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Etiqueta: Luko Hilje

Con Joaquín Rodrigo, en Aranjuez

Una sección del Jardín del Parterre, detrás del Palacio Real de Aranjuez. Foto: Luko Hilje

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

El pasado setiembre tuve la muy anhelada oportunidad de visitar España, esta vez en unas vacaciones algo extensas; hace 21 años, en 2003, había ido tan solo a Barcelona, a un congreso en mi campo profesional, sin mucho tiempo para conocer sus edificaciones, su geografía y su historia. Y, mientras planeábamos el viaje y los sitios a recorrer, les dije a mi esposa, mi hija y mi yerno que, después de La Alhambra —emblemática y exquisita obra de arquitectura mudéjar—, más los alcázares de Toledo, Segovia y Sevilla, en ese periplo turístico no podía faltar una visita a Aranjuez, algo con lo que siempre soñé.

En realidad, ese deseo nació en mi adolescencia, cuando se popularizó la canción intitulada En Aranjuez, con mi amor o En Aranjuez, con tu amor, difundida en Costa Rica por las excelentes emisoras musicales Titania y Radio Mil. Recuerdo que por entonces se escuchó una versión en francés, al igual que una en español tiempo después, ambas muy románticas.

Varias letras para una misma melodía

Ahora me entero —gracias a internet— que la letra original fue escrita en su idioma natal por el cantautor francés Guy Bontempelli, que denominó Aranjuez, mon amour, la cual en 1967 fue grabada por el cantante Richard Anthony, nombre artístico del joven egipcio-francés Ricardo Btesh. El título de esa canción dio nombre a un disco de 12 melodías, que culminaban con dicha pieza musical, y tal fue su éxito —en una época en que los medios de propaganda y distribución no tenían ni por asomo la celeridad y la cobertura de hoy— que logró vender seis millones de ejemplares. Esa versión original dice así:

Mi amor,
en el agua de las fuentes, mi amor,
donde los lleva el viento, mi amor,
al caer la noche vemos pétalos de rosas flotar.

Mi amor,
y las paredes se están resquebrajando, mi amor,
al sol, el viento y la lluvia, y en los años que pasan,
desde la mañana de mayo en que vinieron,
y cuando escuché, de repente, escribieron en las paredes,
con la punta de sus rifles, cosas muy extrañas.

Mi amor,
el rosal sigue creciendo, mi amor, en la pared,
y abraza, mi amor, sus nombres grabados,
y cada verano de un hermoso rojo son las rosas.

Mi amor,
seca las fuentes, mi amor,
en el sol, al viento de la llanura y en los años que pasan,
desde la mañana de mayo en que vinieron,
la flor en el corazón, los pies descalzos, el paso lento,
y los ojos iluminados con una extraña sonrisa.

Y en esta pared, al caer la tarde,
parece que ves manchas de sangre,
pero son solo rosas.
Aranjuez, mi amor.

Hasta lo que sé, esta versión no ha sido grabada nunca en español. No obstante, existe una bastante diferente, atribuida al compositor español Alfredo García Segura, que fue la primera en español difundida por la radio aquí. Cantada por el propio Richard Anthony, reza así:

Junto a ti,
al pasar las horas, oh mi amor,
hay un rumor de fuentes de cristal
que en el jardín parece hablar
en voz baja a las rosas.

Dulce amor,
esas hojas secas, sin color,
que barre el viento,
son recuerdos de romances de un ayer,
huellas de promesas hechas con amor,
en Aranjuez,
entre un hombre y una mujer,
en un atardecer que siempre se recuerda.

¡Oh, mi amor!
Mientras dos se quieran con fervor,
no dejarán las flores de brotar,
ni ha de faltar al mundo paz, ni calor a la tierra.

Yo sé bien, que hay palabras huecas, sin amor,
que lleva el viento, y que nadie las oyó con atención,
pero otras palabras suenan, oh mi amor, al corazón,
como notas de canto nupcial,
y así te quiero hablar si en Aranjuez me esperas.

Luego al caer la tarde se escucha un rumor:
es la fuente que allí parece hablar con las rosas.
En Aranjuez, con tu amor.

Esa fue la canción que se popularizó en el ámbito hispanoamericano, y que a lo largo del tiempo ha sido interpretada —con leves variaciones y arreglos— por el español Plácido Domingo, la griega Nana Mouskouri, la polaca Ania Brzozowska, la mexicana Guadalupe Pineda, el puertorriqueño José Feliciano y otros notables cantantes.

Sin embargo, existe una versión más, que tiene varios elementos en común con ella. Atribuida también al compositor Alfredo García Segura, ha sido entonada por cantantes de la talla de José Carreras, Andrea Bocelli y el cuarteto plurinacional Il Divo. Esta dice así:

Aranjuez,
un lugar de ensueños y de amor,
donde un rumor de fuentes de cristal,
en el jardín,
parece hablar en voz baja a las rosas.

Aranjuez,
hoy las hojas secas sin color,
que barre el viento,
son recuerdos del romance que una vez
juntos empezamos tú y yo,
y, sin razón, olvidamos.

Quizá ese amor, escondido esté
en un atardecer,
en la brisa, o en la flor,
esperando tu regreso.

Aranjuez,
hoy las hojas secas sin color,
que barre el viento,
son recuerdos del romance que una vez
juntos empezamos tú y yo,
y, sin razón, olvidamos.

En Aranjuez, amor,
tú y yo.

A estas dos canciones se suma otra, muy diferente de ambas, y cuyo compositor pareciera ser, de nuevo, Alfredo García Segura. Cantada por Paloma San Basilio, dice así:

Victoria Kamhi y Joaquín Rodrigo, el día de su boda

Vuelvo aquí,
por la magia de tu música.

Tus cuerdas son caminos
que me traen el ayer.
Vuelve la vida a mis paisajes,
al oírte, guitarra.

Justo aquí,
a la orilla de un atardecer,
fue como un vendaval,
mezcla de miedo y de calor, amor,
por primera vez yo fui mujer,
sentí nacer la belleza.

Tus manos fueron mis manos
y tu mirar mi mirada.

Junto a ti
hasta el río se llenó de amor
y un nuevo resplandor
como un torrente me cegó.
Después el tiempo lo apagó,
y hoy es solo un acorde.

Tus manos fueron mis manos
y tu mirar mi mirada.

Siempre unidos, para siempre.

Vuelvo aquí,
por la magia de tu música.
Tus cuerdas son caminos
que me traen el ayer.
Vuelve la vida a mis paisajes,
al oírte, guitarra.

Y aunque no estás aquí
todo me sabe a ti, en Aranjuez.

Para concluir lo referido a la letra de En Aranjuez, con mi amor, lo común en las tres versiones en español y la francesa es la alusión nostálgica a un amor frustrado o trunco, surgido en el ambiente paradisíaco de Aranjuez. Un paraje con grandes y numerosas fuentes cantarinas, en medio de bellos e inmensos jardines de rosas y otras flores de vivos colores, más la suave brisa que a la hora del crepúsculo corre por la cuenca del muy tranquilo río Tajo —el cual serpentea por los predios de Aranjuez— y arrastra consigo las hojas desprendidas de los árboles, como símbolo de lo que una vez fue, pero dejó de ser.

El río Tajo, en un recodo dentro del Jardín del Príncipe. Foto: Luko Hilje

La génesis de una deslumbrante melodía

Ahora bien, lo que no he dicho hasta ahora —pues lo deben saber todos o casi todos los lectores— es que la partitura que da sentido a esas cuatro versiones es la misma, y corresponde a una porción del Concierto de Aranjuez, inspiración del célebre y prolífico compositor valenciano Joaquín Rodrigo Vidre, nacido en 1901 y fallecido hace 25 años, el 6 de julio de 1999. Esa obra, que data de 1939, fue compuesta mientras su autor residía en Francia, y estrenada en Barcelona el 9 de noviembre de 1940, con la interpretación del célebre guitarrista Regino Sainz de la Maza, acompañado por la Orquesta Filarmónica de Barcelona.

Ignorante en cuestiones musicales, por años pensé que la canción En Aranjuez, con mi amor y el Concierto de Aranjuez eran lo mismo. No obstante, después me enteré de que, en realidad, el concierto consta de una secuencia de tres partes o “movimientos”, técnicamente denominados allegro con spirito, adagio y allegro gentile, y de que la melodía de la mencionada canción se restringe al adagio del concierto. Por fortuna, en algún momento de mi vida pude conocer completo ese exquisito concierto y deleitarme con él, tras lo cual lo grabé en un cassette que me acompañó por muchos años.

Desde entonces, disfruté más de la música que de su antojadiza letra. Y digo esto —lo cual no significa que no sea agradable y que también conmueva—, por cuanto esa letra no refleja ni encarna el espíritu con el que Rodrigo concibió y plasmó tan sublimes notas musicales.

Ciego desde los tres años de edad, como consecuencia de una seria afección de difteria, sus padres lo estimularon y apoyaron para que concretara su vocación y su potencial como artista, por lo que se dedicó a aprender violín y piano, así como a estudiar composición musical. Ya en la madurez, y graduado en estas artes, a los 26 años se mudó a París, para alternar con músicos consagrados y nutrirse de ellos. Fue ahí donde conoció a la mujer que lo acompañaría por el resto de su vida, la turca Victoria Kamhi Arditti, profesora de piano.

Tras su boda en Valencia, en enero de 1933, la pareja disfrutó la luna de miel en el bucólico y mágico Aranjuez. Aunque, obviamente, la ceguera le impedía a Rodrigo percibir imágenes, de seguro que ahí su piel y su alma fueron permeadas por los sutiles y relajantes sonidos de los surtidores de las fuentes, los musicales trinos y gorjeos de las aves, las enervantes fragancias de las flores, la tibieza de los rayos solares, la vivificante brisa, y el contagiante murmullo de las aguas del Tajo.

Seis años después, la pareja se ilusionaba con el advenimiento de su primer hijo pero, al dar a luz Victoria, el niño falleció, y ella estuvo a punto de morir. Atenazado por el dolor provocado por la pérdida del tan anhelado hijo, más el riesgo de que también muriera su amada esposa —quien, además, era su lazarillo y su ángel de la guarda, calificada por él como “la luz de mis ojos”—, fue la música lo que le permitió afrontar y hasta exorcizar la tragedia familiar.

Y fue entonces cuando, en una pieza del edificio No. 159 de la calle Saint-Jacques, en el Barrio Latino, en París, una mañana Rodrigo vivió una especie de revelación, al sentir “una fuerza irresistible y sobrenatural”, como él mismo la calificó. En efecto, después de rumiar por largo tiempo lo que deseaba plasmar, esa venturosa mañana la melodía correspondiente al adagio del concierto empezó a brotar de manera espontánea y fluida en su mente, por lo que la escribió de manera ininterrumpida, dejándose llevar por lo que le dictaban sus sentimientos, sin reparar mucho en los aspectos propiamente musicales. Conforme eso ocurría, perforaba las notas en una modalidad de código Braille apta para músicos ciegos, las cuales su esposa le ayudaría tiempo después a transcribir en el formato de un pentagrama convencional.

Estos y otros aspectos más, alusivos a la génesis del concierto, están narrados de manera clara y didáctica en un corto video del especialista Alberto Musitaro, que el lector interesado puede consultar en internet (www.youtube.com/watch?v=fBdWKDYcsXE).

Dicho experto indica que, aunque hay varias hipótesis acerca del significado del adagio de este concierto para guitarra y orquesta, fue el propio Rodrigo quien lo esclareció, y de manera incontrovertible. Se trata de un frontal y hasta desafiante diálogo o encaramiento entre Rodrigo y Dios —representados por la guitarra y la orquesta, respectivamente—, y en el cual, con enojo y hasta rabia, desolado e impotente, él reniega de su muy lamentable situación, a la vez que le suplica a Dios por la salud de su amada esposa.

Al respecto, Musitaro explica que, después de que una y otra vez el apabullante poderío de la orquesta eclipsa el plañir de la solitaria guitarra, finalmente “Dios le contesta y le impone su voluntad, por encima de los hombres”, de modo que el adagio “culmina en calma y aceptación” de parte de Rodrigo. Asimismo, en el clímax de ese movimiento, las sutiles notas musicales denotan que el alma de su hijo asciende al cielo, y es entonces cuando Rodrigo “queda en paz con Dios”.

En síntesis, por confesión de su propio autor, esta conmovedora melodía, que toca las más recónditas fibras del alma, fue inspirada no por un amor romántico o erótico —con todo lo mágico que ello tiene, y que varias de sus letras han enfatizado—, sino por el amor puramente filial, surgido de la irreparable pérdida de su primogénito. Eso sí, está enmarcada e inspirada en el inefable y muy romántico entorno de Aranjuez, donde Rodrigo y su amadísima Victoria habían vivido su luna de miel pocos años antes.

Yo, en Aranjuez

Ahora bien, para retornar a mi reciente viaje a España, pude concretar mi sueño de conocer Aranjuez. Y, aunque con varias semanas de anticipación habíamos concertado una visita guiada con una agencia turística, para así conocer en detalle la historia, la arquitectura y las joyas artísticas del majestuoso Palacio Real que ahí existe —construido en el siglo XVI—, lo cierto es que yo también deseaba tiempo libre, y lejos de los turistas, para disfrutar a solas de los bellos jardines y alamedas que adornan ese ambiente magnífico.

Asimismo, antes de salir de Costa Rica, recibí una linda sorpresa. Dada la cercanía de mi cumpleaños, y para que me entretuviera —junto con mi infaltable lectura— durante los muy largos viajes que nos esperaban en avión y en tren, mi hija Darinka me regaló unos audífonos muy finos, para conectarlos a mi teléfono celular y así poder escuchar música previamente seleccionada. Fue en ese mismo instante cuando pensé que me gustaría llevar conmigo la banda sonora del Concierto de Aranjuez ejecutado magistralmente por el célebre guitarrista Pepe Romero —quien fuera cercano amigo de Rodrigo—, junto con la Orquesta Sinfónica Nacional de Dinamarca, conducido por el maestro español Rafael Frühbeck de Burgos. Mi yerno Daniel lo hizo de inmediato, y así quede bien provisto para lo que deseaba.

Ya instalados en Madrid, y tras visitar varias ciudades a cuál más de hermosa, llegó el esperado día de ir a Aranjuez. Le dije a Elsa, mi esposa, que nos fuéramos lo más temprano posible, para llegar antes de la hora pactada para la visita guiada, con el fin de recorrer por cuenta nuestra algunas partes del lugar. Y fue así que, durante los 42 kilómetros que separan Madrid de ese emblemático sitio, mi corazón palpitaba de emoción, sabiendo que estaba a punto de concretar un sueño largamente ansiado.

En efecto, llegados allá, y sin que hubiera casi nadie en los alrededores, tomamos un leve desayuno en un restaurante ubicado a unos 50 metros del palacio, frente a una sobria baranda que delimita al Jardín del Parterre, donde están las bellas fuentes de las Nereidas, de Ceres, y de Hércules y Anteo. Después crucé la calzada para ingresar a dicho jardín y, ya sentado en un poyo de madera y sin nadie alrededor, activé el teléfono y los audífonos para escuchar tan anhelada pieza musical. Lamentablemente, debido a la cercanía del otoño —era 5 de setiembre—, aunque cuidados con envidiable esmero, los jardines no tenían el esplendor que les confiere la primavera, y las fuentes estaban sin agua, quizás por economía o racionamiento. La verdad es que eso no me importó. Sin embargo, no había transcurrido siquiera la mitad de los casi 12 minutos que dura el adagio, cuando, a pocos metros, la deslumbrante melodía fue estropeada por el ruidoso motor de un tractor que ingresó al jardín más cercano. ¡¡¡Puede imaginar el lector la clase de imprecación que salió de mi boca, y que me tuve que tragar!!!

No obstante, no me iba a ir de ahí sin haber logrado mi propósito. Por tanto, concluida la visita guiada —de un par de horas—, caminamos entre vergeles, rosaledas y fuentes, para después ingresar en los hermosos predios del Jardín del Príncipe. Ya ahí, en soledad casi total, en la ribera del plácido río Tajo y sentado en un poyo protegido por la benévola sombra de varios árboles frondosos y con follaje todavía verde —reacio a aceptar las imposiciones del otoño—, por fin pude cerrar los ojos, abrir mis oídos y mi alma, para comulgar con esa melodía en tan idílico entorno.

Música intimista, a la vez que extasiante y embriagadora, en la que los requiebres, arpegios y rasgueos de la apasionada e impetuosa guitarra flamenca emiten trepidantes y hechizantes gemidos, frente a la contrastante solemnidad y apacibilidad de un armonioso, perfecto y envolvente conjunto de violines, violonchelos, fagots, oboes, cornos, clarinetes y flautas, de connotación realmente celestial.

En síntesis, una experiencia casi mística, de esas que se viven una sola vez. Y la pude sentir a plenitud ahí, en el propio Aranjuez.

5.Alameda en el Jardín del Príncipe, en Aranjuez. Foto: Luko Hilje

La resurrección de Franz Kurtze, ingeniero y arquitecto alemán

El hoy destruido Palacio Nacional, construido por Kurtze, e inaugurado en 1855

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

Artículo publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Cuando se indaga acerca del aporte de los inmigrantes alemanes a la sociedad costarricense en el siglo XIX, una de las figuras que emerge con mayor nitidez, fuerza y omnipresencia es la de Franz Kurtze, quien solía firmar como Francisco Kurtze.

Firma de Kurtze. Fuente: Archivo Nacional de Costa Rica

Este excepcional ingeniero vino al mundo cerca de 1811 en el hogar de Karl Heinrich Kurtze y Christiane Friederike Krumbhaar, en la ciudad de Gera, en el estado de Turingia; no fue en Jena, como algunos autores indican, también ciudad de dicho estado. Se ignora lo ocurrido hasta 1852 —año de su arribo a Costa Rica—, excepto que su madre murió de un derrame cerebral el 21 de abril de 1849 en Gera, a punto de cumplir 75 años de edad; al parecer, para entonces su padre ya había fallecido.

Kurtze, en un dibujo de José María Figueroa. Fuente: Archivo Nacional de Costa Rica

Para entender su presencia en nuestro país, es preciso indicar que Kurtze llegó en marzo o abril de 1852, contratado como ingeniero de la Sociedad Berlinesa de Colonización para Centroamérica. Fundada el 7 de enero de 1852, esta entidad público-privada se proponía establecer colonias agrícolas en nuestro istmo, para acoger a miles de alemanes empobrecidos tras la fallida Revolución de 1848 contra la monarquía absolutista. Impulsada con vigor por el barón Alexander von Bülow —ingeniero y economista—, después de sendos fracasos en Guatemala y Nicaragua deseaban instalar un asentamiento en Angostura, Turrialba, en alianza con la Sociedad Itineraria del Norte —asociación privada nacional, pero de interés público—, cuyo principal objetivo era construir un camino hacia Limón, a partir de Turrialba.

La colonia que no fue

Al arribar Kurtze, ya residían en el país von Bülow y Fernando Luis Streber Goldschmidt, poco antes avecindado en Granada, Nicaragua, quien llegó en el primer trimestre de 1852, como abogado de la Sociedad. A estos tres jerarcas se sumaron dos empleados radicados en la sede de la futura colonia en Angostura. Uno era el maestro Franz Karl Lammich y su esposa María Teresa Langer, mientras que la otra era la cocinera Catalina Augusta Gunther —viuda de Benjamín Wepold Traugott—, a quien acompañaba su hija Berta, entonces adolescente.

Kurtze no permanecería mucho tiempo solo, pues al año siguiente, el 6 de mayo de 1853, contrajo nupcias con la joven cartaginesa María Francisca Bedoya Elizondo, él ya bastante sazón, con 41 años a cuestas, y ella con apenas 16 años; era hija del puertorriqueño Manuel Bedoya Pimentel y la costarricense Sinforosa Elizondo. Asimismo, por solicitud suya, el 5 de julio de 1854 le sería conferida la nacionalidad costarricense, lo cual revela que deseaba establecerse para siempre en el país; por cierto, Streber la había obtenido el 2 de enero año.

Desde su llegada, Kurtze dio abundantes y convincentes muestras de coraje y temple, así como de sus destrezas profesionales.

En efecto, poco tiempo después de haber arribado, ya a mediados en junio de 1852 penetraba con von Bülow en las densas, desconocidas y temidas selvas del Caribe, en un viaje que dilató cerca de mes y medio, para efectuar un estudio de las condiciones para construir un camino que uniera Turrialba con la costa. Y repetiría tan extenuante viaje un año después, en una expedición de 32 personas, al punto de que esta vez él enfermó, lo cual puso en riesgo la excursión. Después se dedicó de lleno a dirigir la apertura del camino proyectado, en lo cual, lamentablemente, los avances fueron erráticos y dispares.

Bosque típico del Caribe, que Kurtze recorrió varias veces. Foto: Luko Hilje

Al fin de cuentas, el proyecto de la colonia y el camino abortó, debido a innumerables dificultades, las cuales aparecen pormenorizadas en nuestro libro La bandera prusiana ondeó en Angostura; quizás las principales fueron la subestimación de los costos y el menosprecio de las innumerables dificultades asociadas con el entorno montañoso del Caribe, yerro compartido por von Bülow y Kurtze. Sin embargo, de esa etapa de la vida profesional de Kurtze, concluida a fines de 1853, quedaron tres valiosos proyectos como legado: el primer plano de la ciudad portuaria de Limón, el dibujo del muelle para que atracaran los barcos ahí —boceto que se perdió—, y el diseño del puente sobre el río Reventazón, en Angostura.

Sus actividades en la capital

A mediados del siglo XIX, las edificaciones en la capital eran muy modestas. En palabras de los viajeros Moritz Wagner y Carl Scherzer, que visitaron el país en 1853, «no hay ningún edificio que llame la atención del europeo, por su belleza o su tamaño. Los edificios de Gobierno, el Cuartel con su galería de madera y una alta asta de bandera, la Universidad [de Santo Tomás] y el Teatro [Mora] son construcciones por completo insignificantes; pasarían incluso como casas particulares de habitación en cualquier capital europea, por lo pequeñas y miserables». Lo mismo decían de la Catedral Metropolitana y otras iglesias.

Sin embargo, durante esa época, en la administración del presidente Juan Rafael (Juanito) Mora Porras, se disfrutaba de gran bonaza económica, gracias a las divisas recibidas por la exportación de café hacia Europa. Aunque criticados por Wagner y Scherzer, los inmuebles más sobresalientes eran los de la Universidad de Santo Tomás y el Teatro Mora, construidos por Mariano Montealegre Fernández y Alejandro Escalante Nava, respectivamente. Impulsados ambos por iniciativa de don Juanito, él deseaba continuar construyendo otros edificios que urgían, pero que fueran de gran factura arquitectónica. Ello lo llevó a pensar en Kurtze.

Es de suponer que éste podía realizar trabajos en su tiempo libre, ya que no tenía dedicación exclusiva con la Sociedad Berlinesa, si es que se le trató igual que a Streber, como es lógico pensarlo. Al respecto, Streber devengaba un salario de 600 pesos anuales, y podía redondearse sus ingresos con trabajos particulares, siempre que no riñeran con los intereses de la citada sociedad.

Por ejemplo, en mayo de 1852 —recién llegado al país— la prensa anunciaba la confección de los planos «para la nueva iglesia que se piensa edificar con el destino de Santo Calvario», surgidos de la mente y la mano de Kurtze (La Gaceta, 12-V-1852, p. 1). Para entonces en realidad se pretendía construir una ermita, convertida después en la actual iglesia de La Soledad, en el casco capitalino, según la experta Ana Isabel Herrera Sotillo.

Conviene indicar que, ante la ausencia de una oficina presidencial, don Juanito decidió que se erigiera el Palacio Nacional, donde hoy se yergue el edificio del Banco Central. Esto lo investigué en detalle para el artículo Del antiguo Palacio Nacional (Informa-tico, 18-XI-08), y pude detectar que la labor inicial la emprendió Ludwig von Chamier von Schwieder, ingeniero alemán que era cuñado de Francisco Rohrmoser Harder, patriarca de dicha familia en Costa Rica. Y, aunque para marzo de 1853 el edificio estaba avanzado, hubo insatisfacción de parte del gobierno en cuanto a algunos aspectos estéticos, antisísmicos y económicos, por lo que se asignó la obra a Kurtze, por entonces empleado de la Sociedad Berlinesa. Si bien «la construcción progresa muy lentamente, por falta de albañiles y carpinteros competentes» —en palabras de Wagner y Scherzer—, Kurtze la culminó de manera espléndida, al conferirle un aspecto majestuoso, que llamaba la atención de cuanto viajero llegaba a la San José de entonces. Fue inaugurado con gran fastuosidad el 24 de junio de 1855.

Fachada del edificio de la Fábrica Nacional de Licores. Foto: Luko Hilje

Es oportuno señalar que, puesto que gran parte de los ingresos del gobierno provenían del monopolio de la elaboración de licor —más el de los productos del tabaco—, era prioritario edificar las instalaciones de la Fábrica Nacional de Licores. Según el arquitecto e historiador Andrés Fernández en su libro Los muros cuentan, hay dudas acerca de si fue Kurtze o Mariano Montealegre quien construyó el núcleo inicial de la obra, que incluía las principales estructuras, entre las que sobresalía el sobrio y hermoso frontispicio, que aún está en pie. Comenzada la obra en 1853, se concluyó en 1856, de lo cual resultó un bello edificio, y de tan firme construcción —aunque incluso en el siglo XX se le harían otras ampliaciones y modificaciones—, que hoy es utilizado como la sede central del Ministerio de Cultura y Juventud.

Siempre activo Kurtze, en mayo de 1854 comenzaba la construcción del Seminario Tridentino, concebido e iniciado por él, según el recién mencionado Fernández. Asimismo, para enero de 1855 ya había preparado los planos de la capilla de El Sagrario, como lo revela la ya mencionada experta Herrera en su reciente libro Descubriendo la catedral de San José. Interrumpida la continuidad de ambas por la Campaña Nacional contra el ejército filibustero (1856-1857), que afectó seriamente la economía del país, así como por otras vicisitudes, esos dos proyectos arquitectónicos no serían concluidos sino hasta 1866 y 1872, respectivamente.

Iglesia de la parroquia de la Inmaculada Concepción, en Heredia. Foto: Luko Hilje

Asimismo, Kurtze participó en otra obra importante, esta vez fuera de la capital. Efectivamente, como consecuencia de un terremoto ocurrido el 18 de marzo de 1851, el edificio de la parroquia de la Inmaculada Concepción —localizado frente al Parque Central de la ciudad de Heredia—, resultó cuarteado. Fue por ello que se recurrió a Kurtze, quien «con muy buen gusto arquitectónico» reconstruyó su fachada; así lo detalla el médico y naturalista Karl Hoffmann en el relato de su ascenso al volcán Barva, el cual terminó de pulir a mediados de 1858 y lo publicó ese año. En realidad, el nuevo frontispicio data de 1856, como lo consigna el célebre historiador Carlos Meléndez Chaverri en el capítulo Heredia y sus templos parroquiales, de su libro Añoranzas de Heredia. Yo, que ahora vivo no muy lejos de ahí, cada vez que paso al frente no dejo de agradecer a Kurtze esa bella fachada, de líneas sencillas, pero elegante, y que ha soportado innumerables sismos a lo largo de casi 170 años.

Cabe hacer una digresión para indicar que, aunque algunos historiadores han afirmado que Kurtze diseñó y realizó estas y otras labores como director general de Obras Públicas, eso es incorrecto, como se verá después.

