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Etiqueta: desigualdad social

De la gloria del Estado Social al espejismo del cambio (Parte III)

¿Más cara la medicina que la enfermedad? Cuando te conviertes en esclavo de tus palabras

Por: JoseSo (José Solano-Saborío) / Entre Verdades y Opiniones

En nuestra anterior columna vimos cómo el hartazgo ante la corrupción del bipartidismo tradicional parió al Partido Acción Ciudadana (PAC). Agotados por los escándalos, los costarricenses buscaban desesperadamente una tabla de salvación, y el partido de Ottón Solís se presentó como el gran faro moral de la política nacional.

Ese discurso caló tan hondo que, en el 2014, Luis Guillermo Solís rompió el molde histórico y llegó a la presidencia con más de un millón de votos. Nos prometieron una “casa de cristal”, donde la transparencia sería absoluta. Sin embargo, la historia nos enseñó a la mala una lección brutal: gobernar no es lo mismo que ser oposición, y cuando construyes toda tu identidad política asumiendo el papel de juez moral de los demás, tus propios pecados te los cobran al doble.

Esclavos de sus propias palabras

Durante sus años de oposición, el PAC esgrimió un Código de Ética implacable. Medían a los políticos del PLN y del PUSC con una vara altísima: exigían destituciones y renuncias inmediatas ante el menor cuestionamiento o sospecha en la prensa. Eran los dueños de la pureza.

Pero el poder es un espejo implacable. Cuando les tocó sentarse en la silla presidencial, esa vara métrica desapareció. De pronto, ante los cuestionamientos a sus propios jerarcas, la narrativa cambió drásticamente. Lo que antes era “exigencia ética”, ahora se escudaba en el “debido proceso” y la “presunción de inocencia”. El partido que nació para erradicar las viejas prácticas terminó recurriendo a las mismas artimañas legales y excusas políticas que tanto le habían criticado al bipartidismo. Se convirtieron en esclavos de sus propias palabras.

Los escándalos bajo la bandera del “Cambio”

Si el discurso ético se desmoronó en la forma, en el fondo el golpe fue devastador. Durante sus dos administraciones (Solís Rivera 2014-2018 y Alvarado Quesada 2018-2022), el país fue testigo de casos que hirieron de muerte la promesa del cambio:

La estafa al TSE: La ironía más dolorosa de nuestra historia política reciente. El partido que enarboló la bandera anticorrupción fue condenado en los tribunales por estafar al Estado costarricense mediante contratos falsos durante la campaña política. Un golpe letal a su autoridad moral.

El Cementazo: Este escándalo nos demostró que el PAC no desmanteló las viejas redes de tráfico de influencias, sino que, lamentablemente, algunos de sus actores simplemente acercaron una silla para sentarse a la misma mesa de los grandes negocios oscuros.

El “Hueco Fiscal”: La irresponsabilidad de ocultar un déficit multimillonario en el presupuesto nacional antes del cambio de gobierno en 2018. Una jugada política y contable que le costó carísimo al bolsillo de los costarricenses.

El Caso UPAD: Un hecho inédito que terminó con el allanamiento de la mismísima Casa Presidencial. Más allá del debate legal, representó una bofetada a la confianza ciudadana sobre el manejo oscuro de la información privada de los costarricenses.

El Caso Cochinilla: Aunque la pudrición en el CONAVI y el MOPT venía de mucho atrás, la bomba estalló bajo su guardia, demostrando una total incapacidad para limpiar las instituciones que prometieron sanear.

La medicina que no curó al paciente

Pero más allá de los escándalos, la verdadera tragedia fue la gestión del Estado. Retomando lo que hablábamos en la segunda columna: ¿Se salvó a la clase media? No. ¿Se rescató a nuestros agricultores y ganaderos? Tampoco.

Tener buenas intenciones —o al menos pregonarlas— no equivale a tener capacidad técnica para administrar. Durante ocho años vimos infraestructura estancada, un desempleo en aumento y una desigualdad que se profundizó. Nos dimos cuenta de que la indignación sirve para ganar elecciones, pero no para gobernar un país.

El vacío y el castigo

El electorado costarricense es paciente, pero no olvida. En las elecciones de 2022, el castigo en las urnas fue histórico y fulminante: cero diputados. El partido que prometió cambiar a Costa Rica quedó reducido a la irrelevancia política absoluta.

Pero esta implosión nos dejó una herida mucho más profunda. La caída en desgracia de los partidos tradicionales, sumada al estrepitoso fracaso de la promesa moral del PAC, dejó al ciudadano de a pie huérfano, cínico y desesperado.

Ese vacío de credibilidad, esa sensación de que “todos son iguales”, se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para lo que estamos viviendo hoy. De eso, de la polarización, del discurso antisistema y de la Costa Rica dividida que nos quedó, hablaremos en nuestra cuarta y última columna.

Nos leemos pronto, en la cuarta y última parte de la serie.

Roque Dalton frente a la indiferencia universitaria

Jaime E. García González
Dr. sc. agr., Prof. catedrático jubilado UCR y UNED
Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad (RCB)
biodiversidadcr@gmail.com

Este artículo surge tras asistir al espectáculo teatral, poético y musical “Roque Dalton. El turno del ofendido”, presentado recientemente en el Teatro de Bolsillo; una magnífica puesta en escena que reivindica la vigencia humana, política y cultural de Roque Dalton (https://shortlink.uk/1vGIN)

A medio siglo de su muerte, Roque Dalton sigue interpelando a las universidades latinoamericanas con una pregunta incómoda: ¿para quién se produce el conocimiento?

Por décadas, las universidades latinoamericanas han sido espacios de pensamiento crítico, debate intelectual y producción de conocimiento. Sin embargo, también han enfrentado una tensión permanente: la de decidir si ese conocimiento se limita a los círculos académicos o si, por el contrario, se pone al servicio de las grandes causas sociales de nuestras sociedades. En ese debate, la voz de Roque A. Dalton García (1935-1975) sigue conservando una vigencia extraordinaria.

Dalton no fue únicamente un poeta brillante. Fue también un intelectual profundamente incómodo para los poderes políticos, económicos e incluso culturales de su tiempo. Su obra literaria, marcada por el humor, la ironía y la crítica social, estuvo atravesada por una convicción fundamental: el intelectual latinoamericano no podía permanecer neutral frente a la injusticia.

Ese llamado tuvo un destinatario muy claro: la universidad.

Para Dalton, el conocimiento que no dialoga con la realidad social termina convertido en un ejercicio estéril. Criticó duramente al intelectual encerrado en la “torre de marfil”, distante de los dolores y esperanzas de su sociedad. En una América Latina caracterizada por profundas desigualdades, pobreza, exclusión y violencia política, el poeta salvadoreño consideraba que el silencio académico equivalía, muchas veces, a una forma de complicidad.

Su pensamiento sigue interpelando a las universidades públicas latinoamericanas, especialmente en momentos en que numerosos sectores intentan reducirlas a simples centros de formación técnica o a engranajes funcionales del mercado. Dalton recordaba que la universidad debía ser mucho más que eso: un espacio de conciencia crítica, de reflexión ética y de compromiso con la transformación social.

No se trataba, desde luego, de convertir la academia en propaganda política ni de sacrificar el rigor científico en nombre del activismo. El propio Dalton comprendía el enorme valor del pensamiento crítico y de la investigación seria. Lo que cuestionaba era la indiferencia. Su preocupación central era que el conocimiento universitario perdiera contacto con la realidad de las mayorías.

La reciente puesta en escena “Roque Dalton. El turno del ofendido” permitió precisamente reencontrarse con esa dimensión profundamente humana y crítica del poeta salvadoreño. El espectáculo no solamente reconstruye fragmentos de su vida y de su obra, sino que devuelve actualidad a preguntas que siguen siendo incómodas para nuestras sociedades y nuestras universidades: ¿para quién se escribe?, ¿para quién se investiga?, ¿a quién sirve realmente el conocimiento?

Vivimos una época marcada por múltiples crisis: deterioro ambiental, concentración de la riqueza, debilitamiento democrático, violencia social y desinformación masiva. Frente a estos desafíos, la universidad no puede limitarse a observar desde la comodidad institucional. Las sociedades latinoamericanas necesitan académicos capaces de investigar, denunciar, explicar y proponer soluciones a problemas que afectan cotidianamente a millones de personas.

En Costa Rica, esa discusión no es ajena. Las universidades públicas han desempeñado históricamente un papel fundamental en la defensa de la democracia, la movilidad social y el pensamiento crítico. Sin embargo, también enfrentan crecientes presiones presupuestarias y discursos que buscan deslegitimar su función social. En ese contexto, recordar a Roque Dalton resulta especialmente pertinente.

El poeta salvadoreño comprendía que la función social de la universidad no consiste únicamente en producir profesionales competentes, sino también ciudadanos conscientes. Su llamado a los académicos universitarios era, en el fondo, un llamado ético: poner la inteligencia y el conocimiento al servicio de la sociedad.

Tal vez por eso su pensamiento continúa generando incomodidad. Porque obliga a preguntarnos para quién investigamos, para quién enseñamos y para quién producimos conocimiento. Obliga a cuestionar si la universidad está contribuyendo a reducir las desigualdades o si, inadvertidamente, termina reproduciéndolas.

A medio siglo de su muerte, Roque Dalton sigue recordándonos que el conocimiento sin compromiso humano corre el riesgo de convertirse en simple ornamentación cultural. Y que una universidad incapaz de escuchar a su sociedad termina perdiendo, poco a poco, su razón de ser.

Imagen: https://eluniversitario.ues.edu.sv/escritores-salvadorenos-roque-dalton/

Soluciones ante el calentamiento global derivado de la crisis civilizatoria

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Como ya se ha advertido en los capítulos anteriores, la crisis climática contemporánea no constituye un fenómeno aislado ni una simple alteración temporal de las condiciones atmosféricas. Se trata de una transformación sistémica que compromete simultáneamente la estabilidad ecológica, la economía mundial, la producción alimentaria, la disponibilidad de agua, las migraciones humanas y la gobernabilidad política. Por ello, las soluciones no pueden ser parciales ni fragmentarias. Frente a un problema de naturaleza global, las respuestas deben ser igualmente globales, articuladas y sostenidas en el tiempo.

