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Etiqueta: Gabe Abrahams

Tsiolkovski: el origen de la astronáutica soviética

Gabe Abrahams

Konstantín Tsiolkovski fue un científico muy importante para la astronáutica soviética, la cual consiguió muchos de sus éxitos gracias a él. Esta es su biografía.

Konstantín Eduárdovich Tsiolkovski nació el 17 de septiembre de 1857 en la localidad de Izhévskoye del Imperio ruso. Su padre fue un guardabosque polaco que se trasladó a Rusia y su madre una tártara rusa. Tuvo varios hermanos.

De pequeño, Tsiolkovski padeció la escarlatina, perdió la audición y no pudo recibir una educación sistemática, aunque el estímulo de su padre le ayudó a convertirse en un ávido lector. En 1873, tras fallecer su madre, se marchó a Moscú y completó sus estudios.

En esa etapa de su vida, el joven Tsiolkovski conoció al filósofo Nikolái Fiódorov, uno de los fundadores del movimiento denominado cosmismo, y se empezó a interesar por la astronáutica. El cosmismo defendía la unidad e interdependencia del Cosmos, el protagonismo del ser humano para regularlo, la colonización del espacio, la inmortalidad, etc.

En 1879, Tsiolkovski aprobó el examen para el título de maestro. Y, al año siguiente, empezó a trabajar de profesor en Bórovsk, casándose con Varvara Yevgrafovna Sokolova. En esa localidad, aumentó su interés por la astronáutica y realizó su primer diseño de una nave espacial.

En 1892, Tsiolkovski se trasladó a Kaluga y continuó trabajando de profesor. En su nuevo destino, se centró todavía más en la astronáutica y publicó su novela visionaria Sueños de la tierra y el cielo (1895), una novela que trataba de la colonización humana del sistema solar.

En ese periodo, Tsiolkovski también estudió las propiedades físicas de los posibles candidatos a combustible propulsor y realizó cálculos de cara a comprobar su eficacia. Sus esfuerzos le condujeron a descubrir en 1903 una ecuación (Ecuación del cohete de Tsiolkovski) que permitió calcular la masa de combustible necesaria para lograr una velocidad de vuelo determinada. Sus ideas buscaban hacerse efectivas.

Trascurrido un tiempo, Konstantín Tsiolkovski se interesó por la política y apoyó a los bolcheviques. Y, por eso, después de la Revolución Rusa de octubre de 1917, el Estado soviético lo elevó a la categoría de miembro de la Academia de Ciencias de Rusia y le concedió una pensión.

En la siguiente década de los años veinte, Tsiolkovski tuvo cada vez más seguidores, siendo uno muy destacado Serguéi Koroliov, el futuro director del programa espacial soviético que acabaría adaptando sus diseños de naves espaciales.

En los últimos años de su vida, Tsiolkovski compaginó la astronáutica con la filosofía y publicó obras como ¿Existe Dios? (1932). En esta, defendió un concepto de dios próximo al panteísmo. Escribió: “Necesitamos crear una definición científica de dios si no queremos desprendernos de la palabra… El Universo nos creó: sus gases enrarecidos formaron los soles, los planetas se separaron de ellos, la vida se concibió en los planetas, los cuales, desarrollándose y perfeccionándose, crearon al hombre. Nosotros mismos, nuestros pensamientos, nuestras acciones, somos creación del Universo… Así pues, vemos que el Universo, con sus millones de billones de soles y muchos más planetas con sus habitantes, ya se ajusta parcialmente a nuestra definición de dios”.

En septiembre de 1935, tras recibir un diagnóstico de cáncer de estómago, Tsiolkovski fue operado. Y, a los pocos días, su salud empeoró, motivo por el cual redactó una carta dirigida a Stalin en la que le comunicó su deseo de transferir toda su obra a la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Tras leerla, el líder soviético respondió favorablemente.

Konstantín Tsiolkovski, el hombre que había inspirado el programa espacial soviético falleció finalmente el 19 de septiembre de 1935 a la edad de 78 años en Kaluga, causando su muerte una enorme consternación entre la comunidad científica. Su mujer y sus hijas Lubov y Mariya, de entre los siete vástagos que tuvo con ella, le sobrevivieron.

Más de dos décadas después del fallecimiento de Tsiolkovski, el 4 de octubre de 1957, la URSS lanzó el satélite Sputnik 1 y este orbitó la Tierra, demostrando el Estado soviético su superioridad en el espacio. Tras la gesta, Serguéi Koroliov, el responsable del programa espacial soviético recordó a quien había sido su maestro, el gran Tsiolkovski, con unas emotivas frases: “Hoy ha sucedido algo que los mejores hijos de la humanidad y nuestro maravilloso científico Konstantín Tsiolkovski habían soñado. Un genio, él predijo que la humanidad no estará eternamente confinada en la Tierra. El Sputnik es la primera confirmación de esa profecía”.

Ya en 1964, se erigió en Moscú el Monumento a los Conquistadores del Espacio con forma de obelisco curvado, siendo coronado con una escultura dedicada a Tsiolkovski. Y, en 1967, se abrió en Kaluga el Museo Estatal Tsiolkovski de la Historia de la Cosmonáutica, centrado en el científico y su obra.

Konstantín Tsiolkovski no vivió lo suficiente para ver materializadas sus teorías científicas, ni para disfrutar con los reconocimientos que recibió, aunque su titánica labor tuvo al final un premio con los triunfos de la ciencia espacial soviética, es decir, con las victorias espaciales de la URSS. Y es que Tsiolkovski sin duda resultó decisivo en ellas, tanto que el Estado soviético lo reconoció y hasta encumbró.

Betty Robinson: la primera corredora que ganó un oro olímpico

Gabe Abrahams

Betty Robinson fue la primera corredora que ganó un oro olímpico. Además, consiguió varios récords y se convirtió en un ejemplo de lucha. Esta es su biografía.

Elizabeth Robinson, más conocida como Betty Robinson, nació en Riverdale, en el condado de Cook, Illinois, Estados Unidos, el 23 de agosto de 1911.

Sus padres fueron Harry Robinson, nacido en Irlanda del Norte, y Elizabeth Savage Wilson, de padres también irlandeses. Y sus dos hermanas se llamaron Jeannette y Evelyn.

De joven, Betty Robinson estudió en el Thornton Township High School y se inició en el deporte, decantándose por el atletismo gracias al entrenador Charles Price.

El 30 de marzo de 1928, Robinson corrió su primera carrera oficial con solo 16 años, una competición de 60 yardas, y consiguió quedar segunda tras Helen Filkey, la plusmarquista estadounidense de los 100 metros.

El 2 de junio de 1928, la joven Robinson volvió a competir al máximo nivel y, en esta ocasión, batió la plusmarca mundial de los 100 metros, aunque su registro de 12 segundos no se convirtió en oficial por tener el viento a favor.

