(1 de 3) Por Osvaldo Durán-Castro, Sociólogo, profesor ITCR, ecologista FECON
Regresión de más de un siglo
¡Aberrante! Pocas veces esta palabra puede ser usada con tanta precisión, como en este caso para referirnos al “Proyecto de ley reforma al artículo 3 de la “Ley n° 7200 ley que autoriza la generación eléctrica autónoma o paralela”, expediente legislativo n° 22.601, que el Poder Ejecutivo presentó a la Asamblea Legislativa. Esta propuesta, encabezada por el Presidente de la República, remataría el modelo público de carácter social y solidario, y su institución rectora, el ICE, pues se orienta exactamente a favorecer la inversión privada de empresas generadoras tanto nacionales como externas. El proyecto además coloca al Gobierno de rodillas, como súbdito obediente, ante la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En este texto explicamos por qué el proyecto es un retroceso histórico de más de un siglo, y algunas de sus múltiples debilidades. Una revisión de algunos proyectos de privatización impulsados en anteriores administraciones y la complacencia del gobierno actual con la OECD, los revisamos en el artículo “Gobierno se somete a generadores privados de electricidad y a la OECD”, de próxima publicación.
La esencia del proyecto está explícita en el escrito del Gobierno: “El presente proyecto de ley se presenta ante la Asamblea Legislativa con el fin de eliminar la barrera a la participación extranjera en el sector eléctrico, al no existir una justificación ligada a esta restricción para la actividad económica atendida bajo la modalidad de servicio público”, y agrega que “la eliminación de esta restricción busca fomentar el comercio y la participación de la inversión extranjera en el país, así como las ventajas y efectos económicos, sociales y de desarrollo que de ellas derivan” (negrillas ODC).
Ese proyecto constituye un retroceso histórico inaudito que borraría uno de los avances sobresalientes de la sociedad costarricense, como fue la nacionalización de la electricidad y la posterior creación del ICE. De aprobarse, convertiría el mercado eléctrico nacional en un campo de competencia privada ya no sólo entre nacionales, y de éstos con el ICE, si no para favorecer directamente las inversiones transnacionales con plena igualdad de derechos al ICE, y obligando a la entidad estatal a comprar la electricidad que generen. Es decir, se perdería cualquier condición asociada a la nacionalización de la electricidad y su carácter de servicio social, para convertirla en un servicio público regido por la competencia privada, aunque el ICE siga presente como intermediario obligado entre los generadores y los consumidores finales, ya sea dentro del país o en el mercado regional, al que también los privados siguen presionando por incursionar.
Este tipo de apertura ilimitada es otro mecanismo o vía de privatización, prestación y venta de servicios públicos en favor del capital privado y desnacionalización, que se ha usado en paralelo a las concesiones de obra pública y las alianzas público-privadas. Todas conllevan el riesgo asociado de ampliar el tablero de corrupción, como ha ocurrido en muchísimos países del mundo, incluida Costa Rica. Con este proyecto el Gobierno abona directamente a la liberalización de la economía nacional entregando el servicio de electricidad al capital privado, lo cual será una pérdida para toda la sociedad costarricense.
Es una aberración que en Costa Rica el Gobierno acelere en reversa en tiempos en que urge proteger los beneficios colectivos y las economías nacionales, tal y como pide el Secretario General de la ONU, Antonio Gutiérrez. Aunque no nos detendremos en esa historia, vale decir que todos los componentes de los “modelos económicos fallidos” que vivimos hoy en el mundo, incluyeron, e incluyen, medidas de privatización y desnacionalización como las contenidas en el expediente n° 22.601 del Poder Ejecutivo. Debería el Gobierno recordar, o más bien conocer, lo que en el 2003 dijo Joseph Stiglitz, que fue jefe de economistas del Banco Mundial: “A todos aquellos que viven en México, Indonesia, Brasil, la India y otros mercados emergentes se les debería dar una consigna diferente: no luchen por la mítica economía de libre mercado, que nunca existió”. Lo que incomoda es que Stiglitz nunca lo expresara cuando él mismo impulsaba las políticas que empobrecieron y siguen llevando al hambre a millones de personas en todo el planeta.
“Ley Alvarado” para privatizar y desnacionalizar
El expediente n° 22.601 de la Administración Alvarado es mucho más intrépido que cualquiera de los intentos precedentes de privatización de la electricidad en Costa Rica. Suma un componente de desnacionalización que en aquellas propuestas no había sido expuesto de manera tan explícita con el objetivo de reafirmar los beneficios para el segmento de la élite nacional e inversionistas externos, que hasta ahora se han beneficiado con la generación privada de electricidad. La propuesta desconoce más de un siglo de avances sociales y colectivos en cuanto al servicio de electricidad frente a los intereses privados. Nos devuelve al año 1900 cuando la empresa The Costa Rica Electric Light & Traction Co., empezó a concentrar el servicio eléctrico de Costa Rica; aunque esta misma empresa fue desplazada por la American & Foreign Power Co., que concentró prácticamente todo el mercado. Esta propuesta de “ley Alvarado” desconoce la historia de luchas sociales para la nacionalización de la electricidad en Costa Rica, de fortalecimiento del servicio de electricidad con la creación de la Compañía Nacional de Fuerza y Luz en 1941, pero sobre todo aniquila el Decreto Ley No. 449 del 08 de abril de 1949 que creó al ICE, del que cualquier gobernante, medianamente sensato, debería sentirse orgulloso y ser defensor.
Se podría decir incluso que la iniciativa pone en riesgo a las cooperativas y empresas de servicio público de electricidad, que contribuyeron, al menos en parte, a fortalecer el mercado eléctrico con sentido nacionalista y ampliando la cobertura a más regiones del país. (El principio de “solidaridad” en el caso de las empresas con formato cooperativo, habría que analizarlo a partir de los precios al consumidor final y del uso y reparto de sus excedentes). Digo que esas empresas reforzaron “en parte” el servicio público, pues hace años la Contraloría General de la República en un informe sobre “la eficacia y eficiencia en la asignación de fuentes de energía para la generación eléctrica”, advirtió “que los costos estimados de la energía de los proyectos de empresas distribuidoras públicas y cooperativas de electrificación rural, son en su mayoría superiores a los promedios determinados por la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA)” (CGR, 2016, p. 2). En esa misma línea, otro dato que debería revisarse con todo cuidado y seriedad es que, según explicó la Contraloría en el mismo documento sobre la eficiencia de proyectos: “no son competitivos Eólico Valle Central de la CNFL, S.A. y Los Santos de Coopesantos R.L, cuyos costos nivelados de la energía de 18,38 y 16,33 c$/kWh están muy por encima del rango utilizado de 7,09 y 12 c$/kWh. Ello, a pesar de que este tipo de generación es cada vez más competitiva y los mejores proyectos a nivel mundial alcanzan consistentemente los 5 c$/kWh sin financiamiento” (CGR, p.10).
Toda la argumentación del proyecto presentado por el Ejecutivo se subsume en un artículo que, aunque pareciera inofensivo, es la propuesta más regresiva que hayamos enfrentado desde 1990, cuando entró en vigencia la Ley 7.200 para favorecer a los generadores privados. Dice el “ARTICULO ÚNICO. – Refórmese el Artículo 3 de la Ley No. 7200, del 28 de setiembre de 1990, cuyo texto dirá: “Artículo 3.- Interés público. Se declara de interés público la compra de electricidad, por parte del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), a las cooperativas y a las empresas privadas, que establezcan centrales eléctricas de capacidad limitada para explotar el potencial hidráulico en pequeña escala y de fuentes de energía que no sean convencionales” (Negrillas ODC).
Las debilidades e imprecisiones de este proyecto en general (que revisaremos en un próximo texto), y particularmente del texto del nuevo artículo, hacen que no soporte el mínimo escrutinio técnico. Alguna de esas carencias las revisamos en seguida:
Declarar de “interés público” la compra de electricidad generada por cualquier oferente privado, nacional o extranjero, colocaría al ICE en una condición peor que la que tiene hoy comprando y pagando electricidad de acuerdo con las obligaciones que le imponen las leyes 7.200 y 7.508 aunque no sea requerida por la sociedad costarricense. La determinación del interés público no debe reducirse a un antojo político y comercial. Debe responder a un proceso técnico para definir la necesidad para el país de cada proyecto en particular. Esto está asociado con la relación oferta-demanda, y es bien sabido que el país cuenta con una capacidad instalada y de generación que duplica y más la demanda nacional. Además, esa generalidad flexibiliza la rigurosidad para concluir sobre la viabilidad social y ecológica y la factibilidad económica, que debe establecerse científica y socialmente, también para cada uno de los proyectos.
Esa idea general de “interés público” está copiada del proyecto “Ley General de Electricidad”, expediente No. 17.812, de los Gobiernos Arias Sánchez y Chinchilla Miranda, cuyo artículo 11 indicaba: “Se declaran de interés público y conveniencia nacional los proyectos de generación, transmisión y distribución de energía eléctrica que desarrolle cualquier agente del mercado eléctrico nacional”. Para facilitar aún más la construcción de nuevas plantas generadoras, el proyecto proponía que “…los órganos e instancias del Estado y los gobiernos locales otorgarán trato prioritario sobre otros proyectos, a los trámites y gestiones necesarios para el desarrollo acelerado de estos proyectos. Los plazos serán reglamentados por el Poder Ejecutivo”. Ese proyecto de 2009 buscaba la igualdad de condiciones para la competencia entre el ICE y privados en el mercado eléctrico, y esta nueva iniciativa avanza sustancialmente promoviendo “eliminar la barrera a la participación extranjera en el sector eléctrico”.
Declarar de “interés público la compra de electricidad” es otro mecanismo legal que obligará al ICE a adquirir la electricidad de cualquier competidor privado, aspecto que hace menos de un año se mostró espinoso cuando el ICE decidió no renovar algunos contratos de generadores privados por ser innecesarios para atender demanda nacional de electricidad. El pago a generadores privados llegó a 3.141 millones de dólares entre 1989 y 2021, según datos del ICE publicados por el Semanario Universidad. Aunque la amenaza de debilitamiento del ICE es el problema principal en este proceso, la misma institución ha tenido un papel destacado. De acuerdo con Mauricio Álvarez “El ICE viene actuando en esa dirección, pues ya convirtió a la transnacional española Unión Fenosa en la mayor productora de electricidad privada en nuestro país, con un total de 100 MW, al otorgarle un segundo proyecto (actualmente posee Torito, de 50 MW y La Joya, también de 50 MW)”. Recordemos que los proyectos con la Ley 7.200 no pueden superar los 20.000 kW (20 MW) y los contratos bajo la Ley 7.508 tienen un tope de 50.000 kW (50 MW). Entre ambas modalidades el tope de generación es el 30% de la capacidad del Sistema Eléctrico Nacional. Independientemente del uso que se le ha dado a esas leyes, establecen límites y cantidades claras. Y este proyecto adolece del todo de esas precisiones elementales».
