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Etiqueta: izquierda latinoamericana

Ordenando el desorden del mundo

Gilberto Lopes
San José, 19 de abril de 2026

Durmiendo en la acera

Salgo de casa por la mañana y lo encuentro a la vuelta de la esquina. El niño duerme en la orilla de la acera. Una frazada roja lo separa del piso de cemento. La madre, envuelta en la bandera de Venezuela, pide ayuda a los carros detenidos en el semáforo.

¿Cómo verá el mundo ese niño cuando se despierte en el piso de la acera? ¿Qué pensará? No sería raro que haya soñado con tener algo para comer. Quizás algo rico.

El 1 de mayo del año pasado, Valentina Oropeza publicó, en BBC Mundo, una entrevista con el economista Omar Zambrano sobre los hallazgos del estudio titulado «Crisis económica y el colapso del acervo de capital humano venezolano».

Zambrano dice que lo peor de la crisis fue la hiperinflación. Entre 2015 y 2017 nadie quería trabajar porque el salario no valía nada.

Los datos son abrumadores; el desorden, enorme: “Venezuela perdió 75% del tamaño de su economía entre 2013 y 2021. Una de las contracciones económicas más severas registradas en la historia moderna. Al menos 7,7 millones de personas emigraron durante la última década”, afirma.

“La depreciación de los salarios y la ola migratoria llevaron a más de cuatro millones de personas en edad de trabajar a salir del mercado laboral, incluidos los trabajadores más jóvenes, más calificados y con mayor experiencia”.

Venezuela: el desorden del mundo

¿Será parte de ese grupo la familia que ahora pide ayuda en las calles de San José?

En la entrevista no hay una sola palabra sobre las causas de este desorden. La periodista tampoco pregunta. Hay que buscar la información en otras fuentes. Por suerte, abundan. Cualquiera que quiera saber tiene a su disposición todo tipo de información, de las más diversas fuentes.

“Desde sus propios inicios, el gobierno de Hugo Chávez confrontó acciones imperiales destinadas a deponerlo. El gobierno de los Estados Unidos en todo momento ha apoyado política y financieramente los intentos de la derecha venezolana por derrocarlo, comenzando por el golpe de Estado de abril 2002 y el paro petrolero-lockout empresarial que prácticamente paralizó al país durante dos meses entre los años 2002 y 2003”, dijo el sociólogo venezolano Edgardo Lander. Chavista al inicio del proceso, hoy está más cerca de la oposición que encabeza María Corina Machado.

¿De qué modo puede un país tener un desarrollo político “normal”, donde cada sector tenga la representación que le corresponda, si un sector es avasallado por las presiones de Washington, mientras el otro cuenta con todo su respaldo? Es imposible.

El desequilibro que eso genera falsea el escenario político, generando, como en el caso de Venezuela, todo tipo de desorden. Primero, el económico, con sus dramáticas repercusiones, incluyendo la migración, de la que tanto reclama Trump. Pero también el político. ¿Cómo se puede pretender tener “elecciones libres” con un sector sometido a las mayores presiones económicas y políticas, que le hacen imposible gobernar? Y si gana la oposición, ese triunfo no representa un balance político interno, sino resultado del desequilibrio provocado por la intervención extranjera.

La intervención de Estados Unidos en Venezuela ha sido permanente. Desde fines del siglo pasado, como ya vimos. En 2017, poco antes de dejar el poder, el presidente Barack Obama renovó la abusiva declaración de que Venezuela es una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos”. Luego Trump, en su primer mandato, amplió el bloqueo financiero a Venezuela, extendiéndolo más allá de los Estados Unidos.

En febrero del 2021 la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre los efectos de las sanciones a Venezuela, Alena Douhan, presentó un detallado informe sobre los efectos de esas medidas.

Las sanciones unilaterales impuestas cada vez con mayor frecuencia por Estados Unidos, la Unión Europea y otros países, han exacerbado los problemas”, afirma. Los ingresos del gobierno “se redujeron en un 99%, y actualmente el país vive con solo el 1% de los ingresos previos a las sanciones”.

Este no es un trabajo sobre la economía venezolana y no pretende, por lo tanto, discutir sobre las diversas interpretaciones sobre las causas y los orígenes de sus problemas. Nuestro interés es otro: mostrar el desorden que la intervención extranjera –norteamericana y europea principalmente– provocan en la vida de los venezolanos, en el funcionamiento de las instituciones del país.

En abril del 2019, Mark Weisbrot y Jeffrey Sachs expusieron en un trabajo sobre “Economic Sanctions as Collective Punishment: The Case of Venezuela”, las consecuencias de esas políticas.

Constatamos que las sanciones han infligido, y siguen infligiendo cada vez más, daños muy graves a la vida y la salud humanas, incluyendo un estimado de más de 40 mil muertes entre 2017 y 2018”, afirmaron.

Es imposible imaginar desorden mayor. No hace falta extendernos aquí sobre los desastrosos efectos de las sanciones sobre la vida política y económica del país, ni sobre la población venezolana.

Cuba: el desorden del mundo

El desorden más escandaloso en América Latina es el provocado por el embargo a que está sometida Cuba hace más de 60 años.

De nuevo, ¿cómo se puede pretender un desarrollo político “normal” –donde cada fuerza política interna tenga la representación que le corresponda– si el gobierno está sometido a sanciones que, en cualquier otro caso, no habría permitido a ningún gobierno de la región sobrevivir más que algunos meses?

No ha sido así en el caso de Cuba. Aquí tampoco voy a entrar a discutir si el gobierno ha acertado siempre. Pero es evidente que ha acertado en lo fundamental, de modo que ni las sanciones norteamericanas, ni el fin del mundo soviético, en el que estaba profundamente inserto, ha significado la caída del gobierno.

Inútil atribuir eso a la “represión”. Sabemos de sobra (y los casos latinoamericanos son prueba de eso) que ninguna represión, por sí misma, explica esa resistencia. Sugiero que las transformaciones realizadas son el fundamento de la explicación, pese el desorden monumental que las sanciones producen en la vida de los cubanos.

En 2024 el gobierno de Cuba presentó a la Asamblea General de Naciones Unidas un informe sobre los efectos del bloqueo económico, comercial y financiero a que está sometida, condenado ese año por 187 países, con solo dos votos a favor: el de Estados Unidos y el de Israel.

Solo entre marzo de 2023 y febrero de 2024 el bloqueo representó pérdidas a la isla por poco más de cinco mil millones de dólares. El informe cubano cifra, en dólares corrientes, en más de 164 mil millones los daños de las más de seis décadas de sanciones. Actualizada, la cifra es de 1,5 billones de dólares. Es fácil imaginar el desorden que sanciones como esas causan a cualquier economía.

El resultado es que el país siquiera es capaz hoy de mantener en funcionamiento un sistema eléctrico indispensable para que funcione su economía, sus hospitales, sus escuelas, para que los cubanos puedan mantener refrigeradoras funcionando en sus casas.

La intervención extranjera genera un desorden extraordinario que hace imposible un desarrollo político interno “normal”, que refleje el peso real de cada sector en la vida política del país.

Si la oposición cuenta con el apoyo tan formidable de Washington, ¿cómo pedir al gobierno cubano que juegue como si la cancha estuviera pareja? ¿Cómo pedirle elecciones “libres”, si durante 60 años el gobierno jamás ha podido desarrollar un proyecto sin el sabotaje externo?

El desorden en América Central

La historia de América Central –quizás con excepción de Costa Rica– es un buen ejemplo de los resultados de esas intervenciones.

Un caso especial es el de Guatemala, donde un golpe de Estado promovido por Washington, en 1954, empoderó a los militares, desarticuló la vida política del país, marginó la mayoritaria población indígena, cortó un desarrollo normal de reformas que los dueños de las bananeras norteamericanas en el país no estaban dispuestos a aceptar.

El desorden provocado por ese golpe repercute hasta hoy. El canciller del gobierno del derrocado gobierno de Jacobo Arbenz, Guillermo Toriello, cuenta esa historia en un libro notable, “La batalla de Guatemala”, texto indispensable, pero difícil hoy de conseguir. En todo caso, un texto más reciente, del periodista norteamericano Stephen Kinzer, excorresponsal del New York Times en Centroamérica (y en muchos otros países), cuenta esa historia en “Bitter Fruit: The Story of the American Coup in Guatemala”, publicado en 2005.

Kinzer también escribió sobre la guerra en Nicaragua –Blood of Brothers, publicado en 1991– donde la intervención norteamericana alimentó la guerra contra a revolución sandinista que, además de los miles de muertos y del desorden provocado en los programas de desarrollo del país, terminó resolviéndose en unas elecciones en las que los nicaragüenses estaban advertidos: si no gana la oposición Estados Unidos mantendrá la guerra contra un país ya exhausto y desangrado.

Ganó la oposición, pero el desorden político creado por esa victoria se mantiene hasta hoy, sin que el país haya podido volver a encontrar un equilibrio político, ni un adecuado modelo desarrollo. Por el contrario; como sabemos hoy imperan las duras reglas con las que el régimen de Ortega ha devorado hasta a sus más viejos y cercanos aliados. ¿Qué orden es ese, qué régimen puede sobrevivir en esas condiciones?

El desorden causado por genocidio de Gaza y la guerra contra Irán

El desorden en el mundo tiene otras expresiones más recientes, abrumadoras, de repercusiones universales.

Una es el genocidio de Gaza, dramática herencia que recuerda el genocidio producido por los alemanes en la II Guerra Mundial. Es abrumadora la evidencia de la devastación provocada por Israel, principalmente en Gaza, pero también en Cisjordania.

En un artículo sobre la pobreza endémica en Gaza y Cisjordania, publicado el 30 de diciembre del 2004, la BBC decía: «Las estadísticas de muerte, destrucción y pobreza no llegan a transmitir el verdadero sufrimiento de la población en los territorios ocupados. Barrios enteros (…) han sido arrasados. En nuestras escuelas una generación completa crece en un ambiente de violencia aterradora. La maldición de la pobreza endémica alcanza ahora a dos tercios de la población».

¡Dicho en 2004! ¿Qué ha pasado desde entonces?

El informe de Francesca Albanese, relatora especial de Naciones Unidas sobre la “Situación de los Derechos Humanos en los Territorios Palestinos”, publicado en octubre pasado, muestra la dimensión del desorden causado.

La tortura se ha extendido mucho más allá de las prisiones y salas de interrogatorio. “El territorio palestino ocupado se ha convertido en un espacio de castigo colectivo”, dice. O sea, en un campo de concentración.

La complicidad internacional, en particular de Estados Unidos, ha contribuido al genocidio en Gaza, señala el informe. Solo la cifra de muertos en la franja de Gaza superaba ya los 75 mil, consecuencia de la ofensiva militar lanzada por Israel desde hace más de dos años.

