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Etiqueta: derechos de pueblos indígenas

En el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, activista Ngäbe-Buglé cuestiona: «¿Cuánto vale la vida de un niño o una niña Ngäbe-Buglé?»

San José, Costa Rica, 7 de agosto de 2026. En el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, la lideresa Zeidy Brukwä Rodríguez, integrante de la coordinación del Frente Nacional de Pueblos Indígenas y del Pueblo Ngäbe-Buglé, lanzó un llamado a la sociedad costarricense para colocar en el centro del debate la vida, la dignidad y los derechos humanos de las familias indígenas que cada año migran para participar en las cosechas de café.

Su reflexión parte de una pregunta que interpela al Estado, al sector cafetalero y a toda la sociedad costarricense:«¿Cuánto vale la vida de un niño o una niña Ngäbe-Buglé?»

El artículo surge en el contexto de las recientes discusiones nacionales sobre la muerte de niñas y niños indígenas durante la migración cafetalera y reivindica la necesidad de escuchar las voces de quienes han vivido esa realidad en carne propia.

«Muchas de las situaciones que hoy se denuncian no las conozco por informes ni por estadísticas. Las viví en carne propia. Hoy también soy madre. Y quizás por eso me duele aún más que el centro del debate deje de ser la vida de los niños y las niñas para convertirse en una discusión sobre fondos, seguros, inversiones y modelos de gestión», afirma Brukwä.

La activista recuerda que desde pequeña migró junto a su familia para recolectar café. Conoció el frío de las madrugadas, los largos recorridos, el hacinamiento en los albergues, la falta de acceso a la educación y la incertidumbre que enfrentan miles de familias indígenas cada temporada. Desde esa experiencia sostiene que el país mantiene una deuda histórica con el pueblo Ngäbe-Buglé.

Para Brukwä, los avances institucionales que se han alcanzado en los últimos años deben reconocerse, pero también es necesario recordar que muchos de ellos han sido resultado de años de denuncias y de la presión ejercida por las propias comunidades y organizaciones sociales.

«Los derechos no se compensan con programas sociales. Los derechos se garantizan», sostiene. Asimismo, enfatiza que las personas Ngäbe-Buglé no son simplemente mano de obra temporal. «Somos un Pueblo Indígena transfronterizo, con historia, identidad, idioma, espiritualidad, autoridades propias y derechos colectivos. Nuestra existencia no comienza ni termina con la cosecha del café.»

Brukwä advierte que durante décadas la historia de la migración cafetalera ha sido narrada principalmente por instituciones y sectores productivos, mientras que las voces de las propias familias indígenas han permanecido invisibilizadas. Esa historia también incluye discriminación, racismo, explotación laboral, barreras para acceder a servicios públicos, condiciones precarias de vivienda y la vulneración sistemática de derechos humanos.

La lideresa señala que el desarrollo económico del país no puede construirse sobre la vulneración de los derechos de quienes sostienen una parte fundamental de la producción cafetalera nacional.

Su artículo constituye además una respuesta al debate generado tras la publicación del texto «Historias completas construyen confianza: responsabilidad social en el sector café«, escrito por el gerente del Fondo Nacional de Sostenibilidad Cafetalera (Fonascafé). Brukwä coincide en que la historia debe contarse completa, pero sostiene que esa historia no comienza con los programas sociales o los mecanismos de aseguramiento, sino con generaciones de familias Ngäbe-Buglé cuyo aporte a la economía nacional nunca se tradujo en el pleno reconocimiento de sus derechos.

«La dignidad de un Pueblo no se mide por los programas que recibe, sino por los derechos que efectivamente se le garantizan. Mientras la vida de un solo niño o una sola niña Ngäbe-Buglé siga estando en riesgo durante la migración cafetalera, ninguna cifra, ningún fondo y ningún comunicado podrán responder a la pregunta que realmente importa: ¿cuánto vale la vida de un niño o una niña Ngäbe-Buglé?»

