La Batalla de Santa Rosa, la más importante de la Campaña Nacional
Reflexiones en el 170 aniversario de la Batalla de Santa Rosa. (Conferencia de Vladimir de la Cruz, Secretario de la Academia Morista Costarricense, el 19 de marzo del 2026, en el Club Unión, con motivo del inicio del Año Morista 2026, y por la celebración del 170 aniversario de la Batalla de Santa Rosa. Igualmente impartida, el mismo día, a las 4 p.m en la Benemérita Biblioteca Nacional “Miguel Obregón Lizano”)
Los límites de Costa Rica se determinaron desde la época colonial. Al sobrevenir la Independencia, se alteraron cuando los habitantes del Partido de Nicoya tomaron la decisión de adherirse por su propia voluntad a Costa Rica, situación que incomodó a Nicaragua que se consideraba con mayor derecho, por haber sido la sede de la Diputación Provincial durante los últimos años de la colonia, resultado de las Cortes de Cádiz.
La decisión de Nicoya fue por el goce de su limitada autonomía que tenía frente al resto de los territorios de las Provincias centroamericanas, y por el papel importante que Costa Rica iba adquiriendo desde las Cortes de Cádiz, por el representante en ellas, el Dr. Florencio del Castillo, como por el papel que empezaban a tomar en esa región del Golfo de Nicoya, la apertura de los puertos de Caldera y de Puntarenas, que lograron intensificar más el comercio entre ambas regiones, así como por la estabilidad política y mejores condiciones que ofrecía Costa Rica a los nicoyanos, frente a la crisis que tenía Nicaragua.
Nicaragua no satisfecha con la decisión nicoyana, intervino ante la República Federal del Centro de América, reclamando las tierras de Nicoya, situación que no se resolvió en su favor. Los órganos de la República Federal ratificaron la decisión tomada por Nicoya y por Costa Rica, pero los sentimientos de recuperación del viejo Partido de Nicoya lo mantuvieron, hasta nuestros días, cuando en reiteradas ocasiones los gobiernos nicaragüenses, han incitado y alientan esa recuperación para consolidarse ante situaciones políticas internas que se les presentan, y usan el asunto de la recuperación de Nicoya como un gran distractor político, y de unificación popular frente a su gobierno.
La Corte Internacional nos ha dado la razón y permitido validar el Tratado de Límites de 1858, y hacer respetar el territorio nacional.
En la década de 1840-1850 esa demanda nicaragüense se mantenía y obligó al gobierno de Costa Rica a fortalecer su aparato militar. Con el ascenso de Juan Rafael Mora Porras, con gran visión política y preventiva, fortaleció la institución militar ante posibilidades de una guerra o una confrontación militar con Nicaragua.
Mientras tanto, los grupos económicos del sur de Nicaragua alentaban el conflicto. En Granada se mantenían los conservadores o legitimistas y en León los sectores más democráticos y liberales. En 1854 ambos grupos buscaban apoyos militares para sus luchas.
Los liberales, al estallar la guerra interna en Nicaragua buscaron apoyo extranjero promoviendo la llegada de William Walker, en 1855, ya reconocido filibustero y mercenario en el norte del continente, especialmente en México y, particularmente en Estados Unidos.
Walker había desembarcado en Nicaragua, en el puerto del Realejo en junio de 1855, con un grupo de mercenarios militares y combatientes de sus aventuras en Sonora, México, reconociéndole como “ciudadano nicaragüense”.
Allí, en Rivas, hubo una reacción contra él cuando se produjo la Primera Batalla de Rivas, el 29 de junio, en la cual las tropas legitimistas derrotaron a Walker, destacándose en esa Batalla el maestro Enmanuel Mongalo y Rubio, en un acto similar al que tiempo después haría Juan Santamaría, en Rivas el 11 de abril de 1856, con la quema del Mesón de Guerra.
El 13 de octubre de 1855, Walker ya estaba ocupando Granada, llegando el 23 de octubre de 1855 a la presidencia de Nicaragua Patricio Rivas, quien nombró a Walker General Jefe del Ejército, lo que le permitió ser el hombre fuerte de Nicaragua.
Poco tiempo después de la Batalla de Rivas, del 11 de abril de 1856, Walker llegó a elegirse Presidente de Nicaragua el 10 de junio de 1856, reconocido por el gobierno estadounidense. Fue investido como Presidente de Nicaragua el 12 de julio por el Fermín Ferrer, quien era presidente provisional, en la Plaza de Granada. En el acto de su investidura señaló su deseo de gobernar toda la América Central. Los gobiernos de El Salvador, Honduras y Guatemala firmaron el Tratado de la Alianza, del 18 de julio de 1856, con el cual reconocían a Patricio Rivas, enfrentándose de esa manera a Walker, y participando más activamente en la lucha que llevaba a cabo Costa Rica contra él.
En Nicaragua, el 14 de setiembre de 1856 en la Hacienda San Jacinto, cera de Managua se libró una Batalla, de San Jacinto, en la cual s fuerzas patrióticas de Nicaragua, encabezadas por el Coronel José Dolores Estrada, bajo el llamado Ejército de Septentrión, con 60 flecheros indígenas derrotaron a 300 filibusteros de Walker, comandados por Byron Cole, quien falleció dos días después, el 16 de setiembre, a manos de un sabanero.
En febrero de 1856 Walker había obtenido una concesión para construir el canal a través del río San Juan.
En el conflicto nicaragüense, Honduras apoyó a los conservadores. Y en el contexto centroamericano Honduras se debatía entre la mayor presencia de los Estados Unidos y la de Inglaterra. Por una situación particular en 1847 asumió la presidencia Juan Lindo, liberal alineado a los Estados Unidos, quien maniobró con El Salvador y Nicaragua, para restablecer la República Federal, para lo cual convocó a la Dieta de Nacaome, que funcionaba como conferencia unionista centroamericana, en la cual estos tres países firmaron un pacto con un gobierno provisional en Tegucigalpa. Guatemala no aceptó la iniciativa y la hizo fracasar con colaboración del cónsul inglés, Federico Chatfield, extendiendo el territorio del Rey Mosquito desde el Cabo de Honduras hasta la desembocadura de la región canalera del río San Juan, lo que desconoció Estados Unidos, posesionándose el arqueólogo, cónsul norteamericano, Ephraim Squier, de la Isla Tigre.
En los días inmediatos se agudizaron conflictos entre esos países, que culminaron con el Tratado Clayton Bulwer, tratado canalero entre Inglaterra y Estados Unidos sin tomar en cuenta a los centroamericanos.
En 1852 asumió la presidencia de Honduras José Trinidad Cabañas, más liberal, quien renunció siendo sustituido por Francisco Castellón, quien no gozaba de la simpatía de los ingleses. Los conflictos regionales se agudizaron y facilitaron que el representante estadounidense, Ephraim Squier, obtuviera una concesión ferrocarrilera muy favorable a Honduras por lo que los intereses británicos fueron de nuevo traídos a ese país, provocando una lucha armada en 1855 que derrocó a Cabañas.
