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Etiqueta: José Rafael Quesada J.

De la competencia a la sinfonía mundial

Un llamado global para una Inteligencia Artificial Humana.

Por José Rafael Quesada J.

Hoy día considero que la Inteligencia Artificial nos obliga a decidir qué clase de civilización queremos, qué queremos ser, una civilización que, perfeccione la competencia y concentre el poder, o una que aprenda a cooperar y coloque la dignidad humana y el ser humano por encima de la velocidad, la rentabilidad y el dominio tecnológico.

La encrucijada no es solamente tecnológica.

Estamos en un mundo atravesado por la fragmentación tecnológica, es lo que tenemos hoy, las guerras comerciales, la concentración de los datos y una carrera acelerada por dominar la inteligencia artificial. El discurso pronunciado por el presidente Xi Jinping en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái de 2026 merece atención. No porque una intervención oficial resuelva por sí sola solamente las contradicciones de nuestro tiempo, no lo resuelve, sino porque pone en el centro una pregunta que ya no puede quedar confinada a laboratorios, empresas, academias o gobiernos.

¿Para quién y para qué?

Estamos construyendo esta nueva inteligencia. La cuestión es decisiva y no es cuánto podrá ser la ideal, sino que dirección humana orientará lo que haga, porque es un producto humano, es una herramienta construida por los seres humanos, es una herramienta capaz de ampliar el conocimiento, anticipar los riesgos, mejorar la salud o demostrar la educación y también puede vigilar, Puede manipular y volver más eficiente la violencia, como ya se ha demostrado en algunos capítulos de la guerra de Oriente Medio. El mismo algoritmo que acerca oportunidades puede reproducir prejuicios.

La misma infraestructura que conecta comunidades puede concentrar poder en pocas manos. La técnica no trae incorporado un destino moral. De ese destino depende de las prioridades, las instituciones, Los gobiernos y las organizaciones sociales y sobre todo de las personas que deciden.

Por eso hablar de una sinfonía de cooperación mundial o global no debería ser una metáfora decorativa. Una sinfonía existe porque voces distintas encuentran una relación sin perder su identidad, la diversidad digamos. No exige uniformidad, exige escucha, coordinación y un propósito, Que se comparte entre todos. Trasladada al campo de la inteligencia artificial, esa imagen nos invita a pasar de una competencia ciega por la supremacía a una cooperación capaz de reconocer la diversidad de pueblos, culturas y los saberes, los nuevos saberes y los saberes ancestrales.

El Ser Humano como Valor Central

Desde la perspectiva del nuevo humanismo, el punto de partida es sencillo y radical. Nada por encima del ser humano, ni ningún ser humano por encima o por debajo de otro[1]. Eso significa que la innovación no puede evaluarse únicamente por su potencia, su novedad o su rentabilidad. Debe medirse por su contribución concreta a la dignidad humana o a la dignificación de la vida, la ampliación de capacidades, la igualdad de oportunidades, la libertad de pensamiento y el fortalecimiento de las comunidades[2].

Un enfoque que está centrado en las personas[3] requiere más que buenas intenciones, exige transparencia sobre los datos y los criterios de decisión, mecanismos de rendición de cuentas, acceso equitativo, protección frente a la discriminación algorítmica y participación real de quienes sufrirán o disfrutarán sus consecuencias. El juicio y la responsabilidad humana no pueden ser delegados a una máquina. No debe apoyar la decisión, por supuesto, para eso lo programamos.

Y iluminar alternativas también, y procesar una complejidad enorme, pero no debe sustituir la conciencia moral de quienes respondan por sus actos. Aquí hacemos aparecer una distinción esencial. El control humano no consiste solamente en conservar un botón de apagado, consiste en preservar la capacidad social de discutir fines, poner límites y corregir el rumbo.

Significa que trabajadores, comunidades, universidades, organizaciones sociales, pueblos originarios, empresas y de los estados participen en la gobernanza de una tecnología que ya modifica el trabajo, la educación, la cultura y la vida cotidiana. Todo lo atraviesa, todo lo invade y en muchos casos todo lo controla. Si la conducción queda reducida a una elite técnico-financiera, la promesa del progreso común, Terminará reforzando las viejas desigualdades, que ese plan parece.

