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Etiqueta: autoabastecimiento

Un Plan Nacional de Seguridad Alimentaria que no mira todo el sistema: El Plan Nacional 2026-2035 ante el desafío de transformar el sistema alimentario costarricense

«Un sistema no es la simple suma de sus componentes, sino el entramado invisible de sus relaciones. Quien fragmenta el suelo, la planta, el alimento y la salud pública en ventanillas aisladas, termina destruyendo el engranaje completo».
— Basado en las ideas de Fritjof Capra (físico y teórico de sistemas).

Cuarta entrega de la serie sobre la transformación de los sistemas agroalimentarios y el Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035

Por Jaime E. García González, Dr. sc. agr.
Profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB) y de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza de América Latina (UCCSNAL)
biodiversidadcr@gmail.com

«La seguridad alimentaria del futuro no se garantizará únicamente con más alimentos. Se garantizará con mejores sistemas alimentarios. Y si el Plan Nacional 2026-2035 pretende estar a la altura de ese desafío, todavía tiene una tarea pendiente: mirar el sistema completo».

El Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional 2026-2035 constituye un instrumento de política pública de enorme importancia para la próxima década. Su objetivo medular es enfrentar uno de los desafíos más complejos de nuestro tiempo: garantizar que toda la población tenga acceso a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos, producidos de manera sostenible.

El Plan contiene elementos positivos que deben reconocerse. Incorpora una visión intersectorial y reconoce el acceso a la comida como un derecho humano. Además, incluye la variable del cambio climático, utiliza herramientas de planificación prospectiva y establece mecanismos institucionales de seguimiento y evaluación.

Precisamente por su relevancia, merece una pregunta incómoda: ¿es suficiente la visión con la que se ha construido este documento para enfrentar los problemas alimentarios que el país afrontará en los próximos diez años? Desde la perspectiva desarrollada en las tres entregas anteriores, la respuesta técnica parece ser un rotundo no todavía.

Una visión todavía demasiado convencional y sin memoria histórica

La principal debilidad del Plan es de carácter conceptual. Aunque utiliza de forma reiterada la expresión «sistemas alimentarios sostenibles», no desarrolla con suficiente profundidad el modelo agrícola capaz de hacer realidad esa meta. La ausencia resulta alarmante cuando se observa lo que queda prácticamente fuera del texto: la degradación biológica de los suelos, la pérdida de materia orgánica y el papel de la biodiversidad edáfica y el microbioma. Tampoco profundiza en alternativas viables como la agricultura regenerativa, la agroecología, la agricultura orgánica y la diversificación productiva.

Asimismo, el documento adolece de una preocupante falta de memoria histórica. El Plan no considera que las condiciones internacionales que en 2008 nos expusieron a una severa crisis mundial de alimentos siguen estando vigentes. Aquellos factores, que obligaron a formular el Plan Nacional de Alimentos de 2008 en Costa Rica, podrían conjugarse de nuevo en cualquier momento como una suerte de «tormenta perfecta». Resulta grave que se ignore este antecedente, especialmente cuando la búsqueda del autoabastecimiento local se encontraba en el centro de la estrategia de 2008 como un mecanismo de defensa país.

No se puede hablar seriamente de seguridad alimentaria para la próxima década sin evaluar qué ocurre con el recurso que hace posible la vida. El suelo no es un simple soporte físico muerto para las plantas; es un ecosistema vivo. Si la política estatal se preocupa por el volumen de alimentos, pero ignora la salud biológica de la tierra que los produce, termina atendiendo el resultado sin proteger su fundamento básico.

Se describen los síntomas, pero no siempre las causas

Una primera deficiencia estructural del Plan radica en que, aunque reconoce diversos problemas alimentarios y nutricionales profundamente arraigados en el país —por ejemplo, la obesidad, las enfermedades crónicas no transmisibles, la pérdida de diversidad dietética y la dependencia de importaciones—, no profundiza suficientemente en las causas estructurales que los originan y reproducen.

En la parte diagnóstica, el Plan identifica explícitamente el bajo autoabastecimiento nacional como un problema grave, evidenciado en los bajísimos porcentajes de producción local de granos básicos como maíz, frijoles y arroz. Aunque este reconocimiento es sumamente valioso viniendo de instancias de Gobierno, la contradicción aparece de inmediato: el problema detectado simplemente no se resuelve con las acciones concretas que la política propone en su matriz operativa.

