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Etiqueta: cooperación internacional

Organizaciones comunales de Rey Curré fortalecen sus capacidades de gobernanza institucional y territorial

Por Uriel Rojas

La Asociación de Desarrollo Indígena de Rey Curré junto con las organizaciones comunales de su territorio, se encuentran recibiendo una serie de talleres con el objetivo de fortalecer sus capacidades institucionales, administrativas y de gobernanza.

Las capacitaciones comprenden tres módulos que abarcan temas como Gobernanza y Derecho Indígena, Gestión y Administración de Organizaciones y Gestión de Proyectos Socio productivos y Culturales.

Esta actividad se lleva a cabo en el marco del apoyo del proyecto “Apoyo al manejo forestal sostenible”, financiado por el Gran Ducado de Luxemburgo y ejecutado por LuxDev, la Agencia luxemburguesa para la Cooperación al Desarrollo, quienes han estado colaborando con este territorio indígena en diversos ámbitos y en esta ocasión financiando estos talleres de capacitación organizativa.

Los talleres se realizan los sábados y domingos de cada semana, son impartidos por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sede Académica en Costa Rica, en el Salón Comunal de Rey Curré y se extenderán hasta finales de octubre de 2026.

De la competencia a la sinfonía mundial

Un llamado global para una Inteligencia Artificial Humana.

Por José Rafael Quesada J.

Hoy día considero que la Inteligencia Artificial nos obliga a decidir qué clase de civilización queremos, qué queremos ser, una civilización que, perfeccione la competencia y concentre el poder, o una que aprenda a cooperar y coloque la dignidad humana y el ser humano por encima de la velocidad, la rentabilidad y el dominio tecnológico.

La encrucijada no es solamente tecnológica.

Estamos en un mundo atravesado por la fragmentación tecnológica, es lo que tenemos hoy, las guerras comerciales, la concentración de los datos y una carrera acelerada por dominar la inteligencia artificial. El discurso pronunciado por el presidente Xi Jinping en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái de 2026 merece atención. No porque una intervención oficial resuelva por sí sola solamente las contradicciones de nuestro tiempo, no lo resuelve, sino porque pone en el centro una pregunta que ya no puede quedar confinada a laboratorios, empresas, academias o gobiernos.

¿Para quién y para qué?

Estamos construyendo esta nueva inteligencia. La cuestión es decisiva y no es cuánto podrá ser la ideal, sino que dirección humana orientará lo que haga, porque es un producto humano, es una herramienta construida por los seres humanos, es una herramienta capaz de ampliar el conocimiento, anticipar los riesgos, mejorar la salud o demostrar la educación y también puede vigilar, Puede manipular y volver más eficiente la violencia, como ya se ha demostrado en algunos capítulos de la guerra de Oriente Medio. El mismo algoritmo que acerca oportunidades puede reproducir prejuicios.

La misma infraestructura que conecta comunidades puede concentrar poder en pocas manos. La técnica no trae incorporado un destino moral. De ese destino depende de las prioridades, las instituciones, Los gobiernos y las organizaciones sociales y sobre todo de las personas que deciden.

Por eso hablar de una sinfonía de cooperación mundial o global no debería ser una metáfora decorativa. Una sinfonía existe porque voces distintas encuentran una relación sin perder su identidad, la diversidad digamos. No exige uniformidad, exige escucha, coordinación y un propósito, Que se comparte entre todos. Trasladada al campo de la inteligencia artificial, esa imagen nos invita a pasar de una competencia ciega por la supremacía a una cooperación capaz de reconocer la diversidad de pueblos, culturas y los saberes, los nuevos saberes y los saberes ancestrales.

El Ser Humano como Valor Central

Desde la perspectiva del nuevo humanismo, el punto de partida es sencillo y radical. Nada por encima del ser humano, ni ningún ser humano por encima o por debajo de otro[1]. Eso significa que la innovación no puede evaluarse únicamente por su potencia, su novedad o su rentabilidad. Debe medirse por su contribución concreta a la dignidad humana o a la dignificación de la vida, la ampliación de capacidades, la igualdad de oportunidades, la libertad de pensamiento y el fortalecimiento de las comunidades[2].

Un enfoque que está centrado en las personas[3] requiere más que buenas intenciones, exige transparencia sobre los datos y los criterios de decisión, mecanismos de rendición de cuentas, acceso equitativo, protección frente a la discriminación algorítmica y participación real de quienes sufrirán o disfrutarán sus consecuencias. El juicio y la responsabilidad humana no pueden ser delegados a una máquina. No debe apoyar la decisión, por supuesto, para eso lo programamos.

Y iluminar alternativas también, y procesar una complejidad enorme, pero no debe sustituir la conciencia moral de quienes respondan por sus actos. Aquí hacemos aparecer una distinción esencial. El control humano no consiste solamente en conservar un botón de apagado, consiste en preservar la capacidad social de discutir fines, poner límites y corregir el rumbo.

Significa que trabajadores, comunidades, universidades, organizaciones sociales, pueblos originarios, empresas y de los estados participen en la gobernanza de una tecnología que ya modifica el trabajo, la educación, la cultura y la vida cotidiana. Todo lo atraviesa, todo lo invade y en muchos casos todo lo controla. Si la conducción queda reducida a una elite técnico-financiera, la promesa del progreso común, Terminará reforzando las viejas desigualdades, que ese plan parece.

El Sur Global: de receptor a protagonista

En ese marco, el anuncio de 5000 oportunidades de formación y seminarios para países en desarrollo durante los próximos cinco años, junto con centros de cooperación y aplicaciones de inteligencia artificial para las regiones como América Latina, el Caribe, Asia, el mundo árabe y África, constituye una señal relevante muy importante. La brecha digital no es una distancia abstracta, se traduce en escuelas sin recursos, sistemas de salud sin capacidad predictiva, lenguas que desaparecen de los modelos y las economías condenadas a consumir soluciones diseñadas en otros lugares. Sin embargo, formar usuarios no basta.

