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Doble llave y cadena: la clausura de la comunidad costarricense en tiempos de pandemia

-Memo Acuña González | ENSAYO

En el año 2004, el productor y cineasta costarricense Hernán Jiménez presentó una de sus primeras obras audiovisuales en el país. La denominó Doble llave y cadena: el encarcelamiento de una ciudad, ganadora de la muestra de Cine y Video en aquel año.

En esta pieza, Jiménez expuso magistralmente las consideraciones sociológicas, psicológicas y urbanas de la transición entre una sociedad rural contemplativa y rupestre a una urbe urbana como San José, desordenada, fea e insegura. El eje con que presentó dicha transformación fue el aumento de la inseguridad. La pieza es narrada en primera persona, permitiendo conocer la forma como la subjetividad se va colocando frente a las transformaciones, los miedos, las incertidumbres del paso de un estado social, espacial, emocional, a otro.

Con el eje de la inseguridad, Jiménez no solo explicaba la reconfiguración estética de una ciudad como San José que en pocos años se convirtió en un «campo de concentración con seguridad perimetral». También planteaba la consolidación de un espacio geográfico y social donde se condensaron todas las desigualdades, tensiones sociales y destrucciones de confianzas mutuas y comunitarias, para dar campo a experiencias cada vez más individualizantes en los últimos 30 años. En este período, aparecieron los miedos hacia el otro, hacia los otros, generalmente diferenciados en razón de su color de piel y su proveniencia geográfica, fuera de las fronteras nacionales. Haciéndolo extensivo para el territorio costarricense, la sociedad en su conjunto se encerró en sí misma, se clausuró para resguardarse.

El audiovisual continua vigente luego de sus ya 16 años de estrenado. Sus premoniciones sobre un país que «se quedó por fuera» fueron cumplidas y se exacerbaron con la coyuntura de la pandemia COVID-19, que ha terminado por instalar el cierre de una comunidad política y social imaginada, hasta hace pocas décadas.

La base de esta clausura tiene múltiples dimensiones, algunas sociopolíticas, otras de orden sociocultural. Pero el principal rasgo que explica la fractura con la que cual Costa Rica acometió desde marzo de 2020 la actual coyuntura sanitaria, es la persistencia de un proceso cada vez más visible y permanente en esta sociedad: la construcción social de la desigualdad. Es este rasgo el que mejor describe una sociedad que se quedó por fuera, fue expulsada y contenida, mientras los vestigios de construcción social eran erosionados, minando la confianza y la solidaridad como construcciones identitarias comunes.

El escenario antes de la llegada del primer caso al país (6 de marzo de 2020) planteaba una sociedad profundamente desigual, que se había venido consolidando en los últimos lustros. De acuerdo con el Programa Estado de la Nación (2020), no todos los hogares costarricenses llegaron con las mismas condiciones a cumplir los requerimientos de las autoridades sanitarias en materia de confinamiento y distanciamiento social: de 1 600 000 hogares de Costa Rica, un 9 % de estos reside en viviendas en mal estado (144 000 hogares), y un 2 % vive en condiciones de hacinamiento (más de 3 personas por dormitorio, pulverizando así los requerimientos de casi dos metros de distancia dictados por las autoridades de salud); cerca de 15 % de las viviendas mide menos de 40 metros cuadrados y 104 000 viviendas (un 7 % del total) no tienen acceso a servicios básicos como agua, luz y manejo de residuos sólidos (PEN, 2020).

Los temas del distanciamiento social y la cuarentena, que en el caso de Costa Rica no es obligatoria completamente, desnudan realidades desiguales latentes en el ámbito de lo subjetivo y colectivo. Lo han planteado varios análisis desde la filosofía, la sociología, la psicología social, el arte. Lo dijo recientemente Boaventura De Souza Santos:

Cualquier cuarentena es siempre discriminatoria, más difícil para unos grupos sociales que para otros. Es imposible para un amplio grupo de cuidadores cuya misión es hacer posible la cuarentena al conjunto de la población. En este texto, sin embargo, atiendo a otros grupos para los que la cuarentena es particularmente difícil. Son los grupos que tienen en común una vulnerabilidad especial que precede a la cuarentena y se agrava con ella. Esos grupos conforman lo que llamo el Sur. En mi concepción, el Sur no designa un espacio geográfico. Designa un espacio-tiempo político, social y cultural. Es la metáfora del sufrimiento humano injusto causado por la explotación capitalista, por la discriminación racial y por la discriminación sexual (Recuperado el 8 de abril de 2020 de Surcos).

La crisis sanitaria global ha supuesto, para el caso costarricense, la continuación de una serie de clausuras, de encerramientos, de puesta del cerrojo a un estilo de vida, un proyecto de sociedad, una conformación comunitaria, para dar paso a una serie de procesos aún en transcurso y que la dinámica de la pandemia ha acelerado sin pausa y con una velocidad impresionante.

A esta coyuntura el país llegó resquebrajado, polarizado, partido. El juego de contrarios que ha venido siendo construido bajo la figura de la polarización social ha devenido en un reconocimiento fracturado de pertenencia a una comunidad amplia y homogénea, lo que produce de plano un tercer proceso de clausura aún en transcurso (los otros dos tienen que ver con la terminación de la comunidad sociopolítica y la transformación sociocultural): la lucha discursiva entre quienes pueden quedarse en casa y aquellos que, dada su imposibilidad material, continúan trabajando en oficios subterráneos, precarizados y riesgosos, los empleados públicos versus los privados, las élites que continúan movilizándose versus aquellos que son confinados, recluidos; los que viven en segregación social y territorial versus quienes pueden hacer de su confinamiento, una experiencia agradable y casi vacacional.

Los dos procesos de clausura precedentes ya los habíamos enunciado en otra ocasión para hacer referencia a la coyuntura social y política instalada en el país durante las elecciones de 2018. En esa ocasión hacíamos notar la conclusión de eso que Carlos Sojo denominara «lo costarricense» como mecanismo de integración horizontal.

Vale la pena traerlos a colación y recordarlos, como eslabones concatenados de una transformación sin pausa que experimenta Costa Rica en la actualidad y que se suma a lo que la pandemia ha dejado ver sobre la constitución comunitaria y social en el país.

Primera clausura: una refundación sociopolítica insuficiente

Uno de los pensadores centroamericanos mas claros en materia sociopolítica, el guatemalteco Edelberto Torres-Rivas, fallecido a finales de 2018, hacía una referencia sobre el escenario costarricense de los años ochenta, en los siguientes términos: «La cultura política del país es sólida porque mantiene vivas las mejores tradiciones de paz interna, estabilidad política, disgusto por las adhesiones ideológicas extremas y tolerancia» (Torres-Rivas, 2006).

Por otra parte, Carlos Sojo, en su ya gustado texto sobre la desigualdad (Igualiticos: la construcción social de la desigualdad. FLACSO, 2010) señala tres referentes normativos de la cultura política costarricense: la convivencia horizontal, la tolerancia y el pacifismo. En los últimos años, la certeza de esos referentes parece haberse difuminado.

Tales rasgos fueron encontrando expresiones de agotamiento que se evidenciaron en señales de transición y cambio de un sistema político y de partidos, que cristalizó en la coyuntura electoral de 2018. Los descontentos que se venían construyendo décadas atrás, finalmente produjeron los resultados de aquel período y que podrían ser denominados como la conformación de una nueva identidad política en Costa Rica, todavía en gestación.

Este es un elemento que no fue procesado en los dos años de la administración Alvarado Quesada y que se consolidaron con proyectos impositivos en materia fiscal así como la inhibición para que los movimientos sociales costarricenses pudieran mostrar sus inquietudes y expresarlas pública y colectivamente en las calles. Frente a ello, la sensación de una impunidad selectiva a favor de sectores económicamente fuertes, ha provocado enojos sociales inconvenientemente manejados.

Estos enojos siguen intactos y ni siquiera las referencias a un «equipo nacional», un «nosotros» lejano y difuso, tan utilizadas por los diferentes actores a cargo del manejo de la emergencia sanitaria actual, han logrado reducir dichos descontentos y colocarlos en un momento de pausa mientras la curva de la pandemia logra ser aplanada.

Crisis de partidos, crisis de franquicias

Lo que en aquel momento se denominó como crisis sistémica de los partidos empezó a cristalizarse luego de los acontecimientos de mediados de los años noventa, cuando un pacto entre élites y cúpulas políticas, denominado «Pacto Figueres-Calderón», dejó por fuera amplios sectores de la población y produjo su deterioro en las condiciones sociales, laborales y económicas; de hecho, se constituyó en el primer pacto o acuerdo nacional luego de los acontecimientos de la década de los años 40 del siglo anterior, que no tomó en cuenta otros sectores que no fueran las élites y las cúpulas.

La expresión de la crisis se evidenció en el aumento del abstencionismo por primera vez desde los años 40, cuando en las elecciones que declararon presidente a Miguel Angel Rodríguez, en 1998, sobrepasó el 30 %, porcentaje que no ha bajado desde entonces.

