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Presentación de libro «Serpiente bajo la cama y otros relatos»

El Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional y Colegio Costa Rica del Sinabi, se complace en invitarle a la presentación del libro Presentación del libro Serpiente bajo la cama y otros relatos de Jeremy Morera Barrios

La actividad se realizará el martes 2 de diciembre a las 2:00 p.m. en la Benemérita Biblioteca Nacional. También se transmitirá por el Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica  https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

El Teatro Nacional cerrará una temporada histórica para la poesía costarricense con el ciclo Miércoles de Literatura, Poesía y Diálogo

  • La primera temporada de estos encuentros literarios culminará el próximo miércoles después de 22 jornadas y 154 poetas que compartieron su obra poética de forma gratuita en este recinto josefino

La temporada poética 2025 del ciclo Miércoles de Literatura, Poesía y Diálogo llega a su punto final el próximo miércoles, un esfuerzo del Ministerio de Cultura y de la plataforma cultural Palabra y Punto. Este cierre, titulado “Rito de la Palabra”, pone fin a un año que amplió el alcance, la diversidad y la presencia de la palabra poética en el país.

El recital de cierre de esta temporada será el miércoles 26 de noviembre a las 6:30 p. m. en el foyer del Teatro Nacional y reunirá a un selecto grupo de poetas nacionales junto al invitado internacional Washington Cucurto (Argentina), en una celebración que marca el final de un ciclo sin precedentes: 22 jornadas y 154 poetas pasando por este espacio de entrada gratuita.

Los poetas participantes de esta última entrega serán Rogelio Ramírez Cartín, Magda Zavala, Víctor Hugo Fernández, Ileana Calero, Wendy Alvarado y Angélica Murillo, quienes compartirán escenario con el reconocido autor argentino. Esta clausura simboliza un punto culminante de un proyecto que ha hecho del Foyer un lugar vibrante para la creación literaria.

“Este proyecto ha sido un esfuerzo colectivo nacido del compromiso con la palabra poética y con la necesidad de abrir espacios dignos y constantes para nuestras voces. Cada jornada, cada poeta y cada lectura fueron posibles gracias a una convicción profunda: la poesía merece habitar los escenarios más importantes del país”, destacó Paola Valverde, productora general del espacio.

La poesía levanta la mano en Costa Rica
El ciclo Miércoles de Literatura, Poesía y Diálogo irrumpió con buenas convocatorias dentro de la escena cultural costarricense. Esta primera temporada no solo por su continuidad mensual y por sus invitados, sino también por la histórica Gala Poética del 128 aniversario del Teatro Nacional, realizada el 15 de octubre en la Sala Principal.

En ese escenario se reunieron cinco Premios Magón —Arabella Salaverry, Manuel Monestel, Julieta Dobles, Ronald Bonilla y Marjorie Ross— en una noche que reafirmó el valor de la poesía dentro del patrimonio cultural costarricense.

La gala incluyó además un homenaje a Eunice Odio, dirigido por María Bonilla, con la participación de Silvia Arce Villalobos, Alice García Muñoz, Katalina Vargas e imágenes de Ana Muñoz, consolidando un gesto institucional que abrió nuevas formas de diálogo literario.

“Este acto representó un reconocimiento profundo a la palabra poética como arte mayor, una apertura histórica del Teatro Nacional a nuevas expresiones y una afirmación pública de que la literatura tiene un lugar legítimo en los escenarios más significativos del país. Para el Movimiento Literario Palabra y Punto, la gala fue el punto más alto de visibilidad del proyecto, que hoy vislumbra nuevas oportunidades de crecimiento hacia el 2026”, agrega Valverde.

Para la gestora cultural, este ciclo reunió voces de múltiples territorios, generaciones y tradiciones literarias. Participaron figuras de amplia trayectoria como Alfonso Chase, Luissiana Naranjo y José María Zonta, así como poetas emergentes de diversas regiones del país.

La presencia de Edgar Atencio, del Territorio Conte Burica, marcó un momento relevante para la representación indígena en la poesía costarricense. A lo largo del año, el proyecto abrió espacio para editoriales independientes en el Día del Libro, realizó mesas dedicadas a la poesía escrita por mujeres en marzo y agosto, y recibió a autores internacionales como Rolando Kattan (Honduras), Alfonso Fajardo (El Salvador), Leticia Luna (México), Marisa Russo (Argentina), Sebastián Ibarra (Chile-Canadá), Zingonia Zingone (Italia) y Michele Clemente (Italia).

El ciclo Miércoles de Literatura, Poesía y Diálogo se realizó en un trabajo conjunto con el director del Teatro Nacional, Guillermo Madriz, quien impulsó la apertura sostenida para la poesía. Al frente del Movimiento Literario Palabra y Punto están Rebeca Bolaños, directora, y Paola Valverde Alier, productora general. El equipo se complementa con María José Villalta como anfitriona y Stephanie Marín como productora ejecutiva, junto al apoyo de Dennis Ávila, Andrés Briceño, Emmanuel Calvo, Tania Álvarez y Guillermo Acuña.

“El cierre de este ciclo no es simplemente la última actividad del año; es la culminación simbólica de un proceso que logró reunir en el Foyer a poetas de distintas edades, estéticas y geografías, abrazando la diversidad literaria sin censuras ni restricciones. Un proyecto que, desde su esencia, ha construido comunidad y ha mantenido viva la energía poética, por lo que les invitamos a acompañarnos en este emotivo cierre que tendremos”, finaliza Valverde.

Información general
Fecha: Miércoles 26 de noviembre de 2025
Hora: 6:30 p.m.
Lugar: Foyer del Teatro Nacional de Costa Rica
Entrada gratuita — Aforo limitado

Contacto: Rebeca Bolaños y Paola Valverde Alier
Correo: rebeca@palabraypunto.com

Actividad literaria “Amor constante, polvo enamorado”

La Fundación Interartes y la Librería Otros Mundos invitan a una actividad literaria que propone un encuentro distinto a las lecturas poéticas tradicionales. No es una vitrina de autoras y autores, sino un espacio de conversación colectiva entre personas lectoras, degustadoras de poesía y sujetos reflexivos convocados a pensar con sensibilidad y profundidad.

Esta edición se inspira en Amor constante, más allá de la muerte, el célebre poema de Francisco de Quevedo, para cerrar el mes de noviembre con un diálogo sobre la partida, el duelo, la memoria, el amor que trasciende y los renacimientos.

La actividad se realizará con la participación de Paúl Benavides, Nidia Marina González y Magda Zavala, poetas, quienes guiarán la lectura y el intercambio con el público.

Detalles de la actividad

  • Título: “Amor constante, polvo enamorado”
    (Por Quevedo y su poema inmortal)
    (Sentipensando con la poesía, al cabo de un noviembre)

  • Fecha: jueves 27 de noviembre de 2025

  • Hora: 6:00 p. m. (hora de Costa Rica)

  • Lugar: Librería Otros Mundos, Heredia
    – Costado norte de la Rectoría de la Universidad Nacional

La invitación está abierta a quienes deseen compartir un espacio de reflexión estética y afectividad en torno a la poesía y su capacidad de acompañar los momentos vitales.

Pearl S. Buck: la escritora de China

Gabe Abrahams

Pearl S. Buck fue una gran escritora que dio a conocer China en Occidente y defendió los derechos de los chinos, los negros y otras minorías. En 1938, ganó el Premio Nobel de Literatura. Esta es su biografía.

Pearl Comfort Sydenstricker, conocida como Pearl S. Buck por adoptar el apellido de su primer marido, nació en Hillsboro, Virginia Occidental, Estados Unidos, el 26 de junio de 1892.

