Presentación del libro ¿Cuál paz para esta guerra? ¿para esta guerra cuál paz? de Piedad Ortega Valencia, Helberth Choachí, Paola Acosta Sierra, Jeritza Merchán Díaz y Jaime Araújo Rentería se realizó con éxito.
Surcos recuerda la presentación del libro ¿Cuál paz para esta guerra? ¿para esta guerra cuál paz? a cargo del Dr. Helberth Choachí y la Dra. Paola Acosta. La actividad se llevó a cabo en el Centro Cultural Gabriel García Márquez, en la Cl. 11 #5 – 60. en Bogotá, Colombia, el pasado sábado 16 de diciembre de 2023. La presentación ofreció un libro, construido a partir de una serie de reflexiones, que exploran el proceso de búsqueda de paz en Colombia desde perspectivas históricas, políticas y artísticas.
Patrocinaron la actividad la Cátedra Abierta Paulo Freire, el Fondo de Cultura Económica y la Editorial Laboratorio Educativo.
Los días 15 de enero de cada año, específicamente el tercer lunes de enero, celebramos el nacimiento del reverendo Martin Luther King Jr., que es aproximadamente la fecha de su nacimiento, 15 de enero 1929. No olvidemos que este pastor-profeta fue vilmente asesinado en Memphis-EEUU, el 4 de abril de 1968.
Recordemos que, las batallas de King, comenzaron contra la segregación racial en autobuses, escuelas e instituciones públicas. Cuando Rosa Parks se negó a cederle su puesto a una persona blanca, como indicaba la ley, en diciembre de 1955, King organizó un boicot al sistema de autobuses de la ciudad de Montgomery que duró más de un año y que terminó en el veredicto de la Corte Suprema de eliminar la separación racial en los buses públicos.
La cúspide mediática de King, vendría el 28 de agosto de 1963, con la marcha hacia Washington, que reunió a más de 250.000 personas frente al Capitolio, donde emitió su más recordado discurso. “I have a Dream”. El año siguiente el movimiento recolectó recompensas aún mayores, con la firma del Acta de los Derechos Civiles por el presidente Johnson y la entrega del Premio Nobel de la Paz a Martin Luther King.
A continuación, vamos a hacer una apretada síntesis de su legado, a partir de varios escritores: Luís G. Collazo, Abelardo Díaz Alfaro, Carmelo Álvarez, Víctor Rey Riquelme, Frei Betto.
Una firme oposición a la discriminación racial y a las prácticas segregacionistas.
Su compromiso con las luchas por los derechos civiles, en contra de la carrera armamentista, el militarismo y la cultura bélica de los EEUU.
Denunció y problematizó el llamado «sueño americano», criticando las contradicciones y deficiencias éticas y morales, de las que tal sueño adolecía y adolece. Para King, ese proyecto nacional, enmarcado en el concepto de progreso de la modernidad, solo favorecía a un sector privilegiado y justificaba una cultura marcada por la violencia y un dualismo sumamente hipócrita.
El camino de la paz debe ir de la mano de dos aspectos fundamentales: la defensa de los derechos humanos y la valoración profunda de la integridad de la creación. Constituye una opción legítimamente ética, para enfrentar la idolatrización de la guerra con el poder moral de la solidaridad y la justicia, como acertadamente afirmaban los profetas, señala King.
Un compromiso de King fue, por la justicia y su lucha existencial, por ser consecuente en la ruta hacia su entrega total por la liberación plena de su pueblo afroamericano.
Los ángulos más proféticos de King son: su visión revolucionaria, resaltando su identificación con los pobres, su oposición a la guerra de Vietnam, y su lucha contra un imperialismo global creciente, que muchas veces ha querido ser domesticado o silenciado, incluso resaltando su postura no violenta, con un pacifismo inofensivo, que nunca fue la postura de este valeroso y militante promotor de la justicia del Reinado de Dios.
Lo que más destaca en el accionar de King, fue su actitud en relación con la desobediencia civil. Esta característica tiene que ver con su ejecución de forma consciente, pública, pacífica y no violenta, manteniendo una actitud de protesta contra la autoridad con el fin de rectificar los errores que esta hubiera cometido, a juicio de quienes protestan.
El objetivo de la desobediencia civil es, “crear una situación de crisis generalizada que abra inevitablemente la puerta a las negociaciones”. Así pudo resumir Martin Luther King su testamento de acción sociopolítica: encarar pacíficamente un contexto en el cual, a pesar de los elementos en contra, la movilización pueda desestabilizar el panorama hasta llegar a un punto de ebullición, pero sin permitirle estallar gracias al liderazgo y a las convicciones compartidas.
En fin, King se comprometió en lo que él mismo denominó “la acción directa” desde su estrategia de la no violencia activa, para combatir la violencia institucional y sistémica contra la población afroamericana, en particular, y todos los sectores empobrecidos y marginados de la ciudad, en general. Su muy conocida y famosa frase, “la injusticia en cualquier parte que se cometa, constituye una amenaza para la Justicia en todas partes” está en el corazón de su motivación.
Para finalizar, uno de los legados mayores de King fue, el camino del discipulado que conduce al martirio. Su testimonio de vida entregada es el mejor legado.
Sin duda alguna, en este encogido resumen, está presente lo que queremos destacar de King, una vinculación estrecha entre su fe y su accionar político, y en el cual no hay ninguna contradicción. Realmente, esta es una de las posiciones teológicas de la Iglesia Metodista Wesleyana Costarricense (IMWC).
En este sentido, es significativo lo que señala la Hermandad Obrera de Acción Católica, de la Diócesis de Alcalá de Henares, España La concepción de la política para un cristiano/a es mucho más que un juego de partidos y de ejercicio del poder. Todo lo que les ocurre a nuestros hermanos/as debe importarnos tanto como si fuera a nosotros/as mismos/as: los que sufren por estar desempleados/as y son expulsados/as de sus casas; los que perecen ahogados/as en una barca en pleno mar; los que viven en una familia rota; los que padecen enfermedades; los que sufren y mueren en las guerras o en la miseria; los que sufren violencia por su propia pareja; los que son rechazados/as por ser diferentes; los que no tienen acceso a la educación o la salud dignas.
Ante todo, esto no podemos mirar para otro lado, y la respuesta que se nos pide es el amor, ejercido en su dimensión de amor político. Esta tiene tres elementos: descubrir qué les pasa a las personas (ojos abiertos a la realidad); entender por qué les pasa (pensar, analizar y orar); actuar en consecuencia (con las personas y por medio de instituciones). Que fue lo que llevó a cabo King, en toda su vida de entrega a los demás, sin importar las consecuencias.
También, lo señala muy bien, la relación entre fe y política, el teólogo y escritor Frei Beto:
La fe y la política tienen, en última instancia, el mismo objetivo de crear una sociedad en la que todos vivamos con iguales derechos y oportunidades y sin contradicciones de clase. Si bien es cierto que las dos se proponen perfeccionar nuestra convivencia social, también pueden servir para dominar, como la fe de los fariseos o la política de los opresores.
La fe es un acto mediante el cual el ser humano se coloca ante el misterio de Dios. La política es la herramienta para la construcción de la sociedad de justicia y libertad. Se guía por algo que no es propio de la fe, como las estrategias de realización del bien común.
La vivencia de la fe es necesariamente política. Se vive la fe en una comunidad políticamente ubicada. Cuando la comunidad religiosa afirma, que solo se ocupa de la religión, no sabe lo que dice o miente para encubrir con la fe sus intereses políticos reales. Toda comunidad religiosa aparentemente apolítica no hace, sino, favorecer la política dominante, aunque sea injusta.
Fe y política son instancias diferentes que se complementan en la práctica de la vida. La fe exige participación en una comunidad religiosa para ser cultivada. La política exige participación en las demandas populares y conocimiento de los problemas sociales para ser consecuente.
Finalmente, la vida de King, es el mejor ejemplo de su participación con su fe y en el escenario político.
En conclusión, Martin L. King, es un referente para nosotros y nosotras hoy, para nuestras iglesias, para cada persona militante en su fe, para las comunidades. Seamos consecuentes con la prédica evangélica de Jesús de Palestina.