La verdadera cooperación debe permitir que el Sur Global investigue, cree, regule y decida. Debe fortalecer infraestructura pública, la ciencia abierta, capacidades locales y tecnológicas apropiadas a cada realidad. También debe reconocer que en nuestras comunidades existe conocimiento valioso, experiencia, solidaridad, cuidado ambiental, convivencia, memoria y resolución colectiva de problemas que no pueden reducirse a simples bases de datos.

Democratizar la inteligencia artificial, Implica evitar una nueva dependencia. Los países y las comunidades no deberían entregar sus datos, su creatividad y su soberanía a cambio de acceso precario a plataformas ajenas. La conversación será auténtica se distribuye capacidades y poder, se reduce asimetrías y se hace posible que cada pueblo participe en el futuro tecnológico con voz propia.

Gobernanza mundial, democracia real[4]

El impulso a una Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial abre una posibilidad, pero también plantea una exigencia. Ninguna arquitectura internacional será suficiente si reproduce la concentración que dice combatir. El multilateralismo debe ser real, con unas Naciones Unidas como espacio de legitimidad, Con representación efectiva de los países en desarrollo y con participación social más allá de los gobiernos y las grandes corporaciones. Necesitamos acuerdos globales sobre seguridad, usos militares, privacidad, trabajo, propiedad de los datos, protección ambiental y protección de la diversidad cultural.

Pero esos acuerdos deben ser o deben tener una traducción local. La democracia tecnológica comienza cuando las personas, Pueden comprender qué sistemas las evalúan, cuestionar sus decisiones y exigir una reparación, si es necesario. Comienza también cuando las instituciones, públicas o privadas, tienen capacidad para auditar, regular y cuando sea necesario, decir no.

El nuevo humanismo propone transformar la protesta espontánea y la preocupación humanitaria en acción consciente y estructural. Aplicar a la inteligencia artificial, la no violencia activa también tiene aquí un campo concreto: impedir que la inteligencia artificial se convierta en instrumento de guerra, persecución, desinformación o control social, y orientar su potencia hacia la prevención de conflictos, el cuidado de la vida y la cooperación entre los pueblos.

Abrir el futuro

Hay además una lección de humildad, ningún gobierno, empresa o experto, Puede prever por completo los efectos de los sistemas que evolucionan con rapidez y se insertan en sociedades complejas. Abrir en el futuro exige instituciones resilientes, pensamiento crítico y capacidad de adaptación. Exige reconocer los cisnes negros, escuchar las señales débiles y corregir antes de que el daño se vuelva irreversible. La prudencia no es miedo al progreso, es responsabilidad ante lo imprevisible, sobre todo cuando está en manos individuales o de personas.

La diversidad cultural no es un obstáculo para la innovación, jamás, es una reserva de futuros posibles. La pregunta es si permitiremos que los modelos homogenicen lenguajes, memorias y formas de comprender el mundo. O si nos utilizaremos para cultivar un verdadero jardín de civilizaciones. Un jardín vivo no prospera borrando diferencias, sino creando condiciones para que cada expresión se desarrolle y dialogue con los demás. La naturaleza es tan diversa que es una escuela para estos casos.

La tecnología debe servir a la vida, no la vida a la tecnología. Esta afirmación implica orientar la economía hacia el bienestar humano. Compartir los beneficios de la productividad, proteger el sentido y la dignidad del trabajo, proteger y atender el cambio y la crisis climáticas, educar no solo por usar herramientas, sino para comprenderlas, cuestionarlas y decidir colectivamente sobre ellas. La inteligencia artificial será humana, no por imitar mejor nuestra conversación, sino por contribuir a que vivamos con más libertad solidaria y sentido.

Tomar las riendas sin soltar al otro.

Como un caballo «bronco» decimos por estos lados, la inteligencia artificial corre con una fuerza que fascina y atemoriza. Pero tomar las riendas no significa dominar desde arriba ni frenar todo movimiento. Significa acordar una dirección, mantener el equilibrio y recordar que nadie debe quedar, Abandonado en el camino. No se aceptan los rezagos.

Gobiernos, empresas, religiones, universidades, organizaciones sociales y ecologistas y millones de personas tienen una responsabilidad que no puede tercerizarse. El desafío de nuestra época es pasar de la competencia a la sinfonía, de la carrera por llegar primero al compromiso de llegar juntos, de la concentración de conocimiento a su democratización,

Del algoritmo opaco a la decisión responsable, de una promesa abstracta de progreso a la mejora verificable de la vida cotidiana. Esa transición comienza en las grandes instituciones, pero también en cada elección concreta que diseñamos, que compramos, que regulamos y que enseñamos y que estamos dispuestos a defender.

Es hora de que la humanidad tome las riendas, pero que no las suelte. Y sobre todo, que no suelte la mano de quienes han sido históricamente dejados atrás. Sólo entonces la inteligencia artificial dejará de ser una nueva expresión del poder para convertirse en una herramienta de reconciliación, cooperación y esperanza. Sólo entonces podríamos decir que no estamos construyendo máquinas más capaces dentro de una sociedad inhumana, sino una civilización más humana capaz de orientar sus máquinas. Una verdadera nación humana universal.[5]

[1] Los 6 puntos del Humanismo (Movimiento Humanista. Silo

[2] Silo. (2004). Cartas a mis amigos: Sobre la crisis social y personal en el momento actual. Obras completas. Plaza y Valdés.

[3] “China considera que todos los países deben adherirse a un enfoque centrado en las personas y los principios de progreso y bondad”. Presidente Xi Jinping en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái de 2026

[4] Documento Humanista. Cartas a mis amigos. Silo, 1993, Argentina

[5] Sullings, Guillermo. Encrucijada y Futuro del Ser Humano: Los Pasos hacia la Nación Humana Universal. Argentina, 3 Septiembre 2016

La dignidad humana frente a la politización de la ayuda y el derecho internacional

Alejandro Machado García

Alejandro Machado García
Consultor
Gestor de desarrollo, género y migraciones

La Declaración Universal de Derechos Humanos, aunque no nació como un tratado internacional jurídicamente vinculante en sentido estricto, se ha convertido en uno de los instrumentos fundamentales del orden internacional. Su amplia aceptación, la práctica sostenida de los Estados y su influencia en tratados, constituciones y decisiones judiciales han contribuido a que numerosos principios contenidos en ella sean reconocidos como normas de derecho internacional consuetudinario. Su importancia no es únicamente jurídica: también representa un compromiso político y ético con la protección de la dignidad humana.

