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León XIV y Trump: poder, legitimidad y conflicto

José A. Amesty Rivera

A propósito de la discusión entre Donald Trump y el Papa León XIV, lo que estamos viendo no es un simple intercambio de declaraciones ni un choque de personalidades. No, esto va mucho más allá, es una pelea política de alto nivel, donde se enfrentan dos formas muy distintas de entender el poder, el mundo y hasta lo que significa la humanidad.

Porque aquí no solo se habla de la guerra con Irán, lo que realmente está sobre la mesa es quién decide cuándo se hace una guerra, cómo se justifica y, sobre todo, quién tiene derecho a hablar en nombre del “ser humano”.

Trump representa una forma de hacer política que podríamos llamar la del garrote, el que tiene más fuerza, impone. Así de simple, presiones, sanciones, amenazas, discursos duros, y nada de esto es improvisado, es un mensaje claro: “yo mando aquí”.

El problema es que este estilo de liderazgo puede imponer miedo, pero no genera estabilidad; y el miedo no dura para siempre, tarde o temprano se convierte en resistencia, lo que parece control, termina en conflicto permanente.

En el caso de Irán, esta presión no ha logrado debilitar al adversario como se esperaba, más bien ha pasado lo contrario, se han endurecido las posiciones, se han reforzado los discursos más radicales y se ha instalado la idea de que el conflicto no es solo político, sino casi de vida o muerte, y cuando un conflicto llega a este punto, ya no es fácil de negociar.

Ahora hay otro tema clave, la legalidad, porque no todo es poder; también hay reglas, y cuando una potencia actúa por fuera de esas reglas, abre una puerta peligrosa.

Las acciones militares de Estados Unidos, justificadas como “preventivas” y basadas en amenazas que no siempre están claras, debilitan el derecho internacional, y si ese sistema se debilita, lo que queda es algo muy básico y peligroso, la ley del más fuerte.

De hecho, muchos analistas señalan que este tipo de guerra preventiva es muy discutible, tanto legal como estratégicamente. No hay pruebas sólidas de una amenaza inmediata que justifique la autodefensa, y eso hace que la intervención sea, como mínimo, polémica y frágil.

Y aquí entra una figura que en teoría no juega este juego del poder, el Papa León XIV. El Papa no tiene ejército, no tiene misiles, no tiene sanciones, pero tiene algo que en momentos de crisis pesa muchísimo, legitimidad política ética.

Y esta tensión entre poder y moral no es nueva. A lo largo de la historia, cuando la autoridad religiosa ha incomodado al poder político, la respuesta muchas veces ha sido la presión, la captura o el intento de control. Basta recordar el periodo del Papado de Aviñón, cuando los papas fueron trasladados a Francia bajo la influencia de la monarquía, en lo que muchos consideran un sometimiento político de la Iglesia.

Siglos después, esa lógica se repitió con Napoleón Bonaparte, quien no dudó en invadir Roma y mantener prisionero a Papa Pío VII, demostrando que incluso la máxima autoridad religiosa podía ser doblegada por el poder militar.

Y aún antes, en plena Edad Media, el conflicto entre Felipe IV de Francia y el Papa Bonifacio VIII, dejó claro hasta dónde podía llegar el choque entre Iglesia y Estado, incluyendo la captura del propio Papa.

Estas referencias no son solo historia; son advertencias. Muestran que cuando el poder político se siente desafiado por una autoridad ética, la tentación de imponer, controlar o silenciar ha sido constante.

Y esta autoridad no es neutral; cuando dice que Dios no bendice ninguna guerra, está desmontando la idea de que la violencia puede ser algo “necesario” o incluso “sagrado”.

Cuando habla del “delirio de omnipotencia”, está apuntando directo a una forma de hacer política basada en imponer, no en dialogar.

Y cuando insiste en que no tiene miedo de decirlo, está marcando una línea clara, la legitimidad ética no se somete al poder político.

En el fondo, este es el choque real, no es solo Trump contra el Papa, es dos formas de ver el orden del mundo.

Por un lado, una visión unilateral, decidir solo, actuar rápido, imponer condiciones. Por el otro, una visión más cercana al diálogo, a los acuerdos, a las reglas compartidas, no es un detalle menor, es una pelea por el modelo de orden internacional.

A esto se suma algo aún más delicado, la mezcla entre religión y política. Porque no es lo mismo decir “esto es por seguridad” que insinuar que una guerra tiene respaldo divino. Cuando se mete a Dios en una decisión militar, se le quita espacio a la crítica y se convierte una decisión política en algo casi intocable.

Esto ha sido muy cuestionado, no solo por el Papa, sino por muchas voces que ven ahí una forma de usar la religión como herramienta política.

Y aquí aparece otra batalla, quién tiene la autoridad para interpretar la fe en el espacio público, qué es “cristiano” y qué no lo es cuando se usa en política.

Mientras tanto, la pelea también está en otro terreno, el de la narrativa mediática. Hoy las guerras no solo se pelean con armas, también se pelean con historias, con discursos, con la forma en que la gente percibe lo que está pasando.

Y Trump domina muy bien este terreno mediático, es directo, emocional, rápido, sabe cómo llamar la atención y cómo convertir todo en espectáculo político.

El Papa, en cambio, juega distinto: su discurso es más lento, más reflexivo, menos explosivo, pero apunta a otra cosa, a valores, principios, ideas de humanidad que van más allá del momento. Y aquí se da un contraste fuerte, el ruido de la fuerza y la velocidad política, frente a la conciencia de los principios y la ética.

Todo esto ocurre además en un mundo que está cambiando; ya no vivimos en el mismo orden de hace 20 años. Las potencias se reacomodan, surgen nuevas alianzas, y la legitimidad no depende solo de la fuerza, sino también de cómo se perciben las cosas.

En este contexto, la guerra con Irán no es solo un conflicto regional, es (como dicen) casi un ensayo del nuevo orden mundial.

Un mundo donde se está decidiendo si la política seguirá basada en la imposición o si todavía habrá espacio para reglas, acuerdos y límites.

Por eso este choque entre Trump y el Papa va mucho más allá de ellos dos. La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria, ¿quién tiene realmente el poder hoy? ¿El que puede destruir o el que puede cuestionar?

Al final, más allá de quién gane esta confrontación puntual, lo que está en juego es algo más grande, la legitimidad del poder en el siglo XXI.

Porque una cosa es ganar una guerra, y otra muy distinta es perder la autoridad moral, y cuando se pierde eso, no queda orden, queda incertidumbre.

Y si lo miramos en conjunto, esto no es solo una disputa entre figuras visibles del poder mundial, es una especie de radiografía del momento histórico que estamos viviendo.

Un tiempo donde se intenta normalizar la guerra como herramienta política, incluso presentarla como algo “inevitable” o “justificado”. Pero no lo es.

Lo que queda claro es esto, el poder que se impone por la fuerza necesita justificarse todo el tiempo, en cambio, el poder que se sostiene en la ética, no necesita armas para hacerse escuchar.

