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¿Qué está pasando en las elecciones de Estados Unidos?

El sistema electoral en los EEUU y el poderío de Trump en el Partido Republicano.

Vladimir de la Cruz

El resultado de las elecciones en Estados Unidos no ha acabado formalmente, no se ha terminado de cerrar el proceso en toda su dimensión. Aún no ha terminado el conteo de votos y su verificación correspondiente en algunos Estados, de los 50 que forman la Unión Americana, junto al Distrito Capital. Todavía en enero se eligen dos senadores, que puede ser la diferencia para tener la mayoría de ese órgano político.

Aunque se conozcan los resultados generales, de la votación del pasado 3 de noviembre, no ha habido aún una declaratoria definitiva del ganador. Por ello es que los medios de comunicación, la prensa en general es la que termina señalando, y dando por ganador, a aquel candidato que se sabe por los resultados provisionales que ganó la mayoría de los miembros del Colegio Electoral, que es el grupo de ciudadano, 538 en total, encargado y designado para emitir finalmente los votos, en nombre del resto de los ciudadanos, para proclamar al Presidente y al Vicepresidente de los Estados Unidos.

Los votantes o miembros del Colegio Electoral resultan electos del mismo proceso de votación general y de carácter popular de cada Estado. Así se da el voto popular general y el voto de los miembros del Colegio Electoral.

No necesariamente la mayoría de los votos populares asegura la mayoría de los votos del Colegio Electoral porque ello depende de cada Estado, en el número de sus votantes. Así puede darse, a favor de un candidato, una mayoría de votos populares y una minoría de votos en el Colegio Electoral, como le resultó a Hillary Clinton en el 2016 contra Donald Trump. Del mismo modo, en las actuales elecciones Joe Biden ha ganado abrumadoramente el voto popular y, de igual manera, el voto mayoritario de los miembros del Colegio Electoral, situación que no acepta, en este caso, Donald Trump, quien ha perdido las elecciones.

48 de los 50 Estados tienen un sistema eliminatorio de voto, por el cual el candidato que obtiene la mayoría de los votos populares se lleva todos los Votos Electorales, los del Colegio Electoral, a su favor.

Los miembros del Colegio Electoral, una vez que se certifiquen los resultados de votación por cada Estado, se reúnen en la capital de cada uno de los Estados, para emitir sus votos, en la primera quincena de diciembre. Realizada esta votación, estos votos se envían a Washington, para que, en sesión conjunta del Congreso y el Senado, se cuenten y se haga la proclamación oficial del ganador a la Presidencia de los Estados Unidos, en los primeros días de enero, quien asume unos días más tarde ya oficialmente. Así, es el Colegio Electoral y no los votos populares los que eligen al Presidente y Vicepresidente de los Estados Unidos.

En las elecciones que acaban de pasar Joe Biden y Kamala Harris han ganado ambos procesos, votos populares y votos electorales. Queda en los próximos días por confirmar estos resultados de acuerdo con los procedimientos de cada Estado, lo que debe hacerse antes del 14 de diciembre.

De todos los procesos electorales que ha habido en Estados Unidos para elegir Presidente y Vicepresidente, en 18 ocasiones, incluida la de Trump, el ganador no ha obtenido la mayoría de los votos populares. La primera vez que ocurrió fue en 1824 con John Quincy Adams y en las dos últimas fue con George W. Bush en el 2000 y Donald Trump en el 2016.

Como en todo proceso electoral se pueden impugnar sus resultados. En el caso de los Estados Unidos eso procede hacerlo en cada Estado, y al interior de cada Estado. Por esta razón es que se aprecia a Donald Trump impugnando casi 50 procesos electorales en los distintos Estados, con ánimo de recortar o eliminar votos del candidato ganador, para cambiar, de serle posible, los votos electorales a su favor, situación que ya no es posible hacer. Los resultados son contundentes a favor de Joe Biden y Kamala Harris.

El sistema electoral de los Estados Unidos es propio de ese gran país, del mismo modo como hay sistemas electorales en otros países de manera particular.

De acuerdo con la Constitución de los Estados Unidos los Estados son los que tienen ciertas facultades de manera propia y exclusiva, entre ellas aspectos de educación, de salud y de carácter electoral, mientras que el Gobierno Nacional o Federal, atiende la política exterior y los asuntos de defensa y seguridad nacional, por ejemplo. Por ello se han producido, junto con el Distrito Capital, 51 elecciones estatales para elegir al Presidente y Vicepresidente, con el doble de resultados de votos populares y votos electorales.

El sufragio en los Estados Unidos, como Derecho, se desarrolló históricamente, como en la mayoría de los países, para alcanzar a la totalidad de la población mayor de 18 años. La primera vez que hubo una elección, en 1789, de la que resultó electo George Washington, solo participó el 6% de la población mayor de 21 años, de 13 Estados, en esa época, que podían votar. Hoy pueden hacerlo todos los mayores de 18 años.

Otras instancias de votación son el Congreso, de 435 miembros, y el Senado con 100 miembros.

Las elecciones para cargos federales se deben realizar en años pares, las de los diputados cada dos años, para períodos de 4 años. Los senadores duran en sus puestos seis años, cambiándose por tercios, 33 senadores, cada dos años.

Al Presidente solo se le permite, por reforma constitucional realizada en 1951, solo una reelección consecutiva o alterna. Los demás puestos de elección popular pueden reelegirse. Joe Biden tiene 47 años de ser Senador.

El Senado se compone de 100 miembros a razón de dos por cada Estado, mientras que en el Congreso se elige un miembro por cada Estado y el resto por resultado proporcional de votos según la población votante.

Desde 1852 todos los Presidentes de Estados Unidos han pertenecido a los partidos Republicano o Demócrata. Del mismo modo ejercen un control similar de las Gobernaciones estatales.

El sistema electoral de los Estados Unidos está hecho para que los partidos pequeños tengan muy poca capacidad de elegir representantes populares al Congreso o al Senado, por la forma del sistema mayoritario uninominal, por distrito, que existe de candidaturas.

Junto a esto, el sistema del Colegio Electoral afirma y consolida y refuerza, el poder bipartidista de los Estados Unidos.

Las encuestas electorales en Estados Unidos juegan un papel muy importante. En esta campaña electoral y en la anterior del 2016, respecto a los votos populares fueron muy acertadas, no así en los votos electorales. Del 2016 al 2020 se hicieron correcciones para la medición de los datos de encuestas, que aún no satisficieron en sus resultados, lo que llevará a nuevos procesos de ajuste y de formulación regional de las encuestas, en todas las dimensiones que lo hacen en Estados Unidos, para lograr mayor precisión y certeza en sus resultados, para futuras evaluaciones.

Las elecciones en Estados Unidos, las nacionales o federales, se realizan desde las bases de las comunidades. No existen normas generales para todos los Estados, que pueden tener sus particularidades de organización y conteo de votos. Hoy se obliga a que haya papeletas de votación de varios idiomas para asegurar los votantes que no tienen el inglés como primer idioma, por lo que puede haber distintos tipos de papeletas y de votación.

En la mayoría de los países hay un órgano institucional, director, organizador con capacidad de declarar el resultado electoral de manera definitiva. No es así en Estados Unidos.

El resultado de la reciente elección ha desnudado a la sociedad norteamericana, exhibiéndola altamente dividida en el campo político, entre las dos fuerzas que se expresan en los partidos Republicano y Demócrata, representando cada uno de ellos tendencias conservadoras y liberales, donde los conservadores son extremistas, y a los liberales, que calzan más con postulados socialdemócratas, los acusan de socialistas y casi comunistas.

Las elecciones han hecho surgir caudillismos políticos que no eran evidentes en la sociedad norteamericana, de tipo populista, siendo Trump su mejor representante, que se ha impuesto como líder de masas, con su propia fuerza, de carácter conservador, derechista, populista, de cierto estilo fascista. No casualmente le apoyan los movimientos nacionalistas, anticomunistas y antisocialistas en general, profascistas, religiosos conservadores, supremacistas, armamentistas, antimigracionistas.

Trump perdió las elecciones ganando en lo personal. También se impuso como líder, hasta hoy, en el poderoso Partido Republicano. Ha generado un terror y un miedo a los propios dirigentes nacionales de este Partido, que no lo han podido frenar, ni imponérsele como Partido para que reconozca el resultado de las elecciones, ni el Partido como tal lo ha hecho. Logró aumentar el número de congresistas sin haber obtenido la mayoría, mantiene la mayoría del Senado, salvo que la elección de los últimos dos senadores el 5 de enero, los pierda. Si los mantiene ejercerá un control poderoso sobre el próximo Gobierno de Biden y Harris. Ha anunciado que seguirá en política, en caso de aceptar su derrota, para volverse a postular en el 2024, con lo cual está desplazando a cualquier candidato que quiera hacerlo dentro del Partido Republicano. Ha fortalecido su presencia en dos medios televisivos con ese propósito. Desarrolló un estilo de comunicación por Twitter que no va a dejar de lado con sus fanáticos seguidores. Ha enseñado a sus seguidores a movilizarse como milicias ciudadanas, incluso armadas. Ha sostenido, discurso que mantendrá, que las elecciones le fueron robadas, que el triunfo de Biden es resultado de un fraude, lo que tiene que reivindicarse. Ha fomentado un discurso divisor de contenido antisocialista, casi al nivel del macartismo de los años cincuenta.

Trump está forzando el sistema institucional, peligrosamente, a no reconocer el triunfo de Biden, y a forzar que sea el Senado y la Corte Suprema de Justicia, con mayoría de jueces conservadores, nombrados por el Partido Republicano y por el mismo Trump, para que se desconozca ese resultado electoral y se afirme su continuidad en el Poder del Gobierno Federal, lo que parece ser una fórmula jurídica en posibilidad de llegarse a aplicar, sin considerar el peligro que eso entraña para la propia democracia norteamericana, su sistema político y para el escenario de una guerra civil de incalculables consecuencias, con un gobierno autoritario, que surgido de esa manera, no sería más que una dictadura y una tiranía.

La salida de Trump y la llegada de Biden es también otro reto para el Partido Demócrata, de desarrollarse más como un partido de masas, con clara y fuerte presencia nacional del Presidente Biden y su Vicepresidenta, Harris, de desarrollar una acción de gobierno fuerte, vigorosa, trascendente a toda la sociedad norteamericana, con posibilidad real de unir a la nación y de derrotar las tendencias populistas de Trump.