Cualquiera que revise el proyecto y lea que el ICE deberá comprar la electricidad de “fuentes de energía que no sean convencionales”, lo primero que se pregunta es ¿Cuáles son esas fuentes? En el mercado eléctrico de Costa Rica podemos anotar como convencionales la hidroelectricidad, térmica, geotérmica, hasta la eólica y la generada con biomasa, si consideramos que ya tienen bastantes años de ser parte de la oferta nacional. ¿A qué se refieren con “no sean convencionales”?
La misma finalidad del proyecto “eliminar la barrera a la participación extranjera en el sector eléctrico” es otra imprecisión inaceptable, pues no define condiciones para ejecutarla. Dada esa generalidad, el término “eliminar” permitiría eventualmente una apertura indiscriminada que sería imposible subsanar, corregir o definir por medio de un reglamento. De hecho, es común que muchos ajustes legales para favorecer la generación privada, hasta ahora, se hayan hecho por medio de decretos y directrices ministeriales, pero en este caso, es imposible determinar cómo se dará esa eliminación de barreras a la inversión privada, y sobre todo cuáles serán sus impactos en el mercado eléctrico y para la sociedad costarricense que finalmente deberá consumir esa electricidad a precios de mercado privado. Por eso el texto implica un conjunto de amenazas que ameritan su rechazo absoluto.
Forzar la Constitución para desnacionalizar
La otra línea de justificación, a la cual se le dedica la mayor parte del proyecto, es un conjunto rebuscado de argumentos para forzar la conclusión de que actualmente la inversión privada está poco menos que imposibilitada en Costa Rica. Estirando las ligas al extremo, el proyecto funde el argumento de la OECD -eliminar barreras de inversión privada- con una interpretación de la Constitución Política y de jurisprudencia constitucional de manera más que rebuscada. Dice el Gobierno que “eliminar la barrera a la participación extranjera en el sector eléctrico”, “Es una recomendación (de la OECD) que se relaciona con el principio constitucional de igualdad, en términos generales y de igualdad entre los nacionales y extranjeros, en términos específicos, y conlleva que no se discrimine entre unos y otros, salvo las excepciones y limitaciones que la Constitución y el ordenamiento establezcan. También se relaciona con la libertad constitucional de empresa o de ejercicio de la actividad comercial”.
Esa interpretación no sólo se usa para promover la privatización del servicio público de la generación, compra, distribución y consumo de electricidad, si no que busca desnacionalizarlo. Por eso hablamos de una regresión hasta antes del 8 de abril de 1949 e incluso hasta 1900 a tiempos del mercado eléctrico controlado desde el sector privado nacional y transnacional.
Este proyecto es un gesto de genuflexión ante el empresariado privado, y en el ámbito global, una reverencia neocolonial ante la OECD. Nadie antes, ni con los proyectos de ley de los partidos más antiguos y tradicionales como Liberación Nacional y la Unidad Socialcristiana, se llegó al extremo de buscar “el principio constitucional de igualdad…entre los nacionales y extranjeros” para que no se “discrimine entre unos y otros”. Siendo la nacionalización de la electricidad y la creación del ICE insignias notables del Estado social de Costa Rica, es imposible aceptar lo que proponen estos gobernantes, como la idea de no discriminar y de procurar “igualdad entre los nacionales y extranjeros” en el control de una actividad económica verdaderamente crucial para la sociedad costarricense, como es la electricidad. Si se piensa en los costos de la cobertura en regiones de difícil acceso, de nuevo cobra más que pertinencia la necesidad de fortalecer al ICE como entidad de servicio social, y preguntarse si los privados, como nunca ha sido hasta ahora, prestarían el servicio en cualquier región del país.
Cierto es que para algunas empresas privadas del sector eléctrico la apertura indiscriminada podría ser una buena oportunidad para aliarse con foráneos, como ya ocurre con los proyectos (BOT sigla en inglés) Construcción, Operación y Transferencia de la ley 7.508, pero en un escenario de competencia abierta hasta las demás empresas, como las cooperativas, podrían ser disminuidas, parcialmente absorbidas y hasta eliminadas del mercado. No es que los empresarios nacionales de la electricidad privada ameriten defensa, pues ya hemos documentado cómo han hecho fortunas vendiendo electricidad cara e innecesaria. Se trata de que la soberanía, como condición fundamental de un país y de una nación, debe considerar como principio la defensa de “lo nacional” ante la invasión de capitales foráneos, sobre todo en la prestación de cualquier servicio social prioritario, como es la electricidad.
El proyecto no establece ningún límite de inversión para el capital externo. No señala plazos ni condiciones de inversión y venta de la electricidad. No justifica, ni remotamente, que esta apertura se fundamente en una necesidad nacional de electricidad y además, como hemos demostrado, en Costa Rica no falta ni un peso de inversión privada para atender la demanda de electricidad.
Como ciudadanía, este proyecto nos debería regresar a los primeros años del siglo pasado, pero para emular los movimientos sociales que iniciaron la nacionalización la electricidad en Costa Rica con la dirección de la Liga Cívica Nacional, lo cual se logró en 1948 tras décadas de lucha social.
Carlos Alvarado Quesada, Presidente, Rolando Castro Córdoba, Ministro a.i. de Ambiente y Energía y Elian Villegas Valverde Ministro de Hacienda, deben pasar a la historia como destacados peones de la destrucción del Estado social costarricense, y del ICE en particular. Deberían ser recordados por promover la apertura del mercado eléctrico para su privatización y transnacionalización, devolviéndonos a los peores tiempos de vasallaje en las relaciones entre países.
COLUMNA LIBERTARIOS Y LIBERTICIDAS (9). Tercera época.
Rogelio Cedeño Castro, sociólogo y escritor costarricense
Si bien es cierto que resulta imposible el poder captar en todo su significado y extensión eso que, con mucha frecuencia, llamamos simplemente “la realidad”, lo más deseable es tratar de acercarnos a todo aquello que sea más cercano, a lo que efectivamente acontece o ha ocurrido en distintos momentos o trances del devenir histórico, tratando de entenderlo, para poder actuar y reaccionar con alguna efectividad frente a determinados eventos, que podrían resultar fatales o negativos para nuestra existencia, tanto como especie como en tanto individuos.
En medio del fragor de esta hipermodernidad o posmodernidad desbocada en la que vivimos, traída a cuento con suma frecuencia por innumerables autores(Marc Augé LOS “NO LUGARES” Una antropología de la sobremodernidad Gedisa editorial Barcelona 1996), como un período histórico en el que los seres humanos parecen haber decidido prescindir del uso de la razón, del análisis de la información, y de una indispensable dosis de honestidad, en la difícil tarea de hacer afirmaciones sobre numerosas, y complejas situaciones a las que nos vemos enfrentados, aunque podría resultar que simplemente todo esto responde a “otra racionalidad” o a otras percepciones del entorno, ligadas a una aceleración de la historia y del achicamiento del planeta (Marc Augé), ambos en cuanto vendrían a ser el resultado o las consecuencias más visibles de la revolución tecnológica en el campo de las comunicaciones, tanto en lo referente a la velocidad de nuestro desplazamiento por el planeta, en naves y todo tipo de transporte terrestre, aéreo o marítimo más veloces, como en la velocidad creciente impresa a la noticia por las redes sociales, por lo que se ha implantado un aquí y un ahora que ya no reconocen las fronteras de los estados nacionales.
La ligereza y falta de seriedad con las que alguna gente se atreve a hacer afirmaciones, sin fundamento alguno sobre toda clase de temas, resulta ser algo abrumador y tedioso para quienes intentamos atenernos a los datos, y a la elaboración sistemática de pensamiento sobre ellos, algo que las páginas de los diarios, la radiodifusión, las televisoras y las redes sociales nos muestran, de manera cotidiana, en cientos e innumerables casos.
Es así como se olvida, con suma frecuencia, que resulta esencial la confiabilidad de la información disponible, tanto en lo que se refiere a los datos estadísticos como en cuanto al sustento de lo que suele llamarse “juicios de valor”, emitidos desde la subjetividad más profunda. ¿será por eso que tanta gente se deja decir sus ocurrencias pura y simplemente importándoles, muy poco o nada, si lo que dicen está conectado con la realidad?
Es por todo lo anterior, que como una consecuencia visible de este diálogo (más bien monólogo) que hemos venido sosteniendo en voz alta, resulta ser un ejercicio vano tratar de entender a qué se refieren algunas gentes cuando emplean ciertos términos para descalificar a otros, tanto en el orden de lo político como en el de lo social, quienes en realidad lo único que hacen es exteriorizar sus obsesiones y prejuicios.
Es así como el término “comunista” y la doctrina (o doctrinas políticas) que lo originó, el “comunismo” no pasan de ser fantasmagorías enraizadas en las mentes de quienes lo ven como la encarnación de todos los males posibles, endilgándoselo a sus adversarios o rivales políticos o sociales, todo con el propósito de sacarlos de la escena política por ser una amenaza, no sabemos si real o ficticia, tal y como sucede en el Perú del bicentenario, un lugar donde el mentado “comunismo” no aparece por ninguna parte, a pesar de su invocación constante, por parte de una ultraderecha que extravió su contacto con la realidad, después de haber perdido las elecciones frente una izquierda provinciana (a la que en vano trataron de satanizar), mucho más moderada que la que ellos ven el espejo imaginario como la encarnación de un “marxismo-leninismo”, y una “dictadura del proletariado” que nunca fueron realidad, ni siquiera en los países así llamados “comunistas”, razón por la que todo este affaire no pasa de ser un juego retórico, o a lo sumo la fabricación de un esperpéntico juego de los que nos hablaban en sus novelas, tanto el español Ramón del Valle Inclán, como el estadounidense Sherwood Anderson autor, entre otras obras de una célebre novela que tituló “WINSBURG OHIO”, por no mencionar el mítico condado de Yoknapatawpha en el Mississipi de William Faulkner, el que sólo existió en el universo de las complejas y bien tramadas novelas de este otro autor norteamericano.