A inicios de la década de los años dos mil, aparecen las primeras expresiones partidarias denominadas no tradicionales, con la entrada a escena del Partido Acción Ciudadana (PAC) como propuesta «alternativa» a los partidos políticos tradicionales. Luego haría su aparición con gran suceso electoral el izquierdista partido Frente Amplio, teniendo el resultado más contundente que registra la historia del país para una denominación de este tipo. Su posterior desempeño, errático y inexperto en las lides políticas, le pasaría factura al reducirle de nuevo la expresión a un partido nuclear y concentrado en el centro del país, pero sin llegar a tener un peso político fundamental hasta ahora.

También se producen en esa década las primeras expresiones de cambio en el sistema político electoral del país: irrumpen las segundas rondas como traducción del descontento con la política y los políticos y la imposibilidad de tomar decisiones entre la oferta existente; estalla un multipartidismo expresado en varias fracciones legislativas que vuelven complejo el escenario de construcción de consensos; se evidencian propuestas partidarias caracterizadas por constituir franquicias electorales más allá de su solidez ideológica y programática; se producen distribuciones y redistribuciones territoriales de clivajes tradicionales y, más recientemente, se acude a la conformación de un electorado «volátil», pero no maduro, que expresa en el fraccionamiento de sus intenciones de voto, esa crisis sociopolítica iniciada años atrás.

El primer cierre, el de la refundación política, deja atrás aquellos rasgos de especificidad marcados por Torres-Rivas y Sojo para la Costa Rica de los años ochenta. Denominada de muy diversas maneras (crisis de partidos, crisis de representación, colapso del sistema de partidos, etcétera), tal refundación parece dar paso a la conformación de una experiencia todavía no identificada, nuevas narrativas y prácticas político-partidarias que deberán asomarse tímidamente cuando la pandemia deje territorio costarricense, al despuntar el año 2021, apenas unos meses antes de las elecciones nacionales de 2022.

Finalmente, y no menos importante de considerar, resultan expresiones sociopolíticas que llegaron para quedarse. Forman parte de dinámicas regionales latinoamericanas gestadas durante décadas, con el aumento de la participación política de denominaciones religiosas evangélicas y neopetencostales.

Su trabajo de base les hizo pasar de 4 diputaciones en 2014 a 14 en 2018, pero en los años precedentes venían experimentando sus primeras incursiones en la arena política nacional. Con cerca de 4 000 congregaciones en todo el país, es una estructura que desearían tener algunos de los partidos políticos tradicionales para volver a reencantar a sus «feligresías» e incluyen más de 300 organizaciones entre las que figuran comedores, hogares para adultos mayores, casas de atención para indigentes, universidades, colegios, escuelas, fundaciones, guarderías, hospitales, clínicas, canales de televisión, emisoras de radio, programas para indígenas y privados de libertad (El Financiero).

Poseedoras de una sólida argumentación espiritual (construcción de una narrativa única sobre los valores a restablecer-restaurar) que supieron combinar con el ejercicio de la retórica política, hacen parte de estrategias ya utilizadas en el pasado para el convencimiento: en 2007 las empresas privadas amenazaron a sus trabajadores con el desempleo si no era aprobado el TLC con Estados Unidos; en 2018 las iglesias evangélicas prometían la salvación de las almas a sus seguidores, promoviendo el voto en masa para el partido Restauración Nacional.

Un ciclo político ha terminado en el país y ha comenzado otro. Lo costarricense que se afincaba en esa identidad, empezó a desdibujarse.

Segunda clausura: una transformación sociocultural en marcha

Costa Rica entró desde hace unos décadas en una ruptura sociocultural sin pausa, manifestada por los signos de conservadurismo, que han encontrado eco en expresiones políticas como las ya indicadas anteriormente. La transición entre una sociedad abierta y otra cerrada, como lo plantea el documental de Jiménez, ha sido intensa, furiosa y con efectos en las dinámicas sociales y colectivas que hoy mismo se visualizan en los efectos de la pandemia más allá de sus consideraciones para la salud pública.

Asistimos a los momentos más álgidos de tensión entre una sociedad liberal y una experiencia conservadora. Según Núñez (2000), los elementos aglutinadores e integradores de una sociedad parecen, en el caso de Costa Rica, haber cumplido su vida útil. La comunidad religiosa, en el sentido filosófico del término, sugiere estar siendo amenazada por la fragmentación identitaria que se manifiesta en la sociedad costarricense de la actualidad.

Desde hace algunas décadas se vienen agregando algunos ingredientes de estos cambios socioculturales, tales como la desafección con la institucionalidad en todos sus niveles, los marcos de convivencia fracturados (o, como señala Nuñez, un pacto social con límites) y procesos de individuación de las experiencias sociales que denotan la constitución de nuevas formas de cohesión social, basadas en la incorporación al mercado como organizador social.

Lo que Jiménez en su documental supone, es que ya la erosión de lo colectivo-comunitario estaba instalada en el escenario costarricense y que la inseguridad como problema contribuyó a agudizar: la gente se atrincheró sola, buscando su protección individual y no la resolución colectiva. Esta base de lo individualizante de los procesos, podría estar explicando por qué una porción no marginal de costarricenses insisten en desconocer las órdenes sanitarias de inmovilidad.

Pero luego vinieron otros procesos que fueron minando la confianza: la desafección política, los actos de corrupción cometidos por esa misma clase dirigente, la impunidad con que han sido tratados procesos de elusión, evasión y declaración de cero utilidades de parte de empresas provenientes de las élites económicas y financieras del país. Una sociedad así constituida permanece cerrada, una comunidad diluida en formas competitivas (revestidas bajo el mito del emprendedurismo) e individualizantes.

Otras identidades

Ahora bien. Existen seguramente otras configuraciones sociales basadas en el rubor del mercado. Lo que las encuestas sociopolíticas de los últimos años no lograron registrar fue el surgimiento y consolidación de un grupo social más grande que todos los demás en su identidad política: indecisos, abtencionistas, volátiles.

Se trata de la conformación de una comunidad que encuentra felicidad en su capacidad de consumo: Hacia finales de 2017, la deuda total con tarjetas de crédito en Costa Rica alcanzó, ₡1 196 995 millones, un 11 % más que el mismo trimestre del año anterior y calculó una circulación total de 2 628 751 plásticos para un promedio de deuda por tarjeta de ₡ 455 347. Estos números habrán aumentado pero deberíamos preguntarnos ahora si esta comunidad fue pulverizada por la pandemia o logró resistir sus embates.

Ante estos datos, no queda duda sobre el tipo de sociedad que está emergiendo. Aquellos mitos fundacionales (Sojo, 2011; PEN, 2016) sobre los que una vez descansó la constitución de la identidad nacional, parecieran estarse transformado en otro tipo de experiencia. La convivencia es una aspiración y no una realidad; la tolerancia, una exigencia, más que un valor.

En el marco de la coyuntura de la pandemia y las indicaciones de distanciamiento social provenientes de las autoridades de salud costarricenses, dueños de una desesperación al límite, grupos de costarricenses se han abalanzado sobre los supermercados, han agredido autoridades de tránsito o simplemente se han descolocado frente a la sospecha: una persona consultada en las inmediaciones del ferry de Paquera sobre su lugar de origen, insistía en diferenciarse de los otros: «yo no soy turista, yo no soy turista», decía.

La profundización de los miedos sociales y las incertidumbres se ha depositado una vez más sobre la desconfianza en los otros, los que están al otro lado de la frontera. Bajo la ilusión de un cuido colectivo (que existe comprometido, fragmentado, parcial), se argumenta que debido a la poca acción del Gobierno nicaragüense, los costarricenses corren peligro de ser infectados por ese otro cuerpo proveniente de afuera. De nuevo, una vez más, como en tantas coyunturas, la construcción del pánico social pone rostro, clase y nacionalidad a esos miedos construidos.

Estos procesos socioculturales se amplían sobre la base del desarrollo de dinámicas de larga data que han impactado en la sociedad como conjunto:

  • Profunda fragmentación territorial que incide en experiencias de convivencia social y cultural. Este aspecto no es menor en el tipo de sociedad que está emergiendo.
  • Continuo bloqueo al ejercicio de derechos de algunas agrupaciones sociales. En el 2015, una encuesta sobre temas de coyuntura elaborada por el Programa Umbral Político del Instituto de Estudios Sociales en Población, planteaba rasgos de desacuerdo importantes con las uniones civiles de personas del mismo sexo, el uso medicinal y recreativo de la marihuana y el aborto terapéutico o como producto de violación. Algunos de estos temas fueron parte de la agenda que polarizó política y electoramente al país hasta la fecha. Se trata de la expresión local, de un giro conservador de amplias manifestaciones que se viene produciendo en muchas partes del planeta. América Latina no escapa a estas manifestaciones, que seguirán operando sin lugar a dudas sobre los procesos de integración social en transcurso.
  • Fortalecimiento de noción de patrimonio corporal hacia mujeres, niños, indígenas. Este aspecto evidencia ciertamente una fractura social sin retorno en el país. La relación entre algunas denominaciones evangélicas con el conservadurismo político son justamente la importancia asignada a la propiedad y el éxito material. Dos aspectos que en Costa Rica parecieran estarse solidificando. Y no hablamos solo de la propiedad material, sino de la propiedad sobre los sujetos, sobre los cuerpos. Por otro lado, el éxito comercial-religioso tiene caldo de cultivo en una sociedad cada vez más entregada al mercado, tal y como quedó evidenciado anteriormente.

