¿Por qué seguir viviendo/luchando en medio de esta pandemia?
Jorge Luis Hernández Cascante
¿Por qué seguir viviendo/luchando en medio de esta pandemia?
Estos días recluidos y esta estrechez de recursos también pasarán.
Adelante veremos que esto fue también; porque la vida es corta y cada vez, la prisa la acorta aún más.
(Y como dice el chiste: “no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”).
Con el alba nacimos.
Y la mañana de sol nos vio crecer, en el mediodía de nuestra vida crecemos y procuramos nuestra familia, oficio, profesión, nuestra empresa o patrimonio.
Un rato para compartir, otro para mirar, admirar, agradecer, aportar y ya el descanso.
Es tan corta que no vale dedicarla a guardar rencores, acumular cosas, abrir tristezas, o reclamar como si la vida nos debiera algo.
Quizás, en algunos casos; desde el nacer, papás y otros se esmeran por colocarnos en un castillo de fragancias y pétalos.
Así, como centro del mundo, nuestro ego crece y no admite tropiezos ni enfermedad.
Entonces pretendemos ser un narciso, un centro de la escena.
Así, equivocados, crecemos como eternos, aunque sólo somos un suspiro de vida, un instante de creación, un remolino que toma forma y luego desaparece en el río de la vida.
Lo bueno es que, vos, yo, seamos recordados, no por estorbo o impertinencia; sino por la bondad y servicio en este ahora tan corto que nos corresponde estar acá.
La solidaridad social y el apoyo mutuo son el mayor valor y el mejor recurso que tenemos los costarricenses para afrontar esta emergencia con nuestras familias y comunidades, afirma Raúl Ortega, representante de la Escuela de Psicología de la UNA en la Mesa Técnica Operativa de Salud Mental y Apoyo Psicosocial, y experto en intervención psicosocial en situaciones de emergencia y desastre.
El nuevo coronavirus representa una emergencia muy particular, con posibles implicaciones hacia los diferentes grupos poblacionales en condición de vulnerabilidad que hay en el país, entre los cuales se encuentra el personal de primera respuesta.
“Si bien es cierto que es posible desarrollar habilidades y recursos para trabajar sin consecuencias significativas en un entorno complejo como una emergencia o un desastre, todas las personas pueden estar expuestas a sentir malestar o a verse impactadas por las experiencias que tienen que abordar estos días, siendo estas consecuencias respuestas normales frente a una situación de alta exigencia emocional, cognitiva y corporal”, afirma el psicólogo Raúl Ortega, de la Escuela de Psicología de la Universidad Nacional (UNA) y representante de esa unidad académica en la Mesa Técnica Operativa de Salud Mental y Apoyo Psicosocial, coordinada por el Ministerio de Salud, durante esta emergencia sanitaria.
Además de participar en la labor estratégica que realiza esta Mesa Técnica de orientar las acciones en materia de salud mental y acompañamiento psicosocial para todo el país, Ortega –por su formación en intervención psicosocial en situaciones de emergencia y desastre- colabora en la coordinación con profesionales de otras instituciones (Ministerio de Salud, CCSS, CNE y UCR, principalmente) para la implementación de la Estrategia de Acompañamiento Psicosocial en grupos en condición de vulnerabilidad, así como la de un equipo que ha establecido los lineamientos para acompañar a profesionales del Ministerio de Salud, de la Línea 1322, y, otras instituciones públicas del país, en el autocuidado y el desarrollo de estrategias para afrontar las demandas de esta emergencia, la cual presenta características diferenciadas frente a situaciones críticas vividas en el pasado en nuestro país.
Posibles consecuencias psicosociales en una emergencia particular
En primer lugar, -destaca Ortega- se trata de una emergencia que ha afectado a todo el territorio nacional y no tiene una temporalidad establecida claramente; es decir, no se sabe exactamente cuándo va a terminar, lo que implica que su atención se mantiene de forma constante.
