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Etiqueta: Alejandro Machado García

La raíz indígena poco mencionada en el café con tintes transfronterizos: Costa Rica y Panamá

Alejandro Machado García
Consultor

Gestor de desarrollo, migraciones y género

Alejandro Machado García

Al pensar en Los Santos —Tarrazú, Dota, León Cortés— la imagen suele ser fincas cafetaleras, cooperativas y montañas de café. Esa narrativa, sin embargo, es más compleja. Antes del café ya existía movilidad transfronteriza y ancestral entre lo que hoy son Costa Rica y Panamá, impulsada por pueblos indígenas que se relacionaban en un ámbito cultural amplio, mucho antes de las fronteras, colonias, países y el café.

Como investigador, he señalado que la actividad del café en Los Santos es una de las labores más desafiantes e innovadoras para miles de campesinos y caficultores. La organización de pequeños productores, cooperativas y microbeneficios ha sido clave para distribuir riqueza y bienestar en el territorio. Esos ingresos permitieron que productores enviaran a sus hijos a estudiar, hicieran mejoras en sus hogares y regeneraran el tejido empresarial familiar, incorporando nuevas técnicas e innovación.

No obstante, la movilidad indígena entre el sur de Costa Rica y el oeste de Panamá no está vinculada únicamente a la recolección. El hallazgo de elementos culturales en cementerios indígenas en fincas locales hace unas décadas atrás, demuestra movimientos indígenas preexistentes. Estudios de lingüística, arqueología y genética confirman que los pueblos originarios de la región compartían la familia lingüística chibcha, que abarcaba desde Nicaragua hasta Colombia, por lo que fácilmente se pueden encontrar dispersos en varias regiones.

Investigaciones muestran una correlación genética entre los Ngäbe-Buglé, las borucas, los Bribris, los Cabécares, los Teribes y los Maluku. Se ha aportado también evidencia arqueológica de la «Gran Chiriquí», un horizonte cultural que vincula la región fronteriza del Pacífico de Costa Rica y Panamá, lo que permite establecer vínculos entre pueblos hoy divididos por la frontera.

Con la llegada del colonialismo español cambió la percepción de estas poblaciones, que fueron vistas como «salvajes» y despojadas de su tierra y cosmovisión. Las notas coloniales del siglo XVI describían a los Ngäbe como pobladores de áreas densas y boscosas, con agricultura de subsistencia.

Tras la independencia, los pueblos indígenas fueron gradualmente despojados y convertidos en jornaleros; la propiedad comunal pasó a manos privadas y la población indígena disminuyó drásticamente entre los siglos XVIII y XIX. Para el siglo XIX la dinámica costarricense se centró en la caficultura del Valle Central, mientras las poblaciones indígenas fueron desplazadas y relegadas a oficios jornaleros.

Los Santos se conformó inicialmente con migración interna, no con el café desde el inicio. Entre 1865 y 1894 llegaron más familias, principalmente desde Desamparados, Guadalupe y Alajuelita. En la zona se cultivaban productos de subsistencia y se practicaban otras actividades como ganadería y aprovechamiento forestal.

A veces considero si realmente los Ngäbe y Buglé regresaron al sur y a los Santos como reactivación de una movilidad histórica que desconocemos pero bueno, lo cierto del caso es que su presencia para la población local, se nota en los noventa cuando Costa Rica tiene el resultado de la crisis del modelo agroexportador, deudas y caída de precios del café, que encarecieron los insumos y empujaron a familias endeudadas a emigrar a los Estados para evitar perder fincas. No todos eran pequeños productores; muchos carecían de medios de producción. Estados Unidos terminó siendo una opción para mejorar la posición social mediante ahorro y remesas, similar a lo que muchos indígenas llegan a la zona, con ese anhelo de sacar adelante a sus familias.

Los Santos tiene la oportunidad de integrar turismo cultural con la producción cafetalera, dejando de ver a las comunidades indígenas solo como mano de obra y reconociéndolas como parte de un encuentro cultural anual que puede generar proyectos y valor agregado.

Reconocer esto no es solo académico; es reparar la invisibilización histórica de los pueblos originarios y entender que la frontera entre Costa Rica y Panamá es una construcción reciente sobre un territorio que siempre fue compartido. Los 10,000–12,000 migrantes Ngäbe-Buglé que vienen a cosechar café no son necesariamente «extranjeros»: podrían representar una reactivación de una movilidad histórica que trasciende Los Santos y merece reconocimiento simbólico y económico.