Las anteriores manifestaciones indican rasgos de una transformación sociocultural en transcurso, que no ha detenido su marcha ni siquiera con la coyuntura de la pandemia. El consumo, la pertenencia a un mercado y el desarrollo de realidades sociales de verdadero distanciamiento suponen una clausura evidente que continúa su marcha.

Tercera clausura: la tensión entre nuevos enojos y la consolidación de una agenda económica y financiera hegemónica en tiempos de pandemia

Costa Rica arribó al escenario de la pandemia global con claros signos de agotamiento en su conformación como comunidad imaginada. A la clausura sociopolítica y la transformación sociocultural, base de nuevas identidades aún incompletas, se debe agregar el aumento de la desigualdad como la base de las principales dificultades en materia social, económica y cultural, lo que impacta y erosiona de forma directa la constitución de colectividad en Costa Rica.

Hoy no solo está simbólica y realmente encerrada esa comunidad: está clausurada. Existe mediana claridad que un punto de no retorno es lo que ocurrirá con un buen porcentaje de población nacional desempleado, viviendo en condiciones precarias y con acceso a servicios sociales comprometidos, producto de la segregación y fragmentación social en la que viven.

¿Irrespetos, desobediencias: nuevos enojos o continuación de los viejos?

Explicar el porqué de las diversas actitudes de desconocimiento y desobediencia a las indicaciones de las autoridades costarricenses es complejo, pero podría referirse a esa polarización ya instalada y a la idea de que una comunidad por la que todos se sentían interpelados e incluidos ha sido poco a poco clausurada, redefinida. El no reconocimiento a esa comunidad podría hacer perder el valor de defenderla, de jugar todos en un mismo equipo, de «remar parejo».

En el primer fin de semana de aplicación de multas «severas» a quien infringiera una restricción vehicular sanitaria (107 000 colones, un poco más de 200 dólares), fueron levantados 1 300 partes. Entre los multados se encontraban conductores infringiendo no solo esa disposición de contingencia, sino otras, relacionadas con documentos vencidos, placas de sus automóviles sin vigencia o conducción bajo los efectos del licor.

A inicios de Semana Santa, una familia intentó construir un campamento en una playa, pese a la orden de cierre y prohibición para visitar lugares turísticos, que fueron clausurados por disposiciones de las autoridades nacionales. («Guardacostas destruyen rancho levantado por vacacionistas en Limón». Recuperado el 8 de abril de 2020 en La Nación).

En la última semana, dos personas dedicadas a la actividad del surf fueron interceptadas por autoridades policiales costarricenses, en virtud de la violación a la prohibición de permanecer en playas nacionales que estaban presentando.

El continuo desafío, el permanente desconocimiento a las reglas del juego promovidas por las autoridades sanitarias en conjunto con las representantes en materia de seguridad, ejemplifican el quiebre de una noción colectivizada, la ruptura de una idea de solidaridad que poco a poco fue dando paso a la constitución de experiencias individualizantes que hoy cuestionan los procesos de cuido colectivo y comunitario en el caso costarricense.

Ni siquiera el coloquial «no jueguen de vivos», expresión utilizada en Costa Rica para caracterizar una actitud de arrogancia, de querer «pasarse de listos» y que fuera emitida por el Ministro de Seguridad para advertir a la población costarricense sobre el impacto de la multa en sus bolsillos y comportamiento, detuvo el permanente desafío de un sector de la población costarricense ante las solicitudes institucionales de confinamiento y aislamiento social.

Cabe señalar que la existencia de pequeños reductos de apoyo y confianza mutua, son resabios de identidades políticas y colectivas ya difuminadas. Las experiencias de ayuda con alimentos y dinero entre personas está siendo un lugar común en Costa Rica desde varias semanas, pero no alcanzan para constituir una nueva forma identitaria en el país.

¿Por qué, entonces, la actitud de muchos costarricenses? Hay quienes la señalan como irrespeto, otros indisciplina, otros desidia, otros falta de solidaridad con el colectivo. Son grupos pequeños pero persistentes. No tienen nada que ver con los cientos de costarricenses que aún se mantienen en sus puestos de trabajos, empezando por los de la primera línea en materia de salud pública y atención de la emergencia, siguiendo con los de los oficios informales y las actividades subterráneas y precarizadas que mantienen en pie a los negocios de ventas de comidas y entrega de medicamentos. Entre estos dos grupos, un verdadero contingente de personas trabajadoras en la informalidad salen si o si, con restricción o sin ella, a generar el único ingreso posible que les permita subsistir en la pandemia y cuando esta acabe.

Estudiar la base social de esos grupos en desacato es un reto y desafío en lo que viene. Podría explicarnos nuevas lógicas de enfrentamiento entre un sector de ciudadanía distante y el Estado, enojos y frustraciones que encuentran en la prohibición de la movilidad un motivo más para expresarse o simplemente una desconexión consiente con el contexto de riesgo y amenaza para la salud pública.

¿Estamos juntos en esto Fernández: reme?

En Costa Rica la expresión jugar de vivo, en buen coloquio, alude a aquella persona que valiéndose de circunstancias específicas acciona para sacar provecho de ellas: pagar coimas, saltarse una fila en un banco, cruzar en rojo en su semáforo, burlar la autoridad.

Sin embargo, esta expresión, utilizada por el Ministro de Seguridad de Costa Rica durante una de sus comparecencias para informar el estado del país en la materia y anunciar nuevas disposiciones en cuanto a la movilidad vehicular en tiempos de pandemia, bien podría ser útil para caracterizar los intentos de los sectores hegemónicos en materia económica y financiera del país, para impulsar su agenda y ser, de paso, salvados y protegidos por el Estado.

En las últimas semanas su llamado al Gobierno costarricense para que accione sobre el aparataje del sector público en materia salarial, bajo el discurso sacrificial del bien común, no se corresponde con las denuncias sobre elusión y evasión fiscal, deudas a las instituciones costarricenses y declaración de ganancias cero para no pagar la carga impositiva respectiva, que pesa sobre sus espaldas. Son aquellos personajes de la viñeta de Quino, todos sentados en el mismo lado de una embarcación pequeña azotada por una tempestad y a punto de hundirse, obligando al empleado Fernández a remar bajo la consigna de salvarse todos. Sabrá el lector o lectora, a cual Fernández nos estamos refiriendo.

La restitución de los mecanismos de confianza y de acciones colectivas serán oportunas para avanzar hacia la refundación de una experiencia distinta de país. Por lo pronto, no solo la amenaza de la pandemia se cierne sobre su geografía social y cultural. Para que esa confianza nazca de nuevo, deben ser removidas las cadenas y las llaves que llevaron al país a clausurar su comunidad política y social construida, encontrar otras formas de «lo costarricense» al decir de Carlos Sojo, que sin escencializar el término, permita a esta sociedad sentirse con la capacidad y la certidumbre de remar en condiciones de igualdad hacia un mismo objetivo.

Mientras sectores extractivos como los del empresariado de élite costarricense sigan su juego de desmantelar el Estado y destruir el empleo público, la tempestad seguirá arreciando y ni Fernández ni ellos mismos tendrán oportunidad de salvarse.

El proceso de prevención del aislamiento social que ha transformado sujetos en vectores sociales (Citro y Roa, 2020) ha producido además una peligrosa reedición de la individualidad que dificulta la construcción de un nosotros social. «Yo me quedo en casa», «yo me lavo las manos», «yo hago la cuarentena», son discursos e interpelaciones que permean la voluntad de una construcción colectiva y una actitud política distinta.

En el documental de Hernán Jiménez queda claro el mensaje: es necesario abrir las puertas para reconstruir eso que hoy es un concepto quizá muy complejo de entender: construir solidaridad comunitaria como eje fundamental de la experiencia social. O como Citro y Roa plantean en su reciente reflexión: es urgente la necesidad de recuperar, transformar y reinventar las artes de la reexistencia colectiva, para generar lazos sociales de igualdad confraternidad incluidos en una communitas diversa y solidaridad, la necesidad de trabajar las micropolíticas intersubjetivas colaborativas a fin de romper esa asilamiento político y social provocado no solo por la pandemia, sino por décadas de destrucción del tejido social y colectivo.

A ese proceso, mientras quienes podamos quedarnos en casa, deberemos de abocarnos todos y todas como base de construcción de un activismo que devuelva ese sentido de participación, comunidad, proyecto. Es esencial volver a ello.

Referencias

Citro, Silvia y Roa, María Luz. (2020). Pandemia: yo me quedo en casa pero en communitas. Disponible en LATFEM

De Souza santos, Boaventura. (2020). Al sur de la cuarentena. Disponible en Surcos.

