Radio 870 UCR invita a sintonizar su agenda semanal de programas y actividades campaña contra la: “Ley sobre la producción y control de la calidad en el comercio de semillas«, Proyecto de Ley 21.087.
13 de octubre
1 . 8:00 a.m. a 9:00 a.m. Programa Saber Vivir en 870 AM de las radioemisoras de la Universidad de Costa Rica. También se puede escuchar en la web en el siguiente link https://radios.ucr.ac.cr/radio-870 / ó por el Facebook de Radio 870 UCR
2 . 5:00 p.m. a 6:00 p.m. Programa Voces y Política. Ley de semillas: Control corporativo de la vida por 96.7 FM ó por el Facebook @vocesypoliticaucr
El programa Semillas y Saberes invita este jueves 14 de octubre con el tema “Mujeres rurales: sus aportes a los territorios” a las 11:00 am, se contará con la participación de:
Lidiette Hernández Navarro
Francisca Inés Wilson Santana
Puede sintonizar el programa por la Radio 870 UCR (870 AM) por radios.ucr.ac.cr o por el Facebook Live de Radio 870 UCR.
Compartido con SURCOS por Carlos Hernández Porras.
La memoria de don Braulio Carrillo, Benemérito de la Patria, merece respeto. Por haber creado el Estado soberano e independiente, al separar a Costa Rica de la República Federal de Centroamérica el 14 de noviembre de 1838 (hace 183 años), merece respeto.
su inmensa obra en lo jurídico, político, fiscal, hacendario y económico, cimientos del nuevo Estado libre que nos enorgullece, merece respeto Por haber consolidado con muy buen tino, a San José como la ciudad capital de Costa Rica, merece respeto.
Por haber convertido a Puntarenas como la ciudad portuaria comercial de Costa Rica en el litoral Pacífico, merece respeto. Por haber redactado el primer código jurídico de Costa Rica, merece respeto. Por haber organizado los Tribunales de Justicia, merece respeto.
Por haber tenido la visión de promover el cultivo del café como producto de exportación, merece respeto. Por haber tratado de comunicar el valle central con el litoral Caribe, a través de las enmarañadas montañas de esa vertiente, merece respeto.
Por eso y mucho más, los compatriotas agradecidos dedicaron a su memoria un parque urbano que lleva su nombre, donde se levanta un muy sencillo monumento con su egregia figura. Monumento y nombre del parque que obviamente también merecen respeto. Solo por común ignorancia se puede tratar de irrespetar su memoria, cuando más bien hemos de esforzarnos por exaltar la figura de este otro gran costarricense, para que las nuevas generaciones respeten su memoria y la sangre patriótica que corre por nuestras venas, se manifieste con el sentimiento de agradecimiento que don Braulio merece.
Información compartida con SURCOS por Freddy Pacheco León.
Ya se encuentra en línea una nueva edición del Informativo Mesoamericano Voces Nuestras, una producción que se realiza en conjunto con los aportes de la Red de Corresponsales en la región.
Ya se encuentran disponibles los titulares de esta semana:
– En El Salvador: Cobertura del 28 de septiembre -Día de la Acción Global por un Aborto Legal y Seguro-.
– En Costa Rica: Reivindicaciones por el aborto legal toman las redes sociales en el marco del 28S.
– En Guatemala: Autoridades Maya Ixil presencian audiencia de entrega de prueba.
– En Nicaragua: Arrancó la campaña electoral en un ambiente sin precedentes.
Puede disfrutar de la producción siguiendo el link:
Nicolas Boeglin nos comparte su pensamiento sobre el tema:
«A tres años desde la firma solemne en Nueva York del Acuerdo de Escazú por parte de muchos Estados, varios de estos mantienen pendiente una gran deuda con los defensores del ambiente de América Latina, al no haber logrado aprobar este novedoso tratado regional debido a la presión de sectores corporativos. Entre ellos, el Brasil del Presidente Bolsonaro, una desconcertante Costa Rica, así como también Guatemala, Paraguay, Perú y República Dominicana. Colombia que lo firmó en diciembre del 2019 debido a una fuerte presión de las organizaciones sociales, sigue sin ratificarlo a pesar de la dramática situación de los defensores del ambiente colombianos recientemente puesta a conocimiento de la opinión pública internacional
En cuanto a Chile, indica que en lo personal confía en que próximos cambios políticos permitirán a Chile firmar el Acuerdo de Escazú y posteriormente ratificarlo, cerrándose así el vergonzoso paréntesis que ha significado para el ambiente y los derechos humanos la gestión de su actual Presidente. En Centroamérica, tenemos a la fecha a dos Estados que siguen el ejemplo de Chile y que no han tan siquiera firmado el Acuerdo de Escazú: El Salvador y Honduras.
En lo que respecta a Costa Rica lo que se viene en la Asamblea Legislativa no permite pronosticar nada bueno para el Acuerdo de Escazú a partir de mayo del 202. Los 44 votos a favor y 0 en contra obtenidos en la legislatura actual en febrero del 2020 en primer debate persisten como un bonito recuerdo, pero no se percibe mayor voluntad política para aprobar el Acuerdo de Escazú en los meses que le quedan de esta legislatura».
«Argentina, Bolivia, Ecuador, México, Nicaragua, Panamá y Uruguay son parte de los 12 Estados Partes que ya han ratificado el Acuerdo de Escazú, instrumento que entro formalmente en vigor el pasado 22 de abril del 2021. En ninguno de ellos su economía y sus empresas tuvieron que sufrir nada de que lo que se anunció aquí en Costa Rica que iba a darse de aprobarse este tratado internacional».
Por su parte, Patricia Madrigal Cordero también brindo su aporte respecto al tema indicando que:
Hace tres años se abrió a la firma el Acuerdo de Escazú. El 22 de abril del 2021 entró en vigor con la ratificación de 12 países de la región. Este proceso inédito permitió una negociación abierta, transparente y horizontal entre los países con la sociedad civil con el apoyo de la CEPAL. Este instrumento internacional se adoptó por consenso, reafirmando la posibilidad del multilateralismo y los puentes que podemos construir para fortalecer la Democracia Ambiental. Puentes que debemos construir en Costa Rica para lograr su ratificación en donde cada sector asuma el proceso con compromiso: el Poder Ejecutivo que estuvo liderando su negociación y hasta la próxima Conferencia de las Partes mantiene la Copresidencia; el Poder Legislativo asegurando el liderazgo de nuestro país en materia de derechos humanos y conservación ambiental; el Poder Judicial reafirmando los valores en los que se fundamenta el Estado de Derecho, garantizando la aplicación y cumplimiento del ordenamiento jurídico nacional e internacional sobre todo tratándose de Derechos Humanos. La sociedad civil que ha dado seguimiento al proceso, explicando y divulgando su contenido. La Academia profundizando su correcta interpretación y aplicación. Y el Sector Privado entendiendo que la reactivación económica debe darse con absoluta transparencia, información y participación.