Las mujeres en la Ciencia no han sido de gratis

Alejandro Machado García
Gestor y promotor social
Consultor en Desarrollo Humano, Género y Migraciones

Para hablar de la participación de las mujeres en la ciencia, hay que hacer mención de su lucha. Ha sido siglos de luchas reivindicadoras, de ser vistas como “raras”, de cuestionar ese primer status quo que empezó por cuestionar los espacios que dividieron a la sociedad entre los que piensan y los que son pensados. Se tuvo que transgredir la cultura patriarcal que las pensaba y les definía, cual debía ser su forma de pensar, actuar y donde ubicarse en la sociedad como mujer.

El reconocimiento de su existencia fue el primer paso para exigir igualdad y respeto, mucho antes de su participación en la ciencia. En el verso de 1846 publicado en el ya extinto “El Costarricense” dejó claro este cuestionamiento. “Las que nos apellidamos el juvenil bello sexo ante vos, comparecemos diciendo: nuestra educación precisa durmiendo en profundo sueño (…) tanto que, para nosotras jamás se han hecho colegios, casa pública, edificios, ciencias, autores, ni maestros (…) leer no sabemos, tanto menos escribir y cuando vemos se pone en nuestra noticia de otros países extranjeros se les enseña a las niñas con muy patriótico esmero”.

Este escrito de 1846 en Costa Rica es la evidencia de que comienza a incomodar al statu quo. Es el llamado a transgredir, a cuestionar que ya no me piensen, porque yo tengo pensamiento propio. Esa semilla va germinando junto con la incursión de las mujeres en las letras y la ciencia que fueron posteriormente invisibilizadas, así como otras acá en Costa Rica, influenciadas por las luchas en Europa, América de Norte y América Latina, que buscaban reivindicaciones en el campo de los derechos civiles, el voto y la política.

No bastó en Costa Rica el aumento de la matrícula en educación primaria, que pasó de ser 10.310 mujeres en 1910 a 30.567 en 1938, dado que la lucha en la educación no era por aumento en la tasa de matrícula solamente, sino en cuestionar la voz ajena a la propia.

La cultura como resultado de la acción humana sobre la naturaleza, había despojado e invisibilizado a esta otra mitad de la población, relegándola al papel de la casa, negándolas como sujetas culturales, satanizando sus conocimientos ancestrales de la naturaleza y mucho menos, reconocerlas como protagonistas de conocimiento y ciencia, porque su rol estaba naturalmente destinado a ser madres, esposas o monjas.

Quedó retratado en el relato en las discusiones sobre el voto femenino en Asamblea Legislativa de Costa Rica en 1949, en el que se argumentaba no se creía que las mujeres debían votar, pues no había nada más sucio que la política o la creencia que indicaba que si se acordaba el voto femenino, ocurriría que las madres iban a abandonar a sus hijos para andar en política.

Por lo que, hablar de las mujeres en la ciencia y las perspectivas que se abren si se estudian carreras STEM, pasar por poner esto en la justa dimensión, no ha sido gratis. En la misma academia se encontró mucha resistencia, pues tocó nuevamente desafiar, cuestionar e inclusive tocar intereses políticos, dado que se precisó que la forma en que nos enseñaron a buscar las respuestas mediante el método científico, técnicas y diversos cuerpos teóricos, no está exento del género.

Esto porque la forma en que concebimos la realidad pasa por la experiencia personal a su género, no se puede deslindar la producción del conocimiento sin desvincular que ese sujeto productor de conocimiento responde a un contexto cultural, político y al sistema de creencias.

Fue precisamente esa validación de creencias culturales y patriarcales, el cual dispuso un lugar en donde debía estar esa mujer, como debía pensar, que debía investigar, lo que la llevó a ser discriminada e invisibilizada en las ciencias.

En los retos actuales, muy lejos de la economía que se basaba en la producción de café o servicios, el nuevo discurso antesala a la IA, y fue en la amplitud y el uso masivo de las tecnologías de la información y comunicación para el cambio de la sociedad y la economía. La expansión de la producción de los países, el aumento de la frontera tecnológica, y adueñarse de los insumos para la IA, las mujeres nuevamente están atrás de las nuevas formas, herramientas y empleos en este sector impulsados por la nueva forma de incrementar la productividad y la expansión del uso de la IA.