En ese marco, el derecho internacional, la protección de los derechos humanos y la asistencia humanitaria cumplen una función esencial: responder a las situaciones que colocan a personas y comunidades en condiciones de vulnerabilidad, ya sea de manera temporal o permanente. Conflictos armados, desastres naturales, desplazamientos forzados, crisis económicas y persecuciones políticas pueden destruir las condiciones mínimas para una vida digna. Frente a esas realidades, la cooperación internacional procura proteger a las personas, aliviar el sufrimiento y garantizar que nadie quede excluido por su nacionalidad, situación migratoria, género, raza, religión, condición económica u opinión política.

La construcción de este marco internacional fue el resultado de un proceso doloroso. Las dos guerras mundiales demostraron el costo de dejar las relaciones entre los Estados sometidas exclusivamente a la lógica de la fuerza, los intereses geopolíticos y la capacidad militar. La Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918, provocó aproximadamente 20 millones de muertes. La Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1945, dejó entre 70 y 85 millones de personas fallecidas. A ello se suma el Holocausto nazi, durante el cual fueron asesinados seis millones de judíos, además de millones de personas pertenecientes a otras minorías perseguidas.

Pero las violaciones a la dignidad humana no se limitaron a los escenarios bélicos. Durante décadas, el trabajo careció de una regulación internacional adecuada; en fábricas textiles y minas de Europa y América eran habituales jornadas de entre 14 y 16 horas. Persistían la servidumbre por deudas, la explotación infantil y diversas formas de discriminación. Las mujeres no podían votar en numerosos países ni ejercer plenamente derechos económicos básicos, como abrir una cuenta bancaria o administrar sus bienes. La creación del Sistema de Naciones Unidas y el desarrollo progresivo del derecho internacional respondieron, precisamente, a la necesidad de sustituir la imposición por reglas comunes, cooperación y responsabilidad compartida.

De esa historia surge una premisa sencilla, pero fundamental: los derechos protegen a las personas por el hecho de ser humanas, no por su riqueza, su nacionalidad, su cercanía con un gobierno o su afiliación política. La dignidad no se compra, no se vende y tampoco se obtiene como recompensa por mérito económico. No pertenece exclusivamente a quienes se ubican a la izquierda o a la derecha, ni depende de la aprobación de un partido o de un gobierno. Es inherente a toda persona.

Por eso deben observarse con preocupación las narrativas que pretenden convertir la asistencia humanitaria en una concesión política. La ayuda no puede depender de la afinidad ideológica, de relaciones de compadrazgo ni de la conveniencia coyuntural de los gobiernos. Tampoco debería utilizarse como instrumento de presión, castigo o legitimación política. Los principios humanitarios de humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia establecen que la acción humanitaria debe responder a las necesidades de las poblaciones afectadas y mantener autonomía frente a objetivos políticos, económicos o militares.

La asistencia humanitaria comprende mucho más que la entrega de alimentos, medicinas o refugio. Incluye acciones de protección y promoción de derechos en contextos de emergencia, de acuerdo con la naturaleza de la crisis y las condiciones de las comunidades afectadas. Su propósito es salvar vidas, aliviar el sufrimiento y preservar la dignidad.

Las narrativas de odio y polarización, nos invitan a preguntarnos: ¿Se defenderán los principios universales incluso cuando hacerlo implique costos políticos, o se optará por callar para sobrevivir frente a gobiernos poderosos? La línea entre la prudencia diplomática y la complicidad puede volverse peligrosamente delgada. El temor a represalias, a la expulsión de organismos o a la restricción del acceso humanitario no debería conducir a la renuncia de las responsabilidades internacionales, nos invita a ser valientes.

Existe un intento evidente por debilitar la confianza en el Sistema de Naciones Unidas, en el derecho internacional y en las respuestas humanitarias. Precisamente por eso es necesario señalar los incumplimientos con claridad y coherencia. Si la comunidad internacional denuncia la selectividad y la desigualdad de poder, pero guarda silencio cuando las violaciones son cometidas por gobiernos aliados o económicamente influyentes, termina atrapada en una contradicción: el sistema que debía limitar la arbitrariedad acaba otorgándole la razón al poder político y económico, y restándose credibilidad frente a la gente.

Defender la dignidad humana exige aplicar los mismos principios a todas las personas y en todos los contextos. De lo contrario, los derechos dejan de ser universales y se convierten en privilegios administrados por quienes tienen mayor poder. La asistencia humanitaria, el derecho internacional y la cooperación solo conservarán su legitimidad si permanecen al servicio de las personas, no de los gobiernos.

Una reflexión al cumplir 13 años de RedESS

Carlos Hernández
Miembro de Redess y Cokomal

En este nuevo aniversario de la Red de Economía Social Solidaria (RedESS), queremos detenernos a reflexionar sobre el camino recorrido, no desde la complacencia, sino desde la honestidad que exige un proceso que ha resistido trece años sosteniendo la vida en los territorios.

Durante este tiempo hemos atravesado gobiernos de distinto signo, pero con un patrón que se repite: cuando nuestros planteamientos han diferido de los enfoques light, superficiales, despolitizados de la economía social solidaria, hemos encontrado puertas cerradas y espacios de participación bloqueados. No es casualidad. Es más cómodo para la institucionalidad promover una economía social light, vaciada de su contenido transformador, que reconocer y fortalecer procesos que cuestionan de fondo las relaciones de poder en el territorio.

Hemos visto, una y otra vez, cómo se privilegia a las grandes empresas y a las cooperativas de enfoque corporativo aquellas que hablan el lenguaje de la competitividad y el mercado por encima de las organizaciones de base, las asociaciones comunitarias, los colectivos autogestionados que somos mayoría en los territorios. El discurso de la economía solidaria se instrumentaliza políticamente cuando conviene: se cita en campañas, se exhibe en fotografías institucionales, pero se abandona cuando se trata de traducirlo en política pública real, en presupuesto, en reconocimiento jurídico de nuestras formas de organización.