El Financiero. (2018). Movimiento evangélico en Costa Rica. Del servicio de Dios a la conquista política. Disponible en El Financiero.

Jiménez, Hernán. (2004). Doble llave y cadena: el encarcelamiento de una ciudad. Audiovisual. Disponible en YouTube.

Nuñez Ladeveze, Luis. (2000). La ficción del pacto social. Editorial Anaya, Madrid.

Programa Estado de la Nación. (2020). Las desigualdades que enfrentan los hogares en cuarentena. Disponible en Estado Nación

Torres- Rivas, Edelberto (2006). La piel de Centroamérica. Una visión epidérmica de 75 años de su historia. Flacso, Costa Rica. Disponible en Flacso

Sojo, Carlos. (2010). Igualiticos: la construcción social de la desigualdad en Costa Rica. Flacso, Costa Rica. Disponible en Flacso

Fotografía principal de EFE/Jeffrey Arguedas, tomada de EFE.

 

Fotografía principal de EFE/Jeffrey Arguedas, tomada de EFE.

Fuente: https://gazeta.gt/

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Reencuentro con la Madre Tierra, tarea urgente para enfrentar las pandemias

“Ojalá que la pandemia del coronavirus, como la peste en la Antigua Grecia, resulte un acontecimiento histórico que alcance a instaurar en la conciencia humana la inteligencia de la vida; que logre recodificar el silogismo aristotélico ´todos los hombres son mortales´, para recomponer la vida de Gaia, de la Pachamama. Para instaurar en el pensamiento a un nuevo silogismo: la vida es naturaleza/Soy un ser vivo/soy naturaleza.”
Enrique Leff

Por Alberto Acosta*

16 de abril, 2020.- La Humanidad, con la pandemia del coronavirus, parece vivir una película de terror, que nos confronta de forma brutal y global con la posibilidad cierta del fin de su existencia en el planeta. Sin ser una película, siendo una dura realidad, se trata de una mega producción que está en marcha desde hace tiempo atrás. Esta pandemia no surge de la nada, no es el producto de un simple complot. La pandemia del Covid-19 nos confronta con una realidad que se ha venido deteriorando aceleradamente desde hace unas siete décadas por lo menos, pero aún con más brutalidad en el último tiempo. Aceptemos también que la recesión económica nos es un producto del coronavirus, pues ya empezó a golpearnos desde el año anterior.

Esta difícil hora nos convoca a memorizar, reflexionar y actuar.

Vivimos una crisis múltiple, generalizada, multifacética e interrelacionada, a más de sistémica, con claras muestras de debacle civilizatoria. Nunca afloraron tantos problemas simultáneamente, que rebasan lo sanitario, mostrando efectos en lo político, económico, ético, energético, alimentario y, por supuesto, cultural. Pero los graves problemas no se quedan en esas dimensiones, pues también hay efectos ambientales inocultables.

“La pandemia del Covid-19 nos confronta con una realidad que se ha venido deteriorando aceleradamente desde hace unas siete décadas por lo menos, pero aún con más brutalidad en el último tiempo. Aceptemos también que la recesión económica nos es un producto del coronavirus, pues ya empezó a golpearnos desde el año anterior”.

Para empezar, reconozcamos la realidad como es, por más dura que sea. Ya no hablemos más de cambio climático. Seamos precisos en los términos. Estamos en medio de un colapso climático: No podemos olvidar que los cambios en el clima han sido parte consustancial en la historia de la Tierra. Y este colapso lo hemos fraguado los seres humanos en el marco de lo que se conoce superficialmente como el “antropoceno”; en términos correctos corresponde al “capitaloceno”.

La crisis del coronavirus y sus riesgos

A partir de esa rápida introducción cabe hacer una lectura en clave de crisis. Los dos kanjis de la palabra crisis en chino nos plantean la cuestión: problemas y oportunidades.

Los orígenes profundos de esta crisis multifacética son fáciles de avizorar. Mencionemos algunos. Consumismo y productivismo que arrasan con los recursos del planeta y que liquidan los equilibrios ambientales. Tecnologías que, en lugar de alivianar la vida de los seres humanos, aceleran la acumulación del capital afectando cada vez más la psiquis de las sociedades, al tiempo que permiten consolidar un Estado cada vez más autoritario, como en China. Ambición y egoísmo que conducen a la destrucción de tejidos comunitarios y a la profundización de un individualismo transformado en una enfermedad social. Hambre de millones de personas, no por falta de alimentos, que sobran, sino porque mucha gente no tiene capacidad para adquirirlos (o producirlos) o simplemente porque se los desperdicia; se especula con ellos; se alimenta automóviles: biocombustibles; se depreda la biodiversidad; mientras en otros segmentos golpea la obesidad. Extractivismos desbocados que destrozan las bases de la vida y consolidan un sistema económico inequitativo y depredador. Flexibilización laboral para ser competitivos aumentando la explotación del trabajo. Predominio de las finanzas, sobre todo en su fase especulativa, sobre las actividades de producción de bienes y servicios, que, a su vez, superan en mucho la capacidad de resilencia de la Tierra. Culto a la religión del crecimiento económico permanente que desborda los límites biofísicos del planeta. Y todo para asegurar la acumulación del capital, que impulsa una imparable mercantilización de la vida, un verdadero “virus mutante”. Todo esto sintetiza el libreto de esta gran mega producción de la destrucción, que está en cartelera desde hace mucho tiempo atrás.

«Ya no hablemos más de cambio climático. Seamos precisos en los términos. Estamos en medio de un colapso climático: No podemos olvidar que los cambios en el clima han sido parte consustancial en la historia de la Tierra. Y este colapso lo hemos fraguado los seres humanos en el marco de lo que se conoce superficialmente como el “antropoceno”; en términos correctos corresponde al “capitaloceno”.

Ahora, los voceros del poder, ignorando esas constataciones inocultables, claman para que nos preparemos a recuperar el tiempo perdido. En este punto, sin ampliar más en las amenazas y riesgos avancemos avizorando las oportunidades, pues lo concreto es que no podemos volver a la normalidad porque la normalidad es el problema. En realidad, se trata de una a-normalidad producida por el capitalismo.

Reconstruyendo y construyendo vacunas para las pandemias

En este momento cobran renovada fuerza las alternativas existentes en diversos rincones del planeta. Hay una variedad de nociones y visiones diferentes y complementarias de cómo imaginar y lograr una transformación socio-ecológica vital, imposible de conseguir con los enfoques de la Modernidad. Son visiones que incluso nos permiten leer de otra manera la realidad con el fin de comprender de mejor manera el mundo en que vivimos, al tiempo que nos invitan a revisar nuestras tradicionales categorías de análisis.

Algunas de estas nociones emergentes son una suerte de renacimiento de las cosmovisiones de los pueblos indígenas; otras han surgido de los movimientos sociales y ecologistas relacionados con viejas tradiciones y filosofías; y, muchas más son respuestas de diferentes grupos compuestos por diversas personas que enfrentan la dura y frustrante cotidianidad con acciones que comienzan a configurar alternativas incluso con capacidad de transformación civilizatoria. Esta ebullición de alternativas se vive en medio de la pandemia a través de la construcción de una multiplicidad de respuestas emanadas desde la creatividad y el trabajo de las comunidades.

A diferencia del desarrollo, que es un concepto basado en un falso consenso, estas visiones alternativas no pueden ser reducidas a una única visión y, por lo tanto, no representan un mandato global indiscutible. Tampoco pueden aspirar a ser adoptadas como una meta común por organizaciones internacionales para recién entonces hacerse realidad. Muchas de estas ideas nacen como propuestas radicales de cambio especialmente desde ámbitos locales, especialmente comunitarios, pero las hay también de alcance nacional e inclusive global.

Esta deconstrucción del desarrollo abre con fuerza la puerta del Buen Vivir, una cultura de la vida con denominaciones y variedades diferentes en distintas regiones de Sudamérica: sumak kawsay o suma qamaña; ubuntu, con su énfasis en la reciprocidad humana en Sudáfrica y varios equivalentes en otras partes de África; swaraj con su énfasis en la autosuficiencia y el autogobierno, en India; y muchas otras. Los postulados ecofeministas y el paradigma del cuidado representan otro aspecto muy potente dentro de este arcoíris post-desarrollista, que necesariamente debe ser también post-extractivista. La necesidad de liberar a la salud y a la educación del ámbito mercantil resulta indispensable. Y por cierto hay que incorporar todo el aporte decolonial.

El Buen Vivir representa, en suma, una clara alternativa al desarrollo, más allá de los vaciamientos conceptuales que ha sufrido por parte de los gobiernos progresistas de Bolivia y Ecuador. Ese Buen Vivir indígena -pensemos lo que sucede en la Amazonía, por ejemplo- es el que muchas veces ha permitido proteger los bosques y las selvas, los páramos, las fuentes de agua y la misma diversidad biológica y cultural, como acción concreta para enfrentar el colapso climático. Y el principio que le inspira -pensado en plural: buenos convivires- es la armonía o, si se prefiere, el equilibrio en la vida del ser humano consigo mismo, de los individuos viviendo en comunidad, entre comunidades, pueblos y naciones. Y todos, individuos y comunidades, conviviendo en armonía con la Naturaleza. En definitiva, los humanos somos Naturaleza.

