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Etiqueta: Luko Hilje

En el centenario de nuestro «Himno al árbol»

Momento en que un coro de niños entonaba el «Himno al árbol» por primera vez, bajo la dirección de Roberto Campabadal. Fuente: Julio Revollo

Una canción surgida entre pasiones amorosas y conflictos políticos

LUKO HILJE*

En mis años infantiles, en la Escuela Don Bosco, con el querido maestro José Luis Cantillano Hernández, aprendimos la letra, y cada año entonábamos el Himno al árbol, en la festividad del Día del Árbol. Se nos decía que su autor era el poeta peruano José Santos Chocano, el mismo de Los caballos de los conquistadores, palpitante poema que nos enseñaban a declamar de manera parcial —porque era muy extenso—, y que se iniciaba así:

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos
y sus ancas relucientes
y sus cascos musicales…
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!

Desde entonces, y hasta hace apenas un par de años, pensé que el Himno al árbol era una canción peruana, y que se cantaba en todos los países de América Latina. Sin embargo, varias pesquisas referidas a otros asuntos me revelaron después que, en realidad, es costarricense.

Para retroceder un poco en el tiempo, hace poco más de un decenio, mientras efectuaba investigaciones para mi libro Trópico agreste; la huella de los naturalistas alemanes en la Costa Rica del siglo XIX (2013), me percaté de que el segundo obispo en la historia de Costa Rica, el sacerdote alemán Bernardo Augusto Thiel, había sido un devoto aficionado a las ciencias naturales. Por tanto, mi interés en este singular personaje me llevó a estudiar más acerca de él, lo que años después me permitió publicar un amplio artículo, intitulado «Monseñor Thiel y la naturaleza en Costa Rica» (revista Herencia, 2020).

Un hecho que me impresionó es que, muy temprano en nuestra historia, Thiel expresó serias preocupaciones por la escasez de agua en nuestra capital, lo cual justificó un artículo divulgativo, que denominé «El obispo que hablaba de árboles: la carta de monseñor Thiel sobre la deforestación» (Meer, junio 13, 2021). En realidad, dicha carta, escrita hace 122 años, surgió gracias a una invitación de la Municipalidad de San José para que él se pronunciara acerca de lo que ocurría en la capital y el país, quizás porque en febrero de 1901 había publicado un artículo intitulado «Repoblación de árboles» en el periódico El Eco Católico.

Es pertinente indicar que, en la difícil coyuntura que se vivía en la capital, la Municipalidad ya había emprendido acciones concretas desde agosto del año anterior, con la contratación, como consultor, del ingeniero Austregildo Bejarano Solano —graduado en Bélgica—, para la construcción de una nueva cañería en la capital. Asimismo, a inicios de 1901 se instituyeron tres medidas más. Las dos primeras consistían en una «prima del árbol», que era un incentivo para la reforestación, y en un premio económico adicional a quienes sembraran más de 500 o 1000 árboles por año. La tercera, de carácter educativo, fue el establecimiento del Día del Árbol, para que «la veneración o el culto del árbol se lleguen a inculcar de manera firme», en palabras de los regidores capitalinos.

En cuanto a esta última, ellos acordaron celebrar dicha festividad el 1.o de mayo, para conmemorar la rendición del jefe filibustero William Walker en Rivas, en esa fecha, en 1857. No obstante, puesto que ese año no empezaba a llover como se esperaba y era imprescindible que el suelo estuviera empapado para poder trasplantar arbolitos, la festividad debió trasladarse para el 15 de mayo, día de San Isidro Labrador, patrono de los agricultores.

En efecto, en medio de gran alborozo, ese día una gran multitud de ciudadanos se congregó en el Parque Central, para marchar hasta el amplio espacio suburbano de La Sabana. Asistieron unas 6000 personas, y los niños plantaron 688 arbolitos de diversas especies, preparados por el ingeniero forestal sueco Alfredo Anderson Sandberg y su hermano Carlos.

Hoy, al indagar acerca de tan significativo acto, se percibe que, aunque Thiel envió su carta a su debido tiempo, no hizo ninguna alocución. Más bien, el orador de fondo fue el abogado cubano Antonio Zambrana Vázquez, algo entendible, pues era un connotado intelectual, destacado profesor en la Escuela de Derecho. No obstante, sí hubo una sorpresa, pues declamó algunos versos inéditos el poeta y dramaturgo Chocano, para entonces ya famoso en el ámbito hispanoamericano, y había publicado el poemario La selva virgen.

Al leer eso, como era lógico suponerlo, me dije a mí mismo que fue entonces para esa actividad que Chocano escribió su Himno al árbol. Sin embargo, al hurgar más en la prensa de esos días me enteré de que no fue así, pues lo que él declamó fueron unas décimas —60 versos, de siete u ocho sílabas cada uno, con alternancia de rimas, y divididos en seis grupos de diez versos cada uno— escritas para dicha celebración. ¿Entonces…? Me sentí frustrado. Y, más aún, cuando me enteré de que ese día se estrenó el Himno de la fiesta del árbol, escrito por el educador Napoleón Quesada Salazar y musicalizado por Pedro Calderón Navarro, autor de la música del célebre Himno a Juan Santamaría.

Todo esto me intrigó mucho, y fue entonces cuando me propuse esclarecer el acertijo de cuándo, por qué y cómo nació el himno que con tanta ilusión cantábamos de niños.

Tras los pasos de Chocano

A partir de entonces empecé a vivir casi un calvario, pues debí seguir el inconstante peregrinar de Chocano, primero residente en Guatemala, después en Colombia y España, así como transeúnte en Cuba, República Dominicana y EE. UU. Recalaría en México, donde trabajó para el presidente Francisco Madero, y después fungiría como secretario personal del célebre Pancho Villa, para ganarse el mote de «Verbo de la Revolución», por sus proverbiales dotes de escritor y orador. De ahí pasaría a Guatemala, donde por unos cinco años fue secretario y consejero de Manuel Estrada Cabrera, quien por 22 años tiranizó a su pueblo.

Conviene destacar que esa época de oscurantismo, sangre y vejaciones inspiraría al gran escritor Miguel Ángel Asturias —Premio Nobel de Literatura en 1967— para escribir el libro El señor presidente, que leyéramos en nuestros días de estudiantes universitarios. Al respecto, aún resuenan en mis oídos aquellos tétricos y escalofriantes versos con que se inicia dicho libro:

¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! […] ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre! ¡Alumbra, alumbra, lumbre de alumbre…, alumbre…, alumbra…, alumbra, lumbre de alumbre…, alumbre…, alumbra…, alumbra, lumbre de alumbre…, alumbra, alumbre…!

Para retornar a Chocano, fue tan rica y prolija la información que hallé, sobre todo en un par de biografías y en periódicos antiguos, que pensé que ello ameritaba ser escrito y publicado en una revista académica, y empecé mi labor. No obstante, al avanzar me percaté de que era tanto lo hallado, que ninguna revista me aceptaría un artículo tan extenso, de modo que opté por escribir un breve libro que, al final, no lo fue tanto, pues sobrepasó las 250 páginas. En todo caso, por fortuna, la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED) lo acogió para su publicación, y vio la luz el pasado diciembre, con el título Chocano, Costa Rica y el Himno al árbol. Y es así como, sin proponérmelo yo, ahora circula en el año en que se conmemora el centenario de su nacimiento, como se verá posteriormente.

De manera resumida, pude detectar que Chocano estuvo cuatro veces en el país, por motivos muy distintos, pero la tarea era determinar en cuál de ellas escribió el Himno al árbol.

En su primera visita, que duró un mes, Chocano vino en una misión de carácter diplomático, encomendada por la Liga de Propaganda del Derecho en América, para tratar de persuadir al gobierno de Rafael Iglesias Castro de que apoyara la tesis de dirimir por la vía legal e internacional —y no militar— el añejo conflicto entre Perú y Chile por los territorios limítrofes de Tacna y Arica. Su contacto en el país era el ya citado Zambrana, y recibió el apoyo de casi toda la intelectualidad del país. Ofreció varias conferencias, complementadas con la declamación de sus poemas, gracias a lo cual los teatros se colmaron de gente. No obstante, Costa Rica ya había tomado partido por Chile, y no variaría su posición.

Su segunda visita ocurrió en diciembre de 1920, y fue muy contrastante con la anterior. Recién había sido liberado de la cárcel, y llegó abatido, deprimido y enfermo. Ello se debió a que, con la caída del tirano Estrada Cabrera, el 14 de abril de 1920, Chocano estaba con él, por lo que fue detenido por seis meses y condenado a la pena de muerte. Esto último causó tal conmoción, que debieron interceder por él numerosos escritores españoles, portugueses, franceses, ingleses y latinoamericanos, al igual que Alfonso XIII —rey de España—, los presidentes de Perú y Argentina, e incluso el cardenal Pietro Gasparri desde el Vaticano.