Hija de los norteamericanos Absalom Sydenstricker y Caroline Maude Stulting, dos misioneros cristianos presbiterianos, Buck tuvo varios hermanos, se marchó a temprana edad con su familia a China y creció rodeada de cristianismo presbiteriano por un lado y confucionismo y cultura china por el otro.

Por culpa de la inestabilidad política del país oriental, la joven Buck y su familia tuvieron que cambiar de lugar de residencia varias veces, cosa que provocó que estudiase en diferentes escuelas y con distintos maestros. Aprendió el dialecto local y el chino clásico, es decir la lengua escrita de la antigua China.

Ya en 1911, Buck regresó a Estados Unidos para estudiar psicología en el Randolph-Macon Woman’s College de Lynchburg, Virginia, una universidad privada vinculada a la Iglesia Metodista Unida. Y, allí, cursó sus estudios durante tres años e ingresó en las fraternidades Phi Beta Kappa y Kappa Delta.

Tras concluir su etapa universitaria, Buck optó por ser misionera presbiteriana como sus padres, volviendo a China como tal. Y, en 1917, se casó con el también misionero John Lossing Buck, marchándose a vivir a una humilde aldea de la provincia de Anhui. Lugar en el que la futura escritora conoció una realidad que inspiró algunas de sus novelas posteriores.

Desde 1920 hasta 1933, Pearl S. Buck y su marido se establecieron en el campus de la Universidad de Nankín. Ella enseñó literatura y empezó a escribir con asiduidad y él estuvo al frente del Departamento de Economía Agrícola universitario. En 1920, tuvieron una hija, Carol. Y, pasado un tiempo, adaptaron a otra, Janice.

En 1929, Buck viajó a los Estados Unidos por la salud de su hija Carol y en busca de un editor que publicase sus libros. Y consiguió que Richard J. Walsh le editase su novela Viento del Este, Viento del Oeste (1930), centrada en el choque entre las culturas china y occidental. La novela se convirtió en un éxito.

De regreso a China, Buck se dedicó a escribir durante un año y publicó otra excelente novela: La buena tierra (1931). Una obra que retrata la sociedad rural china del primer tercio del pasado siglo y que, en 1932, obtuvo el premio Pulitzer de Ficción.

Envuelta en sus logros literarios, la escritora viajó una vez más a Estados Unidos e impartió en Nueva York la conferencia ¿Hay razones para el misionero extranjero?, generando una gran polémica. Argumentó que los chinos no necesitaban misioneros y exigió respeto hacia su cultura y religión. La conferencia provocó la ruptura de Buck con la iglesia presbiteriana.

En 1935, Pearl S. Buck se casó con su editor Richard J. Walsh, tras divorciarse de su primer marido, y adoptó varios hijos. Transcurridos tres años, la escritora tocó techo al ganar el Premio Nobel de Literatura. Se le concedió “por sus descripciones ricas y verdaderamente épicas de la vida campesina en China y por sus obras maestras biográficas”. Fue la primera mujer norteamericana en conseguirlo.

En 1942, Buck publicó otro libro destacado, La estirpe del dragón, y fundó la Asociación East and West, dedicada al entendimiento entre Oriente y Occidente. Años después, en 1949, también fundó la Welcome House, centrada en la adopción de asiáticos y mestizos.

En mayo de 1942, en la Universidad Howard de Washington D. C., una universidad históricamente afroamericana, Buck dio un discurso contra el racismo de gran calado. Les dijo a los estudiantes que la segregación racial de los negros tenía que terminar y la comparó con el fascismo. “No somos mejores que los fascistas si luchamos por la libertad de un grupo y no de otro, por el beneficio de una raza y no de otra, por el engrandecimiento de una parte y no por el mejoramiento del conjunto”, proclamó la escritora.

Por esas actividades a favor de chinos y negros, Buck fue investigada por el FBI y señalada como comunista en Estados Unidos, siendo paradójicamente acusada de imperialista a posteriori por la China maoísta.

En la década de 1950, Pearl S. Buck trabajó en la Universidad Howard, prosiguió su recorrido literario y se mantuvo firme en sus convicciones a favor de los derechos humanos. En 1960, se quedó viuda. Y, en 1964, fundó la Pearl S. Buck Foundation para brindar ayuda humanitaria a nivel internacional.

En sus últimos años, Pearl S. Buck todavía tuvo tiempo de escribir obras de interés como China como la he visto (1970), en la cual reflejó sus vivencias en el país que había sido clave en su trayectoria.

Pearl S. Buck falleció finalmente de cáncer de pulmón el 6 de marzo de 1973, a los 80 años, en Danby, Vermont. Por expreso deseo suyo, llevó puesto un vestido qipao de origen manchú en su funeral y su tumba se ubicó en su residencia de Pensilvania en dirección a Oriente. En ella, se inscribió su nombre chino, Sai Zhenzhu.

A partir de los años noventa del siglo pasado, China y Estados Unidos realizaron intercambios culturales centrados en la obra de Pearl S. Buck, con el objetivo de preservar su legado. Y, además, la antigua residencia de la escritora en el campus de la Universidad de Nankín fue trasformada en la Casa Conmemorativa Sai Zhenzhu, con una estatua dedicada a ella.

Pearl S. Buck ayudó a que China y su cultura fuesen ampliamente conocidas en Occidente. Y el país asiático respondió, al final, como cabía esperar, preservando su memoria.

A día de hoy, en pleno siglo XXI, el interés por Buck no ha disminuido y sus obras son leídas por millones de personas de todo el mundo. La escritora tiene tantos reconocimientos como tuvo a lo largo de su vida. En un reportaje de septiembre de 2012, la revista del Instituto Confucio afirmó que, según algunos expertos, “Pearl S. Buck es la escritora occidental más influyente que ha escrito sobre China después de Marco Polo allá por el siglo XIII”.

Pearl S. Buck fue una gran escritora que dio a conocer China en Occidente y defendió durante toda su vida los derechos de las minorías. El presente artículo ha recuperado su extraordinaria figura y le ha rendido un homenaje. Un pequeño homenaje, discreto, entre los muchos que recibe la escritora habitualmente. Eterna Buck.

Actividades sobre «Antonio Jaén Morente y el exilio español republicano en Costa Rica»

La Embajada de España en Costa Rica, la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica y el Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional de SINABI, se complacen en invitarle a las actividades en la Benemérita Biblioteca Nacional

Lunes 17 de noviembre, 4:00 p.m.

Conferencia Antonio Jaén Morente y el exilio español republicano en Costa Rica

Por el historiador Manuel Toribio.

Miércoles 19 de noviembre, 10:00 a.m.

Conversatorio Antonio Jaén Morente y el exilio español republicano en Costa Rica

Participan los historiadores Manuel Toribio, Guiselle Marín y Miguel Guzmán

Las actividades también se transmitirán por el Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/

Conferencia «La Guerra Filibustera y la identidad nacional costarricense»

La Academia Morista Costarricense y el Ministerio de Cultura y Juventud, mediante la Benemérita Biblioteca Nacional del Sinabi, se complacen en invitarle a la conferencia La Guerra Filibustera y la identidad nacional costarricense por el Dr. Marco Cabrera Geserick.

La conferencia será virtual el viernes 21 de noviembre a las 4:00 p.m. y se transmitirá por los Facebook Biblioteca Nacional Costa Rica https://www.facebook.com/bibliotecanacional.mcj.cr/ y Facebook Academia Morista Costarricense https://academiarorista.org/

Sor Juana Inés de la Cruz: Una Mujer Prodigio

Por Julio Enrique Ávila

Era genial, era bella y era apasionada. Demasiado esencia para un frágil envase. De allí que su alma fue como un brasero, que la inquietud mantuvo permanentemente encendido.