A la destrucción de Gaza se sumó al cerco de Cisjordania, donde los colonos israelitas han ido ocupando territorio, destruyendo propiedades y asesinado a los antiguos habitantes.

El diciembre pasado la prensa informaba que niños palestinos se congelaban hasta la muerte en los campos de refugiados, mientras Israel bloqueaba la ayuda humanitaria, sin la que no pueden sobrevivir. Limitando el ingreso de alimentos, un cuidadoso plan del gobierno israelí implantó la hambruna en los territorios ocupados desde 1967.

El desorden impuesto en Medio Oriente por Israel y sus aliados es inimaginable. ¿Qué se pretende construir sobre esas ruinas? ¿Podrá el mundo seguir mirando para otro lado mucho tiempo más? Es imposible imaginar la solución de algún problema con el genocidio impuesto por Israel en Palestina.

Pero las bombas siguen estallando. Israel vuelve a atacar el Líbano. El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Hasta hoy siguen las discusiones sobre los objetivos de esa guerra, sin que haya claridad sobre cuáles son.

Escuelas y hospitales en ruinas, estrecho de Ormuz cerrado

A mediados de abril se anunció un precario cese al fuego en la guerra que Estados Unidos libra contra Irán.

El New York Times decidió hacer también una pausa en la cobertura de la guerra y echar una mirada a la destrucción provocada por los bombardeos en Irán: “Iran’s Schools and Hospitals in Ruins, Times Analysis Shows”, se titula el artículo, publicado el 9 de abril.

Es probable que la escala de devastación sea mucho mayor que la estimada por el Times, dice la nota. La Sociedad de la Media Luna Roja declaró, el 2 de abril, que al menos 763 escuelas y 316 centros de salud habían resultado dañados o destruidos durante la guerra.

El primer día del ataque, el 28 de febrero, la escuela primaria Shajarah Tayyebeh, en la ciudad de Minab, al sur de Irán, fue bombardeada. El ataque dejó al menos a 175 personas muertas, la mayoría de ellas niños. Los militares habían catalogado la escuela como un objetivo militar, utilizando información desactualizada, de por lo menos diez años antes, dice el periódico.

El derecho internacional humanitario obliga a los comandantes militares a tener en cuenta los posibles daños colaterales a civiles e infraestructuras civiles cuando planifican un ataque, recuerda el Times.

El periódico utilizó imágenes aéreas de alta definición para analizar el resultado de los ataques. Las imágenes fueron mostrando el caos provocado: centenares de escuelas, hospitales, centros de salud, destruidos o dañados. Centenares de niños muertos.

Cerca de la mitad de las escuelas y centros de salud dañados se encontraban en Teherán, una ciudad densamente poblada, donde los bombardeos han sido intensos.

Trump prometió, en algún momento, enviar Irán a la “edad de la piedra”. Hoy, domingo 19 de abril, con las negociaciones entrampadas, amenaza de nuevo con destruir puentes y centrales eléctricas de Irán.

Sus fuerzas acaban de capturar un carguero de bandera iraní en el golfo de Omán. Difícil imaginar caos mayor que el provocado por el cierre del estrecho de Ormuz. China, particularmente afectada por el cierre de la vía, ha pedido a Irán que la abra, pero ha indicado que la causa del cierre es la guerra provocada por Estados Unidos e Israel.

El 1 de abril, el diario español El País recordaba el caos provocado por la guerra de Irak en 2003, con el apoyo del español José María Aznar y del británico Tony Blair. “El declive de Bagdad dos décadas después de la guerra, espejo para Teherán”, dice el artículo. Caos similar provocó el asesinato del líder libio, Muamar el Kadafi, en octubre del 2011.

Aunque no han logrado el derrocamiento del gobierno iraní, intentado aun antes de la guerra por medio de protestas populares estimuladas por las dificultades económicas creadas en el país por las sanciones norteamericanas, los antecedentes citados muestran las caóticas consecuencias de esas guerras y sanciones.

La necesidad de un nuevo orden

Me parece que no deberíamos cerrar el recorrido por este caos sin mencionar el más reciente esfuerzo por crear un nuevo orden internacional, que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, convocó bajo la consigna del “No a la guerra”.

El 17 y 18 de abril, Sánchez celebró, en Barcelona, junto con los presidentes de Brasil, México, Colombia, Uruguay, Africa del Sur y una lista de representantes de diversos países y organizaciones políticas, una Cumbre Global Progresista.

Tiene particular relevancia para América Latina, donde Trump ha proclamado la pretensión de un renovado control sobre su “patio trasero”. Nunca ha dejado América Latina de serlo, sometida a la permanente presión de Washington y la sumisión de la “quinta columna” en la que se basa esa dominación.

Pero si nunca ha dejado de serlo, tampoco nunca ha dejado de haber resistencias. La cumbre de Barcelona revela lo persistente y renovadas que son. El mundo ha cambiado mucho para que las pretensiones anunciadas en 1823 de someter a América Latina puedan ser renovadas sin problemas hoy.

Nadie debe tener vergüenza de ser de izquierda, dijo Lula en Barcelona. Trump está jugando un juego muy peligroso, pensando que puede dictar sus reglas.

O, como dijo la presidente mexicana, Claudia Sheinbaum: México tiene como principios constitucionales “el respeto a la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de controversias, el rechazo al uso de la fuerza, la igualdad jurídica de los estados, la necesidad de la cooperación internacional para el desarrollo, el respeto a los derechos humanos, la lucha permanente por la paz”.

Estados Unidos está utilizando armas creadas para combatir el narcotráfico como instrumento de presión contra los que no comparten sus políticas en América Latina dijo, por su parte, el presidente colombiano, Gustavo Petro.

¿Cuál es nuestra respuesta?, se preguntó: Rebelión. Esto es lo que ocurrirá si el gobierno norteamericano no revisa el caos provocado por sus políticas hacia América Latina, aseguró.

Podrá así ese niño, dormido en la acera en San José, despertar y descubrir otro mundo, donde tenga una cama donde dormir.

FIN

Cuba y Venezuela: ¿sobrevivir, adaptarse o transformarse?

José A. Amesty Rivera

Compañeras y compañeros, cuando hablamos de Venezuela hoy, no estamos hablando solo de un país, estamos hablando de un momento histórico para América Latina.

Porque lo que ocurre en Venezuela hoy es el resultado de tres procesos que se cruzan al mismo tiempo: una crisis económica profunda, una disputa geopolítica internacional y un debate dentro de la propia izquierda latinoamericana.

Por eso, reducir lo que ocurre a una simple “crisis del socialismo” o a un “problema de gobierno” es una simplificación, lo que estamos viendo es algo mucho más complejo.

Estamos viendo la crisis y transformación de uno de los proyectos políticos más importantes de América Latina en el siglo XXI. Y la pregunta que hoy está abierta es clara: ¿qué está pasando realmente con el proceso bolivariano? ¿Está resistiendo? ¿Está transformándose? ¿O está entrando en una etapa completamente distinta? Para responder esto, primero tenemos que mirar de dónde viene este proceso.

Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, planteó un proyecto político ambicioso. La llamada Revolución Bolivariana y tenía tres objetivos centrales:

Primero: recuperar el control del Estado sobre los recursos estratégicos, especialmente el petróleo.
Segundo: reducir la desigualdad social a través de grandes programas sociales.
Y tercero: construir una integración latinoamericana alternativa al neoliberalismo.

En ese momento surgieron iniciativas regionales como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América y la Unión de Naciones Suramericanas, entre otros mecanismos de integración.

Durante los primeros años del siglo XXI, Venezuela se convirtió en un símbolo del llamado “giro a la izquierda” en América Latina. Muchos pensaban que se estaba abriendo un nuevo ciclo político en la región, pero este proyecto tenía una debilidad estructural muy fuerte.

Una debilidad que venía desde mucho antes, la economía venezolana dependía casi totalmente del petróleo y esa dependencia iba a marcar el futuro del país.

Venezuela tiene una de las mayores reservas de petróleo del mundo, pero esa riqueza también generó una economía muy particular, una economía llamada rentista. ¿Eso qué significa? Que el Estado obtiene la mayor parte de sus ingresos vendiendo petróleo y, con ese dinero, financia el gasto público. Durante años, eso permitió financiar educación, salud, subsidios, programas sociales, entre muchos otros.

Pero también generó varios problemas: poca diversificación económica, baja producción industrial y dependencia de los precios internacionales del petróleo. El corazón de este modelo es la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA). Cuando los precios del petróleo bajaron y comenzaron las sanciones internacionales, principalmente de EEUU, este modelo empezó a entrar en crisis.

Y aquí aparece otro elemento clave: la dimensión geopolítica.

Durante años, Venezuela ha enfrentado sanciones económicas impulsadas principalmente por Estados Unidos. Estas sanciones afectaron, sobre todo, el sistema financiero, el comercio internacional y la industria petrolera. Incluso algunos analistas críticos del gobierno reconocen algo importante, las sanciones agravaron la crisis económica.

Pero, además, Venezuela se convirtió en una pieza dentro de una disputa internacional más amplia; en ese tablero también están actores como China, Rusia, entre otros. Es decir, la crisis venezolana no es solo interna; también forma parte de una competencia global por recursos, energía e influencia política.

La situación se volvió aún más incierta tras la captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026. Después de ese hecho, el poder quedó temporalmente en manos de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, y esto abrió una etapa completamente nueva.

Hoy vemos, al mismo tiempo, negociaciones internacionales, cambios en la política petrolera, protestas sociales y tensiones dentro del propio chavismo.

El gobierno intenta atraer inversión extranjera para recuperar la economía, pero esto ha generado un debate muy fuerte dentro de la izquierda, tanto nacional como internacional.

En el caso actual de China y Rusia, la crisis venezolana también forma parte de una competencia global por energía, influencia política y recursos estratégicos. Y, en este sentido, con aire de vencedor, Trump había anunciado que el petróleo venezolano bajo control estadounidense se lo vendería a Rusia y a China. Pero resulta que Rusia y China se niegan a comprárselo, y no es un detalle menor, es el centro de toda la jugada.

China ha dado instrucciones a sus operadores para que no adquieran crudo venezolano bajo control estadounidense. Los envíos que antes cubrían la deuda de 15.000 millones de dólares que Venezuela mantiene con Pekín simplemente se han detenido.

Lo más revelador es que hay unos 40 millones de barriles de crudo sancionado (de Rusia, Irán y Venezuela) flotando en tanqueros frente a las costas de China, esperando; ese petróleo está ahí, inmóvil, como un ejército de barcos fantasmas que nadie descarga.

Es decir, hay un elemento nuevo que antes no teníamos: China y Rusia han contraatacado con una resistencia silenciosa pero efectiva. Al negarse a comprar el petróleo venezolano bajo control estadounidense, están estrangulando al imperio con su propio botín, los barcos flotan, el petróleo se acumula y el tiempo corre en contra de Washington.

