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Etiqueta: Gabe Abrahams

Emma Sharp, 1.000 millas contra la intolerancia

Gabe Abrahams

Emma Sharp fue una caminadora pionera que consiguió una gesta histórica al completar una caminata de 1.000 millas en 1.000 horas en 1864. Fue la primera mujer en conseguirlo.

Emma Sharp nació en Bradford (Inglaterra) en 1832 o 1833, según las diferentes fuentes consultadas. Durante el siglo XIX, Bradford alcanzó su esplendor como centro internacional de la industria textil, en concreto de la lana. Y Emma Sharp y sus familiares fueron parte de esa realidad social y del obrerismo del Bradford industrial de la época.

Emma Sharp se casó muy joven con John Sharp, un mecánico que más tarde se convirtió en un obrero del complejo industrial Bowling Iron Works, y ambos tuvieron dos hijos. En 1853, nació Isaac y, en 1860, siete años después, Emma Jane.

Al cumplir los treinta años, Emma Sharp se interesó por las caminatas de grandes distancias, es decir las caminatas Multiday. Y, tras tener noticias de que una caminadora australiana había tratado de alcanzar sin éxito la distancia de las 1.000 millas, decidió intentarlo ella con la peculiaridad de que las 1.000 millas las llevaría a cabo en 1.000 horas.

Como referencia anterior en el tiempo, Emma Sharp tenía la caminata de 1.000 millas en 1.000 horas realizada por el escocés Robert Barclay Allardice en 1809. El famoso Capitán Barclay, miembro de una familia de cuáqueros y pariente también de los fundadores del Barclay Bank, había completado su hazaña de recorrer 1.000 millas en Newmarket, Inglaterra.

Emma Sharp quiso demostrase a sí misma que podía caminar 1.000 millas y también quiso demostrarle al mundo que las mujeres eran tan capaces como los hombres de realizar tamaña gesta. La tataranieta de Emma Sharp, Kathy Nicol, explicó en una entrevista hace pocos años que «Emma Sharp caminó 1.000 millas para demostrar que podía hacerlo y para poner a las mujeres en el mapa».

Emma Sharp empezó su caminata de 1.000 millas el 17 de septiembre de 1864 y la concluyó 42 días después, es decir el 29 de octubre del mismo año. Durante las seis semanas que duró el reto, Emma Sharp caminó muchas horas cada día por un circuito reducido de 120 yardas, en los alrededores del pub Quarry GAP en Dick Lane, cercano a Bradford, descansando y reponiendo fuerzas en una estancia del pub preparada para tal menester.

Durante la caminata, Emma Sharp se enfrentó principalmente a dos problemas. En los inicios de la misma, se le hincharon los tobillos, pero con el paso de los días se recuperó. Durante todo el transcurso de la caminata, además, padeció una prensa y un público hostiles. La prensa la criticó con argumentos machistas, señalando su ropa «masculina» o cuestiones similares, y el público le siguió el juego, utilizando unos y otros todo tipo de estrategias para que no finalizase la caminata. Emma Sharp observó que el ambiente hostil hacia ella iba a más y, en los últimos dos días de la caminata, portó una pistola, con lo cual demostró que sabía defenderse y que su voluntad de terminar las 1.000 millas era simplemente inquebrantable.

Ante miles de espectadores, con su pistola, un bastón corto en una mano y un sombrero de paja, Emma Sharp cruzó la línea de meta a las 5:15 de la mañana del 29 de octubre de 1864 y se convirtió de esa forma en la primera mujer en completar una caminata de 1.000 millas en 1.000 horas.

Emma Sharp culminó su gran caminata, gracias a saber superar tanto sus problemas físicos como la intolerancia machista de su tiempo.

Las 500 libras esterlinas que ganó Emma Sharp, por medio de las entradas que pagaron miles de personas para verla caminar, fueron empleadas por la caminadora para fundar una empresa. Con el dinero, Sharp fundó un negocio de fabricación de alfombras en Laisterdyke, en el área de Bradford.

Emma Sharp caminó 1.000 millas siendo joven para este tipo de esfuerzos, pero nunca más llevó a cabo un reto similar. De hecho, no se tienen muchos datos sobre su vida tras su gran gesta. Se sabe, eso sí, que falleció en 1920 según la mayoría de las fuentes, es decir cuando se encontraba cerca de los noventa años, una edad muy avanzada para la media de su época, y que dejó descendencia. Una descendencia que, por cierto, la recuerda, dando a conocer su memoria. Su nieta Ann Land conservó el bastón que llevó su abuela Emma durante su caminata de 1.000 millas. Y su tataranieta Kathy Nicol habló hace algunos años en entrevistas de su tatarabuela Emma, su caminata y su lucha en pro de la igualdad de las mujeres.

Tras el fallecimiento de Emma Sharp, y ya pasada la mitad del siglo XX, surgieron otras caminadoras de grandes distancias extraordinarias tras su estela como la rusa Barbara Moore, sobre la que escribí en su momento un artículo biográfico, o la inglesa Ann Sayer, la cual había destacado en remo a nivel internacional antes de dedicarse a las caminatas de largo recorrido. Todas ellas le debieron mucho a Emma Sharp, la gran caminadora del siglo XIX, y a su memorable caminata de las 1.000 millas, ya que, en cierta forma, les abrió el camino por el cual varias décadas después transitaron.

Emma Sharp ha pasado a la historia por ser la primera mujer que consiguió caminar 1.000 millas en 1.000 horas, una gesta extraordinaria en un tiempo difícil para el deporte femenino y la igualdad. Pero también ha pasado a la historia por su valiente lucha contra la intolerancia de su tiempo, lo cual provocó que las caminatas Multiday tuviesen entre sus practicantes a mujeres y que hayan llegado así hasta nuestros días.

Por todo eso, que no es precisamente poco, la memoria de Emma Sharp ha permanecido en el tiempo, a pesar de haber transcurrido más de un siglo y medio de su enorme gesta de las 1.000 millas y más de un siglo de su fallecimiento. A día de hoy, son muchos los que la recuerdan y la admiran. Y son muchos los que la tienen muy presente. Pura justicia.

Gheorghe Gruia: la zurda que maravilló al mundo

Gabe Abrahams

Gheorghe Gruia nació en Bucarest, la capital de Rumanía, el 2 de octubre de 1940 y pasó los primeros años de su vida bajo la dictadura fascista de Ion Antonescu que gobernaba su país.

Desde junio de 1941, el régimen de Antonescu participó en la Segunda Guerra Mundial junto a la Alemania nazi y la Italia fascista. Pero, en 1944, la ofensiva de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) lo derrocó, hecho histórico que condujo al establecimiento de la República Socialista de Rumanía.

Tras el final de la guerra mundial, el joven Gheorghe Gruia creció rápidamente hasta alcanzar su 1.92 de altura y una corpulencia muy notable y poco a poco empezó a destacar en varios deportes como el voleibol, el atletismo y el balonmano.

En 1957, coincidiendo con su ingreso en la Escuela Militar de Oficiales, Gheorghe Gruia debutó en la Liga Nacional de voleibol rumana, destacando por su condición física. En 1959, también participó en los campeonatos nacionales rumanos de atletismo de su categoría ganando dos medallas en jabalina y triple salto, lo cual demostró una vez más su talento deportivo. Y, en 1961, por fin, se decantó por el balonmano, decisión que le conduciría a la cima de ese deporte.

Con el club Steaua de Bucarest, Gheorghe Gruia ganó su primera Liga Nacional de balonmano en 1963, título que volvería a conseguir en los años 1967, 1968, 1969, 1970, 1971, 1972 y 1973. En 1968, el jugador coronó su trayectoria con el Steaua al proclamarse Campeón de Europa de clubs, tras derrotar en la final del campeonato al HC Dukla Praga de Checoslovaquia por 13-11.

Con la selección rumana de balonmano, Gheorghe Gruia igualmente tocó el cielo. En 1964, en Checoslovaquia, Gruia ganó su primer campeonato del mundo de balonmano al vencer Rumanía en la final a Suecia por 25-22. En 1970, en Francia, el jugador ganó su segundo mundial de balonmano al vencer Rumanía en la final a la RDA (República Democrática Alemana), por un ajustado 13-12.

La actuación de Gheorghe Gruia fue determinante en los dos triunfos mundialistas de Rumanía, tanto que lo consagró definitivamente como un jugador extraordinario. Jugando de lateral derecho y utilizando su exquisita zurda, el mundo se asombró con su talento y su zurda pasó a ser conocida como «la zurda de oro».