Absuelto de la pena capital, se dirigió a Nicaragua y después a nuestro país. Tanto se le admiraba y respetaba en su país que, para paliar su agobiante situación emocional y económica, el gobierno de Perú le otorgó un subsidio mensual, el cual complementaba con los ingresos provenientes de los recitales —con los teatros de bote en bote—, más la publicación de nuevos y frecuentes poemas en nuestros diarios. No obstante, aunque fue muy bien recibido por la mayoría de los ciudadanos, esta vez fue atacado de manera virulenta por algunos. Y no era para menos, pues en el país había un fuerte sentimiento antidespótico, ya que apenas el año anterior había sido derrocada la dictadura de los hermanos Federico y Joaquín Tinoco, que por casi tres años oprimió a nuestro pueblo. Eso sí, fue amigo cercano del presidente Julio Acosta García —al punto de que años después le dedicaría el Himno al árbol—, líder de la revolución de Sapoá, episodio clave en la derrota de los Tinoco.

Aunque el plan inicial de Chocano era recuperarse de su decrepitud, para después emprender una gira por varios países del continente, esto no ocurrió así, y permaneció en Costa Rica hasta diciembre de 1920. Para esa fecha, tras 17 años de ausencia en su patria, el presidente Augusto Leguía Salcedo lo invitó a retornar a Perú, donde fue recibido de manera apoteósica en el puerto de El Callao. Asimismo, se le honró con el título honorífico de Hijo Predilecto de la Ciudad de Lima, y un año después se le declararía el Poeta de América, ceremonia en la cual se le impuso una corona triunfal, labrada en oro macizo.

De vuelta a Costa Rica

Si bien él estaba a gusto en su acogedor terruño, donde permanecería año y medio, algo le turbaba la paz del corazón: durante su estadía en nuestro país se había enamorado de Margarita Aguilar Machado, una atractiva jovencita, proveniente de una distinguida y refinada familia.

El patriarca de dicha familia era el tenor Alejandro (Cano) Aguilar Mora —cercano amigo suyo, con quien incluso había compartido escenarios— y la madre era Claudia Machado Lara, hija del abogado y periodista guatemalteco Rafael Machado Jáuregui. Sus hermanos Jorge y Guillermo eran notables músicos, mientras que su hermana René sería profesora de piano; además, años después, su hermano Alejandro sería un prominente abogado, educador y político, hoy Benemérito de la Patria. Ella, que siempre quiso estudiar medicina o enfermería —carreras que no existían en Costa Rica—, era una muchacha nada convencional, a quien el ambiente josefino le resultaba realmente anodino y aldeano.

Para entonces, Chocano estaba casado con la guatemalteca Margarita Batres Arzú, con quien había procreado dos hijos; además, tenía tres hijos con su primera esposa, la peruana Consuelo Bermúdez Velázquez, y dejó una hija en España. No obstante, quedó embelesado con la belleza, la inteligencia y la sensibilidad de Margarita. Tanto fue así, que no le importó que casi duplicara su edad —él con 46, y ella con apenas 23 años—, además de que convivía con su esposa e hijos en San José. Obviamente, mantuvieron su idilio en la clandestinidad, favorecidos por la complicidad de varios amigos íntimos.

Aunque dicha relación debió interrumpirse con el viaje de Chocano a Perú, mantuvieron una correspondencia intensa y frenética. En realidad, Chocano deseaba retornar a Costa Rica apenas le fuera posible, para buscar a Margarita y hacerla su esposa.

Es pertinente una digresión para indicar que, mientras residía en Perú, él efectuó varios viajes a Venezuela, donde cultivó una amistosa relación con el dictador Juan Vicente Gómez, quien estuvo 27 años en el poder. Una vez más, era reincidente en sus afectos por los tiranos, algo que, junto con el desmedido ego de que padecía y su inconstancia sentimental, han resaltado algunos de sus biógrafos como sus mayores debilidades.

Al parecer, fue gracias a una misión diplomática que le encomendó Gómez, que él pudo volver a Costa Rica. Lo hizo de manera súbita y sorpresiva, a mediados de 1923. A partir de entonces se intensificó su relación con Margarita, por supuesto que siempre en la clandestinidad. No obstante, esto duró hasta un mal día para ambos, cuando algunos exiliados enemigos políticos de Gómez amenazaron a Margarita y la delataron con su familia. ¡Estalló el escándalo! Esto provocó una grave confrontación con sus padres, para quienes aquello representaba una afrenta de parte de Chocano. A partir de entonces se sucedieron de manera vertiginosa varios episodios conflictivos, que incluso condujeron a Margarita a una tentativa de suicidio. Todo esto aparece relatado de manera sobria, fina y elegante en el libro José Santos Chocano; sus últimos años (1964), que ella escribiera y publicara en Chile, país donde enviudó del bardo, como se verá pronto.

Surge el Himno al árbol

Durante esta tercera visita de Chocano a Costa Rica, que se prolongaría por unos seis meses, hasta noviembre, sucedió algo impensado para los habitantes de la capital. En efecto, poco antes del arribo de Chocano, a inicios de junio se había cernido una amenaza sobre La Sabana, pues se pretendía arrendar una parte de dicho predio a empresarios privados. Esto contravenía lo dispuesto en su testamento por el acaudalado sacerdote Manuel Antonio Chapuí Torres, filántropo que en 1783 había donado vastos terrenos del actual cantón de Mata Redonda para su uso por los vecinos de la capital. Fue entonces cuando la citada amenaza indujo a la Junta Progresista de Mata Redonda a promover la creación del Comité de Defensa de La Sabana.

Es evidente que Chocano se identificó con tan noble causa, al punto de que pocas horas después de recibir una carta de dicha Junta, en la que se le solicitaba un himno «destinado a labios infantiles», de inmediato se dedicó a escribirlo. Ese parto lírico ocurrió de un solo tirón, la noche del 31 de agosto de 1923. En sus propias palabras:

Alguien, desde el misterio y sin tardanza, me dictó el Himno ingenuo, que fui escribiendo con la idea puesta en mí mismo a la vez que en cada niño de Costa Rica, como si celebrara una eucaristía tan sincera que me permite firmar con orgullo de Poeta lo que pueda captar cualquier niño.

Es realmente admirable que un hombre que se debatía entre su irrefrenable pasión por Margarita y los incesantes ataques de sus enemigos políticos, tuviera la paz de espíritu para, al amparo del cielo josefino y en la quinta noche después de plenilunio, concebir un canto alusivo a la naturaleza, apto para voces y corazones infantiles.

Al día siguiente el himno apareció publicado en el Diario de Costa Rica. Logrado esto, y como no había tiempo que perder, la Junta Progresista de Mata Redonda gestionó ante la Secretaría de Educación Pública que se convocara a un concurso para musicalizarlo, con un premio de 200 colones. Se actuó con tal celeridad y eficiencia, que el anuncio apareció en la prensa el 11 de septiembre, y ya el 2 de octubre se había elegido la partitura, presentada por el músico costarricense Roberto Campabadal Gorró, hijo de los españoles José Campabadal Calvet y Elvira Gorró Paretas.

Y fue así como, después de las necesarias prácticas en sus respectivas escuelas, en la mañana del 10 de noviembre de 1923, y ante una nutrida concurrencia, los niños de las escuelas Colón, Porfirio Brenes, Juan Rafael Mora y de Niñas N.o 7 entonaron por primera vez el Himno al árbol. Después de tan lindo acto en el Templo de la Música, una comitiva partió del Parque Morazán hacia La Sabana, para plantar cuatro árboles simbólicos: el del Poeta, el de la Música, el del Maestro y el del Pueblo. Esto se hizo en el Bosque de los Niños, concebido por el ya citado Alfredo Anderson, el cual había sido inaugurado en 1918.

Cabe acotar que, por fortuna, existen 12 fotografías de los eventos de tan significativo día, tomadas por el célebre fotógrafo Manuel Gómez Miralles. Tuve la posibilidad de incluirlas en mi libro, gracias a la generosidad del recordado amigo Julio Revollo Acosta —nieto del expresidente Julio Acosta—, quien conservaba innumerables imágenes captadas por Gómez durante la administración de su abuelo.

Epílogo

Pocos días después de estos actos, Chocano partió hacia El Salvador y Guatemala, pero más bien para despistar a la familia de Margarita. Y, en medio de noticias falsas, en lo cual colaboraron periodistas amigos, cuando menos se esperaba, apareció de súbito —esta fue su cuarta visita a Costa Rica—, para casarse con ella. Esto ocurrió de manera clandestina, en la mañana del domingo 17 de febrero, en la casa del dibujante José Rojas Sequeira, donde ofició la ceremonia el gobernador capitalino José Luján Mata. Enterada su familia, se desató la persecución policíaca. Al final, con la intervención de Aquiles Acosta García —ministro de Guerra—, la familia de Margarita debió aceptar tan enojoso agravio, tras lo cual el gobierno los transportó a Puntarenas, para que zarparan hacia Perú, con escala en Panamá.

Ahora bien, cuando la pareja anhelaba paz en sus vidas, no habían trascurrido dos años cuando, por una disputa personal con el joven poeta Edwin Elmore Letts, Chocano le disparó de manera accidental y lo mató. En vez de la cárcel, se le recluyó en el Hospital Militar de San Bartolomé, donde permaneció año y medio; ahí nació su hijo Jorge Santos, que se convertiría en un prestigioso arquitecto, y ejercería en Costa Rica por muchos años. Ya liberado, Chocano vivió año y medio en su natal Lima, y en octubre de 1928 se mudó a Chile. No obstante, un infausto día, el 13 de diciembre de 1934, mientras viajaba en un tranvía santiaguino, un demente llamado Martín Bruce Padilla se abalanzó sobre él y le clavó un cortaplumas en el corazón, para así acabar con su vida, cuando tenía 59 años.