La vida de Juana de Azbaje y Ramírez fue como un romance suave, arrullador, acompañado de música con sordina; pero en el que se guarda un suplicio tantálico, el suplicio de una sed incalmable; mas tan interior, tan recóndita, que sólo lo supieron las fuentes y los manantiales. Vamos a relatar una historia que nos deja el asombro de un cuento, con todo el sabor de la fruta del trópico y el aroma de su flor. Dije el asombro de un cuento como pude decir de una leyenda, pero a la leyenda le gusta vestirse con el ropaje de la realidad y sólo los ojos agudos descubren, bajo su túnica, el aletazo del ensueño que la impulsa; y el cuento es todo asombro, como la vida que hoy vamos a contar.

El gran poeta y escritor salvadoreño Julio Enrique Ávila

Me refiero a Juana Inés de Asbaje, mundialmente conocida por Sor Juana Inés de la Cruz. Niña prodigio y mujer prodigio. ¿Qué querube plantó en los pensiles de la tierra ese rosal celeste? A poco de nacer, ya fue toda deslumbramiento, toda esencia de milagro. No fue nunca promesa, fue una anticipada realidad, una redoma colmada de maravillas. ¿Quién fue su maestro? ¿Quién le enseñó tanta ciencia, tanto conocimiento del mundo, si sabía más que los más sabios en su derredor? Ella misma y sólo ella misma. Esa fue su sed, su suplicio y su gloria: el ansia de saber. Y pobres fueron los manantiales para sus labios; y apenas gotas de cristal dispersas los riachuelos, para su sed.

Sor Juana es un caso psicológico notable, capaz de absorber por sí misma una extraordinaria cultura. Fue la mujer sabia, el fenómeno de su época, la décima musa del siglo; pero a la vez la ternura sincera y sentida, en la que brotaba como un humo hacia el cielo, la voz honda y exquisita del amor.

Ávila, en su primera publicación sobre Sor Juana Inés de la Cruz

Pero con estar tan alabada de todos, ni la adulación ni los éxitos ensombrecieron su gesto afable como un arrullo; los conocimientos la tornaron más comprensiva para las miserias humanas, más paciente para sus defectos. La pedantería no penetró jamás su epidermis de mujer fina, nacida para encantar. Para sus hermanas de claustro fue siempre el pañuelo que enjuga las lágrimas, el mohín que hace alegre la tristeza. Cuando pasaba por los sombríos corredores se sentía un murmullo de sonrisas, el revolar de su toca parecía ir dando los “buenos días” con sus alas blancas, y en sus manos milagrosas, que aquietaban los enojos y las penas, el alma parecía derramársele por la punta de los dedos….

Nació el 12 de noviembre de 1651, en una plácida alquería, con cactos y nopales, dormida en la falda de los volcanes. San Miguel de Neplanta, en la altiplanicie mejicana, a los pies del Popocatepetl y el Iztacihuatl, que mantienen, según la leyenda, un amor trágico que no ha podido apagar la nieve. La niña prodigio se llenó de luz de altura, y así como la nieve se vuelve luminosa al recibir el sol, ella se volvió luminosa. Y sin embargo era una florecilla, una florecilla montañera, pura y fuerte, para aromar entre las rocas. A los tres años, sabía leer y escribir, y era tanta su pasión por el estudio, que rogó a su madre le permitiese asistir a la escuela, vestida de varón. Sus padres, inquietos por no disponer de medios para colmar las ansias de la niña, la mandaron junto al abuelo, quien poseía una inmensa y rica biblioteca, golosina inagotable para el paladar de la flor montañesa. Por sus manos ávidas, pasaron volumen tras volumen; y en la penumbra hechizada de los anaqueles, más de una vez fulguraron juntos los cabellos dorados de la nieta y los mechones blancos del abuelo, no para ver pasar el desfile de fanfarria guerrera, como en el poema de Darío, sino hundidos en el misterio, en la búsqueda de la verdad eterna. Le bastan veinte lecciones de latín para conocer la lengua, que, con su dedicación, domina al poco tiempo con maestría. Y así como en un juego, sin darse cuenta, fue adquiriendo lo que la ciencia humana había acumulado, con un ansia jamás saciada.

Mas el ánfora de su cuerpo se fue llenando de gracia, de la rama en flor surgió el fruto apetecido; y una buena mañana se dio cuenta que era bella y que todas las miradas se quedaban prendidas en su rostro de durazno. Tenía trece años, y una de tantas noches, por el balcón abierto se entró de puntillas el ensueño, y la acarició en la luz temblorosa de la primera estrella. Ya la ciencia no fue la única hermana de su espíritu, vino la ilusión y la hizo desbordarse en rimas. Sensible, exquisita, culta, llena de gracia y de luz, su fama llegó a oídos del Virrey, quién la pidió para dama de compañía de su esposa. Y, cuando todavía estaba en la edad de la sonrisa limpia y cascabelera, penetró en la Corte, donde supo deslumbrar. Según su propia expresión, en el palacio de la Virreina, “fue desgraciada por discreta y perseguida por hermosa”. Cuando aún no tenía los diecisiete años, sufrió un examen público de todas las facultades, ante cuarenta profesores de la Universidad, teólogos, filósofos, humanistas, y a todos llenó de asombro. Según palabras del Virrey: “se defendía como una galera real en medio de un tropel de chalupas”. En la Corte fulgurante, los artistas la elogiaban y los galanes la cortejaban.

Pero, entre el boato y la frivolidad, ella guardaba en un hueco de su alma, allí donde no penetraban las miradas indiscretas, su ilusión. De allí acaso le llegaron los desengaños.

Sor Juana era inquieta y apasionada, al fin hija de marino. Su padre Juan de Azbaje y Vargas Machuca, después de recorrer mares y sufrir tempestades, arrojó el ancla en tierras de México, donde contrajo matrimonio con una linda criolla, Isabel Ramírez de Santillana. Juana Inés, adoptó en vez del apellido paterno, el de su madre, Ramírez, por creer que así se mostraba más mexicana. Tenía una dignidad que le prestaba singular energía, junto a un temperamento suave y amoroso que la tornaba indefensa. No se sabe a ciencia cierta a qué motivo obedeció que esta niña mimada, rica de dones, deslumbrante como una joya, se retirara a un convento cuando apenas se abría a la vida, cuando aún era un capullo; a los diecisiete años fue a dar su aroma a los altares, donde sería una flor suprema en la corona de la Virgen. Si era tan vehemente, tan tierna, pero al mismo tiempo tan fiera de su dignidad, ¿no sería una decepción de amor? Acaso escudriñando en sus versos, esos versos suyos que se sienten tan sinceros, encontremos la clave.

Uno de los poemas más famosos, aunque no de los mejores, que comienza: “Hombres necios que acusáis…” en lugar de ser una defensa de la mujer, pudiera ser una defensa de ella misma; y al juzgar a los hombres, pudiera estarse rebelando contra un sólo hombre. En ninguna otra de sus poesías se encuentra ese ardor tan enconado, ese rencor rayano en el odio y el desprecio, al que sacrifica, por momentos, hasta la gracia y el sentido estético. Leamos algunas estrofas, que acaso nos ayuden a descorrer el velo y óyelo:

“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
¿Pues para que os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis”

Se siente en ellas, más que un motivo de justicia rebelde, una herida sangrante, un ideal destrozado, un ídolo que cae hecho pedazos. Más adelante veremos cómo los celos la torturaban hasta el paroxismo; y cómo la ausencia la tornaba lánguida y abatida. Indudablemente su alma se quemaba en un oculto brasero, y comprendió que el amor humano no la merecía.

A los ocho años compuso su primera loa, con ocasión de una fiesta religiosa en el vecino pueblo de Amecameca. La yema todavía cerrada empezó a darse en perfume. Con interrupciones y variando los temas de sus versos con las inquietudes que fueron agitando su alma de nardo, pequeña todavía pero ya cargada de aromas, fue forjando una personalidad propia, exclusivamente original para el medio en que vivía y que no sólo llegó a causar asombro sino preocupación.