Compartido con SURCOS por Nicolas Boeglin, Jose M. Gutierrez y Patricia Madrigal Cordero.
Sin duda alguna, el mayor desafío que enfrentamos los costarricenses, está relacionado con el envejecimiento de nuestra población y una tasa de nacimientos menor a la tasa de defunciones. Ante esa extremadamente preocupante realidad, con menos trabajadores vendrá consigo la disminución muy significativa de los aportes por cargas sociales y por concepto de prácticamente todo lo que se recauda por impuestos como el IVA, renta, combustibles, circulación, etcétera. Ello en momentos en que la población de adultos mayores, en acelerado crecimiento, demanda e inevitablemente demandará, mayores aportes que el Estado habrá de hacer lo necesario por satisfacer.
Mientras la insuficiencia de recursos lleva al Ministerio de Hacienda a proponer una sustancial reducción presupuestaria al sector Salud, no podemos obviar que la asistencia social solidaria más bien demandará de mayores recursos financieros que pareciere las autoridades hacendarias tratan de disimular, en vista de que los encargados de las finanzas estatales no tienen respuesta a esas multimillonarias necesidades. Los más de un millón de viejitos, imposibilitados de trabajar para atender sus requerimientos básicos, no podrían subsistir adecuadamente sin techo, alimentación, abrigo, asistencia sanitaria, recreación, calor humano. Y resulta que el Estado, cada vez más empobrecido, será incapaz de atender la lista de necesidades que cada vez se hace más grande. Si esta terrible situación se veía venir antes del indomable coronavirus, con él presente en todo el territorio nacional, se ha hecho más difícil de atender, casi imposible, pues comparado a la leve “lluvia” de la pandemia, el envejecimiento acelerado de nuestra población es un “huracán” altamente destructivo que avanza a gran velocidad y con vientos inimaginablemente fuertes.
Como parte de ese oscuro panorama, hay un actor que sobresale por su magnitud y el dolor humano que conlleva: los problemas de salud de los mayores de 65 años, de los Ciudadanos de Oro, de nuestros padres y abuelitos que, en estado muy frágil, no pueden siquiera levantar su venerable voz. Honorables personas que semanal o diariamente, necesitan de medicamentos, alimentación especial, cuidados paliativos, e incluso atención hospitalaria. Personas que ya antes de la aparición del Sars-Cov-2, ocupaban más del 65% de las camas y otros espacios de nuestras clínicas y hospitales, así como en las listas de espera para tratamientos médicos “urgentes” que afligen a todos los pacientes de la Caja.
Seguramente algunos dirán que nuestro pobre y subdesarrollado país no puede hacer mucho frente a tales monumentales necesidades; que no nos queda más que poner los pies en el suelo y vivir esa realidad. Por otro lado, somos testigos de cómo los ministros de Hacienda, desde hace unos años, vienen tratando de estirar hasta lo imposible la cobija para ocultar inútilmente el devenir que se vislumbra, pues saben que en caso de atender financieramente esa muy particular realidad, sería inminente la quiebra del Estado. Hacen falta más recursos para la Caja, independientes de los aportes de ley, fue el mensaje enviado por especialistas de la OCDE (entre otros) y no hubo respuesta gubernamental ni del sector privado. “Mejor hablemos de otra cosa”, seguro pensaron…
Ante ello, sin embargo, nosotros sí creemos tener una respuesta plausible, loable, atendible, razonable, y principalmente, realista. Se trata de aprovechar nuestro oro de la frustrada mina en Crucitas. Allí, en menos del 0,001% del territorio continental de Costa Rica (½ km2), y hasta unos 60 m de profundidad, en un área ambientalmente muy degradada, el Estado podría realizar una extracción, relativamente moderada, de 750 kilos de oro trimestralmente (según los estudios de Industrias Infinito), utilizando las mejores técnicas de explotación hoy disponibles en países amigos, como Chile, México, Perú, que podrían quizá ayudarnos a implementar el proceso de explotación.
Para tener una idea, dicho oro, hoy, tendría un valor de US$170 millones anuales (más de ¢106 mil millones), suficientes para estructurar un formidable sistema hospitalario, integral y diverso, orientado hacia el pleno cumplimiento del derecho humano a la salud y el bienestar de los adultos mayores. Le hemos llamado HOSPITAL DEL ORO, porque no solo sería una realidad a partir del oro que se encuentra esperando por ser extraído del subsuelo de la localidad de Crucitas, sino también porque sus beneficiarios directos serían los venerables Ciudadanos de Oro, que tanto nos han dado a sus compatriotas.
Con el debido cumplimiento de los requisitos ambientales, y sin que se tenga que derogar la legislación que impide otorgar concesiones a empresas privadas para su explotación, el oro de Crucitas solo espera por las decisiones políticas que no deberían hacerse esperar más. En esa área menor al parque La Sabana, estaría la solución parcial al gravísimo problema financiero de nuestra CCSS. Los viejitos costarricenses serían los privilegiados más directos, pero también, al desahogarse el presupuesto actual de la Caja de los rubros presupuestarios que hoy demanda la atención de esa numerosa población, el resto de los habitantes, los menores de 65 años, podrían ser atendidos con la agilidad que deseamos. Así, todos seríamos ganadores de esta “ocurrencia”.
Complementariamente, no menos importante para el país, es que se desterrarían los vergonzosos conflictos socioambientales que caracterizan a la zona de Crucitas, y más bien Costa Rica mostraría al mundo, un ejemplo del buen uso de los recursos minerales de su pueblo.
Cabe agregar que ese sistema hospitalario tan particular, incluiría la medicina preventiva y de atención primaria, además de centros de especialidades médicas de primer orden en recursos materiales y humanos, sin dejar de lado el importante acompañamiento de sus familiares. Acogida la idea, como ya lo han hecho algunas destacadas personalidades del campo médico y político, entre otros, es razonable tener confianza en que profesionales de las diversas disciplinas médicas, administrativas, de planificación, y otros, se encargarían de hacer realidad los diversos proyectos con una adecuada proyección en el tiempo de las inversiones.
Se ha de reconocer que los costarricenses no tenemos otras opciones para solucionar los muy preocupantes problemas de la Caja en el área de salud, por lo que no imaginamos un escenario donde se pudiere rechazar un aprovechamiento así de nuestra riqueza aurífera de Crucitas.