Frente a esa instrumentalización, seguimos reflexionando lo mismo desde hace trece años: la urgencia de resolver las problemáticas concretas de los sectores más vulnerables. El abandono institucional no es una percepción, es una realidad cotidiana en las comunidades rurales y también en las periferias urbanas, donde la pobreza se sostiene generación tras generación mientras la institucionalidad diseña programas que rara vez llegan, o que llegan tarde, o que llegan condicionados a lógicas que no corresponden a nuestra realidad territorial.

Y no podemos dejar de nombrar otra dificultad, quizás menos visible pero igual de determinante: la relación con buena parte de la cooperación internacional. Con demasiada frecuencia nos encontramos con agencias y fondos que solo se interesan por resultados cuantificables, por indicadores que puedan reportarse en una matriz, por enfoques mercantiles que miden el éxito en términos de eficiencia y rentabilidad. Esa mirada tiene poca capacidad a veces ninguna de entender el contexto real de las economías territoriales: comunidades golpeadas por más de tres décadas de neoliberalismo, con sus políticas de ajuste estructural, apertura comercial desregulada y desmantelamiento progresivo del Estado social. Un daño acumulado que hoy, lejos de revertirse, se ve reforzado por gobiernos de ultraderecha que profundizan el mismo modelo con un discurso aún más agresivo contra lo público, lo comunitario y lo colectivo.

A pesar de todo esto, seguimos aquí. Trece años después, personas de la Red de Economía Social Solidaria de Costa Rica continuamos con la convención construcción de un espacio autónomo, de base comunitaria, que no depende de la voluntad política de turno para existir. Seguimos articulando, seguimos tejiendo, seguimos insistiendo en que otra economía una que ponga la vida, los cuidados y la dignidad de las personas en el centro no solo es posible, sino necesaria y urgente.

Hacemos un llamado a no bajar la guardia: a seguir fortaleciendo nuestras economías territoriales, a exigir que la institucionalidad y la cooperación internacional comprendan que no somos un dato en una hoja de cálculo, sino comunidades organizadas resistiendo y construyendo alternativas concretas frente al abandono y la exclusión.

La IA redefine las prácticas del ordenamiento territorial

El crecimiento urbano, la presión sobre los recursos naturales, los efectos del cambio climático y la necesidad de contar con información confiable para la toma de decisiones colocan el ordenamiento territorial entre los principales desafíos de Costa Rica. La Universidad Nacional (UNA) organiza el VIII Congreso Internacional de Ordenamiento Territorial y Tecnologías de Información Geográfica (CIOTTIG 2026), un encuentro que reunirá a personas especialistas, investigadoras, estudiantes y profesionales de distintos países.

Promover el intercambio académico y técnico sobre los aportes de la inteligencia artificial y las tecnologías geoespaciales en la planificación, gestión y sostenibilidad del territorio, impulsando la cooperación internacional y la innovación interdisciplinaria.

La actividad adquiere relevancia en un momento en que la región enfrenta complejos fenómenos como inundaciones, deslizamientos, expansión urbana, conflictos por el uso del suelo y la necesidad de fortalecer la planificación frente a los efectos del cambio climático. En este escenario, el análisis territorial y las tecnologías de información geográfica aportan información para comprender mejor estos procesos y acompañar la toma de decisiones.

Como parte de la convocatoria, el comité organizador mantiene abierto el período para la presentación de ponencias hasta el 07 de agosto. La invitación está dirigida a personas investigadoras, profesionales, estudiantes y representantes de instituciones que desarrollen trabajos relacionados con el ordenamiento territorial y las tecnologías de información geográfica

El VIII CIOTTIG forma parte de una red internacional que desde 2010 promueve el intercambio académico sobre planificación territorial y geotecnologías en distintos países de América Latina, y en esta edición tendrá como sede la Universidad Nacional. El Programa para la Promoción de la Gestión y el Ordenamiento del Territorio, y el Programa en Ciencias de la Información Geográfica Aplicada, ambos de la Escuela de Ciencias Geográficas, son los principales organizadores.

Las personas interesadas en conocer los ejes temáticos, los requisitos para presentar ponencias y el cronograma del congreso pueden consultar el sitio web oficial del evento.

Más información: VIII Congreso Internacional de Ordenamiento Territorial y Tecnologías de Información Geográfica (CIOTTIG 2026)

Oficina de Comunicación
Universidad Nacional, Costa Rica

UNA albergará el XI Congreso Iberoamericano sobre Turismo Sustentable

Las personas que asistan de forma presencial al XI Congreso Iberoamericano sobre Turismo Sustentable se encontrarán en el Campus Liberia de la Sede Regional Chorotega de la UNA, entre el 21 al 25 de setiembre de 2026.

Investigadores, docentes, estudiantes y profesionales de distintos países se reunirán, de manera presencial y virtual, con motivo del XI Congreso Iberoamericano sobre Turismo Sustentable (XI CITS-UNA 2026), un encuentro académico en el que se van a intercambiar experiencias y resultados de investigación relacionados con el desarrollo sostenible del turismo. El evento será del 21 al 25 de setiembre de 2026 y en su formato presencial tendrá por sede el Campus Liberia de la Sede Regional Chorotega de la Universidad Nacional (UNA).

En la organización, además de la UNA, participan la Red Iberoamericana de Medio Ambiente (REIMA) y la Pan American Foundation for International Cooperation for Sustainable Development (PAFICSD) de Canadá, así como instituciones académicas y organizaciones especializadas de Estados Unidos, Ecuador y México

De acuerdo con la organización, el objetivo del encuentro es propiciar el intercambio de conocimientos y experiencias sobre prácticas de turismo sustentable en América Latina, el Caribe y Europa, y promover espacios de diálogo académico que contribuyan al fortalecimiento de modelos turísticos vinculados con la sostenibilidad ambiental, el desarrollo local y la gestión responsable de los recursos naturales y culturales.