Al menos hasta ahora la llegada de Biden a la Presidencia de los Estados Unidos se ha visto a escala universal como un nuevo amanecer, como un fortalecimiento de las relaciones internacionales que se habían alcanzado alrededor de metas comunes en muchos campos, a la no desglobalización y debilitamiento de los organismos internacionales que hoy de muchas maneras influyen, con sus limitaciones, en la paz mundial, en el comercio internacional y en el desarrollo y fortalecimiento de los Derechos Humanos en todas sus expresiones.

Artículo publicado en Wall Street International Magazyne el lunes 23 de noviembre del 2020 y enviado a SURCOS por el autor.

Medidas adicionales para las personas con discapacidad ante el COVID-19

Luis Fernando Astorga Gatjens,
luferag@gmail.com

El Consejo Nacional de Personas con Discapacidad (CONAPDIS) ha venido demandando, a las autoridades de Gobierno y a distintas instituciones públicas, la necesidad de que implementen un conjunto de medidas adicionales de protección para las personas con discapacidad, en atención a la declaratoria de Emergencia Nacional por el COVID-19.

Este esfuerzo es tan necesario como oportuno. El pasado martes, 17 de marzo, la Relatora Especial sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU, la costarricense Catalina Devandas, reclamó que se han tomado escasas medidas para proporcionar la orientación y los apoyos necesarios a las personas con discapacidad, para protegerlas del contagio de la actual pandemia del COVID-19 que afecta al mundo y a nuestro país. Devandas expresó que “este apoyo es básico para su supervivencia”, por lo que solicitó a los Estados la adopción de medidas adicionales de protección social, y atención de salud oportuna, de calidad y en lugares que garanticen su seguridad y privacidad, en función de que las personas con discapacidad cuenten con apoyo seguro a lo largo y hasta que termine la crisis.

“Las personas con discapacidad se ven afectadas de manera desproporcionada en situaciones de desastre, emergencia y conflicto debido a que las medidas de evacuación, respuesta (incluidos los refugios, los campamentos y la distribución de alimentos) y recuperación les resultan inaccesibles”. (DESA-ONU).

Muchas personas con discapacidad se consideran particularmente vulnerables ante el coronavirus y, por el hecho de la necesidad de asistencia personal, mayor limitación para la movilidad, acceso limitado a la comunicación, son de alto riesgo de contagio. El Gobierno y demás entidades públicas y privadas, que están atendiendo esta desafiante crisis, deben tomar muy en serio estos justos y acertados llamados a poner atención a la situación particular de este sector poblacional, que suma entre 670 640 personas (Censo, 2011) y más de 900 mil (ENADIS, 2018).

Como bien señala el ente rector en la materia: “esta vulnerabilidad se ve incrementada debido a que el 52.4% de la población total con discapacidad, se ubica en los dos quintiles de menor ingreso (214,370 mujeres y 138,627 hombres)”. Y la pobreza y la exclusión social, como es bien sabido, hacen que las personas sean más afectadas por las distintas crisis y ésta de carácter sanitario, las hace severamente vulnerables.

Esta vulnerabilidad se extiende, inevitablemente, a sus familias ya que muchas personas por su condición de discapacidad, demandan la atención directa y cotidiana de familiares. Como ha advertido el CONAPDIS: “la actual situación de emergencia nacional por el COVID-19 limita el contacto entre familiares y coloca en situación de riesgo, abuso o negligencia a las personas con discapacidad.”.

Con el propósito de asegurar el cumplimiento efectivo del derecho a la salud para este amplio sector de la población nacional, se demandan esas medidas adicionales, subrayando –eso si—que no es por su discapacidad “sino, porque muchas de ellas tienen condiciones de salud de riesgo y se encuentran en una situación sensible.”

Cabe aquí invocar el Artículo 11 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad sobre “Situaciones de riesgo y emergencias humanitarias” (CDPD, ONU, 2006) que indica lo siguiente: “Los Estados Partes adoptarán, en virtud de las responsabilidades que les corresponden con arreglo al derecho internacional, y en concreto el derecho internacional humanitario y el derecho internacional de los derechos humanos, todas las medidas posibles para garantizar la seguridad y la protección de las personas con discapacidad en situaciones de riesgo, incluidas situaciones de conflicto armado, emergencias humanitarias y desastres naturales.”

El oportuno llamado del CONAPDIS incluye como interlocutores, en arreglo a la situación y ámbito que se atienda, al Gobierno, al Ministerio de Salud, a la CCSS, al Ministerio de Trabajo, al MEP y sus Centros de Atención Intergral (CAI), al IMAS, Municipalidades (Comités Municipales de Discapacidad), entre otras entidades públicas. Igualmente, el llamado debe llegar a la conciencia y a la acción de las entidades privadas y actores de sociedad civil, que puedan aportar a este esfuerzo inclusivo.

Es necesario pensar que lo necesario y bueno para este sector significativo de la población es bueno y necesario para toda la sociedad costarricense. Todas y todos estamos en la misma barca que enfrenta la tempestad de esta pandemia global. Rememos todas y todos en el mismo y solidario esfuerzo mientras se supera la crisis.

Líderes políticos en cuarentena permanente

Luis Fernando Astorga Gatjens

Una necesaria e importantísima estrategia para reducir y eventualmente contener la propagación del coronavirus son las cuarentenas que han decretado gobernantes de países y regiones.

Estos confinamientos obligatorios tienen graves consecuencias sociales y económicas -inmediatas y futuras- pero son necesarios para combatir más eficazmente la pandemia y reducir el dolor y sufrimiento de los pueblos. Primero la salud, primero la vida. Tal debe ser la consigna en el presente.

Las cuarentenas, que son una orientación oportuna y valiosa de la Organización Mundial de la Salud (OMS), algunos gobernantes y líderes políticos, las acogieron responsablemente desde temprano (seguramente más temprano hubiese sido mejor). Otros lo hicieron con quizás demasiada parsimonia y otros -valga decir, una minoría- presentando una peligrosa resistencia.

Entre estos últimos se destaca Donald Trump. Pero hay peores, como el mandatario brasileño, Jair Bolsonaro, cuya resistencia a tomar acciones preventivas ante la enfermedad que ha catalogado como “gripecita” es casi patológica. Las consecuencias nefastas contra quienes viven en Brasil, de un liderazgo tan retorcido, pueden considerarse potencialmente criminales.

Quienes se han resistido y todavía se resisten a decretar medidas como el confinamiento y la cuarentena han puesto en una balanza por un lado la salud y por la otra la economía, y han privilegiado a esta última. Hasta hace algunas semanas Trump decía que todo estaba bajo control, aunque hubiera noticias de que la enfermedad avanzaba en su país. Hasta hace muy pocos días el propio Trump afirmaba que el resfriado común era más letal que el Covid-19 y que con el calor primaveral de abril sería eliminado.

El 9 de abril, por la fuerza de los inocultables acontecimientos (más de 400.000 personas infectadas y más de 15.000 muertos en Estados Unidos) su discurso cambió radicalmente: Las próximas semanas “serán muy dolorosas”, dijo. Hoy en el Gobierno de Estados Unidos, enfrentados a la cruda realidad del avance inexorable y trágico de la pandemia, la catalogan como una combinación de Pearl Harbor (el inesperado y destructivo ataque japonés en la Segunda Guerra Mundial) y los atentados del 11 de setiembre de 2001. Y se proyecta una cifra de muertos que oscila entre 100.000 y más de 200.000.

Las preguntas claves que hay que hacer ahora y, más aún, cuando la crisis que genera la pandemia se haya superado a los gobernantes y líderes políticos: ¿Tomaron las medidas que había que tomar a tiempo o las tomaron tardíamente? ¿Qué consecuencias hubo en la propagación de la enfermedad en su país, por el atraso de medidas y acciones que debían ser tan perentorias como inevitables? ¿Cuál fue la calidad del liderazgo político ante la amenaza del contagio o ante la primera persona enferma del Covid-19 en su país?

Desde ya líderes como Bolsonaro o Trump es seguro que mostrarían que no estuvieron a la altura de la gravísima emergencia generada por la pandemia. Que su resistencia a tomar medidas que eran urgentes generó mucho más daño a sus pueblos y que muchas de las consecuencias en la salud en lo inmediato y lo social y económico, a mayor plazo, no serían tan profundamente dañinas y dolorosas. En estos días de una pandemia que viaja a la velocidad de los intercambios y comunicaciones globales, regionales y nacionales, los días y semanas para la toma de decisiones eran cruciales.

Los pueblos, particularmente los electores, no deben dejar pasar inadvertidos estas situaciones y acontecimientos. Tienen que juzgar en forma rigurosa la actuación de los líderes políticos frente a la pandemia, por encima de la mentira, la simulación y el engaño transitorio de las noticias falsas.

Será a partir de este juzgamiento implacable que los pueblos tendrán que dictar una sentencia inapelable, declarando una cuarentena permanente para este tipo de liderazgos, con el fin de alejarlos del poder para siempre porque son tan peligrosos como una epidemia.

 

Enviado por el autor.

Los derechos sociales y laborales están protegidos, amparados y consolidados en la legislación internacional ratificada por Costa Rica

Vladimir de la Cruz

En estos últimos dos años por una combinación de factores, de luchas sindicales, de equivocadas y mal dirigidas huelgas, de movilizaciones de trabajadores y de ciudadanos, de discusión de derechos sociales, laborales y beneficios económico-sociales logrados históricamente por estas luchas, de una arremetida patronal, e institucional, contra estos derechos consolidados históricamente, aprovechando la debilidad organizativa sindical, la ausencia de partidos políticos que hoy no tienen como banderas los derechos sociales y laborales, que en el pasado agitaban, se han impulsado cambios severos a la legislación laboral y social nacional. A ello se ha sumado, como contexto que contribuye a estos recientes ataques, la situación generada por el impacto de la Pandemia del Coronavirus COVID 19.

Los salarios han sido y siguen siendo atacados con una visión de establecerlos con techo a la baja, cuando los salarios como ha dicho Kamala Harris, la próxima vicepresidenta de los Estados Unidos, no deben tener techo, tienen piso. Por ello también sus primeros anuncios de elevar salarios mínimos, y de aumentar el empleo en cuanto asuman el Gobierno, en enero, para estimular también la economía y la producción.