En el caso de los equipos de primera respuesta, que deben estar funcionando para abordar o reducir los efectos de la covid-19, no solo se exponen al rigor de la emergencia, sino también a jornadas de trabajo que pueden ser sobreextendidas, en las que deben hacer frente a situaciones de alta complejidad.
En segundo lugar, en la actual situación sanitaria, al estado de alerta que habitualmente se activa en una emergencia, se le suma la disminución del descanso y el miedo a contagiarse o ser fuente de contagio para otras personas. “De esta manera, las personas que tienen que salir a trabajar a la calle o estar en contacto con otros, para luego retornar a su casa, pueden sentir esa frustración y ese miedo de forma más significativa”, enfatizó el especialista de la Escuela de Psicología. Asimismo, otras personas pueden responder inapropiadamente por ese miedo, con conductas de odio y rechazo hacia profesionales de la salud o personas sospechosas o contagiadas por COVID-19.
En tercer lugar, es usual que las personas expuestas a las consecuencias de una emergencia o un desastre tengan una sensación de falta de control, la que en este caso puede ser más intensa, debido a la incertidumbre que rodea a la situación del nuevo coronavirus, tanto en el país como en el mundo.
Por último, dada la instrucción de mantener la distancia, en el caso de la covid-19, las personas pueden no disponer de los vínculos interpersonales, que en otras circunstancias, constituirían un recurso de apoyo físico y emocional para hacer frente a las posibles consecuencias de una situación de emergencia.
Frente a estas condiciones de sobrecarga emocional, el acompañamiento psicológico y psicosocial en esta emergencia con características tan particulares, es especialmente importante para facilitar a las personas el afrontamiento de esta situación. Y el equipo, coordinado desde la Mesa Técnica Operativa de Salud Mental y Apoyo Psicosocial, ha llevado adelante esta tarea, que también supone, en este caso, el reto de realizarla a distancia, por medios digitales o por teléfono, a diferencia de otras emergencias, en las cuales éste se hace de forma presencial, individualmente o en pequeños grupos, donde se pueden abordar directamente las necesidades o los efectos de la situación vivida.
Además, el especialista de la Escuela de Psicología considera relevante mencionar que, así como hay factores de riesgo que pueden potenciar los efectos de las situaciones de emergencia en la salud mental de las personas, también existen factores protectores que actúan como moderadores de estos efectos a corto, mediano y largo plazo.
Entre los factores de riesgo, se encuentran las condiciones de género, exclusión o desigualdad en general, que existan para una población o en un territorio particular.
Mientras tanto, entre los factores protectores, destaca el respeto a las diferencias, y, sobretodo, la solidaridad, el apoyo mutuo, como el más importante de los factores protectores. “Este factor es parte de la esencia de la población costarricense en situaciones de emergencia” –subraya el psicólogo Raúl Ortega- “y si bien se vuelve un reto en tiempos de distancia física, se puede seguir dando de muchas formas, estando presentes mediante un mensaje, una llamada, un paquete de arroz…”
“Por tanto” –concluye-, “la solidaridad social y el apoyo mutuo son nuestro mayor valor y el mejor recurso para afrontar esta emergencia con nuestras familias y comunidades”.
***Mayores detalles con periodista Oficina de Comunicación 8334-4150.
El Observatorio de la Política Nacional, OPNA, le invita al conversatorio «Política Nacional en tiempos de COVID-19» este miércoles 6 de mayo a las 6:00 p.m. vía Zoom y que también será transmitido por medio del Facebook del Observatorio.