Un mes después, el 4 de julio de 1928, Robinson compitió en los campeonatos de Estados Unidos, los cuales servían para seleccionar al equipo norteamericano que acudiría a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de aquel año, y quedó segunda en la prueba de 100 metros, logrando la anhelada plaza olímpica.

Ya en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, Robinson se convirtió en la gran protagonista. Los Juegos incluyeron por primera vez pruebas de atletismo en la categoría femenina (100 metros, 800 metros, relevo 4 x 100 metros, salto de altura y lanzamiento de disco) y Robinson se impuso con brillantez en la de los 100 metros, dejando atrás a las canadienses Fanny Rosenfeld y Ethel Smith.

Su victoria la convirtió en la primera corredora en ganar una medalla de oro olímpica en una prueba atlética y en la distancia de los 100 metros. Su histórica gesta ocurrió el 31 de julio de 1928.

Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam no terminaron para Robinson con ese oro, ya que, además, consiguió la medalla de plata en el relevo 4×100 metros.

A su regreso a Estados Unidos, el equipo norteamericano fue recibido en Nueva York por una multitud. Y Robinson, a título personal, en su Riverdale natal, observó cómo unas 20.000 personas la aclamaban.

Una vez quedaron atrás los Juegos de Ámsterdam, Robinson ingresó en la Northwestern University para estudiar educación física, se hizo miembro en la misma del capítulo Upsilon de la fraternidad femenina Kappa Kappa Gamma, una de las más destacadas de Estados Unidos, y siguió entrenando y compitiendo a pleno ritmo.

El 28 de junio de 1931, la suerte que había acompañado a Robinson a lo largo de su carrera deportiva se truncó y sufrió un accidente aéreo de extrema gravedad. Los médicos señalaron que no podría volver a correr y competir, aunque la voluntad de la corredora hizo que pasase justo lo contrario. Transcurrido un tiempo, así pues, la fuerza de voluntad de la atleta la condujo a levantarse de su silla de ruedas, a caminar de nuevo y a regresar a los entrenamientos y a la competición.

Betty Robinson volvió a formar parte del relevo 4×100 metros de su país en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, los Juegos que organizó la Alemania nazi con el beneplácito del COI (Comité Olímpico Internacional). Y, en la final olímpica de esa prueba disputada el 9 de agosto, ganó su segunda medalla de oro olímpica. En la prueba, Robinson venció y convenció, lo cual fue el fruto de una voluntad férrea por superar su accidente y de un deseo de victoria insaciable.

Tras los Juegos Olímpicos de Berlín, Robinson se retiró de la competición, fue jueza y cronometradora en su deporte y trabajó en una ferretería. También hizo de oradora pública de la Women’s Athletic Association y de la Girls’ Athletic Association para promover el deporte femenino. Su testimonio resultó de suma importancia para derrocar un sistema que relegaba a las mujeres a roles secundarios incluso en el deporte.

En esos años, Robinson se casó dos veces. Con su segundo marido, Richard Schwartz, tuvo dos hijos, residiendo en Glencoe, Illinois, una villa de la costa norte de Chicago.

En 1977, la velocista se llevó una gran alegría al conocer su ingreso en el USA Track and Field Hall of Fame. Y, en 1996, portó la antorcha olímpica de los Juegos Olímpicos de Atlanta.

Betty Robinson, la primera corredora que ganó un oro olímpico en una prueba del programa atlético y en la distancia de 100 metros, falleció finalmente en Denver, Colorado, el 18 de mayo de 1999 a la edad de 87 años, después de padecer cáncer y Alzheimer. Desde entonces, su memoria ha sido ensalzada como muestra de lo que se puede llegar a conseguir con unas buenas dosis de talento y una voluntad inquebrantable. No merece menos.

Ralph Stackpole: el héroe del Realismo Social

Gabe Abrahams

Ralph Stackpole fue un escultor y un pintor importante del Realismo Social. A pesar de no ser aceptado por un sector de la sociedad estadounidense, dentro del mundo del arte su obra fue reconocida, valorada y preservada. El presente artículo repasa su biografía.

Ralph Ward Stackpole, conocido como Ralph Stackpole, nació el 1 de mayo de 1885 en Williams, Oregón, Estados Unidos. Tras la temprana muerte de su padre, empezó a trabajar para mantenerse, aunque, al final, emigró a San Francisco, California, y comenzó a estudiar arte.

Después del terremoto de 1906 que asoló la ciudad, sin embargo, Stackpole se marchó a París y prosiguió sus estudios artísticos en la École des Beaux-Arts. Durante un tiempo, residió en la capital francesa, entablando amistad con el pintor mexicano Diego Rivera.

Ya en 1912, Ralph Stackpole regresó a San Francisco y se casó con Adele Barnes, una de las primeras graduadas en la Academia de Artes y Oficios de California. Y, un año después, ambos tuvieron un hijo, Peter, el cual llegó a ser un reconocido fotógrafo. En diciembre de 1912, Stackpole también fundó la Sociedad de Grabadores de California, junto a otros artistas.

En las mismas fechas, Ralph Stackpole recibió su primer encargo importante. Le solicitaron esculpir elementos arquitectónicos para la Exposición Internacional Panamá-Pacífico de San Francisco, que debía celebrarse en 1915, creando el artista una serie de esculturas muy notables para dicha Exposición.

Tras vivir unos años en Estados Unidos, en 1922, Stackpole regresó a Francia con su familia, aunque unos meses después volvió a su país, para divorciarse de su primera mujer Adele y casarse con Francine Mazen, quien le acompañó hasta sus últimos días.

Asentado de nuevo en su tierra natal, Stackpole se convirtió en profesor de la Escuela de Bellas Artes de California y, en 1926, construyó en Sacramento la Fuente William Coleman.

En 1929, Ralph Stackpole recibió el segundo encargo de peso de su carrera: realizar las esculturas de la Bolsa de Valores de San Francisco. El encargo le llegó a través del conocido arquitecto Timothy Pflueger. Y, así pues, entre 1929 y 1932, el artista creó para la Bolsa de Valores varias esculturas imponentes que mostraban una realidad social, unas obras propias del movimiento denominado Realismo Social.

Concluido el edificio, Stackpole convenció a Pflueger para que su amigo el pintor Diego Rivera fuese el muralista de la pared y el techo de la escalera del Club de la Bolsa. Y, raíz de eso, Rivera pintó el mural The Allegory of California (La Alegoría de California), en el que destacaba como figura central Calafia, una reina mítica de California. El mural mostraba a esa reina con la imagen de la tenista Helen Wills, junto a un hombre con un compás, un hombre con un modelo de aeroplano, buscadores de oro y obreros en las entrañas de la tierra. La obra de Rivera estuvo a la altura de las esculturas de Stackpole y todo el conjunto se convirtió en un clásico del Realismo Social.