El calentamiento global posee un carácter esencialmente antropocéntrico. Aunque la historia geológica del planeta ha conocido variaciones climáticas naturales, la aceleración actual de la temperatura terrestre está directamente vinculada con la actividad humana desarrollada desde la Revolución Industrial. La expansión ilimitada de la producción, el uso masivo de combustibles fósiles, la deforestación, la destrucción de ecosistemas y los patrones de consumo intensivo han alterado el equilibrio climático del planeta a una velocidad desconocida en la historia reciente de la Tierra.

En consecuencia, las soluciones deben dirigirse a transformar las estructuras económicas, energéticas y culturales creadas por la propia humanidad. No basta con reducir algunos daños ambientales: es indispensable modificar las lógicas que los producen.

Uno de los principales factores del calentamiento global es la emisión de gases de efecto invernadero derivados de la extracción, transporte y consumo de hidrocarburos. El petróleo, el carbón y el gas natural continúan siendo la base energética de gran parte de la economía mundial. Esta dependencia energética ha permitido un extraordinario desarrollo industrial y tecnológico, pero al mismo tiempo ha generado una acumulación de dióxido de carbono y metano incompatible con la estabilidad climática del planeta.

Por ello, una de las tareas fundamentales de este siglo consiste en sustituir progresivamente la matriz energética basada en combustibles fósiles por energías renovables y menos contaminantes. La expansión de la energía solar, eólica, geotérmica, mareomotriz e hidráulica constituye un paso imprescindible para disminuir las emisiones globales. Sin embargo, esta transición energética no puede reducirse únicamente a un cambio tecnológico. Requiere enormes inversiones públicas, cooperación internacional y mecanismos de financiamiento que permitan a los países más pobres acceder a tecnologías limpias sin sacrificar sus posibilidades de desarrollo.

Además, la transición ecológica debe evitar reproducir nuevas formas de desigualdad. En ocasiones, ciertas economías industrializadas trasladan a los países periféricos los costos ambientales de la extracción de minerales estratégicos necesarios para las nuevas tecnologías verdes. La solución climática no puede construirse sobre nuevas formas de explotación humana y destrucción ecológica.

La crisis climática también revela los límites históricos de un modelo económico basado en el crecimiento ilimitado dentro de un planeta finito. Durante décadas, el éxito económico fue identificado casi exclusivamente con el aumento constante de la producción y de la inducción de patrones de consumo superfluos. Sin embargo, una economía sustentada en la expansión incesante del mercado y en el consumismo voraz permanente termina chocando inevitablemente con los límites ecológicos de la Tierra.

La contradicción es evidente: un sistema que necesita crecer infinitamente opera dentro de un mundo cuyos recursos naturales son limitados. De ahí que el problema climático no sea solamente energético, sino también civilizatorio.

Las soluciones deben orientarse hacia la construcción de una economía humanista y solidaria, sostenible y sustentable para las generaciones de hoy y las de mañana, donde la prioridad no sea únicamente la acumulación de riqueza, sino el bienestar colectivo, la equidad social y la preservación de la vida. Ello implica redefinir las nociones de progreso y desarrollo. El crecimiento económico carece de legitimidad cuando destruye ecosistemas, profundiza desigualdades y compromete las condiciones de existencia de las futuras generaciones.

En este sentido, una mejor distribución de la riqueza socialmente producida constituye también una política climática. Las sociedades profundamente desiguales suelen presentar mayores niveles de deterioro ambiental, porque amplios sectores de la población quedan excluidos de condiciones dignas de vida y sobreviven en medio de dinámicas de explotación y expoliación, así como del uso intensivo de los recursos naturales, más allá de lo que el planeta es capaz de proveer. Por ende, la lucha contra la pobreza y la desigualdad no es ajena a la lucha climática: ambas forman parte del mismo desafío histórico.

La complejidad del calentamiento global obliga asimismo a abandonar explicaciones simplistas. Los factores que originan la crisis climática son múltiples y están profundamente interrelacionados: energía, transporte, urbanización, agricultura industrial, deforestación, patrones culturales de consumo, concentración de riqueza, políticas públicas devienen completamente insuficientes, porque están basadas en formas de competencia voraz y desigual entre naciones y al interior de cada una de ellas; por eso mismo, este sistema fragmentado y fragmentario sabotea cualquier modelo de gobernanza, tanto internacional como al interior de cada sociedad, porque aplaca y desprecia la participación societal.

Frente a la complejidad, la falta de colaboración y la fragmentación de las sociedades, las soluciones deben apoyarse en enfoques inter y multidisciplinarios. Ninguna disciplina científica, por sí sola, puede resolver un problema de semejante magnitud. La ecología, la climatología deben dialogar permanentemente con la economía, la sociología, la ingeniería, la biología, la oceanografía, la agronomía, la ética y las ciencias políticas y sociales en general. Del mismo modo, el conocimiento científico necesita complementarse con saberes comunitarios e indígenas que históricamente hubiesen desarrollado formas más equilibradas de relación con la naturaleza.

El calentamiento global exige una nueva cultura de cooperación entre conocimientos, instituciones y sociedades.

Entre las políticas más urgentes destaca la necesidad de aumentar la captura y almacenamiento de carbono tanto en los ecosistemas terrestres como en los océanos. Los bosques, humedales, manglares, suelos agrícolas y ecosistemas marinos desempeñan un papel esencial como sumideros naturales de carbono. La destrucción de estos sistemas acelera la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

De ahí la importancia de impulsar vastos programas de reforestación y restauración ecológica, particularmente en regiones tropicales severamente afectadas por la deforestación. Sin embargo, no se trata simplemente de sembrar árboles de manera indiscriminada, sino de recuperar ecosistemas completos capaces de regenerar biodiversidad, proteger fuentes de agua y estabilizar suelos.

Igualmente, relevante es la protección de los océanos. Durante décadas, los mares han absorbido una parte significativa del exceso de calor y dióxido de carbono generado por las actividades humanas. Pero esta función tiene límites. La acidificación oceánica, el aumento de temperatura y la contaminación por plásticos y petróleo amenazan gravemente los ecosistemas marinos. La recuperación de manglares, pastos marinos y arrecifes coralinos puede contribuir significativamente a la fijación de carbono y a la protección costera frente a fenómenos climáticos extremos.

Otro eje fundamental consiste en transformar las ciudades y las formas de vida urbana. Actualmente, gran parte de las emisiones globales proviene de modelos urbanos dependientes del automóvil privado, del consumo energético excesivo y de una expansión desordenada del territorio. Las ciudades del futuro deberán priorizar el transporte público limpio, la movilidad peatonal y la ciclística, la eficiencia energética de las edificaciones y una planificación urbana orientada hacia la sostenibilidad.

Las guerras deben desaparecer de la faz de la tierra. El ser humano de todos los países debe ser capaz de encontrar mecanismos pacíficos para resolver sus conflictos y diferencias. Las dos guerras mundiales del siglo XX, más otras guerras regionales en el mismo siglo y en el actual, han dejado como herencia muertes por millones, desolación y más envenenamiento de la atmósfera de la tierra, mediante el uso de armas atómicas y otras de menor rango, pero letales también. Entre muertos y desaparecidos se cuentan no solamente los combatientes en los escenarios bélicos, sino también millones de niños inocentes, adultos mayores, mujeres abandonadas y personas con discapacidad. La humanidad debe sobreponerse a toda esa herencia y luchar cotidianamente por un mudo en el que predomine la paz y la capacidad de negociar soluciones pacíficas a sus diferencias. Esta es parte fundamental de la lucha por una nueva civilización en medio del caos generado por la crisis climática.

Nunca será suficiente insistir en que ninguna transformación será suficiente sin una profunda participación de una ciudadanía cada vez más educada en la protección de la naturaleza, de los ecosistemas, en una palabra, de la vida. La lucha contra el calentamiento global no puede quedar exclusivamente en manos de gobiernos, organismos internacionales o grandes corporaciones, que hasta el momento no atinan a encontrar una ruta segura que logre soluciones seguras para mitigar el cambio climático. Requiere, además, de sociedades activas, informadas y capaces de construir nuevas prácticas cotidianas.

Es crucial promover comunidades ecológicas y eco sustentables basadas en la participación democrática, la producción local, el consumo responsable y la solidaridad social. La educación ambiental desempeña aquí un papel decisivo. No se trata únicamente de transmitir información científica, sino de desarrollar una nueva conciencia ética sobre la relación entre humanidad y naturaleza.

Las transformaciones culturales son tan importantes como las tecnológicas. Una civilización organizada alrededor del hiperconsumo superfluo difícilmente podrá resolver una crisis derivada precisamente del exceso de consumo y la explotación. El desafío climático implica también revisar estilos de vida, redefinir necesidades y reconstruir vínculos comunitarios debilitados por décadas de individualismo extremo.

Por otra parte, la dimensión internacional del problema exige fortalecer los mecanismos de cooperación global. Ningún país, por poderoso que sea, puede resolver aisladamente la crisis climática. Las emisiones producidas en una región afectan al conjunto del planeta. De ahí la necesidad de acuerdos multilaterales vinculantes, financiamiento climático para los países más vulnerables y responsabilidades diferenciadas entre naciones industrializadas y países en desarrollo.

La justicia climática constituye un principio esencial. Las sociedades que históricamente más contribuyeron a las emisiones globales poseen una responsabilidad mayor en la financiación de soluciones y en la transferencia de tecnologías limpias. Resultaría éticamente inadmisible exigir iguales sacrificios a países pobres cuya contribución histórica al calentamiento ha sido mucho menor.

Finalmente, toda solución climática auténtica exige recuperar una visión ética de la relación entre humanidad y naturaleza. Durante siglos predominó una concepción basada en la dominación ilimitada del entorno natural. La naturaleza fue reducida a mera fuente de recursos disponibles para la explotación económica. La crisis actual demuestra los límites y peligros de esa visión.

La humanidad necesita reconstruir una relación más equilibrada con el planeta que habita. No se trata de renunciar al progreso científico ni tecnológico, sino de orientarlo hacia la preservación de la vida y el bienestar colectivo. El desafío del siglo XXI consiste precisamente en compatibilizar desarrollo humano, justicia social y sostenibilidad ecológica.

La lucha contra el calentamiento global no representa únicamente una tarea ambiental. Constituye una disputa por el tipo de civilización que la humanidad desea construir. De las decisiones tomadas en las próximas décadas dependerá no solo la estabilidad climática del planeta, sino también la posibilidad de una convivencia más justa, solidaria y sostenible entre los seres humanos y la naturaleza.