El Sur Global: de receptor a protagonista

En ese marco, el anuncio de 5000 oportunidades de formación y seminarios para países en desarrollo durante los próximos cinco años, junto con centros de cooperación y aplicaciones de inteligencia artificial para las regiones como América Latina, el Caribe, Asia, el mundo árabe y África, constituye una señal relevante muy importante. La brecha digital no es una distancia abstracta, se traduce en escuelas sin recursos, sistemas de salud sin capacidad predictiva, lenguas que desaparecen de los modelos y las economías condenadas a consumir soluciones diseñadas en otros lugares. Sin embargo, formar usuarios no basta.

La verdadera cooperación debe permitir que el Sur Global investigue, cree, regule y decida. Debe fortalecer infraestructura pública, la ciencia abierta, capacidades locales y tecnológicas apropiadas a cada realidad. También debe reconocer que en nuestras comunidades existe conocimiento valioso, experiencia, solidaridad, cuidado ambiental, convivencia, memoria y resolución colectiva de problemas que no pueden reducirse a simples bases de datos.

Democratizar la inteligencia artificial, Implica evitar una nueva dependencia. Los países y las comunidades no deberían entregar sus datos, su creatividad y su soberanía a cambio de acceso precario a plataformas ajenas. La conversación será auténtica se distribuye capacidades y poder, se reduce asimetrías y se hace posible que cada pueblo participe en el futuro tecnológico con voz propia.

Gobernanza mundial, democracia real[4]

El impulso a una Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial abre una posibilidad, pero también plantea una exigencia. Ninguna arquitectura internacional será suficiente si reproduce la concentración que dice combatir. El multilateralismo debe ser real, con unas Naciones Unidas como espacio de legitimidad, Con representación efectiva de los países en desarrollo y con participación social más allá de los gobiernos y las grandes corporaciones. Necesitamos acuerdos globales sobre seguridad, usos militares, privacidad, trabajo, propiedad de los datos, protección ambiental y protección de la diversidad cultural.

Pero esos acuerdos deben ser o deben tener una traducción local. La democracia tecnológica comienza cuando las personas, Pueden comprender qué sistemas las evalúan, cuestionar sus decisiones y exigir una reparación, si es necesario. Comienza también cuando las instituciones, públicas o privadas, tienen capacidad para auditar, regular y cuando sea necesario, decir no.

El nuevo humanismo propone transformar la protesta espontánea y la preocupación humanitaria en acción consciente y estructural. Aplicar a la inteligencia artificial, la no violencia activa también tiene aquí un campo concreto: impedir que la inteligencia artificial se convierta en instrumento de guerra, persecución, desinformación o control social, y orientar su potencia hacia la prevención de conflictos, el cuidado de la vida y la cooperación entre los pueblos.

Abrir el futuro

Hay además una lección de humildad, ningún gobierno, empresa o experto, Puede prever por completo los efectos de los sistemas que evolucionan con rapidez y se insertan en sociedades complejas. Abrir en el futuro exige instituciones resilientes, pensamiento crítico y capacidad de adaptación. Exige reconocer los cisnes negros, escuchar las señales débiles y corregir antes de que el daño se vuelva irreversible. La prudencia no es miedo al progreso, es responsabilidad ante lo imprevisible, sobre todo cuando está en manos individuales o de personas.

La diversidad cultural no es un obstáculo para la innovación, jamás, es una reserva de futuros posibles. La pregunta es si permitiremos que los modelos homogenicen lenguajes, memorias y formas de comprender el mundo. O si nos utilizaremos para cultivar un verdadero jardín de civilizaciones. Un jardín vivo no prospera borrando diferencias, sino creando condiciones para que cada expresión se desarrolle y dialogue con los demás. La naturaleza es tan diversa que es una escuela para estos casos.

La tecnología debe servir a la vida, no la vida a la tecnología. Esta afirmación implica orientar la economía hacia el bienestar humano. Compartir los beneficios de la productividad, proteger el sentido y la dignidad del trabajo, proteger y atender el cambio y la crisis climáticas, educar no solo por usar herramientas, sino para comprenderlas, cuestionarlas y decidir colectivamente sobre ellas. La inteligencia artificial será humana, no por imitar mejor nuestra conversación, sino por contribuir a que vivamos con más libertad solidaria y sentido.