Enterrado en Santiago, sus restos fueron trasladados a Lima 30 años después, en 1965. Puesto que, en su poema La vida náufraga, él había expresado que «Sólo un metro cuadrado busco de tierra firme…, / ¡donde tengan un día que enterrarme de pie!», hoy en la lápida de su pequeña tumba se lee el siguiente epitafio: «Aquí, / enterrado de pie, como él quisiera / está / el más frondoso árbol de la poesía castellana / el poeta peruano / José Santos Chocano».

Para concluir, de retorno a nuestro Himno al árbol —originado de manera indirecta por la relación amorosa entre Chocano y Margarita—, es claro que, con su surgimiento, en combinación con el acto de la siembra de arbolitos en La Sabana, se sepultaron las intenciones de quienes querían lucrar con dicho predio. A su vez, como un inmarcesible legado de aquella memorable jornada cívica y educativa, ese tierno y hermoso himno conserva su vigencia hasta hoy —cuando los problemas ambientales de Costa Rica y el mundo son mucho más acuciantes—, de modo que debiera volver a cantarse en todas nuestras escuelas, como un compromiso con la conservación de la naturaleza, que ineludiblemente debemos inculcar en las presentes y las futuras generaciones.

 

*Publicado en https://www.meer.com/es y compartido con SURCOS por el autor.

Un reencuentro póstumo con Marco Aguilar

El autor de este artículo y el poeta Marco Aguilar, frente a su lugar de trabajo. Foto: Darinka Hilje

El último de los bardos que abrió nuevas sendas en la poesía costarricense

LUKO HILJE

A inicios de 1991 llegué a residir en Turrialba, para laborar como entomólogo agrícola en el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE). Por una feliz coincidencia, aunque conocí a mi esposa Elsa en la Universidad Nacional (UNA), en Heredia, ella había sido procreada ahí, pues mi suegro Luis Pérez Loaiza era turrialbeño y, tras casarse con la esparzana Mabel Villalón Figueroa, permaneció muchos años en su tierra natal. Esto hizo que, al llegar yo a Turrialba, ya supiera muchas cosas del cantón, lo que me permitió insertarme con facilidad en la comunidad turrialbeña, la cual pronto me embelesó.

En realidad, mi contrato con el CATIE era de apenas dos años, pero se fue extendiendo tanto, que permanecí allá 13 años y, ya jubilado, conseguí proyectos que me permitieron laborar ad honorem por unos siete años más. Durante tan prolongada estadía mi afecto se afianzó y se acrecentó mucho, como lo revelan los casi 50 artículos alusivos a sus gentes y paisajes, publicados en periódicos, así como en revistas divulgativas y académicas. A ellos se suma mi libro Turrialba en la mirada de los viajeros (2018), que abarca relatos de unos 20 viajeros y cronistas que, a lo largo de 366 años, entre 1544 y 1910, recorrieron su territorio.

Es pertinente indicar que mis primeros contactos con ese terruño ocurrieron gracias a mis sabrosas tertulias con Leopoldo Fernández Ferreiro, gallego de nacimiento, pero turrialbeño hasta los tuétanos. De hecho, casi todos los sábados, mientras mi pequeña hija Darinka se entretenía y deleitaba jugando de vendedora en La Fama —la tienda de la familia Fernández García—, Elsa y yo platicábamos con él y su esposa Anita García Figuls, prima de mi suegro. Y, ya un poco tarde, a menudo se nos sumaba Edith, hija de ellos, cuando regresaba de una pequeña finca que tenía en Alto Varas.

Eddy, como le decían, era una mujer de gran inteligencia y sensibilidad, aunque muy hermética en cuanto a su vida personal, al punto de que nunca supe que fuera poetisa. Me enteré de ello cuando, en un recordatorio preparado por su familia, insertaron el conmovedor poema Póstumo, y después su hermano Leopoldo me regaló el único poemario que ella publicó, intitulado El río… La montaña. Víctima de un cáncer fulminante, Eddy falleció el 23 de agosto de 1997, a los 60 años, exactamente ocho meses después que su padre, muerto a los 87 años el 23 de diciembre de 1996. Menciono esto por el valor que tiene en sí mismo en mis afectos, pero también por la manera en que conocería al poeta Marco Aguilar.

Un funeral me llevó a Marco

En efecto, no recuerdo en cuál de estos dos funerales, conforme el cortejo se alejaba del templo para enrumbarse hacia la escarpada cuesta donde se localiza el cementerio local, observé que mi suegro —quien había venido de Heredia— conversaba con un hombre alto y enjuto, de andar pausado y mucho más joven que él, a quien yo nunca había visto. Horas después, ya en nuestra casa, le pregunté que quién era ese amigo suyo, y me respondió que se trataba de Marco Aguilar Sanabria, a quien conoció de muchacho en el caserío de Santa Rosa, pues era sobrino de don Luis Aguilar Valverde. Al respecto, es pertinente mencionar que mis suegros vivían en una casa esquinera —aún en pie, y hoy propiedad de la familia Orozco—, al costado norte de la iglesia local, y casi al frente residían don Luis y doña Adoración (Chon) Salazar, con quienes ellos se reunían a platicar casi todas las noches.

Para culminar su respuesta, mi suegro me indicó que Marco era poeta, así como compinche de los célebres bardos turrialbeños Jorge Debravo y Laureano Albán, a quienes él también conoció; por cierto, no mencionó a su medio prima Eddy, quizás porque ignoraba que escribía poesía y que tuviera una relación cercana con ellos tres. En el caso de Albán, nacido en Santa Cruz —no muy lejos de Santa Rosa—, me contó que jugó basquetbol con un equipo que él dirigió. Y, en cuanto a Debravo —nacido en Guayabo Arriba—, nunca lo trató de cerca, aunque su esposa Margarita Salazar era sobrina de doña Chon, y a ella sí la conoció bien.

Bastó con que mi suegro mencionara estos datos, para captar a cabalidad quién era Marco. Y fue así como, de inmediato, evoqué aquellos lindos años de la segunda mitad del decenio de 1960, cuando el mundo entero se remozaba y renovaba, gracias a una pujanza realmente estupenda de la juventud, y como parte de lo cual en muchos países florecían de manera profusa el arte y la literatura.

En cuanto a la poesía, en esos años esta flotaba en el ámbito familiar, sobre todo gracias a mi hermano Niko, quien estudiaba química, aunque también le hacía a la poesía; si bien nunca ha publicado su obra, me parece realmente buena. Él solía coleccionar los suplementos culturales dominicales de algunos periódicos, e incluso copiar a mano poemas tomados de libros en la Biblioteca Nacional y, cuando ya tuvo ingresos como profesor en la Universidad de Costa Rica, pudo adquirir poemarios, que sus hermanos disfrutábamos. De hecho, fue gracias a él que tuve la fortuna de conocer a Debravo, en un recital ofrecido en San José una noche de junio de 1966, pues Niko participaba en algunas actividades del Círculo de Poetas Costarricenses, donde alternaba con Debravo, Albán y Marco —quien residió apenas dos años cerca de la capital, en Tres Ríos, Cartago—, Julieta Dobles Izaguirre, Arabella Salaverry, Alfonso Chase, Rodrigo Quirós, Germán Salas, Luis Fernando Charpentier, Jorge Ibáñez y algunos otros.

Es por eso por lo que, cuando mi suegro mencionó el nombre de Marco, este me era completamente familiar. Lo que yo ignoraba era que aún residiera en Turrialba. De inmediato pensé que me gustaría conocerlo y tratarlo, pero no sabía cómo contactarlo. No obstante, por una de esas venturosas casualidades del destino, muy pronto me llegaría tan anhelada oportunidad.

En efecto, un día me topé con el amigo Tomás Dittel, quien laboraba en la Escuela de Postgrado del CATIE. Aunque era conserje, tiene grandes habilidades como artesano, y siempre trataba de promover las manifestaciones artísticas de su cantón, por lo que ese día me preguntó si me gustaba la poesía. Al responderle que sí, ofreció venderme el recién aparecido poemario El tránsito del sol, de Marco. Por supuesto que se lo compré, a la vez que le pregunté que si se podía conseguir autografiado. Al instante me indicó que lo mejor era que, a la salida del trabajo, fuéramos juntos un día al Taller de Televisión Rodríguez, donde Marco trabajaba. Era fácil, pues estaba localizado a la pura entrada a la ciudad, «frente al almacén de Numa Ruiz», negocio que dejó de existir hace muchos años, pero cuyo nombre se incrustó para siempre en la toponimia de esa urbe rural; por cierto, ahí Marco compartía labores con Toñito, un hombre bueno y sumamente callado, hermano de Víctor Rodríguez, dueño del taller.

Y así fue. No recuerdo en cuál mes de 1997 ocurrió eso, pues la lacónica dedicatoria nada más dice «Para Luko, cordialmente. Marco. Turrialba, 97». La agradecí, por supuesto, pero más significó conocerlo en persona, pues percibí en él a un hombre noble, afectuoso, humilde, de amplia y sincera sonrisa, así como de excelente sentido del humor. Me daba pena interrumpirlo en sus labores, pero me dijo que no importaba, que había más tiempo que vida. Le conté que sabía de él desde muchos años antes gracias a mi hermano Niko, y le hablé de mi gusto por la poesía desde la adolescencia, y que incluso pude conocer a Debravo.