Dos años después de su última gran gesta, Gheorghe Gruia participó en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, quedando la selección rumana que él lideraba en tercera posición tras Yugoslavia y Checoslovaquia. La medalla de bronce supo a poco, aunque para él a título personal no fue tan amarga al conseguir ser el máximo goleador del torneo olímpico con 37 goles. A todos esos logros, el jugador añadió una medalla de bronce en el mundial de balonmano de 1967.

Siguiendo la trayectoria de Gheorghe Gruia, hay un dato estadístico que no se puede pasar por alto. Y es el que muestra el dominio apabullante de los antiguos países comunistas de la Europa del Este en las principales competiciones internacionales de balonmano de aquellos años. La RDA, Rumanía, Yugoslavia, o Checoslovaquia desfilan por todos y cada uno de los pódiums de las competiciones de la época.

De 1973 a 1978, retirado de la competición, Gheorghe Gruia fue Catedrático de balonmano en la Academia Militar de Rumanía, algo lógico por su condición de militar. Y, en 1978, tras dejar ese trabajo y emigrar a México, pasó a convertirse en el nuevo seleccionador nacional mexicano. En su nuevo destino, también ejerció de Catedrático de balonmano en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y de director de deportes de la cadena Televisa, entre otras actividades profesionales.

En 1992, a ocho años del cambio de siglo, la Federación Internacional de Balonmano reconoció a Gheorghe Gruia como el mejor jugador de balonmano de todos los tiempos, lo cual corroboró que fue el mejor jugador de balonmano del siglo XX.

En 1999, Gruia viajó durante unos días a Rumanía después de dos décadas de ausencia y se sintió algo decepcionado con lo que encontró. El paso del comunismo al supuesto paraíso capitalista no era lo esperado. El régimen rumano de Nicolae Ceaușescu tenía errores propios del estalinismo, pero la democracia representativa del Capital tampoco parecía el camino. Tras regresar a México, Gruia se separó de su mujer con la que había vivido durante décadas y tenido a su única hija.

En 2009, el gobierno rumano le concedió a Gheorghe Gruia un reconocimiento importante, la Orden Del Mérito Deportivo, y apareció publicada su biografía Gruia, Mister Handbal, de Horia Alexandrescu.

Unos años después, el 9 de diciembre de 2015, Gheorghe Gruia falleció de un paro cardiaco en la Ciudad de México a los 75 años de edad. La noticia causó conmoción entre los aficionados al balonmano y al deporte en general. Una parte importante de la historia del balonmano del siglo XX decía adiós.

Pasada una década del fallecimiento de Gheorghe Gruia, su recuerdo sigue estando presente entre las instituciones del deporte. Por unanimidad, le siguen reconociendo como el mejor jugador de balonmano del pasado siglo XX. No es poco para aquel joven rumano de talento innato que se decantó por el balonmano, tras unos prometedores primeros pasos en el voleibol y el atletismo. No es precisamente poco… Y es que el tiempo ha dejado claro que sus logros y sus gestas son únicas, casi irrepetibles.

Galina Zýbina y la gesta de las lanzadoras soviéticas

Gabe Abrahams

Hubo un tiempo en el que las lanzadoras soviéticas lo ganaron prácticamente todo y provocaron que la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) dominase el atletismo femenino a nivel mundial. En los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952 y de Melbourne de 1956, las lanzadoras soviéticas ganaron cuatro oros olímpicos (Galina Zýbina, Nina Romashkova, Tamara Tyshkevich, Inese Jaunzeme) y consiguieron un total de trece de las diecinueve medallas disputadas en las pruebas de lanzamientos.

Repasar la biografía de la lanzadora Galina Zýbina, sirve para conocer los logros de esas extraordinarias lanzadoras y el dominio sobre el atletismo femenino que ejerció la URSS a nivel mundial gracias a ellas. Toda una gesta colectiva.

Galina Zýbina nació el 22 de enero de 1931 en Leningrado. Su padre era bombero y su madre cartera.

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, la joven Galina y su familia, compuesta por sus padres y tres hermanos, padecieron el brutal asedio de Leningrado por parte de los ejércitos nazi y finlandés, un asedio que duró desde el 8 de septiembre de 1941 hasta el 27 de enero de 1944.

El hambre y el frío generados por el asedio nazi-finlandés afectaron gravemente a Galina y sus familiares, tanto que ella quedó muy debilitada y su madre y uno de sus hermanos fallecieron. Su padre también murió en el frente el 10 de enero de 1944.

Concluida la Segunda Guerra Mundial en 1945 tras la derrota de la Alemania nazi y sus aliados, Galina Zýbina empezó a practicar atletismo y, al poco tiempo, se convirtió en una magnífica lanzadora de peso, jabalina y disco.

En el Campeonato de Europa de 1950 disputado en Bruselas, la joven atleta ya fue capaz de ganar la medalla de bronce en la prueba de lanzamiento de jabalina, por detrás de su compatriota soviética Natalia Smirnitskaya y de la austriaca Herma Bauma.

Dos años después, en 1952, Galina Zýbina consiguió un éxito aún mayor al alcanzar la medalla de oro en la prueba de lanzamiento de peso en los Juegos Olímpicos de Helsinki, por delante de la alemana Marianne Werner y de la también soviética Klavdiya Tochonova. Su lanzamiento de 15.28 le supuso el oro olímpico y las plusmarcas mundial y olímpica. De las nueve medallas olímpicas en disputa en las tres pruebas de lanzamientos, siete fueron a parar a la URSS.

En el Campeonato de Europa de 1954 celebrado en Berna, Galina Zýbina logró de nuevo la medalla de oro en lanzamiento de peso, superando en esta ocasión a sus compatriotas soviéticas Mariya Kuznetsova y Tamara Tyshkevich. Su lanzamiento de 15.65 la condujo a la medalla de oro y a la plusmarca europea. Galina redondeó su actuación en el campeonato al lograr la medalla de bronce en la prueba de lanzamiento de disco, tras quedar detrás de otras dos de sus compatriotas soviéticas, Nina Romashkova e Irina Beglyakova, las cuales alcanzaron las medallas de oro y plata respectivamente. Las seis medallas europeas en disputa en las dos pruebas de lanzamientos viajaron hacia la URSS.

En los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956, Galina Zýbina volvió a triunfar al lograr la medalla de plata en lanzamiento de peso, siendo superada por Tamara Tyshkevich. Durante la competición, hubo un duro enfrentamiento entre ambas, pulverizándose la plusmarca olímpica varias veces. De las nueve medallas olímpicas que hubo en disputa en las tres pruebas de lanzamientos, seis fueron para la URSS.

Tras su plata olímpica, en 1957, Galina Zýbina se casó con Yury Fyodorov, con quien tuvo un hijo dos años después. A raíz de eso, se vio obligada a bajar el ritmo de sus entrenamientos y no pudo brillar en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960, ocupando una discreta séptima posición en lanzamiento de peso. Fyodorov fue comandante del crucero Aurora entre 1964 y 1985, cuando ya era un buque museo. Medio siglo antes, en octubre de 1917, el crucero Aurora había realizado el disparo que dio inicio a la toma del Palacio de Invierno de Petrogrado y a la Revolución Rusa, en la cual los sóviets (consejos de obreros) se hicieron con el poder y crearon la URSS, el primer Estado obrero de la historia.

A partir de 1960, Galina Zýbina recuperó su ritmo de entrenamientos y su nivel competitivo habitual, triunfando otra vez en los campeonatos de Europa y los Juegos Olímpicos. En el Campeonato de Europa de 1962 disputado en Belgrado, consiguió la medalla de bronce en la prueba de lanzamiento de peso, logro que repitió en los Juegos Olímpicos de Tokyo de 1964, en ambas ocasiones por detrás de su compatriota soviética Tamara Press.

Debido a su edad, Galina quedó fuera del equipo de la URSS que acudió a los Juegos Olímpicos de México 1968 y, en 1969, siendo ya veterana, se retiró de la competición.

En los años posteriores a su retirada, Galina Zýbina trabajó como entrenadora de atletismo en Estonia, entonces parte de la URSS. Finalizado ese trabajo, siguió apoyando actividades deportivas en su país. Hoy, con 93 años, Galina Zýbina es una de las grandes campeonas del atletismo femenino del siglo pasado que permanecen vivas. Parte importante del grupo de lanzadoras soviéticas que condujo a la URSS a dominar el atletismo femenino en el siglo pasado, su biografía es historia del atletismo y del deporte y sirve para recordar la extraordinaria gesta colectiva de las lanzadoras soviéticas. Una gesta colectiva que ha trascendido el paso del tiempo.