La publicación también da continuidad al pronunciamiento público presentado el pasado 21 de julio por el Programa Kioscos Socioambientales de la Universidad de Costa Rica, la Clínica de Derechos Humanos Ambientales del Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA) de la Universidad Nacional, el Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE) de la Universidad Estatal a Distancia y el Observatorio de Relaciones Laborales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica.

Ese pronunciamiento, respaldado por más de 500 personas y alrededor de un centenar de organizaciones de Costa Rica y Panamá, exige al Estado costarricense garantizar condiciones dignas de trabajo, vivienda, salud, educación y protección social para las familias Ngäbe-Buglé que participan cada año en las cosechas de café.

Mauricio Álvarez Mora, coordinador de la Clínica de Derechos Humanos Ambientales del Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA-UNA), señaló que el aporte del artículo de Brukwä radica en devolver la palabra a quienes históricamente han sido objeto de decisiones sin ser escuchados.

«Durante muchos años la realidad de las personas trabajadoras indígenas ha sido contada por instituciones, empresas o personas externas. El principal aporte de Zeidy Brukwä es que coloca en el centro la voz del propio pueblo Ngäbe-Buglé. Escuchar sus experiencias, fortalecer el conocimiento sobre sus derechos y garantizar mecanismos efectivos para su protección constituye una responsabilidad ineludible del Estado costarricense.»

El Día Internacional de los Pueblos Indígenas fue establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1994 para promover el reconocimiento y la protección de los derechos de los pueblos indígenas. En Costa Rica, esta conmemoración fue oficializada mediante la Ley N.° 10449, que declara de interés público, académico y cultural la celebración nacional cada 9 de agosto.

Tierra, autonomía y justicia para el pueblo originario Maleku – Madre Tierra

Pronunciamiento público de la Organización Cívica Madre Tierra

La Organización Cívica Madre Tierra, comprometida con la lucha contra el cambio climático, la defensa del desarrollo sostenible, la protección de la biodiversidad y la promoción de los derechos humanos, expresa su firme solidaridad con el pueblo originario Maleku en su legítima reivindicación por la recuperación, protección y respeto de sus territorios ancestrales y de su derecho a la autonomía.

Los pueblos indígenas han sido, durante siglos, guardianes de los bosques, las cuencas hidrográficas y de un invaluable patrimonio biológico y cultural. Su conocimiento ancestral constituye un aporte fundamental para enfrentar la crisis climática y construir modelos de desarrollo verdaderamente sostenibles. Proteger sus territorios significa también proteger ecosistemas esenciales para el bienestar de toda la sociedad costarricense.

Para el pueblo Maleku, la tierra no representa únicamente un medio de subsistencia. Es la base de su identidad, su cultura, su lengua, su espiritualidad y su relación armónica con la naturaleza. Defender su territorio es defender un patrimonio nacional que enriquece la diversidad cultural y ambiental de Costa Rica.

La Organización Cívica Madre Tierra recuerda que el Estado costarricense tiene la responsabilidad constitucional e internacional de garantizar los derechos territoriales de los pueblos indígenas, respetando plenamente el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Estos instrumentos reconocen el derecho de los pueblos originarios a conservar y administrar sus territorios, así como a participar libremente en las decisiones que les afectan.

Manifestamos nuestra profunda preocupación por las situaciones de tensión, violencia e intimidación que han acompañado algunos procesos de recuperación territorial.

Se trata de la recuperación de las tierras por parte de un grupo de mujeres malekus, que legal y legítimamente pertenecen a la comunidad indígena, y que desde hace años fueron ocupadas ilegalmente por usurpadores ajenos a esta comunidad.

Adicionalmente, es importante destacar que esa ocupación legítima de las tierras que legalmente pertenecen a la comunidad Maleku, fue respondida con violencia patriarcal por sus ocupantes ilegítimos, contra el grupo de mujeres de la comunidad que pretendían recuperar sus territorios, sin que la fuerza pública interviniera para defender los derechos indígenas.