Los caminos de la política, no son hoy como pensaban quienes han llegado a gobernar, o lo hacen en la actualidad.
Por Fernando Ayala
Los caminos de la vida No son lo que yo pensaba No son lo que yo creía No son lo que imaginaba
La letra de la canción Los Caminos de la Vida, del compositor y músico colombiano, Omar Geles, se escucha desde el año 1993 en que fue lanzada, en muchos países de América Latina. En el caso de Chile, acompaña muchas de las fiestas de fin de año, especialmente después de la media noche, por su melodía y letra melancólica que contribuye a evocar el tiempo ido, o a los balances personales de vida. Si la aplicamos a la política, describe grandes verdades, tanto para la izquierda como para la derecha. Hoy yacen en la basura los dos proyectos refundacionales de Constitución presentados en los últimos cuatro años a los chilenos, ambos rechazados categóricamente por la ciudadanía, que no aceptó la imposición de modelos de sociedad excluyentes, que no contemplaba las aspiraciones y valores de una parte importante del país.
Lo que hoy día parece obvio para todos, no lo fue para quienes redactaron los proyectos constitucionales, que no quisieron escuchar las voces que advirtieron el carácter maximalista de ambas propuestas. Fueron cuatro años de tiempo perdido, de desgaste y acusaciones recíprocas que provocaron, finalmente, una suerte de fatiga constitucional, donde los partidos políticos y el propio gobierno han dado por cerrado el debate, por lo menos hasta el término del actual gobierno del presidente Gabriel Boric, en marzo de 2026. Los Caminos de la Política, en este caso, no han sido los que soñó él y su generación que asumieron el gobierno en 2022, convencidos de que pondrían fin al modelo ultraliberal impuesto por la dictadura militar chilena, junto con el reemplazo de la vieja guardia de políticos a los cuales denostaron, arrogándose incluso mejores valores morales.
Sin embargo, los viejos políticos hicieron posible una larga transición inconclusa aún, pero que dio estabilidad política y crecimiento económico. Por el lado de la derecha más dura, que escribió la segunda propuesta de Constitución, primaron los conceptos hegemónicos más conservadores en términos económicos y valóricos, hábilmente redactados para hacerlos pasar de manera casi desapercibida a la ciudadanía. Fue el rechazo inmediato de personalidades como la expresidenta Michelle Bachelet, quien, junto a otros políticos, dio la batalla para desenmascarar el proyecto reaccionario apoyado unánimemente por toda la derecha chilena, sin excepción. Los Caminos de la Vida se encargaron rápidamente de mostrar a la novel generación gobernante que la realidad no se cambia «como creían», sino que además de la voluntad se necesita fuerza política. La derecha chilena, acostumbrada a imponer sus ideas, se encontró con que la Constitución que «soñaron», no pasó la prueba de un país que cada vez exige más derechos sociales, mayor respeto e igualdad a las mujeres.
Cada país de la región enfrenta realidades diferentes, pero con problemas comunes como son el narcotráfico que cruza todos los países sudamericanos, la violencia que se ha apoderado de las principales ciudades, la pobreza suburbana y la concentración de la riqueza, que produce sociedades cada vez más desiguales.
Argentina está iniciando una experiencia inédita luego de la alternancia entre peronismo y el gobierno del expresidente Mauricio Macri, sucedido por un peronista que parecía más moderado, Alberto Fernández, y que terminó entregando la banda presidencial a un extremista ultraliberal de derecha, como lo es el actual presidente Javier Milei. Recibe el país con una economía con alrededor de 150% de inflación anual, una pobreza que llega al 40% de la población y un aparato estatal sobrepoblado de funcionarios, que suma un déficit fiscal de alrededor del 1,6% del PIB para el año 2023. ¿Qué podrá hacer Milei, cuyo símbolo en su campaña electoral fue una motosierra? Ha prometido cortar el gasto público a «la casta», reduciendo puestos de trabajo, ministerios, fondos de cultura y aplicando las recetas neoliberales de Chile, introducidas durante la dictadura militar de Pinochet de la cuales quedan varias vigentes. Los Caminos de la Vida ya demostraron que el peronismo no era bueno ni malo, sino que era «incorregible», como decía Jorge Luis Borges. Ahora veremos cómo lo hará Milei para gobernar la cada vez más difícil e ingobernable Argentina.
En el caso de Perú, desde su regreso a la normalidad democrática, en 1980, han pasado por la presidencia 13 jefes de Estado, lo que les da un promedio de 3,3 años de duración, ello debido a diversas causas o crisis institucionales. Desde el año 2000 a la fecha, los diez presidentes que vencieron democráticamente las elecciones, todos han tenido problemas con la justicia por temas relativos a la corrupción, y solo en los últimos cuatro años, Perú ha tenido seis presidentes, con reiteradas crisis con el Congreso.
El exmandatario Fujimori, condenado a 25 años de cárcel por violaciones a los derechos humanos, fue recientemente liberado, pese a los reclamos de organismos internacionales. El popular expresidente Alan García prefirió suicidarse antes que comparecer ante un tribunal; Alejandro Toledo fue extraditado desde Estados Unidos y está en espera de juicio; Pedro Pablo Kuczynski renunció a los dos años de mandato por acusaciones de corrupción y sobornos. El último mandatario electo, Pedro Castillo, quien asumió en 2021, alcanzó a gobernar algo más de un año con un programa muy cercano a la extrema izquierda, donde pretendió cerrar el Congreso, gobernar por decretos hasta llamar a una Asamblea Constituyente. Fue destituido y encarcelado, quedando en el cargo la actual presidenta, Dina Boluarte, primera mujer en la historia en ocupar la primera magistratura. Otra vez Los Caminos de la Vida se encargaron de mostrar a Castillo que las cosas no eran como creía.
Podríamos seguir con lo que ocurre en otros países con plena democracia de la región, como Colombia o Brasil, donde los presidentes están encontrando resistencia a la implementación de reformas profundas en algunos casos. Otros, como en Ecuador, donde se esperaba el regreso de los seguidores del expresidente Rafael Correa, cuya candidata perdió las elecciones. Bolivia, con el exmandatario Evo Morales, en guerra civil con su propio partido, y donde la Corte Suprema rechazó su apelación al «derecho humano» a ser reelegido eternamente. El drama patético de Nicaragua, bajo el cogobierno de Ortega y su mujer, o el régimen semidemocrático de Venezuela, donde el gobierno levanta reivindicaciones territoriales, amenazando la paz en América del Sur, para inflamar el patriotismo como parte de la campaña para una nueva reelección del actual mandatario, Nicolás Maduro, en 2025, quien desde 2013 gobierna al pueblo venezolano.
En definitiva, podemos afirmar que Los Caminos de la Vida, o de la política, no son hoy como pensaban, no son como soñaban ni son como imaginaban, quienes han llegado a gobernar, o lo hacen en la actualidad.
Este 2024 se inicia el proceso de renovación de la dirigencia política con miras, no sólo a la elección de las autoridades locales, sino también de las nacionales en el proceso electoral de febrero de 2026.
Como muchos amigos y contertulios, me veo en la obligación de externar una profunda preocupación por el rumbo que ha tomado la política costarricense y, por consiguiente, el país en general.
Por una parte, tenemos un gobierno débil, incapaz de negociar, promover metas y fraguar soluciones. La prepotencia; la presencia impositiva y predominante del presidente y la falta de liderazgo de quienes lo acompañan impide la construcción de los consensos imprescindibles para enfrentar los desafíos impuestos por la actual situación económica, política y social.
Las acciones destinadas a ocultar esta incapacidad condujeron a algunos funcionarios del Poder Ejecutivo, a promover una narrativa orientada a profundizar la polarización social, utilizando un discurso incendiario -este ha sido el instrumento favorito del presidente y su jefa de fracción legislativa Pilar Cisneros-; atentando incluso contra la institucionalidad costarricense. La estrategia procura hacer creer a grupos de ciudadanos, que la ausencia de logros es el resultado de un “complot político” o de una “conspiración, articulada por sus enemigos”: señalando, entre otros, a los mandos medios, los políticos tradicionales y los jerarcas de la institucionalidad costarricense.