El OPNA solicita la divulgación que pueda hacer de la invitación a sus allegados y contactos. Además, a partir de hoy puede consultar sus informes y otros productos en: www.opna.ucr.ac.cr
M.Sc. Orlando Amaris Cervantes
Sociólogo y ecólogo político. Investigador del Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE). Universidad Estatal a Distancia (UNED), Costa Rica
Entre tantas malas noticias aún me causa una sonrisa llena de complicidad saber que una lejana pareja de pandas en un zoológico en Hong Kong haya copulado en plena cuarentena y según parece en junio de este mismo año veremos ya las señales de un embarazo.[1] Por supuesto, al igual que muchas personas, me conmuevo viendo videos y fotografías de animales que pasean por las desoladas calles y bulevares de ciudades y pueblos, que aprovechan ahora que somos los humanos quienes sentimos temor y estamos indefinidamente escondidos; observo estas imágenes una y otra vez. Sin embargo, hay una idea que me conmueve todavía más, pero dudo que ocurra, al menos no en la reciente versión de esta pandemia. Me refiero a la posibilidad de ver que todos los empresarios agroindustriales y extractivos, especialmente en el cantón Central de Puntarenas donde trabajo como investigador de la gestión comunitaria del agua, se detengan y reflexionen sobre las consecuencias que tienen sus actividades para las comunidades, los trabajadores y los ecosistemas. Así, se podría conseguir que por fin los manglares del golfo de Nicoya respiren sanos sin los sedimentos y contaminantes de los monocultivos de caña y piña. Quisiera que la gente de Chomes y Abangaritos me contara que ya no hay más incendios para cosechar caña de azúcar, y que respiran tranquilos y sin temor; que su ropa pueda seguir secándose al sol sin ensuciarse de esa lluvia de ceniza que no es suya. Me encantaría observar los ríos Guacimal, Lagarto y Abangares, al igual que muchos otros, llegar limpios y con buen caudal a su desembocadura sin el freno de los quebradores que también los contaminan.
Por supuesto, también, desearía ver que las manadas de monos aulladores o congos de las partes bajas del golfo de Nicoya crezcan en número y que se muevan sanos entre los árboles sin que ninguno de sus miembros quede acorralado por el pasto seco en la inmensidad de un potrero. Sería muy feliz si pudiera notar, además, el momento preciso en que las sierras guarden silencio, que no haya más tala, ni quemas, ni cacería, y que el verdor de las manchas de bosque, que observaba durante mis giras de trabajo antes del confinamiento, se expandiera salpicado con los colores de las flores de los robles de sabana (Tabebuia rosea), las cortezas amarillas (Tabebuia ochracea) y los caraos (Cassia grandis). Quisiera también que el desempleo dejara de ser una amenaza permanente para los pobladores de estas zonas y que ya no sea la repetitiva excusa para tener que soportar las consecuencias del desmedido y egoísta afán de lucro de unos pocos. Por eso en el proyecto en el cual trabajo junto a acueductos rurales, asociaciones de desarrollo y cooperativas de mujeres, todas integrantes de la Alianza de comunidades por la defensa del agua en Puntarenas, confirmamos que tanto las ganancias de estas actividades extractivas y agroindustriales presentes en este territorio, así como sus consecuencias ambientales, son distribuidas de forma desigual. Las utilidades se concentran en pocas personas mientras que los daños se distribuyen entre la población vecina o la que vive aguas abajo. Esta es parte de la normalidad a la cual no queremos regresar. Por esto es importante hacer ajustes y continuar trabajando en el contexto del Covid-19 para idear alternativas de acción y construir nuevas normalidades a partir de otros principios. De esta manera, podríamos fortalecer las organizaciones comunales y contribuir a mejorar las condiciones de vida de las poblaciones costeras del golfo de Nicoya.
Árbol de corteza amarilla (Tabebuia ochracea) en distrito de Chomes, cantón Central de Puntarenas, Costa Rica. Imagen cortesía de Rigo.