Rechazamos toda forma de agresión contra las comunidades indígenas y exhortamos a las autoridades competentes a garantizar la seguridad de las personas, el cumplimiento de la ley y una solución basada en la justicia, el diálogo y el respeto de los derechos humanos.

Asimismo, hacemos un llamado a toda la ciudadanía para reconocer la deuda histórica que Costa Rica mantiene con sus pueblos originarios. La reconciliación con esa historia exige acciones concretas orientadas a garantizar la restitución efectiva de sus derechos territoriales, la preservación de su patrimonio cultural y el fortalecimiento de su autonomía.

La defensa de los pueblos indígenas y la defensa del ambiente son causas inseparables. No puede existir desarrollo sostenible sin justicia social, ni acción climática efectiva sin el reconocimiento de quienes, por generaciones, han protegido los territorios que hoy constituyen una de las mayores riquezas naturales del país.

La Organización Cívica Madre Tierra reafirma su compromiso de acompañar las luchas pacíficas en defensa de la naturaleza, los derechos de los pueblos originarios y la construcción de una Costa Rica más justa, democrática, solidaria y ambientalmente responsable.

San José, Costa Rica, agosto de 2026.
Organización Cívica Madre Tierra
“Por la lucha contra el cambio climático y el desarrollo sostenible.”

¿Cuánto vale la vida de un niño o una niña Ngäbe-Buglé?

Por Zeidy Brukwä Rodríguez
Parte de la coordinación del Frente Nacional de Pueblos Indígenas y del Pueblo Ngäbe-Buglé

Escuchar sobre la muerte de niñas y niños Ngäbe-Buglé durante la temporada cafetalera me llevó inevitablemente a recordar mi propia infancia.

Fui una niña Ngäbe-Buglé que junto a mi familia viajamos para cosechar café. Conocí el frío de la madrugada, la falta de acceso a la educación, los largos caminos, los albergues en malas o pésimas condiciones (hacinamiento), el cansancio y la incertidumbre que acompañan a miles de familias cada año. Muchas de las situaciones que hoy se denuncian no las conozco por informes ni por estadísticas. Las viví en carne propia. Hoy también soy madre. Y quizás por eso me duele aún más que el centro del debate deje de ser la vida de los niños y las niñas para convertirse en una discusión sobre fondos, seguros, inversiones y modelos de gestión.

En los últimos días se ha insistido en que la historia sobre las familias Ngäbe-Buglé “se cuenta a medias”. Coincido. Pero no por las mismas razones.

La historia que falta no comienza con la creación de programas sociales ni con la implementación de mecanismos de aseguramiento. La historia completa comenzó mucho antes, con generaciones de familias Ngäbe-Buglé que han sostenido, con su trabajo, una de las actividades económicas más importantes de Costa Rica, sin que ese aporte histórico se tradujera en el pleno reconocimiento de sus derechos.

Nadie puede negar que existen avances institucionales que deben reconocerse, en buena hora. Pero también tiene que reconocerse que ha sido gracias a las denuncias y presión que se han hecho desde hace años para cambiar esta situación.

Toda medida que contribuya a proteger la salud, la seguridad y la niñez merece ser valorada. Sin embargo, esos avances no pueden utilizarse para desplazar el debate sobre las condiciones que siguen enfrentando muchas familias ni para responder a denuncias de derechos humanos como si la existencia de programas bastará para resolverlas.

Los derechos no se compensan con programas sociales. Los derechos se garantizan.

Las personas Ngäbe-Buglé no somos un costo de producción ni una población vulnerable cuya dignidad dependa de la solidaridad o caridad del sector cafetalero. Somos un Pueblo Indígena transfronterizo, con derechos colectivos reconocidos por la Constitución Política de Costa Rica, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y otros instrumentos internacionales de derechos humanos.