Resulta imperativo, frente a esta estrategia, denunciar ante los costarricenses, que la ausencia de logros a nivel gubernamental; la imposibilidad de inscribir las precandidaturas de sus partidos o los múltiples fracasos que caracterizan el quehacer de los jerarcas gubernamentales, son el resultado de la más profunda incapacidad de negociación con los diversos grupos que conforman el espectro sociopolítico costarricense; de su incompetencia en el manejo de los asuntos públicos y políticos, y del desconocimiento del marco institucional costarricense, construido a través de años de ejercicio democrático. Son ellos, los actores políticos vinculados a Rodrigo Chaves, los únicos responsables de sus fracasos.
Esta situación irrefutable, ha conducido a amigos y conocidos -militantes de algunos partidos políticos tradicionales-, a lanzar campanas al vuelo, señalando que esta situación abrirá una oportunidad para que sus partidos vuelvan a triunfar en los próximos procesos electorales, sobre todo los programados para el año 2026, en que se eligen los diputados y el presidente de la República.
El optimismo expresado, me ha conducido a consultarles: ¿en que sustentan sus expectativas? Responden: en la incapacidad de la propuesta chavista de hacer realidad las transformaciones que prometieron a sus votantes.
Considero que estos amigos y sus partidos – representantes de la política tradicional-, lucen como antiguos faros, con vetustas estructuras carentes de luces, ya que, en mi perspectiva, no ofrecen a los costarricenses alternativas y propuestas, orientadas a atraer el interés político de los electores.
La desafección a lo político y la política; la desazón y la desesperanza que priva en los miles de ciudadanos de nuestro país y la ausencia de credibilidad frente a las manifestaciones y promesas de los políticos tradicionales, son el resultado de la incapacidad de un modelo económico y político de satisfacer las necesidades de amplios sectores sociales. Lamentablemente, en los meses transcurridos de la administración Chaves Robles, esta situación no sólo se ha mantenido, sino que se ha profundizado.
El -hasta ahora- penoso resultado obtenido por el presidente Chaves y sus jerarcas, podría convertirse en un detonante para que se fortalezca y entronice el discurso populista dentro de otros grupos sociales, políticos y económicos, llegando al extremo de hacer realidad otra pesadilla: que en el 2026 se elija un “nuevo mesías” que, recurriendo al uso de mentiras y medias verdades, satisfaga las expectativas políticas cortoplacistas de indignados e insatisfechos; pero que en el mediano y largo plazo, sólo provoque la agudización de la problemática prevaleciente y profundice las brechas económicas y políticas que caracterizan a la Costa Rica de hoy.
Hace unos días, conversando con un amigo economista, me indicaba que desdichadamente a la gente adinerada no le importaba fortalecer el sistema democrático y que, la misma realidad, era válida para los más pobres. Apuntaba que esto se debía a dos factores: para los más afortunados lo que realmente interesa es incrementar su riqueza, independientemente del sistema político de que se trate. Y a los más pobres, lo que preocupa es vivir bien, así sea en un sistema populista o autoritario.
Agregaba que, para fortalecer el sistema democrático, era imprescindible revitalizar la clase media, porque es este sector social –cuya presencia caracterizó el tejido social costarricense y que está en vías de extinción-, la que se beneficia con un sistema democrático, que posibilite la movilidad social, política y económica.
Personalmente considero que los partidos políticos tradicionales siguen sin ofrecer un mensaje innovador, destinado a fortalecer a esos sectores medios y a cautivar otros sectores sociales, de manera que no sólo posibilite el triunfo electoral, sino que también sea el motor que potencie la impostergable renovación de la política y el Estado costarricense.
Adicionalmente, en el juego de “lo político”, el objetivo no es sólo que un partido gane un proceso electoral, sustituyendo a quienes ostentan puestos de poder. En el fondo, de lo que se trata es de que ese partido o ese grupo de actores políticos puedan concebir, planificar y ejecutar las decisiones y las acciones, orientadas a transformar el orden de las cosas existentes, de manera tal que frenen los procesos de generación de pobreza y desigualdad, consumados en los últimos lustros del Siglo 20 y principios del 21.
Por eso es qué, cuando converso con personas vinculadas a partidos políticos y me dicen que están organizándose para ganar las elecciones, de inmediato consulto: ¿y para qué quieren ganar las elecciones?
Paso seguido cuestiono su posición política y les interrogo: en caso de ganar las elecciones ¿podrían explicarme cuál es el modelo de democracia que quieren impulsar?
Y continúo: ¿tienen claro cuál es la concepción del Estado que puede conducirles a alcanzar ese modelo de democracia? Y en ese marco, en relación directamente con el aparato de Estado: ¿cuál va a ser el papel de las instituciones públicas, de manera que puedan concretar ese “modelo de estado”?
¿Cuál es el modelo educativo que debe caracterizar a la sociedad del Siglo 21 o el modelo de las instituciones que promuevan y se preocupen por la salud pública o de la infraestructura para lo que resta de este Siglo?
¿Cuáles las políticas para los niños, los jóvenes o los adultos mayores, en el inicio y el final de su vida?
¿Para qué queremos el poder?, porque ante los peligros del populismo, manifiesto en el espectro político actual, el objetivo debería de ir más allá que obtener un pírrico triunfo electoral: deberíamos de planificar las acciones que permitan profundizar la democracia económica, política y electoral, que exige y requiere la sociedad costarricense.
Mi impresión es que las élites políticas han acometido esta reflexión con poca disciplina y seriedad, sigue siendo una tarea inconclusa y requiere de un esfuerzo intelectual mayor, al que deberíamos dedicar horas de discusión y análisis, para conferir un sentido más profundo a las luchas y los triunfos electorales.
No se trata sólo de ganar una elección y que prevalezca la vacuidad en la propuesta. Es imprescindible e impostergable proporcionar sentido a ese triunfo, un sentido social, político y económico, que abone a la transformación del “modelo de Estado” y a la construcción de una sociedad de oportunidades, tal y como en su momento lo dimensionaron los actores que integraron la Generación de 1948.
Concluye este año 2023 y lamentablemente tengo que externar mi pesimismo: considero que pocos actores políticos están reflexionando seriamente sobre el futuro de Costa Rica y que, lamentablemente, su interés se centra únicamente en el resultado de las elecciones, con el único propósito de ocupar un cargo político, desprovisto de la concepción que nos oriente sobre el camino que tenemos que emprender para fortalecer y profundizar la democracia costarricense.
Día Internacional del Dar o para dar, no solo se trata de recibir también hay que dar y ojalá sin esperar nada a cambio.
En el ambiente político electoral, no debería de tratarse solamente de alcanzar votos y olvidarse del votante.
Esa es la primera de las acciones que debemos tener claras, es la persona lo que debe encaminar nuestra acción electoral.
Esto me trae a la mente una canción muy hermosa que identificaba a un grupo de jóvenes que recorrían varios países llevando mensajes de paz y amor, de solidaridad y de respeto, de alegría y atención a las personas. El grupo se llamaba o se llama, no sé si aún continúa, “VIVA LA GENTE” y la canción del mismo nombre tenía una estrofa que decía: “las cosas son importantes, pero la gente lo es más”.
La gente. Las personas, todos, sin diferencias de ningún tipo, son las importantes y es por ello es que causa molestia e indignación cuando los que han tenido oportunidad de servir no lo hacen, cuando tienen oportunidad de ayudar no lo hacen, cuando pueden resolver situaciones que afectan a comunidades enteras, simplemente no lo hacen porque no tienen la voluntad de hacerlo.
Esa es la diferencia entre quienes tenemos claro qué y para qué es la política, es el arte del servicio, y los que hoy estamos pretendiendo servir más es porque ya sabemos lo que es servir. Los que lo hemos hecho durante muchos años deseamos ahora llegar a lograr un triunfo electoral para verdaderamente servir a la gente que es la importante. Conocer sus problemas y buscarles la solución.
Dios quiera que se nos permita lograrlo, con la ayuda de Él y la de ustedes.