Se inicia la Marcha Vivencial en Costa Rica con la presencia de Rafael de la Rubia
En los actos protocolarios realizados en la Sede de la UNED Puntarenas intervinieron Ruben Monge; representando al Laboratorio experimental de las artes. Jeiner González como Director a.i de la UNED Puntarenas; Giovanny Blanco del Equipo de Coordinación Central de la Marcha Latinoamericana y Rafael de la Rubia Fundador de Mundo Sin Guerras y sin violencia.
En la actividad se hicieron presentes vecinos de la comunidad y miembros de organizaciones de Desarrollo integral de la zona.
En los discursos se señaló la importancia que tiene para esta región costera el que se desarrollen actividades que promuevan el diálogo, la unión y la solución de conflictos por las vías de la noviolencia.
Hemos dado inicio a la Marcha vivencial desde la ciudad de Puntarenas en Costa Rica. Con mucha emoción y optimismo emprendemos los primeros pasos de esta maravillosa Marcha que está en camino desde muchas formas en toda Latinoamérica indicó Giovanny Blanco.
La Latinoamericana está llamada a ser la región del mundo que dará el salto hacia la cooperación hacia el multilateralismo y hacia la transformación de la sociedad a través de la noviolencia, concluyó Rafael de la Rubia.
De esta forma se inició con 6 marchantes por la Noviolencia que recorrerán durante 3 días a partir de hoy 4 provincias de Costa Rica.
Llegando hasta Ochomogo en Cartago el punto central de Costa Rica y división de aguas continental de América donde se hará un acto final de pedido conjunto por los objetivos de la Marcha Latinoamericana por la Noviolencia el 30 de septiembre a las 3:30 p.m. en el Monumento a Cristo Rey.
Cuando la 1ª Marcha Latinoamericana entra en su tercera y última semana, se suma Rafael de la Rubia.
Rafael de la Rubia, fundador de Mundo sin Guerras y sin Violencia, promotor de la 1ª y 2ª Marcha Mundial por la Paz y la Noviolencia, llegó este 27 de setiembre a Costa Rica a participar en la 1ª Marcha Latinoamericana por la Noviolencia.
Seguro que con gusto aportará su experiencia y claridad expositiva en cada acto en que participe.
Entre estos actos, en Costa Rica, se realizará la Marcha Vivencial entre los días 28 a 30 de setiembre y, como colofón de la Marcha se disfrutará, entre los días 1 y 2 de octubre, del Foro “Hacia el Futuro No violento de Latinoamérica”, que se desarrollará de modo presencial y virtual en el Centro Cívico por la Paz de Heredia.
Una vez más Rafael de la Rubia ayuda a impulsar el lanzamiento de imágenes que nos movilizan, invitándonos a ser gestores y constructores activos y no pasivos de la nación humana universal que proponen estas Marchas por la paz y la noviolencia.
Mucho se ha discutido y se discute sobre la supuesta excepcionalidad de la nación costarricense y de sus habitantes en el concierto de países centroamericanos y, en general, en el amplio mundo hispanoamericano y de más allá. Desde la leyenda blanca de la “Suiza centroamericana” hasta el bocadillo cotidiano de país democrático, pacífico, culto, ecológico, igualitario, se ha tejido una telaraña ideológica “tica” que muchas veces alcanza alarmantes decibeles de chauvinismo y xenofobia rayanos en fórmulas neofascistas. Esa telaraña extiende un enorme velo sobre la gran noche precolombina y esconde con cinismo la invasión europea que reconfigura con brutalidad un continente luego rebautizado como América. El violento machetazo de la conquista y la colonia europeas hizo desaparecer miles de años de historia cultural de nuestros habitantes primigenios. Algunos estudiosos consideran que a la llegada de los españoles, el territorio de lo que hoy se conoce como Costa Rica, estuvo poblado por una cifra cercana a los cuatrocientos mil o medio millón de indígenas. A la vuelta de cien años quedaban alrededor del cinco por ciento. La mayoría pereció en los terribles viajes hacia el trabajo forzado de las minas del sur del continente, por enfermedades y epidemias transmitidas a través de virus desconocidos hasta entonces o por la violencia directa de la cruz y la espada. Por ello Costa Rica es un país nuevo, en todo caso repoblado por un flujo constante de conquistadores, imigrantes, visitantes y hasta aventureros en su breve y tumultuosa historia.
Al interior de la misma nación hay defensores y detractores de esas líneas ideológicas que potencian la excepción hasta el mito o desnudan a la reina de la democracia criolla, la cual, según estos, deambula inmaculada por calles y avenidas políticamente incorrectas. Dichas disputas se realizan tanto a nivel académico, como a nivel político/publicitario y popular rayano en un folclor lastimero donde se mezclan la exclusividad religiosa, geográfica, telúrica, “racial” y hasta deportiva, como si de un paraíso alterno se tratase. Incluso se habla de la descendencia o ascendencia de una suerte de Atlántida caribeña o del tardío emerger del istmo costarricense/panameño, lo que le confiere a estas tierras lozanía y juventud americanas y terráqueas, pero también riqueza agro ecológica y paisajística. Y algo de ello ha de haber puesto que en el pequeño territorio se aloja el cinco por ciento de la biodiversidad del planeta. Por demás, es bueno subrayar que ese pequeño territorio, desde la extensa profundidad prehispánica, ha servido de puente entre las dos grandes masas continentales: la influencia Náhuatl/Mayense llega hasta el Guanacaste (la Gran Nicoya, donde acaba lo que hoy se conoce como Mesoamérica) y el centro, caribe norte y zona sur estaban bajo la influencia sudamericana de signo Chibcha. Dicho de otro modo, ya desde entonces era este un territorio de encuentros, confluencias y resistencias; un área de frontera con un intenso intercambio sociocultural, un “país” multiétmico, plurilingüe y multicultural. Hoy, en especial desde los años setenta del siglo pasado (durante el siglo XIX y principios del XX, fueron poblaciones prusianas/alemanas, chinas, jamaiquinas, italianas, francesas, libanesas, entre muchas más, las que enriquecieron el paisaje sociocultural con alimentos, bebidas, artes, ciencias, tecnologías, religiones, creencias, ideas políticas, en fin, formas distintas de comprender el mundo), sigue siendo un país receptor de migrantes pero, además, expulsor de nacionales y plataforma de tránsito para muchos que buscan la vida en sitios más propicios allá en “el norte brutal y revuelto”, según denominación de José Martí.