El problema, a medida que avanzamos en esta vía. es que también, a manera de lo que sucede con un inmenso espejo o en una sala llena de espejos, quienes afirman ser “comunistas”, o hacen profesión de fe del comunismo como si fuera la encarnación del “reino de Dios sobre la tierra”, no importa si lo hacen desde una perspectiva secular (El filibustero del sur de los Estados Unidos que nos invadió entre 1854 y 1857, el famoso William Walker pensaba que estaba llamado a implantar el reino de Dios en la América Central nos dice el escritor costarricense Óscar Núñez Olivas en su novela “LA GUERRA PROMETIDA”, Editorial Alfaguara, varias ediciones, el que consistía en implantar o reimplantar la esclavitud en nuestro istmo, para que fuera un calco o una extensión del Sur de los Estados Unidos de aquella época), resultan incapaces de explicarnos con certeza a que se están refiriendo cuando usan, con gran ligereza los términos “comunismo” e incluso “socialismo”. Han pasado más de tres décadas desde la disolución de la llamada Unión Soviética, un hecho con el que se habría puesto fin a la llamada “guerra fría” que libraron durante casi medio siglo dos bloques encabezados por los Estados Unidos y la mencionada potencia, a la cabeza del bloque “comunista”, aunque resulta evidente que mucha gente ni siquiera se enteró de lo sucedido.
La izquierda de estas latitudes más confusa que radical, incluso aquella conformada por quienes se autodenominan orgullosamente “comunistas”, ha sido incapaz de explicarnos ¿qué fue lo que ocurrió en la Europa Central, llamada entonces “oriental” y en la Unión Soviética, la que cayó como un castillo de naipes? Nos quedaron debiendo una explicación que tuviera alguna lógica o el despliegue de una dialéctica elemental en el análisis, algo que no fuera una simple pelea entre los “buenos” y los “malos”, es por todo esto que no puedo dejar de pensar que sólo el filósofo y escritor tico chileno, Helio Gallardo, publicó en aquel entonces un fascinante libro que tituló “CRISIS DEL SOCIALISMO HISTÓRICO Ideologías y desafíos”, editado por el Departamento Ecuménico de Investigaciones DEI, y fechado en San José de Costa Rica, en 1991, en cuyas páginas convendría volvernos a adentrar…de ahí en adelante, hacia los dos lados o bandos interesados, el tema parece que nos conduce a adentramos en el terreno de las fantasmagorías o en el corazón de una nueva Torre de Babel la que, como su homónima bíblica, nos impide construir algo que siquiera tenga la apariencia de sólido.
Julián Zugazagoitia Mendieta nació en Bilbao el 5 de febrero de 1899.
Su padre, Fermín Zugazagoitia Aranguren, fue director de la Cooperativa Socialista de la Casa del Pueblo de Bilbao, ejerciendo de concejal de la ciudad desde 1905 hasta 1909.
En 1914, Julián Zugazagoitia se afilió a las Juventudes Socialistas del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Bilbao, por el influjo paterno. En 1917, participó en la Huelga General y, por ese motivo, pasó una breve estancia en la cárcel de Larrinaga.
En 1920, Zugazagoitia fue elegido presidente de las Juventudes Socialistas de Bilbao e inició su actividad como periodista en El liberal, La Lucha de Clases y El Socialista, entre otros medios, siendo condenado a un destierro en Santoña en 1923 por un artículo en el semanario La Lucha de Clases.
En su destierro de Santoña, Zugazagoitia inició también su carrera literaria. De esos años, son sus obras Una vida heroica: Pablo Iglesias (1925), Una vida humilde: Tomás Meabe (1925), Una vida anónima (1927), El botín (1929) y El asalto (1930).
En las elecciones municipales de 1931, que acabaron con la monarquía en España, Julián Zugazagoitia fue elegido concejal del Ayuntamiento de Bilbao. En las elecciones constituyentes del mismo año, obtuvo el acta de diputado.
En 1933, Zugazagoitia fue cofundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, una asociación dedicada a presentar a la URSS en la sociedad española. Un año después, tuvo un papel destacado en la Revolución de Octubre, desarrollada principalmente en Asturias y Cataluña. Por su participación, cumplió condena de prisión en la cárcel Modelo madrileña.
En esos años republicanos, Zugazagoitia estuvo centrado en su actividad política, aunque mantuvo viva su faceta de periodista y escritor de la década anterior. En esa etapa de su vida, fue director de El Socialista y escribió Rusia al día (1932). Durante su estancia en prisión por la Revolución de Octubre del 34, escribió también Trabajos clandestinos, obra inédita hasta el año 2005, entonces publicada con prólogo de su nieto José María Villarías Zugazagoitia.
En las elecciones de febrero de 1936, Julián Zugazagoitia consiguió el acta de diputado por Vizcaya. Tras producirse el Golpe de Estado del 18 de julio de ese año y el inicio de la Guerra Civil Española (1936-1939), permaneció en Madrid, siendo nombrado ministro de la Gobernación en 1937 por el presidente Juan Negrín.
En junio de ese año, desde su nuevo cargo, Zugazagoitia diseñó y creó el Departamento Especial de Información del Estado (DEDIDE), un servicio de inteligencia supervisado por él, que tenía como principal objetivo el espionaje de franquistas y anarquistas contrarios al gobierno republicano. En marzo de 1938, el DEDIDE fue absorbido por el Servicio de Información Militar (SIM), es decir por el servicio de inteligencia de la Segunda República Española, el cual mantuvo su labor.
En 1937, Zugazagoitia, además, fue ministro interino de Hacienda y promovió a la navarra Julia Álvarez Resano para el cargo de gobernadora civil en la provincia de Ciudad Real, convirtiéndose ésta en la primera mujer en desempeñar el cargo en España. Desde esa fecha hasta el final de la guerra, estuvo al frente de la Secretaría General de Defensa Nacional.
Finalizada la Guerra Civil, Julián Zugazagoitia se exilió y fijó su residencia en París. En la capital francesa, dirigió la revista Norte y colaboró con el diario La Vanguardia de Buenos Aires, escribiendo artículos sobre la guerra de España. En Norte, publicó su libro Madrid. Carranza 20. Los artículos publicados en La Vanguardia fueron reunidos en 1940 en un libro importante titulado Historia de la guerra de España.
En el prólogo que le dedicó Santos Juliá a una edición moderna del libro, comentó que el autor no quiso ejercer como historiador en la obra. El propio Zugazagoitia lo escribió así: “Yo no soy, ni puedo ser, un historiador. Soy un periodista que descubre sus observaciones y sus notas, por si tienen alguna utilidad para quienes hagan, serena y fríamente, la historia de la guerra». Con su libro dedicado a la Guerra Civil Española, Zugazagoitia dejó para la posteridad y las futuras generaciones una aportación única, llena de datos y juicios serenos desde su propia y directa experiencia.
Tras la ocupación alemana de Francia, fue detenido el 27 de julio de 1940 por la Gestapo. Pocos días después, el 31 de julio fue entregado a las autoridades franquistas.
Ya en España, sufrió una parodia de juicio. Fue juzgado por militares golpistas culpables del delito de Rebelión contra la Segunda República Española, siendo condenado a muerte paradójicamente por ese delito.
De poco le sirvió en el juicio haber sido ecuánime en su famoso libro dedicado a la guerra de España, incluso a la hora de valorar el juicio y el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. “¿Por qué se ejecutó a Primo de Rivera? Nunca supo nadie contestarme satisfactoriamente… Se le condenó no por lo que había hecho, sino más bien por lo que se suponía que habría hecho de encontrarse en libertad…”, escribió.
Tampoco le sirvió en el juicio el hecho de que durante su mandato intentase evitar la muerte de varios personajes del bando sublevado, como el periodista y escritor Wenceslao Fernández Flórez o el también escritor Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de Falange Española y famoso protagonista de la novela Soldados de Salamina de Javier Cercas, que relata su fallido fusilamiento en el santuario de Santa María del Collell de Girona y su huida por los bosques de Palol de Revardit hasta Cornellà del Terri.
Julián Zugazagoitia fue fusilado el 9 de noviembre de 1940, en las tapias del Cementerio del Este de Madrid; fue uno de los 14 fusilados en ese día, uno de los 953 fusilados en ese año, uno de los 2.663 ejecutados desde mayo de 1939 hasta febrero de 1944 en ese mismo lugar. Inmediatamente después, su mujer y sus hijos se marcharon de Francia rumbo a México, país de acogida de un buen número de republicanos ilustres.
Tras el final de la dictadura franquista, los ayuntamientos de Bilbao y Madrid le dedicaron una calle. Poca cosa para tan ilustre socialista vasco; para tan ilustre periodista, escritor y político republicano. Para tan ilustre personaje. Muy poca.
Las palabras son la manifestación del pensamiento, cultura, ideología, historia e identidad de las personas. En este sentido, las palabras son ricas y poseen complejas significaciones presentes en toda comunicación, las cuales trascienden la interrelación entre individuos para ser también expresiones de grupos y sociedades en tiempos-espacios particulares.
Esto es, la comunicación requiere de algunas condiciones para establecer la interacción, sin embargo, en determinados contextos la situación, condición y pensamiento distinto entre los interlocutores la inhibe porque las palabras y su articulación, no son comprendidas por no poseer significaciones ni intereses comunes. La incomunicación en el presente, es el resultado de la fragmentación y separación social, no necesariamente física, en una sociedad paradójicamente articulada e interdependiente, plagada de medios técnicos para la comunicación.
La pluralidad social en el presente globalizado requiere de la comunicación porque es un requisito necesario para la convivencia, para la vida en comunidad y para nuestra socialización como seres humanos en un mundo integrado e interdependiente. Sin embargo, a pesar de su necesidad social e histórica, la incomunicación está presente y nutre muchas de nuestras relaciones sociales y políticas con el poder prevaleciente.
Se podría afirmar que, la incomunicación es una condición patológica de la sociedad contemporánea, que impide el conocimiento entre unos y otros, a pesar de una extensa e intensa relación en la diversidad de nuestra cotidianidad.
La incomunicación no solo es una separación con quienes tenemos que convivir, es una ruptura con los otros, a los cuales les niegan absurdamente tener comunidad de intereses y anhelos compartidos. La incomunicación es antagónica a todo proceso democrático, no representa el interés de todos ni el respeto al pensamiento, actuación e ideologías distintas a la propia. Es parte consustancial de un proceso político totalitario que crea enemigos, que separa lo que está unido, que desprecia y pretende desaparecer a los otros, y que en pulsión suicida asesina a quienes sustentan su existencia.
La actuación y pensamiento idéntico entre las personas, no existe, todos somos distintos, nunca máquinas estandarizadas, como tampoco contendientes ni enemigos. Creer que las diferencias son separaciones absolutas, es asumir absurdas posiciones totalitarias que auguran confrontaciones y guerras infinitas de destrucción contra la humanidad.
