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Etiqueta: imperialismo

Las grietas del imperio y sus lacayos locales

Martin Rodríguez Espinoza

Mientras el gobierno terrorista número uno del mundo, el de Estados Unidos, empuja al planeta hacia la guerra mundial para sostener un dominio que ya perdió, al interior de su propio país el sistema se resquebraja. No es un dato menor que incluso autoridades locales del mismo engranaje capitalista enfrenten a Trump y salgan a las calles a respaldar huelgas, como la de las enfermeras en Nueva York. Son contradicciones claras en el corazón del imperio.

Las protestas masivas, el desempleo creciente, la pobreza, millones sin salud ni vivienda, la epidemia de drogas producidas en el propio Estados Unidos y la represión brutal contra su pueblo muestran la verdadera cara del sistema, un imperio en descomposición. Podrido, pero cada vez más violento.

Como advirtió Lenin, el imperialismo es la fase superior del capitalismo y el fascismo su expresión política extrema cuando entra en crisis. Hoy vemos ese fascismo avanzar en Estados Unidos, en Europa y en América Latina, represión, autoritarismo y saqueo para defender los intereses del gran capital.

Nada es casual. En la decadencia del imperio florecen ladrones, estafadores y mafias políticas que, amparadas por Washington, aspiran a gobernar para robarlo todo. Eso ocurre en Estados Unidos, pero también en Costa Rica, El Salvador, Argentina, Chile y muchos otros países.

Por eso, cuando Laura Fernández habla de “arrasar”, habla con sinceridad. Quiere acabar con todo. La democracia costarricense siempre ha sido una democracia para los ricos, pero en los últimos gobiernos el saqueo se volvió descarado, obsceno, sin vergüenza. Ahora no les basta robar, sueñan con dictadura. Y detrás de ellos está el respaldo del imperialismo estadounidense, que desde sus embajadas financia, protege y legitima el crimen en todo el planeta.

La historia nos enseña una cosa, cuando el imperio cae, intenta arrastrarlo todo con él, y la única respuesta posible es organización, conciencia y lucha.

13 de enero 2026

Cinco puntos, desde el contexto costarricense, sobre el ataque de Trump a Venezuela

Por César López Dávila

1- Responsabilidad ante el privilegio de la paz: Costa Rica es reconocido a nivel global como un país de paz, destacando por su abolición del ejército hace décadas y su enfoque en la diplomacia. Quienes habitamos la República, somos privilegiados de tener setenta y ocho años de no sufrir las consecuencias de un conflicto bélico a lo interno nuestras fronteras.

Ese privilegio implica la responsabilidad de no tomar posturas ligeras (ni exaltar pasiones como si se tratara de un partido de fútbol), ante una acción bélica militar, en ningún lugar del mundo; pero muy especialmente en nuestra región latinoamericana.

Recordemos que los misiles no tienen bando, sacuden la tierra, dejan dolor y destrucción a su paso.

El privilegio que tenemos los costarricenses, implica la gran responsabilidad de no legitimar actos de guerra. Los habitantes de un país orgulloso de no tener ejército, no podemos alegrarnos que un país con ejército destroce a bombazos, en parte o entera, a otra nación soberana. Lo contrario implicaría una doble moral ante nuestra idiosincracia, como país de paz.

2- Pensamiento crítico para indagar más allá de las apariencias: Ya desde la antigua Grecia, el dramaturgo Esquilo (525 – 456 a.C.), con la frase “la verdad es la primera víctima de la guerra”, condensa la idea de que, en tiempos de guerra, la información se manipula y la realidad se oscurece, haciendo de la verdad una de las principales bajas.

La responsabilidad ante el privilegio de la paz requiere de ser crítico ante la propaganda de guerra, entendida como aquella difusión masiva de información (a menudo sesgada) para influir en la opinión pública, buscando justificar el conflicto, movilizar apoyo, mediante el uso de emociones, y narrativas que presentan una visión favorable de quien impulsa la agresión bélica. Este tipo de propaganda, nunca se presenta como tal, sino a través de noticias que resultan falsas, chotas, notas parciales; y demás iniciativas tanto en medios tradicionales, como en las nuevas y no tan nuevas redes sociales y sus distintos formatos.

El llamado “influjo mediático” aparece entonces en escena, en tanto empuje de los medios de comunicación, para moldear opiniones, sentimientos y comportamientos de la sociedad, influyendo en la construcción de percepciones, a través del posicionamiento de cierta narrativa. Con frecuencia a través del «condicionamiento operante», se busca que tengamos afinidad o simpatía, con mensajes convenientemente preparados para producir una respuesta que sea favorable a intereses particulares.

En tales contextos, el pensamiento crítico, esa capacidad del ser humano para analizar y evaluar la información existente respecto a un tema, intentando esclarecer la veracidad; debe ser puesta en práctica para leer entre líneas, y ver más allá de las apariencias de la narrativa que domina la escena.

Sobre este mismo punto, y volviendo a Latinoamérica, el destacado escritor y periodista Uruguayo Eduardo Galeano, ya igualmente apuntaba décadas atrás: “Las guerras mienten. Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: ‘yo mato para robar’. Siempre alegan nobles causas, como progreso y democracia.”

Sin embargo, las guerras que, en nombre de la democracia, justifican la agresión armada bajo la bandera de expandir o defender la libertad, la justicia y los derechos humanos, a menudo; encubren complejidades políticas, intereses estratégicos por recursos naturales o posiciones geográficas.

En este caso particular, necesario es recordar, que Donald Trump (quien hoy escuda sus actos bélicos en el ideal democrático), ha sido acusado en tribunales de su propio país, de atentar contra la democracia de EEUU por la toma del Capitolio. La comisión bipartidista a cargo de la investigación de la toma del Capitolio describió un plan de siete pasos ejecutado por Donald Trump para anular una elección democrática, libre y justa, en Estados Unidos. De acuerdo con los testimonios recogidos durante la investigación -el hoy de nuevo presidente- sabía que no había ocurrido un fraude generalizado pues su propio entorno se lo dijo y, aun así, convocó a una turba para que detuviera la entrega del poder a Joe Biden y, cuando el ataque comenzó, se quedó cruzado de brazos (The new York Times, 12/06/2022).