A su vez, hoy no existe una sola interpretación sobre Venezuela. Dentro de la izquierda latinoamericana hay, por lo menos, tres grandes posiciones.

Primera posición: la izquierda chavista. Esta corriente defiende el proceso bolivariano y sostiene que la crisis se explica principalmente por las sanciones internacionales, la presión geopolítica y lo que llaman una “guerra económica”. Para ellos, Venezuela sigue siendo un símbolo de resistencia frente al poder de Estados Unidos.

Segunda posición: la izquierda progresista crítica. Esta corriente reconoce que el chavismo tuvo logros importantes, como la reducción de la pobreza, la expansión de políticas sociales y la inclusión política de sectores populares, pero sostiene que, con el tiempo, el sistema se deterioró. Sus críticas principales son las instituciones debilitadas, la polarización política y la dependencia del petróleo; por ello, proponen una transición democrática que preserve las conquistas sociales.

Tercera posición: la izquierda socialista crítica. Aquí aparecen sectores como el Partido Comunista de Venezuela. Estos sectores sostienen que el gobierno terminó reproduciendo estructuras capitalistas. Sus críticas incluyen la apertura económica al capital privado, el debilitamiento de los sindicatos y la concentración del poder en el Estado; para ellos, el proyecto bolivariano se alejó del socialismo original.

Este debate se resume hoy en una discusión muy importante dentro de la izquierda: la diferencia entre antiimperialismo ideológico y antiimperialismo pragmático.

El antiimperialismo ideológico dice: no se negocia con el imperialismo bajo ninguna circunstancia.
El antiimperialismo pragmático dice: un país puede negociar incluso con adversarios si eso permite sobrevivir económicamente.

Muchos analistas consideran que el gobierno actual de Venezuela está adoptando esta segunda estrategia, es decir, negociar para sobrevivir. Pero esta estrategia genera tensiones dentro del propio campo revolucionario.

Y plasmemos aquí algunas de las teorías más radicales:

La teoría del “golpe pactado”, que indica que EEUU. no tumbó al chavismo, sino que ayudó a reconfigurarlo con una figura más manejable.

La teoría del “chantaje judicial”, indicando que Washington tendría expedientes listos contra figuras del poder para presionar decisiones políticas.

La teoría del “cambio controlado”, señalando que no podían imponer a la oposición, así que prefirieron negociar con una élite chavista.

La teoría del “nuevo modelo tipo Bukele”, donde hay una autoridad fuerte, pero alineada con intereses económicos globales.

A la fecha de la publicación de este artículo, han surgido más teorías radicales, que rayan en hipótesis, especulaciones y probabilidades, muchas de ellas sin pruebas factibles.

La teoría del “pacto con EEUU.” plantea que sectores del poder negociaron la salida de Nicolás Maduro con Estados Unidos, e indica unos contactos previos entre actores venezolanos, donde es evidente que existen intereses energéticos claros de Estados Unidos en Venezuela. Ahora, no está demostrado un acuerdo directo documentado para “entregar” el poder.

Y algunos se preguntarán: ¿y el pueblo dónde queda en todo esto?

Señalamientos: el pueblo está en pausa; se apagó la calle, ya que hay menos movilización, menos discurso ideológico y más sobrevivencia. Líderes como Diosdado Cabello han apagado su verbo incendiario antiimperialista, por ahora, según se cree.

Otros indican que el pueblo sigue organizándose en consejos comunales, comunas y otros tipos de organizaciones, cumpliendo con el mandato del presidente Hugo Chávez, para resistir y sobrevivir.

Otros señalan que hay menor intensidad de movilización política y mayor foco en la supervivencia económica. Hay interpretaciones posibles como el cansancio social, el control político más centralizado y la pérdida de narrativa movilizadora.

Aquí aparece un ejemplo interesante en la región: el caso de Miguel Díaz-Canel en Cuba. El gobierno cubano ha confirmado conversaciones con Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, ha dejado claras varias condiciones: el respeto a la soberanía, la igualdad entre los Estados y la no intervención en asuntos internos. La lección política aquí es importante.

Negociar no significa rendirse. La pregunta clave siempre es desde qué posición se negocia y qué se está dispuesto a ceder.

El analista cubano José Carlos Vinasco señala que “en Venezuela, las concesiones llegaron primero. El petróleo fluyó, las leyes cambiaron, los presos fueron liberados. Luego vinieron las conversaciones. En Cuba, primero están las conversaciones. Las concesiones, si llegan, serán después y con condiciones”.

Ampliemos más sobre Cuba. ¿Es un espejo o una advertencia? Es ambas cosas. Cuba es como ese espejo que nadie quiere mirar demasiado tiempo, porque devuelve una pregunta incómoda: ¿hasta dónde aguanta un proyecto cuando vive bajo presión permanente?

Porque Cuba no es solo resistencia heroica; también es desgaste acumulado. Décadas de bloqueo, crisis internas, ajustes económicos y, aun así, el sistema no se cayó.

Pero tampoco está igual que antes. Cuba cambió, y eso hay que decirlo sin romanticismo. Hoy hay apertura económica, hay un sector privado en crecimiento y hay desigualdad que antes no se veía tanto, y eso genera tensiones internas fuertes.

Entonces aparece la misma discusión que en Venezuela: ¿esto es adaptación o es el inicio de otra cosa? ¿Y cuál es la diferencia clave entre ambos procesos?: El ritmo y el control. Cuba cambia lento, midiendo cada paso, tratando de no perder el timón. Venezuela, en cambio, está en una dinámica más brusca, más atravesada por crisis y presión externa directa.

Pero atención con esto, ambos están enfrentando las mismas preguntas de fondo: ¿cómo sobrevivir sin dejar de ser lo que son? ¿Y lo estarán logrando?

Porque resistir no es solo aguantar; también es saber hacia dónde se va. Y ahí es donde muchos empiezan a preguntarse si el rumbo sigue claro o si se está improvisando sobre la marcha.

Entonces, ¿Cuba es futuro o advertencia para Venezuela? Podríamos decir que es una advertencia con experiencia, muestra que se puede resistir décadas, pero también que cada concesión deja marca, y que los cambios, aunque sean necesarios, nunca son gratis.

Veamos otras experiencias históricas.

La idea que un proyecto político puede mantenerse intacto frente a condiciones extremas es, históricamente, difícil de sostener. En contextos de guerra, aislamiento o crisis profunda, los liderazgos revolucionarios han tenido que tomar decisiones que, en otro momento, habrían sido impensables.

Los casos de Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung y Fidel Castro no solo ilustran esto, sino que permiten entender cómo funciona la política bajo presión extrema.

Lenin: negociar para no desaparecer (Tratado de Brest-Litovsk, 1918)

Tras la Revolución de octubre de 1917, el nuevo gobierno bolchevique heredó un país devastado por la guerra, el hambre y el colapso del Estado zarista. Rusia seguía involucrada en la Primera Guerra Mundial, pero el ejército estaba desintegrándose.

Lenin enfrentaba una disyuntiva brutal, continuar la guerra, arriesgando el colapso total del nuevo gobierno, o firmar la paz con Alemania, aun en condiciones humillantes.

La decisión fue el Tratado de Brest-Litovsk. Las condiciones fueron extremadamente duras, Rusia perdió vastos territorios (Ucrania, Polonia, los países bálticos), cedió recursos estratégicos y población, y fue visto por muchos revolucionarios como una traición.

Dentro del propio partido bolchevique hubo una fuerte oposición; algunos proponían una “guerra revolucionaria” en lugar de negociar. Pero Lenin insistió en una idea clave, “sin Estado no hay revolución que defender”.

Su apuesta fue estratégica, sacrificar territorio para ganar tiempo, consolidar el poder interno y reorganizar el Estado y el Ejército Rojo.

A corto plazo, fue una concesión enorme. A mediano plazo, permitió que el gobierno sobreviviera a la guerra civil.

Aquí hay una lección histórica, la negociación no fue una renuncia ideológica, sino una decisión para evitar la derrota inmediata.

Mao Tse-Tung: alianzas con el enemigo (Frente Unido con el Kuomintang)

La trayectoria de Mao Tse-Tung muestra uno de los ejemplos más claros de flexibilidad estratégica. Durante la primera mitad del siglo XX, el Partido Comunista Chino enfrentaba dos amenazas simultáneas: la represión del Kuomintang (nacionalistas) y la invasión japonesa.

En ese contexto, Mao impulsó una decisión altamente controversial, formar una alianza con el mismo Kuomintang que había perseguido y masacrado a los comunistas. Este acuerdo dio lugar al llamado Segundo Frente Unido (1937–1945) en el marco de la guerra contra Japón.

¿Por qué fue una decisión tan contradictoria? Porque implicaba colaborar con un enemigo interno, suspender parcialmente el conflicto de clases y priorizar la lucha nacional sobre la revolución inmediata. Muchos dentro del movimiento comunista veían esto como una desviación.

Pero Mao interpretó la correlación de fuerzas de otra manera, sin derrotar a Japón, no habría condiciones para ninguna revolución. La supervivencia del movimiento requería replegarse, reorganizarse y ganar legitimidad nacional.

El resultado fue decisivo: el Partido Comunista se fortaleció durante la guerra, expandió su base social y llegó en mejores condiciones a la guerra civil posterior, que terminaría ganando en 1949.

Otra lección histórica: la alianza no fue una claudicación, sino una forma de cambiar el orden de las prioridades estratégicas.

Fidel Castro: resistir adaptando el modelo (Período Especial, años 90)

El caso de Fidel Castro es distinto, porque no se trata de una negociación puntual, sino de una adaptación prolongada. Durante décadas, Cuba dependió económicamente de la Unión Soviética. Cuando esta colapsó en 1991, la isla perdió su principal socio comercial, el suministro de petróleo subsidiado y el apoyo financiero clave. Esto dio inicio al llamado “Período Especial”.

Las consecuencias fueron dramáticas: la caída del PIB, la escasez de alimentos, energía y transporte, y el deterioro de las condiciones de vida.

En ese contexto, el gobierno cubano tomó medidas que antes habrían sido impensables dentro de su modelo, como: la apertura limitada al turismo internacional, la legalización del dólar en la economía, la autorización de pequeños emprendimientos privados y la búsqueda de inversión extranjera.

Estas decisiones generaron tensiones ideológicas importantes: ¿era esto una concesión al capitalismo? ¿Un retroceso del proyecto socialista? Sin embargo, la dirección política defendió estas medidas como necesarias para la supervivencia del sistema. La lógica fue clara, sin ajustes económicos, el colapso era probable; sin Estado, no habría proyecto socialista que sostener. Cuba no abandonó su modelo político, pero sí lo modificó en aspectos clave.

Lección histórica: adaptarse no significó rendirse, sino reconfigurar el proyecto para evitar su desaparición.