De tal modo que el constructo de la nación costarricense no ha estado exento de tensiones, alegorías, contradicciones, disputas, impugnaciones y excesos. Y de importantes aportes e injertos de otras latitudes y formaciones culturales. Aunque debemos aceptar que ya desde los inicios de su vida republicana, el incipiente estado/nación fue alejándose con lentitud del conglomerado centroamericano, cuyas élites criollas se debatían entre las asimetrías de un entramado colonial impuesto sobre el racismo y la explotación multiseculares a base de una arquitectura política y socioeconómica diferenciada. Costa Rica firmó su acta de independencia el 29 de octubre de 1821 y muy temprano se dio su propio ordenamiento con el “Pacto de Concordia”, primera constitución provisional entre 1821 y 1823, denominada “Pacto Social Fundamental Interino de la Provincia de Costa Rica”. Más tarde la “nueva provincia” se adhiere a la República Federal Centroamericana, sin embargo, el Pacto Federal se disuelve de facto entre 1838/1839 y cada provincia declara su independencia. Es en ese contexto de dispersión que Costa Rica se convierte en República en 1848.
No obstante lo anterior, para algunos historiadores y estudiosos la verdadera independencia de Costa Rica se firma con sangre y fuego en las jornadas por la soberanía de 1856/1860. Junto con otros países centroamericanos y bajo el liderazgo del libertador Juan Rafael Mora Porras, para entonces presidente de la joven república, y su hermano Joaquín, Jefe Supremo de los ejércitos centroamericanos, Costa Rica se lanza a la guerra contra los esclavistas usamericanos que pretendían anexarse la región al mando del filibustero William Walker. El Ejército Expedicionario Costarricense fue la vanguardia que permitió la victoria ante las huestes del naciente imperio estadounidense; la batalla de Santa Rosa en Moracia, hoy Guanacaste, fue la primera derrota militar que sufre la política usamericana del “Destino Manifiesto”. Después de esas heroicas jornadas y, a pesar del golpe de estado y del fusilamiento del héroe de las mismas don “Juanito” Mora Porras, junto a su mano derecha y concuño, el General salvadoreño José María Cañas Escamilla, el país, maltrecho por la epidemia del cólera, en la cual pereció más menos el diez por ciento de su población, y por la división interna, logra erigir un estado nacional que se expande por casi todo su territorio. Desde muy temprano se adopta una política a favor de la educación con el objetivo de garantizar la perennidad de las instituciones democráticas. La enseñanza gratuita y obligatoria se instaura en 1869. El militarismo no prospera y el funcionamiento del estado se funda con solidez sobre tres poderes claramente definidos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el país también conoce una transformación económica y social gracias a la expansión de las exportaciones de café y a la institución del “sufragio universal” en 1889, aunque todavía sin el voto femenino y el de la población afrodescendiente. Los dirigentes liberales inician una reforma educativa de influencia europea que toca a todos los costarricenses, lo cual en mucho permite afianzar los pilares democráticos y el alcance de una cultura de convivencia pacífica, sin que para nada olvidemos las grandes injusticias que el régimen liberal impone a grandes sectores de la población, tanto por el modelo agroexportador como por la cada vez mayor presencia del capitalismo norteamericano con la construcción de los ferrocarriles y las nacientes plantaciones de banano y la minería como enclaves imperiales. Pero hay un gran esfuerzo desde ya, a través del proyecto educativo liberal, para dotar a la nación de las instituciones, mitos, héroes, cultos y leyendas necesarios para alimentar el sentimiento de unidad y de comunidad nacionales. Ese proyecto, de paso, invisibiliza a los grandes héroes de 1856/1860, los hermanos Mora Porras y sus crímenes de estado (“Juanito” Mora y Cañas Escamilla), a la vez que reinventa a un “héroe nacional” tipo “soldado desconocido”: el tamborcillo de Alajuela, Juan Santamaría. Dicho héroe proviene del símbolo o imagen del “labriego sencillo”, prototipo o personaje central del mito de una democracia agraria acuñado ya durante la colonia. Como nos lo recuerda Anne-Marie Thiesse estudiando el caso europeo, “para que nazcan estas ‘comunidades imaginadas’ que son las naciones, fue necesario dar una historia, un idioma, una cultura común. Fue una gigantesca empresa que movilizó durante decenios sabios, escritores y artistas”. (Thiesse, 2004; citada por Soto Quirós, Ronald en “Imaginando una nación de raza blanca en Costa Rica: 1821-1914”, en Amérique Latine. Histoire & Mémoire, 15 / 2008. https://journals.openedition.org/alhim/2930 (05-05-2020).
Los años cuarenta del siglo pasado, al igual que la heroica gesta de 1856-1860, son claves para comprender el actual estado de cosas. El liberalismo inicia su declive con la Primera Guerra Mundial la cual genera el cierre de los mercados europeos para el café costarricense. La crisis del régimen liberal se prolonga durante varias décadas y no será hasta los años cuarenta cuando empiece a perfilarse un nuevo modelo o régimen de “convivencia nacional”. En ese contexto se genera un clima de inestabilidad política con golpes de estado y revueltas de diversa índole. La dictadura militar liderada por Federico Alberto Tinoco Granados como presidente de facto, y su hermano José Joaquín Tinoco Granados como ministro de Guerra, tras el Golpe de Estado de 1917 al presidente Alfredo González Flores que culmina con la salida del dictador Tinoco hacia Francia tres días después del ajusticiamiento de su hermano y tras una serie de insurrecciones armadas y masivas protestas civiles conocidas como la Revolución de Sapoá, donde asesinan al intelectual y patriota Rogelio Fernández Güell junto a cinco de sus compañeros, así como el Movimiento Cívico Estudiantil de 1919, son unas de las páginas más sangrientas pero heroicas de la “historia patria”. Se asiste a un ascenso de la organización y de las luchas populares, así como al surgimiento de nuevos movimientos sociales y políticos para canalizar las inquietudes y demandas de los sectores marginados por el modelo de “patria” liberal, especialmente la fundación del Partido Comunista en 1931. En 1940 llega al poder el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia en medio de una ola de popularidad muy elevada y con el beneplácito de la oligarquía gobernante. Casi de inmediato dicha oligarquía lo abandona y, en alianza inédita con la Iglesia Católica y el Partido Comunista Costarricense, el “doctor” inicia una serie de medidas que mejorarán las condiciones de los trabajadores costarricenses: promulga entre otros, el Código de Trabajo, el capítulo constitucional de las Garantías Sociales y funda la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) y la Universidad de Costa Rica, ambas instituciones en mucho responsables de los buenos índices de desarrollo humano del cual goza el país hoy día. Sin embargo, la época era difícil y compleja en el marco de la Segunda Guerra Mundial y la popularidad de Calderón Guardia fue descendiendo debido a rumores sobre corrupción de su gobierno y sus funcionarios. Sin ser una figura política al momento de los hechos, José Figueres Ferrer (posterior Presidente de la República durante tres períodos) denuncia, el 8 de julio de 1942, actos irregulares y de corrupción por parte del gobierno, en un discurso radiofónico. Antes de concluir el discurso, autoridades oficiales toman la radioemisora y Figueres Ferrer es apresado y encarcelado. Cuatro días después es exiliado a El Salvador. Un año después se le permite la entrada al país.