Aquí no hay neutralidad posible, o se acepta una lógica donde el mundo se vuelve un tablero de guerra permanente, o se defiende la idea de que la política tiene límites, de que la vida humana no es un simple cálculo, y de que la paz no es debilidad, sino una decisión política.

Porque cuando se acepta que cualquier amenaza justifica una guerra, lo que se está aceptando en realidad es un mundo sin reglas, sin frenos y sin futuro.

Y frente a esto, la voz que incomoda (la que denuncia, la que cuestiona, la que no se calla), deja de ser solo una opinión, se convierte en una necesidad.

La verdadera batalla no es solo entre Irán, Trump o el Papa, es una batalla por el sentido mismo de la humanidad, y en esta batalla, quedarse callado también es tomar partido.

Trump le declara la guerra al Papa: Liderazgo autoritario y amenaza civilizatoria

Abelardo Morales Gamboa (*)

Más que un conflicto político o ideológico, está en juego una disputa ética: entre una concepción del poder que se impone por la fuerza y otra que, desde el evangelio, llama a no ponerse del lado de quien empuña injustamente las espadas.

Al inicio de la Pascua, Donald Trump lanzó la siguiente amenaza a través de un tuit: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver más”. La reacción del Papa León XIV no fue política, sino profundamente ética: no solo cuestionó la guerra en Irán, sino también la instrumentalización del mensaje cristiano. Sus “ofensivas” palabras fueron: “¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! ¡La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida!

Lo que siguió por parte de Trump —ataques personales, descalificaciones, despliegue mediático— forma parte del repertorio habitual del poder autoritario. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es este gesto en sí, sino el hecho de que este tipo de liderazgos no solo se ha vuelto una moda, sino que seduce, incluso cuando contradice abiertamente los fundamentos éticos que dice defender.

Conviene aclararlo desde el inicio: no estamos ante un conflicto entre religión y política, ni entre fe e ideología. La tensión es más profunda, remite a los límites morales del poder. Por un lado, una concepción que justifica la fuerza, la amenaza y la dominación como herramientas de conducción; por otro, una tradición —la del evangelio— que insiste, de forma incómoda para las cúpulas, en no alinearse con la violencia injusta, en no sacralizar el poder y en no convertir la fe en instrumento de dominación. Dicho de forma menos solemne, el problema no es la religión en la política, sino cuando la política decide usar a Dios como coartada.

La forma más mediática es la del liderazgo autoritario. El caso particular de Trump no forma parte del repertorio de figuras particularmente sofisticadas. Más bien lo contrario: estilos toscos, gestos excesivos, una relación bastante elástica con la verdad… y, aun así, ahí están, acumulando adhesiones. No es un fenómeno nuevo. Desde Julio César hasta Napoleón Bonaparte, pasando por Adolf Hitler o Benito Mussolini, la historia muestra que estos liderazgos no son anomalías, sino patrones recurrentes. Hoy cambian los formatos —más redes sociales, menos balcones—, pero la lógica permanece. La pregunta, entonces, no es por qué existen, sino por qué encuentran terreno fértil. Estas son improvisadas respuestas desde las ciencias sociales, no desde la religión.

Una de ellas está en el vaciamiento de las instituciones. Durante mucho tiempo, prometieron orden, justicia y previsibilidad; hoy, en muchos contextos, esa promesa suena lejana. Las reglas dejan de percibirse como comunes y pasan a verse como herramientas capturadas por élites, mientras el poder no desaparece, sino que se dispersa, se informaliza y se vuelve opaco. En medio de esa fragmentación, emerge una nostalgia peligrosa por el orden pero sin consenso, mediaciones o legitimidad. Pero las instituciones no se sostienen solas: requieren confianza, y ese es, quizás, el recurso más escaso de nuestro tiempo.

No solo se desconfía del Estado, de los partidos o de las élites; también se erosionan los vínculos cotidianos, la comunidad, la familia, lo cercano. La fe misma —en algunos casos— se convierte en mercancía. El resultado no es una sociedad más libre, sino más vulnerable. No vivimos exactamente en la era del individuo autónomo, sino en una época de incertidumbre estructural: miedo difuso, ansiedad persistente, sensación de intemperie. El individuo deja de confiar incluso en sí mismo y busca, en su lugar, un referente externo que le devuelva una mínima certeza. Y en ese clima, el liderazgo autoritario encuentra su oportunidad: no ofreciendo soluciones complejas, sino certezas simples, una especie de placebo político que, cuando se mezcla con la fe, resulta eficaz … hasta que deja de serlo.

A esto se suma la fragmentación de lo social. La sociedad ya no funciona como un espacio integrado, sino como un conjunto de islas que apenas se conectan: archipiélagos humanos que comparten territorio, pero no experiencias, lenguajes ni horizontes. Es coexistencia sin integración. En ese paisaje, el individuo queda desprotegido: se cree “libre”, pero carece de soportes reales, y en ese vacío quienes logran articular redes de control —económicas, tecnológicas, políticas, de obediencia— adquieren una ventaja decisiva. No es casual que algunos hablen de nuevas formas de feudalismo; más allá de la etiqueta, la intuición es clara: resurgen relaciones de dependencia allí donde se debilitan las mediaciones institucionales.

En este contexto, el liderazgo deja de ser una función y se convierte en un atajo. No es solo que el líder captura las instituciones; es que, en cierto modo, las reemplaza simbólicamente. El Estado se vuelve rostro, gesto, tuit, presencia constante. La complejidad cede ante la narrativa personal. Max Weber hablaría de autoridad carismática, aunque hoy se trata, muchas veces, de un carisma fabricado, optimizado para circular en entornos donde la emoción desplaza al argumento. El líder simplifica, traduce conflictos estructurales en antagonismos; su mayor mérito si es que tienen alguno otro, es ser maestros de la confrontación y en aparentar una relación directa con “la gente”, saltándose cualquier mediación. El resultado no es solo concentración de poder, sino su simplificación extrema.

Cuando estos liderazgos se consolidan, no solo gobiernan; reconfiguran las condiciones mismas de la vida social. Debilitan la autonomía, erosionan lo común y normalizan la lógica de la confrontación. Por eso, la amenaza no es únicamente política, sino civilizatoria: no porque estemos ante un colapso inmediato, sino porque se deterioran lentamente los fundamentos éticos que hacen posible la convivencia.

Llegados a este punto, conviene evitar tanto el alarmismo fácil como el cinismo resignado. La propuesta que emerge desde la voz del Papa León XIV no es una consigna religiosa, sino una orientación ética: no ponerse del lado de quien empuña injustamente las espadas, no caer en la idolatría de “uno mismo y del dinero”. Eso implica algo más exigente que tomar partido inmediato; implica reconstruir criterios, revisar caminos y reencarnar en la historia la fe y la esperanza. Supone reconstituir instituciones que no solo existan, sino que sean legítimas; reconstruir la confianza desde lo cotidiano; recuperar la dimensión ética de la vida pública; y, sobre todo, desacralizar el poder, recordando que ninguna figura, por carismática que sea, puede sustituir la responsabilidad colectiva.