Estos tres casos muestran un patrón común, ninguno de estos líderes actuó en condiciones ideales; todos enfrentaron escenarios donde las opciones eran limitadas. En todos los casos, se tomaron decisiones que tensionaron la coherencia ideológica.

Pero también revelan algo más profundo: la “pureza política” es más fácil de sostener en el discurso que en la historia real.

Cuando un proyecto enfrenta amenazas existenciales, las decisiones dejan de ser entre “correcto” e “incorrecto” y pasan a ser entre sobrevivir o desaparecer, avanzar o replegarse, resistir o colapsar.

Lenin cedió territorio para salvar el Estado. Mao pactó con su enemigo para ganar tiempo. Fidel reformó su modelo para evitar el derrumbe.

En los tres casos, lo que estaba en juego no era solo la coherencia ideológica, sino la continuidad misma del proyecto político.

Y esa es, quizá, la enseñanza más incómoda de la historia, en momentos críticos, la política no premia la pureza; premia la capacidad de seguir existiendo.

Lo único claro es que el país sigue siendo un laboratorio político en tiempo real, donde se ensayan (con altos costos) distintas formas de resistir en un mundo en disputa. Y, mientras ese experimento continúe, el desenlace seguirá abierto. Porque, en política, como en la historia, lo decisivo no es lo que parece inevitable, sino lo que todavía puede cambiar.

Hoy Venezuela vive una coyuntura completamente abierta. Lo que vemos es una combinación de crisis económica estructural, presión geopolítica internacional y conflictos dentro de la propia izquierda. Por eso, el futuro del proceso bolivariano todavía no está definido, puede transformarse, puede adaptarse o puede entrar en una etapa completamente distinta.

Es decir, la gran pregunta no es si Venezuela va a cambiar, porque eso ya está pasando; la pregunta real es cómo cambia, quién gana con ese cambio y qué queda del proyecto original. Y esta es la discusión que hoy divide a toda la izquierda. ¿Qué nos dicen, además, los anteriores casos? Que la política real no se mueve en blanco y negro.

Pero algo es seguro, la historia de América Latina nos enseña que los procesos políticos no avanzan en línea recta; avanzan con progresos, retrocesos y contradicciones. Y, en medio de esas contradicciones, sigue abierta una disputa fundamental, la disputa por la soberanía, por la justicia social y por el futuro político de nuestra región. Y esa discusión, compañeras y compañeros, no ocurre solo en Venezuela; también nos interpela a todos nosotros en América Latina.

En fin, y reiteramos Venezuela esta en un momento coyuntural abierto.

La dinastía de los encomenderos

Rafael A. Ugalde Q.*

A la memoria de Federico Picado Sáenz, Tobías Vaglio Sardi, Lucio Ibarra, Octavio Sáenz Soto, Narciso Sotomayor y Álvaro Aguilar, todos víctimas de la “dictadura democrática”, 77 años atrás.

Mientras sigamos definiendo la “izquierda” en abstracto, donde todos caben, desde traidores, pasando por mercachifles, hasta llegar a personas que sinceramente reflexionan y hacen un alto y se dicen: caramba sí seguimos haciendo lo mismo obtendremos idénticos resultados. Nuestro pasado de más de 400 años como víctimas de los encomenderos s seguirá haciéndonos creer, por parte de unos pocos y con poderes de reyes sin corona, que todo va bien y es progresivamente perfeccionable. Es cuestión, dicen, de ser pacientes.

Pero quienes resaltaban las maravillas de la “democracia liberal representativa”, entiéndase de pequeñas castas, ni siquiera ellos creen ya en ese axioma. En Rumania desconocieron al ganador de unas elecciones este 2025, metieron el líder a la cárcel hasta que impusieron a un ilustre desconocido, que era el que la Unión Europea necesitaba.

Al expresidente Andrés Manuel López Obrador estuvieron a punto de destituirlo en dos ocasiones; una por supuesta “violencia de género” y otra por “ofender gravemente” a los mexicanos no pertenecientes a su movimiento político, a quienes AMLO llamó neoliberales corruptos y sinvergüenzas ¡Vaya sensibilidad de desgraciados!

La realidad es que esta “izquierda” desconoce que Europa y su referente civilizatorio – Estados Unidos – no busca ya ni siquiera la democracia liberal burguesa, exige plena sumisión al imperio ya destronado. Y punto.

Surgen entonces “revoluciones” en Ecuador, en Chile, Bolivia, etc., desde las alturas, desde las jefaturas, que entrenan un día sí, y el otro también, para que la experiencia en ciernes de democracia popular participativa, salida desde las bases, sea entregada en bandeja de plata a los nazifascistas -sionistas europeos como Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea; Manfred Weber, jefe de los partidos populares europeos; Friedrich Merz, flamante nieto de un aplaudidor de Hitler; y a las sectas encabezadas por los Milei, los Boric, los Kast, los Paz; con posibilidad de que estos traidores retornen en la vuelta siguiente con otro color de camaleón y el respectivo peinado de moda.

Ahora bien, en cuanto a nuestro país, causa escozor que, si bien tenemos claro que en ninguna parte del mundo existe la receta única acerca de cómo se construye el socialismo, máxime después del fardo de 500 años de expoliación, sí es claro que, con esta gente, defensora de un supuesto “capitalismo bueno”, su “buena democracia” hay que imponerla, aunque para los pueblos estos procesos reformistas, subalternos al imperio, resulten moral, política y económicamente empobrecedores y degradantes.

No porque los pueblos sean masoquistas, sino por la sencilla razón de que tienes en tu casa al enemigo, y una vez identificado como traidor, éste sale y lo verás luego, desde afuera, pidiendo al “imperialismo bueno”, junto a las oligarquías locales, intervenciones militares, bombas para volar puentes, minas para puertos claves, bloqueos comerciales y financieros, declaraciones de naciones promotoras del terrorismo, extradiciones a la carta, etc., a fin de “restaurar la democracia”.

En nuestro caso, el punto de inflexión de esta gente llegó, a inicios de los años 80 del siglo pasado, con el Primer Programa de Ajuste Estructural de la economía, ese que jamás hubiera afectado a nuestros campesinos forjadores de soberanía alimentaria, nuestros empleados de servicios públicos para ciudadanos usuarios (y no solo para clientes con capacidad de compra), nuestra CCSS autónoma y nuestro participativo Hospital Sin Paredes, el derecho a una vivienda digna, el derecho a la educación de calidad, etc., ese PAE I y subsiguientes no los habrían hecho realidad sin el apoyo absoluto e incondicional de todos los partidos políticos. Serán 4 décadas del “buen capitalismo” que incluso continuarán más allá del 2026, cuando sin duda será acelerado el proceso de desclasamiento del pueblo trabajador costarricense.! Las pruebas están a la orden del día; ¡otra cosa es que los interesados quieran nos tapemos los ojos!

Por eso ustedes ven que los piratas imperiales roban, matan y asaltan en nuestro mar Caribe, amenazando lo más preciado que tenemos como pueblos: la paz. Mientras tanto esas “izquierdas”, junto a todas las derechas, seguirán calladitas.

Para construir otra izquierda, la necesaria para enlazarnos al Sur Global y al nuevo mundo multipolar y pluricéntrico, capaz de condenar esta barbarie y acabar de una vez por todas con la secular encomienda, hay que cumplir dos condiciones sine qua non, indispensables e innegociables: ser antimperialista y tener patria.

Lo primero ellos no pueden serlo, pues en Costa Rica el 48% de la inversión extranjera directa que les surte es de origen gringo, lo cual resulta en una dependencia económica y política, brutal y escandalosa.

En cuanto a lo segundo, su patria reside donde tienen los fondos de pensiones, los impuestos escamoteados, el dinerito enjuagado, etc. Es decir, para ellos la soberanía de una nación pasa por la suma y la resta, para así saber qué precio tiene.

Reconstruir nuestro país, así como Nuestra América, pasa porque esta izquierda honesta, preocupada sinceramente por el despeñadero a que nos están empujando, nos nutramos de las experiencias patrióticas, soberanas y antimperialistas a que tienen derecho nuestros pueblos sin contar con el permiso de nadie. Superaremos así las desviaciones encomenderas en que quieren mantenernos a sangre, fuego, miedo y sumisión. 23 de diciembre 2025.

*Circulo Bolivariano de Solidaridad con los Pueblos Yamileth López.

La izquierda de mentirillas

Oscar Madrigal

Óscar Madrigal

A raíz de la derrota electoral en Chile y del ascenso de la extrema derecha, el análisis predominante, de los principales analistas de la izquierda, es que las elecciones se pierden porque la izquierda se ha movido al centro político, porque no ha llevado adelante reformas económico y sociales que cambien la estructura de las sociedades, porque sus gobiernos no salen de los límites que le imponen el mismo sistema organizado por la derecha, entre algunos argumentos. Es decir, que la izquierda es demasiado reformista, demasiado poco radical y que se aleja de las necesidades de los pueblos, lo que la hace perder las elecciones.

El debate es interesante y probablemente la verdad es más compleja, porque la realidad global, el mundo capitalistas actual es muy diferente al de años anteriores.

Es cierto que la izquierda se ha preocupado por aspectos o elementos que han surgido en las últimas décadas como la lucha de las mujeres por sus derechos, los de la diversidad sexual, gays y lesbianas o trans, o el cambio climático, descuidando, según algunos, la esencia de su existencia como es la lucha por los pobres, contra la desigualdad y la formación de una nueva estructura socioeconómica. Pero el asunto es si la izquierda debía desentenderse de esos problemas o debía asumirlos como propios e incorporarlos a sus luchas por una nueva sociedad. Creo que la respuesta es absolutamente no. Y en términos generales, la izquierda latinoamericana no ha dejado de lado esos planteamientos que la caracterizan.

El otro asunto interesante es saber si los cambios iniciados por los gobiernos de izquierda en América Latina han sido cosméticos o fueron reformas populares dirigidas a conformar una nueva sociedad, entendido que esa nueva sociedad no puede ser igual para todos los países e incluso parecida o no al modelo soviético, cubano, venezolano o nicaragüense.

La izquierda perdió las elecciones en Ecuador: Rafael Correa no fue tibio. En Perú donde derrocaron a Pedro Castillo por querer llevar adelante reformas y por discriminación de clase ya que fue el primer presidente peruano proveniente de las clases pobres o “bajas” de la sociedad. En Bolivia se perdió por la división estúpida de la izquierda y no por tibieza de Luis Arce. La derrota electoral de Alberto Fernández en Argentina se debe a las particularidades propias del peronismo, pero había perdido en el 2015, ganado la ultraderecha de Macri, después del gobierno de Cristina Fernández, que tampoco fue muy tibia.