Una cura para las pandemias…

Recuperar y construir relaciones de armonía con la Naturaleza es la gran tarea. Hay que parar su explotación desenfrenada; hay que desmercantilizarla; tenemos que reencontrarnos con ella asegurando su regeneración, desde el respeto, la responsabilidad y la reciprocidad, desde la relacionalidad.

Para lograrlo tenemos que cambiar la historia de la Humanidad, esa historia de dominio del hombre -sí, en masculino- sobre la Naturaleza. Por siglos, la relación sociedades-medio ambiente ha estado marcada por el utilitarismo y la explotación de recursos. Esta realidad da cuenta de la separación entre Humanidad y Naturaleza. Y eso condujo a una relación de subordinación de la Naturaleza -reforzada por las ideas de “progreso” y “desarrollo”-, que es lo que a la postre ha generado todo tipo de pandemias -recordemos los recientes incendios en la Amazonía- que apuntan hacia una terrible catástrofe socioambiental.

«Lo concreto es que no podemos volver a la normalidad porque la normalidad es el problema. En realidad, se trata de una a-normalidad producida por el capitalismo».

Pero a la vez, sobre todo en medio de esta mega crisis, asoman con fuerza las posibilidades de reencuentro de la Humanidad con la Madre Tierra, a partir de visiones como las mencionadas del Buen Vivir. Este será un proceso, largo y complejo, reforzado por las luchas de resistencia y re-existencia desde diversos grupos populares, en especial indígenas.

Aunque los indígenas no tienen un concepto de Naturaleza como el que existe en occidente, su aporte es clave. Ellos comprenden perfectamente que la Pachamama es su Madre, no una mera metáfora. En este sentido todo esfuerzo por plasmar los Derechos de la Naturaleza se inscribe en una reiteración de un mestizaje emancipador provocando un ¨híbrido jurídico”, donde se recuperan elementos de todas aquellas culturas occidentales e indígenas emparentadas por la vida. Y que encuentran en la Pachamama el ámbito de interpretación de la Naturaleza, un espacio territorial, cultural y espiritual, que no puede ser motivo de mercantilización ni de exclusión.

Sin llegar a romantizarlas, las comunidades indígenas -portadoras de una larga memoria- han demostrado que el ser humano puede organizar formas de vida sustentable. Tal relación armoniosa con la Naturaleza -presente en muchos recintos del mundo indígena, no en todos- se sintoniza con la “sustentabilidad”; concepto que, por cierto, se lo ha pervertido y trivializado en extremo, incluso cuando con él se quiere maquillar el desarrollo presentándolo como sustentable.

Los Derechos de la Naturaleza centran su atención en la Naturaleza, que obviamente incluye al ser humano. La Naturaleza vale por sí misma, sin importar los usos que le den las personas, implicando una visión biocéntrica. Estos derechos no defienden una Naturaleza intocada. Estos derechos propugan mantener los sistemas y conjuntos de vida. Su atención se fija en los ecosistemas, en las colectividades.

Pero hay que ir más allá. No se trata de buscar un equilibrio entre economía, sociedad y ecología; menos aún usando como eje articulador abierto o encubierto al capital. El ser humano y sus necesidades deben primar siempre sobre el capital, pero jamás oponiéndose a la armonía de la Naturaleza, base fundamental para cualquier existencia.

Esta combinación de aproximaciones es clave.

«Recuperar y construir relaciones de armonía con la Naturaleza es la gran tarea. Hay que parar su explotación desenfrenada; hay que desmercantilizarla; tenemos que reencontrarnos con ella asegurando su regeneración, desde el respeto, la responsabilidad y la reciprocidad, desde la relacionalidad.»

Hacia el pluriverso, un mundo sin pandemias…

En una época en la que el neoliberalismo y el extractivismo desenfrenado brutalizan la vida diaria de los ciudadanos y las ciudadanas de todo el mundo, en particular de los habitantes del Sur global, es primordial que voces contestatarias y movimientos populares se comprometan en un esfuerzo concentrado de investigación, participación, diálogo y acción, inspirado en los movimientos de base y a los cuales, a su vez, les rindan cuentas. Necesitamos nuestras propias narrativas. Los actos de resistencia y re-existencia dan esperanza aquí y ahora. Y por eso hablamos de que ya se puede escuchar la respiración de un futuro diferente en el marco del Pluriverso: un mundo donde quepan todos los mundos, garantizando la vida digna a todos sus seres humanos y no humanos.

Es la hora de las estrategias y las luchas en todos los niveles escalares de acción. Un punto de diferencia, que necesitamos explorar, es la dirección de nuestros esfuerzos. No se puede esperar mucho de los niveles de los estados nación o los ámbitos globales, pero hay que intentar incidir incluso en ellos, aunque sea para negociar algunas conquistas. El campo de acción aparece en donde y desde donde actuar propiciando vidas mancomunadas, en espacios comunes cohabitados por lo plural y la diversidad, con igualdad y justicia, con horizontes colectivos, para resistir el creciente autoritarismo y construir simultáneamente los buenos convivires.


*Alberto Acosta es un economista ecuatoriano. En la actualidad es profesor universitario, conferecista y sobre todo compañero de lucha de los movimientos sociales.

Fuente: http://www.servindi.org/
Compartido por Alberto Gutiérrez Arguedas.

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Derecho de respuesta: Ennio Rodríguez

SURCOS recibió el siguiente mensaje de correo electrónico:

«Estimados representantes del medio Surcos Digital.com:

En respuesta a la publicación realizada en su medio de comunicación, en la que se publica una carta enviada al presidente del Colegio de Ciencias Económicas de Costa Rica, Ennio Rodríguez, le enviamos la respuesta a esa carta.

Le adjunto el link:

Por esta razón para que puedan darle seguimiento a esa información, y con la versión oficial del Colegio, les solicitamos con mucho respeto realizar la publicación, o tomarla en cuenta para una nota y su divulgación en su prestigioso medio.

Saludos, y cualquier duda, consulta o ayuda, estamos para servirles.

Josué Sánchez Ruiz, encargado de Comunicación, Colegio de Ciencias Económicas».

En atención a esa solicitud, SURCOS publica la respuesta citada (descargar), la cual nos fue enviada en formato PDF:

La guerra del Coronavirus y sus daños colaterales

Vladimir de la Cruz

El impacto de la Pandemia del Coronavirus COVID-19 es de tal magnitud, por su alcance y trascendencia internacional, que ha roto, ha quebrado, todo el orden de las relaciones internacionales en todos los sentidos. Ha afectado obviamente las relaciones comerciales, productivas, de los procesos de encadenamiento económico a nivel internacional y a nivel local de cada uno de los países afectados.

Ha afectado áreas productivas, mercados internacionales de producción y abastecimientos de partes para la industria en general, ha afectado mercados de mano de obra barata en todos los continentes, ha afectado los mercados de colocación de mercaderías, estimulando, en cierta forma, todavía a escala reducida, los mercados internos de producción y de abastecimientos. Su impacto social, aún no evaluable, es el de llegar a causar mayor pobreza general y de mayor pobreza extrema en todos los países, junto el hambre, “hambrunas”, para grandes masas de personas, quizá sin que hayamos superado el impacto de la presencia del COVID-19.

El mundo del transporte aéreo, terrestre y marítimo se desplomó, por los controles de la expansión del Coronavirus que se han impuesto. La industria y la actividad turística, en todas partes del mundo, ha caído, con expectativa negativa para los próximos 18 meses por lo menos, y la economía de encadenamientos sujeta a ella ha sufrido igual impacto.

Las pequeñas empresas productivas, la MIPYMES y PYMES en general, son las más golpeadas, las empresas de venta y consumo de comidas, de servicios han cerrado estrepitosamente, creando un mayor impacto en las economías nacionales cuando estas pequeñas empresas son mayoritarias, y mayoritariamente empleadoras, en las actividades económicas de cada país, que con poca o baja contratación de personal, son también las que mantienen la mayor cantidad de empleo nacional, y en la situación actual conducen, por sus cierres, a que los índices de desempleo real aumenten de modo preocupante, agravando la situación social, de vida, de trabajo, de hambre real y de tensiones sociales y políticas que ello pueda producir.

El COVID-19 ha afectado el mundo del trabajo provocando cierres de empresas, despido de empleados, rebajo de jornadas de trabajo, nuevas formas laborales intensivas como el tele trabajo, el trabajo parcial con reducción de jornadas, y rebajo consecuente de salarios y beneficios sociales, desempleo total y desempleo parcial, con pérdida y reducción de salarios y sus beneficios sociales, ha afectado la capacidad de pago de obligaciones de trabajadores, de pequeños, medianos y algunos grandes empresarios. Los sindicatos mismos van a sufrir este impacto en su afiliación real, en sus cuotas de pago sindicales, así como en su actividad organizativa, y hasta en sus luchas.

