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Etiqueta: institucionalidad

Después de las elecciones en Costa Rica: ¿ganó el ser humano?

Por José Rafael Quesada Jiménez

Las elecciones nacionales del pasado 1 de febrero ya son historia inmediata. Las urnas se cerraron, los votos se contaron y las mayorías se expresaron conforme a las reglas de nuestra democracia. Ese es un hecho relevante y valioso. Costa Rica sigue siendo una sociedad que confía en el mecanismo electoral para dirimir sus diferencias políticas.

Sin embargo, una vez pasado el momento electoral, surge una pregunta más profunda que no siempre nos atrevemos a formular con claridad: ¿ganó el ser humano?

No se trata solamente de saber qué partido obtuvo más votos o qué tendencia política logró imponerse. La pregunta verdaderamente importante es si el resultado de nuestras dinámicas políticas y de nuestra institucionalidad está efectivamente orientado a mejorar la vida concreta de las personas.

Porque la democracia formal puede funcionar —y en Costa Rica funciona—, pero eso no significa necesariamente que la democracia esté plenamente al servicio del ser humano.

Democracia formal y democracia real

Nuestra democracia posee los elementos clásicos que la definen: elecciones periódicas, alternancia en el poder, separación de poderes y legalidad institucional. Estos mecanismos son indispensables. Son conquistas históricas de las sociedades modernas y debemos defenderlos.

Pero el funcionamiento de esos mecanismos no garantiza, por sí mismo, que las decisiones públicas respondan a las necesidades reales de la ciudadanía.

Aquí aparece una distinción fundamental: la diferencia entre democracia formal y democracia real.

La democracia formal se expresa en procedimientos: votar, elegir representantes, aprobar leyes y administrar instituciones.

La democracia real se mide en resultados humanos: si las personas viven mejor, si las instituciones escuchan el sufrimiento social y si las decisiones públicas generan bienestar y sentido de futuro.

Desde el Humanismo Universalista, inspirado en el pensamiento de Mario Rodríguez Cobos (Silo), se plantea un principio fundamental: “Nada por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro”.[1]

Este principio coloca a la persona humana como valor central de toda organización social. Ni el Estado, ni el mercado, ni los partidos políticos deberían situarse por encima de la dignidad humana.

Todas las estructuras sociales deben existir para servir al ser humano. Cuando ocurre lo contrario, cuando las instituciones empiezan a servirse a sí mismas comienza una crisis moral del sistema.

Y esa sensación es precisamente la que hoy recorre amplios sectores de nuestra sociedad.

El malestar ciudadano

En los últimos años hemos visto crecer una sensación persistente de malestar social.

No es un rechazo a la democracia. El pueblo costarricense sigue creyendo en ella. Lo que está en discusión es la eficacia humana del sistema político.

Muchas personas perciben que los partidos políticos se han alejado de la vida cotidiana de la ciudadanía. Existe desconfianza hacia las élites políticas, se habla de privilegios, de burocracias pesadas y de trámites interminables.

En las zonas rurales se percibe abandono. En las ciudades se experimenta una creciente sensación de inseguridad. Los servicios públicos muchas veces se vuelven lentos o insuficientes frente a problemas sociales complejos.

Los jóvenes miran el futuro con incertidumbre. Las oportunidades reales parecen cada vez más escasas. A esto se suma una creciente crisis psicosocial: ansiedad, estrés y sensación de desorientación colectiva.

En este contexto conviene recordar otra advertencia del humanismo de Silo: “La crisis del mundo actual no es solamente económica o política; es, ante todo, una crisis del ser humano”.[2]

Comprender esto permite mirar la situación con mayor profundidad. Porque la raíz del problema no es solamente institucional o administrativa. Es profundamente humana.

La ciudadanía no está en contra de la democracia. Está en contra de una democracia que no le resuelve la vida.

Lo que realmente pide la gente

Cuando uno escucha con atención a las comunidades, a las organizaciones sociales, al mundo cooperativo, a las asociaciones de desarrollo, a los trabajadores y a los pequeños empresarios, aparecen demandas muy claras.

La ciudadanía no está pidiendo milagros. Está pidiendo coherencia.

Entre las demandas más repetidas aparecen temas estructurales:

  • Un Estado más eficiente que resuelva problemas y no los multiplique.
  • Menos burocracia y más soluciones concretas.
  • Transparencia y rendición de cuentas.
  • Seguridad ciudadana con enfoque humano, pero con firmeza en prevención y en sanción.
  • Reforma educativa profunda, humanizada y con adaptación creciente a los cambios.
  • Atención al sistema de salud, humanizado y puesta al servicio de las personas no de empresas ni de organizaciones gremiales.
  • Atención a la salud mental y al deterioro psicosocial.
  • Oportunidades económicas reales para los jóvenes.
  • Descentralización efectiva y eficaz para las regiones del país.
  • Acción efectiva sobre el Cambio y Crisis Climática y que proteja la vida de las personas.

En el fondo, lo que se pide es que el poder político recuerde una verdad elemental: su función es servir.

Cuando la política pierde el sentido humano se convierte en una administración fría de estructuras. Y cuando esa administración fría domina la vida pública, la gente comienza a sentirse sola frente al sistema.

Un mensaje para quienes gobiernan y para quienes se oponen

Después de las elecciones conviene decirlo con serenidad, pero con claridad.

A quienes gobiernan: construyan reales esperanzas para la gente, el voto ciudadano no es un cheque en blanco. La mayoría electoral no legitima la insensibilidad ni autoriza a gobernar desde la polarización permanente.

A la oposición también le corresponde una tarea mayor. Criticar no es suficiente. El país necesita proyectos, no solamente resistencia.

La ciudadanía está cansada de la pelea ideológica vacía. Lo que el país necesita son soluciones estructurales.

La mirada humanista

Desde una perspectiva humanista el desafío de nuestra época no es simplemente cambiar gobiernos. El desafío es reorientar las estructuras sociales hacia el ser humano.