Igual sucede con las pensiones. No es el problema de las altas pensiones. Es el ataque a todas las pensiones, como a todas las escalas de salarios. Cuando se ha puesto techo a éstas se ha puesto una traba a los salarios que son los que originan la expectativa de pensiones, según los sistemas jubilatorios al que pertenezcan los trabajadores. Esto contribuye a fomentar el mayor desempleo profesional de los próximos años.

La ley de empleo público, que puede ser una necesidad, si los sindicatos no la asumen como una tarea propia, con su propia propuesta, contribuyendo en esa dirección a la discusión pública y legislativa, se la van a imponer al país, con el sello de quienes la impulsan hoy, los enemigos de la organización sindical, de los derechos de los trabajadores y de las convenciones colectivas, que son derechos constitucionales.

En el caso de las Convenciones Colectivas el límite que tienen en su ejercicio de negociación es el que pacten los sindicatos y los representantes patronales. Son los patronos los que aceptan los términos y alcances de esas Convenciones. Y, en esa discusión pueden abrirse los libros contables de las empresas para ver su posibilidad de cumplimiento de lo que llegue a pactarse o de lo que se nieguen a pactar.

Históricamente las convenciones colectivas que se critican, por lo que se estableció en ellas, como derechos y beneficios de los trabajadores, fue el resultado de la lucha, que en esos años había para evitar que sindicatos dirigidos por comunistas estuvieran dominando o llegaran a tenar presencia en instituciones públicas y del Estado. De esa manera, principalmente, el Partido Liberación Nacional, pactaba con sus organizaciones y dirigentes sindicales, esas Convenciones, dando derechos, beneficios y privilegios a trabajadores, beneficiándose también los mismos dirigentes empresariales de la institución que las negociaban, lo que era una irregularidad. No son así las pocas Convenciones existentes el sector privado.

Hoy no existe, como en el período de la Guerra Fría, el comunismo, ni partidos comunistas, ni de izquierda, que “amenacen” la estabilidad democrática nacional, ni hay sindicatos dirigidos por partidos políticos de izquierda o comunistas que tengan algún peso nacional. Militantes comunistas, socialistas y de izquierda, anti partidos tradicionales, formados y nacidos en el período de la Guerra Fría han sido miembros de Consejos de Gobierno, sin que eso haya afectado en nada el ejercicio de los gobiernos de los que han sido parte, ni los han “sonrojado” de ninguna forma. En mucho esos ministros pasaron o pasan inadvertidos públicamente.

Las Garantías Sociales y el Código de Trabajo, de 1943, ratificadas por la Asamblea Nacional Constituyente de 1949, son una conquista social que enriqueció la Democracia Nacional, que le dio estabilidad y solidez. A quienes lo lograron se les ha distinguido con el Benemeritazgo de la Patria. La pérdida de esas Garantías y Derechos, acompañada de la caída del nivel de vida, del deterioro y empobrecimiento de la clase media, sí puede constituirse en un factor de inestabilidad social y política muy serio en el futuro inmediato.

Por eso es bueno recordar que la legislación nacional, social y laboral, en todos sus extremos, hoy está amparada también en Legislación Internacional aprobada y ratificada por Costa Rica. Recojo unos datos de esta legislación internacional.

La Convención Americana sobre Derechos Humanos, conocida como Pacto de San José, fue aprobada por la Organización de Estados Americanos, la que fue ratificada por Costa Rica.

La Convención reafirmó un régimen de libertad personal y de justicia social, fundado en el respeto de los derechos esenciales del hombre; justificados como protección internacional, de naturaleza convencional coadyuvante o complementaria de la que ofrece el Derecho interno de los Estados americanos, como el de Costa Rica, principios que son consagrados en la Carta de la Organización de los Estados Americanos, en la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos que han sido reafirmados y desarrollados en otros instrumentos internacionales, tanto de ámbito universal como regional, que también han sido ratificados por Costa Rica.

Todo esto para realizar el ideal del ser humano libre, exento del temor y de la miseria, con condiciones que permitan a cada persona gozar de sus derechos económicos, sociales y culturales, tanto como de sus derechos civiles y políticos.

La tercera Conferencia Interamericana Extraordinaria, realizada en Buenos Aires, en 1967, aprobó la incorporación a la propia Carta de la Organización de normas más amplias sobre derechos económicos, sociales y educacionales. Los Estados firmantes, entre ellos Costa Rica, convinieron y se obligaron en respetar estos Derechos, con medidas legislativas o de otro carácter que fueren necesarias para hacer efectivos tales derechos y libertades.

En el Capítulo II sobre Derechos Civiles y Políticos quedó establecido el Derecho a la Vida, y de manera contundente se señaló que “no se restablecerá la pena de muerte en los Estados que la han abolido”, justo señalarlo para quienes en Costa Rica, de vez en cuando, claman por establecer esta máxima pena.

Del mismo modo, se señala que “en ningún caso se puede aplicar la pena de muerte por delitos políticos ni comunes conexos con los políticos, y que no se impondrá la pena de muerte a personas que, en el momento de la comisión del delito, tuvieren menos de dieciocho años de edad o más de setenta, ni se le aplicará a las mujeres en estado de gravidez”, allí donde todavía exista este castigo.

También se estableció que “nadie debe ser sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Toda persona privada de libertad será tratada con el respeto debido a la dignidad inherente al ser humano”. Con la Convención se ratificó, una vez más, la prohibición de la Esclavitud y Servidumbre, de modo que “nadie puede ser sometido a esclavitud o servidumbre y tanto éstas, como la trata de esclavos y la trata de mujeres están prohibidas en todas sus formas”, lo mismo “que nadie debe ser constreñido a ejecutar un trabajo forzoso u obligatorio, declarando que no constituyen trabajo forzoso u obligatorio, los trabajos o servicios que se exijan normalmente de una persona recluida en cumplimiento de una sentencia o resolución formal dictada por la autoridad judicial competente”.

Sobre el Derecho a la Libertad Personal se estableció que nadie puede ser sometido a detención o encarcelamiento arbitrarios, y que toda persona detenida o retenida debe ser informada de las razones de su detención y notificada, sin demora, del cargo o cargos formulados contra ella. En materia de Derecho de Reunión “se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de tal derecho sólo puede estar sujeto a las restricciones previstas por la ley, que sean necesarias en una sociedad democrática, en interés de la seguridad nacional, de la seguridad o del orden públicos, o para proteger la salud o la moral públicas o los derechos o libertades de los demás”.

En el Capítulo III sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención señala que “los Estados Partes, como Costa Rica, se comprometen a adoptar providencias, tanto a nivel interno como mediante la cooperación internacional, especialmente económica y técnica para lograr progresivamente la plena efectividad de los derechos que se derivan de las normas económicas, sociales y sobre educación, ciencia y cultura, contenidas en la Carta de la Organización de los Estados Americanos, reformada por el Protocolo de Buenos Aires, en la medida de los recursos disponibles, por vía legislativa u otros medios apropiados”.

En 1988, en El Salvador, se aprobó lo que se conoce como el “PROTOCOLO DE SAN SALVADOR”, también ratificado por Costa Rica, que es el Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre Derechos Humanos en materia de derechos económicos, sociales y culturales. Este Protocolo bien podemos considerarlo una ampliación, consolidación y fortalecimiento del Capítulo de las Garantías Sociales de la Constitución Política, así como del propio Código de Trabajo, en lo que corresponda.

Entre las disposiciones que se establecen en este Protocolo, ratificado por Costa Rica, están el Derecho al Trabajo, el que “toda persona tiene derecho al trabajo, el cual incluye la oportunidad de obtener los medios para llevar una vida digna y decorosa”, el que “los Estados se comprometen a adoptar las medidas que garanticen plena efectividad al derecho al trabajo, en especial las referidas al logro del pleno empleo…”, donde “toda persona goce del mismo en condiciones justas, equitativas y satisfactorias”, con “una remuneración que asegure como mínimo a todos los trabajadores condiciones de subsistencia digna y decorosa para ellos y sus familias y un salario equitativo e igual por trabajo igual, sin ninguna distinción”; la estabilidad de los trabajadores en sus empleos, de acuerdo con las características de las industrias y profesiones y con las causas de justa separación. En casos de despido injustificado, el trabajador tendrá derecho a una indemnización o a la readmisión en el empleo o a cualesquiera otra prestación prevista por la legislación nacional”.

Se establece la necesidad de “la seguridad e higiene en el trabajo”. Este aspecto es frágil en el país, que tiene alrededor de 100.000 accidentes de trabajo por año.

El Protocolo establece “La prohibición de trabajo nocturno o en labores insalubres o peligrosas a los menores de 18 años y, en general, de todo trabajo que pueda poner en peligro su salud, seguridad o moral. Cuando se trate de menores de 16 años, la jornada de trabajo deberá subordinarse a las disposiciones sobre educación obligatoria y en ningún caso podrá constituir un impedimento para la asistencia escolar o ser una limitación para beneficiarse de la instrucción recibida”; “la limitación razonable de las horas de trabajo, tanto diarias como semanales.

Las jornadas serán de menor duración cuando se trate de trabajos peligrosos, insalubres o nocturnos”; “el descanso, el disfrute del tiempo libre, las vacaciones pagadas, así como la remuneración de los días feriados nacionales”. En materia de Derechos sindicales el Protocolo garantiza “el derecho de los trabajadores a organizar sindicatos y a afiliarse al de su elección, para la protección y promoción de sus intereses. Como proyección de este derecho, los Estados Partes, como Costa Rica, permitirán a los sindicatos formar federaciones y confederaciones nacionales y asociarse a las ya existentes, así como formar organizaciones sindicales internacionales y asociarse a la de su elección.

Los Estados Partes también permitirán que los sindicatos, federaciones y confederaciones funcionen libremente”. Del mismo modo garantiza “el derecho a la huelga”, el derecho a la seguridad social, el derecho a la salud, Derecho a un medio ambiente sano, Derecho a la alimentación, Derecho a la educación, derecho a los beneficios de la cultura, derecho a la constitución y protección de la familia, derecho a la niñez, Protección a los ancianos, a los minusválidos. A esto suman los Convenios Internacionales de la Organización Internacional del Trabajo ratificados por Costa Rica.

