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Etiqueta: devoción mariana

La UCR presenta un video sobre la tradición de la Virgen del Mar en Puntarenas

En el marco de la celebración de las fiestas de la Virgen del Mar, el proyecto Cultura del Agua de la Universidad de Costa Rica (UCR) preparó un video dedicado a esta tradición porteña, como parte de sus esfuerzos por documentar relatos, prácticas y memorias que reflejan la relación de las comunidades con el agua. Le invitamos a verlo:

La procesión marítima, realizada el pasado 12 de julio en la costa pacífica del país, se efectúa en honor a la Virgen del Carmen, conocida en Puntarenas como Virgen del Mar, y tiene como eje la participación de embarcaciones que acompañan la imagen de la Virgen en aguas del golfo de Nicoya, como una manifestación de fe vinculada con la protección de pescadores, marineros y familias costeras.

De acuerdo con investigaciones históricas publicadas en la revista académica Diálogos de la Universidad de Costa Rica, la advocación de la Virgen del Carmen —de origen europeo y difundida en América desde el siglo XVII— llegó a Puntarenas bajo la figura de la Virgen del Mar, con la instauración de las festividades en 1914 por parte del presbítero José Daniel Carmona. La tradición popular asocia el origen de esta devoción con el naufragio de una embarcación en 1913, cuya tripulación fue rescatada; desde entonces, la fiesta se consolidó como una expresión de identidad porteña en la que se entrelazan la fe, el trabajo pesquero, la navegación y la memoria comunitaria. La celebración fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de Costa Rica, en reconocimiento a su arraigo entre las comunidades pesqueras del Pacífico.

Según el coordinador del proyecto Cultura del Agua, Mario Enrique Arias Salguero, la relación de las comunidades costarricenses con el agua no se limita a la ciencia o a la gestión técnica de los recursos, sino que también está tejida en la historia, la espiritualidad y las vivencias de la población, en expresiones culturales construidas a partir de creencias, conocimientos, valores y prácticas.

El relato sobre esta devoción forma parte del libro El Agua de la Gracia: manantiales, ríos, sequías e inundaciones en el culto Mariano en América Latina. El proyecto Cultura del Agua como herramienta para la Gestión Integrada del Recurso Hídrico es una iniciativa de Acción Social del Centro de Investigación en Ciencias Geológicas de la UCR, cuyo objetivo es promover una relación más consciente con el agua a partir del reconocimiento de prácticas culturales, comunitarias y territoriales.

Entre la memoria y la inquietud: la Virgen de los Ángeles y el presente que nos interpela

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

Este año celebramos cien años de la coronación pontificia de la venerada imagen de la Virgen de los Ángeles. Descubrimos en ello la memoria viva de un pueblo que, en medio de sus luces y sombras, ha encontrado en la “Negrita” un rostro materno cercano: la que escucha al que llega cansado, la que consuela en la enfermedad, la que acompaña en silencio tantas luchas cotidianas y orienta cuando no sabemos bien por dónde seguir.

En María encontramos precisamente eso: una creyente en camino, que avanzó en una verdadera “peregrinación de la fe”, permaneciendo unida a Cristo incluso en la oscuridad. Por eso, su historia no es solo personal, sino que refleja el recorrido de todo el Pueblo de Dios. Ahí está el motivo para recurrir a ella: no como alguien lejana, sino como Madre que entiende nuestros procesos, que ha pasado por la incertidumbre y puede sostener nuestra fe en lo concreto de la vida —en la familia, en el trabajo, en las decisiones difíciles—, enseñándonos a confiar cuando no vemos y a permanecer cuando todo parece incierto (cf. Redemptoris Mater, n. 6).

En estos actos se entrelazan un hondo valor espiritual y una fuerza simbólica que no solo representa, sino que convoca a la cohesión nacional. Pero precisamente por eso, algo en mí se inquieta. Porque toda memoria auténtica no solo celebra: también interpela.

La Virgen de los Ángeles no es un símbolo detenido en el tiempo. Es, para el creyente, una presencia que mira el presente. Y ese presente costarricense —no nos engañemos— está herido: violencia creciente, fragmentación social, deterioro del lenguaje público, pérdida de confianza en las instituciones. Un país que, por momentos, parece desconocerse a sí mismo.

Y en medio de todo esto, emerge una paradoja que no podemos ignorar. Cartago —tierra de fe, cuna de esta devoción, lugar de peregrinación nacional— se ha ido transformando en un espacio marcado por dinámicas de violencia y muerte que la vuelven, en ciertos contextos, casi irreconocible. No se trata de exagerar ni de estigmatizar, pero sí de reconocer una realidad que golpea. El contraste es demasiado fuerte: el santuario que convoca multitudes y, a unos pasos, comunidades que viven bajo el peso de la inseguridad y el miedo.

Y entonces la pregunta: ¿qué significa hoy honrar a la Virgen en ese contexto? Porque existe un riesgo —sutil pero real— de refugiarnos en la solemnidad de la historia para no confrontar la urgencia del presente. De celebrar lo que fuimos, sin asumir con la misma fuerza lo que estamos llamados a ser.

He visto la convocatoria multitudinaria, la presencia de la Conferencia Episcopal y el Nuncio Apostólico, la participación de fieles. Todo eso habla de relevancia. Pero también despierta una inquietud que no logro disipar: ¿estamos generando procesos reales de transformación o nos estamos quedando en el gesto?

Y aquí la Iglesia en Costa Rica —particularmente la que peregrina en esa diócesis— no puede eludir una autocrítica serena pero necesaria. Porque, al menos en términos visibles, su voz ha sido débil frente a una realidad que clama por mayor presencia, mayor denuncia y mayor acompañamiento. No basta con custodiar el santuario si no se logra abrazar con igual fuerza el dolor del territorio que lo rodea.

La fe, cuando es auténtica, incomoda. No se conforma con el rito; exige coherencia. Y si la Virgen de los Ángeles ha sido madre de este pueblo, entonces también es testigo de nuestras contradicciones. Ella ve un país que la ama, un pueblo que peregrina, pero que necesita reencontrarse. Ve una Iglesia que convoca, pero que está llamada a implicarse más.

Apelo no en contra de esta celebración, sino en la distancia entre lo que celebramos y lo que vivimos. Porque no basta con mirar hacia 1926. La pregunta es qué hacemos en 2026.No basta con recordar una coronación. La urgencia es discernir nuestra misión.

Y quizás la Virgen —con su silencio elocuente— no nos pide más actos, sino más verdad. No más nostalgia del ayer, sino más compromiso hoy. No más refugio en el pasado, sino más valentía en el presente.

Si esa inquietud permanece, tal vez no sea un problema. Tal vez sea, precisamente, una gracia. Porque la fe que no toca la herida de un país corre el riesgo de volverse irrelevante.