Ahora bien, Kurtze incursionó en otra importante obra de infraestructura. En efecto, a inicios de 1858 el gobierno se propuso dotar de una cañería de hierro a la capital, pues lo que había hasta entonces era una red de acequias expuestas. Sin duda, esta situación contribuyó a la epidemia del cólera que dos años antes asoló a la población capitalina, cuando nuestras tropas trasladaron el bacilo causante de dicha enfermedad desde Rivas, Nicaragua, y lo diseminaron.

En respuesta, Kurtze concibió un sesudo proyecto, que fue sustentado con un amplio documento técnico elaborado junto con sus compatriotas Guillermo Witting Scheuch y Guillermo Nanne Meyer; se intitulaba Informe vertido por la comisión que el Supremo Gobierno consultó para averiguar cuál sea el mejor modo de construir la cañería que debe conducir el agua al interior de esta capital. Y, puesto que se dispondría de agua limpia en las casas, de manera complementaria al proyecto del gobierno —pero ya como un negocio personal—, Kurtze y Nanne ofrecían vender dispositivos para que el agua pudiera aprovecharse de la mejor manera en la cocina, los baños y los patios de las viviendas. El gobierno acogió con mucho interés ambos proyectos, pero después no pudo conseguir los fondos necesarios, por lo que las dos iniciativas abortaron.

Para concluir esta sección, no deben omitirse otras actividades de Kurtze que, aunque ajenas a su campo profesional, no fueron menos importantes.

En primer lugar, al iniciarse la Campaña Nacional, don Juanito llamó a las armas a la población, el 1° de marzo de 1856. Ese mismo día recibió una carta suscrita por 35 alemanes residentes en la capital, ofreciéndose a defender a Costa Rica, y entre ellos figuraba Kurtze. Asimismo, ya la víspera el gobierno había emitido un comunicado en el que se detallaba la conformación de Estado Mayor del Ejército Expedicionario, en el cual aparecía Kurtze como segundo ingeniero, lo cual denota que tenía conocimientos militares de alto nivel; a él se sumaban sus compatriotas von Bülow, Hoffmann, Rodolfo Quehl, Pablo von Stiepnagel y Teodoro Schäfer. En realidad, al final Kurtze no fue al frente de batalla, lo cual se explicaría porque para entonces ya habían nacido sus hijos Manuel Francisco y Francisco Julián, de dos años y tres meses de edad, respectivamente. Puesto que se eximía de su deber a quienes tenían hijos por los cuales velar, es posible que lo nombraran de manera simbólica, enterados de que él estaba deseoso de unirse a nuestros combatientes.

En segundo lugar, una vez concluida la primera etapa de la Campaña Nacional, bajo la dirección del ya citado Hoffmann —quien sí fue a la guerra— y junto con su amigo Streber, conformaron el consejo de redacción del Periódico Alemán de Costa Rica (Costa Rica Deutsche Zeitung), el cual se publicaba en alemán. Este medio fue concebido para difundir aspectos de la vida cotidiana de los alemanes residentes fuera de su patria, y contaba con una red de corresponsales en varios países. Hasta lo que pudimos detectar, se publicó apenas una vez, el 19 de octubre de 1856, poco antes del inicio de la segunda etapa de la Campaña Nacional.

En tercer lugar, además de que en un tiempo registró datos climáticos para la capital, Kurtze era un entusiasta explorador, por lo que acompañó a sus amigos Hoffmann y Alexander von Frantzius en sus respectivas excursiones al volcán Irazú, en 1855 y 1859. Es posible que la interacción con estos naturalistas, tanto en dichas giras como en momentos de tertulia, lo sensibilizara para captar cuán importantes eran para el país las ciencias naturales.

Finalmente, hay una faceta bastante desconocida en la vida de Kurtze, y es de tipo político. En efecto, cuando en agosto de 1859 don Juanito fue derrocado, fue extraditado a El Salvador. Sin embargo, regresó a Puntarenas en setiembre de 1860 junto con un grupo de partidarios, para recuperar la presidencia, cuando algunos de sus seguidores ya habían tomado dicho puerto. A partir de entonces hubo enfrentamientos con el poderoso ejército, que los desalojó del río Barranca y los derrotó en la batalla de La Angostura, tras lo cual serían fusilados don Juanito, el chileno Ignacio Arancibia Pino y el general José María Cañas Escamilla.

Para justificar sus acciones, de la Imprenta del Gobierno emergió un documento intitulado Exposición histórica de la revolución del 15 de setiembre de 1860, suscrito por «Unos costarricenses», aunque en realidad su compilador y editor fue el abogado colombiano Uladislao Durán Martínez, como lo demostramos en el artículo El misterio de un opúsculo (Meer, 28-IX-17). Ahora bien, como un anexo, se publicó un gran mapa de Puntarenas, de 48 X 80 cm, para ubicar dónde ocurrieron los acontecimientos bélicos. Impreso en colores y con notable calidad técnica por la casa litográfica neoyorquina Sarony, Major & Knapp, su autor fue Kurtze. Es de suponer que lo hizo como empleado del gobierno, como se verá muy pronto.

Es pertinente indicar que en tan aciaga coyuntura, la cual laceró hasta lo más profundo el alma de la patria, la comunidad alemana se polarizó y se formaron bandos, liderados por dos cercanos amigos suyos: Streber encabezaba a los adeptos al gobierno golpista y Nanne a los moristas, al punto de que éste fue condenado a muerte —pena que después se le conmutó— por un tribunal de guerra presidido por el propio Streber. El lector interesado puede hallar más información al respecto en nuestro artículo Luctuoso setiembre: el informe del Dr. Alexander von Frantzius sobre los sucesos de 1860 en Puntarenas (Herencia, 2011, 24: 79-97).

Kurtze, director de Obras Públicas

Además de la fachada de la parroquia de Heredia, otra obra diseñada por Kurtze en dicha ciudad fue la iglesia del Carmen —la cual aún está en pie, tal y como quedó restaurada en 1945—, según consta en el artículo Templo de Nuestra Señora del Carmen, del mencionado historiador Meléndez, en su libro Añoranzas de Heredia. Dicho autor indica que un primer templo, rústico, fue destruido por el terremoto de 1851, por lo que a Kurtze se le encargó el trazado de los planos para una nueva iglesia. Hecho esto, su construcción se inició en 1861 y la iglesia fue inaugurada 13 años después, el 16 de julio de 1874, cuando Kurtze ya había fallecido, según se verá posteriormente.

Asimismo, también fuera de San José, él tuvo a su cargo el diseño del primer edificio que albergó al Colegio San Luis Gonzaga, en Cartago. Concluido e inaugurado en 1870 —al año siguiente de la muerte de Kurtze—, aunque era «de calicanto [y] gruesas paredes, capaz de resistir los más fuertes temblores», en palabras de Jesús Mata Gamboa en su libro Historias de Cartago y los dos colegios, sucumbió ante el devastador terremoto de mayo de 1910, que dejó pocas edificaciones incólumes; cabe aclarar que, por un lapsus calami, Mata menciona como diseñador a su hijo Jesús Kurtze, quien para entonces era apenas un niño.

Estas dos últimas construcciones, al igual que numerosos puentes, caminos, edificaciones de menor cuantía y algunos avalúos de propiedades, no fueron efectuadas como contratos profesionales, sino en su condición de director general de Obras Públicas, puesto instituido mediante el decreto LI, del 20 de octubre de 1860, en el gobierno de José María Montealegre Fernández (1859-1863), después de fungir por un tiempo como Intendente General, en fechas que no pudimos determinar. No obstante, en realidad fue durante el primer mandato de Jesús Jiménez Zamora (1863-1866), cuando realizó sus obras más relevantes.

Antes de continuar, es oportuna una aclaración acerca del Hospital San Juan de Dios. En su libro Del Protomedicato al Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica; 145 años de historia, el amigo historiador Raúl Arias Sánchez asevera que «la construcción del hospital, con solo una planta y dirigida por el ingeniero Kurtze, se levantó entre 1853 y 1856», por lo que así lo he afirmado en varias de mis publicaciones. Sin embargo, esto es erróneo.

En efecto, al indagar más al respecto, se percibe que Kurtze más bien objetó dicha construcción, como lo documentó la historiadora Eugenia Incera Olivas en su tesis El Hospital San Juan de Dios: sus antecedentes y su evolución histórica (1845-1900). De hecho, en 1861 y 1862 él señaló que «este edificio se construyó con multitudes de errores, tanto por haberse escogido un mal punto, como porque se construyó sin ninguna de las reglas que demanda esta clase de establecimientos», para continuar expresando que «las habitaciones estaban mal colocadas y divididas; las ventanas muy pequeñas y a una altura que no proporcionaban la luz y ventilación necesarias, siendo verdaderos calabozos». No obstante, a pesar de esto, por fortuna ese inmueble estuvo casi terminado a mediados de 1856, y en él fue posible albergar a muchos de los heridos que retornaban de Nicaragua, tras la batalla del 11 de abril en Rivas contra el ejército filibustero de William Walker, así como a los enfermos del cólera morbus, que ya se había manifestado como una epidemia en la capital.

Asimismo, en varias referencias provenientes de Internet se indica que hay inmuebles en Cartago cuyo diseño —y su construcción, en algunos casos—, se le atribuyen a Kurtze, pero no son ciertas. Tal es el caso de la antigua iglesia del Carmen, la actual catedral Nuestra Señora del Carmen —antiguo templo de San Nicolás de Tolentino— y la parroquia de Santiago Apóstol, en ruinas hasta hoy. Para disipar cualquier duda al respecto, basta con consultar el recién mencionado libro de Mata, así como su voluminoso texto Monografía de Cartago, en los cuales dicho autor abunda en detalles en cuanto a la construcción de dichos edificios. Además, se le atribuye a Kurtze el diseño o la construcción de la pequeña iglesia del barrio San José, en Alajuela, así como de otras iglesias y edificios en dicha provincia, al igual que en San José, Heredia, Cartago, Puntarenas y Guanacaste, pero verificar esto demanda un esfuerzo de indagación que excede los fines del presente artículo, que no es académico, sino divulgativo.

Ahora bien, para cambiar de escenario, del mundo urbano al rural, cabe destacar que, en cierto momento, el gobierno de Jiménez decidió impulsar con determinación la apertura del anhelado camino hacia Limón. Ante ello, con gran celeridad Kurtze desempolvó el plano del puente sobre el río Reventazón trazado por él en 1852. Esta vez, por fin pudo llevarlo a ejecución, gracias a la ayuda del maestro de obras suizo Rocco Adamini, y con tan buen suceso, que se inauguró el 27 de marzo de 1865, en una hermosa ceremonia, cuyos detalles aparecen en el artículo Los puentes en Angostura, Turrialba (Revista Comunicación, 2017, 26: 97-127). La belleza de ese puente de madera, que tenía la forma de un arco aéreo y estaba cubierto por un techo de tejamanil —tablitas de madera de pejibaye, parecidas a tejas— fue alabada por algunos viajeros europeos que transitaron por ahí en años posteriores; asimismo, sus bastiones eran tan sólidos, que han soportado el paso del tiempo y de las correntadas de otrora, y aún están ahí.

Merece destacarse aquí, que hubo un asunto insólito en Kurtze, ya no como constructor de edificios o puentes, sino de una entidad científica. Efectivamente, en 1861 nuestro país fue invitado a participar en la Exhibición Universal de Londres, efectuada en mayo de 1862. Por tanto, se nombró un comité local, presidido por el ya citado von Frantzius, para recolectar «los productos y las riquezas de este país». Tanto éxito se tuvo en el acopio de muestras, que sobraron muchos especímenes de plantas y animales, así como de otros objetos.

Quizás estimulado por su cercana relación con Hoffmann y von Frantzius, en esta coyuntura emergió Kurtze con la siguiente propuesta: «Para no perder este precioso material, sería muy conveniente formar un Museo Nacional y colectar poco a poco todas las cosas del país que suelen figurar en tales establecimientos. Para la colocación de ellas ha brindado el señor rector de la Universidad una pieza del edificio; y para formar estantes, armarios, etc., pagar pequeños premios a las personas pobres que ayudan con alguna cosa a este instituto, [para lo que] figuran en el presupuesto general No. 3 $ 500 [pesos]. En el principio de su creación será muy insignificante tal empresa. Ella se formará con el tiempo, como ha sucedido en todos los otros países, y algún día se presentará una colección completa». Es decir, ejecutivo como era, pronto pudo conseguir un espacio y un capital que, aunque modestos, permitirían empezar a gestar un museo. Se ignora si esta iniciativa cuajó, y si funcionó al menos por un tiempo. En realidad, no sería sino en 1887 que se fundaría el Museo Nacional.

Para cambiar de asunto, por si no bastara con lo que había hecho, en 1866 Kurtze desarrolló su proyecto más ambicioso, cuya preparación fue realmente titánica. Acerca de su génesis y vicisitudes posteriores, hay más información en el artículo Un ferrocarril interoceánico para Costa Rica, en la opinión de Alexander von Frantzius (Herencia, 2022, 35:181-211).

En efecto, por muchos años se había anhelado construir una ruta ferroviaria interoceánica — como lo había hecho Panamá desde 1855—, entre los puertos de Limón y Caldera. Y, por fin, cuando ya casi terminaba su mandato, el presidente Jiménez se propuso concretar este sueño, para lo cual encargó a Kurtze la preparación de una propuesta. ¡Menuda tarea! Sin embargo, eficiente y solícito, éste se dedicó de lleno a concebir el proyecto, el cual plasmó en el documento La ruta ferroviaria interoceánica a través de la República de Costa Rica, que fue redactado en inglés, para poder negociarlo en el exterior; por cierto, en él aparece el plano de la ciudad de Limón citado al principio de este artículo. De hecho, ya en el segundo mandato de José María Castro Madriz, Kurtze fue enviado en misión oficial a Nueva York, para gestionar el proyecto a nombre de nuestro gobierno. Logró su cometido, pues el 31 de julio se firmó un contrato con la empresa Costa Rica Railroad Company, dirigida por el general y político John Charles Frémont, que se comprometía a construir la obra en seis años.

Aunque en enero de 1867 nuestro Congreso aprobó el contrato, con algunas enmiendas, la iniciativa tuvo siempre fuertes opositores en el país, a lo cual se sumó el hecho de que, en realidad, Frémont y sus socios carecían del financiamiento para la obra. Eso sí, estas contingencias no deben eclipsar la calidad propiamente técnica del proyecto de Kurtze pues, gracias al detallado conocimiento que tenía del entorno, el trazado de la ruta ferroviaria que él concibió fue aprovechado años después por la Northern Railway Company para construir el ferrocarril al Atlántico. Así consta en el libro conmemorativo Costa Rica Railway Company Ltd. and Northern Railway Company, publicado en 1953 por dicha empresa, en el cual se acota que «la localización propuesta por el Sr. Kurtze en términos generales fue la misma seguida por el Ferrocarril de Costa Rica [del Atlántico] y, más tarde, por la del Ferrocarril [Eléctrico] al Pacífico». ¡¡¡Casi nada!!!

A propósito del documento que Kurtze negoció en Nueva York, permaneció sin traducir por varios decenios, hasta que esto fue hecho en 1928 por el expresidente Ricardo Jiménez Oreamuno, abogado cartaginés. De esta manera, honró el espíritu visionario de su padre —el ya citado expresidente Jesús Jiménez—, pero también a Kurtze, de quien acota lo siguiente en la introducción del folleto que él tradujo: «De niño sentí en mi cabeza la mano acariciadora de don Francisco; de viejo, me es grato pagar aquel afecto siquiera con el óbolo de estas palabras y la presente traducción».

Para concluir esta sección, es importante mencionar que, a pesar de su innegable talento y de sus logros, Kurtze tuvo detractores. Esto explica que, como lo indica la recordada historiadora Clotilde Obregón Quesada en su libro Historia de la ingeniería en Costa Rica, en 1866 fuera destituido por el presidente Castro Madriz, y reemplazado por el arquitecto e ingeniero mexicano Ángel Miguel Velázquez Rigoni —yerno del presidente desde setiembre del año anterior—, aspecto que no tuve tiempo de investigar. No obstante, sí hallé un voluminoso expediente en el Archivo Nacional (Secretaría de Fomento- 765), en el que Velázquez le hizo acerbas críticas a Kurtze, tras realizar un reconocimiento de los avances del camino al Caribe, efectuado en 1866, ante lo cual Kurtze replicó con firmeza.

Sobre su vida privada

Todo lo narrado hasta aquí corresponde a las actividades y labores públicas de Kurtze. En realidad, es muy poco lo que se conoce de su vida privada. Por ejemplo, se sabe que tuvo varias propiedades en Turrialba, junto con su cuñado Manuel Bedoya, entre las que sobresalían una en la localidad de Azul, y la otra en la futura hacienda Guayabo, donde hoy está el Monumento Nacional Guayabo. Asimismo, se ignora el sitio de su morada cuando vivió en Cartago. Eso sí, al mudarse a la capital, residió al sur de la Plaza Principal —actual Parque Central—, aunque se desconoce exactamente dónde.

En cuanto a su vida familiar, con su esposa procreó siete hijos: Manuel Francisco (1854), Francisco Julián (1856), Domingo de Jesús (1857), Ana Francisca María Nicolasa de Jesús (1858), Josefa Francisca de Jesús (1861), Rafael Francisco de las Mercedes (1862) y Juan Manuel Rafael de Jesús (1864); las dos mujeres fallecieron en la infancia. Así consta en el libro La inmigración alemana a Costa Rica en el siglo XIX (1840-1900), escrito por mi hermana Brunilda y su colega historiadora Margarita Torres, en el cual hay valiosa información adicional sobre la relación de Kurtze con varios de sus compatriotas.

El único hijo del que se tiene alguna información —lo cual sugiere que los demás varones murieron jóvenes— es el menor, a quien se le conocía como Jesús Kurtze y fue profesor en el Colegio San Luis Gonzaga, en Cartago. Nació el 12 de julio de 1864, sus padrinos fueron el cónsul francés Juan Jacobo Bonnefil y su esposa Feliciana Concepción Quirós Solano, y moriría en Alajuela el 31 de octubre de 1971. Puesto que permaneció soltero, el apellido Kurtze desapareció en Costa Rica; no debe confundírsele con Korte o Kruse —presentes hoy en el país—, ni tampoco con el apellido del reputado botánico Carl Ernst Otto Kuntze, quien recorrió gran parte de Costa Rica en 1874.

Para retornar al viejo Kurtze, es pertinente indicar que, al revisar la prensa de la época, se capta que él y su esposa partieron de Puntarenas hacia Panamá el 16 de marzo de 1869, a bordo del vapor Guatemala, y retornaron el 27 de mayo en ese mismo navío, comandado en ambas ocasiones por el capitán A. J. Douglas. Se desconoce hacia dónde emprendieron un viaje tan prolongado, de más de dos meses, aunque la travesía marítima también debió haberles consumido mucho tiempo; en todo caso, es de suponer que fueron a Europa, EE. UU. o Suramérica, y tal vez con fines médicos.

Lo cierto es que él murió pocos días después del regreso, y en Puntarenas, según se especifica en el libro de defunciones No. 15 de San José; los santos óleos le fueron administrados en la parroquia de dicho puerto. Así consta en el libro de Hilje y Torres, en el cual además se indica que «el 6 de junio de 1869 se dio sepultura a Francisco Kurtze, esposo que fue de doña María Bedoya. Falleció de resultas de un lobanillo canceroso a la edad de 58 años poco más o menos»; cabe acotar que un lobanillo es un tumor formado debajo de la piel, no siempre maligno, pero que sí lo fue en el caso de Kurtze.

Es de suponer que su cadáver fue trasladado en carreta hasta la capital —el único medio de transporte entonces para un ataúd—, pues su funeral se efectuó en la iglesia de La Merced, la cual por entonces estaba a la par del Palacio Nacional, regio edificio que él construyera, como se indicó previamente. Para haber sido enterrado el 6 de junio, es muy posible que falleciera el 4, o muy temprano el día 5, y que su cadáver fuera embalsamado o acondicionado para soportar tan larga travesía, dado que el trayecto desde Puntarenas equivalía a unos 120 km por el muy sinuoso y empedrado Camino Nacional, que atravesaba los escarpados Montes del Aguacate.

Tres semanas después de su deceso, se le honró con un sentido obituario, de autor anónimo. Aparecido en la prensa con el título Rasgo necrológico (La Gaceta, 26-VI-1869, p. 3), se transcribe a continuación.

Las honras fúnebres del Director General de Obras Públicas de esta República, Señor Don Francisco Kurtze, se celebraron en la Iglesia de la Merced el día 6 del corriente, con asistencia de un numeroso concurso de personas de todas las clases de la sociedad, que quisieron comprobar con su presencia, el pesar que generalmente había producido la muerte del estimado Ingeniero.

Si hemos esperado hasta hoy para pagar a nuestro amigo la deuda de gratitud a que se hizo acreedor, fue porque suponíamos que no faltarían plumas más obligatorias; pero no queremos dejar pasar ni un solo día más, sin dar al Señor Kurtze la última y más pública demostración de nuestro afecto.

Don Francisco Kurtze ha desaparecido de nuestro lado, después de diez y ocho años, que contienen indestructibles recuerdos, por estar íntimamente ligados con el engrandecimiento de nuestro país; así es que con mucha justicia, nuestro amigo representará en la historia de Costa Rica, uno de esos tipos de constancia que están convencidos de la necesidad de no dejarse vencer por las contrariedades ni los peligros. Su nombre permanecerá grabado con indelebles rasgos en nuestras vírgenes selvas. En su vida de Ingeniero no solo nos deja el recuerdo de un hombre que tenía conciencia del cumplimiento de sus deberes, sino que nos ha probado que mantenía en su alma la pura y noble ambición de unir a toda costa su nombre a la grandiosa obra que, a su modo de ver, era la única que puede conducir a Costa Rica por el camino de una transformación feliz e indispensable.

Este gran pensamiento lo ocupó desde su llegada al país, y para realizarlo lo vimos luchar constantemente contra la intemperie y todas las malas voluntades de egoístas y ambiciosos.

Sí, nuestro querido Don Francisco ha sucumbido, luchando como un héroe: su muerte es la de un valiente soldado que recibe mortal herida sobre el mismo campo de batalla.

Ha muerto con esa idea continuamente fija; lamentando dejar su patria adoptiva solo con una lejana esperanza de la realización de su más íntimo deseo.

Al describir al Señor Kurtze como hombre público, no es posible olvidarlo como miembro de la sociedad y hombre privado.

Unido a una virtuosa y apreciable Señora de Cartago, su vida fue un ejemplo viviente de lo que es la sociedad doméstica, basada en los rectos principios del honor, del decoro y del respeto que exige la misma sociedad. Las lágrimas que derrama cada día, cada hora, una esposa inconsolable, prueban más que nuestro dicho, si era digno de estimación el amigo que acabamos de perder.

Pero no lo hemos perdido. Lo conservaremos en nuestra memoria por toda la vida; y para que las generaciones venideras no sean ingratas, recordémoslo a nuestros hijos como digno ejemplo de patriotismo, mucho más de considerarse en un extranjero en quien el entusiasmo por Costa Rica no había sido cimentado en él por el amor al oro, ni por la ambición de los altos puestos, ni por el egoísmo de su inteligencia y de su saber. Hagamos alguna vez cumplida y recta justicia, rindiendo nuestro homenaje al hombre público que deploramos y por cuya pérdida debemos todos exclamar: ¡A Dios, Kurtze; tu muerte es una desgracia nacional!

En plena congruencia con estos juicios, en un pasaje de su libro Viajes por Centroamérica, el célebre viajero y escritor alemán Wilhelm Marr relata que en 1853, de manera sorpresiva se encontró a Kurtze en nuestra capital. Tras ser víctima de una infestación de las temibles niguas (Tunga penetrans), expresa que «en mi lecho de dolor adquirí nuevas relaciones y renové una antigua amistad con la persona que menos hubiera creído encontrar en San José. Este amigo era Franz Kurtze, el cual había residido largo tiempo en Hamburgo y ocupaba aún un lugar en mis recuerdos del tiempo de la mesa redonda del Hotel de la Bolsa. Si algún extranjero se ha familiarizado rápida, práctica y fundamentalmente con el modo de ser el país, ha sido don Francisco. De una honradez perfecta en su manera de pensar, sumamente práctico y sobrio, gozaba con justicia de la estimación de todos, y para todo aquello que requiriese resolución, calma y clara inteligencia era Kurtze el hombre necesario».

¿Cómo era Kurtze en persona?

Por carecerse de fotografías suyas —que quizás su hijo Jesús atesoraba, pero se perdieron, por no haber dejado descendencia que las preservara—, no se conoce nada de la fisonomía ni de la complexión de Kurtze. Tampoco de su carácter, ni de su sentido del humor.

La única excepción, que reúne algo de ambos aspectos, es un simpático diálogo entre Kurtze y el recién citado Marr, como resultado de una visita que hicieran juntos al campamento donde se proyectaba establecer la colonia alemana en Turrialba. En efecto, a punto de hacer una incursión en la montaña, Marr lo interpeló así:

– Señor Kurtze –le dije a éste echando una mirada compasiva a sus piernas flacas, que a la sazón se deslizaban dentro de las botas impermeables, y haciendo alarde, satisfecho, de mis pantorrillas–, señor Kurtze, ¿usted va a atreverse de verdad a penetrar en la selva virgen con esas piernas? Es usted un hombre de rompe y rasga.

– Señor Marr de Hamburgo –me replicó mi amigo el ingeniero–, tengo que arrastrar menos lastre que usted, y puede ser que me toque también remolcar sus carnosas pantorrillas.

Más adelante en su relato, que está incluido en su libro Viaje a Centroamérica, Marr narra lo siguiente:

Yo tenía hambre y cometí la tontería de comer algunas frutas, una especie de nueces que encontré en el camino, y de beber mucha agua de un arroyo inmediatamente después, en un recipiente fabricado con una hoja. En cuanto nos pusimos de nuevo en movimiento sentí vértigo. Toda la selva parecía danzar a mi alrededor.

–¿Qué tal van las piernas gordas? –exclamó Kurtze.

Pero al ver que se me había declarado un vómito violento, suspendió sus amistosas bromas.

Ahora bien, sin imaginar que pudiera existir una imagen suya, hace poco tiempo, con la ayuda del diligente personal del Archivo Nacional, me fue posible hallar un dibujo trazado por su amigo José María Figueroa Oreamuno, e incluido en el célebre Álbum de Figueroa. Es una imagen algo extraña, pues se le ve extendiendo un gran mapa sobre una pequeña mesa, con su brazo derecho anormalmente corto o encogido, y ataviado Kurtze con un traje y un gorro que pareciera de origen mongol. Esto hace pensar que se trataba de una broma, pues Figueroa era muy sarcástico.

No obstante, gracias a que los rasgos de su rostro son bastante claros, y que Figueroa no era un mal dibujante, le solicité a ese extraordinario artista que es Carlos Aguilar Durán —entrañable amigo alajuelense—, que reconstruyera la fisonomía de Kurtze. Gran conocedor de los rasgos anatómicos del ser humano, Carlos lo hizo, con la habilidad y destreza que lo caracterizan. Ello me permitió incluirlo en mi reciente libro Karl Hoffmann: médico y héroe en la Campaña Nacional, dado que, como lo indiqué al principio de este artículo, Kurtze fue uno de los más prominentes inmigrantes alemanes en la sociedad costarricense del siglo XIX.

Palabras finales

Kurtze, redibujado recientemente por Carlos Aguilar Durán

He escrito esta semblanza de Kurtze a raíz de la revelación de su apariencia física, materializada en la imagen de su rostro, que fue hábilmente plasmada por el amigo dibujante y pintor Carlos Aguilar. De algún modo, esto representa una especie de resurrección ante la historia, pues así se ha podido complementar y completar su travesía vital con sus rasgos estrictamente anatómicos, de manera integral.