Nuestra existencia no comienza ni termina con la cosecha del café. No somos mano de obra estacional. Somos un Pueblo con historia, identidad, cultura, idioma, espiritualidad, autoridades propias y derechos colectivos. Nuestra presencia en las cosechas no puede analizarse únicamente desde una perspectiva económica o asistencialista; debe comprenderse desde el reconocimiento de nuestra dignidad y de nuestros derechos como Pueblos Indígenas, como sujetos de derechos.

La salud, la seguridad laboral, una vivienda digna y la protección de la niñez no son actos de generosidad. No son favores. Son obligaciones jurídicas, éticas y políticas del Estado y de quienes obtienen beneficios económicos del trabajo de miles de familias Ngäbe-Buglé.

Durante décadas, la historia de la migración cafetalera ha sido contada principalmente por instituciones, empresas y sectores productivos. Con demasiada frecuencia, las voces de las propias familias Ngäbe-Buglé han quedado relegadas. Se habla sobre ellas, pero pocas veces se habla con ellas o desde ellas.

La historia completa también incluye la discriminación, el racismo, la explotación laboral, las barreras para acceder a servicios públicos, las condiciones precarias que aún persisten en algunos albergues y el dolor de familias que han visto vulnerados sus derechos más fundamentales. También incluye la muerte de niñas y niños, una realidad que debería interpelarnos mucho más que cualquier balance financiero.

Las organizaciones que denuncian estas situaciones no debilitan al sector cafetalero ni al país. Por el contrario, cumplen una función esencial en toda democracia: recordar que el desarrollo económico no puede construirse sobre la vulneración de derechos humanos.

El café costarricense no se cosecha solo. Se cosecha con las manos de miles de hombres, mujeres, personas mayores, jóvenes y familias Ngäbe-Buglé. Detrás de cada cosecha hay historias de esfuerzo, de sacrificio y también de profundas desigualdades que Costa Rica aún tiene la responsabilidad de enfrentar.

La dignidad de un Pueblo no se mide por los programas que recibe, sino por los derechos que efectivamente se le garantizan.

Mientras la vida de un solo niño o una sola niña Ngäbe-Buglé siga estando en riesgo durante la migración cafetalera, ninguna cifra, ningún fondo y ningún comunicado podrán responder a la pregunta que realmente importa: ¿cuánto vale la vida de un niño o una niña Ngäbe-Buglé?

Mujeres indígenas miskitas en Costa Rica: breve análisis a raíz de una emisión radial

Nicolas Boeglin
Profesor de Derecho Internacional Público
Facultad de Derecho UCR
nboeglin@gmail.com

En una emisión radial del programa Interferencia de Radio Universidad, realizada el 4 de diciembre del 2025 (véase video y audio), se informó de la presencia en Costa Rica de aproximadamente 40.000 indígenas miskitos en proveniencia de Nicaragua, en su gran mayoría mujeres y niños. La cifra es la que se mencionó en la precitada entrevista, a una integrante de una organización de la sociedad civil: es muy probable que el Estado costarricense no conozca con exactitud un número más exacto.

Se trata, según el estudio mencionado durante la entrevista, de personas oriundas de territorios comunitarios indígenas en Nicaragua que se han visto forzadas a salir en razón del clima de violencia en su contra perpetrada por terratenientes nicaragüenses así como debido a varios extensos megaproyectos de extracción minera concesionados a varias empresas chinas en Nicaragua (véase nota de noviembre del 2025 de SwisInfo). Salvo error de nuestra parte, no se tiene conocimiento de iniciativas desde China para que Nicaragua resguarde y respete los derechos de las poblaciones indígenas en las zonas concesionadas. Sobre China, es de recordar que la apertura oficial de relaciones diplomáticas oficiales entre China y Nicaragua data de diciembre del 2021 y que inició una era de intercambios comerciales y de cooperación bilateral muy sostenidos desde entonces, en muy diversos ámbitos: remitimos a nuestra nota del 2021 sobre este episodio.