Tal vez lo más incómodo sea reconocer que estos liderazgos no vienen de fuera. Son, en parte, el reflejo de nuestras propias fracturas. De un sistema económico y de hegemonías en declinación. Por eso, enfrentarlos no consiste únicamente en denunciarlos, sino en transformar las condiciones que los hacen posibles. Es un camino más lento, menos espectacular y bastante menos rentable en términos de visibilidad, pero también el único que no reproduce el mismo problema que pretende resolver.

No se puede reducir esta coyuntura a un mero antagonismo entre poder religioso y poder político. Por suerte, la llama del fuego pascual, para plantearlo en términos cristianos, significa el paso de la muerte a la vida y promete disipar la oscuridad del momento presente, de la guerra y del sufrimiento. Se trata sin reservas de una confrontación entre formas distintas de mirar hacia adelante. La amenaza de la destrucción o la promesa de la vida: Bienaventurados los pacificadores, ha rezado el Papa.

Si algo deja claro este momento histórico es que la disputa de fondo no es solo por el poder, sino por su sentido. Y ahí, paradójicamente, hay una posibilidad: cuando el poder se muestra en su forma más desnuda, también se vuelve más evidente la necesidad de límites, de ética y de comunidad. Tal vez no estemos solo ante una crisis, sino —todavía— ante la oportunidad de una reconstrucción moral de la vida colectiva. Para eso se necesita confianza, sentido moral y voluntad de transformación.

Aquí vale recordar a San Oscar Arnulfo Romero de América: La resurrección de Cristo es la esperanza de que la injusticia no tendrá la última palabra.

(*) Sociólogo, comunicador social y analista internacional. Se ha empleado la herramienta de IA para la revisión formal del texto. Todas las ideas son originales del autor y están basadas en la revisión de fuentes acreditadas.

Conferencia Episcopal llama a la paz y respalda mensaje del Papa León XIV

La Conferencia Episcopal de Costa Rica emitió un pronunciamiento público en el que expresa su respaldo al Papa León XIV y manifiesta preocupación por el contexto internacional actual, reiterando el llamado a la paz, la justicia y la fraternidad entre los pueblos.

Transcripción del texto de la Conferencia Episcopal de Costa Rica:

La Conferencia Episcopal de Costa Rica
A la Opinión Pública

Los obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica manifestamos nuestra plena comunión con el Santo Padre, el Papa León XIV y lamentamos con profunda preocupación las declaraciones dirigidas en su contra por parte del Presidente de los Estados Unidos de América Donald J. Trump, en las últimas horas.

Tal y como él mismo lo dijo a los periodistas durante el vuelo hacia Argelia, su servicio no responde a intereses políticos, sino a la proclamación del Evangelio, así como a la búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos.

El Sucesor de Pedro, con toda la Iglesia, está llamado a servir a Dios, a la verdad y a la paz. En su insistencia vehemente por la paz no hay más interés que la justicia y el amor, especialmente hacia los miles de inocentes que siguen siendo las grandes víctimas en las guerras abiertas actualmente en el mundo.

Como enseña el magisterio de la Iglesia y han reiterado los pontífices a lo largo de la historia, la guerra, toda guerra, es siempre una derrota para la humanidad porque conlleva la destrucción de la fraternidad humana.

Unidos de nuestro corazón al Santo Padre, que recién el pasado sábado 11 de abril en la Vigilia por la Paz nos recordaba que “la verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida”, elevamos a Dios nuestra plegaria por la reconciliación de la familia humana:

“La guerra divide, la esperanza une, la prepotencia pisotea, el amor levanta, la idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. ‘Nada puede atarnos a un destino que ya está escrito’. ‘¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!’”. (Papa León XIV)

San José, lunes 13 de abril, 2026

Obispos de Costa Rica

El Mandato 2026: entre la confianza prestada y la vigilancia democrática

Por JoseSo (José Solano-Saborío)

A solo unos días de asumir: La conformación de la nueva Asamblea Legislativa para el periodo 2026-2030 no es solo un reparto de curules; es un mensaje cifrado del electorado costarricense que los partidos deben aprender a leer antes de que se agote la tinta del periodo constitucional. El votante ha hablado y, en su sabiduría, ha diseñado un contrapeso que obliga a la madurez política.

Al PPSO: El espejismo de la omnipotencia

El oficialismo celebra un espaldarazo contundente con el 48% obtenido por Laura Fernández para la Presidencia. No obstante, el diablo está en los detalles: ese 43% en la papeleta legislativa —un quiebre de voto de 5 puntos— les otorga 31 diputados. Es una mayoría simple holgada, pero no los 38 votos necesarios para una reforma constitucional o el control total pretendido por el chavismo.

¿La lectura? El costarricense le otorgó el beneficio de la duda al PPSO, quitándole la excusa de la “falta de herramientas” que usaron durante el cuatrienio anterior para justificar la carencia de resultados en seguridad, educación y soberanía alimentaria. Sin embargo, el electorado le puso un freno de mano consciente: se les da el poder para ejecutar, pero no para desmantelar la Constitución. Se acabó el tiempo de la inercia; ahora les toca gobernar con sello propio.

PLN: El factor Ramos vs. El estigma partidario

El 34% presidencial y el 22% legislativo dejan claro que el resultado no es un perdón a la marca “Liberación”, sino un reconocimiento al liderazgo de Álvaro Ramos. El mensaje es lapidario: o el partido termina de soltar los apellidos tradicionales y se abraza definitivamente a la renovación, o el rechazo histórico terminará por sepultarlos. Deben legislar entendiendo que son una fuerza de contención gracias a sus figuras frescas, no a sus viejas estructuras.

Frente Amplio: La madurez de la oposición

El FA debe interpretar correctamente su rol. Costa Rica los valida como una oposición constante y congruente, pero no como opción de gobierno. El reto será moderar su purismo ideológico y ese sectarismo que les impide construir mayorías. Si logran transitar hacia un pragmatismo estratégico sin vender sus principios, podrán ser el eje de las alianzas amplias que el país demanda.

PCAC (PAC y ADN): Cicatrices y nuevas oportunidades

El regreso del PAC y la irrupción de ADN marcan un voto de “segunda oportunidad”. Para el PAC, la herida sigue abierta: su dualidad entre el progresismo social y el neoliberalismo económico, sumado a la traición a su postulado anticorrupción, les sigue cobrando factura. El electorado les permite volver, pero bajo una lupa de sospecha permanente.

PUSC: Crónica de una desaparición anunciada

Convertirse en una fracción “unipersonal” es el castigo natural al oportunismo. El PUSC perdió su identidad al mimetizarse con el oficialismo. Hoy están en cuidados intensivos: o recuperan su esencia socialcristiana, o la historia los archivará en el cajón de los partidos extintos.

El fin de los “partidos taxi” y el personalismo

Para el resto de los actores políticos que quedaron fuera, la lección es brutal pero necesaria: el multipartidismo atomizado y los partidos taxi ya no son opción. El electorado ha dejado de comprar aspiraciones individuales vestidas de proyectos políticos. La gente exige estructuras con peso real y resultados tangibles, rechazando la fragmentación que solo servía para alimentar egos o asegurar dietas.