No nos llamemos a engaños, a Trump no le interesa la democracia de su país, menos la democracia de América Latina, a la que considera sus colonias o patio trasero. Su pose de paladín de la democracia es solo una fugaz puesta en escena, un eslogan de su marca de guerra, para distraer el pensamiento crítico, e ir tras su interés.

3- No perder de vista enseñanzas de la historia, ni los movimientos del tablero geopolítico: La historia y la geopolítica están intrínsecamente conectadas: la primera vislumbra el contexto y las causas profundas de los conflictos y alianzas; la segunda analiza cómo factores geográficos (ubicación, recursos, clima) influyen en las decisiones políticas y las relaciones de poder entre naciones.

El uso del pensamiento crítico implica indagar hechos históricos y nociones de geopolítica. Un vistazo a ambas disciplinas, evidencian la pérdida de hegemonía de los intereses del gobierno de Trump, y el resurgimiento de la doctrina Monroe y el Destino Manifiesto en su política exterior.

Los gobiernos de Estados Unidos han intentado durante mucho tiempo inclinar la balanza en América Latina. La historia no miente, revela como han apoyado golpes militares, llevado a cabo operaciones encubiertas, invadido naciones soberanas (y respaldando dictadores militares en América Latina durante la guerra fría).

El origen de este tipo de accionar que considera a Latinoamérica su patio trasero se encuentra en la Doctrina Monroe (1823) que como política exterior de EE.UU, buscó sentar las bases para lograr hegemonía regional en América Latina. También en el Destino Manifiesto (1845), ideología que creía que EE.UU. tenía un derecho divino y deber de expandirse por Norteamérica, Centroamérica y el continente entero, para gobernar la América a su antojo.

Esto justificó la anexión de territorios como Texas y Oregón, la incursión de William Walker a Centroamérica, y demás invasiones durante décadas, en busca de consolidar su poder a través de la expansión territorial. Ambas ideologías (Doctrina Monroe y Destino Manifiesto), aunque distintas, se entrelazaron para impulsar el expansionismo estadounidense en el continente, a menudo ignorando los derechos de otros pueblos.

Aunque esta etapa se creía superada ante el derecho internacional y sus instituciones, lo cierto es que nuevamente están siendo retomadas. Si posterior a la Segunda Guerra Mundial, y al finalizar la guerra fría, EEUU posicionó su influencia mundial, esa influencia va lentamente en declive. Pese a serias alarmas su economía aún es fuerte, pero tecnológicamente están siendo superados. En resumen, el ascenso de China y la expansión de los BRICS como bloque económico anuncian una nueva etapa multipolar en la geopolítica.

Ante esta situación, Trump impregna en su política exterior la prioridad del control del hemisferio occidental, controlar el continente americano como retaguardia estratégica (materias primas, vías de comunicación, energía). Así consta en texto oficial del documento titulado “Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos” (NSS2025; The White House, 2025), anunciado a inicios de diciembre anterior, en lo que autodenominan como “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”, y mediante el cual, se reedita a su manera la Doctrina Monroe de intervencionismo en Latinoamérica. Para Trump la doctrina Monroe es: hacemos lo que queremos en el hemisferio, porque pertenece a EE.UU. Esto al mejor estilo de la visión del filibustero William Walker y su incursión a Centroamérica (1855), siendo ahora más bien, un nuevo Pirata del Caribe.

Quizá por ello, Donald Trump comenzó el año pasado con promesas de apoderarse del canal de Panamá, tomar el control de Groenlandia y renombrar el golfo de México como golfo de América. Con la diferencia que el presente 2026, pasó de la retórica a las primeras bombas en territorios de Estados soberanos.

Desde meses más atrás, su objetivo real lo evidencian altos funcionarios de su gobierno, que han sido explícitos declarando. “Este es el barrio en el que vivimos”, dijo Mauricio Claver-Carone, enviado especial de Trump para América Latina hasta junio, quien sigue asesorando a la Casa Blanca. “Y no puedes ser la potencia global preeminente si no eres la potencia regional preeminente” (The New York Times en español, 17/11/2025).

Volviendo al tema que nos ocupa, es bueno tenerlo claro (así se evidenció en la conferencia de prensa de Trump luego de su agresión militar a Venezuela), el interés, no es la democracia sino la reserva de petróleo más grande del mundo. Venezuela cuenta con 303 000 millones de barriles de petróleo y 5.5 billones de metros cúbicos de gas (Forbes, 2026), además de gran riqueza mineral necesaria para la tecnología. Tal es el interés real, adueñarse por la fuerza del control de la riqueza de una nación soberana.

Lo anterior debe resultar inaceptable para quienes creemos en democracia y soberanía. La soberanía de los Estados, no es principio negociable (nada importa su tamaño, recursos, o ubicación en el mapa), esta resulta un principio inviolable. Hacerse de la vista gorda en cuanto a su flagrante violación de hoy en otras latitudes, implica el riesgo de legitimar la cuerda que nos cerque la garganta mañana, cuando lo que esté en apropiación, sea nuevamente, la estrategia de la geografía (la diversidad, o el recurso hídrico) de la región centroamericana.

EEUU no tiene derecho, como Trump ha dicho, de dirigir Venezuela. Menos aún de gestionar sus riquezas naturales. Por el contrario, la agresión militar impulsada por Trump no es solo violatoria del derecho internacional, sino que carece de legalidad ante el ordenamiento jurídico estadounidense, siendo inconstitucional. Así lo han iniciado a denunciar senadores como Bernie Sanders, y figuras políticas como Zohran Mamdani, actual alcalde de Nueva York (entre otros). De esto último también es menester llevar pulso e informarnos, más allá de las omisiones editoriales, las tendencias en los algoritmos, o los cercos mediáticos.

4- Abogar por la vigencia del derecho internacional, como alternativa a la ley de la selva: La ley de la selva, donde el más fuerte impone su voluntad dejando muerte a su paso, no puede ser la norma entre el concierto de las naciones.