Foro multisectorial de diálogo: Arar con los bueyes que tenemos

Luis Paulino Vargas Solís
Economista, Director CICDE-UNED
Grupo Economía Pluralista

Partamos de una constatación perfectamente obvia: tratándose de un proceso de diálogo entre sectores tan diversos y heterogéneos, absolutamente nadie podía pretender que sus preferencias ideológicas y políticas quedasen totalmente recogidas ahí, como tampoco nadie debía esperar que todos aquellos puntos de vista con los que disiente o que le incomodan, fuesen excluidos.

Siendo lo anterior cierto en general, también debemos admitir que el diálogo multisectorial convocada por el gobierno de Carlos Alvarado, llegó más o menos adonde se podía esperar, según las condiciones propias de la sociedad costarricense actual, tan terriblemente dividida y fragmentada. Hoy somos como al modo de un archipiélago: cada quien físicamente cerca de los demás, pero cada quien sicológica y afectivamente aislado de los demás.

Esta mesa de diálogo tiene un mérito innegable: logró romper, siquiera en parte y siquiera por unos días, el enconchamiento: sectores diversos y heterogéneos debatieron y se vieron obligados a llegar a ciertos mínimos acuerdos. No son los acuerdos que Costa Rica necesita, pero son los acuerdos que Costa Rica hoy es capaz de darse a sí misma. Y si un ejercicio similar se hiciese en otros espacios -la Asamblea del Banco Popular, por ejemplo- yo no esperaría que los resultados fuesen muy distintos. Sería la misma Costa Rica -aunque quizá con una representación multisectorial más diversa- la que se siente a debatir y a intentar acordar algo. Difícilmente podría ser mejor. Seguramente veríamos reiterarse similares luces y sombras.

Esa es nuestra actual realidad. Pero esa realidad, no solo es una realidad fragmentada. También es una realidad asimétrica. Vale decir: hay voces con amplificadores poderosos a su servicio, y voces que, por más que se desgañiten pegando gritos, difícilmente se les escuchará. En esta mesa concurrieron sectores de los dos tipos, lo que para los segundos es toda una ganancia: por unos días, y aunque limitadamente, pudieron debatir cara a cara con los otros grupos: los de los mega altavoces.

Y, sin embargo, tampoco esperemos que una mesa de diálogo haga milagros: las aristocracias del poder, que siempre han tenido a su servicio todos las herramientas para imponer sus puntos de vista, no quedan automáticamente despojados de esa ventaja, tan solo por sentarse en una mesa, por un rato, con la plebe despojada de tales posibilidades. Aunque disimuladas, las diferencias conservan validez. Y ello se reflejó en este proceso de diálogo.

Quiero decir: no obstante el natural estira y encoge de un proceso con estas características, ciertas tendencias dominantes no dejaron de aflorar, al menos en líneas generales. En concreto: es claro que los resultados finales ratificaron la hegemonía ideológica del gran poder económico, aquí representado por las cámaras empresariales.

Cierto que los sindicatos lograron mantener en pie ciertas líneas rojas. Lo del “empleo público” o la exención del salario escolar, por ejemplo.

Las cámaras, por su parte, lograron sostener sus propias líneas rojas, que no solo son un montón de líneas rojas, sino que, todas, sin excepción, son de categoría “peso pesado”: ningún gravamen a la riqueza de los muy ricos, trato diferenciado a rentas de capital, apenas tímidas referencias -como por mero compromiso- a la elusión tributaria (que es el mecanismo, sumamente caro y altamente sofisticado, al que los muy ricos recurren para evitar el pago de impuestos), y, por supuesto, la preservación de los privilegios de las zonas francas, que no solo implica proteger al capital transnacional, sino también a las empresas nacionales a las que, graciosamente, hoy se les han abierto portillos para que, mediando algunos eufemismos poco imaginativos, puedan ubicarse en zona franca, para así liberarse del pago de impuestos.

Así pues, las “líneas rojas” estuvieron presentes y mantuvieron vigencia. Solo que, en general, son líneas rojas que preservan espacios de interés, y que poco tienen que ver con cuestiones éticas, filosóficas o ideológicas de fondo. Ya que, así como deberíamos discutir lo del empleo público, en procura de mejoras racionales y responsables (no el esperpento que alguna gente plantea), también deberíamos discutir acerca de la cínica irresponsabilidad tributaria de los muy ricos. Ambas cosas son necesarias, aunque la segunda es mucho más decisiva que la primera.

Pero es que las cámaras no solo sostuvieron “sus” líneas rojas, sino que avanzaron en territorios calientes que claramente favorecen su agenda: la posible reducción del impuesto a grandes corporaciones del 30% al 27,5% y la exclusión de la llamada “renta mundial”, un elemento muy importante para avanzar en la lucha contra el fraude fiscal y para la modernización del sistema tributario.

Y, en fin, vino a reafirmarse aquí, la hegemonía ideológica del gran poder económico. Seguramente en este caso la cuestión les resultó algo más complicada, ya que tuvieron que escuchar los puntos de vista de otra gente, y, encima, tuvieron que “rebajarse” a debatir con esos otros sectores. Para las cámaras y sus ideólogos eso es complemente inusual, puesto que su práctica normal se limita a cordiales y muy galantes tertulias entre ellos y ellas, contando siempre con la incondicional y muy sumisa colaboración de la prensa más poderosa.

Desde el punto de vista propiamente económico, los acuerdos asimismo reflejan -y quizá aún más claramente- la hegemonía de las tesis ortodoxas. Lo más heterodoxo que aparece es la venta de la cartera crediticia de CONAPE al Banco Popular, lo que, en el fondo, es una forma disimulada de crédito bancario al sector público, así como la presunta emisión de bonos “cero cupón” a diez años, que, en realidad, es un mecanismo disfrazado de parcial renegociación de la deuda interna. Muchas otras posibilidades, necesarísimas hoy día para el manejo de la situación fiscal, fueron ignoradas del todo. En cambio, la ortodoxia se afirma fuerte en la opción por la austeridad, el recorte y la aplicación de una «regla fiscal» con esteroides.

Esa hegemonía de la economía ortodoxa se refleja también en las propuestas de reactivación económica. Eso sí, resalto como novedoso y muy positivo el logro de las organizaciones de mujeres en materia de política de cuido. Por lo demás, lo que se ofrece es un ramillete de medidas “ofertistas” mil veces reiteradas: crédito, apoyos a MIPYMES, formación técnica de la mano de obra, redes de Internet, etc. ideas positivas y necesarias, aunque perfectamente inofensivas desde el punto de vista de la reactivación de la economía. Puesto que lo que hoy sufrimos es un desplome catastrófico de la demanda, nada de eso lo resolverá.

Tal es, modestamente, mi valoración de lo acordado. Tengo claro que tiene sus limitaciones, como tengo claro que no era esperable mucho más. Es que el diálogo difícilmente podía ser otra cosa, sino el reflejo de las realidades fragmentadas y asimétricas de nuestra sociedad. El blindaje de intereses sectoriales estuvo presente, como también se evidenció la hegemonía de ciertos intereses, de cierta ideología y de ciertos enfoques económicos. Claro que el diálogo obligó a esas corrientes dominantes a escuchar y a debatir con otros puntos de vista, lo que no es poca cosa en una sociedad de la que desapareció el debate pluralista. Pero también resultaría ingenuo esperar que no se hiciese sentir la diferencia entre las voces atronadoras y las voces casi completamente inaudibles.

Para concluir, no puedo dejar de mencionar el audio de Gerardo Corrales que circula en redes. El conocido economista asume ahí, ya sin maquillajes ni antifaz, el papel que siempre ha cumplido, como ideólogo del gran poder económico. Pero lo más interesante es el grito de guerra que Corrales lanza.

El caso es que un proceso de diálogo solo tiene sentido si los diversos sectores participantes, se amoldan a lo acordado y lo apoyan, posponiendo, al menos de momento, los aspectos de su agenda que quedaron por fuera. Todo lo contrario, lo que Corrales dice es: “cumplimos con la formalidad del diálogo, pero, cerrada esa etapa, lanzaremos toda nuestra artillería, para imponer nuestro punto de vista”.

Si el objetivo de Corrales era ensuciar el ejercicio de diálogo y sembrar la desconfianza, ya lo logró. Lo alcanzado -con todas sus limitaciones- es puesto en riesgo por este señor, excepto que las cámaras empresariales lo desautoricen pública y explícitamente.

Compartido con SURCOS por el autor. Publicado en: https://sonarconlospiesenlatierra.blogspot.com/2020/11/foro-multisectorial-de-dialogo-arar-con.html?m=1

Camino al #25N: Memoria Histórica Feminista, arte y movimiento

Comunicado

¡Súmate al evento virtual de la Coordinadora Feminista contra los femicidios e impunidad!
Este domingo 22 de noviembre a las 6:00 p.m. tendremos un encuentro feminista virtual para celebrar nuestra memoria histórica y movimiento junto a grandes artistas y compañeras de lucha.
#25N #NiUnaMenos #BastaDeImpunidad
#EmergenciaNacionalPorViolenciaPatriarcal
Inscríbete en: https://forms.gle/vroVAmzKWctYWrMf7

Aportes al pensamiento jurídico costarricense IV

Esta semana quiero compartirles la presentación que hace ya algunos años hice al “Manual del Derecho Procesal Penal” de la Dra. Jenny Quirós Camacho. Estimo que mantiene plena vigencia y utilidad.

Presentación a cargo del magistrado José Manuel Arroyo Gutiérrez del libro de la jueza Jenny Quirós Camacho Proceso Penal Acusatorio – La Experiencia de Costa Rica

En los procesos de transformación social, ni las grandes reformas, ni siquiera las revoluciones más extremas, logran erradicar por completo los antiguos regímenes u órdenes establecidos, sus valores y costumbres, sus pautas culturales, o incluso, sus instituciones políticas y jurídicas. Una especie de resistencia inercial termina colándose siempre a pesar de los cambios y, cuando menos se espera, se puede recomponer una fuerza verdaderamente restauradora o contra-reformista. Se requiere de mucha claridad acerca de las renovaciones que se impulsan, la bondad de sus contenidos, así como de una gran fortaleza intelectual y espiritual que termine por imponerse frente a esas resistencias.