Al leer sus poesías, se adivina que en realidad fue de singular belleza, no porque ella lo diga ni siquiera lo deje pensar, sino porque se siente la admiración que despertaba. No cabe duda que ella amó y que fue amada. Sus versos de amor profano, que son de los más suaves y delicados que hayan salido jamás de pluma de mujer, nos lo dicen con pasión tan sincera y desbordante de emoción lírica, que no dejan lugar a dudas. Escuchemos algunas de estas estrofas, estremecidas, inquietas, hasta torturadas, cauce estrecho para una tan inmensa corriente de ternura

“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y tus acciones veía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.
Y amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía;
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos”.

Ella, la cortejada, la consentida, la que alumbraba y atraía, abrió su corazón a quien no supo apreciarlo; y como no era mujer para cosas pequeñas menos habría de serlo para un amor pequeño y pasajero. Parece que sufrió de incomprensión, de liviandad, y el desengaño y los celos del novio la pusieron en trance de desesperación. Oigámosla:

“Mas ¿cuándo, ¡ay gloria mía!
mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el día
que pongas dulce fin a tanta pena?
¿Cúando veré tus ojos, dulce encanto,
y de los míos quitarás el llanto?
¿Cuándo tu luz hermosa
revestirá de gloria de mis sentidos?
¿Y cuándo yo dichosa
mis suspiros daré por bien perdidos
teniendo en poco el precio de mi llanto?
¡Qué tanto ha de penar quien goza tanto! …”

No querría terminar estos cantos apasionados, tan vehementes, que en mi concepto ayudan a explicar su retiro conventual, sin leeros este otro, uno de los más bellos sonetos de amor, en el que se siente latir una ternura ya en brazos de la desesperanza, que lucha por conservar la sonrisa cuando se están derramando ya las lágrimas. Dice así:

“Detente, sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejes burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía”.

Una vez en el silencio conventual, si bien cerró los ojos a la pompa sensual y palaciega, no pudo encadenar su mente, que siguió ávida penetrando arcanos y descubriendo infinitos. Su celda llegó a ser un museo, una biblioteca, una sala de música; y en ella se debatía su espíritu prisionero, como un pájaro que anhela devorar las distancias y se tropieza con los hierros de una jaula. Su inquietud de saber continuó en aumento cada día, hasta merecer la reprensión de una prelada “muy santa y muy cándida”, que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y le mandó que no estudiase más. “Yo le obedecí, nos dice Sor Juana Inés, en cuanto a no tomar un libro; que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae bajo mi potestad, no lo pude hacer; porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios creó, sirviéndome ellas de letras, y de libros toda esta máquina universal”. Como vemos, Sor Juana fue una naturaleza privilegiada. “Y lo que más interesa en sus obras, dice don Marcelino Menéndez y Pelayo, es el rarísimo fenómeno psicológico que ofrece la persona de su autora. Abundan en nuestra literatura los ejemplos de monjas escritoras, y no sólo de asuntos místicos, sino de otros seculares y profanos; pero el ejemplo de curiosidad científica, universal y avasalladora que desde sus primeros años dominó a Sor Juana y la hizo atropellar y vencer hasta el fin de sus días cuantos obstáculos le puso delante la preocupación o la costumbre, sin que fueran parte a entibiarla ni ajenas reprensiones ni escrúpulos propios, ni fervores ascéticos, ni disciplinas y cilicios después que entró en religión, ni el tumulto y pompa de la vida mundana que llevó en su juventud, es algo tan nuevo, tan anormal y único, que a no tener sus confesiones, parecería desmedida hipérbole de sus panegiristas”.

Sor Juana, como Fray Luis de León, Góngora o Quevedo, también gustó de relacionar la brevedad de la vida humana con la fugitiva esplendidez de la flor. Cuando el poeta se aísla en sí mismo y penetra en la verdad que podríamos llamar absoluta, entonces comprende, con alegría o amargura, que el tiempo es poco para la obra y que hay que desprenderse de las vanas pompas que engalanan el cuerpo y desvirtúan la vida, para que pueda fulgurar límpido el diamante del espíritu. Ya nos dijo Quevedo: “solamente lo fugitivo permanece y dura”. Pero Sor Juana le da a su expresión el más puro sentido femenino, la coquetería innata, el temor ante la pérdida de algo que es infinitamente más fugaz que la vida: la frescura de la belleza; y anhela una muerte juvenil, no por ansias místicas como Santa Teresa, sino por la zozobra de la vejez, por el temor de la primera arruga, por el brillo que se apaga en los ojos. Y así su canto es el clamor de angustia de una mujer ansiosa de saberse amada y admirada por sus propios encantos físicos. Escuchemos su voz, que esta vez aconseja, llena de juguetona filosofía, engreída de su propio valer:

“Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada en la hermosura;
amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
Cuán altiva es tu pompa, presumida:
soberbia, el riesgo de morir desdeñas;
y luego, desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas!
¡Con que, con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!”

Este estupendo soneto, se comprende mejor, se completa en su pensamiento un poco culterano, al leer las siguientes estrofas:

“Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;
y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.
Y aunque llega la muerte presurosa
Y tu fragante vida se te aleja
no sientas el morir tan bella y moza;
mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja”.

No podemos encontrar más completa lección de mundanología, ni nada más alejado del arrebato místico de San Teresa: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero por que no muero”.

Julio Enrique Ávila

Considerando esa naturaleza desbordante en lo intelectual y en lo material; con una alma múltiple, atenta y gozosa en lo mundano tanto como en la especulación científica, en los halagos de la belleza como en las más puras abstracciones del espíritu; una naturaleza inquieta y vehemente en toda forma, que necesitaban anchos espacios para su vuelo, ¿cómo pudo acomodarse a la estrechez de una celda? ¿Qué derrumbamiento moral la llevó a aislarse del mundo, para encontrar a Dios? No pudo ser más que el amor. Si el amor humano no le colmó sus ansias, ella buscó un amor más seguro y perfecto, más lejano pero más prometedor para un alma de su temple y para una dignidad diamantina como la suya. Pero aún ya en la vida religiosa, cuando sus versos se elevan al cielo, como el humo del sacrificio recibido con beneplácito por Dios, entre la transparente sinceridad y el gozo del ideal triunfante, se lamenta de no poder arrancarse la apetencia de ser amada, cundo dice:

“Tan precisa es la apetencia
que a ser amado tenemos,
que aún sabiendo que no sirve
nunca dejarla sabemos.
Si es delito, ya lo digo
si es culpa, ya la confieso;
más no puedo arrepentirme
por más que hacerlo pretendo”.

Y tampoco se arranca la espina del recuerdo, aunque la anhele con frenesí, para ser más de Dios, para darse más completa a ese amor que no es ciego y que es lícito; oigamos este lamento que viene de muy atrás y que la sigue como una cruz:

“Yo me acuerdo (ah, nunca fuera),
que he querido en otro tiempo
lo que pasó de locura
y lo que excedió de extremo.
¡Oh humana flaqueza nuestra,
adonde el más puro afecto
aún no sabe desnudarse
del natural sentimiento!”