El caso de Nicaragua es emblemático. Un gobierno revolucionario que había realizado reformas muy profundas, estructurales, tales como la reforma agraria, la alfabetización, la nacionalización, etc., perdió las elecciones en 1990 con Violeta Chamorro. Esa derrota no se debió a la tibieza o reformismo del FSLN. El Frente Sandinistas perdió como 2 o 3 elecciones más hasta que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán firmaron un pacto político donde establecieron cuotas de poder y aseguraron el triunfo de Ortega en 2005. Después de eso el FSLN ganó todas las elecciones hasta el día de hoy y las seguirá ganando no se sabe hasta cuándo ya que liquidó a toda la oposición.

El caso de Chile deberían analizarlo los que mejor conocen el fenómeno. Sé que Gabriel Boric fue acusado de flojo y entregado a la derecha. Además, que su gobierno inició con las consignas que los llevaron a la Presidencia, muchas de ellas bastante radicales y que apostó por una nueva Constitución surgida de las grandes movilizaciones populares, que era un gran avance y que tocaba aspectos importantes de la estructura de la sociedad chilena; sin embargo, ese proyecto fue rechazado por el 62% de los chilenos. Esa fue una gran derrota que condujo a que perdiera la iniciativa política, lo cual es pecado en política y empezó a ganarla la derecha. Sin embargo, logró una reivindicación fundamental para los trabajadores, reformar el sistema de pensiones que había privatizado Pinochet, aprobó la jornada laboral de 40 horas a la semana e impulsó programas sociales de impacto en los sectores más pobres. ¿Qué no fue suficiente? La extrema derecha neonazi gana las elecciones sin programa social alguno solo prometiendo dos cosas: eliminar la migración y eliminar la delincuencia. ¿Y quién fue derrotada en estas elecciones? Nada menos que una comunista. Por primera vez en América Latina una miembro de un Partido Comunista es candidata de una coalición con reales opciones de poder. Hubiera significado para la derecha “el comunismo en el poder”. Esa comunista obtuvo el 42% de los votos de los chilenos. Es una cifra enorme que obtuvo la izquierda, mayor incluso que el porcentaje con el que ganó Allende en 1970 y es un caudal que augura grandes movilizaciones.

Creo que los gobiernos de izquierda de Latinoamérica, en general, se han caracterizado por ser antiimperialistas, promotores de reformas en bien de los sectores de trabajadores y más pobres, defensores de los recursos naturales y de la soberanía nacional. Algunos más radicales que otros, pero todos con los mismos objetivos.

¿Podemos ser más radicales? El radicalismo va siendo marcado por las condiciones nacionales, pero especialmente, las internacionales. Y lo que es más importante es que se será cada vez más radical conforme el pueblo lo vaya indicando.

Petro, Lula y Claudia Sheinbaum representan a los países y economías más fuertes de América Latina y están formando un valladar contra Trump y la política imperial. En México hay en curso una transformación muy profunda y es hoy un faro que debería iluminar a la izquierda y los pueblos latinoamericanos.

En América Latina hay una izquierda combativa que gana gobiernos para trasformar la sociedad. Por lo menos en este momento es la mejor vía revolucionaria.

La izquierda latinoamericana en la encrucijada

Manuel Delgado

La reciente derrota de la izquierda en Chile pone un eslabón más en la larga cadena de retrocesos que los procesos progresistas han venido cosechando en los últimos tiempos en el continente. No es un fenómeno aislado. Es la reafirmación de una tendencia continental, que incluye a Ecuador, Bolivia, Argentina y, más recientemente, Honduras. Ese “retorno” comenzó, por cierto, con la dramática derrota del FMLN en El Salvador, que es quizá el revés más ignominioso de todos. Algunos dicen que aquí se acaba un proceso que duró un cuarto de siglo y que ahora se abre un nuevo capítulo en nuestra historia.

La ley del péndulo, se suele llamar: todo lo que sube baja y el giro sostenido hacia la izquierda ahora se ve compensado por el movimiento hacia el lado contrario. Pero esa es una apreciación muy superficial, que no arroja claridad sobre el fondo del fenómeno. Sin embargo, sí nos permite recordar que ya hubo una “ola azul”, un giro a la derecha en la mayoría de los países latinoamericanos, llamado así en oposición a la “ola rosa” de comienzos del siglo y como se llamó a esa primera época de supremacía progresista, la era de Chávez, Kirchner y Evo Morales. Hoy estamos siendo testigos, pues, de una segunda “ola azul”.

Los resultados políticos de este cuarto de siglo no pueden ser calificados como simples fracasos. La revolución bolivariana lleva ya un cuarto de siglo. Evo Morales fue electo y reelecto para tres mandatos consecutivos, y aunque fue derrocado y sustituido por la derechista Jeanine Áñez, su partido ganó las elecciones para el cuarto mandato. Su descomposición parece deberse, igual que en Ecuador, de una toma de la fortaleza desde dentro, es decir, por traiciones de sus dirigentes del momento.

También en Ecuador, Correa ganó dos elecciones seguidas y su partido fue ganador para un tercer mandato; en ese país en la derrota del correísmo jugó un papel esencial la traición interna, como queda dicho; a ello hay que agregar que los correístas afirman que el triunfo de Noboa fue producto de un fraude electoral. Parece que la derrota del régimen ultraderechista en el reciente plebiscito es prueba de ello.

Con altos y bajos, el movimiento de Lula se ha mantenido en el poder por varios lustros, a lo largo de cuatro periodos (Lula es el único brasileño en la historia en haber sido electo tres veces como presidente del país). El kirchnerismo gobernó Argentina, también con altos y bajos, durante dos décadas.

El Frente Amplio del Uruguay gobernó en tres periodos y ahora está por cuarta vez al frente del gobierno; en este proceso ha perdido y vuelto a ganar en dos ocasiones.

Hay que agregar a Nicaragua. Con todo y lo controversial que pueda resultar, lo cierto es que el FSLN ha sido la fuerza política principal durante muchas décadas.

En el caso mismo de Honduras hay que recordar que el proceso se vio truncado por un golpe de estado contra el presidente Zelaya; esa fuerza logró después recuperar el control del gobierno.

No se pueden dejar de mencionar las experiencias de México y Guatemala. En el primero, fuerzas nuevas, algunas surgidas de los partidos tradicionales, se han puesto al frente de millones de luchadores y están emprendiendo una de las transformaciones sociales y políticas más exitosas de la historia. En la segunda, si bien Arévalo muy rápidamente de alinea con Estados Unidos y cede ante la oligarquía, resultó electo por un proceso popular profundo cuyas raíces están insertas en una larga lucha, inclusive armada, y que seguirá presente en el alma del pueblo.

En resumen, no hay motivos para estar satisfechos con la situación de las fuerzas progresistas en el continente, pero los resultados, vistos en perspectiva, no resultan tan catastróficos como a simple vista parecen.

Pero con valentía hay autocríticas que se deben salvar de la vorágine.

No existe un proceso revolucionario latinoamericano, sino un conjunto de procesos más o menos simultáneos pero cada uno con rasgos muy particulares, propios e irrepetibles. Por eso resulta muy irresponsable hacer generalizaciones, la primera de las cuales es hablar de un “proceso continental” en vez de una “suma de procesos nacionales” más o menos simultáneos, que es como debe decirse. Pero al mismo tiempo vale la pena constatar que esos “procesos nacionales” contienen elementos característicos que comparten con los de los otros países.

¿Cuáles son esos elementos comunes? Sin pretender ser exhaustivo, podemos señalar que esos procesos surgen de periodos de enorme violencia, algunos casos de dictadoras horrorosas, y que se propusieron en un primer momento crear sistemas políticos donde reinara el diálogo pacífico y el respeto a los derechos humanos. Así fue en Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. Surgen también como alternativa a sociedades groseramente discriminatorias y desiguales, como fueron los casos de Perú, Ecuador y sobre todo Bolivia. En ambos casos, el tema de la recuperación democrática fue un propósito central.

Lo segundo es que esos procesos fueron productos de alianzas políticas muy amplias, que incluyeron movimientos nuevos, como el MAS en Bolivia y el movimiento de la Revolución Ciudadana en Ecuador, y partidos viejos, tradicionales, de diverso signo, entre ellos quizá el más importante es el peronismo. En todas estas alianzas siempre tuvo algún papel la izquierda tradicional, un papel más pequeño y desteñido de lo que hubiéramos deseado (Colombia y, sobre todo, Chile, podrían ser excepciones; en ambos casos sus partidos comunistas han estado presentes, en el caso de Chile de una manera muy destacada).

Esos movimientos y procesos nacieron y se desarrollaron en claro enfrentamiento con el neoliberalismo y las políticas económicas del imperialismo, impuestas principalmente por el FMI y el Banco Mundial o la injerencia y el chantaje abierto de los organismos de poder de las potencias occidentales. Parte esencial de sus programas económicos fue la recuperación de la soberanía sobre los recursos naturales de sus países.

La primera es que después de un cuarto de siglo de una presencia intermitente o permanente en el gobierno, la izquierda no ha podido consolidar una mayoría contundente, tanto electoral como social. Después de un cuarto de siglo y luego de reiteradas victorias electorales, la izquierda sigue sin convencer, sin consolidarse como mayoría, aunque las bases sociales empobrecidas son en todo el continente ampliamente mayoritarias.

¿Por qué los procesos renovadores, progresistas, no han lograron esa consolidación contundente? Los factores parecen ser varios, pero hay uno fundamental: esos gobiernos no produjeron las reformas necesarias para resolver de raíz los problemas económicos, sociales y de desigualdad que siguen sufriendo las masas. Han sido, como dicen algunos analistas, administradores del capitalismo caduco. En muchos casos, malos administradores. Los índices económicos de los países en estos procesos dejan mucho que desear, en gran parte por factores de la economía externa, pero los índices sociales siguen siendo muy desventajosos para los pobres y, en especial, para las capas medias. Como decía el expresidente boliviano García Linera, estos gobiernos hicieron importantes avances en la solución de los problemas sociales, pero ese proceso tuvo un techo, y las masas que habían visto aliviada su pobreza pedían más, exigían más beneficios y mayor participación en la economía nacional.

Problemas muy profundos y viejos y programas muy timoratos (más o menos es el sentido del análisis de García Linera) dan como resultado que las masas pierdan confianza en sus dirigencias y, como resultado, la izquierda termina no convenciendo.

En esencia, los programas transformadores, muy fuertes al principio, resultaron insuficientes. En lo fundamental fueron programas reformistas, que no se propusieron o no pudieron dar cuenta de la estructura económica y que se conformaron con modernizar sus economías capitalistas, de las que usufructuaron, en porciones muy altas, las oligarquías locales que, a su vez, eran enemigas de esos regímenes y utilizaban sus grandes utilidades para luchar contra sus gobiernos progresistas.

