Algunos se escandalizan porque dispararon contra la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Y claro que es gravísimo. Lo que no es de recibo es que haya quienes descubran ahora la indignación, cuando desde hace mucho tiempo vienen disparando contra lo más sagrado de una sociedad: la vida humana.
Porque antes de las amenazas contra la Basílica de los Ángeles y antes de los disparos que hoy estremecen a Cartago, ya existían otras heridas mucho más profundas: jóvenes asesinados, comunidades tomadas por el miedo, narcotráfico creciendo silenciosamente y una progresiva normalización de la muerte.
Desde hace tiempo he venido señalando algo que me preocupa profundamente: la ausencia de una voz verdaderamente profética en la diócesis de Cartago frente al deterioro social que vive la provincia. Y no hablo de declaraciones ocasionales ni de mensajes genéricos u oraciones por la paz. Hablo de una palabra clara, incómoda y pastoralmente valiente ante una realidad que cambia aceleradamente el rostro de nuestras comunidades.
Cartago ya no puede seguir pensándose como aquella provincia idílica distante de las dinámicas más agresivas del crimen organizado. La violencia ha comenzado a instalarse con signos cada vez más visibles. Y lo más preocupante es que muchas veces pareciera existir una peligrosa costumbre a convivir con ella.
Por eso reducir lo ocurrido en la Basílica únicamente a un “irrespeto religioso” sería quedarse corto. Claro que hay una dimensión simbólica gravísima en amenazar o disparar contra el principal santuario religioso del país. Pero el problema es todavía más profundo: una sociedad que pierde el respeto por la dignidad humana termina perdiendo también el sentido de lo sagrado.
Primero se banaliza la sangre. Luego se banaliza todo lo demás.
Y, ¿Dónde estuvo la voz que interpretara espiritualmente este momento histórico? ¿Dónde estuvo la denuncia clara contra la cultura de muerte que empieza a echar raíces incluso en una provincia profundamente religiosa? ¿Dónde estuvo la palabra capaz de incomodar no solo al criminal, sino también a una sociedad que poco a poco se acostumbra al deterioro moral?
Precisamente por eso este momento exige algo más que indignación. Exige una Iglesia con presencia real en medio de las heridas del pueblo, con la valentía de llamar las cosas por su nombre y con la fuerza profética para denunciar, aunque incomode.
Cartago necesita hoy una Iglesia menos silenciosa frente a la cultura de muerte y más cercana a las comunidades golpeadas por el miedo, la violencia y el abandono. Porque defender lo sagrado no puede limitarse a proteger piedras y paredes; implica, ante todo, defender la dignidad humana allí donde está siendo herida todos los días.
«No podemos acostumbrarnos a las cifras y estadísticas. ¡Es necesario conmovernos y movilizarnos!». Con esta sentencia, la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, en junio de 2025, lanzó un dardo al corazón de una sociedad que empezaba a ver la sangre como parte del paisaje urbano. Ecuador, que hace poco se miraba al espejo como un país de paz, despertó en una pesadilla de sicariato y control territorial. Hoy, esa misma realidad retumba en las fronteras de nuestra Costa Rica.
Como periodista los datos me abruman; como sacerdote, el dolor de las familias me desgarra. No estamos ante una «percepción» de inseguridad. Estamos ante una metamorfosis del alma nacional. Con tasas de homicidios que han roto récords históricos en los últimos tres años, Costa Rica ha dejado de ser el «oasis» centroamericano para convertirse en una bodega logística y un campo de batalla de bandas criminales.
Nuestras iglesias hermanas en el continente ya han recorrido este vía crucis y nos han dejado un mapa de resistencia que no podemos ignorar:
México y la Agenda Nacional de Paz: Tras el asesinato de dos jesuitas en 2022, la Conferencia Episcopal Mexicana comprendió, tras décadas de oraciones silenciosas, que no basta con pedir por la paz. Su reciente Agenda Nacional de Paz es un documento de una rigurosidad sociológica y teológica implacable. Denuncian la «narcocultura» no como un género musical, sino como una religión de la muerte que idolatra el dinero y el poder efímero.
Colombia y los «Artesanos de la Paz»: La Conferencia Episcopal de Colombia ha sido clara: el narcotráfico es el combustible de todas nuestras guerras. Su magisterio social nos enseña que el silencio ante la infiltración del narco en las instituciones es, en la práctica, una forma de complicidad.