Mas si por el amor renunció a toda esperanza terrenal, aún le quedó la hermana menor de la ilusión, le quedó a su lado la loca de la casa: la fantasía. No pudo asilarse del mundo intelectual aunque lo hiciera del mundo afectivo. A su celda llegaban los elogios del mundo, mariposas de colores que aleteaban alrededor de ella, y que al quemarse en la llama le avivan su hoguera. Llegó a sentir que el claustro le cerraba los horizontes para el vuelo; y se acusaba, pronto, de no poder atender las cosas de Dios. Entonces le entraban rachas de arrepentimiento, castigaba sus carnes con extremo rigor, al punto que tenían que irle a la mano para que las penitencias excesivas no la extenuaran. Dice su confesor: “Juana Inés no corría en la virtud sino volaba”. Mas luego una carta literaria le llenaba de secreto gozo, un homenaje, una lisonja a su arte, exaltaban en forma desbordante su alegría. Y para que su tortura fuera mayor, junto a su ciencia aumentaba su belleza, cada vez más radiante, más acendrada de mieles. Así fue como para unos llegó a ser un fénix y para otros un escándalo. Mitad lisonjeada, mitad divertida, ella amonesta a sus admiradores, y en romance que no terminó, les dice: “Yo soy una mujer ignorante, de estudios desordenados, ¿es que acaso los condimentos de mi tierra han vertido un perfume mágico en mis versos?”. Esta glorificación era para ella perturbadora y a la par avergonzante, porque seguramente iba dirigido a una imagen ideal en la cual la habían convertido los intelectuales europeos.

Con todo, la idea de su gloria literaria era un cosquilleo siempre renovado, en parte inquietante para su espíritu, pero la llenaba de íntima satisfacción. Su imaginación no le permitía transitar por los caminos de todos, menos por los corredores sombríos de un convento, se desviaba para llegar más lejos y más alto. De allí que su pensamiento pudo llegar a ser peligroso para su fe. El Padre Antonio, que tenía temores respecto a la salvación de su alma, parece haber dicho: “Dios no podía haber enviado un azote más grande al país que dejar a Sor Juana en los círculos mundanos”. Sin embargo, cuando ella ya había vivido y servido largos años en el claustro, sin poder renunciar a las ciencias y a las artes, le retiró su auxilio espiritual, dejándola sufrir dos años bajo la presión de su silencio desaprobador. Mas, en justicia no había en ella vanidad. El estudio y la poesía la absorbían de lleno, se apoderaban de ella y la conducían dócilmente de la mano, como en una alucinación; luego el aplauso unánime le ponía frente a un misterio: el misterio de su propio talento.

Así vivió largo años esta maravillosa mujer, hecha de amor y de dolor; nacida para el vuelo lejano y encadenada en una jaula de plegarias, estrella con ropaje de cirio, que aun quemándose en la santa penumbra de un altar; dio su luz de lucero a todas las distancias; torturada porque su amor divino no le alzó los ojos de la tierra, ni le cerró los oídos a la profunda música del alma. Tuvo la energía del diamante y supo fulgurar magnética en la oscuridad. Yo pienso que el retazo del cielo que le envolvió de azul el espíritu fue el mejor camino para llevarla a Dios; cuando la plegaria no acudía a sus labios, alguna tierna estrofa la tornaba tan dulce y tan pura, que si no era ella la que ascendía a las alturas, era Dios mismo el que bajaba hasta ella.

Pero llegó el momento en que supo mostrar toda la sublimidad de su alma religiosa; todo ese amor divino que le hizo encontrar a Dios en cada miseria y en cada pena de los hombres. Sor Juana no fue una visionaria, En su profesión de fe, fue ortodoxa; en sus ideas, siempre fue clara y segura; en la norma de su vida, pura y fiel a su deber, y así recorrió su difícil camino. Hasta que en las postrimerías del siglo XVII le tocaron a México años tristes y llenos de tormentas. Los indios del norte se levantaron, aniquilando o dispersando las misiones cristianas. En las costas, los piratas, atraídos por el fabuloso botín que México guardaba, hicieron desembarques en los que arrasaron y profanaron todo; en el interior hubo revueltas sangrientas, que llegaron hasta la propia capital, cundiendo el pánico y la inseguridad. Los indígenas, hambrientos y desesperados se arrojaron nuevamente en los brazos de sus dioses sanguinarios y volvieron a inmolar víctimas humanas en sus altares. El Virrey, inseguro de su vida, abandonó su palacio, atropellado por la muchedumbre y se escondió bajo los techos protectores de un convento. Los edificios del Cabildo y el Archivo del Estado fueron incendiados. Para reprimir la rebelión no se escatimaron flagelaciones públicas, degollaciones, procesiones expiatorias que pasaban frente a las iglesias cerradas. Las enfermedades se propagaron, de tal manera, que cortejos fúnebres interminables pululaban a través de la ciudad; y muchos de los admiradores, amigos y hermanos conventuales de Sor Juana perecieron.

Entonces, el que había sido sacrificio callado e interior, se mostró desbordante, sin valladares que lo contuvieran. Sor Juana se conmovió hondamente, se identificó con aquella miseria desesperada, la sintió como un puñal en sus entrañas; y renunció a todo lo que le quedaba de ilusión terrenal. Abandonó sus estudios, se desprendió de sus reliquias y trofeos literarios, de los bibelots y obsequios con que los magnates y admiradores la habían glorificado y que eran su pequeña satisfacción humana; y hasta de lo que constituía “su quita pesares”, su amor más grande de la tierra, su biblioteca de cuatro mil volúmenes, en la que por tantos años había vivido sumergida, con las raíces ávidas prendidas a sus fuentes inagotables; su biblioteca, la dadora de luz y de fuerza, las alas de su pájaro prisionero. Sus instrumentos musicales y astronómicos, que le permitían evadirse por los espacios, caminar por las estrellas y las nebulosas; todo lo dio para calmar el hambre de los menesterosos. Sólo guardó para sí sus libros de oración y su cilicio, para castigar más su cuerpo, su bello cuerpo, bello y fresco a su pesar.

Y cuando la peste, esa embajadora de la muerte, como ella gran demócrata y niveladora, que no respeta estados, privilegios ni jerarquías, penetró por las puertas del convento con su campana trágica. Sor Juana no huyó. Sus tocas aletearon tristes y angustiadas sobre las hermanas agonizantes, y sus manos suavizaron, como las oraciones, los dolores de los cuerpos y las dudas de las almas. Entonces vivió la estrofa más noble y sublime, aquella que logró unir, místicamente, el amor a los hombres con el amor a Dios. Su alma, encendida como un cirio, dio su luz de consuelo hasta que le tocó extinguirse, dando resplandores. Una mañana de abril cuando los árboles se cubrían de nuevos retoños, y las brisas acariciaban la esperanza de la nueva primavera, Sor Juana se marchó (a los 44 años) acompañada del canto de los pájaros y el perfume de las azucenas. La tierra quedaba llena de lágrimas y de miserias, pero ella se había hecho ritmo y melodía celeste, iba hacia las hermanas estrellas a postrarse a las plantas de su divino amado.

Artículo compartido con SURCOS por René Mauricio Valdez
Fuente:
https://www.contrapunto.com.sv/sor-juana-ines-de-la-cruz-una-mujer-prodigio/

Adriano de San Martín presentará su nuevo poemario YEGUA DE LA NOCHE

El escritor costarricense Adriano Corrales Arias, quien utiliza el seudónimo Adriano de San Martín en su obra, presentará su más reciente poemario titulado YEGUA DE LA NOCHE el viernes 28 de noviembre a las 6:00 p.m. en la librería Bodeguita Cultural, ubicada en la calle de La Amargura, San Pedro de Montes de Oca.

El título de la obra alude a la traducción del término inglés nightmare, cuya raíz etimológica proviene del inglés antiguo mare, palabra que hacía referencia a un espíritu o demonio que provocaba pesadillas o parálisis del sueño, por lo que la frase yegua de la noche hace referencia al concepto de una pesadilla.

