esta era de cambios, sin embargo, es también una continuidad de las luchas análogas. La velocidad de la transformación es brutal, pero la necesidad humana de pensamiento crítico, divergencia y solidaridad permanece intacta. No se trata de una utopía inalcanzable, sino de una necesidad urgente de paz y bienestar común. La lucha ya no es solo por el voto o la calle, sino por la soberanía de nuestros datos y la integridad de nuestra conciencia.

La realidad centroamericana: Datos sin soberanía En nuestra región, esta transición tiene matices críticos. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y reportes de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), aunque la conectividad móvil en Centroamérica ha crecido más del 100% en la última década, la soberanía de datos es casi inexistente. Más del 90% de los datos generados por ciudadanos de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica residen en servidores de empresas extranjeras, fuera de cualquier marco legal regional.

Además, la transición digital se presenta como un fenómeno marcadamente desigual, donde coexisten la hiperconectividad del consumo con profundas exclusiones estructurales. Según datos del sector, mientras el promedio global es de casi siete cuentas de redes sociales por persona, en el istmo la adopción digital se vuelca de manera masiva pero pasiva hacia plataformas como Facebook y TikTok, convirtiendo a las poblaciones en consumidoras de narrativas y exportadoras netas de datos, sin una verdadera soberanía tecnológica.

En El Salvador, la digitalización se ha acelerado con la implementación de billeteras digitales y la digitalización de trámites, pero esto ha creado una dependencia total de la infraestructura tecnológica externa. En Guatemala y Honduras, la falta de leyes robustas de protección de datos personales deja a los ciudadanos vulnerables a la extracción masiva de información por parte de corporaciones tecnológicas que operan sin regulación local. Como señala el Observatorio de la Sociedad de la Información de Centroamérica, la región es un «laboratorio de exportación»: sus patrones de consumo, opiniones políticas y datos biométricos son procesados en Silicon Valley, Europa o Asia, y los resultados se devuelven como publicidad o influencia política.

Esta era de cambios es, paradójicamente, una continuidad histórica acelerada. Las transformaciones actuales ocurren con una celeridad y brusquedad inéditas, alterando la percepción del tiempo y de la soberanía individual. La gobernanza digital ha sofisticado la asimetría del poder, convirtiendo el dato en el activo más valioso del nuevo capitalismo de vigilancia.

Ante este panorama, la resistencia sigue siendo profundamente humana y análoga. Hoy más que nunca cobra vigencia la urgencia del pensamiento crítico, el valor de la divergencia y la necesidad absoluta de colectivizarnos desde la solidaridad y el bien común. Desafiar el determinismo tecnológico no es una utopía romántica; es una necesidad biológica, económica y política para preservar la paz y la dignidad en los albores de este nuevo siglo.

Por ello, antes de resignarnos a ser meros nodos en una red ajena, debemos retomar la lectura de Véliz y, sobre todo, volver a nuestra propia consciencia. La verdadera revolución no ocurrirá en los servidores de Silicon Valley, sino en la capacidad de transformarnos y reivindicar nuestra humanidad. Necesitamos ser Ubuntu: «yo soy porque nosotros somos». En un mundo donde la tecnología intenta fragmentarnos para controlarnos mejor, la solidaridad es nuestro acto de resistencia más poderoso.

Aplaudamos, apapachemos y despertemos esa consciencia proactiva. El futuro no está escrito en código binario; está en nuestras manos y en nuestra capacidad de recordarnos que, al final del día, seguimos siendo humanos.

Acá la brillante claridad narrativa se Véliz: https://ethic.es/entrevistas/entrevista-carissa-veliz/?brid=YWdncwG-AbN79d0LBwGTKghmz6c7

¿Se acaban las Ciencias Sociales?

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

En el número marzo-abril de este año de la Revista Nueva Sociedad (#236), el historiador francés Roman Huret, director de Estudios de la Escuela de Altos Estudios de las Ciencias Sociales (EHESS) reflexiona a propósito del creciente antiintelectualismo en la sociedad estadounidense, con ecos en algunas sociedades europeas como la francesa.

Argumenta que posiblemente para el caso estadounidense, la retórica “trumpiana” en contra de las universidades y sus académicos sea una dimensión a considerar, pero no la única.

Ubica el escenario en una batalla cultural mucho más amplia en la que la reconfiguración del espacio público, la producción de sentido y conocimiento en manos de la democracia digital y la destrucción del debate de las ideas a partir de la descalificación y la cancelación, han propiciado un agudo sentimiento contra las personas académicas, en términos generales.