Por otra parte, debido a que mi interés como sociólogo desde hace varios años ha sido analizar las formas y las condiciones en las cuales unos actores sociales acaparan y contaminan ciertas bondades de la naturaleza lo que limita el provecho que otros podrían obtener de esta. He podido conocer en profundidad muchos casos de degradación ambiental que cuestionan la sostenibilidad de nuestro actual sistema económico. Por estas razones me resulta inquietante que el origen del Covid-19, así como de otras pandemias anteriores (SARS y ébola, por ejemplo), se relacione con las consecuencias del sistema agroalimentario industrial,[2] entre otras nocivas actividades realizadas en ecosistemas biodiversos,[3] y los efectos del cambio climático.[4] Los anteriores son procesos incentivados por el capitalismo actual cuyo impacto recae en los bosques tropicales del mundo y en la acumulación de gases de invernadero responsables de la actual crisis climática. Para el caso del sistema agroalimentario corporativo capitalista, como factor a considerar en el origen de enfermedades infecciosas emergentes, basta tener en cuenta la intensificación agrícola y ganadera, además de la actividad minera y la deforestación, que se realizan en bosques primarios y tierras de cultivo de pequeños productores en zonas tropicales. Estas presiones empujan a los productores locales hacia la periferia de las ciudades o a precarizar montaña adentro, por lo que se exponen a nuevas enfermedades. Adicionalmente a esta liberación de patógenos en contextos biodiversos ocasionados por cambios en el uso de la tierra, es necesario mencionar también los microorganismos que surgen por el manejo intensivo en granjas de producción de animales para el consumo humano. El hacinamiento de estos animales hace que proliferen infecciones, las cuales son contenidas con antibióticos; sin embargo, la aplicación de estos termina haciendo más resistente el siguiente brote infeccioso.[5] Algunos ejemplos de virus relacionados con la producción industrial de carne los encontramos en las recientes pandemias de influenza aviar[6] e influenza porcina.[7] El cambio climático, por su parte, provoca el incremento de la temperatura, el aumento de la intensidad de los huracanes y los cambios abruptos en el clima. Todos estos factores repercuten en los ecosistemas tropicales, lo que potencia el surgimiento de nuevos eventos epidémicos como el que experimentamos en este momento.[8] Más grave aún sería pensar que las sequías, sumadas al acaparamiento del agua, imposibiliten obtener este líquido para el consumo humano y dificulte la aplicación de las estrategias higiénicas indispensables para la prevención de futuros contagios. Como podemos ver, todos estos elementos no son nuevos, son más bien parte de la normalidad que sectores políticos, productivos y académicos continúan obviando.
De la misma manera en la que se han generalizado entre la población algunos principios epidemiológicos relacionados con la prevención o cuidados necesarios para poblaciones específicas en riesgo por la actual pandemia, echo de menos una discusión sobre su origen y las contradicciones que la hicieron posible. Si bien es cierto en este momento hay que evitar a toda costa el colapso de los centros hospitalarios, resulta oportuno también tener claras las causas de esta pandemia y su relación con la destrucción de los bosques y de los conocimientos de las poblaciones que durante largo tiempo los han aprovechado y salvaguardado.[9] Solo así es posible prever un nuevo brote infeccioso.
En el caso particular de la actual pandemia Covid-19, esta no nos tendría en este mortal apuro sanitario y civilizatorio si no fuera resultado de su paso desde animales silvestres, extraídos de hábitats en degradación, hacia los animales humanos (zoonosis). Es decir, ese hábil tránsito inter especies realizado por este virus sucedió en circunstancias en las cuales las actividades humanas han interferido reiteradamente con el entorno natural transformándolo y saqueándolo. Al hacerlo nos vemos expuestos también como especie a una variedad de patógenos sobre los que no habríamos siquiera tenido conocimiento antes.
Por lo tanto, al romper esos balances ecológicos participamos desventajosamente en lo que llama David Quammen la lotería evolutiva.[10] Dicha lotería se refiere a la oportunidad en la cual este virus logró introducirse en nuestro organismo y se convirtió así en nuestro inesperado huésped. Con ello este microbio obtuvo grandes probabilidades en el sorteo evolutivo para perdurar contagiando a más y más humanos; los mamíferos más exitosos en lo que a inteligencia, población y recursos planetarios a su disposición se refiere, responsables paradójicamente de la consolidación de una normalidad insostenible cuyos regímenes extractivos y productivos han dado origen a la actual pandemia.
Imagen tomada del Semanario Universidad.