Gran parte de los medios de comunicación en Costa Rica, son ejemplos de la incomunicación, porque con la mercantilización de las noticias pueden decir cuanta falsedad quieren sus contratantes, privados o gubernamentales, además de mentir, calumniar y difamar, crean miedos y desconfianza informando sobre asesinatos, asaltos, fraudes y accidentes. Así, promueven ilusiones, frustraciones y disputas entre los seguidores del futbol, mientras se enriquecen los negociantes que usurpan y corrompen el deporte popular.
Esos medios no son públicos, son privados, se imponen con palabras parciales y parcializadas que ofenden la inteligencia e impiden el pensamiento complejo, así como simplifican la complejidad de los acontecimientos y realidades. La veracidad y la pluralidad del pensamiento, así como el debate serio, plural, comprometido, sobre los derechos ciudadanos, la democracia, la planificación o el desarrollo nacional, están ausentes en dichos medios, no obstante, están protegidos y mantenidos por el poder. Los propietarios de los medios encubren su funesta actuación con la honestidad, honradez y sacrificio de muchos otros periodistas, que en honor a su compromiso social denuncian a gobernantes ilegítimos, a los corruptos, así como defienden la institucionalidad pública y los derechos ciudadanos.
Las palabras del discurso del poder en Costa Rica están dirigidas a las mayorías trabajadoras para ocultarles que son ellas quienes sustentan los ingresos fiscales y que son los generadores de las ganancias y riquezas privadas. También para imponerles decisiones y acciones, como verdades absolutas, de las cuales supuestamente depende el bienestar y la existencia de los trabajadores, a pesar de que los perjudica y empobrecen. Asimismo, el discurso del poder se dirige a las mayorías para buscar apoyo y legitimar su poder con mentiras y demagogia. Esas intencionalidades del discurso del poder dictatorial, hacia los trabajadores, es para mantenerlos pasivos, obedientes, engañados, confundidos, enfrentados, enfermos e incomunicados para posesionarse en el poder dictatorial.
Las tiranías requieren de esas palabras y discursos, no para dialogar ni concertar, sino para imponer las decisiones y acciones contra quienes les han negado la palabra y no son escuchados. El discurso del poder no solo son palabras del mandatario, también hablan y actúan las leyes, los medios, la educación formal, la administración pública, la religión o “las fuerzas del orden”, que contribuyen con la difusión de sus palabras y miedos a la consecución de los propósitos del poder.
La incomunicación social es una condición privativa del poder, pero ninguna tiranía es eterna, como tampoco lo es la incomunicación. El fracaso del discurso del poder, es la imposibilidad de seguir dominando y explotando, es la absurda pretensión de eternizar un poder irracional, sin horizonte histórico. El pensamiento y conciencia crítica y disidente, son la esperanza para reconstruir una sociedad plural y un mundo mejor.
¿Cómo explicar que los empresarios se les exima pagar las deudas al seguro social, cómo se permite la elusión y evasión tributaria y el no pago de intereses moratorios, a pesar que fueron cobrados en las mercancías y servicios que venden?, ¿cómo es posible que un mandatario afirme que fue electo para emitir criterio?, ¿qué podemos esperar de un Estado que pregona democracia y libertad, cuando impone acciones contra el pueblo que dice representar?, ¿cómo confiar en alguien que defraudó y traicionó la decisión electoral del pueblo?
Al parecer las palabras y acciones de los autócratas, de los intelectuales del sistema, de los propietarios de los medios y del capital, revelan transparentemente el cinismo de su poder. Es lamentable que aún no podamos democráticamente destituir al mandatario, dado que no tiene la solvencia moral de renunciar ni reconocer su traición al pueblo costarricense. Nuestra población será callada y disciplinada, pero no es ignorante ni tonta, son tales, quienes creen engañar y defraudar eternamente al pueblo.
Se tiene certeza al señalar, que ex compañeros del Ministerio de Hacienda, hoy día forman parte de la planilla del FMI.
En fechas pasadas, casos como el de Juan Carlos Pacheco, quién fue viceministro en Hacienda, y otras personas de las que no vale el interés señalar, ingresaron a ese gigante de las finanzas estatales.
Hoy excompañeros laboran para ese ente financiero, lo que nos agrada realmente, porque sabemos que en mucho podría contribuir a dotar a Costa Rica, quizás de mejores condiciones, no favoritismo, pero si mejores condiciones para un dinero, para utilizarlo en paliar un problema financiero, viendo a Costa Rica, como una empresa, con pandemia COVID.
Si usted lector, fuera el analista financiero del FMI buscaría primero saber qué activos podrían ser líquidos, en una razón de apalancamiento financiero alto, para hacerlos exigibles como una garantía real y absoluta de recuperación del dinero prestado.
Nadie presta de regalado, siempre hay intereses que pagar, pero una administración audaz, conseguirá condiciones, plazos e intereses aceptables y razonables para respaldar ese dinero, sin que para ellos requiera vender entidades como FANAL, como RECOPE, como el INS, etc., en fin, no entregar las Joyas de la Abuela.
Así las cosas, si Costa Rica, es garante de pago, hay préstamo, pero lo malo es que las condiciones no son tan flexibles o buenas para la realidad que vivimos, o tan buenas como las realizadas por un gurú financiero, contra un simple patrono que conoce poco o casi nada del tema, de ahí, que su fortuna o activos se puedan ver comprometidos por una mala negociación.
El balance general, balance de situación o estado de situación patrimonial es un informe financiero contable que refleja la situación económica y financiera de una empresa en un momento determinado. El estado de situación financiera se estructura a través de tres conceptos patrimoniales, el activo, el pasivo y el patrimonio neto, desarrollados cada uno de ellos en grupos de cuentas que representan los diferentes elementos ….
En consecuencia, como las finanzas del país son una “caja de pandora”, podríamos estar empeñando esas joyas de la abuela, pero una cosa también es claro, este gran desorden provocado por una mala concentración de directrices y competencias materiales institucionales, nos asegura que hay dinero y mucho, ejemplo el INS, se señala tiene reservas para pagar tes veces Costa Rica en un terremoto Nacional, Recope, con la venta de gas y gasolina es muy rentable, Y si así sacamos las autónomas, hasta da para que se roben en casos COCHINILLA, en IVM, la 1856 y hasta para proponer llevar el ROP o IVM a inversiones internacionales.
¿Cómo es la cosa? Pues se lo dejamos de tarea, el FMI puede ser bueno, en la medida que podamos obtener la condición mínimo deseable, de lo contrario, hipotecar a Costa Rica no tiene sentido.
¿Quién es el culpable de los problemas que el sistema no logra resolver? En el nacional-socialismo alemán, principalmente la minoría judía; el odio en su contra atizó y movilizó a un pueblo por otra parte culto, cumbre de la filosofía, la literatura, la música, la teoría jurídica y política… hasta convertirlo en una horda delirante y genocida. En la Costa Rica actual, se señala como culpable a la minoría que integra el sector público, sus asalariados y jubilados, y por arrastre, instituciones claves para la democracia: la independencia judicial y la autonomía universitaria, entre otras. La estrategia es la misma: repetir hasta el cansancio verdades a medias o abiertas mentiras y fomentar el odio contra el chivo expiatorio. Será culpable todo lo que huela a Estado Social de Derecho; a regulación de la ley de la selva y el sálvese quien pueda; todo lo que tenga que ver con aportes solidarios para asistir a los trabajadores que enferman o darles condiciones de vida dignas en la vejez; todo el que no pueda costearse una educación de calidad; en fin, culpable será ese otro, quien no tiene idea de los que significa la palabra offshore y no puede refugiarse en un paraíso fiscal.
Y no me vengan a decir que los casos no admiten comparación. Pregúntenle a un joven chileno que para estudiar tiene que hipotecar a una vulgar financiera todo su futuro. Pregúntenle a un viejo, también chileno, que tiene que escoger entre comer o comprar las medicinas. Demuéstrenme que estas no son sólo formas más sofisticadas de exterminio.
Por Memo Acuña (Sociólogo y escritor costarricense)
El país se aprestaba a conmemorar en una suerte de rictus sordo, los doscientos años de vida independiente. El discurso aquel sobre la patria, los valores, la democracia y sus bondades se instaló a lo largo de todo el mes que acaba de concluir.
Casi que, con la entrada de las celebraciones, volvimos a reeditar otros ritos, poco agradables, pero sí peligrosos por sus alcances, sus impactos, sus efectos en la sedimentación de eso que algún día llamamos comunidad costarricense.
Tan añeja como la misma celebración Bicentenaria, la problemática de la gestión de los residuos y los desechos sólidos en la Gran Área Metropolitana costarricense sigue representando un problema de salud pública, dada la cercanía de muchos espacios reconocidos como vertederos con comunidades y poblaciones.
Justamente al finalizar agosto, las personas vecinas de la comunidad La Carpio, un asentamiento informal conformado por la mixtura de familias costarricenses y migrantes, especialmente de origen nicaragüense, protagonizaron una serie de manifestaciones en vía pública que incluyeron pancartas en mano y el bloqueo a la principal vía de entrada y salida a la comunidad.
Demandaban a las autoridades competentes una pronta resolución sobre los olores que permanentemente, pero más en la época de invierno, se expiden desde un vertedero de basura localizado en un predio contiguo a la comunidad.
Conformado hace ya muchos años, La Carpio constituye ejemplo de los procesos de segregación y segmentación urbana, con problemáticas como la informalidad en su constitución, la precaria dotación de servicios y una constante desatención a sus problemas sociales más apremiantes.
Los discursos sociales a propósito de la comunidad en su mayoría están orientados a acotar, sin ningún sustento numérico y estadístico, la presencia de una población migrante a la que se le atribuyen características como la violencia y la delincuencia.
Quizá tras estas apreciaciones es que pueden leerse varios comentarios expresados en las redes sociales de un telenoticiero nacional al publicar la noticia sobre la manifestación de los vecinos de la comunidad.
Frases como “¡Yo propongo que cierren la Carpio mejor! O que cierren ambas… ¡o que las combinen y hagan un solo botadero!” La carpio tiene el vertedero que genera contaminación y el vertedero de asaltos” son solo algunos ejemplos de la continua construcción discursiva racializada e estigmatizante acerca de este asentamiento.
Estas y otras frases develan en extenso las entrañas de una discriminación que intercala al mismo tiempo aversión al extranjero y un odio rastrero contra la pobreza y las personas pobres.
Dice Adela Cortina en su trabajo ya conocido sobre la Aporofobia (rechazo a la persona pobre) que tanto la xenofobia como el racismo no son en estricto sentido resultado de una historia o experiencia personal de odio hacia una persona determinada: son una reacción contra personas que la mayoría de las veces no se conocen y que representan aún más eso que se teme o desprecia sin mediar experiencia alguna.