En febrero de 1856, los ingleses apoyando a José Santos Guardiola, se impusieron en Honduras, agudizando el conflicto con Estados Unidos. El presidente Guardiola, aliado de los ingleses se sumó a la lucha contra los filibusteros de William Walker y procuraba hacer valer la soberanía del Rey Mosquito en la costa nicaragüense.
Para esa época, al desatarse los países latinoamericanos del yugo colonial, se volcaron ávidamente sobre ellos los otros países europeos, especialmente Francia e Inglaterra, con afanes imperialistas, lo que provocó enfrentamientos inter imperialistas de esa época.
América, Asia y Africa de nuevo volvieron al escenario de la dominación internacional. En América la presencia inglesa y francesa, especialmente en Suramérica, y luego en Centroamérica, provocó el interés de los Estados Unidos a principios del siglo XIX.
Así, desde 1811, los Estados Unidos aprobó la Política del Principio de No Transferencia que pretendía detener que los territorios americanos pasaran a manos de las potencias europeas como lo pretendía Inglaterra en el Cono Sur, en esos años.
Más tarde, en 1823, el 2 de diciembre de ese año, en su sétimo discurso al Congreso sobre el Estado de la Unión, el Presidente Monroe declaró que los Estados Unidos tenían el “carácter elegido”, la “idea americana” de la “defensa” de las Américas, considerando que los esfuerzos ingleses de controlar o influir, particularmente, en Suramérica debía considerarse una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos. Esto hizo surgir la llamada Doctrina Monroe que sostenía que Europa y América debían considerarse como dos esferas de influencias separadas.
Desde los mismos días de la Independencia de los Estados Unidos, Alexander Hamilton, había señalado que Europa debía mantenerse lejos de América, valorando el papel que Estados Unidos podría jugar en esa época en el plano internacional. John Quincy Adamas, presidente de Estados Unidos, también se pronunció contra cualquier intento de presencia colonial europea, luego que se fueron declarando las independencias de los países americanos.
En ese tiempo los Estados Unidos se adueñaron de la Florida, en 1819, que pertenecía a España y, en 1821, proclamaron la “defensa” arrogándose el derecho de intervenir unilateralmente en los estados latinoamericanos, convirtiéndose de hecho en sus protectores. Así, enfrentaron a Europa que quería restaurar su dominio colonial en América.
En 1845 el presidente James K. Polk afirmó, sobre la Doctrina Monroe, que ninguna nación o Estado europeo podía interferir con la expansión estadounidense que se estaba realizando.
En 1846, Estados Unidos impuso a Colombia, a la República de Nueva Granada, el Tratado Mallarino-Bidlack, con el cual se aseguró el derecho de tránsito por el istmo de Panamá a cambio de garantizar la soberanía colombiana sobre el territorio. En 1867 Rusia perdió sus posesiones americanas, adquiriéndolas Estados Unidos por compra debido, entre otras razones, al debilitamiento que tuvo en la Guerra de Crimea.
Con el desarrollo de la incipiente revolución industrial y agraria, a principios de siglo XIX, el esclavismo adquirió fuerza en los Estados Unidos, mientras en Europa daba paso a la proletarización y la liberación de la mano de obra. A mediados del siglo XIX esta postura política de los Estados Unidos cobró fuerza con el desarrollo de la doctrina del Destino Manifiesto que justificó la expansión hacia el oeste de los Estados Unidos, arrasando con todas las culturas originarias de esa gran nación, y se volcaron sobre los territorios de México y de Centroamérica, lo que produjo la guerra de 1856-1857, cuando los filibusteros actuaron, intervencionistamente, en posibilidad de anexar estos países y de someter a la esclavitud a los pueblos centroamericanos.
La Doctrina del Destino Manifiesto se convirtió en bandera de avance colonial esclavista, destacándose en ese proceso los llamados filibusteros, que actuaban como fuerzas mercenarias al servicio de estados, de grupos económicos de hacendados y de grupos políticos dominantes.
En la perspectiva de este desarrollo económico y político continental, del siglo XIX, se valoró la necesidad de facilitar el comercio para lo cual el Istmo Centroamericano empezó a destacar como un sitio no solo estratégico y geopolítico, sino de gran interés económico.
Centroamérica, con el río San Juan, el Gran Lago de Nicaragua y el Estrecho de Rivas sobresalían como la gran ruta interoceánica. Francia, Inglaterra y los mismos Estados Unidos miraban y deseaban la región y el control de este paso nartural.
En Estados Unidos, la expansión hacia el oeste, con el descubrimiento de las actividades mineras en California, despertó procesos migratorios violentos, de enfrentamientos con las comunidades indígenas autóctonas. La falta de un ferrocarril transcontinental, como fue llamado, terminado de construir hasta 1865, obligaba a trasladarse por la costa pacífica hasta llegar a la desembocadura del río San Juan, y continuar desde allí su travesía por la ruta natural que ofrecía el río y el Lago de Nicaragua, para cruzar por el Estrecho de Rivas, y dirigirse al norte por la costa pacífica para llegar a California.
A finales de la década de 1840, en 1849, el empresario Cornelius Vanderbilt impulsa la empresa The American Atlantic Pacific Steamship Company, interesada en construir un canal en esa región, combinándola, por razones tecnológicas, con navegación marítima y fluvial, y por vía terrestre con carruajes, para lo que fundó, en 1851, la Compañía Accesoria de Tránsito, que fue una empresa clave durante los años siguientes, que le permitió mover, desde la costa Atlántica a la Pacífica de los Estados Unidos, un flujo, según se ha dicho, de mil personas por mes. La empresa tuvo sus propios problemas y conflictos legales con el gobierno de Nicaragua por incumplimiento de contratos, disputas por la propiedad de los vapores que se empleaban y discusiones sobre la explotación de la ruta del tránsito.
La disputa por el límite sur de Nicaragua, que no estaba bien delimitado, se acentuó en esos años por parte de sectores sociales y políticos, en Nicaragua, que de paso estaban en una guerra interior.
Al contrario, la situación de Costa Rica era muy significativa y distinta a la que se vivía en Centroamérica.
Políticamente habíamos salido de la República Federal de Centroamérica desde 1838. Aún con Morazán en 1842 no se pudo reconstruir el proyecto federal. Mantuvimos el nombre de Estado de Costa Rica hasta el 31 de agosto de 1848, cuando se declaró la República de Costa Rica en el gobierno del Dr. José María Castro Madriz. En esa década, ya fuera de la República Federal, iniciamos lentamente nuestras relaciones internacionales como país independiente.
Económicamente, la expansión cafetalera tenía gran impulso hacia el oeste del Valle Central, donde también se habían desarrollado actividades mineras desde 1819 hasta 1844, que cuando se abandonaron permitió, de manera exitosa, una reinversión de ese capital minero en café y en caña de azúcar, en el norte del Valle Central. El café desde 1843 empezó a exportarse hacia Europa lo que provocó un gran salto en la economía, y abrió el país a la migración europea, con gran importancia, en la segunda mitad del siglo XIX.
Militarmente el Presidente Mora, desde 1850 fortaleció la institucionalidad militar, reorganizó el Ejército, restableció́ contingentes militares en Alajuela y Heredia. Asoció el poder de los militares y la existencia del Ejercito con la defensa y apoyo de los intereses del Gobierno.
