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Etiqueta: justicia social

“Magnífica Humanitas”: la peor pesadilla para la presidenta

Frank Ulloa Royo

“La humanidad no necesita guerras justas, sino justicia que evite las guerras.” — Magnifica Humanitas

Recordando la Encíclica Rerum Novarum de su antecesor León XIII este 25 de mayo el papa nos da una encíclica social para el siglo de la inteligencia artificial recordándonos la importancia del valor humano y la vida social en común con protección social. Parece que la “Iglesia viva” ahora pasará a ser parte de la oposición de “izquierda” en un país que sueña con parecerse a un enorme cuartel.

L a encíclica Magnifica Humanitas irrumpe como un espejo incómodo. No habla de eficiencia ni de control, sino de humanidad. Recuerda que los ídolos del poder no son los de toda la humanidad y que ningún Estado puede renovarse descartando vidas, ni se puede gobernar organizando el odio. Entonces, la peor noticia para la presidenta no proviene de la guerra en Irán o de los obreros organizados que ahuyentan las inversiones con sus huelgas, ni de estudiantes y maestros en las calles tratando de evitar la privatización del ICE, sino de una voz que la desarma: el Papa advierte que los datos no son armas, que los pobres no son desechos y que la tecnología, sin ética, se convierte en verdugo. Sus gritos de “comunistas” no pueden ocultar la realidad de las listas de espera que pone en peligro miles de vidas, ni el desempleo y otros indicadores de miseria que llevan a una juventud al buscar el camino del narcotráfico, incluida la población con discapacidad que solo allí encuentra empleo.

Este papa gringo, al igual que el ídolo de la presidenta del “país confiable” nos recuerda que Gobernar con desprecio y administrar el descarte desde la disposición de los bienes comunes es negar la justicia social que evita las guerras. Ofender a los que piensan diferente y etiquetarlos, o no pagar la deuda con la seguridad social, solo para volver a las tácticas de la guerra fría o exacerbar odios, aunque resulte atractivo por sus resultados estadísticos o estimule inversionistas extranjeros nunca es un camino solidario.

Las cárceles más grandes no fundan una nueva ética. La justicia no se mide en barrotes ni en estadísticas de represión, sino en la capacidad de sostener la vida y abrir caminos de reconciliación y convivencia. Un país que mide su éxito en más represión y cuerpos encerrados y no en vidas reconciliadas se convierte en administrador del miedo. Por eso, defender la autonomía del Poder Judicial es indispensable: la justicia lenta no puede justificar la represión como alternativa. Frente al modelo de terror punitivo, el papa y los movimientos sociales proponen otro camino: la justicia restaurativa. No se trata de negar la responsabilidad, sino de transformar el castigo en oportunidad de reparación. La comunidad se convierte en espacio de solidaridad y reconciliación, donde la víctima recupera voz y el infractor encuentra la posibilidad de reintegrarse. Sin justicia social no es posible tener eficacia en la lucha contra el narcotráfico. Sin protección social ningún ejercito puede gobernar impunemente, no se equivoquen porque la reacción puede llevar a una guerra social como la que han vivido otros países.

En un país que sueña con militarizarse sin derechos al estilo Bukele, Magnifica Humanitas suena como un mensaje pasado de moda. Pero quizá lo verdaderamente moderno sea recordar que la paz no se impone: se construye con protección social. Y que la dignidad humana, incluso tras las rejas, sigue siendo el único fundamento posible de la justicia. Que la protección social no es un sucedáneo y que el terror y la represión no cura enfermedades.

El socialismo democrático de Manuel Mora y la República costarricense contemporánea

Alejandro Guevara Arroyo

Siguiendo patrones discursivos visibles en diversos movimientos contemporáneos de la derecha radical y la reacción conservadora, el actual gobierno chavista de Costa Rica ha decidido asociar a la oposición política con categorías como comunismo, socialismo, pobreza u opresión. En su boca, tales movimientos aparecerían como expresiones de incompetencia y perversidad tan evidentes que incluso resultaría difícil justificar su pertenencia legítima a la comunidad política.

Estas imputaciones fuerzan a todo el arco progresista costarricense a posicionarse frente a dichos epítetos y alusiones. La historia política nacional, afortunadamente, contiene suficiente densidad simbólica e intelectual como para responder a esos embates narrativos. Para ello, conviene volver sobre las ideas que dieron origen a muchas de las políticas e instituciones que hicieron posible el bienestar social de nuestros antepasados. Ese legado todavía sobrevive en la sociedad costarricense actual, aunque cada vez con mayores signos de desgaste, fragmentación y desigualdad.

Podría apelarse, para ello, al “socialismo democrático” defendido históricamente por el liberacionista José Figueres Ferrer o al socialcristianismo popular impulsado por Rafael Ángel Calderón Guardia. Pero quizá no exista una figura más fértil en símbolos políticos y anticipaciones democráticas que la de Manuel Mora Valverde, dirigente comunista y representante de la mejor de las tradiciones del socialismo democrático costarricense.

Hoy, frente al avance de discursos autoritarios y formas cada vez más agresivas de polarización política, resulta pertinente volver sobre sus ideas. En ellas aparece una concepción profundamente democrática y republicana de la vida pública, orientada por una noción sustantiva de justicia social y por la convicción de que la libertad pierde contenido cuando amplios sectores de la población viven sometidos a relaciones de dependencia material y exclusión.

Para comprenderlo, conviene recuperar algunos pasajes en los que Mora expuso sus concepciones constitucionales, democráticas y sociales. En ellos aparece la defensa del sistema político democrático como una construcción no acabada. No es casual, por ejemplo, que ya en la década de 1930 Manuel Mora defendiera públicamente desde el Congreso el reconocimiento del sufragio femenino. Pero, además, Mora entendía la democracia como un régimen de ampliación de capacidades humanas, de integración popular y de limitación de las distintas formas de dominación oligárquica y arbitrariedad económica. La democracia, desde esta perspectiva, no consiste únicamente en votar periódicamente (aunque sí es un componente esencial de ella). Reside también en impedir que el poder económico convierta a grandes sectores sociales en poblaciones subordinadas, sometidas o descartables.

Veamos algunas de las líneas maestras que identificó como centrales para su movimiento político:

1.) “No somos enemigos del régimen democrático. Por el contrario, lo sostendremos y lo defenderemos en la medida de nuestras posibilidades y nos empeñaremos por fortalecerlo cada vez más dándole contenido económico. Creemos sinceramente que cualquier movimiento político-social que se desenvuelva con honradez en Costa Rica y que pretendiera ir más allá del auténtico régimen democrático, estaría en este momento fuera de nuestra realidad”.

2.) “Nos oponemos resueltamente al trasplante a nuestro país de fórmulas que no calcen en nuestra realidad económica, social y política. Declaramos que los problemas de nuestro país deben resolverse a la luz de un estudio concienzudo y serio de nuestras características nacionales”.