Aunque es cierto. Plantea su reflexión a pensar las ciencias sociales en esa coyuntura. Pero la consideración bien valdría la pena extrapolarla al ámbito universitario público en los tiempos que nos tocó vivir, al menos en el caso costarricense.

Personalmente tengo clara la conducta anti-universidad de ciertos actores externos, porque su intención es clara. Pero sospecho más del enemigo interior que se mueve en sus raíces.

Ese que, por ejemplo, piensa que las ciencias sociales y el arte son conocimientos periféricos. Su razón instrumental es ciertamente compleja, llena de preguntas y matices.

No creo se trate solamente de un recurso ideológico, de una deriva cuya racionalidad se ubique solamente en las “ciencias duras”. Este “incómodo interno” se ha quedado sin referentes para debatir y eso tiene una razón.

Coincido con Jurgen Habermas, citado por Huret, cuando menciona el giro en la dimensión del espacio público a la cual ha dedicado tanta de su labor reflexiva. Lamenta Habermas que las discusiones y reflexiones de calidad hayan quedado relegadas al ámbito de las opiniones personales inmediatas. Ahora el trabajo intelectual ha sido subsumido por una producción de conocimiento digital, en el que “cualquiera o casi todos” pueden considerarse autores.

El desplazamiento del debate por el like y la pose en la imagen ha corroído los cimientos de la contribución académica. Específicamente hacia las ciencias sociales y las artes hay cierto descrédito que no solo proviene de los circuitos externos.

Eso es preocupante.

Desde hace 4 años acompaño a la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional en Costa Rica, en el ejercicio como vicedecano. Eso me ha permitido conocer su impacto y labor en la sociedad costarricense y más allá.

Son más de 300 personas académicas (hombres y mujeres) que desarrollan un permanente trabajo de confrontación y transformación de la realidad a partir de sus acciones en el campo de la docencia, la extensión y la investigación.

Nuestros compañeros y compañeras son referentes para la opinión pública. Constantemente predominan en medios como interlocutores emitiendo criterio argumentado y coherente.

Pensando en ese músculo vivo y latente, considero que es posible recuperar el original espacio público habermassiano que la pandemia, la atomización cultural y la fatiga crónica nos arrebataron. Eso sin contar nuestra propia batalla cultural que como país nos está enseñando la finalización de un proyecto de sociedad, construido a partir de la segunda mitad del siglo veinte.

El día 5 de mayo tuve el gusto de participar en la reapertura de la Cátedra de Pensamiento Critico Franz Hinkelamert en nuestra facultad. La disertación inicial del académico español David Sánchez Rubio no podría haber sido más oportuna, al reflexionar sobre la teoría y práctica de los derechos humanos, desde nuestra posición de privilegio como académicos.

La reflexión interesante, el público escaso. A esto se refiere Habermas con el giro en el espacio público. Hay que recuperarlo desde la presencialidad y el encuentro. Abrir el debate, la pulsión coloquial.

Porque al debate, ese debate, le antecede el pensar nuestra subjetividad académica, nuestras necesidades y aportes desde adentro, para salir a recrear esas dimensiones en el mundo real, lejos de las redes sociales y los reflectores.

Allí está el desafío.

Democracia digital: Imprescindible pero ausente

Luis Fernando Astorga Gatjens

Muchas de las tantas cosas que ha puesto en evidencia esta pandemia, es que el país se situaba lejos, muy lejos de estar en lo mínimo preparado para la participación e inclusión social, a partir del acceso a Internet y las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), para la inmensa mayoría de sus habitantes.

Todos debemos de coincidir que en el presente un componente clave para el desarrollo económico y social, es el acceso lo más democráticamente posible a Internet. Pero la pandemia y el limitado desarrollo del Costa Rica en este campo nos muestran un país con significativos desfases, sino abismos, entre regiones, sectores –sociales y poblacionales—y personas.

De esta manera una democracia que de por si es deficitaria en el campo económico, social y político, se hace más agudamente deficitaria en el ámbito digital.

Hoy día, la atención a la salud sería mucho mejor, si más personas tuvieran acceso a una Internet de calidad, a dispositivos adecuados y con suficiente memoria, y si estuvieran mejor capacitadas en el uso de aplicaciones, para desarrollar citas virtuales en todos los servicios médicos, que puedan ser resueltos de esta manera. Pero eso no es así: solo un porcentaje limitado cumple con estas condiciones de inclusión digital efectiva.