Para más información, las personas interesadas pueden comunicarse a los teléfonos 2100-9876 o 8405-4669, o escribir al correo electrónico laescenacr@gmail.com

El duelo como espejo del honor: resabios coloniales en la Costa Rica decimonónica

Dr. Fernando Villalobos Chacón*

Introducción

El país enfrentó momentos en que el honor valía más que la vida, y la palabra empeñada tenía la dignidad de un juramento. En la Costa Rica republicana del siglo XIX, los duelos de honor formaron parte de una sensibilidad heredada de la Europa ilustrada, pero también de los resabios de barbarie de la sociedad colonial, donde la honra personal se confundía con la virtud moral. En aquellos años, los hombres públicos; políticos, escritores, militares y abogados, defendían su reputación con las armas, bajo la idea de que la verdad moral debía sostenerse no solo con argumentos, sino con valor.

El duelo de Eusebio Figueroa Oreamuno y León Fernández Bonilla

El duelo a muerte entre Eusebio Figueroa Oreamuno y León Fernández Bonilla, ocurrido en 1889, es quizá el más célebre de nuestra historia republicana. Ambos eran miembros prominentes de la élite intelectual costarricense. Figueroa, periodista combativo y de verbo incendiario, había criticado duramente a Fernández, médico, humanista y académico, en una serie de artículos que cruzaron los límites de la polémica ideológica. La disputa, alimentada por la vanidad y la pasión, se convirtió en cuestión de honor. Ninguno quiso ceder.

El encuentro se celebró en las afueras de San José, con pistolas reglamentarias y padrinos de respeto. Tras los disparos, Eusebio Figueroa cayó mortalmente herido, mientras León Fernández, consternado, arrojó su arma al suelo y se retiró de la vida pública durante años. La noticia estremeció al país. El arzobispo Bernardo Augusto Thiel condenó el hecho como “una afrenta a Dios y a la civilización”, mientras la prensa liberal lo presentó como una tragedia inevitable de su tiempo. Como escribí en el artículo: Honor y modernidad en la Costa Rica decimonónica: “el duelo entre Figueroa y Fernández no fue un acto de barbarie individual, sino la expresión ritual de una sociedad que aún no sabía conciliar la razón ilustrada con el orgullo caballeresco” (Villalobos Chacón, 2018, p. 59).

El duelo entre Eusebio Figueroa Oreamuno y León Fernández Bonilla, ocurrido el 4 de mayo de 1889, no solo marcó un hito trágico en la historia de los duelos costarricenses, sino también un punto de inflexión en las relaciones entre el Estado liberal y la Iglesia Católica. Tras el mortal desenlace, el cuerpo de Figueroa, periodista incisivo, polemista brillante y figura cercana al pensamiento anticlerical, fue objeto de controversia. El entonces arzobispo Bernardo Augusto Thiel, fiel a la doctrina que prohibía otorgar sepultura eclesiástica a quienes murieran en duelo, denegó los honores religiosos y la inhumación en campo santo. Para la Iglesia, Figueroa había cometido pecado mortal, tanto por desafiar el precepto “no matarás” como por haber participado voluntariamente en un acto condenado por el derecho canónico desde el Concilio de Trento.

La negativa episcopal escandalizó a los liberales, quienes vieron en esa decisión no un acto de piedad doctrinal, sino una intromisión intolerable en los derechos ciudadanos. En el contexto de una Costa Rica en proceso de secularización, el entierro de Figueroa se convirtió en un símbolo político: la lucha por la autonomía del Estado frente al poder eclesiástico. El presidente Próspero Fernández Oreamuno, suegro del fallecido, intervino de inmediato, profundamente indignado por lo que consideraba una humillación pública a la memoria de su yerno y a su propia autoridad como jefe del gobierno.

La respuesta fue fulminante. En un gesto de afirmación republicana, Fernández ordenó la apertura de los cementerios a la administración civil, decretando que todos los camposantos del país quedarían bajo jurisdicción del Estado y no de la Iglesia. El decreto de secularización, emitido el 19 de mayo de 1889, transformó de raíz la relación entre ambos poderes. Desde entonces, los cementerios costarricenses dejaron de ser lugares de exclusión moral y pasaron a ser espacios de igualdad ciudadana ante la muerte, donde la pertenencia religiosa no podía determinar el derecho a ser sepultado.

Este episodio fue más que una disputa ritual: representó la culminación de la ideología liberal que buscaba emancipar las instituciones públicas de la tutela clerical. Como señala Iván Molina Jiménez, “la secularización de los cementerios fue el gesto más visible del proceso de modernización liberal, pues simbolizaba el control del cuerpo aún en la muerte, por parte del Estado y no de la Iglesia” (Anticlericalismo y construcción del Estado liberal en Costa Rica, 2002, p. 97). En esa confrontación, el duelo dejó de ser solo un asunto de honor personal para convertirse en una batalla por la soberanía moral del país.

El propio Bernardo Augusto Thiel, figura culta y moderada, sufrió las consecuencias del conflicto. En 1889 fue expulsado temporalmente del país por decisión del gobierno, acusado de obstaculizar las reformas seculares. Su exilio simbolizó el choque entre dos concepciones del mundo: la de la fe que todo lo subordina a la ley divina y la del Estado moderno que reivindica la libertad de conciencia. En palabras de Eduardo Oconitrillo García, “la muerte de Figueroa cerró un ciclo: con su entierro civil comenzó la verdadera República laica de Costa Rica” (Historia política de la secularización, 1996, p. 143).

Con el paso del tiempo, la figura de Figueroa fue reinterpretada no solo como víctima del duelo, sino como mártir involuntario de la secularidad republicana. Su tumba, erigida en el nuevo cementerio civil, simbolizó el tránsito de la nación costarricense hacia una modernidad moral en la que el Estado, y no el púlpito, dictaba las normas de convivencia. La sangre del periodista y la indignación del presidente, unidas en la historia, sellaron la separación definitiva entre el “crucifijo y el poder civil”.

La doble tragedia del honor: venganza y redención

El duelo entre León Fernández Bonilla y Eusebio Figueroa Oreamuno, marcó una de las páginas más oscuras de la historia republicana costarricense a finales del siglo XIX. Lo que comenzó como una polémica entre intelectuales, una disputa entre la razón ilustrada y la pasión periodística, concluyó en una tragedia doble, moral y humana. Figueroa cayó mortalmente herido en el campo del honor; pero años después, su hijo, incapaz de soportar la afrenta que la muerte del padre simbolizaba, asesinó a León Fernández, consumando un acto de venganza que sobrecogió a la nación entera.

Aquel crimen, sucedido durante los últimos meses del gobierno del general Próspero Fernández Oreamuno, se convirtió en una parábola nacional sobre el ciclo del odio. La Costa Rica liberal, que se debatía entre el racionalismo emergente y las herencias caballerescas del pasado, vio en este hecho un espejo trágico de sí misma. La sangre derramada ya no respondía al honor, sino al desequilibrio moral que produce el orgullo cuando se disfraza de justicia. Como señala Norbert Elías, “toda sociedad que se emancipa de la violencia ritual lo hace pagando el precio del dolor que la violencia dejó en la memoria” (El proceso de la civilización, 1987, p. 156). El duelo, elevado antaño a símbolo de virilidad y civismo, mostraba así su rostro más bárbaro: la herencia de una cultura que confundía el valor con la venganza.

El asesinato de Fernández a manos del hijo de Eusebio Figueroa, tuvo una resonancia ética que trascendió la anécdota. Los periódicos de la época hablaron de “la maldición del honor”, y los intelectuales liberales comprendieron que la violencia simbólica debía ser sustituida por la palabra pública. El jurista costarricense Manuel María de Peralta escribió en una carta de 1890 que “la justicia del duelo pertenece a los pueblos sin ley, y su resurgimiento es un signo de que la civilización aún no ha completado su obra” (Cartas políticas y diplomáticas, 1892, p. 47). La sociedad aprendía, con espanto, que los ritos del orgullo no generan héroes, sino víctimas.