Lecciones para el cuatrienio

El eescenario está listo, les toca ahora a los actores aprovecharlo. Al oficialismo le corresponde dejar de repartir culpas y empezar a entregar resultados; ya no hay bloqueos legislativos que valgan como excusa. A la oposición, le toca la responsabilidad de ser constructiva, pero, sobre todo, vigilante.

El mandato ciudadano es claro: Costa Rica quiere eficiencia, pero jamás a costa de la institucionalidad democrática ni del Estado Social de Derecho. Los próximos cuatro años determinarán si nuestra clase política entendió que el poder es una herramienta de servicio, no un cheque en blanco.

Voz Profética contra la Guerra

Iglesia Metodista Wesleyana Costarricense

Bienaventurados los pacificadores,
porque ellos serán llamados hijos de Dios
”.

Mateo. 5:9

Acabamos de concluir la Semana Santa, cuyos días fueron marcados por el sacrificio redentor de Jesucristo y la esperanza viva de la Resurrección, levantamos nuestra voz como Iglesia que discierne los tiempos, no para acomodarse a ellos, sino para confrontarlos a la luz del Evangelio.

Hemos sido testigos de un clamor profético que resuena desde Roma, en la voz del Papa León XIV, quien ha declarado con valentía que Dios no escucha las oraciones que nacen de manos manchadas de violencia. Esta palabra, además de ser un gesto político, es un llamado urgente a la coherencia evangélica. Es la denuncia de una fe que busca sacar provecho para justificar la guerra, una fe que ha olvidado la cruz y ha preferido el poder.

Como Iglesia heredera de la tradición Wesleyana, afirmamos con claridad que, no hay santidad sin justicia, no hay piedad sin misericordia, y no hay verdadera fe donde se bendice la violencia.

Nos preocupa profundamente la creciente tendencia de utilizar el nombre de Dios para legitimar acciones bélicas, discursos de odio y estrategias de dominación. Nos duele ver cómo se pretende vestir de espiritualidad, lo que en esencia es negación del mandamiento supremo del amor. La fe no puede ser combustible para la maquinaria de guerra. El Evangelio no es propaganda de ningún imperio.

Por ello, extendemos esta Carta Pastoral y Profetica, como un acto de comunión y también de interpelación:

Al Papa León XIV:

Reciba nuestra solidaridad y apoyo en su firme testimonio a favor de la paz. Oramos para que el Espíritu Santo continúe guiando su voz profética en medio de presiones políticas y tensiones globales. Que su llamado a abandonar las armas no sea silenciado, sino amplificado por todos los que creemos en el Reino de Dios.

A las Autoridades de las Naciones:

Les exhortamos a recordar que el poder no es licencia para destruir, sino una responsabilidad para proteger la vida. Ninguna estrategia de seguridad, puede justificar la pérdida de la dignidad humana y la historia juzgará con severidad a quienes, pudiendo elegir la paz, optaron por la violencia.

A Todas las Confesiones Religiosas:

Este no es tiempo de silencio ni de neutralidad cómoda. Es tiempo de unidad en lo esencial, la defensa de la vida, la denuncia de la injusticia y la proclamación de la paz. Más allá de nuestras diferencias doctrinales, nos une un llamado superior, ser luz en medio de la oscuridad. Convocamos a iglesias, comunidades de fe y líderes espirituales a levantar una sola voz contra la guerra y la indiferencia.

Al Pueblo de Dios:

No podemos ignorar el llamado a la conversión integral. Como bien se ha dicho, la mayor amenaza no es solo la guerra, sino la indiferencia. Cada acto de egoísmo, cada palabra que hiere, cada silencio ante la injusticia, nos hace cómplices de un mundo que se aleja del amor. El tiempo Pascual nos confronta ¿vivimos como resucitados o como espectadores pasivos del dolor ajeno?

Hermanas y Hermanos, el Evangelio no nos permite ser indiferentes. La cruz no es un símbolo decorativo, es un llamado radical a amar incluso en medio del conflicto. Y la resurrección no es una idea abstracta, es una fuerza viva que nos impulsa a transformar la realidad.

Hoy más que nunca, reafirmamos que el mal no tiene la última palabra, pero tampoco será vencido sin nuestra participación activa en el amor.

Que el Espíritu nos despierte. Que la Iglesia se levante. Que la humanidad escuche.

Y que el Dios de la Vida nos encuentre no orando por la guerra, sino trabajando incansablemente por la paz.

“¡Clama a voz en cuello,
no te detengas!
Alza tu voz como trompeta…

Isaías. 58:1

De William Walker, horda del hegemón y sistema capitalista, a un gobierno dirigido por un pedófilo: La esencia del destino manifiesto no cambia

Trino Barrantes Araya

El gringo de ojos celestes, abogado, periodista, médico y esencialmente un hijo predilecto de imperialismo, pisó tierras de nuestra hermana República de Nicaragua en el año de 1855. Su esquema era sencillo, dominar, por la vía militar y crear un nuevo estado. Su lema se sintetiza en un gran objetivo: “Five or None”.

Hoy el “pedófilo de la Casa Blanca”, amplía el yugo a site naciones más, bajo un adefesio político-militar llamado “Escudo de la Américas”. La frase de John Q. Adams, pronunciada en 1803, adquiere plena vigencia. Porque la Doctrina Monroe, sigue festinando con los cipayos y los lacayos de nuestro continente:

El mundo tiene que acostumbrarse a la idea de que el continente norteamericano es nuestro dominio”.

El primero soñaba con dominar a su antojo la “Vía del Tránsito”, el actual en someter la soberanía de nuestros Estados y apropiarse del petróleo, del litio, de las tierras raras, del agua, del oro. Sí, bajo el ideal de Cristóbal Colón, el oro sigue teniendo validez, ayer en la conquista y la colonización, hoy en el nuevo proyecto neocolonial-neonazifascista.

Nos siguen cambiando cuentas y vidrios, por autodeterminación, independencia y soberanía. Aquel sueño imperial del “Estrecho Dudoso”.

Durante los primeros meses del año 1855, la pasividad de nuestros hermanos nicaragüenses fue pasmosa. Bajo tales circunstancias Walker pensó que la nacionalidad era solo una cuestión decorativa. Solamente se habían recorrido siete quinquenios de haber declarado la independencia de España y el nuevo amo del norte, encontraba una tierra fértil para sus perversos intereses.

Tal vez sea por esa razón que, en la proclama dictada en San José el 20 de noviembre de 1855, JUANITO MORA (Juan Rafael Mora Porras), de manera transparente se refirió contra los imperialistas gringos, de la siguiente forma:

“Una gavilla de advenedizos, escoria de todos los pueblos, condenados por la justicia de la Unión Americana, no encontrando ya donde hoy están con que saciar su voracidad, proyectan invadir a Costa Rica para buscar en nuestras esposas e hijas, en nuestras casas y haciendas, goces a sus feroces pasiones, alimento a su desenfrenada codicia”.