Esta realidad histórica se evidencia, de manera muy clara, en las propuestas de reforma en el campo del derecho y, particularmente, cuando se ha querido transformar los sistemas procesales. En el mundo Occidental, el tránsito en lo que hace al proceso penal, desde un ordenamiento inquisitivo a otro más bien acusatorio, ilustra con total transparencia la dinámica de esta evolución. Por un lado, se reforman los marcos normativos y, por otro, se conservan, a veces de manera apabullante, los parámetros tradicionales de interpretación legal, la forma burocrática en que se llevan los procedimientos, las costumbres centenarias en la gestión de los casos, y las pautas de conducta en actores y destinatarios del proceso. Basta echar una ojeada a lo que han sido las iniciativas de reforma en América Latina, para comprobar la contundencia de esta verdad: proyectos de códigos que duran décadas para ser elaborados; proyectos que duermen el sueño de los justos en los archivos parlamentarios; nuevos códigos promulgados sin prever lo mínimo para su efectiva vigencia; o bien, como parece ser nuestro caso, nuevos códigos que se aplican arrastrando todo el peso cultural del pasado.

No cabe duda de que en la región latinoamericana, el último movimiento renovador, a partir de la década de los ochentas del siglo recién pasado y teniendo como modelo el Código Procesal Tipo, ciertamente ha tenido un éxito sin precedentes, al menos en lograr un cambio formal en la legislación de muchos países del área, proponiendo el abandono de los ordenamientos procesales heredados de la Colonia y la temprana República, de impronta inquisitiva, y pretendiendo modernizarse hacia sistemas acusatorios, de rasgos más bien inspirados en las fortalezas de la tradición anglosajona.

Con toda certeza, ante una propuesta de reforma procesal penal, pesa decididamente el factor político en sentido estricto. Un régimen procesal penal dice mucho de la calidad democrática de una nación y, quizá eso explica la dificultad que se tiene de impulsar reformas a fondo o bien de hacerlas efectivas una vez promulgadas formalmente. No es por casualidad que haya sido precisamente a partir de esa misma década de los años ochenta, que en Centro y Sur América, con la erradicación de las dictaduras militares tradicionales y la vuelta a regímenes democrático-electorales, se encontrara terreno fértil para las propuestas de renovación en los regímenes procesales penales con características acusatorias. Pero este nuevo momento histórico abrió un capítulo de desafíos también inédito. A la par de la conciencia de que la reforma legal no va a poder cambiar, por sí sola, la realidad social y jurídica de nuestros países, y que estamos frente a una necesaria transformación cultural y política mucho más profunda, no debe perderse el norte del rumbo a seguir.

La reforma de que hablamos debe inscribirse en un sistema destinado a tener siempre presente, como principal punto de referencia, a las personas, su dignidad humana intrínseca, los derechos fundamentales que hacen real esa dignidad y que, en últimas, se trata de un sistema puesto al servicio de la resolución de conflictos entre seres humanos diversos, entre victimarios y víctimas, y entre ciudadanos y la autoridad pública. No perder el norte significa también desechar las tendencias tecnocráticas y eficientistas que pueden pervertir y malograr una auténtica reforma procesal democrática. Por cierto, una de las razones que con frecuencia se esgrime para justificar el cambio de lo inquisitivo a lo acusatorio, es la necesidad de una mayor eficiencia y eficacia del sistema penal en su conjunto, a saber, la policía, la fiscalía y los tribunales de justicia. Esto es en principio una verdad con la que debemos comprometernos. Una justicia lenta y tardía termina siendo una justicia denegada por violación a derechos humanos fundamentales. Pero las variables de la eficiencia y la eficacia, no pueden ser fines en sí mismas. Hay que recordar aquí que cuando el Estado, el ejercicio de la autoridad pública, o la eficiencia del sistema se ponen por encima de las personas, su dignidad y sus derechos, podemos estar hablando de cualquier cosa, menos de un régimen democrático de convivencia.

Dicho de otra manera, hay que prever el riesgo de convertir el sistema penal en una especie de “brazo armado” de una determinada ideología o modelo económico o estatal. Sobre todo si, como ocurre en nuestros países, existen importantes sectores y mayorías de habitantes que no logran sentarse a la mesa del reparto. Sin ser reduccionistas, ya sabemos el peso real que tienen la marginalidad social en la trama de buena parte de los delitos más comunes entre nosotros.

En Costa Rica, ya lo sabemos también, la migración desde los sistemas procesales inquisitivos hacia formas más modernas de tipo acusatorio, ha recorrido un camino muy particular. Este proceso se inició hacia 1973 con la promulgación del Código de Procedimientos Penales y ha tenido su último momento con el Código Procesal Penal de 1996, vigente a partir de enero de 1998. Aunque hemos sido uno de los países de la región que más en serio se tomó esos procesos de reforma, se han experimentado logros y fracasos, ventajas y desventajas. Así, por ejemplo, la profesionalización de una policía técnica judicial, la investigación de los delitos con apoyo científico, la independencia funcional del Ministerio Público, el fortalecimiento de la Defensa Pública y la oralización de la fase de juicio, se cuentan entre los logros más significativos del período 1973-1997. Pero, por otra parte, junto a esos avances se fueron enquistando prácticas viciadas, magros resultados en la duración de los procesos, la calidad de las investigaciones o en las respuestas a las nuevas formas de criminalidad. A estos resultados negativos se unió la insostenible concentración de funciones (juez de instrucción clásico), o bien la traición de los principios acusatorios en la fase de juicio, todo lo cual terminó por activar la necesidad de un nuevo movimiento renovador. No resulta erróneo percibir, en conclusión, que el haber ocupado un puesto de vanguardia en la reforma procesal penal latinoamericana, hizo que Costa Rica también cometiera errores e incubara vicios que otros países han podido evitar y, paradójicamente, ese mismo puesto de primera línea de avance ha hecho que arrastremos herencias y prácticas que ha costado mucho erradicar.

Cuando, para hablar de otro ejemplo que resulta tema central en el desarrollo del libro que presentamos, se ha querido hacer de la oralidad un instrumento real en el marco del Código Procesal que nos rige, han surgido resistencias de al menos tres diversos tipos. La primera de ellas, de carácter cultural ha consistido en seguir arrastrando el peso –milenario ya-, de lo inquisitivo. Si se mira bien, el carácter inquisitivo de las relaciones interpersonales e institucionales rebasa lo jurídico e impregna a profundidad la civilización a la que pertenecemos. En principio, y tanto en las relaciones sociales y personales básicas, como en los procesos de investigación jurídica, la tendencia es a juzgar primero, e investigar después. Se trata de la preeminencia del pre-juicio antes que del juicio. Esa manera “natural” de abordar las relaciones y conflictos humanos hace que se traduzca en una profunda pauta de conducta, relativa al cómo deben establecerse las opiniones y las verdades en una sociedad. Ni la academia, ni la práctica profesional hacen mucho por contrarrestar esta errónea orientación. Se comprenderá la trascendencia –nefasta- de que haya jueces dominados por esta ideología en la construcción de las decisiones que tienen en sus manos. De igual manera, esta predisposición anímica frente a la construcción de la verdad legal, va acompañada de una fuerte tendencia a un ejercicio vertical del poder. El protagonismo de un juzgador que mira a las partes y sus puntos de vista, no como el sustrato sobre el que tiene que decidir, sino como males necesarios a los que debe guiar y suplantar, es el síntoma más claro de que el autoritarismo inquisitivo sigue presente entre nosotros. En resumen, las prácticas inquisitoriales en el campo del derecho procesal penal, infiltradas regímenes anteriores o insertas en un marco acusatorio, sólo se colocan en mayor evidencia, tanto por la palpable contradicción con los principios rectores, como por la trascendencia, para personas de carne y hueso, de los “fallos”, en el doble sentido de la palabra, emanados de jueces prejuiciosos, arbitrarios o autoritarios.

La segunda de las resistencias al cambio detectadas es de carácter psicológico. No menos determinante que la anterior, la fuerza inercial juega aquí a favor de la costumbre, la manera en que se ha hecho por años o décadas las cosas y, en fin, la dificultad que hay, en el común de los humanos, de acomodarse a las transformaciones y a los avances de cualquier tipo. Así, tanto más complejo es el contexto al que nos vemos abocados, cuanto que las propuestas de reformas jurídicas se han visto acompañadas de importantes innovaciones tecnológicas. En muchos casos los recursos tecnológicos o, mejor dicho, su carencia, se toma como pretexto para no avanzar en la implementación de los cambios. Hay que tener presente que esas excusas deben ser superadas y que, independientemente de los recursos que se tengan a mano, el cambio es también de actitudes, conductas y voluntades, es decir, psicológico en sentido amplio.

Por último, una de las resistencias frente a las reformas es de carácter pseudo-jurídica. Se apela, en este caso, a la “imperiosa necesidad” que tiene el común de los operadores jurídicos de aplicar la literalidad de la ley ordinaria, olvidándose de los principios rectores del mismo Código Procesal, y sobre todo de aquellos contenidos en la Constitución Política y en los tratados y convenios internacionales de derechos humanos. Esta concepción estrecha del derecho hunde sus raíces en la mediocre educación impartida en la mayoría de nuestras universidades, cuestión que nos apartaría del propósito que tienen estas reflexiones. Lo constatable es que se aplican las normas jurídicas al margen de lo que una interpretación integral y más profunda pudiera ayudar, en cuanto al acceso real a la justicia, la celeridad con que puedan atenderse las demandas ciudadanas, la efectiva igualdad entre las partes y la aplicación de la respuesta penal, como mal necesario, a lo estrictamente indispensable. Si puede realizarse una justicia de calidad, en tiempos menores y con estricto respeto de los derechos fundamentales, nada impide que el recurso a los principios de mayor jerarquía nos permita hacer interpretaciones más allá de la literalidad de las normas ordinarias. El límite siempre estará dado por la efectiva violación de uno de esos derechos y el consiguiente agravio real y efectivo a los legítimos intereses de la parte interesada, cuestión que puede controlarse por medio de los múltiples mecanismos ya previstos.

Es a partir de estas consideraciones previas que puede abordarse, en su justa perspectiva, una obra como la que nos ofrece la Doctora Jenny Quirós Camacho, destacada integrante de la judicatura costarricense.

