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Comunismo y democracia (3)

Manuel Delgado
Parte 1:
https://wp.me/p6rfbZ-yQy
Parte 2:
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El socialismo, el verdadero, no el de Pedro Sánchez, siempre ha estado comprometido con los derechos democráticos y la libertad. Desde su misma cuna, Marx llamó a los comunistas a luchar por una democracia burguesa para Europa y, de hecho, los partidos comunistas (entonces llamados socialdemócratas) introdujeron en su programa una concepción de revolución por etapas, que contenía la intención de instaurar primero una democracia burguesa y, desde allí, avanzar hacia el socialismo (entendido este como esa primera etapa del comunismo). La razón es que las libertades propias de una democracia burguesa, que empezaba a despuntar en Europa, facilitaría la lucha de los partidos comunistas. No en balde el partido comunista de Costa Rica, Vanguardia Popular, luchó durante dos décadas para conquistar su legalidad, negada con posterioridad a la guerra civil de 1948. Esa legalidad se logró en 1976. Antes el partido había logrado participar, posiblemente de manera inconstitucional (¡vaya atentado contra la democracia!) en dos elecciones con al nombre de Partido Acción Socialista (el PASO), abrir locales sin ser molestados, tener una imprenta y un periódico legales, y más.

Lo que ocurre es que la lucha obrera por tal democracia siempre ha sido respondida con la represión más extrema por parte de la derecha. Y lo que ocurre también es que las libertades democráticas deben ser defendidas con todos los recursos. Un gobierno popular que no sabe defenderse no vale nada. Eso fue lo que ocurrió con el primer gobierno obrero de la historia, la Comuna de París de 1871. En sus 70 días, ese gobierno intentó estructurar la Francia más democrática de la historia, pero no supo defenderse. La Comuna cayó porque los comuneros, por su fe pacifista, no atacaron con tiempo a la reacción atrincherada en Versalles y porque esos mismos comuneros, confundidos por los discursos de defensa de la legalidad, no quisieron confiscar el Banco de Francia, dejando los recursos financieros del estado en manos de la reacción versallista.

La Comuna cayó por la indecisión de sus dirigentes, y a la Comuna siguió no un régimen democrático de los que defiende el diputado Villalta, sino una feroz dictadura que produjo en Francia un verdadero genocidio.

A propósito, ¿qué creen ustedes que seguiría a la caída de la Revolución Bolivariana en Venezuela? ¿Un gobierno como el de Carlos Alvarado? De ninguna manera. La reacción espera poder desplegar todo su poder criminal para acabar con el chavismo desde sus raíces. Esa oposición ya ha dado muestras de ellos. Será Una Comuna de París II, un nuevo Chile de Pinochet. No cabe duda. Poor esa razón, además de muchas otras, hay que cerrarle el paso a la oposición venezolana (debería decirse antivenezolana) a la que de manera tan tierna le pide afiliación el candidato del Frente Amplio. Es por defender las reformas económicas y sociales de dos décadas, pero también para defender los derechos humanos de los luchados sociales, de los patriotas.

La historia muestra que, una vez conquistado el poder en 1917, se estableció un régimen de libertades públicas como nunca se habían visto en Rusia. Pero de nuevo sobre la joven república de los sóviets cayó la agresión oligárquica nacional de internacional. Catorce ejércitos extranjeros y una poderosa unidad de fuerzas antisoviéticas sumieron al país en una espiral de muerte y destrucción que duró hasta 1923.

Diez años más tarde (durante los cuales la joven república tuvo que enfrentar la agresión japonesa) Hitler toma el poder en Alemania, dando origen a una nueva etapa de amenazas, sabotaje, espionaje y preparación de la población y el aparato militar para la guerra de defensa.

La guerra terminó en 1945 con una Rusia diezmada, destruida económicamente y con 20 millones de personas, sobre todo jóvenes, menos.