Repensar el desarrollo de la explotación ilimitada sobre la sostenibilidad de la vida

Alberto Salom Echeverría
albertolsalom@gmail.com

Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, la idea de desarrollo se identificó casi exclusivamente con el crecimiento económico sostenido, el aumento de la producción y la expansión constante de los mercados. Bajo esa lógica, el progreso de las sociedades se medía principalmente por indicadores cuantitativos como el crecimiento del PIB, el incremento del consumo o la expansión de la infraestructura material. Sin embargo, la crisis climática contemporánea ha puesto en evidencia las profundas limitaciones de ese paradigma. Cada vez resulta más claro que un modelo basado en el crecimiento ilimitado dentro de un planeta finito conduce inevitablemente a tensiones ecológicas, sociales y políticas de enorme magnitud.

La acumulación de emisiones de gases de efecto invernadero, la pérdida acelerada de biodiversidad, la degradación de océanos y bosques, la contaminación de fuentes de agua y la creciente frecuencia de fenómenos climáticos extremos son expresiones de una crisis sistémica que ya no puede interpretarse como un conjunto aislado de problemas ambientales. Se trata, más bien, de una crisis del modelo civilizatorio dominante, sustentado en patrones de producción y consumo intensivos en energía fósil, extracción desmedida de recursos naturales y profundas desigualdades sociales.

El Panel Intergubernamental de científicos sobre Cambio Climático, ha planteado limitar el calentamiento global mediante “transiciones rápidas, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad”. No puedo compartir del todo esta afirmación, ya que en lo referente a “las transiciones rápidas” la vida nos está demostrando que, los cambios requeridos para menguar el calentamiento global del clima y remediar sus efectos devastadores, están tropezando con enormes resistencias de las élites y grupos económicos dominantes afines al modelo de acumulación extractivista y de producción de hidrocarburos.

Sin embargo, descartando lo expresado, esta afirmación posee una enorme relevancia conceptual, pues posteriormente introduce una idea fundamental: la transformación necesaria no consiste en un cambio súbito o instantáneo, sino en un proceso histórico complejo, gradual y acumulativo, compuesto por etapas económicas, tecnológicas, culturales y políticas. Ninguna sociedad modifica de manera inmediata sus estructuras productivas; mucho menos sus patrones culturales ni sus relaciones de poder. Incluso las transformaciones históricas más profundas han sido procesos prolongados, llenos de contradicciones, avances parciales, resistencias y retrocesos.

Por ello, la transición ecológica debe entenderse como un proceso de reconstrucción progresiva de las relaciones entre sociedad, economía y naturaleza. No se trata simplemente de sustituir unas fuentes energéticas por otras, ni de introducir reformas ambientales limitadas, sino de reorientar de manera gradual las prioridades colectivas hacia formas de organización compatibles con los límites ecológicos del planeta, con mayores niveles de justicia social y una transformación gradual pero constante de la cultura consumista y de las relaciones de poder en cada sociedad.

Subrayemos la idea de las etapas.

En una primera etapa, probablemente ya en curso, las sociedades comienzan a reconocer la magnitud de la crisis ambiental y la imposibilidad de sostener indefinidamente el modelo actual. Esta fase se caracteriza por una creciente conciencia pública, el desarrollo de acuerdos internacionales, la presión de movimientos sociales y científicos, así como por la aparición de políticas destinadas a reducir emisiones, proteger ecosistemas estratégicos y promover energías renovables. Sin embargo, esta etapa inicial convive todavía con fuertes inercias económicas y políticas que continúan favoreciendo actividades altamente contaminantes.

De ahí que la transición aparezca marcada por profundas contradicciones. Mientras numerosos países anuncian metas de descarbonización, continúan expandiéndose actividades extractivas, megaproyectos energéticos, explotación petrolera y patrones de consumo intensivo. En muchos casos, incluso las políticas llamadas “verdes” terminan subordinadas a la lógica del mercado y de la rentabilidad inmediata. La llamada economía verde, cuando no cuestiona las estructuras profundas de desigualdad y sobreexplotación, corre el riesgo de convertirse únicamente en una adaptación superficial del mismo modelo que originó la crisis.

En una segunda etapa del proceso podrían consolidarse transformaciones estructurales más profundas. Entre ellas destacan la progresiva reducción de la dependencia de combustibles fósiles, la reorganización de sistemas de transporte, nuevas formas de planificación urbana, la expansión de economías circulares y el fortalecimiento de regulaciones ambientales más estrictas. Esta fase supondría además una redefinición del papel del Estado, ya no como simple facilitador de mercados, sino como actor estratégico en la protección de bienes comunes esenciales como el agua, los bosques, la biodiversidad y los sistemas energéticos.

Sin embargo, incluso estas transformaciones resultarían insuficientes si no van acompañadas de cambios culturales y éticos de largo alcance. La crisis climática no es solamente una crisis tecnológica o económica; es también una crisis de valores, prioridades y concepciones sobre el bienestar humano. Durante décadas se promovió una cultura basada en el consumo ilimitado, la competencia permanente y la identificación del éxito con la acumulación material. La transición ecológica exige necesariamente una revisión crítica de esos patrones culturales.

En consecuencia, una tercera etapa del proceso histórico podría estar asociada a transformaciones más profundas en la conciencia social y en la manera de comprender la relación entre humanidad y naturaleza. Esto implicaría avanzar hacia sociedades capaces de valorar más la cooperación que la competencia extrema, más la sostenibilidad colectiva que el beneficio inmediato, y más la preservación de la vida que la expansión ilimitada del consumo. Tales cambios culturales suelen desarrollarse lentamente, a lo largo de generaciones, mediante procesos educativos, transformaciones institucionales y nuevas experiencias sociales.

Todo ello permite comprender que la lucha contra el cambio climático no puede plantearse como una expectativa de soluciones instantáneas. La idea de una transformación repentina no solo resulta históricamente improbable, sino potencialmente peligrosa, porque desconoce la complejidad de las sociedades contemporáneas y las resistencias estructurales existentes. Los procesos de transición requieren estabilidad política, construcción gradual de consensos, desarrollo científico, innovación tecnológica y mecanismos que permitan reducir los costos sociales de las transformaciones necesarias.

Esto adquiere especial importancia en regiones como Centroamérica y América Latina, donde las desigualdades históricas limitan la capacidad de adaptación de amplios sectores de la población. En sociedades marcadas por pobreza, empleo informal y fragilidad institucional, las políticas climáticas solo podrán consolidarse si logran articular sostenibilidad ambiental con justicia social. De lo contrario, existe el riesgo de que la transición sea percibida como una carga adicional para sectores ya vulnerables.

La discusión sobre el desarrollo sostenible surge precisamente dentro de estas tensiones. Aunque el concepto ha contribuido a incorporar la dimensión ambiental en las políticas públicas internacionales, también presenta importantes ambigüedades. En muchos discursos oficiales, la sostenibilidad aparece reducida a la idea de “hacer más eficiente” el mismo modelo económico existente, sin cuestionar suficientemente sus fundamentos estructurales. Sin embargo, la magnitud de la crisis ecológica actual obliga a reconocer que no basta con administrar mejor los daños; resulta indispensable replantear gradualmente las bases mismas del modelo de desarrollo.

Ello no significa renunciar al bienestar humano ni al progreso científico y tecnológico. Por el contrario, implica redefinir el sentido del progreso, orientándolo hacia la satisfacción equilibrada de necesidades humanas reales, la reducción de desigualdades y la preservación de las condiciones ecológicas que hacen posible la vida. El desafío consiste en construir un proceso de transición capaz de combinar sostenibilidad ambiental, cohesión social y estabilidad democrática mediante el combate a la desigualdad social y la lucha contra pobreza.

En este contexto, la crisis climática representa simultáneamente una amenaza y una oportunidad histórica. Amenaza, porque la continuidad del modelo actual puede conducir a escenarios de creciente deterioro ambiental, conflictos sociales y desplazamientos humanos masivos. Pero también oportunidad, porque obliga a las sociedades a replantear críticamente sus prioridades y a imaginar formas distintas de convivencia económica, política y cultural.

La transición ecológica, entendida como proceso histórico, no avanza de manera lineal ni homogénea. Habrá retrocesos, resistencias y disputas entre distintos intereses sociales y económicos. Algunas transformaciones se acelerarán; otras encontrarán enormes obstáculos. Pero precisamente por tratarse de un proceso prolongado, la construcción de nuevas formas de desarrollo dependerá de la capacidad de las sociedades para sostener políticas públicas, acuerdos internacionales, innovaciones tecnológicas y cambios culturales durante largos períodos históricos.

En última instancia, la verdadera discusión contemporánea no gira únicamente en torno a cómo enfrentar el cambio climático, sino alrededor del tipo de civilización que la humanidad desea construir en las próximas décadas. Y esa discusión, lejos de resolverse mediante rupturas instantáneas, se desarrollará necesariamente como un proceso histórico complejo, gradual y profundamente humano.

La crisis del mercado desregulado y los límites del crecimiento ilimitado

La crisis climática contemporánea obliga también a revisar críticamente algunos de los supuestos fundamentales sobre los cuales se organizó el modelo de desarrollo dominante durante las últimas décadas. Durante mucho tiempo prevaleció la idea de que la expansión continua de los mercados, acompañada por el crecimiento económico permanente, conduciría automáticamente al bienestar colectivo. Sin embargo, la experiencia histórica reciente ha mostrado que los mercados desregulados tienden con frecuencia a producir fuertes concentraciones de riqueza, ampliación de desigualdades sociales y crecientes presiones sobre los ecosistemas.

En este contexto, la discusión sobre sostenibilidad ya no puede limitarse únicamente a cómo hacer “más eficiente” el crecimiento económico tradicional. El problema de fondo reside en que un modelo basado en la acumulación permanente y el consumo ilimitado encuentra inevitablemente límites ecológicos dentro de un planeta finito.

La crisis ecológica contemporánea no constituye simplemente una falla ambiental aislada ni un accidente pasajero del sistema económico. Expresa más bien las consecuencias históricas de un modelo civilizatorio sustentado en la extracción intensiva de recursos naturales, la expansión permanente de la producción, el hiperconsumo y la creciente mercantilización de la naturaleza.

Durante décadas, amplios sectores del pensamiento económico consideraron los recursos naturales como bienes prácticamente inagotables o subordinados a la lógica de rentabilidad inmediata. Bosques, ríos, océanos, minerales y ecosistemas completos fueron frecuentemente concebidos únicamente como instrumentos para el crecimiento económico, sin tener en cuenta sus límites ecológicos, ni sus funciones esenciales para el sostenimiento de la vida.