Para empezar, conviene decir que nos enfrentamos a un trabajo que es mucho más que un manual o tratado sobre derecho procesal penal. La lectura de este libro nos obliga a incursionar en cuestiones filosóficas, filológicas y jurídicas en sentido radical y amplio, en tanto que, simultáneamente, se nos pinta un panorama completo sobre la ideología y los principios rectores del Código Procesal Penal vigente en Costa Rica, su naturaleza predominantemente acusatoria y su conformidad con el derecho de la Constitución y los tratados internacionales. Estas cuestiones, a manera de basamentos del edificio que la autora ha construido, nos introduce en la teoría contemporánea de la comunicación a propósito del debate oralidad versus escritura; nos conduce también hasta las razones de fondo que existen para optar por un proceso penal democrático en la disyuntiva entre lo inquisitorial y lo acusatorio; y nos recuerda que, todo esto, es imposible sin tener presente la doctrina universal de los derechos humanos.

Ahora bien, todo el bagaje teórico que contiene esta obra, surge de lo que, en nuestro criterio, constituye su núcleo y aporte principal. Nos referimos al sustrato empírico que en su momento recopiló la autora, incorporando la perspectiva de los destinatarios de la reforma procesal penal en Costa Rica y, a partir de esa riquísima información, hacer un recuento de las principales practicas viciadas que se han filtrado, ya sea de los anteriores ordenamientos procesales, ya de las nuevas pautas de comportamiento que se han ido enquistando al calor de su efectiva puesta en marcha. Aquí salen mal librados principalmente los jueces. Si bien es cierto hay señalamientos críticos contra el Ministerio Público y la Defensa, lo cierto es que del desarrollo que se hace en esta investigación, la responsabilidad más relevante parecen tenerla los juzgadores que, bien por excederse en sus funciones, bien, por el contrario, por no cumplir cabalmente con ellas, terminan siendo el factor que más vicios y problemas genera en el desenvolvimiento sano del proceso.

Ciertamente, la Doctora Quirós Camacho, nos previene de que el status y rol del imputado, como personaje protagónico del proceso, no sufrió mayor cambio respecto de su definición anterior en el Código de Procedimientos Penales (1973), por ello, su interés se centra en otros de los destinatarios del nuevo ordenamiento, principalmente el juzgador, el defensor -tanto público como privado-, las víctimas y los testigos. Se teje así, en cada una de las fases principales del procedimiento vigente (preparatoria, intermedia y debate), un análisis crítico desde puntos de vista internos y externos, que dan una mayor objetividad y consistencia respecto de la identificación de los principales errores que se están cometiendo y sus posibles vías de erradicación.

Así, con la claridad simétrica que ya caracteriza el pensamiento de la autora, el último de los capítulos de esta obra nos propone, en cada una de las principales etapas del proceso penal, una serie de indicaciones tendientes a resolver los vicios y yerros que se han diagnosticado y criticado con anterioridad. Se entra entonces a concluir sobre la necesidad imperiosa de que las peticiones al juez, en la fase preparatoria, se hagan y resuelvan en audiencias ágiles y productivas; que se le otorgue a la audiencia de la fase intermedia el papel que le corresponde, a saber, un momento de verdadera discusión que sirva para discriminar qué vale la pena enviar a juicio y en qué condiciones; y, finalmente, recuperar el carácter fundamental del debate, como fase decisoria por excelencia, sin traicionar sus principios rectores.

En síntesis, las tesis que la Doctora Quirós Camacho se ha propuesto demostrar, en mi opinión con todo éxito, son básicamente dos: en primer lugar, que la reforma procesal costarricense de los años 1996-1998 quiso ser y en realidad lo fue, una reforma de naturaleza acusatoria, en armonía con el derecho de la Constitución y los tratados internacionales; y, en segundo término, que los extravíos no han sido producto del diseño legislativo, sino en las prácticas seguidas por los responsables de aplicarlo, que no han sabido aprovecharlo de manera correcta y en todas sus posibilidades.

Si, por último, de algo podemos estar seguros y congratulados a diez años de la puesta en vigencia del nuevo ordenamiento procesal penal, es de que, pese a las dificultades con que se ha tropezado en su aplicación, se confirma la ideología acusatoria, profundamente democrática del Código entonces promulgado, su capacidad para enfrentar razonablemente el problema delictivo en una sociedad caracterizada por un gran dinamismo y cambio, con un incremento real de la violencia y formas inéditas de criminalidad, a las que se está dando respuesta sin maltratar ni comprometer las libertades y garantías propias del Estado de Derecho. De igual manera, ha surgido un pensamiento nuevo y amplio, vigorosamente crítico, que pone sobre la mesa los desafíos que tenemos por delante, evidencia de lo cual es el trabajo que ahora hemos tenido el honor de presentar.

Santa María de Dota, 30 de diciembre de 2007.

«Mi Reino no es de este mundo…»

Información del DEI

Esta vez compartimos un artículo de Mario Luna, de El Salvador, cuya intención es ofrecer un análisis socio-teológico de coyuntura y opinión, desde su experiencia salvadoreña como parte de una Comunidad Eclesial de Base.

Este hermoso y oportuno artículo es parte de la serie de textos de análisis de coyuntura que compartimos este año tras la declaratoria de pandemia. Pretendemos compartir insumos para las personas y comunidades que quieran contar con análisis y herramientas para entender lo que estamos viviendo en Latinoamérica., siempre desde el enfoque del pensamiento crítico.

Mario Luna es docente, Teólogo, maestrante en Teología Latinoamericana (por la UCA de El Salvador), miembro de la Iglesia Episcopal Anglicana de El Salvador. Facilitador de biblia y teología del ministerio de diversidad sexual de la Iglesia Episcopal de El Salvador. Acompañó a dos CEBs en Zacamil, Mejicanos, la comunidad Monseñor Romero, Zacamil, y la comunidad la Fosa. Además, es miembro del Centro de Investigación Ecuménica de El Salvador (CIE)

Mario ya nos ha acompañado en el DEI de forma presencial durante el Taller Socio-Teológico, y actualmente forma parte del Seminario de Construcción Colectiva que se realiza en modalidad virtual en este momento.

Agradecemos profundamente a Mario por recuperar las experiencias desde las Cebs en Zacamil y compartir generosamente este artículo.

Les animamos a ustedes enviar sus artículos para compartirlos con muchas más personas.

DEI

«Mi Reino no es de este mundo…»

Hacia la construcción y recuperación de lo femenino en los espacios comunitarios políticos en tiempos de crisis por el Covid-19

Por: Mario Luna (El Salvador, CA).

  1. Covid-19 y crisis social-política en El Salvador y Latinoamérica

Evidentemente debemos decir que en los actuales contextos que vivimos en América Latina, hubo una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. Es decir, una naturalización de este.

Se justifica esta narrativa señalando que “por razones de salud y seguridad pública” se quitan las libertades constitucionales a los ciudadanos. Dando así lugar a una verdadera militarización de los municipios y zonas en que se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o en que hay un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus.

El otro factor, no menos inquietante, es el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad real de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla.

Por ejemplo en El Salvador, la pandemia ha llegado, y ha puesto en crisis no solo el sistema de salud pública, sino que también a las personas más empobrecidas. Muchos salvadoreños y salvadoreñas afirman: “Si me quedo en casa, me muero de hambre”. Por tanto hay una naturalización de morir de hambre o morir por el contagio del virus.

Dejar de trabajar y encerrarse en casa por Coronavirus es un lujo para quienes trabajan en el sector informal de El Salvador. Según un estudio que Fusades presentó en octubre de 2018, se trata de siete de cada diez salvadoreños. Gente que no tiene Seguro Social ni pensión y, salvo excepciones como algunas empleadas domésticas, tampoco un pago fijo. Los vendedores informales son ícono de este desafortunado sector de la economía nacional, y los vendedores del Centro Histórico son los más célebres de entre ellos (ver enlace).

Al menos hasta 2015, la Alcaldía capitalina calculaba que son más de 8,600 en puestos en las calles del Centro, y unos 10,000 ambulantes: carretoneros y buhoneros (que andan la venta en la mano). Toda esa gente no se puede dar el lujo de encerrarse. Si venden, comen; si no, no. Así lo dicen algunos de ellos. “¿Se imagina si no salimos a vender lo que va a pasar con nosotros? Nos van a dejar morir”, dice una anciana que vende medicamentos. “Si no me dejan venir al trabajo, yo voy a hacer desvergue”, dice un lustrador de zapatos. “¡La gente de dinero compra cosas para guardarlas, nosotros ni el supermercado conocemos!”, dice una vendedora de ropa interior.

(ver enlace en externo en El Faro).

No obstante, se posiciona toda una narrativa de parte del gobierno que naturaliza su accionar, por ejemplo:

Geovanny Ramírez tuvo que salir de su vivienda, ese 7 de abril, porque ya no tenía nada para comer. La cuarentena y el régimen de excepción, impuestos por el Gobierno desde el 21 de marzo por la pandemia de COVID-19, lo obligaron a guardar su venta y eso lo dejó al borde de la hambruna. Así que se acomodó la mascarilla, tomó su bicicleta, el dinero de una encomienda y luego salió rumbo al centro de San Miguel. A pocas calles de su casa, unos policías de la Unidad Táctica Operativa (UTO), destacados en San Miguel, lo detuvieron en un retén, cuando el reloj marcaba las 8:30 a. m. cuando se detuvo “por respeto a la ley”, según dijo, los policías comenzaron a acusarlo: “Uno de ellos dijo que yo era pandillero, porque yo andaba dinero ajeno (…) Me dijeron que me iban a llevar como a un pandillero, y yo les dije que no soy nada de eso. Ahí fue cuando me empezaron a pegar”.

Geovanny es electricista de profesión y comerciante, y más recientemente repartidor y recadero. “Salí por necesidad”, dijo, pero los agentes no le creyeron. El primero lo golpeó en las costillas y, sin recuperar el aliento, corrió con todas sus fuerzas de regreso a casa, dejando atrás su bicicleta y a los policías. Uno de ellos disparó y Geovanny no supo si fue al aire o si falló el tiro. Griceydi Padilla, su vecina, salió al escuchar “una detonación similar a la de un arma de fuego” y “gritos de una persona pidiendo auxilio”. Era Geovanny, quien aprovechó la puerta abierta para buscar refugio, pero fue descubierto y sacado a puntapiés por los policías. De ahí se lo llevaron junto a tres más que pedían detener el maltrato, incluyendo a una adulta mayor. Así lo narró Griceydi a la procuradora delegada de Derechos Humanos en San Miguel, Gladys Benítez, según la resolución de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) sobre el caso (Fuente: ver enlace).