Quedan también insuficientemente examinados fenómenos masivos como los monocultivos, la concentración empresarial, la agricultura intensiva de alta carga química y la centralización de las cadenas agroalimentarias. En otras palabras, la política estatal describe los síntomas clínicos, pero evita intervenir las estructuras económicas y productivas que los generan.

Esta distorsión se evidencia al analizar el apartado de las frutas. El Plan celebra el supuesto «éxito» de la producción frutícola nacional, pero oculta que este indicador se sostiene casi exclusivamente sobre el banano y la piña. Se trata de dos cultivos destinados masivamente a la exportación corporativa y no al consumo local, los cuales arrastran un severo historial de degradación de suelos, alto uso de agroquímicos sintéticos y cuestionables condiciones laborales.

A esta falta de profundidad se suma una preocupante ausencia de innovación operativa. Al analizar el contenido programático del Plan, queda en evidencia que el documento se limita a proponer una simple acumulación de acciones institucionales que ya se encuentran en ejecución en las diferentes dependencias del Estado. Al carecer de propuestas verdaderamente novedosas o disruptivas, la planificación cae en un peligroso inmovilismo.

En este contexto, aquí aplica con rigurosa sensatez aquella máxima que nos advierte que, si se continúan haciendo exactamente las mismas cosas de siempre, el producto obtenido será inevitablemente idéntico al del pasado.

Desequilibrios en la gobernanza y asfixia burocrática

Gran parte de estas omisiones nacen de un desequilibrio evidente en la gobernanza del proceso. En la dimensión de la disponibilidad alimentaria, el sector institucional agrícola tradicional se encuentra sobrerrepresentado. Esto contrasta de forma dramática con la exclusión y subrepresentación de la academia —particularmente de centros especializados como el CISAN de la UCR o la Maestría en SAN de la UNA—, así como de las organizaciones de productores independientes y los movimientos ambientalistas.

Este sesgo político explica por qué el Ministerio de Salud continúa manteniendo a la Secretaría de la Política Nacional de Alimentación y Nutrición (SEPAN) en un bajísimo perfil. A pesar de que esta entidad existe por mandato legal desde inicios de la década de los 70 en la Ley General de Salud, el Plan actual la reduce a una meta mínima y burocrática: el indicador “O4.AE1.I1. Porcentaje de avance de actualización del Reglamento de Organización y Funcionamiento de la SEPAN” (página 73). Resulta inaceptable que, más de 50 años después de su creación legal, la máxima aspiración del Estado sea apenas actualizar el reglamento de su funcionamiento.

El gran ausente: los plaguicidas

Quizá una de las mayores debilidades del documento sea el tratamiento insuficiente de los plaguicidas. En un país donde su utilización agrícola constituye un asunto ambiental y sanitario de extrema gravedad, resulta incomprensible que un Plan Nacional no otorgue prioridad máxima a este tema.

El texto esquiva cuestiones críticas como los residuos tóxicos en los alimentos, la exposición crónica de la población, la salud ocupacional de los trabajadores del campo, la contaminación de acuíferos y los efectos nocivos sobre los agentes biológicos polinizadores y la biodiversidad en general.

La inocuidad alimentaria no puede limitarse al control microbiológico del producto final o a la higiene del mercado. Debe incorporar la dimensión química y ambiental de todo el tracto productivo. Una política moderna de seguridad alimentaria está obligada a considerar simultáneamente los riesgos biológicos y los químicos, incluyendo contaminantes emergentes como los microplásticos y las sustancias PFAS (perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas).

¿Qué sistema alimentario queremos para el año 2035?

El Plan Nacional 2026-2035 no debe ser descartado. Sus fortalezas ofrecen una base idónea sobre la cual construir una política alimentaria de vanguardia, y la oportunidad histórica consiste en ampliar sus alcances sin desvirtuar sus avances administrativos.

Para alcanzar esta meta, debemos incorporar de forma urgente la salud del suelo, potenciar la agroecología, regular los plaguicidas de forma sistémica y blindar la bioseguridad tecnológica. La seguridad alimentaria del futuro no se garantizará únicamente con producir más cantidad, sino con mejores sistemas alimentarios. Si este instrumento pretende estar a la altura de ese desafío, todavía tiene una tarea pendiente: mirar el sistema completo.

Al plantearnos el horizonte de la próxima década, la pregunta fundamental que debemos hacernos es directa: ¿qué sistema alimentario queremos para el año 2035? ¿Uno sustentado en suelos muertos o en suelos vivos? ¿Uno dominado por monopolios corporativos o capaz de dignificar al productor campesino local? ¿Uno que atienda con parches los síntomas de la enfermedad o que intervenga con valentía sus causas estructurales?