La segunda cuestión estructural es que no se realizaron cambios políticos esenciales. Dos cosas son en esto fundamentales: primero, los gobiernos progresistas siguieron trabajando con las viejas estructuras políticas, especialmente con la democracia representativa, no solo sin realizar cambios sino además sin proponérselos, sin educar a las masas nacionales y al mundo en la necesidad de un cambio de fondo de la superestructura política de las naciones. Segundo: las organizaciones sociales siguieron jugando un papel secundario, de apoyo al régimen, a sus líderes y a sus partidos sí, pero sin convertirse en verdaderos actores del cambio.

No se pueden dar recetas para tantos países tan diversos, pero sí se puede afirmar que la izquierda debe ofrecer programas más claros, de verdadera revolución social y con clara orientación al socialismo. Cuba fue un caso contrario. La primera victoria de la revolución cubana fue haberle quebrado la columna vertebral a la oligarquía, dejándola sin posibilidades de actuar. Claro que era otra realidad nacional e internacional, eran otros tiempos, pero los problemas a resolver y, sobre todo, los enemigos a vencer, siguen siendo los mismos.

Los partidos progresistas en el gobierno han logrado sacar mucho provecho de la lucha contra el neoliberalismo y sus excesos, pero nos equivocamos si pensamos que puede haber capitalismo después del neoliberalismo. El neoliberalismo y todos los demás males del continente (pobreza estructural, desigualdad, atraso) solo pueden ser superados superando el capitalismo del que son hijos.

Una cuestión fundamental en estos 25 años y que se agrava cada día más es la intromisión brutal del imperialismo. Ahora el ataque es más abiertamente agresivo y está acompañado por el lenguaje de extrema derecha del imperio y por el fortalecimiento del movimiento político y la ideología de extrema derecha en el mundo. ¿Cómo es posible que la extrema derecha gane elecciones con el apoyo popular? Es algo inconcebible, pero, de nuevo, muestra la debilidad ideológica no de las masas, sino de las vanguardias. El factor internacional, léase imperialista y proimperialista, ha sido y seguirá siendo el factor determinante, y los grupos dirigentes de la izquierda han caído en su trampa, pretendiendo ser muy hábiles en la negociación con Washington y sirviendo muchas veces como agentes divisionistas en el continente, haciendo uso de un descolorido lenguaje centrista por el que pretenden colarse por debajo de la cerca. Crear una auténtica conciencia y, sobre todo, una práctica antiimperialista, revitalizar una política de unidad continental antiimperialista, será fundamental para los avances futuros.

Atravesamos un momento muy difícil y se acercan otros todavía peores, pero debemos renovar nuestra confianza en el pueblo, levantar la cara con optimismo y, sobre todo, fortalecer la resistencia. Como sucedió ya en el pasado, los pueblos sabrán sobreponerse y una vez más esta segunda “ola azul” saldrá derrotada. Ni la derecha ni el imperialismo tienen una respuesta a los problemas y sufrimientos de las masas trabajadoras. Nunca los han tenido. Y el abismo que nos abren a nuestros pies será el principal motivo de su derrota. América Latina vencerá. Los pueblos vencerán.

Seca electoral

Manuel Delgado

Es desconsolador leer las noticias en estos días, y no por Zapote (que ya ni nos sorprende) o Valencia (que tanto quiero), sino por los magros resultados electorales en Brasil y Chile.

Definitivamente, y por más que los presidentes hablen de democracia, ni Lula ni Boric cuentan con el apoyo de sus pueblos.

Parece estar claro que la clase obrera brasileña le ha vuelto la espalda a su viejo líder sindical, que ha debido conformarse con pírricas victorias en al puro norte del país, lejos, muy lejos de los centros industriales de São Paulo, Minas Gerais, Curitiba o Porto Alegre, para no citar más. La gran mayoría de los municipios obreros vecinos de São Paulo, donde Lula fue el candidato más votado en las elecciones de 2022, quedaron en manos de partidos de centro-derecha y derecha.

En Chile, dice el periódico del Partido Comunista, “la derecha avanzó [y] el oficialismo retrocedió… casi la totalidad de los partidos oficialistas, de izquierda y el progresismo presentaron un retroceso… En términos políticos la derecha tiene razones para celebrar y sentir una positiva proyección a lo que serán los comicios parlamentarios y presidenciales del 2025”.

La actitud hostil hacia Venezuela de ambos, pero sobre todo de Lula, es de vieja data, pero no es arriesgado pensar que en las más recientes estas elecciones tuvieron una responsabilidad. Se oponen a la revolución bolivariana por oportunismo, pensando en los votos que hay que ir a ganar en condiciones tan adversas.

Pero la lección principal no está allí. Se trata de que, en ese juego de acercamiento a sus derechas, ambos gobiernos han decepcionado a sus electores. Las grandes expectativas se quedaron en muy poco y las reformas impulsadas no convencen a un electorado que quiere transformaciones.

El sociólogo guatemalteco Edelberto Torres Rivas, hablaba de “revoluciones sin cambios revolucionarios” para explicar el desencanto de este tipo de gobiernos. Ese ha sido, me parece a mí, la principal falla de la izquierda latinoamericana: su reticencia a ser realmente de izquierda, su tendencia a “mejorar” su imagen haciendo suyos no solo el lenguaje sino incluso las metas del enemigo, procurando ser simpáticos para las oligarquías frente a las cuales nunca resultarán suficientemente simpáticos.

Ahora, por cierto, los cambios van a ser más difíciles. Por ejemplo, el PC chileno (que está en parte dentro del gobierno y en parte fuera del gobierno) señala que con esos malos resultados los cambios van a ser más difíciles e, incluso, que es posible que haya cambios, se entiende retrocesos, en el gabinete.

Dios no coja confesados.

Con “paños tibios” no hay democracia

Rafael A Ugalde Q.

Rafael A Ugalde Q.

Cuando el discípulo aquel dijo que los tibios se vomitan, y el italiano sesudo detesta el “parasitismo” como atrofia en el avance de los pueblos, la “crisis” de la llamada izquierda latinoamericana no había estallado en nuestras caras, con consecuencias desbastadoras para 662 millones de habitantes de nuestra América.

¿Qué praxis política errada llevamos a cabo? ¿Por qué creemos que haciendo lo mismo tendremos otros resultados? ¿Nos equivocamos en la interpretación de la “acumulación originaria” del capitalismo en la región? ¿Nos creímos en serio qué fuimos “descubiertos” y no hubo despojados ni despojadores?, ¿Nos dieron a Bolívar, a Chávez, a Fidel, a Mariátegui, a Sucre, a Martí, a Bishop, entre otros, “digeridos” debidamente por nuestros intelectualoides acomodadizos?

El apóstol Juan escribió alrededor del año cien de nuestra época en Apocalipsis, capitulo 3 versículo 15 en lo conducente: conozco tus obras que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.

Mientras tanto, el gran pensador, Antonio Gramsci, desde 1917, también en lo conducente, en su artículo contra la “indiferencia” da mazazos a lo que llama el “parasitismo”, que lleva a lo que en Tiquicia denominamos “nadaditos de perro”, “palanganeo” o “andar haciendo equilibrio sobre la cuerda”. Transmite a los pueblos – en otras regiones de América Latina y el Caribe habrá otros regionalismos- la falsa creencia sobre la vocación democrática in extremis. Es decir, la democracia son elecciones y en las urnas lo mismo vale Kirchner y Milei en la Argentina, Lula y Bolsonaro en Brasil, Fujimori y Castillo en Perú etc., siempre y cuando sean electos por una especie de gran “igualador” llamado urnas.

¿Cómo llegamos a eso en nuestra América? Palabras más, palabras menos, Gramsci considera que este tipo de simulación tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia, advierte.

Cualquier mirada retrospectiva sobre la región entre finales del siglo pasado y el presente, nos lleva a la misma avenida sin salida: la politiquería. Basada en la errónea creencia de que el “pueblo es tonto” y es posible gobernar en exclusivo para las tradicionales clases dominantes, porque los “dominados” o “domesticados”, como nos calificó un expresidente de la república, son incapaces de percatarse de este malévolo juego.

Esta manera de ejercer el poder como “medio” para traficar influencias, imponer el nepotismo y la cleptomanía como forma de vida, es diametralmente opuesta cuando se practica sin temores la democracia como “fin” expreso, sin ambivalencia, dado por el pueblo para enfrentar el nepotismo, la cleptomanía, el tráfico de influencias, etc., reflejado en corrupción e impunidad, dentro de nuestras sociedades.

Esta decisión de gobierno “para”, “del” y “por” el pueblo no es fácil. Nuestro continente tiene una larga lista de lideres del llamado “capitalismo verde”, “izquierda”, “progres” o “revolucionarios”, “socialistas”, “socialdemócratas” y “socialcristianos” arrinconados en “frentes amplios”, que a la hora llegada perdieron la confianza de sus pueblos por su tibieza, sin la más mínima crítica frente a quienes lo escogieron y el silencio cómplice de sus acólitos. Sus lugares fueron retomados por representantes de grandes empresas bananeras, sionistas, genuflexos del FMI, ex empleados del Banco Mundial o confesos nazifascistas.

Cualquier crítica a la falta de articulación del pueblo en sus gobiernos para defender los pocos avances democráticos, cuando los hubo, es estereotipada bajo la égida de que el líder nunca se equivoca.

La vida actual de los casi 11 millones y medio de haitianos no puede separarse de las esperanzas que despertó en el valeroso Haití -primero en lograr su libertad en 1804 del imperio español- la llegada al poder en 1990 del poliglota y cura salesiano Jean-Bertrand Aristide, con su vibrante verbo de izquierda y a favor del su castigado pueblo, al que los imperialistas europeos y el norteamericano siguen cobrando la rebeldía.

Ocho meses después de su primera elección Aristide sufre un golpe de estado por las elites del poder y entre brincos y saltos, exilio y persecuciones, regresa tres veces al poder con abrumador apoyo del pueblo. Incluso a su tercera presidencia llega luego de “negociar” un “embargo” económico con representante del Partido Demócrata de Estados Unidos contra los golpistas que lo habían depuesto; medida, como suele suceder, afectó con fiereza inhumana a los más pobres de esta isla caribeña.

Aún, así, en 2001, regresó al poder con otra mayoría electoral arrolladora. Pero esta vez su encendido verbo cayó como “medio” politiquero y no como un “fin” político en sí mismo para devolver a su pueblo participación y protagonismo real en la democracia haitiana. Lo que vino luego son dolores de parto hasta el día de hoy.

Desastres

Recientemente el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, calificaba como “error” en una de sus conferencias “mañaneras” pensar en “conservadores” buenos o malos, sin olvidar que, como “élites”, ellos van a defender siempre sus intereses.