Al mencionar esto último, de inmediato me comentó que él tenía una enorme deuda pendiente con ese gran poeta, académico y político que fue don Isaac Felipe Azofeifa, pues este le había manifestado que —por la cercanía que hubo entre ambos desde los tiempos de colegiales—, él tenía el deber de escribir una amplia semblanza sobre nuestro mayor poeta, quien muriera tan joven. Le pregunté que por qué no lo había hecho, y me respondió que lo había ido postergando, por razones de trabajo y salud, en las que no ahondó. Y, tras una algo extensa y cálida conversación, con gentileza y sinceridad me dijo que volviera cuando quisiera.

La entrevista sobre Debravo

No recuerdo cuántas veces pasé por ahí, pero apenitas de refilón, para no importunarlo, o le pitaba desde mi carro para saludarlo. Sin embargo, años después, en octubre de 2000, hubo un hecho ominoso, que me obligó a buscarlo, y con urgencia: me dijeron que su vida estaba en peligro.

En efecto, en esos días mi hija se había matriculado en un taller de literatura para niños en la sede local de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), dirigido por el poeta Erick Gil Salas, cuyo nombre yo conocía por referencias. Y, un sábado que fui a recogerla, tuve la oportunidad de conocer a Erick. Al comentarle algo sobre Marco, me contó que este tenía un serio problema cardíaco, que ameritaba una cirugía urgente, por lo que lo podrían llamar y hospitalizar en cualquier momento. Aún más, había un alto riesgo de que no superara la operación. Al conversar ahora con Vilma Rodríguez Arguedas —su segunda y actual esposa—, me cuenta que a mediados de agosto de 2000 le habían efectuado un cateterismo, el cual reveló cuán dañado estaba su corazón y esto demandaba una cirugía muy delicada.

Sobresaltado por tan impactante noticia, aparte de mi genuina preocupación por la salud de Marco, le dije a Erick que me acongojaba que, efectivamente, pudiera ocurrir una fatalidad y que, de ser así, él no podría cumplir la promesa hecha a don Isaac Felipe en relación con Debravo. Por tanto, le propuse que, para salvaguardar sus palabras, nos apresuráramos a entrevistarlo, y que podríamos hacerlo en mi casa, pues el campus del CATIE es muy silencioso, además de que yo tenía una buena grabadora portátil y suficientes casetes. «Y…, ¿cuándo?», me preguntó Erick. «Pues hoy mismo por la tarde, si él pudiera», le repliqué. Asentimos, y de inmediato nos fuimos a buscarlo al taller donde trabajaba, pero ya habían cerrado. No quisimos molestarlo en su casa, que estaba muy cerca de ahí, pero el lunes siguiente por la tarde fuimos a buscarlo y, explicada la situación, el sábado 19 de octubre por la tarde pasé a recogerlos y llevarlos a mi casa, donde Elsa nos preparó un sabroso café y unos bocadillos, para que así pudiéramos conversar con amplitud y sin interrupciones.

De esa linda entrevista, que se prolongó por dos horas, semanas después hice copias para los tres, y la guardé como un verdadero tesoro, junto con varias fotos que tomé esa tarde. Eso sí, al transcribirla Elsa —quien es secretaria de formación—, resultaron nada menos que 24 páginas, a espacio sencillo, lo cual dificultaría publicarla en una revista literaria o académica.

Así la conservé por mucho tiempo, a la espera de una oportunidad para publicarla. Y, por fortuna, esta se presentaría años después, y por partida doble.

Asiduo lector y colaborador del Semanario Universidad, como lo he sido por muchos años y hasta hoy, en 2004 se me ocurrió proponerle a Ana Incer Arias, su directora de entonces, que publicáramos una síntesis de la entrevista, a lo cual accedió sin reparo alguno. Por tanto, me dediqué a prepararla, tras lo cual la entregué a Marco y a Erick para que la revisaran y le hicieran los ajustes que juzgaran pertinentes. Y fue así cómo, con ocasión de conmemorarse en agosto el 37 aniversario de la muerte de Debravo, se nos concedieron nada menos que las dos páginas centrales del suplemento cultural Los Libros de ese mes, para insertar tan valioso documento biográfico, que intitulamos Debravo, en la mirada de Marco Aguilar.

En cuanto a la segunda oportunidad, habría que esperar tres años más, pero valdría la pena, pues esta vez pudimos concretar el sueño de publicar la entrevista completa. Con el título Jorge Debravo a través de la retina de Marco Aguilar, apareció en la revista Comunicación, del Instituto Tecnológico de Costa Rica.

En realidad, todo fue muy sencillo, gracias a la gentileza de su directora de entonces, Teresita Zamora. Y lo fue, porque en 2005, en colaboración con el filósofo Guillermo Coronado, ella había publicado un número monográfico dedicado al ornitólogo, naturalista y filósofo Alexander Skutch, en el cual fui invitado a colaborar. El día de la presentación, ella me dijo que las páginas de la revista estaban abiertas para proyectos editoriales análogos, por lo que tiempo después le sugerí que hiciéramos uno sobre Debravo, con miras al 40 aniversario de su muerte. Me preguntó si estaba dispuesto a coordinarlo con ella, pero me rehusé, por no ser la literatura mi campo profesional. Eso sí, le sugerí a Erick, verdadero conocedor, y fue así como ambos hicieron posible que en 2007 apareciera el número monográfico Jorge Debravo, un hombre palabra.

Ahora bien, para retornar a aquel aciago octubre de 2000 cuando la vida de Marco estuvo en peligro, en realidad él enfrentó un verdadero calvario, pues su salud empeoraba día a día y no le daban la ansiada cita para la cirugía. Tan terrible fue esa espera que, en cierto momento, la ya de por sí angustiante situación se dilató innecesariamente, porque debían hacerle un delicado examen con un angiógrafo, pero no se pudo pues, en una actitud realmente irracional e inhumana, unos funcionarios de un hospital de la Caja Costarricense del Seguro Social en San José lo habían dañado, al grabar música en discos compactos, para aprovechar que este sofisticado y delicado aparato tenía un dispositivo que permitía hacer eso.

Recuerdo cuánto sufrí en esos días, ya entrado noviembre, pues durante tres semanas consecutivas tenía que emprender viajes, como era usual en el CATIE, a Inglaterra, Panamá y California. Antes de partir, lo visité en su casa, y se mostraba sumamente endeble y hasta desesperanzado. Nuestro abrazo de despedida, que no podía ser efusivo por lo débil que estaba él, tuvo mucho de ominoso. Al dárnoslo, un recóndito y electrizante espasmo recorrió mi cuerpo y constriñó mi alma, pues pensé que podría ser el último que nos dábamos. ¡Fue una sensación muy dura, de veras!

Por dicha para mí, pudimos reencontrarnos y conversar tras mis viajes, pero el infortunio para Marco continuaba, pues la cita médica seguía postergándose ad infinitum. No fue sino en abril o mayo de 2001 que le practicaron una operación a corazón abierto en el Hospital México, la cual se prolongó por muchas horas. En determinado momento, al extraer su corazón para operarlo, este se infartó, lo que obligó al personal médico a efectuar labores de resucitación. Posteriormente debió permanecer por dos semanas en cuidados intensivos, con un pronóstico bastante reservado en cuanto a su recuperación. Y, aunque Marco pudo superar tan difícil trance, las expectativas no eran nada halagüeñas, pues los médicos auguraban un año y medio de vida, cuando mucho.

Contertulios en La Feria

Ya recuperado Marco de la operación, incrementamos nuestra relación de amistad, la cual se intensificó en los meses siguientes. Recuerdo que en septiembre de 2002 estuvo en mi casa, junto con Vilma, pues Elsa decidió celebrar mi medio siglo de vida en compañía de un pequeño grupo de amigos muy queridos.

Fue en el segundo semestre de 2001 que, al avizorar que faltaban unos dos años para la celebración del centenario del cantonato de Turrialba, varias personas hablamos de la posibilidad de preparar un libro conmemorativo, con la participación de historiadores, sociólogos, antropólogos, geógrafos, geólogos, biólogos, ingenieros, agrónomos, educadores, periodistas, sacerdotes, artistas, etc. Y, aunque al final de cuentas no se pudo lograr lo que se deseaba, debido a diversas circunstancias, gran parte de los materiales permitirían que en 2012 viera la luz el libro Turrialba: mucho más que cien años, publicado por la EUNED y editado por el matemático y periodista Ramiro Rodríguez —director de la revista Turrialba Hoy—, el poeta Erick Gil Salas y el historiador William Solano.

Recuerdo vivamente que, aunque ya habíamos venido conversando de manera informal con Ramiro, Erick, William, el genetista forestal Rodolfo Salazar Figueroa, el biólogo Sebastián Salazar Salvatierra y el agrónomo Carlos León Pérez, nuestra primera reunión formal tuvo lugar en el restaurante La Feria, por sugerencia de Rodolfo, pues sus cuñados Roberto y Manuel Barahona Camacho son los dueños de dicho negocio. Sin embargo, esa noche pudimos llegar solo William, Rodolfo, Marco, el agrónomo Gilberto Calderón y yo.