Javier Milei y el dirigente de Vox Santiago Abascal en la feria de la ultraderecha internacional Viva22, realizada en Madrid en octubre de 2022. (foto vía Wikimedia Commons)
Álvaro García Linera
La convulsa y cambiante coyuntura que atravesamos no durará para siempre: en algún momento tenderá a estabilizarse. Si lo hace adoptando rasgos conservadores y autoritarios o progresivos y democráticos, depende de la audacia y la perseverancia con las que las distintas fuerzas políticas y sociales concurran al encuentro con la Historia.
En los últimos años, el mundo entero ha presenciado el fortalecimiento de fuerzas políticas de derecha. Estas organizaciones se han lanzado no solo a combatir toda propuesta progresista o de izquierda que pretenda ampliar la protección estatal de la sociedad, sino también a atacar a las propias organizaciones tradicionales de derecha por no impulsar con energía las leyes del mercado, haber cedido terreno al progresismo cultural y permitido lo que consideran una degradación moral del orden social.
Las derechas autoritarias se asumen como portaestandartes de una «santa cruzada económica» para salvar al mercado y a «la libertad» contra cualquier atisbo de estatismo o colectivismo, y como parte de una regeneración espiritual para reestablecer el propio orden moral del mundo, comenzando por el pater familias en la casa, el patrón en la empresa, la piel blanca en la historia patria y Dios en el control de las almas.
En algunos casos, paradójicamente, mezclan el apego a preceptos neoliberales con la idea de una patria de propietarios, como lo hacen Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil o Abascal en España. En otros casos, enarbolan primitivos recetarios de libre mercado, como Kast en Chile, Milei en Argentina o Meloni en Italia. Consideran que hay un orden natural de la humanidad que emerge únicamente de las reglas del mercado y que cualquier desviación de ello no solo es ineficiente, sino dañina y ofensiva. En conjunto, aborrecen del Estado, proponen reducir los impuestos a los ricos y juran que los derechos colectivos son un robo y que hay que privatizar cualquier bien público.
A continuación, seis hipótesis que pretenden explicar el crecimiento y la configuración de estas derechas autoritarias.
1º) La derecha extrema es autoritaria y no democrática
Aunque todas estas derechas emergentes se presentan a elecciones para ganar adeptos y, en ocasiones, han llegado al gobierno mediante el voto, en realidad no son democráticas. De ser necesario, están dispuestas a emplear la violencia para alcanzar sus metas.
Cuando Trump perdió las elecciones el 2021, por caso, no tuvo reparos de mandar a paramilitares a tomar el Congreso para impedir la proclamación del presidente Biden. De la misma forma, Bolsonaro perdió las elecciones, nunca reconoció su derrota e impulsó a sus seguidores a rezar en las puertas de los cuarteles para que los militares den un golpe de Estado y, luego, tomaran los edificios ministeriales para saquearlos. En Bolivia, Mesa y Camacho convocaron a sus seguidores a quemar ánforas electorales y aplaudieron cuando las tropas militares salieron a asesinar a los pobladores indígenas que respaldaban al gobierno democráticamente electo. Kast y Abascal, por su lado, son grandes defensores de los exdictadores Pinichet y Franco y consideran que su sanguinario accionar fue necesario para «frenar al comunismo». Y no pierden la esperanza de que, a futuro, sean necesarias acciones similares.
Para estas derechas extremas, la democracia no es un principio político innegociable sino un medio provisional y meramente instrumental para lograr sus metas de promover el mercado y las sacrosantas jerarquías racializadas de los vencedores. Pero, a diferencia de antes, cuando creían que la autoridad del mercado era fruto del convencimiento y su superioridad histórica, ahora creen que hay que imponerla… a palos, si es necesario. Creen que la democracia ha premiado a una mayoría incompetente e ignorante y que, por razones de «salud pública», hay que hacerles entrar a la fuerza a las virtudes del individualismo, el mercado y la ley del más fuerte.
La democracia se les aparece como un exceso y los derechos como un exabrupto y un insulto a la igualdad. Por ello no se sonrojan cuando mandan a asaltar parlamentos: están dispuestos a masacres y golpes de Estado, y consideran que las dictaduras salvaron del caos a la sociedad. No son demócratas por convicción, sino por utilidad táctica.
Detrás de su grito en defensa de la «libertad individual» se agazapa la violencia purificadora contra lo público, lo colectivo, lo común, lo asociado. No hay un intento por convencer de sus virtudes sino una furia desatada para imponerse contra el «zurderío», al que consideran una calamidad mental. Y por ello no disimulan la esperanza de su exterminio físico.
2º) La derecha autoritaria crece en tiempo de crisis económica y política
Si bien las derechas autoritarias tienen una larga existencia, lo cierto es que los momentos de crisis económicas y turbulencias políticas constituyen terrenos particularmente fértiles para su crecimiento y su capacidad de disputa en el terreno político.
En momentos de estabilidad y crecimiento económico —más aún si se dan bajo el paraguas del neoliberalismo—, las derechas autoritarias son pequeñas y marginales. Dejan testimonio de que están ahí, como guardianas de la estabilidad, pero no pugnan por convertirse en fuerza dirigente. Claro, hay un orden económico que «funciona», hay reglas que se cumplen y las ganancias empresariales se expanden sin que el malestar social de los menesterosos ponga en entredicho el régimen. Son momentos de hegemonía de derechas, de consensos amplios y tolerancias pasivas de las clases subalternas hacia las clases dominantes. Para las grandes élites propietarias, el mundo funciona civilizadamente y los furibundos llamados al orden no son necesarios para que las jerarquías se respeten. Incluso pueden darse el lujo de cooptar a izquierdistas arrepentidos que ahora suplican un espacio bajo el paraguas de la legitimidad cultural neoliberal.
Pero las cosas cambian cuando la economía se estanca, el crecimiento se reduce, los mercados se retraen, las ganancias se comprimen y los excedentes a redistribuir a cuentagotas se secan. La frustración crece entre las clases plebeyas; el malestar se expande y todos comienzan a buscar salidas a la angustia por medio de opciones diferentes a las prevalecientes. Así, la hegemonía inicia su declive.
Entre las élites dominantes, la confianza en el viejo orden se fragmenta; ellas también discrepan sobre cómo retomar el curso del enriquecimiento y la pasivizacion de la sociedad. Estos son momentos de divergencia entre las élites sobre el mejor rumbo a seguir. Unas pugnan por mantener las cosas como están, otras consideran que hay que ceder parte de los beneficios para aplacar a las clases pobres, en tanto que otras consideran que hay que sentar mano dura y defender el viejo orden con renovadas dosis de autoridad.
Viendo el modo en que los antiguos consensos políticos se disuelven y crece el descontento social contra las instituciones, las derechas autoritarias, hasta entonces una fuerza minoritaria, ahora se consideran llamadas a preservar la «civilización» que comienza a desmoronarse. No buscaran defender al gobierno existente en ese momento —sea de derecha o progresista— sino recuperar un imaginado orden pasado en el que el mercado funcionaba, las jerarquías se respetaban y los pobres no reclamaban. Solo que, para ello, en vez de la seducción abanderan la sanción, el castigo o la venganza hacia quienes consideran como los responsables de este desorden, tanto económico como moral: sindicatos «ambiciosos», migrantes que «arrebatan» empleos, mujeres que «exageran» en sus derechos, indígenas «igualados», comunistas que envenenan almas, etcétera.
Sin comprender que el debilitamiento del proyecto neoliberal es el resultado de sus propios límites, confían en que el disciplinamiento feroz de los díscolos será la llave para que la sociedad pueda retornar al acatamiento de los viejos valores morales. La incertidumbre y la desesperanza son su terreno fértil para su intervención. Desprecian la solidaridad y la acción en común para remontar las adversidades, que les parece una herejía contra los valores del individuo y la propiedad. Las derechas autoritarias fomentan la salvación individual porque consideran que en el mercado los capaces triunfan y los ineficientes pierden, y también porque saben que la frustración individual y en soledad es la mejor garantía para la recepción del mesianismo político del gran pastor que conducirá a su rebaño a la redención.