Esto implica instituciones centradas en la persona, participación ciudadana real, tecnología al servicio de la gestión pública, cultura activa de no violencia y recuperación del sentido comunitario.

Como señalaba Silo: “Humanizar la Tierra significa poner al ser humano como valor y preocupación central”.[3] Costa Rica ha demostrado en su historia que puede construir instituciones con sentido humano. La abolición del ejército, la seguridad social y el desarrollo cooperativo son ejemplos de una cultura política que alguna vez colocó al ser humano en el centro.

Hoy ese espíritu necesita ser actualizado para el siglo XXI.

Una crisis de sentido

Tal vez la crisis que vivimos no sea únicamente política. Tal vez sea una crisis de sentido.

Cuando una sociedad pierde su horizonte humano, cualquier modelo institucional comienza a fallar. La política se vuelve técnica, la economía se vuelve fría y las instituciones se vuelven burocráticas.

Por eso el desafío no corresponde únicamente a los gobiernos. Corresponde también a la ciudadanía, a las comunidades, a las organizaciones sociales y a quienes creemos que la política debe volver a su propósito original: servir al ser humano.

Las elecciones ya pasaron. Pero la historia continúa. Y la historia de un país no la escriben únicamente los gobiernos. La escribimos todos.

La democracia no termina en la urna. Comienza ahí.

[1] Silo. (1988). Humanizar la tierra. Buenos Aires: Grupo Editorial Planeta.

[2] Silo. (1992). Crisis de civilización y Humanismo [Conferencia]. Moscú. (Posteriormente publicada en el libro Habla Silo).

[3] Silo. (1992). Crisis de civilización y Humanismo [Conferencia]. Moscú. (Posteriormente publicada en el libro Habla Silo).

Conductas insólitas

José Manuel Arroyo Gutiérrez

Hay comportamientos humanos tan raros, insólitos o inconcebibles que hasta el Derecho Penal renuncia a regularlos o tipificarlos. Son conductas inaceptables o repugnantes, pero dada su naturaleza y excepcionalidad, estrictamente moral, terminan por no ingresar al mundo de lo normativo-legal, con sus autorizaciones o prohibiciones. Es el caso del canibalismo. En ningún código o ley penal de nuestro ordenamiento jurídico encontraremos descrita como delictiva la acción de comer carne humana, ya sea producto de un crimen previo (homicidio/femicidio) o de una muerte natural.

En otros ámbitos del derecho, tampoco resulta sensato, aunque no esté prohibido por ninguna ley, que por ejemplo a un embajador se le asigne como recargo ejercer de ministro de Relaciones Exteriores, puesto que una decisión como ésta, iría contra toda costumbre, reglas no escritas de la cortesía diplomática o aspectos meramente prácticos de las relaciones internacionales.

El mundo de lo jurídico, en fin, lo que exige es un mínimo de razonabilidad a la hora de crear y aplicar las leyes, dando por supuesto que hay una serie de decisiones y actuaciones que no merecen prohibiciones expresas en vista de que contravienen todo principio de sana prudencia, respeto a la jerarquía y dignidad de los altos cargos del Estadio y coherencia institucional.

Recordé estos ejemplos de mis lecciones introductorias al derecho, cuando circuló la noticia de que el presidente en ejercicio había nombrado, por el resto de su período (tres meses), a la presidenta electa como su “nueva” ministra de la Presidencia. La pregunta que muchos se hicieron de inmediato era si había alguna disposición legal al respecto.

Pero resulta que este hecho se encuentra en esa zona de las decisiones raras, insólitas e inconcebibles. No tiene precedentes en la vida política nacional y está cargado de un valor cultural-simbólico también extra-ordinario, excepcional y para algunos observadores, como el que escribe estas líneas, inaceptable y repugnante. Esta es la razón por la cual ni el Derecho Público, ni el Administrativo, habían previsto semejante supuesto para regular, ya fuera autorizando o prohibiendo, esta inesperada decisión presidencial.

Ya se ha dicho lo esencial de un gesto como el comentado respecto del agente que nombra, presidente saliente, que deja muy claro quién es el jefe, quién es el que manda ahora y mandará en los próximos cuatro años, lo cual, probablemente alegrará a los cientos de miles de costarricenses que lo reverencian, haga las barbaridades que haga.

Pero es en la conducta de la persona nombrada, la presidenta entrante, donde emerge todo el peso simbólico cultural por su inaudita docilidad. Ni las “siervas bíblicas” de Fabricio Alvarado llegaron tan lejos en su voluntad sumisa e incondicional. Esta pérdida de toda dignidad es un lamentable suceso en la vida republicana nacional y un golpe a la institución de la Presidencia.

El hecho que vemos perpetrarse ante nuestros ojos tiene que ver sí, con la lucha cultural que se libra, a nivel mundial, por la igualdad entre hombres y mujeres, por la autonomía económica, política, sexual, identitaria y moral de éstas y la urgencia de que ocupen el lugar que siglos de subordinación e indignidad les ha negado. El gesto de aceptación de la señora Fernández echa por tierra esos siglos de luchas feministas y todo lo que, también en este rincón del mundo, se viene haciendo desde la primera mitad del siglo XX, cuando las mujeres empezaron a gritar: ¡aquí estamos!, déjennos ir al colegio y la universidad; déjennos echarnos a la calle y participar en la huelga; déjennos trabajar más allá de la cocina de la casa; páguennos lo mismo que gana el compañero de trabajo por las mismas tareas; y, por supuesto: ¡déjennos elegir y ser electas!.

Es en este último punto donde la sumisión de la señora presidenta electa evidencia todo lo regresivo de su conducta. Se ve burlado, en primer lugar, el derecho electoral porque la persona por la que votó tanta gente está dispuesta a no ser ella la que gobierne, sino alguno detrás suyo, desde la sombra. Y lo que es peor, se traicionan las titánicas luchas de las mujeres por sus derechos y su difícil ascenso a posiciones que siempre se les ha negado.