Esta lógica de explotación ilimitada se vio además acelerada por patrones culturales orientados hacia el consumo permanente. En numerosas sociedades contemporáneas, el bienestar comenzó a identificarse cada vez más con la acumulación material, el incremento constante del consumo y la expansión de estilos de vida altamente intensivos en energía y recursos naturales no renovables.

Sin embargo, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de suelos, la contaminación de fuentes hídricas y la creciente frecuencia de fenómenos extremos evidencian que ese modelo enfrenta límites históricos y ecológicos cada vez más visibles.

Por ello, la transición ecológica requiere no solo innovaciones tecnológicas, sino también nuevas formas de regulación democrática, planificación pública y cooperación internacional capaces de armonizar producción, equidad social y sostenibilidad ambiental. La magnitud de la crisis climática difícilmente podrá enfrentarse dejando exclusivamente en manos de las dinámicas espontáneas del mercado decisiones que afectan el equilibrio ecológico global y las condiciones mismas de reproducción de la vida humana.

Transición ecológica y justicia social

La crisis climática y ecológica no afecta a todas las sociedades ni a todos los sectores sociales de la misma manera. Sus impactos se distribuyen de forma profundamente desigual tanto entre países como dentro de cada sociedad.

Las poblaciones más pobres suelen enfrentar mayores niveles de vulnerabilidad ambiental debido a múltiples factores acumulativos: menor acceso a infraestructura adecuada, precariedad habitacional, dependencia directa de recursos naturales no renovables, debilidad de sistemas de protección social y menores capacidades económicas de adaptación frente a fenómenos extremos.

En numerosas regiones rurales de América Latina, sequías prolongadas, degradación de suelos e irregularidades en los ciclos de lluvia afectan directamente la producción agrícola y la seguridad alimentaria de millones de personas. De igual forma, muchas comunidades costeras enfrentan riesgos crecientes derivados del aumento del nivel del mar, la erosión costera y la alteración de ecosistemas marinos.

Las desigualdades ambientales también se manifiestan claramente dentro de las grandes ciudades latinoamericanas. Mientras ciertos sectores urbanos cuentan con acceso relativamente favorable a servicios públicos, infraestructura, áreas verdes y condiciones ambientales más seguras, millones de personas habitan zonas expuestas a contaminación, inundaciones, escasez de agua potable o alta vulnerabilidad frente a desastres naturales.

Ello revela que la crisis ecológica posee una dimensión profundamente social y territorial. No se trata únicamente de proteger ecosistemas abstractos, sino también de comprender cómo los deterioros ambientales afectan de manera diferenciada a distintos grupos humanos.

Por esta razón, la sostenibilidad ambiental no puede separarse de la justicia social. La transición ecológica exige reducir simultáneamente las emisiones contaminantes y las profundas desigualdades económicas, territoriales y sociales que caracterizan a la inmensa mayoría de las sociedades contemporáneas, por no decir a todas.

De lo contrario, existe el riesgo de que las políticas climáticas sean percibidas como cargas adicionales impuestas precisamente sobre los sectores más vulnerables, debilitando así la legitimidad social de las transformaciones necesarias.

La crisis de los océanos y los límites del modelo industrial

Uno de los impactos más graves y menos visibles del modelo de desarrollo contemporáneo se manifiesta en los océanos. Durante décadas, mares y costas fueron utilizados como espacios de vertido para residuos industriales, plásticos, aguas contaminadas y desechos químicos producidos por las actividades humanas.

A ello se suman los derrames petroleros asociados a la extracción y transporte de hidrocarburos, cuyos efectos sobre los ecosistemas marinos pueden prolongarse durante décadas, afectando especies, cadenas alimenticias y economías costeras enteras.

La acumulación masiva de plásticos en océanos constituye hoy una amenaza global de enormes proporciones. Fragmentos microscópicos de plástico han sido detectados no solo en especies marinas, sino también en cadenas alimenticias que alcanzan directamente a las poblaciones humanas.

Paralelamente, el calentamiento global está alterando aceleradamente los sistemas oceánicos. El aumento de la temperatura de las aguas y los procesos de acidificación oceánica están afectando arrecifes coralinos, manglares, ecosistemas costeros y zonas fundamentales para la reproducción pesquera.

Todo ello evidencia que la crisis ecológica contemporánea no afecta únicamente bosques y territorios terrestres. Los océanos forman parte esencial del equilibrio climático planetario y desempeñan funciones fundamentales en la regulación térmica, la absorción de carbono y la preservación de biodiversidad.

La degradación de los sistemas marinos constituye así otro indicador de los límites históricos de un modelo industrial y energético basado durante décadas en la explotación intensiva de recursos naturales y combustibles fósiles.

Transformación cultural, democracia y sostenibilidad de la vida

Las transformaciones tecnológicas, energéticas y económicas resultarán insuficientes si no van acompañadas de cambios culturales y éticos más profundos. La sostenibilidad no puede limitarse únicamente a modificar la relación entre ser humano y naturaleza; también exige revisar críticamente las relaciones entre los propios seres humanos.

Las sociedades contemporáneas enfrentan múltiples formas de discriminación, exclusión y dominación incompatibles con una cultura verdaderamente democrática y sostenible. Las desigualdades étnicas, religiosas, ideológicas y de género, así como las diversas formas de discriminación dirigidas contra personas con distintas identidades u orientaciones sexuales, expresan relaciones de subordinación que debilitan la convivencia democrática y la cohesión social.

La construcción de sociedades sustentables implica reconocer la dignidad humana en toda su diversidad. De la misma manera que la crisis ecológica obliga a superar una relación depredadora con la naturaleza, también exige avanzar hacia relaciones humanas basadas en el respeto, la inclusión, la cooperación y la convivencia plural.

En este sentido, la sostenibilidad constituye no solo un desafío ambiental y económico, sino también un proyecto ético y civilizatorio orientado hacia la defensa integral de la vida.

La crisis ecológica y climática forma parte, en última instancia, de una crisis más amplia de las relaciones de dominación: dominación sobre la naturaleza, sobre pueblos y culturas, sobre sectores pobres, sobre minorías, en particular sobre personas con discapacidad y adultos mayores; con demasiada frecuencia, del hombre sobre la mujer, sobre territorios y sobre diversas formas de vida.

Por ello, la transición ecológica no puede entenderse únicamente como un problema técnico de gestión ambiental. También involucra discusiones sobre democracia, justicia social, pluralismo, derechos humanos y formas de convivencia colectiva.

Precisamente por tratarse de transformaciones tan profundas, estos cambios difícilmente ocurrirán de manera inmediata. Formarán parte de procesos históricos prolongados, llenos de tensiones, resistencias y avances graduales. Pero en esa construcción lenta y compleja podría comenzar a definirse una nueva concepción del desarrollo centrada no en la expansión ilimitada del consumo, sino en la sostenibilidad integral de la vida.

Programa Alternativas analizará el lenguaje ideológico que oculta la desigualdad y la acumulación de riqueza

El programa Alternativas realizará una transmisión especial el próximo 15 de mayo de 2026 a las 18:00 horas (-6 UTC), dedicada a reflexionar sobre el papel del lenguaje ideológico en la legitimación de la desigualdad y la acumulación de riqueza en el sistema capitalista.

La actividad llevará como eje de discusión la idea de que términos como “socialista”, “comunista” o “izquierdista” son utilizados con frecuencia para desacreditar acciones o propuestas críticas del sistema capitalista, funcionando además como una “cortina de humo” que invisibiliza las desigualdades estructurales y el afán permanente de acumulación de ganancia.

El panel invitado estará integrado por:

  • Cecilia Jiménez Arce, máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, licenciada en Sociología y Trabajo Social por la Universidad de Costa Rica, presidenta y fundadora de ACODEHU. Ha formado parte de la inscripción del Frente Popular.

  • Alexander Cortés Campos, profesor universitario, máster en Antropología por la UCR, licenciado en Administración Educativa y en Teología, con énfasis en Enseñanza de la Religión y Filosofía. Cuenta con estudios universitarios en Sociología, Historia y Comunicación.

  • Luis Paulino Vargas Solís, economista, profesor universitario jubilado e investigador, autor de libros y artículos.

  • Oscar Madrigal Jiménez, abogado y analista político.

La transmisión se realizará en vivo a través de Facebook Live, YouTube y Spotify.

Asimismo, el programa cuenta con el respaldo de emisoras amigas como Guanacaste 106.1 FM, Radio Soberanía, Radio Revolución y Radio 97.3 FM Voces Libertarias. También se indicó que las retransmisiones por 506 Ondas de Alajuelita se realizan los sábados a las 18:00 horas (-6 UTC).

Comunismo y democracia (2)

Manuel Delgado
Parte 1: https://wp.me/p6rfbZ-yQy

Un político o un comunicador responsable debe saber explicarles a sus interlocutores que la democracia pura o democracia a secas no existe más que en nuestra mente, porque ella es una abstracción. No existe como no existen las frutas. Nosotros desayunamos bananos, o mangos o naranjas, pero frutas jamás. Ellas solo tienen existencia en nuestros sueños.

La democracia tiene nombres y apellidos. Entonces hay que referirse a ella con esos nombres y esos apellidos, y evitar así un posible enredo de identidades (la verdad es que hay muchos apuestan por el enredo, precisamente porque rehúsan la claridad, precisamente porque el enredo les salva la vida o la silla; su enredo es, pues, calculado).

Efectivamente el capitalismo ha construido un régimen político que los malos políticos aceptan como el sumun de la democracia. La democracia es esta en que vivimos, según ellos. E identifican la democracia con dos cuestiones: que haya elecciones aceptablemente libres, decir, que los oligarcas quiten o pongan a sus gobernantes para que les dirija su finca y que lo hagan de manera más o menos pacíficas, sin aspavientos que dañen los negocios, y que todos los habitantes disfruten, más o menos y en abstracto, de los mismos derechos. Sobre esto último está claro que un hijo de la gran oligarquía no tiene o los mismos derechos que un desempleado de los sectores más desfavorecidos, o de un vendedor ambulante. Pero, además, lo normal, lo cotidiano, es que a los trabajadores se les hayan negado, salvo pequeñas épocas, de todos sus derechos: su derecho al voto, su derecho a formar partidos políticos independientes, su derecho a formar sindicatos que los defiendan y, por último, su derecho a la vida. Los tiempos de “democracia” han sido los menos en estos dos siglos y resto de capitalismo maduro.