Estas son derechas autoritarias que buscan canalizar el miedo social a la incertidumbre y la ausencia de futuro hacia el odio, la venganza y el castigo. Añoran la vieja estabilidad del mercado, aborrecen los derechos cristalizados en el Estado; les indigna la igualdad porque consideran que eso destruye las jerarquías sagradas de la empresa, la familia y la servidumbre individual. Son melancólicas de un idílico pasado mercantil en el que los capaces tenían lo suyo y los fracasados el desprecio merecido de la marginalidad. La imposición y la fuerza como método generalizado, aunque las distingue y les aporta seguridad para perseguir sus objetivos, también constituye el síntoma revelador de la fase decante del propio neoliberalismo que propugnan.
3º) Las derechas extremas son la contracara de las centroderechas
Ya dijimos antes que las derechas autoritarias no nacen de la nada. No aparecen de repente. Siempre han estado ahí, acurrucadas bajo el ala de las derechas centristas y moderadas. En tiempos de estabilidad económica son minorías activas que, en sus cenáculos, cual monjes reservados, guardan la sagrada llama del mercado y la autoridad. Pero cuando estallan las crisis abandonan sus monasterios y salen como apóstoles a reclutar adherentes. Y lo hacen, en primer lugar, entre las filas de las derechas moderadas que se hallan desorientadas por el malestar social, la divergencia entre las élites y la devaluación de sus antiguas recetas económicas.
Las derechas fracadas alimentan las derechas extremas. No hay necesidad de reconversión de creencias, sino que se trata simplemente de una transición hacia posturas más firmes. Al fin y al cabo, las derechas moderadas en sus tiempos de gloria también abrazaron el libre mercado, la austeridad fiscal, la reducción de impuestos y el control salarial, como lo demandan ahora las derechas autoritarias. Solo que las primeras comprendían que para que esas políticas sean duraderas había que amortiguar el ajuste con políticas sociales puntuales, garantizar el goteo de la riqueza para alentar el consumo y tolerar algún que otro progresismo cultural.
Pero cuando la economía cruje y los recursos a distribuir se secan, el derechista moderado entiende que perseverar en la misma senda puede generar mayores riesgos a su propiedad. Entonces le resulta natural sintonizar con quienes hablan de cambio, pero en su mismo lenguaje mercantil y propietarista. Entre la centroderecha y la extrema derecha hay, pues, una afinidad electiva que permite simplemente modular los grados de intensidad de sus adhesiones. El paso de la primera postura a la segunda —y viceversa— no requiere de una crisis existencial del militante.
Entre ambas existe un continuo: las separa una frontera difusa que se escora al centro o al extremo dependiendo de la gravedad de la crisis que se atraviesa. Por eso los energúmenos que hablan de «exterminar a los zurdos», que aplauden el libre uso de armas para aniquilar la delincuencia, que consideran lícito vender partes del cuerpo o que celebran que se deje de proteger a los pobres son los mismos vecinos que años atrás escondían su simpatía por las dictaduras o que pensaban en silencio que la ayuda social a los más pobres debería reducirse o ser más selectiva.
Son las mismas personas que votaban al centro, pero ahora tienen miedo, desazón y buscan aferrarse a algo que les devuelva un mínimo de certidumbre. Y lo más cercano e inmediato a sus adhesiones ideológicas de centroderecha es la derecha extrema, que no solo tiene una explicación de por qué las políticas de centro fracasaron, sino que promete una solución inmediata —ilusoria y falaz, pero solución al fin— en medio del caos imperante. Esta es la primera fuente de la que se alimenta la expansión de las extremas derechas. Y es que, al fin y al cabo, detrás del demócrata de derechas se esconde, como una doble personalidad dormida, un enfurecido derechista autoritario.
4º) Las derechas extremas crecen como reacción material y moral a la igualdad
Por lo general, en la historia política de las sociedades del mundo, los progresismos y las izquierdas políticas son fuerzas minoritarias cuando los programas económicos y de legitimación de políticas conservadoras atraviesan una etapa de expansión y apogeo. Son tiempos en que el consenso del mercado, la meritocracia y el emprendedurismo copan el imaginario social. Hay crecimiento económico y gobierna la esperanza de que se podrá mejorar los ingresos familiares si uno se esfuerza más. El horizonte predictivo de la sociedad se mueve en torno al mercado y el riesgo individual, como en los años 90 del siglo XX.
Cuando eso falla, aumenta el desempleo, la riqueza se concentra en muy pocas manos, bajan los salarios y las oportunidades de crecimiento se truncan. Las derechas que gobiernan se aturden ante sus fracasos y, antes de que las extremas derechas puedan reaccionar, es más probable una expansión de las fuerzas progresistas y de izquierda. Los viejos paradigmas de organización económica se desmoronan, especialmente entre las clases populares, en las que la gente se desprende de las anteriores expectativas ancladas en el mercado que, a fin de cuentas, solo les ha traído empobrecimiento y abandono.
Entonces es cuando las personas se hallan en disponibilidad a revocar antiguas creencias y adherirse a otras nuevas. Y si existe en ese momento un progresismo audaz que persiga de manera creíble el fortalecimiento de los bienes comunes del Estado para ampliar los derechos sociales de los necesitados, es previsible que esa apuesta sintonice directamente con la propia memoria histórica de las clases subalternas respecto a los momentos de bienestar conquistados mediante un Estado redistributivo y benefactor. Son los tiempos de las oleadas progresistas, como sucedió a inicios del siglo XXI en el continente latinoamericano.
Es probable que, en la crisis, una parte de las clases populares y medias se incline por proyectos de derecha. Pero también se inclinan hacia el progresismo, permitiéndole eventualmente ganar las elecciones. Ya en el gobierno, si el progresismo toma medidas inmediatas de reforma económica para ampliar los bienes comunes, distribuir la riqueza y proteger a los más débiles, la pobreza comenzará a ser revertida, aumentará el consumo interno y se verá favorecido el crecimiento económico. Cuanto más audaces sean estos cambios en la reasignación de la riqueza, mayor será la movilidad social ascendente de las clases populares.
A la par de la ampliación del consumo de los sectores empobrecidos crecerá el mercado interno y se ensanchará la base de las clases medias de origen popular. Así, de la clásica figura del triángulo achatado, con una gigantesca base de pobres, una clase media escuálida, y un vértice de ricos —imagen típica de las políticas neoliberales—, se pasará a una figura más parecida a un rombo, con un amplio espacio en el centro compuesto por las clases medias, tanto tradicionales como emergentes, y un decreciente sector pobre. Esta es la imagen que muestra el éxito de las políticas de igualdad que caracterizaron a algunos de los gobiernos progresistas en América Latina.
La misión del progresismo y la izquierda es precisamente el aumentar la igualdad, y eso se logra generando riqueza, distribuyéndola mejor y reduciendo las diferencias entre los que más y menos tienen, todo ello por medio de políticas estatales de justicia económica, tributación progresiva y nacionalización de bienes estratégicos.
Pero a la par del crecimiento de las nuevas clases medias de origen popular se produce, inevitablemente, una devaluación del estatus y los privilegios de las clases medias tradicionales, que ven perder la exclusividad de sus colegios privados, de sus locales de distracción, de sus destinos vacacionales o de puestos laborales anteriormente reservados para sus redes familiares. Y si las clases populares favorecidas por las políticas progresistas son además de origen indígena o afrodescendiente, no es solo el estatus y las distinciones de consumo de las clases medias tradicionales lo que se ve afectado, sino también su jerarquía, su capital étnico, que sea por el color de piel, el apellido o la ubicación geográfica, les garantizaban anteriormente el acceso a determinados privilegios.
En todos los casos, la igualdad económica —que, en términos de ingresos monetarios, amplía la clase media— genera devaluaciones clasistas y, con ello, resentimiento de los igualados. Los sectores medios tradicionales afectados no pierden ingresos ni propiedad. De hecho, estos aumentan. Pero, a la par, también aumentan (y a una mayor velocidad, si las cosas se hacen bien) los ingresos de los sectores populares, que gracias a las políticas estatales ahora pueden ahorrar, comprar una pequeña vivienda, mandar al hijo a la universidad, mejorar su consumo, etcétera.