Un hecho muy bonito fue que, al buscar en el menú algo para comer y beber mientras discutíamos acerca de nuestro proyecto, Marco me hizo una advertencia. Como novicio en ese restaurante, pues nunca lo había visitado, me dijo que, como lo relaté en el artículo Las tertulias en La Feria (La República, 21-VI-05, p. 15), en una especie de rito iniciático, no debía ingerir nada sin antes tomarme una jarra de la deliciosa sustancia de carne llamada «caldo de riel» debido a su color de herrumbre, así como un par de los proverbiales taquitos que preparaba don Enrique Barahona Jiménez —padre de Roberto y Manuel—, en su cantina La Feria, a la cual Marco incluso le había escrito un simpático soneto.

Por supuesto que obedecí con gusto la sugerencia de Marco, y no me arrepiento en absoluto de haber sido tan sumiso pues, desde ese día y hasta hoy, cada vez que voy ahí, es lo primero que solicito. De inmediato pedí una cerveza con abundante hielo —como se estila en esa Turrialba tan caliente y húmeda— y le dije a Marco que yo invitaba a lo quisiera tomar, a lo cual me respondió que él no ingería bebidas de ese tipo, pues en una época de juventud y bohemia había enfrentado problemas de alcoholismo. Sentí mucha pena, y entonces le dije a la mesera que no me trajera mi cerveza, pero Marco replicó para decirle que no importaba, pues él ya había superado su vicio. Hombre de firme carácter y temple, desde ese día y durante casi cinco lustros de amistad y de numerosas cenas, nunca le tentó que yo me tomara dos o tres cervezas, mientras que él se deleitaba con un exquisito refresco de guanábana.

Desde entonces, La Feria fue nuestro inmutable sitio de reunión y sabrosa tertulia, favorecido por el hecho de que Roberto y Manuel lo convirtieron en un espacio cultural, al organizar exposiciones de pintura, recitales de poesía, conciertos musicales y lanzamientos de libros. Con frecuencia se nos unían los ya citados Sebastián, Ramiro, Rodolfo, Carlos, el recordado poeta Johnny Delgado y los hermanos Barahona, y algunas veces los pintores Max Solís y Manolo Ayala, los educadores William Núñez, Emma Tomasita Durán y Rosibel Castro, así como la abogada y poetisa Clarita Solano.

¡Cuántas conversaciones inteligentes y gratas, de esas que nutren la mente y el alma, así como siempre aderezadas con ese humor tan característico de Marco y de los turrialbeños! Como dicen, platicábamos «de lo divino y lo humano», pues afloraban asuntos de literatura, música, artes plásticas, filosofía, religión, historia, política, etnografía, fútbol, y hasta de ciencias.

En cuanto a esto último, Marco tuvo siempre un gran aprecio y respeto por la obra de los científicos, en parte influenciado por el hecho de que un tiempo laboró en el CATIE como asistente de laboratorio en edafología, es decir, la ciencia del suelo. Además, su prima María Elena Aguilar Vega es bióloga, con un doctorado en biotecnología obtenido en Francia. Y, por si no bastara con esto, gracias al ajedrez, su padre Antonio y su tío Fernando —padre de María Elena—, quienes eran pequeños productores de café en Santa Rosa, tuvieron una cercana relación con el alemán-venezolano Gerardo Budowski, de fama mundial como ecólogo y conservacionista ambiental. Cabe resaltar que, llegado a Turrialba para laborar en el CATIE, donde ocupó una importante jefatura, el recordado don Gerardo conformó con ellos y los también hermanos Jorge y Marco Tulio Ramírez un equipo que representó a Turrialba en varios torneos nacionales; además de que, en 1965, 1966 y 1972 el equipo fue campeón, su tío Fernando fue campeón nacional en 1970 y 1971, según consta en una reseña histórica escrita por su hijo Rodolfo, que María Elena me facilitó en estos días.

Mi alejamiento de Turrialba

En realidad, me dolió muchísimo ausentarme de esas pláticas cuando, al jubilarme en 2004, me instalé en la lejana Heredia. Sin embargo, como el CATIE me distinguió con el estatus de profesor emérito, conservé una oficina ahí y, con fondos que conseguí en entidades externas, pude financiar proyectos en mi campo profesional. Esto, a su vez, me permitió visitar Turrialba al menos una vez al mes y pernoctar allá, por lo que cada vez que iba, llamaba a Marco para que cenáramos y conversáramos en La Feria. ¡Cómo no!

Lamentablemente, a partir de marzo de 2017 tuve un extraño quebranto de salud, que se extendió por más de dos años, el cual me impidió manejar hasta allá, a lo que se sumaría el cese de mis proyectos, por esa misma razón. Sin embargo, además de que manteníamos contacto por internet, cada cierto tiempo llamaba por teléfono a Marco y —locuaces ambos— conversábamos con largueza.

De los años previos, recuerdo que en 2005 propuse a la revista Comunicación que para 2006 dedicáramos un número a los líderes de la Campaña Nacional de 1856-1857, caídos en desgracia después, el cual se intitularía Héroes del 56, mártires del 60: los hermanos Mora y el general Cañas. Asimismo, me comprometí a elaborar el artículo Un manojo de poemas para los tres próceres, dado que había varios poemas dispersos dedicados a ellos, incluidos algunos de Debravo y Chase. Pensé que sería bonito que otros miembros del antiguo Círculo de Poetas Costarricenses pudieran escribir al respecto, y pronto contacté a Marco, Laureano, Julieta y Arabella. Los cuatro accedieron, y el proyecto cuajó de la mejor manera. El poema escrito por Marco se intituló Hamacas y cañones, y es realmente muy hermoso.

Otra bonita remembranza data de fines de 2007, cuando Erick Gil Salas me comentó que se había propuesto compilar un buen número de poemas —los poemarios de Marco son bastante cortos— en un libro de casi 200 páginas, que se intitularía Obra reunida de Marco Aguilar, y lo publicaría la EUNED en 2008. Por tanto, me solicitó que, por mi amistad con Marco, escribiera unas palabras, como una especie de introducción. Al inicio me rehusé, pues no soy crítico literario, pero él pronto me indicó que lo que esperaba de mí eran unos juicios sobre Marco, desde una perspectiva personal.

Aclarado esto, no dudé en hacerlo, y en el pasaje medular de mi texto, esto fue lo que escribí:

Para hablar de su poesía no hay que saber de esta sino, más que leerla, aspirarla y sentirla como al aire, porque tiene el don de llegar sola, espontánea y fluida hasta los más recónditos intersticios del alma. Porque Marco tiene la inmensa virtud de insuflar valor poético a lo simple y lo cotidiano, oficiando como una especie de demiurgo que transmuta lo trivial y lo obvio en joyas poéticas. En su poesía no hay rebuscamientos ni nebulosas, sino palabras y conceptos sencillos, entendibles por todos, con las que él construye imágenes y sensaciones que realmente conmueven, provocando un grato regocijo.

Para cambiar de asunto, en algún momento de 2012 el amigo Luis Romero Zúñiga decidió crear la revista Lectores, que después mutaría su nombre por el de Turrialba Desarrollo. Ignoro cómo persuadió a Marco para que, a pesar de ser tan reacio para publicar su poesía, incursionara como articulista en su revista. Fue una sorpresa muy grata, pues la prosa de Marco era realmente deliciosa, plena de añoranzas. Por largo tiempo, entre 2012 y 2016, él me envió por internet varios de sus textos, todos excelentes. En mis archivos atesoro uno de los más bonitos, intitulado Jaque mate, Toño, dedicado justamente a su padre ajedrecista, quien fue un tanguero apasionado y siempre soñó con conocer Buenos Aires. Ahí narra que, tan diestro como su padre, «a los quince años ya había empatado con el Campeón Nacional vigente en la antigua Casa España. Mi padre conservó por años el apunte de esa partida».

Ahora bien, un mal día de junio de 2014, creo que un domingo por la mañana, timbró el teléfono de mi casa. Quien me llamaba era Roberto Barahona, para decirme que Marco estaba hospitalizado y en condición grave, al punto de que los médicos pronosticaban un desenlace fatal en pocas horas. ¡Fue realmente estremecedor escuchar eso! Casi de inmediato llamé a Vilma, quien me confirmó tan funesto augurio, y me explicó que Marco había sufrido una perforación del intestino, tras la cual sobrevino una septicemia. No obstante, por fortuna, de manera muy lenta él empezó a recuperarse y, tras ser operado y permanecer internado casi tres meses en el hospital Max Peralta, en Cartago, sumado a un muy extenso período de convalecencia en su casa, pudo superar este segundo episodio en que su vida estuvo en serio riesgo. Eso sí, desde entonces quedó muy fatigado y con dificultades respiratorias, lo que lo tornaba lento.

Una remembranza, pero positiva, data de 2018, cuando publiqué Turrialba en la mirada de los viajeros, libro del cual habíamos conversado ampliamente en varias visitas que hice a Turrialba para recorrer varios lugares y tomar algunas fotografías que me faltaban. En la sección de agradecimientos consigné el siguiente párrafo: «A Marco Aguilar, gran poeta y mejor amigo, hombre de alma buena, con cuya cálida y pausada voz, más su privilegiada pluma, le ha sabido cantar a su tierra y a su gente como ningún otro». Asimismo, incluí tres epígrafes, de Marco, Albán y Debravo, en ese orden, de los cuales el de Marco reza así:

En el valle amanece de repente.
No es igual que en el mar o en la llanura
donde el sol, tan despacio y sin premura
incinera las rutas del oriente.
Llega toda la luz rápidamente
para sorpresa de la noche oscura.
La mañana de aquí nace madura
y el cielo es como de agua transparente.