¿Tercera República o puro voluntarismo político?

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Lo que está haciendo Laura Fernández es convertir un concepto histórico sólido, en algo banal y hueco de contenido.

En el debate político reciente ha comenzado a circular con insistencia la idea de que Costa Rica estaría transitando desde la Segunda República nacida en 1949, después de una cruenta guerra civil y acto seguido, una pacificadora Constituyente, en una supuesta “Tercera República”. La noción ha sido invocada tanto por analistas cercanos al poder como por figuras del actual oficialismo. Sin embargo, lejos de constituir una idea que exprese con rigor científico algo serio, dicho planteamiento revela un marcado sesgo voluntarista, carente de sustento sociológico, politológico e histórico. Conviene, por tanto, someter esta tesis a un examen crítico.

Voluntarismo político y ausencia de condiciones estructurales

Las transiciones republicanas NO se producen por la mera voluntad de un liderazgo, ni solamente por la retórica, el discurso de un gobierno, por más que éste haya surgido genuinamente de elecciones legítimas. Históricamente, el paso de una república a otra supone la concurrencia de condiciones estructurales, es decir la emergencia de un bloque social articulado, o sea fuerzas políticas y sociales orgánicas, una ideología relativamente coherente y, casi siempre, un momento constituyente explícito que redefine las reglas del juego. Nada de ello se verifica hoy en Costa Rica.

Ni el Partido del Pueblo Soberano (PPSO), que acaba de ganar las elecciones, con Laura Fernández a la cabeza, ni el vehículo electoral que llevó a Rodrigo Chaves a la presidencia, un partido “taxi” llamado Partido Popular Social Democrático (PPSD), hoy en otras manos, constituyen partidos políticos en sentido estricto. Se trata de instrumentos electorales coyunturales, o sea momentáneos, carentes de organización territorial, de cuadros estables, de cultura partidaria y ayunos además de un verdadero proyecto histórico. Pretender que desde estas plataformas se geste una Nueva República equivale a confundir contingencia electoral con transformación estructural del régimen político.

El antisistema costarricense: protesta sin proyecto

El apoyo social al actual gobierno proviene, en gran medida, de sectores heterogéneos que comparten una experiencia común de desprotección real o percibida de los beneficios acarreados por el Estado social de derecho. A ello se suma una cultura política fragmentaria, con bajo apego institucional, que ha sido representada eficazmente por figuras todavía “no políticas” en su mayoría, quiénes hacen gala de un lenguaje confrontativo, vulgar y emocionalmente cargado.

Esta reacción antisistema en Costa Rica no constituye un sujeto histórico con vocación fundacional. No expresa una voluntad constituyente, ni articula un proyecto republicano alternativo. Es más bien, una reacción social cargada de resentimiento, justificado o no, episódica y desarticulada, que busca llevar adelante un castigo simbólico y significativo contra sus oponentes, así como un desahogo discursivo antes que una reconfiguración consciente del orden político.

Hay en esta “reacción social y política” una intención de erosionar la institucionalidad y de establecer límites reales al poder que se deriva de La Constitución

Debe reconocerse que existe una intención deliberada por parte del presidente Rodrigo Chaves y de figuras como Laura Fernández de erosionar la legitimidad simbólica de instituciones claves del Estado costarricense. Instituciones como la Asamblea Legislativa, el Poder Judicial, el Tribunal Supremo de Elecciones, la Procuraduría General de la República, la Contraloría General y el Organismo de Investigación Judicial, han sido objeto de ataques reiterados que, en la mayoría de los casos, carecen de fundamento técnico o jurídico sólido. Además, con frecuencia inusual, las principales figuras del oficialismo arremeten contra todos aquellos medios de prensa que se han opuesto al autoritarismo y la arbitrariedad propios del gobierno vigente.

Sin embargo, intención no equivale a capacidad efectiva. Estas instituciones conservan altos niveles de legitimidad social, autonomía funcional y autoridad normativa. No se ha producido su captura, ni el desacato sistemático a sus resoluciones. Lo que observamos es una estrategia de desprestigio discursivo; por fortuna no se ha dado todavía un proceso exitoso de demolición institucional, o dicho de manera simple de destrucción de la “Casa común”, el Estado Social de Derecho. Aunque, este lenguaje vulgar y procaz sí le ha servido al presente “populismo autoritario”, para captar vasto apoyo social de parte de sectores descreídos de la democracia y que, en una gran parte se volvieron antisistema.

Elecciones, legitimidad y continuidad republicana

Un dato empírico fundamental debilita de manera decisiva la tesis de la transición republicana hacia la invocada “Tercera República”: la plena vigencia y legitimidad del sistema electoral. También se puede afirmar que, aunque se evidencia una intención de destrucción por la parte gubernamental, de Chaves o de la presidenta electa Laura Fernández y algunos de sus diputados, en lo medular, el Estado Social de Derecho que, ciertamente amerita reformas democráticas, se mantiene erguido. Las elecciones continúan siendo reconocidas como el mecanismo central de designación de autoridades, el Tribunal Supremo de Elecciones mantiene prestigio transversal y los resultados de las recientes elecciones no han sido cuestionados de forma significativa.

Más aún, tras siete procesos consecutivos de aumento del abstencionismo, el último ciclo electoral registró una reducción de este abstencionismo cercana a diez puntos porcentuales. Este hecho resulta incompatible con cualquier diagnóstico serio de colapso republicano. Ninguna república se extingue mientras su mecanismo electoral conserve legitimidad social efectiva.

La “Tercera República” como ideología prestada

La insistencia en hablar de una “Tercera República” parece cumplir una función distinta: dotar de densidad, sustento o contenido ideológico a un poder que, en este momento carece de todo ello. Ciertos analistas han ofrecido al oficialismo un relato grandilocuente que pretende sustituir la ausencia de proyecto por una narrativa refundacional superflua que no refleja la realidad; por lo pronto no hay nada nuevo bajo este cielo blanco, azul y rojo.