Hecho esto, confiamos en que este recorrido por su vida y su obra —bastante incompleto aún— sirva de estímulo para que alguien acometa la labor de rescatar y analizar a fondo sus aportes, y que los reúna en un libro, pues hay abundante material para ello —e incluso para una novela histórica—, además de que quedan muchas cuestiones por investigar y esclarecer.

Cuando se haga esto, la ponderación de las contribuciones de Kurtze al desarrollo de Costa Rica, en una época clave desde el punto de vista histórico, obviamente que se centrarán en aquellas de carácter ingenieril y arquitectónico. No obstante, no deberán ignorarse otras dimensiones de su privilegiado intelecto, pues no hay duda de que este eximio inmigrante —convertido en costarricense por decisión propia— construyó mucho más que edificios y puentes.

Guanacaste, entrañable tierra

Iglesia colonial de San Blas, en la ciudad de Nicoya, la cual data de 1644 y ha sido restaurada varias veces. Foto: Elmer García y Marta Fermina Valdez

En el bicentenario de la anexión del Partido de Nicoya

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

Como lo han sustentado los geólogos, el territorio actual de Costa Rica no existía hasta hace unos 100 millones de años, durante el denominado período Cretácico. Para entonces, el actual continente americano estaba representado por dos gigantescas masas terráqueas —equivalentes a subcontinentes—, pero desconectadas, pues entre ellas había una gran brecha, en la cual se entremezclaban las aguas de los océanos Atlántico y Pacífico. Eso sí, en medio de un archipiélago con islas de varios tamaños y formas, en ese entorno marino sobresalía una bastante grande, que los científicos llamarían Guanarivas —nombre híbrido, de Guanacaste y Rivas—, tan solo con fines descriptivos, pues cuando se le bautizó así ya había perdido su aspecto de ínsula, y estaba incrustada en tierras continentales.

Ese proceso de inserción de Guanarivas estuvo asociado con varios fenómenos naturales, los cuales ocurrieron en un intervalo infinitamente lento, de millones de años. Estos consistieron en el afloramiento de vastas porciones rocosas desde el fondo marino —gracias a la llamada tectónica de placas— y numerosas erupciones volcánicas, fenómenos que fueron complementados con incesantes procesos de erosión y meteorización de inmensas rocas, así como de la sedimentación resultante del desgaste de éstas, favorecida esta última por las lluvias y las corrientes de agua. Tan dilatado fue todo, que no fue sino hace apenas unos tres millones de años que se completó la formación del territorio de Costa Rica, más una gran parte del de Panamá y una porción del sur de Nicaragua, lográndose así la actual configuración del istmo centroamericano.

Además del indiscutible valor de este providencial puente, que —con el territorio de Costa Rica como núcleo— fue el que le dio significado a América como un único e indivisible continente, para quienes somos biólogos tiene un significado adicional y de inmensa importancia. En efecto, esa especie de pasadizo hizo posible que, de manera paulatina, las plantas y los animales que habitaban los dos hemisferios originales pudieran desplazarse en un sentido u otro, para colonizar poco a poco el hemisferio opuesto. A este fenómeno migratorio se sumó el llamado endemismo, que alude a la aparición de nuevas especies, que son propias y exclusivas de un determinado lugar. Al fin de cuentas, son la migración y el endemismo los principales factores que permiten explicar que, a pesar de su reducido tamaño, Costa Rica posea una diversidad tan alta de especies de flora y fauna.

En la bajura guanacasteca

En el caso de la actual provincia de Guanacaste —en contraste con el resto del territorio nacional—, varios de los fenómenos geomorfológicos citados le confirieron una topografía muy peculiar. Es por ello que, con excepción de las alturas asociadas con los cuatro bellos volcanes que las flanquean por el oriente (Orosí, Rincón de la Vieja, Miravalles y Tenorio), su territorio está conformado por extensas planicies, cuya baja altitud las torna muy cálidas.

Estas son condiciones idóneas para que la incesante y pródiga fuerza del mundo vegetal se exprese de manera muy contrastante. Es así como, en estas bajuras, el bosque, de árboles imponentes y frondosos durante la estación lluviosa, como caobas, cedros, ceibas, cenízaros, cocobolos, espaveles, gallinazos, guanacastes, guapinoles, guayabones, higuerones, javillos, mayos, ojoches, pochotes y ronrones, se transmuta de manera radical al llegar la estación seca; no incluyo los nombres científicos de estas especies por razones de espacio, además de que estos nombres son mucho más atractivos.

Es esta estacionalidad —como la denominamos los biólogos— la que hace que, con pocas excepciones, los árboles pierdan su follaje por completo durante la estación seca. Aquí el bosque seco tropical, propio de la vertiente Pacífica de Mesoamérica, alcanza su máxima expresión, y aunque es cierto que los árboles defoliados parecen esqueléticos, en algunos emergen copiosas e intensas floraciones, como las rosadas del roble de sabana, al igual que las amarillas del poro-poro, el saragundí y el cortez amarillo. Es oportuno aclarar que, aunque las floraciones rojas del malinche y las lilas del jacaranda son también fabulosas, ambas son especies importadas, la primera de África, y la segunda de Suramérica.

Fue este entorno, de vastos territorios, el que habitaron los indígenas chorotegas, quienes aprovechaban los recursos naturales, tanto terrestres como marinos, de manera armoniosa. De su vida cotidiana y sus costumbres, se cuenta con valiosas crónicas de la época de la conquista española, entre las que sobresalen las del célebre Gonzalo Fernández de Oviedo, quien estuvo 22 años en América, y nos legó cinco volúmenes muy ricos en información; por cierto, en uno de ellos aparece el primer croquis del golfo de Nicoya, que data de 1529.

En cuanto a la flora utilizada por los indígenas, él destaca al nance como un apetecido árbol frutal, al palo brasil como fuente de pigmentos para teñir telas, y al jobo por sus propiedades medicinales. Finalmente, resaltó la abundancia de Quercus oleoides, la única especie de roble o encino de bajura que hay en el país, el cual produce bellotas comestibles.

En relación con la fauna mayor —aunque con otros nombres—, menciona al por entonces muy común venado cola blanca y a su pariente, el cabro de monte, más varias especies de felinos (jaguar, puma y león breñero). También al coyote, al tigrillo, a un oso hormiguero, una ardilla, un conejo y un armadillo, al igual que a una especie de zorrillo hediondo. Llama la atención que no se refiera al mono congo, la danta, el ocelote, los chanchos de monte o cariblancos, y el zorro pelón, que cita en sus relatos para otras zonas del país.

Ahora bien, aunque en el siglo XIX, ya en la época republicana, varios cronistas extranjeros nos legaron vívidas descripciones del paisaje de Guanacaste, solo el danés Anders S. Oersted lo hizo con mirada de biólogo. En efecto, al transitar por ahí a inicios de marzo de 1847 —en plena estación seca—, relataba que «toda esta región ofrece una vista desértica, árida y monótona en esta época del año. El terreno y la vegetación, o sea, toda la fisonomía de la región, es igual en toda esta parte de Costa Rica […], y en alto grado diferente a los que uno se encuentra en el resto del país. Aquí no se encuentran ni las altas y empinadas pendientes montañosas, ni los profundos valles con ríos impetuosos. Acá todas son tierras bajas y planas, solamente interrumpidas aquí y allá por pequeños cerros y cordilleras bajas. Llanuras grandes y casi desnudas, apenas cubiertas por una delgada alfombra de hierbas y con árboles solitarios, bajos y retorcidos, hacen que la fisonomía de esta región luzca llamativamente contrastante con el resto del trópico exuberante».

Sin embargo, a pesar del agobio provocado en su ánimo por este paisaje yermo, Oersted no pudo omitir la mención de otras maravillas de la estación seca.

Efectivamente, colmados sus ojos y su piel por lo que atestiguaba al avanzar, muy temprano, hacia el norte, expresaba que «de nuevo brillaba la luna de manera espléndida, y un fuerte viento soplaba desde el noreste; este viento de tierra sopla regularmente todas las madrugadas. Apenas asomaban los primeros rayos del sol, cuando el viento se calmó. Uno se pone a meditar: hacia el este, el sol se levantaba detrás de los volcanes Orosí y Rincón [de la Vieja], cuyos imponentes picos parecían arder entre llamaradas; hacia el oeste, las grandes áreas de pastizales del Pacífico, el aire tranquilo, liviano y claro como el éter, así como el agradable y casi enervante aroma de las flores de las Acacias y Malpighias. Todo esto producía una impresión poderosa e inolvidable». De estas plantas, la primera corresponde al aromo (Vachellia farnesiana) congénere de los cornizuelos, y la otra pareciera ser pariente de la acerola. Y, agregaría yo, también las deliciosamente penetrantes fragancias del chan, el madroño, el sacuanjoche y el guácimo.

El muy vasto Partido de Nicoya

A propósito de haciendas y territorios, es oportuno aquí retroceder en el tiempo, hasta 1821, año clave, pues fue cuando ocurrió la independencia de los países centroamericanos.

Al respecto, un hecho a destacar es que para entonces los países que conformaban la llamada Capitanía General de Guatemala no son exactamente los mismos representados en la actualidad en América Central; a ellos se sumaba Chiapas —hoy perteneciente a México—, y no aparecía Panamá, que era parte de la Gran Colombia.

En tal sentido, desde la época de la colonia, cuando las poblaciones de los indígenas chorotegas habían sido drásticamente mermadas, y ellos vilmente despojados de sus tierras ancestrales, existía un territorio denominado Partido de Nicoya. Tan vasto era, que equivalía a toda la actual península de Guanacaste, al punto de que sus límites eran el río Tempisque y su afluente el río Salto por el este, mientras que por el norte lo eran el lago de Nicaragua y el río La Flor, ambos en territorio nicaragüense; como el océano Pacífico lo delimitaba por el occidente y el sur, todas las actuales playas guanacastecas pertenecían al Partido de Nicoya. En realidad, correspondía a casi todo el territorio de la actual provincia de Guanacaste, con excepción de Abangares, Cañas, Tilarán y Bagaces.

Para entender a cabalidad la compleja historia del Partido de Nicoya, quizás las dos principales obras sean El río San Juan en la lucha de las potencias (1821-1860) (2001), de la recordada historiadora Clotilde Obregón Quesada, y Nicoya: su pasado colonial y su anexión o agregación a Costa Rica (2015), de los reputados historiadores Luis Fernando Sibaja Chacón y Chester Zelaya Goodman. Y en ambas se capta con meridiana claridad que esas feraces vastedades de la bajura guanacasteca no siempre estuvieron regidas por el mismo régimen político-administrativo.

Por ejemplo, Obregón relata que —aunque no siempre se denominó Partido— esa unidad territorial y administrativa fue una gobernación anexa a la de Nicaragua desde la conquista española hasta 1558, para después, por unos 35 años (1558-1593) tornarse independiente. Posteriormente, por apenas nueve años (1593-1602) estuvo unida a Costa Rica, para poco después, y por nada menos que 184 años (1602-1786), ser independiente de nuevo. Finalmente, volvió a estar unida a Nicaragua por 23 años, aunque de manera paulatina se fueron cimentando importantes lazos económicos y políticos con Costa Rica, hasta que, de manera voluntaria, en una memorable acta suscrita en Nicoya el 25 de julio de 1824 por algunos dirigentes políticos locales, encabezados por Manuel Briceño Viales, Toribio Viales Cabrera, Ubaldo Martínez Reina y Manuel García Mendoza —cuyo facsímil aparece en el libro de Sibaja y Zelaya—, se decidió su anexión o incorporación a Costa Rica.

Ese hecho, que data de hace dos siglos, es el que se celebra el próximo 25 de julio, y que justifica el presente artículo; además, diez años después también se incorporaría a Costa Rica la por entonces denominada Guanacaste, hoy Liberia. Ello ocurrió sobre todo por conveniencia comercial, pues había más vínculos de este tipo con Costa Rica que con Nicaragua, además de que en este último país se sufría una gran inestabilidad política.

En síntesis, el territorio del Partido de Nicoya no siempre perteneció a Nicaragua, como lo han alegado los gobiernos de dicho país una y otra vez a lo largo de la historia. Al respecto, en Internet se puede hallar un video de Cable News Network (CNN), que data de setiembre de 2013, en el que, en una de sus arengas —y con las bravuconadas que lo caracterizan— el sátrapa Daniel Ortega Saavedra se deja decir que Costa Rica despojó a Nicaragua de Guanacaste, y que ello fue «un acto de fuerza, de guerra». Esto es ignorancia o mala fe, pues ello ocurrió en un cabildo abierto y no en un conflicto bélico. ¡Sobran las palabras!

Lo de Ortega y otros que lo antecedieron no son más que impertinencias y majaderías, pues no tienen asidero en la realidad, como lo demuestran de manera irrefutable los historiadores Obregón, Sibaja y Zelaya. En tal sentido, toda pretensión demagógica y chovinista de su parte se esfuma ante el muy bien cimentado cuerpo de evidencias documentales, propias de esas dos obras, emergidas del ámbito estrictamente académico. Por cierto, Zelaya —hoy con 84 años de edad— es un historiador muy connotado, así como un destacado docente —de cuyas enseñanzas pude disfrutar en la etapa de Estudios Generales, en la Universidad de Costa Rica— y, aunque costarricense hoy, nació en Granada, Nicaragua, y también ha escrito bastante sobre la historia de su patria natal.

Ahora bien, cabe hacer aquí una digresión para referir que cuando, a inicios de 1856, el líder filibustero William Walker reclamó a favor de Nicaragua los territorios del Partido de Nicoya y de Liberia, además de ignorar lo hasta aquí narrado, hizo otra jugarreta.

En efecto, en el Mapa oficial de Nicaragua, 1856 [derivado] de los recientes levantamientos ordenados por el Presidente Patricio Rivas y el General William Walker —impreso en colores en Nueva York—, no solo incluyó dichos territorios, sino que les adicionó los de Abangares, Cañas, Tilarán y Bagaces. Y, por si no bastara, les sumó los de los actuales cantones de Guatuso, Upala, Los Chiles, Río Cuarto, San Carlos y Sarapiquí. ¡Claro! Su intención era —como lo ha sustentado el amigo historiador Raúl Arias Sánchez— disponer de toda la cuenca del río San Juan y una inmensa porción de su región sureña, en menoscabo de Costa Rica, con miras a la construcción de un canal interoceánico, iniciativa apadrinada por John H. Wheeler, embajador estadounidense en Nicaragua. Pero, esto, risible de por sí —si no fuera por la seria amenaza que representaba para la integridad del territorio de Costa Rica—, hoy alcanza matices caricaturescos, cuando algunos sectores de la prensa nicaragüense afines a Ortega usan este mapa para sus fines.

El truculento mapa que en 1856 Walker ordenó imprimir en la casa gráfica Albert H. Jocelyn, en Nueva York. Cortesía: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría.

Antes de concluir esta sección, es oportuno referirse al topónimo Moracia. Fue instituido por el Congreso de Costa Rica, en acatamiento de una solicitud formulada por los propios lugareños, en un acta suscrita el 25 de mayo de 1854, para así agradecer al presidente Juan Rafael (Juanito) Mora Porras su apoyo. Efectivamente, según el eximio historiador Rafael Obregón Loría en su libro Costa Rica y la guerra contra los filibusteros (1991), en un momento de tirantez por reclamos de Nicaragua, a inicios de 1854 don Juanito viajó con una comitiva a la zona de Guanacaste, para reafirmar su vínculo con Costa Rica; por cierto, fue en esa oportunidad que su cabecera fue bautizada con el nombre Liberia. Cabe indicar que el topónimo Moracia —alusivo a su apellido— fue derogado el 20 de junio de 1860 por los enemigos políticos de don Juanito, nueve meses después de su derrocamiento.

Sin embargo, lo que no pudieron borrar fue que, conducido por don Juanito, un día de marzo de 1856 llegó a Liberia el Ejército Expedicionario, para instalar ahí su Cuartel General en Marcha. Además, que poco después, el día 20, un Jueves Santo, en una batalla fulminante se derrotó en la hacienda Santa Rosa —a unos 40 km de ahí— al ejército filibustero de Walker, comandado por el coronel húngaro Louis Schlessinger. De esta manera, se defendieron la soberanía y la libertad de Costa Rica, y los nombres de Moracia o Guanacaste quedaron inscritos con letras indelebles en los anales de la historia patria, al igual que de la centroamericana.

Guanacaste, emporio de haciendas ganaderas

Antes de referirnos a la ganadería en Guanacaste, que fue la principal actividad económica desde la época colonial, es oportuno un paréntesis para aludir al nombre de la provincia, que proviene del árbol homónimo —hoy símbolo nacional de Costa Rica—, bautizado Enterolobium cyclocarpum por los botánicos. De raíz indígena, su nombre común se originó de las voces aztecas quauitl (árbol) y nacaztli (oreja), debido a que su fruto se asemeja a una oreja; así consta en el libro Diccionario de costarriqueñismos (1919), del famoso lingüista Carlos Gagini Chavarría. Y, como a menudo los nombres comunes de las plantas varían entre países, en México también se le denomina huanacaxtle, huinacaxtle, huinecaxtli, huienacaztle, ahuacashle, cuanacaztle, nacaztle, cuanacaztli, cuaunacaztli, nacaxtle y orejón, mientras que en El Salvador se le llama conacaste; asimismo, se le conoce como corotú en Panamá, orejero y caracaro en Colombia, y carocaro en Venezuela.

Para retornar al paisaje de Guanacaste a mediados del siglo XIX, casi toda la provincia —por entonces denominado departamento de Guanacaste— estaba habitada por apenas 9112 personas, el 11% de la población nacional, que era de 100.174 individuos; así consta en el libro Bosquejo de la República de Costa Rica (1851), de Felipe Molina Bedoya. 

En cuanto a sus pobladores, los había de diversas etnias, pues a los indígenas se sumaron los españoles, al igual que los criollos —españoles nacidos en América— y numerosos negros traídos de África por los españoles; los historiadores Sibaja y Zelaya incluyen en su libro datos muy reveladores al respecto. En consecuencia, y de manera inevitable, sobrevinieron los cruces, así como el intercambio y combinación de genes entre estos grupos, para dar origen a personas mestizas —hijas de blancos e indios—, mulatas —de blancos y negros— y zambas —de indias y negras—, en un auténtico crisol de etnias.

Sin embargo, más allá del color de la piel, cada quien portaba sus propios rasgos culturales, reflejados en su lenguaje, comidas, costumbres, tradiciones, música, etc., por lo que esta mescolanza genética dio pie a un sincretismo y una cultura muy peculiar y rica, única en Costa Rica. Como una elocuente muestra, basta con revisar la exquisita obra Diccionario de guanacastequismos (2010), de Marco Tulio Gardela, prologada de manera muy certera por el escritor Miguel Fajardo Korea; oriundo de Nicoya, Miguel es un reconocido poeta y gestor cultural, a quien por fin tuve el gusto de conocer en persona este año en Liberia.

Ahora bien, para retornar a la ganadería como actividad económica, su historia es de larga data en la región. Para la época en que el naturalista Oersted recorrió Guanacaste, casi todo su territorio estaba ocupado por medio centenar de haciendas, algunas realmente gigantescas, al punto de que una de ellas, La Catalina, medía 19.665 hectáreas; así se capta en el prolijo libro La hacienda ganadera en Guanacaste: aspectos económicos y sociales 1850-1900 (1985), de Wilder Gerardo Sequeira. Por cierto, Oersted estuvo en Santa Rosa y Sapoá, ambas pertenecientes a los descendientes del guatemalteco Agustín Gutiérrez de Lizaurzábal, quien con la nicaragüense Josefa Peñamonge y La Cerda procreó una amplia prole en Costa Rica, que se ha extendido hasta hoy.

Como una curiosidad, los nombres de las haciendas guanacastecas eran los siguientes: Abangares, Ánimas, Boquerones, Ciruelas, Cuipilapa, Culebra, El Amo, El Jobo, El Real, El Viejo, Guapote, Hedionda, Higuerón, La Catalina, La Cueva, La Chocolata, La Palma, Las Cañas, Las Ciruelas, Las Trancas, Las Ventanas, Llano Grande, Mateo, Miravalles, Mogote, Monteverde, Murciélago, Naranjo (Bagaces), Naranjo (Liberia), Orosí, Palo Verde, Paso Hondo, Pelón de la Altura, Pelón de la Bajura, San Jerónimo (Bagaces), San Jerónimo (Liberia), San Rafael, San Roque, Santa Isabel, Santa María, Santa Rosa, Santo Tomás, Sapoá, Tempisque, Tenorio, Tierra Blanca, Ujarrás y Zapotal.

Cabe destacar que la mayoría de estas haciendas no tenían conexión directa con el antiguo Camino Real, que comunicaba el Valle Central con Nicaragua y el resto de Centroamérica, el cual se utilizaba desde la época colonial con fines comerciales, sobre todo. Por cierto, a partir de Esparza, y en un recorrido de 79,5 leguas (unos 443 km), los hitos geográficos de dicha ruta eran los siguientes: La Barranca, Aranjuez, Guacimal, Terrero, Abangares, La Palma, El Higuerón, Las Cañas, Bagaces, El Potrero, El Pijije, El Guanacaste, El Colorado, Los Ahogados, El Pelón, Las Cruces o Tempatal, Estero de las Salinas, El Naranjo, Río Ostional, La Flor, y La Sebadilla o Juan Dávila; así consta en un informe suscrito en 1848 por Ramón de Minondo, Director de Obras Públicas, el cual apareció en la prensa (El Costa-Ricense (No. 98, 21-X-1848).

Ahora bien, en cuanto a los dueños de las haciendas, aunque algunos eran latifundistas ausentistas —residentes en el Valle Central o en Nicaragua—, Sequeira demuestra que la gran mayoría vivían en Liberia, y algunos en Bagaces.

Cada uno de ellos delegaba sus responsabilidades de administración en un mandador, quien era la autoridad máxima en su respectiva hacienda; entre otras actividades, se encargaba de seleccionar y contratar la fuerza laboral (sabaneros, peones, cocineras y criadas). A su vez, contaba con dos subalternos: el caporal, y el capataz o sobrestante. El primero se dedicaba de manera exclusiva al ganado, por lo que llevaba el inventario de las reses, así como a su transporte y entrega, cuando se vendían. Por su parte, el capataz dirigía y supervisaba a los sabaneros y a los peones. Esta información, y mucha más, sumamente valiosa —incluidos los testimonios de varios ancianos que laboraron ahí— aparece en el capítulo Trayectoria histórica de la hacienda Santa Rosa: sus propietarios a lo largo del tiempo, escrito por los historiadores Brunilda Hilje Quirós y William Solórzano Vargas, para el libro Santa Rosa, paraje de biodiversidad y escenario de la libertad, que me correspondió editar.

Como lo relatan estos autores, los sabaneros eran las figuras más visibles de la hacienda. Tras destacar que «constituían la fuerza laboral más importante», especifican que «a ellos les correspondían todas las tareas relacionadas con el ganado, lo cual incluía recoger los animales para bañarlos, curarlos de garrapatas, tórsalos y otros parásitos, ponerles la marca o “fierro” de su patrón, y amansar caballos. Además, muchos eran, y aún lo son, verdaderos artesanos en la elaboración de gruperas, cinchas, albardas, coyundas y otros implementos, que constituían sus herramientas de trabajo y los aperos de su caballo».

A los sabaneros se sumaban los peones, cuya labor principal era desyerbar con machete los pastizales, aunque también picar leña para la cocina, cavar pozos para abastecer de agua al ganado, y construir o reparar las cercas de encierros donde se protegía a las reses, ya fuera enfermas, prontas a parir, o recién paridas.

Finalmente, de inmensa importancia era la labor de las cocineras, pues de ellas dependían por completo todos —el mandador, el caporal, el capataz, los sabaneros y las peonadas—, para poder contar puntualmente con el desayuno, el almuerzo y la cena cotidianos. Tan pesadas y agobiantes tareas culinarias eran complementadas con las de las criadas, que tenían a su cargo la limpieza de los dormitorios, al igual que el lavado y el planchado de la ropa de esa muchedumbre.

La mítica pampa guanacasteca

En mi infancia, la percepción que tenía de Guanacaste estaba moldeada en mi mente por las imágenes que el poeta santacruceño José Ramírez Sáizar dejó plasmadas en el Himno a la Anexión de Guanacaste, que entonábamos cada 25 de julio en la escuela. En él convergen topónimos bellamente sonoros, como Diriá y Nicoya, la exaltación de la valentía del legendario indígena chorotega Curime —novio de la princesa Nosara—, y la irrenunciable y autónoma decisión de los pueblos nicoyano y santacruceño de sumarse a Costa Rica, encarnada en la frase «De la Patria por nuestra voluntad».

A propósito del nombre de dicho himno, a menudo se incurre en el error de decir que toda Guanacaste se anexó a Costa Rica, cuando lo cierto es que —como ya se indicó—, los actuales cantones de Abangares, Cañas, Tilarán y Bagaces siempre fueron parte del territorio costarricense. Asimismo, algunos autores han cuestionado el uso del término anexión, y sugieren reemplazarlo por uno más apropiado, como agregación, unión o incorporación, acerca de lo cual los expertos Sibaja y Zelaya hacen un breve pero muy esclarecedor análisis histórico. En realidad, no percibo nada incorrecto en aquel término pues, según la Real Academia Española, anexar significa «unir o agregar algo a otra cosa con dependencia de ella», y Guanacaste —por importante que sea en varios sentidos— es tan solo una parte o una región de Costa Rica; como una curiosidad, en el título de su libro, Sibaja y Zelaya incluyen los de anexión y agregación, de manera un poco salomónica.

Para retornar a mi relación con Guanacaste, ya en la adolescencia visualizaba tan lejanos parajes como territorios planos y extensos, que emergían de la Cordillera Volcánica en el oriente, para desvanecerse en el océano Pacífico. En la prensa radial y escrita se aludía a ellos con términos como pampa, sabana, llano, llanura, bajura y planicie, que, por cierto, no significan exactamente lo mismo en términos biogeográficos. Además, en el Liceo de San José tenía dos queridos compañeros de raíces guanacastecas, quienes narraban cosas de sus terruños; ellos eran Leonardo Soto, oriundo de Carrillo o de Nicoya, y Mayela Jaen Castellón, puntarenense de nacimiento, pero de padres guanacastecos.

Sin embargo, yo ignoraba por completo la dimensión social de lo que acontecía en esas míticas comarcas. Que había grandes latifundios pertenecientes a acaudalados terratenientes y, en consecuencia, sabaneros y grandes peonadas de pobres, lo conocí y aprendí en los albores de mi educación secundaria, cuando uno de mis hermanos compró y llevó a casa el libro Memorias de un pobre diablo, de Hernán Elizondo Arce, Premio Nacional de Novela en 1964. De padre domingueño y madre orotinense, llegado a Guanacaste de niño, y de adulto convertido en maestro rural, Elizondo no solo atestiguó de primera mano el drama cotidiano de estas atribuladas gentes, víctimas de las arbitrariedades y de la explotación, sino que, con magnífica y conmovedora pluma, supo narrar tantos dolores y penas.

Ahora bien, aunque en nuestra niñez y adolescencia dos de mis hermanas mayores nos llevaban al mar en Puntarenas —en un viaje de ida y vuelta el mismo día, gracias que el tren salía de madrugada y regresaba a media tarde—, para el verano de 1967 cambiaron de plan, y esa vez visitamos playa Sámara, en Guanacaste. Viajamos en autobús hasta Nicoya, nos hospedamos en una pensión céntrica, y ellas contrataron a un señor para que nos llevara en yip hasta dicha playa, pues no había otro medio de transporte, salvo el caballo.