Cualquiera que haya vivido en Turrialba puede entender a plenitud cuánta verdad encierran estos versos. Hicimos la presentación del libro en La Feria, en la cual, de manera espontánea y muy sentida, Marco expresó lo que significaba nuestra amistad.

Culminado ese proyecto, lo haría partícipe de una nueva obra, intitulada Páginas como alas. Antología de textos líricos sobre la naturaleza; aunque aprobada para su publicación por parte de la Editorial Tecnológica de Costa Rica, varios factores han causado su retraso para que vea la luz, lo cual esperamos que ocurra este año. Enterado de mis propósitos, con gran generosidad Marco accedió a que incluyera los tres poemas suyos que le solicité, a pesar de que dos de ellos permanecían inéditos; no obstante, ya no lo están, pues aparecieron en su último poemario, Profecía de los trenes y los almendros muertos, en el que, por cierto, incluyó la siguiente dedicatoria: «Para Luko, un amigo de lujo, con mi cariño y la admiración de siempre. Marco. Turrialba, 2022».

En los últimos años

Ahora bien, en estos últimos años nuestra relación se intensificó, aunque por la vía electrónica. Esto fue así porque, si bien no me gustan ni participo de las llamadas redes sociales, debido a la pandemia viral que aún enfrentamos como humanidad, me vi forzado a recurrir a la aplicación WhatsApp para poder recibir unas clases de guitarra que había iniciado años antes de manera presencial. Y, como Marco tuvo algunos problemas con su correo electrónico, elegimos esta vía para comunicarnos.

Más yo que él, solíamos enviarnos mensajes. Era algo frecuente que me enviara fotos de insectos llegados a su casa o a su jardín, o a una finca de su hija Ana, allá por Tarbaca. En broma, yo le decía que con gusto podría identificarle lo que me enviara, con excepción de cucarachas, pulgas, alepates, niguas y piojillo púbico. Ignoro si fue eso lo que lo indujo a dedicarme el poema Oda a las plagas y los insecticidas, en su último libro.

Además, como ambos éramos liguistas, es decir, hinchas de la Liga Deportiva Alajuelense, a veces le enviaba algunas cosas simpáticas alusivas a nuestro equipo, al que por cierto se refirió de paso en su poema La Feria. En realidad, el fútbol era un tema infaltable en nuestras pláticas, casi siempre para sufrir, pues de los últimos 18 campeonatos no hemos ganado más que uno, aunque una y otra vez nuestro equipo ha perdido en los partidos finales.

Y, a propósito de fútbol, debo relatar una simpática anécdota, ocurrida el 13 de octubre de 2021. Aunque disfruto del fútbol, no me gusta dilapidar dos horas y resto frente a un televisor, cuando tengo cosas más importantes que hacer, y sobre todo en horas diurnas. Esa tarde de miércoles jugaban en Columbus, Ohio, las selecciones de Costa Rica y EE. UU., en la disputa por un puesto en el campeonato mundial en Qatar. Encendí el televisor en un aposento de mi casa, para estar informado, mientras me dedicaba a escribir en mi biblioteca.

En cierto momento timbró el teléfono. Al levantar el auricular, escuché una voz muy débil y algo gangosa, casi de ultratumba. Era la de Marco. Después de los afectuosos saludos mutuos, me espetó: «Necesito pedirte un favor que nunca en la vida te he pedido». «Sí, Marco, claro… ¿en qué puedo servirte?», respondí, ante lo cual me preguntó: «¿Cómo va la Sele?». «¡Sé más serio, muchacho! Empezó ganando, y muy rápido, pero ya los gringos empataron. Pero…, ¿no estás viendo el partido?», fue mi contestación. De inmediato me contó que no podía verlo, pues estaba internado en el hospital William Allen, debido a una afección por coronavirus. «No, Marquito… ¡¡¡no puede ser!!! ¿Cómo estás, hombré?». Entonces me replicó: «Pues, sí. Vos sabés que tengo comprados 99 números de la rifa para el viaje al otro potrero, y ahora me cae esto. Y… ¡con todo y lo que me he cuidado! Si no estuviera vacunado, sin duda que ya estaría del otro lado».

Transcurrieron varios días de angustia e incertidumbre, pero, por fortuna, a pesar de su labilidad, su organismo pudo soportar este nuevo y grave embate, y salir avante.

Sin embargo, ya no podría ante una afección aparentemente renal, pero en realidad cardíaca, que lo conduciría de nuevo al hospital poco más de un año después, a fines de diciembre de 2022. Me cuenta Vilma, quien es enfermera y había vivido al lado de Marco los tres episodios previos que casi lo llevaron a la muerte, que ella pensó que la situación de salud de Marco no tendría consecuencias fatales esta vez, pero no fue así. Internado de emergencia el 31 de diciembre, mientras Vilma se enfrentaba a la pérdida de su madre doña Oliva la víspera, cerca de las tres de la madrugada del 3 de enero Marco exhalaba su último suspiro, víctima de un paro cardio-respiratorio, exactamente en el día de su cumpleaños número 79.

Ahora, ya fallecido, al ver en retrospectiva mi relación con Marco, me percato de que, en nuestros casi 25 años de amistad, la muerte siempre lo estuvo acosando. No obstante, es muy interesante que, aunque en su poesía la muerte está omnipresente como tema —una constante en la obra de casi todo poeta—, esta no es protagónica, en marcado contraste con la de su entrañable amigo Jorge Debravo, para quien era una cuestión central, recurrente e insistente, casi obsesiva. Pero es que en Debravo era una especie de premonición, la noción de que partiría muy joven. Y así fue, cuando en la fatídica noche del 4 de agosto de 1967 un chofer ebrio embistió su motocicleta y segó su vida, con apenas 29 años. Por cierto, de ese burdo y desgarrador episodio, Marco nos diría que: «Mi hermano Jorge / está completamente muerto en media calle», para culminar su elegía así: «Y yo sufro esta muerte solitaria / hoy que el agua lavó su sangre humilde / definitivamente silenciada. / Porque era solamente un niño triste, / solo que ahora está bajo la tierra / ¡y yo no me acostumbro!».

Es todavía más interesante aún que, en innumerables horas de tertulia, Marco nos hablara muy poco de la muerte. No sé si era una actitud silenciosamente estoica, pero no se lamentaba de sus dolencias y ni de sus penurias. Aunque a veces reconocía estar débil, no se quejaba y, más bien, tenía siempre un talante positivo. Quizás en su fuero interno se reconocía lábil y vulnerable, pero ante sus amigos se mostraba muy animado, así como deseoso de vivir y continuar haciendo lo que más le gustaba: escribir.

Al igual que a su padre don Toño, a Marco le encantaba el tango. Y a mí también. Por eso, de vez en cuando le enviaba algunos videos. Uno fue un programa de Susana Rinaldi, de quien le comenté que la había oído cantar en el Teatro Nacional en su primera visita a Costa Rica. «Una maravilla. Papi enloquecía con ella», me respondió, y me contó que su hermano Guillermo había llevado a don Toño y doña Chepita —a quien tuve el gusto de conocer— a escucharla en dos de las tres ocasiones que estuvo en el país. Por cierto, el 2 de enero por la tarde descubrí en YouTube un reciente concierto de tan aclamada cantante, y de inmediato pensé en compartirlo con Marco, sin saber que estaba hospitalizado y viviendo su último día completo. Como tuve problemas con internet, pospuse el envío, pero ello nunca ocurriría, pues temprano al día siguiente recibí llamadas de Roberto Barahona y de Vilma, para comunicarme la infausta noticia de su partida.

A propósito de la Rinaldi, nunca le pregunté a Marco por el texto Definiciones para esperar mi muerte, que ella popularizó, al declamar su letra mientras que, por fondo, se escuchan los acordes del melancólico tango Sur. Escrita por Homero Manzi cuando, sabedor de que sus días estaban contados, este inmenso poeta se enfrentó a un desafiante papel vacío, para plasmar en él una estremecedora despedida, en uno de cuyos pasajes se lee: «Estoy lleno de voces y de colores, / que juraron acompañarme hasta la muerte / como amantes resignadas / al breve paso de mi eternidad», para después sentenciar que «Sé que hay lágrimas largamente preparadas para mi ausencia».

Hoy debo confesar que, después de cada noche de tertulia en La Feria, cuando iba a dejar a Marco a su casa, me bajaba del carro para darnos un abrazo de despedida, y que eso me oprimía el corazón, al presentir que podría ser el último. Y siempre evocaba aquel aserto del grandísimo Julio Cortázar, cuando expresó: «Yo quiero proponerle a usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela. Al final será mejor que me duela el cuerpo por quererle, y no que me duela el alma por extrañarle». En efecto, ignorando que sería el definitivo, nos dimos ese abrazo postrimero —eso sí, no muy fuerte, debido a la fragilidad de Marco— el 29 de mayo de 2019, en mi última visita a Turrialba antes de que empezara la ominosa pandemia que tanto luto y dolor ha provocado.