El programa científico contempla conferencias magistrales, presentaciones orales, sesiones de póster y cursos de posgrado. Además, busca fomentar la cooperación entre universidades, centros de investigación, organismos internacionales y profesionales vinculados con la planificación y gestión de destinos turísticos.

Entre las principales temáticas, se abordarán Modelos de gestión empresarial y sistemas turísticos para la comercialización de destinos, Productos turísticos en espacios naturales y culturales, Planificación estratégica y comunicación de marcas territoriales, Gestión del patrimonio natural y cultural, Turismo rural comunitario, así como las iniciativas relacionadas con el desarrollo local y el biocomercio.

Convocatoria abierta a ponencias

La organización mantiene abierta la recepción de trabajos académicos para investigadores, docentes, estudiantes de posgrado y especialistas interesados en presentar resultados de investigación, estudios de caso y experiencias relacionadas con el turismo sustentable.

Los resúmenes se pueden presentar en español, inglés o portugués, tanto para ponencias orales como para carteles científicos. Las propuestas deberán enviarse al correo electrónico info@environment-sustainability.com según el formato establecido por el comité organizador.

La fecha límite para la recepción de resúmenes es el 5 de agosto de 2026. Posteriormente, el Comité Científico evaluará las propuestas y comunicará los trabajos aceptados a más tardar el 15 de agosto de 2026. Cada contribución seleccionada será incorporada al programa científico oficial del congreso, con un espacio asignado para su presentación y defensa.

Las conferencias magistrales y las ponencias orales se proyectarán mediante videos previamente grabados, mientras que los carteles científicos deberán enviarse en formato digital. En todos los casos, los trabajos deberán incluir, de forma explícita, los objetivos, la metodología empleada y los principales resultados obtenidos.

El comité de honor del XI CITS-UNA 2026 está integrado por el rector de la Universidad Nacional, Jorge Herrera Murillo; la presidenta de REIMA, Diana Laura Tello Silva y el director ejecutivo de PAFICSD, Yordanis Gerardo Puerta de Armas. La organización local cuenta con la participación de académicos e investigadores de la UNA y representantes de instituciones colaboradoras de América y Europa.

Las personas interesadas en participar, ya sea como asistentes o ponentes, pueden encontrar más información sobre inscripciones, requisitos y programación en el sitio web oficial del congreso: https://reima-ec.org/xi-cits/

Oficina de Comunicación
Universidad Nacional, Costa Rica

FAO y PMA alertan una posible crisis alimentaria por fenómeno El Niño

Pressenza / Prensa Latina

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) solicitaron fondos para enfrentar el posible impacto del fenómeno meteorológico de El Niño, indica hoy una nota.

En un LLamamiento Conjunto de Acción Anticipatoria, la FAO y el PMA demandan un aporte de 202 millones de dólares, para proteger a casi nueve millones de personas en 22 países prioritarios de alto riesgo, ante los graves efectos en la agricultura y la alimentación de ese evento, que se prevé en el segundo semestre de este año.

Se trata de una de las variaciones climáticas naturales más poderosas del planeta relacionada con un sobrecalentamiento del océano Pacífico oriental ecuatorial que modifica los vientos, las lluvias y las temperaturas en distintas zonas del mundo durante meses, el cual se presenta en ciclos de tres u ocho años.

Ambas entidades solicitan financiación urgente y flexible ante los impactos climáticos previstos, que podrían amenazar la seguridad alimentaria, los medios de subsistencia y la producción agrícola en las regiones más vulnerables del mundo durante este año y el próximo, indica el llamado publicado por la oficina de prensa de la FAO.

Las intensas condiciones de El Niño en la segunda mitad de 2026, según subrayan, podrían aumentar la probabilidad de sequías, inundaciones y tormentas en partes de África, Asia, el Pacífico y América Latina y el Caribe, con graves afectaciones agrícolas, en un momento en que millones de personas ya enfrentan una grave inseguridad alimentaria.

La FAO y el PMA indicaron que ya cuentan con los recursos para brindar atención preventiva a 1,2 millones de posibles afectados por El Niño, pero se requiere de una inversión adicional de al menos 167 millones de dólares para ampliar el apoyo a otros 7,6 millones de personas en 22 países prioritarios.

Entre esas naciones se encuentran Camerún, Etiopía, Kenia, Madagascar, Malaui, Mozambique, Nigeria, Somalia, Sudán del Sur, Sudán, Uganda, Zimbabwe, Afganistán, Paquistán, Filipinas, Timor Oriental, Colombia, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras y Venezuela.

Beth Bechdol, subdirectora general de la FAO señaló al respecto que “la experiencia demuestra sistemáticamente que la acción temprana es más eficaz y menos costosa que responder una vez que la crisis se ha agravado”.

“Contamos con los datos, las herramientas y la evidencia para identificar los riesgos antes de que se conviertan en emergencias, y el reto consiste en garantizar que la financiación esté disponible con la suficiente antelación para actuar” apuntó Bechdol.

La financiación apoyará un conjunto de acciones preventivas, incluidas la asistencia monetaria, la distribución de semillas resistentes a la sequía, medidas de protección del ganado, sistemas de captación y el almacenamiento de agua,

También se destinarán a infraestructura de protección contra inundaciones, asesoramiento agrícola y difusión de información de alerta temprana, agrega la fuente.

Soluciones ante el calentamiento global derivado de la crisis civilizatoria

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Como ya se ha advertido en los capítulos anteriores, la crisis climática contemporánea no constituye un fenómeno aislado ni una simple alteración temporal de las condiciones atmosféricas. Se trata de una transformación sistémica que compromete simultáneamente la estabilidad ecológica, la economía mundial, la producción alimentaria, la disponibilidad de agua, las migraciones humanas y la gobernabilidad política. Por ello, las soluciones no pueden ser parciales ni fragmentarias. Frente a un problema de naturaleza global, las respuestas deben ser igualmente globales, articuladas y sostenidas en el tiempo.