Tomar las riendas sin soltar al otro.

Como un caballo «bronco» decimos por estos lados, la inteligencia artificial corre con una fuerza que fascina y atemoriza. Pero tomar las riendas no significa dominar desde arriba ni frenar todo movimiento. Significa acordar una dirección, mantener el equilibrio y recordar que nadie debe quedar, Abandonado en el camino. No se aceptan los rezagos.

Gobiernos, empresas, religiones, universidades, organizaciones sociales y ecologistas y millones de personas tienen una responsabilidad que no puede tercerizarse. El desafío de nuestra época es pasar de la competencia a la sinfonía, de la carrera por llegar primero al compromiso de llegar juntos, de la concentración de conocimiento a su democratización,

Del algoritmo opaco a la decisión responsable, de una promesa abstracta de progreso a la mejora verificable de la vida cotidiana. Esa transición comienza en las grandes instituciones, pero también en cada elección concreta que diseñamos, que compramos, que regulamos y que enseñamos y que estamos dispuestos a defender.

Es hora de que la humanidad tome las riendas, pero que no las suelte. Y sobre todo, que no suelte la mano de quienes han sido históricamente dejados atrás. Sólo entonces la inteligencia artificial dejará de ser una nueva expresión del poder para convertirse en una herramienta de reconciliación, cooperación y esperanza. Sólo entonces podríamos decir que no estamos construyendo máquinas más capaces dentro de una sociedad inhumana, sino una civilización más humana capaz de orientar sus máquinas. Una verdadera nación humana universal.[5]

[1] Los 6 puntos del Humanismo (Movimiento Humanista. Silo

[2] Silo. (2004). Cartas a mis amigos: Sobre la crisis social y personal en el momento actual. Obras completas. Plaza y Valdés.

[3] “China considera que todos los países deben adherirse a un enfoque centrado en las personas y los principios de progreso y bondad”. Presidente Xi Jinping en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái de 2026

[4] Documento Humanista. Cartas a mis amigos. Silo, 1993, Argentina

[5] Sullings, Guillermo. Encrucijada y Futuro del Ser Humano: Los Pasos hacia la Nación Humana Universal. Argentina, 3 Septiembre 2016

Entre la fuerza del Ejecutivo y la debilidad del sistema

José Rafael Quesada J.
Movimiento Humanista

La política de nuestro país atraviesa un momento definitorio y pareciera crucial. Los partidos políticos, que fueron pilares de un sistema democrático que parece cansado, lucen hoy fragmentados, sin liderazgo claro, ni capacidad de conexión con una ciudadanía cada vez más desencantada. En este medio vacío, ha emergido con fuerza un gobernante que no solo goza de apoyo popular sólido, sino que ha hecho de la confrontación con las estructuras e instituciones tradicionales, su bandera principal.

Este presidente y su escudería, cuya figura divide, pero no deja indiferente a la gente de todos los niveles, ha logrado interpretar de alguna forma el hartazgo con las instituciones que, en teoría deberían proteger y servir a los destinatarios de sus servicios, pero que en la práctica responden a intereses muy opacos, burocracias inamovibles y una élite política que juega a la democracia sin consecuencias reales para su ineficiencia y corrupción.

La oposición está lejos de construir una alternativa programática o ética y ha optado por tácticas usadas en otras naciones, como buscar en el Poder Judicial y en el Ministerio Público las herramientas para frenar el liderazgo duro del Ejecutivo. No utiliza el ejercicio saludable del contrapeso sino una lógica de resistencia partidista contra todo tipo de cambios y muy a menudo sin legitimidad ni transparencia. Las acusaciones cruzadas, las filtraciones en los medios a la medida, las investigaciones selectivas (olvidando las muy graves del pasado cercano), y los fallos judiciales con aroma político, no han hecho sino aumentar la desconfianza de la ciudadanía en las instituciones.