Ha afectado los vínculos diplomáticos alterando las relaciones de países fronterizos por los cierres de fronteras, impuestos de cada lado, para mitigar, con el control de los procesos migratorios y de desplazamiento de nacionales y extranjeros, la posibilidad de expansión y contagio del Coronavirus. Ha cuestionado internacionalmente a aquellos gobernantes que no se han sometido a los parámetros de la Organización Mundial de la Salud para atender la pandemia, e irresponsablemente, en sus países, han sido laxos frente al avance del Coronavirus, con las repercusiones internacionales que eso tiene.

El Coronavirus ha surgido como una fuerza de combate en guerra en todos los países, contra todas las personas, sin que estuvieran preparados para ella.

El Coronavirus se ha desarrollado como un movimiento guerrillero, apareciendo por aquí y por allá, y simultáneamente en todos los países, como si fueran diferentes frentes de combate, donde no se le puede enfrentar en el campo militar. De allí, por ahora su fuerza, por su capacidad sorpresiva de aparición provocando daños directos y daños colaterales en cada país y sociedad, por el temor que desata su existencia. En unos países impacta más que en otros, pero nadie está exento de sufrir su presencia ni daños colaterales. Y dentro de los países hay regiones más afectadas que otras.

Por ahora es una guerra que está comenzando, con un enemigo que se le conoce, que se la ha logrado identificar, el COVID-19, pero que no se tiene capacidad de controlarlo, y no se sabe aún con certeza cuando podrá acabársele y de qué modo se hará, porque su manera de combatir es silenciosa, sorpresiva, universal, y en muchos casos precisa y fulminante.

Uno de los efectos más dramáticos que ha provocado es que no se ha logrado una acción internacional contra el Coronavirus.

El único campo internacional que opera es el de la ciencia médica y epidemiológica, donde se hacen esfuerzos de coordinación día a día, para ir analizando los movimientos y comportamientos del Coronavirus, como sus posibilidades de mutación, para buscar, en el campo de la ciencia, los mecanismos y armas para detenerlo y controlarlo. Si es por una vacuna, se ha dicho, es un proceso que puede durar por lo menos hasta dos años, de allí que lo más claro es que el Coronavirus ha llegado para quedarse y tengamos que aprender a vivir con él, como vivimos con un montón de bacterias, virus y microorganismos, que siguen causando muertes, y por miles, muchos de los cuales hoy los controlamos y disminuimos sus muertos con vacunas.

El Coronavirus ha declarado, en cierta forma, una guerra contra toda la Humanidad. La guerra en que nos ha metido el Coronavirus no ha terminado. Los efectos devastadores de esta guerra todavía no los conocemos en toda su dimensión.

En el campo científico es una Guerra Total, que ha obligado a que todos los países muevan sus recursos y fuerzas, hasta donde se pueda, para destruir su capacidad contagiosa y de expansión. Como Guerra Total supone la subordinación de la política, no a la guerra como es la idea clásica militar, sino a la Ciencia, lo que no ha hecho el gobierno de Trump, y algunos otros, y que sí se hace en la mayoría de los países. Aquí, en Costa Rica, el Gobierno ha hecho muy bien de poner al frente, día a día, de esta batalla, incluso por el manejo de las Conferencias de Prensa diarias, al Ministro de Salud y al Presidente de la Caja Costarricense del Seguro Social. Hasta hoy el discurso oficial, en Costa Rica, descansa sobre todas las cosas en la ciencia para combatir el Coronavirus.

Importante papel puede llegar a jugar el Instituto Clodomiro Picado, de la Universidad de Costa Rica.

Por ahora el COVID-19 asusta por las muertes y contagios en todos los países, y atemoriza por el daño causado a la economía mundial, que es el daño colateral impuesto por este Coronavirus.

En las guerras modernas, y recientes, especialmente después de 1990, desde la Guerra del Golfo Pérsico, se habla de los daños colaterales, aquellos causados que están fuera de los objetivos militares a destruir, que son las víctimas civiles, particularmente, y así se justifican por quienes provocan estos daños colaterales, en estas guerras, generalmente por resultado de los bombardeos.

Se habla de daño colateral de aquel causado sin intención, de manera accidental, o por repercusión sin haberlo deseado, pero como resultado de una operación militar. En la sucia guerra de Vietnam los Estados Unidos usó este término para referirse al asesinato de civiles y la destrucción de sus propiedades.

Los daños colaterales militarmente se han extendido a las construcciones, hasta hospitalarias y diplomáticas, como ha sucedido, así como a los equipos y el personal, que puede ser afectado, en una operación militar, de fuerzas amigas de los atacantes. El daño colateral no quiere decir sin intención, aunque los ejércitos tratan de darle ese contenido conceptual. Es el daño adicional, subordinado, secundario, que resulta de una acción militar. Es el acto que puede resultar consciente, si es una ventaja táctica militar, en donde al destruir un objetivo deben eliminarse civiles e inocentes, o destruir instalaciones que no son objetivos militares.

El Coronavirus como agente militar, como arma de guerra, directamente ataca personas. El Coronavirus, en sus daños colaterales, afecta toda la economía, las fábricas, el transporte en todas sus manifestaciones, ciudades y pueblos completos, las refinerías lo que ha hecho caer el precio y la producción diaria de petróleo mundial. Afecta la salud emocional de las personas, sobre todo por los encierros obligados, las “cuarentenas” y restricciones de usos sociales, de comportamientos y de relaciones sociales que ha impuesto.

La autonomía de desplazamiento del Coronavirus en su ataque es demasiado amplia, llega donde tenga oportunidad de llegar, atacar y ocasionar el daño directo y el colateral respectivo. El Coronavirus por blanco estratégico tiene a los seres humanos. Eso está claro, de allí la necesidad de su protección.

En curso de la II Guerra Mundial, al mediar la década de 1940, las potencias aliadas impulsaron tres organismos de carácter mundial, en perspectiva del mundo que surgiría después de esa horrorosa guerra, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, ambos en 1944, como resultado del Tratado de Breton Woods, y las Naciones Unidas, en octubre de 1945.

Al terminar la II Guerra Mundial el mundo había cambiado. Derrotado el nazifascismo surgió de manera poderosa un Sistema Mundial de países socialistas, que hizo cambiar el escenario de las relaciones internacionales. El mundo se enfrascó en una división internacional de Socialismo versus Capitalismo y de un escenario militar, la Guerra Fría.

El resultado práctico inmediato por parte de los Estados Unidos fue impulsar en la Europa capitalista existente el Plan Marshall, con el propósito de meter 12.000 millones de dólares, de esa época, para la reconstrucción europea, y presentar la Europa capitalista como una vitrina frente a la Europa socialista que también estaba surgiendo. Ello produjo en el campo militar, luego, el desarrollo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, por un lado y del Pacto de Varsovia por otro, para mantener los equilibrios militares en ese continente.

En América Latina el Plan Clayton, entre 1946 y 1947, se propuso igual propósito para contribuir a desarrollar la economía de la región, especialmente en el sector agrario o campesino, y frenar o neutralizar en el continente los movimientos insurgentes que estaban dándose. Para la parte militar en América Latina se impuso el Plan Truman. En 1948 se impulsó militarmente el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, con la OEA de fondo y de soporte.

Después del Coronavirus el mundo va a ser otro. Frente al Coronavirus no se impulsan organizaciones de este tipo ni políticas de esta naturaleza, de carácter colectivo. Lo más cercano a ello es el apoyo a la Organización Mundial de la Salud, la abanderada internacional en la lucha contra el Coronavirus, y sus organismos regionales, como la Organización Panamericana de la Salud, hoy sin el apoyo económico del gobierno norteamericano, y del Presidente Trump, que ha anunciado quitarle los fondos económicos que le daban, acusándola de estar plegada, en esta situación pandémica, a los intereses de la República Popular China.

Igualmente, esos organismos, son hoy objeto de atención, y de llegada, para apoyar gobiernos y países con préstamos y políticas económico-financieras para enfrentar el Coronavirus en sus impactos financieros internos.

En el momento actual debe operar la política realista, de la diplomacia y de las acciones concretas y prácticas para atender la pandemia, cuando no hay un Gobierno mundial, ni hay un “ejército mundial” en capacidad de combatir el Coronavirus, que debe enfrentarse en cada país con las fuerzas médico-científicas que se tienen, y con las estructuras de salud pública y de seguridad social que cada país tiene y ha desarrollado históricamente.

El Coronavirus ha alterado en la práctica el equilibrio de poderes existentes en el mundo actual, ha debilitado a las grandes potencias, las ha alejado de sus propias relaciones, les ha debilitado sus carreras armamentistas para enfrentar al enemigo no tan invisible del Coronavirus. La “paz” internacional, exceptuando las guerras locales o regionales aún existentes, que han pasado a guerras de baja intensidad momentáneamente, también se ha alterado.

Para Trump la situación internacional es grave por el impacto que ella tiene al interior de los Estados Unidos en su elección de noviembre de este año. La torpeza con que ha actuado lo ha alejado del liderazgo internacional que los Estados Unidos ha significado, pero le ha debilitado su liderazgo interno, a nivel nacional y regional con sus propios Estados y sus autoridades locales, los gobernadores.

