Suicidio: 2.812 vidas perdidas en siete años y una crisis que Costa Rica no puede normalizar
BA Lic. Bach. Luis G Martínez Sandoval
MBA Administrador de Empresas énfasis Mercados Globales y
Negocios Internacionales. Académico Universitario.
Especialista en Relaciones Económicas y Políticas Internacionales
Exfuncionario Banco Mundial IFC (Ecuador- y, América Latina).
Escritor.
luis.martinez.sandoval@gmail.com
Cel. 62764133
Hay problemas que pueden medirse en colones, en porcentajes, en crecimiento económico o en desempleo. Pero hay otros cuya verdadera dimensión se mide en vidas.
El suicidio pertenece a esa categoría.
Entre 2019 y 2025, Costa Rica registró 2.812 muertes por suicidio. En promedio, son aproximadamente 402 vidas perdidas cada año, más de 33 cada mes y alrededor de 7,7 cada semana.
La evolución es contundente:
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Año |
Suicidios |
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2019 |
382 |
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2020 |
378 |
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2021 |
403 |
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2022 |
429 |
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2023 |
426 |
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2024 |
398 |
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2025 |
396 |
|
Total |
2.812 |
La cifra no describe una epidemia que aparezca y desaparezca. Describe un problema persistente.
En 2022 se alcanzaron 429 casos y en 2023 fueron 426. En 2024, el dato definitivo del INEC contabilizó 398 suicidios, equivalentes al 1,3% de todas las defunciones registradas ese año. Para 2025 se reportaron 396 muertes, de las cuales 324 fueron hombres y 72 mujeres. Es decir, aproximadamente 82% de las víctimas fueron hombres.
Más de cuatro hombres por cada mujer
Este es uno de los datos que más debería preocuparnos.
En 2025 murieron por suicidio aproximadamente 4,5 hombres por cada mujer.
No podemos limitarnos a contabilizar la diferencia. Tenemos que preguntarnos qué está ocurriendo con los hombres costarricenses.
¿Por qué tantos hombres llegan a una situación límite sin pedir ayuda?
¿Por qué persiste la idea de que hablar de depresión, angustia, fracaso económico, separación, soledad o desesperanza es una muestra de debilidad?
La estadística está diciendo algo que nuestra política pública todavía no parece escuchar suficientemente:
la prevención necesita una estrategia específica para los hombres.
El dato invisible: quienes sobreviven al intento
Las 396 muertes de 2025 no representan la totalidad del problema.
Durante 2023, los servicios de emergencias de la CCSS registraron 12.948 atenciones por intentos de suicidio y lesiones autoinfligidas.
Y en 2025, al 16 de agosto, el Ministerio de Salud reportaba 2.493 intentos de suicidio notificados: 1.619 correspondían a mujeres y 874 a hombres.
Aquí aparece una paradoja que merece mucha más investigación:
los hombres representan la gran mayoría de las muertes, mientras las mujeres aparecen con mayor frecuencia en los registros de intentos.
No son datos contradictorios. Son señales diferentes de un mismo problema.
La política pública debe estudiar ambas realidades.
Costa Rica no está sola
El fenómeno adquiere una dimensión todavía mayor cuando observamos el mundo.
La OMS estima que 727.000 personas murieron por suicidio en 2021. Eso equivale a aproximadamente:
1.990 muertes diarias.
83 cada hora.
Más de una por minuto.
El suicidio representó aproximadamente 1,1% de todas las muertes mundiales.
Además, 56% de las muertes ocurrió antes de los 50 años, y aproximadamente 73% ocurrió en países de ingresos bajos y medianos.
Y hay un dato especialmente grave para las nuevas generaciones: en 2021 el suicidio fue la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años en el mundo.
No estamos, entonces, ante un problema exclusivamente de adultos mayores.
Estamos hablando de jóvenes.
De estudiantes.
De trabajadores.
De padres y madres.
De personas que, estadísticamente, todavía tenían décadas de vida por delante.
América tampoco está al margen
La Organización Panamericana de la Salud estima que en las Américas hubo alrededor de 100.760 muertes por suicidio en 2021.
Y la desigualdad por sexo vuelve a aparecer: aproximadamente 3,7 hombres murieron por suicidio por cada mujer en la región.
La región presenta además una característica preocupante: mientras las tasas mundiales han mostrado una reducción en las últimas décadas, las Américas han experimentado una tendencia diferente, con aumento de las tasas de suicidio en el período analizado por la OPS.
Esto debería encender todas las alarmas.
La matemática de la tragedia
Si Costa Rica mantiene un promedio cercano a 400 suicidios anuales, significa que cada cinco años podríamos estar hablando de aproximadamente 2.000 vidas perdidas.
En una década serían alrededor de 4.000.
Pero una política nacional no puede esperar diez años para reaccionar.
Necesitamos prevención antes de la crisis.
Detección temprana.
Atención psicológica accesible.
Seguimiento después de una tentativa.
Programas específicos para hombres.
Atención para adolescentes y jóvenes.
Intervención en comunidades vulnerables.
Y, sobre todo, sistemas capaces de identificar a la persona que está sufriendo antes de que llegue a una emergencia.
La gran pregunta para el próximo Gobierno
El Gobierno de Costa Rica en 2026 debería recibir esta estadística como una obligación, no como una nota al margen.
El país necesita convertir la prevención del suicidio en una política nacional medible, con presupuesto, indicadores y evaluación anual.
No basta con campañas durante una semana al año.
No basta con recordar el problema cuando muere alguien conocido.
No basta con reaccionar después.
Necesitamos saber:
¿Cuántas personas están siendo atendidas?
¿Cuánto esperan para recibir atención psicológica?
¿Cuántos pacientes que han intentado suicidarse reciben seguimiento?
¿Cuántos adolescentes tienen acceso real a servicios de salud mental?
¿Cuántos hombres están siendo atendidos preventivamente?
¿Cuáles cantones presentan las mayores tasas?
¿Cuánto invierte Costa Rica en prevención?
Y la pregunta más importante:
¿Cuántas vidas estamos salvando?
Porque detrás de 2.812 hay 2.812 historias
La estadística nos permite dimensionar el problema.
Pero nunca debemos permitir que la estadística deshumanice la tragedia.
2.812 no son solamente 2.812 casos.
Son 2.812 personas.
Son familias.
Son hijos.
Son padres.
Son hermanos.
Son amigos.
Son compañeros de trabajo.
Son historias que terminaron demasiado pronto.
Y probablemente muchas de esas historias tuvieron señales anteriores.
Una conversación que nunca ocurrió.
Una llamada que no se hizo.
Un pedido de ayuda que nadie escuchó.
Una persona que dijo «estoy bien» cuando en realidad no lo estaba.
Por eso Costa Rica necesita cambiar la pregunta.
No debemos preguntarnos solamente:
¿Cuántas personas murieron?
Debemos preguntarnos:
¿Cuántas personas están sufriendo hoy en silencio y qué estamos haciendo para llegar a ellas?
Porque si podemos contar los muertos, también deberíamos ser capaces de contar las vidas que salvamos. Y esa debería ser la estadística que realmente nos importe. Una vida salvada no es solamente una estadística positiva. Es una familia que conserva a uno de los suyos.
Escuchar. Acompañar. Detectar. Atender. Llegar a tiempo. Ahí debería comenzar una verdadera política nacional de prevención del suicidio.