Por otro lado, hay una crisis política en El Salvador. Hay fuertes indicios antes de la pandemia de la absolutización de la militarización del Estado (con el 9 de febrero), es decir un mes antes del confinamiento y de la paro de la economía (trabajo), había fuertes indicios de esta realidad:

“Por primera vez en la historia, un presidente utiliza al ejército para tomarse la Asamblea Legislativa y amenaza con disolver el Congreso. Nayib Bukele organizó este domingo 9 una concentración con miles de simpatizantes frente al Órgano Legislativo y dio un ultimátum de siete días a los diputados si no ceden a su presión y autorizan la negociación de un préstamo de $109 millones” (fuente: ver enlace).

Sin embargo, durante todo este contexto de pandemia, hay ataques a la prensa, a la libertad de expresión, persecución política por parte del ejecutivo de periodistas (en especial mujeres) y comunicadores, desprestigio de todo aquel o aquella que haga una crítica o juicio o de una opinión distinta al ejecutivo (el medio estratégico son las redes sociales):

“La periodista de la revista Gato Encerrado, Carmen Valeria Escobar, es acosada digitalmente por el candidato a diputado por Nuevas Ideas, Carlos Hermann Bruch.

En reiteradas ocasiones Bruch ha descalificado la labor de la periodista; sin embargo, dicho acoso se intensificó en el marco de la pandemia, lo que también desató ataques digitales por otros usuarios de redes sociales.

“El nivel de acoso de este personaje llegó a un nivel intolerable”, expresó la periodista en su cuenta de Twitter. APES condena este tipo de ataques que atentan contra la integridad de las y los periodistas y pide a los usuarios de redes sociales respetar la labor de la prensa, fundamental para el ejercicio democrático en el país” (Fuente: ver enlace).

Por último, el domingo 9 de agosto, el presidente Bukele señalo en radio y televisión: “Si yo fuera dictador, los mandaría a fusilar a todos”. En esta frase expresó sus más caros anhelos, esto es, fusilar a todos los que no comulgan con sus determinaciones, comenzando con los magistrados de la Sala de lo constitucional de El Salvador.

Por tanto, en mi opinión personal, la pandemia ha sido la excusa perfecta para la exacerbación de la militarización del estado y del espacio público, e impulsar políticas populistas que buscan posicionar en la administración pública una nueva aristocracia (contexto de El Salvador).

Se quiere controlar a la población generando miedo por medio de los medios de comunicación social, redes sociales, entre otras; se construye el pánico por medio de la desinformación de qué medidas de saneamiento tomar ante la pandemia, además del incremento del desempleo, inseguridad social.

Hay por tanto, toda una estrategia psicológica para mantener el miedo en la población y así mantener paralizada a las personas, para que estas no reaccionen ante un abuso y violación de derechos humanos.

Se aprovecha el estado de emergencia (Contexto de El Salvador) para hacer negocios (corrupción) y compras de accesorios de bio-seguridad de mala calidad, se oculta la información del manejo de la pandemia de una forma tan descarada, violando la ley de ética gubernamental.

Planteando este escenario, vemos con claridad la presencia de una necro-política en todo este proceso.

1.1. Necro-política y necro-capitalismo

Es decir un proyecto político-económico de muerte que empobrece siempre a las mayorías. La realidad más cruda: morir de hambre o por el virus. Evidentemente, serán siempre los marginados y excluidos de un sistema social-económico los que tendrán o que sobrevivir o perecer.

Achille Mbembe (2011) quien construye el concepto de necropolítica, examina cómo el derecho soberano de matar se reformula en las sociedades donde el Estado de excepción es permanente. Según Mbembe, en un estado sistemático de emergencia, el poder refiere y apela constantemente a la excepción y a una idea ficticia del enemigo.

Pero como entendemos la necro-política:

Se refiere al poder de dar muerte con tecnologías de explotación y destrucción de cuerpos tales como la masacre, el feminicidio, la ejecución, la esclavitud, el comercio sexual y la desaparición forzada, así como los dispositivos legal-administrativos que ordenan y sistematizan los efectos o las causas de las políticas de muerte (Estévez, 2017).

Lo legal, lo jurídico y lo político sistematizan y ordenan este proyecto de muerte, que tiene como fin, salvar el mercado (el orden) y no al ser humano.

Vivimos esta situación que describe Mbembe, donde la crisis y emergencia sanitaria por el Covid-19 desvelan el necro-poder, o por lo menos está más evidente que en otros tiempos las necro-praxis (políticas) de las formas radicalmente corrosivas de capitalismo. Es sin duda, un capitalismo necropolítico, es decir, prácticas capitalistas o formas organizacionales de acumulación que involucran la pobreza, muerte, suicidio, destrucción del ecosistema y la organización y administración general de la violencia social estructural (Estévez, 2017).

  1. ¿Cuál es la respuesta teológica latinoamericana de la liberación, ante la actual situación del Covid-19?

Desde la perspectiva del teólogo Asman (1997), ante esta situación la crisis socio-política que provoca el capitalismo como necro-praxis, se deben posicionar las experiencias de fe anti-idolátricas y una de ellas es crear lenguajes alternativos para hablar de Dios y desde luego construir una comunidad ética-política solidaria alternativa distinta a la que se construye desde la idolatría del dios del capitalismo (individualismo, muerte, destrucción de los ecosistemas, entre otros). Se trata de estar en el mundo pero no ser del mundo (Jn 18, 36). Veamos.

2.1. Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36)

Según el texto de Juan 18, 36: Contestó Jesús:

Mi reino no pertenece a este mundo. Si perteneciera mi reino a este orden, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías. Ahora que mí reinado no es de aquí.

Para Mateos-Barreto (1982), Jesús no responde directamente a la segunda pregunta de Pilato: ¿Qué has hecho?, sino a la primera: ¿Tú eres el rey de los judíos? Al descartar la realeza que se apoya en la fuerza quedará patente que no pretende ocupar el trono, como podría sugerirlo el título que le ha dado: el rey de los judíos.

Al decir Jesús de Nazaret: “Mi reino no pertenece a este orden”, está en paralelo con la que había dicho de sí mismo: “yo no pertenezco al orden éste” (8,23) (…). El orden este, “el mundo”, es el sistema de injusticia, el que oprime al ser humano (mujer-hombre), y la adhesión a él es el pecado (8,23).

No obstante, Jesús practica el servicio al ser humano (al Otro) y rechaza el poder (6,10.15); como rey será el hombre levantado en alto, que dará su vida por salvar al Otro (12,13.15.32.34; cf. 3,3.5.14). La figura de Jesús, el rey que no pertenece al orden este, se opone a la del “jefe de este orden” (Jn 12, 32; 16,11), se trata de la personificación del círculo de poder (Mateos-Barreto, 1982).

Para Mateos-Barreto (1982), Jesús caracteriza a los reyes de este orden por apoyarse en la fuerza de las armas e imponer así su dominio: Si perteneciera a este orden (mundo) la realeza mía, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías. Jesús considera el uso de la violencia como perteneciente a la esfera de la injusticia y del pecado. En eso precisamente se distingue su realeza de las demás. La oposición entre su postura y la de “este orden” es clara; él se ha entregado voluntaria mente y ha cortado en seco la violencia de Pedro (Jn 18,11).

Por ende, Jesús renunciando al uso de la fuerza, ha probado no ser rey como los otros. No se ha constituido en rival de sus adversarios, disputándoles el poder, sino que se ha entregado en sus manos. Su realeza no tiene su origen en ninguna legitimidad de este mundo: “Mi reino no es de este mundo”. Tiene un fundamento completamente distinto que no se expresa en el lenguaje jurídico de derecho-sumisión.

En Síntesis, “no ser de aquí” equivale, por tanto, a “no pertenecer al orden este”. Su realeza pertenece a lo de arriba”, la esfera del Padre y del Espíritu; es, por tanto, una realeza que por amor comunica vida, en vez de producir muerte con la opresión (Jn 4,47.49).

2.2. Los imperativos del mundo (necro-poder: orden-ley)

Para Jesús el uso de la violencia del orden (mundo) pertenecen a la esfera de la injusticia y del pecado. El mundo (el orden), fundamenta un proyecto de muerte, desde el poder. Y esta realidad, desde la óptica del Jesús del evangelio de Juan es pecado.

El Sanedrín y Pilato son mundo, y estos siguen los imperativos del mundo. Ellos defienden las Leyes, Pilato la ley del dominio imperial y el Sanedrín la legalidad de la Ley judía. Pero para estos, Jesús de Nazaret ha transgredido la Ley (cuando lo ha hecho, pues cuando cura a los enfermos en día sábado). Para el Jesús Joanico, la ley no debe impedir la vida humana, por tanto, los que se open a Jesús y su praxis, lo hacen en nombre de la Ley (Hinkelammert, 1998).

2.3. Sustitución de Dios por el mercado (Jn 2, 13-16): necro-teología del orden mercantil

En síntesis, si actualizamos el mensaje de Jesús de Nazaret desde el evangelio de Juan, el mundo y su orden es toda una realidad de pecado e injusticia, con una ley que cosifica al ser humano. Pero también, para que se fundamente este orden-mundo, es fundamental toda una necro-teología que legitima este orden. Ahora bien, el Jesús del evangelio de Juan desenmascara esta realidad es decir “la sustitución de Dios por parte de las relaciones mercantiles”:

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quiten esto de aquí. No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado.

Se trata del conflicto entre Dios y Mamón. Mamón en este texto ocupa el lugar de Dios, al transformar la casa del Padre en casa de mercado. Dios desaparece de la casa de Dios y su lugar lo ocupa el Mamón, que ahora se llama Dios, pero en ningún momento se transgrede la Ley. Es evidentemente el cumplimiento de la Ley (en este caso la ley del valor) que sustituye a Dios en la casa de mi Padre. Dios es destronado cumpliendo la Ley. Por tanto, se trata de un acto en contra de Dios, que a la vez es un acto contra el ser humano (Hinkelammert, 1998).

En resumen, en el mundo-orden el mercado y la ley normatizan teológicamente el seguimiento a Mamón como el absoluto señor del orden-mundo. Pero el Jesús del evangelio de Juan, deja clara la postura radical de: “Mi reino no es de este mundo”, y sobre todo desenmascara la teología del mundo orden: “No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado”. En último término, Jesús señala que este mundo-orden (podríamos decir el necro-política) construye relaciones de poder que son pecado e injustas, que van en contra de la voluntad del Padre (y del reino de Dios).