El resultado de esa aleccionadora travesía lo sinteticé hace unos años, en un artículo intitulado Pobres diablos… ¡y diablas! (Informa-tico, 20-XI-06), así: “Al siguiente verano, en las vacaciones familiares fuimos a conocer Guanacaste y, mientras mis ojos y mi piel disfrutaban de los sorprendentes paisajes de nuestras bajuras y sus paradisíacas playas, mi corazón andaba por otro lado: captando en vivo lo que el libro retrataba, en aquellos ranchos tugurientos a la vera de los resecos y empolvados caminos, en el olor del humo emergiendo de paupérrimos fogones, en las interminables cercas de púa delimitando los amarillentos jaraguales de los latifundios, en los cuerpos retostados y enjutos, de las extenuantes faenas bajo esos inclementes soles, así como de tantas hambres acumuladas”.

Debo decir que el esclarecedor y vibrante libro de Elizondo, más esa visita a Guanacaste, me marcaron de por vida en cuanto a mi sensibilidad y mi compromiso social.

Mi acercamiento a Guanacaste

Aunque ese fue el único viaje que hice a Guanacaste en mis tiempos de colegial, con el inicio de mi carrera en Biología en la Universidad de Costa Rica (UCR) tuve la fortuna de retornar, pues la singularidad biológica y ecológica de esa región demandaba visitarla.

Fue así como en el curso de Historia Natural de Costa Rica, impartido por el recordado Sergio Salas Durán, empecé a familiarizarme con los aspectos geológicos, edáficos, climáticos, botánicos, zoológicos y ecológicos de esa región, que él conocía muy bien, pues residió un tiempo en el Parque Nacional Santa Rosa; por cierto, Sergio nos legó una crónica intitulada El tesoro del Parque Nacional Santa Rosa, que incluí en el citado libro que me correspondió editar, rico en información acerca de la historia natural de esos parajes. Años después, para efectuar observaciones de campo, visitamos esta localidad en los cursos de Ornitología y Herpetología —incluidas las arribadas masivas de tortuga lora—, en tanto que en el de Biología Marina estuvimos en Playas del Coco y Bahía Culebra; los respectivos profesores fueron Douglas Robinson, Gary Stiles y Carlos Villalobos Solé.

En el verano de 1973, dado que se necesitaban especímenes para las clases de laboratorio, recorrimos otros puntos, como asistente de los profesores Manuel María Murillo Castro y Carlos Valerio Gutiérrez, en los cursos de Zoología de Invertebrados y Zoología de Vertebrados, respectivamente. En el primer caso, íbamos como ayudantes Freddy Pacheco León, José Antonio Vargas Zamora y Wilberg Sibaja Castillo, y con don Manuel visitamos las playas de Brasilito y Conchal, para recolectar invertebrados marinos; era una época de pésimos y polvorientos caminos, y dormimos en tiendas de campaña. En el segundo caso, fuimos a varios sitios, y con Carlos y Wilberg recuerdo haber pernoctado en tiendas de campaña en los predios de la hacienda La Pacífica, en Cañas —por entonces de los esposos Werner y Lilly Hagnauer, conservacionistas suizos—, al igual que en una hacienda de la familia Baldioceda, al pie del volcán Orosí, mientras soportábamos muy fuertes ventoleras.

Así que esos fueron mis primeros acercamientos a la pampa guanacasteca, que dejó de ser mítica en mis sentidos. Desde entonces, sus desbordantes paisajes y ese afecto tan peculiar de los locuaces lugareños, de talante espontáneo, abierto y sincero, se incrustaron para siempre, y permanecen gratamente palpitantes en mi corazón.

Ahora bien, en el verano de 1974, ya graduado yo como bachiller en Biología, tomé el curso de Ecología de Poblaciones en la UCR —auspiciado por la Organización para Estudios Tropicales (OET)—, el cual fue coordinado por los ya citados Douglas, Gary y Sergio. Y fue así como, junto con compañeros de varios países latinoamericanos, permanecimos una semana en la Estación Biológica Palo Verde, y otra semana en Monteverde, lugar donde confluyen las provincias de Guanacaste, Puntarenas y Alajuela.

Al año siguiente retorné a Palo Verde dos veces, como asistente en dicho curso y, en años posteriores visité localidades de Abangares, Cañas, Bagaces y La Cruz, en varias giras, ahora como profesor en la Escuela de Ciencias Ambientales de la Universidad Nacional (UNA). Recuerdo que a fines de setiembre de 1983, con varios colegas pudimos recorrer en una buseta unos 200 km del territorio provincial, a través de la Carretera Interamericana —que corre por gran parte del curso del antiguo Camino Real—, para penetrar en Nicaragua por Peñas Blancas, pues desde la UNA se deseaba apoyar a dicho país en el campo agrícola y forestal, en respuesta a una solicitud que hiciera su gobierno. Asimismo, en una ocasión formé parte de una comitiva que, invitada por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), debía visitar Tilarán para evaluar y proponer soluciones ante el riesgo de que descomunales masas flotantes del pasto llamado gamalote (Paspalum fasciculatum) dañaran estructuras clave en la represa hidroeléctrica de Arenal.

Asimismo, fue durante los años de estadía en la UNA, hasta 1990, que, como parte de las actividades del Programa Interinstitucional de Protección Forestal (PIPROF), conformado por colegas del Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC), la Dirección General Forestal (DGF) y la UNA, visitamos Guanacaste reiteradas veces para asesorar a los productores forestales en el manejo de plagas; ahí estuvimos con Marcela Arguedas Gamboa, Mariela Bermúdez Mora y Manuel Víquez Carazo (TEC), Carlos Manuel Araya Fernández (UNA), Luis Quirós Rodríguez y Félix Scorza Reggio (DGF). Ello me permitió volver a algunos sitios conocidos, así como familiarizarme con otros nuevos, al punto de recorrer, en diferentes momentos, localidades de los once cantones de la provincia: Liberia, Nicoya, Santa Cruz, Bagaces, Carrillo, Cañas, Abangares, Tilarán, Nandayure, La Cruz y Hojancha.

Es pertinente indicar que, aunque con PIPROF efectuamos giras por todo el país durante muchos años, la recurrencia de visitas a Guanacaste obedeció a las plantaciones resultantes del programa de incentivos para la reforestación impulsado a partir del gobierno de don Rodrigo Carazo Odio (1978-1982). En realidad, por muchos años la ineficiente ganadería de carne había provocado muy altas tasas de deforestación en Guanacaste, asociadas con el establecimiento de vastos pastizales; ese lamentable fenómeno fue lo que el célebre ecólogo Joseph Tosi, del Centro Científico Tropical (CCT), denominó «potrerización» del país.

Y, para finalizar mis recorridos de entomólogo por Guanacaste, después de muchos años de no hacerlo, en abril de 1998 retorné, cuando ya trabajaba en el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE). Lo hice para tomar muestras de moscas blancas (Bemisia tabaci) y de los virus que transmite, como parte de un proyecto mundial, coordinado en América Latina por el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), en Colombia. Me acompañó Alexis Serrano, por entonces asistente de mi colega Pilar Ramírez Fonseca, en el Centro de Investigación en Biología Celular y Molecular (CIBCM), de la UCR. Fue una jornada maratónica, de cinco días consecutivos, por Bagaces, Carrillo, Cañas y Tilarán, a las que se sumaron tres localidades (Abangaritos, Lepanto y Jicaral) que están en la península de Nicoya, pero pertenecen a Puntarenas.

Además de esta iniciativa, entre 2001-2004 participé, esta vez en el campo forestal, en el proyecto Cerbastán, desarrollado en la hacienda La Pacífica —ahora de Stephan Schmidheiny—, financiado por la Fundación Avina, creada por este conservacionista y filántropo suizo. Eso implicó la dirección de la tesis de doctorado del estudiante salvadoreño Francisco Soto Monterrosa, referida al efecto de diversificar plantaciones de cedro y caoba con otras especies de valor agroforestal, para reducir el ataque de esas maderas preciosas por la larva del barrenador de los brotes (Hypsipyla grandella).

Para concluir este recuento acerca de mi relación con el paisaje guanacasteco, además de recorrer sus planicies y bajas serranías, así como de disfrutar numerosas veces de sus bellísimas playas en años posteriores, pude estar al pie del Orosí —como lo indiqué en páginas previas—, al igual que de los volcanes Miravalles y Tenorio, todos de hermosos perfiles. Asimismo, tuve el gusto de visitar la cima del Rincón de la Vieja junto con el colega Juan Bravo Chacón, lo cual hicimos en enero de 1984 con los amigos Ricardo Sol Arriaza, Luisa Castillo Martínez y sus pequeños hijos Felipe y Alejandra.

Ahora bien, más allá de lo geográfico, hay una dimensión humana que ha enriquecido mi vida, y es el trato que tuve, en el Valle Central, con varias personas nacidas en Guanacaste, o de raíces guanacastecas. Dos de ellas fueron los ingenieros agrónomos Abundio Gutiérrez Matarrita y Héctor Zúñiga Rovira —poeta este último, así como autor de la letra y la música de la muy famosa canción Amor de temporada—, más el ya citado Carlos Valerio —oriundo de Tilarán— y el liberiano Edmundo Abellán Cisneros, compañero en la UNA como docentes. A ellos se suman varios alumnos ahí, hoy destacados profesionales forestales, como David Guadamuz Leal, Ángel Guevara Villegas, Marco Rodríguez Li, Felipe Vega Monge, Francisco Ramírez Noguera y Rafael Ángel Sánchez Rojas. Y, ya después, desde el CATIE colaboré con la UNA y la UCR en dirigir o participar en las tesis de licenciatura de Paúl Gómez Matarrita, Jorge Aguirre Araya y Ricardo Noguera Peñaranda, también exitosos profesionales en los campos agronómico o químico.

Por cierto, en la UNA dirigí o participé en tesis de maestría sobre el manejo de animales vertebrados plaga en el noroeste del país. Realizadas en Cóbano y Curú —en la península—, así como en Bagaces y Cañas, fueron las de Maritza Guido Martínez con pericos, Javier Monge Meza con ardillas, Martín Lezama López con roedores, y Juan Diego Alfaro Fernández con zanates; de ellos, Maritza es salvadoreña y Martín nicaragüense. Además, dirigí la tesis de licenciatura de Javier, sobre la rata de la caña, en Cañas.

Finalmente, de particular importancia fue mi relación con el santacruceño Douglas Cubillo Sánchez, al que conocí de estudiante en agronomía en la UNA, y a quien años después dirigí su tesis de maestría, además de que participé en la de doctorado, ambas en la UCR, referidas a plagas de tomate y banano, respectivamente. Sin embargo, dadas su inteligencia, iniciativa, alta calidad profesional, generosidad y don de gentes, nuestra relación fue más cercana, pues lo contraté como mi asistente en el CATIE, en lo cual me acompañó por cinco años; nunca tuvimos un solo disgusto y, de tan fructífera interacción, publicamos 18 artículos en revistas científicas, así como 12 de carácter divulgativo, para agricultores. Muy lamentablemente, falleció joven, cuando estaba en la plenitud de sus labores profesionales, como lo relaté en el artículo A Douglas Cubillo, en el recuerdo (Nuestro País, 8-II-2017).

Palabras finales

Jubilado desde hace varios años, mis recorridos como científico por Guanacaste —tratando de contribuir en los campos agrícola y forestal— quedaron atrás en el tiempo. Ahora mis viajes son de descanso, restringidos a la visita ocasional a alguna de sus playas, de esas que abundan en cada recodo del irregular y caprichoso litoral Pacífico, a cuál más de atractiva.

Eso sí, cuando visito Guanacaste no puedo dejar de evocar a Hernán Elizondo, quien —como lo consigno en mi artículo—, hace pocos años advertía lo siguiente: “He insistido mucho en algo, en lo que me adelanté a los hechos […]. Las playas están en manos de los extranjeros. El turismo por un lado es bueno; por otro, terminaremos como en México, jalando valijas. Al norte de Acapulco hay barriadas miserables. Allá pasó lo que pasa aquí con Papagayo”. Ojalá que las autoridades nacionales, provinciales y cantonales, junto con las propias comunidades, puedan crear opciones productivas —lejos del frenesí inmobiliario y la casi subasta de playas—, que generen empleos bien remunerados y que dignifiquen a los lugareños, a la vez que propicien el verdadero desarrollo de la provincia.

En cuanto a mi relación actual con Guanacaste, ahora como aficionado a la historia, en años recientes me he interesado en entender mejor la manera en que el entorno y las gentes de la antigua Moracia contribuyeron al éxito logrado en la Campaña Nacional contra el ejército filibustero del esclavista William Walker —incluida la gloriosa batalla de Santa Rosa, por supuesto—, lo cual permitió garantizar y consolidar la integridad territorial y política de Costa Rica. Hay aún tanto por descubrir, esclarecer y difundir, que… ¡ahí seguiremos!

Es decir, Guanacaste permanece presente en mi vida. Y lo ha estado por ya tantos años que, desde que descubrí Pampa, le pedí a Elsa, mi esposa, que cuando yo muera, en mi funeral se entone la melodía de esa canción.

En realidad, musicalizado por el gran compositor santacruceño Jesús Bonilla Chavarría, se trata de un poema del alajuelense Eulogio Porras Ramírez quien, cautivado por sus paisajes y sus nobles gentes, le cantó a Guanacaste con amor filial, como lo narro en el artículo Aníbal Reni, desde la pampa guanacasteca (Informa-tico, 21-VII-08). Ese poema, que llega hasta lo más hondo del alma, culmina así: «Pampa, pampa. Te vio el sabanero / y ya nunca te puede olvidar; / en su potro se escapa ligero / tras el fiero novillo puntal. // Luego viene la tarde divina / y el contorno se mira sangrar; / hay marimbas que treman lejanas / y la pampa se vuelve inmortal».

En los 60 años de la Organización para Estudios Tropicales

Estudiantes y profesores del curso de Ecología de Poblaciones, de 1974, en una visita al volcán Poás: Olga Méndez, Pedro Falco, Luko Hilje, Rafaela Sierra, Gary Stiles, Julio Sánchez, Sergio Salas, Gustavo Ramos, Carmelina Flores y Amado Suazo.

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

A mediados de diciembre de 2023, fui invitado como co-conferencista en el evento El aporte histórico de la OET: remembranzas de 60 años, junto con el renombrado biólogo Pedro León Azofeifa; tuvo lugar en la sede local de dicha entidad, en el campus de la Universidad de Costa Rica (UCR). Ello obedeció a que el año pasado la Organización para Estudios Tropicales (OET) u Organization for Tropical Studies (OTS) alcanzó su 60 aniversario, y las nuestras representaron el cierre de un ciclo de conferencias organizadas durante el año.

Como lo expresé esa tarde, aparte de sentirme muy honrado con dicha invitación, también lo fue compartir el podio con Pedro, colega por quien he sentido un profundo afecto y admiración desde siempre. De ello dejé constancia en mi artículo ¿Cabeza de…, León?, que publiqué hace 19 años en el diario La República (12-V-05, p. 16), cuando él fue galardonado como miembro de la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU. Y, aunque tomamos rumbos muy diferentes, él en el campo de la biología molecular, y yo en el de la entomología agrícola y forestal, hemos confluido en instancias y ámbitos pertinentes a la conservación del ambiente y al desarrollo científico del país. Una expresión de esto fue la elaboración del artículo La biodiversidad de Costa Rica en dos siglos de vida independiente, y una mirada hacia el tricentenario que, encabezado por nuestro común y entrañable colega y amigo Rodrigo Gámez Lobo, publicamos en la Revista del Archivo Nacional de Costa Rica (2021, No. 85), con ocasión de la celebración del bicentenario de nuestra independencia.

Ahora bien, en cuanto a nuestras charlas de esa tarde, Pedro se refirió a los primeros años de la OET, no solo con su notable habilidad expositiva, sino que también con gran conocimiento de causa, pues durante seis años (1998-2004) fungió como presidente de la Junta Directiva de esta entidad. Por mi parte, con gusto acepté hacerlo, porque en los últimos años me he dedicado a investigar acerca del desarrollo histórico de nuestras ciencias naturales, y porque con la OET —aunque ocasional—, he tenido una relación muy positiva, no solo en mis años de estudiante, sino que también como profesional. Fue por eso que a mi conferencia —de apenas media hora, y que fue más bien una especie de «divertimento»— la intitulé Una opinión acerca del significado histórico de la Organización para Estudios Tropicales en Costa Rica, más algunas remembranzas personales.

Es a ella a la que deseo referirme en sus aspectos esenciales, para que mis palabras de esa inolvidable tarde no se las lleve el viento y caigan en el desolado fondo del olvido.

Un vistazo al siglo XIX

En realidad, para entender a cabalidad el surgimiento, al igual que el significado histórico de la OET, es ineludible dar una mirada en retrospectiva al siglo XIX, pues fue a mediados de dicha centuria cuando arribaron a Costa Rica los primeros naturalistas europeos.

Algunos de ellos fueron transeúntes, pero hubo cuatro que se instalaron en el país por períodos de longitud variable y, además, escribieron artículos formales en revistas, o incluso libros, sobre diferentes aspectos de nuestra naturaleza. El primero fue el danés Anders Oersted (1846-1848), quien fue seguido por los alemanes Karl Hoffmann (1854-1859), Alexander von Frantzius (1854-1868) y Helmuth Polakowsky (1875-1876). Asimismo, tras un prolongado interregno —de más de un decenio—, su labor sería continuada y acrecentada por los naturalistas suizos Paul Biolley, Henri Pittier y Adolphe Tonduz, contratados por el gobierno de Bernardo Soto Alfaro, durante la Reforma Liberal de 1885-1889.

A su vez, estos esfuerzos pioneros fueron ampliados y enriquecidos con la monumental obra Biología Centrali-Americana, que fue una iniciativa de los ingleses Frederick D. Godman y Osbert Salvin, y que quedó plasmada en 67 volúmenes, publicados en un intervalo de 36 años (1879-1915), escritos por numerosos especialistas europeos y estadounidenses. Además, se vieron favorecidos por una alianza establecida en 1862 por von Frantzius con el Instituto Smithsoniano —restringida a aves y mamíferos—, la cual también permitió la formación de José Cástulo Zeledón como el primer naturalista costarricense, a quien le correspondió actuar como una especie de eslabón o puente entre los naturalistas alemanes y suizos ya citados.

Asimismo, esto incidiría en la fundación del Museo Nacional, en 1887, como un espacio de encuentro e intercambio de conocimientos entre los consagrados y los noveles científicos de entonces (Zeledón, Juan José Cooper Sandoval, Anastasio Alfaro González, José Fidel Tristán Fernández, Otón Jiménez Luthmer y Alberto Manuel Brenes Mora), lo cual propició la institucionalización de las ciencias biológicas en el país. Ya en el siglo XX, ésta culminaría en 1957, con la fundación del Departamento de Biología en la UCR, convertido en 1974 en la actual Escuela de Biología, que hizo posible la formación de biólogos con énfasis en botánica, zoología, genética o ecología.

Acerca de este proceso, el lector puede consultar tres artículos míos recientes, publicados en revistas académicas: Las rutas históricas del desarrollo de las ciencias biológicas en Costa Rica (2022), Naturalistas y científicos extranjeros influyentes en el desarrollo de las ciencias biológicas en Costa Rica (2023) y Los pioneros de la entomología en Costa Rica (2023). El primero apareció en Herencia, y los otros dos en la Revista de Biología Tropical.

Surgimiento y vigencia de la OET

Aunque, con la creación del Museo Nacional se inició un flujo continuo de botánicos y zoólogos extranjeros —sobre todo estadounidenses—, ello no ocurrió de manera sistemática ni articulada, sino más bien aleatoria.

No obstante, esta situación cambió de manera radical con el surgimiento de la OET —cuya acta de nacimiento data del 5 de marzo de 1963, en Florida—, como un consorcio académico de siete universidades estadounidenses y la UCR. De ello da fe el artículo Un recuento de la historia de la biología en Costa Rica, en la voz del Dr. Rafael Lucas Rodríguez Caballero (Herencia, 2023) que, aunque elaborado por mí, su médula corresponde a un invaluable texto casi desconocido —una conferencia ofrecida en agosto de 1972— de ese insigne científico y educador, quien a su vez fue coartífice de la creación de la OET.

En dicho texto, don Rafa —como se le conocía en el ámbito universitario— narra los primeros intentos por crear un ente educativo orientado al estudio profundo de la naturaleza neotropical, pero la idea no cristalizaría sino hasta 1963. Fue por esos tiempos que confluyeron en un mismo propósito dos científicos realmente excepcionales, así como hábiles gestores en el mundo de la ciencia: él, como director del Departamento de Biología de la UCR, y Jay M. Savage, por entonces profesor en la Universidad de Southern California. Botánico don Rafa y herpetólogo Savage, tan contrastantes especialidades no fueron óbice para que sus mentes convergieran en cuanto al planeamiento y la concreción de un proyecto muy original e innovador en el mundo tropical. En efecto, se trataba de una aventura académica unificadora e integradora en su enfoque, así como de gran alcance científico.

Esa aventura se materializó en la OET, cuyo primer gran logro es haber alcanzado 60 años de existencia, es decir, una inusitada perdurabilidad, pues para entidades como estas —que no tienen fondos permanentes garantizados—, es sumamente difícil mantenerse en el tiempo. Gracias a quienes han sabido conducir sus destinos, así como a aquellas personas y agencias filantrópicas que han aportado fondos para su financiamiento, la trayectoria de la OET ha sido muy fructífera, a pesar de haber enfrentado situaciones realmente adversas en ciertas épocas.

Desde el punto de vista administrativo y logístico, aunque a lo largo de su historia su sede administrativa estuvo en edificios alquilados, ya en San Pedro de Montes de Oca o en Moravia, desde el 14 de mayo de 2004 se localiza en un hermoso edificio, dentro de la Ciudad de la Investigación de la UCR. Asimismo, cuenta con tres estaciones biológicas en el territorio nacional, en zonas ecológicas contrastantes: La Selva (Sarapiquí), Palo Verde (Guanacaste) y Las Cruces- Jardín Botánico Wilson (San Vito).

La OET como un parteaguas

Cuando uno analiza la historia de las ciencias biológicas en Costa Rica, se percata de que, por más de un siglo, la investigación tuvo un sesgo hacia aspectos puramente taxonómicos, tanto de la flora como de la fauna. Esto era lógico, pues los investigadores extranjeros venían al país atraídos por su muy rica biodiversidad, que incluía no solo el asombroso número de especies que lo caracterizan, sino que también las singulares adaptaciones anatómicas y fisiológicas, relaciones simbióticas, comportamientos, sistemas de polinización, etc., que, a veces por insólitas, parecieran pertenecer al ámbito del surrealismo. Pienso que, millones de años antes de que emergiera esta corriente pictórica y literaria, en el mundo natural —y, en particular, el tropical— la flora y la fauna ya habían sobrepasado casi todos los límites de la imaginación.

Por tanto, en su afán de descubrir y describir las inefables formas y fenómenos con que se topaban a cada paso que daban en nuestras selvas y costas, o al bucear en sus mares, los investigadores extranjeros centraron sus esfuerzos en inventariar miles de especies de plantas y animales, sin necesariamente profundizar —por falta de tiempo y de recursos económicos— en las tramas de relaciones ecológicas, tanto estructurales como funcionales, de las que dichas especies forman parte, y menos aún en aspectos pertinentes a las relaciones genéticas o evolutivas de los grupos taxonómicos de su interés. Pero todo esto cambiaría con la OET.

Ahora bien, sí hay que tener claro que las expectativas originales de la OET eran de carácter docente. Así se percibe con meridiana claridad en el ya citado artículo de don Rafa, quien, al referirse a la génesis de la OET, relata lo siguiente:

«Esto arrancó de la lucha de casi diez años de un profesor de la Universidad de Michigan, que se llamó Norman Hartweg, quien soñaba con la instalación de un plantel de investigación de ciencias en el trópico. Luchó por establecerlo en el sur de México, donde se le desdeñó y quedó totalmente desanimado. Sin embargo, en una oportunidad llegaron a Costa Rica unos estadounidenses, que venían a estudiar la posibilidad de dar cursos de verano para profesores de su país. Para entonces estaba John de Abate Jiménez en el Departamento [de Biología], y él y yo hicimos amistad con este grupo, y por espacio de tres años realizamos cursos intensivos de biología tropical para profesores universitarios estadounidenses. Al año siguiente de comenzar, en 1962, promovimos una conferencia continental, con la participación de muchos países de América, desde Estados Unidos hasta la Argentina, con el fin de aunar esfuerzos para el estudio del trópico, y de esa reunión nació la Organización para Estudios Tropicales».

En realidad, esos primeros esfuerzos por familiarizar a profesores estadounidenses con el mundo tropical tomaron otro cariz, y muy pronto evolucionaron hacia la oferta de un curso de postgrado en inglés, tanto para estudiantes estadounidenses como latinoamericanos. Dicho curso se intituló Tropical Biology: An Ecological Approach (Biología Tropical: Un Enfoque Ecológico), aunque también se le ha denominado Fundamentals of Tropical Ecology. Si bien se dice que se inició en 1963, el verdadero curso no comenzó sino hasta 1965, según me lo indicó Daniel Janzen en estos días. Debido a su innegable éxito, se ofrece hasta hoy, junto con otros cursos de posgrado y grado surgidos en años más recientes.

Desde sus albores, ese curso clásico o fundacional fue concebido como de investigación en el campo, a tiempo completo, durante dos meses, y de manera intensiva. Sin embargo, dos brillantes jóvenes que lo habían tomado, Daniel Janzen y Norman Scott, le insuflaron un original enfoque metodológico, basado en la realización de experimentos cortos. Para ello, cada estudiante debía observar algún hecho o fenómeno que le llamara la atención, plantearse una pregunta inteligente al respecto, convertirla en una hipótesis, y determinar la veracidad de ésta mediante un experimento realizable en unas pocas horas de trabajo de campo. Por cierto, ellos provenían de disciplinas muy disímiles, de la entomología el primero, y de la herpetología el segundo; Daniel fue discípulo del célebre Ray F. Smith —uno de los proponentes del paradigma del manejo integrado de plagas— en la Universidad de California, en su campus de Berkeley, mientras que Norman lo fue del ya citado Savage, en la Universidad de Southern California.

Como lo afirmo en uno de los artículos académicos que cité al inicio de este artículo, «desde el punto de vista de la enseñanza de las ciencias biológicas, esos cursos intensivos de biología de campo representaron una especie de parteaguas o hito, vale decir, “un antes y un después” en la forma de percibir y entender la naturaleza tropical, y desde entonces ese enfoque y esa metodología las hemos aplicado a nuestros estudiantes durante nuestra vida académica». Esto último es muy satisfactorio para mí, pues algunos de mis estudiantes extranjeros en la Universidad Nacional (UNA) o el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE), años después me comunicaron cuán enriquecedora y gratificante fue esa experiencia académica, la cual ellos también replicaron con éxito en sus labores docentes.

Ahora bien, en determinado momento, las labores de la OET empezaron a trascender el ámbito docente, para también incentivar las actividades de investigación en ecología tropical. En efecto, con el paso de los años, y gracias al mejoramiento y modernización de su infraestructura, las estaciones de la OET se convirtieron en entornos ideales para el desarrollo de proyectos de largo plazo, gestados por profesores de algunas universidades estadounidenses, y financiados por diversas entidades. Esto ha permitido que sus estudiantes de postgrado realicen ahí las investigaciones para sus tesis, con lo cual se han logrado extraordinarios avances en el entendimiento de los complejos fenómenos y mecanismos que determinan la abundancia, la estructura, la funcionalidad, la distribución, la persistencia y la evolución de la biota tropical, así como sus interrelaciones con el entorno físico.