Pero no es cualquier persona la que produce esa animadversión y ese rechazo. Es, como bien lo refleja Cortina, el “aporos”, el pobre el que molesta, porque “se vive a la persona pobre como una experiencia que no conviene airear”.
Durante años en nuestra experiencia docente en el curso sobre Migraciones en Costa Rica en la Universidad Nacional, escuchamos experiencias de rechazo a las mismas personas estudiantes por su lugar de proveniencia : “yo prefiero no decir donde vivo”, “invento mi lugar de origen para no ser discriminada”, son solo algunos de los testimonios recogidos en aquel curso, que nos permiten señalar la necesidad de seguir profundizando en el conocimiento de esas otras geografías y espacialidades que experimentan todos los días el estigma y la discriminación sin motivo aparente.
Pasados los fuegos artificiales de las celebraciones patrias, descubrimos que todavía siguen sin ser incluidas muchas personas a esa comunidad imaginada que decimos ser. Corresponde en lo inmediato un ejercicio permanente de volver conscientes esas inequidades, cerrar la brecha, clausurar los vertederos donde se propagan discursos discriminantes y de odio, apagar de forma urgente las luces de la exclusión que en nada contribuyen a construirnos como colectivo.
Trino Barrantes realiza un análisis sobre la celebración que cada 12 de octubre se conmemora en Costa Rica.
Estos artículos fueron escritos en el marco de los 500 años del “desencuentro cultural entre Abya Yala y ese mundo abirraigado llamado península ibérica. Tienen entonces más de 25 años de haber sido escritos. Pero en lo esencial mantienen vigencia en sus partes fundamentales, por lo que he preferido mantener su estructura original.
Ni América, ni el sema “INDIO”, que indistintamente se usan en estos artículos son correctos, pero se mantienen, por la naturaleza que la historiografía tradicional le ha asignado. Corresponderá, pues, a los nuevos actores sociales, decodificar la carga semántica y discriminatoria que ambos conceptos encierran.
Hoy, claro está, “Los huevos de Colón” tienen otros movimientos, nuevas rupturas epistemológicas, procesos revolucionarios inéditos, afirmación de un capitalismo extremo y elecciones presidenciales extrañas, poco convencionales. Se dan revoluciones de colores, pero prevalece siempre el rojo de la sangre proletaria. Estamos en un mundo diferente al de 1992. Pero las causas del imperialismo, el neocolonialismo, los ecocidas negacionistas del calentamiento global y la explotación siguen igual que ayer. Tenemos la pandemia del COVID-19, como una pequeña muestra en lo que ya de por sí, Susan Georges, nos lo había indicado en el informe Lugano.
La tierra, es un bien que le es consustancial a nuestros pueblos ancestrales, pero se les sigue negando.
La guerra como forma de violencia estructural de esta humanidad enferma, no ha podido ser superada, sigue siendo el arbitro que se sitúa por encima de la voluntad política del pueblo.
Finalmente, el único artículo reciente, con fecha 2 de diciembre del año 2020, que se adhiere a este trabajo, es el referente a las bases para una política indigenista, que dicho sea, terminábamos de ofrecerla, cuando el Estado/gobierno neoliberal y corrupto de la actual administración, nos obligaba mediante un nuevo Decreto Presidencial, el primero se había dictado el 12 de marzo del 2020, a entrar en una larga fase de cuarentena, que aún nos mantiene encerrados y con la boca tapada.
El texto se divide en capítulos que abarcan:
1 capítulo: Precisamente, la fecha se identifica con tres aspectos básicos: «descubrimiento», “evangelización” y “celebración”.
2 capítulo: El indio y la identidad nacional.
3 capítulo, escrito por Trino Barrantes: ¿Descubrimiento?: Des (cubri) miento, des (cubrimiento), (descubri) miento y (des) cubri (miento)
En este último se puede leer:
“¿Qué se celebra el 12 de octubre? En rigor histórico nada; porque no se tiene nada que celebrar. Por el contrario, esa fecha remite a un largo y complejo episodio de nuestros pueblos originarios que quedaron atravesados bajo el imperio de la cruz, la lengua y la espada, y a un sostenido proceso de dominación y genocidio, que nos articuló al mercantilismo en total desventaja y sumisión”.
Para leer más sobre este tema puede observar el archivo adjunto donde se encuentra el desarrollo de cada capítulo.
El Partido Socialdemócrata está a la cabeza con un 1% o menos sobre la Unión Demócrata Cristiana.
Así, la carrera está muy cerrada como para asegurar un ganador pues el que ocupe el 1er lugar aún deberá asociarse con otros partidos para formar un gobierno. Y en la compleja ecuación que tiene Alemania, es posible que si el partido ganador no logra que otros se sumen, el que quedó segundo podría terminar liderando el país. Sin embargo, con las encuestas a boca de urna, poco tiempo después, los socialdemócratas izquierdistas aplaudieron y corearon “¡Olaf! ¡Olaf! » cuando Olaf Scholz apareció en un escenario. Sin embargo, el candidato conservador, Amin Laschet, declaró en la sede de su partido que el resultado era “poco claro” y prometiendo intentar formar un gobierno aunque su partido quedara en segundo lugar. En dos platos, todavía NO se sabe quién será el sucesor de Ángela Merkel, si el conservador apoyado por ella o el socialdemócrata. Si ganara la izquierda, Alemania estaría siguiendo el camino que ya han tomado los cinco países nórdicos (Suecia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Finlandia) que podría inspirar a otros pueblos como los latinoamericanos.
Mucho se ha discutido y se discute sobre la supuesta excepcionalidad de la nación costarricense y de sus habitantes en el concierto de países centroamericanos y, en general, en el amplio mundo hispanoamericano y de más allá. Desde la leyenda blanca de la “Suiza centroamericana” hasta el bocadillo cotidiano de país democrático, pacífico, culto, ecológico, igualitario, se ha tejido una telaraña ideológica “tica” que muchas veces alcanza alarmantes decibeles de chauvinismo y xenofobia rayanos en fórmulas neofascistas. Esa telaraña extiende un enorme velo sobre la gran noche precolombina y esconde con cinismo la invasión europea que reconfigura con brutalidad un continente luego rebautizado como América. El violento machetazo de la conquista y la colonia europeas hizo desaparecer miles de años de historia cultural de nuestros habitantes primigenios. Algunos estudiosos consideran que a la llegada de los españoles, el territorio de lo que hoy se conoce como Costa Rica, estuvo poblado por una cifra cercana a los cuatrocientos mil o medio millón de indígenas. A la vuelta de cien años quedaban alrededor del cinco por ciento. La mayoría pereció en los terribles viajes hacia el trabajo forzado de las minas del sur del continente, por enfermedades y epidemias transmitidas a través de virus desconocidos hasta entonces o por la violencia directa de la cruz y la espada. Por ello Costa Rica es un país nuevo, en todo caso repoblado por un flujo constante de conquistadores, imigrantes, visitantes y hasta aventureros en su breve y tumultuosa historia.
Al interior de la misma nación hay defensores y detractores de esas líneas ideológicas que potencian la excepción hasta el mito o desnudan a la reina de la democracia criolla, la cual, según estos, deambula inmaculada por calles y avenidas políticamente incorrectas. Dichas disputas se realizan tanto a nivel académico, como a nivel político/publicitario y popular rayano en un folclor lastimero donde se mezclan la exclusividad religiosa, geográfica, telúrica, “racial” y hasta deportiva, como si de un paraíso alterno se tratase. Incluso se habla de la descendencia o ascendencia de una suerte de Atlántida caribeña o del tardío emerger del istmo costarricense/panameño, lo que le confiere a estas tierras lozanía y juventud americanas y terráqueas, pero también riqueza agro ecológica y paisajística. Y algo de ello ha de haber puesto que en el pequeño territorio se aloja el cinco por ciento de la biodiversidad del planeta. Por demás, es bueno subrayar que ese pequeño territorio, desde la extensa profundidad prehispánica, ha servido de puente entre las dos grandes masas continentales: la influencia Náhuatl/Mayense llega hasta el Guanacaste (la Gran Nicoya, donde acaba lo que hoy se conoce como Mesoamérica) y el centro, caribe norte y zona sur estaban bajo la influencia sudamericana de signo Chibcha. Dicho de otro modo, ya desde entonces era este un territorio de encuentros, confluencias y resistencias; un área de frontera con un intenso intercambio sociocultural, un “país” multiétmico, plurilingüe y multicultural. Hoy, en especial desde los años setenta del siglo pasado (durante el siglo XIX y principios del XX, fueron poblaciones prusianas/alemanas, chinas, jamaiquinas, italianas, francesas, libanesas, entre muchas más, las que enriquecieron el paisaje sociocultural con alimentos, bebidas, artes, ciencias, tecnologías, religiones, creencias, ideas políticas, en fin, formas distintas de comprender el mundo), sigue siendo un país receptor de migrantes pero, además, expulsor de nacionales y plataforma de tránsito para muchos que buscan la vida en sitios más propicios allá en “el norte brutal y revuelto”, según denominación de José Martí.
De tal modo que el constructo de la nación costarricense no ha estado exento de tensiones, alegorías, contradicciones, disputas, impugnaciones y excesos. Y de importantes aportes e injertos de otras latitudes y formaciones culturales. Aunque debemos aceptar que ya desde los inicios de su vida republicana, el incipiente estado/nación fue alejándose con lentitud del conglomerado centroamericano, cuyas élites criollas se debatían entre las asimetrías de un entramado colonial impuesto sobre el racismo y la explotación multiseculares a base de una arquitectura política y socioeconómica diferenciada. Costa Rica firmó su acta de independencia el 29 de octubre de 1821 y muy temprano se dio su propio ordenamiento con el “Pacto de Concordia”, primera constitución provisional entre 1821 y 1823, denominada “Pacto Social Fundamental Interino de la Provincia de Costa Rica”. Más tarde la “nueva provincia” se adhiere a la República Federal Centroamericana, sin embargo, el Pacto Federal se disuelve de facto entre 1838/1839 y cada provincia declara su independencia. Es en ese contexto de dispersión que Costa Rica se convierte en República en 1848.