La muerte de León Fernández, además, tuvo un profundo efecto simbólico sobre el imaginario nacional. Aquel hombre que había fundado el Archivo Nacional, depositario de la memoria de Costa Rica, terminaba siendo él mismo víctima de una memoria distorsionada por el rencor. La ironía histórica no pasó desapercibida: quien había preservado el pasado, perecía por la incapacidad de otro de perdonarlo. Como ha expresado Tzvetan Todorov, “el verdadero uso de la memoria no es repetir el daño, sino aprender a no reproducirlo” (Los abusos de la memoria, 2000, p. 21). En esa enseñanza dolorosa se encierra la lección más profunda del episodio: la civilización comienza cuando el recuerdo del agravio se transforma en conciencia moral.

A partir de entonces, el duelo perdió legitimidad ética y social. El país comprendió que el honor no podía seguir siendo un pretexto para la violencia, y que el perdón, sublimación cristiana de la justicia, debía ocupar el lugar del odio. En el drama Figueroa–Fernández, la historia costarricense halló su más amarga pedagogía: la libertad no se defiende con balas, sino con la serenidad del espíritu y la grandeza del perdón.

León Fernández Bonilla: del duelo a la memoria nacional

Más allá del duelo, León Fernández Bonilla ocupa un lugar eminente en la cultura costarricense. Fue el fundador del Archivo Nacional de Costa Rica, concebido como el santuario de la memoria pública, el “granero del historiador”, según la hermosa metáfora de Lucien Febvre. En una época en que los documentos se dispersaban en archivos eclesiásticos o casas particulares, Fernández comprendió que la nación solo podría reconocerse a sí misma si ordenaba su pasado.

El gesto tiene algo de redentor: quien había conocido el peso trágico del duelo dedicó su vida a preservar la memoria escrita. En palabras propias: “Fernández comprendió que los pueblos sin archivos son pueblos sin destino, pues el olvido es la peor forma de muerte” (Villalobos Chacón, 2022, p. 91). Su obra fundacional estableció la tradición documental de la historiografía costarricense.

Fue además padre del notable historiador Ricardo Fernández Guardia, autor de Crónicas coloniales y El Erial, quien heredó la sensibilidad humanista y el amor por el pasado. En ambos, padre e hijo; se funde la conciencia de que la pluma debía reemplazar a la espada, y que la historia es el lugar donde el honor se purifica en la palabra.

Duelos y pasiones republicanas

El duelo no fue patrimonio exclusivo de los intelectuales. También los caudillos y hombres públicos del siglo XIX participaron en estos lances, donde el coraje personal servía como medida del liderazgo.

El propio Juan Rafael Mora Porras, héroe de la Campaña Nacional de 1856, protagonizó un duelo simbólico con un ciudadano de apellido Molina, tras un agrio intercambio de palabras. Ambos se presentaron al campo de honor, pero Mora disparó al aire y ofreció disculpas solemnes. Según relatan los cronistas, declaró: “No se mata a un compatriota por una palabra”. Aquel gesto de moderación lo engrandeció más que cualquier victoria. Como escribí en Ensayos sobre la República Liberal, “Mora comprendió que el valor más alto no era la puntería, sino el dominio de sí mismo, y que el honor podía defenderse también con prudencia” (Villalobos Chacón, 2021, p. 112).

Otro episodio recordado es el duelo frustrado entre Tomás Guardia Gutiérrez y el expresidente Jesús Jiménez Zamora, en 1872. Ambos, símbolos de visiones opuestas del poder, el militar autoritario y el civil ilustrado, estuvieron a punto de enfrentarse por agravios personales. La mediación de amigos comunes y del obispo Llorente evitó el derramamiento de sangre. Sin embargo, la anécdota reveló que, bajo la república liberal, el honor individual aún competía con la ley escrita.

La condena de la Iglesia y la prohibición legal

La Iglesia Católica condenó con firmeza los duelos desde mediados del siglo XIX. El arzobispo Thiel y sus predecesores advirtieron que quienes participaran en ellos incurrían en pecado mortal y serían excomulgados. La moral cristiana consideraba el duelo una herencia pagana, incompatible con la doctrina de la reconciliación. El papel de la iglesia en la erradicación moral del duelo como práctica para dirimir disputas, fue decisivo. Desde los primeros años de la república, los prelados observaron con inquietud la persistencia de este ritual violento entre los sectores ilustrados.

En una sociedad mayoritariamente católica, el duelo constituía no solo una ofensa al mandamiento “no matarás”, sino también una negación del principio cristiano del perdón. Los obispos costarricenses, especialmente Anselmo Llorente y La Fuente y Bernardo Augusto Thiel, denunciaron el fenómeno en sus pastorales, recordando que “ningún agravio justifica la muerte voluntaria de un hermano”.

La condena eclesiástica fue constante y severa. En 1884, el Boletín Eclesiástico de Costa Rica calificaba los duelos como “resabios de barbarie incompatible con la moral evangélica”, reflejo de una época en que la razón civil todavía no había reemplazado la emoción caballeresca. La excomunión era automática para quienes participaran como duelistas o padrinos, y los funerales cristianos podían ser negados a los caídos en tales enfrentamientos. De esa manera, la Iglesia actuó no solo desde la fe, sino también como poder pedagógico, intentando formar una ciudadanía capaz de resolver sus conflictos mediante la palabra y el juicio moral, y no por el acero o la pólvora. Como señala el historiador Jean Delumeau, “toda civilización cristiana se mide por su capacidad para transformar la violencia en penitencia y el orgullo en humildad” (El miedo en Occidente, 1989, p. 211).

La doctrina católica veía en el duelo un síntoma del orgullo desmedido y de la confusión entre honor y soberbia, virtudes terrenales que debían sublimarse en la humildad cristiana. Su lucha no fue sencilla: muchos de los protagonistas de estos encuentros eran hombres influyentes, miembros del gobierno, de la prensa o del foro judicial, lo que convirtió la batalla espiritual en un pulso contra las costumbres sociales más arraigadas. Como advierte José Manuel Núñez Espinoza, “la Iglesia costarricense del siglo XIX fue el principal agente de moralización pública, capaz de convertir el perdón en un acto de ciudadanía” (La Iglesia y la formación moral del Estado costarricense, 2010, p. 84). Con el paso del tiempo, la prédica pastoral, unida al avance del Estado de derecho y la educación laica, logró desacralizar la violencia como medio de reparación del honor. La palabra sustituyó al disparo, y la conciencia reemplazó a la espada.

El Estado costarricense, sin embargo, tardó en asumir una postura definitiva. Durante décadas, las autoridades civiles contemplaron los duelos como “asuntos privados entre caballeros”. No fue sino hasta 1906, bajo la presidencia de Cleto González Víquez, que el Código Penal incorporó disposiciones explícitas que prohibían y sancionaban el duelo, equiparándolo al homicidio o a las lesiones graves según el caso. Como he señalado en La cultura política costarricense y sus metamorfosis, “la penalización del duelo simbolizó el triunfo de la razón jurídica sobre la pasión aristocrática, y marcó la consolidación del Estado como único depositario legítimo de la violencia” (Villalobos Chacón, 2022, p. 88).

El duelo en América Latina: del rito de honor a la norma republicana

La práctica del duelo tuvo un recorrido paralelo en toda Hispanoamérica. En palabras de la historiadora Franziska E. Schmid, “durante las décadas finales del siglo XIX los duelos en Hispanoamérica formaban un sistema paralelo de justicia de caballeros, que nunca llegó a integrarse al derecho penal, pero sí operó como mecanismo de control social entre élites” (Law, Honor and Impunity in Spanish America: The Debate over Dueling, 1870-1920, 2015, p. 12). Fue un ritual de clase, pero también un mecanismo de legitimación social entre quienes creían que la ley era aún demasiado débil para proteger la honra.