Costa Rica requiere con urgencia un marco político con una visión verdaderamente sistémica, capaz de atender de forma unificada cada componente de nuestra realidad agroalimentaria.

Por lo tanto, evidenciar estas áreas de mejora en la política nacional es solo la mitad del camino. El desafío de nuestra sociedad consiste en avanzar con propuestas concretas que complementen el trabajo de las instituciones públicas. ¿Cómo acelerar esta transición hacia la sostenibilidad integral?

La respuesta radica en enriquecer los procesos de toma de decisiones, articulando de manera decidida el conocimiento y la acción de los diversos actores sociales que operan directamente en los territorios.

Próxima y última entrega: ¿Qué hacer desde los ausentes? El protagonismo de la sociedad civil y la academia en la gobernanza de los sistemas alimentarios hacia el 2035.

UCR, huertas urbanas: autoabastecimiento durante la pandemia por el COVID-19

En las zonas urbanas no se requiere contar con un espacio verde para cultivar. Existen formas prácticas y económicas que se pueden implementar. Foto: Laura Rodríguez Rodríguez.

La propuesta de cultivar en medio de las ciudades surge como alternativa en un proyecto de Trabajo Comunal Universitario (TCU) de la UCR

La emergencia ocasionada por el coronavirus SARS-CoV-2 en Costa Rica y el mundo demanda que diferentes sectores de la sociedad se reinventen. Las ciencias agroalimentarias no escapan de esta realidad, pues urge una propuesta de contención para impedir el desabastecimiento de alimentos.

Según un reciente informe presentado por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la Organización de las Naciones Unidades (ONU), el mundo se enfrenta a “hambrunas de proporciones bíblicas”. Se calcula que la falta de alimentos podría afectar hasta a 265 millones de personas y que más de 30 países en vías de desarrollo podrían sufrir por esta hambruna generalizada.

Ante este escenario, el proyecto denominado “Trabajo Comunal Universitario TCU 468 Agricultura Orgánica Urbana”, con la colaboración de la ingeniera agrónoma Natalia Zúñiga Serrano, del Centro de Investigaciones Agronómicas (CIA), de la Universidad de Costa Rica (UCR), propone apoyar e informar a las comunidades sobre la importancia de la agricultura orgánica.

Costa Rica posee la ventaja de ser un país tropical y esto permite que se pueda producir y cultivar alimentos durante todo el año. En momentos de crisis, como la que estamos viviendo, se reafirma la necesidad de que una nación produzca sus propios alimentos para así no depender tanto de las importaciones.

Por ejemplo, el 99 % del ajo que consumimos se importa desde China y, justamente, en el 2019 los productores de esta planta en el país, ubicados en Santa Ana y en Llano Grande de Cartago, comenzaron a fomentar el cultivo del ajo criollo, lo dieron a conocer y lo incorporaron en el mercado nacional, señaló Zúñiga.

Una medida inmediata que podemos poner en práctica para cuidar el bienestar de nuestros hogares es el autoabastecimiento de alimentos. La investigadora de la UCR define autoabastecimiento como la capacidad de producir la mayoría de los alimentos que precisa, ya sea una nación o un hogar, de manera que se puedan satisfacer las necesidades alimentarias con productos frescos, como frutas, verduras, cárnicos y sus derivados.

El autoabastecimiento nos permite crear una forma de autonomía, ya sea personal (en nuestras casas) o colectiva (si se produce como país) de nuestros propios alimentos. Claro está que Costa Rica, al ser un país con vocación agrícola, no se encuentra en una situación tan grave como algunas otras naciones.

Una solución pronta y relativamente fácil para solventar esta problemática es producir los alimentos que consumimos por medio de huertas caseras. De esta forma, se podrá tener productos frescos, con muy buen sabor, con una mejor maduración y con destacadas características. Esto significará un ahorro de dinero.

Además de brindarnos la satisfacción de comer lo que producimos en nuestra propia huerta, es una práctica que ayuda a tener una buena salud mental. No solo es divertida y entretenida, sino que también exige explotar la creatividad e incluso es una forma de realizar ejercicio.

Huertas urbanas

En las zonas urbanas, donde normalmente no se posee tanto espacio, también se puede idear una huerta, como las verticales. Este tipo de siembra necesita poco espacio y embellece el área, destacó la ingeniera agrónoma.

Según Zúñiga, no hace falta disponer de un patio o un área verde en las casas o apartamentos para hacer una huerta, existen diversas formas prácticas y económicas que se pueden implementar.