No obstante lo anterior, para algunos historiadores y estudiosos la verdadera independencia de Costa Rica se firma con sangre y fuego en las jornadas por la soberanía de 1856/1860. Junto con otros países centroamericanos y bajo el liderazgo del libertador Juan Rafael Mora Porras, para entonces presidente de la joven república, y su hermano Joaquín, Jefe Supremo de los ejércitos centroamericanos, Costa Rica se lanza a la guerra contra los esclavistas usamericanos que pretendían anexarse la región al mando del filibustero William Walker. El Ejército Expedicionario Costarricense fue la vanguardia que permitió la victoria ante las huestes del naciente imperio estadounidense; la batalla de Santa Rosa en Moracia, hoy Guanacaste, fue la primera derrota militar que sufre la política usamericana del “Destino Manifiesto”. Después de esas heroicas jornadas y, a pesar del golpe de estado y del fusilamiento del héroe de las mismas don “Juanito” Mora Porras, junto a su mano derecha y concuño, el General salvadoreño José María Cañas Escamilla, el país, maltrecho por la epidemia del cólera, en la cual pereció más menos el diez por ciento de su población, y por la división interna, logra erigir un estado nacional que se expande por casi todo su territorio. Desde muy temprano se adopta una política a favor de la educación con el objetivo de garantizar la perennidad de las instituciones democráticas. La enseñanza gratuita y obligatoria se instaura en 1869. El militarismo no prospera y el funcionamiento del estado se funda con solidez sobre tres poderes claramente definidos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el país también conoce una transformación económica y social gracias a la expansión de las exportaciones de café y a la institución del “sufragio universal” en 1889, aunque todavía sin el voto femenino y el de la población afrodescendiente. Los dirigentes liberales inician una reforma educativa de influencia europea que toca a todos los costarricenses, lo cual en mucho permite afianzar los pilares democráticos y el alcance de una cultura de convivencia pacífica, sin que para nada olvidemos las grandes injusticias que el régimen liberal impone a grandes sectores de la población, tanto por el modelo agroexportador como por la cada vez mayor presencia del capitalismo norteamericano con la construcción de los ferrocarriles y las nacientes plantaciones de banano y la minería como enclaves imperiales. Pero hay un gran esfuerzo desde ya, a través del proyecto educativo liberal, para dotar a la nación de las instituciones, mitos, héroes, cultos y leyendas necesarios para alimentar el sentimiento de unidad y de comunidad nacionales. Ese proyecto, de paso, invisibiliza a los grandes héroes de 1856/1860, los hermanos Mora Porras y sus crímenes de estado (“Juanito” Mora y Cañas Escamilla), a la vez que reinventa a un “héroe nacional” tipo “soldado desconocido”: el tamborcillo de Alajuela, Juan Santamaría. Dicho héroe proviene del símbolo o imagen del “labriego sencillo”, prototipo o personaje central del mito de una democracia agraria acuñado ya durante la colonia. Como nos lo recuerda Anne-Marie Thiesse estudiando el caso europeo, “para que nazcan estas ‘comunidades imaginadas’ que son las naciones, fue necesario dar una historia, un idioma, una cultura común. Fue una gigantesca empresa que movilizó durante decenios sabios, escritores y artistas”. (Thiesse, 2004; citada por Soto Quirós, Ronald en “Imaginando una nación de raza blanca en Costa Rica: 1821-1914”, en Amérique Latine. Histoire & Mémoire, 15 / 2008. https://journals.openedition.org/alhim/2930 (05-05-2020).
Los años cuarenta del siglo pasado, al igual que la heroica gesta de 1856-1860, son claves para comprender el actual estado de cosas. El liberalismo inicia su declive con la Primera Guerra Mundial la cual genera el cierre de los mercados europeos para el café costarricense. La crisis del régimen liberal se prolonga durante varias décadas y no será hasta los años cuarenta cuando empiece a perfilarse un nuevo modelo o régimen de “convivencia nacional”. En ese contexto se genera un clima de inestabilidad política con golpes de estado y revueltas de diversa índole. La dictadura militar liderada por Federico Alberto Tinoco Granados como presidente de facto, y su hermano José Joaquín Tinoco Granados como ministro de Guerra, tras el Golpe de Estado de 1917 al presidente Alfredo González Flores que culmina con la salida del dictador Tinoco hacia Francia tres días después del ajusticiamiento de su hermano y tras una serie de insurrecciones armadas y masivas protestas civiles conocidas como la Revolución de Sapoá, donde asesinan al intelectual y patriota Rogelio Fernández Güell junto a cinco de sus compañeros, así como el Movimiento Cívico Estudiantil de 1919, son unas de las páginas más sangrientas pero heroicas de la “historia patria”. Se asiste a un ascenso de la organización y de las luchas populares, así como al surgimiento de nuevos movimientos sociales y políticos para canalizar las inquietudes y demandas de los sectores marginados por el modelo de “patria” liberal, especialmente la fundación del Partido Comunista en 1931. En 1940 llega al poder el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia en medio de una ola de popularidad muy elevada y con el beneplácito de la oligarquía gobernante. Casi de inmediato dicha oligarquía lo abandona y, en alianza inédita con la Iglesia Católica y el Partido Comunista Costarricense, el “doctor” inicia una serie de medidas que mejorarán las condiciones de los trabajadores costarricenses: promulga entre otros, el Código de Trabajo, el capítulo constitucional de las Garantías Sociales y funda la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y la Universidad de Costa Rica, ambas instituciones en mucho responsables de los buenos índices de desarrollo humano del cual goza el país hoy día. Sin embargo, la época era difícil y compleja en el marco de la Segunda Guerra Mundial y la popularidad de Calderón Guardia fue descendiendo debido a rumores sobre corrupción de su gobierno y sus funcionarios. Sin ser una figura política al momento de los hechos, José Figueres Ferrer (posterior Presidente de la República durante tres períodos) denuncia, el 8 de julio de 1942, actos irregulares y de corrupción por parte del gobierno, en un discurso radiofónico. Antes de concluir el discurso, autoridades oficiales toman la radioemisora y Figueres Ferrer es apresado y encarcelado. Cuatro días después es exiliado a El Salvador. Un año después se le permite la entrada al país.
En 1944 accede a la presidencia el maestro Teodoro Picado Michalski, miembro del Partido Republicano Nacional que había llevado al poder al Dr. Calderón Guardia, quien lo promueve en el cargo, pero en medio de elecciones cuestionadas por la oposición. Picado Michalski promulga una serie de garantías electorales para las elecciones de medio periodo en 1946, lo que produjo que la oposición aumentara su representación en el Congreso. El Partido Acción Demócrata de Figueres Ferrer se une a las fuerzas opositoras y continúa las duras críticas al gobierno argumentando ya no solo los actos de corrupción y mal manejo de los fondos públicos por parte del Gobierno, sino la impureza electoral. En las elecciones del 8 de febrero de 1948 se obtienen resultados favorables para el candidato de oposición Otilio Ulate Blanco, basados en los resultados enviados por telegrama, debido a un incendio en el actual Colegio Superior de Señoritas que destruye parte del material electoral, hecho nunca esclarecido. Esta es una de las razones por las cuales el Congreso Constitucional, de mayoría oficialista, anula las elecciones presidenciales ya que las mismas habían sido impugnadas por el Dr Rafael Ángel Calderón Guardia, lo cual significaba una seria violación a los acuerdos que habían puesto fin a la Huelga de Brazos Caídos de julio-agosto de 1947, mismos que expresaban, en el punto dos, que los resultados de las elecciones no podrían impugnarse.
En 1948, tras la anulación de las elecciones por parte del Congreso, los partidarios del candidato opositor Otilio Ulate Blanco se levantan en armas y lanzan una impetuosa ofensiva, pues se consideran los vencedores legítimos de la elección. La confrontación civil estalla entre los partidarios de Ulate Blanco, dirigidos por José Figueres Ferrer, y el grupo que apoya al expresidente Calderón Guardia, fundamentalmente los comunistas quienes defendían las Garantías Sociales. Los enfrentamientos se extienden pocas semanas entre marzo y abril, pero marcan a fondo un país con una guerra fratricida que, aunque breve, ocasiona profundas heridas. Los partidarios de Ulate vencen y Figueres Ferrer toma el mando al frente de una Junta Militar que ostenta el poder durante dieciocho meses. Al final de ese período entrega el poder a Otilio Ulate Blanco, considerado como el vencedor de las elecciones anuladas en 1948. Durante el período de la Junta Militar se promulga una nueva Constitución, misma que conserva la normativa social del período de Calderón Guardia (1940-1944). Esto da nacimiento a la “Segunda República”, aún vigente. Esta nueva Constitución crea un poder electoral independiente (Tribunal Supremo de Elecciones), responsable de garantizar la transparencia de las elecciones futuras. Por otra parte, José Figueres Ferrer decide abolir el ejército, estimando que éste implicaba gastos inútiles y que no garantizaba la estabilidad del país. El último acontecimiento es altamente significativo pues no solo se borra de la historia la institución castrense y sus gastos se dirigen hacia la seguridad social, la educación, la infraestructura, electricidad, telecomunicaciones, vivienda y cultura; sino que permite la eclosión de una cultura de paz donde la ausencia de militares es un elemento central en la actual cosmovisión del costarricense con las condiciones de atmósfera sociocultural y vida ciudadana que ello significa. Debe precisarse, sin embargo, que los perdedores fueron perseguidos, reprimidos y exiliados. El Partido Comunista fue proscrito y el naciente Partido Liberación Nacional (procedente de Ación Demócrata y del “Ejército de Liberación Nacional” de Figueres Ferrer) se convierte en la fuerza política hegemónica con postulados socialdemócratas y con un evidente anticomunismo bajo el cual se perpetran infames crímenes como el de El Codo del diablo (18 de diciembre de 1948) donde perecieron seis personas, cuatro dirigentes sindicales y dos civiles, fusiladas. Es significativo, no obstante, el hecho de que Costa Rica, desde los años sesenta del siglo pasado, no haya padecido el horror de las dictaduras militares ni deba buscar todavía, como en países de la región centroamericana o del sur, desparecidos o haber experimentado el ominoso fenómeno del exilio en masa.
Las medidas que estableció la Junta de Gobierno dejaron en claro que había un proyecto político de reforma estatal y modernización del país. La nacionalización bancaria decretada por la Junta otorgó un papel decisivo al Estado en el crecimiento económico. También se creó el Instituto Costarricense de Electricidad para impulsar la producción de energía eléctrica y el desarrollo de las telecomunicaciones. Posteriormente, en la Constitución de 1949, se establece, además de la abolición del ejército como institución permanente, el derecho al voto de la mujer y de la población afrodescendiente y su movilización por todo el territorio nacional (hasta ese momento sólo se le permitía habitar en la región Caribe, no podían traspasar la frontera del apartheid ubicada en Turrialba de Cartago), la eliminación de la reelección de diputados y la disminución de atribuciones del Poder Ejecutivo. Además, se establecen el régimen de instituciones autónomas, la Contraloría General de la República y el Servicio Civil. De esa manera el sistema político costarricense profundiza su carácter civilista con la creación de instituciones para evitar el fraude electoral y asegurar la estabilidad política, proceso que se acompañará de la consolidación del papel protagónico del Estado en diversos aspectos de la vida económica y social del país. En otras palabras, se erige un robusto Estado Social de Derecho.