En 1944 accede a la presidencia el maestro Teodoro Picado Michalski, miembro del Partido Republicano Nacional que había llevado al poder al Dr. Calderón Guardia, quien lo promueve en el cargo, pero en medio de elecciones cuestionadas por la oposición. Picado Michalski promulga una serie de garantías electorales para las elecciones de medio periodo en 1946, lo que produjo que la oposición aumentara su representación en el Congreso. El Partido Acción Demócrata de Figueres Ferrer se une a las fuerzas opositoras y continúa las duras críticas al gobierno argumentando ya no solo los actos de corrupción y mal manejo de los fondos públicos por parte del Gobierno, sino la impureza electoral. En las elecciones del 8 de febrero de 1948 se obtienen resultados favorables para el candidato de oposición Otilio Ulate Blanco, basados en los resultados enviados por telegrama, debido a un incendio en el actual Colegio Superior de Señoritas que destruye parte del material electoral, hecho nunca esclarecido. Esta es una de las razones por las cuales el Congreso Constitucional, de mayoría oficialista, anula las elecciones presidenciales ya que las mismas habían sido impugnadas por el Dr Rafael Ángel Calderón Guardia, lo cual significaba una seria violación a los acuerdos que habían puesto fin a la Huelga de Brazos Caídos de julio-agosto de 1947, mismos que expresaban, en el punto dos, que los resultados de las elecciones no podrían impugnarse.
En 1948, tras la anulación de las elecciones por parte del Congreso, los partidarios del candidato opositor Otilio Ulate Blanco se levantan en armas y lanzan una impetuosa ofensiva, pues se consideran los vencedores legítimos de la elección. La confrontación civil estalla entre los partidarios de Ulate Blanco, dirigidos por José Figueres Ferrer, y el grupo que apoya al expresidente Calderón Guardia, fundamentalmente los comunistas quienes defendían las Garantías Sociales. Los enfrentamientos se extienden pocas semanas entre marzo y abril, pero marcan a fondo un país con una guerra fratricida que, aunque breve, ocasiona profundas heridas. Los partidarios de Ulate vencen y Figueres Ferrer toma el mando al frente de una Junta Militar que ostenta el poder durante dieciocho meses. Al final de ese período entrega el poder a Otilio Ulate Blanco, considerado como el vencedor de las elecciones anuladas en 1948. Durante el período de la Junta Militar se promulga una nueva Constitución, misma que conserva la normativa social del período de Calderón Guardia (1940-1944). Esto da nacimiento a la “Segunda República”, aún vigente. Esta nueva Constitución crea un poder electoral independiente (Tribunal Supremo de Elecciones), responsable de garantizar la transparencia de las elecciones futuras. Por otra parte, José Figueres Ferrer decide abolir el ejército, estimando que éste implicaba gastos inútiles y que no garantizaba la estabilidad del país. El último acontecimiento es altamente significativo pues no solo se borra de la historia la institución castrense y sus gastos se dirigen hacia la seguridad social, la educación, la infraestructura, electricidad, telecomunicaciones, vivienda y cultura; sino que permite la eclosión de una cultura de paz donde la ausencia de militares es un elemento central en la actual cosmovisión del costarricense con las condiciones de atmósfera sociocultural y vida ciudadana que ello significa. Debe precisarse, sin embargo, que los perdedores fueron perseguidos, reprimidos y exiliados. El Partido Comunista fue proscrito y el naciente Partido Liberación Nacional (procedente de Ación Demócrata y del “Ejército de Liberación Nacional” de Figueres Ferrer) se convierte en la fuerza política hegemónica con postulados socialdemócratas y con un evidente anticomunismo bajo el cual se perpetran infames crímenes como el de El Codo del diablo (18 de diciembre de 1948) donde perecieron seis personas, cuatro dirigentes sindicales y dos civiles, fusiladas. Es significativo, no obstante, el hecho de que Costa Rica, desde los años sesenta del siglo pasado, no haya padecido el horror de las dictaduras militares ni deba buscar todavía, como en países de la región centroamericana o del sur, desparecidos o haber experimentado el ominoso fenómeno del exilio en masa.
Las medidas que estableció la Junta de Gobierno dejaron en claro que había un proyecto político de reforma estatal y modernización del país. La nacionalización bancaria decretada por la Junta otorgó un papel decisivo al Estado en el crecimiento económico. También se creó el Instituto Costarricense de Electricidad para impulsar la producción de energía eléctrica y el desarrollo de las telecomunicaciones. Posteriormente, en la Constitución de 1949, se establece, además de la abolición del ejército como institución permanente, el derecho al voto de la mujer y de la población afrodescendiente y su movilización por todo el territorio nacional (hasta ese momento sólo se le permitía habitar en la región Caribe, no podían traspasar la frontera del apartheid ubicada en Turrialba de Cartago), la eliminación de la reelección de diputados y la disminución de atribuciones del Poder Ejecutivo. Además, se establecen el régimen de instituciones autónomas, la Contraloría General de la República y el Servicio Civil. De esa manera el sistema político costarricense profundiza su carácter civilista con la creación de instituciones para evitar el fraude electoral y asegurar la estabilidad política, proceso que se acompañará de la consolidación del papel protagónico del Estado en diversos aspectos de la vida económica y social del país. En otras palabras, se erige un robusto Estado Social de Derecho.
Como han señalado varios historiadores, hubo una etapa en que para explicar las diferenciaciones del país se recurría a las supuestas diferencias raciales, es decir, a la idea de que “Costa Rica es diferente, porque Costa Rica es blanca”. Pero con el desarrollo y profesionalización de las ciencias sociales, especialmente de la “nueva” historia, mucho se ha avanzado hacia una crítica denodada sobre ese tipo de “explicaciones”, siendo que somos una sociedad mestiza. La nueva historia destaca que, si bien toda Centroamérica desarrolló economías agroexportadoras, mientras la mayoría implementaba sistemas de peonaje por deudas u otras formas de coerción de la mano de obra, Costa Rica lo hizo basada en pequeños y medianos productores de café. Y que mientras en toda Centroamérica hay una prevalencia de regímenes presidencialistas, Costa Rica, a finales del siglo XIX y principios del XX, transita hacia una democracia más efectiva y funcional, lo cual, probablemente, explica por qué es el único país de la región en donde la mayoría de la población dice no estar dispuesta a aceptar un gobierno no democrático aunque este resolviera sus problemas. Sin embargo, para muchos estudiosos, el ejemplo más claro de por qué Costa Rica es “diferente” consiste en la inversión casi cinco veces mayoritaria en la educación de sus habitantes que sus vecinos centroamericanos. Entonces puede observarse una diferencia sustantiva en cuanto a la percepción costarricense del “desarrollo” en comparación con el resto de países del istmo. Sin duda, la mejor situación de Costa Rica está correlacionada con la educación; el sistema educativo costarricense ha logrado alfabetizar de primero a toda su población y ello no tiene nada que ver con la raza o con explicaciones metafísicas tales como el supuesto pacifismo del “tico”. Debe aceptarse, eso sí, que dicha alfabetización y democratización educativa ha estandarizado la cosmovisión del costarricense, a la vez que ha exacerbado la idelogización de lo mitos fundacionales a la vez que ha cooptado la iniciativa social potenciando un individualismo feroz y una plasticidad muy “a la tica”.
