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Etiqueta: ministerio ordenado

El riesgo de un clero sin profundidad

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

Se habla muchísimo —y con razón— sobre los peligros del clericalismo. Es decir, sobre esa comprensión deformada del ministerio ordenado donde el sacerdote termina apareciendo como una figura distante, intocable y excesivamente sacralizada. El problema es evidente: el pastor queda separado de la vida concreta de la gente y refugiado en una autoridad más jurídica, ceremonial y simbólica que humana y cristiana.

Sin embargo, quizá hoy estamos ante otro riesgo menos discutido, pero igualmente delicado: “el populismo clerical”.

Conviene entender bien el término. El populismo, en sentido amplio, es una forma de construcción de liderazgo que busca legitimidad a partir de la conexión emocional inmediata con “el pueblo”. Simplifica problemas complejos, privilegia la simpatía y necesita aprobación constante. El líder populista vive de la adhesión emocional, de la visibilidad permanente y del impacto inmediato.

El populismo clerical no consiste simplemente en que un sacerdote sea cercano, amable o incluso popular. La cercanía pertenece al corazón mismo del Evangelio. Cristo compartió la mesa, caminó entre los pobres y habló el lenguaje de la gente. El problema aparece cuando la “simpatía” se convierte en criterio pastoral y cuando la necesidad de aprobación termina desplazando silenciosamente el centro del ministerio.

El sacerdote está llamado a interpretar espiritualmente la realidad, incluso cuando eso incomoda. A veces deberá consolar; otras veces deberá confrontar. A veces será querido; otras veces inevitablemente cuestionado. Pero cuando la aceptación se convierte en necesidad psicológica o estrategia pastoral, el ministerio empieza a deformarse.

Las redes sociales aceleran enormemente este fenómeno. Premian lo inmediato, lo emotivo y lo espectacular, mientras castigan el silencio, la complejidad, el pensamiento largo y la profundidad. En ese ecosistema, el sacerdote puede terminar sintiendo que debe sostener permanentemente la atención del público, casi como cualquier figura mediática contemporánea.

Entonces el ministerio corre el riesgo de convertirse en una marca personal. Y ahí comienza una mutación muy peligrosa: el pastor deja de preguntarse qué necesita espiritualmente el pueblo y empieza, casi sin darse cuenta, a preguntarse qué acciones y contenido genera más interacción y atención.

Por eso aparecen escenas cada vez más frecuentes: sacerdotes cuya presencia pública gira alrededor de cocinar, bailar, producir contenido constantemente simpático o convertir toda actividad pastoral en espectáculo. Incluso algunos obispos parecen sentirse obligados a construir una imagen emocionalmente accesible y mediáticamente rentable.

Conviene aclararlo inmediatamente: el problema no es cocinar un día con la comunidad, hacer humor ocasionalmente o participar en un momento festivo. El problema es la desproporción. Cuando un sacerdote termina siendo más reconocido por sus excentricidades que por su predicación; más por sus reels que por su capacidad de discernimiento espiritual; más por sus coreografías que por su pensamiento pastoral, algo importante se ha desplazado.

Y lo más preocupante es que muchas veces esto ocurre en paralelo con una creciente ausencia de profundidad intelectual y capacidad de lectura de la realidad.

Mientras tanto, quedan relegadas tareas mucho más difíciles y esenciales: la formación seria, el estudio constante, la reflexión teológica madura, la lectura crítica de la realidad social, el acompañamiento espiritual profundo y la capacidad de iluminar culturalmente las crisis humanas de nuestro tiempo.

No deja de ser sintomático que, en una época marcada por enormes tensiones antropológicas, familiares, políticas y culturales, muchos discursos eclesiales parezcan desplazarse hacia contenidos cada vez más ligeros, emocionalmente seguros y cuidadosamente inofensivos.

Además, el populismo surge normalmente cuando las instituciones pierden credibilidad. Y precisamente por eso el populismo clerical aparece con más fuerza allí donde la Iglesia institucional, desde su jerarquía, ha perdido capacidad de orientación, liderazgo intelectual y presencia cultural.

En Costa Rica esto resulta particularmente evidente. Existen conflictos sociales, culturales y humanos que son verdaderas bombas de tiempo y que merecerían una palabra iluminadora y pastoral. Pero muchas veces predominan la autoreferencialidad, el silencio administrativo, la prudencia excesiva, el cálculo institucional o el temor permanente al conflicto.

Esto no es nostalgia por una Iglesia fría, distante o autoritaria. Tampoco es desprecio por los nuevos lenguajes o las herramientas de comunicación contemporáneas. El verdadero desafío es mucho más profundo: cómo preservar la densidad espiritual, intelectual y simbólica del sacerdocio en una cultura que trivializa todo, convierte la realidad en espectáculo y confunde constantemente cercanía con superficialidad.