3.) “No tenemos como entidad social credo religioso ni antirreligioso. Los propósitos de persecución a la religión católica que se nos atribuyen son completamente falsos. La lucha social ha tenido el carácter de lucha anticlerical en otros países, porque en ellos el clero ha sido y es terrateniente. Pero en Costa Rica, donde no lo es, ninguna lucha tiene que librar el Partido Comunista contra los señores sacerdotes”.

4.) “No somos enemigos de las grandes y nobles tradiciones nacionales. Antes bien, las respetamos y nos sentimos más ligados a ellas que muchos de los que nos atacan bajo los estandartes de un falso patriotismo”.

5.) “No somos enemigos de la pequeña propiedad, sino de la propiedad que se forma, precisamente, mediante la eliminación de la primera y mediante el robo en sus diferentes aspectos. Con respecto a esa gran propiedad nunca hemos pensado tampoco que pueda suprimirse en tanto el capitalismo se mantenga en los Estados Unidos. Pero sí creemos que puede limitarse y reglamentarse en beneficio del pueblo”.

6.) “No somos enemigos de la familia, sino, por el contrario, creemos que la familia debe dotarse de elementos económicos que le den verdadero sentido humano. Creemos que la miseria es la gran desintegradora de hogares”.

7.) “Somos enemigos decididos del crimen y del terror como sistema de lucha social. Creemos únicamente en la acción de las masas preparadas y organizadas, como medio eficaz de combate”.

No debe sorprender, entonces, que Mora Valverde apelara directamente a las consignas centrales de la Revolución francesa y las interpretara como una promesa democrática todavía inconclusa en Costa Rica:

Pero yo pregunto, ¿la libertad, la igualdad, la fraternidad son realidades tangibles dentro de [estas] sociedades liberales? Indiscutiblemente que no. […] ¿Por qué? Porque ninguna conquista social puede ser efectiva si carece de contenido económico. (…) En una sociedad de riqueza desequilibrada, de privilegios y compadrazgos, la libertad en el amplio sentido de la palabra es cierta para los que tienen dinero y no lo es para los que carecen de él. (…) Todo esto quiere decir que, mientras los postulados de la democracia liberal no tengan contenido económico, esos postulados serán esqueleto sin vida”. [Entiendo, por ello, que] “el socialismo es igual al liberalismo más la democracia económica”.

La libertad política requiere, por tanto, bases materiales comunes de dignidad para toda la ciudadanía. Requiere educación y salud pública, derechos laborales efectivos, instituciones sociales fuertes y límites democráticos al poder económico concentrado. Sin comunidad política, sin solidaridad social y sin límites al poder oligárquico, la democracia termina vaciándose desde dentro.

En Mora Valverde parecen converger dos tradiciones políticas distintas pero complementarias: por un lado, el ideal republicano de una ciudadanía libre de dominación arbitraria; por otro, la convicción socialista de que la igualdad material constituye una condición necesaria para que esa libertad sea efectivamente ejercida y disfrutada por las mayorías.

Muy lejos de la violencia política o de experiencias autoritarias extravagantes, las ideas que Mora Valverde anticipa en estos pasajes revelan una concepción profundamente costarricense de transformación democrática: popular, institucional y republicana.

De todo ello parece desprenderse que la mejor tradición del socialismo costarricense no constituye una anomalía antidemocrática, como frecuentemente sostienen los discursos de la nueva derecha criolla. En cambio, es una de las corrientes que más tempranamente intentó ampliar la promesa social, popular y republicana de la democracia costarricense. Parte importante de ese legado institucional y político todavía está presente en la Costa Rica contemporánea..

Fuente de los pasajes: Merino del Río, José. Manuel Mora y la democracia costarricense: viaje al interior del Partido Comunista. Heredia, Costa Rica: Editorial Fundación UNA, 1996, 49-57,

https://www.teletica.com/65-aniversario/manuel-mora-un-lider-dedicado-a-la-justicia-social_385839

Concejo Municipal de Montes de Oca reitera oposición al proyecto de apertura del mercado eléctrico

El pasado lunes 25 de mayo del 2026, el Concejo Municipal de Montes de Oca aprobó la reiteración de un acuerdo adoptado originalmente en el año 2024, mediante el cual manifiesta nuevamente su oposición al proyecto de ley de apertura y “armonización” del mercado eléctrico nacional actualmente en discusión en la Asamblea Legislativa y reafirma su apoyo al modelo eléctrico solidario de Costa Rica.

Mediante este acuerdo, el Concejo Municipal solicita respetuosamente a las señoras diputadas y señores diputados de la Asamblea Legislativa de Costa Rica archivar dicha iniciativa legislativa, al considerar que representa una amenaza para el modelo eléctrico solidario, público y ambientalmente sostenible que históricamente ha caracterizado a Costa Rica.

El acuerdo reafirma el respaldo del gobierno local de Montes de Oca al sistema eléctrico nacional construido sobre principios de solidaridad, universalidad, planificación pública y acceso equitativo a la energía, modelo que ha permitido al país alcanzar altos niveles de cobertura eléctrica y una matriz predominantemente renovable.

Asimismo, el Concejo Municipal expresa su preocupación por los posibles impactos sociales, ambientales y económicos derivados de la fragmentación y liberalización del sistema eléctrico nacional, incluyendo riesgos para la protección de los recursos hídricos, el aumento de desigualdades territoriales y el debilitamiento del papel estratégico de las instituciones públicas del sector.

El gobierno local de Montes de Oca hace un llamado a fortalecer, modernizar y defender el sistema eléctrico costarricense desde una visión de interés público, sostenibilidad ambiental y justicia social, y no desde esquemas de mercantilización que puedan comprometer la soberanía energética del país.

Finalmente, el Concejo Municipal reitera su compromiso con la defensa de los servicios públicos esenciales, la transición energética justa y la protección del patrimonio ambiental y social de Costa Rica.

Información para SURCOS de M.Sc. Jorge Mora Portuguez, regidor, Municipalidad de Montes de Oca.

Sobre la política exterior de Costa Rica y la subordinación a intereses ajenos

Manifiesto del Instituto Sindical de Formación Política

El Instituto Sindical de Formación Política, en ejercicio de su compromiso con la defensa de la soberanía nacional, la justicia social y la dignidad de los pueblos, declara lo siguiente:

1. Costa Rica y su tradición pacifista

Costa Rica abolió su ejército en 1948, convirtiéndose en referente mundial de paz y desarme. Sin embargo, en los últimos años, nuestra política exterior ha mostrado una peligrosa contradicción: se han firmado propuestas de interacción militar continental que responden a la agenda de la llamada “Gran Norteamérica”, debilitando la esencia de nuestra tradición pacifista y democrática.

2. Subordinación a la política exterior de Estados Unidos

La política exterior costarricense se ha alineado de manera acrítica con los intereses de Estados Unidos, incluso en situaciones que la mayoría de países del mundo han condenado:

  • La tragedia humanitaria en Gaza, frente a la cual Costa Rica no ha matizado ni denunciado las violaciones de derechos humanos.
  • El bloqueo económico contra Cuba, rechazado año tras año por la Asamblea General de la ONU, pero aún respaldado por nuestro gobierno.
  • La guerra contra Irán, donde Costa Rica guardó silencio ante el bombardeo de escuelas e instalaciones civiles, y más bien expresó apoyo al gobierno de Donald Trump.