El reencuentro póstumo

Ahora, poco más de tres años y medio después, he retornado a esta querida ciudad, hoy carente de su amado poeta. Lo he hecho para un homenaje póstumo en un rústico y acogedor anfiteatro rodeado de bosque, en el hotel Wagelia Espino Lodge, engastado en las faldas del volcán Turrialba. Gracias a la iniciativa de su dueño, el amigo Walter Coto Molina, así como del restaurante La Feria y la UNED, el sábado 21 de enero concurrimos ahí unos 50 familiares y amigos de Marco para rendirle un tributo, en una tarde espléndida, colmada de sol y luz.

En dicho convivio afectivo varios hicimos remembranzas, otros cantaron lindas e íntimas canciones, y otros más leyeron poemas de Marco. Concluido el acto, y antes de departir en un grato refrigerio, Walter nos llevó a recorrer el bosque aledaño, por un sendero que él bautizó con el nombre Calzada de los Poetas —en cuyos costados algunos rótulos de madera contienen fragmentos de poemas de turrialbeños—, para develar una placa con el nombre de Marco. Así lo hizo, y ahí permanecerá esa lámina, sujetada a un rectilíneo árbol de fosforillo (Dendropanax arboreus), no muy lejos de otro más corpulento, pero de espino blanco (Macrohosseltia macroterantha), que porta la placa correspondiente a Jorge Debravo.

Esos fueron momentos sumamente emotivos, en ese espacio vegetal que, con acierto, Walter describió como «un templo de las almas nobles». Una y otra vez, debí contenerme para no derramar parte del cúmulo de lágrimas que —como lo dijera Manzi— por casi 25 años preparé para la partida y la ausencia de mi entrañable amigo Marco. Ya había vertido bastantes en días previos, al igual que esa mañana, durante la travesía por la pintoresca y fresca ruta de montaña que serpentea por las estribaciones de los volcanes Irazú y Turrialba. Eso sí, por la noche, en la soledad y el silencio de mi habitación, trasmutado en llanto vacié de sopetón el crudo dolor que desde hacía dos semanas afligía mi alma.

Como, debido a un compromiso ineludible, no había podido asistir al funeral de Marco, para completar el círculo me faltaba visitar su tumba, lo cual hice el domingo por la tarde, poco antes de regresar a Heredia. No me fue sencillo localizarla, en ese cementerio de tumbas tan hacinadas y de tan empinado declive, desde el cual se divisa una amplia porción del Valle Sagrado al cual él alude en su poema Soy Marco Aguilar.

Tras casi media hora de buscarla, casi me daba por vencido, pero, por fortuna, pude localizar a un hombre que hacía unos trabajos ahí, quien me llevó a ella con gentileza y prontitud. Le pedí dejarme a solas. Y ya frente a ese nicho aéreo, turbados mi corazón y mi mente, imaginé el féretro que ahí adentro, colocado en posición horizontal, contiene su cuerpo exánime y yerto, tan pleno de humanidad, creatividad y poesía apenas un mes antes. ¡Absurda, torpe e implacable que es la muerte, al truncar de súbito tanta, pero tanta vida!

En soliloquio, empapado mi rostro por las lágrimas que me quedaban para ese reencuentro póstumo, desde lo más hondo de mis agobiados corazón y garganta costó mucho que emergieran las palabras exactas para agradecerle a Marco su prolongada, profunda y cálida amistad, que de tantas y tan gratas maneras enriqueció mi vida. Y le prometí escribir este artículo que, ahora, entre nuevas lágrimas, no me ha sido fácil terminar.

 

Publicado en https://www.meer.com/es y compartido con SURCOS por el autor.

La Trinidad, paraje simbólico de la patria

Recreación de la primera batalla de La Trinidad, por Manuel Carranza Vargas (†). Cortesía de Esteban Carranza Kopper

Donde el verdor natural se manchó con sangre

13 ENERO 2023, 

LUKO HILJE

En su poema Squier en Nicaragua —en referencia al diplomático Ephraim George Squier, encargado de asuntos estadounidenses para Centro América—, el célebre poeta nicaragüense Ernesto Cardenal nos legó unas imágenes muy sugestivas y hermosas del curso diario de la vida a lo largo del río San Juan, como las siguientes:

Verdes tardes de la selva; tardes
tristes. Río verde
entre zacatales verdes;
pantanos verdes.
Tardes olorosas a lodo, a hojas mojadas, a
helechos húmedos y a hongos;
el verde perezoso cubierto de moho
poco a poco trepando de rama en
rama, con los ojos cerrados como
dormido pero comiendo
una hoja, alargando un garfio primero
y después el otro,
sin importarle las hormigas que le pican,
volteando lentamente el bobo rostro
redondo, primero a un lado
y luego al otro,
enrollando por fin la cola en una rama
y colgándose pesado como
una bola de plomo; el salto del sábalo en el río;
el griterío de los monos comiendo
malcriadamente, a toda prisa […]

Asimismo, Cardenal alude a «la guatusa bigotuda y elástica / que se estira y encoge / mirando a todos lados con su ojo / redondo / mientras come temblando; / espinosas iguanas… ¡Temblando!; / espinosas iguanas / como dragones de jade / corriendo sobre el agua / (¡flechas de jade!)».

Y también a «Gritos de congos. / Chachalacas. / El canto melancólico de la gongolona / entre los coquitales, / y el de la paloma poponé», al igual que a «oropéndolas sonoras / columpiándose en sus nidos colgados de las palmeras, / el canto del pájaro-león entre los coyoles / y el del pájaro de-la-luna-y-el-sol / el pájaro clarinero, el pájaro / relojero que da la hora / y el pocoyo que canta de noche / parejas de lapas que pasan gritando, / y el güis, chichiltote y dichoso-fui / que cantan en los chagüites sombríos». Finalmente, no podría omitir «el ruido sordo de manadas de cerdos salvajes. / ¡Carcajadas! / el canto de un tucán».

Es decir, la visión más abigarrada, silvestre y prístina del mundo natural en el cauce del río y los entornos ribereños, como si se tratara de una imagen de los primeros días de la creación. Sin embargo, como parte de esta, no podía faltar el hombre, vale decir, «el negro con su camisa rayada, remando / en su canoa de ceiba».

El río y el hombre. El hombre y el río. Indisolubles. Los primigenios tiempos de los indios botos y, después, de los boteros misquitos.

Obviamente, Cardenal no se refería a La Trinidad, este punto donde estamos ahorita. Pero tan vívidas imágenes podrían ser válidas casi que para cualquier recodo del muy ancho y caudaloso San Juan o de sus mayores afluentes, como el lugar que en 1869 escogiera para vivir —no muy lejos de aquí, aguas arriba del Sarapiquí— un aventurero suizo llamado Léonce Pictet, quien por entonces frisaba los 21 años.

Lo menciono a él, porque es el único personaje residente en Sarapiquí en el siglo XIX que nos legó sus vivencias por escrito, gracias a las cartas que enviaba a su familia. Dichas cartas, escritas en francés, las compilamos en el artículo «Un colono suizo en la ribera del Sarapiquí», que publicamos junto con la colega y amiga María Luisa Fournier Leiva, quien las tradujo al español; apareció en 2017, en el volumen 30 de la revista Herencia.

Por ejemplo, en su primera carta, Pictet indicaba que «estamos en la ribera derecha del río Sarapiquí, cerca de su desembocadura. En la ribera opuesta hay bosques casi impenetrables, donde las dantas, los cariblancos y los saínos encuentran refugio seguro; la casa del alemán D. [a quien no identifica] está ubicada en la propia confluencia de los dos ríos sobre la ribera derecha del San Juan y, por consiguiente, como la nuestra, en el territorio de Costa Rica. Al frente se extiende Nicaragua».

Y continuaba expresando que, salvo por los zancudos, «en la noche, cuando hay luna clara, el espectáculo de estos bosques tropicales es verdaderamente admirable, sobre todo a la orilla de los ríos. Pareciera que estamos en un paraje encantado».

Extasiado con sus alrededores, Pictet narraba que «es ahí donde se puede admirar a gusto esos árboles enormes de los cuales cuelgan miles de lianas de todos tamaños […]; además, hay otras plantas parásitas de grandes hojas muy bellas, y todo eso es tan magnífico que me parece estar en alguna fantasía. Muchos de esos árboles tienen al menos cien pies de altura, y hay una cantidad de especies y de formas diferentes, sin hablar de las palmeras».

Además, al mirar hacia el cielo más allá de la densa bóveda formada por las copas de los gigantescos árboles, sus sentidos se colmaban al escuchar la algarabía matutina, y contemplar guacamayas, loras, pericos y tucanes, mientras que en tierra andaregueaban pavas y pavones. Y, jubiloso, acotaba que «la cantidad de pájaros diferentes que hay aquí es una cosa increíble. Esta mañana, por ejemplo, había alrededor de la cabaña una verdadera multitud compuesta por chachalacas, palomas, loros, buitres y colibríes, todos gritando y saltando de rama en rama. Parecía un zoológico. Incluso por la noche no están tranquilos, y nos dan conciertos continuos, sin contar con una especie de sapo enorme que grita como si pidiera auxilio». Sí, noches apacibles, en las que al rumor del río se sumaban las vocalizaciones de cuyeos, búhos y lechuzas, así como el destemplado croar o estridente berreo de la rana ternero.