Por ejemplo, solamente en La Selva —la más antigua de las estaciones, y otrora perteneciente al célebre ecólogo Leslie R. Holdridge—, las investigaciones ahí realizadas han producido más de 4500 publicaciones, lo que permite afirmar que es uno de los sitios tropicales del planeta mejor estudiados. Es pertinente resaltar que estas y muchas otras publicaciones corresponden a artículos aparecidos en revistas científicas de muy alto nivel, al igual que a capítulos de libros, libros completos y otros tipos de documentos. Por cierto, toda esta información está sistematizada en la excelente base de datos BINABITROP —patrocinada por la OET—, así como disponible en Internet para cualquier usuario interesado.

Mi relación con la OET

Antes de continuar, aclaro que no pretendo reseñar aquí la historia de la OET —pues no soy quién para hacerlo—, sino relatar algunas remembranzas personales, como lo señalé al inicio.

Al respecto, por fortuna, se cuenta con tres excelentes publicaciones. La primera corresponde a un capítulo del libro Tropical rainforest diversity and conservation, escrito por Donald E. Stone —uno de sus directores, por largo tiempo—, el cual se intitula The Organization for Tropical Studies (OTS): a success story in graduate training and research (1988). La segunda es el artículo Evolution of the Organization for Tropical Studies (Revista de Biología Tropical, 2002), de Leslie J. Burlingame. La tercera es otro artículo, The Organization for Tropical Studies: History, accomplishments, future directions in education and research, with an emphasis in the contributions to the study of plant reproductive ecology and genetics in tropical ecosystems (Biological Conservation, 2021), escrito por Oscar Rocha y Elizabeth Braker. ¡Ojalá algún día se escriba un libro completo sobre la historia y los logros de la OET!

Ahora bien, en cuanto a mis remembranzas, debo indicar que mi relación con la OET ha sido discontinua y hasta intermitente a lo largo de medio siglo, pero siempre muy positiva.

Todo empezó cuando, por tratarse de un curso de postgrado, recién obtenido el bachillerato universitario en Biología —que completé a fines de 1973—, al comenzar el siguiente año, en el verano o estación seca de 1974, fui aceptado en el curso de Ecología de Poblaciones, al cual me referiré en detalle después.

Gracias a mi desempeño en dicho curso, en el verano del año siguiente sus coordinadores, el herpetólogo Douglas Robinson, el ornitólogo Gary Stiles y el ecólogo Sergio Salas —profesores en la UCR— me nombraron como su asistente, cuando frisaba yo los 22 años de edad. Además, salvo Douglas, ellos me conocían desde antes. Al respecto, en el verano de 1973 fui asistente de Sergio en el curso de Historia Natural de Costa Rica, como lo narro en el artículo Sergio Salas, mentor y amigo (Nuestro País, 20-II-2018), mientras que en el segundo semestre de 1974 había tomado el curso de Comportamiento Animal con Gary.

En virtud de mi responsabilidad como asistente, me correspondió ir a acondicionar un aula de la Escuela La Julieta, en Parrita, y un aposento en la estación de Palo Verde, como espacios de trabajo para los estudiantes. Llevábamos estereoscopios, microscopios, balanzas, jaulas de madera y vidrio, cajas entomológicas, reactivos químicos y una muy selecta biblioteca. Además, en varios baúles de madera acarreábamos gran cantidad de frascos de vidrio —para preservar especímenes de animales invertebrados y pequeños vertebrados—, binoculares, trampas, prensas para plantas, cuadrículas de alambre, redes de niebla, redes para capturar insectos, termómetros, higrómetros, cronómetros, contadores manuales, cintas métricas, sueros antiofídicos, etc. Para ello, yo contaba con la imprescindible ayuda de algún chofer de la OET, como Edgar Murillo y Jessie James, tico este último, pero con nombre parecido al del legendario bandolero del Viejo Oeste, y que dio origen a una marca de bluyins por entonces muy afamada.

Fueron varias las anécdotas vividas con ellos. Por ejemplo, en ruta hacia Guanacaste, a la camioneta se le pincharon tres llantas —de desgastadas que estaban—, y no había dinero para comprar nuevas, ante lo cual Edgar, después de llamar a la OET tres veces el mismo día y agenciárselas con Jorge Campabadal Madrigal —por entonces director residente— y su eficiente secretaria Flor Torres Acosta, debió recurrir a no recuerdo qué artimañas para que se las vendieran de fiado, mientras que la otra se pudo reparar. Asimismo, con Jessie, el maltrecho yip Land Rover de la OET nos falló, y tuvimos que dejarlo en un taller en Quepos, así como pedir aventón a un camión repartidor de muebles y aparatos electrodomésticos. En pleno verano, por la retorcida y apenas lastreada carretera hacia Puriscal, tuvimos que permanecer sentados en el piso del cajón hermético del camión, con los traseros maltratados de tanto brinco, sofocados y tragando polvo, así como atentos a que ninguno de aquellos enseres —que en las curvas y pendientes se querían desatar de los mecates con que estaban amarrados— nos fuera a golpear.

Superados estos avatares, lo realmente lindo vendría después, con el auxilio a los estudiantes —provenientes de varios países latinoamericanos—, al transportarlos en carro hasta los sitios de experimentación, así como ayudarles en aspectos logísticos para sus proyectos. No obstante, Douglas, Gary y Sergio no solo me honraron con elegirme como asistente de tan importante curso, sino que además me pidieron que diseñara dos experimentos de campo, para que los estudiantes los efectuaran, lo cual me demandó mucha imaginación, al igual que bastantes días de trabajo, debido a mis dudas acerca de si llenaría las expectativas de ellos y de los estudiantes. Eso fue en 1975, como lo indiqué previamente, pero en 1976 me solicitaron lo mismo, más una charla acerca de los fundamentos ecológicos del control biológico de plagas, dado que a mediados de 1975 había tomado el Curso Internacional de Control Biológico, en México, gracias a una beca de la Organización de Estados Americanos (OEA).

En realidad, movido por el impulso interno de servir mejor a la sociedad como profesional, para entonces ya había definido que —no sin dolor— me alejaba de la biología básica o «pura», para incursionar en la biología aplicada a la agricultura y la silvicultura. Ese sería mi campo de especialización, que se cimentaría al obtener el doctorado en Entomología, con énfasis en manejo integrado de plagas, en la Universidad de California, en su campus de Riverside.

Un singular curso de campo

Conviene destacar que, aunque la OET ofrecía su curso clásico, Douglas Robinson sentía la necesidad de que se creara un curso análogo, pero enseñado en español, pues muy pocos estudiantes latinoamericanos tenían solvencia en inglés. Por tanto, en 1971, y a título individual, se atrevió a dictar el curso Dinámica de Poblaciones, exclusivo para estudiantes de la UCR. Por cierto, en el concepto «dinámica» convergen los cuatro grandes factores (natalidad, inmigración, mortalidad y emigración), que determinan el curso de las poblaciones vegetales y animales en el tiempo, el cual se expresa en su abundancia, distribución y persistencia. Lo poco que conozco de esta tentativa lo debo al entrañable amigo y colega Freddy Pacheco León, quien fue uno de los que tomó ese curso, el cual tuvo mucho de «experimental» o «piloto».

Insistente en sus proyectos, esta experiencia pionera le permitió a Douglas hacer un nuevo intento tres años después, pero ahora acompañado por los ya citados Gary Stiles y Sergio Salas como cómplices. Estos conocían bien la metodología empleada en la OET pues, mientras cursaba el postgrado en la Universidad de California, en el campus de Los Ángeles, Gary había tomado el primer curso de la OET, en 1964, mientras que Sergio lo matriculó en 1967.

A ellos tres se sumó un selecto grupo de científicos, tanto nacionales (Carlos Valerio Gutiérrez y Carlos Villalobos Solé) como extranjeros; estos últimos fueron el mexicano José Sarukhán y el venezolano Ernesto Medina, más los estadounidenses Robert Hunter, Monte Lloyd, Gary Hartshorn, George Powell y Leslie Holdridge. Este curso se denominó Ecología de Poblaciones, y fue el que tomé yo. De Costa Rica, los estudiantes fuimos Olga Méndez Arburola, Julio Sánchez Pérez y yo, más la española Rafaela Sierra Ramos —residente en el país—, así como los extranjeros Gustavo Ramos Estrada (Guatemala), Amado Suazo Velásquez (Honduras), Pedro E. Falco González (Colombia) y Carmelina Flores de Lombardi (Venezuela).

Como una simpática curiosidad, para entonces el costo de la matrícula correspondía a ₡ 515, equivalentes a US$ 50. Ahora suena cómico y casi prehistórico, pero a los estudiantes extranjeros les informaban que desde el aeropuerto Juan Santamaría podían desplazarse en autobús hasta el centro de San José por ₡ 1,50, pero si preferían tomar un taxi hasta al hotel Holland House —cerca de la UCR, donde se les albergaría—, la tarifa era de ₡ 28. Estas abismales diferencias no obedecen solo al tipo de cambio per se —de ₡ 8,54 a inicios de 1974, y hoy de unos ₡ 500 por dólar—, sino especialmente al desmesurado aumento en el costo de la vida en Costa Rica; al respecto, hace poco tomé un taxi del aeropuerto a mi casa, en San Pablo de Heredia, y me cobraron $ 40 por apenas 11 km de recorrido, en tanto que la UCR está a 23 km del aeropuerto. Pero, bueno…, dejemos de lado las cosas desagradables, y pasemos a lo bonito de la enriquecedora experiencia vivida en el curso de la OET.

Efectivamente, como parte del pensum académico, a diferencia de muchas carreras en la UCR —que se basan exclusivamente en clases teóricas—, en la de Biología siempre hubo actividades de carácter práctico, para complementar la teoría que se nos enseñaba. Normalmente comprendían extensas jornadas de laboratorio o giras al campo, estas últimas los fines de semana, para que no interfirieran con los ajustados horarios de los días hábiles.

Sin embargo, Ecología de Poblaciones era muy diferente de todo lo vivido hasta entonces, pues era un curso intensivo en el campo. Focalizado en entender in situ las interacciones entre plantas y animales, en el contexto de ecosistemas particulares y contrastantes, durante casi dos meses pudimos ascender desde las planicies del Pacífico Sur, al nivel del mar, hasta el páramo de Talamanca, a casi 3500 m de altitud. Para ello, estuvimos poco más de una semana en cada una de las siguientes localidades: Parrita, Palo Verde, La Selva, Monteverde y el Cerro de la Muerte; a ellas se sumó una visita al CATIE, en Turrialba.

Es pertinente indicar que en Palo Verde y La Selva nos instalamos en las estaciones de la OET, donde se contaba con dormitorios con camarotes, servicio de comedor, y un amplio salón para trabajar, colocar el equipo, los instrumentos y la biblioteca, y en el cual también tenían lugar las conferencias, debates, etc. No obstante, para las demás localidades hubo que recurrir a lo que hubiera disponible. Por ejemplo, para trabajar en Parrita usamos como sede el pequeño hotel de la Compañía Bananera, en Quepos, donde nos facilitaron un salón; en Monteverde, nos prestaron la escuela —pues los niños estaban de vacaciones—, y nos hospedamos en dos o tres casas de familias cuáqueras, que funcionaban como pensiones; finalmente, para estar cerca del Cerro de la Muerte, nos albergamos en el hotel La Georgina, en Villa Mills, donde nos permitieron usar una pequeña sala para las actividades del curso.

En realidad, esta fue una experiencia formativa inédita. En efecto, durante casi dos meses permanecimos totalmente inmersos en la naturaleza, mientras que, a un incesante ritmo, realizábamos diversas actividades, que se complementaban de manera óptima. Sin duda, las más importantes eran los experimentos de campo, de los cuales había dos modalidades: proyectos de grupo —preparados por los profesores coordinadores o por los especialistas invitados— y proyectos individuales. Estos últimos eran concebidos por cada uno de los estudiantes, pero cada anteproyecto debía ser sometido a la aprobación de los compañeros y los profesores, lo que suscitaba discusiones nada benévolas, a veces bastante caldeadas. Y, por supuesto, durante esos dos meses no hubo un solo anteproyecto que se librara de ser modificado y replanteado, además de que no pocos terminaron en el cesto de la basura. «¡Critiquen, critiquen, critiquen!», era la consigna de nuestros profesores —auténticos mentores—, pues su propósito era contribuir a formar mentes críticas y creativas.

Obviamente, una vez efectuados los experimentos, iniciados desde muy temprano y finalizados antes del mediodía, los resultados debían ser analizados en términos estadísticos y biológicos, como paso previo a la elaboración del informe final y su presentación ante el grupo. Esto se hacía por las tardes, pero a veces el tiempo era insuficiente, por lo que se debía trabajar hasta altas horas de la noche, aunque hubiera que madrugar al día siguiente. Y, ya una vez presentado el informe final ante el grupo, en este segundo tamiz imperaba de nuevo la crítica, pues nuestros profesores se regían por el principio y la convicción de que es la crítica objetiva y sana el mejor proceder para depurar y perfeccionar cualquier obra. ¡Cuánto sufrimos, porque pensar duele! Pero, ¡¡¡cuánto aprendimos!!!

Ahora bien, este adiestramiento de carácter práctico era complementado con ricas conferencias de naturaleza teórica, impartidas casi todas las noches por los profesores y los expertos invitados. Además, a veces se tenía la oportunidad de interactuar con investigadores reputados, al igual que con estudiantes que trabajaban en sus tesis de doctorado, como parte de proyectos de largo plazo de dichos tutores en las estaciones de la OET. Es decir, durante esos dos meses pasábamos sumergidos, literalmente, en teoría ecológica y en hallazgos de campo recientes, generados in situ, por lo que el curso fue una auténtica experiencia vivencial, como lo manifesté en uno de mis artículos citados al principio.

Para concluir esta sección, cuando Douglas murió, escribí una especie de obituario en la prensa (Semanario Universidad, 28-VI-91, p. 4), en el cual resumí lo que, en esencia, fue el curso de Ecología de Poblaciones. En él expresé que Douglas «nos trasladó a los montes, y con Gary Stiles y Sergio Salas nos puso a trabajar, en jornadas de más de quince horas diarias durante dos meses, para estudiar la ecología de las poblaciones naturales. El curso fue una expurgación de lo libresco, del reportecito fácil, de la biología de folletín. Ahí, entre la extenuación, nacimos como ecólogos».

Una huella realmente indeleble

Aunque, como lo indiqué en páginas previas, ya en 1975 había decidido enrumbarme hacia la entomología aplicada, la formación que me dejó el curso me reafirmó la noción de que el manejo de plagas agrícolas y forestales de ninguna manera está disociado de la ecología de las poblaciones y comunidades naturales. De hecho, bien sabemos que la presencia de plagas es en sí misma la expresión de desbalances poblacionales en los agroecosistemas.

Por ello, desde entonces sentí la necesidad de acrecentar mi formación en el campo ecológico. Fue así como en el propio 1975 aproveché para tomar el curso Ecología Avanzada, dictado por Gary Stiles y Susan Smith —ofrecido una sola vez, creo—, así como dos seminarios en 1976, intitulados Competencia y Depredación, ambos a cargo de Carlos Villalobos. Además, mi tesis de licenciatura versó sobre relaciones planta-insecto, al estudiar por dos años consecutivos la fenología y la polinización por dípteros de la planta de patito (Aristolochia grandiflora); fue dirigida por Gary, mientras que los demás miembros del Comité de Tesis fueron Sergio, Carlos Valerio, Carlos Villalobos y el Dr. Luis A. Fournier Origgi, profesor de los cursos de Ecología Vegetal, Botánica Forestal y Métodos de Investigación.

Posteriormente, a inicios de 1979, al comenzar el postgrado en la Universidad de California, era obligatorio tomar el curso Ecología de Insectos. Esa vez fue impartido por Dac A. Crossley, profesor visitante de la Universidad de Georgia, quien había sido discípulo del célebre ecólogo Eugene P. Odum. Después de asistir a clases por un par de semanas, el curso me pareció muy básico, por lo que solicité a la División de Estudios de Postgrado que me relevaran de tomarlo y me reconocieran en su lugar el de Ecología de Poblaciones. Por fortuna, ello ocurrió con presteza, dada la alta reputación de la OET en el ámbito académico en EE. UU.

En trimestres posteriores me matriculé en Ecología de Poblaciones de Insectos, dictado por Robert F. Luck y, por interés propio, asistí como oyente al de Introducción a la Ecología de Poblaciones y Comunidades, que impartía Clay A. Sassaman en el Departamento de Biología. Asimismo, después de tomar Cálculo I y Cálculo II, asistí como oyente a los cursos de Ecología Matemática y Genética de Poblaciones, a cargo de Richard F. Green y Charles E. Taylor, respectivamente, de los cuales debí desertar, pues no daba abasto, entre mis cursos obligatorios y las labores de investigación para mi tesis. Por cierto, esta última fue de carácter completamente agroecológico, al analizar en el tiempo y el espacio las fluctuaciones poblacionales del lepidóptero Heliothis virescens, cuya larva es una seria plaga del algodón y otros cultivos.

Fue así como, con una sólida formación en entomología ecológica, a mi regreso al país, por varios años me correspondió impartir los cursos de Ecología General y Manejo de Enfermedades y Plagas Forestales, para la carrera de Ingeniería en Ciencias Forestales, en la Escuela de Ciencias Ambientales, en la UNA. Asimismo, tuve la oportunidad de dictar el curso Ecología de Poblaciones Animales, al igual que Análisis y Combate de Vertebrados Plaga, para la Maestría en Manejo de Vida Silvestre, también en la UNA. Posteriormente, al mudarme al CATIE, por casi 20 años tuve a cargo el curso Manejo Agroecológico de Insectos Plaga, dentro de la Maestría en Fitoprotección. Además, de las 66 tesis en que me correspondió participar como director o como miembro de Comité —ya fuera de licenciatura, maestría y doctorado—, todas se refirieron al conocimiento y las aplicaciones de aspectos ecológicos clave para manejar plagas agrícolas o forestales sin causar efectos adversos al ambiente.

Es oportuno mencionar que, durante mis años de docente e investigador en la UNA, varias veces fui invitado por la OET como conferencista en el curso Ecología de Poblaciones, en temas como la estacionalidad de insectos en ambientes tropicales, el herbivorismo en insectos, algunas relaciones insecto/planta, y las aplicaciones prácticas del conocimiento de las interacciones depredador/presa y parasitoide/hospedante, lo que me permitió retornar a sitios añorados, como La Selva, Palo Verde y Monteverde. Además, cuando en 1985 se decidió ampliar la oferta académica e instaurar el curso Agroecology, me solicitaron ser miembro del comité gestor de tan relevante proyecto académico, al lado de los reputados científicos Robert Hart, Jack Ewel, Barbara Bentley, Rodrigo Gámez, Steve Gliesmann, Steve Risch, y uno o dos más que escapan a mi memoria. Asimismo, fui conferencista en la primera versión de dicho curso y varias veces más, al igual que cuando el curso se impartió en español, con el título Agroecología.

En síntesis, el original y sugerente abordaje ecológico aprendido y asimilado en aquel memorable verano de 1974 —hace exactamente medio siglo—, moldeó mi mente de manera indeleble, y marcó para siempre mi vida profesional.

Para concluir, lo hasta ahora narrado y una que otra anécdota más, fue lo que evoqué con Pedro León aquella tarde decembrina del año pasado, permeada por los frescos vientos alisios de la época navideña, cuando el alma es más sensible a la rememoración y a la gratitud. Por tanto, aproveché tan sin igual ocasión para agradecer todo cuanto recibí de la OET y de mis mentores. Y, para que no haya riesgo de que mi tributo se esfume, aunque Douglas y Sergio ya no están con nosotros, Gary —hoy con 81 años— reside en Colombia, y los amigos Daniel Janzen y Norman Scott tienen 85 y 89 años, respectivamente, en estas páginas dejo constancia y reafirmo lo imperecedero que ha sido en mí su legado formativo, el cual también traté de infundir en quienes por más de 30 años fueron mis discípulos. ¡Muchas gracias!

El botánico que atestiguó la rendición de William Walker

Parque Central de Heredia, en 1909. Foto: Fernando Zamora Salinas

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

Con el advenimiento del siglo XX, las necesidades inherentes del desarrollo de la sociedad en todos sus planos, indujeron altos niveles de especialización en las disciplinas propiamente científicas, así como en las tecnologías derivadas de ellas. En el campo de la biología, por ejemplo, surgieron dos grandes ramas, la botánica y la zoología, las cuales a su vez tienen subdivisiones, tales como la anatomía o morfología, la taxonomía y la sistemática, la fisiología, la etología o comportamiento, la genética y la ecología, además del portentoso auge de la biología celular y molecular. Es decir, algo nunca antes atestiguado, y ni siquiera imaginado por los pioneros de la biología, a los que se les denominaba “naturalistas”, y que hoy son una estirpe casi extinta, debido justamente a las crecientes y complejas necesidades de la sociedad actual.

Al respecto, para la escritura del libro Trópico agreste debí investigar acerca de decenas de naturalistas asociados con el muy rico y diverso trópico americano. Y, sin lugar a dudas, la figura cimera fue el alemán Alexander von Humboldt (1769-1859), quien realizó incontables y originales aportes en los campos de la botánica, la zoología, la geología, la vulcanología y la meteorología, al punto de que el célebre naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882) lo calificó como el mayor explorador científico de todos los tiempos. Inspirados casi todos por su magna e irrepetible labor, varios naturalistas europeos arribaron a Costa Rica en la segunda mitad del siglo XIX, entre los que sobresalieron el danés Anders S. Oersted, los alemanes Karl Hoffmann y Alexander von Frantzius, y los suizos Henri Pittier, Paul Biolley y Adolphe Tonduz; de hecho, algunos de ellos incluso lo trataron de cerca.

Hago este recuento para patentizar que no era cualquiera el que tenía los rasgos de un naturalista. Ignoro si existe algún libro referido a la caracterología del naturalista. No obstante, de manera general, en él se conjugan la acuciosidad, la obsesión, la dedicación, la compulsión y la perseverancia, así como la disposición al sacrificio, a veces arriesgando su propia vida.

Al respecto, para contextualizar las azarosas y extenuantes faenas de campo de un naturalista, en mi libro acoto lo siguiente: «Cuando uno evoca a los descubridores, exploradores y aventureros, de inmediato acude a la mente la imagen de hombres atrevidos, valientes, corajudos e intrépidos que, respondiendo a algún recóndito impulso interno, no temen enfrentarse a lo desconocido y, más bien, hasta sienten desenfado y placer en adentrarse en mundos colmados de riesgos y peligros, tanto por su agreste naturaleza como por los insólitos hábitos y costumbres de sus pobladores. En el fondo, los envidiamos, pues expresan con sus actos un gesto de independencia pura, quizás atávico, de cuando, como cazador o recolector, el hombre primitivo incursionaba en sitios desconocidos e inseguros con tal de conseguir los alimentos para quienes lo rodeaban». Claro que, en este caso, en vez del sustento para sobrevivir, el impulso corresponde a la sed por el conocimiento, el tenaz y hasta obstinado interés por desentrañar los misterios del mundo natural.

El curioso periplo de Hermann Wendland

Ahora bien, si en la naturaleza los riesgos y los peligros ya de por sí están omnipresentes, ¿para qué exponerse a situaciones conflictivas provocadas por humanos, como las guerras?

Esta fue una pregunta que me hice cuando me enteré de que el botánico alemán Hermann Wendland (1825-1903) hizo herborizaciones entre fines de 1856 e inicios de 1857 en Centroamérica, cuando la guerra contra el poderoso ejército filibustero liderado por William Walker estaba en su apogeo. En efecto, como encargado de los aspectos botánicos de los Jardines Reales de Herrenhausen, el rey Jorge V de Hannover financió una expedición de casi ocho meses para que recolectara plantas en Guatemala, El Salvador y Costa Rica.

Cabe acotar que, por fortuna, él escribió un diario de su periplo, el cual, por iniciativa del botánico australiano John Leslie Dowe, y junto con sus colegas alemanes Marc Appelhans, Christian Bräuchler y Boris Schlumpberger, publicamos en 2022, con el título The botanical expedition of Hermann Wendland in Central America: a nomenclatural study and travel report (revista Boissiera, 73). Posteriormente, por sugerencia de John, lo traduje al español, y juntos publicamos los aspectos de carácter propiamente históricos, en dos entregas, con el título común de Las exploraciones botánicas de Hermann Wendland en Centroamérica (1856-1857); el subtítulo de la primera fue De Guatemala al Valle Central de Costa Rica, y En la región de Sarapiquí, Costa Rica el de la segunda (Revista Comunicación, 32 y 33).

Aunque él no lo dice de manera explícita, es de suponer que efectuó su viaje —iniciado a mediados de noviembre de 1856—, porque en esa época se estaba en invierno en Alemania, cuando la nieve impide el desarrollo de la vegetación, por lo que no había mucho trabajo al aire libre en los Jardines Reales. Además, como uno de sus objetivos era recolectar plantas vivas para dichos predios, retornaría justamente en el verano, en la estación ideal para trasplantarlas o para sembrar sus semillas o partes vegetativas, reproducirlas, etc. Es decir, dar prioridad a las épocas adecuadas para sus planes obvió sus preocupaciones por una guerra sobre la cual posiblemente no se sabía mucho en Alemania. Asimismo, aunque antes pudo haber recabado información con algún alemán residente en Centroamérica, tal vez no le dio importancia o, si lo hizo, ignoró lo que le dijeron y se vino a herborizar.

En realidad, como en los territorios de Guatemala y El Salvador no hubo conflictos bélicos, aunque esos países enviaron tropas a Nicaragua para combatir a Walker, eso no afectó sus labores de recolección allá. De hecho, la única mención al respecto —mientras estaba en El Salvador—, es que «actualmente, debido a la guerra en Nicaragua, cada extraño es confundido con un estadounidense y es honrado con la designación de “yanqui”; este término también es proferido hacia algunos extranjeros de vez en cuando». Algo similar relataría una vez llegado a Costa Rica, al expresar que «por supuesto, los lugareños de inmediato detectan que eres un extraño. Y, como el país está indirectamente en guerra con la civilización y en lucha directa contra las hordas de filibusteros de Walker, en cada extraño ven a un filibustero o a un yanqui —filibustero y yanqui son sinónimos ante los ojos de la multitud—, por lo que nos consideran como tales, y hasta expresan ese término cada vez que nos aproximamos a ellos».

Conviene indicar que él arribó a Costa Rica por Puntarenas el 9 de marzo de 1857. Para entonces se libraban importantes batallas contra el ejército filibustero en el río San Juan, de parte del ejército costarricense, mientras que en tierra los ejércitos centroamericanos aliados combatían a los filibusteros en ciudades como San Jorge, Granada y Rivas. Por tanto, emprender herborizaciones en la región norteña de Costa Rica era muy riesgoso, y sobre todo en Sarapiquí, pues el río homónimo era el que permitía llegar hasta el San Juan.

Una vez en San José, hizo los contactos pertinentes con varios alemanes, incluido el naturalista Hoffmann, y después visitó a von Frantzius, quien residía en Alajuela. Asimismo, aunque efectuó herborizaciones en los alrededores de San José, al igual que en Cartago, el volcán Irazú y Turrialba, anhelaba hacerlo en Sarapiquí, pues tenía muy buenas referencias de la insólita riqueza de orquídeas, palmeras y aroideas —parientes de la muy conocida “mano de tigre”—, que eran los grupos de su mayor interés. Pero, además, tenía una obsesión. En efecto, el botánico polaco Josef von Warszewicz, quien estuvo de paso por Costa Rica en 1848, le había recomendado que buscara en San Miguel —en la ruta de Sarapiquí— la muy hermosa planta que el reputado taxónomo Johan Friedrich Klotzch había bautizado como Warszewiczia pulcherrima, en honor suyo. Así que, ¡cómo no ir a Sarapiquí!