Los choques entre poderes no son nuevos, pero sí adquiere en esta época un carácter o cariz particulares: no se trata solo de una disputa por el poder, sino por la dirección misma del Estado Nacional. El Ejecutivo y los nuevos medios parecen cuestionar el “status quo”, no solo en quehacer político, sino en lo administrativo, lo cultural y en lo institucional. Los nuevos liderazgos y cabezas de las instituciones del Ejecutivo, interrogan a un sistema de salud que no cura o no llega a tiempo, un sistema educativo que ya no educa y a las estructuras de seguridad que tampoco protegen.

¿Para qué sirve un Estado que no funciona para los ciudadanos comunes, sino para sus propios funcionarios o sectores con poder real?

Esta crítica conecta en lo profundo con sectores amplios de la población que, aún sin compartir todos los métodos del presidente, sí sienten -y lo expresan- que alguien por fin dice lo que muchos piensan. La pregunta entonces no es si el gobernante tiene razón en sus diagnósticos (porque muchas veces parece tenerla), sino qué tipo de soluciones plantea al conjunto social: ¿más concentración de poder?, ¿más personalismo?, ¿menos controles?

Al mismo tiempo, la crisis de esta democracia “participativa” y nada de Democracia Real, con partidos totalmente aislados de la base social, parece una anécdota política de país pequeño; donde tenemos graves síntomas de una democracia que perdió sus canales naturales de debate, propuestas, renovación y aceptación de los cambios mundiales. Si los partidos no lograr reformarse, recuperar el diálogo con la sociedad y ofrecer opciones creíbles, están condenados a la irrelevancia. Y en ese vacío, surge la tentación de líderes fuertes o de mesianismos partidarios (todos salvadores), con discursos con poco pensamiento, se vuelve muy atractiva para la ciudadanía común.

Estamos, en suma, ante una encrucijada. Ni el inmovilismo de las instituciones ni el autoritarismo de los líderes institucionales ni de los controles, son viables a largo plazo. Se requiere una reconstrucción de profundidad o la creación de un nuevo contrato social, una nueva forma de entender la política, que ponga en el centro de la política pública a las personas reales, con sus problemas y necesidades concretas y su legítima expectativa de vivir con dignidad mínima

La fuerza del presidente puede ser un motor de cambio, pero también un riesgo si no se equilibra con instituciones legítimas y funcionales. La debilidad de los partidos es una oportunidad para refundar, pero también una amenaza por este clima político de bajo nivel opositor con características obstructivas, que aumenta su volumen con muchas acciones para judicializar la política. La ciudadanía observa, exige y- cada vez más- decide fuera de los moldes tradicionales y antiguos. Ojalá los actores políticos busquen y se ubiquen a la altura del momento histórico.

Para todo esto, un Enfoque humanista: el ser humano como centro y razón de ser.

No habrá oposición creíble, ni sociedad movilizada, ni instituciones legítimas, si el sistema sigue ignorando una verdad elemental: el ser humano debe ser el valor central, por encima del Estado, de la religión, del dinero o de cualquier interés particular. Las instituciones —sean partidos, sindicatos, iglesias o el propio gobierno— pierden sentido cuando se convierten en maquinarias de poder autorreferenciales, sordas al dolor concreto de la gente.

¿De qué sirve un Ministerio de Educación si los niños no aprenden? ¿Para qué existe un sistema de salud si las familias se endeudan para curarse? ¿Qué legitimidad tiene un sindicato que defiende privilegios de unos pocos mientras los trabajadores precarios sobreviven al día?

El Estado no es una abstracción: somos todos, hombres y mujeres de hoy y del futuro, con necesidades urgentes, sueños aplazados y promesas incumplidas. Cuando las estructuras fallan, no es solo un problema técnico, sino una traición al pacto social. La política, en su esencia, debería ser el arte de construir caminos para que la vida sea más digna, no un juego de egos entre élites desconectadas. Si las instituciones no recuperan esa brújula ética —si no recuerdan que existen para servir, no para servirse—, ninguna reforma será suficiente. La verdadera resistencia no vendrá de un partido o un discurso, sino de ciudadanos que, cansados de ser espectadores, exijan que cada decisión, cada ley, cada peso invertido, tenga un rostro humano.