Las intervenciones públicas de Laura Fernández son ilustrativas. La invocación solemne a la “Tercera República” estuvo carente de contenido. En efecto, la presidenta electa se mostró incapaz de caracterizarla histórica o sociológicamente, su posterior intento de explicación derivó en un concepto extremadamente banal. Palabras sueltas, desprovistas de coherencia, no constituyen una categoría histórica ni un horizonte político reconocible.

Conclusión

Costa Rica no está transitando hacia una Tercera República. Lo que presenciamos es un intento discursivo de deslegitimación del orden de la Segunda República, impulsado por un liderazgo personalista que, de momento carece de base orgánica, y también de proyecto histórico robusto; tal liderazgo busca reemplazar la solidez que aún muestran la mayoría de las instituciones por apelaciones emocionales, confrontativas y arbitrarias.

Confundir este intento con una transición republicana real no solo es analíticamente infundado e incorrecto: es políticamente riesgoso, pues trivializa los verdaderos procesos de ruptura histórica y subestima la resiliencia, la fuerza y resistencia —aún notables— de la institucionalidad costarricense.

Así pues, la Segunda República no enfrenta su acta de defunción como lo quisiera el oficialismo y sus ideólogos, algunos de los cuales se mueven tras bambalinas. Enfrenta, más bien, una fase de tensión, desgaste y disputa simbólica, que exige análisis riguroso y responsabilidad intelectual, no voluntarismo ideológico.

Un millón de voces: el mandato imperativo

JoseSo (José Solano-Saborío)

Pasada la “goma” electoral del 1ero de febrero, y con la cabeza fría que otorga el silencio de las urnas, es momento de analizar no solo lo que pasó, sino lo que inevitablemente viene.

Empecemos por lo incómodo, breve y directo: el triunfo del oficialismo no se explica únicamente por gestión o carisma. Sería ingenuo ignorar el elefante en la habitación. La victoria de Laura Fernández y la continuidad del proyecto “chavista” se cimentaron, en gran medida, sobre una sofisticada maquinaria de desinformación y manipulación mediática. La estrategia de la posverdad, esa donde —recordando la advertencia de Pilar Cisneros— “a veces es necesario mentir”, fue ejecutada con precisión quirúrgica. El electorado fue bombardeado con realidades paralelas que terminaron por definir el voto. Ganaron, sí, pero el costo democrático de esa victoria basada en la distorsión es una factura que apenas empezamos a deber.

Sin embargo, el escenario en Cuesta de Moras cuenta otra historia.

La nueva Asamblea Legislativa se configura con una realidad aritmética que no puede ser ignorada: 26 diputados.

Este bloque, conformado por cuatro partidos de oposición (incluyendo la sobrevivencia del PLN gracias al arrastre personal de Álvaro Ramos y el crecimiento del Frente Amplio), no es un accidente estadístico. Representan a alrededor de un millón de costarricenses.

Hagamos una pausa en esa cifra. Un millón de personas que, a pesar de la fragmentación y los egos de las dirigencias que impidieron una coalición a tiempo, salieron a votar con un mensaje claro.

Esos 26 diputados deben entender que sus curules no son cheques en blanco para el “negociado” político. No están ahí para canjear votos por puestos en el Directorio, ni para suavizar el tono a cambio de embajadas o beneficios personales.

El mandato de ese millón de ciudadanos es inequívoco: fueron electos para ser un muro de contención. Su trabajo es ser una OPOSICIÓN férrea ante la deriva autocrática que el oficialismo ha demostrado y que, empoderado por el triunfo, intentará profundizar.

La ciudadanía, que en la última semana dio cátedra de unidad espontánea ante el peligro, les está exigiendo lo mismo. El mensaje de las calles fue claro: depongan las actitudes sectarias. Guarden las banderas partidarias en la gaveta y saquen la bandera de Costa Rica.

Si estos 26 legisladores se pierden en rencillas internas, dogmáticas o, peor, se venden al mejor postor oficialista, no solo traicionarán a sus partidos; traicionarán a ese millón de votantes que, en medio de la desinformación, les confió la última línea de defensa de nuestra institucionalidad.

Señores diputados: la unidad que no lograron en campaña, están obligados a forjarla en el plenario. No hay margen de error, pero menos a la traición.

Invitación a ver:

Se acabaron las excusas. El análisis completo en el video
https://www.facebook.com/share/v/17qoCE6ojK/

¿Qué dejaron las elecciones del pasado domingo 1ero de febrero?
https://www.facebook.com/share/v/184KnuKKLE/

Chaves y el oficialismo

Francisco Barrantes Venegas

Si votar sirviera para cambiar algo, ya estaría prohibido.
Eduardo Galeano.

El gobierno actual es el “revelador” de una institucionalidad agotada, que ha quedado al descubierto.

Su forma de gobernar, sus choques con otros poderes del Estado y su discurso confrontativo han “desnudado” una institucionalidad lenta, fragmentada, poco eficiente, en algunos casos obsoleta y desconectada de las necesidades reales de la población.

Los cambios necesarios para modernizar y democratizar nuestra institucionalidad, pensábamos muchos y muchas, que sería la principal tarea y razón de ser del Partido Acción Ciudadana. Pero no lo hizo y por el contrario nos empobreció más, con leyes y acciones regresivas y antipopulares. Y de paso le dejó el campo libre a este gobierno para que haga los ajustes que ahora serán aún más regresivos y antipopulares. Y ciertamente peligrosos para la paz social.

El gobierno de Chaves ataca con dureza a la institucionalidad existente.

Señala como responsables a los partidos tradicionales que la crearon y administraron.

Usa ese discurso para legitimarse como “ruptura” con el pasado, señala culpables locales, dejando intacto el marco internacional neoliberal que condiciona toda la política económica del país. Y apunta a la transformación, destrucción institucional y venta de activos del Estado (a precio de gallina flaca) para poner las que queden en pie, aún más, al servicio de las clases dominantes.