Olvidan de decir, por cierto, que el capitalismo ha pasado muchos más años en regímenes muy “antidemocráticos” que ellos llaman “democráticos”. El régimen capitalista se asentó primero en un estado de amplias desigualdades y prohibiciones en Inglaterra o en Francia, donde solo una mayoría disfrutaba de los derechos políticos. Estos se les negaban, primeramente, a las mujeres. Ni qué decir que los habitantes de las colonias, plagadas de esclavos, desconocían del todo esos derechos democráticos.

Una revolución de masas, de obreros, campesinos, artesanos, pequeños y medianos propietarios, acabó con la monarquía y dio origen a la revolución francesa, Algunos derechos fueron arrancados a la oligarquía por algunos, pero aquello fue flor de un día. Pronto Francia y su revolución entraron en un periodo de restauración, es decir, de vuelta al pasado. Para citar solo un aspecto, a partir de 1789, año de la toma de la Bastilla, la monarquía se mantuvo con uno u otro disfraz, con uno u otro tropiezo, a lo largo de todo un siglo, hasta que en 1870 el proletariado parisino la enterró para siempre en la Comuna de París, el primer gobierno obrero de la historia.

Bajo la consigna de defender la democracia, imperio y oligarcas locales han derribado por la fuerza a muchos presidentes constitucionales. Mencionemos a Madero en México, Joao Goulart en Brasil, Rómulo Gallegos en Venezuela, Juan Bosch en República Dominicana, Jacobo Árbenz en Guatemala, Salvador Allende en Chile, Manuel Zelaya en Honduras. En total, entre 1898 y 1994, suman son 41 intentos de EE. UU. por derrocar gobiernos en América Latina, todos acusados de no ser democráticos. Y a esas experiencias “no democráticas” siguieron periodos de gran maltrato a los derechos humanos, periodos de decenas de miles de muertos, torturados, exiliados y otros.

¿Puede ser realmente “democrática” esta democracia sustentada sobre la desigualdad? Claro que no. No se puede someter a las mismas reglas a personas o colectivos desiguales y, menos aún, tan desiguales. No puede ser democrático un país donde los que quitan y ponen presidentes y diputados son los grandes millonarios, donde los que definen quién tiene dinero y quién no, más que el TSE, son los bancos privados.

Durante la pasada campaña, 317 beneficiarios, entre personas físicas y jurídicas, se adueñaron de 12.827 millones de colones de la deuda política correspondiente a cinco partidos políticos: Pueblo Soberano, Liberación Nacional, Coalición Agenda Ciudadana y Unidad Social Cristiana y el Frente Amplio.

(Durante años he sostenido que este sistema de deuda política en que la banca privada es quién presta—por cierto, a cambio de un altísimo descuento o ganancia para el banco, que en algunos casos ha llegado al 40%—debe ser modificada, y que el gobierno debe reservar el dinero suficiente para hacerla efectiva. Por supuesto que los que realmente gobiernan, el capital financiero y bancario, se oponen férreamente y amenazan a los partidos que quisieran levantarla. Y la amenaza no ha sido inútil: los asustan con la posibilidad de dejarlos sin dinero o entregarles solo algunos centavos a destiempo, en las últimas semanas previas a febrero).

El diputado Villata posiblemente recordará aquello que dijeron los personeros de UCCAEP a partidos en una de las campañas: “En este país se gobierna con nosotros o no se gobierna”.

¿Puede haber democracia, esa democracia neutra y abstracta, en un país donde la libertad de prensa está atosigada, tomada del cuello, en un reducidísimo número de medios que a su vez representan a un reducidísimo y riquísimo grupo de personas? Se me dirá que de nuevo recurro a la sabiduría de Perogrullo. Pues, precisamente.

¿Puede haber una democracia pura y neutra en un país donde la quinta parte más pobre de la población se las agencia con el 6 % de la riqueza nacional mientras uno cuantos miles viven como reyes? Otra verdad de Perogrullo. Un tratamiento igual, un derecho igualmente repartido entre personas diferentes o, como en nuestro caso, extraordinariamente diferentes, no puede calificarse de un trato democrático.

La “democracia” es una forma de Estado, es un instrumento en manos de las fuerzas (léase clases sociales) que tienen el poder real, el poder económico, que es en definitiva el que define todos los demás aspectos de la sociedad. Y cuando se dice poder económico lo que quiere decirse es la propiedad de los medios de producción y distribución de esa sociedad.

Un grupo reducidísimo de personas y empresas, nacionales y extranjeras, son dueñas de las tierras, las fábricas, los bancos, los medios de comunicación. Y es esa minoría la que ha sustentado esa democracia, es decir, ese poder estatal, para mantener su régimen de producción y someter a las otras clases, a la mayoría de la población, que no posee medios y que vive del salario algunas veces, y otras ni siquiera de eso.

A través de Estado, de esa democracia, ellos hacen las leyes en una Asamblea Legislativa que manejan a su antojo, nombran directa o indirectamente al poder judicial, crean y mantienen las cárceles y la policía, es decir, tienen en sus manos el poder efectivo. Eso es así aquí y en la Cochinchina, lo es hoy y lo fue desde el tiempo de Upa, y no se va a cambiar con promesas de buena conducta. Se trata ni más ni menos que de una dictadura, una dictadura de clase, disfrazada y hermoseada por coloridas elecciones y bellos discursos de tirios y troyanos. Las oligarquías, nacionales y extranjeras, ejercen el poder por medio de esa democracia tan elogiada.

Decía Claudia Sheinbaum en la reciente Cumbre de Barcelona que “no hay democracia cuando no hay opción para los pobres, para los desposeídos”. Y eso está claro. Las democracias, en buena parte del mundo, esconden un sistema de desigualdad y explotación de los pobres y los desposeídos. Y entonces defender la democracia debe pasar de dejar una simple frase y operacionalizarse en un proceso de lucha por la verdadera democracia, una que no existe y no puede existir en el presente, pero que es real en el futuro, una democracia popular. Solo entonces la lucha por la democracia puede convertirse en un instrumento en favor de los trabajadores, en favor de las masas populares y no un instrumento para apalear y domesticar al pueblo.

¿Hay alguna alternativa? Sí, sí la hay. Y consiste en que esta democracia debe desaparecer y, en lugar, debemos crear otra democracia, una que sea de los trabajadores, con otras normas y contra otras instituciones. Pero sobre este regresaremos más tarde.

La oposición se unió. Ahora viene lo difícil

Welmer Ramos González
Economista

La Alianza puede consolidarse. Pero solo si comprende sus propios límites y actúa con inteligencia

Una alianza no se mide por su anuncio. Se mide por su impacto. Y el impacto solo se da cuando hay claridad de rumbo. El interés supremo debe ser uno solo: una Costa Rica de oportunidades reales para todos y todas. Sin exclusiones. Sin privilegios. Sin excusas.

Ser costarricense debe volver a ser sinónimo de orgullo. El orgullo de pertenecer a una sociedad que se cuida mutuamente, que entiende la interdependencia, que sabe que el bienestar colectivo es la única garantía de estabilidad duradera. No hay desarrollo posible en medio de la exclusión.

Una economía que crece sin distribuir, fractura la sociedad. Una política que promete sin cumplir, decepciona. Una alianza que duda en su propósito, fracasa. Ha de tener claro que el desarrollo no se sostiene sobre desigualdades extremas. Sin excepciones. Sin portillos. Sin privilegios ocultos.

«La política no puede seguir girando alrededor de la codicia. La solidaridad no es una debilidad. Es una fortaleza social.»

Lo que la alianza debe entender

La Alianza puede consolidarse. Pero solo si comprende sus propios límites y actúa con inteligencia. Hay áreas de acuerdo: ese es su punto de partida. Pero existen también zonas grises, espacios delicados donde no se improvisa. Ahí se prioriza. El interés superior debe ser la brújula. Sin eso, las heridas internas serán inevitables.

Debe también redefinir al adversario. Los enemigos no son los partidos. Los enemigos a vencer son problemas nacionales: la pobreza, la desigualdad, el desempleo, la crisis fiscal. Cuando la política se vuelve personalista, pierde sentido. Cuando se vuelve partidaria, pierde eficacia. La ciudadanía no quiere espectáculos. Quiere soluciones.

«No todo argumento técnico es neutral. No toda propuesta es inocente. Detrás de muchas agendas hay intereses económicos que no siempre coinciden con el bienestar del pueblo.»

Los diputados y diputadas deben comprender el problema fiscal en su raíz. No basta repetir consignas. Hay que entender causas. La evasión y la elusión tributaria no son fenómenos marginales: son estructurales, y tienen rostro. Comparar con los estándares de la OCDE y Europa no es opcional. Es obligatorio.

Deben valorar el mercado interno: el 70% de la producción se dirige a él. Es el corazón de la economía. Genera el 80% del empleo. Ignorarlo es un error estratégico. Debilitarlo, un suicidio económico.

Deben salir de los despachos. La política de escritorio desconecta. Escuchar no es un gesto simbólico: es una herramienta de diagnóstico. Nadie legisla bien desde el aislamiento. Nadie comprende la realidad sin pisarla.

Y deben rodearse bien. No bastan asesores formales. Se necesitan redes de conocimiento diversas, representativas, con voces que estudien, sinteticen y cuestionen. Sin pensamiento crítico, no hay política de calidad.

Quien más insulta no es el que tiene mayor razón, es quien cierra más puertas para llegar a acuerdos meritorios.

El cargo legislativo no otorga sabiduría. Otorga responsabilidad. Nadie lo sabe todo. Reconocer los propios límites es una virtud política. Ignorarlos es un riesgo.

Redefinir el éxito social

El crecimiento del PIB no basta. Las exportaciones no bastan. La inversión extranjera no basta. Los indicadores que importan son otros: mejores salarios, menor desigualdad, mayor escolaridad, empleo formal, dignidad para las personas adultas mayores, reducción real de la pobreza. El desarrollo se mide en vidas y bienestar de las personas, no en cifras macroeconómicas.

Las crisis crónicas que no pueden ignorarse

La Alianza debe mirar de frente las pandemias sociales crónicas de Costa Rica. Sin maquillajes. Sin evasivas.

200.000+

personas en viviendas precarias, expuestas al frío y la lluvia

240.000+

personas enfrentan hambre a diario

1.000.000

costarricenses bajo sobreendeudamiento con tasas de hasta 51% anual

215.000+

personas adultas mayores sin ningún tipo de pensión

343.000+

personas esperan cirugía o cita con un especialista

567 días

espera promedio para atención médica especializada: más de año y medio

La progresividad tributaria no es ideología, es justicia. Los privilegios tributarios no pueden ser eternos, quienes los disfrutan así son parásitos de la sociedad, tienen solo derechos sin deberes.