Igualmente, el acceso a la educación en esta época aciaga de la pandemia, se ha visto severamente limitado, ya que más de 400 mil hogares carecen de conectividad y demás requerimientos. Esto hace que casi medio millón de estudiantes de primaria y secundaria de la educación pública, no tengan otro horizonte que la educación presencial. Este hecho genera una grave situación relacionada con la calidad formativa ante tal desventaja y que éste sea un contribuyente más en la ampliación de la brecha entre educación pública y privada, en la cual todos los educandos si cuenta con acceso a Internet.

El otro tema es el teletrabajo. Ésta modalidad productiva creció rápidamente en los últimos meses, al compás de las restricciones y de la aplicación de otras medidas de seguridad sanitaria. Sin embargo, más allá que no todas las actividades laborales son sujetas a adecuarse a esta alternativa productiva, lo real es que la precondición de acceso a Internet, está lejos de estar democráticamente extendida para la gran mayoría de trabajadores.

Se combinan varias causas y factores para que la democracia digital en Costa Rica, sea mucho más quimera que realidad. Pasemos revista:

Lo primero que tenemos que destacar es la calidad y alcance en el acceso a Internet. La oferta general de servicios de Internet es de limitada calidad y eso se hace más grave, dependiendo de si el servicio es de zona urbana o rural, o remota.

Le segundo es el costo, la asequibilidad del servicio. Para contar con un servicio de buena o excelente calidad, se deben pagar cifras que son imposibles de cubrir para la mayoría de las familias.

Lo tercero está relacionado con los dispositivos, sean teléfonos celulares, tabletas o computadoras. Igualmente, la mayoría de los hogares y personas no cuentan con recursos, para comprar dispositivos con programas, aplicaciones y suficiente capacidad de almacenaje, que permitan un uso adecuado de Internet.

El cuarto elemento tiene que ver con la alfabetización digital. Es imprescindible que las personas potencialmente usuarias (ya cumplidos los requisitos precedentes), se capaciten de manera práctica, en el uso de Internet, para sacarle el mayor provecho y para que sean participantes de la era digital, que con la pandemia, inevitablemente, se ha tenido que acelerar.

Cabe aquí hacer una mención específica relacionada con las personas con discapacidad y el acceso a Internet y dispositivos, y programas adecuados. Se requerirán ajustes razonables según el tipo de discapacidad, pero antes que nada hará falta que cuenten con esos aparatos y acceso a Internet, y eso no se da en la mayoría de las personas con tal condición.

De esta manera, el grave aislamiento que afectaba a las personas con discapacidad antes de la pandemia, se ha hecho más grave aún en el presente, por no tener acceso a Internet en una época en que para conectarse en casi todas las esferas de la actividad social, es imprescindible contar con este servicio. Así las cosas, todo hace prever que el círculo vicioso entre discapacidad y pobreza, se afianzará para la desdicha de miles de personas con discapacidad esparcidas a lo largo de nuestra geografía. Eso porque el acceso a la salud y la rehabilitación, a la educación y formación técnica, y al empleo y la actividad productiva, en general, se ha hecho sumamente complicado y lejano para este sector poblacional. Lo que debería ser una oportunidad de inclusión social para las personas con discapacidad mediante el teletrabajo, se torna en lo contrario por la falta de acceso a Internet, como una causa fundamental.

El que exista tan enorme brecha entre personas con acceso o falta de acceso a Internet, lo explica en primer término la pobreza y la exclusión social. Esa es la primer causa y barrera estructural a derribar.

Sin embargo, hay otra razón que se suma y que es de carácter coyuntural. Es la incapacidad que ha tenido esta administración de atender este tema mediante una política de Estado, seria y robusta, que habría de impulsar antes de la pandemia y ya una vez con ella instalada como tenaz acompañante, acelerar procesos para avanzar rápidamente con acciones de emergencia.

Y aquí alguien podría decir que lo que planteo no es objetivo ya que a raíz de la pandemia, el Gobierno no cuenta con los recursos necesarios, para echar adelante una política de inclusión digital, como la situación exige en forma imperiosa. Pero si los hay. Están en FONATEL. Veamos que se indica al respecto: “Es el Fondo Nacional de Telecomunicaciones (FONATEL) y es el instrumento de administración de los recursos para financiar el régimen de garantías fundamentales de acceso universal, servicio universal y solidaridad establecidos en la Ley General de Telecomunicaciones, (LGT) N° 8642…“.

Entonces, nos debemos preguntar: ¿Por qué el país no ha avanzado como debe ser en este tema, de acuciante prioridad? La respuesta urgente la deben ofrecer las autoridades competentes, que con seguridad, si cuentan con servicios de Internet de alta calidad; no como la inmensa mayoría de los costarricenses que miran desde muy lejos, la democracia digital.

(24 de mayo, 2021)