Durante gran parte de 1931, Stackpole además colaboró con otros artistas en la decoración del Teatro Paramount de Oakland, California, una obra excelente del Art Déco. Y, en 1933 y 1934, participó en el proyecto de Obras de Arte Públicas, encargándose de pintar junto a otros artistas una serie de murales para la Torre Coit.

Los murales de la Torre Coit tuvieron mucho que ver con el mundo de los obreros, mostrando imágenes del comunismo, lo que provocó una campaña de los anticomunistas estadounidenses. No obstante, fueron rápidamente considerados obras maestras del Realismo Social. El mural Library del artista polaco y judío Bernard Baruch Zakheim, por ejemplo, incluía una imagen del artista John Langley Howard portando El Capital de Karl Marx.

A finales de la década de los años treinta, Timothy Pflueger le encargó a Ralph Stackpole una nueva obra. En este caso, una escultura para la Exposición Internacional Golden Gate de los años 1939-1940, una feria mundial celebrada en Treasure Island, la isla artificial de la bahía de San Francisco. Y este creó para la ocasión una imponente escultura de 24 metros de altura, hecha de madera y estuco, que representaba a una figura femenina de otro tiempo llamada Pacifica. La escultura fue situada frente a una gran “cortina de oración persa” con la posición de sus brazos y manos hacia el cielo, lo cual recordaba a las posiciones de oración de algunos cultos. La Exposición Internacional Golden Gate recibió a 16 millones de visitantes. Y la escultura de Stackpole, tras finalizar la misma, terminó siendo demolida, contra su criterio.

En medio de todo eso, el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt igualmente le solicitó a Stackpole que reprodujese su escultura Reverence (1915), encargo que cumplió el artista rebautizando su antigua obra con el nombre Kneeling Woman. Al verla finalizada, Roosevelt la rechazó por entender que reivindicaba posiciones izquierdistas y la escondió en un bosque. Hasta el año 2015, la escultura no fue reubicada en la Biblioteca Roosevelt.

En 1949, Ralph Stackpole abandonó Estados Unidos por no sentirse cómodo en un país que demolía o vetaba algunas de sus mejores obras y se fue a vivir con su mujer a la localidad de Chauriat, situada en el departamento de Puy-de-Dôme de la región de Auvernia, en el centro de Francia.

Bastantes años después, a principios de 1964, Stackpole regresó a San Francisco de vacaciones y se reencontró con su amigo el poeta y escritor Kenneth Rexroth, al cual la revista Time denominó el “padre de la generación beat”. En su columna del periódico San Francisco Examiner, Rexroth relató el encuentro y recordó a sus lectores que Stackpole había sido “durante más de veinte años, el artista más importante de San Francisco”.

Terminadas sus vacaciones, Stackpole regresó a Francia y, acompañado de su mujer, allí permaneció hasta su muerte, la cual se produjo el 10 de diciembre de 1973. El artista californiano falleció lejos de su país y sin el reconocimiento que hubiese merecido por parte de este, dejando varias de sus creaciones más excepcionales esparcidas por el Estado de California. El mundo del arte, por el contrario, sí reconoció su gran talento y preservó su legado.

Ralph Stackpole fue un escultor y un pintor muy destacado del Realismo Social que padeció el rechazo de un sector de la sociedad estadounidense por su posicionamiento artístico e ideológico, aunque, dentro del mundo del arte, su obra fue reconocida, valorada y preservada. Gracias a eso, todavía hoy bastantes de sus mejores creaciones se pueden visitar y admirar, tanto en museos como por las calles de las principales ciudades de California. Sin duda, un privilegio, un enorme privilegio, ya que no fueron precisamente poco.

Heráclito de Éfeso: el filósofo de todos los tiempos

Gabe Abrahams

Heráclito de Éfeso fue un filósofo presocrático que influyó sobre algunos de los principales pensadores de todos los tiempos. Este artículo repasa su biografía y pensamiento.

Entre los filósofos del mundo clásico, uno de los más destacados fue el griego presocrático Heráclito de Éfeso. Un filósofo materialista, panteísta y dialéctico. Los datos de su biografía que se conocen y su pensamiento resultan de sumo interés.

Heráclito de Éfeso o Heráclito el Oscuro nació en Éfeso en el siglo VI antes de nuestra era (sus fechas de nacimiento y muerte son discutidas), un lugar situado en la costa de Jonia, actual Turquía.

Éfeso se encontraba en aquel momento bajo el Imperio Persa, siendo una de las doce ciudades jónicas de las orillas del mar Egeo. Y la relación entre los persas conquistadores y los jónicos sometidos no era fácil. Al final, se produjo la revuelta jónica contra el dominio persa, suponiendo la batalla de Éfeso (498 a.n.e.) el fin de la resistencia jónica.

La importancia de Éfeso perduró en el tiempo y un hecho que lo prueba es que el judío Pablo de Tarso, el discípulo del rabino Jesús que protagonizó la fundación y el desarrollo del cristianismo en el siglo I, permaneció allí varios años. Éfeso tenía en aquellas fechas una numerosa comunidad judía que contaba con una sinagoga y, probablemente, aquello motivó la presencia de un Pablo deseoso de convertir a los judíos en seguidores de su grupo y Jesús.

Éfeso y la situación entre los persas y los jónicos influyeron en el joven Heráclito, nacido y crecido en el seno de una familia de la aristocracia, de tal forma que la rechazó y decidió vivir retirado para poder buscar la verdad. En esa soledad, Heráclito logró encontrar las ideas que lo hicieron indispensable para algunos pensadores posteriores.

Solitario y autodidacta, Heráclito dejó para la posteridad ideas claves. Las tres principales que perduraron a través de los siglos y milenios no tienen desperdicio.

Heráclito defendió la idea de que, detrás de la diversidad, se encuentra una sustancia única, el Uno. “No escuchándome a mí, sino al Logos, es sabio confesar que todas las cosas son Uno”, apuntó.

Dos mil años después, en los siglos XVI y XVII, pensadores de gran talla como Giordano Bruno o Baruch Spinoza retomaron esa idea de Heráclito. Bruno, en su obra De la causa, principio y obra (1584), escribió que “el Uno, el infinito, el ser es lo que está en todo y por todo… De qué manera en el Universo toda la diversidad y diferencia que notamos no son sino los diversos y distintos aspectos de la misma sustancia”.

La osadía de retomar esa idea le costó a Bruno ser ajusticiado por la Inquisición católica y acabar quemado en una hoguera en el año 1600. En la plaza Campo de’ Fiori de Roma, el lugar en el que sufrió el calvario, una estatua lo recuerda.

El Logos que citaba Heráclito era, por cierto, una especie de razón universal presente en todo el Cosmos y en los seres humanos, aunque una mayoría de estos no la entendía.