Pareciera que Trump siguiendo a Maquiavelo quisiera usar el mal para tratar de lograr el bien. Por ello engaña, hace trampa, mal informa, se enfrenta a la ciencia de su propio país, intriga contra quien se le oponga, enfrenta y limita la acción de los medios de información y de prensa, obliga a su Partido Republicano y a sus dirigentes a seguirle ciegamente, amenaza desarrollar los super poderes que se le permiten al Poder Ejecutivo en Estados Unidos, expulsa migrantes detenidos enfermos de coronavirus a sus países de origen, con el propósito de que enfermen en sus países de origen, como está haciendo con guatemaltecos repatriados.

Para Trump, como yo lo veo, el Coronavirus se le ha presentado como un elemento de limpieza étnica mundial, y en los propios Estados Unidos, por las personas que son afectadas mayoritariamente.

En la línea de enfrentamiento al Coronavirus el realismo político descansa en las decisiones racionales, científicas y médicas, que puedan tomarse e impulsarse para frenarlo, detenerlo y saberlo combatir y para superar, en el mayor corto plazo posible, los efectos colaterales que está provocando, especialmente en el plano de las economías nacionales, y en la reconstrucción de las redes de la economía mundial.

El interés nacional es lo que resalta en los países frente al Coronavirus. En Estados Unidos Trump ha sido muy claro “América Primero”. No son casuales sus políticas públicas internas y sus planteamientos internacionales en torno a cómo enfrentar y combatir el Coronavirus. Se trata de su supervivencia y su propia seguridad, no la del planeta. Por eso niega las políticas internaciones de ataque y confrontación al Coronavirus.

Con el Coronavirus no tenemos en el escenario internacional un país agresivo, una potencia amenazante de otros países, o de todos, por su carácter pandémico. Trump está tratando de pintar a la República Popular China, como esta amenaza, por el origen del Coronavirus, en la ciudad de Wuham, y para ver a este país como el agente agresivo internacional. Es parte de su estrategia geopolítica mundial frente al impacto que tiene la República Popular China en la economía mundial, y la disputa que tiene Estados Unidos en ese escenario para no ser desplazado.

El problema fundamental para Trump es que en la lucha contra el Coronavirus todos los Estados del mundo tienen igualdad de enfrentamiento, y no quieren ser derrotados por el Coronavirus.

El Coronavirus no nos ha metido en el mundo de Tomas Hobbes, el de la lucha, o de guerra, de todos contra todos. Al contrario, nos ha impuesto la tarea de enfrentarlo como una sola fuerza. La diversidad de países, y de posiciones políticas de cada uno de ellos, tiene que conducir a políticas unitarias de acción internacional. Este es el reto que nos impone la pandemia.

La estructura internacional de las Naciones Unidas, y sus organismos internacionales, nos da la posibilidad de actuar cooperativamente en nombre de toda la Humanidad.

Estamos ante un interés público, hoy un interés común, de toda la sociedad, de todas las sociedades existentes, por la defensa del bienestar, la felicidad y la satisfacción de las necesidades básicas de todos los seres humanos.

Enviado a SURCOS por el autor.

Imagen: https://news.un.org/es/story/2020/04/1472832

Covid-19 en Costa Rica: carta abierta al presidente del Colegio de Ciencias Económicas

17 de abril de 2020

Dr. Ennio Rodríguez
Presidente
Colegio de Ciencias Económicas

Estimado don Ennio:

Con nuestros cordiales saludos, queremos por este medio referirnos a su nota del pasado 8 de abril, dirigida al presidente de la Asamblea Legislativa, diputado Carlos Ricardo Benavides.

Compartimos con usted la que, según podemos interpretar, es su preocupación básica: la ausencia, por parte del gobierno de Carlos Alvarado, de una propuesta de políticas integrales en materia económica, que trascienda las urgencias de la atención de la crisis sanitaria asociada al covid-19, y que anticipe los esfuerzos de recuperación de la economía –más que de simple reactivación– que deberán emprenderse tan pronto como se pueda, y al menos una vez la situación sanitaria se haya estabilizado.

La situación planteada es de una magnitud excepcional, por lo cual, el esfuerzo que ello nos demanda como país, ha de ser asimismo extraordinario. Es algo que ya estamos haciendo en el frente sanitario, bajo el liderazgo del Ministerio de Salud y la Caja Costarricense de Seguro Social, con el fin de frenar el contagio y proteger la salud y la vida de las personas. Pero, en cambio, es mucho más limitado el esfuerzo que se hace para auxiliar a las familias en situación de pobreza y a toda esa enorme cantidad de personas que repentinamente se quedaron sin trabajo, o ven reducidas sus jornadas laborales y sus ingresos. Menos aún –en eso coincidimos con usted– hay claridad sobre la “hoja de ruta” para la recuperación de la economía, una vez superada la crisis sanitaria.

Es cierto que esta crisis implicará un aumento, posiblemente muy significativo, en el déficit fiscal y en la deuda pública. No solo es inevitable, sino, y sobre todo, es necesario. Porque debemos combatir y frenar la crisis sanitaria; porque debemos tratar de minimizar sus efectos sobre el empleo; porque debemos ayudar a las personas cuya ocupación e ingresos están siendo golpeados por la crisis; porque debemos auxiliar a las empresas que enfrentan problemas. Todo ello es necesario, y todo ello repercutirá en los balances fiscales.

Eludir tales responsabilidades a fin de evitar un mayor deterioro de las finanzas públicas, es una falsa solución, que no solo agravará la crisis sanitaria y los impactos humanos y sociales que ésta trae consigo, sino que profundizará la crisis económica y dificultará la posterior recuperación, lo que, de nueva cuenta, repercutirá negativamente sobre la situación fiscal.

La opción aquí no es entre menor o mayor desequilibrio fiscal, sino entre minimizar los impactos de la crisis, o permitir que esos impactos se desplieguen sin atenuante y sin alivio. Y siendo claro que estamos ante una coyuntura de alcances excepcionales, bueno sería que los y las economistas, estemos dispuestos a innovar en materia de política económica, en vez de seguir aferrados a fórmulas ortodoxas, de dudosa eficacia incluso en tiempos “normales”, las cuales devienen un grillete que inmoviliza frente a una crisis que exige creatividad e imaginación, así como capacidad de respuesta inmediata. Por ello, no deja de sorprendernos su preocupación por los presuntos efectos “desestabilizadoras” que, a su juicio, podría tener la intervención del Banco Central en la crisis. Cuando la economía se desploma y los empleos se pulverizan ¿en serio a usted le preocupa la inflación?

Teniendo esto claro, también debe decirse con toda claridad, que enfrentar la crisis pasa por dar satisfacción a un compromiso ético y moral, que los y las economistas de Costa Rica  debemos asumir de forma explícita, lo cual se resume en lo siguiente: los costos de la crisis deben distribuirse de la forma más equitativa posible, y las condiciones de vida de las poblaciones más débiles y vulnerables deben ser protegidas.

Por ello es tiempo de hablar de un esquema, muy progresivo, de impuestos y subsidios, el cual, aun siendo transitorio, puede ser diseñado apropiadamente, para que tenga efectos contra-cíclicos. Si se traslada ingresos de sectores sociales con altas tasas de ahorros a sectores sociales carenciados, y si se trasladan recursos de usos suntuosos y prescindibles, hacia usos realmente urgentes (como fortalecer las finanzas de la Caja), el efecto neto para la economía y el empleo será positivo.

Y siendo innegablemente claro que los desequilibrios fiscales se agravarán, incluso de forma muy significativa, por ello mismo se hace obligatorio tener claro de qué hablamos cuando mencionamos la necesidad de un esfuerzo de reactivación económica, que, dada la magnitud de la actual crisis, debería ser más bien un esfuerzo de recuperación en el pleno sentido de la palabra.

No podemos proponerle al gobierno de Costa Rica que a la hora de buscar dialogar con organismos internacionales en busca de apoyo financiero, lo haga desde una posición perdedora, poniendo los “equilibrios macroeconómicos” por delante ¿De cuáles “equilibrios”  habla usted? Del contexto de su nota, se deduce que básicamente de los “equilibrios fiscales”.  Lo cual resultaría bastante desatinado, cuando a nivel mundial se extiende un consenso que admite que ni las deudas ni los equilibrios fiscales han de ser hoy los criterios guía a la hora de decidir y canalizar la cooperación dirigida a países del sur.

El gobierno de Carlos Alvarado tiene la responsabilidad ineludible de aplicar una enérgica política destinada a atraer fondos externos. Y esto debe ser parte de un diseño integral de políticas que, liberadas de dogmas y rigideces ideológicas, ponga por delante la recuperación del empleo y la economía, desde criterios de equidad y justicia. Priorizar lo fiscal al empleo y al restablecimiento del dinamismo económico, tal cual se ha hecho por años, ha incidido fuertemente en la persistencia de los desequilibrios fiscales, y es, a fin de cuenta, la causa principal de que la crisis del covid-19 nos haya atrapado en medio de una precaria situación fiscal.