Las mismas mentiras que se tejen hoy en las narrativas del hegemón, son parte del discurso de agente del Destino Manifiesto. Cuando hipócritamente le escribe a nuestro prócer y arquitecto de la Segunda Independencia, descarada y falsamente le dice a Juanito Mora que sus intenciones respecto a las repúblicas centroamericanas son para “mantener el orden y el gobierno”. Se reclama en la cartografía imperialista la “ilusión de construir y fortalecer la democracia y fijar las bases del desarrollo”; no importa el número de víctimas, la ruptura del orden constitucional y gobierno”. Todo sea por la “pax imperial”.

Mora fue un adelantado de la época, porque a esta sucia maniobra imperialista, en su proclama del 28 de febrero dejaba claramente su sentido y vocación nacionalista. Señala que está próximamente amenazada la independencia de esta República y la de las otras de Centro América, de tal suerte que, la más apremiante necesidad no solamente es defender los derechos patrios, sino arrojar de Nicaragua al enemigo común”.

Déjennos aquí, hacer un parangón con la guerra genocida del sionismo contra Gaza y la aventura fracasada de la guerra sionista-gringa contra el pueblo de Irán. Cercanos a la Batalla de Rivas del 11 de abril, de la manera más visionaria proclamó don Juan Rafael Mora Porras lo siguiente: Todos los filibusteros, de cualquier nacionalidad a que pertenezcan, que sean aprehendidos con las armas en la mano, sufrirán el rigor de la ley siendo fusilados”.

Las batallas, la del 20 de marzo de 1856 y la que se conoce con el nombre de Batalla de Rivas, el 11 de abril de ese mismo año, conocidas históricamente como la “Campaña Nacional”, forman parte del resultado del conflicto militar entre las fuerzas del ejército de Costa Rica, dirigidas por Juanito Mora, y como contraparte el ejército filibustero estadounidense conducido por William Walker.

Nuestra historia fue muy noble con los costarricenses. Hay dos grandes batallas que deciden el curso de nuestra soberanía y la primera derrota, de un país pequeño contra el imperialismo yanqui. La Batalla del 11 de abril, que dio lugar al triunfo de la toma del Tránsito y la Batalla del 11 de abril de Rivas.

La postura moral, combativa, decente y en función de la defensa de la soberanía de Juan Rafael Mora Porras, dista años de moral y decencia ante la forma servil en la que el actual mandatario dobla las rodillas ante el hegemón, rindiendo así culto a un pedófilo citado miles de veces en los archivos Epstein y animador vulgar del genocidio en Gaza.

“Comunista”

Por Juan Carlos Cruz Barrientos

Cuando el poder deja de convencer, empieza a etiquetar. Y en ese gesto, convierte palabras en armas y el lenguaje en campo de batalla.

En la política contemporánea, figuras como Donald Trump, Javier Milei y Rodrigo Chaves han convertido términos como “comunista”, “zurdo” o “izquierdista” en instrumentos de combate. No son categorías analíticas ni definiciones ideológicas rigurosas: son etiquetas diseñadas para simplificar, estigmatizar y deslegitimar al adversario.

La historia demuestra que este recurso no es nuevo ni inocente. El señalamiento de “comunista” ha servido como antesala de la violencia. Los ejemplos abundan, pero aquí hay algunos: Maximiliano Hernández Martínez lo utilizó para justificar la masacre de más de 30 mil indígenas en 1932; Adolf Hitler lo integró en su cruzada anticomunista durante la Segunda Guerra Mundial; Augusto Pinochet lo convirtió en argumento para la represión, la desaparición y el asesinato sistemático, como también ocurrió con las dictaduras argentinas tras el golpe de 1976.

Hoy, en pleno siglo XXI, el término “comunista” funciona como un significante vacío. Puede designar a un sindicalista, a un senador demócrata estadounidense, a una feminista, a un ambientalista o a una lideresa indígena. Su función no es describir, sino despojar de legitimidad cualquier crítica que incomode.

Nombrar al adversario como “comunista” no explica lo que es: define cómo debe ser tratado.

Algo similar ocurre con la etiqueta de “terrorista”. Su uso indiscriminado deshumaniza y simplifica. Una vez aplicada, borra matices y convierte demandas de soberanía, autodeterminación o justicia en amenazas contra la seguridad, la paz, la nación. Así, la violencia pasar dominio exclusivo de los adversarios, combatirles no es cuestionado, es más bien un imperativo, una necesidad.

Lejos de ser un simple exceso retórico, este tipo de lenguaje forma parte de una disputa más profunda. Como advertía Antonio Gramsci, el poder no se sostiene solo por la fuerza, sino por su capacidad de construir sentido común: esa trama de ideas y percepciones que hace que el mundo parezca “natural” e incuestionable.

En ese terreno, el lenguaje es decisivo. Durante décadas, instituciones educativas, religiosas y mediáticas han contribuido a fijar asociaciones automáticas: “comunista” como amenaza, “terrorista” como enemigo absoluto. El resultado es una reacción casi refleja: la etiqueta sustituye al análisis.

Cuando la etiqueta reemplaza al argumento, la democracia empieza a vaciarse.

En contextos de crisis o de disputa política intensa, este mecanismo se vuelve más visible. Cuando el consenso se resquebraja, se intensifica la lucha por el sentido. Es allí donde estas etiquetas operan como herramientas en una verdadera “guerra de posiciones”: una confrontación menos visible que la fuerza directa, pero decisiva en la construcción de legitimidad. Etiquetar en ese contexto, es fijar fronteras. No solo se define quién tiene razón, sino quién merece ser escuchado… y quién no. Y más aún, quién merece ser destruido sin que medie ninguna otra explicación.

El uso sistemático de epítetos como estos revela, en última instancia, una fragilidad. Cuando un proyecto político necesita recurrir a la estigmatización constante, lo que evidencia es su dificultad para sostenerse en la argumentación y en la persuasión. En lugar de convencer, busca alinear; en lugar de debatir, intenta clausurar.

La disputa por el lenguaje no es secundaria. Es parte del conflicto político central. Porque allí donde etiquetar sustituye al debate, lo que está en juego no es solo una palabra, sino la capacidad de una sociedad para pensarse a sí misma, deliberar y decidir en libertad.

De la Batalla de Santa Rosa a la Batalla de Rivas contra los filibusteros en Costa Rica y en Nicaragua. Algunas notas sobre la Primera Campaña

Vladimir de la Cruz

Celebramos este año, el 170 aniversario de la Gloriosa Gesta de 1856-1857, breve período histórico que se caracterizó, y generalmente así se recuerda, como los meses comprendidos entre el 20 de marzo de 1856, con el triunfo de la Batalla de Santa Rosa, sobre los filibusteros que habían ingresado al territorio nacional, y el 1º de mayo de 1857, cuando el jefe filibustero William Walker se rindió y salió de Centroamérica.

De manera más precisa, ese escenario histórico se comprende desde 1855, cuando se invita el 9 de abril, a William Walker, quien se hacía llamar expresidente de Sonora, para que llegue a Nicaragua a sumarse a las fuerzas políticas del Ejército Democrático, en su lucha interna contra el Ejército Legitimista, en ese país, hasta el mes de setiembre de 1860, cuando el 12 de setiembre fusilaron, en Honduras, a William Walker, luego de su último intento de regresar a Centroamérica, y el 30 de setiembre de 1860, fusilan al Presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora Porras y, el 2 de octubre de 1860, también fue fusilado el General José María Cañas.