Heráclito también defendió la idea de que la diversidad de ese Uno se encuentra en constante cambio, ya que todo fluye (panta rei, en griego clásico). “Son distintas las aguas que cubren a los que entran en el mismo río”, apuntó. En torno a la idea de que todo fluye, el pensador Gottfried Leibniz afirmaría en su obra La Monadologie (1714) que “todos los cuerpos están en un estado de flujo perpetuo como los ríos”.

Y Heráclito, además, exaltó una tercera idea de suma importancia, la cual defendió que los contrarios se hallan dentro de una unidad. “No comprenden cómo lo que está en lucha consigo mismo puede estar de acuerdo: unión de (fuerzas) contrarias, como el arco y la lira”, sentenció.

Más de dos mil años después de Heráclito, en pleno siglo XIX, esta idea sería primero recuperada por el pensador Georg Wilhelm Friedrich Hegel y su idealismo dialéctico y, después, por Karl Marx y su materialismo dialéctico, al igual que por seguidores de este último como Vladímir Lenin.

Hegel admiró a Heráclito, afirmando en su libro Lecciones de Historia de la Filosofía (1830) que “no hay proposición suya que yo no haya aceptado en mi Lógica”. Según Lenin, en la obra Sobre la naturaleza de Heráclito, se encontraba “una excelente definición de los principios del materialismo dialéctico”.

El método de Karl Marx, el cual defiende que las condiciones materiales resultan determinantes, comprende la crítica al capitalismo, el materialismo histórico y el citado materialismo dialéctico. Y este a la vez se basa en la ley de la unidad y lucha de los contrarios, la ley del paso de la cantidad a la calidad y la ley de la negación de la negación.

Aparte de Hegel, Marx y Lenin, también el pensador Friedrich Nietzsche retomó las ideas de Heráclito, reivindicando su figura. En La filosofía en la época trágica de los griegos (1873), escribió: “Los sabios panteístas del estoicismo encontraron en Heráclito un ideal… Heráclito ve, pues, una sola cosa, pero en un sentido opuesto al de Parménides. Todas las cualidades de las cosas, todas las leyes, todo nacer y perecer son una continua manifestación de la existencia del Uno”.

Heráclito de Éfeso, el gran filósofo materialista, panteísta y dialéctico, en definitiva, trazó el camino por el que transitaron algunos de los más destacados pensadores de la historia. Sembró con sus brillantes ideas un pensamiento occidental que nutrió a varios de los más grandes filósofos de todos los tiempos.

La vida de Heráclito de Éfeso se vio finalmente interrumpida por una hidropesía, desencadenando esa enfermedad su fallecimiento hacia el año 470 a.n.e. Tras su marcha, su discípulo más fiel fue Crátilo, el maestro de Platón. El paso de los siglos y milenios, sin embargo, haría crecer el número de sus seguidores hasta el infinito.

Vera Mújina: la escultora de la URSS

Gabe Abrahams

Vera Mújina fue una artista genial del Realismo Socialista. Su figura y sus esculturas han trascendido en el tiempo. Esta es su historia.

Vera Mújina nació el 1 de julio de 1889 en Riga, una ciudad perteneciente por aquel entonces al Imperio ruso, en el seno de una familia de ricos comerciantes.

Mújina pasó su infancia y juventud en Feodosia, en la península de Crimea, lugar en el que recibió sus primeras clases de dibujo y pintura. Vivió allí hasta la muerte de su padre ocurrida en 1904.

Tras esa etapa, Vera Mújina y su hermana mayor, María, fueron acogidas por sus tíos y tías en Kursk. Y allí la futura artista cursó la escuela secundaria.

Acabados esos estudios, Mújina se trasladó a Moscú y estudió arte. Y, ya en 1912, se marchó a París, donde prosiguió sus estudios en la Académie de la Grande Chaumière, siendo uno de sus profesores el escultor Émile Antoine Bourdelle. En la capital francesa, descubrió los movimientos de la vanguardia de la época, gracias a la artista rusa Liubov Popova.

Después de su etapa parisina, Vera Mújina viajó a Italia por su deseo de conocer la pintura y la escultura del Renacimiento, finalizando su periplo europeo en el verano de 1914 con su regreso a Moscú, justo dos semanas antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

A partir de entonces, Mújina trabajó en un hospital militar por culpa de la guerra, conoció a su futuro marido Alexey Zamkov, con el cual se casaría en 1918, y fue asistente de la artista Aleksandra Ekster en el Teatro de Cámara de Aleksandr Taïrov.

En esos años, Vera Mújina apostó por el diseño de vestuario para proyectos teatrales, siguiendo la estela de los movimientos de vanguardia que había descubierto en París. Y el más impactante de entre sus diseños fue el que realizó para el Teatro de Cámara de Taïrov, es decir, el diseño del vestuario de la obra La Rosa y la Cruz del poeta y simbolista ruso Aleksandr Blok. La acción de La Rosa y la Cruz es caballeresca y se desarrolla en los tiempos de la cruzada contra los albigenses.

En esa etapa de su carrera artística, Mújina, además, vivió con entusiasmo por su condición de comunista el estallido de la Revolución Rusa de 1917 y el posterior triunfo de los bolcheviques. Al consumarse este, el nuevo Estado soviético realizó encargos a los artistas y ella fue una de las escogidas.

En la década de 1920, gracias a esa apuesta por el arte de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), Vera Mújina dejó atrás el diseño para el teatro, la pintura que también había cultivado y los movimientos de vanguardia y se decantó por la escultura y el movimiento conocido como Realismo Socialista, dedicado a mostrar la realidad y el socialismo.

En cierta ocasión, Iósif Stalin declaró que el Realismo Socialista era el arte de la URSS, describiendo a sus artistas como “ingenieros de las almas humanas”.

En 1922, centrada en ese movimiento, Mújina creó la escultura La llama soviética. Y, en 1927, la escultura Mujer campesina, una figura de bronce por la que recibió el primer premio en la exposición dedicada al décimo aniversario de la Revolución Rusa.

En 1937, Mújina tocó techo con la estatua El obrero y la koljosiana, que adornó el pabellón soviético en la Exposición Internacional de París de ese año. La prensa francesa definió la escultura como “la mayor obra escultural del siglo XX”, mientras que Pablo Picasso, que se encontraba en París pintando su célebre cuadro Guernica, elogió su hermosura.

El obrero y la koljosiana es una estatua de gran altura que representa a un hombre y una mujer sosteniendo una hoz y un martillo, símbolo de la alianza de los obreros y los campesinos en su camino hacia el socialismo. La escultura se convirtió en un icono de la URSS y en una de las obras más relevantes del Realismo Socialista e, incluso, del arte del siglo XX. Hoy, se encuentra en el Centro de Exposiciones de Moscú.