Constitucionalmente, ya se había establecido cierto control de los poderes del Estado sobre el aparato militar y sobre la mayor incidencia del Poder Ejecutivo en el Ejército. Parte de esta reorganización fue la traída al país del militar polaco, en 1852-1853, Fernando von Salisch, para servir de instructor de alta preparación de las fuerzas militares y para ello se creó una academia militar.
En 1854 Mora reconocía cierta tensión en la relación limítrofe con Nicaragua, enfatizando que a partir de ese año la Provincia de Guanacaste “no tendría otra nacionalidad más que la costarricense, y el Partido de Nicoya no podía ser objeto de litigio, pues es propiedad nuestra, a la que tenemos indisputables derechos”, y advertía “que pueden presentarse complicaciones bastante graves”.
Con el Presidente Mora se aprueban las bases de un acomodamiento entre Costa Rica y Nicaragua, sobre límites territoriales, convenidos en Washington, por representantes de Gran Bretaña y Estados Unidos. Esta situación no estaba agotada. Se mantuvo hasta la llegada de Walker a Nicaragua, en 1855.
Los sucesos de Nicaragua y de Centroamérica, como las políticas injerencistas de la Doctrina Monroe, no eran desconocidas del presidente Juan Rafael Mora Porras.
La presencia filibustera en Nicaragua hizo que el Presidente Mora a finales de 1855, el 20 de noviembre, hiciera su Primera Proclama advirtiendo del peligro filibustero entronizado en Nicaragua, amenazando a Centroamérica, sobre todo cuando a finales de 1855, en Nicaragua se publica un mapa con la firma del Presidente Patricio Rivas y de William Walker en el cual se fija la frontera de Nicaragua, que incluía toda la Península de Nicoya, desde la desembocadura del río Tempisque hasta la desembocadura del río San Juan, lo que era una abierta amenaza de usurpación territorial, que no se podía dejar de lado. El representante diplomático de Costa Rica, en Estados Unidos, Luis Molina, tenía bien informado al presidente.
A diferencia de las situaciones políticas y militares conflictivas en Centroamérica, la de Costa Rica era bastante estable desde 1849, cuando Juan Rafael Mora asumió la Presidencia de Costa Rica, hasta cuando le derrocaron, el 14 de agosto de 1859, reconociendo el mismo Mora que tenía oposiciones políticas importantes que logró controlar hasta después de la guerra contra los filibusteros en Costa Rica y en Nicaragua. Eso permitió, quizá, el mejor manejo de la situación militar contra la presencia filibustera en la región, y permitió que el Presidente Mora se convirtiera en la figura política más destacada de esos acontecimientos, luciéndose como gran estratega y líder militar de la lucha contra la presencia y amenaza de los filibusteros en Costa Rica, Nicaragua y en Centroamérica.
El tiempo histórico de Juan Rafael Mora estuvo contenido en la Constitución Política reformada, del 30 de noviembre de 1848, promulgada en el Gobierno del Dr. José María Castro Madriz, que tuvo una vigencia de once años, hasta la caída del Presidente Juan Rafael Mora Porras, el 14 de agosto de 1859, cuando, pocos días después, se impuso la Constitución Política el 27 de diciembre de 1859. Eso permitió la estabilidad política que no existió para los gobernantes costarricenses entre 1833 y 1848, aunque tuviese el gobierno algunas situaciones tensas político militares que Mora supo controlar.
Desde el 10 de noviembre de 1855, el Presidente Mora, se dirigió a los representantes diplomáticos de Gran Bretaña, Francia y España, señalándoles el peligro que había sobre Centroamérica, solicitando apoyo moral y material para la lucha que iba a realizarse.
En esa nota diplomática el Presidente Mora advierte y destaca el interés expansionista de los Estados Unidos, señalando al filibusterismo como una “fuerza conquistadora” indicando que “la América Central hace algún tiempo es objeto de proyectos de anexión, por las riquezas del suelo y por las facilidades que ofrece para la comunicación interoceánica”. Les perfila a Walker como la persona que se presenta como “pacificador y conquistador de Nicaragua”, y les señala que “la Independencia está amenazada”, por lo que los filibusteros deben “ser vigorosa y prontamente escarmentados en la América Central”.
Preventivamente, el 2 de noviembre ordenó el Presidente Mora, que el General José María Cañas, Comandante de Puntarenas, se trasladara a Liberia para asumir la Comandancia de Armas y de Gobernación del Departamento de Moracia. A Rudesindo Guardia, Comandante y Gobernador de Alajuela, lo trasladó a Puntarenas.
El Presidente Mora había negociado con Francia y Gran Bretaña que estacionaran buques en Puntarenas, porque se consideraba un punto débil.
Por su parte William Walker tenía a Nicaragua como la puerta de entrada a Centroamérica. Tenía bien premeditado su plan, plasmado en la franja blanca de la bandera nicaragüense, donde escribió la consigna en inglés, “Five or none”, es decir, «Todas o ninguna».
El Presidente Mora estaba tomando las previsiones correspondientes.
Así, el 20 de noviembre de 1855 hizo su Primera Proclama, dirigida a todos los habitantes de Costa Rica:
“La paz, esa paz venturosa que, unida a vuestra laboriosa perseverancia, ha advertido tanto nuestro crédito, riqueza y felicidad, está pérfidamente amenazada. Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueblos, condenados por la justicia de la Unión americana, no encontrando ya dónde hoy están con qué saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia.
¿Necesitaré pintaros los terribles machos que de guardar fríamente tan bárbara invasión pueden resultaros?
No; vosotros los comprendéis; vosotros sabéis bien qué podéis esperar de esa horda de aventureros apóstatas de su patria; vosotros conocéis vuestro deber.
¿Necesitaré pintaros los terribles machos que de guardar fríamente tan bárbara invasión pueden resultaros?
No; vosotros los comprendéis; vosotros sabéis bien qué podéis esperar de esa horda de aventureros apóstatas de su patria; vosotros conocéis vuestro deber.
¡Alerta pues costarricenses! No interrumpáis vuestras nobles faenas, pero preparad vuestras armas. Yo velo por vosotros, bien convencido de que en el instante del peligro, apenas retumbe el primer cañonazo de alarma, todos, todos os reuniréis en torno mío bajo nuestro libre pabellón nacional. Aquí no encontrarán jamás los invasores, partido, espías ni traidores. ¡Hay del nacional o extranjero que intentare seducir la inocencia, fomentar discordias o vendernos!
Aquí no encontrarán más que hermanos, verdaderos hermanos resueltos irrevocablemente a defender la patria como a la santa madre de todo cuanto aman y a exterminar hasta el último de sus enemigos.”
Unos días después el Obispo Anselmo Llorente y La fuente, se pronunció en igual sentido, llamando a apoyar al Presidente Mora, enfatizando que era una guerra en defensa de la religión católica. En la movilización a los escenarios de la guerra, la Iglesia hizo su aporte con sacerdotes formando parte del Ejército, siendo su Capellán General, el Pbro. Francisco Calvo.