Muchas de estas personas, antes de llegar a Costa Rica,  vivían en sus territorios comunitarios, y en el caso de varios de ellas, no hablan español, o bien tienen un conocimiento muy aproximativo del mismo.

Foto extraída de artículo de prensa titulado «Los miskitos ya resienten el cierre de Cejudhcan: “fue una venganza”» del medio digital Divergentes, en su edición del 22 de marzo del 2022. Texto integral disponible aquí.

Un estudio de lectura muy recomendada

El estudio como tal titulado  «Mujeres indígenas nicaragüenses desplazadas en Costa Rica: lo que sienten, lo que piensan y lo que han vivido» está disponible en este enlace: se recomienda su lectura, al recoger testimonios muy valiosos de personas desplazadas con varios años buscando integrarse sin lograrlo del todo en Costa Rica.

En la página 21 de dicho estudio, se lee que:

«Viven en precarios que frecuentemente no cuentan con servicios básicos como acceso al agua potable; comparten viviendas con otras mujeres y frecuentemente, en condiciones de hacinamiento. Su llegada a sitios urbanos marca una diferencia sustantiva respecto a sus lugares de origen que, en la mayoría de los casos, se localizan en comunidades indígenas en zonas rurales de Nicaragua. 

Eso representa cambios en sus hábitos, modos de vida y cultura; pero también en relación con sus formas de subsistencia porque muchos recursos alimenticios que antes estaban a su alcance en el bosque o mediante la siembra de cultivos en sus tierras comunitarias, ahora los tienen que comprar. 

La mayoría de las mujeres están en rangos etarios entre los 18 y 54 años; es decir, en edades que las ubican plenamente como fuerza productiva y las califican para participar activamente en el mercado laboral. Por otra parte, son mujeres con un cierto nivel educativo pues han alcanzado algún grado de primaria e incluso de secundaria».

Como se puede observar es muy poco lo que se ha logrado hacer por parte del aparato estatal costarricense para responder a esta llegada masiva de personas oriundas de territorios indígenas en Nicaragua, y que deben, en muy poco tiempo, adaptarse a la vida cotidiana en los precarios de la Gran Area Metropolitana (GAM) en el seno de la capital costarricense, con limitantes de todo tipo.

Una problemática desatendida desde hace varios años

Las invasiones violentas de tierra por parte de no indígenas miskitos en Nicaragua han dado lugar a varios documentales, como este documental realizado por Expediente Público en el 2021 y este otro por el medio digital Confidencial en el 2022. 

En el caso de la población miskita refugiada en Costa Rica, este reportaje del 2023 realizado por el medio Nicaragua Investiga hace ver que sus necesidades no han sido debidamente atendidas por parte de las autoridades costarricenses, tal y como se dejó ver de manera muy clara en la precitada entrevista del programa Interferencia de la radio universitaria (la cual recomendamos escuchar, al mencionar de manera detallada las carencias de todo tipo del aparato estatal costarricense ante la llegada masiva de estas familias miskitas en los últimos años).

En julio del 2024 ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, fueron varias las organizaciones de la sociedad civil nicaragüense las que denunciaron un verdadero «etnocidio» (véase nota) por parte del Estado nicaragüense.

Este otro reportaje del 2019  del medio Nicaragua Investiga sobre la población miskita refugiada en Honduras permite conocer el alcance de la grave crisis provocada por la llegada de colonos en territorios miskitos en Nicaragua, y el clima de violencia e impunidad que desata, sin que las legítimas reivindicaciones de las poblaciones miskitas sean debidamente atendidas en Nicaragua. En el caso específico de Honduras, este informe del 2021 de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) analiza la fuerte discriminación y la xenofobia que sufren los miskitos hondureños en la misma Honduras. En el 2021, Honduras fue condenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (véase sentencia de agosto del 2021, caso Los buzos miskitos vs Honduras).