Durante todo ese periodo, desde 1917 hasta 1945, se constituyó en la Rusia Soviética el gobierno más democrático y participativo de la historia. Pero demás está decir que en esas condiciones de guerra extrema exigir una mayor democrática era pedir demasiado. Las libertades ciudadanas se vieron mermadas en todos los países y, como mucha más razón, en una nación tan agredida como la joven república soviética. Pero esa restricción afectó en primer lugar a los enemigos de la revolución. Las clases populares disfrutaron siempre de más libertades que las que tuvieron nunca antes en la historia, bajo el poder de los oligarcas y el zarismo. Y ello en un contexto de grandes avances sociales, de la conquista de derechos de que no disfrutan ni disfrutan hoy los trabajadores de otras partes del mundo.

Pero esa restricción de las libertades públicas fue sobre todo la tónica de los países de Europa y América. ¿Tendré que recordarles a los olvidadizos que “gobiernos democráticos” no existieron en Europa sino hasta bien entrado el siglo XX y gracias, en inmensa parte, el impacto producido por la Revolución bolchevique de 1917? ¿Habrá que recordar que la revolución “americana” tardó dos siglos para instaurar algo parecido a los derechos de la minoría afrodescendiente, que en ese país la esclavitud de los negros, o formas parecidas a ella, pervivieron cien años después del triunfo de Abrahan Lincoln en la guerra de secesión de 1865?

La “democracia”, entendida como el régimen de sufragio y libertades públicas, esa que defiende como prototipo de gobierno ideal para todo el mundo, esa democracia abstracta y formal, asomó sus orejas en algunos países a finales del siglo XIX, pero tampoco duró mucho en Europa. En 1942, el Reino Unido y la Unión Soviética eran las dos únicas naciones libres del nazismo. Con Hitler se alineaban, más o menos claramente, más o menos voluntariamente, todas las demás. Y ese bloque del terror nazi, que no era otra cosa que el régimen del terror de los grandes capitalistas europeos, se había apoderado en primer lugar de Alemania, la nación más rica y poderosa del continente, y había ungido a su caravana a las dos Francias, la ocupada y la de Vichy, a Italia, España y Portugal, a Hungría y Austria, a los Balcanes, Bulgaria y Rumanía, a Grecia y a Finlandia, los Países Bajos, Bélgica, Noruega y otros, que ya es mucho citar. Esa es la democracia con que amenazan. Mucho tiempo después de terminada la Segunda Guerra Mundial las dictaduras pululaban todavía en Europa. Bajo regímenes autoritarios (como suele decirse de manera apologética) se mantuvieron por muchos años Portugal, España, Grecia. La misma Alemania occidental sufría de un régimen fuertemente restrictivo. Ni qué decir en Estados Unidos y en casi todo el resto del continente.

Verdades muy simples, elementales, dirán ustedes, y yo coincidiré con los que lo piensan o lo dicen, pero es que pareciera que la madurez política en nuestro país se mantiene todavía a ese nivel, es decir, en pañales.

Y esa es una de las enseñanzas socialismo y consiste en constatar que los derechos democráticos siempre se ven afectados por las agresiones tanto internas como externas. Así ha sucedido siempre. Y es que las revoluciones tienen la obligación de defenderse. Muchos sueñan con mayor libertad de prensa en Cuba, pero no se paran a pensar en que la más mínima apertura de la legislación en este sentido permitiría que la isla se convirtiera en un altavoz de las grandes cadenas de radio, televisión, libros y periódicos. Porque a propaganda en esta materia no es neutral, sino que está inserta en un estado de guerra que esta pequeña nación sufre desde hace 70 años. Cuba tiene una pesadísima espada de Damocles sobre su cabeza, la más grande y pesada del mundo, y cualquier persona sensata y responsable comprende que muy mal haría en descuidarse, en no defenderse.

Como decía un comentarista del diario El Siglo del Partido Comunista de Chile: “Llamar dictadura a Cuba no es un análisis. Es una consigna. Y como toda consigna, sirve más para clausurar el debate que para comprender la realidad. Quienes desde la izquierda repiten ese rótulo sin cuestionar el contexto, el bloqueo y la violencia estructural que pesa sobre la isla, no están ampliando la defensa de los derechos humanos. Están, una vez más, alineándose con el relato del poder hegemónico. (Adrián Prieto, 27 de febrero de 2026).

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