En 1855 Mora consideraba que el Ejército había logrado una gran disciplina muy esmerada, que estaba bien provisto para la defensa de la República y “para refrenar cualquiera facción que pretendiese alterar la inquietud de sus habitantes”.
Para el Presidente Mora el Ejército “era obediente, ejemplar en su valor si el infortunio alguna vez trajese la guerra a la Nación y le fuese preciso defender su independencia y la integridad de su territorio”.
A mediados de febrero de 1856 Walker envió a su emisario, el coronel húngaro Louis Schlessinger, uno de sus lugartenientes más importantes, para discutir con nuestro gobierno la pertenencia de Guanacaste a Nicaragua.
El Presidente Mora, en conocimiento de que dicho emisario llegaría a Puntarenas ordenó, el 18 de febrero, que lo expulsaran de inmediato, lo que indispuso a Walker, que en Granada, al regresar Schlessinger, exclamó ante sus tropas: «Les enviamos la rama de olivo y nos devolvieron el cuchillo. Bien está. Les daremos guerra a muerte y les hundiremos el cuchillo hasta la empuñadura». Así, declaró la guerra.
Schlessinger, estaba también comisionado por el Presidente Provisorio de Nicaragua, Patricio Rivas, en ese momento, para recabar información sobre la actitud del gobierno de Costa Rica sobre el gobierno de Nicaragua.
Schlessinger se hizo acompañar del Capitán W. A. Sutter, ambos expulsados de Costa Rica, desde Puntarenas donde habían llegado. El Presidente Mora también dispuso no reconocer misión ninguna del Gobierno Provisorio de Nicaragua.
Ante esa situación, el 27 de febrero de 1856, el Congreso Nacional declaró la guerra a la presencia filibustera, para ir a esa guerra solos, o en unión de fuerzas aliadas de los demás gobiernos centroamericanos, si se sumaran a la lucha contra la opresión de los nicaragüenses, para sacarlos de América Central.
Los objetivos eran claros, redimir de la opresión a Nicaragua, arrojar a los invasores del territorio centroamericano, y asegurar la libertad de Hispanoamérica.
El Presidente Mora, con gran responsabilidad patriótica, se puso personalmente al frente del Ejército Expedicionario.
El Congreso Nacional “ante la integridad nacional amenazada reclamó a los buenos costarricenses acudir a la defensa de la Patria, para lidiar por tan justa causa, por lo que aumentó el Ejército Nacional a 9000 hombres, de todas armas y, con este fin, en cada una de las provincias de Alajuela y Heredia se organizará inmediatamente una división de mil soldados con sus correspondientes jefes y oficiales.”
El primero de marzo el Presidente Mora hace su Segunda Proclama, en tono categórico, dirigida “a los compatriotas:
“A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a destruir esa Falange impía que la ha reducido a la más oprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos.
Ellos os llaman, ellos os esperan para alzarse contra sus tiranos. Su causa es nuestra causa. Los que hoy los vilipendian, roban y asesinan, nos desafían audazmente e intentan arrojar sobre nosotros las mismas cadenas ensangrentadas.
Corramos a romper las de nuestros hermanos y a exterminar hasta el último de sus verdugos.
No vamos a lidiar por un pedazo de tierra: no por adquirir efímeros poderes; no por alcanzar misérrimas conquistas, ni mucho menos por sacrílegos partidos.
No, vamos a luchar por redimir a nuestros hermanos de la más inicua tiranía: vamos a ayudaros en la obra fecunda de su regeneración, vamos a decirles:
Hermanos de Nicaragua, levantaos: aniquilad a vuestros opresores. Aquí venimos a pelear a vuestro lado por vuestra libertad, por vuestra patria.
Unión, nicaragüenses, unión.
Inmolad para siempre vuestros enconos; no más partidos, no más discordias fratricidas. Paz, justicia y libertad para todos. Guerra sólo a los filibusteros.
Yo marcho al frente del ejército nacional. Yo que me regocijo al ver hoy vuestro noble entusiasmo, que me enorgullezco al llamaros mis hijos, quiero compartir siempre con vosotros el peligro y la gloria.
Vuestras madres, esposas, hermanos e hijos os animan. Sus virtudes patrióticas os harán invencibles.
Al pelear por la salvación de vuestros hermanos, combatiremos también por ellos, por su honor, por su existencia, por nuestra patria idolatrada y la independencia hispanoamericana.
Todos los leales hijos de Guatemala, El Salvador y Honduras, marchan sobre esa horda de bandidos. Nuestra causa es santa, el triunfo es seguro. Dios nos dará la victoria y con ella la paz, la concordia, la libertad y la unión de la gran familia centroamericana”.
Era claro el llamado poniendo de relieve luchar para destruir a la falange impía, a lucha contra la esclavitud que se había impuesto en Nicaragua y a luchar por la libertad de los nicaragüenses, “nuestros hermanos”.
Señalaba que se avanzaba a Nicaragua pero no para adquirir tierras, ni a gobernar ese país. Se iba para estimular el levantamiento de los nicaragüenses contra sus opresores y a luchar por su Libertad. Más claro fue cuando señaló que la lucha, en Nicaragua, era para asegurar la Independencia hispanoamericana, reconociendo que también Guatemala, el Salvador y Honduras se sumaban en esa lucha por la unión de la familia centroamericana.
El 3 marzo de 1856 se reunieron en la plaza principal de San José las personas para escuchar la arenga del obispo Anselmo Llorente y Lafuente y para conformar el ejército costarricense, que se enfrentaría a las tropas invasoras del norteamericano William Walker.
La vanguardia de este Ejército compuesta por 2500 hombres estuvo al mando del General don José Joaquín Mora.
La marcha inició desde San José, en la madrugada del 4 de marzo, tras recibir el día anterior la bendición del obispo Anselmo Llorente y Lafuente.
En el camino se fueron sumando los regimientos de Heredia y Alajuela, constituyendo así el Ejército Expedicionario, que se dirigió por los Montes del Aguacate hacia Puntarenas, donde se estimaba que Walker invadiría y para continuar hasta Guanacaste. Unos lo hicieron por tierra y otros cruzaron, en barcos o en botes, el Golfo de Nicoya, y navegaron en el río Tempisque, y sus afluentes, Bolsón y Bebedero, para llegar a Liberia.
La fracción del ejército que se dirigió a Puntarenas, estuvo a cargo del General José Joaquín Mora. De allí siguieron con destino al afluente de Las piedras, conocido como Bebedero, situado en la confluencia de los ríos Las Piedras y Tenorio. El otro grupo, iba el mando del Capitán Clodomiro Escalante que se dirigió al Puerto de Bolsón y desde allí proseguir hasta Liberia.
El mando del Ejército lo asumió el Presidente Juan Rafael Mora Porras el 8 de marzo, dejando en su lugar a Francisco María Oreamuno, falleciendo como Presidente en ejercicio del país, como resultado de la peste del cólera, el 23 de mayo de 1856.