  1. La ética de la compasión: para deconstruir el orden-mundo (necro-poder) y la recuperación de los espacios comunitarios políticos

Boff (2004), se hace una pregunta fundamental que nos sirve para deconstruir todo lo que hemos construido hasta este momento como civilización (orden-mundo): ¿Por qué hemos llegado hasta este punto crucial? Para Boff, las revoluciones agrícolas, la industrial, la del conocimiento y la comunicación, modificaron la faz de la tierra para bien y para mal. Dieron comodidad al ser humano, pero también depredaron la tierra.

Con el conocimiento técnico-científico y cultural, obtuvo el poder-dominación de la tierra, de las mujeres, de los pueblos. En lugar de estar junto a los demás seres, se puso contra ellos y sobre ellos.

Urge por tanto, de-construir todo este proyecto de muerte (necro-políticas), y para ello Boff (2004) expresa que lo fundamental para contrarrestar esta realidad, es la activación consciente e intencionada del principio femenino que está presente en las animas de la mujer y el hombre. Lo femenino en nosotros es aquella energía estructuradora que nos hace sensibles a todo lo que tiene que ver con la vida y la cooperación, que capta el valor de los hechos, que lee el mensaje secreto emitido por todos los seres, que identifica el hilo conductor que liga y re-liga las partes en el todo a la Fuente que todo procede. Lo femenino nos enseña a cuidar de todo con celo entrañable.

El cuidado constituye la esencia del anima y precondición necesaria para que continúe la vida.

En conclusión, según Leonardo Boff (2004), “para ser plenamente humanos, el ethos tiene que incorporar la compasión (pp. 56). El ethos que se compadece… incluye a todas las personas… donde hay acogida y donde las lágrimas pueden ser lloradas sin vergüenza o enjugadas cariñosamente” (pp. 57).

Y la compasión como señala Boff (2004), “es compartir la pasión del otro y con el otro, sufrir con él, alegrarse con él, caminar con él (pp. 57). Y la compasión como señala nuestro teólogo, exige, libertad, altruismo y amor” (pp. 59).

Hoy por hoy, en tiempos de crisis por el Covid-19 y de la implementación de las políticas de muerte, lo que debe primar es la ética –política de la compasión.

Se debe crear comunidades con esta óptica, es lo que debemos considerar para construir otros mundos distintos a este.

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Fotografías: agradecemos a Mario Luna por facilitarlas. Las tres corresponden a la Colonia Zacamil, en el Municipio de Mejicanos (Departamento de San Salvador, El Salvador).

Fotografía 1: Primer aniversario de Comunidad Eclesial de Base (Ceb).

Fotografía 2: (con imagen de una cruz): Viacrucis latinoamericano, con tres Cebs de la zona.

Fotografías 3: Círculo de Lectura Popular de la Biblia en casa de Mario, Zacamil.

Referencia Bibliográfica

  • Asman H (1997). La idolatría del Mercado. Colección Economía Teológica. Editorial Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI). San José, Costa Rica.
  • Barrera, C. Publicado el 18 de Marzo del 2020. Si me quedo en casa, me muero de hambre. Recuperado el 21 de Junio del 2020, de: ver enlace anterior.
  • Boff, Leonardo (2004). Ética y moral, la búsqueda de los fundamentos. Sal Terrae.
  • Estévez A (2017). Biopolitica y Necro-política ¿Constitutivos u opuestos? 21 de Junio del 2020 de: ver enlace anterior.
  • Hinkelammert F. J (1998). El grito del sujeto: del teatro-mundo del evangelio de Juan al perro-mundo de la globalización. Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI), San José Costa Rica.
  • Mbembe A (2011). Necro política. Editorial Melusina. España.
  • Mateos, J y Barreto, J (1982). El evangelio de Juan. Análisis Lingüístico y comentario exegético (segunda edición). Ediciones Cristiandad. Madrid.

 

Enviado por DEI.

El Índice de Desarrollo Humano Cantonal: la realidad de las desigualdades regionales

German Masís

Se presentó recientemente el Atlas del Desarrollo Humano Cantonal 2020, construido por la Escuela de Estadística de la Universidad de Costa Rica (UCR) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Este Atlas 2020 utilizó una nueva metodología usada en cálculos nacionales desde el año 2010 y que se nutre de la aplicación de una renovada familia de índices a nivel cantonal, como lo son el Índice de Desarrollo Humano Cantonal, el Índice de Desarrollo Humano ajustado por Desigualdad, el Índice de Desarrollo de Género y el Índice de Desigualdad de Género.

De acuerdo con el equipo investigador, el principal dato del Atlas 2020 es que, si bien Costa Rica ha avanzado en mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, el esfuerzo no ha sido suficiente para alcanzar a las regiones y personas en mayor condición de vulnerabilidad, como las mujeres y las zonas rurales y periféricas.

Los resultados del Índice de Desarrollo Humano (IDH), indican que:

– En el 2018 únicamente el cantón de Matina se encuentra en la categoría de desarrollo humano medio (en el 2010 eran nueve especialmente en zonas fronterizas).

– En todo el periodo no hay cantones en la categoría de desarrollo humano bajo (ElPaís.cr,5-11-2020).

En los últimos 15 lugares del IDH 2018, se encuentran Matina, Talamanca, Los Chiles, Buenos Aires, La Cruz, Tarrazú, Coto Brus, Guatuso, Sarapiquí, Hojancha, Osa, Garabito, Turrubares, Upala y Limón, de los cuales 3 pertenecen a la región Huetar Norte, 3 a la región Huetar Atlántica, 3 a la región Brunca, 2 a la Chorotega, 2 a la Central y 1 a la Pacífico Central, mostrando la mayor presencia de las regiones Huetar Norte, Atlántica y Brunca en los últimos lugares del IDH.

Entre los componentes del IDH, es importante observar las diferencias en los valores de la Esperanza de Vida y los años de Escolaridad en los cantones, siendo que Garabito, Matina, Talamanca, Osa y Limón presentan la menor esperanza de vida de todos los cantones con menos de 80 años, mientras que Los Chiles, Matina, Talamanca, Buenos Aires, La Cruz, Guatuso Sarapiquí, Osa, Upala y Limón tiene el menor número de años de escolaridad con 11 años.

Al comparar el comportamiento del 2010 con respecto al 2018, nueve cantones cambiaron 10 posiciones o más mejorando su posición. Por el otro lado, 10 cantones cambiaron 10 o más posiciones hacia abajo en el ranqueo.

Cantones como Dota, Esparza, Nandayure, Quepos, Cañas, Flores, Mora, Turrubares y León Cortés han mejorado su posición y cantones como Talamanca, Osa, Tarrazú, Sarapiquí, Guatuso, Hojancha Buenos Aires y Coto Brus y Osa han bajado posiciones ubicándose en las últimas de la clasificación.

En el Índice de Desarrollo Humano ajustado por Desigualdad (IDH-D), la mayor desigualdad se registra en los cantones fronterizos y rurales, mientras que las regiones de planificación con mayor desventaja social son la Huetar Norte, la Huetar Caribe y la Brunca.

Los cantones que se encuentran en los últimos lugares del IDH-D, son Matina, Talamanca, Buenos Aires, Sarapiquí, Hojancha, Coto Brus, Osa, Tarrazú, Los Chiles y La Cruz.

Comparando el IDH y el Índice de Desarrollo Humano ajustado por Desigualdad, los cantones que más pierden posiciones en relación con el primero, son Sarapiquí, Buenos Aires, Coto Brus, Hojancha, Osa, Tarrazú, Talamanca, Upala, La Cruz y Los Chiles.

En cuanto al Índice de Desarrollo Humano por Género (IDH-G), las mujeres siguen viendo limitadas sus oportunidades económicas en relación con los hombres.  Los cantones fronterizos son los que presentan mayores retrocesos en este tema.

En los últimos lugares del IDH-G estaban en el 2018, Turrubares, Dota, Guatuso, Mora, Hojancha, Nandayure, Esparza, Matina, Talamanca.

Para el 2018, 9 cantones se encontraban en la categoría IDG medio, mientras que en el 2010 se ubicaban 10 en esta categoría, en los que repetían Matina, Talamanca y aparecían Flores, Mora, León Cortés, San Mateo, Siquirres, Nicoya, Esparza y Buenos Aires.

En general integrando los tres indicadores de IDH, IDH-D e IDH-G, es posible establecer la profundización de una brecha territorial que ubica a los cantones del Caribe (Matina, Talamanca), del Norte (Los Chiles, Upala, Guatuso) y de la Zona Sur (Buenos Aires, Osa, Coto Brus) en los últimos lugares de la última década.

El comportamiento de los índices por cantón, es coincidente con el nivel de pobreza existente en el 2019, según la Encuesta de Hogares del INEC, en la que la pobreza es alta en algunas regiones, por ejemplo, en la región Brunca, la Huetar Atlántica y el Pacífico Central, en la que la pobreza ronda el 30%, lo que implica que la tercera parte de los hogares no cubren sus necesidades básicas, en esas regiones la pobreza extrema es del 9.2, 8.9 y 9.1, las más altas del país (LN.com,18-10-19).

En tanto la desigualdad en las regiones según el coeficiente de Gini, en la Brunca, Chorotega y Huetar Atlántica es cercano al 0,53 con el nivel más alto (ElPaís.cr, 18-10-2019), lo que confirma las persistentes desigualdades y desequilibrios territoriales y los deteriorados índices de desarrollo social, particularmente en las zonas rurales y costeras.

Por su parte, la investigación de la Escuela de Estadística de la UCR y del PNUD y la nueva versión del IDH, plantean algunos retos que es necesario mencionar:

  • Desarrollar políticas sociales inclusivas que reconozcan las desigualdades territoriales.
  • Atender las causas de la desigualdad local de manera prioritaria en aquellas zonas fronterizas, costeras y rurales.
  • Atender aspectos ambientales que reduzcan la vulnerabilidad.
  • Transcender el concepto económico de desarrollo mediante la atención de factores de exclusión y desigualdad.

En este sentido, el Atlas muestra la necesidad de orientar acciones de política pública que mejoren el desempeño de las instituciones del Estado costarricense, entre ellas resalta el fortalecimiento del sistema educativo, la atención de las realidades cantonales de manera diferenciada y la integración de poblaciones tradicionalmente excluidas, como las mujeres, los jóvenes, los pueblos originarios, la población afrodescendiente y las personas con discapacidad (ElPaís.cr,5-11-2020).