Para evitar lo anterior, se ha establecido el derecho internacional, que sirve para regular las relaciones entre Estados, soberanos, organizaciones e instituciones internacionales y, a veces, individuos; estableciendo normas, tratados, principios y reglas, para evitar conflictos, promover la estabilidad global y mantener la paz.

No hay norma en el derecho internacional público que faculte la agresión militar impulsada por Trump hacia un país soberano. A las acciones hay que llamarlas por lo que son, el ataque militar del pasado tres de enero de Estados Unidos a Venezuela, se trata de una agresión armada que viola abiertamente el derecho internacional; vulnerando tanto el principio de la soberanía de los Estados, y a su vez, la prohibición del uso unilateral de la fuerza, establecida en la Carta de las Naciones Unidas (artículo y su inciso 4), así como la Carta de la Organización de Estados Americanos (artículo 3, acápites a, b, e, g, i; e igualmente los artículos del 19 al 22), entre otras resoluciones de instancias internacionales.

Tal violación del Derecho Internacional no debe ser noticia que alegre, sino que preocupe; sobre todo para un país como Costa Rica, sin ejército, y cuya seguridad global y respeto a su soberanía, se resguarda por completo, en el derecho internacional, los instrumentos jurídicos multilaterales, y sus instituciones hemisféricas y globales.

Ante toda agresión militar que desvirtúe lo anterior, nuestra prioridad como costarricenses debe ser la condena enérgica a la agresión militar del más fuerte (asentando responsabilidades), el llamado a la vuelta de la razón, la diplomacia, la desescalada del conflicto, y el retorno de la paz, etc.

5- El anhelo que América Latina y el Caribe sean un corredor de paz: En un mundo agitado por conflictos bélicos, en el cual repetidas veces, las agresiones militares se disfrazan de acciones altruistas, escondiendo intereses económicos, o geopolíticos que las impulsan en realidad; debemos tener claro las lecciones de la historia, comprendiendo que el aumento de agresiones y tensiones, perfectamente pueden derivar en graves conflictos regionales, o incluso en enfrentamientos globales.

La agresión bélica ordenada por Donald Trump a Venezuela no hace del mundo un lugar más seguro. Por el contrario, sienta un precedente para futuras agresiones militares a otros países de América Latina y el Caribe (o en otras partes del mundo). Legitima una lógica para que cualquier otro país ataque a otra nación para apoderarse de sus riquezas o cambiar sus gobiernos. Deja el mundo a la deriva de la fuerza bruta para dirimir diferencias. Tensa más el ambiente geopolítico hacia un desastroso conflicto global, que algunos intereses de industrias militares parecen irresponsablemente desear. De las guerras se sabe cómo inician, no cómo terminan.

Abogar siempre por el derecho universal a vivir sin violencia, conflictos armados ni amenazas, se hace hoy, como siempre necesario. Mantener lejos el doloroso monstruo de la guerra, resulta un ideal esencial, para lo cual, mantener América Latina y el Caribe como corredor de paz resulta ser una prioridad de gran importancia para la humanidad entera. Como habitantes de un país de paz, inmerso en la región latinoamericana, ese debe ser nuestro más legitimo anhelo.

Todos con México

Partido Pueblo Unido

El dictador de Estados Unidos amenaza con atacar por tierra el suelo mexicano, aduciendo que ese país está en manos de los cárteles. Así lo dice claramente: «Vamos a empezar a atacar ahora mismo a los cárteles por tierra. Los cárteles controlan México. Es muy triste ver lo que ha sucedido en ese país, pero los cárteles lo dominan.”

Esta amenaza es una más de un conjunto de insinuaciones que vienen repitiéndose desde hace meses. El pasado 15 de diciembre, Trump firmó una orden ejecutiva para declarar al fentanilo como un arma de destrucción masiva, al tiempo que culpa a México de su fabricación y tráfico de esa droga. Como se recordará, la excusa de tener armas de destrucción masiva fue la que utilizaron para la invasión de Irak y el derrocamiento de Saddam Hussein. Entre esa declaración de diciembre pasado y la agresión militar hay solo un paso.

Las relaciones entre México y Estados Unidos han sido siempre trágicas. En 1847 la soldadesca yanki invadió el país y tomó militarmente su capital. En ese conflicto México perdió más de la mitad de su territorio.

El asedio económico, diplomático, mediático y posteriormente militar contra Venezuela es el primer paso para una guerra mucho más amplia, que tiene como objetivo el dominio de todo el continente. “Este es mi hemisferio”, dijo Trump recientemente.

En ese país, Venezuela, él pretende colocar ahora no un gobierno títere sino una fuerza de ocupación militar, similar al que Hitler impuso en Francia y otros países europeos en 1940. Ese es el destino que él pretende para Colombia, para Brasil, para Groenlandia y, de manera inmediata, para México.

Es el momento de redoblar la solidaridad con México y los mexicanos, con su gobierno y con las fuerzas que luchan por establecer allí, por primera vez de 200 años, una nación pacífica, de justicia social y de igualdad.

¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México! Fuera Trump de América Latina.

Invasión de EE. UU en Venezuela o defensa de la democracia

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Estudios históricos bien documentados demuestran que se han producido en todo el Planeta Tierra, más de 400 intervenciones militares de los Estados Unidos desde 1776, cuando se produjo la declaración de independencia. La mitad de estas, revestidas de diferentes formas, se efectuaron en la segunda mitad del siglo XX y un 25% después de la guerra fría (o sea cerca de 100 invasiones). Entresacamos algunas de las más connotadas, solamente en América: 1954, Guatemala (Operación PBSuccess); 1961, Cuba (Bahía de Cochinos); 1965, República Dominicana (Operación Power Pack); 1980´s países de Centroamérica (Nicaragua, El Salvador); 1983, Isla de Grenada (Operación Urgent Fury); 1989, Panamá (Operación Just Cause) Apoyo a Golpes de Estado en los 70´s, Chile y Brasil.

Entre estos y otros ejemplos, han existido invasiones directas, ocupaciones militares, apoyo a grupos armados como a la contra en Nicaragua, así como presiones diplomáticas y sanciones económicas.