En la región de Sarapiquí

Cuando Wendland empezó a indagar acerca de Sarapiquí con varias personas, todo cuanto recibió fueron comentarios negativos. Se le percibía como una especie de tierra inhóspita, por la absoluta soledad de esos parajes silvestres, las incesantes y torrenciales lluvias, los lodazales, lo intransitable de la única tocha de montaña que había —incluso para las recuas de mulas—, los profundos precipicios en numerosas porciones de la ruta, la abundancia de víboras, jaguares y pumas, así como de furiosos chanchos de monte, que atacan en manada.

Además, ya para sus fines, algún interlocutor mejor informado le advirtió que «encontrarás hermosa vegetación allí. Pero primero debes saber cuán difícil es secar una planta ahí. Tan solo espera, y le darás gracias a Dios de regresar. ¡Esa lluvia! ¡No tienes idea, pues ahí llueve 366 días al año, y los caminos son verdaderos hoyos de barro!». Es decir, resultaba absurdo recolectar abundante y novedoso material vegetal, para que, al fin de cuentas, los especímenes recolectados resultaran imposibles de secar y preservar de manera correcta.

Pero…, ¿y el riesgo de la guerra que ocurría en el río San Juan? Al parecer, nadie le habló de eso, pero no por ignorancia, sino porque los días de Walker estaban contados. En efecto, para entonces —en la segunda mitad de abril—, el ejército costarricense tenía en su poder los cuatro puntos estratégicos del río (San Juan del Norte, La Trinidad, Castillo Viejo y el fuerte de San Carlos), en tanto que los ejércitos centroamericanos aliados con el de Costa Rica habían logrado importantes batallas en tierra firme y pronto cercarían a Walker en Rivas.

Fue así como, al mediodía del 7 de mayo, con muy buenas condiciones climáticas, Wendland partió de la capital a lomo de mula y con dos bestias de carga, con sus enseres personales, así como su equipo y materiales para recolectar plantas. A él se sumaron Gerhard Jäger Balle —un joven alemán que lo había acompañado en varias giras—, y un baquiano, quienes viajaban a pie, lo cual obviamente reducía los costos de la expedición, pero era una verdadera crueldad.

En realidad, contra todos los pronósticos adversos de sus pesimistas informantes, las labores de herborización fueron muy fructíferas, al punto de que tuvo la fortuna de hallar la planta que von Warszewicz le había recomendado buscar. En sus propias palabras: «Poco antes de La Virgen, cuando salí del bosque hacia un prado, en el costado opuesto al bosque pude observar una de las plantas más bellas que he visto, y en espléndida floración. Tan pronto como recolecté suficiente material, caí en cuenta de que se trataba de Warszewiczia pulcherrima, descubierta por el infatigable recolector von Warszewicz, pero yo nunca la había observado en vivo, sino que tan solo había leído su descripción». ¡Qué más pedir!

La vida de Wendland en riesgo

Ahora bien, aunque los episodios peligrosos durante las tres semanas que duró la expedición fueron de menor cuantía, hubo uno en el que la vida de Wendland estuvo en riesgo. Sin embargo, irónicamente, no fue en una temida selva, sino en el puro centro de la ciudad de Heredia, como se relata en detalle en el primero de los artículos que publicamos en español.

De manera resumida, ese jueves 7 de mayo de 1857 fue memorable en la historia patria. En efecto, el jefe filibustero Walker se rindió el viernes 1° de mayo, y el anuncio oficial se hizo al día siguiente, pero la noticia no llegó a la capital sino hasta el jueves por la mañana. ¡Cómo no difundirla! Por tanto, para comunicar la buena nueva a la población, a partir del mediodía hubo abundantes cañonazos, que Wendland y Jäger pudieron escuchar desde Heredia; esto fue así porque la distancia entre ambas ciudades es de apenas 8,4 km en línea recta, además de que en aquella época no había ruidos que pudieran interferir con el sonido de tan estridentes detonaciones.

Como, por disposición del dueño de las mulas, era menester pernoctar en Heredia antes de penetrar en los densos boscajes de Sarapiquí, debieron estacionarse en dicha ciudad por esa noche. Sin embargo, como les fastidiaba estar recluidos en un rancho tosco y maloliente, se fueron a dar un paseo por la ciudad. Empero, pronto ese recreo se convirtió en una tortura.

Efectivamente, para entonces, en medio de una gran algarabía, habían empezado las celebraciones por la rendición de Walker, con el tañido de campanas en las iglesias, una misa solemne en la parroquia, música, juegos pirotécnicos y un desfile por la ciudad. Éste se inició poco después de que una banda musical tocó frente a la casa del alcalde”, que posiblemente estaba al lado del ayuntamiento, localizado en la esquina donde hoy está el fortín —según lo consigna el historiador Carlos Meléndez Chaverri en su libro Añoranzas de Heredia —, es decir, diagonal a la parroquia de la Inmaculada Concepción. ¡Quién le hubiera dicho a Wendland, al salir de Alemania, que sería testigo presencial del día en que el pueblo costarricense se enteró de la muy ansiada rendición de William Walker, que tanta muerte y dolor provocó, en su intento de implantar la esclavitud en nuestra región! Pero no solo fue testigo, sino que a la vez nos legó una descripción bastante minuciosa de esa festiva noche en Heredia, y que no se conocía hasta hace poco tiempo, cuando tradujimos su diario.

No obstante, como sucede a menudo en la vida, todo lo positivo tiene un precio y, en este caso, su providencial presencia esa noche lo tuvo para él.

En efecto, en cierto momento, cuando con Jäger avanzó entre la multitud congregada en el actual Parque Central, al percatarse de su aspecto, algunos lugareños los miraban de manera sospechosa. Para entonces, tras recorrer algunos cuadrantes, el desfile ya retornaba al parque, por su costado sur. Poco después, narra él que «junto con mi compañero, recostados en una columna que había debajo de la terraza de una casa esquinera, diagonal a la iglesia, nos paramos a contemplar el desfile, colmado de los rostros más honorables del mundo. Nos detectaron allí. Un tipo llamó la atención a otro susurrando quedamente la palabra “yanqui”, y poco a poco nos vimos rodeados por un grupo que nos miraba con extrañeza. Tras pensarlo mucho, un joven bien vestido se armó de valor y me abordó, en inglés».

Cabe indicar que el lugar corresponde a la esquina diagonal a la parroquia, por ese sector, donde por muchos años estuvo el restaurante La Floresta, de gratos recuerdos. En realidad, por momentos el interrogatorio se convirtió en acoso, pero al final el grupo de muchachos se alejó en buenos términos, no sin antes cerciorarse su cabecilla del motivo que los había traído hasta Heredia.

Perturbados por lo acontecido, Wendland y Jäger decidieron que era mejor retornar a la covacha que los esperaba —sucia pero segura—, y ya estaban a punto de partir, cuando apareció de nuevo el líder del grupo. Esta vez se comportó de manera gentil, pues les regaló unos pequeños puros —quizás los muy aromáticos chircagres, elaborados con tabaco de San Rafael de Oreamuno, en Cartago—, y los invitó a dar un paseo por el Parque Central.

Sin embargo, lo lamentable estaba por venir, pues mientras ellos departían de manera amistosa, de súbito apareció el profesor de inglés del citado joven, que era un viejo irlandés que había trabajado para la Compañía Accesoria del Tránsito en los tiempos en que esta empresa pertenecía al magnate neoyorquino Cornelius Vanderbilt. Como Walker le había incautado la compañía, para disponer así de sus vapores durante la guerra, el irlandés aborrecía a Walker y a todo lo que se asociara con éste. Al percibir a Wendland y Jäger como filibusteros, narra Wendland que «me hizo las mismas preguntas que su alumno, y pareció tomar mis respuestas de manera tan incrédula como él. Sin embargo, al final me fastidié tanto con su ir y venir de preguntas, que le respondí que no me importaba si creía o no mis respuestas, pero que por favor no insistiera más». Ante esta actitud, el irlandés le espetó: «Si supiera que perteneces a los de Walker, te apuñalaría».

Wendland relata que «fingí no haber escuchado o entendido sus palabras», y le solicitó al joven tico que le abriera espacio entre los curiosos que se habían congregado alrededor, tras lo cual el joven le aclaró a la multitud que ellos no eran filibusteros. Logrado esto, Wendland y Jäger pasearon un rato por la plaza y después se marcharon, tal vez respirando profundo una y otra vez, por haberse librado de morir en manos del airado irlándés.

Después de tan infausto episodio, de seguro que esperaban dormir a placer, ilusionados por empezar a explorar al día siguiente la región de Sarapiquí —ahora quizás menos temible que el enardecido irlandés—, pues esa era la más preciada meta de Wendland desde que partió de Alemania. ¡Y lo lograría con creces, para beneficio de la ciencia!

Homenaje a los caídos de Santa Rosa

Por Luko Hilje

¡Buen día, amigos! El miércoles en Santa Rosa, Guanacaste, entre varios y hermosos actos culturales, se rindió un sentido tributo a los caídos en la batalla del 20 de marzo de 1856, que ese año cayó en Jueves Santo.

Como lo pueden ver y escuchar en el video adjunto, con los acordes por fondo del Duelo de la Patria -del gran músico nacional Rafael Chaves Torres, y estrenado en el sepelio del general Tomás Guardia Gutiérrez, combatiente en Nicaragua durante la Campaña Nacional-, se dispararon varias salvas de rifle. 

El conmovedor momento fue filmado por nuestro contertulio Robert Sosa, miembro del grupo cívico La Tertulia del 56.

Para que nunca se nos olviden, he aquí la lista de los héroes que ofrendaron su vida por Costa Rica ese día:

Santos Álvarez (cabo: El Mojón)

Francisco Carbonero (soldado: San José)

Agustín Castro (sargento 2°: San José)

Justo Castro (1º subteniente: San José)

Juan García (soldado: San Juan), José María Gutiérrez (capitán: San José)

Agapito Marín (soldado: San Vicente)

Ramón Marín (soldado: San Juan)

Carlos Mora (soldado: San Miguel)

José María Mora (soldado: Escazú)

Sotero Mora (soldado: Puente Ancho)

Braulio Pérez (sargento 2°: Pacaca)

Agustín Prado (sargento 2°: San Antonio)

Carmen Prado (soldado: San Francisco)

Manuel Quirós (capitán: San José)

Manuel Rojas (2° teniente: Cartago)

Pedro Sequeira (soldado: El Mojón)

José Zeledón (soldado: San José)

Nota: El Mojón es hoy Montes de Oca; San Juan del Murciélago es Tibás; San Vicente es Moravia; y Pacaca es Villa Colón; asimismo, San Antonio y San Miguel pertenecen a Desamparados, y San Francisco a Cartago. Por su parte, Puente Ancho era una localidad de San José, pero no es el actual Paso Ancho.

Compartido con SURCO por Luko Hilje.

Clinton Rollins, el filibustero que no fue

El líder filibustero William Walker con varios de sus compinches, en su oficina en Granada, Nicaragua. Fuente: Frank Leslie᾽s Illustrated Newspaper.

Artículo publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

Hace unos meses, una noche en que hurgué en mi biblioteca para leer algo de poesía, me topé con una antología del escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, publicada por EDUCA en 1972. Recuerdo que la había adquirido allá por 1975, en su segunda edición, pero después de leerla la presté y —como es usual en asuntos de libros—, nunca retornó a mis manos. No obstante, hace unos años pude conseguir un ejemplar en una compraventa josefina y, sin siquiera darle una hojeada, la dejé reposar por años en el anaquel de donde la tomé aquella noche.

En realidad, el reencuentro con dicho poemario resultó afortunado, pues se inicia con el poema Con Walker en Nicaragua, y durante los últimos casi 20 años he dedicado incontables horas a leer e investigar acerca de la arremetida expansionista de William Walker y su ejército filibustero, que tanto dolor traería a los países centroamericanos a mediados del siglo XIX.

De hecho, nomás de entrada, en dicho poema se lee lo siguiente: «En una cabaña solitaria en la frontera, / yo, Clinton Rollins, sin pretensión literaria, / me entretengo en escribir mis memorias. / Y mis pensamientos de viejo retroceden: / Las cosas que hace cincuenta años sucedieron… / Hispanoamericanos que he conocido / —a los que he aprendido a querer… / Y aquel olor tibio, dulzón, verde, de Centro América. / Las casas blancas con tejas rojas y con grandes aleros llenas de sol, / y un patio tropical con una fuente y una mujer junto a la fuente. / Y el calor que hacía crecer más nuestras barbas. / ¡Las escenas que hoy vuelven a mi memoria!». Y, en efecto, son remembranzas con formato de versos, que alcanzan nada menos que 20 páginas, y casi todas con imágenes líricas muy bien logradas.

Conviene destacar que la mención de un lugar fronterizo en el poema obedece a que Rollins residía por entonces en Cocopah, una reserva indígena localizada en Arizona, colindante con el territorio mexicano de Baja California, como se verá posteriormente.

Filibusteros a la espera de acción, en San José, Chontales. Fuente: Harper´s Weekly.

Ahora bien, aparte del valor literario e histórico del poema, desde el inicio me llamó la atención el apellido de ese anciano filibustero. Eso fue así porque, poco antes de emprender mis estudios de postgrado en California tomé un curso de inglés en Pittsburgh, Pensilvania, y ahí tuve una novia con ese apellido —por cierto, muy bella e inteligente—, oriunda de Virginia. Este estado, ubicado en la costa oriental de EE. UU., tuvo una fuerte inclinación esclavista y, en consecuencia, aportó numerosos soldados a las huestes filibusteras de Walker, quien se proponía implantar la esclavitud en Centro América, y hasta lo logró hacer en Nicaragua. Es decir, pensé que podría tratarse de un antepasado de ella. Sin embargo, al indagar en internet, no sería así —por fortuna—, como se relatará pronto.

Antes de profundizar, es pertinente destacar que —con formato de libro—, el propio Walker escribió un amplio relato intitulado La guerra en Nicaragua, acerca de su presencia en dicho país. Asimismo, también lo hicieron sus contemporáneos y hasta correligionarios William Vincent Wells (Walker´s expedition to Nicaragua: A history of the Central American war; and the Sonora and Kinney expeditions), Charles W. Doubleday (Reminiscences of the “filibuster” war in Nicaragua) y James Carson Jamison (With Walker in Nicaragua); cabe acotar que otros escritores, como Jeffrey J. Roche (Historia de los filibusteros) y William O. Scroggs (Filibusters and financers: the story of William Walker and his associates), no fueron soldados. Estos libros están disponibles en Internet y —al menos en mi caso—, aquellos que corresponden a testimonios de primera mano me han sido muy útiles para esclarecer ciertos asuntos nebulosos de la campaña antifilibustera emprendida por Costa Rica y los demás países centroamericanos entre 1856 y 1860, año en que Walker fue fusilado en Honduras.

¿Quién era Rollins, realmente?

Para retornar a Rollins, al buscar en Internet si había un libro escrito por él, pues Cardenal debió haber elaborado su poema a partir de algún testimonio del veterano filibustero, me llevé una enorme sorpresa: el tal Rollins no solo nunca publicó un libro al respecto, sino que ni siquiera existió. Sin embargo, Cardenal ignoraba esto, al igual que los historiadores nicaragüenses y centroamericanos. En realidad, Cardenal escribió su poema en 1950 —a sus 25 años de edad— y lo publicó en 1967 en la Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, y no sería sino exactamente un decenio después que se aclararía la situación, como se verá posteriormente.

Para retroceder en el tiempo, en 1945 la Editorial Nuevos Horizontes publicó en Nicaragua un libro intitulado Clinton Rollins-William Walker, en español. Sin embargo, su supuesto autor, Rollins, nunca escribió un libro, sino una serie de crónicas que aparecieron en la prensa; habían visto la luz en 15 entregas semanales consecutivas —entre e1 31 de octubre de 1909 y el 6 de febrero de 1910—, en el suplemento dominical del diario Chronicle, de San Francisco, California. Con el título genérico Filibustering with Walker (De filibustero con Walker), las narraciones estaban suscritas por Clinton Rollins, quien indicaba residir en Baja California. Es de suponer que, por motivos históricos, las crónicas tuvieron gran acogida entre el público, pues fue de ese puerto que en 1855 Walker izó velas en el bergantín Vesta con rumbo a Nicaragua, para iniciar su aventura militar y política, que incluso lo convertiría en presidente de dicho país al año siguiente.

Ahora bien, por un cuarto de siglo nadie cuestionó la veracidad del contenido del libro publicado en Nicaragua, ni la verdadera identidad de Rollins, hasta que apareció una mente acuciosa y bien informada, que descifraría el acertijo al que pronto nos referiremos en detalle.

El médico e historiador Alejandro Bolaños Geyer. Fuente: Wikipedia.

En efecto, en 1971 Alejandro Bolaños Geyer —cuyo hermano Enrique fue presidente de Nicaragua entre 2002 y 2007— tuvo sospechas de que algo no andaba bien, y se propuso efectuar indagaciones al respecto. Cabe destacar que él, médico de formación e historiador por afición, fue el mayor estudioso de Walker en nuestra región; por cierto, en 2003 el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría publicó su sobresaliente y voluminoso libro William Walker: el predestinado en su tercera edición, bellamente diagramada.

Para contextualizar el origen del asunto, Bolaños Geyer explica que «ningún historiador norteamericano tomó en cuenta los artículos del Chronicle; nadie se molestó, tampoco, en incluirlos en ningún índice ni catálogo. Si su existencia se conoce hoy, débese únicamente al esfuerzo conjunto de dos cónsules centroamericanos en San Francisco, el costarricense don Guillermo Figueroa y el nicaragüense don Arturo Ortega. Ambos cónsules siguieron con interés las crónicas de Rollins, y, viendo en ellas un valioso aporte para la historia de sus países, decidieron recopilarlas y colaboraron en traducirlas, para presentarlas después en español».

Sin embargo, debido a su valor histórico, en Nicaragua las crónicas fueron compiladas y convertidas en el libro ya indicado, el cual alcanzó gran popularidad dentro y fuera de dicho país. Su legitimidad fue refrendada de manera tácita con las menciones en publicaciones formales escritas por historiadores, tanto nicaragüenses como centroamericanos. Uno de ellos fue el abogado e historiador costarricense Enrique Guier Sáenz, quien en su libro William Walker incluyó más de 40 citas textuales de Rollins —según Bolaños Geyer—, además de calificar a este aventurero nada menos que como «el Bernal Díaz del Castillo de la expedición filibustera», en alusión a ese célebre cronista de la conquista española.

Narra Bolaños Geyer que el contenido del libro fue enriquecido con una introducción y un análisis del connotado historiador Carlos Cuadra Pasos, y añade que éste «encontró y señaló algunos errores del autor Rollins, pero aceptó, sin vislumbrar la menor duda, que éste había sido uno de los filibusteros que acompañara a Walker». Es decir, hasta ahí todo marchaba sin contratiempos ni dudas de fondo.

Sin embargo, con una envidiable habilidad detectivesca, Bolaños Geyer inició sus prolijas pesquisas en muy diversas fuentes, todas fuera de su país —como él mismo lo indica—, las cuales tendrían un final feliz poco más de cuatro años después. Tan ingente como provocador esfuerzo culminaría con la publicación del libro El filibustero Clinton Rollins (1977), en el que demuestra de manera incontrovertible que el tal Rollins fue un personaje ficticio.

Como erudito en la materia, inicialmente Bolaños Geyer detectó numerosas incongruencias en cuanto a la mescolanza de personajes —unos reales y otros ficticios—, hechos, paisajes, etc. y, peor aún, percibió que plagiaba al ya citado libro La guerra en Nicaragua, de Walker. Cotejados de manera puntillosa ambos textos, y comprobado dicho remedo, así como la ausencia del nombre de Rollins en varias listas oficiales de filibusteros, la tarea pendiente era identificar al verdadero autor de las crónicas.

El escritor Henry Clinton Parkhurst. Fuente: Wikipedia

Y, aunque pareciera que esto sería lo más difícil, en realidad no lo fue, pues a partir de la novena entrega de la serie de crónicas, Bolaños Geyer notó que al pie de éstas figuraba una anotación que decía «Copyright by H. C. Parkhurst», por lo que quedaba por esclarecer la relación entre el dueño de los derechos de autor y Rollins. Eso desató una búsqueda casi frenética —muy bien narrada por su autor— en varias bibliotecas y archivos en EE. UU., lo que le permitió dar con el nombre de un escritor llamado Henry Clinton Parkhurst, quien naciera en Iowa en 1844, y falleciera ahí mismo en 1933, casi a los 89 años de edad. Mejor aún, después halló un poemario suyo, intitulado Songs of a man who failed (Cantos de un hombre fracasado), publicado en 1921, que aportaría la estocada final al asunto.

En efecto, en la introducción Parkhurst narra sus antecedentes y avatares como escritor, y confirma lo que Bolaños Geyer buscaba con tanto afán. Entre otras cosas, relata que «escribí una novela militar sobre los filibusteros americanos en Cuba antes de la guerra con España. En Baltimore, borracho, se me perdió la primera parte del libro. Lo volví a escribir desde el principio, y lo revisé cuidadosamente, pero se me perdió en Washington, cuando iba para Nueva York. ¡Los tragos!, y cuatro años de trabajo perdidos. Después escribí Episodios marciales en Centro América, una larga narración de las tribulaciones, hazañas y conquistas de los filibusteros americanos de Walker y otros líderes famosos. Publiqué diez o doce artículos de ese libro en los suplementos dominicales del Chronicle, de San Francisco, pero el libro entero se me perdió en Des Moines, Iowa. ¡El licor!». Así que, a confesión de parte, relevo de prueba, como dicen los abogados. Y…, ¡caso cerrado!

No obstante, en mi mente subsiste una duda, debido a que no me fue posible conseguir y leer el libro publicado, pues ahí quizás se aclaren estos hechos. Y la pregunta es esta: ¿por qué, al percatarse de que al pie de varias crónicas aparecía la leyenda «Copyright by H. C. Parkhurst», los traductores Figueroa y Ortega no contactaron al Chronicle para indagar acerca de esta persona, y solicitarle el respectivo permiso para traducirlas y publicarlas? Tampoco es claro por qué, si la traducción se efectuó cuando ambos eran cónsules, Ortega esperó 35 años para publicar las crónicas con formato de libro, para lo cual —según las reglas internacionales en la materia— era obligatorio contar con el permiso formal del titular de los derechos de autor. Aún más, si esto se hubiera hecho como procedía, ahí mismo se hubiera aclarado la existencia de Parkhurst y la inexistencia de Rollins.

Filibusteros descansando en un templo de Granada. Fuente: Frank Leslie᾽s Illustrated Newspaper.

¿Fue Parkhurst un impostor?

Tras su detallado análisis crítico, Bolaños Geyer concluyó que «el relato de Clinton Rollins es un folletín fantasioso sin valor alguno como fuente de información para la historia de los filibusteros o de Nicaragua». Eso es cierto, por la tergiversación que hace de numerosos acontecimientos y personajes, según se narró previamente. Sin embargo, esa no fue culpa de Parkhurst, sino de quienes, de buena fe, dieron como cierta su historia y la divulgaron ampliamente, al punto de legitimarla.

En sus indagaciones acerca de la vida de Parkhurst, Bolaños Geyer halló que, antes de escribir las célebres crónicas, había mostrado interés por el mundo del filibusterismo, como él mismo lo expresa, al indicar que escribió una novela ambientada en Cuba. Asimismo, otra faceta muy curiosa es que a partir de 1862 fue combatiente voluntario durante la Guerra de Secesión, pero en contra de los sureños —partidarios de la esclavitud—, y sufrió serias vejaciones en varios campos de prisioneros.

Al respecto, llama mucho la atención que, aunque en sus crónicas arremete contra Walker una y otra vez, al que califica de «extremadamente repugnante, plagado de defectos y desprovisto de toda cualidad» —en palabras de Bolaños Geyer—, atribuía grandes méritos a los filibusteros, de quienes resalta sus «tribulaciones, hazañas y conquistas». Bien es sabido que, como la Guerra de Secesión se inició a mediados de 1861, muchos de los mercenarios que habían acompañado a Walker en Nicaragua se unieron a las filas sureñas, de modo que es sumamente contradictorio que Parkhurst alabara a quienes durante esa guerra fueran sus enemigos.

Otro hecho a destacar acerca de Parkhurst es que, en su vida de trotamundos y alcohol, en 1874-1875 emprendió un viaje que lo llevó a Guatemala y Nicaragua, cuando tenía unos 30 años de edad. Es lógico suponer que la visita a poblados que fueron escenarios de batallas, así como el trato con los lugareños —muchos de ellos excombatientes en la guerra—, más las lecturas de los libros de Walker y de algunos de sus compinches, lo incentivaron a escribir las crónicas que publicaría en California 14 años después.

Eso fue lo que hizo, con toda naturalidad, como una especie de «divertimento», por lo que creo que no se le podría calificar de impostor. Actuó como lo hacen casi todos los novelistas: inventarse una trama que sea sugerente o atractiva, y narrarla de buena manera. Y, si está basada en hechos históricos pero se cometen yerros de naturaleza fáctica —lo cual es casi inevitable—, pueden argumentar siempre que se trata de una licencia literaria, con lo cual resultan indemnes. Es decir, simplemente alegan que el suyo no es un libro de historia, sino tan solo una novela. ¿No fue así como actuó Parkhurst?

Este ejemplo permite reflexionar acerca de los evidentes riesgos de incursionar en la novela o el cuento históricos, pues el lector le podría conferir veracidad a algo imaginado o hipotético, y aceptarlo y perpetuarlo como tal. Expresado de manera figurada, eso es como transitar por un terreno de arenas movedizas, o balancearse como lo hace un equilibrista sobre la cuerda floja en un circo. En lenguaje popular, habría que parodiar el célebre aforismo y decir: «para escribir literatura histórica y comer pescado, hay que tener mucho cuidado».

En fin, pareciera que lo que sí es censurable en Parkhurst es el plagio en que incurrió, sobre todo de ese Walker a quien tanto detestaba, irónicamente. Y el error sucesivo no fue de él, sino de los historiadores que, ingenuamente, aceptaron sus crónicas como verídicas.

El traductor, Guillermo Figueroa Valverde. Fuente: Archivo Luko Hilje

¿Quién era Figueroa, el traductor?

Como se indicó previamente, las crónicas del supuesto Rollins fueron traducidas por dos cónsules residentes en San Francisco, el costarricense Figueroa y el nicaragüense Ortega.

Al respecto, conviene destacar el siguiente aserto de Bolaños Geyer: «En las primeras etapas, se supuso que el verdadero autor pudo haber sido el cónsul costarricense Figueroa, quien había estudiado en Boston y hablaba excelente inglés. Sin embargo, al no encontrarse evidencia que confirmara esa suposición, ni en los Estados Unidos ni en Costa Rica, se desechó la idea». Esto, así como otros pasajes del libro de Bolaños Geyer, sugieren que Figueroa —quien no tenía formación en el campo histórico—, efectuó la traducción completa, en tanto que su colega diplomático Ortega revisó el texto e hizo algunos ajustes o retoques aclaratorios, pues sí sabía de la historia ahí narrada; de hecho, en 1945 él disertó sobre el libro de Rollins para su incorporación como miembro de la Academia de la Historia de Granada.