Lina Radke, una campeona olímpica en la RDA

 

Por Gabe Abrahams

Lina Radke, nacida Karoline Batschauer, fue la primera Campeona Olímpica de la historia de los 800 metros. En un tiempo difícil para el deporte femenino, ella peleó contra la adversidad y triunfó. Esta es su apasionante historia.

Oro olímpico

Karoline Batschauer nació en Karlsruhe, Alemania, el 18 de octubre de 1903. Sus padres fueron Felix Batschauer, cerrajero y mecánico de profesión, y Magdalena Fitter.

En 1917, Karoline Batschauer se mudó con su familia a Baden-Baden, lugar en el que su padre trabajó de maquinista en la fábrica Batschari. Y, a principios de los años veinte, inició sus entrenamientos y competiciones como corredora, junto a su único hermano Emil.

En 1926, consiguió su primer éxito deportivo al ganar la prueba de los 1.000 metros del Campeonato de Alemania con la camiseta del SC Baden-Baden. Y, en 1927, con su nuevo club Karlsruher FV, venció otra vez en el campeonato alemán, en esta ocasión en la prueba de los 800 metros, estableciendo su primera plusmarca mundial de la distancia con un registro de 2:23.8.

En ese mismo año de 1927, Karoline Batschauer se casó con su entrenador Georg Radke y ambos se mudaron a la ciudad de Breslau. Desde entonces, pasó a llamarse Lina Radke.

Animada por sus éxitos deportivos, la joven corredora intensificó sus entrenamientos de cara a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928 y su sacrificio la condujo a la gloria olímpica.

El 1 de julio de 1928, con la camiseta de su tercer club, el VfB Breslau, Lina Radke demostró encontrarse en un gran momento de forma al batir su propia plusmarca mundial de los 800 metros con un registro de 2:19.6. Días después, logró su tercer título alemán de la distancia.

Ya en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, el día 2 de agosto, Lina Radke no falló y se impuso de manera brillante en la final de 800 metros, dejando atrás a la japonesa Kinue Hitomi y a la sueca Inga Gentzel. Su registro de 2:16.8 le supuso lograr la medalla de oro y alcanzar su tercera plusmarca mundial de los 800 metros.

Cabe señalar en este punto que, en los Juegos de Ámsterdam, se disputaron por primera vez pruebas de atletismo femenino, contra el criterio de Pierre de Coubertin -fundador de los Juegos Olímpicos modernos- y los conservadores del Comité Olímpico Internacional (COI). Concluidos los Juegos, el COI eliminó los 800 metros, alegando que las atletas no los soportaban. Hasta los Juegos de Roma de 1960, no se recuperó la distancia. Las teorías de Coubertin y el COI fueron hechas mil pedazos cuando las mujeres compitieron en largas distancias décadas después y alcanzaron registros incluso mejores que las antiguas plusmarcas masculinas.

Tras los Juegos de Ámsterdam, Lina Radke siguió entrenando y compitiendo y volvió a destacar en los campeonatos alemanes. En 1930 y 1931, consiguió ser subcampeona alemana de los 800 metros, siendo superada por Marie Dollinger. Y, en 1930, logró la plusmarca mundial de los 1.000 metros.

En 1934, después de participar en los Juegos Mundiales para Mujeres, una competición femenina disputada entre 1922 y 1934 y existente gracias a la feminista francesa Alice Milliat y su Fédération Sportive Féminine Internationale (FSFI), Lina Radke se retiró de la competición definitivamente y se dedicó a ejercer de entrenadora en su club, el VfB Breslau.

Desde esas fechas, se apartó de toda actividad pública, por ser contraria al gobierno alemán nacionalsocialista. Y, en 1937, junto a su marido Georg Radke, tuvo al que sería su único hijo, Norbert.

La RDA

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue un tiempo de calamidades y penurias. Duro, difícil de llevar. En esos años, Lina Radke padeció todo tipo de dificultades. Por ejemplo, su marido Georg Radke pasó un tiempo en un campo de prisioneros soviéticos.

Al concluir la guerra, Lina fue expulsada de Breslau, que se había convertido en polaca, encontrando refugio junto a su marido e hijo en Torgau, una población situada en el este de Alemania. En el viaje de Breslau a Torgau, Lina perdió un objeto muy especial para ella, perdió su medalla de oro olímpica. Torgau se encontró bajo el control de la URSS hasta que en 1949 pasó a ser parte de un nuevo estado comunista, la República Democrática Alemana (RDA).

Asentados en Torgau, Lina Radke y su marido George Radke ejercieron de entrenadores y consiguieron logros destacados en la joven RDA. Por ejemplo, su discípula Elli Sudrow se proclamó campeona nacional de 800 metros en 1951 y 1953.

En 1956, ambos vieron recompensada su labor, cuando el Comité Olímpico de la RDA reprodujo la medalla de oro olímpica de Lina, extraviada durante su viaje de Breslau a Torgau, y se la entregó como reconocimiento.

En 1961, el matrimonio Radke puso fin a su estancia en la RDA y se marchó a vivir a Karlsruhe, la ciudad natal de Lina, en ese momento perteneciente a la República Federal de Alemania (RFA). La marcha de la Alemania comunista hacia la Alemania capitalista fue motivada por el deseo de su hijo Norbert de dedicarse a ser músico de jazz.

El regreso a Karlsruhe

Al poco tiempo de su regreso a Karlsruhe, las esperanzas de Lina Radke de recibir apoyos para su actividad deportiva se desvanecieron. Lina comprobó que ni su antiguo club, ni la Federación de Atletismo de la República Federal de Alemania, ni el Comité Olímpico del país, tenían intención de ayudarla. La única excepción fue el ayuntamiento de Karlsruhe, quien en 1973 le entregó la medalla de oro de la ciudad por su trayectoria. Quedan pocas dudas de que la buena relación del matrimonio Radke con el deporte de la RDA fue lo que motivo la falta de apoyos.

A raíz de esa situación, Lina Radke vivió retirada de toda actividad pública durante sus últimos años de vida como en los años de la Alemania nazi, pasando al anonimato más absoluto. Tanto que el 8 de octubre de 1983 un cargo deportivo se encontró con la sorpresa de que, al ir a felicitarla por su 80 cumpleaños, sus vecinos le dijeron: «¡La señora Radke murió hace seis meses!».

Lina Radke efectivamente falleció el 14 de febrero de 1983, con 79 años, siendo enterrada en el cementerio de Mühlburg, perteneciente a Karlsruhe, sin que trascendiese la noticia. Su marido Georg Radke le sobrevivió diez años.

Tras su fallecimiento, Lina Radke recibió escasos reconocimientos. El motivo no fue otro que su buena relación con el deporte de la RDA, como ya le ocurrió en vida. Con el paso de los años, no obstante, las instituciones políticas y deportivas trataron mejor a la atleta. En 2021, se inauguró el Pabellón Lina Radke en Karlsruhe. Y, en 2022, la World Athletics, es decir la Federación Internacional de Atletismo, le dedicó a la corredora una placa conmemorativa en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, lugar en el que ella tocó el cielo.

No podía ser de otra forma…

Lina Radke, una corredora excelente envuelta en una época difícil, peleó contra la adversidad y ganó. Fue la primera Campeona Olímpica de los 800 metros. Su trayectoria y su gesta olímpica son pura historia del deporte del siglo XX. Son imborrables.

Alice Coachman, la primera campeona olímpica negra

Gabe Abrahams

En mi anterior artículo dedicado al atleta de color Ralph Metcalfe, expliqué sus logros en el deporte y la política, conseguidos en medio de la segregación racial de Estados Unidos. En el presente artículo dedicado a la atleta Alice Coachman, narro otra historia de grandes éxitos deportivos y segregación.

Alice Marie Coachman Davis (1923-2014) nació el 9 de noviembre de 1923 en Albany, Georgia, Estados Unidos. Fue la quinta hija de Fred y Evelyn Coachman, los cuales tuvieron un total de diez hijos.