3. La herencia de la “república bananera”

Los trabajadores bananeros costarricenses, en sus huelgas históricas contra la United Fruit Company, llamaban “cipayos” a los capataces que se sometían a los dictados de la transnacional. Hoy, esa memoria nos interpela: seguimos comportándonos como una república bananera, subordinando nuestra política exterior a intereses ajenos, en detrimento de nuestra soberanía y de los derechos de nuestro pueblo.

4. Consecuencias económicas y sociales

Las decisiones temerarias de apoyar aventuras militares han derivado en crisis geopolíticas y energéticas, con efectos inflacionarios que golpean directamente a los trabajadores y consumidores costarricenses. El alza de los combustibles es prueba tangible de cómo la subordinación política se traduce en sufrimiento económico para la ciudadanía.

5. Responsabilidad de los gobernantes

Mandatarios como Rodrigo Chaves y Javier Milei, actuando como acólitos de Trump y Netanyahu, fueron de los pocos en el mundo en respaldar acciones irresponsables que hoy nos afectan a todos. La política exterior no puede ser un espacio de improvisación ni de servilismo, sino de defensa firme de los intereses nacionales y de los principios de paz que nos distinguen.

DECLARACIÓN FINAL

Costa Rica debe recuperar una política exterior independiente, soberana y solidaria, que:

  • Defienda los derechos humanos en todo contexto, sin selectividad ni subordinación.
  • Rechace bloqueos y agresiones contrarias al derecho internacional.
  • Honre nuestra tradición pacifista y de abolición del ejército.
  • Ponga en el centro los intereses de los trabajadores y de la ciudadanía, no los dictados de potencias extranjeras.

El Instituto Sindical de Formación Política llama a la reflexión crítica y a la acción organizada para que Costa Rica deje de comportarse como una república bananera y recupere su voz propia en el concierto de las naciones.

San José, mayo de 2026 Instituto Sindical de Formación Política

¡La huelga es un derecho, no un delito! Triunfo histórico de la clase trabajadora en la CIJ

Movimiento Trabajo Digno CR

Desde el Movimiento Trabajo Digno celebramos con profunda alegría y convicción de clase la histórica Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Se ha ratificado ante el mundo entero lo que la clase trabajadora sabe por experiencia propia: el Convenio 87 de la OIT protege implícita e inalienablemente el derecho a la huelga. Este no es un simple trámite burocrático de un tribunal lejano; contra la ofensiva del sector patronal internacional, que durante más de una década orquestó una campaña sistemática para desarmarnos. Intentaron usar el silencio literal del texto de 1948 para arrebatarnos nuestra herramienta más poderosa de presión, buscando que la «libertad sindical» significara únicamente el derecho a reunirnos pacíficamente mientras ellos seguían acumulando riqueza a costa de nuestra fuerza de trabajo y nuestra precarización.

Hoy, la CIJ les dice que no, que están equivocados. Hoy se reafirma que el capital no puede imponer sus reglas absolutas y que sin derecho a la huelga no existe una democracia real ni mucho menos una Justicia Social. A la luz de esta resolución, el panorama de Costa Rica queda claro:

Queda al desnudo la farsa de la Ley Anti Huelgas del Gobierno de Carlos Alvarado. Los sectores neoliberales representados por los partidos tradicionales y las cámaras empresariales nos impusieron la nefasta Ley 9808 para criminalizar la protesta, castigar económicamente al magisterio y amordazar a la clase trabajadora bajo el disfraz de los «servicios esenciales». A las juventudes que hoy enfrentamos el fraude de las plataformas digitales, los contratos basura y la flexibilización laboral, este fallo nos garantiza que el derecho a paralizar la producción para exigir condiciones dignas nos pertenece.

Es una validación moral y legal a cada docente, a cada persona trabajadora de la salud, y a cada militante que ha soportado estigmatización, intimidación y rebajos salariales por defender los servicios públicos y las instituciones de bienestar social pilares del Estado costarricense.

A las bases, a la militancia y a la clase trabajadora: Festejemos este hito histórico con la frente en alto. Hemos derrotado la arrogancia patronal en el plano internacional. Pero no olvidemos nunca que los derechos reconocidos en los tribunales de La Haya solo se vuelven realidad cuando los defendemos y los ejercemos en las calles, en los centros de estudio y en nuestros lugares de trabajo.

Vamos a usar este fallo internacional para exigir la derogatoria de toda legislación que mutile nuestra libertad sindical y nuestra libertad de convocar a huelgas cuando las condiciones lo ameriten. Vamos a traducir esta victoria en organización.

Roque Dalton en Costa Rica – El turno del ofendido

El 14 de mayo de 1935 nace en San Salvador, Roque Dalton García, poeta, periodista, ensayista, y novelista, quien con sus acciones, versos y palabras innovó la forma de creación en la literatura latinoamericana, siendo galardonado con múltiples premios, entre ellos el Casa de las Américas en 1969.

Dalton viajó por el mundo para aprender, conocer, estudiar, trabajar y vivir la gran parte de su vida como exiliado de su propio país, dominado por oligarquías, cuyo pensamientos de vanguardia, aniquilaban con crueldad, por temor al destapar y denunciar sus atroces prácticas.

Consecuente con sus versos, como «Poesía perdóname por haberte ayudado a comprender que no solo estás hecha de palabras» este escritor, demostró en su breve paso por este mundo con sus acciones que el arte sirve para transformar el mundo.

Al cumplirse noventa y un años de su nacimiento y cincuenta y un años de su partida con su asesinato. Consecuentes con esta labor por difundir la vida y obra del poeta, Ediciones Pentagrama celebra su existencia con el espectáculo poético, musical y audiovisual: El Turno del ofendido, con el guion y la dirección de Modesto López, fundador de la casa productora.

Este espectáculo escénico se ha adaptado y presentado en Argentina y México con artistas locales, en esta ocasión llega y se monta en Costa Rica con la participación musical de Karol Barboza, Wilson Arroyo y Manuel Monestel; así como con la narración de Mar Fernanda Schifani García y Randall Zúñiga Chinchilla.

En esta ocasión, se relata la vida y obra del artista, en un sentido homenaje, con imágenes de archivo, declamación y musicalización de sus poemas y canciones de artistas latinoamericanos como: Adrián Goizueta, Arturo Cipriano, Lázaro García, Luis Enrique Mejia Godoy, Manuel Monestel, Mario Rivas, Noel Nicola, Silvio Rodríguez, Víctor Heredia, Wilson Arroyo, entre otros.

Esperamos que con esta motivación se sientan invitados e invitadas para acompañarnos en esté homenaje a la vida de un poeta que nos motiva a seguir luchando por un mundo más justo y solidario.

Y para finalizar, les compartimos uno de los poemas que forman parte de esta puesta en escena, musicalizado por Manuel Monestel e interpretado por el grupo Cantoamérica, desde los años ochenta; un poema y una canción que nos motivan a disfrutar de la vida.