Como han señalado varios historiadores, hubo una etapa en que para explicar las diferenciaciones del país se recurría a las supuestas diferencias raciales, es decir, a la idea de que “Costa Rica es diferente, porque Costa Rica es blanca”. Pero con el desarrollo y profesionalización de las ciencias sociales, especialmente de la “nueva” historia, mucho se ha avanzado hacia una crítica denodada sobre ese tipo de “explicaciones”, siendo que somos una sociedad mestiza. La nueva historia destaca que, si bien toda Centroamérica desarrolló economías agroexportadoras, mientras la mayoría implementaba sistemas de peonaje por deudas u otras formas de coerción de la mano de obra, Costa Rica lo hizo basada en pequeños y medianos productores de café. Y que mientras en toda Centroamérica hay una prevalencia de regímenes presidencialistas, Costa Rica, a finales del siglo XIX y principios del XX, transita hacia una democracia más efectiva y funcional, lo cual, probablemente, explica por qué es el único país de la región en donde la mayoría de la población dice no estar dispuesta a aceptar un gobierno no democrático aunque este resolviera sus problemas. Sin embargo, para muchos estudiosos, el ejemplo más claro de por qué Costa Rica es “diferente” consiste en la inversión casi cinco veces mayoritaria en la educación de sus habitantes que sus vecinos centroamericanos. Entonces puede observarse una diferencia sustantiva en cuanto a la percepción costarricense del “desarrollo” en comparación con el resto de países del istmo. Sin duda, la mejor situación de Costa Rica está correlacionada con la educación; el sistema educativo costarricense ha logrado alfabetizar de primero a toda su población y ello no tiene nada que ver con la raza o con explicaciones metafísicas tales como el supuesto pacifismo del “tico”. Debe aceptarse, eso sí, que dicha alfabetización y democratización educativa ha estandarizado la cosmovisión del costarricense, a la vez que ha exacerbado la idelogización de lo mitos fundacionales a la vez que ha cooptado la iniciativa social potenciando un individualismo feroz y una plasticidad muy “a la tica”.
Por cierto, permítaseme una digresión: una cosa es ser costarricense y otra ser o considerarse “tico”. Desde hace más de cien años los costarricenses comenzamos a usar el “tico” no sólo como apócope sino como intensificador: si decimos que no entendemos nada, es normal, no entendemos nada; pero si decimos que no entendemos naditica, es mucho lo que no podemos entender. Si decimos que algo es negro o negrito, pasa por castellano estándar, pero si decimos que algo es negrititico, es una forma propia para decir que es “muy” negro o negrísimo. Este rasgo fue observado por nuestros vecinos y de esa forma empezaron a llamarnos “ticos”. En principio lo asumimos como un apelativo positivo, usándolo cual fórmula familiar, de cercanía, para identificarnos frente a la solemnidad y el formalismo atrabiliarios. Así, lo tico, ciertamente, no tiene que ver tanto con diminutivos, como con aumentativos. De modo tal que pasamos de costarricenses a “ticos” de una manera, digamos, acentuada. Ahora bien, he venido subrayando que el ser costarricense es un constructo histórico que involucra y hace suya una línea identitaria propia (fueron costarricenses quienes marcharon a pelear contra los filibusteros en 1856-1857, no ticos; por ejemplo) y el tico, como vimos, es un apelativo surgido de la tendencia del costarricense a apocopar o aumentarse en “chiquitico” o “chiquititico”. Pienso que esa versión, a pesar de la función aumentativa, en mucho paradójica, empequeñeció al costarricense, tanto desde su visión propia (autopercepción) como desde lo externo (los nicaragüenses nos llaman “los tiquillos”, despectivamente) y el tico devino, cada vez más, especialmente en la época globalizada por el capital transnacionalizado, en un ser ambiguo, aculturado e influenciable por todas las esquinas, convirtiéndose en una categoría cuya “identidad”, para decir lo menos, es porosa, plástica, moldeable. El costarricense puede vivir diez años fuera y regresa ustedeando y voceando sin haber perdido su “acento”, su prosodia; el tico, en cambio, va tres días a España – es un ejemplo – y regresa tuteando y hablando (imitando) tal como los españoles. Y aunque la identidad, o más bien, las identidades – porque no hay un costarricense único ni medio, tampoco un “tico” esencializado – son dinámicas y se transforman constantemente en cosmovisiones, actitudes y estilos de vida cambiantes, tengo para mí que, en general, el costarricense es una persona auténtica y sin poses; el tico una cacatúa. Por eso prefiero lo costarricense, no lo “tico”.
Regreso: la nueva historia considera que ciertamente es posible encontrar, desde la primera mitad del siglo XIX, tanto en documentos oficiales como en crónicas de viajeros y textos periodísticos, una tendencia a caracterizar a los costarricenses como pacíficos. Sin embargo, considera que el acento puesto en la índole pacífica de la sociedad costarricense podría reflejar una particularidad propia, pero también, a la vez, un dispositivo que opera como discurso civilizador cuyo fin era encauzar tanto el descontento social como la competencia por el poder por vías legales e institucionales. (Iván Molina Jiménez, “Paz social e identidad nacional en Costa Rica durante los siglos XIX y XX. Una introducción al problema”, en Istmo, revista de estudios literarios y culturales centroamericanos, n° 11, julio-diciembre 2005, http://collaborations.deninson.edu /istmo/n11/proyectos/paz.html; 05/05/2020). También el deseo implícito de “blanquear” tenía probablemente ese sentido de “igualar” como elemento ideológico para la contención de la protesta social. Por eso, de la mano del historiador estadounidense Howard Zim, podemos afirmar que no puede aceptarse la memoria de los estados como cosa propia; las naciones no son comunidades y nunca lo han sido. La historia de cualquier país, si nos la presentan como tradicionalmente se estila, como la de la gran “familia nacional”, disimula terribles conflictos de intereses (lo más explosivo, lo casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza, sexo, género u orientación sexual.
No debe olvidarse que el estado está constituido por “el pueblo estatal” (Staatsvolk), dentro del cual, según Mao Tse Tung, por citar un dirigente clásico del socialismo histórico no ortodoxo, habría contradicciones socioeconómicas y, por lo tanto, culturales. La nación, en cambio y según el filósofo costarricense Alexander Jiménez, “designaría, en principio, una comunidad de procedencia, lengua, cultura e historia” (El imposible país de los filósofos, Ediciones Perro Azul, 2002: 96). En otras palabras, el ámbito político es el del “pueblo del estado” (de los ciudadanos: la ciudad estado), y el cultural el de la nación. El pueblo del estado es el conjunto de sus ciudadanos, compartan o no la comunidad de procedencia, cultura e historia. Dicho en palabras de Foucault y con ribetes marxistas, deben tenerse muy en cuenta las relaciones de poder históricamente constituidas dentro de una formación discursiva que obedece a determinada formación social. Como plantea Jiménez, las sociedades actuales necesariamente son heterogéneas, plurales, y no debe obviarse la historia en tanto las víctimas sigan presentes en la memoria popular y los victimarios vivos y actuando (1860/1918-19/1948). Discurrimos sobre las luchas que pretenden el reconocimiento y la reivindicación ante la discriminación y la desigualdad, pero también por la soberanía. Por eso hay que acudir a las “imaginaciones generosas” para concebir nuevos espacios de cooperación entre individuos, grupos y pueblos distintos, pero no necesariamente desiguales, lo cual, debe subrayarse, no implica transacción y olvido.
Alexander Jiménez logra desactivar el discurso legitimador de la filosofía institucional costarricense que denomina “nacional étnico metafísico” (o “nacionalismo étnico metafísico”), el cual nos narra una Costa Rica idílica, “blanca”, homogénea, de pobreza igualitaria, con destino democrático, geografía sin excesos y un pasado colonial sin mayores contradicciones, casi “primitiva socialista”. Un país ciertamente imaginario. Se trata entonces de revisar algunas tradiciones narrativas que han construido un discurso nacional ahistórico y alejado de las luchas sociales y culturales, es decir, un discurso que topa con límites fácticos y conceptuales. Debe decirse, sin embargo, que a pesar del aporte que hace Jiménez por descodificar, o desconstruir, las “metáforas nacionales” y sus elementos metafísicos, se percibe en su texto una especie de “mea culpa” puesto que los filósofos hasta ahora no han acudido a la plaza pública, sino que han sido simples “espectadores del naufragio” desde sus aireados gabinetes en la academia y el “pensamiento”. Y, agrego yo, con métodos y sistemas de pensamiento eurocéntricos, es decir, con el pesado lastre de la colonialidad del saber y del poder. El “mea culpa” parecería oportuno siempre y cuando se rectifique y se opte por un pensamiento más apegado a los mercados y paredes de la ciudad, a las calles de polvo y barro del campo; siempre y cuando se busquen las otras metáforas escritas en las paredes de la propiedad privada exigiendo lo imposible con prácticas contraculturales y desmitificadoras: la contracorriente del discurso nacionalista étnico metafísico. Por lo demás, de alguna manera, el discurso de Jiménez descuida el patio trasero histórico, al sospechar, lúcidamente es cierto, de un país imaginario que al final queda desnudo conceptual y políticamente, por lo que, en la actual etapa de globalización bajo esquema neoliberal, podría ser objeto de reelaboración y arbitraje para un nuevo mapa internacional. Dicho de manera más clara: podría ser subsumido por los voraces apetitos transnacionales del imperio y sus nuevas reconfiguraciones geopolíticas. Si el país es imaginario, no existe, y, como no existe, nos lo pueden birlar. Así, la incitación justificaría el contrasentido: lo que no existe no se incauta.
Me tomo la libertad de una nueva digresión: es probable que al filósofo, al académico, al estudioso, al artista, en fin, al intelectual costarricense, le convenga integrarse a la plaza pública para que se empape del realismo fresco y provocador de las culturas populares con sus narraciones hiperbólicas y desinhibidas; para que se alimente con las imágenes de arcilla, madera y cartón piedra, con la música de guitarras, tambores, marimbas, acordeones y chirimías; para que pruebe y saboree bebidas fuertes y se embriague con las carnestolendas del carnaval multicolor o de la feria comunal sin vanidades; para que aprenda a desconstruir y desacralizar los discursos perennes de la superficie y hurgar en la profundidad del sueño y de la poesía; para que se entusiasme con las visiones de pueblos indígenas y mestizos que resisten con renovación cíclica y con el delirio vital para burlar a la muerte con la vida, para agonizar haciendo el amor, procreando nuevos mundos, otras utopías. En fin, para que reconsidere su labor en comunidad, para que re/piense su escenario frente a los otros, esos de la voz extraña y ajena que resisten y sobreviven diariamente en su ciudad y más allá, en los campos, los bosques y montañas, en las costas, en el mar. Los que conformaron una nación imaginada, nunca realizada. Aquéllos de antes, éstos de ahora, los olvidados de siempre. He allí el reto del intelectual periférico contemporáneo, hoy casi programado por la falsa globalidad. Debe subrayarse, eso sí, que duda cabe, que para la investigación, la reflexión, el trabajo teórico y la creación, siempre es importante cierto distanciamiento, así como espacios, tiempos e insumos propicios.