Nos interesa, tanto como a usted, restablecer una situación fiscal sólida y saludable. Pero enfatizamos que la ruta de la austeridad fiscal es comprobadamente errónea: las finanzas públicas no se sanean con base en políticas recortistas, sino con base en políticas que promuevan el crecimiento y el empleo.

Concluimos formulado ante usted, en su calidad de presidente del Colegio de Ciencias Económicas, una respetuosa pero enfática excitativa: tome en cuenta, por favor, que nuestro colegio es pluralista, y de ninguna manera una entidad en la que prevalezca un pensamiento único. Por lo tanto, le solicitamos que promueva espacios amplios de diálogo, debate y reflexión, que permitan enriquecer las propuestas que nuestro colegio formule o que, en todo caso, y como mínimo, que visibilicen esa pluralidad teórica y epistémica que hoy enriquece el pensamiento económico en Costa Rica.

De usted, muy atentamente

Luis Paulino Vargas Solís
Director CICDE-UNED
Cédula 2-0327-0373, carné 001797

Welmer Ramos González, diputado
Cédula 5-0191-0924, carné 003628

Roxana Morales Ramos, economista
Cédula 1-1167-0990, carné 04571

Eugenio Trejos Benavides
Profesor Instituto Tecnológico
Cédula 9-0041-0880

Daniel Vartanian Alarcón, economista
Cédula 8-0051-0962, carné 018870

Osvaldo Ureña Jiménez, economista
Cédula 1-1307-0662, carné 033318

Eduardo Rosales Blandino, economista
Cédula 1-0412-1404, carné 007956

René Fonseca Cortés, economista
Cédula 9-0110-0864, carné 019088

Pablo Abarca González, economista
Cédula 1-1452-0672, carné 044325

Mario Devandas Brenes, economista
Cédula 9-0110-0864, carné 019088

Cc: Carlos Ricardo Benavides, presidente legislativo/Jefaturas de fracción/Ciudadanía costarricense

https://sonarconlospiesenlatierra.blogspot.com/2020/04/covid-19-en-costa-rica-carta-abierta-al.html?m=1

Por una participación efectiva y justicia social para salir de la crisis

FECON

La Federación Ecologista (FECON) se encuentra articulando con diferentes organizaciones sociales para impulsar propuestas justas y combativas ante la crisis del Covid-19. Desde el 2 de abril publicamos un comunicado de FECON exponiendo 12 propuestas basadas en nuestros valores organizativos y en rechazo directo a propuestas neoliberales presentadas por la UCCAEP al Gobierno de Carlos Alvarado.

Hemos hecho énfasis en que es momento para impulsar un plan de recuperación económica reorganizando el modelo de producción de alimentos. Hay que fortalecer la participación y articulación comunitaria entre pequeños y medianos agricultores, productores pecuarios y grupos pesqueros, apoyando primordialmente las prácticas ecológicamente sanas.

Esto significa que se deben establecer mecanismos de gestión público-comunitaria para la recuperación de la soberanía alimentaria del país. Los tratados de libre comercio ahogaron la producción local de alimentos y ahora nos ponen en indefensión ante el impacto internacional de la crisis de la salud.

La atención económica de la emergencia

El Estado tiene el desafío de hacer sostenible económicamente la atención de cientos de miles de personas afectadas por reducción de ingresos, recortes de jornadas laborales, paralización económica total, como por la pobreza estructural del país que supera el millón de habitantes. Sin las necesidades económicas cubiertas las medidas de aislamiento social son inviables.

Carlos Alvarado expresó que “en este momento el gobierno cuenta con recursos económicos suficientes para manejar los primeros tres meses de la emergencia”. Indicó además que “el Ejecutivo maneja actualmente cuatro alternativas para extender la atención luego de esos tres meses, que son: 1) Reducción o redistribución del gasto, 2) más ingresos con impuestos, 3) recurrir a más endeudamiento con el FMI, 4) generar política monetaria.”

Llamado de las organizaciones

Desde siempre y ahora más que nunca consideramos necesario detener las propuestas que aceleren la liberalización económica en Costa Rica. Casi cuarenta años y esta nueva crisis sanitaria internacional demuestran que es un modelo absolutamente dañino para la naturaleza e incapaz de garantizar la protección y el bienestar social de los pueblos.

Consideramos que el Gobierno debe analizar otros planteamientos creativos, con criterio de realidad y sin condicionamientos especulativos del capitalismo financiero. El modelo neoliberal requiere salidas urgentes y la participación ciudadana organizada es vital para construir las nuevas alternativas. Hay que combatir las desigualdades con propuestas que apunten a la justicia social, ambiental y de género, para incidir en las acciones del gobierno ante la crisis.

Compartido con SURCOS por Angélica Alvarado.

https://feconcr.com/noticias/por-una-participacion-efectiva-y-justicia-social-para-salir-de-la-crisis/

SURCOS Digital – boletín 19/04/2020 – Democracia-participativa

Encuesta de percepción sobre el solidarismo costarricense

SURCOS recibió el siguiente comunicado:

«Nos interesa conocer su opinión (*) sobre el papel e impacto que ha jugado el solidarismo costarricense en sus organizaciones y en la sociedad.

Le solicitamos su valiosa colaboración y se sirva contestar las breves preguntas planteadas.

Este es un esfuerzo conjunto de la Universidad Nacional en el marco del Ideario Costa Rica Bicentenaria Diálogo Nacional, la Academia Solidarista Alberto Martén y el Tribunal de Honor y Ética del Colegio de Periodistas, quienes han considerado importante y necesario conocer su opinión sobre el papel e impacto que ha jugado el solidarismo costarricense en sus organizaciones y en la sociedad.

Por esta razón, para efectos de ampliar y conocer el sentir del sector solidarista referente a la realidad del Solidarismo Costarricense, después de más de siete décadas de vigencia en el ámbito nacional les compartimos este instrumento.

Sus respuestas nos permitirán obtener información muy valiosa para la sistematización y construcción de un documento propositivo sobre el Eje: “Trabajo decente y desarrollo económico”, tema: “Solidarismo”, que promueve el Ideario Costa Rica Bicentenaria Diálogo Nacional».

(*) La encuesta es para personas afiliadas al solidarismo.

Enlace a la ENCUESTA:

https://www.peadepencuestas.una.ac.cr/limesurvey/index.php/924138?lang=es

Enviado a SURCOS por Efraín Cavallini Acuña.

Los impactos económicos del COVID-19 y las desigualdades de género

PNUD

SURCOS comparte este documento del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que aporta elementos claves para la atención de la pandemia con una mirada desde la realidad de las mujeres.

Los impactos económicos del covid-19 y las desigualdades de género. Recomendaciones y lineamientos de políticas públicas

El COVID-19 requiere respuestas urgentes. Y a medida que la pandemia se propaga, el mundo requiere respuestas coordinadas e integrales de salud, cuidados y otras medidas que mitiguen los impactos sociales y económicos de la crisis sanitaria. Son las mujeres las que se encuentran masivamente en la primera línea de acción, en los centros salud, en los servicios, en las comunidades y en los hogares. Las mujeres están desempeñando un papel clave para garantizar el bienestar, el cuidado y la resiliencia de las personas y grupos afectados, personas adultas mayores, niñas y niños y sus familias. Las consecuencias socioeconómicas serán de gran alcance y eventualmente profundizarán las desigualdades existentes, incluidas las desigualdades de género.

El PNUD ha establecido tres líneas de oferta de apoyo a los países:

• Oferta N°1: Respuesta del sistema de salud, incluyendo el fortalecimiento de las compras y la cadena de suministro.
• Oferta N°2: Gestión de crisis inclusiva e integrada.
• Oferta N°3: Impacto social y económico: valoración y respuesta.

Esta nota técnica busca garantizar la integración de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en las tres líneas de oferta y brindar lineamientos y recomendaciones a las Oficinas de País del PNUD y a los países de la región. Se pretende contribuir a la implementación de políticas de respuesta a la emergencia del COVID-19 que sean género responsivas, con el objetivo último de no dejar a nadie atrás. No obstante, se profundizará más detalladamente en la Oferta N°3 dirigida a abordar los impactos socioeconómicos y de derechos humanos en los países.

Las duras medidas tomadas en respuesta a la crisis sanitaria, económica y social que vive el mundo en torno a la pandemia del COVID-19, que van desde el aislamiento preventivo obligatorio, las restricciones a la entrada a personas extranjeras en cientos de países, los cierres de fronteras aéreas, terrestres y fluviales, el confinamiento de ciudades o regiones enteras, el cierre del comercio y cese de actividades comerciales formales e informales suponen una dura disrupción de la cotidianidad de las personas y del tejido económico, productivo y afectando de manera directa a las relaciones sociales pre-existentes.

El documento completo lo puede descargar en el siguiente enlace:

Este vínculo le llevará al sitio donde encontrará más información:

https://www.americalatinagenera.org/

Información compartida con SURCOS por Ana Cecilia Escalante.