Esta es la igualdad en acción, y aunque inevitablemente provoque aversiones y resistencias (e incluso resentimientos viscerales, en caso de que las diferencias clasistas hayan estado acompañadas de distinciones étnicas), el progresismo no puede permitirse retroceder o cambiar de dirección. Dicha democratización de los ingresos y los consumos no solo desmontará el viejo orden jerárquico de la sociedad, sino también el orden moral del mundo inscrito en el color de la piel.
En tal caso, la igualdad será asumida como un agravio que buscará ser revertido de la manera que sea, mejor violentamente para restablecer las viejas jerarquías étnicas. La extrema derecha racializada será entonces el mejor refugio para segmentos de clases medias que verán con espanto cómo los colores y la estirpe del poder se «ennegrecen». Contener al indio, si es que no se lo puede eliminar, o expulsar al migrante pobre, si es que no se lo puede detener en la frontera, serán los nuevos lenguajes profilácticos con los que las extremas derechas buscarán dar cohesión a sus nuevos seguidores reclutados entre las clases medias tradicionales.
5º) Las derechas extremas crecen por las decepciones de los progresismos
Las derechas extremas crecen en oposición a la efectividad de las políticas de igualdad que pueden impulsar las izquierdas y progresismos gubernamentales. En esos casos, sin embargo, es posible aislar o fragmentar esos impulsos antigualitarios creando continuamente mayorías sociales y políticas con el éxito de la igualdad.
Que no se crea que es el aumento del consumo de los sectores populares emergentes lo que los puede conducir a posiciones de derechas: es la incapacidad que a veces muestra el progresismo y las izquierdas para comprender las nuevas expectativas, aspiraciones y formas organizativas que adquieren estos sectores populares emergentes lo que eventualmente los empuja a abrazar posiciones conservadoras. Pero lo que sí provoca un daño demoledor en la articulación entre progresismo político e importantes sectores populares es la frustración que puede provocar un gobierno progresista al tomar decisiones que no detienen (o incluso incrementan) el deterioro de la economía popular.
La gente apoya a las izquierdas y los progresismos porque ha experimentado en carne propia el maltrato y el empobrecimiento neoliberal. Pero si el progresismo que llega al gobierno prometiendo bienestar y protección no cumple lo que prometió o empeora las condiciones de vida de las clases populares, lo que se produce inicialmente es un colapso cognitivo de las adhesiones y las esperanzas. El estupor se apodera de todo; las creencias se diluyen, el desánimo y la desafección lo inundan todo. Los humildes se sentirán traicionados y, luego, buscarán aferrarse a cualquier solución nueva que les devuelva la certidumbre imaginaria de un porvenir y les permita sancionar a quienes los defraudaron.
El apoyo de los sectores populares a soluciones de derecha autoritaria será la vía para exteriorizar ese enojo colectivo. No es que el pueblo se ha vuelto neoliberal ni que haya abrazado la creencia de que todos pueden ser emprendedores exitosos o que hay que destruir los derechos y los bienes comunes resguardados por el Estado. Lo que pasa es que las clases populares no pueden soportar más la incertidumbre de un porvenir que no aparece y, por ello, tienen que agarrarse de algo que les devuelva un mínimo de creencia en mejores días. Lo que sea, pero diferente a lo que ahora están soportando. Y mejor si es que pueden hacerlo distanciándose de quienes los desilusionaron, rechazando lo que ellos representan: la protección estatal.
Las derechas extremas se alimentan entonces de la pasividad de los progresismos, de su moderación ante los graves problemas, de su falta de compromiso con los sufrimientos más intensos que desgarran el cuerpo popular. No se le puede pedir a la gente que actúe con conciencia cuando la pobreza interminable desgarra los estómagos de sus hijos. Es el progresismo el que tiene que tomar conciencia de esa pobreza y actuar inmediatamente en consecuencia, como supo hacerlo en otras ocasiones.
Si este reflujo social viene además cabalgando una inflación que el progresismo no ha podido contener o ha agravado, la disponibilidad social a políticas de shock y antiestatistas será inevitable. Y es que la inflación disuelve, como aire en las manos, el más importante y estable artefacto colectivo de medición, resguardo y cambio del esfuerzo laboral de las personas: el dinero. Con ello, desvanece cualquier vieja lealtad hacia los gobernantes y hacia el Estado que han permitiendo ese colapso. Si a todo esto sumamos también la cercanía en la memoria popular de un Estado que durante la pandemia encerró a la sociedad más allá de lo económica y físicamente tolerable, entonces no cabe duda de que los sedimentos libertarianistas y antiestatistas, que habitan fragmentos del sentido común, se verán convocados y reforzados.
Pero a estas alturas vale preguntarse por qué esta frustración popular no se canaliza con salidas más de extrema izquierda o revolucionarias. La razón es que la experiencia de lo popular como cuerpo movilizado, como conquista de derechos colectivos y cuotas de poder ha transcurrido al interior de las banderas del progresismo durante décadas. De no mediar un estallido social que formatee la base de la memoria histórica, la evocación de cualquier forma de lo popular y sus conquistas colectivas toma cuerpo en el progresismo, incluso en contra de sus propios deseos.
Esa es la lógica de las profundas y duraderas lealtades populares forjadas en los momentos ígneos de la historia social. Eso es lo que da persistencia al recuerdo de los grandes líderes y grandes conquistas históricas con cuyas banderas una y otra vez los progresismos llaman a cambiar el mundo. Pero a la vez, esa es también la frontera con la que la gente asocia, llegado el caso, el fracaso de la capacidad de transformación progresista y de izquierdas, y la razón por la que decide abrazar salidas derechistas y autoritarias. Cuando el progresismo tiene raíces profundas e históricas en la íntima experiencia popular, el fracaso del progresismo es el fracaso de cualquier izquierda posible.
Recapitulando, tenemos entonces que las extremas derechas crecen al calor de las crisis económicas devorando a las derechas moderadas. Que se endurecen en sectores medios ante el avance de las políticas de igualdad exitosas y que adquieren apoyo popular al momento de la decepción del progresismo moderado. Por donde se vea, son y serán actores de primera línea mientras la crisis general se mantenga.
6º) Las derechas extremas serán derrotadas saliendo de la crisis económica con mayor igualdad material, redistribución de la riqueza y bienestar popular
¿Qué hacer mientras el neoliberalismo paleolítico cobra fuerza y quiere colonizar los ímpetus de cambio y bienestar? No es casualidad que el enemigo público de esta oleada regresiva y represiva a manos de un tipo de neoliberalismo cavernario sean los derechos sociales inscritos en el Estado.
El Estado es el receptáculo de lo común de una sociedad. Bajo la forma de monopolios y burocracias, el Estado es el depositario de una parte de toda la historia común que han producido los pueblos; es la condensación de lo común de sus luchas, lo común de sus victorias y lo común de sus derrotas; sintetiza sus logros colectivos, su épica y sus bienes acumulados a lo largo de décadas y siglos. El Estado es la cristalización de los derechos de las personas conquistados en miles de batallas —incluso contra el mismo Estado— que, para mantenerse en el tiempo y heredarse a las nuevas generaciones, se instituye como ley, como norma, como presupuesto y como institución en el propio Estado.
El Estado no es el derecho ni produce el derecho de los pueblos. Los derechos los conquistan los pueblos mediante huelgas, paros, marchas e insurrecciones. Para consagrarlos y mantenerlos en el tiempo después de las grandes batallas, los propios pueblos buscan que esas luchas queden grabadas e instituidas en el Estado en forma de derechos, como fuerza legal con efecto vinculante. Es cierto que también en el Estado gravitan predominantemente las influencias y la fuerza de los poderosos. Pero para legitimarse necesitan tolerar, aceptar o soportar la historia y las victorias —tanto las pequeñas como las medianas— de los pueblos.
Esa es la dimensión paradojal de los Estados: son estructuras de dominación pero también de inclusión, de agrupación y de defensa de los pueblos. Se trata de una fluida y cambiante tención, que es inherente a su existencia.