Una oposición sin proyecto alternativo

La oposición política tampoco propone una transformación profunda de la institucionalidad al servicio de las grandes mayorías, ni plantean una ruptura con el modelo neoliberal. Su propuesta se queda en ofrecer un regreso, más o menos maquillado al mismo esquema anterior y una mejor administración de lo que ya fracasó.

Pero su mayor desacierto está en su estrategia de «Estar en contra” del partido en el poder y apostar al desgaste de la figura presidencial y del oficialismo.

Aqui ningún partido está levantando la voz contra el continuismo del modelo neoliberal. Están contra el continuismo de un grupo de ricos, distinto a los grupos que tradicionalmente, se beneficiaron de esta «democracia» y que ahora sienten un miedo terrible a ser desplazados. Es una pelea entre estilos, liderazgos y discursos dentro del mismo marco económico y político.

¿Qué hacer?

Defender la democracia no es ir a votar el día de las elecciones por un modelo en el que todos los y las candidatas están de acuerdo No es el día de la democracia. Nosotros (los descalzos) debemos tener claro que es el día en que nos enfrentamos a nuestro enemigo de clase, que tiene todos los recursos a su disposición, que entra en el juego para defender sus intereses, sus privilegios, sus diferencias sociales, su capital, su proyecto.

Lo más honesto que podríamos hacer el próximo 1 de febrero, es abstenernos de participar y así deslegitimar esta fanfarria. Abstenerse de votar no es retirarse de la participación política, es un acto político consciente.

Para nosotros la democracia debe ser un ejercicio constante, de todos los días del año. En el barrio, en el pueblo, en la comunidad. En las organizaciones sociales, los sindicatos, las cooperativas, las asociaciones de desarrollo comunal. Y desde ahora trabajar para construir un polo de oposición que enfrente organizadamente las medidas antipopulares que se nos vienen.

No un partido más, no una coalición oportunista, no pensando en curules.

¡ORGANIZACION POLITICA POPULAR!

1° de febrero: Costa Rica ante el test de inteligencia cívica

Sergio Mora Castro

Sergio Mora Castro, geólogo

Elegir una sucesión tutelada mirando hacia otro lado, o apegarse a la democracia

La elección del 1° de febrero de 2026 no será una contienda más entre candidatos. Será, sin eufemismos, un examen de inteligencia colectiva, un test IQ cívico, una prueba severa de comprensión política. Medirá si los electores son capaces de identificar una amenaza real a la democracia, comprender sus causas y consecuencias, actuar inteligentemente o por el contrario ignorar las evidencias, mirar hacia otro lado y fallar en la prueba más básica de lucidez política.

No estará en juego únicamente la escogencia de un presidente sino algo más profundo y decisivo: saber si la ciudadanía distingue entre elegir con criterio propio, o aceptar dócilmente una sucesión tutelada y la gestación de una oligarquía autocrática. Ese día veremos si el país vota con conciencia o si se limita a un desfile inercial hacia las urnas que convalide la continuidad del poder sin someterlo a un escrutinio real.

Las preguntas centrales del examen no son ideológicas ni emocionales, son cognitivas: ¿reconocen los electores la amenaza de la perpetuación del chavismo-pilarismo en el poder? ¿Entienden que su continuidad, bajo apariencia de una sucesión electoral implica el deterioro de la alternancia, de los controles institucionales y del principio mismo de limitación del poder? Si no lo perciben o si deciden minimizarlo no solo estarán eligiendo mal, estarán demostrando incapacidad para visualizar el riesgo.

El test de inteligencia también demostrará la capacidad de distinguir entre popularidad momentánea y legitimidad democrática, pues votar no es un evento automático exento de análisis, ni se trata de ir al estadio a gritar por el equipo preferido, ni la reafirmación de una identidad tribal.

No debemos seguir siendo víctimas de la pereza mental. Cuando votar deja de ser un acto racional de discernimiento y se convierte en un reflejo condicionado la democracia queda hueca. Si la sociedad no distingue entre alternancia, autonomía, delfinazgo, oligarquía y subordinación, renuncia a sus derechos, no por falta de información sino por insuficiente educación cívica ¡Tenemos que pensar o se nos atrofiarán las neuronas!

Reprobar el test no será un accidente sino una acción consciente causada por negligencia intelectual. Si el electorado no percibe que el chavismo-pilarismo busca perpetuarse en el poder mediante una candidatura tutelada, demostrará que no comprende cómo se erosionan y mueren las democracias.

De nuevo y repetible hasta el cansancio: votar por una candidatura subordinada, acompañada de numerosos diputados, casi todos buscando el refugio de la inmunidad ante sus innumerables causas judiciales, con evidencias sobradas de incompetencia y buscando legislar en su beneficio, no es continuidad democrática, es rendición cívica. Es aceptar que el poder no se aparte ni se someta a límites reales, sino que se oculte y permanezca. Quien crea que esto “no será tan grave” o que “se podrá corregir después” no reconoce los patrones históricos. Las autocracias modernas no irrumpen con tanques sino con papeletas; no necesitan romper ni abolir las reglas, les basta con aprender a usarlas a su favor.

Aquí el examen es claro. Si el elector no identifica la lógica de la perpetuación del poder oligárquico es signo de que no comprende el problema. No se trata de simpatías o antipatías personales ni de ideologías, sino de comprender que un poder que controla la sucesión controla el sistema. El problema principal, aparte de si la candidata “es o no capaz”, es el peligro de que una tutela anule la alternancia, impida la renovación del poder y consolide una hegemonía autocrática. Como además aparece alineada y sumisa al presidente saliente el mensaje es inequívoco: el chavismo-pilarismo no se retira, se reproduce.

La imagen de subordinación política que rodea a Laura Fernández no es una invención propagandística. Resulta de evidencias reiteradas, gestos públicos de servilismo y ausencia total de diferencias programáticas. Quien no interprete esas señales como un intento de eternizar el poder demuestra complacencia o miopía política.