Otras obras importantes de Vera Mújina fueron las estatuas de Máximo Gorki de 1939 y 1952, situadas en Moscú y Gorki (actual Nizhni Nóvgorod), y la estatua del músico Tchaikovsky, que se colocó delante del Conservatorio de Moscú en 1954, a los pocos meses del fallecimiento de la artista.

Aparte de su obra más clásica, Vera Mújina experimentó con el vidrio, creando bustos figurativos de ese material, y desarrolló una técnica de escultura policromada. Decoró exposiciones, diseñó ropa, etc.

Entre 1941 y 1952, Mújina ganó el Premio Stalin cinco veces y, en 1943, fue nombrada Artista del Pueblo de la URSS. Recibió otras condecoraciones, tanto a lo largo de su vida como tras su fallecimiento.

Después de la muerte de Stalin en marzo de 1953, Mújina cayó en desgracia, porque no agradó a los nuevos dirigentes soviéticos. Pero sus penurias duraron poco, ya que falleció el 6 de octubre de 1953.

Pasado un tiempo, su figura fue reestablecida, trascendió al final de la Unión Soviética (1991) y acabó siendo reconocida en todo el mundo. En la actualidad, sigue igual.

En definitiva, Vera Mújina fue una artista genial del Realismo Socialista que dejó un legado para la posteridad, un testimonio de una escultura que, como afirmó la prensa francesa durante la Exposición Internacional de París de 1937, no conoció igual en el siglo XX.

Wyomia Tyus: oros olímpicos contra la segregación

Gabe Abrahams

La atleta Wyomia Tyus consiguió ser varias veces campeona olímpica y plusmarquista mundial en pruebas de velocidad y luchó a favor de causas justas. Sus gestas y su compromiso son recordados en este artículo.

Wyomia Tyus nació el 29 de agosto de 1945, en Griffin, Georgia, Estados Unidos, y pasó sus primeros años de vida en una granja, junto a sus padres Willie y Marie y sus tres hermanos.

Tyus creció entre blancos y padeció la segregación racial en la escuela. Debido a eso, su padre le inculcó la idea de que en Estados Unidos no podría hacer nada sin esforzarse por superar el estigma racial.

Durante sus estudios en el instituto, Tyus jugó al baloncesto, aunque, al final, se decantó por el atletismo. Y, una vez inició sus estudios en la Universidad Estatal de Tennessee, Nashville, consiguió triunfos y récords en su nuevo deporte.

Esos éxitos provocaron que, en 1964, con solo 19 años, fuese seleccionada para acudir a los Juegos Olímpicos de Tokio, en los cuales alcanzó una temprana gloria olímpica.

En la final de la prueba de los 100 metros de los Juegos de Tokio, así pues, la joven Tyus se impuso con autoridad a sus rivales y se colgó la medalla de oro, dejando por detrás a su compatriota Edith McGwire. Redondeó su gesta olímpica al ganar la medalla de plata con el equipo norteamericano de relevos de 4×100 metros.

En los años posteriores a su hazaña olímpica, Wyomia Tyus no se durmió en los laureles, siguió entrenando a pleno ritmo y alcanzó otros logros deportivos. Por ejemplo, en 1965, en un encuentro atlético entre Estados Unidos y la URSS celebrado en la ciudad de Kiev, pulverizó la plusmarca mundial de los 100 metros con un registro de 11.1.

Ya en 1968, Tyus acudió a sus segundos Juegos Olímpicos, los celebrados en México. Y, de nuevo, se impuso con autoridad en la prueba de los 100 metros. Se colgó la medalla de oro y batió la plusmarca mundial de la distancia con un registro de 11.08. Su segunda gesta olímpica convirtió a la atleta norteamericana de 23 años en el primer ser humano de la historia que ganaba dos medallas de oro olímpicas en la prueba de los 100 metros.

Por si todo esto no fuese suficiente, en la final de los relevos de 4×100 metros, el equipo norteamericano encabezado por Tyus consiguió aquello que no había logrado en la olimpiada anterior, es decir, ganar la medalla de oro y pulverizar la plusmarca mundial con un tiempo de 42.8.

En los Juegos Olímpicos de México, más allá de su actividad deportiva y sus oros olímpicos, Tyus se posicionó contra la segregación y el racismo que ella y sus compañeros negros de selección padecían en su país. Como señal de protesta por esa situación inhumana, vistió pantalones negros en las competiciones en las que participó, en lugar de los de color blanco del equipo estadounidense.

En Estados Unidos, la segregación racial estuvo amparada por las leyes Jim Crow hasta 1965 y por las leyes antimestizaje otros dos años más, aunque a efectos reales continuó vigente en una parte del país en las décadas posteriores.

Finalizados los Juegos de México, Wyomia Tyus se retiró del deporte en activo a pesar de su juventud, regresando a la competición solo ocasionalmente dentro de la Asociación Internacional de Atletismo Profesional.

Una vez dejó atrás los Juegos de México, Tyus tuvo varios trabajos en el campo de la educación y volvió a implicarse en la defensa de las causas justas. Una de sus actividades más destacadas fue la de ser miembro fundador de la Women’s Sports Foundation, una entidad que se dedicó a la promoción de la autonomía de la mujer a través del deporte.

En 1969, Wyomia Tyus se casó con Art Simburg, con quien tuvo un hijo. Y, en 1978, hizo lo propio con Duane Tillman, con quien tuvo a su segundo hijo.

En 1985, Tyus fue incluida en el Olympic Hall of Fame de Estados Unidos. Y, en 1999, recibió otro reconocimiento especial. Su ciudad natal, Griffin, le dedicó el Parque Olímpico Wyomia Tyus.

Más recientemente, en 2018, la velocista también publicó sus memorias, Tigerbelle: the Wyomia Tyus story, junto a Elizabeth Terzakis.

Wyomia Tyus cuenta en la actualidad con 80 años de edad. Es una de las grandes campeonas olímpicas del siglo XX que continua con vida. Su ejemplo deportivo y social todavía inspira a las nuevas generaciones. Esperemos que permanezca mucho tiempo entre nosotros. Quizás, será la mejor señal de que su figura, lejos de apagarse, sigue vigente.

Haig Patigian: el escultor armenio

Gabe Abrahams

Haig Patigian fue un gran escultor armenio. Una de sus obras más destacadas fue la que le dedicó a la tenista y doble campeona olímpica Helen Wills. Este artículo aborda su apasionante biografía.

Haig Patigian nació el 22 de enero de 1876 en Van, una ciudad que pertenecía por aquel entonces al Imperio Otomano y que, hoy, es parte de Turquía. En la actualidad, Van cuenta con más de 300.000 habitantes y es la capital de la provincia del mismo nombre.