Por eso cuando los neoliberales autoritarios se plantean «dinamitar» el Estado, lo que quieren hacer es dinamitar ante todo la historia de luchas y derechos que los pueblos han conquistado con sangre y sacrificios. Lo que pretenden hacer es borrar lo poco (o lo mucho) de derechos comunes que las sociedades han labrado a lo largo de la historia: la educación pública y gratuita, la salud pública, los bienes públicos, los recursos comunes (el agua, el gas, los minerales, el litio) o los servicios públicos, que luego del gran derrumbe inducido, como siempre ha sucedido en cada afrenta liberal, serán subastados ante una jauría de ricos en busca de ampliar su riqueza privada con la riqueza pública.
La sustitución de lo público por lo privado, por el mercado, es la extinción de lo común que tienen los pueblos, de los lazos que los unen como comunidad histórica y de destino. La propiedad privada que se ofrece como el becerro de oro de los egoísmos individuales es lo opuesto a lo común de una sociedad. Es la conversión de una nación en un conglomerado de átomos zombis sometidos despóticamente a la gran propiedad de unos cuantos adinerados. Pues es privada, es decir, propiedad de unos pocos que excluyen, arrebatan y someten a otros muchos. Y cuanto más grande es, más exclusiva y excluyente se torna.
Por eso es que las oligarquías no tienen patria. Nunca la han tenido ni desean tenerla. Porque no tienen nada en común con el resto del pueblo. Es más, lo desprecian y les avergüenza. Pero al mismo tiempo lo necesitan, porque su riqueza privada nace del robo de la riqueza común producida por el resto. Las oligarquías necesitan del pueblo para succionar sus esfuerzos, para expropiar sus bienes comunes.
A eso se refieren cuando hablan de «dinamitar» el Estado. Pero lo paradójico es que su antiestatismo es en realidad un estatismo vergonzante y falaz, pues necesitan al Estado para vaciar y privatizar al mismo Estado en beneficio de unas diminutas oligarquías. Los «antiestatistas» necesitan del Estado, además, para coaccionar e imponerse a la fuerza a los insumisos. El mercado no lo puede hacer. Solo el Estado tiene la fuerza coercitiva legal, es decir común y reconocida por todos, para garantizar y defender el derecho a la gran propiedad y la riqueza de un puñado de personas.
Perder la batalla de los derechos y de lo común de una sociedad frente a la gran propiedad es perder la batalla de lo que convierte a un conglomerado de habitantes de un territorio en una nación. Y la única manera de defender lo logrado en común y en derechos es ampliar lo común y los derechos. Los pueblos no pueden conservar sus derechos sin avanzar hacia otros nuevos. Solo preservar implica retroceder.
Por eso la única manera de derrotar a las extremas derechas, de impedir que crezcan, es resolver la crisis económica y la crisis de esperanzas que las alimenta. Hay que resolver la crisis, pero no en favor de los ricos, sino en beneficio común de los humildes, de los trabajadores. Quitar la riqueza acumulada en pocas manos para distribuirla mejor entre la gente común e impulsar más producción para producir más riqueza a distribuir entre todos. Los paliativos temporales no resuelven el problema e incentivan la angustia.
Así es que el primer problema a abordar desde la sociedad y desde cualquier gobierno progresista, en esta oleada o las que aun vendrán, son mejoras rápidas y visibles en los ingresos económicos de manera duradera y previsible en el tiempo. La inflación corroe la certidumbre diaria de las familias y, con ello, las lealtades y apoyos políticos.
Para contrarrestar aquello no existen en el mundo más que dos vías: o bien se mutilan los ingresos reales de las mayorías o bien se reducen las ganancias de los empresarios. El progresismo y las izquierdas solo son realmente progresistas o de izquierdas si hacen esto último. Control de precios, control del comercio exterior, aumento de los impuestos a las fortunas, eliminación de exenciones de privilegio que estabilicen el valor de la moneda y el salario real de los trabajadores, estatización de empresas estratégicas que generen excedentes elevados.
Hay que dejar de lado el credo liberal, añejo, de ajuste y austeridad fiscal. Las economías más avanzadas tienen un endeudamiento promedio de entre el 100% y el 150% de su PIB y a pesar de ello están implementando planes multimillonarios de empleos, modernización de obras públicas (Estados Unidos), subvención a la energía (Europa) y subsidios a las industrias estratégicas de softwares, energías limpias, inteligencia artificial (Estados Unidos y Europa).
En nuestras latitudes resulta indispensable darle sostenibilidad en el tiempo a las reformas sociales para que no dependan de las fluctuaciones de los precios de las materias primas. Esto significa impulsar procesos de reindustrialización selectivos a gran escala y masivos en pequeña escala, tanto públicos como privados. El continente necesita un shock de industrialización de materias primas, de alimentos, de energías verdes, de química básica, de electrodomésticos, de autos eléctricos, etc. Pero también precisa un shock de industrialismo en los ámbitos micro del consumo local, en la artesanía, en las pequeñas empresas y en los servicios, que es donde se ubica la mayor parte de la población laboriosa.
Lo importante es crear una base productiva duradera y ecológicamente sustentable para redistribuir la riqueza común de la sociedad y ampliar nuevos derechos colectivos. Al hacerlo, simultáneamente, se logrará promover un nuevo horizonte de futuro movilizador y garantizar el apego democrático de la población, con el fin de que la democracia y el protagonismo social estén asociadas a la igualdad y la justicia económica.
Desde hace quince años América Latina y el mundo viven en medio de un vórtice de transición de la economía global a otro modelo, más fragmentado. Se trata de un vórtice caótico y lleno de incertidumbres, plagado de perplejidades y complicaciones, de nuevas oleadas y contraoleadas, tanto progresistas como conservadoras, sin que ninguna de ellas pueda aun estabilizarse. Esta situación puede durar tal vez una década más, años que estarán llenos de victorias cortas y de derrotas también cortas.
Pero este flujo y contraflujo no puede durar indefinidamente. La situación tendrá que estabilizarse. De qué manera se estabilice, si adoptando rasgos conservadores y autoritarios o progresivos y democráticos, depende de lo que hagamos hoy. Depende de la audacia y la perseverancia con las que las distintas fuerzas políticas y clases sociales concurran al encuentro con la Historia. Y, ojalá, en ese enorme torbellino de fuerzas contradictorias las fuerzas de la justicia social, de la igualdad radical y de la comunidad triunfen por sobre las del egoísmo, la gran propiedad y el autoritarismo.
Este artículo es una adaptación de la conferencia brindada por Álvaro García Linera en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina) el 22 de septiembre de 2023.
En el programa de La Mesa Redonda el historiador y politólogo costarricense Vladimir de la Cruz brindó una clara explicación sobre la compleja situación política en Venezuela, Guatemala y Panamá. Durante su intervención destacó las condiciones políticas desafiantes en relación con los procesos y garantías electorales que afectan en diversos aspectos a la población como en control de territorio, pobreza, marginación, y sobre todo a la democracia. Además de la existencia de casos de corrupción en el gobierno, como en el caso del contrato abusivo para la minería de cobre en Panamá.
La participación de Vladimir de la Cruz en el programa proporcionó una perspectiva sobre los desafíos políticos y sociales que enfrentan estos países.
Si no se los sabe examinar con la suficiente agudeza y sentido crítico, los datos o indicadores económicos pueden resultar engañosos, y, al cabo, podría ocultar más de lo que revelan. Así ocurre con ciertas estadísticas fiscales que el ministro de Hacienda, Nogui Acosta, publicita mes a mes.
Resulta que, si excluimos los pagos por intereses de la deuda, tenemos un superávit: los gastos exceden de los ingresos, cosa que no se veía desde hace 15 años ¡Albricias! Al sumar los intereses, reaparece el déficit. Pero, incluso en tal caso, don Nogui nos repetirá la cancioncita: es el déficit fiscal más bajo que se registra desde hace muchos años.
Todo lo cual es cierto, pero eso solo nos cuenta una partecita chiquitita de la verdad.
Tengamos en cuenta, para mejor ubicar el asunto, que nuestra conversación versa sobre una estrategia de políticas frente al problema fiscal que, en su momento, fue liderada por Carlos Alvarado y el PAC, y la cual contó con un amplio apoyo multipartidista en la Asamblea Legislativa (excepto Villata y el FA), incluyendo al PLN, el PUSC y los partidos evangélicos.