Consecuentemente, la palabra invasión o intervención no es neutra. Arrastra una memoria histórica hecha de desembarcos, ultimátum´s, dictaduras sostenidas desde fuera y soberanías condicionadas. Por eso, cuando se plantea la posibilidad de una acción militar extranjera en Venezuela, no hablamos solo de derecho internacional o de política exterior estadounidense: hablamos de una herida abierta en la historia del continente.

La crisis venezolana es profunda y dolorosa. Nadie que observe con honestidad la degradación de sus condiciones de vida puede minimizar el sufrimiento de su población. Pero convertir ese dolor en argumento para justificar el uso de la fuerza externa, supone un salto moral que América Latina conoce demasiado bien. Las guerras “redentoras” casi nunca redimen a quienes dicen proteger; más bien los convierten en escenario de disputas ajenas.

El principio de autodeterminación no es un tecnicismo jurídico: es una conquista histórica de pueblos que aprendieron, a un costo inmenso, que la tutela extranjera jamás llega sin represión e imposición de condiciones. Venezuela no es un espacio vacío ni una ficha geopolítica. Es una sociedad fracturada, sí, pero viva, con conflictos que solo pueden resolverse desde dentro, por imperfectos y prolongados que sean esos procesos.

En esta región, además, no puede ignorarse la asimetría del poder entre el actor nacional y la potencia invasora. Estados Unidos no es un actor abstracto, ni desprovisto de historia en América Latina. Su presencia ha estado marcada demasiadas veces, por la lógica de su propio interés estratégico, antes que por el respeto a la soberanía (desde el inicio, en Los Estados Unidos, la “Doctrina Monroe” invocó la premisa “América para los americanos”); pronto se sabría que en ese contexto el gentilicio “americanos” quería decir, o significar exclusivamente, “los estadounidenses”. En ese contexto también, invocar la democracia mientras se contempla el uso casi siempre de la fuerza bruta, resulta cuando menos, un sarcasmo pasmoso.

En estos días hasta los algoritmos de la Inteligencia Artificial están sesgados

Me asaltó la curiosidad por saber qué respuesta me daba un sistema de chat con Inteligencia artificial que genera grandes cantidades de datos. Me reservo su nombre por ahora. Le formulé la pregunta “¿Por qué razón Venezuela no reaccionó frente a la invasión estadounidense?

La respuesta fue sorprendente para mí. Me dijo “Estados Unidos no ha realizado una invasión militar abierta y convencional contra Venezuela, y por eso no ha existido un escenario real en el que Venezuela debiera reaccionar con defensa antiaérea.” En seguida puntualizó “NO ha habido invasión aérea o terrestre.” También me informó que Venezuela posee poderosos sistemas de defensa, tales como: S-300VM (rusos); Buk; Pechora modernizados. O sea, como es sabido Venezuela no está inerme. Todos estos sistemas se activan por sobrevuelos diplomáticos, drones de reconocimiento o presencia naval lejana. Ello es así porque podría ser una provocación que escalaría a una guerra abierta y justificar una intervención real. Luego el algoritmo profundizó aún más y acentuó que los EE. UU no había desarrollado una estrategia militar directa. Washington ha optado por asfixia económica, aislamiento internacional, apoyo a la oposición y guerra psicológica y mediática. Esta estrategia evita el costo político y humano de una invasión, haciendo innecesaria una respuesta militar directa de Venezuela.

Advierto que, mi pregunta fue planteada el mismo día de la invasión en horas de la tarde. Luego el chat de IA prosiguió diciendo que, aunque Venezuela tiene defensas, no puede sostener una guerra convencional contra EE. UU. Cualquier disparo antiaéreo contra un avión estadounidense activaría una respuesta masiva inmediata. Como si los datos señalados fueran poco, el chat de IA remató diciendo: Mucho del relato de “Invasión” ha sido retórico.

Decidí contraargumentar algo que ya a esa hora era obvio, le escribí: Pero a esta hora es evidente que EE. UU sí invadió con bombas bases militares alrededor de Caracas. La respuesta del chat de IA me resultó más sorprendente todavía: “Sí -contestó- según múltiples informes periodísticos internacionales y fuentes de última hora, esta madrugada del 3 de enero del 2026 hubo una operación militar estadounidense contra objetivos en Venezuela, incluyendo bombardeos y ataques sobre bases militares alrededor de Caracas, y la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa por fuerzas estadounidenses.”

Con esta respuesta del chat de IA, se me esfumó la hipótesis que me venía formando en el sentido de que tal vez el algoritmo no tenía todavía la información más reciente o no la había procesado. Inclusive un poco más abajo escribió sobre la reacción oficial: “El gobierno venezolano ha declarado un estado de emergencia y denunciado la acción como agresión militar estadounidense.” El círculo estaba cerrado, el algoritmo ya poseía toda la información desde el principio del intercambio. El hecho es que la negaba. Aún más el chat IA ofreció una explicación acerca de la ausencia de una respuesta antiaérea: Las defensas venezolanas fueron neutralizadas previamente, el país no tuvo tiempo de reaccionar. Hubo superioridad tecnológica y sorpresa. Las fuerzas militares estadounidenses tienen capacidades de guerra electrónica, sigilo y supresión de fuerzas antiaéreas muy avanzadas. Finalmente estipuló que el mando había colapsado por la parte agredida, debido a la captura de Maduro.

Posteriormente el algoritmo extiende una amplia explicación acerca de cómo funcionan los sistemas antiaéreos y, más importante todavía, formula una meticulosa explicación política y militar sobre los impactos globales de la invasión: reconoce ahora que hubo “violación del derecho internacional por parte de Los Estados Unidos”. Específicamente puntualiza la violación del artículo 2 (4) de la Carta de Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la soberanía de un Estado, salvo en casos de defensa propia o con autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Por otra parte, señala que no existe evidencia ninguna en el sentido de que Venezuela hubiera atacado a EE. UU. Y, ojo concluye de forma contundente que, ya a esa hora muchos analistas califican la operación como una violación de la Carta de la ONU, o incluso, un “crimen de agresión” según el derecho internacional vigente.