Los padres de Haig Patigian, Avedis Patigian y Marine Hovespian, eran armenios y trabajaban de maestros en la Escuela de la Misión americana en Armenia. Su padre además se dedicaba a la fotografía. A raíz de eso, fue acusado por las autoridades del Imperio Otomano de espionaje y traición, lo cual provocó su huida a Fresno, California, un lugar de acogida habitual para los armenios perseguidos.

Pasado un tiempo de estos hechos, en 1891, el resto de la familia Patigian emigró a Fresno y se reunió con Avedis, para después en 1899 irse a vivir a San Francisco, California.

Asentado en esa ciudad, el joven Haig Patigian empezó a dedicarse al arte, estudió en el Mark Hopkins Institute of Art y, ya en 1906, se marchó a París para colaborar con el escultor René Paul Marquet. En la capital francesa, pudo presentar al año siguiente la estatua Ancient History en el Salon des artistes français.

Después de regresar de nuevo a San Francisco, Patigian afianzó todavía más su prestigio artístico con esculturas como Creation of Man (1909) o Diana (1915), al igual que con alguna pintura no exenta de calidad, y eso conllevó que le encargasen varios trabajos importantes.

Entre las obras públicas que realizó Patigian a partir de entonces, destacaron especialmente la estatua del general John Joseph Pershing (1922), quien encabezó junto a otros generales el ejército de los Estados Unidos y los Aliados en la posterior Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la estatua de Abraham Lincoln (1926) y el Volunteer Firemen Memorial (1933), tres esculturas ubicadas en San Francisco.

De las obras arquitectónicas que llevó a cabo Haig Patigian, sobresalieron otras esculturas como las que realizó para los palacios de Bellas Artes y Maquinaria de la Exposición Panamá-Pacífico de San Francisco (1915), el edificio de la Metropolitan Life Insurance de San Francisco (1920) y el edificio Richfield Tower de Los Ángeles (1929). Cuando en 1968 se demolió esa torre, tres esculturas de Patigian que había en ella (Navigation, Aviation e Industry) fueron a parar al Museo de Arte de la Universidad de California, ubicado en Santa Bárbara.

Una parte de las obras de Haig Patigian como la escultura Volunteer Firemen Memorial pertenecieron al Realismo, un movimiento artístico dedicado a mostrar con precisión la realidad. Otras como las magníficas esculturas del edificio Richfield Tower fueron puro art déco. Como movimiento artístico de una época vinculada al triunfo de las máquinas (décadas de los años 1920 y 1930), el art déco utilizó en sus formas las innovaciones de estas, recogiendo influencias del constructivismo, el cubismo, el futurismo y el modernismo.

En todo caso, la obra cumbre de Haig Patigian fue el busto que le dedicó en 1927 a la tenista Helen Wills, considerada por la mayoría de expertos del mundo de la raqueta la mejor tenista del siglo XX. Wills fue doble campeona olímpica en los Juegos Olímpicos de París de 1924 y venció en los torneos de Estados Unidos, Wimbledon y Roland Garros, siendo además una reconocida artista.

Tras asistir la tenista a varias sesiones con el escultor Haig Patigian, este la inmortalizó con el busto Helen of California, hoy expuesto en el Young Museum de San Francisco. Definir esa obra resulta difícil, porque cuesta encontrar las palabras adecuadas para expresar su calidad. Pero se podría decir que es excepcional, ya que la imagen de la tenista Wills adquiere una enorme fuerza y belleza al tomar forma, sin dejar de ser un retrato fidedigno de ella (ver imagen que encabeza este artículo).

La obra Helen of California ha sido considerada por no pocos expertos en arte una de las más logradas, por no decir la más lograda, de Haig Patigian.

Concluida la obra, Patigian y Wills mantuvieron una amistad duradera, definiendo el artista a la tenista como “una mujer atlética e intelectual” con una belleza que “surge desde dentro”.

En definitiva, después de padecer la persecución de su padre por su condición de armenio y de abandonar su Armenia natal tras sus pasos, Patigian creció como artista en San Francisco y París, logró desarrollar una forma personal de entender el arte a base de unir diferentes movimientos artísticos y su genio y llegó muy lejos con sus esculturas.

Aparte de su carrera artística, el escultor Haig Patigian también tuvo otros intereses a lo largo de su vida. Tuvo afición al deporte e hizo de juez en la competición de arte de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1932. Y sintió una atracción hacia las fraternidades y, por eso, fue miembro y presidente en varias ocasiones del Bohemian Club. El escultor diseñó para ese club o fraternidad el imponente Santuario del Búho, una estructura hueca de hormigón y acero de doce metros de altura.

Sobre el ámbito más personal de Haig Patigian, se puede añadir que, en 1908, se casó con Blanche Hollister; que tuvo dos hijos con ella, Hollis y Haig; y que, durante el Genocidio Armenio (1915-1923) cometido por el Imperio Otomano, recaudó dinero sin descanso para apoyar a sus compatriotas perseguidos.

Transcurrida la difícil década de los años cuarenta, envuelta en la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, Haig Patigian finalmente falleció el 19 de septiembre de 1950 en el Hospital de la Universidad de Stanford de San Francisco, siendo enterrado en el cementerio Cypress Lawn Memorial Park de Colma, California. Nueve días antes había fallecido también su esposa.

Al día siguiente del fatal desenlace, el New York Times publicó la noticia de este, repasando con detalle la biografía de Patigian. Y provocó que algunos de sus amigos y admiradores se quedasen consternados por el adiós del escultor armenio que tanta huella había dejado atrás.

Un siglo después del mejor momento de Haig Patigian, su memoria permanece intacta y casi todas sus obras se encuentran todavía en pie. San Francisco es el principal testimonio de ello.

Gabe Abrahams y su nuevo libro Deporte soviético

Óscar Alonso

Gabe Abrahams (Barcelona, 1966) es un marchador con plusmarcas mundiales en caminatas Multiday, una especialidad de varios días de duración. Desde 2020, su actividad deportiva va unida a la literaria, publicando artículos y libros de temática deportiva. Acaba de publicar su cuarto libro: Deporte soviético (Rebelión, 2026).

Entre sus caminatas Multiday y la escritura, este barcelonés nos ha dejado un magnífico libro dedicado al deporte de la Unión Soviética que merece una reseña especial.

En 1991, la URSS finalizaba su recorrido histórico, después de haber tomado forma con la Revolución Rusa de 1917 y realizado un trayecto de más de setenta años.

Sobre la caída de la URSS, se han escrito bastantes cosas. Hay quien llegó a afirmar que su derrumbe suponía el inicio de una nueva Era del capitalismo. Algo así como el final de la historia. Francis Fukuyama, quien lo dijo, obviamente se equivocó.

Como consumado experto en deporte y en la temática soviética, Gabe Abrahams no es ajeno a estos posicionamientos y ha querido mostrar la realidad de lo que ocurrió en la URSS y en su deporte de competición en su obra Deporte soviético.