Esto no es coyuntural. Es estructural. Y nada de esto lo resuelve el mercado por sí solo. Se requiere política pública deliberada, inteligente, sostenida y valiente.

La Alianza tiene una oportunidad. Puede ser un punto de quiebre o una anécdota más. Puede elevar la política o reproducir sus vicios. Puede devolver esperanza o profundizar el desencanto. El país observa. Y espera.

Porque al final, la política no se juzga por sus discursos. Se juzga por sus resultados. Y Costa Rica ya no tiene tiempo para intentos fallidos.

Que la Alianza Opositora encuentre la claridad, la valentía y el carácter para anteponer el bien común. Costa Rica espera de ella no promesas, sino actos. No gestos, sino transformación. La hora de la decencia y las oportunidades reales es ahora, o no será.

Balance del gobierno de Rodrigo Chaves Robles

Gerardo Fumero Paniagua

Termina su periodo marcado por contrastes, una macroeconomía estable, pero con un país sumergido en la peor crisis de su historia en seguridad, salud y educación, un gobierno confrontado con toda la institucionalidad del Estado y con el más alto nivel de incumplimiento de promesas de campaña de nuestra historia.

Costa Rica alcanzó cifras récord de homicidios vinculados al narcotráfico y el crimen organizado, aunque para Chaves solo son «ajuste de cuentas entre delincuentes», “que se maten entre ellos”. Priorizó el equilibrio fiscal antes que el bienestar del pueblo, al recortar significativamente la inversión social.

Su liderazgo ha sido catalogado como populista, autoritario, narcisista y mesiánico. Se presenta a sí mismo como el único capaz de «limpiar la casa» y derrotar a las «estructuras de poder», «la prensa canalla» y «los mismos de siempre”. Su conducta representa una degradación de la investidura presidencial y una amenaza directa a la paz social y a la estabilidad democrática que nos ha caracterizado por siglos.

Su estilo ha sido de confrontación abierta con la Asamblea Legislativa, con el Poder Judicial, con la Contraloría, con la Prensa y con cualquier control de legalidad de sus proyectos -como fue el caso de Ciudad Gobierno y la Ley Jaguar-, lo que generó una fuerte polarización social entre «chavistas» y “opositores”.

En su comunicación rompió con la tradición del «lenguaje diplomático y protocolario”. Su discurso ha sido confrontativo, vulgar y soez. El uso de apodos, la burla hacia opositores y la descalificación de periodistas, han sido constantes. Su estilo ha servido para movilizar a una base electoral profundamente resentida, que se siente olvidada por la «clase política tradicional», pero a costa de una crispación -incluso violencia- social, tóxica, destructiva y creciente.

Por otra parte, sus intervenciones en compras pública, especialmente en Telecomunicaciones del ICE, dejan en entredicho la ética y la transparencia gubernamental. La vinculación entre el ICE, Racsa, Datasys, Cisco y figuras de su campaña, constituyen hitos históricos en la contratación administrativa del Estado.

En primer lugar, se ha denunciado la intervención directa en negociaciones que rompen la independencia técnica de las instituciones autónomas, para favorecer a financistas y colaboradores de su campaña, por ejemplo, a Carlos Valenciano Kamer, exsecretario del Partido Pueblo Soberano, dueño de Datasys y representante de Cisco, con compras millonarias del ICE y Racsa.

Segundo, publicó un Decreto sobre Ciberseguridad, que excluyó a empresas de países no firmantes del Convenio de Budapest (como China), lo cual eliminó a Huawei, el actual proveedor de la red celular 4G del ICE, eliminando la posibilidad de una actualización tecnológica de esa red para llevarla a 5G, cualquier otra solución será mucho más cara.

En tercer lugar, hubo reuniones en Casa Presidencial y Ministerios, en donde se discutieron detalles técnicos y financieros de licitaciones, en algunos casos se supone que para ordenar a quién y qué tecnologías adjudicar, mediante «contrataciones directas por excepción», con elevados sobreprecios.

En cuarto lugar, ante la opacidad de todos estos procesos, la Sala Constitucional obligó al ICE a revelar bitácoras de reuniones con representantes de la Embajada de EE. UU. y Cisco, que se mantenían en secreto, debilitando el derecho constitucional del acceso a la información.

Estas acciones son insólitas, pues el Estado no puede ser usado para pagar favores de campaña a través de contratos millonarios. Precisamente sus ataques constantes a la Contraloría buscan eliminar la vigilancia que ella ejerce sobre estas adjudicaciones «a dedo» y compromete “fondos públicos” del ICE en compras sumamente caras y de dudosas tecnologías, poniéndolo en grave riesgo. Estas intervenciones no son casos aislados, sino un patrón sistemático de desmantelamiento de los controles de contratación pública para favorecer una red de aliados políticos y económicos, bajo una narrativa de «eficiencia» que la ciencia, la probidad y la transparencia contradicen.

Otro capítulo oscuro es el desempeño de su gobierno en relación con el narco tráfico. Pasará a la historia como el periodo en el que Costa Rica perdió su estatus de «oasis de paz». El país cerró el 2025 con una tasa de 16 homicidios por cada 100,000 habitantes, cifra que casi duplica la del país que recibió. La respuesta del Ejecutivo ha sido culpar a las leyes y al Poder Judicial, sin hacer absolutamente nada para enfrentar tal inseguridad.

A pesar de la narrativa oficial de «mano dura», durante su administración el decomiso de cocaína ha sido casi una cuarta parte menor en comparación con el cuatrienio anterior, a pesar de los publicitados escáneres de Moín. Además, sacó la Policía contra las Drogas, PCD, de los puertos y fronteras y desmanteló los controles marítimos, todo lo cual permeó las fronteras, las costas y las exportaciones en contenedores, aumentando las sospechas de protección a ciertos grupos.

Concomitante con estos hechos, el tipo de cambio del dólar pasó en su gobierno de 700 a 460 colones, -retrocedió casi dos décadas- mientras el diario El Universal de México en setiembre del 2023 aseguraba que funcionarios del gobierno costarricense habrían buscado acuerdos con facciones de carteles mexicanos, y al interno del país, también se han denunciado presiones políticas en juntas directivas de bancos estatales y del INS, para recibir dinero de «dudosa procedencia”. Un mercado invadido de dólares -que solo se podrían explicar procedentes del naco tráfico-, justificaría no solo ese tipo de cambio tan bajo, sino la proliferación de personas en vulnerabilidad, dedicadas hoy a la venta y distribución de drogas y al sicariato, en los barrios más marginados del país, mientras el agro, la industria y el turismo sufren su peor crisis en décadas, por el encarecimiento de sus productos y servicios, al perder el país competitividad. Pierde también Costa Rica su base productiva y la soberanía alimentaria y se vuelve cada vez más vulnerable a las importaciones. Un tipo de cambio como el actual reduce la inflación y baja la deuda externa convertida a colones, lo cual ayuda al gobierno a “maquillar la macroeconomía” frente a los organismos internacionales y a aparentar estabilidad económica y una baja inflación, pero sacrifica el sector productivo nacional, enriquece a importadores y agentes financieros, concentra la riqueza, aumenta la inequidad y desacelera la economía interna, todo lo cual solo producirá pobreza. Ese manejo podría estar incubando una enorme burbuja económica que bien podría reventarle en la cara a su sucesora.

En relación con Celso Gamboa, en junio del 2025 el propio Chaves admitió que «todos sabíamos» de sus presuntos vínculos con negocios ilícitos, pero nunca lo mandó a investigar y figuras cercanas a su círculo han mantenido comunicación con el exmagistrado. Finalmente, el fiscal general, Carlo Díaz, ha tenido que defender la independencia del Ministerio Público ante los ataques de Chaves, mientras investiga posibles filtraciones de información desde el Ejecutivo, que podrían estar beneficiando a estructuras criminales.

En resumen, la reducción del decomiso de grandes cargamentos de drogas, el aumento de la violencia sin precedentes, el cambio en los protocolos policiales que debilitan la vigilancia en puertos, costas y fronteras y los ataques al Poder Judicial que investiga al narco, hacen sospechar que hay favorecimiento del narco tráfico.

Pero sus “abusos” no terminan ahí, veamos otros que harán historia.

  1. La sombra de los «Oscuros Capitales». Los manejos de dinero para su campaña electoral llevaron a la Fiscalía General en junio de 2025 a acusar a Chaves, al vicepresidente Stephan Brunner y a otros altos funcionarios por presunto financiamiento ilícito a través de estructuras paralelas durante la campaña del 2022. Se uso un fideicomiso privado y cuentas personales para recibir dineros de empresarios y fuentes no reportadas al TSE, quien incluso solicitó a la Asamblea Legislativa el levantamiento de su inmunidad.
  2. Manipulación de la Opinión y «Granjas de Troles». El uso de granjas de troles para manipular la opinión política fue investigado por la Asamblea Legislativa (Caso Piero Calandrelli). Se hizo uso de perfiles falsos para atacar sistemáticamente a periodistas de medios críticos (La Nación, CRHoy y Semanario Universidad) y a diputados de oposición. Sus conferencias de prensa los miércoles funcionaron como un show de agitación y «permanente campaña», no como un ejercicio de rendición de cuentas, saturando las redes sociales con narrativas que a menudo carecen de sustento técnico.
  3. La «Posverdad» y los Desmentidos Institucionales. Un patrón recurrente ha sido la emisión de datos que luego son refutados por las mismas instituciones técnicas del Estado: a) Costo de la vida: Mientras el presidente celebra la baja inflación, el INEC y la UCR señalan que los bienes básicos y servicios siguen siendo inaccesibles para gran parte de la población, desmintiendo la sensación de «bonanza» que el Ejecutivo proyecta. b) Inseguridad: El mandatario ha intentado minimizar el récord de homicidios, pero los informes del OIJ han sido contundentes en señalar la falta de recursos y la ineficacia de los planes de seguridad del Ministerio de Seguridad Pública. c) Ruta del Arroz: Prometida como una baja masiva en el precio del grano, finalmente se estrelló contra la realidad, pero terminó favoreciendo a los grandes importadores y contribuyentes de su campaña, subiendo los precios a los consumidores y arruinando a cientos de pequeños productores, lo que ha venido sucediendo con la agricultura en general.
  4. Concentración de la Riqueza y Desigualdad. A pesar de los “buenos indicadores macroeconómicos” (PIB, exportaciones), la brecha social se ha profundizado: Hay una «Costa Rica de Zonas Francas» que prospera, frente a una «Costa Rica rural y costera» (especialmente Limón, Puntarenas y Guanacaste, las provincias que más votaron por Chaves), que se hunde en la pobreza y es cooptada por el narco ante la falta de inversión social. La desigualdad en el acceso a la riqueza sigue siendo de las más altas de la OCDE. El gobierno ha favorecido a una «nueva oligarquía» vinculada a sectores de importación y tecnología (caso del arroz y de Cisco), mientras recorta presupuestos en seguridad y educación y no le paga a la CCSS.