Tomando en cuenta lo anterior, coincido entonces con la Dra. Kate Jones,[11] bióloga de la División de Biociencias de la University College London (UCL), cuando afirma que estas infecciones son “un costo oculto del desarrollo económico”.[12] La científica llama también la atención sobre cómo los sistemas ecológicos simplificados tienen un efecto viral amplificador. Dicho de otra manera, a menor diversidad biológica, mayor será la incidencia de plagas y enfermedades, tal como ocurre en las zonas recién deforestadas o en aquellas cubiertas por monocultivos de caña, arroz y piña, así como en las granjas avícolas y porcinas. Por el contrario, en los sistemas naturales que no han sido alterados, la posible transmisión de enfermedades disminuye debido a la diversidad de especies en ellos, lo que limita el contagio y la expansión de enfermedades.[13] Esta es la razón por la cual empresarios agroindustriales y sus equipos técnicos emplean cantidades enormes de agrotóxicos y antibióticos para intentar contrarrestar, con resultados cuestionables, las infecciones que se multiplican entre plantas o animales de una sola especie.
En este marco de incertidumbre comienza a extenderse un sentimiento biocéntrico difuso que nos coloca como seres vivos al mismo nivel de los otros. Creo encontrar también, en dicho sentimiento, algo de vergüenza por los efectos de la extracción de materiales en magnitudes imposibles de restituir para nuestra biósfera. A lo que es oportuno agregar, la igualmente comprobada incapacidad del planeta para asimilar nuestro incesante volumen de desechos. Aunque poco podemos hacer con este malestar, sí se experimenta un fugaz alivio al verificar por fin, y gracias a nuestro confinamiento, que el aire está más limpio,[14] las abejas regresan a algunos espacios urbanos[15] y, debido a la parálisis de muchas actividades humanas, nuestra casa común incluso vibra menos.[16] Así, mientras algunos continúan saturándose con curvas, compras por internet y conteos de muertos, los dispositivos sismográficos captan al mismo tiempo señales sísmicas mucho más sutiles; las fuerzas naturales que nos sobrepasan, nos permiten comprobar nuestra tardía, impactante y, hasta podríamos añadir, frágil presencia en el planeta.
Imagen tomada de La Vanguardia.
Liberados entonces de esa ficción que nos impedía ver nuestra finitud y que hoy es indiscutible; desabrigados de esa proximidad física que nos distrajo hasta el punto de hacerle pensar a muchos que la normalidad en la cual vivíamos era nuestro resguardo más viable; incluso, descentrados de nuestra condición de privilegio como especie, es un buen momento para no olvidar las desigualdades que hemos arrastrado social y ecológicamente. Consideremos, a propósito, la gran cantidad de personas que no ha podido mantenerse recluida en sus casas, ya sea porque fueron recientemente despedidas de sus trabajos o porque que ya vivían entre la informalidad y la precariedad laboral. Por supuesto, tampoco es prudente continuar obviando las consecuencias ambientales de la inercia de nuestro consumo.
Son muchos los aportes de los sectores sociales, la comunidad científica, las organizaciones y los colectivos que desde hace décadas continúan alertando sobre el impacto de este modelo económico en el planeta, en la calidad de sus aguas, en la conservación de los suelos, en el clima, en la diversidad biológica y alimentaria, y en el deshielo de los polos, cuyos efectos se evidencian en el hambre, la malnutrición, la recurrencia de enfermedades infecciosas y, el aumento de enfermedades crónicas y mentales. Entre estas voces figura, por ejemplo, la encíclica papal Laudato si:[17]
“ […] El movimiento ecológico mundial ya ha recorrido un largo y rico camino, y ha generado numerosas agrupaciones ciudadanas que ayudaron a la concientización. Lamentablemente, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás […] ”
De cualquier modo, las discusiones de fondo que proponen todas estas contribuciones, han sido ignoradas por la vieja normalidad a la que no aconsejo regresar. Atender a tiempo estas propuestas significa vivir responsablemente de manera más frugal y menos excluyente. Incluso, a nuestro favor en la lucha contra esta pandemia, podríamos contar con un clima más estable y más seguro para todos,[18] ni que decir de una producción alimentaria más saludable, menos intensiva y más libre de insumos fósiles, así como medios y redes de transporte público más eficientes. En este contexto de crisis, lo anterior no es poca cosa.