Así, a través de sus páginas, Abrahams repasa el método de Marx y el sistema marxista-leninista de Lenin, la historia de la URSS, biografías de deportistas soviéticos y el recorrido de los equipos y clubs de la Unión Soviética.

Explica con detalle cómo el sistema marxista-leninista soviético le supuso a la URSS adaptarse a sus deportistas, cubrirles las necesidades que tenían y a la vez dedicarse a la formación de su voluntad. Una apuesta de los años treinta del siglo pasado que triunfó y que estuvo vigente hasta el último aliento de la Unión Soviética. Una cifra estratosférica de medallas olímpicas da testimonio de ello.

Gabe Abrahams reflexiona en el epílogo de su libro Deporte soviético sobre una cuestión que debería atraer la atención de todos. “¿Qué hubiese ocurrido con la URSS si hubiese extendido a todo su Estado el sistema marxista-leninista adaptado para el deporte, es decir la conjunción de condiciones materiales más fuerza de voluntad?”, se pregunta.

Abrahams considera que, de haberse extendido el sistema marxista-leninista adaptado al deporte a todo el Estado soviético, la URSS no se hubiese aburguesado en su última etapa, ni claudicado en 1991.

El libro Deporte soviético está estructurado con un prólogo, una introducción, quince capítulos repartidos en tres partes y un epílogo. En sus 140 páginas, atrapa desde el principio por su dinamismo y los conocimientos y datos que aporta el autor sobre cuestiones nucleares de la URSS y su sistema.

Gabe Abrahams nos habla de Karl Marx, Friedrich Engels, Lenin, Stalin, León Trotski, Mao Zedong, Nikita Jrushchov… Y también de Aleksandr Kérenski y los suyos, es decir, de aquellos que fracasaron al intentar doblegar a los bolcheviques y no pudieron evitar el nacimiento y desarrollo de la URSS.

La novedad editorial Deporte soviético es muy recomendable para conocer exactamente lo ocurrido en la URSS y el sonoro éxito que consiguió su deporte.

Es una obra clave que profundiza en las entrañas de la Unión Soviética, mostrando que el sistema que empleó para su deporte de competición supuso y supone una vía hacia la victoria.

Gabe Abrahams, aparte del deporte y la escritura, ha tenido un interés intelectual desde su juventud por la filosofía, siendo sus dos pensadores favoritos Baruch Spinoza y Karl Marx. A estos los ha tenido siempre presentes, incluso en las etapas en las que se dedicó exclusivamente al deporte y a sus caminatas Multiday.

Deporte soviético ha sido publicado por Rebelión en marzo de este 2026 y se puede descargar en la sección Libros Libres del medio.

Constantin Meunier: el artista de los obreros

Gabe Abrahams

Constantin Meunier fue un escultor y pintor belga de gran importancia en el arte contemporáneo. Su obra le convirtió en la voz visual de los obreros del siglo XIX.

Constantin Meunier, cuyo nombre completo era Constantin Émile Meunier, nació el 12 de abril de 1831 en Etterbeek, Bélgica, en el seno de una familia de artistas. Entre sus hermanos, destacó el grabador y dibujante Jean-Baptiste Meunier.

Constantin Meunier se decantó por las artes rápidamente y empezó a asistir a las clases de dibujo impartidas por su propio hermano Jean-Baptiste. En 1845, ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de Bruselas. Y, desde 1848, asistió a las clases del escultor Louis Jehotte.

Meunier completó su formación con el escultor Charles-Auguste Fraikin y el pintor François-Joseph Navez, ambos seguidores del estilo neoclásico.

En la década de los años cincuenta, Constantin Meunier se volcó con las obras de carácter religioso y hasta bien entrada la siguiente década las priorizó. Dos de sus mejores pinturas religiosas de ese periodo fueron Le Bénitier (1854) y Funérailles d’un trapiste (1860).

En medio de esa devoción hacia la religión, en 1862, Meunier se casó con Marie Victorine Léocadie Gorneaux, una pianista francesa, con la cual tuvo varios hijos.

Ya en 1868, Constantin Meunier se unió a la Sociedad Libre de Bellas Artes y, un año después, a la Sociedad Internacional de Grabadores. Y, en esas sociedades, descubrió el avance imparable del Realismo.

Pasado un tiempo, en 1878 y 1880, Meunier viajó a dos regiones industriales de Bélgica y, en la minera Borinage, conocida como el País Negro, observó la situación inhumana de los obreros, especialmente de los mineros, lo cual despertó su conciencia social.

Impactado por la situación, decidió darla a conocer a través de sus obras, apostó por el Realismo Social y pasó a ser un militante socialista entregado a la causa.

El artista relató su dura experiencia en las regiones industriales con estas palabras: “Entonces la casualidad me llevó a la región negra, la región industrial. Me impactó la belleza trágica y feroz… Una inmensa compasión me invadió”.

A raíz de todo eso, Constantin Meunier se convirtió, en definitiva, en el gran representante del mundo obrero en el campo del arte, tanto a través de la pintura como de la escultura. Y, de hecho, gracias a su legado obrerista, pasó a la posteridad como la voz visual de la realidad de los trabajadores del siglo XIX.

Entre las pinturas más logradas de Meunier sobre el mundo obrero, se incluyen La Descente des mineurs dans la bure (1882), Trois hiercheuses (1885), Au pays noir (hacia 1893), Le Retour des mineurs, Le Pays noir: Borinage, etc.

Y, entre sus esculturas más destacadas dedicadas a los trabajadores, sobresale de forma muy notable el Monumento al Trabajo de Bruselas, el cual se inició alrededor de 1890.

Dentro de este impresionante conjunto escultórico que lleva el nombre de Monumento al Trabajo, aparecen esculturas cargadas de simbolismo que merecen una atención especial. En la parte delantera del monumento, se erige La Maternidad (el futuro). En los tres ángulos restantes, se encuentran El Anciano (el pasado), El Minero (el viaje a las entrañas de la tierra) y El Herrero (el saber técnico y la creación). Y sobre estos, está El Sembrador (el cultivo y la producción). En los bajorrelieves laterales, las esculturas exaltan parcelas del mundo obrero como el puerto, la mina, la industria y la cosecha.

No es extraña la carga simbólica incorporada por Meunier a una obra del Realismo Social como el Monumento al Trabajo, ya que el artista belga fue masón y, por tanto, estudioso de los símbolos.

Meunier consta como iniciado y miembro de la logia Les Amis Philanthropes del Gran Oriente de Bélgica, logia fundada en 1798 y centro de unión de hermanos masones de la talla del arquitecto Victor Horta o del Premio Nobel de la Paz Henri Lafontaine (1913). Uno de los maestros de pintura de Meunier, François-Joseph Navez, también había sido iniciado como aprendiz en la misma logia el 25 de marzo de 1834.