Asimismo, con gran naturalidad y sin alarmismo alguno, Pictet se refiere a los animales peligrosos. Menciona la presencia de serpientes, aunque no tan abundantes; al jaguar que, cuando «no muere al primer intento, se tira sobre los atacantes y hay que liquidarlo a machetazos»; así como a los «cariblancos, especie de cerdos salvajes que recorren los bosques en grandes manadas» y, «cuando uno de esos batallones pasa, se debe correr a treparse al primer árbol encontrado, para alejarse de la manada, si no se quiere correr el riesgo de ser aplastado».

Eran otros tiempos —sin la incesante y visible erosión de ahora—, por lo que él expresaba que «las riberas del Sarapiquí son muy altas por todos lados y la corriente es violenta, y tampoco hay sitios anegados; si hubiera, encontraríamos muchas serpientes y cocodrilos». No obstante, en las partes más accesibles, donde «el agua es fresca y muy buena para beber; allí nos bañamos todos los días. Los caimanes no nos molestan del todo en nuestras prácticas de natación, pero sí cientos de pequeños peces que vienen a picar las piernas». Eso explica que ahí abundaran las garzas buscadoras de peces.

De los caimanes, insiste en que «son extremadamente raros y no se corre ningún riesgo bañándose ahí. Lo que sí es común son las iguanas, de hasta cuatro o cinco pies de largo, y se dice que son muy sabrosas; he visto cantidades, no son salvajes para nada, y se mantienen sobre todo en los bordes del río». Y, como no podía faltar en este recuento faunístico, menciona al inmenso y bonancible manatí «que da varias centenas de libras de grasa; se le arponea, pero es poco común».

El río y el hombre. El hombre y el río. Indisolubles. Más o menos en armonía, Pictet y unos pocos colonos más coexistían con la naturaleza agreste, en esa especie de paraíso terrenal, donde el bosque tropical muy húmedo alcanza su máximo esplendor.

Sin embargo, en realidad, no siempre todo había sido así de magnificente. De hecho, apenas doce años antes, el silencio inmemorial de esos parajes había sido mancillado por el ominoso silbido de balas y el estruendo de cañones, en medio del sórdido y extraño olor a pólvora, mientras las aguas se enrojecían y los cadáveres flotaban río abajo.

En efecto, todo empezó por la codicia —tan humana—, que se despertó y avivó con el descubrimiento de oro en un río de California.

Fueron unos siete años, durante los cuales un verdadero tropel humano buscaba alcanzar la costa del Pacífico. Desde entonces, el San Juan y sus afluentes no fueron percibidos como ríos, ni sus bosques aledaños como hermosas selvas, sino tan solo como una ineludible ruta acuática y un ambiente inhóspito que había que superar, para llegar cuanto antes al sitio donde se podrían amasar fortunas sin grandes dificultades. Y, claro está, algunos otearon la posibilidad de que —con algún esfuerzo técnico adicional—, el San Juan y el lago de Nicaragua pudieran convertirse en un canal natural, exactamente en la cintura del continente americano. ¡Sueño de sueños para algunos imperios, que se frotaban las manos, en sus turbias aspiraciones políticas y comerciales!

No obstante, los poderosos y ambiciosos esclavistas del sur de EE. UU. vieron mucho más lejos. Un río y un canal no eran suficientes. Mejor, de una sola vez, apoderarse de los territorios de los cinco países centroamericanos —y, ¿por qué no?, de los del Caribe—, para implantar la esclavitud y expandir sus dominios geográficos y políticos.

Fue así cómo, espoleados ideológicamente por la racista doctrina del «destino manifiesto», pronto pactaron con el muy astuto William Walker —abogado, médico y periodista, al igual que líder de tentativas colonialistas en México—, para que dirigiera tan importante aventura. Ellos se encargarían de agenciárselas para financiarle con holgura, y por más de dos años, su onerosa expedición a Centro América.

El río y el hombre. El hombre y el río. Sí, así era antes. Pero esta vez se asomó, amenazante y siniestro, el espectro de la guerra.

Efectivamente, con sus numerosas tropas de mercenarios y apátridas, muy bien armadas y apertrechadas, fueron sangre, muerte y dolor lo que trajo este bandido a nuestras tierras.

Sin embargo, a pesar de su poderío, se les venció en Santa Rosa y Rivas. Y también aquí cerca, en el estero que por entonces había en el río Sardinal, el 10 de abril de 1856, así como en este sitio donde hoy estamos —que era un punto estratégico—, el 22 de diciembre de ese mismo año.

Esta última batalla, ocurrida hace 166 años, fue realmente decisiva durante la Campaña Nacional, pues permitió incautarle a Walker sus vapores poco a poco, para después desalojarlo de sus casi inexpugnables bastiones del Castillo Viejo y el fuerte de San Carlos. Y, aunque desde esa fecha hasta la rendición del jefe filibustero, el 1 de mayo de 1857, transcurrieron cuatro agobiantes meses de combates e incontables adversidades —incluyendo la pérdida de La Trinidad en febrero de 1857—, ya nada sería igual para Walker. El contundente e irreversible golpe estaba dado, y era mortal.

Seriamente perturbada la vida en los ríos San Juan y Sarapiquí durante esos crudos y tétricos meses bélicos, de manera paulatina todo volvería a la normalidad, tanto en sus aguas como en las selvas ribereñas. Pero ahora la patria ya era otra, pues sus corajudos hijos la habían sabido defender donde las circunstancias lo demandaron y, especialmente, en esta esquina del territorio nacional.

Es decir, fue en esta pequeña pero simbólica punta fluvial —en un doloroso parto en que el verdor natural se manchó con sangre—, que la gravemente amenazada Costa Rica renació y resurgió, malherida, pero absolutamente libre y soberana.

  1. Remeros misquitos impulsando una lancha en el río San Juan de entonces. Fuente: The Century Illustrated Monthly Magazine
  2. Desembocadura del Sarapiquí, con dicho río en primer plano y el San Juan al fondo. Foto: Luko Hilje
  3. El entorno de La Trinidad, Costa Rica en 1854. Fuente: Harper’s New Monthly Magazine
  1. Paraje del río San Juan desde donde los vapores filibusteros avanzaron para disparar sobre La Trinidad, Costa Rica. Foto: Luko Hilje
  2. Mapa del sitio de La Trinidad y sus cercanías. Fuente: Instituto Geográfico Nacional (Costa Rica)
  3. La esquina de La Trinidad, vista desde la ribera derecha del río Sarapiquí, Costa Rica. Foto: Luko Hilje

 

Publicado en https://www.meer.com/es/71844-la-trinidad-paraje-simbolico-de-la-patria y compartido con SURCOS por el autor.

Conferencia: «Una travesía personal desde la biología pura hasta la entomología aplicada»

Conferencia por el Dr. Luko Hilje

Se extiende la siguiente invitación de la conferencia: «Una travesía personal desde la biología pura hasta la entomología aplicada».

Impartida por:

El Dr. Luko Hilje, profesor emérito, CATIE. Miembro honorario -Academia Nacional de Ciencias.

  • Fecha: miércoles 24 de agosto, 2022
  • Hora: 3:00 pm (21:00 UTC)

Invitación por Zoom: 

  • ID de reunión: 870 9073 8377
  • Código de acceso: 434762

El evento también será por transmito por Facebook Live en el siguiente link: https://www.facebook.com/Academia-Nacional-de-Ciencias-Costa-Rica-544769138905293 

Los puentes en Angostura, Turrialba

El entomólogo Luko Hilje compartió con SURCOS un artículo reciente de su autoria que invitamos a leer.

Resumen: En Costa Rica, uno de los anhelos de varios gobernantes y en particular de Braulio Carrillo, fue construir un buen camino entre el Valle Central y la costa del Caribe, para favorecer tanto la exportación como la importación de bienes y mercaderías. El camino a Matina, que databa de la época colonial, era inadecuado y, además, obligaba a cruzar el río Reventazón en un paraje inseguro, en las cercanías del actual Siquirres. Por tanto, en el gobierno de Juan Rafael Mora se decidió desechar esa ruta y buscar un mejor sitio para atravesar el río, y fue cuando se localizó Angostura, en Turrialba. En este artículo se documenta de manera detallada, con base en expedientes disponibles en el Archivo Nacional y periódicos existentes en la Biblioteca Nacional, cómo fue que ese punto fue descubierto, así como las iniciativas y las personas que hicieron posible la construcción de los cuatro puentes erigidos ahí a lo largo de 110 años: uno de troncos y calicanto, uno de madera y techado, uno de hierro y el actual puente de acero, levantados durante los gobiernos de Mora (1852), Jesús Jiménez Zamora (1865), Julio Acosta García (1923) y Mario Echandi Jiménez (1962).

Para leer el texto completo puede ingresar en el siguiente enlace:

Angostura-Puentes-Luko Hilje

 

 

Enviado por Luko Hilje.

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Charla “Don Juanito Mora en sus tiempos finales”

Este jueves 19 de abril a las 6 p.m. en la biblioteca pública de Heredia Dr. Marco Tulio Salazar, se estará llevando a cabo la charla “Don Juanito Mora en sus tiempos finales”, impartida por Luko Hilje Quirós, Investigador en temas históricos, miembro del grupo cívico La Tertulia del 56.

Charla Don Juanito Mora en sus tiempos finales

Enviado por Luko Hijle Quirós.

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