Alice Coachman asistió a las escuelas Monroe Street Elementary School y Madison High School. Y, por ser negra, fue segregada y no pudo practicar atletismo junto a sus compañeras blancas. La segregación en Estados Unidos fue ley (leyes Jim Crow) hasta 1967, legislación cumplida tanto en los Estados del sur como en los del norte sin excesivas contemplaciones.

En 1939, Alice Coachman prosiguió sus estudios en la Escuela Preparatoria de Tuskegee, Alabama, gracias a una beca otorgada por sus condiciones atléticas, graduándose con una licenciatura en Confección en el Instituto Tuskegee en 1946. Tres años después, también consiguió una licenciatura en Economía en el Albany State College.

Desde 1939, la carrera deportiva de Alice Coachman fue espectacular. Entre ese año y 1948, Coachman ganó diez veces la prueba de salto de altura en los campeonatos de atletismo de Estados Unidos, venciendo además en otras pruebas como los 100 metros lisos y el relevo 4×400 metros.

Por culpa de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Coachman no pudo competir en los Juegos Olímpicos de 1940 y 1944. Aunque, una vez terminó el conflicto, sí pudo hacerlo finalmente en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948. En medio de una disputa emocionante, Coachman ganó la prueba de salto de altura al derrotar por unos pocos centímetros a la británica Dorothy Tyler, Subcampeona Olímpica de la especialidad en los anteriores Juegos de Berlín de 1936.

La victoria le supuso a Alice Coachman colgarse el oro olímpico y convertirse en la primera mujer negra en alcanzar tamaña gesta.

Tras su triunfo, Alice Coachman fue recibida por las autoridades de Estados Unidos. En su ciudad natal, Albany, esas autoridades segregaron a los ciudadanos negros que acudieron a recibirla, separándolos de los blancos, a la vez que a ella le negaron el saludo por ser negra. Un caso similar al que padeció doce años antes el atleta Ralph Metcalfe, cuando tras alcanzar el oro olímpico el presidente Franklin D. Roosevelt se negó a darle la mano por su condición de negro.

Después de los Juegos Olímpicos de Londres de 1948, Alice Coachman se retiró del atletismo y se dedicó a la educación. Se casó dos veces y tuvo dos hijos de su primer matrimonio. Además, fundó la Alice Coachman Track and Field Foundation, con el objetivo de ayudar a los atletas con pocos recursos económicos.

Pasada una década del final oficial de las leyes de segregación, en 1975, Alice Coachman fue admitida en el USA Track and Field Hall of Fame. En 1996, durante los Juegos Olímpicos de Atlanta, también recibió un reconocimiento público. Y, en 2004, fue incluida en el United States Olympic Hall of Fame. La segregación racial pesaba sobre las conciencias de muchos cargos deportivos norteamericanos, lo cual motivó que más de una institución otorgarse premios a deportistas negros que en el pasado habían sido injustamente tratados por el mero hecho de serlo.

En 1998, Alice Coachman recibió otro importante reconocimiento. La Alpha Kappa Alpha Sorority, la primera fraternidad de mujeres negras de Estados Unidos, le otorgó la membresía de honor. Fundada en 1908, desde sus inicios, la fraternidad luchó a favor de las mujeres de color, teniendo entre sus miembros a personajes relevantes e, incluso, a diversas medallistas olímpicas como Tonique Williams-Darling, Vonetta Flowers, Debi Thomas o Zina Garrison.

Alice Coachman falleció en Albany, Georgia, el 14 de julio de 2014, de un paro cardíaco. Su muerte fue llorada por el mundo del deporte, el olimpismo y las gentes de la tierra que la vio nacer, muchas de ellas afrodescendientes. Solo dos meses después del desenlace, el 25 de septiembre, falleció Dorothy Tyler, su rival y compañera en el pódium de los Juegos de Londres de 1948. Ambas estuvieron muy cerca, tanto en el deporte como en el final.

Transcurrida una década del fallecimiento de Alice Coachman, su ciudad natal Albany tiene una avenida y una escuela con su nombre a modo de homenaje y las instituciones deportivas internacionales la tienen muy presente. No hay aniversario de sus hazañas atléticas que pase desapercibido. No hay aniversario de su gesta olímpica que no se conmemore. La primera mujer negra que consiguió una medalla de oro en una olimpiada se ha ganado un hueco en la historia del deporte. Justicia, tal vez, solo justicia es la palabra.

Ralph Metcalfe, un oro olímpico contra la segregación

Gabe Abrahams

Ralph Harold Metcalfe (1910-1978) nació en Atlanta, Georgia, Estados Unidos, el 29 de mayo de 1910. Hijo de Clarence Metcalfe y Marie Attaway, emigró a Chicago con siete años huyendo de la pobreza y la segregación.

En 1930, Metcalfe se graduó en la escuela secundaria Edward Tilden High School de Chicago. Y, posteriormente, consiguió una beca para la Universidad Marquette en Milwaukee, Wisconsin. En la universidad, se centró en el atletismo y logró igualar las plusmarcas mundiales de 100 metros (10,3 segundos) y 200 metros (20,6 segundos).

En los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932, Metcalfe tuvo su primera gran actuación internacional. En la final de los 100 metros, cruzó la meta primero junto a su compañero de selección Eddie Tolan, registrando ambos un tiempo de 10,38 segundos. Los jueces le dieron la victoria a Tolan y Metcalfe se colgó la medalla de plata. En la final de los 200 metros, Metcalfe quedó tercero y logró la medalla de bronce.

En 1932, Metcalfe también se convirtió al catolicismo al observar que algunos protestantes segregaban a los negros. Metcalfe compartió a lo largo de su vida su condición de católico con la de masón y miembro de la Prince Hall Freemasonry, Obediencia masónica para hermanos negros. Recorrido similar al de otros atletas como Harold Abrahams, masón iniciado en la Oxford and Cambridge University Lodge y fundador de la Athlon Lodge, o, entre otros, Thomas Green, cargo masónico relevante.

Cuatro años después, en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, Ralph Metcalfe compitió nuevamente a un nivel extraordinario y por segunda vez alcanzó la medalla de plata en los 100 metros, en esta ocasión por detrás de Jesse Owens. Junto a Owens, Foy Draper y Frank Wykoff, Metcalfe además logró la victoria por equipos en el relevo 4×100 metros ante los equipos de Italia y Alemania. El impacto que supuso la derrota de los equipos fascistas ante atletas de color fue brutal. Las teorías raciales fueron puestas en evidencia.

Cuando Ralph Metcalfe regresó a su país tras los Juegos Olímpicos, sin embargo, la segregación tomó el testigo de las teorías raciales. El hecho más grave ocurrido fue que el entonces presidente Franklin D. Roosevelt se negó a estrechar la mano de los campeones olímpicos de color como Metcalfe u Owens. Conviene tener presente que la segregación de la comunidad negra estuvo amparada en Estados Unidos por las leyes Jim Crow hasta 1965. En 2016, en el Festival de Cine de Los Ángeles, se estrenó el documental Orgullo olímpico, prejuicio americano que mostraba los hechos narrados.

Después de su éxito olímpico y de obtener una licenciatura en Marquette en 1936, Ralph Metcalfe se retiró de la competición y enseñó ciencias políticas en la Universidad Xavier de Nueva Orleans. En 1939, también completó una maestría de educación física en la Universidad del Sur de California de Los Ángeles y se casó con Gertrude Pemberton.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Metcalfe sirvió en el cuerpo de transporte del ejército estadounidense, ascendiendo al rango de primer teniente, y se divorció de su mujer. Concluida la guerra, ya en 1947, Metcalfe se convirtió en director del Departamento de Derechos Civiles de Chicago y defendió ante la Liga Urbana de Milwaukee que la educación era la mejor forma de combatir la segregación. En ese mismo año, se volvió a casar, en este caso con Madalynne Fay Young, con la que tuvo un hijo llamado Ralph Metcalfe Jr.

En 1955, Ralph Metcalfe dio el salto a la política y ganó la primera de cuatro elecciones como concejal de la ciudad de Chicago. El final de su relación con el cargo llegó en 1971, cuando rompió con el alcalde Richard Daley por unos graves incidentes de brutalidad policial contra la comunidad negra.

En 1970, Metcalfe se postuló para un escaño vacante en el Congreso por el Partido Demócrata y fue elegido en el primer distrito de Illinois. Desde su escaño de congresista y dentro de las limitaciones de la democracia representativa y capitalista, luchó por los derechos de la comunidad negra, los pobres, una sanidad pública… Enfrentado al presidente Richard Nixon por no apoyar este la legislación destinada a mejorar la sanidad para los pobres, exhortó a sus colegas de la Cámara a “diseñar un paquete de atención médica que satisfaga sus necesidades y aspiraciones”.