Las huertas verticales se pueden adecuar a un balcón o una terraza, en envases desechables, estructuras de madera o tubos de PVC. Estos recipientes se deben ubicar en un lugar donde reciban sol en algún momento del día.

“Lo más importante que necesita una planta es agua, luz, nutrientes y sostén. Para el cultivo, podemos utilizar materiales como envases plásticos, recipientes vacíos como ollas y tarimas, con el fin de formar una ‘cama’ y sembrar las plantas”, expresó.

Para aquellos cultivos que no se realizan de forma directa sobre el suelo, hay que asegurarse de que los recipientes tengan suficientes huecos para que el agua se pueda filtrar mientras se riegan las plantas. Además, hay que colocarlos donde estas reciban la luz solar en algún momento del día.

La siembra se puede efectuar directamente sobre el suelo, para lo cual es necesario deshierbar, remover el suelo y darle las condiciones óptimas para colocar las semillas o las plantas que vengan en almácigo (bandeja plástica donde previamente se colocó un sustrato y se puso a germinar la semilla para obtener una planta).

Las semillas y almácigos se pueden encontrar en viveros o tiendas por departamento. En el caso de las semillas, también se pueden extraer de los alimentos que consumimos, pero hay que tener en cuenta que estas no tendrán la misma calidad que una semilla debidamente tratada.

El proceso de siembra

Según la experta, es importante tomar en cuenta el tamaño de la semilla, se debe sembrar a una profundidad de tres veces su diámetro, para facilitar su germinación, además de que se debe colocar en suelo húmedo de preferencia.

Si se utiliza un almácigo, se toma la planta de la base, se saca y se coloca sobre el suelo. Este tipo de siembra es mejor hacerla a primeras horas de la mañana o bien en la tarde, para evitar que la planta se estrese debido al cambio de un lugar a otro. De esta manera, se le da un tiempo prudencial a la planta para que se aclimate a su nuevo lugar.

En las zonas urbanas, las huertas verticales son una opción. Foto: Laura Rodríguez Rodríguez.

Para mantener la huerta, lo primero que se recomienda es regar diariamente solo la base de la planta, no todo el follaje, para evitar que aparezca algún tipo de hongo en las hojas. También es aconsejable deshierbar para que la planta no compita con las malezas por la luz o por nutrientes.

Las siembras deben hacerse de forma escalonada para que haya una distribución gradual en el tiempo y así darle continuidad al autoabastecimiento. “Es preferible cultivar los productos que realmente consumimos en nuestros hogares”, indicó Zúñiga.

Control de plagas

El M. Sc. Óscar Castro Zúñiga, docente e investigador del Centro de Investigación en Protección de Cultivos (Ciproc), de la UCR, afirmó que en existen dos tipos de plagas que afectan a las huertas: los insectos, como abejones (vaquitas), grillos y gusanos, y las enfermedades, que dañan las hojas y les produce manchas y colores oscuros, así como las que afectan la base de la planta.

“Podemos darnos cuenta de que el cultivo tiene una plaga cuando vemos que la planta y las hojas no están verdes, como habitualmente se encuentran, o bien, que encontremos la hoja comida. Estas son señales de que nuestra planta no se encuentra sana”, advirtió Castro.

Para el investigador, es importante tener claro que una huerta casera es para el autoabastecimiento familiar y no para cultivar a grandes escalas. Por esto, es esencial que exista una diversificación de cultivos, para así evitar que las plagas, insectos y enfermedades ataquen a todas las plantas.

“Hay que revisar que la planta no tenga plagas, si se encuentra un gusano, una planta muerta o una hoja enferma es mejor quitarlas antes de que la enfermedad se propague en el resto del cultivo”, agregó el especialista.

Además, para combatir las plagas se requiere que el suelo tenga un buen contenido de materia orgánica y una buena nutrición.

Si la planta se encuentra expuesta al aire libre, es mejor colocar un plástico transparente como techo, a fin de evitar que el agua de lluvia caiga sobre las hojas. De esta manera se logrará que las plantas crezcan vigorosas y que sean menos propensas al ataque de plagas.

Cuando usted empiece por primera vez una huerta, seleccione cultivos de fácil crecimiento, como lechuga, culantro, apio y cebollino. Estos ayudan a mejorar las destrezas y habilidades en esta área y motivan a seguir cultivando más alimentos y de diferentes tipos, recomendó Castro.

 

Daniela Alfaro Aráuz
Periodista del Instituto de Investigaciones Agrícolas
Información tomada de: http://www.ucr.ac.cr/

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