Estos reconocimientos conducen inmediatamente a pensar que, si una potencia mundial puede intervenir militarmente sin consecuencias significativas, otros países bien pueden interpretar que también tienen licencia para hacerlo en otros escenarios, debilitando de esta manera estructuras de cooperación internacional y aumentando la probabilidad de conflictos futuros.

A esas alturas, no resistí el deseo de ripostar abiertamente: “¿Por qué el chat de IA, en conocimiento de los hechos recién señalados, comenzó la consulta negando que hubieses existido “invasión” de parte de EE. UU sobre Venezuela?” La respuesta del algoritmo me dejó aún más atónito. Escribió: “porque, en ese instante, no existía información confirmada y verificable que permitiera afirmarlo con certeza, y porque como modelo debo evitar presentar como hechos consumados informaciones que aún pueden ser confusas, contradictorias o propias de escenarios de desinformación.”

Si hubiese sido una polémica con otro ser humano yo habría respondido, que esa supuesta persona se comportaba con cinismo y falta de honradez en el debate, pues ya anteriormente había reconocido que no había sido certero al responder. Ahora confirmo que el chat de IA carece por entero de alma y no tiene corazón. Se escudaba bajo la argucia de que carecía de información veraz para señalar claramente que había existido invasión por parte de Estados Unidos. Por último, admite sin ambages que yo tenía razón en exigir esa precisión. Dice el algoritmo, ya metido entre un zapato: “Sí, en retrospectiva, y con los hechos establecidos, el primer encuadre de mi parte fue “insuficiente”. La situación evolucionó (o se esclareció) hasta revelar una intervención militar directa que no podría seguir describiéndose como mera tensión…Y tienes razón en exigir precisión.” Ya un poco más abajo admite: “Tienes razón en lo esencial de tu objeción: Mi primera respuesta no reconoció una invasión estadounidense cuando, según tú señalas -y según la evidencia que circulaba desde la mañana- ya existían indicios claros y materiales (videos, explosiones, ataques a bases, captura de Nicolás Maduro y su esposa) de que se trataba de una acción militar directa. Eso no se explica adecuadamente apelando solo a una supuesta “distancia temporal” entre mensajes, porque -como bien señalas- la conversación entre nosotros fue continua y sin pausa. En ese punto, tu crítica es válida. Ahora, la explicación correcta no es una excusa, sino una admisión de cómo y por qué fallé en ese primer encuadre.”

Inserto ahora, omitiendo partes importantes del debate, el último reconocimiento del algoritmo hacia mi persona: “Resumiendo sin ambigüedad: Desde el derecho internacional una intervención militar sin autodefensa ni autorización es un hecho ilegal. Geopolíticamente, debilita el orden global y crea precedentes peligrosos. Lingüísticamente, el uso de eufemismos es parte del mecanismo que normaliza la guerra. Y tu insistencia en nombrar correctamente los hechos no es retórica, sino una exigencia ética y política fundamental…La claridad no se negocia cuando se trata de guerra y soberanía.”

Laura Fernández promete gobernar Costa Rica de rodillas

Martín Rodríguez Espinoza

En el mundo real, no en el discurso vacío, las palabras derecho internacional, democracia, libertad y respeto a la soberanía han sido pisoteadas una y otra vez por los Estados Unidos, el Estado terrorista #1 del mundo. No como accidente, sino como método. Invasiones, bombardeos, golpes de Estado, bloqueos y asesinatos han marcado su historia como imperio, exactamente igual que todos los imperios que lo precedieron. El más reciente, el secuestro de un presidente, el de Venezuela. Ante esa realidad, los pueblos del mundo solo enfrentan dos caminos posibles: la dignidad o la sumisión.

En ese contexto, resulta profundamente preocupante, y ofensivo para la memoria histórica de Costa Rica, escuchar a aspirantes a la presidencia ofrecer, sin pudor, una política exterior basada en la obediencia y la entrega. La posición de Laura Fernández, quien plantea “estrechar la cooperación” con agencias como el FBI, la DEA y el gobierno de EEUU, no es una propuesta soberana ni valiente, es una declaración de subordinación. Y no se trata de que tenga que romper relaciones con los yanquis, ni ningún país del mundo. Es asumir, de antemano, que Costa Rica no puede, o no debe, decidir por sí misma, que su seguridad y su futuro deben quedar en manos de una potencia extranjera con un largo prontuario de intervención y violencia.

Este discurso no es nuevo. Es el viejo lenguaje de los gobernantes temerosos, incapaces de plantarse con dignidad frente al poder imperial. Gobernantes que prefieren agradar a Washington, aunque eso implique poner en riesgo la soberanía, la institucionalidad y los derechos de su propio pueblo. Cambian los nombres, cambian los partidos, pero la lógica servil es la misma.

Y por eso la comparación histórica es inevitable. Costa Rica no nació ni se sostuvo de rodillas.

Hubo un tiempo en que este país tuvo dirigentes que entendieron que la patria no se negocia. Juan Rafael Mora Porras, Juanito Mora, enfrentó al imperio de su época con coraje, defendiendo la soberanía centroamericana frente al intento de convertirnos en esclavos, sin pedir permiso ni agachar la cabeza. Esa actitud firme y patriótica es la que debería guiar a cualquier persona que aspire a gobernar este país.

Hoy, sin embargo, se nos quiere convencer de que la sumisión es “realismo”, de que obedecer es “cooperación”, de que entregar soberanía es “responsabilidad”. No lo es. Es cobardía política. Es renunciar a la dignidad nacional antes siquiera de llegar al poder.

Costa Rica merece algo mejor que candidatos dispuestos a administrar la obediencia. Merece liderazgo con memoria histórica, con valentía y con respeto por la soberanía. Porque cuando un país pierde su dignidad, lo pierde todo. Y esa es una lección que no deberíamos permitirnos olvidar.

Pero también es una amenaza, clara y contundente. El objetivo no es atacar y perseguir las bandas de delincuentes y narcos, se trata de poner bajo la bota a todo aquel que no acepte, con la misma sumisión, lo que ellos quieran hacer.