En 1971, Metcalfe fundó el Congressional Black Caucus (CBC), junto a miembros de la Prince Hall Freemasonry. Y, en 1975, el National Track and Field Hall of Fame de Estados Unidos le incluyó en su lista, reconocimiento tardío para su grandeza atlética.

El 10 de octubre de 1978, Ralph Metcalfe sufrió un ataque cardíaco, el segundo que padecía, y falleció en su apartamento de South Side, Chicago, con 68 años de edad. Fue enterrado en el cementerio católico del Santo Sepulcro en Alsip, al suroeste de Chicago. La noticia tuvo un enorme impacto. El mundo del deporte y el olimpismo se conmocionaron. La comunidad negra norteamericana y los miembros de la Prince Hall Freemasonry se sintieron muy afectados. El presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, afirmó que Metcalfe fue «un líder político intransigente en la búsqueda de la excelencia, firme y honesto». A Ralph Metcalfe, le sobrevivieron su madre, su esposa Madalynne Fay Young, su hijo y un nieto. La despedida fue dura para todos. Camino del medio siglo de su fallecimiento, nadie se ha olvidado de él.

Diego Rivera, el compromiso a través del arte

Gabe Abrahams

Diego Rivera Barrientos (1886-1957) nació en Guanajuato, México, el 8 de diciembre de 1886. Su hermano gemelo, Carlos, falleció a temprana edad y su hermana María del Pilar llegó al mundo en 1891. El padre de Diego, Carlos Rivera Acosta, era un maestro de escuela liberal. Y su madre, María del Pilar Barrientos, pertenecía a una familia acomodada y conservadora.

Cubismo y Realismo Social

La relación de Diego Rivera con la pintura se inició pronto. En 1896, al cumplir los diez años, empezó a estudiar en la Academia de San Carlos de Ciudad de México, lugar en el que vivía con su familia desde 1892. Y, en 1907, recibió una beca para seguir su formación artística en España, marchando a Madrid para estudiar en la academia del pintor Eduardo Chicharro y Agüera.

En España, Rivera viajó por todo su territorio, estudió las obras de El Greco y Goya y frecuentó cenáculos de artistas. Varios óleos suyos del periodo 1907-1908 están relacionados con la ciudad de Ávila (Escena nocturna en Ávila, La calle de Ávila, La mañana de Ávila). En esas pinturas, Rivera captó muy bien los paisajes, los pueblos y las noches castellanas bajo las estrellas.

En 1909, Diego Rivera se trasladó a París, conoció a la pintora rusa Angelina Beloff en Bruselas en ese mismo año y se casó con ella en 1911, teniendo ambos un hijo, Diego, que falleció al poco tiempo. Nada más llegar a la capital francesa, Rivera pintó óleos de Realismo Social similares a algunos de su etapa española como Notre Dame de París (1909), Retrato de Angelina Beloff (1909) y La casa sobre el puente (1909), este último durante su viaje a Bruselas en el que conoció a Angelina. Después, pintó óleos cubistas tipo a Vista de Toledo (1912), La Torre Eiffel (1914), Retrato de dos mujeres (1914), Paisaje Zapatista (1915) y Retrato de Ramón Gómez de la Serna (1915), entre otros. En sus últimos años de estancia en París, Rivera se alejó del Cubismo y retomó el Realismo Social con óleos como El matemático (1918).

En febrero de 1920, Rivera marchó a Italia, donde residió durante un año y medio, y estudió principalmente el arte renacentista. Realizó bocetos y dibujos y, gracias al florentino Giotto, pintor muralista, escultor y arquitecto medieval, descubrió una forma monumental de pintura que le fue de gran ayuda en sus murales posteriores.

En 1921, Diego Rivera puso punto y final a su periplo europeo y regresó a México, arrastrado por el arte mexicano y la Revolución Mexicana.

Muralismo y militancia política

Al año siguiente de su regreso a México, Diego Rivera se casó por segunda vez, en esta ocasión con Guadalupe Marín, con quien tuvo dos hijas, Lupe y Ruth. Y, de forma consecuente con su ideología, se afilió al Partido Comunista Mexicano (PCM), en el cual pasó a formar parte de su comité ejecutivo. En ese mismo año, fundó también el Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores (SOTPE), junto a artistas como José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros.

Ya asentado en México, en los años siguientes, Rivera pintó numerosos murales en edificios públicos sobre la historia mexicana y la realidad social, siendo el primero La creación (1923), pintado en la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional de México (actual Antiguo Colegio de San Ildefonso, Ciudad de México).

Otros murales de Rivera, pintados en esos años, fueron los de la Secretaría de Educación Pública (Ciudad de México) y los de la Escuela Nacional de Agricultura (actual Universidad Autónoma Chapingo, Chapingo). Entre los murales de la Secretaría de Educación Pública, destacaron Mujeres tehuanas (1923), El trapiche (1923), Entrada a la mina (1923), El arsenal (1928), Banquete de Wall Street (1928) y La muerte del capitalismo (1928).

En 1927, el artista viajó a la URSS de Stalin, invitado por las autoridades del país con motivo del décimo Aniversario de la Revolución Rusa y no regresó a México hasta la primavera del año siguiente. En Moscú, Rivera expresó su incomodidad por la falta de libertad artística y Anatoli Lunacharski, Comisario del Pueblo de Educación, le instó a abandonar el país para evitar ser arrestado. Tras regresar a México, Rivera declaró lo mismo y fue expulsado del Partido Comunista Mexicano, el cual era fiel a Stalin.

Rivera se unió entonces a León Trotski y sus seguidores, quienes eran contrarios al régimen de Stalin. Una década después, Rivera y Trotski tuvieron una estrecha relación, escribiendo este último que “en el campo de la pintura, la Revolución de Octubre ha encontrado su mayor intérprete no en la URSS sino en el lejano México… El cierre de las puertas soviéticas a Rivera marcará para siempre con una vergüenza imborrable la dictadura totalitaria de Stalin”.

En medio de esas convulsiones, Rivera conoció a la artista Frida Kahlo por medio de una amiga común, la fotógrafa Tina Modotti, y, en 1929, se casó con ella.

Un genio en Estados Unidos

En 1930, Diego Rivera y Frida Kahlo viajaron a Estados Unidos tras superar problemas burocráticos que les impedían la entrada en el país por su militancia comunista y el artista inició su etapa más brillante. Algunos capitalistas norteamericanos le encargaron murales y él alcanzó el cénit.

La primera gran obra de Rivera en Estados Unidos, terminada en febrero de 1931, fue el mural La Alegoría de California del club de la Bolsa de San Francisco, donde la figura central era Calafia, una mítica reina de California que encabezó un reino de mujeres negras y guerreras. La imagen de Calafia era la de la tenista y pintora Helen Wills, a la cual Rivera había conocido en el estudio de San Francisco del escultor Ralph Stackpole. En el mural, aparecían Calafia, un hombre con un compás y otro hombre con un modelo de aeroplano al lado de trabajadores, buscadores de oro y obreros en las profundidades de la tierra. Imágenes que plasmaban la realidad social de California, en línea con el Realismo Social y el compromiso sociopolítico de Diego Rivera.

Las siguientes obras destacadas de Rivera en Estados Unidos fueron los murales La elaboración de un fresco (1931) y Fondos congelados (1932). El mural Fondos congelados mostraba en su parte superior una imagen de la arquitectura vertical de Nueva York, justo debajo una imagen de un refugio para trabajadores desposeídos y aún más abajo una imagen de una sala de espera de un banco con capitalistas sentados. Imágenes que plasmaban la realidad social de la ciudad. En la pintura, Rivera expresaba magníficamente los bruscos contrastes sociales de Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos, donde junto a la riqueza deslumbrante, se suele observar a pocos metros la pobreza más extrema.

Los posteriores Murales de la Industria de Detroit (1932-1933) fueron otra obra excepcional de Rivera en Estados Unidos. Los Murales, una serie de pinturas en veintisiete paneles, mostraban sobretodo imágenes de trabajadores de la Ford Motor Company y Detroit y plasmaban la realidad social de los trabajadores norteamericanos, fortaleciendo el nexo de Rivera con el Realismo Social y el compromiso sociopolítico.