Por cierto, permítaseme una digresión: una cosa es ser costarricense y otra ser o considerarse “tico”. Desde hace más de cien años los costarricenses comenzamos a usar el “tico” no sólo como apócope sino como intensificador: si decimos que no entendemos nada, es normal, no entendemos nada; pero si decimos que no entendemos naditica, es mucho lo que no podemos entender. Si decimos que algo es negro o negrito, pasa por castellano estándar, pero si decimos que algo es negrititico, es una forma propia para decir que es “muy” negro o negrísimo. Este rasgo fue observado por nuestros vecinos y de esa forma empezaron a llamarnos “ticos”. En principio lo asumimos como un apelativo positivo, usándolo cual fórmula familiar, de cercanía, para identificarnos frente a la solemnidad y el formalismo atrabiliarios. Así, lo tico, ciertamente, no tiene que ver tanto con diminutivos, como con aumentativos. De modo tal que pasamos de costarricenses a “ticos” de una manera, digamos, acentuada. Ahora bien, he venido subrayando que el ser costarricense es un constructo histórico que involucra y hace suya una línea identitaria propia (fueron costarricenses quienes marcharon a pelear contra los filibusteros en 1856-1857, no ticos; por ejemplo) y el tico, como vimos, es un apelativo surgido de la tendencia del costarricense a apocopar o aumentarse en “chiquitico” o “chiquititico”. Pienso que esa versión, a pesar de la función aumentativa, en mucho paradójica, empequeñeció al costarricense, tanto desde su visión propia (autopercepción) como desde lo externo (los nicaragüenses nos llaman “los tiquillos”, despectivamente) y el tico devino, cada vez más, especialmente en la época globalizada por el capital transnacionalizado, en un ser ambiguo, aculturado e influenciable por todas las esquinas, convirtiéndose en una categoría cuya “identidad”, para decir lo menos, es porosa, plástica, moldeable. El costarricense puede vivir diez años fuera y regresa ustedeando y voceando sin haber perdido su “acento”, su prosodia; el tico, en cambio, va tres días a España – es un ejemplo – y regresa tuteando y hablando (imitando) tal como los españoles. Y aunque la identidad, o más bien, las identidades – porque no hay un costarricense único ni medio, tampoco un “tico” esencializado – son dinámicas y se transforman constantemente en cosmovisiones, actitudes y estilos de vida cambiantes, tengo para mí que, en general, el costarricense es una persona auténtica y sin poses; el tico una cacatúa. Por eso prefiero lo costarricense, no lo “tico”.
Regreso: la nueva historia considera que ciertamente es posible encontrar, desde la primera mitad del siglo XIX, tanto en documentos oficiales como en crónicas de viajeros y textos periodísticos, una tendencia a caracterizar a los costarricenses como pacíficos. Sin embargo, considera que el acento puesto en la índole pacífica de la sociedad costarricense podría reflejar una particularidad propia, pero también, a la vez, un dispositivo que opera como discurso civilizador cuyo fin era encauzar tanto el descontento social como la competencia por el poder por vías legales e institucionales. (Iván Molina Jiménez, “Paz social e identidad nacional en Costa Rica durante los siglos XIX y XX. Una introducción al problema”, en Istmo, revista de estudios literarios y culturales centroamericanos, n° 11, julio-diciembre 2005, http://collaborations.deninson.edu /istmo/n11/proyectos/paz.html; 05/05/2020). También el deseo implícito de “blanquear” tenía probablemente ese sentido de “igualar” como elemento ideológico para la contención de la protesta social. Por eso, de la mano del historiador estadounidense Howard Zim, podemos afirmar que no puede aceptarse la memoria de los estados como cosa propia; las naciones no son comunidades y nunca lo han sido. La historia de cualquier país, si nos la presentan como tradicionalmente se estila, como la de la gran “familia nacional”, disimula terribles conflictos de intereses (lo más explosivo, lo casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza, sexo, género u orientación sexual.
No debe olvidarse que el estado está constituido por “el pueblo estatal” (Staatsvolk), dentro del cual, según Mao Tse Tung, por citar un dirigente clásico del socialismo histórico no ortodoxo, habría contradicciones socioeconómicas y, por lo tanto, culturales. La nación, en cambio y según el filósofo costarricense Alexander Jiménez, “designaría, en principio, una comunidad de procedencia, lengua, cultura e historia” (El imposible país de los filósofos, Ediciones Perro Azul, 2002: 96). En otras palabras, el ámbito político es el del “pueblo del estado” (de los ciudadanos: la ciudad estado), y el cultural el de la nación. El pueblo del estado es el conjunto de sus ciudadanos, compartan o no la comunidad de procedencia, cultura e historia. Dicho en palabras de Foucault y con ribetes marxistas, deben tenerse muy en cuenta las relaciones de poder históricamente constituidas dentro de una formación discursiva que obedece a determinada formación social. Como plantea Jiménez, las sociedades actuales necesariamente son heterogéneas, plurales, y no debe obviarse la historia en tanto las víctimas sigan presentes en la memoria popular y los victimarios vivos y actuando (1860/1918-19/1948). Discurrimos sobre las luchas que pretenden el reconocimiento y la reivindicación ante la discriminación y la desigualdad, pero también por la soberanía. Por eso hay que acudir a las “imaginaciones generosas” para concebir nuevos espacios de cooperación entre individuos, grupos y pueblos distintos, pero no necesariamente desiguales, lo cual, debe subrayarse, no implica transacción y olvido.