La acumulación de conductas como el financiamiento bajo sospechas, la manipulación mediática y el irrespeto a los datos técnicos, erosionan el Estado Social de Derecho para sustituirlo por un modelo de capitalismo de amigos. Todo esto conlleva al debilitamiento de la confianza ciudadana en la verdad: cuando el presidente miente y las instituciones lo desmienten, el ciudadano queda en un limbo informativo que es terreno fértil para el autoritarismo.

Al término de su gobierno tiene múltiples acusaciones y varios casos judicializados, que parecieran confirmar un patrón de clientelismo y uso de la estructura estatal para favorecer a círculos cercanos, por ejemplo:

  1. La Pista del Aeropuerto de Liberia. Se adjudicó por $40 millones a la empresa Meco la reparación de la pista del Aeropuerto Daniel Oduber. Se incluyeron requisitos técnicos que solo Meco podía cumplir en ese momento y bajo una declaratoria de «emergencia» por el Huracán Bonnie, justificación completamente insuficiente.
  2. Los «Cariñitos» y el Contrato del BCIE. El publicista Christian Bulgarelli obtuvo un contrato de $405 mil financiado por el BCIE, mediante un cartel de licitación que él mismo ayudó a redactar en Casa Presidencial mientras era asesor de Chaves. Hay grabaciones en donde el presidente pedía «chineos, cariñitos y antojos», refiriéndose al uso de esos fondos para favorecer a sus asesores, como Federico Cruz «Choreco».
  3. Violación a la normativa ambiental. Las denuncias sobre el proyecto urbanístico Místico, en Playa Hermosa de Garabito, salpicaron a su jefa de fracción Pilar Cisneros. Se ha dicho que el gobierno ha sido «extremadamente ágil» para otorgar viabilidades ambientales y concesiones de agua a este proyecto, en el que Pilar y su hermano tienen intereses comerciales. Mientras el gobierno ataca otros desarrollos por temas ambientales, en Místico se han señalado posibles afectaciones a humedales que han sido «pasadas por alto» por el MINAE. Pero hay muchos otros casos, como el de Gandoca-Manzanillo, de Pacheco Dent, amigo del presidente y el de Portalón de Quepos, de Arce Carranza, uno de sus mayores financistas de campaña. Claros ejemplos de cómo el Estado se puso al servicio de los «amigotes» de la cúpula oficialista.

A lo largo de estos 4 años, el abuso de poder para favorecer a familiares y amigos se ha manifestado también de otras formas: 1) Nombramientos a dedo: Desde juntas directivas de bancos estatales hasta embajadas, los puestos han sido ocupados por financistas de campaña o amigos personales, sustituyendo el criterio técnico por la lealtad política. 2) Uso de las instituciones: como el caso del ICE con Datasys-Equipos de Telecomunicaciones, el MOPT con Meco-Pista de Liberia y el MAG-MEIC-COMEX con la Ruta del Arroz. Todo lo cual consolida un nuevo grupo económico favorecido por Casa Presidencial.

Todos estos y otros cargos hará -muy probablemente- que busque inmunidad a través de algún cargo en el nuevo gobierno.

El discurso de que «los mismos de siempre» se robaban el país contrasta con estas nuevas estructuras. La diferencia es que ahora las irregularidades se cometen con un tono de desafío al orden legal, atacando a los jueces y a la Contraloría, cuando estos intentan frenar los casos de corrupción.

Por otra parte, Chaves ha vetado 10 leyes aprobadas por la Asamblea Legislativa, algunas tan importantes como sacar a CR de la lista de paraísos fiscales y permitir allanar propiedades de delincuentes las 24 horas del día, 4 de esas leyes incluso fueron reselladas por los Diputados.

Todos estos hechos y conductas representan la mayor mancha de un gobierno que prometió «comerse la bronca» de la corrupción, pero que terminó asediado por ella en sus círculos más íntimos y que le prometió a la “señora de Purral” sacarla de la pobreza y terminó empobreciéndola aún más, aunque muchos todavía no son conscientes de ello e irónicamente optaron por el continuismo en el 2026. Hacemos votos para que a doña Laura Fernández la ilumine el Cielo y pueda tener el valor y la sabiduría para dar un giro de 180 grados, de lo contrario, muy posiblemente este país tocará fondo en el 2030 o antes.

Contra el neoliberalismo: Una necesaria reorientación de la política opositora en Costa Rica

Gilberto Lopes
San José, 9 marzo de 2026

Parece que sobran divisas en Costa Rica. Hace ya más de dos años que el colón no para de valorizarse frente al dólar. Aunque el Banco Central atribuye la abundancia de moneda extranjera a la transformación productiva y al éxito del modelo exportador, destacados economistas sugieren una visión distinta.

Norberto Zúñiga, consultor de la firma Ecoanálisis, y Fernando Naranjo, exministro de Hacienda, presidente de la firma Consejeros Económicos y Financieros (CEFSA), citados por CRHoy, sostienen que la valorización del colón se debe principalmente al endeudamiento externo del gobierno en los últimos años.

No se trataría de grandes cambios en la inversión extranjera directa (IED), cuyos niveles fueron similares en 2024 y 2025. El incremento de las reservas monetarias internacionales –afirmó Zúñiga– se explica casi en su totalidad en esos años por el financiamiento externo neto obtenido por el Ministerio de Hacienda.

Naranjo coincide con la idea de que el aumento del endeudamiento externo ha sido uno de los principales responsables por la caída del tipo de cambio. En su opinión, las emisiones de tres mil millones de eurobonos en 2023 generaron un exceso de dólares en el mercado local, a lo que se sumaron dos emisiones más, por mil millones, en noviembre de 2025 y enero de 2006, con altas tasas de interés.

La mayor oferta de dólares no es resultado de un aumento de las exportaciones –las exportaciones del régimen definitivo crecieron solo entre del 1 % y 1,5 % el año pasado, dijo Naranjo–, ni de las inversiones extranjeras directas o del turismo, sino del endeudamiento.

El resultado es que la deuda del Gobierno alcanzó 60,4% del PIB en diciembre pasado, según los datos de Hacienda, lo que permite al gobierno congelar los salarios de empleados en 2027, aplicando la “regla fiscal” aprobada durante el gobierno del PAC, de Carlos Alvarado.

Las “reglas fiscales” de la Unión Europea son un engaño

No hay ni una sola razón científica que permita asegurar que mantener déficits fiscales inferiores al 3% del PIB o del 60% en el caso de la deuda pública, implicará una reducción de la deuda o una reactivación de la actividad económica”. “Más bien sucede todo lo contrario, pues el gasto público es fundamental para llevar a cabo inversiones fuera del alcance de la iniciativa privada”, advirtió el economista español Juan Torres López.

Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla y miembro del Consejo Científico de Attac España (una organización “opuesta a la dictadura de los mercados y la especulación financiera”), Torres vuelve sobre el tema, una y otra vez, en su página “Ganas de escribir”. Hace ya algunos años, antes de que se pensionara, lo fui a entrevistar a Sevilla y, desde entonces, vuelvo ocasionalmente a sus páginas.

Con el Tratado de Maastricht (de febrero de 1992) –dice Torres– se establecieron esas reglas fiscales en la Unión Europea (UE): los déficits públicos no debían superar el 3% del PIB, ni la deuda pública el 60%.

Durante la crisis que se inició en 2007 la disciplina fiscal basada en ambos criterios se reforzó. Se trataba, como dijo la entonces canciller alemana, la conservadora Angela Merkel, de ponerle un candado, de asegurarse de que “ningún Parlamento pudiera cambiarlas”.

La excusa fue que era imprescindible reducir la deuda y que eso sólo se podía conseguir disminuyendo el gasto público y los déficits. La realidad ha mostrado que la disciplina fiscal, en lugar de disminuir ha aumentado, en contra de lo que se aseguraba tras recortar el gasto público.

Carmen Reinhart, economista de origen cubano y profesora de Harvard sobre deuda soberana, y Kenneth Rogoff, también profesor de Harvard sobre deuda, habían publicado, en 2011, resultados de un análisis de ocho siglos de historia financiera, que los llevó a concluir que si la deuda superaba el 60% del PIB en los países emergentes y el 90% en los más avanzados el crecimiento económico se deterioraba.

Una tesis que se popularizó en todo el mundo para justificar las políticas de recortes de gasto con las que se prometía reducir la deuda. Unos meses más tarde, Thomas Herndon, Michael Ash y Robert Polin publicaron, en el Cambridge Journal of Economics, en marzo del 2014, una crítica al trabajo de sus colegas de Harvard. La base de datos con la que trabajaron contenía errores y ausencias importantes, sin los cuales sería imposible llegar a su conclusión a la que llegaron.

No tiene fundamento científico o empírico alguno limitar el crecimiento de la deuda al 60% del PIB, afirma Torres. No hay absolutamente ninguna prueba que permita afirmar que ese porcentaje es más conveniente que el 30%, el 100%, o cualquier otro.

¿Acaso la economía europea en su conjunto se desempeña mejor y es más competitiva que la de Estados Unidos por tener un porcentaje de deuda pública mucho más bajo, de 100% del PIB en la Eurozona y 93% en la UE, frente al 134% en EEUU?, se pregunta.

Criterio similar expresan Philipp Heimberger y Anna Matzner, economistas del Vienna Institute for International Economic Studies (WIIW), quienes aseguran que la consolidación fiscal tiene efectos contractivos a lo largo del ciclo económico.

En un artículo publicado en febrero pasado –“Fiscal Consolidation Costs Europe Jobs and Deepens Inequality”– aseguran que los resultados de sus estudios muestran que el ajuste fiscal ralentiza mucho más la economía en etapas de recesión que en periodos de expansión.

La conclusión es que asegurar que más deuda pública implica menor crecimiento económico “ha sido un fiasco”, dice Torres.