Mientras tanto, en Nicaragua, el 11 de marzo, el gobierno de Patricio Rivas declaraba la guerra a Costa Rica. El mismo 11 de marzo Walker se dirige a “los centroamericanos”, señalando que bajo su mando se encuentra la “fuerza americana” para conciliar la paz, para intentar establecer francas y amistosas relaciones con las Repúblicas vecinas, que fueron repelidas y tratadas con desprecio y desdén, por lo que le queda es tratar con hostilidad a todos los serviles de América Central y declarar enemigos a esos gobiernos serviles.
El día 12 de marzo, el Presidente Juan Rafael Mora en su ruta hacia Liberia, iba acompañado por el Subsecretario de Guerra, Rafael G. Escalante. Llegó a Puntarenas para reunirse con el resto del Ejército y las tropas del General don José María Cañas, comandante del Departamento de Moracia y del General José Joaquín Mora.
Por su parte Walker ordenó a su Ejército estar listo para enfrentarse a Costa Rica, y nombró a Schlessinger jefe de su tropa invasora, ordenándole que partiera hacía el río La Flor, que era el límite natural de Guanacaste, llegando de esa manera a la Hacienda Santa Rosa.
Este mismo día 12 de marzo, desde el puerto de Puntarenas al mando del Capitán José María Gutiérrez, con destino a las Piedras, salió un contingente de 300 hombres, que se agregaron al grueso del Ejército el día 16.
El día 15 entraron los filibusteros a La Flor, en territorio nicaragüense y el 16 de marzo cruzaron la frontera de Costa Rica, llegando a las Salinas de Bolaños, hoy conocido el sitio como Puerto Soley.
El 19 por la tarde la tropa de Walker estaba en la Hacienda Santa Rosa.
El 17 de marzo prácticamente toda la tropa costarricense se encontraba en Liberia. Allí se había sumado la caballería y los llaneros que comandaba el General José María Cañas.
La noticia de la invasión del territorio nacional llega el 17 de marzo por medio del dueño de la Hacienda Sapoá. Ante esta situación se dispone que el general Cañas se quede en Liberia con el grueso del ejército, mientras que un contingente de 500 hombres, al mando del coronel Lorenzo Salazar, reforzado por cien lanceros bajo las órdenes del mayor don Julián Arias y del capitán don Juan Estrada, salgan en la madrugada del 18 de marzo, con el objeto de ir a su encuentro.
El 19 de marzo la tropa nacional recibió el refuerzo del General Mora, y del teniente Coronel José María Gutiérrez, con 100 hombres y dos cañones pequeños.
El 19 de marzo el jefe filibustero Schlessinger había llegado a la Hacienda Santa Rosa, con casi 300 solados y combatientes.
Con conocimiento de la presencia filibustera en la Hacienda Santa Rosa, y del conocimiento que sobre la zona y de la Hacienda, por el General José Joaquín Mora, se discute escoger entre dos rutas; una, que se dirigía a la Hacienda el Pelón y, otra, a la Hacienda Santa Rosa. Se decide avanzar hacia la Hacienda el “El Pelón” que había pertenecido al suegro el General José Joaquín Mora, a Agustín Gutiérrez.
La Hacienda tenía facilidades para abastecerse de agua y sobre todo tenía, muy buena posición estratégica en caso de un ataque. A la Hacienda llegaron en horas de la tarde, después de haber recibido en el camino la arenga patriótica del capellán Manuel Vasco.
La marcha se inició el día 20 de marzo durante las horas de la madrugada. Había el rumor de la presencia del enemigo en la proximidades de los llanos del Coyol. Se envió una avanzada en misión de exploración. Los datos no resultaron verdaderos al lograr apresar un filibustero que se había quedado rezagado. Este soldado intentó engañar al ejército costarricense llevándolo en sentido contrario, pero fue descubierta su trampa. Además, Agustín Gutiérrez descubre, en uno de los senderos que conducían a la Hacienda Santa Rosa, las huellas del grupo invasor, por lo que se toma la decisión de enviar en labor de reconocimiento al teniente Macedonio Esquivel, quien en efecto pudo observar y constatar la presencia de los filibusteros en la casa de la Hacienda, para lo que se preparó el ataque por sorpresa.
La organización de las tropas de Costa Rica fue de la siguiente forma: Jefe del Estado Mayor, el General José Joaquín Mora, Jefe de División, el Coronel Lorenzo Salazar, Comandante del Batallón Guardia de la Constitución, el Mayor Clodomiro Escalante, el Jefe de la escuadra de Caballería, el Mayor Julián Arias y el Capitán Juan Estrada y el Jefe del batallón de Moracia, el Comandante Mayor Domingo Murillo.
El ejército invasor de Walker organizado personalmente poé él estaba comandado por el coronel Louis Schlessinger, militar de carrera húngaro, que dominaba varias lenguas, entre ellas el francés, alemán, español, y el inglés, lo que le posibilito formar un ejército de alemanes, franceses y norteamericanos constituido por alrededor de 300 hombres. Los jefes filibusteros eran: el Jefe De batallón, Coronel Luis Schlessinger. Su Ayudante, el Mayor J.C. O`Neal, el Jefe de la Compañía A (Nueva Orleáns), el Capitán D. W. Torpe, el Jefe de la Compañía B, (franceses), el Capitán Legeay, el Jefe de la Compañía C, (Nueva York), el Capitán Creighton, el Jefe de la Compañía D, (Alemanes), el Capitán Prange, y el jefe de la Compañía F (Rifleros californianos), el Capitán Anthony Francis Rudler.
Con motivo de la guerra el Ejército Nacional, en marzo de 1856, hizo circular el Boletín del Ejército, editado en la imprenta del Ejército Expedicionario, por el Cuartel General en marcha, con sede en Liberia. Mora de esa manera le daba un papel muy importante a la imprenta, a la prensa, como un elemento de combate, para levantar la moral de la tropa, para desalentar y engañar a los enemigos y para advertirlos sobre sus capturas. Capturado un filibustero, que manifestó que era periodista, le perdonó la vida, valorando el papel de los periodistas como corresponsales de guerra. Capturado luego como combatiente ordenó se le fusilase. En uno de sus ejemplares, por la composición de los combatientes de Walker se publicó la Proclama del Presidente Mora, en inglés, francés y alemán referida al fusilamiento de todo aquel filibustero que fuere aprehendido con armas.
El 20 de marzo por la tarde, era Jueves Santo. La organización del ataque permitió que en pocos minutos el ejército filibustero fuera derrotado.
El parte de guerra informando del triunfo se redactó entre el minuto 11 y 14 después del triunfo, una vez que se hizo el balance del combate, de manera que el enfrentamiento pudo haber durado no más de 7 u 8 minutos. El General Mora señaló que el combate duró 5 minutos.
El General José Joaquín Mora describe la Batalla de Santa Rosa así:
“El Coronel Lorenzo Salazar, con doscientos ochenta hombres, debía atacar el frente, la izquierda y el flanco derecho de la casa; seguíanle por ese lado (el más practicable) los dos cañoncitos, dirigidos por el Capitán Mateo Marín.
“El Capitán José M. Gutiérrez, con doscientos hombres, debía flanquear la izquierda por fuera de las cercas y tomar posición a la espalda de las casas, sobre la cumbre de la colina.