Como tú

Roque Dalton
Yo, como tú,
amo el amor, la vida,
el dulce encanto de las cosas,
el paisaje celeste de los días de enero.

También mi sangre bulle
y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.

Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como
el pan, de todos.

Y que mis venas no terminan en mí
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.

El turno del ofendido
espectáculo poético musical y audiovisual

Guion y dirección: Modesto López Producción EDICIONES PENTAGRAMA MX

¿Cuándo?:

viernes 22 y
sábado 23 a las 19 horas y el
domingo 24 de mayo a las 18 horas

Entrada:

₡8000 ocho mil colones (general)
₡6000 seis mil colones (adulto mayor y estudiante)

Reservaciones e adquisición de entradas: 8714 – 6784

¿Dónde?:

TeatrodeBolsillo CR

Calle 59 Avenida 0 – 1
San Pedro, San José, Costa Rica

Repensar el desarrollo de la explotación ilimitada sobre la sostenibilidad de la vida

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, la idea de desarrollo se identificó casi exclusivamente con el crecimiento económico sostenido, el aumento de la producción y la expansión constante de los mercados. Bajo esa lógica, el progreso de las sociedades se medía principalmente por indicadores cuantitativos como el crecimiento del PIB, el incremento del consumo o la expansión de la infraestructura material. Sin embargo, la crisis climática contemporánea ha puesto en evidencia las profundas limitaciones de ese paradigma. Cada vez resulta más claro que un modelo basado en el crecimiento ilimitado dentro de un planeta finito conduce inevitablemente a tensiones ecológicas, sociales y políticas de enorme magnitud.

La acumulación de emisiones de gases de efecto invernadero, la pérdida acelerada de biodiversidad, la degradación de océanos y bosques, la contaminación de fuentes de agua y la creciente frecuencia de fenómenos climáticos extremos son expresiones de una crisis sistémica que ya no puede interpretarse como un conjunto aislado de problemas ambientales. Se trata, más bien, de una crisis del modelo civilizatorio dominante, sustentado en patrones de producción y consumo intensivos en energía fósil, extracción desmedida de recursos naturales y profundas desigualdades sociales.

El Panel Intergubernamental de científicos sobre Cambio Climático, ha planteado limitar el calentamiento global mediante “transiciones rápidas, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”. No puedo compartir del todo esta afirmación, ya que en lo referente a “las transiciones rápidas” la vida nos está demostrando que, los cambios requeridos para menguar el calentamiento global del clima y remediar sus efectos devastadores, están tropezando con enormes resistencias de las élites y grupos económicos dominantes afines al modelo de acumulación extractivista y de producción de hidrocarburos.

Sin embargo, descartando lo expresado, esta afirmación posee una enorme relevancia conceptual, pues posteriormente introduce una idea fundamental: la transformación necesaria no consiste en un cambio súbito o instantáneo, sino en un proceso histórico complejo, gradual y acumulativo, compuesto por etapas económicas, tecnológicas, culturales y políticas. Ninguna sociedad modifica de manera inmediata sus estructuras productivas; mucho menos sus patrones culturales ni sus relaciones de poder. Incluso las transformaciones históricas más profundas han sido procesos prolongados, llenos de contradicciones, avances parciales, resistencias y retrocesos.

Por ello, la transición ecológica debe entenderse como un proceso de reconstrucción progresiva de las relaciones entre sociedad, economía y naturaleza. No se trata simplemente de sustituir unas fuentes energéticas por otras, ni de introducir reformas ambientales limitadas, sino de reorientar de manera gradual las prioridades colectivas hacia formas de organización compatibles con los límites ecológicos del planeta, con mayores niveles de justicia social y una transformación gradual pero constante de la cultura consumista y de las relaciones de poder en cada sociedad.

Subrayemos la idea de las etapas.

En una primera etapa, probablemente ya en curso, las sociedades comienzan a reconocer la magnitud de la crisis ambiental y la imposibilidad de sostener indefinidamente el modelo actual. Esta fase se caracteriza por una creciente conciencia pública, el desarrollo de acuerdos internacionales, la presión de movimientos sociales y científicos, así como por la aparición de políticas destinadas a reducir emisiones, proteger ecosistemas estratégicos y promover energías renovables. Sin embargo, esta etapa inicial convive todavía con fuertes inercias económicas y políticas que continúan favoreciendo actividades altamente contaminantes.

De ahí que la transición aparezca marcada por profundas contradicciones. Mientras numerosos países anuncian metas de descarbonización, continúan expandiéndose actividades extractivas, megaproyectos energéticos, explotación petrolera y patrones de consumo intensivo. En muchos casos, incluso las políticas llamadas “verdes” terminan subordinadas a la lógica del mercado y de la rentabilidad inmediata. La llamada economía verde, cuando no cuestiona las estructuras profundas de desigualdad y sobreexplotación, corre el riesgo de convertirse únicamente en una adaptación superficial del mismo modelo que originó la crisis.

En una segunda etapa del proceso podrían consolidarse transformaciones estructurales más profundas. Entre ellas destacan la progresiva reducción de la dependencia de combustibles fósiles, la reorganización de sistemas de transporte, nuevas formas de planificación urbana, la expansión de economías circulares y el fortalecimiento de regulaciones ambientales más estrictas. Esta fase supondría además una redefinición del papel del Estado, ya no como simple facilitador de mercados, sino como actor estratégico en la protección de bienes comunes esenciales como el agua, los bosques, la biodiversidad y los sistemas energéticos.

Sin embargo, incluso estas transformaciones resultarían insuficientes si no van acompañadas de cambios culturales y éticos de largo alcance. La crisis climática no es solamente una crisis tecnológica o económica; es también una crisis de valores, prioridades y concepciones sobre el bienestar humano. Durante décadas se promovió una cultura basada en el consumo ilimitado, la competencia permanente y la identificación del éxito con la acumulación material. La transición ecológica exige necesariamente una revisión crítica de esos patrones culturales.

En consecuencia, una tercera etapa del proceso histórico podría estar asociada a transformaciones más profundas en la conciencia social y en la manera de comprender la relación entre humanidad y naturaleza. Esto implicaría avanzar hacia sociedades capaces de valorar más la cooperación que la competencia extrema, más la sostenibilidad colectiva que el beneficio inmediato, y más la preservación de la vida que la expansión ilimitada del consumo. Tales cambios culturales suelen desarrollarse lentamente, a lo largo de generaciones, mediante procesos educativos, transformaciones institucionales y nuevas experiencias sociales.

Todo ello permite comprender que la lucha contra el cambio climático no puede plantearse como una expectativa de soluciones instantáneas. La idea de una transformación repentina no solo resulta históricamente improbable, sino potencialmente peligrosa, porque desconoce la complejidad de las sociedades contemporáneas y las resistencias estructurales existentes. Los procesos de transición requieren estabilidad política, construcción gradual de consensos, desarrollo científico, innovación tecnológica y mecanismos que permitan reducir los costos sociales de las transformaciones necesarias.