El momento culminante de la estancia de Rivera en Estados Unidos llegó en 1933, de la mano de Nelson Rockefeller, cuando este le encargó pintar un mural en el vestíbulo de entrada del edificio principal del Rockefeller Center de Nueva York. Rivera pintó el mural El hombre controlador del universo, incorporando un retrato de Lenin, junto a otros teóricos comunistas. Los medios de comunicación de Estados Unidos y los poderes capitalistas del país se posicionaron en contra de la inclusión de Lenin en la obra. Y Rockefeller mandó cubrir el mural, aunque intentó salvarlo solicitando a Rivera que eliminase a Lenin del mismo. Rivera se negó rotundamente como no podía ser de otra forma en un artista defensor de la libertad artística y, al final, los censores destruyeron el mural. Rivera habló de vandalismo cultural.

En 1934, Rivera regresó a México y pintó el mismo mural en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Gracias a su tenacidad y valentía, hoy existe el genial mural. La obra muestra a un obrero como controlador del universo y la confrontación entre diversas dicotomías que componen el universo ideológico: capitalismo y comunismo, tradición y ciencia, etc. Justo en el centro del mural, un obrero ejerce de controlador del universo. A su derecha, aparecen imágenes del mundo capitalista desde una posición crítica. A su izquierda, aparecen imágenes del mundo comunista que muestran a la clase obrera y a sus principales teóricos.

Es cierto que Rivera en el mural criticó el capitalismo y exaltó el comunismo y el ateísmo, con imágenes de la clase obrera, sus teóricos y el obrero que controla el universo y suple a dios, y que eso incomodó a los que se lo encargaron. Pero los que contrataron a Rivera, el clan Rockefeller, conocían quién era y qué pensaba y, por tanto, las críticas y la censura estaban de más. Rivera solo se limitó a pintar lo que observaba, con Realismo Social y compromiso sociopolítico, y a reclamar su libertad artística cuando la sintió ultrajada.

León Trotski

La actividad de Diego Rivera en Estados Unidos no fue solo artística. Durante su estancia en el país, Rivera se unió definitivamente a León Trotski y sus seguidores. Al poco tiempo de llegar, contactó con el Partido Comunista (Grupo Mayoritario) y con la Liga Comunista de América, dos organizaciones trotskistas recién fundadas. Con la primera, el Partido Comunista (Grupo Mayoritario), colaboró en sus revistas The Revolutionary Age y The Workers Age y dio conferencias como la del 3 de abril de 1932, Tendencias en el Arte Moderno. Para la sede de su escuela de Nueva York, la New Worker’s School, pintó el mural Retrato de América (1933), compuesto de varios paneles de interés en los que aparecen figuras de la política internacional del momento.

Al regresar a México al año siguiente, Rivera reinició su actividad de muralista centrado en la historia mexicana y la realidad social, concluyendo algunos de los murales del Palacio Nacional de México como Epopeya del pueblo mexicano.

Ya a finales de 1936, Diego Rivera gestionó la petición de asilo de León Trotski en México ante el presidente Lázaro Cárdenas. Y, gracias a eso, Trotski y su mujer, Natalia Sedova, pudieron residir en Coyoacán desde enero de 1937, en concreto en la casa de Frida Kahlo en la que vivía con Rivera, la llamada Casa Azul.

El 3 de septiembre de 1938, los seguidores de Trotski fundaron la Cuarta Internacional en la casa del sindicalista y trotskista francés Alfred Rosmer, situada a las afueras de París, y Rivera se convirtió en miembro de su sección mexicana, colaborando con la revista Clave. Tribuna Marxista, su órgano teórico. A pesar del estrecho vínculo entre Rivera y Trotski, pocos meses después, a principios de 1939, la relación terminó en ruptura, según Trotski por el carácter impulsivo de Rivera, más que por cuestiones ideológicas. Rivera fundó entonces el Partido Revolucionario Obrero y Campesino.

En agosto de 1940, Diego Rivera se enteró de la noticia de la muerte de León Trotski a manos de un agente de Stalin, Ramón Mercader, que iba armado con un piolet y le afectó. A finales de ese año, pintó el destacado mural Unidad Panamericana para los vestíbulos del City College de San Francisco, el cual representaba el pasado, presente y futuro compartido de las Américas, e incluyó una imagen de Stalin con un piolet en sus manos para remarcar su responsabilidad en el trágico final de Trotski. Fue su homenaje a aquel que había sido su compañero y amigo.

Retorno a la URSS

Durante la Segunda Guerra Mundial, los sucesores de Trotski padecieron su ausencia, la ausencia del teórico y revolucionario marxista, y transitaron por un periodo difícil. Cosa lógica y normal por su talla intelectual y revolucionaria. Por su parte, la URSS de Stalin entró en el bando de los Aliados y derrotó al nazismo. Imágenes como las de la ocupación del Reichstag de Berlín con el izado de la bandera soviética en su tejado resultaron impactantes. Rivera meditó durante tiempo sobre esos acontecimientos y, a finales de los años cuarenta, decidió reingresar en el Partido Comunista Mexicano y solicitó su readmisión, siendo en principio rechazado.

En 1947, Rivera pintó el célebre mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, dedicado a la historia de México, y en él escribió “Dios no existe”, lo que provocó virulentas reacciones de los conservadores mexicanos en su contra. Rivera mantuvo la frase, tomando la misma postura que cuando fue censurado en Nueva York por cuestiones similares. Libertad artística y compromiso sociopolítico.

En 1950, Diego Rivera recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes de México en la sección de Bellas Artes, la única sección en la que se otorgó aquel año, y finalizó algunos murales dedicados a la historia mexicana del Palacio Nacional de México como La civilización huasteca y La civilización totonaca.

En 1952, Rivera pintó el mural inconcluso La Universidad, la familia mexicana, la paz y la juventud deportista en el Estadio Olímpico Universitario y, en 1953, el mural del Teatro de los Insurgentes, ambos en la Ciudad de México y con gran carga histórica.

Diego Rivera padeció la dolorosa muerte de su eterna compañera Frida Kahlo en 1954, quedando muy afectado por la misma. A raíz de ese fallecimiento y de sus reiterados intentos fallidos por ser readmitido en el Partido Comunista Mexicano, sufrió un deterioro anímico. En 1955, recibió otra mala noticia cuando le diagnosticaron cáncer, aunque se animó al conseguir por fin ser readmitido en el Partido Comunista Mexicano.

Inmediatamente después de su reingreso, Rivera se casó con la editora Emma Hurtado y ambos marcharon a Moscú para recibir él un tratamiento contra el cáncer en el Hospital Botkin. Tres décadas después, retornaba a la URSS. Habían pasado muchas cosas desde su primera estancia, tantas como su expulsión del Partido Comunista Mexicano, su paso por Estados Unidos, su relación con Trotski, el éxito internacional de sus obras…

En abril de 1956, Rivera terminó su tratamiento y regresó a México. En el trayecto, junto a su mujer, recorrió Polonia, Checoslovaquia y la Alemania del Este, siendo nombrado en Berlín corresponsal de la Academia de las Artes. Visitó el campo de concentración de Auschwitz y el búnker de Hitler. Ya en México, pintó dos óleos de puro Realismo Social, Desfile del 1º de Mayo en Moscú y Refugio de Hitler (ruinas de la Cancillería de Berlín). Era evidente que Rivera y la URSS habían hecho las paces.

Desde la primavera de 1956 hasta finales de 1957, Diego Rivera residió en la llamada Casa de los Vientos de Acapulco, porque su amiga la coleccionista de arte Dolores Olmedo la puso a su disposición, y pintó sus últimos óleos y murales. El principal mural lo pintó en la pared exterior de la casa, incluyendo las imágenes de dos dioses de la cultura azteca, Quetzalcóatl y Tláloc. Fue su último tributo a la historia de México.

En octubre de 1957, Rivera se sintió impactado ante la hazaña del satélite artificial soviético Sputnik 1 y empezó a trabajar en una obra sobre él, pero no pudo terminarla, porque la muerte lo impidió. Un mes después de la gesta del Sputnik, Diego Rivera falleció de un paro cardiaco en su domicilio y taller de la Avenida de Las Palmas 191, colonia San Ángel Inn, Ciudad de México. Sus restos no se unieron a los de Frida Kahlo en la Casa Azul como él quería, sino que fueron a parar a la Rotonda de las Personas Ilustres. Velado en el Palacio de Bellas Artes, el pueblo mexicano y el mundo del arte y la política lloraron su pérdida. Dejó para la posteridad un legado artístico infinito y un compromiso sociopolítico único, del cual toda su obra es testigo.