“El escuadrón de caballería quedo formado en el callejón hasta recibir la orden de cargar al enemigo, cuando se le desalojara de sus posiciones.
“La tropa de Moracia, en número de doscientos hombres, la formé, en batalla, en el callejón para cubrir la retirada en caso necesario.
“Listo todo, mandé a desembocar por el callejón a la tropa formada por columnas. Nuestros soldados al son de las cornetas, que tocaban a degüello, marcharon a la carrera, acudiendo cada cual al puesto señalado.
“Los filibusteros no hicieron ni un tiro…Allí murió el valiente oficial Manuel Rojas. Una vez dentro no hubo ya esperanza para los malhechores; el sable y la bayoneta los hacían trizas y ellos, aterrados, ni atinaban ofender con sus tiros… Todo esto paso en cinco minutos.
A los 14 minutos, contados desde la primera descarga, se hallaba mi tropa formada en el mejor orden y en tranquila posición de Santa Rosa”
Nuestros soldados y combatientes actuaron con furia, dispararon con dos cañoncitos de montaña, numerosos fusiles Minié y otros de chispa, pero también blandieron filosas bayonetas, sables y machetes en el enfrentamiento sorpresivo de luchar cuerpo a cuerpo. Schlessinger, jefe del ejército invasor, fue de los primeros en huir hacia Nicaragua, donde no le fue nada bien con Walker.
El periódico “El nicaragüense”, refiriéndose a la Batalla, dice que los filibusteros “sufrieron una terrible derrota”, “cruel y vergonzosa”, a manos del Ejército de Costa Rica que estaba compuesto de 600 a 1000 hombres. La derrota se le atribuyeron al comandante Schlessinger ya que los sorprendieron descansando.
La prensa dice “el fuego de los costarricenses fue destructor”. Los filibusteros huyeron en todas direcciones. Schlessinger y otros oficiales fueron sometidos a un Consejo de Guerra. Schlessinger fue fusilado.
El periódico, de Frank Leslie, “Ilustrated Newspaper”, del 21 de junio de 1856, concluía que la Batalla de Santa Rosa “será por siempre recordada como una de las más desastrosas que se haya sostenido bajo nombre americano en este continente”.
El Presidente Juan Rafael Mora, en el cuartel General de Liberia, el 21 de marzo se dirigió a los soldados de la División de Vanguardia. El Presidente les dijo:
“Habéis cumplido vuestro deber siendo los primeros en derrotar a los verdugos de vuestros hermanos, a los alevosos enemigos de la Independencia centroamericana, que se han atrevido a profanar el caro suelo de la Patria. Robando y asesinando. Eso esperaba de vosotros.
¡Adelante! Otro esfuerzo más: un solo tiro y a la bayoneta. Y veréis como huyen y esos son sus mejores asesinos. El triunfo es y será siempre vuestro.
Paz y gloria a los bravos que han perecido. Salud y lauros a todos los valientes vencedores.”
El mismo 21 de marzo el Presidente Mora dirigiéndose al Señor Ministro de Guerra le informa que el primer triunfo se logró el 20 de marzo en la hacienda Santa Rosa, próxima a la frontera con Nicaragua: ahí se le marcó la raya sur a las tropas del expansionismo esclavista.
Pocos días después, el 7 de abril se arrebató a los usurpadores el puerto de La Virgen sobre el Lago Cocibolca. A los tres días se cortó, en Sardinal, un avance filibustero por el río Sarapiquí, segunda victoria en suelo costarricense. Dos mil hombres marchaban de victoria en victoria en el viril cumplimiento de los deberes de su destino.
El 20 de marzo de 1856 se encontraron ambos ejércitos en Santa Rosa, descrita como una hacienda, con una plazuela, formada por un valle hondo y limpio, circundado por colinas de poca elevación, pero escarpadas, según consta en la descripción del General José Joaquín Mora, hermano del Presidente.
Allí, comentó Mora, se vio a aquellos soldados motejados de “sombras” y “enclenques”, “incapaces de valor guerrero y de valentía personal”, acometer al enemigo, al son de las trompetas que tomaban a degüello, en tal forma que, según lo menciona el propio parte de guerra, el sable y la bayoneta los hacían trizas y ellos, los filibusteros, aterrados, ni atinaban a ofender con sus tiros. Y agrega, en frase que lo dice todo por su sobriedad castrense, digna de los grandes capitanes: “Hubo entre los soldados notables rasgos de valor; pero tan comunes a casi todos, que sería imposible enumerarlos.”
Con razón, el entonces Ministro de la Guerra, decía: “No podía esperarse otra cosa del denuedo y decisión del valeroso ejército de Costa Rica, que el Excelentísimo Presidente tiene la gloria de mandar, ni puede creerse que a otro jefe le tocara la de dar el primero y más decisivo golpe al enemigo, sino al intrépido y valeroso General don José Joaquín Mora, honor y esperanza del ejército de Costa Rica.”
El 20 de marzo, sobre el Combate de Santa Rosa, el General José Joaquín Mora, escribe su Segundo Parte informativo:
Excelentísimo señor Presidente, General en jefe del ejército. –Cuartel de la división vanguardia. –Hacienda del “Pelón”, 24 de marzo de 1856. –
Tengo el placer de dirigir a V. E. parte detallado de la toma de Santa Rosa.
El jueves 20 del corriente, con noticia de haber visto a los filibusteros en el llano del “Coyol”, me puse en marcha con la columna que saqué de Liberia. Mucho nos costó conducir los dos cañoncitos de a tres, por lo quebrado e impracticable del camino.
Tomamos un filibustero que procuró engañarnos, guiándonos al enemigo por un lado enteramente opuesto a aquel en que se hallaba; pero desconfiando de él, quise, antes de seguirle, registrar el llano del “Coyol”. Seguimos la marcha y a corto trecho descubrimos huellas de botas en un camino que conduce a la hacienda de Santa Rosa. Mandé a un ayudante adelantarse para observar las casas de dicha hacienda y retornó con la razón de estar allí el enemigo.
Seguimos un callejón orillado de árboles a cuyos lados se extendían lomas de poca altura cubiertas de espesa breña. Al salir del callejón vimos tendida a nuestros pies la plazuela de dicha hacienda, formada por un valle hondo y limpio, circundado por colinas de poca elevación, pero escarpadas.
Los corrales de la hacienda, cerrados con cercas de piedra, empiezan como a la mitad de la falda de una de las colinas situada al frente del callejón hacia su izquierda y rodean las casas que ocupan la altura, pero que están dominadas por la cumbre de la colina, a corta distancia y cubiertas de breña.
Tienen las casas un gran patio también cercado: a la derecha y en la falda de la colina hay una quesera.
A continuación de la altura, ligándola con la inmediata, corre una limpia loma, al frente del camino que seguimos. La línea que debía correr mi gente, para llegar a las casas, es precisamente una milla.
En vista de la posición, di mis órdenes para el ataque, concebido ya de antes sobre el exacto plano que el Mayor Don Clodomiro Escalante me había presentado para el caso de tener que batir allí al enemigo.