Así diferenciaba a grandes empresarios, por décadas responsables de saquear su país al amparo del poder simulando, consiguiendo “amnistías” de impuestos, escamoteando tributos y haciendo de la corrupción su medio de vida; mientras, añadía, otros empresarios, sin ser de “izquierda” o “revolucionarios”, pues tienen todo el derecho a obtener sus ganancias honradamente, cumplen con las obligaciones fiscales y comprenden que el Estado no puede abandonar a los más pobres, ni renunciar a dar salud, vivienda, educación de calidad al pueblo, construir obras de infraestructura con recursos propios, ni negar aumentos salariales dignos a los trabajadores, pensiones acorde a las necesidades de los adultos mayores, velar por los discapacitados ni dejar los jóvenes al narcotráfico, enfatizó.

Viene a acotación lo anterior cuando pienso en los desbastadores efectos producidos en los pueblos latinoamericanos las acciones incoherentes de la “izquierda”, “progres” o rejuntados en “frentes amplios”, una vez tomada la presidencia de alguna república o al tener algún grado de acceso a los parlamentos.

Un ejemplo indiscutible es la abrumadora “garroteada” dada al candidato oficialista en Argentina por un sionista confeso y heredero de las verdades absolutas de dios en economía, política, biología, cultura etc.

Alberto Fernández, presidente de Argentina del 10 de diciembre de 2019 al 10 de diciembre del 2023. (F) spanish-china.org

El pueblo argentino soportó con paciencia franciscana la corrupción y el saqueo de su país por parte del gobierno de Mauricio Macri (2015- 2019), responsable de concluir el proceso hipotecario de Argentina por varias generaciones, arreciado por Carlos Menem (1989 – 1999).

Los votantes argentinos convencidos, por el verbo caliente del abogado y profesor peronista, Alberto Fernández, lo hacen su presidente pensando, quizá, en la devolución de la dignidad para los millones de “descamisados”, como llamaba Evita Perón a los pobres.

Pero resultó el peor chasco para los argentinos. Enterró para siempre el “latinoamericanismo” de Kirchner, ni siquiera, con todas las leyes en su cabeza como abogado, movió un dedo para liberar a la luchadora social Milagro Sala. Cuando Estados Unidos ordenó a sus súbditos del poder judicial en Buenos Aires el comiso inmediato del avión de Conviasa, por “violar” la asediada Venezuela la extraterritorialidad de la ley estadounidense, anduvo escondiéndosele de la prensa por varios días.

El líder indiscutible de la izquierda ecuatoriana, el economista Rafael Correa, llevó a cabo su Revolución Ciudadana concebida dentro del viejo andamiaje de la “alternancia” democrática, a pesar del masivo apoyo recibido por su pueblo no quiso o no supo articular la esperanza expresada en cada sufragio. Cada voto recibido por Correa llevaba la amenaza de las élites organizadas y articuladas a través de los poderes fácticos; pero también contenían la esperanza de millones de indígenas, obreros, mujeres y estudiantes, en torno a que, ahora sí, por fin, habría gobierno “del”, “por” y “para” el pueblo.

No se trataba, pues, de “teorizar” sobre Adam Smith, Karl Marx, John Maynard Keynes, entre otros conocidos al dedillo por Correa, sino vistas las circunstancias objetivas y subjetivas de ese momento, desarrollar la praxis para hacer posible el “de”, el “para” y el “por” como “fin” democrático junto a las masas organizadas, pero no del todo articuladas.

El expresidente de Bolivia, Evo Morales, en 2019 pidió el arbitraje de la Organización de Estados Americanos para resolver la crisis electoral, cuando su pueblo estaba en las calles, defendiendo a su presidente electo, mientras la burguesía boliviana pedía la cabeza de él. Llamó, entonces, en un momento de “tibieza” o “indiferencia” para con su pueblo, al “departamento de colonias” a cargo del uruguayo Luis Almagro, para que mediara entre quienes ven aún hoy al representante Aymara como padre de la patria y la estirpe nazi de Santa Cruz de la Sierra. “Hubo fraude”, dijo Almagro, y Morales tuvo que huir para salvar la vida.

La Revolución Ciudadana perdió las elecciones en Ecuador. (f.) BBC.com

De la tibieza o la indiferencia, al fin a cabo resultan lo mismo, son pocas las excepciones a la regla en nuestro continente. De la regla no escapa nuestro país y, sí alguna duda existe, invito a que saquen el rato y vean las comisiones legislativas, especialmente la que investiga el financiamiento de partidos políticos. Es divertidísima.

Es una diversión necesaria y carísima, a juzgar por lo que nos cuesta a todos los contribuyentes esos momentos de distracción, pero vale la pena. Algunos recurren al “medio” como arte legislativo pensando desde ya en elecciones municipales y presidenciales, otros a “paños tibios” o “nadadito de perro”; pero, eso sí, hay que reconocerles, la defensa que hacen de la honradez y transparencia financiera dentro de sus divisas partidaristas, como garantía democrática.

¡Vieran que bonito hablan!

La izquierda y el debate constitucional chileno: La historia de una rebeldía, o los estertores de una forma política

Gilberto Lopes, en San José

13 mayo 2023

La forma política chilena caducó el 18 de octubre del 2019, cuando estallaron las enormes protestas por un aumento del transporte público, que luego se transformaron en un verdadero estallido social.

Eso me dijo Fernando Atria, abogado constitucionalista, entonces miembro de la Asamblea Constituyente, elegida en mayo del 2021. Gobernaba entonces, por segunda vez, el empresario Sebastián Piñera, hombre de enorme fortuna, líder de sectores de derecha menos estridentes que los de Juan Antonio Kast.

Conversé con Atria el día siguiente del primer turno electoral del 21 de noviembre de ese año, en el que Kast quedó en primer lugar, con casi 28% de los votos. Gabriel Boric, en segundo lugar, alcanzó algo menos de 26%. Toda una sorpresa, después de la verdadera rebelión del 2019, que había conducido a la convocatoria de la constituyente.

Las expectativas eran enormes. Ante un resultado inesperado, todas las miradas se dirigían a una incierta segunda vuelta en la que, finalmente, Boric logró alzarse con 56% de los votos.

–La derecha cree que la constitución de 1980 aun funciona, afirmó Atria. “Cree que si el proceso constituyente fracasa, vamos a volver a vivir en paz, bajo esas normas constitucionales”.

Vale la pena volver al escenario de entonces que –en mi opinión– Atria ayudaba a iluminar: “No se puede volver a una constitución que quedó aplastada por el 80% de los votos del ‘apruebo’ en el plebiscito de convocatoria de la constituyente. Pero es un error pensar que al momento constituyente le corresponde dar (y ganar) todas las batallas. Después de la nueva constitución va a seguir habiendo política”.

Pensaba entonces en la constitución que estaban elaborando (creo que todavía con la esperanza de que fuera aprobada). Pero la frase sigue vigente, pensado en esta nueva, cuya elaboración apenas comienza, en un escenario político distinto al de hace un par de años.

El resultado del primer turno presidencial, según Atria, mostraba que el colapso de una forma política, antes del surgimiento de una nueva, generaba “condiciones de extraordinaria fluidez”.

“Ha habido mucho más preocupación por la inseguridad, por la violencia, por la incapacidad del sistema político de mantener el orden y eso fue capitalizado por la ultraderecha”. “Espero que ese resultado produzca en la convención más conciencia sobre el riesgo que enfrenta. Y que eso lleve… (Atria para, piensa… le costaba encontrar las palabras…) a una discusión constituyente más consciente de los límites que enfrenta”.

En su visión, lo fundamental de una constitución es establecer el esquema en que se van a resolver las disputas políticas en el país. Construir una forma política que sea eficaz: esa la tarea de la constituyente, asegura Atria.

“Espero que lo del domingo (el resultado del 1er turno presidencial) haga consciente de eso a los constituyentes, de la necesidad de que lo que salga de la constituyente sea reconocido por la cultura chilena como una discusión de la forma política que Chile necesita. Eso es lo que lleva al éxito del proceso constituyente”.

Como sabemos, no ocurrió así. La propuesta fue rechazada meses después por un abrumador 62% de los votos.

Kast le parecía “la negación de la transformación que Chile necesita”. Él cree –dijo entonces– como cree el presidente Piñera, en las fórmulas neoliberales y piensa insistir en ellas.

Se estaba refiriendo a la posibilidad de un Kast en la presidencia de la República. No ocurrió. Pero ahora Kast tiene en sus manos, y en las de sus partidarios, la elaboración de una nueva versión de esa constitución que debe sustituir la que tuvo su origen en el golpe de 1973 (que Kast admira y defiende).

En la visión de Atria, Kast y sus partidarios podían hacer su propuesta, caso ganase la presidencia d la República. Pero que eso representara una solución para los problemas de Chile, ¡no! “Va en dirección contraria. Eso no es lo que Chile necesita: lleva a la inestabilidad, a la ingobernabilidad”.

¿Qué necesita Chile?

Visto a 50 años de distancia del golpe, pareciera que Chile necesita retomar el rumbo de reformas interrumpido por la dictadura.

La naturaleza polémica del tema puede ser ilustrada con una reflexión del periodista Patricio Bañado, recientemente fallecido, recordado por la conducción de la franja televisiva del “NO”, en el plebiscito que definió la no continuidad del régimen militar, en 1988. En diciembre pasado, en una última entrevista, Bañado afirmó nunca haber sido allendista. Y agregó:– Creo que el gobierno de Allende fue uno de los grandes errores históricos de Chile.

Una frase dramática, sin duda. En su opinión, lo que debió haber ocurrido fue la continuidad de unas reformas que había iniciado el demócrata cristiano Eduardo Frei, antecesor de Allende: una Reforma Agraria y la nacionalización de una parte del cobre. En su opinión, “si la izquierda se hubiese unido con la Democracia Cristiana para profundizar esos cambios e ir paso a paso, eso habría sido imparable”.

Me parece que la afirmación, dicha así, se despega de la realidad política de entonces. Especula sobre el camino que no estuvo sobre la mesa hace 50 años. Como sabemos hoy, Frei fue figura importante en la articulación golpista, pero también fue asesinado por esos mismos golpistas, envenenado cuando empezó a alejarse de una dictadura que mostraba ya sus rasgos más criminales.

Hoy, ¿qué necesita Chile? O, analizando el tema más ampliamente, ¿qué proyecto de desarrollo necesita la izquierda latinoamericana para avanzar en unas reformas que desmonten el mundo neoliberal? Un mundo que asaltó los recursos públicos y destruyó toda red de solidaridad social, desde las organizaciones sindicales hasta los fondos de pensión, pasando por los recursos naturales.

La esencia del modelo neoliberal es la privatización de los recursos públicos. Allende dijo que el cobre era el sueldo de Chile. Fue más allá de las reformas de Frei y lo nacionalizó. Con el golpe, la minería pasó a manos privadas (menos los recursos con los que se financiaban las fuerzas armadas). Pero la historia sigue. Ahora se discute en el congreso chileno un aumento del royalty minero y la política para la explotación del litio.