El calentamiento global posee un carácter esencialmente antropocéntrico. Aunque la historia geológica del planeta ha conocido variaciones climáticas naturales, la aceleración actual de la temperatura terrestre está directamente vinculada con la actividad humana desarrollada desde la Revolución Industrial. La expansión ilimitada de la producción, el uso masivo de combustibles fósiles, la deforestación, la destrucción de ecosistemas y los patrones de consumo intensivo han alterado el equilibrio climático del planeta a una velocidad desconocida en la historia reciente de la Tierra.

En consecuencia, las soluciones deben dirigirse a transformar las estructuras económicas, energéticas y culturales creadas por la propia humanidad. No basta con reducir algunos daños ambientales: es indispensable modificar las lógicas que los producen.

Uno de los principales factores del calentamiento global es la emisión de gases de efecto invernadero derivados de la extracción, transporte y consumo de hidrocarburos. El petróleo, el carbón y el gas natural continúan siendo la base energética de gran parte de la economía mundial. Esta dependencia energética ha permitido un extraordinario desarrollo industrial y tecnológico, pero al mismo tiempo ha generado una acumulación de dióxido de carbono y metano incompatible con la estabilidad climática del planeta.

Por ello, una de las tareas fundamentales de este siglo consiste en sustituir progresivamente la matriz energética basada en combustibles fósiles por energías renovables y menos contaminantes. La expansión de la energía solar, eólica, geotérmica, mareomotriz e hidráulica constituye un paso imprescindible para disminuir las emisiones globales. Sin embargo, esta transición energética no puede reducirse únicamente a un cambio tecnológico. Requiere enormes inversiones públicas, cooperación internacional y mecanismos de financiamiento que permitan a los países más pobres acceder a tecnologías limpias sin sacrificar sus posibilidades de desarrollo.

Además, la transición ecológica debe evitar reproducir nuevas formas de desigualdad. En ocasiones, ciertas economías industrializadas trasladan a los países periféricos los costos ambientales de la extracción de minerales estratégicos necesarios para las nuevas tecnologías verdes. La solución climática no puede construirse sobre nuevas formas de explotación humana y destrucción ecológica.

La crisis climática también revela los límites históricos de un modelo económico basado en el crecimiento ilimitado dentro de un planeta finito. Durante décadas, el éxito económico fue identificado casi exclusivamente con el aumento constante de la producción y de la inducción de patrones de consumo superfluos. Sin embargo, una economía sustentada en la expansión incesante del mercado y en el consumismo voraz permanente termina chocando inevitablemente con los límites ecológicos de la Tierra.

La contradicción es evidente: un sistema que necesita crecer infinitamente opera dentro de un mundo cuyos recursos naturales son limitados. De ahí que el problema climático no sea solamente energético, sino también civilizatorio.

Las soluciones deben orientarse hacia la construcción de una economía humanista y solidaria, sostenible y sustentable para las generaciones de hoy y las de mañana, donde la prioridad no sea únicamente la acumulación de riqueza, sino el bienestar colectivo, la equidad social y la preservación de la vida. Ello implica redefinir las nociones de progreso y desarrollo. El crecimiento económico carece de legitimidad cuando destruye ecosistemas, profundiza desigualdades y compromete las condiciones de existencia de las futuras generaciones.

En este sentido, una mejor distribución de la riqueza socialmente producida constituye también una política climática. Las sociedades profundamente desiguales suelen presentar mayores niveles de deterioro ambiental, porque amplios sectores de la población quedan excluidos de condiciones dignas de vida y sobreviven en medio de dinámicas de explotación y expoliación, así como del uso intensivo de los recursos naturales, más allá de lo que el planeta es capaz de proveer. Por ende, la lucha contra la pobreza y la desigualdad no es ajena a la lucha climática: ambas forman parte del mismo desafío histórico.

La complejidad del calentamiento global obliga asimismo a abandonar explicaciones simplistas. Los factores que originan la crisis climática son múltiples y están profundamente interrelacionados: energía, transporte, urbanización, agricultura industrial, deforestación, patrones culturales de consumo, concentración de riqueza, políticas públicas devienen completamente insuficientes, porque están basadas en formas de competencia voraz y desigual entre naciones y al interior de cada una de ellas; por eso mismo, este sistema fragmentado y fragmentario sabotea cualquier modelo de gobernanza, tanto internacional como al interior de cada sociedad, porque aplaca y desprecia la participación societal.

Frente a la complejidad, la falta de colaboración y la fragmentación de las sociedades, las soluciones deben apoyarse en enfoques inter y multidisciplinarios. Ninguna disciplina científica, por sí sola, puede resolver un problema de semejante magnitud. La ecología, la climatología deben dialogar permanentemente con la economía, la sociología, la ingeniería, la biología, la oceanografía, la agronomía, la ética y las ciencias políticas y sociales en general. Del mismo modo, el conocimiento científico necesita complementarse con saberes comunitarios e indígenas que históricamente hubiesen desarrollado formas más equilibradas de relación con la naturaleza.

El calentamiento global exige una nueva cultura de cooperación entre conocimientos, instituciones y sociedades.

Entre las políticas más urgentes destaca la necesidad de aumentar la captura y almacenamiento de carbono tanto en los ecosistemas terrestres como en los océanos. Los bosques, humedales, manglares, suelos agrícolas y ecosistemas marinos desempeñan un papel esencial como sumideros naturales de carbono. La destrucción de estos sistemas acelera la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

De ahí la importancia de impulsar vastos programas de reforestación y restauración ecológica, particularmente en regiones tropicales severamente afectadas por la deforestación. Sin embargo, no se trata simplemente de sembrar árboles de manera indiscriminada, sino de recuperar ecosistemas completos capaces de regenerar biodiversidad, proteger fuentes de agua y estabilizar suelos.

Igualmente, relevante es la protección de los océanos. Durante décadas, los mares han absorbido una parte significativa del exceso de calor y dióxido de carbono generado por las actividades humanas. Pero esta función tiene límites. La acidificación oceánica, el aumento de temperatura y la contaminación por plásticos y petróleo amenazan gravemente los ecosistemas marinos. La recuperación de manglares, pastos marinos y arrecifes coralinos puede contribuir significativamente a la fijación de carbono y a la protección costera frente a fenómenos climáticos extremos.