En el caso específico de Costa Rica, tuvimos la ocasión de analizar el contenido del informe realizado luego de su visita a Costa Rica por parte del Relator Especial de Naciones Unidas sobre Derechos de los Pueblos Indígenas, cuyos hallazgos y recomendaciones en beneficio de las poblaciones indígenas costarricenses… siguen esperando ser objeto de acciones correctivas por parte del Estado costarricense: véase nuestra nota de septiembre del 2022 titulada «Pueblos indígenas y sus derechos: revelador informe del Relator Especial de Naciones Unidas exhibe graves y persistentes lagunas en Costa Rica«. Por otra parte, persiste un clima de xenofobia contra los migrantes nicaragüenses en algunos sectores de la sociedad costarricense: ya en el año 2018, tuvimos la ocasión de analizarlo en nuestra nota publicada en el portal de la UCR, y titulada «El derecho internacional ante la xenofobia, el racismo, la discriminación y la incitación al odio en Costa Rica«.

Sin lugar a dudas, la falta de atención ante las necesidades básicas de estas poblaciones miskitas oriundas de Nicaragua en Costa Rica y en Honduras, plantea serias interrogantes: más aún en el caso de Costa Rica, cuya legendaria tradición de asilo y de refugio constituye uno de los pilares de su imagen internacional.

Los órganos internacionales de derechos humanos y las comunidades miskitas de Nicaragua

De manera a poder conocer con más detalles el alcance del drama que viven las poblaciones miskitas del Caribe en Nicaragua, este informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dado a conocer en el mes de agosto del 2025 (véase enlace) enlista las recomendaciones hechas a Nicaragua (páginas 128-131), pero también a los integrantes de la comunidad internacional como tal (páginas 131-132). 

En una de sus conclusiones (páginas 124-128) se lee que:

«204. En particular, los hallazgos de la CIDH muestran que los patrones de la violencia en contra de las comunidades indígenas y afrodescendientes de la Costa Caribe se caracterizan por: i) la continuidad y frecuencia de ataques armados perpetrados por grupos de colonos y del crimen organizado que ocurren con la tolerancia y aquiescencia del Estado; ii) asesinatos y criminalización de autoridades tradicionales, líderes comunitarios y personas defensoras del territorio; iii) amenazas, hostigamientos y la extorsión de comunidades por grupos de colonos armados; iv) hechos de tortura y violencia sexual; y v) la impunidad estructural en un contexto de concentración absoluta del poder en el Ejecutivo. Conforme al derecho internacional, estos hechos configurarían graves violaciones a los derechos humanos«.

Esta resolución del año 1984 de la misma Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre un acuerdo de solución amistosa entre las autoridades de Nicaragua y las comunidades miskitas, hace ver que sí hubo en algún momento en Nicaragua voluntad política para resolver la problemática de la tenencia de la tierra y permitir una forma de autogestión dentro de los territorios indígenas miskitos.  En el 2001, Nicaragua fue condenada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (véase sentencia de agosto del 2001, caso Comunidad Mayagna (Sumo) Awas Tingni vs. Nicaragua, en particular el párrafo operativo 173).

Desde el mes de abril del 2018, la situación de los derechos humanos en Nicaragua se ha gravemente deteriorado, aunada, a partir del 2020, del auge del mercado de la carne en Nicaragua y de megaproyectos mineros que  provocan una presión extrema sobre los territorios indígenas miskitos y sobre las reservas biológicas en Nicaragua. El documental «Patrullaje» del 2023 (véase enlace) ilustra de manera muy completa esta fuerte presión que se ejerce también sobre la reserva Indio Maíz y sus frágiles ecosistemas, con la complacencia de las actuales autoridades de Nicaragua. En esta resolución de octubre del 2025 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se señalan (a puntos 4-9) las diversas gestiones hechas desde este órgano del sistema interamericano desde mediados del 2018 ante el recrudecimiento de la represión contra personas defensoras de derechos humanos y opositores políticos en Nicaragua.  