Si bien la Conferencia Episcopal de Costa Rica (CECOR) ha emitido comunicados valiosos, como aquel grito de «La sangre de tu hermano grita hacia mí» (2024), el momento actual exige pasar de la exhortación al acompañamiento pastoral en los territorios y la denuncia profética directa.
Las diócesis no pueden ser solo administradoras de sacramentos en medio de una guerra; deben ser santuarios de resistencia civil. La violencia en Costa Rica ha encontrado un terreno fértil no por la falta de fe, sino por la falta de oportunidades en nuestras costas y periferias. Cuando el Estado se retira de Limón, de Puntarenas o de los barrios del sur de San José, el narco entra a llenar el vacío con bonos, con «empleo» de sicariato para jóvenes de 15 años y con una red de asistencia que la Iglesia debe disputar con la caridad y la justicia social. Por mucho, el caso más reciente y menos iluminado desde la justicia social es la Diócesis de Cartago.
Necesitamos una Iglesia que no tema llamar a las cosas por su nombre. Necesitamos que desde el ambón se denuncie la corrupción que permite que nuestras aduanas sean coladeras. Necesitamos que la CECOR lidere un diálogo nacional que no sea diplomático, sino vinculante, donde se exija a los poderes del Estado —ahora bajo una nueva administración— que la seguridad humana sea la prioridad absoluta.
La historia reciente de América Latina nos muestra que, cuando el crimen organizado se siente dueño del territorio, tampoco respeta lo sagrado. Primero caen los jóvenes de los barrios olvidados, luego los líderes comunales, después quienes se atreven a denunciar. La sangre de un sacerdote no vale más que la de cualquier ciudadano.
Ecuador nos lo advirtió: el acostumbrarse es el principio del fin. Costa Rica no puede permitirse el lujo de la indiferencia. Es hora de que el «Pura Vida» recupere su significado sagrado. Iglesia, es hora de decir presente y actuar coherentemente. Por la vida, por la verdad y por el Evangelio que no calla ante la injusticia.
La noticia de una posible bomba en la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles ha sacudido profundamente el corazón de muchos creyentes. No solo por el riesgo material o por el peligro que pudo correr la imagen de la Virgen. Nos conmueve porque sentimos que ha sido tocada una fibra muy íntima de nuestra fe y de nuestra historia como pueblo.
Pero lo ocurrido también nos obliga a mirar más allá de los muros del santuario. Lo que pasó en la Basílica es, de algún modo, un reflejo de lo que está viviendo la provincia de Cartago: una sociedad atravesada por el miedo, por la violencia creciente y por el dolor de muchas familias.
En medio de estas horas recordé una frase de san Óscar Arnulfo Romero. Cuando le propusieron ponerle guardaespaldas por el peligro que corría su vida, respondió: “¿Cómo van a custodiar al pastor si las ovejas están descuidadas?”.
Esa frase hoy resuena con fuerza. Podemos proteger templos, reforzar portones, vigilar imágenes veneradas. Pero la Iglesia no existe solo para custodiar muros sagrados. Existe, sobre todo, para acompañar al pueblo que sufre.
Si algo nos ha recordado este episodio es que la Iglesia en Cartago está llamada a salir todavía más. A estar presente extramuros, allí donde viven las familias golpeadas por la violencia, los jóvenes atrapados por la desesperanza y los hogares donde el miedo se ha vuelto cotidiano.
Porque el verdadero santuario de Dios está en el corazón herido de su pueblo. Y es allí donde la Iglesia debe estar, con más cercanía, con más presencia y con más valentía.
Por mi oficio, como periodista en la Arquidiócesis de San José, no es extraño que colegas me consulten cuando ocurre algún hecho de impacto social en otras diócesis. Hoy, uno de ellos me compartió un reportaje sobre la situación en Los Diques, en Cartago —violencia creciente, homicidios, pobreza extrema— y me hizo una pregunta directa: “¿Qué dice concretamente la Iglesia de Cartago frente a esto?”
Vale decir que el drama de Los Diques no es un hecho aislado; se ha convertido en un símbolo que alimenta una creciente preocupación en Cartago. En lo que va del año, la provincia comienza a despuntar, lamentablemente, por sus índices de violencia y criminalidad.