Alexander Jiménez logra desactivar el discurso legitimador de la filosofía institucional costarricense que denomina “nacional étnico metafísico” (o “nacionalismo étnico metafísico”), el cual nos narra una Costa Rica idílica, “blanca”, homogénea, de pobreza igualitaria, con destino democrático, geografía sin excesos y un pasado colonial sin mayores contradicciones, casi “primitiva socialista”. Un país ciertamente imaginario. Se trata entonces de revisar algunas tradiciones narrativas que han construido un discurso nacional ahistórico y alejado de las luchas sociales y culturales, es decir, un discurso que topa con límites fácticos y conceptuales. Debe decirse, sin embargo, que a pesar del aporte que hace Jiménez por descodificar, o desconstruir, las “metáforas nacionales” y sus elementos metafísicos, se percibe en su texto una especie de “mea culpa” puesto que los filósofos hasta ahora no han acudido a la plaza pública, sino que han sido simples “espectadores del naufragio” desde sus aireados gabinetes en la academia y el “pensamiento”. Y, agrego yo, con métodos y sistemas de pensamiento eurocéntricos, es decir, con el pesado lastre de la colonialidad del saber y del poder. El “mea culpa” parecería oportuno siempre y cuando se rectifique y se opte por un pensamiento más apegado a los mercados y paredes de la ciudad, a las calles de polvo y barro del campo; siempre y cuando se busquen las otras metáforas escritas en las paredes de la propiedad privada exigiendo lo imposible con prácticas contraculturales y desmitificadoras: la contracorriente del discurso nacionalista étnico metafísico. Por lo demás, de alguna manera, el discurso de Jiménez descuida el patio trasero histórico, al sospechar, lúcidamente es cierto, de un país imaginario que al final queda desnudo conceptual y políticamente, por lo que, en la actual etapa de globalización bajo esquema neoliberal, podría ser objeto de reelaboración y arbitraje para un nuevo mapa internacional. Dicho de manera más clara: podría ser subsumido por los voraces apetitos transnacionales del imperio y sus nuevas reconfiguraciones geopolíticas. Si el país es imaginario, no existe, y, como no existe, nos lo pueden birlar. Así, la incitación justificaría el contrasentido: lo que no existe no se incauta.
Me tomo la libertad de una nueva digresión: es probable que al filósofo, al académico, al estudioso, al artista, en fin, al intelectual costarricense, le convenga integrarse a la plaza pública para que se empape del realismo fresco y provocador de las culturas populares con sus narraciones hiperbólicas y desinhibidas; para que se alimente con las imágenes de arcilla, madera y cartón piedra, con la música de guitarras, tambores, marimbas, acordeones y chirimías; para que pruebe y saboree bebidas fuertes y se embriague con las carnestolendas del carnaval multicolor o de la feria comunal sin vanidades; para que aprenda a desconstruir y desacralizar los discursos perennes de la superficie y hurgar en la profundidad del sueño y de la poesía; para que se entusiasme con las visiones de pueblos indígenas y mestizos que resisten con renovación cíclica y con el delirio vital para burlar a la muerte con la vida, para agonizar haciendo el amor, procreando nuevos mundos, otras utopías. En fin, para que reconsidere su labor en comunidad, para que re/piense su escenario frente a los otros, esos de la voz extraña y ajena que resisten y sobreviven diariamente en su ciudad y más allá, en los campos, los bosques y montañas, en las costas, en el mar. Los que conformaron una nación imaginada, nunca realizada. Aquéllos de antes, éstos de ahora, los olvidados de siempre. He allí el reto del intelectual periférico contemporáneo, hoy casi programado por la falsa globalidad. Debe subrayarse, eso sí, que duda cabe, que para la investigación, la reflexión, el trabajo teórico y la creación, siempre es importante cierto distanciamiento, así como espacios, tiempos e insumos propicios.
De tal manera que debemos repensarnos desde todas las perspectivas y aristas para comprendernos en la dialéctica del “ellos y nosotros/nosotros y ellos” y tratar de suprimir las ambivalencias para la cohesión del grupo: cerca/lejos; más como yo/menos como yo. Metáforas y percepciones tales como las del idílico “vallecentrismo” que niega o minimiza las periferias del país, o afirmaciones como “los ticos compartimos el mismo destino, nos enriqueceremos o caeremos en la misma desgracia juntos; pero ellos se aprovechan de nuestras calamidades y se resienten por nuestros triunfos”, deben ser superadas definitivamente. O “nosotros nos ayudamos mutuamente mientras ellos aprovechan nuestros fallos”; “nosotros nos entendemos, pensamos y sentimos lo mismo; ellos son extraños, impenetrables, taimados, siniestros, primitivos.” Así es como se fija nuestra seguridad intelectual y emocional y se establecen lealtades, derechos y deberes, pero también crudas exclusiones. Adentro hay un orden conocido y predecible; afuera caos, oscuridad, peligro. Pero, ¿quiénes son ellos? En principio, los de “más allá”, los venidos “del otro lado”, los “raros”, los eternamente sospechosos. Lo sorprendente es que cualquier grupo de “nosotros” necesita de “ellos”, por eso, si no existen se les inventa, ya con tintes de xenofobia, ya con grotescos rasgos de aporofobia. Porque en la etapa neoliberal del capitalismo colonial globalizado hay millones de marginales y condenados: foráneos interiores o desadaptados (“outsiders”, perturbadores, desleales); esos “chivos expiatorios” cuyo nombre se pluraliza y varía delincuencialmente en las discontinuidades de la historia: indios, negros, cholos, chinos o “amarillos”, emigrantes, brujas, hechiceros, agnósticos, locos, ateos, “judíos errantes”, gitanos, putas, drogadictos, espías, anarquistas, comunistas, afeminados, homo(trans)sexuales, “terroristas”… Muchas veces se les considera “agentes de un poder extranjero”, en todo caso antipatriotas, traidores, enemigos del pueblo (rojos o reaccionarios), etc. Aunque, y esto es de suyo interesante y paradójico, siempre hay una gran admiración o fascinación por los “agentes dobles” y por los extranjeros blancos, “cultos”, poderosos, “civilizados”, inversores; es decir, solventes. Por ello muchos costarricenses parecen excusarse ante ciertos extranjeros cuando se les acusa de “excepcionalidad”. Más bien son algunos extranjeros quienes reconocen esas diferencias y bondades: un reconocido escritor salvadoreño ha catalogado al país como el “buen samaritano” de Centroamérica debido a sus expresiones solidarias históricamente constatadas en la recepción de migrantes, por ejemplo. Al contrario, algunos de nuestros intelectuales tratan de suavizar las diferencias, parecen ofrecer disculpas: al guardar el polvo debajo de los muebles se tornan hipercríticos hacia adentro, pero timoratos, mansos, resignados, hacia afuera; así evitan controversias y escándalos con los “hermanos vecinos”. El “tico” es reacio a la polémica, por eso evita a toda costa la posibilidad de que se mal interprete su singularidad aunque defienda grotescamente sus “valores típicos”; por indolencia o ignorancia no es capaz de justificar sus auténticas ventajas comparativas, casi que se avergüenza; su chauvinismo de pacotilla no le permite la contemplación sosegada y objetiva. Por su parte, en una actitud un tanto contradictoria, muchos extranjeros blancos, “civilizados”, “cultos”, sobre todo “intelectuales” – los oscuros, indocumentados y pobres son explotados, tienen bajos salarios y trabajos precarios o desprestigiados, es decir, poco calificados, y, sin saberlo quizás, desplazan mano de obra nativa pues no reparan en la ausencia de garantías sociales, por tanto no pueden organizarse ni protestar – que conviven con nosotros, muchas veces encuentran mayores “oportunidades” profesionales y laborales que los nacionales, e incluso no saben lidiar con cierta “tolerancia”, liviandad o desidia aldeanas, sobrepasándose con críticas ácidas al experimentar cierta licencia e inmunidad. Los inmigrantes de Estados Unidos o de Europa, que vienen en busca de “paz y tranquilidad”, sobre todo los jubilados, no participan de la vida nacional, se aíslan en sus amplias residencias por playas y montes, siguen con sus prácticas socioculturales y de consumo importador, y no se preocupan, siquiera, por aprender el castellano. Los otros inmigrantes, los oscuros, son sus servidores.