Esto adquiere especial importancia en regiones como Centroamérica y América Latina, donde las desigualdades históricas limitan la capacidad de adaptación de amplios sectores de la población. En sociedades marcadas por pobreza, empleo informal y fragilidad institucional, las políticas climáticas solo podrán consolidarse si logran articular sostenibilidad ambiental con justicia social. De lo contrario, existe el riesgo de que la transición sea percibida como una carga adicional para sectores ya vulnerables.

La discusión sobre el desarrollo sostenible surge precisamente dentro de estas tensiones. Aunque el concepto ha contribuido a incorporar la dimensión ambiental en las políticas públicas internacionales, también presenta importantes ambigüedades. En muchos discursos oficiales, la sostenibilidad aparece reducida a la idea de “hacer más eficiente” el mismo modelo económico existente, sin cuestionar suficientemente sus fundamentos estructurales. Sin embargo, la magnitud de la crisis ecológica actual obliga a reconocer que no basta con administrar mejor los daños; resulta indispensable replantear gradualmente las bases mismas del modelo de desarrollo.

Ello no significa renunciar al bienestar humano ni al progreso científico y tecnológico. Por el contrario, implica redefinir el sentido del progreso, orientándolo hacia la satisfacción equilibrada de necesidades humanas reales, la reducción de desigualdades y la preservación de las condiciones ecológicas que hacen posible la vida. El desafío consiste en construir un proceso de transición capaz de combinar sostenibilidad ambiental, cohesión social y estabilidad democrática mediante el combate a la desigualdad social y la lucha contra pobreza.

En este contexto, la crisis climática representa simultáneamente una amenaza y una oportunidad histórica. Amenaza, porque la continuidad del modelo actual puede conducir a escenarios de creciente deterioro ambiental, conflictos sociales y desplazamientos humanos masivos. Pero también oportunidad, porque obliga a las sociedades a replantear críticamente sus prioridades y a imaginar formas distintas de convivencia económica, política y cultural.

La transición ecológica, entendida como proceso histórico, no avanza de manera lineal ni homogénea. Habrá retrocesos, resistencias y disputas entre distintos intereses sociales y económicos. Algunas transformaciones se acelerarán; otras encontrarán enormes obstáculos. Pero precisamente por tratarse de un proceso prolongado, la construcción de nuevas formas de desarrollo dependerá de la capacidad de las sociedades para sostener políticas públicas, acuerdos internacionales, innovaciones tecnológicas y cambios culturales durante largos períodos históricos.

En última instancia, la verdadera discusión contemporánea no gira únicamente en torno a cómo enfrentar el cambio climático, sino alrededor del tipo de civilización que la humanidad desea construir en las próximas décadas. Y esa discusión, lejos de resolverse mediante rupturas instantáneas, se desarrollará necesariamente como un proceso histórico complejo, gradual y profundamente humano.

La crisis del mercado desregulado y los límites del crecimiento ilimitado

La crisis climática contemporánea obliga también a revisar críticamente algunos de los supuestos fundamentales sobre los cuales se organizó el modelo de desarrollo dominante durante las últimas décadas. Durante mucho tiempo prevaleció la idea de que la expansión continua de los mercados, acompañada por el crecimiento económico permanente, conduciría automáticamente al bienestar colectivo. Sin embargo, la experiencia histórica reciente ha mostrado que los mercados desregulados tienden con frecuencia a producir fuertes concentraciones de riqueza, ampliación de desigualdades sociales y crecientes presiones sobre los ecosistemas.

En este contexto, la discusión sobre sostenibilidad ya no puede limitarse únicamente a cómo hacer “más eficiente” el crecimiento económico tradicional. El problema de fondo reside en que un modelo basado en la acumulación permanente y el consumo ilimitado encuentra inevitablemente límites ecológicos dentro de un planeta finito.

La crisis ecológica contemporánea no constituye simplemente una falla ambiental aislada ni un accidente pasajero del sistema económico. Expresa más bien las consecuencias históricas de un modelo civilizatorio sustentado en la extracción intensiva de recursos naturales, la expansión permanente de la producción, el hiperconsumo y la creciente mercantilización de la naturaleza.

Durante décadas, amplios sectores del pensamiento económico consideraron los recursos naturales como bienes prácticamente inagotables o subordinados a la lógica de rentabilidad inmediata. Bosques, ríos, océanos, minerales y ecosistemas completos fueron frecuentemente concebidos únicamente como instrumentos para el crecimiento económico, sin tener en cuenta sus límites ecológicos, ni sus funciones esenciales para el sostenimiento de la vida.

Esta lógica de explotación ilimitada se vio además acelerada por patrones culturales orientados hacia el consumo permanente. En numerosas sociedades contemporáneas, el bienestar comenzó a identificarse cada vez más con la acumulación material, el incremento constante del consumo y la expansión de estilos de vida altamente intensivos en energía y recursos naturales no renovables.

Sin embargo, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de suelos, la contaminación de fuentes hídricas y la creciente frecuencia de fenómenos extremos evidencian que ese modelo enfrenta límites históricos y ecológicos cada vez más visibles.

Por ello, la transición ecológica requiere no solo innovaciones tecnológicas, sino también nuevas formas de regulación democrática, planificación pública y cooperación internacional capaces de armonizar producción, equidad social y sostenibilidad ambiental. La magnitud de la crisis climática difícilmente podrá enfrentarse dejando exclusivamente en manos de las dinámicas espontáneas del mercado decisiones que afectan el equilibrio ecológico global y las condiciones mismas de reproducción de la vida humana.

Transición ecológica y justicia social

La crisis climática y ecológica no afecta a todas las sociedades ni a todos los sectores sociales de la misma manera. Sus impactos se distribuyen de forma profundamente desigual tanto entre países como dentro de cada sociedad.

Las poblaciones más pobres suelen enfrentar mayores niveles de vulnerabilidad ambiental debido a múltiples factores acumulativos: menor acceso a infraestructura adecuada, precariedad habitacional, dependencia directa de recursos naturales no renovables, debilidad de sistemas de protección social y menores capacidades económicas de adaptación frente a fenómenos extremos.

En numerosas regiones rurales de América Latina, sequías prolongadas, degradación de suelos e irregularidades en los ciclos de lluvia afectan directamente la producción agrícola y la seguridad alimentaria de millones de personas. De igual forma, muchas comunidades costeras enfrentan riesgos crecientes derivados del aumento del nivel del mar, la erosión costera y la alteración de ecosistemas marinos.

Las desigualdades ambientales también se manifiestan claramente dentro de las grandes ciudades latinoamericanas. Mientras ciertos sectores urbanos cuentan con acceso relativamente favorable a servicios públicos, infraestructura, áreas verdes y condiciones ambientales más seguras, millones de personas habitan zonas expuestas a contaminación, inundaciones, escasez de agua potable o alta vulnerabilidad frente a desastres naturales.

Ello revela que la crisis ecológica posee una dimensión profundamente social y territorial. No se trata únicamente de proteger ecosistemas abstractos, sino también de comprender cómo los deterioros ambientales afectan de manera diferenciada a distintos grupos humanos.