Otro eje fundamental consiste en transformar las ciudades y las formas de vida urbana. Actualmente, gran parte de las emisiones globales proviene de modelos urbanos dependientes del automóvil privado, del consumo energético excesivo y de una expansión desordenada del territorio. Las ciudades del futuro deberán priorizar el transporte público limpio, la movilidad peatonal y la ciclística, la eficiencia energética de las edificaciones y una planificación urbana orientada hacia la sostenibilidad.

Las guerras deben desaparecer de la faz de la tierra. El ser humano de todos los países debe ser capaz de encontrar mecanismos pacíficos para resolver sus conflictos y diferencias. Las dos guerras mundiales del siglo XX, más otras guerras regionales en el mismo siglo y en el actual, han dejado como herencia muertes por millones, desolación y más envenenamiento de la atmósfera de la tierra, mediante el uso de armas atómicas y otras de menor rango, pero letales también. Entre muertos y desaparecidos se cuentan no solamente los combatientes en los escenarios bélicos, sino también millones de niños inocentes, adultos mayores, mujeres abandonadas y personas con discapacidad. La humanidad debe sobreponerse a toda esa herencia y luchar cotidianamente por un mudo en el que predomine la paz y la capacidad de negociar soluciones pacíficas a sus diferencias. Esta es parte fundamental de la lucha por una nueva civilización en medio del caos generado por la crisis climática.

Nunca será suficiente insistir en que ninguna transformación será suficiente sin una profunda participación de una ciudadanía cada vez más educada en la protección de la naturaleza, de los ecosistemas, en una palabra, de la vida. La lucha contra el calentamiento global no puede quedar exclusivamente en manos de gobiernos, organismos internacionales o grandes corporaciones, que hasta el momento no atinan a encontrar una ruta segura que logre soluciones seguras para mitigar el cambio climático. Requiere, además, de sociedades activas, informadas y capaces de construir nuevas prácticas cotidianas.

Es crucial promover comunidades ecológicas y eco sustentables basadas en la participación democrática, la producción local, el consumo responsable y la solidaridad social. La educación ambiental desempeña aquí un papel decisivo. No se trata únicamente de transmitir información científica, sino de desarrollar una nueva conciencia ética sobre la relación entre humanidad y naturaleza.

Las transformaciones culturales son tan importantes como las tecnológicas. Una civilización organizada alrededor del hiperconsumo superfluo difícilmente podrá resolver una crisis derivada precisamente del exceso de consumo y la explotación. El desafío climático implica también revisar estilos de vida, redefinir necesidades y reconstruir vínculos comunitarios debilitados por décadas de individualismo extremo.

Por otra parte, la dimensión internacional del problema exige fortalecer los mecanismos de cooperación global. Ningún país, por poderoso que sea, puede resolver aisladamente la crisis climática. Las emisiones producidas en una región afectan al conjunto del planeta. De ahí la necesidad de acuerdos multilaterales vinculantes, financiamiento climático para los países más vulnerables y responsabilidades diferenciadas entre naciones industrializadas y países en desarrollo.

La justicia climática constituye un principio esencial. Las sociedades que históricamente más contribuyeron a las emisiones globales poseen una responsabilidad mayor en la financiación de soluciones y en la transferencia de tecnologías limpias. Resultaría éticamente inadmisible exigir iguales sacrificios a países pobres cuya contribución histórica al calentamiento ha sido mucho menor.

Finalmente, toda solución climática auténtica exige recuperar una visión ética de la relación entre humanidad y naturaleza. Durante siglos predominó una concepción basada en la dominación ilimitada del entorno natural. La naturaleza fue reducida a mera fuente de recursos disponibles para la explotación económica. La crisis actual demuestra los límites y peligros de esa visión.

La humanidad necesita reconstruir una relación más equilibrada con el planeta que habita. No se trata de renunciar al progreso científico ni tecnológico, sino de orientarlo hacia la preservación de la vida y el bienestar colectivo. El desafío del siglo XXI consiste precisamente en compatibilizar desarrollo humano, justicia social y sostenibilidad ecológica.

La lucha contra el calentamiento global no representa únicamente una tarea ambiental. Constituye una disputa por el tipo de civilización que la humanidad desea construir. De las decisiones tomadas en las próximas décadas dependerá no solo la estabilidad climática del planeta, sino también la posibilidad de una convivencia más justa, solidaria y sostenible entre los seres humanos y la naturaleza.

Mauricio Ramírez Núñez: El mundo multipolar exige pragmatismo y cooperación entre potencias

Mauricio Ramírez

El académico y analista internacional Mauricio Ramírez Núñez afirmó que la dinámica geopolítica actual demuestra que las grandes potencias continúan recurriendo al diálogo y la negociación estratégica, incluso en medio de fuertes tensiones internacionales.

Ramírez señaló que existe una “paradoja geopolítica evidente” en torno al debate internacional sobre Taiwán y China. Según explicó, mientras numerosos discursos presentan a Taiwán como el centro de la confrontación global, las decisiones reales de poder terminan concentrándose en Beijing.

Donald Trump visita a Xi Jinping. No va a Taiwán a discutir el equilibrio del sistema internacional, porque en el fondo entiende perfectamente dónde está el verdadero centro gravitacional de la cuestión China”, expresó.

El analista considera que Taiwán es utilizado frecuentemente como una herramienta geopolítica y como pieza de presión estratégica dentro de una competencia más amplia entre potencias mundiales.

A partir de ello, sostuvo que el escenario internacional contemporáneo ya no puede interpretarse mediante las viejas lógicas rígidas de bloques geopolíticos propias del siglo pasado.

“El mundo multipolar de hoy no puede seguir atrapado en esquemas binarios ya superados”, indicó.

Ramírez enfatizó que la realidad internacional actual es mucho más compleja e interdependiente, razón por la cual las grandes potencias continúan reuniéndose, negociando y cooperando pese a sus diferencias y rivalidades.