Ellos son pues el extraño, el raro, el “extranjero de dentro”, el “interno foráneo”; son quienes nos perturban y nos hacen cerrar filas en situaciones límites. Su mayor característica es la vulnerabilidad, por eso se les asigna un nicho particular en las historias retorcidas y en el inconsciente colectivo. Se crea cierto apartheid metafísico/cultural y virtual que pronto puede adquirir grotescas características en la realidad. El extraño/otro es perturbador porque desacredita o afea lo ética y estéticamente establecido; es un iconoclasta, pero sobre todo un sacrílego. Su mayor ofensa consiste en poner en cuestión casi todo lo que parecía incuestionable; desafía lo normal o la normalidad; desafía las distinciones, las diferencias, los prejuicios y estereotipos de los mitos del “ser nacional” y racional. El extraño o el “extranjero” también pueden convertirse en un “francotirador” (intelectual) que desenmascara, devela y revela mentiras e ideologías, relativiza el pensamiento único. Generalmente el francotirador es un artista, intelectual o escritor; por eso se le silencia “bajándole el piso”, como bien señalaba nuestra vilipendiada Yolanda Oreamuno, es decir, causándole una muerte simbólica. Pero cuando es un extranjero “oscuro”, pobre y en busca de subsistencia (un des/asalariado posmoderno: neoesclavo), entonces se convierte en el sospechoso perenne y en el portador de nuestras desgracias, por tanto, debe suprimírsele puesto que significa peligro y degradación; no existe. Hasta 1992 los indigenas Ngöbe Buglé (castellanizados como “Guaymíes”) que habitan la frontera costarricense/panameña y se desplazan por la zona sur hasta la “zona de los Santos” haciendo labores de recolección y construcción, recibieron cédulas de identidad; hasta entonces se les consideró ciudadanos. No obstante, en Talamanca y en el sur del país ellos, junto a Borucas, Bribris y Cabécares, siguen acosados por finqueros “blancos” que usurpan y roban sus tierras asesinando a dirigentes con total impunidad. Los indígenas, los primeros habitantes de este territorio, nunca han existido para la cosmovisión costarricense blanqueada e intoxicada por la historia oficial. Lo mismo sucede con los centroamericanos, en especial los trabajadores nicaragüenses. En el imaginario de esas fronteras físicas y mentales, el sistema/mundo, integrado por heterarquías de complejas redes en una modernidad colonial, se ha globalizado en nombre de una supuesta posmodernidad donde priva la colonialidad del poder, del saber y del ser, en nombre de supuestos universales localizados en Europa y Estados Unidos, es decir, en Occidente. Así, en nuestros países periféricos se resiente, con sumo dolor, las más de las veces con rabia e impotencia, la extensa y violenta herida colonial.
Sí, Costa Rica es un país nuevo y de inmigrantes, multiétnico y plurilingüístico, que ha logrado diferenciarse en el orbe centroamericano no por razones discursivas metafísicas o raciales, sino por acciones colectivas que potenciaron la consecución de un pacto social que, a su vez, propició la construcción de un singular Estado Social de Derecho. Ello no es óbice para reconocer graves consecuencias en su idiosincracia como lastres nacionalistas y coloniales; tales el racismo, la soberbia democrática e incluso cierta prepotencia criolla teñida de superioridad, sobre todo en las clases medias y en los “nuevos ricos”, debido a mitos y constructos ideológicos ya señalados, pero en especial por el desconocimiento de la historia y cultura propias como efecto del galopante deterioro educativo y sociocultural, así como por la intoxicación ideológica inducida por el discurso único y fundamentalista político, económico y religioso (“La negrita” católica, Virgen de los Ángeles, “patrona nacional”, que no “matrona”, desplazada por el mercado pentecostal) materializado por los medios corporativos de masas y las mal llamadas “redes sociales” con sus secuelas de templos e improvisados predicadores. Las luchas sociales y la vida de miles de costarricenses empujaron reformas y transformaciones para conseguir un país relativamente estable en los últimos setenta años. Hoy, con la contrarreforma neoliberal de las élites corporativas, tanto a nivel nacional como internacional, aquel pacto y el Estado Social de Derecho están en entredicho, mejor dicho, seriamente debilitados. De la ratificación de dicho pacto y de la defensa y profundización de ese estado, dependerá en mucho el que las ventajas comparativas alcanzadas se mantengan o que también ingresemos a la vorágine centro y latinoamericana como un país altamente desigual, asimétrico y condenado por la impagable deuda externa y la expoliación imperial; en otras palabras, un país sumido en la anomia y la violencia estructural. Para ello se impone un cambio radical en las reglas de la conversación, tanto en su forma como, por supuesto, en su contenido. Se precisa de un giro epistémico que propicie un saber fronterizo donde lo europeo/occidental se armonice con los saberes locales, tanto americanos como procedentes de otros continentes hasta ahora periféricos y coloniales: África, Asia, Oceanía. Y, claro está, con nuestra singular y profunda historia en sus principales logros económicos, políticos, científicos y socioculturales, así como los debidos reconocimientos e inclusiones de minorías y periferias, para garantizar una “Tercera República” más solidaria, incluyente, justa y equitativa, con una conciencia ecológica y con una comprensión planetaria de la buena vecindad, por ende, con relaciones internacionales amistosas, tolerantes, cooperativas. Una nueva visión de colonial, fraterna y cósmica desde el centro del continente para un renacimiento americano y pluriversal.
San José, Costa Rica, diciembre 2019/noviembre 2020.
ADRIANO CORRALES ARIAS. Escritor y Profesor Catedrático del Instituto Tecnológico de Costa Rica en el Campus de San José.
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