En esta nueva configuración, ya no se centra en la transformación de materias primas en bienes y servicios gracias a la energía de vapor o la electricidad, sino más bien, el conocimiento es el encargado de convertir los insumos en bienes y servicios con un alto grado de valor agregado, el uso de la IA y por ello la necesidad de estudiar carreras STEM.

Nótese algo, el teléfono se inventó hace 130 años, no obstante, hace unas décadas atrás, más de la mitad de la población mundial nunca había realizado una llamada telefónica. En la Costa Rica que vivimos, no solo está la Costa Rica y la Costa Pobre. Existe la feminización de la pobreza y la brecha de digital por género. De no cambiar con medidas en las políticas económicas, mantendremos la brecha entre zona rural y zona urbana, entre sector moderno y tradicional de la economía, pero aún más, las brechas entre hombres y mujeres.

Según ONU-Mujeres, en los países de ingreso alto, el uso de Internet es prácticamente universal; el 93% de las mujeres y el 94% de los hombres navegan en línea; pero a sabiendas de que Costa Rica, no es igual en la conectividad, el acceso a la información, la infraestructura tecnológica y el mercado laboral en zona rural y zona urbana, cuando se analiza a los países menos adelantados, el 29% de las mujeres se conectan a Internet, en comparación con el 41% de los hombres.

Hace unos años atrás, el Noveno Informe Estado de la Educación, se señalaba que los hombres éramos quienes accedíamos más a los empleos de Ciencia y Tecnología, con una participación del 65,6%, frente a únicamente 34,4% en el caso de las mujeres.

Por tanto, hoy es un día para reconocer lo valioso de las luchas de muchas mujeres en la educación y la política, que fueron abriendo un espacio en ciencia y tecnología. De ahí viene, la necesidad de las acciones afirmativas y las políticas sociales focalizadas para cortar el ciclo vicioso e impulsar que más mujeres participen de carreras STEM, para que puedan aprovechar las oportunidades de la liberalización de la comunicación, el desarrollar redes, el avance en sistemas informáticos y la IA, sin dejar de lado, lo que han hecho en siglos, ¡Cuestionar!

Hay que reagruparse, pero con autocrítica

Alejandro Machado García
Gestor y promotor social

Consultor Internacional y Local en Desarrollo Humano, Género y Migraciones

No podemos seguir llorando sobre la leche derramada. Es válido sentirse mal, angustiados, enfadados, con miedo y derrotados en las urnas, pero no es un diagnóstico de pronóstico reservado. La rigidez emocional de quedarnos enganchados en pensamientos, sentimientos y comportamientos hay que superarla. Obviamente, esto fue producto de la estrategia del oficialismo, llena de bullying, amedrentamiento y odio, que nos pasó factura al validar la injusticia y la impunidad de un sector enfermo.

Puedo explicar esta derrota con una autocrítica en tres niveles: organizacional-dirigencial, la estrategia del oficialismo y en el uso de la religión como eje de control. Hemos sido incapaces de pactar y crear un espectro ideológico diverso, respaldado por una organización fuerte con principios, que se resuma en programas y proyectos alineados con una misión compartida de democracia e institucionalidad. Esta debilidad, visible a leguas y de carácter histórico, fue detectada por el adversario, que se nos adelantó aplicando la vieja táctica de «divide y vencerás». Aprovecharon el desgaste de figuras de diversos movimientos para incrustarles la batería de malestar, iniciada en conferencias de prensa que orientaron el odio, el desconocimiento y la frustración hacia esos sectores y el sistema republicano de contrapesos.

Entiendo que no es fácil, pues se ha acumulado un desgaste por malas prácticas: desde la desmovilización por la Ley Antihuelgas, el «desgaste de rodillas», el miedo a perder el salario, hasta vicios organizacionales como sesgos ideológicos, egos, mezquindad política y soberbia académica que nos llevan a defender lo indefendible. Así ocurrió con el informe del CIEP-UCR: algunos atacaron la metodología o los técnicos, mientras otros buscaron respuestas alternativas para apaciguar un incendio forestal con un extintor ABC. Era una crónica de una muerte anunciada.