Todo lo cual, como ustedes recordarán, se concretó en la Ley 9635, aprobada en diciembre de 2018. Lo cual, tiempo después, se amplió con la Ley del Empleo Público.
La cuestión incluía medidas para incrementar los ingresos y recortar los gastos, contando con la regla fiscal como su arma más poderosa, así como una grosera transformación en los sistemas de contratación y remuneración del personal. En el proceso, y con la complicidad de la Sala Constitucional, se violentaron principios constitucionales de autonomía, a la vez que se imponía un régimen burocrático autoritario y centralizado, que hacía de Hacienda y MIDEPLAN, dos superministerios.
Al cabo de casi 5 años, estamos siendo arrastrados por algunas tendencias sumamente problemáticas:
1) En materia de ingresos, la reforma ya dio lo que podía dar. Tocó techo, pegó con cerca y ello se manifiesta en un marcado declive en el dinamismo de los ingresos recaudados.
2) En materia de gastos, se está ocasionando -tal cual era previsible- un brutal desmantelamiento de la institucionalidad pública, y, en consecuencia, un marcado deterioro de los servicios, con consecuencias sociales y humanas realmente devastadoras.
3) La Ley del Empleo Público, incluso sin haberse implementado a plenitud, ya está dando gravísimos problemas. El director el OIJ lo ilustraba en una entrevista reciente: el OIJ ha venido perdiendo personal altamente calificado, y hoy se le dificulta contratar el personal que necesita, porque esta ley impone salarios que no son competitivos. Este mismo problema sin duda se sufre en todo el sector público, incluida la Caja.
4) La inversión pública está paralizada. Un titular en La Nación de hoy lo ilustra: “Construcción pública atraviesa su periodo de contracción más prolongado en 31 años” (dicen “31 años” porque corresponde al período para el cual hay datos. Posiblemente sea la contracción más prolongada de la historia). Imposible modernizar la economía y levantar su productividad de esa forma. Imposible reactivar así el empleo.
La estrategia de Carlos Alvarado, que es la misma de Rodrigo Chaves, es un fracaso total. Vamos de cabeza al abismo. Es urgente rectificar.
La politiquería es la Política trucada, prostituida, degradada, esto es, manipulada y preparada con toda clase de ardides y trampas; para convertirla en uno de los instrumentos más perversamente eficientes, empleados en la defensa, fortalecimiento y ampliación de los más nefastos intereses de las minoritarias argollas y sus secuaces que, a través de los siglos han explotado a los Pueblos del mundo. Aunque en sus manifestaciones más elementales cualquier persona puede emplearla y, de hecho lo hacen muy frecuentemente con más o menos éxitos, la politiquería se ha ido convirtiendo en una práctica, muy lucrativa por cierto, que requiere para el logro de sus malvados propósitos del concurso de auténticos especialistas, con amplios y profundos conocimientos de la Política, esa Ciencia que hemos calificado de enciclopédica en sus saberes y noble en sus quehaceres, a los que agregan un esmerado perfeccionamiento en las diferentes ramas de las artes teatrales. A esta variada y robusta panoplia agregan, no olvidarlo, toda la protección, apoyo y financiamiento de sus amos, los grandes ricos y poderosos de todos los tiempos.
Así armados, se lanzan omnipotentes por las buenas y las malas a conservar esclavos a los ya menguados y, ante todo a convertir en vasallos totalmente enajenados a las nuevas generaciones, a la niñez y la adolescencia de cada época. Para lograr estos infames propósitos invaden, sin consideración alguna, actividades fundamentales e ineludibles para la convivencia y el progreso humano como la educación -pública y privada-, a la que, robándole su esencia liberadora, la convierten en su antítesis, esto es, en domesticadora, cuya función otrora redentora, la convierten en esclavizadora; a la comunicación social, mediante el manejo de los grandes medios de comunicación, la tergiversan de tal forma que termina siendo una cadena de mentiras tan perfectamente engarzadas que consiguen, por ejemplo, que el Pueblo que somos terminemos odiando a nuestros auténticos amigos y amando a nuestros peores enemigos, defendiendo a muerte, por ejemplo, a la «democracia» costarricense, cuando se sabe que en nuestra Patria nunca hemos tenido democracia sino plutocracia esto es, gobierno de los grades ricos; a la religión la trocan en fuente de todo tipo de temores y complejos que nos convierten, por un lado en los únicos e individuales culpables de todas nuestras desgracias, siendo nuestra única salida la de sufrir, a modo de expiación acá en la tierra, toda clase de vejaciones, explotaciones y humillaciones, con tal de que, como premio, podamos disfrutar, después de nuestra muerte, del reino de Dios y, por otro lado, en mantenedores con nuestros diezmos, de las más criminal casta de vividores, de fuente fundamental de convivencia humana la convierten en mortal opio para el Pueblo. Otro de sus campos de acción predilectos es el jurídico en su doble función de proveedor de paz, mediante la impartición de justicia y de castigo. A la Justicia la convierten en defensora de los explotadores y represora de los explotados. Al sindicalismo, uno de los pocos campos de acción que poseen las y los trabajadores para la defensa y ampliación de sus legítimos derechos, lo penetran y lo convierten en su antítesis, en una teoría y práctica cuyo único fin es neutralizar toda acción realmente válida para el logro de sus justos propósitos originales y, en nido de dirigentes vividores que se ganan su mullida vida aparentando pretender cambiarlo todo, precisamente para que nada cambie.
Sin agotar el campo de acción de por sí casi infinito, de esta plaga politiquera, nos referiremos como último ejemplo, a la familia como institución. Conscientes de que precisamente en los primeros años del ser humano, en él se fijan los conocimientos y mitos más difíciles de borrar luego, la plaga politiquera sistemáticamente acomete por todos sus flancos a la familia, vía medios de comunicación, religión, etc, etc, inculcándole toda clase de prejuicios, de falsas concepciones que la familia fácilmente e, incluso muchas veces con la mejor intención, inyecta en la mente y costumbres de su descendencia.
Uno de los peores resultados de todo este proceso es que el politiquero y su politiquería, hacen que el Pueblo que somos, terminemos odiando a la Política y a quienes noblemente la practican, de manera tal que esta actividad literalmente vital para el auténtico e integral progreso de nuestra especie, se vea como un venenoso terreno y una cueva de ladrones en la que las personas decentes jamás deben siquiera poner sus plantas y mucho menos su esfuerzo. Justamente lo que la plutocracia hegemónica y sus secuaces politiqueros desean pues, de inmediato, pasan a convertirse en los amos y señores del motor político de nuestro país, de la dirección a su antojo de nuestra Patria, eso es lo que hoy sufrimos.
¿Cómo detectar al politiquero y a la politiquería? No es difícil hacerlo pero sí requiere de quien ejecute esta tarea, tarea por cierto que ineludiblemente todas y todos debemos asumir, primero, una mentalidad bien informada, analítica, crítica, creativa y libre; segundo, armados con estos fundamentales instrumentos de observación y estudio, sumergirnos de lleno en nuestra realidad política local, regional, nacional y mundial, teniendo como guía tres premisas a saber, a la o al politiquero solo le interesa en última instancia su bienestar y el de sus amos, Con ese propósito emplean la politiquería como simple instrumento de acción; la o el politiquero propone grandes cambios siendo que realmente emplea a la teoría y la práctica politiquera para que todo siga favoreciendo sus intereses y los de su mafiosa casta; finalmente, la o el politiquero, aunque demagógicamente siempre predican lo contrario, no tienen más valores que los que le dicta su egoísmo en su irrefrenable búsqueda de riquezas. Así, convierten a la Humanidad y a Naturaleza en materia prima para crear riquezas especialmente pecuniarias y, aunque predican democracia, en su cotidiano quehacer practican y defienden la plutocracia y especialmente la cleptocracia, es decir, el gobierno de las y los ladrones. En fin, las y los politiqueros hoy te abrazan y, mañana te dan la puñalada por la espalda. ¿Qué hacer? ¡Política!