Helen Wills, tenis y arte

Gabe Abrahams

Helen Newington Wills (1905-1998) nació en Centerville, en el condado de Alameda, California, el 6 de octubre de 1905.

Los orígenes de Helen Wills eran mayoritariamente europeos, aunque su abuelo paterno Thomas Wills tenía origen hebreo por vía de su madre Drucilla Jane Solomon.

El padre de Helen, Clarence Wills, fue cirujano y su madre, Catherine Anderson, se graduó en Ciencias Sociales en la Universidad de California, Berkeley, inclinándose por la cultura.

Helen Wills fue educada por su madre hasta los ocho años y, tras eso, acudió a la escuela, destacó como estudiante y se graduó en la Anna Head School en 1923. Finalmente, accedió a la Universidad de California y se graduó en Bellas Artes en 1925.

Wills empezó a jugar al tenis siendo muy joven y ganó su primer título importante en 1921, el individual femenino del Estado de California. Con potentes saques y precisos remates, en los años siguientes a ese primer triunfo, dominó primero el tenis de su país y después el tenis mundial. Un dominio que se extendió durante dos décadas y que ella conjugó con su faceta artística.

En 1923, Helen Wills ganó su primer título individual de Estados Unidos. Y, en 1924, repitió triunfó y alcanzó la gloria olímpica, al conseguir dos medallas de oro en los Juegos Olímpicos de París. Wills venció en el individual y el doble femenino, este último junto a su compañera Hazel Wightman. El tenis olímpico se disputó en canchas de tierra batida del Stade Olympique Yves-du-Manoir de Colombes, un suburbio al noroeste de la capital francesa.

Tras su doble oro olímpico, Wills todavía fue más implacable con sus rivales. Desde 1926 hasta 1932, no perdió nunca. Y, además, fue cinco veces campeona de Estados Unidos (1925, 1927-29 y 1931), con lo cual alcanzó las siete victorias, ocho veces ganadora de Wimbledon (1927-30, 1932-33, 1935 y 1938) y cuatro veces ganadora del Roland Garros, entre 1928 y 1932.

En esa etapa, Wills además se impuso en doce campeonatos de dobles individuales y mixtos de Estados Unidos, Wimbledon y Roland Garros.

Conocida como «Little Miss Poker Face» por su actitud estoica en la pista, Wills mantuvo a lo largo de su carrera deportiva una gran rivalidad con la estadounidense Helen Hull Jacobs.

En 1929, Helen Wills se casó con Frederick S. Moody. Tras divorciarse de él en 1937, se casó dos años después con Aidan Roark, del cual se divorciaría en la década de los años setenta. Su segunda boda coincidió con el declive de su carrera deportiva que duró hasta principios de los años cuarenta.

Deportista excepcional, dotada de gran talento para el deporte que practicó, Wills no solo cosechó victorias durante dos décadas y dejó registros casi imbatibles para la posteridad en el mundo del tenis, sino que también destacó en el arte.

Escribió varios libros de poemas como The Awakening (1926) o The Narrow Street (1926), dos libros sobre su deporte (Tennis en 1928 y Fifteen Thirty en 1937) y un libro de misterio, Death Serves an Ace (1939), a la vez que publicó decenas de artículos ilustrados por ella misma para The Saturday Evening Post y otras revistas.

En su faceta de pintora, Wills realizó dibujos y pintó cuadros, exponiendo en las principales galerías de Nueva York o Londres. En 1929, Wills llevó a cabo su primera exposición de dibujos en la Cooling Gallery de Londres.

La relación de Helen Wills con el arte no se limitó solamente a sus propias creaciones. El escultor armenio Haig Patigian dedicó a Wills la escultura Helen of California (1927), hoy expuesta en el Young Museum de San Francisco, el escultor estadounidense Alexander Calder las esculturas Helen Wills (1927) y Helen Wills II (1928) y su compatriota Edward McCartan la escultura Helen Wills Moody (1936).

Durante la década de los años veinte, Wills mantuvo una estrecha relación con algunos de los más notables artistas del Realismo Social en Estados Unidos como el escultor, pintor y muralista Ralph Stackpole. El Realismo Social tenía y tiene como objetivo principal plasmar la realidad de la clase trabajadora.

En 1930, Wills conoció en el estudio de San Francisco de su amigo Ralph Stackpole a la pareja de artistas mexicanos Frida Kahlo y Diego Rivera, este último pintor realista, cubista y muralista de categoría con un importante compromiso político y social en su obra. Rivera se entusiasmó con Wills e inició una relación artística con ella. Rivera pintaba y ella posaba.

En 1930, la retrató. Y, en 1931, la inmortalizó al dibujarla en el mural La Alegoría de California del club de la Bolsa de San Francisco como figura central que representaba a Calafia, una mítica reina asociada a California que según la tradición lideró un reino de mujeres negras y guerreras.

El mural, primer fresco de Rivera en Estados Unidos, justo debajo de Wills-Calafia, mostraba a un hombre con un compás al lado de un trabajador, a otro hombre con un modelo de aeroplano junto a otro trabajador, a buscadores de oro y a dos obreros en las profundidades de la tierra. Imágenes que plasmaban la realidad social de California, en línea con el Realismo Social y el compromiso sociopolítico de Diego Rivera.

Años después, la pareja Kahlo y Rivera, artistas comprometidos y también destacados militantes comunistas, fueron claves en el asilo de León Trotski en México. Rivera lo gestionó y Kahlo acogió a Trotski en su casa de Coyoacán, desde su llegada a México en 1937. Trotski encontraría su final en México en 1940 a manos de agentes de Stalin. Poco antes, en septiembre de 1938, viviendo Trotski en México, había sido fundada por sus seguidores la Cuarta Internacional en las afueras de París.

Helen Wills, más allá del Realismo Social de las obras de Rivera en las que participó o de otras obras menores, aunque no exentas de interés, recibió sus principales reconocimientos por su carrera deportiva. En 1935, fue nombrada Atleta Femenina del Año por la Associated Press y, en 1959, ingresó en el Salón Internacional de la Fama del Tenis.

Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Wills poco a poco se encerró en su mundo y evitó las apariciones públicas, manteniendo a título personal tanto la práctica del tenis como sus actividades artísticas. De hecho, siguió jugando al tenis y pintando hasta edades avanzadas.

Helen Wills falleció el 1 de enero de 1998 en Carmel-by-the-Sea, Monterrey, California, a la edad de 92 años. Tuvo el detalle de legar su patrimonio a la investigación científica, algo que sin duda no les hubiese parecido mal a los artistas de izquierdas que tuvieron una estrecha relación con ella en otro tiempo. Legó 10 millones de dólares para el Instituto de Neurociencia de la Universidad de California, que pasó a llamarse Instituto de Neurociencia Helen Wills.

Y, principalmente, Wills legó para la posteridad una carrera deportiva y unos registros casi irrepetibles en el tenis y en el deporte. Sus medallas olímpicas y sus títulos en Estados Unidos, Wimbledon y Roland Garros lo dicen todo. Ganó lo que nadie había ganado ni ha vuelto a ganar. Redondeó todo eso con su comentada faceta artística, no tan conocida, más modesta que la deportiva, aunque repleta de obras de interés. La Alegoría de California fue el punto culminante de esa faceta. Por todo lo que consiguió en el tenis, muchos expertos del deporte de la raqueta consideran a Wills la mejor tenista del siglo XX. El obituario que le dedicó el New York Times fue rotundo sobre esa cuestión al describirla como «posiblemente la tenista más dominante del siglo XX».

Lydia Wideman, primer oro olímpico femenino en esquí

Gabe Abrahams

Lydia Wideman (1920-2019) nació en Vilppula, Finlandia, el 17 de mayo de 1920. Gemela de su hermana Tyyne, tuvo un total de diez hermanos.

Tras concluir sus estudios, Lydia Wideman trabajó como oficinista y se aficionó al esquí de fondo. Algunos miembros de su familia como su propio padre se dedicaban al mismo, algo que la acercó a la especialidad.