Según explicó, la cooperación estratégica, el diálogo y el pragmatismo dejaron de ser opcionales y se han convertido en condiciones necesarias para la estabilidad global.

Finalmente, planteó que el mundo multipolar exige capacidad de relacionarse con distintos polos de poder, inteligencia estratégica y equilibrio político, en lugar de alineamientos automáticos.

Cuba: solidaridad bajo asedio

José A. Amesty Rivera

A propósito de la llegada reciente de varios buques con ayuda humanitaria a Cuba (buques que no han navegado aguas tranquilas precisamente, sino que han tenido que abrirse paso entre presiones políticas, amenazas y el cerco criminal del bloqueo), es necesario decirlo sin rodeos, lo que ha llegado a la isla no es solo ayuda material, es un acto de dignidad, es solidaridad militante, es la confirmación de que los pueblos no están dispuestos a dejar sola a Cuba.

Porque, como bien lo ha señalado el combatiente revolucionario cubano Joel Suárez, “la solidaridad es el nombre político que tiene el amor”; y en el caso cubano, ese amor no es abstracto, no es retórico, no es para discursos diplomáticos, es concreto, es combativo, es profundamente antiimperialista.

Conviene dejar algo claro desde el principio, la solidaridad no es caridad; la caridad es vertical, humillante en muchos casos, funcional al sistema que produce la desigualdad.

La solidaridad, en cambio, es horizontal, es entre iguales, es conciencia. Es entender que la lucha del otro es también la propia, es asumir que no hay neutralidad posible cuando un pueblo está siendo asediado.

En nuestra América, esa verdad no es nueva, la solidaridad aquí se ha forjado en la resistencia, en la lucha, en la necesidad; no es un concepto académico, es práctica cotidiana: es el barrio organizado, es la comunidad que resuelve, es el pueblo que no se rinde. Es, en definitiva, una conducta de combate frente a la injusticia.

Y es precisamente en Cuba donde este comportamiento alcanza hoy, una de sus expresiones más claras y, al mismo tiempo, más exigentes.

Porque cuando hablamos del bloqueo impuesto por EEUU, no estamos hablando de una figura discursiva, estamos hablando de una política sistemática, prolongada y deliberada de asfixia económica.

Un cerco que impacta directamente en la vida diaria del pueblo cubano, en la alimentación, en el transporte, en la energía, en el acceso a medicamentos; es una guerra no declarada, pero profundamente real.

Frente a esta agresión permanente, lo que sostiene a Cuba no es solo una estructura estatal, ni únicamente un discurso político, lo que sostiene a Cuba, en lo más profundo, es una red de solidaridad popular que se activa todos los días.

Es la familia que comparte lo poco que tiene, son los vecinos que no preguntan, sino que actúan, son los amigos que inventan soluciones donde no las hay; es el intercambio basado en la confianza, en la reciprocidad, en ese principio no escrito, pero profundamente arraigado, “hoy por ti, mañana por mí”.

Ahí, en esa práctica cotidiana, se expresa una verdad que el capitalismo intenta borrar, que la vida puede sostenerse desde lo colectivo, desde la cooperación, desde la conciencia social.

En el discurso político cubano, términos como unidad, resistencia y continuidad no son consignas vacías, son condiciones materiales de existencia; porque bajo asedio, la división social no es una opción, es el camino hacia la derrota.

De allí que el “nosotros” adquiera una dimensión central, no como negación del individuo, sino como afirmación de que sin lo colectivo no hay posibilidad de supervivencia; el sacrificio individual, en este contexto, no se idealiza, pero se comprende como parte de una lucha mayor.

Sin embargo, sería irresponsable presentar esta realidad sin reconocer sus tensiones internas. Porque la presión constante desgasta, las dificultades materiales generan fisuras; emergen desigualdades, se fortalecen estrategias individuales de supervivencia, la migración impacta las redes comunitarias, y el cansancio social comienza a hacerse sentir.

Y aquí radica uno de los principales desafíos, la solidaridad no es infinita, no es automática, no se sostiene por inercia, requiere condiciones, requiere cuidado, requiere conciencia.

El bloqueo no solo busca limitar recursos; busca también erosionar el tejido social, debilitar la confianza colectiva, instalar la lógica del “sálvese quien pueda”. En otras palabras, intenta destruir la base misma de la solidaridad.

Por eso, la defensa de la solidaridad en Cuba hoy es, en sí misma, un acto de resistencia política. Pero hay un elemento que no puede pasarse por alto, Cuba no solo resiste hacia adentro, también proyecta solidaridad hacia afuera, a pesar de sus limitaciones, mantiene una política activa de cooperación internacional, particularmente en el ámbito de la salud.

Este hecho, lejos de ser anecdótico, revela una coherencia profunda. Cuba no comparte desde la abundancia, sino desde la convicción, no da lo que le sobra, da lo que tiene; y en ello reafirma una concepción de la solidaridad como práctica liberadora, no como instrumento de dominación.

Así, en medio de las dificultades, Cuba se convierte en un espacio donde se juega algo más que una coyuntura nacional, se juega una forma de entender la vida social, se juega la posibilidad de sostener un proyecto colectivo frente a una presión externa sistemática.

Lo que está en disputa, en última instancia, es si prevalece la lógica del individualismo o la lógica de lo común. Y en ese escenario, la experiencia cubana ofrece una lección clara, aunque incómoda para muchos, cuando las condiciones se vuelven extremas, no hay equilibrios posibles, o se fortalece la solidaridad, o se impone la fragmentación.

En síntesis, no se trata de idealizar ni de negar las contradicciones, se trata de comprender que, en el caso cubano, la solidaridad no es un adorno moral, es una necesidad histórica. Es la línea que separa la resistencia de la rendición, es la base que sostiene el proyecto colectivo.

Es, en definitiva, la expresión concreta de que un pueblo, aún bajo asedio, puede decidir no dejarse derrotar. Porque, al final, la verdad es sencilla y contundente, la solidaridad no es un gesto, es una posición, es una práctica, y en Cuba, hoy más que nunca, es también una forma de lucha.