¿Será necesario reiterar que las democracias sanas exigen liderazgos autónomos? La autonomía no se declama, se demuestra, y Fernández no ha ofrecido ni una sola prueba creíble de emancipación. Defender sin ambigüedades los contrapesos institucionales, señalar errores del gobierno actual y establecer límites claros frente al poder saliente, serían gestos mínimos de criterio político. Evadirlo no es prudencia, es confirmar la tutela. Es aquí en donde el test se vuelve crítico pues si no se visualiza que la ausencia de ruptura es evidencia de continuidad oligárquica, el análisis falló. El lenguaje evasivo, la confrontación sin límites institucionales y la reiteración del discurso presidencial no son casuales, son síntomas de subordinación, obediencia, servilismo y ausencia total de criterio propio. No es liderazgo, es vocería custodiada, herencia vigilada, sumisión.

El gesto decisivo nunca llegó. Decir con claridad que Rodrigo Chaves no tendría influencia en su eventual gobierno habría sido una señal de autonomía. Sucedió exactamente lo contrario. Fernández vociferó que el presidente saliente sería su ministro de la Presidencia, cuando menos su consejero y mentor, o mejor dicho el poder detrás de la silla presidencial de Zapote. Además, normalizó la idea de que la sucesión blindará jurídicamente al poder saliente. Si el elector no identifica esto como una amenaza directa no ha superado el umbral mínimo de comprensión política, por lo que no necesita ni merece la democracia.

Dado que según las encuestas se mantiene el apoyo a Chaves, poco importa si la candidata es buena o mala y si va o no a los debates. Fernández lidera esas encuestas, pero su ventaja es frágil. El elevado número de indecisos expresa apatía, fastidio y sobre todo desconfianza. El votante indeciso es clave, pero también será evaluado por el test, pues si confundiera popularidad con legitimidad, leyó mal la realidad. Debe admitirse que la oposición tiene responsabilidad por no haber amalgamado una estrategia convincente que la haga meritoria de ser una opción robusta. Los estigmas, reputaciones e imágenes del pasado político no logran borrarse del imaginario de la ciudadanía, frustrada por fracasos, incompetencia, corrupción, desprecio por las prioridades reales y decepciones acumuladas durante los últimos treinta años, al menos. En las últimas tres elecciones el llamado fue a votar en contra de Fabricio, Araya, Figueres y ahora Fernández. En otras palabras, el país se quedó sin liderazgos capaces de convencernos por sus propuestas y resultados. Mientras ese limbo perdure, Costa Rica continuará con rumbos equivocados.

Un triunfo eventual, sin ruptura previa, produciría un mandato débil y permanentemente cuestionado. Cada decisión se interpretaría como una orden girada. Normalizar el tutelaje garantizaría el delfinazgo, establecería un precedente devastador y aceptaría que el poder continúe sin control. Costa Rica perdería entonces una de sus fortalezas históricas: la supremacía de las instituciones sobre los caudillos. No advertir este riesgo es otra forma de reprobar el examen.

Advertencia: la abstención y el voto en blanco o nulo no son prueba de neutralidad ni de castigo al poder tutelado, más bien lo fortalece y facilita su perpetuidad. Quienes así actúen consolidarán al chavismo-pilarismo y demostrarán que no comprenden cómo debe funcionar el control democrático; no reconocen la amenaza que representa el continuismo tóxico y apoyarán el voto por la delfina, no por engaño sino por complicidad pasiva e incapacidad de análisis.

No hay margen para excusas. Una sociedad que no identifica una amenaza, cuando es visible desde cualquier ángulo, no necesita que le impongan la autocracia, la elige. Luego y como siempre, llegarán los lamentos tardíos, pero sin autoridad moral para quejarse… ¡A votar!, por cualquiera, pero por supuesto con dos o tres excepciones…


A propósito del 1° de febrero:
Anatomía de una catástrofe en el día del castigo
De:
La peste
; Alber Camus
«Por favor contésteme con franqueza, ¿está usted absolutamente convencido de que es una peste?”
«Usted está enfocando el problema erróneamente. No es una cuestión del término que uso, sino del tiempo.»
Esto marcó el fin del primer período, el de las señales confusas, y el inicio del siguiente, más complicado, en el que la perplejidad de los primeros días se encaminó gradualmente hacia el pánico […] Los pobladores dijeron que nunca hubieran creído posible que nuestro pequeño pueblo fuera escogido como escenario de tan grotesco suceso. Pero se equivocaron y esa forma de ver obviamente estuvo entre las causas […] La gente se fue poniendo nerviosa y por supuesto, corrió todo tipo de rumores salvajes. El Prefecto me dijo: «Tome pronta acción si así lo desea, pero no atraiga la atención». Él, personalmente, estaba convencido de que era falsa alarma […] Fue luego del golpe que la reflexión seria comenzó, muy tarde […] Estaba anocheciendo, pero el pueblo, tan ruidoso a esta hora, estaba extrañamente acallado […]Una imagen del rojo incandescente de las hogueras se reflejó en el oscuro mar adormecido; antorchas batallantes y centelleantes aleteaban en la oscuridad; el humo fétido y espeso se levantaba hacia el cielo. Todo sucedió dentro del límite de las posibilidades. […] Nuestro folclórico pueblo, como cualquier otro, se envolvió en sí mismo; nadie creía en catástrofes. Una catástrofe no es algo hecho a la medida del humano; nos convencemos, a nosotros mismos, de que no es más que un mero lodo de la mente, un mal sueño que pasará. Pero no siempre sucede así, y de un mal sueño a otro es la gente la que muere porque no toman precauciones. Y fue, en el medio de gritos rodando contra la pared de la terraza, en ondas masivas que crecieron en volumen y duración, que las cataratas de fuego colorido cayeron, cada vez más gruesas, a través de la oscuridad. Por eso se resolvió compilar esta crónica, para aportar testimonios en favor de las personas golpeadas por la peste, de manera que alguna memoria de la injusticia e injuria cometida contra ellas pueda perdurar y para señalar lo que aprendimos en un tiempo de catástrofe, pues no hay peor cosa para temer de los hombres que su desprecio y negligencia.