En el ámbito latinoamericano, Argentina y Uruguay fueron los países donde la práctica alcanzó mayor intensidad. El historiador David S. Parker sostiene que “el duelo, y los códigos de honor que lo regían, funcionaron durante décadas como un sistema sombra de la ley, regulando en la práctica lo que la ley formal no quería o no podía decir” (The Pen, the Sword and the Law: Dueling and Democracy in Uruguay, 2022, p. 4). En esas repúblicas rioplatenses, el duelo fue parte del discurso liberal y del periodismo militante, donde la palabra escrita y la bala se confundían en un mismo concepto de virilidad cívica.

El país latinoamericano que más tardó en prohibirlo legalmente fue Uruguay, donde, paradójicamente, llegó a ser legalizado parcialmente en 1920 y mantuvo vigencia jurídica hasta su derogación en 1992. En palabras de Armando Braun Menéndez, “la persistencia del duelo en el Río de la Plata revela que la transición hacia un gobierno de normas fue más lenta de lo que se suele imaginar: incluso cuando el homicidio ya era delito, la ofensa al honor continuaba dirimiéndose al aire libre” (Mapocho, 1980, p. 31). Ello convierte a Uruguay en el último reducto del duelo codificado, un anacronismo elegante que sobrevivió hasta el umbral de la posmodernidad.

Conclusiones: el fin del duelo y el afianzamiento de una cultura de respeto a las leyes

Con el siglo XX, los duelos se extinguieron lentamente. El honor, antes ligado al coraje físico, comenzó a redefinirse como virtud cívica, vinculada a la verdad, la ética pública y el servicio al bien común. Las armas cedieron su lugar a la palabra, y la valentía se transformó en integridad moral. Como afirmé en El espíritu cívico y la metamorfosis del honor, “la Costa Rica republicana cambió el duelo por el debate, y en esa transición moral se jugó su madurez democrática” (Villalobos Chacón, 2020, p. 137).

No obstante, la memoria de aquellos lances nos recuerda que toda civilización nace también del conflicto entre la pasión y la ley, entre la emoción y la razón. La desaparición del duelo no fue una derrota del honor, sino su elevación a un plano moral superior. Hoy, el verdadero coraje no consiste en disparar por orgullo, sino en defender la verdad sin violencia, el respeto sin humillación y la justicia sin rencor.

En última instancia, como he sostenido en Ensayos sobre la virtud republicana, “una nación que pierde el sentido del honor, aunque sea pacífica, corre el riesgo de ser una nación sin alma” (Villalobos Chacón, 2019, p. 76). Costa Rica no perdió el honor: lo civilizó. En esa civilización moral, hecha de leyes, de educación y de respeto, reside la más alta victoria del espíritu.

Referencias

  • Braun Menéndez, A. (1980). Un duelo histórico: Mackenna–Carrera. Mapocho, 31.

  • Delumeau, J. (1989). El miedo en Occidente (siglos XIV–XVIII): Una ciudad sitiada. Madrid: Taurus.

  • Elias, N. (1987). El proceso de la civilización. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

  • Molina Jiménez, I. (2002). Anticlericalismo y construcción del Estado liberal en Costa Rica (1870–1900). San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

  • Núñez Espinoza, J. M. (2010). La Iglesia y la formación moral del Estado costarricense (1821–1914). San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica.

  • Oconitrillo García, E. (1996). Historia política de la secularización. San José: EUNED.

  • Parker, D. S. (2022). The Pen, the Sword and the Law: Dueling and Democracy in Uruguay. Montevideo: Ediciones Universitarias.

  • Peralta, M. M. de. (1892). Cartas políticas y diplomáticas. París: Tipografía A. Lahure.

  • Schmid, F. E. (2015). Law, Honor and Impunity in Spanish America: The Debate over Dueling, 1870-1920. Cambridge University Press.

  • Todorov, T. (2000). Los abusos de la memoria. Barcelona: Paidós.

  • Villalobos Chacón, F. (2018). Honor y modernidad en la Costa Rica decimonónica. San José: Ediciones Humanidades.

  • Villalobos Chacón, F. (2019). Ensayos sobre la virtud republicana. Puntarenas: Editorial Pacífico.

  • Villalobos Chacón, F. (2020). El espíritu cívico y la metamorfosis del honor. San José: Editorial UTN.

  • Villalobos Chacón, F. (2021). Ensayos sobre la República Liberal. San José: EUNED.

  • Villalobos Chacón, F. (2022). La cultura política costarricense y sus metamorfosis. San José: Universidad Técnica Nacional.

*Historiador y Analista Político

Defender lo obvio

Por Memo Acuña
Sociólogo y escritor costarricense

Esa mañana de julio llegamos a ese centro educativo infantil en las inmediaciones del centro de Medellín. Podrían estar fácilmente 300 niños y niñas, con sus ojos y y corazones dispuestos para escuchar, sentir, asombrarse.

Los asombrados, estoy seguro de eso, fuimos nosotros: Felipe, Ana Sofía, Tor y yo. Tres colombianos y este centroamericano al que la poesía lo ha convertido en un ciudadano privilegiado del mundo.

Privilegio sí, porque me ha permitido conocer países, culturas, afectos, otros afectos que son distintos a los afectos de la academia, de la cual también soy absolutamente consciente de lo que me ha entregado en mis más de 30 años de ejercicio en la región centroamericana.

Privilegio y sentido. Esa mañana fuimos juglares tras la flauta mágica de Felipe, que se encargó de “hipnotizar” la euforia infantil y disponerla para el gozo de la palabra. Me recordó tanto a mi querido director del Conservatorio Castella, Don Arnoldo Herrera González, quien tenía el maravilloso don de poner a cantar a todo un teatro repleto de niños, niñas y jóvenes a dos voces; “en el lejano bosque”, cantaba la primera voz; “ya canta el cucú”, contestaba la segunda.

Y empezaba la magia.

Luego vendría Ana Sofía Buriticá, poeta y gestora cultural colombiana, con su taller “La vida secreta de las palabras: un acercamiento al Collage Poesía” en el que hizo emerger el hierro liberado, el fuego del color, la intensidad de la creación.

Pensábamos que íbamos a entregar poesía, pero los niños y niñas nos la dieron a viva voz. Leyeron y se maravillaron con sus textos. Nosotros también.

Esa mañana en el Instituto Educativo Jesús María Bravo se confirmó el compromiso del Festival Internacional de Poesía de Medellín con la niñez colombiana. Este Centro Educativo forma parte del brazo formativo del Festival denominado Proyecto Gulliver, cuyo objetivo es impulsar “procesos pedagógicos dirigidos a niños, niñas y adolescentes, víctimas de los conflictos, para contribuir en mejorar el nivel de desarrollo cognitivo para el uso creativo del lenguaje, en beneficio de las habilidades para la vida, de la cualificación en las competencias ciudadanas y artísticas, y en el ejercicio pleno de sus derechos. Los beneficiarios están en situación de riesgo y vulnerabilidad social, están escolarizados en las instituciones educativas oficiales de la ciudad de Medellín, y en albergues o lugares de acogida” (tomado de https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Escuela/Proyecto_Gulliver/Presentacion/).

En las últimas semanas hemos sido alertados por los intentos de recorte financiero hacia el Festival, provenientes de autoridades políticas locales. Al decir esto, no puede uno dejar de recordar esa mañana, el potencial liberador de la poesía y el aporte a la construcción de mejores experiencias ciudadanas.

Salir a defender lo obvio, decía el maestro Bertolt Brecht, es un imperativo en estos tiempos. Yo activo mi razón política para esa defensa. Porque en el arte, la política también convierte toda lucha en algo personal.