El Coronel Lorenzo Salazar, con doscientos ochenta hombres, debía atacar el frente, la izquierda y el flanco derecho de la casa: seguíanle por ese lado (el más practicable) los dos cañoncitos, dirigidos por el capitán Mateo Marín.
El capitán José M. Gutiérrez, con doscientos hombres, debía flanquear la izquierda por fuera de las cercas y tomar posesión a la espalda de las casas sobre la cumbre de la colina.
El escuadrón de caballería quedó formado en el callejón hasta recibir la orden de cargar al enemigo, cuando se le desalojara de sus posesiones.
La tropa de Moracia, en número de doscientos hombres, la formé en batalla en el callejón para cubrir la retirada en caso necesario.
Listo todo, mandé desembocar por el callejón a la tropa formada por columnas. Nuestros soldados, al son de las cornetas, que tocaban a degüello, marcharon a la carrera, acudiendo cada cual al puesto señalado.
Los filibusteros no hicieron ni un tiro; nos aguardaban de cerca, con la esperanza que su primer descarga nos derrotaría. Tampoco los nuestros dispararon hasta hallarse a veinte varas del enemigo. Rompieron entonces un fuego sostenido, que duró tanto como tardaron los costarricenses en llegar a las cercas. Desde este instante, sólo los piratas dispararon. Los nuestros saltaban a los corrales sin que el mortífero fuego que sufrían bastara a detenerlos. Allí murió el valiente oficial Manuel Rojas. Una vez dentro, no hubo ya esperanza para los malhechores: el sable y la bayoneta los hacían trizas y ellos aterrados, ni atinaban a ofender con sus tiros.
Así fueron rechazados hasta las casas, donde se encerraron, al tiempo que la gente del capitán Gutiérrez, posesionada ya de la altura, los cercaba. En estos momentos pereció el capitán Manuel Quirós, herido al saltar la cerca del patio. Sus últimas palabras fueron dirigidas a sus compañeros de armas. “Entre ustedes” les dijo y espiró.
Señalóse también en el asalto del patio el ayudante del Coronel Salazar, Joaquín Ortiz, quien con su espada mató dos bandidos, teniendo la suerte de quedar ileso.
Di la orden de atacar a la caballería, pareciéndome que no tardaría tanto en llegar sino el tiempo necesario para desalojar de su guarida a los filibusteros. Pero viendo al llegar que no era tiempo aún, marchó a formarse a la loma del frente, aguardando el momento oportuno. Todo eso pasó en cinco minutos.
Ya empezaba a obrar la artillería: el capitán Marín disparó sus cañones contra el costado derecho y frente de la casa, abriendo brecha, pero esto sólo sirvió para enfurecer más a los forajidos que avivaron el fuego.
Impaciente el coronel Salazar, corrió exponiéndose a servir de blanco al enemigo, para preguntarme si para librar de ser diezmada su gente, podría poner fuego a la casa de un propietario costarricense. Inquieto al verlo venir, temiendo que estuviese herido, me adelanté a su encuentro y le di el permiso que pidió: retornó a dar la orden a sus soldados, que la recibieron con gritos de alegría. Más no hubo tiempo. El arrojado capitán Gutiérrez, olvidando la orden que tenía, entró a la casa y adelantándose hacia un establo atrincherado y erizado de rifles, con pistola y sable en mano murió desgraciada y prematuramente. La ira que su muerte causó a los soldados fue tal, que nada bastó a contenerlos.
La casa fue invadida por todos lados y los filibusteros hallando salida por la altura que debió cubrir el malogrado Gutiérrez, huyeron en tropel y aunque perseguidos y diezmados por todas partes, lograron muchos escaparse. Entonces mandé a la tropa de Moracia se dispersase en guerrillas por la colina a la izquierda del callejón, para aprisionar a los fugitivos que tomaran por allí.
Desde el principio de la acción, al ver a nuestra tropa apoderarse de los corrales, varios jefes filibusteros montaron a caballo y huyeron sin poderlos alcanzar ni dañarles.
Al dispersarse el enemigo, la caballería de Moracia anduvo tarda en perseguirle a pesar de mis órdenes y los esfuerzos del coronel Salazar. Sólo el capitán Estrada, seguido de sus pocos lanceros, le cargó, matándole un solo hombre, pues favorecido por la inacción de la caballería y lo cercano de la espesura del monte, se aprovechó de tan favorables incidentes. Considerando las dificultades que el lugar de la acción presentaba, he hallado alguna disculpa al Comandante del escuadrón.
A los catorce minutos, contados desde la primera descarga, se hallaba mi tropa formada en el mejor orden y en tranquila posesión de Santa Rosa.
Señaláronse en este memorable día, además de los buenos oficiales que perdimos el ya citado Joaquín Ortiz, el Mayor Clodomiro Escalante, los capitanes Carlos y Miguel Alvarado (habiendo recibido éste último tres heridas de rifle que le rompieron la ropa rozándole el cuerpo), Vicente Velarde, Mateo Marín, Santiago Millet, Joaquín Fernández, Felipe Ibarra y Jesús Alvarado, el ayudante Macedonio Esquivel y en general toda mi lucida oficialidad. Hubo entre los soldados notables rasgos de valor, pero tan comunes a casi todos que sería imposible enumerarlos.
He tomado al enemigo diez y ocho rifles, un fusil, cuatro cajas de parque (que según declaración de los prisioneros es cuanto tenían) las pistolas, paradas, piezas de equipaje, etc., que cedí a los jefes y oficiales que las tomaron, varios caballos y mulas, todos sus papeles y un grupo daguerreotipado, con los retratos de varios jefes de la gavilla de vergantes. Todo cuanto tenían, en fin, ha caído en poder de mi gente.
Los muertos del enemigo que pude reunir llegaron a veintiséis y muchos deben de haber acabado en lo espeso del monte. Prisioneros hasta hoy, diez y nueve. El resto hasta cuatrocientos hombres, que según los prisioneros que entraron en acción, se entregará o morirá de sed y hambre en los montes. Los persigo por todas partes y el mayor Domingo Murillo, apostado en Sapoá con respetable fuerza, les cortará el solo camino para ellos practicable.
No puede darse una victoria más completa, gracias al valor de mis soldados.
Nuestras pérdidas, según las listas, ascienden a cuatro oficiales y quince soldados muertos. Dios guarde a V. E. muchos años.
José Joaquín Mora”
El 21 de marzo de 1856 se persigue a los filibusteros por todo el territorio nacional, por el norte del país y la margen del Río San Juan.
Triunfados en la Batalla de Santa Rosa, el 20 de marzo, murió el Capitán Manuel Quirós, miembro del Estado Mayor Militar, y tres oficiales más, junto con 15 combatientes costarricenses. Hubo 32 heridos. La tropa filibustera tuvo 26 muertos en el combate. Se le hicieron 19 prisioneros.
Inmediatamente, el Presidente Mora ordenó continuar hacia Nicaragua, el objetivo político y militar de la movilización para asegurar la derrota de los filibusteros en ese país, y expulsarlos del suelo centroamericano, trasladándose la guerra hasta 1857 en Nicaragua.