Mientras escribía esto me tomaron por sorpresa las primeras lluvias de abril y hoy me siento optimista. Sin embargo, ¿Será posible corregir el rumbo dentro del voraz marco aspiracional y competitivo del capitalismo justo cuando países como España, Italia, Dinamarca, Austria, entre otros, proponen reabrir sus economías?[19] ¿Cómo hacer para que la recuperación económica no aliente un efecto de rebote ávido de consumo y más explotación de la naturaleza? ¿Cómo incluir los límites ecológicos y todas esas alertas desoídas durante la anterior normalidad en la construcción de un mejor mundo postCovid-19? Conocemos bastante bien la normalidad a la cual quieren tirarnos nuevamente. En su lugar, como humanidad y como sociedad, bien podríamos continuar construyendo otras ¿Por qué esperar la vacuna para cambiar?
[9] Los pueblos indígenas y las comunidades locales son claves por su comprobada labor de cuido de las zonas protegidas en todo el mundo. Ver: http://www.iccaregistry.org/es/about/iccas
SURCOS comparte una serie de videoclips realizados por la Comisión Costarricense de Técnicos en Belleza en su lucha por visibilizar a este sector y el aporte a la economía del país que realizan como microempresarias/os.
Un grupo de padres de familia del Colegio Indígena de Rey Curré se ha puesto manos a la obra y han sembrado en las extensas áreas de la institución, granos básicos como maíz, frijoles, frijolillo así como diversos árboles frutales y tubérculos de gran consumo local.
La idea es asegurarse que sus estudiantes tengan a disposición estos valiosos recursos en caso de ser necesario.
La seguridad alimentaria ha sido desde siempre una iniciativa bastante común entre los pueblos originarios para el autoconsumo familiar que se ha vuelto útil en nuestros días ante el constante riesgo de pandemias y tiempos difíciles.
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En 1995, el Régimen de Pensiones del Magisterio Nacional enfrentó una reforma profunda. Ya en los años ochenta, se había conocido que el Fondo de Pensiones, creado en 1958 y administrado por el Estado, no había sido formado. Por esta razón, los Pensionados del Magisterio pasaban a depender del Presupuesto Nacional. Desde esos años, se hablaba de la insostenibilidad del régimen y que la ley vigente permitía que ciertas personas que habían laborado algunos años para el Magisterio y que se trasladaban a trabajar como funcionarios del Poder Ejecutivo, del Legislativo o eran diplomáticos o asesores del INS, pudieran pensionarse con los salarios devengados en esas ocupaciones y establecían enormes diferencias entre sus pensiones y las de los educadores de carrera.
Las altas pensiones de estos funcionarios representaban el 2 % de todas las del Magisterio, sin embargo, en 1995 se señalaron como un motivo importante para reformar el perfil de beneficios de todos los trabajadores del sector educativo. Fue así como después de la huelga de 1995 y de la aprobación de la Ley 7531, a estos trabajadores se les disminuía a un 55% la pensión, es decir, perdían un 45%. Solo por las luchas que siguieron, las reformas legislativas que se lograron y el conocimiento del Convenio 102 de la OIT fue que se logró elevar el monto de pensión a un 63%. En los primeros años, del presente siglo, las intenciones de los gobiernos de turno en materia de pensiones se orientaron en las mismas pretensiones que se traían desde los años noventa: unificar los regímenes en uno solo administrado por la CCSS. Es por esta época que comienza a circular un periódico llamado Campanada, dirigido por el abogado Carlos Roberto Loría y en ese órgano se comienza a criticar a las pensiones de mayores montos. Lo que llamaba la atención era que el ataque se dirigía a las personas con nombres y apellidos y no a las circunstancias y contubernios que existían entre los Partidos Políticos gobernantes, que permitían y aprobaban leyes que los beneficiaban directamente. Las críticas que se hacían a algunas de estas personas eran tan fuertes que, incluso, se les llamaba “chupópteros”, término que refería a su condición de succionadores de la hacienda pública. Estos señalamientos, repetidos con mordacidad, poco a poco fueron calando en todas las personas quienes comenzaron a llamar “Pensionados de lujo” no sólo a los llamados chupópteros, sino a todos los profesores universitarios y a todos los pensionados con cargo al presupuesto nacional. Fue tan generalizado el término, que se llegó a pedir a gritos que se reformaran estas pensiones y en este coro participaron los mismos dirigentes magisteriales, quienes no entendían que el odio que se expandía iba a ser el caldo de cautivo que justificaría las reformas y las imposiciones para la gran mayoría de pensiones.