La lucha entre liberales y conservadores en Nicaragua era intensa desde 1853. Walker llegó a Nicaragua desde San Francisco de California, de Estados Unidos, el 4 de mayo, al puerto El Realejo, donde fue recibido por los delegados del Ejército Democrático, que se enfrentaba al Ejército Legitimista jefeado por el General Ponciano Corral. Se le había ofrecido la posibilidad de impulsar una colonización. Walker llegó con su grupo de mercenarios bajo el nombre de la Falanje Americana. Walker en Nicaragua tuvo sus enfrentamientos y se produjo en Rivas un intento de quemarle el edificio donde estaba fortificado. En ese intento murió el 29 de junio de 1855 el joven Manuel Mongalo, un héroe nicaragüense similar a nuestro Juan Santamaría.

El presidente Mora, enterado de las andanzas filibusteras y mercenarias de Walker en Estados Unidos y México, previó el peligro de su llegada y estadía en Nicaragua en 1855.

El 20 de noviembre de 1855 el presidente Mora hace su Primera Proclama al pueblo costarricense advirtiendo del peligro que se cernía y llamando a prepararse para ir a combatir contra Walker. A su llamado se sumó, el 22 de noviembre, el Obispo Anselmo Llorente y La Fuente, advirtiendo también el peligro y amenaza que significaba Walker contra la religión católica.

A principios de 1856 Walker comisiona a su lugarteniente Schlesinger a venir a Costa Rica para “invitarnos” a formar parte de su proyecto anexionista y esclavista El presidente Mora da órdenes que no lo dejen desembarcar en Caldera ni en Puntarenas. Expulsado que fue enfureció a Walker quien pocos días después ordenó a Schlesinger que regresara a Costa Rica para tomarla a la fuerza. Así, la tropa filibustera se preparó para ingresar al territorio nacional en marzo de 1856.

El 1º de marzo, el presidente Mora, con apoyo del Congreso se prepara para marchar a Nicaragua, para luchar allá contra Walker y liberar a Nicaragua de la opresión que él les significaba. Ese 1º de marzo el presidente Mora lanza su Proclama de salida hacia la lucha contra los filibusteros.

El 3 de marzo, el Obispo Anselmo Llorente y La Fuente se dirige a las tropas combatientes, fortaleciéndoles espiritualmente su ánimo para ir a combatir, siendo acompañados por un grupo de sacerdotes bajo el mando del Presbítero Francisco Calvo, Capellán del Ejército en esa lucha contra los filibusteros.

El 4 de marzo el ejército duerme en Río Grande siguiendo la marcha por San Mateo.

El 7 de marzo el presidente Mora se incorpora a la marcha con el Ejército, asumiendo la Jefatura del Ejército y dejando en la Presidencia al vicepresidente Francisco María Oreamuno.

El 10 de marzo la tropa ya estaba en Puntarenas. La marcha seguiría por tierra, por el Golfo adentrándose por el río Tempisque hasta sus afluentes Bebedero y Bolsón, para desde allí llegar a Liberia, y tratando de darle vuelta a la Península para de esa forma llegar a Liberia.

El 11 de marzo el Ejército Expedicionario llega a Bagaces, donde los Generales José Joaquín Mora Porras y José María Cañas Escamilla desarrollan los planes de las operaciones militares a ejecutar.

El 12 de marzo el presidente Mora llega a Puntarenas acompañado de su Estado Mayor, mientras el Ejército Expedicionario llega a Liberia.

El 18 de marzo se recibe la noticia de que los filibusteros estaban en el territorio nacional, que habían pasado Sapoa, encontrándose en la Hacienda Santa Rosa, que era bien conocida por los costarricenses.

El 19 de marzo se partió hacia la Hacienda Santa Rosa. A las 4 de la tarde del 20 de marzo, se logró enfrentar a los filibusteros, en un combate que no pasó de los 10 minutos. A los 14 minutos de iniciado el combate se estaba redactando el Parte del triunfo sobre los filibusteros, que salieron huyendo. En la Batalla de Santa Rosa, fallecieron los Capitanes José María Gutiérrez y Manuel Quirós; los tenientes Justos Castro, Manuel Rojas y doce soldados.

La Batalla de Santa Rosa elevó la moral combatiente del Ejército Expedicionario e infligió una profunda derrota moral en los filibusteros. Hubo filibusteros capturados que fueron sometidos el 23 de marzo a un Consejo de Guerra, en Liberia, que dispuso fusilarlos, lo que se realizó el 25 de marzo.

El 24 de marzo el presidente en ejercicio, Francisco María Oreamuno se dirige con una proclama al pueblo informando el triunfo militar en Santa Rosa.

El presidente Mora dispuso, perseguir por todo el territorio nacional a los filibusteros, mientras avanzaba hacia Nicaragua.

El 29 de marzo el presidente Mora hace su Proclama dirigida a los nicaragüenses, indicándoles que va a ingresar a su país para liberarlos de la horda filibustera que los oprime y domina, indicándoles también que el ingreso de la tropa costarricense no es para ir a adueñarse de nada en Nicaragua, al mismo tiempo que los invita a participar en esta lucha.

El 31 de marzo la tropa está en Sapoa, ingresando a Nicaragua. El 4 de abril el Ejército se encuentra en marcha sobre la ciudad de Rivas. El 5 de marzo se llega a Peña Blanca, en Nicaragua, muy cerca del camino que se conocía como La Vía de la Compañía del Tránsito, empresa encargada de movilizar casi 1000 estadounidenses mensualmente desde la costa Atlántica a la costa Pacífica, de los Estados Unidos.

El 6 de abril el presidente Mora ya se encuentra en Santa Clara, en Nicaragua, listos para instalarse el 7 de abril, en Rivas, donde se acuartela. Allí recibió apoyo de ciudadanos Comisionados de Rivas. El 7 de abril dispuso el presidente Mora que dos Divisiones del Ejército tomaran por sorpresa San Juan del Sur y la Virgen, sitios que eran parte de la ruta de la Compañía del Tránsito. En La Virgen hubo un pequeño enfrentamiento con los filibusteros que tuvieron seis bajas y cinco heridos.

El 8 de abril el Ejército Expedicionario entra a Rivas, habiendo dado la vuelta por la Bahía de la Virgen, siendo recibidos con gran apoyo por la población. Inmediatamente se dirige a las Municipalidades de Rivas, Masaya, Granada, Matagalpa, Managua, León y Chinandega, para que le informen de la situación que tienen.

El 10 de abril el Ejército ocupa tres sitios claves, La Virgen, San Juan del Sur y Rivas. El presidente Mora ordena que se impida y se corte la navegación en el Río San Juan, tarea que se le encomienda al coronel Rafael Escalante.