El 25 de marzo de 1856 se fusilan 18 filibusteros en Liberia, a las 4 de la tarde. La sentencia a los filibusteros capturados fue una advertencia contundente a la tropa invasora de William Walker, y a sus jefes militares, de la determinación del Presidente Juan Rafael Mora Porras, y de los altos Jefes del Ejército Nacional, de que serían pasados por las armas quienes intentaran ocupar y dominar el territorio nacional o sojuzgar al pueblo costarricense.
El 27 de marzo de 1856, el gobierno de Costa Rica recibió al General Pedro de Alcántara Herrán, quien había sido Presidente de Nueva Granada, participante en las guerras de Independencia de su país y de Perú, militar de carrera, Ministro de Guerra y de Relaciones Exteriores, diplomático activo, quien llegó para brindar apoyo y solidaridad en la lucha contra los filibusteros y mostrar la simpatía del gobierno neogranadino en esta gesta nacional y centroamericana.
El 29 de marzo de 1856 Mora declaró su objetivo de ingreso a Nicaragua:
“Paz y libertad a Nicaragua y Costa Rica, independientes y unidas como hermanas. ¡Gloria a las fuerzas aliadas libertadoras de la América Central!”
El 29 de marzo de 1856 el Ejército costarricense cruza la frontera con Nicaragua para luchar contra los filibusteros en ese país, e inicia la penetración en el territorio nicaragüense, dirigiéndose hacia la ciudad de Rivas que tomaron, para asegurar la lucha con los filibusteros norteamericanos establecidos en Nicaragua, y expulsarlos de ese territorio.
Al mismo tiempo se ordenó ocupar el Puerto de San Juan del Sur, en el Pacífico, y el Puerto La Virgen, sobre el Lago de Nicaragua.
El 29 de marzo, desde Sapoá, el Presidente Mora se dirige a los nicaragüenses indicándoles la decisión de ingresar a Nicaragua a derrotar a los filibusteros.
“Desde el seno de nuestras pacíficas montañas he oído vuestros congojosos lamentos.
Mutuos errores y una guerra fratricida os han entregado al fiero albedrío de una horda de forajidos, que llamados incautamente como amigos auxiliares de unos se han convertido en déspotas de todos.
Hoy yacéis aún aterrorizados bajo el yugo acerado de un ejército compuesto de las heces corrompidas, que arrojan de sí todas las sociedades.
¿Qué sois vosotros en vuestro propio país? ¿Qué es el esclavizado nicaragüense que llaman por befa Presidente? ¿Cuál es vuestra suerte hoy y la más fatal, que con tan cruentos amos os espera? Vosotros lo sabéis más que yo; vosotros que la sufrís y deploráis con lágrimas de sangre!.
Habéis llamado a vuestros hermanos. Vuestros hermanos todos rodean vuestras fronteras y avanzan para libertaros de esa Falange traidora.
Combatimos por vuestra salvación. Después del triunfo, paz, unión, justicia y libertad para vosotros y para todos.
Harto conocéis a los pacíficos costarricenses. También los han conocido en Santa Rosa los cobardes filibusteros. Siempre neutrales en vuestras discordias, hemos acogido con igual hospitalidad a todos los nicaragüenses.
Para vosotros no existen ni existirán jamás distinciones ni partidos. Sea lo mismo para vosotros. Que una sola bandera, una causa y un grito de concordia y progreso nos reúnan a todos como católicos, como hijos de una misma patria, como verdaderos hermanos.
Cese ya tanta postración, tanta iniquidad y servidumbre. ¿Toleraréis por un instante más tanta esclavitud, oprobio y tiranía? ¿No lidiaréis todos unidos, siempre unidos, por conquistar la libertad que os han robado?
Sí valerosos nicaragüenses. Uníos, alzaos y combatid con aquel ardiente coraje que habéis mostrado en tantas nefastas luchas. Arrojemos unidos a esa pestífera canalla; no quede uno solo de esos asesinos sobre la tierra privilegiada que os concedió la Providencia y de entre esos montones de cadáveres y ruinas que han acumulado tantos desvaríos y maldades, levantemos juntos una patria más unida, más fuerte, más venturosa y más grande.
Paz y libertad a Nicaragua y Costa Rica, independientes y unidas como hermanas. ¡Gloria a las fuerzas aliadas libertadoras de la América Central!”
La Batalla de Santa Rosa es para mí la más importante de todas las que se llevaron a cabo contra las tropas filibusteras. Lo es porque se produce en el territorio nacional, donde los filibusteros fueron derrotados, obligándose su retirada y salida del territorio costarricense. Lo es porque se le infligió una profunda derrota militar y moral a los filibusteros.
La Batalla de Santa Rosa elevó la moral de los combatientes costarricenses. Le infligió a los filibusteros un temor de combate con nuestra tropa, nuestro Ejército.
El Ejército Nacional estaba en capacidad de dar esa batalla. Tenía los hombres necesarios. Tenía los Jefes militares en capacidad de conducir el Ejército y capacidad de hacer el análisis estratégico y táctico de esa Batalla.
Fue la primer derrota del imperialismo colonialista estadounidense en el continente y golpeó la Doctrina Monroe y la del Destino Manifiesto que se levantaba por Estados Unidos, estableciendo el límite del expansionismo de los Estados Unidos.
El 20 de marzo celebramos el acontecimiento más importante de la vida nacional, la Batalla de Santa Rosa, cuando las tropas invasoras filibusteras fueron derrotadas por los costarricenses en el territorio nacional. Batalla de pocos minutos pero demoledora para los agresores.
En esta Batalla jugó un papel muy importante el Batallón de Moracia, como se conocía en ese momento la Provincia de Guanacaste, que le habían puesto ese nombre en mérito al Presidente Mora.
Los jefes militares de la Batalla Clodomiro Escalante, Lorenzo Salazar, José María Gutiérrez, Mateo Marín, Manuel Rojas, Manuel Quirós, Joaquín Ortiz, y otros, todos, se distinguieron en el combate. Varios oficiales cayeron en el combate.
Los filibusteros huyeron, 26 cayeron muertos y a otros, capturados, 19, los fusilaron. Los caídos costarricenses en la Batalla de Santa Rosa fueron 4 oficiales y 15 soldados, según el parte oficial de la Batalla.
La participación en la Guerra Nacional permitió que el Ejército, por su masividad popular tuviera un carácter nacional y libertador, con un alto grado moral.
La Guerra Nacional hizo surgir en la conciencia popular y nacional héroes de batallas y héroes nacionales. De algunos mártires, sus gestas y batallas se inmortalizaron y se reconocieron ampliamente, no sólo en el territorio costarricense sino también en el centroamericano. Así, especialmente se reconoció al Presidente Juan Rafael Mora, al General José María Cañas y a Juan Santamaría, éste último no por sus dotes militares sino por el acto del sacrificio y lo simbólico popular que su figura representa: el pueblo en la escena histórica, como actor.
También se fortalecieron los símbolos nacionales: la Bandera, El Escudo y el Pabellón Nacional, la música del Himno Nacional y las marchas militares que se desarrollaron al calor de los días de combates, las cuales regresaron entonando las tropas, como la Marcha Santa Rosa.