Esto no empezó con el banderazo del TSE en octubre de 2025. Este gobierno lo inició al emular modelos de conferencias de prensa de países como Estados Unidos, El Salvador y México, con la excusa de la «transparencia» y el derecho a informar a la ciudadanía. ¿Pero a quién hablaban? ¿A los actores que fiscalizan el gobierno, o los usaban para desvirtuarlos? Durante casi cuatro años, prepararon el camino para otros cuatro —o cuidado, hasta doce—, pero nadie se preguntó: ¿a quién le hablaban, a qué audiencia y para qué? ¿Qué pasó con las métricas de las plataformas oficiales cada vez que había conferencia de prensa, quién las analizaba, para qué fines, como se usaban?

La fórmula no fue solo «miente que algo queda», sino convencer a la ciudadanía de que había un monstruo que derrotar. No buscaban votos aún —no había elecciones—, sino sembrar dudas, odio y agitación para cosechar después. Germinaron semillas que, con el pitazo electoral, brotaron como un «chavismo» espontáneo y temporal. Ponían en la guillotina a los controladores políticos, atribuyéndoles amantes (curiosamente, esa vara no aplica hoy para ellos), adjetivos como zurdos, burócratas o filibusteros colocados por partidos y exfiguras. Al iniciar la campaña, el «déjeme trabajar» desapareció: ahora resultó ser que eran los mejores, con indicadores impecables. ¡Cómo es posible esto, si no los dejaron trabajar!

Las organizaciones, coaliciones y partidos no supimos detectar ni contrarrestar estos movimientos a tiempo. Fuimos sumamente pasivos. Ni las instituciones, a través de sus esquemas de prensa y sitios web, mejoraron la información de forma accesible, fácil y creativa para balancear las mentiras; ni los partidos capitalizamos tempranamente, porque enfrentamos contradicciones internas, «vacas sagradas» y desafíos para integrar generaciones y clases sociales sin asustar a quienes tienen «derecho de piso», ni permear nuevas formas de pensamiento y organización. Aunque conozco un partido amplio, que ha sabido integrar esto.

Aunado a las fugaz de las alcaldías municipales, no logramos conectar con esa masa que ya no era racional, dado que fue toreada durante cuatro años. Además, nunca sacamos la batalla afuera: siempre fue interna, cuando somos reflejo de colas de movimientos geopolíticos mundiales, donde la coherencia es el peor valor en este reacomodo de piezas. Las soberanías están en el papel, y en el sometimiento por chantaje o por quién tiene más poder militar.

Entiendo los retos de los partidos, pero debimos iniciar antes y dimensionar el desafío completo. Lloramos sobre leche derramada llamando a las filas tras la pérdida, pero es entendible. Hay que reagruparse con memoria histórica —como dijo Ariel—, no para resentimientos, sino para evaluar técnicamente, controlar daños y extraer lecciones. Así nos conectamos mejor con nuestro país y entendemos al «chavista» no como irracional o bully, sino como disidente pedagógico, como decía Clodomir Santos de Morais: como sujetos pedagógicos, por lo que algo tendremos que aprender de este tipo de chavismo.

Mordimos el anzuelo porque, los ataques en la prensa a la política y la institucionalidad, era la punta del iceberg; lo valioso era la respuesta en las personas. Apelamos al moralismo ante lo grotesco, pero nos faltó mirar a otros presidentes en América y los cambios en masas, democracia y geopolítica. Esa detección emocional y política, con nuestro contexto cultural y geopolítico, daba pistas locales. El adversario detectó mejor nuestras debilidades; no pactamos antes para una coalición fuerte, ya sea para no perder espacio en la Asamblea, recibir deuda política o capitalizar, como sospecho que lo hizo Alvarado, que no votó por el levantamiento esperando favores electorales, sin percatarse de pactos a sus espaldas.

El chavismo usó la creencia de quitar pecadores para poner a los «nuestros», cuando el proyecto de Jesús no era jerárquico. Hablaron lo suficiente durante cuatro años para que la muchedumbre aceptara sacar a supuestos “corruptos” como el Fiscal o Doña Marta, e instalar a sus ungidos compatriotas. Esto pesa por nuestra herencia histórica de formas políticas imperiales: reino, soberanía, mando y súbditos.

No es buena señal adaptarse a una sociedad enferma. Hay que hacer autocrítica: incomodar con amor, paciencia, estrategia y voluntad para escuchar, resistir y proponer. El papel de la iglesia que yo no conocí no fue para el juicio, es el amor y desde ahí con cualquier creo que tengan, hay que acercarse con pragmatismo, amor y proyectos claros, que reúnan crear un espectro ideológico diverso, respaldado por una organización fuerte con principios y una visión país compartida.