Cuando en el 2018 se produce la huelga del Sector Público, el Poder Legislativo aprovecha para continuar y profundizar las reformas que eliminarían derechos en materia de salarios y pensiones. Fue así como en el mes de noviembre del 2019 , como parte de un paquete de proyectos, se aprueba la Ley 9796, la que fija el monto tope para el Magisterio en 2.200.000 colones, sin que nadie sepa de dónde se sacó ese número antojadizo, pues no existieron los estudios actuariales, y fija tasas de imposición que van desde un 25% a un 45%. Con esta disposición se lesionan a 280 educadores Adultos Mayores del Magisterio y a un número mayor de jubilados y pensionados de las universidades. Estas personas ya cotizaban entre un 10 %y un 16% por ciento de su pensión para el régimen y ahora tendrían una doble imposición de entre un 25% a un 45%. Lo que es muy raro de esta ley es que no toca a las pensiones de 9 millones en adelante, las que ya tienen todas las cargas impositivas de ley. Así queda confirmado que toda la presión contra las llamadas “pensiones de lujo”, no iba a disminuir a las pensiones de montos mayores, sino que iba a servir para empobrecer aún más a las pensiones más bajas y a abrir el camino para la unificación de los regímenes. De acuerdo con este hecho, los términos: “chupópteros” o “pensionados de lujo” solo fueron una cortina de humo que ha servido para tapar las intenciones de los partidos políticos neoliberales para acabar con los fondos de pensiones y para unificar los regímenes, con el consiguiente debilitamiento de la CCSS. Por eso, cuando hablemos y critiquemos a los pensionados de lujo, sin distinguir ese 10% de políticos beneficiados al ingresar al Magisterio, del resto de jubilados, que fueron dignos maestros de los adultos jóvenes de hoy y ganaron sus pensiones cotizando a lo largo de sus años de servicio, sepamos que estamos favoreciendo las peores intenciones políticas y hablando con su lengua engañosa. En realidad, lo que han hecho se parece mucho a un despojo sistemático.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos publicó 2 nuevos Cuadernillos de Jurisprudencia y actualizó los cuadernillos números 7 y 14, estos son los 23 cuadernillos de jurisprudencia debidamente actualizados:
La Serie “Cuadernillos de Jurisprudencia” es una sistematización temática de los estándares internacionales en materia de derechos humanos de la Corte Interamericana. Su objeto es dar a conocer las principales líneas jurisprudenciales del Tribunal en diversos temas de relevancia e interés regional de manera accesible.
El pasado 29 de abril, en carta (anexa) a Casa Presidencial, la Asociación Confraternidad Guanacasteca, insistió una vez más en solicitar el despido de la Presidenta Ejecutiva de AyA, por sus graves faltas en la atención a la EMERGENCIA por contaminación con arsénico de las aguas potables del Cantón de Bagaces, hechos comprobados con los documentos anexos.
También se adjunta la carta de la señora Astorga.
La comunidad de Bagaces no cuenta desde hace años con agua potable para su consumo seguro, pues está contaminada con arsénico.