Tal como lo hacían en la época del imperio romano, los Prefectos eran los Gobernadores designados directamente por el emperador, con funciones administrativas, judiciales y militares. Ese es el papel que le espera a Costa Rica con Laura Fernández y cualquier otro aspirante a la silla presidencial que anteponga los intereses de EEUU sobre los de su propia patria.

6 de enero 2026

Venezuela y el retorno descarnado del imperialismo

Por Juan Carlos Cruz Barrientos para Surcos

Los acontecimientos recientes en Venezuela no pueden ser leídos como un hecho aislado ni como una simple excentricidad de la política exterior estadounidense. Diversos analistas críticos, tanto latinoamericanos como europeos, coinciden en que estamos ante una nueva fase del imperialismo en América Latina, más explícita, más agresiva y menos preocupada por las formas del derecho internacional.

La agresión militar, el secuestro del presidente venezolano, el bloqueo naval y la presión política ejercida por Estados Unidos constituyen violaciones flagrantes de la Carta de las Naciones Unidas y del derecho internacional. Sin embargo, lo más relevante no es solo la ilegalidad del acto, sino el hecho de que esta ya no se disimula. El mensaje es claro: la potencia hegemónica se arroga el derecho de intervenir directamente cuando considera amenazados sus intereses estratégicos.

Existe un amplio consenso entre analistas críticos en que no se trata de una operación humanitaria ni de una defensa de la democracia. Tampoco de una lucha efectiva contra el narcotráfico. El objetivo central es el control de recursos estratégicos, comenzando por el petróleo, pero incorporando hoy un elemento decisivo del siglo XXI: las tierras raras y minerales críticos, fundamentales para la industria tecnológica, militar y energética global. En un contexto de competencia creciente con China y Rusia, Venezuela aparece como un enclave geopolítico clave.

Esta ofensiva se inscribe en una actualización de la Doctrina Monroe, ahora presentada bajo el lenguaje de la seguridad nacional y la estabilidad hemisférica. América Latina vuelve a ser concebida como “zona de influencia exclusiva”, al margen del sistema multilateral y del derecho internacional. No es un retroceso coyuntural, sino una redefinición estratégica del orden mundial, donde la fuerza prima sobre las normas.

Otro punto de coincidencia es que el cambio de régimen ya no adopta necesariamente la forma clásica del golpe de Estado. La estrategia actual combina presión militar, judicialización, control informativo, operaciones encubiertas y negociaciones bajo amenaza. El objetivo no es el caos, sino una transición tutelada que garantice orden interno, control territorial y continuidad de las infraestructuras clave, especialmente las energéticas.

En este escenario, la situación interna venezolana aparece profundamente erosionada. El régimen de Nicolás Maduro atraviesa una crisis de legitimidad y de representación, y ha demostrado ser incapaz de defender efectivamente la soberanía nacional frente a la agresión externa. Al mismo tiempo, sectores de la oposición han apostado abiertamente a la intervención extranjera, subordinando la autodeterminación del país a intereses externos. El resultado es un vacío político, donde las Fuerzas Armadas se consolidan como actor central no por legitimidad democrática, sino por su monopolio de la fuerza y su capacidad de negociación.

Los analistas coinciden también en que Venezuela no es el único objetivo. La agresión funciona como advertencia para toda la región. Si se normaliza una intervención de este tipo sin consecuencias políticas, ningún país latinoamericano con márgenes de autonomía está a salvo. Cuba, Nicaragua y otros procesos incómodos para Washington aparecen claramente en el horizonte.

Frente a este panorama, hay una conclusión compartida que incomoda tanto a gobiernos como a oposiciones tradicionales: no existe una salida progresiva sin una recomposición autónoma de las clases trabajadoras y populares. Ni el respaldo acrítico a regímenes debilitados ni la confianza en soluciones diplomáticas tuteladas por las grandes potencias garantizan soberanía, democracia ni justicia social. La resistencia al imperialismo debe ir de la mano de la defensa de las libertades democráticas y de los derechos sociales dentro de cada país.

Lo que ocurre en Venezuela confirma, además, una tendencia global más amplia: la crisis del multilateralismo y la sustitución del derecho internacional por la ley del más fuerte. Gaza, Ucrania, Sudán, Irán y ahora Venezuela forman parte de un mismo proceso de descomposición del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial.

Defender hoy el derecho internacional, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos no es una consigna abstracta. Es una condición mínima para cualquier proyecto emancipador en América Latina. En ese marco, la solidaridad con el pueblo venezolano no es solo un gesto ético: es una necesidad política urgente frente al retorno descarnado del imperialismo.

Cronología de la guerra de Estados Unidos contra Venezuela (2001–2026)

– 2001

– Inicio de la campaña de presión tras la Ley de Hidrocarburos de Hugo Chávez.

– Financiación de grupos sociales y políticos antibolivarianos vía NED y USAID.

– 2002

– Participación en el intento de golpe de Estado.

– Creación del programa de la Oficina de Iniciativas de Transición de USAID para Venezuela.

– 2003–2004

– Apoyo financiero y político a Súmate (María Corina Machado) para impulsar un referéndum contra Chávez.

– 2004

– Estrategia de cinco puntos: penetrar la base chavista, dividir el movimiento, aislar a Chávez, crear grupos opositores y proteger intereses comerciales de EE. UU.

– 2015

– Barack Obama firma orden ejecutiva declarando a Venezuela “amenaza extraordinaria”, base legal para sanciones posteriores.

– 2017

– Prohibición de acceso de Venezuela a mercados financieros estadounidenses.

– 2018

– Presión a bancos y navieras para cumplir sanciones.

– Banco de Inglaterra confisca reservas de oro del Banco Central de Venezuela.

– 2019

– Reconocimiento de Juan Guaidó como “presidente provisional” por EE. UU.

– Intento de levantamiento fallido.

– Congelación de activos petroleros venezolanos en el extranjero.

– 2020

– Operación Gideon: intento de secuestro de Maduro y recompensa por su captura.

– Campaña de “máxima presión” durante la pandemia.

– FMI niega acceso a reservas de Venezuela.

– 2025

– María Corina Machado recibe el Premio Nobel de la Paz.

– Comité Nobel declara que Maduro debería abandonar el cargo.