Ahora bien, se ignora si Figueroa había aprendido inglés en dicha ciudad, o antes en Costa Rica, aunque lo cierto es que fue nombrado cónsul en Boston en marzo de 1907, en el primer gobierno de Cleto González Víquez (1906-1910). Dos años después, en febrero de 1909, fue transferido y elegido como cónsul general en San Francisco, California. Debo esta información al amigo Jorge Sáenz Carbonell, abogado e historiador, así como destacado funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Para entonces Figueroa frisaba los 26 años de edad, pues nació en 1883. Esparzano de cuna, vino al mundo en el hogar formado por el colombiano Clodomiro Figueroa Candanedo (1860-1941) y la lugareña Neria Valverde Cordero; sus hermanos fueron Rafael Ángel (1896-1961) y Deyanira (1901-1985), esta última abuela de mi esposa Elsa. Cabe señalar que, nacido en Chiriquí, el patriarca de la familia había arribado a Puntarenas con su hermano Aníbal; eran nietos de Tomás Cipriano de Mosquera y Arboleda, tristemente célebre dictador colombiano. Exitoso comerciante, agricultor y ganadero, don Clodomiro era de convicciones liberales y masón, así como una destacada figura pública; en diferentes épocas fungió como presidente municipal y jefe político de Esparza, gobernador de Puntarenas, dos veces diputado y una vez senador de la República.

Como una curiosidad histórica, en el segundo mandato de Cleto González Víquez (1928-1932) se acordó erigir una estatua a don Juanito Mora —conductor y héroe en la Campaña Nacional contra el ejército filibustero de Walker—, la cual se develó el 1º de mayo de 1929. De manera complementaria, se encomendó al naturalista Anastasio Alfaro González, director del Museo Nacional, localizar y exhumar los restos del Dr. Karl Hoffmann, alemán que fungiera como Cirujano Mayor en la primera etapa de la Campaña Nacional, para trasladarlos a la capital y enterrarlos con honores de General de Brigada.

Como los restos estaban en Esparza, Alfaro viajó hasta allá y, en presencia de cuatro personalidades de la localidad, procedió a exhumarlos, y uno de ellos era don Clodomiro Figueroa. Aunque suscribió la respectiva acta, por alguna razón se ausentó del acto en cierto momento, por lo que fue sustituido por su hijo Guillermo, quien quedó retratado en la fotografía que se tomó en ese momento, la cual aparece en mi reciente libro Karl Hoffmann, médico y héroe en la Campaña Nacional. Es decir, 20 años después de que tradujera en California las crónicas de Clinton Rollins, el destino lo hizo converger en un acto cívico alusivo a la guerra libertaria contra Walker, de la cual estaba muy bien enterado, sin duda.

Conocido en el ámbito familiar como Guillermón —por lo fornido que era—, se dedicó a la cría de ganado en Hervideros, su finca en San Jerónimo de Esparza, mientras residía en el centro de la ciudad, al lado de donde estuvo la casona paterna, exactamente detrás de la iglesia de la localidad.

Un hecho que amerita destacarse es que él mantuvo una amistad de por vida con el otrora cónsul nicaragüense Ortega. Y, como producto de esa relación, éste posiblemente más de una vez lo visitó en Esparza.

En una de esas ocasiones, a fines de octubre de 1928, cuando su hermana Deyanira —casada con el portorriqueño-costarricense Eustoquio Villalón Montero— dio a luz a la segunda de sus cinco hijas, Ortega fue su padrino de bautizo. Asimismo, sugirió que la denominaran Mabel, al argumentar que era un nombre muy bonito, y que se escribe igual en varios idiomas, lo cual fue acogido por los padres de la niña. Como una simpática curiosidad, tras su visita a Guatemala y Nicaragua, en 1876 el errabundo Parkhurst había sentado cabeza en San Francisco, California, donde ese año se casó con Annie Shannon, con quien tres años después procrearía a una niña llamada Mabel; esto Ortega quizás nunca lo supo, ya que fue Bolaños Geyer quien lo reveló, y hasta 1977.

Para retornar a Guillermo, murió en su natal Esparza en 1969 —cuando frisaba los 86 años—, dos años antes de que Bolaños Geyer emprendiera sus excelentes y esclarecedoras averiguaciones acerca de Clinton Rollins.

Y, para concluir, ¡ya ven lo que son las vueltas de la vida, amigos lectores! Por interesarme en ese fantasmal filibustero, debido a que su apellido coincidía con el de una gringa exnovia mía, terminé metido en asuntos de la familia de mi esposa, incluido el bautizo de mi recordada y amada suegra, doña Mabel Villalón Figueroa.

Filibusteros quemado cadáveres de soldados centroamericanos en Granada, en abril de 1857. Fuente: Frank Leslie᾽s Illustrated Newspaper.

Kim Phuc…, ¡aquella afligida y desnuda niña vietnamita!

Kim Phuc con sus hermanos y primos, huyendo de las bombas de napalm. Cortesía: Nick Ut

Artículo publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

Al hurgar en mis archivos personales de hace más de medio siglo, y revisar la pequeña agenda que solía portar en mi bolsillo, me percato de que el jueves 8 de junio de 1972 fue un día más, quizás intrascendente, en mi vida de estudiante universitario. Al respecto, salvo una clase del curso de Zoología de Invertebrados por la mañana, con el Dr. Manuel María Murillo, la víspera había entregado un informe de laboratorio del curso de Genética General, y me preparaba para un quiz de dicha materia el viernes 9. Es decir, no más que los quehaceres habituales de un estudiante. Por cierto —como una curiosidad—, exactamente tres meses antes, el jueves 9 de marzo a las cinco de la tarde, se había presentado el cantautor catalán Joan Manuel Serrat en el Centro de Recreación, en su primera visita a Costa Rica.

Sin embargo, a unos 17.000 kilómetros de distancia, ese 8 de junio la situación era muy grave en Vietnam del Sur. Iniciada casi 17 años antes, la prolongada presencia del ejército estadounidense continuaba —en apoyo al régimen survietnamita—, sin visualizarse un triunfo de ninguna de las partes en contienda; sus adversarios eran los guerrilleros del Frente Nacional de Liberación de Vietnam (Vietcong), que deseaban tomar el poder para lograr la unificación de ese país con Vietnam del Norte. De hecho, al final la victoria sería para los insurgentes, que pudieron fundar la actual República Socialista de Vietnam, pero el triunfo no se logró sino hasta tres años después, en 1975, con un altísimo saldo de vidas truncadas, calculado en más de tres millones de víctimas, al igual que de incontables personas heridas, mutiladas o quemadas, más una naturaleza devastada. ¡Un auténtico infierno!

Ahora bien, en medio de tal conflagración y barbarie, hubo un hecho que tuvo una repercusión internacional de gran calado. En efecto, en la tarde de ese 8 de junio —cuando aquí era de madrugada, dada la diferencia de 13 horas entre ambos países—, por un error de cálculo, la pequeña aldea de Trang Bang fue impactada por cuatro bombas de napalm, nombre de una especie de gel de gasolina que usaron masivamente las tropas estadounidenses. Al ocurrir esto, desde un templo, dos niñas y tres niños corrieron aterrorizados por la calle, y entre este grupo de hermanos y primos, una de las niñas, de nueve años de edad, avanzaba desnuda en su desesperada huida. Gritaba «¡Muy caliente! ¡Muy caliente!», pues su ropa resultó incinerada, además de que varias partes de su cuerpo fueron seriamente quemadas por tan abrasador combustible.

Como testigo presencial de ese descorazonador hecho, ahí estaba un joven de 21 años llamado Huynh Cong Ut —hoy conocido como Nick Ut—, quien trabajaba para la agencia de noticias estadounidense The Associated Press (AP), y en ese preciso instante pulsó el disparador de su cámara para captar la pavorosa escena, así como otras más, en secuencia. Puesto que era un fotógrafo profesional, pudo haber quedado satisfecho con registrar ese episodio de terror, para que AP la divulgara la imagen por el mundo. Al fin de cuentas, esa es la labor de un corresponsal de guerra, y tan elocuente y oportuno retrato de seguro sería muy bien acogido por dicha agencia.

Kim Phuc, mostrando las graves quemaduras en su espalda y brazos. Cortesía: Rubén Darío Arenas.

Sin embargo, en un encomiable gesto de humanidad, de inmediato Nick le dio agua y la arropó, y junto con el chofer que lo acompañaba, en el automóvil trasladaron a la niña Kim Phuc Phan Thi a un hospital, para que la trataran de manera urgente; por cierto, en cuanto a su apelativo, las dos primeras partículas corresponden a su nombre personal, y las otras dos a sus apellidos. Las enfermeras se negaron a curarla, pues no sabían cómo lidiar con quemaduras tan serias, pero Nick amenazó con denunciar este hecho por la prensa. Por tanto, aceptaron recibirla, y al día siguiente pudo ser trasladada al Primer Hospital de Niños de Saigón. Ahí comenzó un calvario de 14 meses de hospitalización, y numerosas operaciones.

Para retornar a Nick, es oportuno señalar que él conocía muy de cerca las miserias y el dolor que causan las guerras, pues su hermano Huynh Thanh My había fallecido en 1965, durante sus labores como corresponsal de guerra de AP. Y, para sentirlas aún más, años después él resultaría herido tres veces, lo que incluso obligó a que lo operaran de una rodilla, un brazo y el estómago.

Para retornar a la cuestión de la fotografía, en el momento en que la captó, Nick jamás pensó en la repercusión que tendría tan providencial imagen, aunque sí tenía la certeza de que era muy buena. Porque, si como reza el popular aforismo, «una imagen vale más que mil palabras», con más eficacia que los miles de cables transmitidos por años por los teletipos de AP y otras agencias noticiosas, en un solo golpe de vista se reveló al mundo entero —y en cosa de uno o pocos días—, la magnitud del genocidio que ocurría en Vietnam. Sin duda, la conmoción fue realmente universal, y sensibilizó a vastos sectores, muy especialmente en los propios EE.UU. En realidad, esa estremecedora fotografía quedó tatuada de manera indeleble hasta hoy en la mente y el corazón de las personas realmente sensibles al dolor humano.

Nuestros temores por otra guerra como esa

No podría relatar pormenores de lo acontecido posteriormente, pues mis recuerdos son bastante difusos. Sin embargo, a pesar de lo poco que aparecía los periódicos, la radio y la televisión, nos manteníamos al tanto de lo que ocurría con las protestas mundiales contra esa nefasta guerra; bueno…, todas lo son, pero esta era peor. En medio de esto, creció nuestra admiración por el valiente boxeador Cassius Clay o Muhammad Alí —el más grande de todos los tiempos—, quien, como objetor de conciencia que fue, puso en serio riesgo su brillante e indetenible carrera, al oponerse a la conscripción, ley que lo obligaba a ser reclutado para ir a matar seres humanos. Al final salió airoso, con el apoyo y el beneplácito del mundo entero.

Kim Phuc con el fotógrafo Nick Ut y el exembajador Mauricio Ortiz, en la Casa Amarilla. Cortesía: Mauricio Ortiz.

En mi caso, siempre he sido antibelicista, no solo por mi formación ética y mis principios, sino que también porque mi padre Pasko —croata de nacimiento—, al igual que su familia y sus amigos, fueron víctimas de los horrores de la Primera Guerra Mundial, en la que él incluso debió ir al combate; y, aunque por fortuna salió ileso, en medio de los diez millones de muertos que hubo, tan traumáticos episodios hirieron su alma y dejaron una impronta indeleble en su ser, como lo relaté en mi artículo Un hombre que vino de la guerra (Meer, 13-VII-17). Además, tuve el privilegio de nacer en un país en el cual, cuando vine al mundo, ya el parasitario ejército —porque todos lo son— había sido abolido, por lo que he disfrutado siempre de la vocación pacifista, el diálogo y la búsqueda de consensos que han caracterizado la vida social y política de nuestra amada Costa Rica.

Por eso, ya concluida la guerra en Vietnam, en 1977 publiqué en la prensa el artículo Vietnam o la moral ecológica (Semanario Universidad, 23-V-77), para expresar mis críticas hacia la postura de algunos científicos en relación con la guerra. Asimismo, cuando cursaba mis estudios de postgrado en EE. UU., hubo un largo período durante el cual los torvos Ronald Reagan y Alexander Haig —su secretario de Estado—, se proponían convertir América Central en una hoguera. Esto nos indujo a participar en varias manifestaciones multitudinarias en las ciudades de Riverside y Los Ángeles —a las que se sumaban numerosos excombatientes en Vietnam, quienes repudiaban cualquier asomo de guerra—, y además en 1981 publiqué un artículo intitulado El Salvador: que no sea otro Vietnam, el cual apareció en el periódico El Sentimiento del Pueblo, órgano de los estudiantes chicanos de la Universidad de California.

Narro estas cosas para dejar patente que, a pesar de la distancia y el tiempo, la guerra de Vietnam no me fue ajena. Porque siempre he hecho mía aquella sentencia con la que nuestro sabio científico Clorito Picado respondió al embajador estadounidense Arthur Bliss Lane en 1941 —en plena Segunda Guerra Mundial—, cuando quiso amedrentarlo: «Son quienes como yo, nada tenemos que perder al decir lo que pensamos, porque nada de lo que pueda sobrevenirnos logrará intimidarnos, porque estamos preparados para todo menos para el silencio, cuando ese silencio es cien veces peor que la muerte. Los que gozamos de esa libertad de pensamiento y de esa libertad de prensa, decimos lo que en nuestro espíritu sugieren los acontecimientos de cualquier punto de la tierra, porque la Humanidad pertenece a todo hombre que sea capaz de vivir la vida conforme a su propia conciencia».

Kim Phuc con su hijo Thomas. Cortesía: Rubén Darío Arenas.

Mi encuentro con Nick y Kim Phuc

En la veraniega mañana del 11 de enero de 2024 —hace apenas un mes—, de cielo impecablemente azul, muy temprano me dirigí hacia San Isidro de Heredia, a tan solo 20 minutos de mi casa en San Pablo. Al escalar en mi automóvil los lomeríos de estas alturas, sentía el pecho inflamado de frescor y los ojos de verdor, de tan gratos que son esos paisajes de montaña. Además, iba muy ansioso a una singular cita, que era un desayuno en casa del amigo Mauricio Ortiz y su esposa Rosiris Valverde, para departir con tres amigos vietnamitas suyos.

Debo mencionar que Mauricio es hijo del eximio y recordado médico Juan Guillermo Ortiz Guier, benemérito de la Patria y creador del concepto y la práctica de «hospital sin paredes», novedoso y eficiente sistema que tanto ha contribuido a llevar salud a las zonas rurales del país. Él es ingeniero industrial, y ahora exitoso empresario en el ramo de los fletes y las mudanzas internacionales, además de que en el gobierno anterior fungió como embajador de Costa Rica en Canadá. Asimismo, porta genes del general hondureño Francisco Morazán —líder unionista centroamericano—, al igual que del cónsul francés Juan Jacobo Bonnefil, quien rescató y conservó los restos de nuestros héroes don Juanito Mora y José María Cañas, tras su fusilamiento en Puntarenas. Fiel a tan nobles actos de su ancestro, Mauricio ha dedicado incontables horas, esfuerzos y recursos personales a las actividades del grupo cívico La Tertulia del 56 y de la Academia Morista Costarricense, entes en los que confluimos y hemos compartido por varios años.

Para retornar al desayuno en su casa, ahí estaban el ya citado y célebre fotógrafo Nick Ut, más una pareja de compatriotas suyos, Son Kim Nguyen y su esposa Thanhlong Thi Nguyen, quienes, invitados por Mauricio, vinieron de vacaciones. Efusivos, nos abrazamos como si fuéramos viejos conocidos, de tan amigables que son. Asimismo, me llevé la grata sorpresa de que los tres residen en Los Ángeles, y que llegaron allá en 1979, año en que yo arribé a la por entonces más bien pequeña ciudad de Riverside —a poco más de una hora de distancia de aquella gran urbe—, por lo que pudimos compartir remembranzas de esos tiempos, así como enterarme de algunos acontecimientos recientes en esa región de California, por la que tanto cariño siento.

Aparte de la hospitalidad de Mauricio y Rosiris, así como de las delicias del desayuno, fue muy placentera la conversación con estos tres vietnamitas, en medio de la cual Nick tuvo la gentileza de regalarme una copia, debidamente autografiada, de la célebre foto que, con el nombre The terror of war (El terror de la guerra), en 1973 fue galardonada con dos prestigiosos laureles: la Foto del Año, de la agencia holandesa World Press, y el Premio Pulitzer en EE. UU. Además, puesto que tan memorable imagen fue captada con una cámara alemana marca Leica, 40 años después, en 2012, ingresó al Salón de la Fama de esta prestigiosa firma fotográfica. Y, por si no bastara, hace apenas tres años, en 2021, a Nick se le entregó la Medalla Nacional de las Artes, con la que el Congreso de EE. UU. premia a artistas y filántropos de las artes, aunque esa vez, de manera excepcional, se condecoró a un fotoperiodista.

4. Luko Hilje y Nick Ut, sosteniendo la foto autografiada. Cortesía: Mauricio Ortiz.

Por cierto, en nuestra conversación, él narró que sus vacaciones en Costa Rica obedecían a su interés por captar imágenes de la maravillosa naturaleza de nuestro país, lo cual hizo en días pasados en varios puntos geográficos de nuestro territorio. Es de suponer que —si hay nuevas visitas suyas—, en los próximos años podremos deleitarnos con el exquisito producto pictórico de la sinergia resultante de nuestra prodigiosa biodiversidad y la maestría de un fotógrafo del calibre del humilde Nick.

Ahora bien, en medio de las gratas pláticas de más de una hora de desayuno, hubo una sorpresa realmente asombrosa. En efecto, en cierto momento Mauricio me preguntó si deseaba conversar con Kim, mediante una videollamada. Me quedé estupefacto, pues no esperaba algo así, pero ni siquiera tuve tiempo de reaccionar, pues casi al instante Mauricio colocó frente a mí su teléfono celular, y ahí estaba Kim Phuc —aquella afligida y desnuda niña vietnamita de la célebre foto de hace casi 52 años—, conversando conmigo. ¡No lo podía creer, pero así era!

Con gran calidez humana y genuina compasión, manifestó cuánto dolor y llanto le causan las guerras, y en particular los actuales conflictos bélicos en Ucrania y Gaza, y especialmente por los niños, víctimas de tanta irracionalidad. Además, nos contó que en Toronto había en ese momento una fuerte tormenta de nieve, y que estaba cuidando a su anciana madre, bastante enferma. Por mi parte, además de expresarle mi admiración por todo cuanto hace por la paz en el mundo, le dije que debería venirse para Costa Rica, donde esa mañana disfrutábamos de un entorno montañoso de delicioso clima veraniego. Agradecida, me dijo que conoce bien esta zona de Heredia —ella vino el año pasado con Nick, para el lanzamiento de la traducción al español de su libro La ruta del fuego, y se hospedó en casa de Mauricio y Rosiris—, y que algún día le encantaría vivir aquí. ¡Ah maravilla de maravillas sería tener como residente a esta extraordinaria mujer en un país pacífico y pacifista, como el nuestro!

6. Luko Hilje y Nick Ut, mientras Luko conversa con Kim Phuc. Cortesía: Mauricio Ortiz.

Un revelador libro

Sobre Kim se publicó el libro The girl in the picture (La niña de la foto), escrito por Denise Chong, el cual vio la luz en 1999. No obstante, de manera complementaria, años después ella escribió su propio libro —recién citado—, el cual fue publicado en 2017, con el título Fire road (La ruta del fuego). Tanta acogida tuvo, que había sido traducido a seis idiomas, pero no al español. Por fortuna, durante su gestión como embajador en Canadá, el acucioso Mauricio había buscado a Kim, en persona, y le ofreció encargarse de dicha traducción. Fue así como, con gran convicción y capacidad de convocatoria, concitó el apoyo económico de varios empresarios costarricenses y de la cancillería, para que el libro fuera una realidad. Y, tanto, que fue presentado el 12 de abril de 2023 en la Casa Amarilla —sede del Ministerio de Relaciones Exteriores—, en nuestra capital, nada menos que con la asistencia de Kim y Dick.

Dicho libro, que el generoso Mauricio me obsequió —autografiado por Nick—, es realmente conmovedor; por cierto, se puede adquirir en el Instituto Interamericano de Derechos Humanos, y los fondos captados con su venta son para la Fundación Internacional Kim. En él, Kim narra toda su vida, y lo hace de manera muy amena y sin dramatismo alguno. En realidad, al leerlo uno se contagia de su alegría de vivir, además de admirar cómo, tras las 17 intervenciones quirúrgicas a las que fue sometida, para injertarle piel, y a pesar de las cicatrices que hasta hoy laceran su cuerpo y le provocan recurrentes e intensos dolores, lo que ella transpira es bondad y dulzura.

De su intensa y accidentada travesía vital, narra cuánto menosprecio sufrió después de su tragedia, y cómo se alejó de sus creencias y prácticas religiosas previas, dentro del caodaísmo —un culto politeísta local— para encontrar a Jesús, quien desde entonces ha colmado su vida de bendiciones y gracias; lo logró a través el cristianismo evangélico, su actual religión. Asimismo, relata cómo su caso fue manipulado con fines políticos por las nuevas autoridades de Vietnam, así como en Cuba, donde residió unos seis años y empezó a estudiar medicina; no concluyó su carrera, pues junto con su esposo Toan Bui Huy —a quien conoció en dicho país—, desertó y se exilió en Canadá, donde mora hasta hoy.

De manera sorprendente, sin importar los muchos avatares que ha sufrido, en su corazón no alberga ni pizca de rencor, y dice haber perdonado por completo a quienes, de una u otra forma, le hicieron daño o se lo quisieron hacer, a lo largo de los años. Al respecto, en un pasaje de su libro indica lo siguiente: «Todavía no sé el nombre del piloto que dejó caer las bombas de napalm sobre mi aldea en 1972, pero no necesito ese detalle para decirle que me encantaría poder conocerlo un día, regalarle una sonrisa, darle un abrazo, verlo a los ojos y decirle: “Lo perdono. Lo que pasó, pasó. Sigamos adelante en paz. Nadie sale ileso de la guerra, y aquella guerra que destrozó a mi país seguramente también lo dejó lastimado a usted. Yo espero en Dios que haya podido sanar y sepa que por siempre tendrá mi perdón”».

Madre de Thomas y Stephen, así como abuela cuatro veces, en plena congruencia con sus convicciones y actitudes, Kim es hoy un ícono mundial de la paz. Galardonada con el doctorado honoris causa por seis universidades, y amiga de los principales líderes políticos, económicos y espirituales del mundo, es embajadora de buena voluntad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Es oportuna aquí una acotación, para relatar que, después de 30 años de ausencia de su terruño, a mediados de 2016 ella tuvo la oportunidad de visitar la aldea de Trang Bang, donde la abrumaron y hasta la martirizaron los recuerdos. Y pocas semanas después, una noche en que a su amigo Nick —a quien llama tío Ut— se le tributó un importante homenaje en Los Ángeles por parte de la prensa local, se le invitó a acompañarlo al escenario mientras que —como era de esperar—, se proyectaba en la pantalla la famosa foto de ella huyendo del horror. Aunque la había visto hasta la saciedad, esa vez no pudo contener el llanto. En sus palabras, «miré mis pies en la foto. ¡Cómo corría! Y cómo seguí corriendo durante años, intentando escapar de las bombas, de la guerra, de la foto, del dolor, de mi religión, de Vietnam, de Cuba… Movida por la tristeza, luego por la rabia y luego por el miedo. Por decisión propia, había pasado gran parte de mi vida huyendo, convencida de que esa era mi única opción. Pero ese camino, esa carrera, me había llevado directamente a los brazos de Dios».

5. Kim Phuc, con la foto que la hizo famosa. Fuente: Wikipedia.

Asimismo, en un pasaje previo de su libro ella expresa: «La foto. Mi foto. La foto de la que intenté incansablemente escapar, y la que terminó dándome una misión en la vida». Y eso es muy cierto, porque además de ser ella hoy una adalid de la paz mundial, durante los últimos 30 años, junto con otras organizaciones humanitarias, la Fundación Internacional Kim promueve proyectos para aportar ayuda médica y psicológica a miles de niños y niñas víctimas de la guerra, para así rescatarlos de graves traumas y a la vez elevar su dignidad hasta su condición de seres humanos plenos.

¡Qué compleja pero hermosa misión, de veras, esta de la infatigable y generosa Kim! Y, aunque no lo necesite realmente, creo que su fecunda y siempre floreciente obra humanitaria amerita que se le galardone con el Premio Nobel de la Paz, y que sea el gobierno de Costa Rica quien la postule, con lo cual nuestro país se enaltecería también.

Un tributo al legado cívico del Dr. Karl Hoffmann


Lápida develada el día del bicentenario del nacimiento del Dr. Karl Hoffmann, en el cementerio de Esparza. Foto: Luko Hilje.

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Alocución en el homenaje del 7 de diciembre de 2023 en el cementerio de Esparza, para honrar la memoria del médico y naturalista alemán Karl Hoffmann y su esposa Emilia

Hace exactamente 200 años, el 7 de diciembre de 1823, vino al mundo un niño en la ciudad de Stettin, Alemania, en el hogar de Anton Hoffmann y Julie Brehmer, comerciante él, y ama de casa ella. De religión luterana, pronto se le bautizó con el nombre Karl, el mismo que figura en la lápida que develaremos esta mañana.

2. Lápida conmemorativa, en el momento de ser develada. Foto: Verónica Solórzano.

Nació cerca del agua, pues Stettin —por entonces parte del reino de Prusia, pero hoy perteneciente a Polonia y denominada Szczecin— es un puerto fluvial del río Oder, no tan distante del muy frío mar Báltico. Y, ¡quién lo iba a decir!, moriría casi 36 años después también cerca del agua, pero ahora en la muy cálida Puntarenas.

Datos de nacimiento y defunción son estos, fechas mudas, como una especie de paréntesis del comienzo y el cierre de una vida, pero que no nos revelan nada de la trayectoria ni del legado de este extraordinario ser humano que fue Karl Hoffmann Brehmer.

No se conoce acerca de sus tiempos de infancia y adolescencia, pero sí de su juventud, cuando sus intereses lo llevaron a la muy prestigiosa Universidad de Berlín para cursar la carrera de medicina, que culminó en 1846, a los 23 años de edad. Sin embargo, sentía gran atracción por el estudio de las plantas, los animales y los volcanes, lo cual fue cultivando de manera paralela a su profesión de médico. Esto le permitió frecuentar los museos de Berlín, donde conoció a destacados científicos y, en algún momento, trabó amistad con el gran naturalista Alexander von Humboldt, el mayor explorador del trópico americano.

De seguro que la lectura de la provocadora obra de Humboldt, así como las conversaciones con él, lo estimularon e indujeron a mudarse a Costa Rica, donde por entonces había una incipiente colonia alemana. Y fue así como este sabio anciano incluso escribió una carta dirigida al presidente Juan Rafael (Juanito) Mora, recomendando a Hoffmann y a su colega Alexander von Frantzius, a quienes calificaba de «científicos muy distinguidos y además hombres muy morales, hijos de familias respetables de nuestro país».

Llegados a San José en enero de 1854 junto con sus esposas, ambos se dedicaron a ejercer la profesión de médicos, mientras efectuaban giras y recolecciones de plantas y animales en su tiempo libre.

En esas estaban, felices explorando nuestra naturaleza, cuando en noviembre de 1855 empezaron a correr aciagos rumores. En efecto, el país podría ser invadido en cualquier momento desde Nicaragua por el ejército filibustero de William Walker quien, bien financiado por importantes personajes y sectores de los estados esclavistas sureños, deseaba implantar la esclavitud en los cinco países centroamericanos, así como anexarlos a EE. UU.