La pregunta me tomó por sorpresa. No porque la Iglesia no tenga nada que decir —la Iglesia es, quiera o no, un actor social con responsabilidad moral— sino porque tuve que responder con honestidad: “hasta donde yo sé, no se ha dicho nada.”
Ojalá mi percepción sea incompleta. Ojalá exista una palabra que no ha tenido suficiente eco. Pero si no es así, entonces el silencio merece una reflexión profunda.
Cuando el evangelista Mateo relata que Jesús, al ver a la multitud, la contempló “cansada y abatida como ovejas sin pastor” (Mt 9,36), no dice que miró hacia otro lado. No se desentendió. No relativizó el problema. Se conmovió. Y esa conmoción no fue sentimentalismo: fue el inicio de una acción, de una enseñanza, de un compromiso.
Hoy, al mirar realidades como Los Diques, es difícil no pensar en ese pasaje. Comunidades enteras viviendo entre precariedad, miedo y abandono. Niños creciendo bajo el sonido de las balas. Familias atrapadas entre la pobreza estructural y el narcotráfico. ¿No es esta también una multitud cansada y abatida?
La Iglesia no está llamada a dirigir operativos policiales ni a sustituir al Estado. Pero sí está llamada a mirar. A nombrar. A iluminar. A consolar. Y también, cuando sea necesario, a incomodar.
El silencio prolongado puede interpretarse como distancia. Y la distancia, en contextos de dolor, se percibe como ausencia. No se trata de protagonismo mediático ni de convertir la fe en discurso. Se trata de coherencia evangélica.
Si Jesús no miró hacia otro lado ante un pueblo desorientado, la Iglesia tampoco puede hacerlo ante comunidades que viven literalmente entre balas. Donde la vida está herida, la fe no puede ser indiferente.
Tal vez lo primero que se necesita no es una solución técnica —que corresponde a las autoridades competentes— sino una palabra clara que recuerde que la dignidad humana no es negociable y que ninguna zona puede convertirse en territorio resignado al miedo.
Ciertamente, esta situación no es exclusiva de Cartago; lamentablemente, la violencia y la fragilidad social atraviesan hoy buena parte del país. Pero precisamente por eso, en cada diócesis, se vuelve urgente una palabra clara y un gesto comprometido.
La muy noble y leal Cartago, tierra de fe arraigada y abundante en vocaciones, tiene hoy un reto a la altura de su historia. Precisamente porque ha sido referente espiritual para el país, no puede permanecer indiferente ante el dolor que se concentra en sus propias periferias. Tal vez este es un momento clave para pronunciar una palabra clara que nazca de la misma fe que ha sostenido a esta tierra por generaciones. Si Cartago es, como decimos, un pueblo profundamente creyente, entonces también está llamado a ser un pueblo profundamente comprometido con la vida donde más frágil se encuentra.
La Conferencia Episcopal de Costa Rica difundió un nuevo documento dirigido al clero en el marco del proceso electoral 2025-2026. Se trata del Vademécum sobre la prudencia pastoral y la participación política del clero en Costa Rica, elaborado por el presbítero Glenm Gómez Álvarez y presentado oficialmente por el obispo de Limón y presidente de la Conferencia Episcopal, Javier Román Arias. El texto ofrece criterios para fortalecer la labor pastoral sin caer en prácticas que puedan interpretarse como proselitistas, y se convierte en un aporte de la Iglesia Católica para el momento político que vive el país.
La presentación del obispo: acompañar sin confundir lo pastoral con lo político
En la sección inicial, Monseñor Javier Román explica que el documento se entrega al clero como una guía necesaria para ejercer el ministerio en un contexto político “complejo y dinámico”. Señala que no se trata de imponer limitaciones, sino de ofrecer orientaciones que ayuden a formar conciencias, de modo que los fieles actúen desde criterios éticos y orientados al bien común.
El obispo insiste en que la misión del sacerdote es guiar espiritualmente, no apoyar partidos ni candidaturas. El desafío, afirma, consiste en mantener una presencia pública acorde al Evangelio, con voz profética, pero sin militancia partidaria, respetando la legislación vigente y fortaleciendo al mismo tiempo el compromiso ético y ciudadano de la comunidad creyente.
Síntesis del documento de presentación del autor: una reflexión pastoral frente al desafío democrático
En su presentación, el presbítero Glenm Gómez Álvarez explica que el vademécum es una herramienta para comprender las implicaciones pastorales, éticas y legales de la participación clerical en la vida pública, sin confundir los distintos ámbitos.