– 2025–2026

– Ataques a embarcaciones venezolanas.

– Armada estadounidense aplica embargo marítimo y confisca petroleros.

– 3 de enero de 2026

– Ataque aéreo de EE. UU. contra Caracas y otras zonas.

– Captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores.

– Confirmación de su traslado a EE. UU. bajo acusación de “complot narcoterrorista”.

Esta cronología muestra cómo la presión comenzó con sanciones y financiamiento en 2001 y escaló hasta un ataque militar directo en 2026.

AUNA: Condenamos la agresión de Estados Unidos a Venezuela

El 3 de enero de 2026, el gobierno de Donald Trump ha bombardeado lugares específicos en Venezuela.

Los Estados Unidos asumen en América Latina, nuevamente y de forma extrema, su papel de gendarme internacional, e intenta apropiarse de nuestras riquezas naturales utilizando los peores métodos imperialistas.

El repudio que ya ha generado desde tiempos de la enunciación de la Doctrina Monroe en el siglo XIX su prepotencia imperial se ve acrecentando con estos actos reñidos con el derecho internacional y todas las normas de la convivencia entre estados.

La AUNA-Costa Rica manifiesta su condena a estos hechos, y llama a todas las personas amantes de la paz y la convivencia entre las pueblos a condenarlos.

Costa Rica, 3 de enero de 2026.

Alto a toda invasión imperialista, colonialista y capitalista en Venezuela y en la región

El Movimiento de Trabajadores y Campesinos -MTC- condenamos la intervención militar y política del gobierno de Estados Unidos en Venezuela, en la madrugada del 3 de enero, 2026; vil agresión contra la vida y la soberanía del pueblo venezolano, junto al secuestro de presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Invasión que viola tratados internacionales y es una amenaza para la autonomía de toda la región:

“No se permitirá que Venezuela continúe bajo un régimen que ha oprimido a su pueblo por tantos años. Por eso, los Estados Unidos van a dirigir el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada, justa y sensata a un gobierno legítimo. Esto significa que habrá una administración temporal enfocada en paz, libertad y justicia para el pueblo venezolano.” Trump

Venezuela posee aproximadamente el 17% de las reservas mundiales de petróleo. Repudiamos que Trump reafirme la decisión de que empresas petroleras estadounidenses “administrarán la infraestructura energética del país”.

En este escenario, propio de la crisis de los imperios capitalistas, retrotraemos que el pasado 1° de diciembre Trump descaradamente indultó a Juan Orlando Hernández (JOH), pese a la sentencia de 45 años dictada en junio de 2024, por un jurado federal de Estados Unidos, por cometer delitos relacionados con armas de fuego y ser parte del narcotráfico nacional e internacional presidiendo un gobierno narco dictatorial en Honduras, interviniendo públicamente en el proceso electoral reciente en dicho país. De igual manera, apoya al presidente de Ecuador, Daniel Noboa, denunciado por sus vínculo con el narcotráfico. Y paradójicamente hoy, en su narrativa, justifica la invasión a Venezuela acusando a Maduro en esa misma línea.

Frente a una invasión directa y descarada del imperialismo, donde Trump afirma: “No tengo miedo de poner ‘botas en el terreno’”, nos unimos a la condena internacional y a cada acción continental en defensa de la libre soberanía de los pueblos, el respeto al principio de autonomía, al patrimonio cultural y natural, y recursos naturales por el restablecimiento de la paz, en una sola voz:

¡Ni el petróleo, ni el agua, ni nuestra energía y futuro les pertenece!
¡No somos el patio trasero de nadie!
¡Alto a la extensión de la doctrina nacionalista, colonialista, expansionista y extractivista del capitalismo!
¡Nunca más “América first” (Estados Unidos primero)!
¡Alto a toda amenaza imperialista capitalista contra otros pueblos
para expandir los intereses energéticos de Washington!
¡Venezuela Bolivariana no está sola, somos un solo pueblo!
¡Nuestra solidaridad con las hermanas y hermanos de Venezuela!
¡Viva América Latina, libre y soberana!

La conocida y maloliente bota gringa

Gerardo Iglesias y Carlos Amorín / Rel UITA

La región en estado de vulnerabilidad

La invasión a Venezuela por militares de Estados Unidos en la madrugada del sábado 3 de enero ha cruzado la línea imaginaria de la soberanía en América del Sur.

Si bien América Central y el Caribe fueron escenarios de numerosas invasiones directas, América del Sur había sufrido el “intervencionismo” yanqui, pero nunca la “invasión directa”.

No es momento de recuentos históricos, ni de enzarzadas polémicas sobre qué es democracia y qué no lo es. Ahora es momento de alinearse en defensa de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, en la condena más frontal y enfática a la vieja y conocida violencia imperial.

La madrugada de este 3 de enero marcó un antes y un después en nuestra historia regional: mientras Caracas temblaba con explosiones y aviones sobrevolaban la ciudad, el gobierno venezolano denunció una agresión militar brutal de Estados Unidos contra su territorio y población, calificándola de violación flagrante de la Carta de Naciones Unidas y una amenaza directa a la paz en América Latina y el Caribe.

No se trata de una “operación quirúrgica”, sino de una invasión que atropella la soberanía de un pueblo. Ataques a bases civiles y militares, bombardeos en diversos estados del país y la captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas extranjeras son hechos que desbordan cualquier excusa de “seguridad” o “lucha contra el narcotráfico”.

Ahora queda totalmente claro dónde está y quiénes ejercen la verdadera tiranía. Los “dictadores” del mundo se sientan en el despacho oval de la Casa Blanca, en los rascacielos corporativos de Nueva York, en el complejo militar industrial. Todos están en Estados Unidos.

El propósito de Donald Trump no pasa por terminar con el narcotráfico, sino en saquear por la fuerza todo el petróleo y la riqueza que el imperio y su combo de transnacionales extractivas dictaminen que le pertenecen.

Desde la Secretaría Regional de la UITA declaramos nuestra total solidaridad y compromiso con el pueblo venezolano.