Por esta razón, la sostenibilidad ambiental no puede separarse de la justicia social. La transición ecológica exige reducir simultáneamente las emisiones contaminantes y las profundas desigualdades económicas, territoriales y sociales que caracterizan a la inmensa mayoría de las sociedades contemporáneas, por no decir a todas.

De lo contrario, existe el riesgo de que las políticas climáticas sean percibidas como cargas adicionales impuestas precisamente sobre los sectores más vulnerables, debilitando así la legitimidad social de las transformaciones necesarias.

La crisis de los océanos y los límites del modelo industrial

Uno de los impactos más graves y menos visibles del modelo de desarrollo contemporáneo se manifiesta en los océanos. Durante décadas, mares y costas fueron utilizados como espacios de vertido para residuos industriales, plásticos, aguas contaminadas y desechos químicos producidos por las actividades humanas.

A ello se suman los derrames petroleros asociados a la extracción y transporte de hidrocarburos, cuyos efectos sobre los ecosistemas marinos pueden prolongarse durante décadas, afectando especies, cadenas alimenticias y economías costeras enteras.

La acumulación masiva de plásticos en océanos constituye hoy una amenaza global de enormes proporciones. Fragmentos microscópicos de plástico han sido detectados no solo en especies marinas, sino también en cadenas alimenticias que alcanzan directamente a las poblaciones humanas.

Paralelamente, el calentamiento global está alterando aceleradamente los sistemas oceánicos. El aumento de la temperatura de las aguas y los procesos de acidificación oceánica están afectando arrecifes coralinos, manglares, ecosistemas costeros y zonas fundamentales para la reproducción pesquera.

Todo ello evidencia que la crisis ecológica contemporánea no afecta únicamente bosques y territorios terrestres. Los océanos forman parte esencial del equilibrio climático planetario y desempeñan funciones fundamentales en la regulación térmica, la absorción de carbono y la preservación de biodiversidad.

La degradación de los sistemas marinos constituye así otro indicador de los límites históricos de un modelo industrial y energético basado durante décadas en la explotación intensiva de recursos naturales y combustibles fósiles.

Transformación cultural, democracia y sostenibilidad de la vida

Las transformaciones tecnológicas, energéticas y económicas resultarán insuficientes si no van acompañadas de cambios culturales y éticos más profundos. La sostenibilidad no puede limitarse únicamente a modificar la relación entre ser humano y naturaleza; también exige revisar críticamente las relaciones entre los propios seres humanos.

Las sociedades contemporáneas enfrentan múltiples formas de discriminación, exclusión y dominación incompatibles con una cultura verdaderamente democrática y sostenible. Las desigualdades étnicas, religiosas, ideológicas y de género, así como las diversas formas de discriminación dirigidas contra personas con distintas identidades u orientaciones sexuales, expresan relaciones de subordinación que debilitan la convivencia democrática y la cohesión social.

La construcción de sociedades sustentables implica reconocer la dignidad humana en toda su diversidad. De la misma manera que la crisis ecológica obliga a superar una relación depredadora con la naturaleza, también exige avanzar hacia relaciones humanas basadas en el respeto, la inclusión, la cooperación y la convivencia plural.

En este sentido, la sostenibilidad constituye no solo un desafío ambiental y económico, sino también un proyecto ético y civilizatorio orientado hacia la defensa integral de la vida.

La crisis ecológica y climática forma parte, en última instancia, de una crisis más amplia de las relaciones de dominación: dominación sobre la naturaleza, sobre pueblos y culturas, sobre sectores pobres, sobre minorías, en particular sobre personas con discapacidad y adultos mayores; con demasiada frecuencia, del hombre sobre la mujer, sobre territorios y sobre diversas formas de vida.

Por ello, la transición ecológica no puede entenderse únicamente como un problema técnico de gestión ambiental. También involucra discusiones sobre democracia, justicia social, pluralismo, derechos humanos y formas de convivencia colectiva.

Precisamente por tratarse de transformaciones tan profundas, estos cambios difícilmente ocurrirán de manera inmediata. Formarán parte de procesos históricos prolongados, llenos de tensiones, resistencias y avances graduales. Pero en esa construcción lenta y compleja podría comenzar a definirse una nueva concepción del desarrollo centrada no en la expansión ilimitada del consumo, sino en la sostenibilidad integral de la vida.

Panel analizará vigencia y actualidad del pensamiento de José Martí

El programa Alternativas, elaborado por el Colectivo Reflexión–Acción, realizará el próximo 8 de mayo de 2026 el panel “Vigencia y actualidad del pensamiento de José Martí”, un espacio dedicado a reflexionar sobre el legado político, filosófico y cultural del pensador y luchador independentista cubano.

La actividad contará con la participación de Miguel Alvarado, profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica (UCR), exdirector de la Sede del Pacífico y excoordinador de la Cátedra José Martí de Costa Rica; Rodrigo Leopoldino, doctor en Filosofía por la Universidad Federal de Pernambuco, Brasil; Matías Arguedas Vargas, estudiante y militante político; y Luis Ángel Salazar Oses “Panga”, profesor jubilado de Filosofía y Educación de la UCR y la UNED.

El panel se transmitirá en vivo el 8 de mayo a las 18:00 horas (-6 UTC) mediante Facebook Live, YouTube y Spotify, como parte de las emisiones del programa Alternativas.

La iniciativa cuenta además con el apoyo de emisoras aliadas como Guanacaste 106.1 FM, Radio Soberanía, Radio Revolución, 506 Ondas Alajuelita y Radio Voces Libertarias.

El conversatorio propone abrir un espacio de análisis sobre la actualidad del pensamiento martiano en temas como la soberanía, la justicia social, la educación, la integración latinoamericana y las luchas emancipadoras de los pueblos.

El fondo del debate —y la tentación de ignorarlo

Glenm Gómez Álvarez, Pbro.

A una semana exacta de dejar su cargo —salvo que la política, siempre creativa, disponga lo contrario— y en pleno debate sobre el Acuerdo Transpacífico, don Manuel Tovar Rivera, ministro de Comercio Exterior, ha salido al paso de la homilía de monseñor José Rafael Quirós, arzobispo de San José, pronunciada el pasado 1 de mayo, día de San José Obrero; una intervención en la que el prelado se limita —con puntual fidelidad— a citar los planteamientos de la más reciente carta pastoral del episcopado costarricense.

Hasta aquí, todo podría pasar por una anécdota más del siempre picante — y selectivamente distraído— debate público. Pero asoma una duda básica: ¿Se entendió de dónde provenía realmente esa posición, o resulta más cómodo responder como si fuera la opinión aislada de alguien que, casualmente, no figura en la lista de afinidades… y, por tanto, puede despacharse sin mayor trámite?

La precisión importa. El 28 de abril de 2026, la Conferencia Episcopal de Costa Rica publicó la carta pastoral colectiva “La paz esté con ustedes”. Se trata de un documento colegiado, fruto del discernimiento conjunto de los obispos del país.

Por tanto, cuando el arzobispo Quirós citó —incluso textualmente—no estaba elaborando una postura propia paralela, sino haciendo presente una voz compartida y publicada.