Desde octubre de 1882 hasta abril de 1883, Constantin Meunier estuvo en España y se dedicó a copiar el célebre cuadro Descendimiento de Pedro de Campaña, nombre españolizado del pintor belga Pieter Kempeneers, y a realizar pinturas no exentas de interés como Factoría de Tabaco en Sevilla (1883).

Después de regresar a Bélgica, Meunier fue nombrado profesor de la Academia de Lovaina e inició un conjunto de esculturas que dieron vida al citado Monumento al Trabajo.

Ya en 1896, el artista también presentó su obra en la Galería Art Noveau de París, siendo ayudado para ello por el arquitecto y decorador belga Henry Van de Velde.

Meunier no cesó de trabajar en nuevos proyectos en sus últimos años de vida, a la vez que recibió cada vez más reconocimientos. Fue elegido miembro de la Academia Real de Bélgica en 1900 y se le otorgó como pintor la medalla de bronce en la Exposición Universal de 1889 y como escultor el gran premio de las exposiciones universales de 1889 y 1900.

Socialista militante y masón en activo hasta el final, Constantin Meunier falleció el 4 de abril de 1905 en Ixelles, Bélgica, siendo enterrado en el cementerio de esa localidad.

El artista dejó tras de sí un gran legado, enorme, el cual se encuentra a día de hoy repartido en unos cuantos museos como el Museo Constantin Meunier de Ixelles, la localidad en la que nos dijo adiós.

La influencia de Meunier en el arte contemporáneo es grande, y se podría decir que su influencia dentro del arte obrero no conoce igual.

Ígor Netto: el gran capitán del fútbol soviético

Gabe Abrahams

Ígor Netto se proclamó campeón olímpico y de Europa con el equipo nacional de fútbol de la URSS, siendo él su capitán. Esta es su apasionante historia.

Ígor Aleksándrovich Netto, más conocido como Ígor Netto, nació el 9 de enero de 1930 en Moscú. Sus padres procedían de Estonia, aunque los ancestros de su padre eran de origen italiano.

El padre de Ígor Netto, Aleksander, había sido un bolchevique comprometido con la Revolución Rusa de 1917 y el Estado soviético surgido de ella. Durante la Guerra Civil rusa (1917-1923) entre el nuevo Estado y los rusos blancos, abandonó su tierra natal y acudió a defenderlo. Su madre, Julia, compartía la ideología comunista.

Finalizado el conflicto armado, Aleksander y Julia tuvieron tres hijos: Lev (1925), Niina (1927), la cual falleció recién nacida, e Ígor (1930), escogiendo el nombre Lev para su hijo mayor como homenaje al revolucionario bolchevique León Trotski, es decir Lev Davidovich Bronstein.

Ya en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la familia Netto pasó penurias de todo tipo. Aunque con la conclusión de esta, todo cambió e Ígor Netto pudo empezar a practicar fútbol y hockey sobre hielo, dos deportes en los que destacó rápidamente.

Entre 1948 y 1951, así pues, Ígor Netto jugó en el equipo de hockey sobre hielo del Spartak Moscú y, desde 1949 a 1966, hizo lo propio en el equipo de fútbol de la misma entidad. En este último, disputó nada más y nada menos que casi 400 partidos de la Liga soviética, alcanzando una larga lista de títulos.

Netto ganó la Liga de Fútbol de la URSS de los años 1952, 1953, 1956, 1958 y 1962. Y ganó la Copa soviética de los años 1950, 1958 y 1963.

En este punto, cabe comentar que Ígor Netto dejó de compaginar el fútbol y el hockey sobre hielo en 1951 por dos motivos. Las fuerzas de un deportista están limitadas y, por tanto, es preferible concentrarlas en una sola dirección. Y la posibilidad de lesiones practicando dos deportes a pleno ritmo es mayor que si se practica solo uno.

En cualquier caso, los momentos más álgidos de la carrera deportiva de Ígor Netto llegaron de la mano del equipo nacional de fútbol de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), del que fue capitán entre 1954 y 1963. Con ese equipo, logró ganar el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne de 1956 y el Campeonato de Europa de 1960, disputado en Francia.

En los Juegos de Melbourne, la URSS derrotó en la final a Yugoslavia por un resultado de 1-0, contando en sus filas con jugadores míticos como el propio Netto, el portero Lev Yashin o los delanteros Eduard Streltsov y Valentín Ivanov. Y, en el Campeonato de Europa de Francia, la Unión Soviética volvió a derrotar a Yugoslavia en la final en esta ocasión por 2-1, en el estadio del Parque de los Príncipes de París.

Ígor Netto fue un jugador zurdo, con excelente control del balón y del juego, un todoterreno con gran clase. Sobre su compromiso y esfuerzo continuo por mejorar, las palabras de su compañero Aleksei Paramonov lo dicen todo: “Yo era cinco años mayor que Ígor, pero lo que me impactó fue que este joven jugador, sin presión ni exigencias de nadie, permanecía en el campo después de cada entrenamiento para perfeccionar su técnica.  Hacía malabarismos con el balón, disparaba a portería, intentaba mejorar su aceleración… Este trabajo constante le permitió convertirse en uno de los mejores”.

En 1966, Ígor Netto se retiró de los terrenos de juego, empezó a ejercer de entrenador y, al mismo tiempo, se afilió al Partido Comunista de la Unión Soviética, el PCUS.

Desde entonces, dirigió a equipos como el AC Omonia de Nicosia (1966-1967), la selección de Irán (1970-1971), el Spartak Moscú como asistente (1973-1975) y, entre otros, el equipo de veteranos de la URSS y Rusia (1991-1993). En 1957, además, recibió la condecoración de la Orden de Lenin. Y, en 1960, se casó con la actriz Olga Yakovleva.

Tras padecer Alzheimer durante años y sufrir bastante con la enfermedad, Ígor Netto falleció finalmente en Moscú el 30 de marzo de 1999, camino de cumplir los setenta años. Fue enterrado en el Cementerio de Vagánkovo y su tumba, junto a un monumento dedicado a su memoria, se situó a escasos metros de las de sus inseparables compañeros Lev Yashin y Eduard Streltsov.

El adiós de Netto provocó que miles de aficionados llorasen su pérdida y que otros tantos recordasen sus gestas futbolísticas en las olimpiadas o en los campeonatos de Europa.

A día de hoy, uno de los estadios del Spartak Moscú porta su nombre y los homenajes a su figura se suceden con frecuencia, a pesar de haber transcurrido más de un cuarto de siglo desde su muerte. Algo normal, que no debería sorprender a nadie, porque Netto consiguió ser uno de los mejores futbolistas soviéticos de la historia y, sobre todo, el gran capitán que encumbró a la selección de la URSS. El hijo de los bolcheviques Aleksander y Julia permanece en la memoria y, de ahí, no se moverá.