A las 8 de la mañana los filibusteros se hicieron presentes en el Puerto del Estero del Sardinal, en San Carlos, desde donde habían querido ingresar los filibusteros al territorio nacional. Allí se produjo una ligera Batalla, la de Sardinal, el 10 de abril, donde resultaron heridos el General Florentino Alfaro y nueve soldados, y los filibusteros tuvieron cuatro muertos en tierra y muchos en el río. Allí fue tomado un vapor de Walker.

La Batalla de Sardinal, ese 10 de abril se sumó en elevar el espíritu de combate de la tropa nacional y, de la misma manera, produjo un desánimo en la tropa filibustera, y el propio Walker.

El 11 de abril, a las 8 de la mañana, Walker se lanzó a dominar la plaza de Rivas y a atacar el Cuartel General donde estaba el presidente Mora, desarrollándose un combate encarnizado que duró hasta horas de la noche. A Rivas fueron llegando los combatientes de Sardinal y de las tropas que se tenían explorando los terrenos aledaños. Las tropas de ambos ejércitos se acuartelaban en casas de la población.

En la Batalla de Rivas cayeron combatiendo valientes militares, el General José Manuel Quirós; el Mayor Francisco Corral; los Capitanes Carlos Alvarado, Miguel Granados, Vicente Valverde y más de 110 soldados. Los filibusteros perdieron 200 hombres, contando los que capturaron y fusilaron.

En esta Batalla, Walker se había acuartelado en la casa llamada Mesón de Rivas. Ese Mesón se intentó quemar para lo que se ofrecieron el oficial Luis Pacheco Bertora, que cayó herido, el soldado Rosales, de origen nicaragüense que peleaba con nuestra tropa, y el Tambor del Ejército, Juan Santamaría quien cayó en la tarea de la quema, que fue exitosa.

Los filibusteros abandonaron Rivas huyendo de la ciudad. El ejército costarricenses aseguró así su triunfo.

El 15 de abril el presidente Mora esperaba noticias de los ejércitos y de las fuerzas militares de los Gobiernos de El Salvador y Guatemala, que se sumaban a la guerra contra los filibusteros, para coordinar con ellos.

El 17 de abril Walker se encontraba en la ciudad de Granada, habiendo sufrido una gran deserción en su tropa.

El 21 de abril no se sabía nada del concurso de las Fuerzas Aliadas de El Salvador, Guatemala y Honduras.

En los siguientes días empezaron a manifestarse los enfermos y muertos del cólera, lo que obligó al regreso a Costa Rica del Ejército Costarricense.

El General presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, desde el Cuartel General de Rivas, dirigió una Proclama agradeciendo a los jefes, a los Oficiales y los Soldados, todo su compromiso y ordenando regresar el Ejército Costarricense al interior de la República.

El 26 de abril, a las 4 de la mañana, el general presidente de Costa Rica, Juan Rafael Mora, dejó la ciudad de Rivas, dirigiéndose hacia Liberia acompañado de sus Edecanes y por el Ejército.

En Rivas murieron de cólera el comandante Juan Alfaro Ruiz, el Subteniente Julián Rojas y el Capitán Zenón Mayorga.

El 29 de abril en la Hacienda El Jocote se estableció un punto del ejército para defender la frontera y ejercer control sobre el Río San Juan.

De esta forma terminó, lo que conocemos como la Primera Campaña en la Guerra contra los filibusteros, quienes habían sido gravemente derrotados y desmoralizados.

Los días siguientes, en Nicaragua Walker se impone, con fuerza política desde junio, al tiempo que empiezan a llegar, el 4 de julio, los soldados guatemaltecos bajo las órdenes del brigadier Mariano Paredes y del coronel José Víctor Zavala, el 8 de julio llega la fuerza salvadoreña de vanguardia al mando del General Ramón Belloso.

El 10 de julio el Gobierno nicaragüense, de Fermín Ferrer, declara electo presidente de la República de Nicaragua al General William Walker, que fue reconocido por los Estados Unidos.

Así se da el marco de la llamada Segunda Campaña que se articula desde setiembre con los ejércitos centroamericanos aliados. En esta Segunda Campaña, la tropa costarricense, de nuevo movilizada al escenario de guerra se integra con las tropas aliadas.

Le peste del cólera afectó a la población costarricense con alrededor de 10.000 muertes. Nuevas batallas intensas contra los filibusteros caracterizan este período hasta la rendición de Walker el 1 de mayo de 1857.

El próximo sábado 11 de abril celebramos la tercer derrota al filibustero William Walker, la contundente de esa Primera Campaña, la que aseguró de modo definitivo que los filibusteros no pisarían el suelo costarricense.

El glorioso espíritu combativo, por las más de 12 horas de combate, inmortalizó la Batalla de Rivas, a los caídos y héroes de la Patria, y quienes se destacaron en esas horas de combate. De allí los principales héroes que se recuerdan con este motivo, el presidente general Juan Rafael Mora Porras, los generales José Joaquín Mora Porras, José María Cañas Escamilla, los caídos en la quema del Mesón, especialmente la exaltación que se hace de Juan Santamaría y de Francisca Pancha Carrasco, que con su participación se hace sobresalir a la mujer costarricense que se unió al Ejército y que representa a todas las mujeres que sustituyeron a los hombres, que salieron de los campos de trabajo, al combate, asegurando la producción, la economía de guerra en esos meses y la alimentación de los soldados.

Con motivo del 170 aniversario de la Batalla de Rivas, y de la Campaña Nacional contra los filibusteros se han preparado algunas actividades a las cuales les invito.

Viernes 10 de abril, desde las 10 a.m hasta el mediodía, la Municipalidad de Escazú, recuerda a los escazuceños caídos en los combates contra los filibusteros, en el Parque Central de Escazú, con desfile y con presentación escénica de la Cantata Guerra de 1856.

El sábado 11 de abril se convoca a las 10 a.m, al pie del Monumento del presidente, General y Benemérito de la Patria, Juanito Mora, frente al Edificio de Correos en San José, a un acto cívico para colocar una ofrenda floral en el Monumento.

El lunes 13 de abril, se invita por parte de la Academia Morista Costarricense y la Biblioteca Nacional, a la conferencia, a cargo del MSc. Adrián Chaves Marín, que se transmitirá por el Facebook de la Biblioteca Nacional, a las 4 p.m, bajo el título: “El fuego de la Memoria: 170 aniversario de la Batalla de Rivas”.

La ilusión de la guerra justa: sindicatos, sociedad civil y la resistencia de la humanidad

Frank Ulloa Royo

Édouard-Léon Scott de Martinville vivió en un contexto social y político complejo, marcado por las secuelas de la Revolución Francesa y las tensiones europeas del siglo XIX. Como impresor y librero, tuvo acceso a las descripciones de los avances científicos más recientes, lo que le permitió convertirse en inventor. Su interés por grabar la conversación humana lo llevó a buscar un medio mecánico que pudiera registrar automáticamente la palabra, como si la voz quedara atrapada en el tiempo. Hoy, otro nueve abril son las voces de angustia las que quedarán también grabadas.