En septiembre el golpe cívico-militar cumple 50 años. Esos 50 años de la historia chilena no pueden ser entendidos sino como la lucha por recuperar ese camino.

En Chile (también en Argentina y en otros países), quizás nada representó mejor el asalto a los recursos públicos que la privatización del sistema de pensiones. Significó la transferencia de inmensos recursos a pequeños grupos de interés al costo de pensiones miserables para los cotizantes. Manuel Riesco y su Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativo han publicado estudios detallados sobre el sistema (puede verse uno, publicado en 2008, aquí.

Pese a las condiciones favorables de la economía chilena, que se recuperó de una crisis profunda de principios de los años 80, al final “la mayor parte de los afiliados simplemente no iban a recibir pensiones de las AFP” (como se conocen allí las administradoras de pensiones).

“Sus fondos acumulados al jubilar serían tan magros que sus pensiones alcanzaban montos ridículos, del orden de 10 a 20 dólares por mes para millones de afiliados, e inferiores al mínimo de 150 dólares para dos tercios de la fuerza de trabajo”, dice Riesco.

Pese al aspecto clave de este tema como factor de descontento en el país, el proyecto constituyente mencionaba apenas generalidades cuando decía que “las personas mayores son titulares de los derechos establecidos en esta Constitución y en los tratados internacionales de derechos humanos ratificados y vigentes en Chile”. Asimismo, agregaba, “tienen derecho a envejecer con dignidad; a obtener prestaciones de seguridad social suficientes para una vida digna”.

Los muchos senderos del camino

La lucha para recuperar el camino perdido tiene muchos senderos, rutas de rebeldía y rebeliones. No se puede entender la historia de Chile de esos años sin acompañar esas luchas. La del 2019 terminó por remecer las instituciones. Pero no se caracterizó por cementar los pilares de unas nuevas. El 2007 había habido otra, lo de los estudiantes secundarios, los “pingüinos”. Se repitieron en 2011, con protestas contra la privatización de la enseñanza. Ahí se forjaron Boric y su grupo.

Pero el proyecto constituyente no recogió con acierto la fuerza de esas demandas. Como veremos, temas centrales para retomar el rumbo del país apenas están mencionados en el proyecto de constitución rechazado y creo que esto fue clave para su rechazo por casi dos tercios de los electores.

En vez de un texto con una visión política que sirviera de paraguas bajo el que se cobijaran las diversas demandas sectoriales, el texto recoge posiciones de sectores diversos, sin esa visión política que los articule. Pone a todos a competir contra todos.

Dos demandas se expresaron con particular fuerza en ese texto: la representación paritaria entre hombres y mujeres en los más diversos ámbitos políticos y la definición de espacios para los pueblos originarios, especialmente los mapuches, en un ambiente de renovadas tensiones en la Araucanía, en la zona del sur del país, donde con más fuerzas se asentaron.

El tratamiento de ambos temas no contribuyó a sumar votos a favor del proyecto que, como sabemos, fue rechazado también en las zonas de mayor presencia de pueblos indígenas.

El debate constituyente

Antes de continuar, quisiera señalar que no está en discusión aquí la validez de las reivindicaciones, sino del escenario (y de la forma) elegidas para reivindicarlas.

Creo que tiene una mayor capacidad explosiva el debate en torno a los derechos de los pueblos indígenas porque tiene que ver con la propiedad de la tierra. Sin que se pueda tampoco desconocer la importancia de la discusión sobre la naturaleza del Estado, la tensión entre la reafirmación de su unidad y la definición de su carácter plurinacional. “Chile reconoce la coexistencia de diversos pueblos y naciones en el marco de la unidad del Estado”, decía el texto. “Los pueblos y naciones indígenas son titulares de derechos fundamentales colectivos”. En especial, “tienen derecho a la autonomía; al autogobierno; a su propia cultura”.

El texto vuelve sobre esos temas una y otra vez, pretendiendo resolver, con esas declaraciones, un conflicto que está en pleno desarrollo, sin que una visión sobre el tema esté madura en la sociedad.

Si este tema me parece el más “explosivo”, hay otro, cuya reiteración está presente en todo el texto: el de la paridad en la representación de hombres y mujeres en las instituciones públicas.

El proyecto afirmaba que Chile se constituía como una “república solidaria” y que su democracia era “inclusiva y paritaria”. El Estado debería promover “una sociedad donde mujeres, hombres, diversidades y disidencias sexuales y de género participen en condiciones de igualdad sustantiva”.

Me parece difícil imaginar que formulaciones de este tipo cuenten con un apoyo mayoritario, como puede deducirse del resultado de la consulta.

Pero hay algo que me interesa todavía más y es el tratamiento de un tema relevante para el que la izquierda no ha encontrado una forma consensuada para incorporarlo a su proyecto. Naturalmente, no pretendo resolver aquí ese desafío. Pero quiero sugerir alguna cosa.

Uno de los problemas más relevantes para esa participación no es el establecimiento legal (o constitucional) de la paridad –que no tiene relevancia política, como veremos–, sino el cuido. El fracasado proyecto de constitución se centró, sin embargo, en la paridad.

Sobre el cuido –de niños y ancianos– que recae casi totalmente en las mujeres, se dijo muy poco, o nada. Se hablaba, en general, de “trabajo no remunerado” para referirse al cuido. Me parece otra gran equivocación. Desde mi perspectiva, se trata de trabajo remunerado y el problema es precisamente cómo se remunera ese trabajo.

La manera de enfrentar el problema no es que hombres y mujeres compartan el cuido. Eso no es posible, salvo en algunos aspectos, no sustantivos. La solución es que el cuido lo asuma el Estado, con guarderías, kinders y residencias para ancianos adecuadas. No se trata de que se pague a las cuidadoras por su trabajo. El cuidado lo tiene que asumir el Estado. Es la única manera de que se pueda asegurar un cuido adecuado. Es consecuencia de los cambios económicos y sociales que abrieron las puertas del mercado de trabajo a las mujeres, a las que se les debe pagar, no por el cuido, sino por su trabajo.

Nada de eso lo contemplaba el proyecto de constitución construido sobre el concepto de “paridad”, que pretendían presentar como un gran avance. No lo entendió así casi nadie (y me parece que con razón), salvo la derecha.

“Si me ponen un Congreso lleno de mujeres y todas piensan como Margaret Tatcher, yo me siento bien representado, no tendría ningún problema”, dijo al diario El Mostrador el diputado republicano Johannes Kaiser, conocido por su enfoque conservador. La nueva constituyente se conformará de forma paritaria, con la misma cantidad de hombres y mujeres, mayoritariamente conservadores.

Hacer transformaciones en el país

La del 2021 no fue nuestra primera conversación con Atria. Tres años antes, en noviembre de 2017, se celebraron elecciones en las que Piñera logró su segundo mandato presidencial. Atria no logró elegirse diputado.

Pero conversamos: –Hay un cambio de época en política chilena desde las manifestaciones de protesta del 2011. Esas manifestaciones, que no fueron solo estudiantiles, produjeron la impugnación del modelo neoliberal.

“Todavía estamos bajo efecto de estas movilizaciones”, dijo Atria. “Pero durante este gobierno (está hablando al final del segundo período de Michelle Bachelet) aprendimos cual es realmente nuestro problema: es una forma política incapaz de producir transformaciones significativas en el país”.

Desde su punto de vista, la política estaba “neutralizada”. No se podía hacer transformaciones. “Si uno mira los últimos 27 años en Chile, no ha habido prácticamente ninguna modificación significativa”, aseguró.

“No importa cuánta gente marche contra las AFPs. La posibilidad de discutir seriamente su eliminación no existe”.

“Aun cuando las transformaciones sean constitucionalmente posibles, no se pueden hacer porque las formas institucionales contienen una idea de lo que es apropiado o no, de lo que es una política seria o no”. “Esa política neutralizada no tiene fuerza para hacerle frente al poder económico. Solo funciona cuando responde al interés de ese poder económico”.

Atria tampoco veía posible hacerlas mediante grandes acuerdos. “Cuando hay reformas que interesan al poder económico, vienen rápidamente. Cuando provienen de los ciudadanos, son ignoradas”.

Entonces decía que la única salida era una asamblea constituyente. “El problema constitucional se va a solucionar, por las buenas o por las malas”, aseguró. “Algún día tiene que pasar algo; no mañana, quizás, pero algún día”.

Para quienes estamos en la izquierda –concluyó– “una prioridad es la unidad”. “Si no hay unidad de la izquierda vamos a tener dos izquierdas, que van a ver la destrucción de la otra como un desafío”.

Me gustaría seguir este diálogo cuando vuelva a Chile para la conmemoración de los 50 años del golpe.

FIN

¿Dónde se quedó el centro?

Óscar Madrigal

Hace un tiempo leí una afirmación que me pareció interesante. Decía: “Desde hace muchos años en Latinoamérica EL CENTRO NO GANA ELECCIONES”, refiriéndose lógicamente al llamado centro político.

Las elecciones brasileñas de ayer confirman lo dicho. Lula ha vencido al fascismo en Brasil, en Perú, Castillo derrota a la ultraderecha de Fujimori, en Chile se triunfa sobre un simpatizante de los nazis al igual que en Colombia ante un candidato que decía admirar a Hitler, en Argentina, Méjico se derrota a las fuerzas ultraderechistas. Es la izquierda en toda América Latina que pone la cara a las derechas más derechas.

Los partidos que se llaman del centro político se han difuminado hasta prácticamente desaparecer, en unos casos por ser servidores del neoliberalismo y del proyecto político de la austeridad como nuestro PLN, y en otros casos por no enfrentar con fortaleza esas políticas.

El triunfo de Lula es recibido con los brazos abiertos por toda la izquierda latinoamericana.

Los dos gigantes de nuestra América, Brasil y Méjico, caminarán en un mismo sentido, junto con Argentina, Perú, Chile y Colombia, para hacer de nuestro Continente un bloque fuerte que defienda los intereses latinoamericanos y enfrente las arremetidas de los otros bloques políticos y económicos que se están configurando en el mundo. América Latina puede dejar de ser el continente solo y sin importancia para darse a respetar como unidad ante las grandes potencias.

En Brasil se logró conformar en la segunda vuelta, un amplio movimiento con partidos de centro aglutinados y dirigidos por el Partido de los Trabajadores y por un político de izquierda. El centro político parece entender que solo tendrá futuro al lado de los partidos y movimientos populares porque la derecha latinoamericana está muy enraizada con las fuerzas más retrógradas del mundo.

Hoy se ha abierto para nuestra América un nuevo futuro, que es contrario al neoliberalismo, al neoconservadurismo y a las fuerzas de la derecha facha o fascistas.

Como en muy pocos momentos de la historia contemporánea estamos ante la posibilidad de la Unidad Latinoamericana para la reivindicación y defensa de nuestros sufridos pueblos.