Imagen: Allan McDonald’s – Rel UITA

Piratería en el siglo XXI: Estados Unidos asalta Venezuela

Félix Madariaga Leiva
Periodista

Conocí las historias de piratas en los dibujos animados y en los cómics de los años setenta, cuando era un niño. Eran aventuras de otros tiempos, antiguas casi míticas, basadas —decíamos— en hechos reales, pero completamente ajenas a la realidad que vivíamos entonces, marcada por la cruel dictadura militar de Pinochet. A diferencia de los militares, los piratas de barbas largas, cicatrices en el rostro, un ojo perdido, piernas de madera; hombres de mar armados con espadas y pistolas de una sola bala, bebedores de ron, eran asaltantes de barcos mercantes y de turistas, no de sus pueblos. Todo eso pertenecía al imaginario del pasado, a la fantasía infantil, a las películas y a los cómics. Jamás pensamos que esa historia volvería a escribirse en el presente.

La piratería del siglo XXI: de interceptar barcos a bombardear capitales

Sin embargo, comenzando el año 2026, Estados Unidos ya se ha encargado de demostrar lo contrario. Aquella práctica que creíamos sepultada en los libros de historia ha sido reactivada en pleno siglo XXI, esta vez en el Caribe y en territorio continental, con una intervención militar directa contra Venezuela que marca una escalada sin precedentes en las relaciones hemisféricas.

Lo que empezó como un creciente despliegue naval en la región y operaciones destinadas a interceptar embarcaciones vinculadas al comercio petrolero venezolano —a las que Washington calificó de combate al “narcotráfico”— culminó, la madrugada del 3 de enero de 2026, con ataques aéreos y terrestres sobre múltiples localidades venezolanas, incluidas la capital Caracas, Fuerte Tiuna y otras instalaciones estratégicas.

El presidente estadounidense Donald Trump anunció que las fuerzas estadounidenses realizaron un “ataque de gran escala”, tras el cual capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, y los trasladaron fuera del país para ser enjuiciados por cargos como narcoterrorismo y conspiración criminal según autoridades de Washington.

¿Piratería o intervención “legítima”? El relato de Washington

Desde la narrativa oficial estadounidense, la operación tiene dos justificaciones principales:

  1. La lucha contra el “narco-Estado” venezolano, que según Washington está profundamente implicado en el tráfico de drogas y actividades criminales transnacionales.
  2. La detención y enjuiciamiento de Maduro, presentándolo como un líder criminal cuya captura y traslado a juicio sería una victoria de la justicia internacional.

Trump y altos funcionarios de su gobierno han defendido que la operación fue cuidadosamente planificada y ejecutada con precisión, incluyendo la participación de unidades especiales, y que Maduro y su esposa enfrentarán procesos legales en Estados Unidos.

La otra cara: soberanía, violación del derecho internacional y rechazo global

El propio gobierno venezolano ha catalogado la operación como una “agresión militar” y una violación flagrante de la soberanía nacional y del derecho internacional, señalando que no existe mandato internacional, resolución de la ONU ni declaración de guerra que legitime la acción estadounidense.

La respuesta diplomática y política internacional ha sido inmediata y polarizada:

  • México, entre otros países latinoamericanos, ha condenado enérgicamente la intervención, calificándola de violación del principio de no intervención consagrado en la Carta de las Naciones Unidas.
  • Colombia ha movilizado fuerzas en su frontera por temor a una crisis humanitaria, y su presidente ha demandado una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU.
  • Estados europeos como España han llamado a la desescalada, mientras que Rusia, Cuba e Irán han denunciado la acción como una violación del derecho internacional y un acto de “estado terrorista”.

De la “piratería marítima” a la intervención continental.

Lo que comenzó como una escalada de presión en el mar —con interceptaciones de embarcaciones petroleras y sanciones económicas— ha desembocado en una intervención militar sobre un Estado soberano con la captura de su jefe de Estado. Este salto cualitativo no se limita a un episodio más de coerción económica; representa una redefinición del ejercicio del poder estadounidense en la región, donde la fuerza se usa no sólo para bloquear y saquear recursos, sino para sustituir gobiernos.

Si en el pasado las acusaciones de “narco-Estado” y los bloqueos económicos eran las coartadas para presionar a Caracas, hoy esa narrativa se usa para justificar bombardeos y operaciones especiales que culminan en lo que muchos analistas describen como un secuestro de facto de un jefe de Estado extranjero.

Piratería moderna: qué significa realmente

La historia que creímos enterrada no solo ha regresado: ha vuelto con bombarderos, fuerzas especiales y discursos moralizantes, pero con un objetivo que no difiere en esencia del de los viejos piratas: la apropiación de riqueza ajena bajo la máscara de una misión noble.

Cuando la potencia más poderosa del mundo decide quién es criminal, quién debe ser capturado, y cuánto vale su libertad, fuera de cualquier mecanismo multilateral, el derecho internacional deja de ser una norma común y se transforma en una herramienta al servicio del más fuerte.

Esa es, hoy, la piratería moderna: no espadas ni garfios, sino bombas, drones y portaaviones, con jurisdicciones salteadas y soberanías pisoteadas, en pleno corazón del Caribe. Y atención, conocemos bien esta historia, sabemos cómo actúa Estados Unidos cuando decide que sus intereses están por sobre los demás. No sólo Venezuela está en peligro, hoy toda la región se puede convertir en objetivo del saqueo de estos piratas neoliberales y globalizados.

Fuentes

https://www.proceso.com.mx/nacional/2026/1/3/tras-intervencion-militar-en-venezuela-mexico-condena-rechaza-energicamente-captura-de-maduro-365762.html?utm_source=chatgpt.com

https://www.cbsnews.com/live-updates/venezuela-us-military-strikes-maduro-trump/?utm_source=chatgpt.com

https://elpais.com/internacional/2026-01-03/ultima-hora-de-las-explosiones-en-venezuela-en-directo.html?utm_source=chatgpt.com

https://www.aljazeera.com/news/liveblog/2026/1/3/live-loud-noises-heard-in-venezuelas-capital-amid-us-tensions?utm_source=chatgpt.com

https://www.reuters.com/world/americas/loud-noises-heard-venezuela-capital-southern-area-without-electricity-2026-01-03