De tal manera que debemos repensarnos desde todas las perspectivas y aristas para comprendernos en la dialéctica del “ellos y nosotros/nosotros y ellos” y tratar de suprimir las ambivalencias para la cohesión del grupo: cerca/lejos; más como yo/menos como yo. Metáforas y percepciones tales como las del idílico “vallecentrismo” que niega o minimiza las periferias del país, o afirmaciones como “los ticos compartimos el mismo destino, nos enriqueceremos o caeremos en la misma desgracia juntos; pero ellos se aprovechan de nuestras calamidades y se resienten por nuestros triunfos”, deben ser superadas definitivamente. O “nosotros nos ayudamos mutuamente mientras ellos aprovechan nuestros fallos”; “nosotros nos entendemos, pensamos y sentimos lo mismo; ellos son extraños, impenetrables, taimados, siniestros, primitivos.” Así es como se fija nuestra seguridad intelectual y emocional y se establecen lealtades, derechos y deberes, pero también crudas exclusiones. Adentro hay un orden conocido y predecible; afuera caos, oscuridad, peligro. Pero, ¿quiénes son ellos? En principio, los de “más allá”, los venidos “del otro lado”, los “raros”, los eternamente sospechosos. Lo sorprendente es que cualquier grupo de “nosotros” necesita de “ellos”, por eso, si no existen se les inventa, ya con tintes de xenofobia, ya con grotescos rasgos de aporofobia. Porque en la etapa neoliberal del capitalismo colonial globalizado hay millones de marginales y condenados: foráneos interiores o desadaptados (“outsiders”, perturbadores, desleales); esos “chivos expiatorios” cuyo nombre se pluraliza y varía delincuencialmente en las discontinuidades de la historia: indios, negros, cholos, chinos o “amarillos”, emigrantes, brujas, hechiceros, agnósticos, locos, ateos, “judíos errantes”, gitanos, putas, drogadictos, espías, anarquistas, comunistas, afeminados, homo(trans)sexuales, “terroristas”… Muchas veces se les considera “agentes de un poder extranjero”, en todo caso antipatriotas, traidores, enemigos del pueblo (rojos o reaccionarios), etc. Aunque, y esto es de suyo interesante y paradójico, siempre hay una gran admiración o fascinación por los “agentes dobles” y por los extranjeros blancos, “cultos”, poderosos, “civilizados”, inversores; es decir, solventes. Por ello muchos costarricenses parecen excusarse ante ciertos extranjeros cuando se les acusa de “excepcionalidad”. Más bien son algunos extranjeros quienes reconocen esas diferencias y bondades: un reconocido escritor salvadoreño ha catalogado al país como el “buen samaritano” de Centroamérica debido a sus expresiones solidarias históricamente constatadas en la recepción de migrantes, por ejemplo. Al contrario, algunos de nuestros intelectuales tratan de suavizar las diferencias, parecen ofrecer disculpas: al guardar el polvo debajo de los muebles se tornan hipercríticos hacia adentro, pero timoratos, mansos, resignados, hacia afuera; así evitan controversias y escándalos con los “hermanos vecinos”. El “tico” es reacio a la polémica, por eso evita a toda costa la posibilidad de que se mal interprete su singularidad aunque defienda grotescamente sus “valores típicos”; por indolencia o ignorancia no es capaz de justificar sus auténticas ventajas comparativas, casi que se avergüenza; su chauvinismo de pacotilla no le permite la contemplación sosegada y objetiva. Por su parte, en una actitud un tanto contradictoria, muchos extranjeros blancos, “civilizados”, “cultos”, sobre todo “intelectuales” – los oscuros, indocumentados y pobres son explotados, tienen bajos salarios y trabajos precarios o desprestigiados, es decir, poco calificados, y, sin saberlo quizás, desplazan mano de obra nativa pues no reparan en la ausencia de garantías sociales, por tanto no pueden organizarse ni protestar – que conviven con nosotros, muchas veces encuentran mayores “oportunidades” profesionales y laborales que los nacionales, e incluso no saben lidiar con cierta “tolerancia”, liviandad o desidia aldeanas, sobrepasándose con críticas ácidas al experimentar cierta licencia e inmunidad. Los inmigrantes de Estados Unidos o de Europa, que vienen en busca de “paz y tranquilidad”, sobre todo los jubilados, no participan de la vida nacional, se aíslan en sus amplias residencias por playas y montes, siguen con sus prácticas socioculturales y de consumo importador, y no se preocupan, siquiera, por aprender el castellano. Los otros inmigrantes, los oscuros, son sus servidores.
Ellos son pues el extraño, el raro, el “extranjero de dentro”, el “interno foráneo”; son quienes nos perturban y nos hacen cerrar filas en situaciones límites. Su mayor característica es la vulnerabilidad, por eso se les asigna un nicho particular en las historias retorcidas y en el inconsciente colectivo. Se crea cierto apartheid metafísico/cultural y virtual que pronto puede adquirir grotescas características en la realidad. El extraño/otro es perturbador porque desacredita o afea lo ética y estéticamente establecido; es un iconoclasta, pero sobre todo un sacrílego. Su mayor ofensa consiste en poner en cuestión casi todo lo que parecía incuestionable; desafía lo normal o la normalidad; desafía las distinciones, las diferencias, los prejuicios y estereotipos de los mitos del “ser nacional” y racional. El extraño o el “extranjero” también pueden convertirse en un “francotirador” (intelectual) que desenmascara, devela y revela mentiras e ideologías, relativiza el pensamiento único. Generalmente el francotirador es un artista, intelectual o escritor; por eso se le silencia “bajándole el piso”, como bien señalaba nuestra vilipendiada Yolanda Oreamuno, es decir, causándole una muerte simbólica. Pero cuando es un extranjero “oscuro”, pobre y en busca de subsistencia (un des/asalariado posmoderno: neoesclavo), entonces se convierte en el sospechoso perenne y en el portador de nuestras desgracias, por tanto, debe suprimírsele puesto que significa peligro y degradación; no existe. Hasta 1992 los indigenas Ngöbe Buglé (castellanizados como “Guaymíes”) que habitan la frontera costarricense/panameña y se desplazan por la zona sur hasta la “zona de los Santos” haciendo labores de recolección y construcción, recibieron cédulas de identidad; hasta entonces se les consideró ciudadanos. No obstante, en Talamanca y en el sur del país ellos, junto a Borucas, Bribris y Cabécares, siguen acosados por finqueros “blancos” que usurpan y roban sus tierras asesinando a dirigentes con total impunidad. Los indígenas, los primeros habitantes de este territorio, nunca han existido para la cosmovisión costarricense blanqueada e intoxicada por la historia oficial. Lo mismo sucede con los centroamericanos, en especial los trabajadores nicaragüenses. En el imaginario de esas fronteras físicas y mentales, el sistema/mundo, integrado por heterarquías de complejas redes en una modernidad colonial, se ha globalizado en nombre de una supuesta posmodernidad donde priva la colonialidad del poder, del saber y del ser, en nombre de supuestos universales localizados en Europa y Estados Unidos, es decir, en Occidente. Así, en nuestros países periféricos se resiente, con sumo dolor, las más de las veces con rabia e impotencia, la extensa y violenta herida colonial.
Sí, Costa Rica es un país nuevo y de inmigrantes, multiétnico y plurilingüístico, que ha logrado diferenciarse en el orbe centroamericano no por razones discursivas metafísicas o raciales, sino por acciones colectivas que potenciaron la consecución de un pacto social que, a su vez, propició la construcción de un singular Estado Social de Derecho. Ello no es óbice para reconocer graves consecuencias en su idiosincracia como lastres nacionalistas y coloniales; tales el racismo, la soberbia democrática e incluso cierta prepotencia criolla teñida de superioridad, sobre todo en las clases medias y en los “nuevos ricos”, debido a mitos y constructos ideológicos ya señalados, pero en especial por el desconocimiento de la historia y cultura propias como efecto del galopante deterioro educativo y sociocultural, así como por la intoxicación ideológica inducida por el discurso único y fundamentalista político, económico y religioso (“La negrita” católica, Virgen de los Ángeles, “patrona nacional”, que no “matrona”, desplazada por el mercado pentecostal) materializado por los medios corporativos de masas y las mal llamadas “redes sociales” con sus secuelas de templos e improvisados predicadores. Las luchas sociales y la vida de miles de costarricenses empujaron reformas y transformaciones para conseguir un país relativamente estable en los últimos setenta años. Hoy, con la contrarreforma neoliberal de las élites corporativas, tanto a nivel nacional como internacional, aquel pacto y el Estado Social de Derecho están en entredicho, mejor dicho, seriamente debilitados. De la ratificación de dicho pacto y de la defensa y profundización de ese estado, dependerá en mucho el que las ventajas comparativas alcanzadas se mantengan o que también ingresemos a la vorágine centro y latinoamericana como un país altamente desigual, asimétrico y condenado por la impagable deuda externa y la expoliación imperial; en otras palabras, un país sumido en la anomia y la violencia estructural. Para ello se impone un cambio radical en las reglas de la conversación, tanto en su forma como, por supuesto, en su contenido. Se precisa de un giro epistémico que propicie un saber fronterizo donde lo europeo/occidental se armonice con los saberes locales, tanto americanos como procedentes de otros continentes hasta ahora periféricos y coloniales: África, Asia, Oceanía. Y, claro está, con nuestra singular y profunda historia en sus principales logros económicos, políticos, científicos y socioculturales, así como los debidos reconocimientos e inclusiones de minorías y periferias, para garantizar una “Tercera República” más solidaria, incluyente, justa y equitativa, con una conciencia ecológica y con una comprensión planetaria de la buena vecindad, por ende, con relaciones internacionales amistosas, tolerantes, cooperativas. Una nueva visión de colonial, fraterna y cósmica desde el centro del continente para un renacimiento americano y pluriversal.
San José, Costa Rica, diciembre 2019/noviembre 2020.
ADRIANO CORRALES ARIAS. Escritor y Profesor Catedrático del Instituto Tecnológico de Costa Rica en el Campus de San José.
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