Aquí asoma la duda inevitable: si el ministro no estaba informado de una carta pastoral- entiéndase el mensaje público de un actor social con enorme presencia- que abordaba asuntos directamente vinculados a su despacho, quizá convendría revisar con cierta urgencia los canales de comunicación de su propio ministerio; y si sí lo estaba, entonces la omisión resulta todavía más… reveladora. En ambos casos, el carácter colegiado se esfuma con facilidad y el debate se reconduce hacia una personalización que, casualmente, siempre termina simplificando lo que en realidad es bastante más complejo.

La Iglesia tiene el derecho y el deber de manifestarse. El Compendio de la Doctrina Social lo establece con claridad: “La Iglesia tiene el derecho y el deber de emitir un juicio moral, incluso sobre materias económicas y sociales, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.” (CDSI n. 81)

Es decir, no se trata de sustituir a los políticos o a los técnicos, sino de iluminar las implicaciones humanas de sus decisiones.

En esa misma línea, el papa León XIV ha insistido recientemente en que la fe no puede reducirse a un ámbito abstracto. En palabras que condensan este llamado:

“No puede haber verdadera fe donde se tolera la injusticia; la oración que no se traduce en justicia pierde su verdad.”

Cuando una política de corte económico incide en la dignidad de las personas, en el trabajo o en la equidad social, deja de ser un asunto exclusivamente técnico. Entra en el terreno moral.

Lo que vemos no es exclusivo del contexto costarricense. Días atrás, J. D. Vance —cercano al entorno político de Donald Trump— cuestionó al Papa León XIV por pronunciarse sobre temas que cruzan teología y política, sugiriendo que se limitara a lo “moral”, mientras defendía al mismo tiempo categorías como la “guerra justa”.

El paralelismo es significativo: se acepta la voz moral… siempre que no se traduzca en consecuencias concretas.

Volviendo al caso nacional, la cuestión sigue abierta: Si el arzobispo está citando un documento colegiado, ¿se está considerando adecuadamente ese contexto al responder? ¿Se trata de un simple desfase en la comunicación? ¿O hay una incomodidad más profunda cuando la Iglesia desciende del plano general al concreto?

Y aún más: si se cuestiona la intervención de la Iglesia Católica en asuntos públicos, ¿se aplica ese mismo rasero a todos los actores religiosos por igual… o hay objeciones que aparecen con una selectividad bastante oportuna?

Aquí ya no estamos ante un simple matiz, sino ante una cuestión de fondo. El país necesita un debate serio sobre su política comercial, pero ese debate pierde calidad cuando no se reconoce con precisión el derecho a manifestarse… y desde qué lugar se hace.

A diferencia de otros sectores religiosos en Costa Rica, la Iglesia no interviene como actor técnico ni como grupo de presión política. Interviene desde una responsabilidad moral que, precisamente, le impide guardar silencio frente a estructuras que pueden derivar en injusticia.

Al final, el debate no será ni técnico ni retórico, sino profundamente humano. Y es precisamente ahí donde los criterios dejan de ser abstractos, pues, como recuerda el Evangelio, el juicio no se juega en discursos, sino en realidades concretas: “Tuve hambre y me diste de comer…” (Mt 25,35).

Arzobispo de San José llama a fortalecer la justicia social, el trabajo digno y la defensa de la seguridad social

En su mensaje con motivo del Día Internacional del Trabajo, Mons. José Rafael Quirós Quirós hizo un llamado a construir una sociedad más justa y solidaria, inspirada en los valores del Evangelio y el ejemplo de San José Obrero. Señaló los desafíos actuales que enfrenta el país, como el desempleo, la pobreza, la violencia, la crisis de valores y las amenazas al sistema de seguridad social, especialmente a la Caja Costarricense del Seguro Social. El arzobispo destacó la urgencia de fortalecer el diálogo, promover el trabajo digno, atender a los sectores más vulnerables —incluyendo jóvenes, mujeres, agricultores y poblaciones costeras— y garantizar políticas públicas orientadas al bien común, la equidad y la dignidad humana.

SURCOS comparte el mensaje:

San José Obrero
1º de mayo de 2026

Mons. José Rafael Quirós Quirós

Queridos hermanos:

Hemos sido convocados hoy para celebrar la memoria litúrgica de San José Obrero, fecha en que también se celebra el Día Internacional del Trabajo, damos gracias a Dios que hace partícipe al ser humano en la obra transformadora de la creación, donde su voluntad es que todo conduzca a la plenitud. Lo que implica humanización y justicia social. Nos encontramos como una sola familia en el Santuario Nacional San José, y les recibimos a todos ustedes que representan la riqueza de expresiones del trabajo humano.

La Pascua es un tiempo litúrgico que fortalece nuestra fe en Cristo Resucitado, que convierte la tristeza en alegría y el temor en valentía, que hace brillar la luz del amor desplazando la oscuridad del odio, y rompe las cadenas de la muerte para proclamar la vida plena. El Señor Resucitado es la fuerza transformadora que permite que el bien venza al mal y que, entre todos, aun con diferentes formas de pensar, construyamos la fraternidad en aras del bien común y la solidaridad.

Nuestros tiempos demandan creyentes, como San José, que más allá del uso de palabras hablen por sus acciones. El silencio de San José trascendió las palabras, por lo que hizo y vivió. Así, para todo padre de familia y trabajador, el humilde carpintero sigue siendo ejemplo de virtudes, hombre justo, fiel y prudente servidor de la voluntad de Dios.

San José realizó su proyecto de vida, personal y familiar, apegado siempre a la voluntad de Dios, tarea nada fácil para aquel que amó a Jesús con corazón de padre.

Escuchamos cómo el Apóstol San Pablo exhorta a los Colosenses a tener “por encima de todo, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”. De manera que, “la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo” (cfr. Col 3,14-15.17).

Como sociedad, vivimos un tiempo marcado por numerosos desafíos, muchos de los cuales son profundamente alarmantes y pueden resultar abrumadores. Estos problemas no solo nos afectan a nosotros individualmente, sino también a nuestras familias y comunidades. Nos enfrentamos a una crisis cultural que afecta nuestra escala de valores, buenas costumbres y tradiciones, que abarca desde la falta de respeto por la verdad, la justicia y la vida, hasta la proliferación de la violencia y el destructivo narcotráfico y su perverso negocio, que ha llevado a altos niveles de criminalidad.

No podemos quedarnos indiferentes ante el empobrecimiento de muchos hermanos, la falta de oportunidad laboral para una cantidad importante de costarricenses especialmente jóvenes y mujeres, y otras situaciones que nos entristecen, pero del Señor recibimos consuelo, así como lo hizo con José.

En medio de la incertidumbre que enfrentamos, es comprensible sentir desánimo y preocupación, cuánto más al ver la expansión de la «cultura de la muerte»; a saber, esa mentalidad que promueve y perpetúa la destrucción de la vida humana en todas sus formas, desde la promoción del aborto y la eutanasia, así como la indiferencia hacia la dignidad y el valor de cada persona.