«La Peste» de Albert Camus, describe escenas de cuando la ciudad de Orán, Argelia, recibió la peste bubónica, a finales del siglo XIX e inicio del XX, pero la gente ni sus funcionarios públicos lograban tomar decisiones correctas ni oportunas; había mucha confusión y se ignoraron los signos premonitorios; al final todo fue caos. Camus tomó este suceso como metáfora para describir la aparición y ascenso del nazismo, y la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial: Expansión silenciosa del mal, negación de la amenaza, adaptación progresiva de la población al totalitarismo, indiferencia, acostumbrarse a convivir con lo inaceptable, renunciar a la responsabilidad individual, etc. El final es inquietante: el bacilo nunca desaparece del todo… Da para meditar…

Originalmente publicado en Delfino.cr: https://delfino.cr/2026/01/1-de-febrero-costa-rica-ante-el-test-de-inteligencia-cvica y compartido con SURCOS por el autor.

FECTSALUD llama a la mesura y a la unidad tras críticas técnicas a la encuesta del CIEP

El dirigente sindical Juan Carlos Durán Castro, de la Secretaría de Prensa y Propaganda de la Federación Costarricense de Trabajadores de la Seguridad Social (FECTSALUD), compartió una serie de reflexiones en torno al reciente análisis crítico realizado por el exdirector de la Escuela de Estadística de la Universidad de Costa Rica sobre la encuesta publicada por el Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP).

Durán señala que los cuestionamientos metodológicos planteados desde la sana crítica estadística deben ser asumidos con responsabilidad por los sectores organizados de orientación progresista y humanista. En particular, considera que estos aportes permiten introducir calma frente a interpretaciones apresuradas y lecturas triunfalistas promovidas desde distintos espacios del espectro informativo nacional. Reconoce que los altos costos de las encuestas presenciales han llevado al uso extendido de metodologías telefónicas, pero advierte que estas introducen errores estructurales, como el alto nivel de no respuestas, que afectan la calidad y el alcance de los resultados.

Desde su perspectiva, el valor del análisis técnico no se limita a señalar yerros, sino que abre escenarios políticos que no suelen ser visibilizados. Entre ellos, destaca tres ventanas de oportunidad: el segmento de personas indecisas, el alto porcentaje de electores que decide su voto en la última semana y, especialmente, la distorsión que generan las no respuestas telefónicas, lo cual puede conducir a un sobredimensionamiento de ciertas tendencias. Estos elementos, afirma, deben ser utilizados con inteligencia política en la etapa final de la campaña y el propio día de las elecciones.

Durán subraya que estos escenarios mantienen abierta la posibilidad de una segunda ronda electoral y de alcanzar una correlación de fuerzas significativa en la Asamblea Legislativa, pero aclara que ello dependerá de una madurez política acorde con el contexto. En ese sentido, hace un llamado a superar egoísmos y a trabajar, desde ahora y después de los comicios, en la articulación de una oposición amplia, progresista y humanista, capaz de fortalecer los esfuerzos construidos desde los movimientos sociales y lo que denomina la resistencia, ampliando los márgenes de acción política frente al rumbo nacional.

La actual coyuntura electoral: efectos en la juventud costarricense

Marielos Aguilar Hernández
Historiadora

Nos encontramos a escasos días de la convocatoria para llevar a cabo nuevas elecciones y nombrar al presidente -o presidenta- que sustituirá al Sr. Rodrigo Chaves Robles. Asimismo, debemos renovar con nuestro voto a todos los representantes de los diversos partidos políticos en el seno de la Asamblea Legislativa.

Dado el particular estilo de gobierno del presidente en ejercicio, caracterizado por un notable irrespeto verbal e institucional hacia sus adversarios, sean estos representantes de otros partidos políticos, medios de comunicación o instituciones públicas, ello ha llevado a una coyuntura muy compleja en el marco del actual proceso electoral. Sin duda, esto lo está convirtiendo en uno de los procesos electorales más particulares y peligrosos de los últimos cincuenta años, cuyas repercusiones podrían ser nefastas en el conjunto de la ciudadanía, especialmente, en el sector integrado por las personas más jóvenes.

Desde la década de los años cuarenta, han transcurrido más de siete décadas durante los cuales los costarricenses vimos madurar un modelo de democracia social, aunque con ciertos vacíos no siempre resueltos. Sin embargo, debemos reconocer que ese modelo nos convirtió en un pueblo más educado y saludable gracias a la democratización de la educación pública, a la adecuada atención de los problemas de la salud por parte de la CCSS y al programa de vivienda digna llevado a cabo por el INVU. A ello se sumó el impulso dado a la enseñanza superior pública con la creación de nuevas universidades, las cuales le han aportado a nuestro país el capital humano necesario para modernizar los diversos sectores de la economía, la salud, la administración del Estado y la educación. Sobre esa base, los diversos sectores productivos pudieron llevar adelante sus proyectos económicos y sus aspiraciones de expansión empresarial.

Sin embargo, todo aquel esfuerzo no fue suficiente para enfrentar con éxito, desde la década de los años ochenta, los grandes retos asociados a la globalización de la economía mundial. De ahí en adelante, nuestro país, como tantos otros, ha vivido un difícil proceso histórico, con ambigüedades y disfunciones que no todos vieron venir con espíritu crítico y que aún hoy día, nos tiene inmersos en una crisis de nuestro modelo de país.

Por otra parte, el proceso electoral de hace cuatro años se encargó de hacernos ver claramente a los costarricenses los serios síntomas de un agotamiento social y político que hoy en día nos tiene en las puertas de una crisis de gobernabilidad.

El estilo autocrático e irrespetuoso del presidente Rodrigo Chaves ha venido a debilitar las formas civilistas de gobernar que caracterizó a la gran mayoría de las anteriores administraciones presidenciales, especialmente de los años cincuenta en adelante. Esto se está convirtiendo en un reto muy grave por la posible inestabilidad nacional que se pueda derivar. La sana convivencia familiar, vecinal, laboral e institucional es un bien inmaterial que no tiene precio. Debemos cuidarla por sobre todas las cosas.