El autor subraya que la Iglesia tiene un compromiso histórico con la justicia social y recuerda figuras como Monseñor Víctor Manuel Sanabria, cuyo liderazgo influyó en la construcción del Estado Social de Derecho costarricense. Esta tradición —indica— muestra que la Iglesia puede tener presencia pública sin participar en luchas partidarias.
El texto invita al clero a ejercer una presencia “profética, no proselitista; orientadora, no militante; servicial, no impositiva”, y a acompañar a las comunidades con responsabilidad, prudencia y fidelidad evangélica.
Esquema explicativo y resumido del contenido del vademécum
A continuación, se presenta una síntesis de los capítulos y secciones contenidos en la tercera parte del documento:
1. Introducción: contexto constitucional y religioso
Explica el origen del artículo 28 de la Constitución y su intención histórica ligada a un contexto anticlerical del siglo XIX.
Señala que la Costa Rica actual es plural en lo religioso, lo que genera tensiones en la aplicación del artículo, pues el clero católico mantiene restricciones que otros líderes religiosos no tienen.
2. Texto constitucional y su interpretación
El artículo 28 garantiza libertad de expresión, pero prohíbe propaganda política basada en motivos religiosos.
Esta prohibición aplica tanto a clérigos como a seglares.
Se explica cómo actúa el Tribunal Supremo de Elecciones en casos de denuncias.
3. Lectura crítica del artículo 28
Analiza la dificultad de distinguir entre una orientación ética legítima y un acto proselitista.
Aclara que la norma no prohíbe la expresión religiosa, sino su uso político.
4. Favoritismo o asimetría práctica
Reflexiona sobre la desigualdad entre sacerdotes católicos y pastores evangélicos, quienes sí participan abiertamente en política.
Plantea la pregunta sobre si existe verdadera igualdad de condiciones democráticas.
5. Marco canónico y magisterial
Expone los cánones que prohíben al clero ocupar cargos públicos o participar en partidos.
Reafirma que la acción política corresponde principalmente a los laicos.
Enfatiza la misión universal del sacerdote como pastor de todos.
6. Fundamentos bíblicos y teológicos
Presenta la visión profética de la fe y el compromiso social inspirado en Isaías y en el ejemplo de Jesús.
Afirma que la voz de la Iglesia tiene implicaciones sociales, pero no debe confundirse con acción partidista.
7. Doctrina Social de la Iglesia y formación de la conciencia
La política se entiende como forma de caridad social.
La Iglesia defiende una participación laical activa y madura.
El clero debe ayudar a formar conciencias, no a orientar votos.
8. Pautas pastorales en tiempos electorales
Neutralidad respecto a candidatos y partidos.
Promoción del voto informado, oración por la patria y discernimiento ético.
Consultar al obispo antes de pronunciamientos públicos sobre temas sensibles.
9. Orientaciones sobre predicación y formación
La homilía debe basarse en la Palabra de Dios.
Evitar referencias partidarias explícitas o implícitas.
Promover principios éticos generales vinculados al Evangelio.
10. Redes sociales y comunicación
Se pide extremar la prudencia en los “Me gusta”, comentarios o compartidos.
Se recomienda mantener los perfiles institucionales centrados en la misión pastoral.
Cada acción digital se entiende como testimonio público.
11. Casos pastorales frecuentes
Incluye lineamientos ante:
presencia de candidatos en misas,
solicitudes de bendición de sedes políticas,
invitaciones a actos públicos,
intenciones de misa con contenido político,
uso del templo para actividades partidistas.
12. Criterios editoriales en medios eclesiales
Fidelidad a la misión evangelizadora.
No difundir contenido que pueda interpretarse como partidista.
Discernimiento editorial constante.
13. Pauta político-partidaria
Se recomienda no aceptar publicidad política en medios eclesiales.
Cuidar la credibilidad institucional y evitar cualquier forma de instrumentalización.
14. Conclusión
El documento no cierra debates, sino que invita al discernimiento prudente.
La prudencia pastoral se presenta como vía para custodiar la comunión eclesial y servir a la democracia.
La Iglesia espera un marco jurídico más equilibrado en el futuro, que distinga proselitismo de presencia profética.