A finales de los años treinta, Lydia empezó a entrenar y a acudir a algunas competiciones, consiguiendo buenos resultados, aunque la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) detuvo su progresión. La guerra mundial y los duros años de la postguerra no fueron precisamente los mejores para las competiciones, ya que las principales fueron canceladas.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, Lydia Wideman pasó unos primeros años de postguerra alejada del deporte hasta que poco a poco regresó a los entrenamientos y a la competición. En 1949, consiguió uno de sus primeros éxitos al vencer en los 10 km de Puijo. Su hermana gemela Tyyne fue su ejemplo a seguir.

En 1949, Tyyne consiguió proclamarse Campeona de Finlandia en los 10 km de esquí de fondo. Y, en 1950 y 1951, repitió triunfo por delante de Lydia. 1951 fue el año de la retirada de Tyyne de la alta competición. Y 1952 fue el año en el que Lydia Wideman recogió su testigo y lo llevó a lo más alto del olimpo.

Lydia Wideman, con el ejemplo de su hermana como inspiración, convirtió el año 1952 en su año de gloria, como los anteriores lo habían sido de su hermana gemela Tyyne.

En 1952, Lydia Wideman compitió en trece pruebas de 10 kilómetros y las ganó todas, incluidas la de los Juegos Olímpicos de Invierno (Oslo, Noruega), la de los campeonatos nacionales y la de los Juegos de esquí de Lahti.

Esas hazañas le supusieron a Lydia muchos logros, siendo la medalla de oro olímpica alcanzada en los Juegos Olímpicos de Invierno de Oslo el más especial de todos ellos. El oro olímpico la convirtió en la primera mujer de la historia en proclamarse Campeona Olímpica de esquí.

El punto amargo de su victoria olímpica fue el machismo imperante en aquellos Juegos de 1952, algo habitual en el deporte de la época. La esquiadora explicaba en 2010 a la prensa finlandesa que “el deporte de aquellos años era un asunto de hombres”. Y añadía una frase que reflejaba a la perfección el papel secundario que las instituciones deportivas tenían establecido para ellas. “Al acabar las competiciones, los premios pasaban desapercibidos para las mujeres”.

La situación de discriminación que padeció Lydia Wideman en esa época no fue muy distinto de la que padecieron otras grandes campeonas como la ciclista Elsy Jacobs o la lanzadora y republicana española Margot Moles, entre otras.

En 1952, en el año de su gloria olímpica, Lydia Wideman se casó con Paavo Lehtosen, con el cual tuvo dos hijos, Jarmo en 1961 y Kari en 1962.

De 1957 a 1965, en plena retirada de su carrera deportiva, la esquiadora se desempeñó como miembro del Consejo Federal de la Asociación Finlandesa de Esquí, a la vez que también asesoró con sus conocimientos en otros campos federativos. En las décadas siguientes, aportó todo lo que pudo en ese sentido.

En sus últimos años de vida, a pesar de su avanzada edad, Lydia Wideman todavía seguía de cerca el esquí y se acomodaba frente al televisor de su casa cuando retransmitían alguna prueba de interés del que había sido su deporte, de la actividad que había sido el eje central de su vida.

Desde 2009, Lydia Wideman se convirtió en el campeón olímpico finlandés más viejo. Desde febrero de 2018, tras la muerte del regatista Durward Knowles con 100 años de edad, también pasó a ser el campeón olímpico vivo más viejo del mundo.

Poco más de un año después, el 13 de abril de 2019, Lydia Wideman falleció en Tampere a la edad de 98 años. Le quedaba poco para alcanzar el siglo.

Finlandia, donde el esquí es una especie de deporte nacional, lloró su pérdida y no la ha olvidado. Observando los reconocimientos que recibe en su país, es evidente que su memoria permanece. La primera mujer campeona olímpica en esquí, en un tiempo difícil para el deporte por la guerra mundial y para el deporte femenino por la discriminación, no merece menos. Es lo justo.

Raúl González, el oro olímpico

Gabe Abrahams

Raúl González nació el 29 de febrero de 1952 en el pueblo de China, Nuevo León, México. Siendo muy pequeño, se trasladó junto a su familia a la ciudad de Río Bravo, situada al norte del Estado de Tamaulipas. “Viví cinco años en la frontera. Nos trasladamos en la época de las pizcas de algodón. ¿Los motivos? Buscar subsistir, nos fuimos a buscar otra fuente de trabajo para poder sobrevivir”, relató González en una entrevista de 2022 en la que explicó su origen humilde.

En 1969, Raúl González ingresó en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) de Monterrey para estudiar la carrera de físico matemático. Y, allí, alternó sus estudios con el deporte. De la mano del entrenador Daniel Garza, inició sus entrenamientos en la pista de tierra del Estadio Raymundo “Chico” Rivera y ganó su primer campeonato prenacional de marcha.

En 1971, González entró en la preselección nacional mexicana dirigida por el entrenador polaco Jerzy Hausleber, un innovador de los sistemas de entrenamiento que llegó a utilizar campamentos de entreno a 4.000 metros de altitud junto al Lago Titicaca de Bolivia.

En 1972, con veinte años, Raúl González acudió a los Juegos Olímpicos de Múnich y consiguió terminar la prueba de 50 km en el vigésimo puesto. Cuatro años después, en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, González mejoró notablemente su prestación y terminó la prueba de 20 km en quinta posición.

En 1977, Raúl González alcanzó su primer gran logro internacional al vencer en los 50 km de la Copa del Mundo, celebrada en Milton Keynes, Inglaterra. En 1978, ratificó su progresión al pulverizar en dos ocasiones la plusmarca mundial de la distancia.

Los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980 sufrieron un injusto boicot, pero México acudió a la cita olímpica que se celebró en la capital de la URSS. González compitió en los 20 km y quedó sexto. En los 50 km, distancia en la que era favorito por ser el campeón de la Copa del Mundo y el plusmarquista de la distancia, abandonó.

Lejos de desmoralizarse por el resultado, Raúl González optó por crecerse ante la adversidad y, una vez finalizaron los Juegos, empezó a entrenar de cara a la siguiente cita olímpica como probablemente nadie lo había hecho en la marcha mexicana. Su determinación de entrenar tanto como hiciese falta para lograr el oro olímpico fue clave en su éxito posterior.

“La verdad es que me preparé con conciencia y no me refiero a solo cumplir con los entrenamientos, sino que estaba muy comprometido y entregado; trabajé mucho, quizá como nadie en la marcha mexicana. En el año previo a los Juegos, hice alrededor de 11.000 kilómetros de volumen”, declaró años después González.

Antes de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984, Raúl González volvió a conseguir grandes resultados, envuelto en sus duros entrenamientos. En 1981 y 1983, ganó otra vez la prueba de 50 km de la Copa del Mundo.

Ya en los Juegos de Los Ángeles, Raúl González no falló. Es más, realizó una demostración de fortaleza y talento. Ganó el oro olímpico en los 50 km y consiguió la plata en los 20 km, detrás de su compatriota Ernesto Canto. De paso, estableció el récord olímpico de los 50 km.

González alcanzó la gloria olímpica, porque logró unir una genética privilegiada para su especialidad, un entrenamiento planificado y científico de un enorme volumen y una voluntad inquebrantable. El largo camino que partía de la pista de tierra del Estadio Raymundo “Chico” Rivera había valido la pena.

Raúl González se retiró del deporte de élite en los Juegos Panamericanos de 1987 tras quedar segundo en 50 km y, desde entonces, desarrolló otras facetas. Desde 1988 hasta 1994, fue director de la Comisión Nacional del Deporte de México (CONADE), consiguiendo estructurar el deporte mexicano y promocionarlo como una actividad de carácter social. Entre 2002 y 2004, fue presidente ejecutivo de la Liga Mexicana de Béisbol Profesional y, entre 2015 y 2018, del Instituto del Deporte del Estado de Nuevo León (INDE). En 2018, renunció a ese cargo y se convirtió en candidato independiente al Senado por el Estado de Nuevo León, con un programa político contrario a los partidos tradicionales y a favor de la organización ciudadana, los servicios sociales y el deporte como una forma de educación. A día de hoy, González sigue activo en diferentes campos.

Raúl González fue un extraordinario marchador. Su imagen marchando hacia el oro olímpico en los últimos metros de los 50 km de los Juegos de Los Ángeles de 1984 son parte de la historia de la marcha atlética y del olimpismo. Tras su retirada, también destacó en otras facetas. México le debe mucho al que ellos bautizaron con el apodo “el matemático”. El deporte en su conjunto también. Parece evidente que su figura y sus gestas trascenderán el tiempo.