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Cuando Dios vuelve a ocupar el primer lugar

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

El Evangelio de este domingo (Mt 10,37-42) nos plantea preguntas incómodas, pero necesarias. Son preguntas que atraviesan toda la existencia humana y que Jesús no evita. Más bien las pone delante de nosotros con una claridad que a veces resulta desconcertante.

La primera pregunta es: ¿Qué es lo primero en nuestra vida?

Cuando Jesús afirma: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí», no está atacando la familia ni despreciando los afectos humanos. De hecho, la familia constituye la célula fundamental de la sociedad y es el primer espacio donde aprendemos a amar, a confiar y a convivir. Los afectos familiares son probablemente los más legítimos y necesarios para nuestra propia supervivencia humana. Nadie crece sano sin vínculos, sin cariño y sin pertenencia.

El problema no son los afectos; el problema es convertirlos en el fundamento último de nuestra seguridad. Cuando esperamos de una persona, de una relación o de una familia aquello que solo Dios puede dar, terminamos cargándolos con un peso que no pueden sostener.

Por eso Jesús no nos pide amar menos a nuestra familia. Nos pide amar a Dios por encima de todo.

Todos organizamos nuestra vida alrededor de algo. Algunos lo hacen alrededor del dinero. Otros alrededor del reconocimiento. Otros alrededor de una relación, una ideología, una institución o un proyecto personal. Aquello que ocupa el primer lugar termina orientando nuestras decisiones, nuestros miedos y nuestras esperanzas.

Cuando Dios deja de ocupar ese lugar, inevitablemente algo más lo ocupa. Y entonces comenzamos a pedirle a las cosas de este mundo una seguridad que no pueden dar. Tarde o temprano descubrimos que todo lo humano es limitado, frágil y pasajero. Solo Dios permanece.

Y lo mismo ocurre con las sociedades. Cuando una cultura deja de preguntarse por Dios, inevitablemente coloca otra cosa en el centro: el consumo, el poder, el éxito o la satisfacción inmediata.

La segunda pregunta es: ¿Qué estamos dispuestos a perder?

Jesús continúa diciendo: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». Y más adelante añade: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará». Vivimos en una cultura que nos enseña a conservar, proteger, acumular y asegurar. El éxito parece consistir en perder lo menos posible. Sin embargo, el Evangelio plantea una lógica completamente distinta.

La cruz no es simplemente el sufrimiento inevitable de la vida. La cruz es aquello que estamos dispuestos a asumir por fidelidad a Cristo. Es la renuncia al egoísmo. Es la decisión de no vivir únicamente para nosotros mismos. La cruz es también la disposición a ir contra corriente cuando el Evangelio contradice las ideas dominantes de una época. Porque seguir a Cristo no consiste simplemente en adaptarse al mundo, sino en discernirlo y, cuando sea necesario, cuestionarlo.

Toda elección importante implica una pérdida. Quien decide amar pierde parte de su comodidad. Quien decide servir pierde tiempo para sí mismo. Quien decide ser honesto puede perder ventajas. Quien decide seguir a Cristo descubre que hay seguridades que deben quedar atrás.

La gran pregunta es si estamos dispuestos a perder algo por el Evangelio o si queremos seguir a Cristo sin que nada cambie en nuestra vida. El discípulo es aquel que está dispuesto a dejar algo —ojalá todo— para caminar detrás de Él.

Y finalmente aparece la tercera pregunta: ¿Cómo se construye el Reino de Dios?

Resulta sorprendente que después de hablar de la cruz, de la entrega y de perder la vida, Jesús termine hablando de algo tan pequeño como un vaso de agua.

«Y quien dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa». Esperaríamos una conclusión grandiosa. Sin embargo, Jesús nos lleva a lo cotidiano. Así se construye una cultura distinta, una forma diferente de entender el éxito, la dignidad humana y la convivencia social.

Porque el Reino de Dios no se construye solamente con grandes gestos heroicos. Se construye también con los pequeños actos de amor que parecen insignificantes. Se construye cuando alguien escucha, cuando acompaña, cuando comparte, cuando sirve, cuando se preocupa por el que sufre, cuando es capaz de salir de sí mismo para mirar al otro.

El Reino crece en los lugares donde el egoísmo retrocede y el amor encuentra espacio. Al final, la cruz y el vaso de agua pertenecen al mismo camino. El camino de quien ha descubierto que la verdadera vida no consiste en aferrarse a sí mismo, sino en ponerse en las manos de Dios y convertirse en bendición para los demás. Porque las sociedades cambian cuando cambian las personas, y las personas cambian cuando Dios vuelve a ocupar el primer lugar.

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