Como ciudadana costarricense y estudiosa de la historia de nuestro país, me preocupan seriamente todas esas repercusiones negativas que podrían derivarse de la crisis actual. Una eventual agudización de las contradicciones políticas amenazaría la estabilidad y el progreso de la sociedad como un todo, pero, particularmente, iría en detrimento de las jóvenes generaciones, esas que apenas comienzan a experimentar sus primeras vivencias ciudadanas y que anhelan vivir en un país donde se respeten las reglas del juego democrático. Pero, sobre todo, esa juventud necesita oportunidades de estudio y de trabajo que les permita formarse de cara al futuro y, sobre todo, los libre de las amenazas que la expansión del narcotráfico significa diariamente para su seguridad emocional, existencial y vital.

El pésimo modelo que encarna el presidente Chaves con su lenguaje soez, sus actos públicos irreverentes y su vulgaridad de macho indómito, seguramente afectarán negativamente la formación política y emocional de tantos adolescentes costarricenses que hoy están hilvanando sueños profesionales, laborales, deportivos o artísticos, y que pronto se convertirán en los protagonistas que decidan el futuro de nuestro país.

En tal sentido, las generaciones que ya peinamos canas tenemos el deber de aportarle a nuestros jóvenes nuevas oportunidades de participación ciudadana para evitar que el pesimismo derivado de la crispación electoral y la violencia verbal del presidente y de algunos de sus seguidores, los lleve a construir una visión pobre y despectiva, respecto a la participación electoral. Al contrario, su activa participación en estas elecciones es la mejor forma de contrarrestar los efectos perversos que nos está dejando la administración Chaves Robles en la cultura política de nuestra juventud y en el país en general.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un llamado a las personas indecisas: valorar la paz, la institucionalidad y salir a votar

A pocos días de las elecciones nacionales, el historiador y analista de la realidad nacional Óscar Aguilar Bulgarelli dirigió un mensaje especialmente a las personas indecisas, en particular a quienes tienen entre 18 y 40 años, invitándoles a reflexionar sobre el valor histórico, social e institucional de Costa Rica y la responsabilidad que implica el ejercicio del voto.

Aguilar Bulgarelli parte del reconocimiento de la indecisión como una señal de duda legítima frente a los discursos que han predominado en los últimos años. Desde su experiencia vital —como integrante de la generación que vivió la posguerra y la aprobación de la Constitución de 1949— plantea que a esa generación se le ha acusado injustamente de haber “robado el país”, cuando en realidad fue la que construyó las principales bases del Estado social costarricense.

En su recorrido histórico, recuerda que esa generación heredó instituciones fundamentales como la Caja Costarricense de Seguro Social, el sistema público de educación gratuita, las universidades públicas, el Código de Trabajo, el aguinaldo, el salario escolar, el Instituto Costarricense de Electricidad, los acueductos y alcantarillados, el sistema solidarista, el IMAS, las becas Avancemos, los comedores escolares y las redes de cuido, pilares que han garantizado derechos, movilidad social y calidad de vida a amplios sectores de la población.

El historiador subraya que estos logros no se alcanzaron mediante el odio, la confrontación o la agresión, sino a través del diálogo, la negociación y la convivencia democrática, incluso después de una guerra civil. Esa capacidad de sentarse a hablar y construir acuerdos permitió forjar un país que durante décadas se distinguió por la paz social, la convivencia y la seguridad cotidiana.

Desde esa perspectiva, Aguilar Bulgarelli invita a valorar cuánto cuesta la paz y a no dejarse arrastrar por discursos que siembran resentimiento y división. Llama a recuperar un espíritu de respeto, decencia y convivencia, y a acudir a las urnas con serenidad y responsabilidad cívica.

Finalmente, aclara que su llamado no es a votar por una candidatura específica, sino a votar por Costa Rica, entendiendo el sufragio como un acto de defensa de la democracia, de las instituciones y del proyecto histórico que permitió construir un país con derechos y oportunidades. El mensaje concluye con una invitación a votar en paz, pensando en el bien común y en el futuro colectivo.

Cuando debatir con respeto vuelve a ilusionar: el video que está moviendo a mucha gente joven

Un video que circula con fuerza en TikTok, publicado por la cuenta ElYoguiAbogado, ha conectado especialmente con personas jóvenes al poner sobre la mesa una pregunta sencilla pero profunda: ¿en qué país queremos vivir y bajo qué tipo de liderazgo? A partir de lo que se llamó un “antidebate”, el autor contrasta dos formas muy distintas de entender la política: una basada en la confrontación permanente y otra centrada en el diálogo, el respeto y la búsqueda de acuerdos.

En el video se destaca un encuentro entre cuatro candidaturas presidenciales de corrientes políticas distintas, dialogando con serenidad sobre temas relevantes para el país, desde la infiltración del narcotráfico hasta la defensa de la seguridad social. Lejos del insulto y el espectáculo, ese espacio generó algo que muchas personas dicen extrañar: cordialidad, civilismo y decencia. Los comentarios en redes reflejan ilusión, alivio y una sensación compartida de reconocimiento: “esto también es Costa Rica”.

El mensaje central apunta a algo clave en estas elecciones: no se trata solo de votar en contra de algo, sino de votar a favor de la democracia, del Estado de derecho, de la institucionalidad y de un país donde sea posible convivir entre diferencias. El video invita a ver la política no como una guerra, sino como el arte de debatir, consensuar y construir puntos comunes. Por eso, más que resumirlo, esta nota invita a ver el video completo, que está generando conversación, especialmente entre quienes sienten que aún hay razones para involucrarse y votar.

▶️ Te invitamos a ver el video completo y a sumarte a la conversación.

En TikTok:
https://www.tiktok.com/@elyoguiabogado/video/7598356145635347723

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