En este reportaje de ElPais (España) de agosto del 2025 titulado «Etnocidio  y exterminio simbólico: la prisión política se ensaña contra los indígenas en Nicaragua«, se puede consultar este informe sobre la criminalización de los líderes indígenas en Nicaragua y su encarcelamiento sistemático.

Ya en el año 2019, la ONG especializada en el litigio ante el sistema interamericano de protección a los derechos humanos, CEJIL, había detallado la larga lista de las obligaciones internacionales que tiene Nicaragua en materia de derechos de las poblaciones miskitas: véase asl respecto su  informe titulado «Resistencia Miskitu: una lucha por el territorio y la vida«, en particular páginas 60-64. 

Por su parte, esta resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos del mes de junio del 2023, evidencia el incumplimiento hecho a los requerimientos del juez interamericano de derechos humanos por parte de Nicaragua. 

Desde el punto de vista de la historia del derecho internacional, no está de más recordar que el tratado entre Nicaragua e Inglaterra de 1860 estableciendo un protectorado británico sobre los denominados «Mosquito Indians» en el siglo XIX, dio lugar a unas de las primeras sentencias arbitrales entre dos Estados en el año 1881. Este laudo arbitral entre Inglaterra y Nicaragua fue dictaminado por el árbitro escogido por ambos Estados: el Emperador de Austria (véase texto). Para nuestros estimables lectores poco familiarizados con la historia del derecho internacional, el primer arbitraje entre dos Estados se registró nueve años antes, en 1872, entre Estados Unidos e Inglaterra (véase breve nota nuestra al respecto titulada «El arbitraje del Alabama de celebración (1872-2022)«.

Siempre desde el punto de vista estrictamente jurídico, es de precisar que Nicaragua sigue siendo Estado Parte a la Convención Americana sobre Derechos Humanos, más conocida como «Pacto de San José«. En cambio, al cumplirse el 18 de noviembre del 2022 un año desde la notificación enviada formalmente por Nicaragua, dejó de ser Estado Parte de la Organización de Estados Americanos (OEA): véase texto de la notificación enviada en noviembre del 2021.

A modo de conclusión

Tal y como se ha señalado desde ya varios años, la atención básica a estas poblaciones indígenas oriundas de Nicaragua debe ser garantizada por los Estados en las que buscan refugio, huyendo el clima de violencia que sufren. 

En el caso de Costa Rica, estas personas deben enfrentar una situación de discriminación y xenofobia que persiste aún con respecto a migrantes oriundos de Nicaragua en varios sectores de la sociedad costarricense, aunada al la falta de voluntad política de las autoridades de Costa Rica por atender las legítimas reivindicaciones de sus propias comunidades indígenas, tal y como lo detalla el precitado informe de Naciones Unidas del 2022. 

A ello se deben sumar los serios retrocesos en materia de atención a las personas migrantes en general observados en los últimos años en Costa Rica (véase artículo del Semanario Universidad). Es de notar que a diferencia de otros ámbitos en materia de derechos humanos, Costa Rica se resiste hasta la fecha a ratificar la Convención de Naciones Unidas sobre Derechos de los Trabajadores Migrantes y sus Familiares que existe desde 1990 (véase estado de firmas y ratificaciones). Llama poderosamente la atención que, desde 1990, el Poder ejecutivo costarricense haya sido incapaz de tan siquiera firmarla…

Como usualmente suele suceder en materia de derechos humanos, la no atención a una problemática en materia de derechos humanos se traduce con el pasar del tiempo, en una agravación de la misma: es precisamente el caso de las mujeres miskitas oriundas de Nicaragua en Costa Rica.