No funciona allá, ¿funcionará aquí?

A estas alturas cualquier persona inteligente se hará la misma pregunta: si las autoridades europeas desean de verdad que disminuya la deuda y aumente la actividad económica, ¿por qué se empeñan en tomar medidas de disciplina fiscal cuyo efecto evidente, y que nadie puede negar, ha sido el contrario?

Naturalmente, debemos hacernos la misma pregunta aquí. La “regla fiscal”, que congela los salarios públicos cuando la deuda supere 60% del PIB, solo ha servido para un notable deterioro de los servicios públicos y para la fuga de profesionales calificados, del área de la salud y la educación superior, entre otras. Ha contribuido también al empobrecimiento de sectores de la población dependientes de los salarios públicos y provocado una creciente disparidad social, que alimenta el negocio de las drogas ilícitas y el narcotráfico, especialmente entre jóvenes y en las zonas marginales del país.

En Costa Rica, esas políticas –con las que soñaban los sectores neoliberales más radicales– fueron impulsadas por un partido surgido de lo que parecía el agotamiento de las medidas de privatización y ajuste fiscal, a la que, en su momento, se sumó una cierta izquierda. Pero que, una vez en el poder, se alió a los grupos más conservadores, que las impulsaron gobernando bajo una relativa sombra, entre 2018 y 2022, durante el gobierno de Alvarado.

Políticas que ha seguido profundizando el actual gobierno de Rodrigo Chaves –que concluye su período en mayo próximo–, habiendo logrado elegir a su candidata, Laura Fernández, con una amplia mayoría, para encabezar el gobierno el próximo cuatrienio. No hay razón alguna para pensar que su programa se orientará en una dirección distinta.

Uno de los resultados de esas políticas, como lo señaló Fernando Naranjo en artículo publicado el pasado 16 de diciembre –“De paso de jaguar a ritmo de tortuga”– es que la economía costarricense, en su parte doméstica, donde se concentra aproximadamente el 85% de la producción nacional, excluyendo las exportaciones de zonas francas, creció en años anteriores alrededor de 4,7%. El año pasado (2024), creció un 3,0% y en lo que llevamos del presente año (2025), “con dificultad llegará a un 2,3%”.

“No sólo la actividad económica ha bajado –agrega–, sino que la creación de empleos se convirtió en una reducción de los puestos de trabajo de cincuenta mil personas”.

Más grave es a situación de desempleo juvenil. En noviembre del 2025 la tasa de desempleo del sector llegó a 17,6%, comparada con una tasa de desempleo total de 6,6%.

“En el año 2010, de acuerdo con cifras oficiales, había 313.903 jóvenes trabajando activamente. En noviembre del 2025 la cifra descendió a 191.198, o sea 115.640 puestos de trabajo menos. En 15 años, el país no ha generado nuevos empleos para los jóvenes”, concluye Naranjo.

El fracaso de la oposición

Pese a esta realidad, la oposición insiste en su campaña contra los malos modales del presidente, contra sus desafíos a los otros poderes del Estado, contra sus ataques a los partidos tradicionales, sin que esa crítica logre permear una opinión pública harta de los engaños del pasado reciente y de los resultados de por lo menos 40 años de un neoliberalismo que ha ido demoliendo los cimientos del Estado Social, construido desde mediados del siglo pasado en Costa Rica, con especial éxito.

Parece cada vez más evidente que solo un redireccionamiento de la política opositora, hacia la crítica de las medidas más radicales del modelo neoliberal, permitirá reorganizar el escenario político y enfrentar la nueva ola que vendrá con el gobierno de Laura Fernández.

FIN

Dentro y fuera del domo electoral

Freddy Pacheco León

Freddy Pacheco León

Pese a que abundan los diagnósticos de la enfermedad que se manifestó en las elecciones cabe agregar algo. Visiono un gran domo sobre la parte central del país, donde conviven con los miserables “urbano marginales” (les dicen), los privilegiados, que gozan de facilidades que los identifican como clase. Entre ellos, el acceso a la educación, a trabajos de corte intelectual, a vivienda segura, a transporte privado, a supermercados, a compras por Internet, a televisión por cable, al cambiante mundo virtual que los conecta. Domo en el cual, como se hacía hace unos años en el Club Unión, mientras los «de arriba» esquivan a los que sufren el día a día, se reúnen a dialogar, igual de política como de fútbol, para luego irse a dormir tranquilos mientras sus casas son cuidadas por guardas nicas.

Y como no están (o más preciso, no estamos) solos, los demás, los silenciosos, los hambrientos, los poco abrigados, los sin estudio que «camaronean» el día a día en lo que denominan “trabajos informales”, solo acatan a mirar mientras guardan tímido (aunque sostenido) silencio, ajenos a lo que planean en sus “tablets” los que sí son parte de un tejido social organizado que maneja su propio idioma. Son los que no son imprescindibles para los que les llaman para un sin fin de tareas, quienes pese a ser multitud, son casi intencionalmente invisibles pues estorban a algunos… aunque están allí.

Es pues un domo en que abundan desigualdades y las injusticias como patrón.

Por otro lado, fuera de ese domo con aire acondicionado, tenemos la otra Costa Rica. La de las amplias comunidades costeras acechadas por la miseria, desconocedoras de la «virtualidad» que no les interesa pues no les da de comer, y que se pasan las horas del día y la noche rumiando sus penas. Si algunos tienen teléfonos celulares prepago, solo son usados para breves mensajes de texto. Son mujeres y hombres sin esperanza, olvidados, que se sienten desechables, despreciados por los que se creen nobles de un reino tropical, cuyos hijos, cuando van a la derruida escuela, lo hacen solo para comerse un gallito antes del mediodía. Obreros y campesinos desempleados, de carne y hueso, que nos recuerdan las tragedias de Mamita Yunai, Murámonos Federico, El Árbol Enfermo…, obras que por supuesto, jamás han leído. Analfabetos por desuso, que, en el fondo de sus pensamientos, desean mejores días para ellos y sus hijos. Mujeres y hombres que en su mayoría se han dado por vencidos, pero que aún guardan un poquitito de esperanza, como lógica aspiración humana.

Pues amigos, esos miserables, dentro y fuera del domo, son los que han estado recibiendo por más de tres años, visitas bien programadas que han requerido un poquito de organización local, para recibir a quien dice ser igual que ellos, su redentor pagano. El que está allí para enfrentar a los corruptos que por tantos años les han negado la justicia que merecen. Perverso presidente que les dice «soy uno de ustedes, por lo cual hemos de luchar hombro a hombro para acabar con los corruptos, y así traerles el bienestar que los ladrones políticos que ustedes conocen les niegan a ustedes». Reuniones “de campaña electoral” financiadas con bienes del Estado, que cubrían, gracias a transportes contratados, áreas más grandes que las que se presentaban como el lugar del discurso, para que el impacto, luego multiplicado por televisoras locales, tuvieran el efecto esperado.

«Visitas» que no eran más que una bien diseñada campaña política permanente, intensa, a nivel de comunidades, con recursos financieros ilimitados, que fueron seguidas sin pensar en lo que se estaba construyendo alrededor de un personaje hábil y mentiroso.

Estrategia desarrollada a nivel de poblaciones, demagógica, populista, pero caída en terreno fértil, sin oposición alguna. Y sucedió así mientras los llamados quizá a enfrentarla con mensajes y organizaciones en las mismas comunidades, estaban muy ocupados escribiéndose en chats de WhatsApp, votando incisos en la Asamblea Legislativa, y multiplicando mensajes cargados de información valiosa que, dentro del domo solo tenían como receptores a los que hasta niegan que hay cientos de miles de costarricenses que no tienen más que una comida diaria. Habitantes de tugurios que, cual si vieren un avión volar hacia destinos desconocidos, así escuchaban tal vez algo de lo que la “clase política” muy formalmente debatía, sin que les provocara reflexionar acerca de lo que no les interesaba, pues de Montesquieu creen que es quizá un futbolista francés.

Erradamente se creyó que la «virtualidad» ingresaba a las chozas y tugurios, mientras el trabajo organizativo, en las comunidades, en las bases, pretendió sustituirse por mensajes por Internet que no les llegaban. Se creyó que el líder comunal que se quería ubicar, según sus características y su capacidad, podría ser el regidor dueño de un celular prepago, y no el compañero que (con la excepción de alguna organización sindical como la ANEP), sí se le involucró genuinamente en la defensa de sus derechos y la organización de lucha. Las enseñanzas de la batalla contra el TLC, con sus comités patrióticos y el trabajo voluntario por todo el país, lamentablemente se desdeñó, pues se creyó más en la comunicación digital que solo opera al interior del domo (parcialmente) y es extraña fuera de él.

Así, Chaves disfrutó ese vacío dejado por los políticos, estrategas y otros, y entendió muy bien, que, apoyado en su red de comunidades en todo el país, que lo que con sus groserías incomodaba a muchos del domo, era, por otro lado, motivo de algarabía fuera del mismo, así como entre los hambrientos que conviven con la opulencia que se exhibe en ciertos lugares dentro del mismo.

Claro que sería injusto no reconocer que nuestros intercambios, escritos, entrevistas radiales y videos, entre otros, tuvieron el importante efecto de evitar que el chavismo fascista no alcanzara al menos 38 diputaciones. La selección de un compatriota ejemplar como el candidato presidencial de un PLN renovado, fue vital para que muchos de los reunidos en la parte central del país, acudieran a votar informados, contribuyendo así para que no se diera un resultado electoral que, por poquito, nos habría conducido casi inevitablemente hacia un régimen dictatorial que hoy nos tendría mucho más preocupados.

Pero más allá de ese trascendental logro, en las provincias costeras, regiones indígenas y habitantes de la marginalidad tanto urbana como rural, esos mensajes no germinaron; eran cual semillas infértiles que se llevaba el viento.

Antes que criticarlos, en esas poblaciones se está pagando el alto precio del abandono casi eterno, mutado hacia el resentimiento justificado contra los que les han maltratado por años, y que Chaves, cínicamente, les usó para sus egoístas intereses.

En fin, pensando a futuro, si esa visión valle centrista no se sustituye por un esfuerzo solidario hacia los costarricenses de segunda y tercera clase, más antes de lo que pensamos, se podría estar ante la situación que la Providencia contribuyó a sortear. Las estrategias (que son varias) habrá de redefinirlas según sean las características de las comunidades que, ha de valorarse así, son fundamentales para el fortalecimiento de nuestra democracia.