La fe en el Resucitado nos fortalece y nos sostiene en los momentos difíciles. Aunque el pecado y el mal estén presentes, como país, la esperanza y el amor son nuestra fuerza poderosa, pues la fe no se limita a conceptos intelectuales, sino que es la fuerza que guía y dinamiza toda transformación.

Es desde nuestra fe que, en nuestra reciente Carta Pastoral Colectiva, “¡La paz este con ustedes!, los Obispos de la Conferencia Episcopal, abrimos una ventana para mirar parte de la realidad social, política, económica, ambiental y de aspectos culturales en nuestro país.

Señalamos, cómo: “pese a que se ha logrado una disminución en las cifras de personas sin trabajo, aún se mantienen 154 mil costarricenses sin un empleo formal. De igual manera, es preocupante que según los últimos datos oficiales 42.829 mil personas se mantienen en trabajo informal sin cobertura de seguridad y garantías sociales plenas” (cfr. # 42).

Un aspecto a tomar en consideración es que, a mayor índice de empleo formal, habrá mejor estabilidad financiera para el régimen de salud, y del seguro de Invalidez Vejez y Muerte de la Caja.  No podemos perder de vista que la Seguridad Social protege solidariamente a sus habitantes garantizando el acceso a la asistencia médica como derecho humano a la salud.

La Caja, patrimonio histórico social de todos los costarricenses, ha definido los principales rasgos de nuestra identidad; tales como la atención a los adultos mayores, a las personas con discapacidad, en general a los más vulnerables.

Históricamente la Iglesia en nuestro país ha sido una firme promotora y defensora de la dignidad humana y del bienestar de los más desfavorecidos. Durante los años en que se gestaron los cimientos de la Caja Costarricense del Seguro Social, la Iglesia Católica levantó su voz a favor de un sistema de salud pública, que reflejara el espíritu de fraternidad contenido en el Evangelio y sus valores: amor al prójimo, justicia social, bien común y cuidado de los más vulnerables. Hoy escuchamos resonar la voz de Mons. Víctor Sanabria en esta Institución.

En orden al fortalecimiento de nuestra democracia, señalo cómo la Caja contribuye positivamente a equilibrar las desigualdades sociales, promoviendo una mayor cohesión y paz social. Un país donde todos tienen acceso a servicios de salud y protección básica es un país que se construye sobre la justicia y la equidad.

No puedo dejar de señalar también que la Caja enfrenta en la actualidad momentos difíciles y grandes desafíos, tal como lo afirmamos los obispos: “Es alarmante e inmoral que algunos quieran socavar la estabilidad a largo plazo de nuestro sistema de Seguridad Social o se sirvan de él para cometer casos de corrupción de toda índole” (Carta Pastoral, n. 60).

Es una exigencia de justicia dar respuesta a la lista de pacientes que requieren atención médica inmediata, no podemos permitir el dolor y angustia no solamente del paciente sino de sus familiares, de ahí que también, el desembolso de la deuda estatal con la Caja se hace urgente. Aquí tenemos como país una gran oportunidad para dar testimonio de amor al prójimo en torno al bien común y reconociendo la dignidad del enfermo, viendo en él, el rostro vivo de Cristo que sufre.

Respecto a los agricultores y a la situación que han venido enfrentando desde hace algunos años, reafirmo lo manifestado en nuestra Carta Pastoral ya mencionada: “La estabilidad del sector agrícola nacional garantiza la  disponibilidad de alimentos, primer componente de la seguridad alimentaria que no puede quedar limitada al mercado internacional, porque su oferta y precios pueden volverse inestables o inaccesibles por causas climáticas, políticas, sanitarias, logísticas o especulativas, entre otras. Aunque es casi imposible alcanzar una seguridad alimentaria totalmente basada en la producción interna, un país como Costa Rica sí puede y debe reducir al máximo su dependencia de los alimentos básicos exteriores. Es posible, además, que el país, mediante medidas legislativas, blinde sus políticas agroalimentarias frente a presiones e intromisiones externas. Esto es lo que se denomina «soberanía alimentaria» (cfr. # 44).

Por tanto, no cabe duda de que “es necesario fortalecer el diálogo en los temas que los agricultores han querido proponer al Gobierno de la República y al Poder Legislativo como: «la determinación de una política cambiaria que respalde la producción nacional y su competitividad», «la suspensión inmediata de la importación masiva y sin controles de productos agrícolas». (Igualmente), «la suspensión inmediata de la aplicación del Decreto de Trazabilidad (areteo) para los pequeños ganaderos, debido a las barreras tecnológicas existentes actualmente», «la no inclusión de Costa Rica al Acuerdo Transpacífico, ya que no ofrece oportunidad de comercio y/o de acceso para diversificar nuestras exportaciones», (de igual forma) «la aprobación de FONARROZ (Fondo de Competitividad y Auxilio Arrocero)», que busca «respaldar financieramente a los productores, especialmente a los micro, pequeños y medianos, y promover prácticas agrícolas sostenibles para asegurar la disponibilidad del grano a largo plazo» (cfr. # 47).

Cabe señalar la situación crítica de los frijoleros que no encuentran mercado nacional para su producto; los cafetaleros que encuentran elevados costos de producción y ante el escenario bélico mundial, visualizan un panorama sombrío por el aumento a futuro de los combustibles y fertilizantes.

De igual forma las poblaciones costeras que sufren índices de pobreza y desempleo, así como la ausencia de una política estatal con respecto a la participación de la pesca en el esquema de alimentación del país y por lo tanto en su soberanía alimentaria (cfr. # 49).

Muchos otros temas apremiantes que se abordan nuestra Carta Colectiva merecen un análisis profundo, tomas de decisiones y construcción de políticas públicas, entre ellos la migración. Consideramos que, “cualquier esfuerzo por ayudar a nuestros hermanos migrantes debe ser por razón de su dignidad como personas y no como una manera de congraciarse con ningún Estado u organismo internacional” (Cfr. # 53).

Que el Señor bendiga abundantemente a todos los trabajadores de nuestro querido país, y siga sembrando en todos la esperanza y fortaleza para responder a sus responsabilidades y necesidades, y que las jóvenes generaciones aspiren a un trabajo honesto, desechando toda tentación de corrupción.

Pido al Señor por quienes asumirán responsabilidades en el Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, para que también, apegados a los principios de transparencia, honestidad, objetividad y responsabilidad ante el pueblo, contribuyan a seguir fortaleciendo el Estado de derecho. Que con total disponibilidad actúen con la mirada fija en el pueblo y respondan a sus necesidades.

Invoco la intercesión de san José Obrero, para que la paz social, el diálogo y la búsqueda del bien común sean el camino de entendimiento y solidaridad de todos los costarricenses que amamos nuestra querida Patria. Y que la presencia del Señor Resucitado cambie la tristeza en alegría, el desánimo en esperanza, y nos fortalezca para ser incansables constructores de la paz sobre la base de la justicia.

San José Obrero, ruega por nosotros.

ASÍ SEA.

Fotos de Marco Tulio Vega.