La amenaza tomó forma pocos meses después, por lo que el 1° de marzo de 1856 don Juanito llamó al pueblo a las armas. Ante esta ominosa coyuntura, muchos de los alemanes residentes en el país se ofrecieron para ir a defender a su patria adoptiva.

De inmediato, don Juanito aceptó su sincera y valerosa oferta, e incluso nombró a algunos en los altos mandos del ejército, y entre ellos a Hoffmann, a quien designó como Cirujano Mayor del Ejército Expedicionario. Es decir, le tenía tanta confianza, que no dudó en poner en manos suyas la salud de nuestras tropas, sin importarle que fuera extranjero.

A partir de entonces, Hoffmann desplegó sus atributos de excelente y compasivo médico, como lo revelan varios testimonios provenientes tanto de soldados rasos como de oficiales del ejército, quienes atestiguaron sus acciones. Aunque no participó en la batalla de Santa Rosa, ocurrida en la tarde del 20 de marzo, antes de que clareara el día siguiente don Juanito lo envió desde Liberia, para que apoyara al Dr. Cruz Alvarado Velazco. Ahí, en medio del dolor por el fallecimiento de 19 de nuestros combatientes, con gran diligencia él y Alvarado curaron a los 32 que resultaron heridos; murió apenas uno, pero de tétano.

1. Escena de la batalla de Rivas. Fuente: Frank Leslie᾽s Illustrated Newspaper.

Semanas después, temprano en la batalla del 11 de abril, en Rivas, ante el acecho de las huestes filibusteras, esta vez Hoffmann sí empuñó el fusil, y lo hizo con certera puntería, mientras auxiliaba a los primeros caídos ante la pólvora y los sables filibusteros. Ese fatídico día, en las estrechas callejuelas de Rivas el fuego fue tan intenso, que murieron 136 soldados en pocas horas, a quienes se sumaron nada menos que 300 heridos. Había que atenderlos a como se pudiera, por lo que, ya en la tarde, se improvisó un hospital de campaña en una casa de la ciudad. Ahí estuvieron recluidos 270 de los heridos, hacinados, con poca higiene y sin suficientes medicinas. Al fin de cuentas, y a pesar de esos inconvenientes, junto con sus escasos ayudantes pudieron salvar las vidas de casi todos los heridos; incluso realizó siete amputaciones, técnica en la cual tenía gran pericia.

3. Retorno de las tropas, con muchos combatientes enfermos del cólera. Fuente: Frank Leslie᾽s Illustrated Newspaper.

Sin embargo, mientras estaban en la faena de rescatar vidas, se asomó sigiloso un invisible pero implacable enemigo: el cólera.

Para fortuna nuestra, Hoffmann conocía bien este mal, pues en 1848-1849 había trabajado en un sanatorio berlinés, donde pudo efectuar investigaciones para buscar su curación. No obstante, en aquella época se ignoraba que el agente causal de la enfermedad es una bacteria, cuyo nombre científico es Vibrio cholerae, y más bien se creía que el cólera era causado por miasmas, es decir, vapores provenientes de las aguas estancadas o de cuerpos en descomposición, así como por climas insanos, como el de Rivas en la estación seca.

Esto explica que los altos mandos del ejército tomaran la decisión de repatriar las tropas, sin imaginar que esto más bien favorecería la diseminación del bacilo y provocaría una epidemia en los principales centros de población. Durante tan grave crisis sanitaria, que causó la muerte de unas 10.000 personas, Hoffmann desarrolló y promovió el uso de un preparado, denominado «medicina anti-colérica», que consistía en una mezcla de gotas amargas con un licor fino, el cual libró de la muerte a innumerables personas.

Es decir, con gran altruismo y entrega a sus semejantes, el infatigable Hoffmann se dedicó de lleno a salvar vidas. Sin embargo, lamentablemente, no reparó en su propia existencia.

En efecto, ya superada la epidemia, él empezó a sufrir las consecuencias del desmedido y agobiante esfuerzo que hizo tanto en Rivas como en el Valle Central. De manera paulatina comenzó a sentirse débil, mientras su cuerpo se inflamaba, perdía movilidad y sus dedos se endurecían. Ello lo llevó al extremo de quedar incapacitado para seguir activo como médico, lo cual provocó que no contara con ingresos económicos. Para peores, aunque era un hombre ahorrativo, el gobierno le adeudaba el para entonces casi exorbitante monto de poco más de 2700 pesos, pues él pagó de su bolsillo cuantiosos gastos de la Campaña Nacional.

5. El Dr. Karl Hoffmann, ya enfermo, circa 1857. Cortesía: Silvia Meléndez.

Fue por esto que, enterado de sus tribulaciones, don Juanito gestionó que se le concediera una pensión vitalicia, de 50 pesos mensuales, a partir del 1º de marzo de 1858. El Congreso apoyó de inmediato tan justa como noble iniciativa, al aducir que él prestó sus valiosos servicios a nuestro país «en la época de mayores conflictos de guerra y de epidemia del cólera, que dejarlo sin recompensa sería dar una prueba de que carecíamos de los más nobles sentimientos de gratitud», para culminar señalando que «tantos sacrificios, tanta abnegación en un extranjero, no debe quedar sin recompensa».

Al final de cuentas, en realidad él casi no pudo disfrutar de su pensión, lamentablemente. Esto fue así porque, menos de un año después, a inicios de febrero de 1859, junto con su esposa decidieron mudarse a Puntarenas, al considerar que tal vez el clima cálido podría atenuar el mal que le aquejaba. Sin embargo, tristemente, en esos días recién se había iniciado ahí una epidemia de tifoidea, y ella se contagió. Murió muy pronto, el 12 de febrero, lo cual fue devastador para él. Es decir, lejos de aportarle alivio, la llegada a Puntarenas le acarreó mayores e irreversibles pesares.

Ya sin su amada compañera, su alma estaba lacerada, y no tenía sentido seguir viviendo. Su vida cotidiana se plagó de depresión y postración. Al presentir la cercanía de su final, preparó su testamento, en el cual consignó que, cuando llegara la hora del desenlace, se le enterrara sin pompa alguna, pero sí al lado de su amada Emilia, en Esparza.

En acatamiento de su voluntad, en la mañana del 12 de mayo —exactamente tres meses después de la partida de ella—, una carreta transportó su ataúd hasta el punto donde hoy estamos, para inhumar su cuerpo. Había exhalado su último suspiro la víspera, allá en Puntarenas, en la calle del Estero.

4. Lápida conmemorativa, cubierta con la bandera de Costa Rica, antes de su develación. Foto: Luko Hilje.

Eso sí, días antes había dictado una conmovedora carta para su amigo don Juanito, a raíz de la elección de éste como presidente de la República por tercera vez consecutiva. En uno de sus pasajes iniciales expresaba que «Yo también, aunque nacido en un suelo muy distante, pero agradecido a la República que tan benignamente me acogiera, no puedo menos que desear su engrandecimiento, su felicidad». Y la culminaba manifestando que «he puesto un pie ya en el borde del sepulcro, pero procuro conciliar mis ideas para manifestar mis deseos. ¡Quiera el cielo conservar la vida de Su Excelencia para la felicidad y grandeza de la joven Centro-América!».

Así se cerró la travesía vital de este entrañable ser humano, brillante y acucioso naturalista, así como abnegado médico, siete meses antes de completar los 36 años de vida.

Ahora bien, a partir de ese día quizás nadie reparó en su tumba, la cual de manera inexorable fue erosionada por los calcinantes soles y las inclementes lluvias del trópico. Empero, y hay que decirlo, esa tumba fue más lastimada por la desmemoria y el olvido.

Tan es así, que debieron transcurrir 70 extensos años para que la patria se acordara de él, nuevamente. Y eso ocurrió a propósito de la inauguración del hermoso monumento a don Juanito, frente al edificio de Correos y Telégrafos, efectuada el 1º de mayo de 1929, fecha conmemorativa de la rendición del filibustero Walker.

Para entonces, el gobierno del abogado e historiador Cleto González Víquez encomendó al naturalista Anastasio Alfaro González —director del Museo Nacional—, que viniera a Esparza a localizar los restos del ilustre médico alemán que nos tiene congregados hoy aquí. En esa ocasión, el gobierno argumentaba que «la nación tiene contraída una deuda de gratitud con el doctor Carl Hoffmann por los importantes servicios que le prestó, principalmente como cirujano mayor del ejército en la guerra nacional».

6. Inscripción en la parte posterior de la lápida conmemorativa. Foto: Luko Hilje.

En efecto, Alfaro cumplió a cabalidad la tarea asignada. El propio día en que vino a Esparza, en su libreta de campo anotó lo siguiente: «Domingo 21 de Abril de 1929. Tenemos localizadas las tumbas del Dr. Hoffmann y señora; llevaré lo que haya de ambos». Narra su hija Isabel Alfaro de Jiménez que, al consignar eso, de tan impresionado que estaba, «su escritura firme y clara cambia; el trazo es tembloroso, las letras desiguales, fuera de línea». A la mañana siguiente, en presencia de más de 30 personas, se abrió la fosa. Hecho esto, Alfaro anotó que aún quedaban restos del uniforme de teniente coronel con el que Hoffmann fue enterrado, posiblemente por decisión propia, y para testimoniar que hasta su último día de vida fue un soldado al servicio de Costa Rica.

Asimismo, un hecho a resaltar es que, cuando Gonzalo Marín —director de la escuela local— se enteró de la exhumación, al mediodía convocó a un breve acto cívico en la escuela, después del cual los maestros y los niños se desplazaron hasta la jefatura política, donde un pequeño féretro contenía los restos de los esposos Hoffmann. Colocados los niños alrededor de éste en grupos de cuatro, le hicieron guardia de honor. Además, la escuela envió una corona, y los niños trajeron flores de sus casas y las colocaron sobre el ataúd.

Trasladados por tren a la capital el martes 23, los restos fueron recibidos en la Comandancia de Plaza, donde se mantuvieron custodiados hasta el domingo 28, cuando a partir del mediodía fueron expuestos en capilla ardiente y velados por oficiales del ejército.

Al día siguiente, al ser las nueve de la mañana, en la Plaza de la Artillería se detonaron tres cañonazos, para anunciar el inicio del cortejo hasta el Cementerio General, y de inmediato se colocó el pequeño ataúd sobre una cureña. En el desfile, que duró hora y media y fue presenciado por miles de personas, figuraban una banda militar, comitivas de estudiantes de secundaria y de policías, miembros de infantería y artillería del ejército, los jerarcas de los supremos poderes, el presidente de la República y su gabinete, los comandantes de plaza, algunos embajadores y los miembros de la colonia alemana.

Ya en el cementerio, tuvo lugar una emotiva ceremonia, que se prolongó por otra hora y media, y en la cual hubo varias alocuciones. Como culminación, en el momento exacto en que el ataúd era enterrado en la tumba construida con tal fin, se escucharon tres cañonazos, seguidos por siete disparos de rifle, para completar así el protocolo con el que se tributan honores a un General de Brigada.

Así que, depositados en esa sobria tumba de mármol asignada por el gobierno, ahí han permanecido desde entonces, y permanecerán para siempre, las cenizas de los esposos Hoffmann.

Sin embargo, hoy, a casi un siglo de distancia, tomamos una iniciativa complementaria, que es la que nos tiene reunidos aquí.

En efecto, en este camposanto —que en 1992 fue declarado Monumento de Interés Histórico Arquitectónico—, desde hace 94 años no quedó huella alguna de que aquí estuvieron enterrados por 70 años los esposos Hoffmann. Y es por eso que nos propusimos restituir tan importante hecho, al menos de manera simbólica, con la colocación de una lápida o monolito conmemorativo.

Y lo develamos hoy, 7 de diciembre de 2023, en el día exacto en que se cumple el bicentenario del nacimiento del Dr. Hoffmann, como un proyecto de la Asociación La Tertulia del 56, que se dedica al rescate de la memoria y el legado de los héroes de la Campaña Nacional.

Asimismo, a su llamado respondimos con presteza seis patriotas —todos presentes esta mañana aquí—, para financiar dicha lápida; la Municipalidad de Esparza, representante de la comunidad que por tantos años acogió los restos de los homenajeados; y la Universidad Técnica Nacional (UTN), auto-declarada Universidad Morista, y cuya Cátedra Juan Rafael Mora Porras funciona en su Sede del Pacífico, en Puntarenas, lugar donde murieron tanto don Juanito como los esposos Hoffmann. Asimismo, con gran compromiso, se sumó el Instituto Tecnológico de Costa Rica, cuya editorial publicó nuestro libro Karl Hoffmann, médico y héroe en la Campaña Nacional, que será presentado esta noche en Puntarenas.

Para concluir, confiamos en que este hermoso monolito de molejón rosado, esculpido con esmero por el hábil marmolista josefino Manuel Antonio Coto Astorga, soportará todo embate y estará aquí hasta el final de los tiempos. Pero, a la vez, quisiéramos que igualmente firme y duradera sea la memoria del Dr. Hoffmann y de su esposa Emilia, a quien tanto le debemos también.

No obstante, es a nosotros a quienes nos corresponde preservar, honrar y divulgar su legado, como una inagotable fuente dónde abrevar, sobre todo en momentos en que —amenazada por foráneos o por malos hijos—, la patria nos convoque de nuevo en su defensa.

Y, entonces, imbuidos de su ejemplo, que desde cualquier trinchera que ocupemos, podamos responder a su llamado, como el Dr. Hoffmann nos enseñó que se debe hacer.

¿La Trinidad, o Punta Nicolás Aguilar?

Vista aérea de la punta de La Trinidad, donde se libró la batalla en la que sobresalió Nicolás Aguilar Murillo. Foto: Elvin Hernández.

Publicado originalmente en la revista digital europea MEER

Luko Hilje (luko@ice.co.cr)

Hasta hace unos 14 años, no había tenido la oportunidad de conocer La Trinidad, bello paraje silvestre donde el río Sarapiquí vierte sus aguas en el majestuoso San Juan. Además, fue ahí donde se libró una batalla clave durante la Campaña Nacional de 1856-1857 contra el ejército filibustero que, conducido por William Walker, pretendía implantar la esclavitud y anexar a EE. UU. los cinco países centroamericanos. Lo hice en diciembre de 2010, gracias a una invitación de la Municipalidad de Sarapiquí para conmemorar dicha efeméride.

1. Desembocadura del río Sarapiquí en el San Juan, con la punta de La Trinidad a la izquierda y Punta Alvarado a la derecha. Foto: Luko Hilje.

En cuanto a este topónimo, pensé que obedecía al triángulo formado por las respectivas esquinas de las dos riberas del río Sarapiquí, más la punta que, en territorio nicaragüense, se denominaba Punta Hipp o Punto Hipp en el siglo XIX, debido a que ahí tenía una fonda el joven alemán Wilhelm Hipp —naturalizado estadounidense—, quien además vendía leña para abastecer los pequeños vapores que recorrían el río. En mi artículo En la boca del Sarapiquí (Nuestro País, 28-XII-2011), señalo que “visto en una imagen de satélite, poco antes de desvanecerse en el San Juan [el Sarapiquí] traza un semicírculo casi perfecto. Del lado opuesto, en territorio de Nicaragua, el contorno de esa otra ribera se parece al perfil de un simio, cuya nariz se ubica exactamente frente a la boca del Sarapiquí”. Sin embargo, tiempo después me enteré de que, en realidad, con dicho topónimo se honra al general nicaragüense José Trinidad Muñoz Fernández (1790-1855), y por un motivo más bien fortuito.

3. La punta de La Trinidad, vista desde Punta Alvarado. Foto: Luko Hilje.

No obstante, antes de referirme a eso, es pertinente una digresión para indicar que ello tuvo relación directa con el puerto de San Juan del Norte, donde el río San Juan desemboca en el mar Caribe. Como lo explica la recordada historiadora Clotilde Obregón Quesada en su libro El río San Juan en la lucha de las potencias (1821-1860), el citado puerto era parte del vasto reino selvático de la Mosquitia, habitado por los indios misquitos, pero su rey permitió que en 1845 la Gran Bretaña lo declarara como un protectorado de esta nación.

Ahora bien, según narrara el célebre historiador Rafael Obregón Loría en su libro Costa Rica y la guerra contra los filibusteros, en octubre de 1847 las autoridades misquitas comunicaron al gobierno nicaragüense que, por estar en su territorio, tomarían el puerto de San Juan del Norte, de gran auge comercial pocos años después. Esto provocó la airada reacción de dicho gobierno, que decidió enviar un batallón de 500 hombres, encabezados por el mencionado general Muñoz. Puesto que, antes de desplazarse hacia San Juan del Norte, acampó con su tropa en la desembocadura del río Sarapiquí, este sitio “desde entonces tomó el nombre de La Trinidad”, en palabras del académico Obregón.

Este historiador relata otros detalles de ese conflicto, para señalar que Muñoz se pudo apoderar de San Juan del Norte, donde reinstaló a las autoridades locales y regresó a Granada, tras dejar un contingente en La Trinidad. No obstante, apenas un mes después, los ingleses no solo retomaron el puerto, sino que incursionaron río adentro en lanchas artilladas con cañones, y derrotaron a la tropa acantonada en La Trinidad. Hecho esto, continuaron aguas arriba y se apoderaron de las fortificaciones del Castillo Viejo y el fuerte de San Carlos. Al final de cuentas, Nicaragua tuvo que ceder San Juan del Norte a las autoridades misquitas, que incluso lo bautizarían con el nombre Greytown, en honor de Sir Charles Edward Grey, gobernador de Jamaica.

En síntesis, no hubo un solo hecho heroico o siquiera destacable de parte de Muñoz y su batallón, que amerite y justifique que la desembocadura del río Sarapiquí se haya denominado La Trinidad por nada menos que 175 años.

Sin embargo, apenas un decenio después, el lunes 22 de diciembre de 1856, sí ocurriría un acontecimiento significativo, que cambiaría de manera determinante el curso de las acciones bélicas contra Walker, a favor de los ejércitos centroamericanos, que ya se habían aliado para combatir a las huestes filibusteras en territorio nicaragüense.

De manera muy resumida, los filibusteros tenían en sus manos el estratégico punto de La Trinidad. Por tanto, para desalojarlos hubo que atacarlos por sus espaldas, para lo cual las tropas costarricenses debieron ingresar por el territorio de San Carlos y después navegar por el río homónimo y por el San Juan, hasta La Trinidad. Fueron muchas las vicisitudes y adversidades ocurridas, sobre todo porque no se tenía experiencia alguna en confrontaciones navales ni fluviales.

Para enfrentar a Walker en el río San Juan, se enviaron dos batallones. El de vanguardia, de 200 hombres, partió de la capital el 3 de diciembre, al mando del sargento mayor Máximo Blanco Rodríguez, mientras que el de retaguardia, de 500 hombres, lo hizo el día 15, conducido por el general José Joaquín Mora Porras. Es pertinente indicar que este segundo batallón arribó a Muelle de San Carlos —que era el punto de partida para las acciones en el San Juan— el 22 de diciembre, es decir, el mismo día de la batalla en La Trinidad. Por tanto, Mora y su gente ignoraban por completo lo que ya estaba ocurriendo ese día decenas de kilómetros aguas abajo, en la ribera derecha del San Juan.

Es oportuno destacar que la víspera del combate debieron pernoctar cerca del estero del Colpachí, hacinados en sus rústicas embarcaciones. Además de estar empapados y entumecidos por la incesante lluvia, nuestros combatientes debieron soportar hambre, al igual que las inclementes picaduras de zancudos, que los acosaban por miles. Aun así, tan deseosos estaban de luchar que, apenas clareó, desembarcaron y penetraron en la montaña para hacer una fogata que les permitiera secar los fusiles y la muy mojada pólvora que llevaban. Hecho esto —que no fue muy exitoso, como se verá pronto—, cerca de las diez de la mañana avanzaron por tierra hacia La Trinidad, con bastante dificultad, pues en esos casi dos kilómetros el terreno era muy anegado y de vegetación difícil.

Detectada la posición de los filibusteros, que estaban distraídos alrededor de una gran mesa, cerca de la hora del almuerzo Blanco dio la orden de atacar. Fue así cómo, organizados en cuatro columnas, 30 combatientes irrumpieron a trote en el campamento enemigo, a la vez que disparaban sus fusiles. Sin embargo, apenas cinco de las húmedas armas funcionaron y, ya alertados de lo que ocurría, de inmediato los filibusteros se desplazaron a las dos trincheras que tenían, para resguardarse y contraatacar. Para entonces, una ya había sido tomada por los nuestros y cuando desde la otra un enemigo se preparaba para disparar metralla con un cañón emplazado ahí, de súbito corrió hacia esta trinchera el cabo Nicolás Aguilar Murillo, le clavó en el pecho la bayoneta de su fusil y lanzó al filibustero a un lado.

Aparte de la importancia específica de tan audaz y hasta temerario acto, que evitó muertes en las filas costarricenses, esto insufló coraje y osadía a sus compañeros. A falta de pólvora, y duchos ellos en el uso de la bayoneta, sus muy filosas cuchillas causaron numerosas muertes en el bando enemigo. Además, aterrorizados por lo que veían, muchos filibusteros se lanzaron al San Juan, cuyas corrientes los arrastraron hasta hundirlos y ahogarlos. Al final de cuentas, en apenas 40 minutos de combate murieron 60 filibusteros, en tanto que dos fueron capturados —entre ellos el comandante Frank Thompson—, y seis lograron llegar con vida después a San Juan del Norte. En nuestras filas hubo apenas dos heridos.

Como era urgente continuar con el ataque sorpresivo, esa misma tarde Blanco y una tropa abordaron varias de las embarcaciones rústicas para dirigirse a San Juan del Norte, donde, al amanecer, capturarían con astucia y facilidad varios de los vapores utilizados por Walker. Y, ya con una fuerza naval en manos propias, se empezaría a tomar posiciones clave en el río San Juan, como el Castillo Viejo y el fuerte de San Carlos. Es por eso que, como lo hemos sostenido varios de quienes hemos estudiado en detalle lo ocurrido en el San Juan en esos tiempos, la derrota en La Trinidad representó el principio del fin de las aspiraciones colonialistas de Walker.

2. El héroe nacional Nicolás Aguilar Murillo. Foto: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría.

Ahora bien, para retornar al combate en La Trinidad, el valiente cabo Nicolás Aguilar, quien era oriundo de Barva, Heredia, contaba con apenas 22 años de edad cuando ejecutó tan meritoria acción. Ello justificaba que se le premiara con 500 pesos —en una época en que un ministro ganaba 160 pesos al mes—, para así honrar una promesa del oficial Joaquín Fernández Oreamuno, pero esto no se cumplió sino hasta 1886. Asimismo, en 1892, cuando frisaba los 64 años, ya sin poder trabajar y en estado de pobreza, se le otorgó el grado de coronel, se le condecoró y se le asignó una pensión de 60 pesos mensuales, que pudo disfrutar por apenas seis años. Todo ello está sustentado de manera prolija en el documento Nicolás Aguilar Murillo, un barveño héroe nacional, compilado en años recientes por el microbiólogo barveño Miguel Rodríguez Ruiz, para fundamentar que se le concediera dicho título. Hoy, y desde diciembre de 2013, ostenta la condición de héroe nacional, junto a Juan Santamaría, Juan Rafael Mora Porras y Francisca (Pancha) Carrasco Jiménez.

A este lauro, de sobra justo, consideramos que debiera sumarse otro: la denominación, con su nombre, de la esquina izquierda de la desembocadura del río Sarapiquí, en el sitio exacto donde tuvo lugar la batalla de La Trinidad. Podría llamarse Punta Nicolás Aguilar Murillo, Punta Nicolás Aguilar o Punta Aguilar, al igual que, por ejemplo, hasta hace poco en el país hubo cantones con nombres como Valverde Vega y Alfaro Ruiz, y que en el actual cantón de Pérez Zeledón haya un distrito llamado Daniel Flores. Al respecto, cabe acotar que a la esquina derecha de esa boca se le ha llamado Punta Alvarado de manera informal, pero merecida, pues el botero cartaginés Francisco Alvarado Mora, residente ahí por largo tiempo, fue un personaje muy importante en las batallas del río San Juan, aunque en los anales históricos se le haya ignorado, más bien por desconocimiento; lo fue como diestro guía en la construcción de botes y balsas, hábil capitán de vapores y valeroso combatiente.

Propongo, entonces, que la Municipalidad de Sarapiquí realice las gestiones pertinentes ante la Comisión Nacional de Nomenclatura, para designar de manera oficial ambas puntas de tan emblemática desembocadura con los nombres de estos dos grandes patriotas, que no dudaron en defender a Costa Rica cuando hubo que hacerlo. Sin embargo, bautizar por bautizar no tiene mayor sentido, si no se educa a la sociedad, y en particular a los niños y jóvenes, acerca del significado de su aporte.

Una manera de hacerlo es promover visitas a los sitios donde ocurrieron batallas significativas, para entender en el propio lugar de los hechos cómo y por qué sucedieron. Aún más, ya desde hace varios años la muy dinámica y eficiente Municipalidad de Sarapiquí ha planteado la posibilidad de establecer eco-museos en varios puntos, en los que se articulen tan importantes sucesos de la guerra libertaria contra Walker con otros aspectos históricos de la zona, así como con aquellos asociados con la gran riqueza biológica de esta región del país, donde el bosque tropical muy húmedo alcanza su mayor esplendor.

En tal sentido, debería promoverse el turismo histórico a Sarapiquí, que tiene en La Trinidad y Sardinal dos de los tres hitos clave de la Campaña Nacional en el territorio nacional —junto con Santa Rosa, en Guanacaste—, y que hoy son parte de la Ruta de los Héroes de 1856-1857. Por fortuna, se cuenta con un eficiente servicio de botes, que permiten hacer ese recorrido en pocas horas. Para un residente del Valle Central, se puede llegar a Puerto Viejo en un par de horas y, tras un viaje apacible y seguro hasta La Trinidad, regresar a sus hogares antes de que anochezca. La recompensa será más que gratificante: disfrutar de las bellezas escénicas del río, de su flora y su fauna, así como impregnarse de historia patria y amor por nuestro terruño.

Asimismo, es pertinente destacar que hoy ese recorrido también se puede hacer por tierra —algo inimaginable hasta hace poco tiempo—, gracias a los empeños de varias personas y entidades. Al respecto, es de resaltar el aporte del amigo Mauricio Ortiz Ortiz, quien, con gran generosidad y patriotismo, de su propio peculio financió una amplia exploración arqueológica de La Trinidad. Liderada por la especialista Maureen Sánchez Pereira, esto permitió desenterrar más de un millar de objetos, tanto de uso cotidiano como bélico; los resultados aparecen en el artículo Arqueología en el sitio La Trinidad: un campo de batalla del siglo XIX (revista Yulök, 2021), en tanto que la colección está depositada en el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría. Ingeniero de formación, así como empresario en el ramo de los fletes y las mudanzas internacionales, Mauricio es hijo del recordado médico Juan Guillermo Ortiz Guier —benemérito de la Patria—, y ha sido un muy activo miembro del grupo cívico La Tertulia del 56 y de la Academia Morista Costarricense.

En fin, dejo planteada aquí la iniciativa para que emerjan los topónimos propuestos, con la ventaja de que no habría necesidad de eliminar el nombre de La Trinidad que, aunque insustancial y carente de sentido para los costarricenses, ya tiene un fuerte arraigo en la geografía, la cartografía y la historia nacionales.

5. Monumento de la batalla de La Trinidad, en Punta Alvarado. Foto: Elvin Hernández.