Un nueve de abril de 1860, este parisino grabó a alguien cantando “Au clair de la lune”, una bella canción infantil. Hoy, esa melodía inocente se usa de manera cruel en el genocidio que presenciamos en tiempo real: drones israelíes reproducen grabaciones de llantos infantiles para anunciar la tragedia que está por ocurrir, como parte de una limpieza étnica. Este es un pequeño ensayo sobre lugares poco comunes pero idénticos: los sitios habitados por humanos en guerra.

La llamada doctrina de la “guerra justa” es un espejismo que la humanidad ha repetido como un mantra para intentar darle legitimidad a lo que en esencia es injustificable. Se le ponen ropajes solemnes, se le adorna con doctrinas, se le viste con discursos patrióticos o religiosos, pero detrás de esas vestiduras la guerra sigue siendo lo mismo: una fractura de la humanidad, un fracaso de la palabra frente al ruido de las armas. Como señaló Hannah Arendt (1969), “la violencia puede destruir el poder, pero nunca lo crea”; y en ese vacío se instala la guerra como derrota de la dignidad civilizada.1

El dilema ético se agudiza cuando un Estado agrede a otro en un contexto internacional debilitado, con Naciones Unidas convertida en espectadora impotente, atrapada en vetos y burocracias. La reciente guerra en Irán, impulsada por intereses estratégicos —el robo del petróleo y los viejos motivos religiosos que alimentan las teocracias, tanto sionista como musulmana—, muestra con crudeza esta crisis de institucionalidad: los misiles y drones hablan mientras la ONU calla. ¿Cómo responder a la violencia sin caer en la misma lógica que la engendra? La tentación es replicar la fuerza con más fuerza, pero ese camino perpetúa el círculo de la barbarie. La alternativa exige creatividad política, diplomacia radical, solidaridad transnacional y la construcción de mecanismos de resistencia civil que desarmen la guerra desde sus raíces. Es tiempo de hablar claro y crear nuevas herramientas para garantizar el derecho a la vida.

En este horizonte, los sindicatos tienen un papel insustituible. Ya la II Internacional, pese a su fracaso para detener la Primera Guerra Mundial, nos señaló un camino: el de desenmascarar las guerras, mostrar que detrás de los discursos patrióticos se esconden intereses económicos y geopolíticos. Los sindicatos, como voz de los trabajadores, deben recordar que cada guerra es también una guerra contra los pueblos, contra su derecho a vivir y a soñar. La tarea sindical es levantar la palabra, denunciar la mentira, construir redes de solidaridad que atraviesen fronteras y que digan con claridad que no hay guerra justa, que toda guerra es una herida en el cuerpo de la humanidad. Como escribió Rosa Luxemburgo (1915), “la guerra es siempre el negocio de unos pocos y la desgracia de muchos”.

Pero no son solo los sindicatos: la sociedad civil entera tiene un papel decisivo. Las mujeres, como en la antigua Grecia, cuando se levantaron en huelga contra sus maridos guerreros para detener la guerra —recordemos la fuerza simbólica de Lisístrata de Aristófanes (411 a.C.)—, nos enseñan que la resistencia puede nacer de lo cotidiano, de la vida misma. Hoy, las mujeres en múltiples rincones del mundo siguen siendo las primeras en organizarse contra la violencia, en defender la vida frente a la lógica de la muerte. Su voz, junto con la de jóvenes, comunidades indígenas, movimientos sociales y culturales, es la que puede quebrar el discurso bélico y abrir espacio a la paz.

La verdadera justicia no se encuentra en los tratados que legitiman la violencia, sino en la capacidad de los pueblos para resistir la lógica de la guerra y reinventar la paz. Mientras los Estados se atrincheran en sus intereses y las instituciones internacionales se tambalean, la humanidad necesita recordar que la única salida digna es construir un orden donde la palabra sustituya al misil y la solidaridad sustituya al cálculo estratégico. Porque la guerra, con todos sus ropajes, seguirá siendo siempre lo mismo: la derrota de la humanidad frente a sí misma.

Referencias bibliográficas

  • Arendt, Hannah (1969). Sobre la violencia. Nueva York: Harcourt Brace.

  • Aristófanes (411 a.C.). Lisístrata. Atenas: Teatro clásico griego.

  • Luxemburgo, Rosa (1915). La crisis de la socialdemocracia. Stuttgart: J.H.W. Dietz Nachf.

  • Walzer, Michael (1977). Just and Unjust Wars: A Moral Argument with Historical Illustrations. Nueva York: Basic Books.

  • Galtung, Johan (1996). Peace by Peaceful Means: Peace and Conflict, Development and Civilization. Oslo: International Peace Research Institute.

  • Naciones Unidas (2025). Informe sobre la crisis de institucionalidad y conflictos armados. Nueva York: ONU.

1 San Agustín (siglo V) fue el primero en formular la idea de que, bajo ciertas condiciones, una guerra podía ser moralmente aceptable. Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) sistematizó la doctrina en la Summa Theologiae, estableciendo criterios como autoridad legítima, causa justa y recta intención. Finalmente, e Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2309) recoge estos principios, señalando que la legítima defensa mediante la fuerza militar requiere condiciones estrictas y rigurosas.

La dependencia internacional es perjudicial para el país

Óscar Madrigal

Oscar Madrigal

Debo confesar que me causó risa la noticia dada a conocer por el latoso ministro de seguridad Zamora, el canciller y el presidente, que declara terroristas a varias organizaciones del Medio Oriente. Causa risa por lo ridículo de la postura. Me dio la impresión de que el canciller lo dijo con cierta vergüenza, pero se la aguanta por sus problemas con la justicia.

El vasallaje ante Trump, su incondicionalidad ante las políticas guerreristas ha hecho a la camarilla chavista perder la razón. ¿No se han dado cuenta que su mismísimo patrón va a negociar con esos “terroristas”?

¿No se han dado cuenta que Trump es un presidente que no es de fiar? Esto ya lo han entendido la gran mayoría de los gobiernos, como los europeos. Además, ¿tampoco han comprendido que Trump sólo entiende y respeta el lenguaje de la fuerza, de los golpes, como lo está enseñando Irán?

Es tan de poco fiar que no importa de lealtades o negociaciones cuando se trata de aranceles, bombardeos, despojos de tierra, secuestro de presidentes o riesgo a sus negocios familiares.

Los gobernantes que le besan el culo, como el mismo Trump lo dijo, no gozan de ningún respeto y sólo se ganan su desprecio. Chaves no comprende que, entre más incondicional de Trump, más despreciado es.

Chaves entre más arrastrado menos beneficios obtiene para el país: caída de la inversión, aranceles más altos e investigaciones sobre la producción nacional. El que no se respeta a sí mismo, no es respetado por nadie.

Costa Rica ha forjado un prestigio internacional por ciertas posturas contrarias a los dictados de los gobiernos estadounidenses, tal el caso de Carazo ante el Fondo Monetario Internacional o del plan de paz de Arias ante posturas de Reagan.

La absoluta dependencia del Gobierno de Chaves de las políticas díscolas e incongruentes del presidente Trump es no tener ninguna política internacional, y en consecuencia gozar del irrespeto mundial y dejar de tener opiniones constructivas que aportar en los distintos foros internacionales.